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Contexto Histórico de San Agustín de la Florida – V

Un nuevo conflicto vendría pronto a sumir a la Corona española en otra guerra contra Inglaterra. La Guerra de los siete años (1757-1763), que  convierte Europa y sus posesiones en un totum revolútum. Una suerte de moderna “guerra caliente” después de una “guerra fría”, que iba a involucrar a la mayoría de sus reinos mediante apresuradas alianzas. España se ve arrastrada por Francia contra Inglaterra, su ocasional enemiga, que acabará expulsándola del Canadá. El Tratado de París pone fin al conflicto, y la gran perdedora Francia cederá La Luisiana a España, en compensación de sus gastos bélicos. Las plazas de Manila y La Habana ocupadas por Inglaterra durante la contienda, las recupera España mediante su trueque por Florida. Como pasiva moneda de cambio, hete aquí que la ciudad de San Agustín contempla asombrada cómo es entregada en manos de sus enemigos de siempre (1763). Los 3100 habitantes que permanecen en la ciudad a pie enjuto durante su protocolo de entrega, son testigos no sin lágrimas en algunos ojos, de la arrogancia con la que el regimiento de Su Majestad Británica, bajo el mando del capitán John Hodges, desfila durante su entrada al recinto urbano. << Hollando nuestras conciencias, >> en palabras del gobernador virreinal saliente. Pasados los primeros días, la ciudad enflaquece en su vida y gentes. Los negros de Fuerte Mose se van. Los indios conversos de las misiones cercanas se van. Los blancos y pardos de intramuros se van. Gran parte de ellos volverían a encontrarse en Cuba, agrupados en un nuevo pueblo de nombre San Agustín de la Nueva Florida. Otra no menos importante parte confluirá en el lugar de San Carlos, próximo a la continental Veracruz.

Dos décadas más tarde habrían de volver los españoles a San Agustín. En el contexto de su Guerra de Independencia (1775-1783), aquellas trece colonias inglesas del Atlántico, semilla ahora de los Estados Unidos de América, recibirían finanzas, hombres y barcos de España y Francia contra el imperial enemigo inglés hasta vencerlo. La política es así: sus intereses privan sobre las personas. Bernardo de Gálvez gobernador de Luisiana, con sucesivas victorias parciales, expulsará al ejército británico de La Florida tras la decisiva batalla de Pensacola (1781) a más de 600 km de San Agustín. Y tras ella, también regresan al terruño desde Cuba y Veracruz los antiguos exiliados de la capital, pero van a encontrar mutado el palenque de sus sueños. Los franciscanos que habían sido expulsados de allí y convertido su convento en cuartel, regresan de nuevo a su antigua sede. La casa del Gobernador, remozada, conservaba las formas y mejorado el aspecto. En la antigua Plaza Mayor, “The Parade” durante su andadura inglesa, aparecía un “Slave Market” suerte de lonja para la subasta de esclavos de ambos sexos recién llegados del África, incluidas celdas de confinamiento temporal y  morgue para cuantos sucumbían bajo aquella penuria. Una nueva parroquia protestante cerrada por abandono de sus feligreses, aparecía ahora construida al suroeste del recinto ciudadano. Extramuros, católicos holandeses habían levantado una iglesia para sus fieles. El nuevo tablestacado del puerto aumentaba la amplitud de su dársena y su capacidad de embarque. La Puerta de Tierra, más ancha y vistosa, facilitaba por el norte el acceso al murado recinto entre pétreos pilares y sobre levadiza pasarela de troncos que permitía trancar el paso o salvar el foso. Había regresado también la esperanza para los servidores negros, que permanecían zafados de sus amos y agazapados tras los sutiles resquicios de la desbandada bélica, ocultos mientras cristalizaba la autoridad virreinal. Pasados unos meses,  el Fuerte Mosé iba a surgir redivivo y la ciudad toda recuperada con el pulso de antaño.

Pero la inagotable maquinaria europea de guerra viene a brotar de nuevo con el genio de Napoleón Bonaparte, surgido de los últimos estertores de la Revolución Francesa. Todo es poco para su ambición y la Europa continental es hollada de norte a sur por las botas de sus soldados. Con un ejército de 250.000 hombres invade España y arrolla a los ejércitos propios e ingleses aliados. La España oficial invadida por el francés, se ve empujada por él a luchar por tierra y mar contra el inglés, que en Trafalgar destruirá ambas armadas, y con ellas el sueño napoleónico de invadir Inglaterra. La España popular en cambio se alza contra el opresor francés, sus símbolos unidos en Cortes se refugian en Cádiz que bajo protección inglesa va a soportar un brutal asedio francés. Destituido su legítimo rey, el nuevo monarca impuesto desde Paris levanta irritados a la España europea y sus reinos de Indias: es el comienzo de la emancipación hispanoamericana. España peninsular convertida en esquilmado campo de batalla cuyas gentes tienen que alimentar tanto al ejército invasor como al aliado que le combate, destruidas sus industrias competitivas por el desleal “fuego amigo” de su  aliado, y en bancarrota su hacienda. Aniquilada su hasta ayer poderosa Marina de Guerra, masacrada su población con un millón de muertos, y exhaustas sus arcas tras la Guerra de la Independencia Española (1808-1813), poca podía ser su capacidad de reacción contra el movimiento emancipador ultramarino. Iría éste variando su inicial reacción monárquica según la mutante voluntad de cada prócer que emerge y el creciente volumen de su voz en las asambleas ciudadanas a su alcance. La insularidad de Inglaterra y su poderoso esfuerzo naval coronado a finales del siglo, habíanla catapultado hacia un éxito secular. La gran vencedora europea habíase zafado de sus enemigos históricos y la arruinada España se sumergía en un segundo orden, también secular, como potencia europea. Sólo sería capaz de aportar a la lejana San Agustín de esta época, un obelisco erigido en su Plaza Mayor, dedicado a la más liberal Constitución de su tiempo, jurada por sus asediados parlamentarios durante las duras jornadas del Cádiz de 1812.

Los vientos de independencia iban a mezclarse en Florida con ideas emanadas de la Revolución Francesa en el momento que la penuria de medios de España se revelaba incapaz de ahuyentarlos. Luisiana había sido comprada por los Estados Unidos aprovechando la coyuntura del nuevo estatus para apropiarse una parte de la Florida vecina. Una y otra vez, so disculpa de guerra contra los alzados seminolas, los estadounidenses violaban las fronteras españolas. El norte de la Provincia acabaría declarándose momentáneamente independiente de España, que no obstante iba a lograr reincorporarlo desde Cuba al redil hispano. Establecida la soberanía española, la debilitada metrópoli, que encaraba otras emancipaciones simultáneas en los virreinatos americanos, vende la Florida a los Estados Unidos. De facto tras la ratificación intercontinental del Tratado Adams-Onís (1821) que englobaba también los territorios de California, Arizona, Texas y Nuevo México, la gran mayoría de blancos, negros e indios misionados abandonaron, una vez más, las tierras de la Florida rumbo a Puerto Rico y Cuba, que proseguían su española andanza. Los últimos timucuas se extrañarán para siempre de las tierras de sus ancestros. Habíanse cumplido las palabras premonitorias del ministro de Carlos III a su rey, al anunciarle el parto de la nación norteamericana: << esta republica que ha nacido pigmea, ha tenido necesidad del apoyo y la fuerza de dos potencias poderosas como la Francia y la España para conseguir su independencia; vendrá un día que sea gigante…olvidará los beneficios que se le han dado…en algunos años veremos con dolor al coloso…apoderarse de las Floridas para dominar el Golfo de México >>.

Con el cambio de bandera en la semivacía Florida, ve renacer de sus cenizas en San Agustín el demolido “Old Slave Market”, propiciado por la creciente demanda de fuerza bruta para las plantaciones de algodón que instalan sus nuevos colonos blancos. Eran ya otros tiempos donde la que fuera Florida del Fuerte Mosé, iba a significarse como…¡ uno de los estados esclavistas que propiciaría la Guerra de Secesión norteamericana!…

 
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Contexto Histórico de San Agustín de la Florida – IV

Old Spanish Trail

La aparición intermitente de merodeadores ingleses por aquellas costas sureñas, hacía sospechar a su Gobernador Manuel Cendoya la cercanía de algún ataque,  aprovechando el estado de inefectividad presente de las defensas pasivas de San Agustín. Reclama fuerza de trabajo indígena que retribuye con generosas dádivas de simientes, aperos de labranza, cuchillos, vasijas de vidrio y bisutería varia, desde cascabeles hasta cuentas de cristal, que el virrey envía periódicamente desde México y el gobernador distribuye a los caciques amigos. Dirigidos por maestros de obra y expertos canteros de Cuba, llegarán con el nuevo Gobernador Pablo de Hita esclavos y libertos antillanos negros, fuerza bruta los primeros, artesana los segundos, en un intento de acortar la debilidad defensiva del período constructivo del fuerte. A pesar de estas medidas la conclusión del ciclópeo castro iba a demorar más de dos décadas.

El proyecto original del Fuerte San Marcos sufriría una serie de modificaciones y mejoras que suceden a nuevas sugerencias e instancias militares de las capitanías caribeñas. Al inicial trazado con un Patio de Armas centrado y baluartes aguzados a los vientos, se suman las torretas de vigía en punta de baluartes, foso inundable perimetral exteriormente murado, revellín con puente levadizo en el frente de tierra, hornabeque exterior con hornos de caldear al rojo blanco los proyectiles de hierro para sus bocas de fuego…Pero también se circunscribe con muro de coquina la retaguardia del núcleo habitado, dotándolo de baluartes estratégicos en paños y esquinas, y se construye el Fuerte de Matanzas al sur, hito defensivo del acceso al puerto desde las aguas arriba del río que le daba nombre.

En aquella etapa de afianzamiento social y militar, San Agustín incrementa notablemente su producción agrícola, en tanto su siempre magra despensa afronta un período de bonanza. Se instauran rutas estables para la compra de grano con las tribus y misiones de los fértiles maizales de Apalache y Gualé, en una combinación selectiva de senderos indígenas, cañadas, rutas misioneras y trochas exploratorias. Se traen carpinteros de ribera para la construcción de embarcaciones de cabotaje que comercien a lo largo de los enclaves floridanos de las costas del Golfo de México y las atlánticas. Se crean nuevas misiones intermedias que reparten las jornadas del largo camino comercial que une por tierra San Agustín con  aquellas otras de Pensacola y Mobile en la región de Apalache, incluso con Tampa y sus misiones de etnia calusa y los colonos novohispanos de su bahía. Comienza así a perfilarse en estos años la conocida como Senda de los Españoles en Florida que prolongada con el Camino Real de los Texas y el Camino Pita hasta la problemática frontera de los Adaes y Nachitoches en Luisiana, habría de concatenar la ciudad de San Agustín con la costa del Pacífico. Este viejo itinerario de 7000 Km de trazado, modernamente reconocido por investigadores propios rebautizándolo como Old Spanish Trail, escenifica el tránsito secular de rebaños, cueras de frontera, acémilas, chalanes y misioneros, pero también seguro escape de forajidos y cuatreros. Realmente unía las misiones, los fuertes y las ciudades de San Agustín, Gualé, Apalache, Pensacola, Mobile, Nueva Orleáns, San Antonio, Sierra Blanca y El Paso, atravesando los actuales estados norteamericanos de Georgia, Alabama, Mississippi, Luisiana y Texas. En El Paso, intersectaba la dilatada red de Caminos Reales de Nueva España, verdaderas suturas geopolíticas que vitalizaban el Virreinato de norte a sur, desde Taos y Santa Fe en Nuevo México hasta Guatemala, y de oeste a este entre los puertos de Acapulco y Veracruz. De El Paso, partía un Camino de San Diego, que venía a hilvanar Tucson, Fénix y Yuma con la misión franciscana de San Diego, para completar la travesía de los estados actuales de Nuevo México, Arizona y California, y con ellos el continente todo de costa a costa. Ocho años había tardado en recorrerlo por vez primera el náufrago Cabeza de Vaca en el siglo XVI, cuando aún estaban vírgenes de Europa aquellos inmensos pagos…

Desde 1693 Carlos II venía garantizando la libertad de los esclavos huidos de las colonias británicas, acogiéndoles como hombres libres en análoga circunstancia a la pléyade de libertos de color, ya campesinos, artesanos, amanuenses o curanderos que plenaban otros pagos del Imperio. Eran tenidos por excelentes taladores de madera para empalizadas y embarcaciones, preparaban las tierras para la sementera o el plantón y eran fama sus pacientes matronas como inmejorables amas de servicio doméstico. Si en primeros tiempos de duro sobrevivir se acogían al estatus de esclavo, podrían en mejor época comprar su manumisión, pagándole a su dueño el precio reglado o convenido. Así lo habían establecido de antiguo las leyes de Castilla y así se había recogido en las Indias. Era para ello condición sine qua non, abrazar la fe católica y jurar defender con su vida la roja Cruz sobre fondo blanco de Borgoña, enseña imperial asumida de sus ancestros por el Emperador Carlos V. Esta acogida resultaba políticamente rentable para la Corona española por motivo vario: aumentaba brazos y población en aquellas tierras hueras de ultramar, a la vez que hurtaba esos mismos brazos y potenciaba su efecto llamada sobre otros nuevos en las plantaciones de algodón o tabaco de las colonias británicas. Allí eran fuerza vital para mantener las plantaciones coloniales y las leyes imperantes lejos de su metrópoli, les condenaban a una dura esclavitud de por vida. Muy al contrario del Imperio español donde las leyes de Castilla o emanadas de la Corona y representadas por el Virrey, permanecían severamente controladas por los notarios reales y sus Juicios de Residencia, aplicables al cese de cada mandatario real.  El proceso de igualdad civil entre los blancos y las gentes de color o pardos, era favorecido por la Cedula de Gracias al Sacar, que les otorgaba plenos derechos reservados a los notables, so pago de una cantidad de dinero.

Con el comienzo del nuevo siglo muere en España sin descendencia Carlos II, el último vástago de la Casa de Austria. Concurren a la sucesión de su trono aspirantes extranjeros alineados  por intereses estratégicos tras las casas de Borbón y de Austria. La llamada Guerra de Sucesión (1700-1713) está servida, y Europa se inflama de nuevo. Inglaterra, en perpetua identidad insular consigo misma, trata de sacar partido de la contienda y ataca las posesiones españolas allí donde las haya, en nombre esta vez del candidato de la Casa de Austria, su pertinaz enemiga de las pasadas centurias. La paz llegará con el Tratado de Utrecht que asume como rey de España al Borbón Felipe V, sobrino del todopoderoso Luís XIV, Rey Sol de Francia y acérrimo enemigo del inglés. Entre las miserias de la guerra, la guarnición de Charlestown (actual Charleston, en Carolina del Sur) comandada por su Gobernador James Moore, ataca y destruye las misiones católicas del norte de Florida donde captura y esclaviza más de 4000 indios, que llegarían a constituir el 30% de la mano de obra forzada de las plantaciones coloniales de Carolina del Sur. Las alarmantes noticias que van llegando desde aquellas misiones anticipan al Gobernador español de la violencia que se aproxima con semejante partida de guerra, y solicita ayuda de la Capitanía General de Cuba. Pone la hueste inglesa sitio a San Agustín (1702), pero su artillería se estrella contra los sólidos muros de San Marcos, tras los que se han refugiado sus 1400 habitantes con 160 reses que estabulan en el foso como previsión de alimento mientras dure el asedio. Dos meses de cerco que tratan de superar aquellas familias allí confinadas, bajo disciplina e higiene castrenses impuestas por el Gobernador en evitación de pestes, a la vez que se racionan estrictamente los víveres. Pero San Marcos no acaba de caer y Moore pide a Jamaica un refuerzo que tampoco acaba de llegar. Lo que sí llega de La Habana es una flota de socorro con su inconfundible Cruz de Borgoña en los mástiles, que obligará a los exasperados sitiadores a quemar sus propias naves antes de verlas presa del enemigo. Copada la ciudadanía hispana en el fuerte, tratarán los ingleses en retirada de incendiar la desierta ciudad. Pero solo lo conseguirán parcialmente porque los sitiados acuden en tromba a sofocar las llamas cuando el enemigo levanta el campo. Aun dispararán los cañones desde San Marcos sus últimos proyectiles de reserva, a espaldas de una tropa que se bate en retirada franca hacia la espesura y los manglares.

Dos años después vuelve el humillado Moore, ahora ex-gobernador de Carolina, a la frontera norte de la Provincia de Florida. Sus más de 1000 hombres de Charleston e indios creek que les acompañan en la salvaje correría, masacran o esclavizan todo indígena adscrito a las misiones jesuitas y franciscanas. Peor suerte correrán los indefensos misioneros que son torturados hasta la muerte. Una inexplicable barbarie que, ajena al aguardiente, sería incompresible comportamiento de la humana razón. Barbarie que en pocas semanas iba a liquidar siglo y medio de paciente labor civilizadora. La inestabilidad y vacío de las regiones limítrofes entre las Carolinas y Florida tras estas jornadas de sangre, iban a propiciar la migración de la etnia mestiza seminola, descendiente de los creek, hacia el espacio vacante. Crecía a la vez el flujo de esclavos que lograban huir de las plantaciones negreras, buscando a través de las arruinadas misiones de Georgia el trazado de la Senda de los Españoles para llegar a San Agustín, y concluir en ella su vital escapada. Otros son interceptados por partidas de colonos británicos y nunca llegarán a la libertad, mientras que otros muchos cohabitarán con los creek y demás indígenas desarraigados de Alabama, Georgia y Mississippi, dando origen y potenciando a la mezcla racial seminola (degeneración fonética inglesa del termino español cimarrón, trashumante). El número de los que alcanzan la capital española de Florida va creciendo al punto que su Gobernador Manuel de Montiano, crea el poblado de Gracia Real de Mosé (1738), la primera comunidad autogestionada de negros libres de América. Formarán a 2 km al norte de San Marcos, una puebla fortificada conocida como Fuerte Mosé, que con un centenar de familias comienza su sincrética andadura social bajo la autoridad de un jefe mandinga.

La particular situación de intereses mercantiles, que las potencias europeas enfrentan en sus costas atlánticas de América, potencia el contrabando de sus traficantes, que permean fácilmente miles de km de una costa imposible de controlar. La vigilancia española de su litoral americano, iba a multiplicar con escasa efectividad práctica, las patentes de corso  que los virreyes propiciaban sobre sus marinos connotados. Un incidente cercano a las costas de Florida entre un guardacostas español y un contrabandista Jenkins  sorprendido in fraganti con su carga de palo campeche, iba a propiciar nuevo conflicto entre sus naciones. El capitán del primero manda cortar una oreja como testigo-baldón de su delito al inglés. El Parlamento londinense se encocora por lo que considera una humillación de su pueblo. Y estalla la “Guerra de la oreja de Jenkins”, una más en el atribulado panorama europeo del siglo XVIII. Este contexto bélico es aprovechado por el general James Oglethorpe para invadir el espacio geográfico entre los ríos Savanah  y Altamaba, conocido a futuro como la Georgia colonial, nueva usurpación británica a la Provincia de Florida. En su avance hacia el sur Oglethorpe, ahora flamante Gobernador de Georgia, pone sitio al lugar de San Agustín (1740), desplegando las 14 velas de sus barcos distribuidas entre el canal sur y la mar abierta. Cae como  primer objetivo sobre el Fuerte Mosé, defendido por reclutas negros libertos, cobijadas ya sus familias al resguardo de San Marcos: una clara aplicación retaliativa de la Ley de esclavos fugitivos que los esclavistas de Las Carolinas venían aplicando a todo negro evadido de sus plantaciones. Pero la Fuerza Real en vivaz contraataque, sorprende aquella noche a la tropa enemiga cuando aún  monta sobre el estero las cureñas de sus cañones; recupera Mosé y captura o mata a más de 100 sitiadores. Entre tanto, al amparo de la oscuridad, impelido por el sutil terral que exhala la noche, se desliza por el canal norte un silente patache que desde el puerto enrumba a La Habana. Monta el inglés el grueso de sus baterías sobre la isla de Santa Anastasia, frente a frente de la ciudad y su fuerte, pero también sobre la ribera del llamado Canal Norte, para angular desde allí el tiro de otras piezas sobre el castillo. Treinta y ocho días va a durar el pertinaz cañoneo contra la ciudad y su fuerte. La plástica y tenaz coquina de sus muros, apenas se deforma sin salpicar esquirlas pétreas  cada vez que absorbe y amortigua los impactos de los proyectiles. Las rompedoras bolas de grueso calibre que contra ellos golpean, no alcanzan a desencajar los sillares de sus fábricas: ora apenas rebotan y caen a su pie tras el impacto, ora se empotran ligeramente en ellas. Los sitiados, en lapsos de calma artillera, las extraen de sus oquedades a punta de bayoneta, para seguidamente hornearlos al rojo vivo en el hornabeque de San Marcos, y con sus tubos de bronce, vomitarlos nuevamente al campo inglés. La aparición de unas pocas velas que apuntan el horizonte al sur, delata la ayuda que llega de Cuba. Es el revulsivo para levantar apresuradamente el cerco que un impotente Oglethorpe, obligado por la proximidad de las inquietantes naves, asume al punto. San Agustín ha quedado severamente tocada en la campaña y tardará varios años en restañar las heridas del asedio inglés. Mosé será reconstruida y sus habitantes retornarán a ella en 1752, aglutinando en su autogobierno a los sobrevivientes de aquel su bautismo de fuego, con aquellos otros afroamericanos que las colonias británicas iban a seguir exudando.

 
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Contexto Histórico de San Agustín de la Florida – III

Entre tanto el enclave de San Agustín va consolidando su asiento. La ciudad, poco podía esperar de Cuba, especialmente durante la estación seca, cuando soplaban por proa los sures. Pero realmente lo era en todo tiempo, porque los perros del mar escudriñaban el Canal de Bahamas: había que ampliar por ello sus mieses, y consolidar su autonomía agrícola,  constante que iba a gravar su historia ante la escasa fertilidad de sus tierras de labor. Abaten y desbrozan sus moradores el  entorno selvático aledaño, limpian esteros y ciénagas, remueven y apilan sus colonos la escasa tierra fértil del everglade, forman bancales y sementeras de mano y arado, a la vez que tratan de aclimatar en ellos las nuevas especies traídas de Canarias y Europa. La sobrante madera de la tala, se emplea en construir la iglesia parroquial de campanil abierto y tonantes bronces en su tope, residencia del gobernador, cabildo ciudadano, embarcadero de pasarela… y las primeras casas que tal nombre merecieran. No faltan las elevadas torres de vigilancia periférica o costera, atentas siempre a las velas itinerantes y los movimientos del nativo, sincopadamente arisco contra las etnias europeas y sus cosechas.

Como Gobernador y Capitán General in péctore, el Adelantado Menéndez de Avilés regresa a La Habana (1571) donde revisa y fortifica las defensas de la Isla, que debe albergar por dos veces al año la Flota de Indias, también conocida como Carrera de  Indias, establecida desde 1561 por Real Cédula. A pesar del enclave vigilante de San Agustín en el litoral de Florida, sabe del perenne reojo que acecha el paso del gigantesco e inédito convoy por aquellas costas, y añade otra Armada de Guarda a la agrupación de merchantas artilladas que dos veces al año zarpa de La Habana hacia Sevilla. Esta escolta de galeones “cagafuegos”,  que acompaña a la mercantil comitiva por el Canal de las Bahamas hasta Azores, sería conocida en adelante como Armada de la Carrera de Indias. Superadas las Azores, otra nueva guarda naval llamada Armada del Mar Océano, proseguirá con idéntico formato la comparsa atlántica hasta que rinda la flota su viaje en destino. La Flota de Indias suponía el primer intento mundial de navegación ordenada en un gigantesco convoy nunca antes intentado en tal proporción. Su estricta disciplina naval en un medio hostil, sin dejar abiertas fisuras defensivas en la navegación abierta, ni ángulos muertos en la despaciosa y progresiva llegada o salida de puertos, respondía a rigurosas órdenes de la nao Capitana que abría la comitiva, y la Almiranta, que cerraba el cortejo, sin olvidar los rápidos pataches que trasmitían sus ordenes al resto de aquel masivo despliegue de velas.

En apenas diez años de fundada, comprueba Menéndez el progreso material y social de San Agustín y su Provincia. A ello contribuye la celebración de nuevos matrimonios y el crecimiento de aldeas indígenas, una vez pacificada y catequizada la etnia mayoritaria timucua por los franciscanos. Dos de ellas acabarían asentando al norte y sur de la capital, en predios cercanos a su empalizada perimetral, un seguro cobijo bajo cañones que vomitan fuego contra todo enemigo común a la vista, ya indiano o europeo. Pero nombrado Consejero de Indias, debe el hidalgo asturiano regresar definitivamente a España como asesor del monarca sobre las cosas de América. Aún Felipe II, en cuya cabeza bulle la invasión de Inglaterra, le encargará como Capitán General la formación de una gran Armada del Cantábrico, cuyos designios de momento a nadie desvela. Pero el gran marino muere de tifus en Santander (17 de septiembre de 1574) mientras aguardaba con sus 300 galeones las órdenes del monarca, quien ante tamaña pérdida, desistirá temporalmente de su secreto empeño.

Con la desaparición de Menéndez de Avilés, cesaba el especial esmero de un hombre de acción sobre su criatura; el panorama de la Provincia iba a cambiar notablemente en los años venideros. La Florida y Cuba estaban condenadas a defender la natural salida española del Mar Caribe hacia Europa. Poseerlas equivalía en aquellos momentos a dominar la arteria básica del comercio intercontinental, que si nadie lo impedía, perfilaba a España como incontrolable poder del Atlántico. Para embridar esta pujanza Inglaterra, Holanda y Francia firman el Tratado de Greenwich (1596), alianza tripartita contra el Imperio español, cuyas defensas iban a soportar toda una cerrada presión de flotas piratas y corsarias bajo banderas ajenas.

Francia, mientras consolidaba sus colonias en la nórdica península del Labrador (1580) remontando el río San Lorenzo, funda Québec (1608) con sus comerciantes de pieles, pero no renuncia a nuevos establecimientos en la Florida. Holanda funda Nueva Ámsterdam en la actual Nueva York (1625) y sus exploraciones hacia el sur se dirigen a entablar pactos con indígenas en busca de madera, sal y minerales. Pronto invadirá la abandonada Curazao (1634), desde donde trata de consolidar su mercado de esclavos e infestar el Caribe de contrabando, robos clandestinos de sal y corsarios. Inglaterra pugnaba por consolidar colonos en una porción de costa atlántica, llamada Virginia por el corsario Walter Raleigh en honor de su reina (1584). Tras el desarraigo de anteriores empeños, fundarían Jamestown en la bahía de Chesapeake (1607), enclave que iba a nuclear la presencia inglesa en el Nuevo Mundo, pese a la Masacre Indígena que 15 años después prácticamente borraría de nativos powhatan aquella costa. Comenzaba en el norte atlántico de América, una difícil convivencia entre los indios y sus vecinos europeos, recelosos entre sí, que venían a sumar sus intereses mercantiles con la plaga de perros del mar afincados en el infinito islario caribeño. Entre todos iban a propiciar un perpetuo asedio sobre el comercio y posesiones españolas, jugosa y circunstancial presa, pesadilla histórica para el entramado defensivo de su Imperio. Felipe III a la sazón rey español, envía una expedición al mando del capitán Fernández de Écija para informar sobre el arraigo de los colonos británicos en Chesapeake. Luego de contactar con sus indígenas  y soliviantarlos contra los colonos ingleses, regresa la flota para informar sobre la aparente inestabilidad de la incipiente colonia. Pero no la ataca por considerar escasas sus fuerzas.

En pleno desarrollo de acontecimientos de la nueva geopolítica, Francis Drake experimentado marino del sindicato corsario de Plymouth, incursiona con su flota de 25 naves y 2300 hombres en el Caribe (1586) y tras una campaña predatoria en las antillas, sitia San Agustín. Desembarca sus bombardas y desde su isla frontal de Santa Anastasia bombardea el fuerte y la ciudad. En la mar abierta, con barcos navegando rumbo norte,  efectúa repetidas pasadas frente al enclave largando en línea con sus 7 galeones imprecisas andanadas de apoyo a sus baterías de tierra. Desde los escarpes del fuerte, tras sus defensas de tronco maderero y fajina, responden los sitiados con sus 12 piezas encabalgadas más otras 25 que han perdido su podrida cureña, aunque todavía disparan y meten ruido. Son cañones pedreros, espingardas y falconetes de tiro elevado o directo, que combaten con aquellos otros que por elevación bombardean la ciudad y su bastión desde y por encima de la isla de Santa Anastasia. Las imprecisas bolas de hierro candente que escupe el inglés, apenas inciden sobre el puntual bastión defensivo, pero sí lo hacen  sobre el dilatado frontis ribereño de la ciudad que ve incendiado su caserío de madera, y con él, iglesia parroquial, campanil y cabildo. Los corsarios cruzan en lancha la dársena del puerto para saquear  la plaza en llamas: las desmandadas huestes arramplan con todo hierro que encuentran a su paso, aperos, espitas, alcuzas, fanales, incluso picaportes, aldabas y goznes de las puertas. El fuerte resiste el acoso defendido por fusileros de la guarnición y  flecheros timucuas, que se aprestan a repeler la habitual embestida humana que sigue al cañoneo enemigo. El paisanaje, refugiado en el fuerte, donde no entra ni uno solo de los atacantes, pero tampoco sale defensor alguno, contempla impotente las llamas que consumen sus hogares. La flota corsaria, tras una última andanada de sus naves, da por cumplido el castigo al incómodo vigía costero. Embarca hombres y botes, y enfilando sus naves en línea, se aleja de la humareda a resguardo de la costa y favor de la corriente, para reunirse con el resto de sus urcas y pataches. Costea la flota hacia Virginia, donde venderá a buen precio las manufacturas férreas robadas en el asalto, y de donde repatriará a precio de oro algunas familias hambrientas que huyen de la entonces incipiente y miserable colonia…para finalmente arribar con un duro tributo de 1500 tripulantes y 11 capitanes menos de los que con él habían partido de Plymouth. La mar y las balas enemigas habían hecho es resto. Entre tanto las gentes de San Agustín y guarnición del fuerte con los flecheros amigos, habían acudido a sofocar la propagación del fuego. Tras la tempestad, la calma…y vuelta a construir nueva iglesia, cabildo y casas que el incendio pirata había logrado arruinar.

El ataque pirático, hace que San Agustín reciba nuevos refuerzos en forma de soldados, abastecimientos y otras familias de colonos; posee ahora 14 piezas de bronce y 9 de hierro, más otras 5 rescatadas tras su refundición en La Habana. Diez años más tarde rondará su población las 2000 almas de colonos, con familias y soldados de guarnición incluidos. Un alzamiento de los indios del Gualé obliga a nuevas disposiciones defensivas en la Provincia y su capital, que debe seguir en todo momento activa en la custodia del comercio que fluye frente a su costa. Como parte de la Capitanía General de Cuba, adscrita a su vez al Virreinato de Nueva España, la Real Fuerza de San Agustín y todas las defensas de la Provincia de Florida estaban sujetas al presupuesto virreinal. Y ese situado  no siempre llegaba a tiempo, lo que alimentaba malestar en la tropa no solo por las privaciones personales, sino por la carencia de pólvora, municiones o mantenimiento de los cañones en un entorno de frontera y difícil condición climática. La perpetua rebelión de los indios apalaches contra sus misiones del norte de la Provincia, eran fomentadas y aprovechadas por los colonos ingleses para ir ocupando nuevas tierras hacia el meridión, tierras coloniales que iban a constituir la Carolina del Sur. Las de la futura Georgia y sus misiones católicas seguían perteneciendo todavía a la provincia novo-hispana de Florida Oriental.

En 1668 el pirata Robert Searle, mas conocido con el alias de John Davis asalta San Agustín en plena noche, cuando la ciudad duerme. Al atardecer una nave novohispana esperada con harina de Veracruz, había entrado en la bahía: una más entre las allí fondeadas, al viento sus pabellones de Borgoña y gallardetes de cortesía. Dado lo avanzado de la tarde, aparenta postergar el registro de sus sacos harineros en la Aduana para hacerlo con la luz del nuevo día. Pero la nave veracruzana había sido capturada durante el trayecto y arrojada su tripulación por la borda; impostaban ahora los filibusteros una rutina como cualquier navío que a resguardo preparaba su pernocta. Fuera de sospecha por ser conocida su estampa en el puerto, con el sosiego nocturno se proponían deslizar a su escollera más de 100 bucaneros en botes cuyos remos apenas chapoteaban el agua. Un pescador de ribera observa el silente movimiento de botes y hombres que saltan a tierra una y otra vez, y  retornan vacíos al barco nodriza mientras la ciudad duerme. Cuando percatado del peligro grita desde donde pueda oírle algún ciudadano insomne, es ya demasiado tarde: están penetradas las calles de filibusteros armados hasta los dientes y por ellas corren tras sus teas en busca de los preciosos vasos sagrados, haberes fiduciarios de la Aduana,  el situado virreinal que el Gobernador administra y todo cuanto pillen en los pocos hogares que logran violentar al paso. Sesenta perplejos vecinos que salen a la calle al sentir la algarabía, son muertos a la puerta de su casa y tomados prisioneros  otros tantos. Alertada la guardia del castillo intercepta la chusma invasora, liquida una docena de asaltantes y recoge 19 heridos que como prisioneros de guerra serán ajusticiados con la luz del siguiente día. Impotentes ante la compacta Fuerza del presidio, opta el resto de forbantes por su retirada. En escalonado reembarco, los botes van alcanzando a favor de marea el barco que enfila su perezoso andar hacia la bocana del abra, luego de haber largado prestamente las amarras. Davis ha intentado un saqueo solo conseguido parcialmente, aunque deja tras de si el daño material junto al sentimiento ciudadano de la culpable ingenuidad y descontrol de sus autoridades. Cuando la noticia del asalto llega a México, el virrey de Nueva España ordena inmediatamente reponer los situados hasta entonces atrasados, además de un refuerzo de 75 soldados y suministros de artillería y armas personales para la guarnición. Llega de Cuba Ignacio Daza, ingeniero militar que trae la orden de comenzar un nuevo fuerte esta vez de piedra, que acabe mas de cien años después, con la inveterada provisionalidad defensiva del enclave que Menéndez de Avilés fundara (1672). Nace así un fuerte de traza renacentista con base rectangular y bastiones en punta de diamante, taludes peraltados y foso circundante inundado, diseñado en La Habana y nombrado desde su origen como Fuerte de San Marcos. La carencia por aquellos pagos de roca consolidada, decide al ingeniero por la sedimentaria y tenaz coquina, formación pétrea de conglomerados conchíferos y coralinos abundantes en  Santa Anastasia. Desde allí, una vez tallados en propia cantera, serían llevados los sillares en pinazas a través de la bahía de Matanzas, mismo nombre del río que la alimentaba: recuerdo de la implacable eliminación de hugonotes copados aguas arriba en tiempos del Adelantado. La protección de las obras correría por cuenta de una compañía de infantería acampada en la propia isla, junto a otra de caballería que recorría vigilante la costa, máxime cuando se sabía que los ingleses merodeaban la región en busca de tribus con las que negociar pieles de ganado, alimentos y cerámica indígena. En la isla de Santa Catalina los timucuas habían interceptado una de aquellas partidas, matando parte de sus miembros y capturando otra y en ella, una mujer y su pequeña hija. Llevados a San Agustín para ser interrogados, los prisioneros declararon proceder de un nuevo establecimiento inglés en Santa Elena, ribera abandonada por los españoles desde 1587. Retornados los indios con sus rehenes a Santa Catalina, serian de allí recogidos estos por una de sus naves que regresa a su base, tras negociar el rescate con los captores.

 
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Contexto Histórico de San Agustín de la Florida – II

A finales de agosto el Adelantado avista las tierras de Florida. Manda desembarcar 20 hombres que pronto contactarán con los nativos timucuas. Celebran allí los expedicionarios la primera misa, toman una vez más posesión de la tierra en nombre del rey, y con orden real de catequizar aquellos indios, establecen la misión Nombre de Dios. Algo mas al norte el día de San Agustín descubren en la embocadura de una ría, una dársena de buen fondeo y fácil  acomodo. Tras el tradicional Tedeum, fundan en su orilla occidental una  ciudad que nombran con el santo del día, entre salvas de fusilería y redoblar de tambores. Ha nacido la ciudad de San Agustín de la Florida con 800 colonos (28 de agosto de 1565) y su guarnición de soldados, regidos por un cabildo y su alcalde electos, según tradición castellana medieval. Tras el sorteo y consiguiente adjudicación de lotes de tierra, acometen la construcción de sus casas e iglesia matriz a base de gamelote y barro. Vendrá luego la fortificación del enclave mediante escarpas, revellín, empalizadas y muros de fajina o tierra apisonada y entramada por haces de ramas: necesario cobijo para sus habitantes cuando soplen vientos de guerra. Los timucuas, de intermitente presencia siempre sabiamente festejada con jocosa abundancia de abalorios y baratijas, informan que el buscado Fort Caroline se encuentra a unas 20 leguas siguiendo la costa al norte, y hacia allí dirigen los españoles sus velas. En la desembocadura  del río San Juan descubren 11 naves francesas de gran porte. Amparados en la oscuridad de la noche atacan el puerto, pero desisten dada su inferioridad de medios. Deciden por ello regresar a San Agustín y sitiar Fort Caroline por tierra, luego de abrir una estratégica trocha entre manglares y everglades de aguas cenagosas. Por ella se filtrarán 500 hombres de guerra, mientras una furiosa tormenta tropical se abate sobre la región y estrella la flota francesa contra los riscos litorales, anulando toda posible réplica sobre los asaltantes. El fuerte es copado bajo la orden de respetar mujeres y menores de 15 años, y una vez rendido, será rebautizado como San Mateo. Y bajo las crueles leyes de aquellas guerras de religión, Menéndez de Avilés solo perdonará a los que se dicen católicos, que quedan diluidos entre los nuevos colonos que allí se asientan. Los recién llegados, custodiados por 250 mílites acuartelados, se posesionan de haberes y tierras libres; el resto serán pasados por las armas, haciendo válidas las palabras de SM Católica de << limpiar de herejes aquellas costas >>. Informado por los indios de la presencia de otros franceses que construyen un fuerte en Cabo Cañaveral, acude por mar desde San Agustín y por tierra desde San Mateo, rastreando la costa hasta dar con el asentamiento hugonote. Lo destruye, no sin antes dejar de nuevo libres y bajo protección a los católicos con sus armas, mientras los herejes que le huyen son emboscados y muertos  por los timucuas en la manigua. Acabada la jornada bélica, regresa hacia el sur la hueste católica, no sin antes incendiar la única nave que los franceses construyen en su varadero, a fin de evitar toda comunicación con Francia.

Decide el Adelantado navegar a La Habana para saber del resto de flota aún no  contactada. La despensa prevista para la empresa había quedado mayormente con las naves ausentes, la incipiente plantación de las pocas especies llegadas para su adaptación al nuevo clima era faena en curso, y la subsistencia de los acampados precisaba de un acuciante suministro de víveres. Debe para ello navegar contra la Corriente del Golfo, el flujo marino impulsor de la Flota de Indias, verdadera catapulta de naves hacia Europa, ahora contraria a su rumbo. Esta dificultad le hará estudiar la posibilidad de establecer otro asentamiento costero al sur de la península, más cercano y directo a Cuba, facilitando el acceso a la isla cuando los contralisios de otoño ventean por proa. Lo acabará hallando al sureste, entre nativos de la etnia tequesta.

En La Habana encuentra con gran alegría parte de la perdida flota cantábrica, que ignorante de su recalada en Puerto Rico, dábale al Adelantado por muerto y desaparecidas las naves que con él habían aportado en San Juan. En enero de 1566 llegarían todavía los últimos barcos cantábricos maltrechos y enfermas sus gentes. Recibe en La Habana noticias del Rey mediante un patache de aviso que fondea en el puerto: los  franceses preparan una gran armada para invadir La Florida, y Felipe II ha ordenado contrarrestar la amenaza con otra flota de 17 barcos y 1500 hombres bajo el mando del General Sancho de Arciniega, que como era fama en las travesías transatlánticas, haríase a la mar en marzo. Con siete embarcaciones rescatadas y sus ya menguadas despensas tras medio año de avituallar a su errabunda prole, parte Menéndez de Cuba con los colonos hacia Florida, no sin antes enviar un patache a Nueva España para adquirir más víveres; nave que arribaría en febrero a San Agustín cargada de maíz, gallinas, miel y alpargatas. Cuando el Adelantado llega a su ciudad, el hambre y las privaciones han generado un estado de tensión entre  colonos y soldados. Sesenta mílites rebeldes deberán abandonar la guarnición para ser dejados de vuelta en Puerto Rico.

Menéndez prosigue sus exploraciones hacia el norte de la Provincia, las actuales Georgia y Carolina del Sur, y funda nuevos asentamientos e iglesias como Gualé (St. Catherine Islands) y Santa Elena (hoy Parris Island) entre ellas. Establece más de una docena de nuevos fuertes, tratando siempre de negociar con los indígenas de la región, a veces acérrimos enemigos entre sí, pero cuyos caciques acuden en ocasiones al Adelantado para arbitrar las disputas entre sus tribus. Solo Saturiba, cacique amigo de los franceses y renuente enemigo de españoles, hostiga pertinazmente los asentamientos de San Agustín y San Mateo.

Durante este su primer aliento, San Agustín era un asentamiento deficitario en víveres, con moradores que debían alejarse a veces de la empalizada en busca de sustento, para caer como fácil presa de indios. Además, los frecuentes conatos de Saturiba, habían desvelado la ciudad como sitio inseguro, de difícil defensa. Para corregirlo, el Adelantado y sus capitanes trazan otros fosos y empalizadas para ampliar la base cuadrangular del fuerte, capaz de batir ahora la entrada del río con 24 cañones de bronce, orientadas sus cureñas hacia bocana y esteros, con un polvorín a resguardo de flechas incendiarias.

Terminada esta reforma, vuelve Menéndez a La Habana por alimentos, pero a duras penas logra de su Gobernador magro apoyo. Vende pertenencias y consigue arranchar su galeón para retornarlo repleto de vituallas. De regreso a San Agustín va a encontrar fondeada a lo largo de su ría y dársena la prometida flota de Arciniega, cargada de provisiones, víveres, pertrechos, clavazones y… 14 mozas casaderas que confiará a los clérigos, en evitación de soldadescos desmanes, que acabarán casando con colonos. Los recién llegados desbordan el recinto, pero con la ayuda de sus brazos se acomete el acomodo ciudadano, conservando ellos su pernocta embarcada durante los diez días que duran los trabajos. A Santa Elena se desplazan 1500 hombres y 2 barcos de enlace, a San Mateo otros 300 hombres nave incluida, además de otros 500 más que Arciniega reparte entre las guarniciones de Cuba, Puerto Rico y Santo Domingo. Cumple así el Adelantado la orden real de reforzar  las guarniciones de las islas caribeñas a la espera del ataque francés que sobre ellas se cierne.

Cuando los franceses atacan, Pedro Menéndez de Avilés se encontraba en España presentando a Felipe II los trabajos de cartografía levantados en costas floridanas e informando de los resultados de la campaña. Se queja al Rey de la ambigüedad y escasa colaboración del Gobernador  de Cuba, y propone al monarca la alternativa de fusionar la Gran Antilla con Florida (hasta la Tierra de los Bacalaos) en una nueva y única gobernación, decisión que el rey someterá al Consejo. Pero el Consejo Real desconfía de la propuesta del Adelantado, que con un apasionado descargo defiende su honor en la diatriba: <<yo, antes de ser Capitán General…era una persona feliz y sin necesidades, pero me llamó SM y me entregó el mando de las escuadras del Cantábrico, después me dio el mando de la expedición a La Florida, el cual acepté sin preguntar; en la preparación de la primera ida, me gasté un millón de ducados que aún debo…nunca cobré un maravedí si no estaba al servicio del Rey…nunca he gastado en nada que no fuera preciso, y hoy me encuentro, no solo pobre sin un maravedí, sino que tengo mi deuda sin pagar…¡Esa es toda mi doble intención! >>. El Rey acepta sus razones, le otorga un mes de descanso en familia, y ordena al Consejo arbitre la forma de compensarle las deudas contraídas durante aquellas jornadas del Nuevo Mundo.

La acometida hugonote se deja sentir sobre La Florida. Pero nada positivo iba a recuperar, a pesar de su potente armada de 27 barcos y 6000 hombres de guerra Se dedicará a saquear, destruir los establecimientos y degollar guarniciones ya capituladas: toda una sangrienta “vendetta” sin resultados prácticos, pero con un profundo tributo de sangre sobre soldados y colonos españoles. Dominique de Gourges con sus poderosas hueste y flota enarbolando falaces enseñas castellanas, recuperaría momentáneamente San Mateo, luego de masacrar lugar y  moradores tras prolongado cañoneo y posterior incendio. Lograría también que su aliado cacique Saturiba, se alineara en pie de guerra con otros pariguales del entorno, para recrudecer futuras agresiones indígenas contra los españoles. Cumplido el vendaval retaliativo, los franceses van a regresar a Europa, olvidando supuestas aspiraciones sobre sus, siempre costosos de conservar, antiguos poblajes, pero no sin haber soliviantado profundamente al mundo indígena. Ante ello, el Adelantado va a solicitarle al Rey permiso para aplicar al indio pugnaz, la cruda Ley de Guerra que se aplica al enemigo declarado. En adelante, todo indio en armas tomado prisionero, sería reducido a esclavitud, como medida supletoria para afianzar población y progreso en aquellas tierras.

Pedro Menéndez de Avilés regresa de Europa al mando de nueva escuadra con refuerzo de soldados y misioneros y su nombramiento real como Gobernador de Cuba y territorios anexos, entre los que se cuentan Jamaica y la reciente Provincia de Florida. Al sur de ella, en Bahía Vizcaína junto al río Miami, establece la misión jesuita de Tequesta, un asentamiento cuidadosamente elegido para conexión directa con la Capitanía General de La Habana; pero es devastada por los propios indios que martirizan a sus frailes (1568). Tras nuevos asaltos y sacrificio de jesuitas, la Compañía de Jesús abandona Florida en favor de la Orden Franciscana. Los nuevos frailes se establecen, no sin iniciales dudas, en diferentes misiones con sede central en San Agustín, pero bajo jurisdicción eclesiástica de Cuba. En aquella sede habían llegado a concentrarse 50 frailes misioneros, el jesuita Francisco de Borja entre ellos, en espera de su destino misional. Son tiempos turbulentos que mantienen indecisos a los hombres de Cristo, alejados de sus sedes. Más tarde regresarán a sus asignadas misiones para consolidar su prédica, protegidos ahora por soldados de la Real Fuerza.

 
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Contexto Histórico de San Agustín de la Florida – I

Desde su descubrimiento por Juan Ponce de León (1513), La Florida había sido objeto de múltiples intentos de colonización fallida desde sus costas externa atlántica e interna del Golfo de México. Medio siglo después de testimoniada su configuración sobre los derroteros españoles, tanto holandeses e ingleses como franceses, habían arribado a las costas atlánticas del norte con otros empeños colonizadores también fallidos. Eran costas reservadas a España por Cédula Papal, aunque rechazada por las demás monarquías europeas salvo Portugal, firmante en aquel 1494 del Tratado de Tordesillas que se las asignaba a futuro. En aquel siglo La Florida comprendía el territorio entre el Río Pánuco (actual México) y la Tierra de los Bacalaos (Terranova), tal como nos lo refiere el Inca Garcilaso de la Vega. La España tardo-renacentista multiplicaba su curiosidad y empeño a lo largo de la costa atlántica a su alcance y aún más allá, pero su limitada población territorial ponía límites físicos al voluntarioso brío de sus gentes. Había explorado y cartografiado hasta la península de Labrador, incluso tomado nominal posesión geográfica para su Católica Majestad del todo y la parte, pero la tozuda evidencia limitaba toda divagación onírica.

Las guerras de religión en Francia venían vomitando de su metrópoli catervas de hugonotes protestantes expatriados por Catalina de Médicis, tolerante consorte primero, implacable regente después, mecenas renacentista siempre; dedicados ahora a la piratería caribeña los más, tratando de arraigar en tierras de la Florida otros. Su hija Isabel de Valois, reina de España por su matrimonio con Felipe II, había ya advertido a su madre la invariable voluntad del rey español por limpiar Florida de hugonotes intrusos, que acechaban la ruta del vital comercio español de las Indias.  Luego de meditar largamente la empresa, el monarca español encargará a Pedro Menéndez de Avilés, prestigioso Capitán General de la Armada del Cantábrico y experto conocedor del corso galo, la erradicación  hugonote de la Florida.

La Armada de Menéndez de Avilés con base en Santander, patrullaba los mares desde el Cantábrico a Flandes, para combatir la piratería que hostigaba la densa navegación entre España y demás reinos europeos de la Casa de Austria. Encargado de proteger los frecuentes viajes del emperador Carlos V por aquellos mares, era el hidalgo asturiano particularmente apreciado de su primogénito, el futuro Felipe II, por haberle custodiado a Inglaterra como joven príncipe que desposaba a María Tudor, su primera esposa y efímera reina de Albión.

Felipe, llegado a rey, había planeado un aldabonazo contundente sobre los herejes franceses que trataban de poblar aquellas tierras que por bula papal le correspondían. Menéndez de Avilés, Capitán General de la Carrera de Indias y Consejero del Rey, es nombrado Adelantado de La Florida para ejecutarlo. Fleta para ello naves que se botan en rampas cantábricas, a la vez que busca más naos y capitanes en la Bahía de Cádiz, y con ellos negocia otros contratos. Desde La Habana le informan del establecimiento francés de Fort Caroline (1562) en la desembocadura del río San Juan, encubierto enclave desde el que poder atacar ventajosamente esa Flota de Indias que antaño había comandado el propio Adelantado. Sabe que dos veces al año pasa, desplegadas sus velas a vista de costa, rumbo NE desde el Canal de Bahamas hacia el Atlántico, ayudada suavemente por la Corriente del Golfo. Sabe que en toda formación de galeones navegando en conserva, las naves lentas o descolgadas del acompasado andar de su capitana, pueden ser presa de los perros del mar, ralea de forbantes que saben infiltrar sus velas en la niebla o la oscuridad de la noche, para caer sobre cualquier confiada merchanta antes de lucir el día. Sabe que aquellas velas, más de un centenar a veces, que tardan varios días en perderse de vista desde el recoveco del río que hoy los hugonotes ocupan, cargan en sus panzudas bodegas el Impuesto Real de un gigante que ha comenzado a despertar. Es el pálpito mercantil de un Nuevo Mundo que había de mutar la economía universal: la europea primero, en proceso de  cambio con los pesos o reales de a ocho circulando ya como moneda corriente en Flandes, Francia o Portugal, y pronto en toda Europa. Repartidas desde el mercado de Sevilla, receptor anual de 260 toneladas de plata en moneda o lingotes que acuñar durante el siglo XVII, incrementadas hasta las 400 Tm anuales durante el XVIII. Y la asiática, que a finales de siglo empezaría a nutrir desde Acapulco  el mercado de Manila, con más de 143 toneladas anuales de plata; y también desde Lisboa, de donde las naos portuguesas por su ruta de oriente cargaban más de 20 toneladas anuales hasta Goa, acicate mercantil de los mercados de Macao y Nagasaki. Evidentemente el monto del valor fiduciario que cargaban las bodegas de la Flota de Indias, no era cuestión baladí: superaba el presupuesto de la mayoría de reinos europeos de la época. Cualquier galeón ocasionalmente capturado, suponía la fortuna para sus captores y descendencia terrenal, de ahí la ávida presión vigilante que sobre sus derrotas y recaladas contabilizaban  corsarios y perros del mar. A mediados del siglo XVI, todo un submundo de rapiña y violencia estaba medrando en torno al entramado mercantil español, nuevo y complejo ensayo a escala atlántica del comercio europeo, que sería universal y consolidado medio siglo después. Rapiña y violencia avivadas en el Caribe por la codicia personal del aventurero aislado o la envidia institucional de monarcas marginados por la Bula Alejandrina. Pese al acoso generalizado, la pérdida de naves españoles por naufragio o captura, no llegaba al 3% de las singlas oceánicas durante estos siglos de pólvora y zafarranchos. Pedro Menéndez de Avilés y su rey sabían que solo el perfeccionamiento del arte de navegar, la precisión de las cartas náuticas, las mejoras en la construcción naval y el minucioso estudio de la meteorología, serían factores decisivos para evitar la pérdida de vidas y hacienda sobrevenidas en el postrer trámite del mar, tras una forzada aclimatación de semillas y ganados, su sazón con mano de obra incierta, un trato mercantil transoceánico y el encaje de sus productos en el mercado europeo.  Pero también conocían la negativa de otros reinos a aceptar el reparto papal versus la tradicional ley medieval del “Rex Nullíus Lex” o toma de posesión de tierras no reclamadas anteriormente por otra corona. Por ello, junto al esfuerzo técnico guiado por la Casa de Contratación de Sevilla, había que extirpar el peligro de potenciales enemigos que arruinasen tanto empeño en aquellas costas a España asignadas, y poseerlas y poblarlas de facto con súbditos leales a su Corona.

Dos mil seiscientos hombres en 34 naves, entre las contratadas en Cádiz y las construidas en el Cantábrico, se preparaban en la Península para emprender tal cometido. Era voluntad real que el Adelantado recorriese detenidamente las costas de Florida <<… y descubrir todas las ensenadas, puertos y bajíos que en ella hay, para se marcar precisamente y poner en las cartas de marear, porque de no se haber hecho esto (anteriormente), se habían perdido muchas naos que iban y venían a las Indias, con muchas riquezas e gente y muchas armadas que el Emperador, de gloriosa  memoria, su padre y SM, habían hecho para la conquista e población de aquellas tierras >>.

En junio de 1565 con 995 soldados, 4 clérigos y 117 familias de artesanos y labradores, surge de Cádiz la vanguardia de la expedición en 11 naves rumbo a Canarias. Allí  confluye con las otras 23 naves cantábricas, que aportan a su vez 257 marineros y 1500 familias de colonos, más algún que otro clérigo que  se incorpora a la expedición. Solo el galeón San Pelayo, nao capitana de 60 cañones donde se embarca el Adelantado junto a 317 hombres de maniobra y guerra, era barco financiado por la Corona. Los bienes de Menéndez de Avilés, junto al aporte de familiares y otros potentados amigos de Cádiz y Sevilla, quedaban empeñados para financiar el resto.

La navegación hacia el Caribe iba a resultar problemática, borrascas incluidas que dispersan y maltratan hombres y barcos. Llegará el galeón San Pelayo a San Juan de Puerto Rico los primeros días de agosto acompañado de un solitario patache. Aguarda allí la incorporación del resto de la maltrecha flota, de la que apenas habría reunido un tercio, cuando parte sin demora hacia Florida, tras dos ajustadas semanas para reparar las naves dañadas durante la travesía. Al partir de San Juan, no sabe aún si las naves ausentes llegarían a Puerto Rico, o habían perecido en las borrascas atlánticas.

 
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Contexto Histórico de la Habana – IV

Una decisión equivocada de Juan del Prado Portocarrero, a la sazón Gobernador y Jefe Supremo de la Plaza, había bloqueado la flota en la bahía. En la bocana había mandado hundir tres de sus naves de guerra, previamente desmanteladas, a la vez que tender una gran cadena enlazando ambos márgenes. Esta medida asumida para evitar la entrada de los barcos enemigos, impedía tambien la salida de los propios. Desde las primeras jornadas bélicas, se comprendió en la Habana que la batalla iba a ser fundamentalmente dada por los hombres desembarcados en las playas del este. Gutierre de Hevia, como Comandante General de las Flotas de America había dispuesto entre las diferentes bases navales del Caribe, de al menos 21 navíos de línea y 10 fragatas bien pertrechadas que podrian haber dado la batalla en el mar, pero no la dieron.  Los barcos de Pocock no necesitarían forzar la entrada para rematar el asalto final; sus cañones batírían las defensas de la ciudad, y su permanente fuego iba a secundar física y sicológicamente a sus tropas de tierra, nutridas por enjambres de lanchones de desembarco que parten sin contratiempo de los buques – transporte. En un esfuerzo desesperado los navíos de la Armada Real confinados en la bahía, dispararán ineficaces pepinos rompedores contra las posiciones copadas por la artillería de campaña inglesa en la Cabaña.

Cae La Habana tras bandera blanca, capitulación y dos meses de asedio (1762). Reunido en primera sesión del Cabildo, el nuevo gobernador Conde de Albemarle, resplandeciente de medallas y condecoraciones, pronuncia en su lengua un discurso, traducido en vivo por un concejal habanero. Expone el inglés que pues ha sido conquistada la ciudad por las armas de SMB, el rey británico ha de ser el nuevo soberano a quien los presentes deben rendir pleitesía de vasallaje y obediencia. << Milord – responderá para todos con reconocida bonhomía Pedro de Santa Cruz, su alcalde – somos españoles y no podemos ser ingleses: disponed de nuestros bienes, sacrificad nuestras vidas, antes que exigirnos juramento de vasallaje a un principe para nosotros extranjero. Vasallos por nuestro nacimiento y nuestra obligación jurada de Carlos III, rey de España, ese es nuestro legítimo monarca y no podríamos sin ser perjuros, jurar a otro. Los artículos de la capitulación de esta ciudad no os autorizan más que a reclamar de nosotros una obediencia pasiva, y esa ahora os la prometemos de nuevo y sabremos observarla >>. Aceptó el vencedor el cambio en forma del juramento, mientras durase el status local derivado de la ocupación inglesa de la Habana. Seguirían sometidos sus ciudadanos a las leyes emanadas del poder español y se abstendrían de tomar las armas contra cualquiera de las dos monarquías en litigio. Con ello siguió el Cabildo sus funciones ciudadanas sin mayores contratiempos políticos derivados del estado de la excepción invasora.

En un gesto que les honra, los propios ingleses habrían de rendir honores extraordinarios post mortem al bravo marino cántabro Luis de Velasco. << Los españoles son malos estrategas, pero no hay valentia superior a la suya >> – diría en sus exequias Albermarle. Pero la población habanera no está para homenajes y exterioriza pronto su descontento. Obligadas a pagar nuevos impuestos y derramas, algunas familias huyen de la ciudad a favor del invasor que ocupa sus casas; incluso han de compartir otras la suya con una soldadesca que incomoda a las damas. Toman hospitales e iglesias en retaliativo paso de factura contra el legítimo ocupante, no tanto como ingleses, sino como intransigentes anglicanos. Esta animadversión iba a volverse en su contra al punto de ser habitualmente rechiflados como “mameyes”, en referencia al color de sus casacas rojas como frutos de mamey. Con el toque de queda llegaba la  “hora de los mameyes”, cuando los detestados guardias colorados podían penetrar impunemente sus hogares en misiones de control. Abandonan por ello las monjas el Convento de Santa Clara, que será nuevo cobijo para los enfermos y heridos provenientes del expropiado Hospital de Convalecencia, inaugurado bajo la epidemia de fiebre amarilla unos años antes, y ahora atestado de heridos y convalecientes ingleses. Los mandos militares españoles serán enviados en 28 barcos de la R.N. y bandera parlamentaria al puerto de Cádiz. Sometidos a Consejo de Guerra, Juan del Prado y Gutierre de Hevia serán desterrados ambos por diez años y suspendidos de empleo y sueldo de por vida.

Reconstruidas sus murallas y bastiones, La Habana como ciudad iba a conocer una etapa de desarrollo, aunque no desde un principio. En cambio, la esclavitud vería empeorar su estatus bajo la égida inglesa. En este estado de cosas, los negros libres eran frecuentemente secuestrados por mafias criollas para ser vendidos como esclavos a dueños británicos, que desoían de sus labios toda queja de los pardos, razón por la cual cientos de negros y mulatos de La Habana huyeron durante aquellos años hacia el interior. Eran las mismas bandas de delincuentes que secuestraban a los hambrientos habaneros que salían extramuros en busca de comida, y que habían de pagar elevado rescate para verse de nuevo libres. La escasez de mano de obra esclava decide al mando británico para traer negros bozales de Africa, que son subastados públicamente en la Plaza de San Francisco. Comparativamente al estado previo a la contienda, el comercio inglés hace tímidas apariciones en el puerto. Con la llegada de barcos de Jamaica, las Bahamas y las 13 colonias del norte atlántico, se trata de suplir la llegada de mercancías peninsulares, especialmente sus trigos y harinas. Mientras dure esta ocupación británica, la capitalidad de la isla sería establecida en Santiago de Cuba, y es a ella donde se desvía ahora el comercio caribeño en su ruta alternativa hacia España y desde ella.

Canjeadas las ciudades de La Habana y Manila por La Florida al final de la guerra, el nuevo devenir de la capital cubana iba a cambiar notablemente. Se abre su puerto al comercio mundial (1778), se contruye la Intendencia (1772) o Palacio del 2º Cabo, inicialmente destinado a cuartel general del vicegobernador, con una recia fachada neoclásica de soportales y arcos de medio punto. Se construye el Palacio de los Capitanes Generales (1770) en el solar que fuera de la iglesia fundacional de La Habana. Carlos III manumite por Real Orden a 156 esclavos negros distinguidos por su valor en la lucha contra el invasor y resarce monetariamente a sus dueños desde el situado real. En 1774 el censo de Cuba arrojaba 175.000 habitantes de los cuales 44.000 eran esclavos.

Recuperada La Habana, un cuerpo de ingenieros recién llegado de la Península, va a emprender la construccion del inacabado fuerte de San Carlos de la Cabaña y los nuevos Castillo de Atarés al fondo de la bahía, y Castillo del Príncipe al sur del recinto murado. Se nombra Catedral (1790) a la hasta entonces Iglesia Mayor de La Habana, guardándose para la de Santiago de Cuba, la primacía eclesial de la isla.

En diciembre de 1800 llega Alejandro de Humbold a la Habana, sorprendido europeo que << al contemplar aquellas fortalezas que coronan las rocas al este del puerto, aquella concha interior de mar rodeada de pueblecillos y de cortijos, aquellas palmeras de una elevación prodigiosa, aquella ciudad medio cubierta por un bosque de mástiles y de velas de embarcaciones…>> contrasta y atesora las inéditas e irrepetibles imágenes. El gran curioso y naturalista alemán que << en admirable romería de sabio y de poeta, racionalista investigador del cosmos y emocionado feligrés de la naturaleza >> iba a realizar un riguroso estudio de flora, fauna, minería y costumbres de Cuba y toda la América Hispana, en su inolvidable Viaje a las Regiones Equinociales del Nuevo Continente. Era el claro exponente del interès que las Américas habían despertado en las mentes y universidades europeas desde la Ilustración.

En 1828 se inaugura El Templete, edificio destinado a proteger y conservar el monolito – testigo del te deum fundacional de la villa en 16 de noviembre de 1519. En 1837 se inaugura el tramo de ferrocarril entre La Habana y Güines, primer camino de hierro de los territorios hispanohablantes. En 1854 las Hermanas de la Caridad pasan a prestar cuidados de enfermería en el Hospital de San Felipe y Santiago, declarado local de Beneficiencia Pública tres años más tarde, con el ligro social que la medida implica. Impulsada por la industria azucarera y la elaboración de tabacos, la prosperidad de Cuba era evidente. En 1863 se derriban las murallas para dejar espacio a la expansión de la pujante urbe y en 1875 el Capitan General cesa por Real Orden de presidir el Cabildo de La Habana. Es su Alcalde desde entonces, cargo social ajeno a la autoridad militar de la isla, quien ha de presidirlo. Cuando Cuba alcanza la independencia de España, tras oscura y mediática declaración de guerra por unos EE.UU que pasan a tutelarla, La Habana era una de las principales urbes de las Américas, parafraseada en el ripio:

Verdadero tarro de miel

donde toda mosca hispana

cae presa de patas en él.

 

P.S: La Habana es hoy  Patrimonio de la Humanidad (1982)

 
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Contexto Histórico de la Habana – III

En el contexto de la Guerra de los Treinta Años (1621), la Armada del Mar Océano captura frente a Cadiz un convoy de la Compañía Holandesa de las Indias Occidentales. Este sonado revés, junto a la prosperidad del enclave habanero atrae la venganza y codicia del corso holandés y sus adscritos a la navegación de fortuna. Boudewijn Hendriksz, mas conocido en español como Balduino Henriquez (1625) viene rebotado desde San Juan de Puerto Rico dispuesto a tomarse la revancha de su fracaso en aquella Capitanía con la toma de ésta; pero la potencia de fuego de las baterías de la Habana, hace entender al holandés que con la escuadra que trae su empeño es una quimera. En el curso de la guerra, España venía reforzando notablemente el corso de Dunkerque, concediendo nuevas patentes y aportando sus astilleros más de 20 galeones de diferentes portes, construídos al efecto. Desde la costa flamenca, la campaña de interceptación de naves holandesas en el Canal de la Mancha, habíase tornado demoledora  para el comercio de las Provincias Unidas.

Pese a la urgente defensa que desde su costa patria le reclaman, el Almirante Piet Heyn, corsario de la Compañía Holandesa de las Indias Orientales patrullaba con una armada de 29 navios de guerra por el Canal de Bahamas a la espera paciente del paso de las Flotas  de Barlovento y Nueva España que  habían de confluir en la Habana para dar el salto atlántico. Desde las costas cubanas han visto el despliegue de la flota enemiga y salen de la Habana sendos pataches de aviso a Portobelo, Veracruz y Cartagena de Indias para que, llegado el tiempo, los galeones no se hagan a la mar; pero solo el de Cartagena llegará a destino: los otros dos han caido en la red tendida por el holandés. Ajenas al peligro que sobre ellas se cierne, ambas flotas zarpan confiadas a su cita de la Habana. Compuesta por dos galeones y cuatro merchantas, la flota de Portobelo se topará con un abanico de velas enemigas que intercepta su rumbo hacia la costa cubana. Los dos navíos de escolta entran directamente a la batalla cruzando fuegos contra la línea de barcos que pretende envolverlos. Lograrán abrir un paso por donde las marchantas trepanan su envolvente para acceder finalmente a puerto. Los sacrificados galeones de escolta apenas alcanzan a embarrancar en la entrada de la bahía habanera, bajo el protector alcance de sus baterías: han logrado salvar las naves merchantas y evitar el despojo y rapiña de las de guerra, aunque estas se hayan perdido reventadas por la metralla y los escollos costeros. Pero el almirante holandés es un viejo lobo de mar, paciente y sabio. Conserva todavía 20 naves en perfecto estado y lo grueso del tesoro está al llegar con la Flota de Nueva España. Oteadas al fin en el horizonte las velas novohispanas, la flota holandesa desplegada en línea costera, avanza ahora en abierta envolvente hacia ellas. Bajo la capitana del General Juan de Benavides y la almiranta de Juan de Leoz, rehuye  la flota novohispana el enfrentamiento con la holandesa. Ante la inferioridad de su potencia de fuego opta por refugiarse en la bahía de Matanzas (1528) donde espera recibir apoyo por tierra desde la Habana. Una trampa que el antaño prisionero y forzado galeote de las Galeras de Santo Domingo que es Piet Heyn, fuerza para hundir y saquear a mansalva ahora como Almirante de armada, los 4 cagafuegos de escolta con sus Quintos Reales en lingote y moneda, junto a 8 merchantas ahitas de maderas preciosas, finas porcelanas y lacas de Manila. El escaso calado de la bahía permite a los asaltantes el total saqueo de las naves semihundidas o varadas en su rìa. Solo tres de ellas lograrían zafarse del cerco para entrar un par de dias después en La Habana, donde ya habían aportado otras seis merchantas que escabullidas del confuso desparrame marino  de velas y falsas banderas, lograron acceder a la Habana sin ser alcanzadas. El impacto de la debacle española resonaría en Europa como serio aldabonazo para el prestigio de la Monarquía Hispánica, a la vez que una irreparable pérdida para sus arcas, que supuso en cambio el financiamiento del ejército holandés durante un año. Fue la única captura de la conocida en Europa como “Flota del Tesoro“a lo largo de sus dos siglos y medio de vida. Leoz fue condenado a prisión de por vida, Benavides, juzgado y condenado en Sevilla, sería ahorcado tres años más tarde; y Piet Hein al cabo de apenas uno, moriría en batalla con los corsarios franceses de Dunkerque, que en aquella guerra luchaban por España.

Al año siguiente otro holandés, Cornelius Jols (“Pata de Palo”) fracasa en un primer intento de tomar la Habana (1629), pero triunfa dos años después con poderosa escuadra, saqueándo e incendiando la ciudad ante la negativa de pagar rescate por sus huidos moradores. Desiste en cambio Henry Morgan (1668) que con 12 embarcaciones y 700 hombres pasa a la vista pero fuera del alcance de sus cañones, para acabar cayendo sobre el indefenso Puerto Príncipe, que por no verse en llamas pagará un rescate de 500 reses y otras tantas sacas de sal, que el pirata se lleva para Jamaica.

La peste de Cartagena, inoculada por pulgas parásitas de ratas de sentina, ha diezmado la población habanera, y nuevas epidemias vendrán a presentarse intermitentes en los siguientes años por la misma vía. En adelante los bolardos que sirven para tomar amarra de galeones en la Plaza de San Francisco y otros puntos de atraque, van a ser particularmente atendidos por la policía ciudadana y el Capitán del Puerto, para evitar que sean sus amarres los puentes que usan las ratas de machina para acceder hacia y desde los barcos. Serán penadas aquellas naves cuyos cabos a tierra no estèn aturbantados por discos de madera, que cortocircuiten el camino de roedores y sus apestadas pulgas, causa frecuente de estragos ciudadanos. Y la vida habanera seguirá a pesar de los contratiempos. Van medrando las obras públicas (agua corriente, alcantarillados) y fortificando su perímetro emplazado. Se levanta el Convento de Santa Clara (1640), el de los Agustinos (1628), el Hospital de San Lázaro, La Merced (1630), San Francisco de Paula (1664), el Convento de las Dominicas (1684), San Felipe Neri (1693)

Estalla con Inglaterra la Guerra de la Oreja de Jenkins (1739-41) durante la cual la flota del Almirante Vernon pasa frente a la bahía de La Habana varias veces, pero no ataca pese a la impresionante flota que comanda. Atacará para desgracia suya Cartagena de Indias, donde perderá honra y barcos. Vernon había tratado de establecer una cabeza de puente llamada Cumberlad (Guantánamo), que unos meses después del desembarco, hostigadas por voluntarios isleños sus tropas no podrían conservar.

.          A partir de 1714, España había disuelto la insostenible red de Armadas de Guerra (La Corona contaba con 9 armadas repartidas entre el Mediterráneo, Atlántico y Pacífico, de presupuesto desorbitado) para dar nacimiento a la Armada Real repartida entre las Capitanías Generales del reino. Se funda la cubana Universidad Pontificia en San Juan de Letrán (1728). La libertad de comercio con puertos españoles y países aliados multiplicaría su tráfico portuario hasta convertir a la Habana en la “Perla del Caribe”. Llegará a contabilizarse en un año la entrada a puerto de más de 200 navíos de travesía y 5.000 embarcaciones de cabotaje, con un enjambre de marinos, colonos, funcionarios reales, comerciantes, emigrantes en ruta, aventureros de toda laya, que pululan por sus calles. Los diques de La Habana, gracias a la buena gestión del criollo Juan de Acosta, acabarán por convertirse (con los de Guarnizo en Cantabria), en el Astillero de la Armada Real, dada la durabilidad de sus maderas, resistentes al ataque de la broma o teredo tropical. De sus gradas saldría el Santísima Trinidad, navío de línea de 63 metros de eslora y 140 cañones con  un arqueo de 4900 Toneladas, único velero de cuatro puentes y mayor desplazamiento conocido de cuantos hayan navegado por el Atlántico.

Durante la Guerra de los Siete Años (1754-1763), España aliada de Francia, se ha visto arrastrada a nueva contienda contra Inglaterra, con su disparidad de intereses sobre el comercio y la trata de esclavos en el Caribe como causa. Pero la conflagración iba a adquirir dimensiones de guerra mundial: Austria, Prusia, Francia, España, Rusia, Inglaterra, Suecia, Portugal…todas involucradas y cada una de ellas enfrentada a una parte del resto, que no a todo él, por cuentiones territoriales o mercantiles. Finalizaría la trifulca de naciones con el Tratado de Paris. En un momento de la contienda, el Almirante George Pocock con 26.000 hombres y casi 200 velas ha zarpado de Martinica y siguiendo la costa sur de la isla se presenta ante la Habana. Con temeridad y pericia ha sorteado un sinfín de playotes, cayos y bajíos a lo largo de 700 millas, sin otras armas que la sonda y una carta de marear oceánica. Sitia La Habana, objetivo británico codiciado desde todo tiempo. La defensa de la ciudad ha sido prevista con la llegada de nuevos cañones, infantes, artilleros y dragones sin monturas, cuyos caballos son aportados por hacendados de la isla, además de 600 esclavos cedidos por sus dueños. Una epidemia de fiebre amarilla importada de Veracruz diezma las fuerzas habaneras en los meses previos al cruce de impactos, pero los 420 cañones que vomitan fuego en defensa de la ciudad van a enseriar la escena del drama. A ellos hay que sumar los 9 navíos de línea y 25 barcos mercantes cargados de provisiones y pertrechos fondeados en el puerto, tres millones de pesos en metálico de la Real Compañía de Navegación, ademas de los repletos almacenes de la ciudad. Los habitantes son persuadidos para abandonar la ciudad, pero muchos de ellos acuden a otros cabildos y puestos militares isleños en demanda de armas para defender la capital.

Con la escuadra desplegada en abanico frente a la bocana de la bahía, comienza su cerco el día de Corpus Cristi. Es informado el gobernador del avistamiento de velas en medio de la solemne Misa Mayor que preside. La procesión que le sigue exponiendo la Custodia sacra bajo palio, escoltada por la curia diocesana, y desfilando tras ella cabildo, cofradías, hospitales, niños y el resto de fieles blancos, indios y pardos, queda suspendida. Se cierran las Puertas de Tierra con el toque de rebato y el espectante vecindario va regresando a sus casas. Al dia siguiente unas leguas al este, el Conde de Albemarle, comandante en jefe de la tropa, al frente de 8.000 infantes,  artilleros, zapadores e ingenieros, desembarca en playas de Cojímar y Bacuranao, luego de abatir los torreones guardacostas, para seguir en avanzadilla bifronte hacia la ciudad capital. Cuatro días mas tarde alcanzan la ribera oriental de la ensenada habanera y las bayonetas inglesas asoman sobre los incipientes cimientos del Fuerte de San Carlos de la Cabaña. La posición estratégica de La Cabaña, altozano a espaldas del Morro que domina el castillo y la ciudad, iba a determinar el desarrollo de la batalla. Desde esta ventajosa posición van a batir los artilleros ingleses el casco urbano de la capital y la retaguardia del Morro, sumándose al fuego de la escuadra que los bate desde altamar, mientras avanzan sus zapadores hacia los muros del castillo para dinamitarlos. Esta táctica había sido prevista por los estrategas de Carlos III, pero la construcción de La Cabaña no pudo ser concluida antes del ataque inglés, ni defendido con fortuna el fuerte frente al invasor en el nuevo teatro de guerra. El capitan de navío  Luis de Velasco y Fernandez de Isla es el heroico defensor del Morro que herido y con apenas ya dos cañones útiles en el fuerte, resiste uno tras otro los envites que se abaten sobre sus muros, a la vez que contempla cómo nuevas tropas de desembarco arriban a las playas. Algunas llegan desde Nueva York al mando del General Burton, pero deben ser ocasionalmente desembarcadas en las Bahamas tras ser interceptadas en el propio canal por barcos aliados. Navios de transporte y bajeles de guarda británicos son atacados por una patrulla de fragatas francesas, que toman 400 prisioneros y parte del material bélico que portan. Entre los que pudieron llegar a costas cubanas se hallaba un joven capitan llamado George Washington, el futuro general independentista de las 13 colonias inglesas. Cuerpo a cuerpo iban a caer luchando los últimos defensores del Morro contra aquellas avalanchas humanas que no cesan. Mientras, en La Habana seguían afluyendo nuevas partidas de voluntarios del interior que se aprestaban a luchar contra los invasores, quienes ya para entonces habian podido instalar en la Cabaña 45 cañones de campaña y otros tantos obuses y morteros.

 
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Contexto Histórico de la Habana – II

Comienza la fortificación de la ciudad, nucleada ya como centro coordinador del comercio español, en un mar infestado de piratas. El Gobernador establecerá su sede en el Castillo de la Real Fuerza, bastión iniciado.por el gobernador Hernando de Soto sobre el propio solar del primigenio fuerte de troncos, diseñado ahora en canterìa según los cánones bélicos de la campaña de Italia (1538). En uno de sus angulos sobresale el Torreón de San Lázaro llamado también de la Espera en recuerdo de Dª Inés de Bobadilla esposa del gobernador que partio a la conquista de la Florida. A la torre recién construida, cuentan lenguas que cada tarde subía la gobernadora para contemplar el horizonte, en el que soñaba ver aparecer de regreso las velas de su esposo. Pero nunca volviò. La mayor parte de la mucha gente que con èl partio a conquistar Florida moriría allí, en detrimento de las escasas hacienda y población cubana.

La Habana asume la capitalidad de la isla (1563) siendo nombrada Capitanía General a partir del año 1581. El Adelantado Pedro Menéndez de Avilés que agrega La Florida a la Gobernación de Cuba, reforma y moderniza las defensas y el antiguo Hospital-Colegio de la ciudad para atender solo a militares convalecientes de esta campaña contra los hugonotes establecidos en aquellos litorales: a partir de entonces se le nombrará como  Hospital Real de San Felipe y Santiago de La Habana (1567). Regentado mas tarde por los hermanos sanjuaninos (1603), se inicia en él la asistencia de enfermería; empezará a conocerse desde entonces como hospital general San Juan de Dios. Los hermanos iban también a constituirse en enfermeros del hospital flotante que a bordo de la nao Almiranta de la Flota de Indias, iba y venía de Sevilla. Se crea tambien la figura del “artillero mayor”(1576), lombardero con superior entrenamiento y formación cuya capacitación iba a ser en adelante responsabilidad de la Casa de Contratación de Sevilla. Hasta entonces no se disponía de esa formación en su Universidad de Mareantes, y admitía aspirantes europeos no españoles, entre los que había supuestos artilleros flamencos y valones que << los más de ellos son ingleses que vienen a reconocer puestos y fuerza, y corren toda esta costa >>, con lo cual se pone en evidencia el peligroso espionaje a que están siendo sometidos los “cagafuegos” que guardan la Flota de Indias y las defensas de los puertos-llave del Caribe. En estos enclaves se había comenzado ya la profesionalización y permanencia de guarniciones militares fijas, ante la indiferencia mostrada por las nuevas generaciones de colonos y pobladores, algunos de los cuales ignoraban el manejo de las armas de fuego. Los primeros pobladores convertidos por las circunstancias en “hombres de guerra”, habíanse transformado por mor de sus haberes en inoperantes “hombres de paz”, que a lo sumo cuando las circunstancias apremiaban, ofrecían esclavos para defender lo que personalmente deberían afrontar obligados por ley. No solo con derramas impositivas, sino con su propia sangre. A instancia del Gobernador de La Habana, la Corona toma conciencia de dotar su fuerza profesionalizada con piedra de azufre y salitre, para que sean ellos quienes fabriquen en adelante su propia dotación de pólvora, con lo que de simplificación procedimental suponía tal medida en el entramado defensivo del Caribe. Los soldados mutilados de guerra pasan como pensiónados a formar y enseñar el manejo de armas y los rudimentos de la disciplina militar a jóvenes inexpertos en edad de ocasional leva.Y su astillero empieza a suministrar barcos de elevado porte con 600 toneladas y más, de maniobreros cascos reconocidos por su buen andar y maderas de gran durabilidad y resistencia a la broma: esas mismas preciosas maderas que Felipe II ha instalado en su retiro de El Escorial. Como en Santo Domingo y Cartagena de Indias, se crea una tercera armada con dos galeras y 250 hombres de guerra, a fin de combatir con eficacia la piratería in crescendo de aquellas costas. Tales naves habían sido consideradas por la Universidad de la Mar de Sevilla, como las naves idóneas para la represión pirática. El escaso calado de sus cascos y su moción a vela y remo, las hacía sumamente operativas en aguas someras, y por tanto inmejorables para maniobrar en aguas del sur de la isla, plagada de playotes, cayos y bajíos. Se dotan sus remos con galeotes provenientes de la fuerza bruta que labora en fuertes y murallas habaneras, pero iban a ser de vida efímera, porque << dada la mala disposición de los indígenas para la boga >>, era problemático mantener sus tripulaciónes de bogantes.

En esta época la ciudad organiza su urbanismo empezando a zunchar con un muro perimetral de paulatino avance, el caserío, sus conventos, sus parroquias y cuatro plazas que ya perfilan su futuro, en un entramado urbano que al principio se trazó ortogonal, pero que andando el tempo constructivo por intereses particulares y mor ciudadana acabaron deformando algunos solares adaptándolos al relieve. Diseñada hacia 1520 junto al sitio que ocupara el primer templo de la villa, la inicial Plaza de la Iglesia pasó a llamarse Plaza de Armas con la siguiente centuria, cuando se le incorpora el solar que fue de la abrasada iglesia matriz. Sirvió desde un principio como patio de alivio para movilidad y maniobra de las tropas acuarteladas de la Real Fuerza. Una vez levantado el Convento de San Francisco (1548), su descampado adjunto, muelle de carga-descarga para galeones y semanal mercadillo, pasó a llamarse Plaza de San Francisco. Para resguardar el silencio durante la oración de los monjes, el mercado y su bullicioso mundo fue desplazado a un cercano descampado conocido entonces como Plaza Nueva y hoy como Plaza Vieja (1559) donde pasaron a congregarse algunos edificios de soportales bajo miradores y celosías de madera al estilo canario. Póximo al Castillo, los jesuitas crearon un seminario, frente al cual existía ya un canal de abastecimiento de agua potable que en aquel punto entroncaba con la Zanja Real. Una suerte de aliviadero que encharcaba la zona con agua sobrante, y que vino por ello a recibir el nombre de Plaza de la Ciénaga, posterior centro neurálgico de convivencia ciudadana conocido como Plaza de la Catedral a partir de su desecado y cubrición de atajeas. El edificio iniciado como seminario jesuita acabó siendo la Parroquia Mayor y finalmente Catedral de la Habana con los propios planos por ellos trazados, tras la expulsión de la Compañía de Jesús por Carlos III. (1788).

El sistema de flotas y expediciones a partir de 1561 va a variar de itinerario. Zarpa de Sevilla dos veces al año, una con destino a Veracruz, conocida como Flota de Nueva España y otra con destino primero a Nombre de Dios, después a Portobelo, conocida como Flota de Tierra Firme. Desde 1574 cada una de ellas navegará protegida por su Capitana en punta con bandera en palo mayor, y su Almiranta atrás cerrando el despliegue con su Cruz de Borgoña en el trinquete. Reunidas de nuevo en la Habana sus naves artilladas vuelven en conserva  hacia Sevilla ahora bajo la denominación de “Flota de Indiaso Carrera de Indias. El peligro corsario se ha multiplicado, pero las precauciones defensivas y tácticas, tambien. Una vez en mar abierta, enfilaba la Flota hacia Florida hasta atravesar el peligroso canal de las Bahamas y seguir costa adelante para  tomar rumbo oceánico hacia el Cabo San Vicente en la costa S.O. de Portugal. Los “Galeones de la Plata”, naves reales revestidas de plomo e identificadas con doble fanal, navegaban en medio de este despliegue naval arropadas por el resto de navíos para su defensa a ultranza. Ellas portaban el preciado metal con que los comerciantes de Lima y México habían pagado en  Portobelo y Veracruz los productos peninsulares adquiridos o contratados en sus ferias. Ellas atesoraban en moneda y lingotes de ley, junto al Quinto Real, todas las demás tasas al beneficio minero y comercial que como súbditos de la Corona debían pagar  << nuestros súbditos de estos reinos >>. A su paso por las Azores tomaba aguada la Flota en la Isla Tercera, donde se “hacían lenguas” de las velas avistadas en su entorno los últimos meses… Quedaba la etapa más peligrosa del periplo, donde piratas y corsarios berberiscos, franceses, holandeses e ingleses, aguardaban como caimán a boca de caño, el más importante botín del mundo. Siempre a la espera de una dispersión de velas bajo temporal, o el malhadado retraso de cualquier merchanta averiada,  para caer sobre el animal herido. Porque la flota desplegada en orden y formación de avante, solo podía ser atajada por otra formidable formación naval, inexistente a la sazón. Solo despojos podían apetecer de ellas los merodeantes y osados corsarios. En tierra, la construcciòn del Castillo de San Salvador de la Punta (terminado 1600) y sobre todo el poderoso Castillo de los Tres Reyes del Morro (terminado 1589) eran una poderosa arma disuasoria de piráticos empeños en el entorno portuario de la habanera Llave de América.

Los miles de tripulantes, militares y pasajeros de la “Flota de Indias”, permanecían largas temporadas en La Habana, a la espera del tiempo propicio para hacerse a la vela. Esos meses de febril trasiego humano, potenciaba el comercio y enriquecía a sus ciudadanos. Los transeúntes consumían viandas, además de adquirir productos locales de neto valor añadido en España. Los barcos regresaban repletos de los preciados “ultramarinos”. Pero tras la marcha de la flota, escaseaban en tierra los alimentos y mercancías, lo que potenciaba una severa inflación estacional, además del brote de fiebres y contagios contraídos de la población flotante. La llegada cíclica de nuevos colonos y esclavos negros, lograba regularizar las compras compulsivas de un mercado convulso. El tabaco y la ganadería porcina y vacuna, estaban convirtiéndose en el motor  de progreso del agro cubano, y lo iba a ser por más de una centuria. La plantación de caña de azúcar con sus ingenios y trapiches, pujaría más tarde con renovado impulso la producción isleña, a la vez que incorporaba numerosas familias canarias portadoras de técnicas experimentadas de producción azucarera al crisol étnico de Cuba.

En 1586 el pirata inglés Francis Drake aparece con su escuadra de 30 naves frente a la bahía de La Habana. Las nuevas fortificaciones de la ciudad y la presencia de 900 arcabuceros detectada por sus infiltrados escuchas, le decide a buscar otra presa mas facil y rentable para su sindicato de Plymouth. En retirada la flota inglesa, es capturada por naves españolas salidas en su persecución una urca rezagada, cuya tripulación es traida a la ciudad para ser ahorcada.  Alegando que no han causado daño alguno, será su vida perdonada a cambio de trabajos forzados en la construcción de la muralla. En 1592 Felipe II le concede el título de ciudad y la proclama como Llave del Nuevo Mundo y antemural de las Indias Occidentales, dando a la imprenta y al halago en campo de azur, sus tres castillos de guarda y la llave de oro que representa su acceso como antesala de América. Los 4.000 habitantes que alberga por entonces La Habana, pasarán a 30.0000 un siglo después, y a 75.000 en 1775.

La plaga corsaria con sus múltiples imposturas, añagazas, y tretas o disimulos, había obligado a imponer en los puertos españoles toda una gama de intercambios de señas y contraseñas entre las naves en arribo y la autoridad portuaria, en evitación de subrepticios engaños. Banderas arriadas, gallardetes equívocos, flámulas e insignias castellanas, para colarse de matute en puerto ajeno donde cometer sus fechorías al arrimo del factor sorpresa. Experimentados por estas prácticas delictivas en carne propia, los puertos antillanos impusieron para el acceso de velas entrantes todo un protocolo a base de salvas de las baterías de costa, para que las naos entrantes << amainen y hagan señales de paz >> inconfundibles. A esta señal debían responder con otra salva a bandera izada, caso contrario serían cañoneados. A partir de la infiltración pirata del jamaicano John Davis en San Agustín de la Florida (1668), se impuso además la prohibición de entrar o salir de puerto durante las horas de noche, del ocaso al orto. Después del ocaso quedaba suspendida la actividad del surgidero: todo barco entrante debía esperar a la salida del astro diurno para solicitar entrada. Mandaría entónces un bote a la comandancia del puerto, que identificara nave matriz, carga y capitan, solicitando para ella el correspondiente permiso de entrada. A partir de 1680 el protocolo se vería complejizado con el acceso de las escuadras de la Guarda de Indias. La nao capitana de la Armada de Tierra Firme, con su bandera en el tope del mástil, al acceder a La Habana, debia disparar una vez frente al Castillo del Morro y otras tres al dejarlo por babor rumbo a la bocana; en tanto que si era la capitana de la Armada de Nueva España dispararía dos y tres veces respectivamente en idénticas posiciones y con la misma enseña izada. Estas órdenes, emitidas por el Gobernador y Capitán General de Cuba eran secretas y trocadas con frecuencia en evitación de su descifrado por espías y corsarios.

 
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Contexto Histórico de la Habana – I

         Colón en su primer viaje (1492) descubre la isla de Cuba << de la forma de una hoja de sauce >>, que denominará Juana en honor de la infanta de Castilla, pero no se detiene, y sigue su litoral al oeste navegando en pos de otras costas. Será la vecina isla de La Española quien, años después de haber consolidado algunos cientos de colonos peninsulares, aporte los primeros contingentes europeos  a la Gran Antilla, receptora final de una leyenda de la que Colón había sido crédulo partícipe, en un postrer jirón medieval inferido al estandarte renacentista. La Antilla era una mítica isla oceánica previa al decubrimiento de América, ya referenciada en cartogramas de 1424, que había culminado su carisma con el refrito geográfico de Toscanelli (1468) manejado por Colón. Se decía que en 1411 una carabela española había llegado a ella, pero no se tenía noticia fidedigna de esta arribada. También Portugal había emprendido sin éxito su búsqueda, sin tampoco hallarla. Este legado legendario influyó para nominar al archipiélago antillano en los cartogramas españoles con su nombre de leyenda.

El estado de cosas que se encuentran al llegar los primeros europeos nos ha sido narrada por su contemporáneo López de Gómara: << Estaba Cuba poblada de indios…andan desnudos, en cueros vivos hombres y mujeres…con liviana causa dejan a sus mujeres…el andar la mujer desnuda convida e incita a los hombres pronto… >>. Y en análoga circunstancia a la vivida por hombres y tierra de La Española, el cronista apostilla: <<Todos ellos se volvieron cristianos; murieron muchos de trabajo y hambre, muchos de viruelas, y muchos  pasaron a Nueva España cuando Cortés la ganó, y así no quedó casta dellos >>. En los primeros contactos con la tierra y sus hombres, aplican los castellanos su máxima renacentista: << quien no poblare no hará conquista, y no conquistando la tierra, no se convertirá su gente >>. Con esta hoja de ruta se comienza la conquista de Cuba, y como conquista en todo tiempo, será sangrienta. Los europeos vienen de una guerra secular en todas sus fronteras. Con ellos traen en sus flotantes castillos, caballos y perros, medios desconocidos para el asombrado indígena, que llegará a sentirse morir bajo los truenos del arcabuz que los mata de lejos. Pronto esos mismos perros que levantan como pieza de caza a todo indio mimetizado en la manigua, quedan perdidos por los montes, donde llegarán a criar en despoblado y tornarse tan << carniceros más que lobos, que hacen mucho daño en cabras y ovejas >> que los propios conquistadores, ahora establecidos como colonos, se organizarán en batidas para exterminarlos y defender los haberes de sus cabañas.

Diego Velázquez llega desde La Española como Adelantado (1511) con credenciales para su conquista y repoblación, otorgadas por Fernando el Católico a instancias del Gobernador Ovando. Le acompaña un grupo humano de colonos  que aportan ganados, semillas y animales domésticos, además de hombres de guerra  que contribuyen a la empresa con sus equipos, armas y monturas. Entre ellos vienen  Pánfilo de Narváez, futura cabeza militar de la conquista isleña, y Hernández de Córdoba, Grijalva y Hernán Cortés, que van a catapultar desde Cuba el descubrimiento de Yucatán y la conquista de México; junto a ellos, viene el dominico Bartolomé de las Casas, grande e ingénuo defensor de los derechos indígenas y  estrecho colaborador de Velázquez, que gestiona en España mediante personas influyentes el final de la encomienda al uso. Una vez conseguida su total libertad, se tornarán pacíficos los indios, dejarán de sublevarse, tainos y siboneyes perderán el perenne hervor de rebeldía indígena de los primeros tiempos. En este contexto funda el Adelantado la villa de San Cristóbal de la Habana (1515) en la costa sur de la isla, que por su insalubridad y peligrosa navegación entre bajíos será trasladada (1519) a una cercana bahía más al norte.

En la bocana de esta bahía conocida como Puerto de la Carena, elige el Adelantado el lugar para trazar el nuevo damero ciudadano, junto al abrigado playote en que reparara sus naves Sebastián de Ocampo (1508), experto bojador antillano, compañero de Colón en su 2º viaje. Allí había dado con sus dos carabelas, anegadas las sentinas por la broma y las vias de agua de fortuitas encalladas, cuando en arriesgada navegación costera, averiguaba por orden del Gobernador Ovando si Cuba era o no una isla que pudiera ser colonizada de cristianos. Y en ella había encontrado varadero de fortuna de placentera arena y manantiales de asfalto, donde poder carenar aquellos maltrechos cascos, que con la pleamar debería reflotar de nuevo. Once años más tarde Velazquez refunda allí la villa que en sus comienzos va a depender oscuramente de Santiago de Cuba, la capital isleña cuyo joven y carismático alcalde Hernán Cortés, sería el futuro conquistador del Imperio azteca. Bajo el  copudo parasol de una ceiba caribeña, y según inveterada usanza castellana, se solemniza la fundación con misa y te deum. Entrega Velazquez al electo Cabildo, con sus dos alcaldes ordinarios y tres regidores, la guarda y custodia de los Fueros y Privilegios de la Villa que han de legar a la posteridad la validez del consuetudinario acto. Terminado el trámite con el levantamiento del Acta Fundacional, quedan allí registrados sorteo y Amparos Reales o lotes de tierra asignados a las 37 familias fundadoras del vecindario. Vendrá luego el trazado de calles  << a regla y cordel >> y la construcción por negros e indios cautivos de la pajiza iglesia y el fuerte, sólida empalizada de troncos cercada de escarpe y zanja, cobijo del vecindario frente a posibles algaras indias. Será el futuro núcleo integrador ciudadano, que junto a su caserío ardería bajo flechas incendiarias en más de una ocasión. En las afueras quedaba instalado el encomendado poblado indígena o << república de indios >> con plaza propia, agua y tierras comunales, su cacique y alguaciles: suministro asequible de mano de obra, que en 1552 alcanzaría, total libertad de establecimiento y circulación. El fundador de La Habana había tomado prestado el topónimo siboney “jhabana,” la castellana “sabana”, que junto a San Cristóbal patrono de peregrinos y marineros, iba a constituir santo y seña de la nueva villa de cristianos. Ennoblecida con un te deum laudamus, celebrado bajo frondosa ceiba que devino enjuta y seca 235 años más tarde, serìa para siempre recordado el laudo por un monolito de piedra  (1754) levantado en el sitio.

A partir de 1543, el entramado administrativo del Imperio iba a estructurar un sistema de flota anual que parte desde Sevilla para ultramar con textiles, herrajes, aperos, pólvora, pertrechos. Desde 1521 el comercio entre el Caribe y España era obligado realizarlo con naves desplegadas en conserva, y un escuadrón protector contra corsarios franceses¸ más tarde llamado Escuadra de Averías por ser financiado por los propios mercaderes que comercian en ultramar mediante un impuesto llamado Avería. Al acceder al Caribe la llamada Flota de Indias, se dividía en dos, una con dirección a  Veracruz y  otra a Cartagena y Nombre de Dios, que irán desglosando naves en diferentes puertos del derrotero. El arribo de estas naves, generaba ferias y festejos locales en los puertos de destino, donde se concertaba buen número de embarcaciones menores que distribuían hacia otros enclaves los preciados cargamentos traídos de España. Finalizadas las ferias locales y estibadas las naves con cueros, cecinas, ganados, maderas, sebos, ceras y otros productos de la tierra además del impuesto o Quinto Real, concurrían ambas flotas concentradas de nuevo en La Habana, donde se les incorporaba la nao capitana para marcar avante el rumbo de regreso a Sevilla.

Este incipiente comercio transoceánico iba a despertar pronto envidias y felonías sin cuento entre colonos clandestinos y navegantes advenedizos que van enrocándose en la generosa pléyade de minúsculas islas caribeñas potenciados por el rencor francés. Francisco I de Francia, enemigo declarado del Emperador Carlos V y antiguo competidor de su cetro, concede patente de corso a sus marinos frente al monarca español, en una frontal actitud contra la salomónica Bula del Papa Alejandro VI, que había repartido el globo terráqueo entre Portugal y España. Se siente despojado de su opción americana y alega que le enseñen la clausula del testamento de  << nuestro padre Adán >> donde se dice que ha de repartir su herencia entre castellanos y portugueses excluyendo a todos sus demás hijos. Decide por ello tomar parte como outsider del festín americano, medio siglo antes que otro competidor inglés, fundador de la Royal Navy, hubiera logrado que sus pilotos se internasen hacia el oeste más allá de las islas Scilly.

En este contexto bélico germina poco a poco un submundo de rapiña, asaltos y muerte. El hugonote francés Robert Ball (1543) toma La Habana y cobra un rescate por no incendiarla, pero se lleva las campanas de su parroquia.  Su lugarteniente Jacques Sorel (1555), guiado por un piloto portugués arrasa la abandonada villa. Con más de 200 forbantes, profana altares destruye las plantaciones vecinas y ejecuta a cuanto esclavo halla al paso. Solo su Hospital de piedra aguantará en pie, como mudo  testigo de esta segunda << destrucción de Troya >>. Apenas logra el pirata reunir rescate digno de tal nombre, y busca por los montes cercanos a los desarmados fugitivos. Una contraofensiva vecinal de 40 colonos blancos, acompañados por unos 100 indios y otros tantos negros apenas armados con piedras y estacas, logra cobrarse algunas víctimas, pero su impotencia les hace desistir del empeño. Cuando el francés se retira, deja la ciudad en llamas. Hasta ahora, cuando los hugonotes aparecían en su costa, blancos, negros e indios se reunían para defender lo que ya consideraban su tierra, por haberse acostumbrado sobre ella a vivir juntos. Era una lección bien aprendida: en adelante se aprestarán en su defensa, además de las guarniciones, los estancieros y los comerciantes, indios y esclavos negros, incluso ocasionales viajeros de Indias que transiten su puerto hacia otros destinos.

 
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Contexto Histórico de Puerto Rico – III

En 1595 Francis Drake, John Hawkins y Thomas Baskerville con 28 naves, 1500 marinos y 3000 soldados de tierra, salen de Plymouth, núcleo de su sindicato corsario, rumbo al Caribe. Vienen  “de negocios”. Su inoportuna aguada en las Canarias pone sobre aviso a la caballería de la costa, una de cuyas patrullas embosca y captura la tripulación de un bote. Por ella conocen que la Flota se dirige al Caribe. De Canarias salen apresuradamente pataches de aviso rumbo a España y Puerto Rico – La Habana. Apenas unas semanas mas tarde, parten a su vez de Cádiz cinco modernas fragatas, pequeñas pero fuertemente artilladas, muy marineras y rápidas, que alcanzan a los rezagados de la flota inglesa a la altura de Guadalupe. Con la vieja táctica de todo descuidero naval, capturan una de las naves e interrogan a sus hombres. Por ellos conocen el peligro que se  cierne sobre Puerto Rico. Saben los ingleses que la nao capitana de la Flota de Tierra Firme ha entrado en aquel puerto de arribada forzosa. Desgajado de su troncal Armada tras correr un temporal, el maltrecho galeón Nuestra Señora de Begoña, ha entrado en puerto con tres millones de pesos en su bodega. Fabulosa presa en puerto desprevenido para consumados depredadores como Drake y Hawkins. La alarma cunde en las Antillas, y la Capitanía General de Puerto Rico, ignorante de la ayuda peninsular en curso, se apresta  a defender la plata del Quinto Real. Solo cuenta con veinte cañones, 400 soldados, 300 vecinos armados, los 300 hombres del galeón averiado, algunas naves obsoletas y una muralla en construcción. Cuando arriban inopinadamente las fragatas reales con su ondeante cruz de Borgoña, eclosiona el optimismo entre los defensores. Hunden en la bocana el galeón averiado junto a varios buques viejos que yacían anclados en su dársena. Fondean acoderadas en línea las fragatas para poder batir con series de andanadas la bocana de la bahía. Y esperan. Dos semanas después aparece la armada inglesa, que va a ser debidamente recibida por las baterías de costa. Un certero disparo  impacta la nave de Drake, que sale ileso, pero mata a los dos capitanes que a bordo con él preparan la escaramuza. Maniobra la flota para quedar a resguardo de los cañones costeros, y llegada la noche, sus hombres largan barcazas y botes al agua. En el sigilo y la oscuridad llegan a las fragatas y las prenden fuego. Arden dos, pero las tres restantes logran sus hombres salvarlas, no sin pérdidas humanas. El resplandor del incendio descubre la posición de las barcazas inglesas que reman de vuelta a sus barcos: serán acribilladas por fuego cruzado de cañones, arcabuces y mosquetes. Drake se retira dejando atrás 400 muertos la primera noche. Intentará sucesivos desembarcos sin éxito. Definitivamente leva anclas días después y se pierde mar adentro. Durante el asedio ha muerto Hawkins por enfermedad. Drake no regresará más; el Quinto Real se ha salvado. Persuadido de la insuperable dificultad del asedio, emprende ruta hacia la Habana y Tierra Firme.  Pero su buena estrella que tantos años le había alumbrado, llega ahora a su fin. Drake muere de disentería en Portobelo. Baskerville regresará a Plymouth un año después. Tras dura retirada, enfermo y sin víveres, al mando de ocho naves de hambrientos, llega a puerto con los sobrevivientes de la última aventura comanditaria de Drake y Hawkins.

Quien si viene a San Juan es su compatriota George Clifford, Conde de Cumberland, dispuesto a convertirla en un fortificado bastión británico. Tres años después (1598), con una armada de 21 barcos, intenta una invasión fallida de la isla, aunque logra saquear la ciudad, de donde es finalmente rechazado. Sí logra, en cambio, capturar la ciudad pero no rendir su castillo, una flota holandesa al mando de  Boudewijn Hendriksz (1625), en el mayor desastre sufrido jamás por esta capitanía. El sanguinario corsario, que viene con idea de quedarse y expulsar a los españoles, no quiere prisioneros que a la postre puedan constituir un enojoso sustrato quintacolumnista. Como es fama que desde antaño actúan sus compatriotas, degüella y asesina ciudadanos a medida que los sorprenden ocultos en recovecos y escondrijos; si encuentra heridos, los remata: no hay clemencia. La desaforada ralea todo lo escudriña y saquea, destruye o roba. Incendia la catedral, arrasa la gran biblioteca episcopal, joya inapreciable de la Capitanía, único paliativo a su sed destructora. Pero el gobernador no capitula. El holandés retira la flota invasora sin haber conseguido rendir la Fortaleza del Morro, dejando tras de sí la desolación de su rabia en forma de tierra quemada. Este desastre puertorriqueño potenciará nuevamente la fortificación de San Juan (1634), que completa su cerco murado con nuevos bastiones perimetrales escalonados y una Puerta de Tierra constituida por el fuerte San Cristóbal dotado de bastiones, foso, contraescarpe y puente levadizo de media luna: la Capitanía no debe ser nuevamente sorprendida por tropas enemigas venidas desde el este por tierra. La ciudad tras el desastre holandés se rehace lentamente; medio siglo después cuenta ya con una población de 5000 habitantes.

Otras gentes en busca de libertad, llegan a San Juan sobre precarias embarcaciones toscamente armadas cuando no robadas, desde las plantaciones de las Pequeñas Antillas, ocupadas por franceses, ingleses, holandeses y daneses a partir de 1625. Negros cimarrones  que huyen de una esclavitud irredenta, son manumitidos por el Gobernador de Puerto Rico en nombre del Rey de España e Indias. “No parece decoroso que el Rey reduzca a esclavitud a gentes que se acogen a su amparo”, argumenta en defensa de su actitud, en conflicto con la Real Hacienda y los pingües beneficios que le aporta la trata de esclavos. Pero el criterio del Gobernador se impone para beneficio de cientos de evadidos cimarrones ahora libres, que van a sedimentar con su impronta la vida puertorriqueña. Más tarde se perfeccionará por Real Orden el procedimiento de acogida. Deberán los fugitivos de color asumir la fe católica, bautizarse y jurar servir fielmente a la Corona. La construcción masiva de las murallas necesita brazos, y los nuevos que llegan son bienvenidos para incorporarlos al trabajo de la ciudad y los campos como súbditos libres asalariados. A los varones, se les proporciona material de construcción para su bohío, tierra y aperos para labrarla. Dispone el Gobernador que estos libertos formen colonia a parte, extramuros del recinto urbano. Son gentes pacientes, trabajadoras, personalmente aseadas y muy leales a la bandera que les acoge. Se casan entre sí y constituyen familias de numerosa prole. Se les organiza militarmente en partidas según procedencia, e instruye en el ejercicio de la guerra y el uso de los cañones. Más allá de la Puerta de Tierra y sus escarpes y fosos, empieza a cristalizar una doble hilera de bohíos que serpea junto al camino de salida. El rancherío viviría del cultivo de hortalizas que vende en el mercado de San Juan hasta el año de 1780 en que fue barrido por un huracán y sus negros dispersados.

Los Franciscanos, luego de ver martirizados por  caribes a cinco de sus frailes tras el incendio del cenobio de La Aguada, han abandonado esta población y empiezan a construir en San Juan (1634-42) un hermoso conjunto de convento e iglesia conventual. No han ido a Puerto Rico solo para ser mártires, sino además pastores de almas. La nueva construcción se convertiría en  residencia transitoria para los frailes que vendrán a misionar las  Américas, tras morar temporalmente en esta sede episcopal. Por ella también pasará en 1749 Fray Junípero Serra, el apóstol de las Californias. Las consecuencias de la nefasta desamortización del ministro Mendizábal (3ª década del S.XIX) en la metrópoli, propiciaría la demolición de estos edificios abandonados ya a finales de dicho siglo.

En 1678 una flota inglesa bajo el mando del Conde d´Estrees que pone cerco a San Juan, es dispersada por un huracán, cuya gestación y desarrollo estaba siendo estudiado y seguido desde el Observatorio de La Habana, regido por jesuitas. Mas tarde estas experiencias sobre gestación y decurso de los huracanes caribeños serán llevadas a Puerto Rico, donde ya existía una arraigada observación natural de estos fenómenos por el pueblo taino. El comportamiento anómalo de los animales, los halos lunares y el olor característico del mar previos al fenómeno, hoy plenamente incorporados con nuevos aportes atmosféricos a la predicción mundial de sismos, empiezan a ser ya seriamente considerados en todo vaticinio de huracán caribeño. El propio Colón había observado en los delfines que “van huyendo por la superficie del mar hacia la orilla” una señal de cercana tempestad. Desde el Observatorio del Colegio de Jesuitas de Santurce se llevará a cabo un riguroso estudio de los fenómenos atmosféricos presentes en la confluencia estratégica Atlántico – Caribe, hasta su expulsión de Puerto Rico bajo Real Decreto de Carlos III.

En 1797 el Almirante Ralph Abercromby al mando de 64 naves y 7000 hombres intentará un nuevo asalto inglés a San Juan, pero es repelido por su guarnición. Esta vez colaboran al unísono otras poblaciones y ciudades  de la Isla, enviando hombres y pertrechos. Bien organizados por su Gobernador en compañías de morenos autóctonos, negros cimarrones acogidos de las antillas menores, indígenas tainos, artilleros e infantes de la Guarnición de Asiento, junto a los vecinos armados que por tradición siempre responden ante circunstanciales peligros, presenta la ciudad una defensa compacta, que se multiplicará por las playas extramuros y baluartes costeros en pugnaces partidas a caballo con base en las haciendas, que atacan al inglés y desaparecen. Dos semanas durará el asedio, tras el cual levanta la escuadra el cerco y se hace a la vela hacia otras costas. Abercromby justificará ante la Royal Navy su fracaso, aduciendo la inutilidad del asedio a “un enemigo bien preparado, protegido por sólidas murallas y poderosamente armado.”

Tras la Ilustración, el siglo XIX verá consolidar un notable crecimiento poblacional de la isla y su ciudad capital, triplicado en apenas el último medio siglo. Los hatos realengos que rodean el camino de tierra de San Juan, empiezan a ser retomados y demolidos por la Corona para usufructuarlos o adjudicarlos a los emigrantes católicos irlandeses y franceses que van llegando a Puerto Rico al hilo de la nueva situación internacional imperante. Huyen los primeros de la inseguridad que en las antillas menores ha traído la guerra de independencia norteamericana; con ellos llegan nuevos impulso y capital para el cultivo de la caña. Lo hacen los segundos a causa de la cesión de La Luisiana, o de la revolución de Haití y las matanzas de hacendados blancos que los esclavos  alzados, perpetran en esta parte de La Española. Aportan, además de valiosos contactos comerciales, hacienda y esclavos francoparlantes fieles, que con sus amos deciden proseguir aquí su tradicional industria del azúcar y el café, mientras se hunde el hasta ahora competidor mercado haitiano que atrás dejan. Pero llegan también a Cuba y Puerto Rico españoles y criollos de elevado poder adquisitivo y social que se alejan del caldo de cultivo preindependentista que palpita en el mundo continental novohispano; vienen a invertir sus haberes en esta su nueva tierra de adopción. Liberalizado el comercio durante el reinado de Carlos III (1765), se crea con las inversiones de los recién llegados y sus parientes peninsulares la Real Compañía Barcelonesa de Montserrat,  que acapararía un elevado porcentaje de las mercancías que iban a fluir de o hacia la isla, con nuevos puertos peninsulares autorizados para el contacto, pero también desde y hacia otras naciones y colonias.

Muchos de los ingenios azucareros trabajados durante generaciones por afroamericanos  libertos o no, pero tradicional mano de obra para las plantaciones de caña de azúcar y sus derivados, sobre todo tras la abolición de la esclavitud, iban a engendrar en su derredor verdaderas unidades sociales que bajo forma de poblados o rancheríos animistas, capilla medular incluida, cristalizarían mas tarde en forma de pueblos diseminados por resguardos y laderas estratégicas del paisaje, característicos del agro caribeño.

Hoy el San Juan histórico, conocido familiarmente como “el viejo San Juan”, es uno de los Patrimonios de la Humanidad, y representa una rica muestra del hecho cultural español en América. Decano sin duda, en el algoritmo cultural norteño que actualmente conocemos como Estados Unidos de América.