Las ostras perlíferas, eran alimento básico de los pescadores nativos, y su abundante desove en ciertas épocas del año, teñía de un rojo característico el mar circundante hasta mucha distancia de la Tierra Firme. La nutrida pesca del entorno era mayormente de dura digestión, razón por la cual pronto la escabecharon en instalaciones propias, y con otros salazones enviaban su excedente  a La Española. Anualmente grandes tortugas, con más carne que una ternera, entraban a desovar y eran capturadas con ingeniosos y ligeros arpones indígenas. Junto a la caza de iguanas, báquiros y chiguires, la volatería de flamencos, halcones, alcatraces, fragatas y otras aves marinas temporeras o no, eran presa fácil de flecheros y tramperos guaiqueríes, que con frecuencia asomaban en la costa para negociar aquellas y otras viandas. No pocos pobladores intentarán completar su dieta apacentando puercos de La Española o báquiros de Tierra Firme,  además de encorralar las gallinas, patos y gansos ibéricos, y azuzar sus perros a la caza de  los conejos silvestres que plenaban la isla.

La creciente organización ciudadana va a ir acomodando la pirámide social del enclave. Los primeros gestores de las pesquerías serían conocidos como los Señores de las canoas, es decir los primitivos dueños de las barcas de pesca, que llegarían a formar poderosas Haciendas de las Perlas a la vez que constituir la élite social del poblado y controlar su cabildo. Mayordomos y canoeros integraban el estrato intermedio de mandos  sobre el que se sustentaban esas Haciendas, verdaderas compañías comerciales individuales o colectivas, auténticas cadenas de producción que competían en el mercado perlífero. Indias, pajes asistentes y esclavos africanos, componían el genérico sector servicios, encargados de las labores domésticas básicas: las mujeres como sirvientas, los muchachos de recaderos. Un Señor de las canoas, raro era el caso que permaneciera todo el año en Cubagua. Iban y venían de Andalucía o La Española, donde habitualmente residían. Los lugares de Cádiz, Almonte, Baeza, Sanlúcar, Carmona, Huelva, Gibraleón, Palos, Niebla, son sus residencias más citadas en documentos. Estos señores habitualmente ausentes, tenían en los mayordomos su hombre de confianza in situ, normalmente pariente o paisano suyo, cuando no hijo natural mestizo, aunque también los hubo negros e indios cristianizados adheridos al grupo familiar del amo. Eran la alma mater de la Hacienda perlífera, administradores y gestores capaces de avizorar conflictos, robos y pendencias, y evitar que el agua llegase al río en aquel confín insular de humanas tensiones. Por sus manos pasaban las ostras acopiadas, abiertas por los pajes al final del día para guardar las perlas y repartir los mejillones comestibles, cuya abundancia hacíalos aborrecer por muchos. Los canoeros eran los responsables de cada canoa o barca desde la que los buceadores descendían para arrancar del fondo los ostiones nacarados, que diariamente entregaban al mayordomo.

Clase aparte la constituían los buceadores o pescadores de perlas, indígenas esclavizados o asalariados libres, expertos y hábiles nadadores, insustituibles para la extracción submarina de las ostras. López de Gómara relata cómo cierto cacique de Panamá, mostró a los deslumbrados españoles que le visitaban, los secretos de la pesca de perlas y el cometido de sus hombres. Eran grandes nadadores a lo somormujo y criados toda la vida en aquel oficio… se zambulleron a buscar ostiones con sendas talegas al cuello…salieron una y muchas veces cargados de ellos…entran cuatro, seis y hasta diez estados de agua…también se ahogan muchos pescándolas… o los desbarrigan y comen peces carniceros que hay, como son los tiburones…de esta manera se pescan las perlas en todas  las Indias. Fray Bartolomé, el defensor de los indios, acusa: No hay vida infernal y desesperada que se la pueda comparar… métenlos en la mar en tres y cuatro e cinco brazas de hondo, desde la mañana hasta que se pone el sol; están siempre debajo del agua nadando, sin resuello, arrancando las ostras donde se crían las perlas. Salen con unas redecillas llenas dellas (sic) a lo alto y a resollar, donde está un verdugo español en una canoa o barquillo, e si se tardan en descansar, les da de puñadas y por los cabellos los echa al agua para que tornen a pescar…  Este sobreactuado discurso del Licenciado Las Casas, vendría años más tarde a nutrir las ideas de la Junta de Valladolid, propuesta por Carlos V para estudiar la casuística indígena. Castigaba en ella el Emperador  con pena de muerte, al que llevase por fuerza a indio ninguno libre a pescar perlas, estimando en mucho más la vida de los hombres que el interés de las perlas, si han de morir por ellas, aunque valgan mucho. Simultáneamente en Inglaterra (y sospecho que mayoritariamente en la Europa toda), cuenta el historiador británico Vincent T. Harlow que no se consideraba cosa de importancia la muerte de un criado a manos de su señor borracho. Abstracción que nos obliga a repensar que por aquel tiempo, los europeos, paladines indiscutibles del razonamiento ético, llevaban cinco siglos menos en su sesudo cavilar sobre esa entelequia llamada hoy derechos humanos, al tiempo que la pionera Universidad de Salamanca apenas balbucía, por primera vez frente al mundo, el derecho de gentes del padre Vitoria.

La realidad objetiva de aquel momento en Cubagua, era que cada buceador costaba demasiados sueldos a los señores de las canoas en el mercado esclavista, como para permitir que el iracundo canoero de turno diese rienda suelta a su inquina racial, sin pedirle por ello explicación o someterle a juicio. Cada somormujo debía ser alimentado mediante una dieta regulada a base de maíz, pescado y caza, sin que diariamente faltase medio cuartillo de tonificante vino. Sus aparejos de manoplas y trasmallo, eran particularmente atendidos por el sector servicios. Especial cuidado se prestaba a sus guantes de cuero o manoplas protectoras, para evitar los cortes producidos en las manos por los filos de las ostras, siempre profundos, de difícil y dolorosa encarnadura, que podía inutilizarlos temporalmente. Los forzados pernoctaban en chozas de paja cercadas de carrizo, llamadas cárceles en el argot ciudadano, donde cada atardecer se les engrillaba a fin de impedir las fugas, las relaciones homosexuales o heterosexuales clandestinas, y el contrabando de perlas ocultas con terceras personas. El acoso sexual sobre las indias de servicio era notorio, y frecuentes los estados de violencia y celos que experimentaban aquellas mujeres, rodeadas como alacranes por un anillo de fuego social de halago y deseo. No eran ajenos a ellos los pajes, verdaderos correveidiles y alcahuetes de escarceos amorosos ocultos. Caso aparte lo constituían los pescadores voluntarios, guaiqueríes asalariados por contrato, que vivían libremente con su mujer e hijos en bohío propio. Al final de la común jornada, un indio cristiano dirigía el rezo clásico de padrenuestro – avemaría – gloria, antes de ordenar el riguroso silencio nocturno que debía reinar en el sector de las cárceles.

Con el crecimiento de la puebla, se empezaron a traer hortalizas y leña de Isla Margarita, frutos, tubérculos o raíces comestibles de los indígenas de Tierra Firme, además de vino, cecinas y salazón de pescado de La Española. Comenzó un servicio regular de aguadas tomadas en el río Manzanares de Cumaná, y el intercambio básico con solitarios colonos blancos, diseminados en recovecos geográficos fértiles, ya insulares o continentales. Enfrentados al riesgo cierto del indígena caribe, rostro pintado, capaz de aparecer sigilosamente tras los carrizales de su predio para degollar, robar y purificar con la macana y el fuego el rastro maldito del misionero, el tratante o el labriego, estos colonos representaban un extra- límite añadido a sus vidas. No sobrevivirían mucho tiempo en sus haciendas. Frente a este tipo de colonos,  Cubagua presentaba la ventaja de estar despoblada de indios, y pese a su carencia hídrica, el interland de resguardo que materializaba el brazo marino entre Margarita y su costa norte, era valor al alza para un fiable asentamiento europeo. Ello a pesar de la siempre probada fidelidad de los vecinos guaiqueríes, que no por ello hacían olvidar el salvaje y temido perfil de los vociferantes caribes de la Tierra Firme y Trinidad, saciando siempre su bestial ferocidad con la carne del miserable que lograban capturar. La permanente vigilia del indio circunscrito, era vital para sobrevivir; diferir en lo posible toda algara indígena ante sus puertas, resultaba imprescindible para la defensa de la exigua puebla. De ahí el sobrevalor otorgado a la aislada Cubagua.

En 1511 se constituye la Audiencia de Santo Domingo en La Española, lo que viene a incrementar el control del Gobernador Diego Colón sobre la Tierra Firme y sus islas. El hijo del Almirante, casado con una prima del Rey Católico, había sido repuesto en la isla como Gobernador tras la muerte y rehabilitación de su padre. El nuevo mandatario favorece el paso de colonos hacia las otras antillas, a fin de aliviar la presión demográfica que ejerce la afluencia humana sobre su ciudad capital, primera llave de las Américas. Las Islas de las perlas se iban a ver influenciadas por las medidas asumidas en La Española. Propone D. Diego el herraje en  pierna o brazo de todo nativo traído de fuera o capturado en guerra justa, a fin de identificar cualquier desertor cobijado entre afines; pero será abolida la medida unos años después, por ser considerada cosa excesiva por la Corona. Dado que los canoeros estaban facultados para ordenar el trabajo de sus hombres, su alimentación a bordo, y  castigo a los remisos, mantenían la prohibición de arrojar por la borda desperdicios o bivalbas desbulladas. Su efecto llamada sobre rayas y tiburones del área, añadía un peligro a la integridad del pescador. Como autodefensa de estas ocasionales presencias, cada canoa portaba ristras de anzuelos encadenados, aparejo eficaz para capturar al robo el selacio rondador. Como mano ejecutiva de la Corona, la Audiencia iba a ordenar controles  trimestrales  del trato dado al indio, su seguridad, su mantenimiento y su vestido. En cada una de ellas debían estar presentes los Señores de las canoas, al menos durante seis días. Esta presencia sincopada, era aprovechada por los buceadores para entregar personalmente a sus señores las mejores perlas ocultas; comercio clandestino consentido por los hacenderos, que además de incentivar al buceador diestro, evitaba el control de la Real Hacienda sobre los ejemplares más valiosos, y por tanto el pago de su Quinto. Las perlas clandestinas acostumbraban los indígenas a guardarlas en librillos o botijas de agua salada, donde el  nácar conservaba durante meses el frescor original de su iris.

Desde los primeros días de su asiento en Cubagua, el espíritu franciscano había llevado a establecer un convento matriz de su Orden en la puebla. A él acudirán predicadores y clérigos, residentes fugaces que, como lluvia de estrellas, se diseminan pronto por el perímetro costero. Vienen para evangelizar a los súbditos indianos de la Corona. Pese a esporádicos contactos misionales previos, en el año de 1516 estos franciscanos pasan decididamente de Cubagua al continente, donde construyen un monasterio cerca del río Cumaná. Para Fernández de Oviedo, el establecimiento humano de Cubagua era ya para entonces estable. Algunos meses más tarde, tres frailes dominicos llegados a la residencia  franciscana de la isla, hacen lo propio cerca del río Neverí, a cinco leguas al oeste del anterior. Allí comenzaron a predicar y a convertir, mas se los comieron los indios,  refiere lacónicamente el cronista. Era el holocausto terrible a su fe.

Tesoneramente desde Santo Domingo, retorna al Neverí el relevo de los mártires, que levanta esta vez en Santa Fe nuevo monasterio dominico. Hicieron grandísimo fruto en la conversión, enseñando a leer y escribir a mucha gente principal, vuelve a testificar el cronista. Pero súbitamente, tras una convivencia mas que pacífica, amigable, se alza violentamente la indiada en 1519 y  por su propia malicia, o porque les echaban al trabajo y pesquería de perlas,  mataron a todos los españoles de los contornos, siendo especialmente crueles con los frailes de Santa Fe, que no pudieron escapar a las islas. Los franciscanos de Cumaná lograron huir a Cubagua a tiempo, aunque los sublevados mataron a todo indio que estaba dentro, hasta los gatos, asolaron su casa, talaron la huerta, rompieron la campana, despedazaron un gran crucifijo que presidía su oratorio y lo regaron por los caminos como si fuera el destace de un ajusticiado…

La irracionalidad del salvaje brotaba una y otra vez. Con similar cadencia parecía rebotar sobre sus propias vidas el mismo maltrato, propio del tajo forzoso, que los conquistadores inferían al indígena capturado. Era una espiral de violencia donde el toma y daca sincopaba crueles y consecutivos golpes. Bien es verdad que en su perfil de desarrollo, el amerindio ignoraba lo que era la brega laboral tal como la entendía su contemporáneo europeo. El trabajo era para ellos una maldición vital. Dos mil años les separaban. Su indolencia e inactividad étnicas, serían estudiadas entre muchos por Humboldt varios siglos después, y por él manifestadas en múltiples comentarios de su obra escrita. Blanco Fombona, heredero de conquistadores y polifacético intelectual venezolano, gustaba definir la actitud vital de los tres protagonistas continentales de su patria como activa en el europeo, paciente en el africano, e indolente en el amerindio. Según la proporción de  genes selectivos heredados, creía ver modelada la actitud individual de sus compatriotas criollos. De apáticos e indiferentes los tilda Madariaga, que coincide con Sedillot y con Oviedo y Baños, quien habitualmente los identificaba con el inequívoco apelativo de gandules. Durante la conquista, estos testimonios abundan entre los europeos, que manifiestan su sorpresa ante la actitud inexpresiva del indio de la Tierra de Gracia, su mirada taciturna contemplando durante horas no se sabe qué. De regreso al hogar, el padre indígena era criticado por no hacer otra cosa que comer y tumbarse en su hamaca o chinchorro; jamás se les veía acariciar a sus mujeres ni a sus niños. Al retorno de la caza, la pesca o la lucha, los emplumados guerreros solo concebían un asueto de holganza a base de placeres y borracheras con buen vino de dátiles, trufado de fornicación no exenta de sodomía. Narran los historiadores sus bestiales e nefandos pecados y el ayuntamiento carnal con ciertas mujeres según las víboras lo hacen… La plantación y recolección de vegetales era para ellos tarea de mujeres, como lo era la cría de conejos, patos, tórtolas y otras aves… soslayada en el mejor de los casos por una fugaz mirada del  macho alfa.

El español, tradicionalmente gentil con sus damas,  se consideraba capaz de todo, con derecho a todo, tanto para lo mejor como para lo peor,  insiste Sedillot. Luego de siete siglos de lucha contra el Islam, era pueblo de gente individualista y tenaz, que no retrocedía fácilmente ante la dificultad por grande que fuere, y que solo concedía  al enemigo derrotado la supervivencia del esclavo. Así lo había padecido durante el medioevo en propia carne, y aplicado a la ajena. Ahora subrogaba este fuero consuetudinario en los nuevos reinos de ultramar; pero se equivocaba en la explotación del hombre sometido, porque las enfermedades traídas por europeos y africanos no topaban inmunidad primaria alguna en las etnias indígenas. Sumadas las epidemias a la vegetativa inactividad ancestral de los varones indios, su rechazo visceral a todo trabajo reglado y la progresiva deserción de sus hembras, acabaría sumiéndoles en profundas depresiones, hasta el suicidio masivo o la muerte buscada, que diezmaron aquellos pueblos, ya lacerados por las guerras. Era una novedad histórica que dejaba al europeo sin respuesta. Paralelamente Las Casas denuncia que comenzáronse a ahorcar… toda junta una casa, padres, viejos y mozos, chicos y grandes… y unos pueblos convidaban a otros a se ahorcar, porque saliesen de tal tormento y calamidad, contextualizando la idea del inhumano dominio del conquistador. Pero paralelamente también, son múltiples los testimonios que nos matizan que las mujeres fácilmente se concedían a los cristianos, e no les negaban sus personas … la india que ha gustado del amor de los civilizados… si pasa algún tiempo entre los suyos, vuelve voluntariamente a aquellosla actitud de la mayoría (de las indias caribes)  fue de apasionada entrega, tanto en la guerra como en el lecho … a tal estado llegaron (los indios) … que una vieja de 80 años era tenida por bocado apetitoso … y así hasta el hartazgo, vienen a denunciar indirectamente la penuria sexual alcanzada por el varón indígena frente a la encendida actitud de sus hembras, que nada tienen que ver con los manidos tópicos al uso. Ello justifica el abundante mestizaje entre los pobladores de barlovento, a la vez que mengua la reacción emocional de sus guerreros. Esta trágica secuencia de sus vidas, martirizó sin duda sus almas, mientras los europeos engreían de prepotencia la suya, tildándoles de maulas, borrachos, caníbales, flojos, idólatras, sodomitas... lo peor. La iglesia, con sus misioneros y sus mártires en medio, contemplaba trémula la colisión entre ambos mundos. Su serena opinión acerca del indígena, era evidentemente muy otra.

De nuevo una asonada indígena batía la Tierra Firme. Antonio Flores a la sazón alcalde mayor de Cubagua, ordena la evacuación de los 300 ciudadanos de la puebla antes de que el rostro pintado del emplumado indígena asome por su costa. Algunos de ellos capitaneados por Andrés de Villacorta, son partidarios de aprestar su defensa a ultranza, idea que no lograrán imponer al alcalde y su partido. Esta gente de bien, cuya mayoría estaba allí  no más que por el rescate de perlas, que no para usar las armas, daba la huida por respuesta, apresurando el embarque de sus haberes. Sin duda  nunca se perdiera la isla si fuera creído el capitán Villacorta; pero se impuso finalmente el criterio conservador del alcalde, que encabezó la vergonzante fuga. Embarcáronse en las carabelas fondeadas frente a Margarita, abrigo y surgidero de las naves de porte, donde anclaban habitualmente los barcos de acarreo del agua potable. Abandonaron sus hogares, y en ellos  muchas pipas de vino e muchas provisiones que comer, y rescates  y muebles de sus casas. Llegada la desbandada a Santo Domingo, fueron recibidas sus naves no sin mucha vergüenza y vituperio, acusadas de abandonar cobardemente su isla a la destrucción del irracional caribe. Pronto las piaras de cerdos deambulaban solas, hozando y destruyendo por doquier todo resto de huerto familiar; las gallinas y patos muertos se pudrían en los corrales, y las humildes matas de yuca, ají y tubérculos comestibles, lucían secas como abrojos rastreros. Durante la reconquista de la península ibérica, eran las ciudades próximas quienes establecían planes de acción para rescatar provisionalmente los bienes y ganados abandonados tras cualquier agresión de frontera, incluso antes de recibir las mandas reales que lo ordenasen. Cuando el teniente de gobernador de Margarita en La Villa del Espíritu Santo, trata de cumplir la pertinente orden de la Real Audiencia, es ya demasiado tarde. Los indios de Tierra Firme han pasado a Cubagua en sus canoas para robar y destruir cuanto en ella habían dejado sus moradores. Hace días que celebran ya con gran alborozo de danzas y estruendo de bocinas, atabales y griterío, la huida de los cristianos. Una victoria que apuntalaba su careada estima, al comprobar el pavor infundido al enemigo por el coraje de su raza.

    Frente a tamaño desacople económico y humano, la Audiencia de Santo Domingo trata de poner mesura a la algarada caribe. Envía a Gonzalo de Ocampo secundado por Andrés de Villacorta, al mando de un galeón con 300 hombres de guerra (1520) que finge provenir de Castilla para rescatar en Maracapana, al oeste del Neverí, aparentando ignorar los sangrientos sucesos recién acontecidos. Pensando sorprender a aquellos incautos castellanos en propia salsa, los caribes cumanagotos suben a bordo. Allí cae sobre ellos la hueste de Ocampo, que copa a los principales comisionados, a quienes  ahorcó de las entenas del barco, y se fue a Cubagua  a sentar sus reales. Establecido ya en la isla, acometerá desde ella pugnaces salidas de pacificación contra los caribes de la Tierra Firme. Mató muchos indios en veces, y los más de los que prendió, los ajustició rigurosamente o los tomó por esclavos. Villacorta, experimentado conocedor de aquellas gentes, habiendo capturado a la india María, mujer del cacique de Cumaná, devuélvela a su marido, y por causa de esta mujer se hizo la paz, nos dice el historiador. Llegada la  concordia con el  apaciguado cumanagoto, manda Ocampo construir a la vera del río de aguadas la villa de Nueva Toledo, supuesto cobijo fiable para cristianos, semilla de la futura ciudad de Cumaná.

Regresado Ocampo a Santo Domingo, quedan allí parte de sus hombres. Francisco de Vallejo y Pedro Ortiz de Matienzo gestionan las alcaldías mayores bajo mandato real de repoblar Cubagua y reiniciar su producción de perlas. Los indios de Cumaná van a impedir retomar las aguadas del río, pese a la insistencia de los  cristianos  por afianzar su libre acceso al agua potable. Beben entretanto de unas lagunas de Isla Margarita, de cierta agua hecha cieno, y aún de aquella habían con mucho costo e dificultad. Nada podían aquellos pobladores contra los flecheros de dardo emponzoñado que infestaban la costa. Y así se estuvo aquella gente de Cubagua, como en frontera y guarda de su isla. Pese a su limes fronterizo, logran atraer a ciertos pobladores del litoral cercano, respetan aquellas propiedades que alcanzan a documentar, crean un padrón de residentes fijos y reparten entre ellos solares. Retornan algunos guaiqueríes de Margarita y Tierra Firme como solían, a rescatar perlas con los españoles…que en ciertos tiempos pasaban a la isla para se mantener y proveer de aquellas cosas que los españoles por ellas les daban, junto a nuevos esclavos indígenas traídos de otras orillas. La resistencia de los indios periféricos a ejecutar de buena gana la granjería de aljófares, seguía siendo absoluta entre los caribes. Muchos de estos buceadores forzados habían sido capturados en las Bahamas por caribes antillanos, y vendidos por ellos a los comerciantes perlíferos de Cubagua. Su riqueza son nacarones y conchas bermejas de las que hacen arracadas, decía de ellos el historiador. Las más de 400 islas Lucayas o Bahamas, pobladas por etnias diversas, con mucha diversidad de lenguas  y continuas pendencias entre sus gentes, sufrían continuas redadas enemigas. Caribes de  Puerto Rico y otras antillas menores como Santa Cruz y San Cristóbal (Saint Kitts), los compraban a sus captores, cuando no para cebarlos y comérselos como ganado, para venderlos en las Islas de las perlas como esclavos lucayos. Allí eran mercadeados por los tratantes del nácar para explotarlos mientras durara la capacidad de sus pulmones. Si cuando enfermos, sobrevivían, pasaban a ocuparse de los aparejos de fondo, los trasmallos y manoplas de la pesca, el cuido de las embarcaciones, velas, remos y anclotes, y las instalaciones fijas de la hacienda. Si trataban de escapar, eran carne más que probable para alimento de otra etnia caribe, atentas siempre a la caza del hombre para nutrirse de viandas.  

asDurante las galopadas de Ocampo y Villacorta por Tierra Firme, llegan ciertos navíos con el futuro Padre Las Casas y sus Caballeros de la Espuela Dorada (1520). Trae papeles reales en regla y debe ser atendido por las autoridades de la Audiencia; pero Ocampo, su adelantado por aquellas latitudes y días, que le conoce de La Española, considera cumplido su cometido bélico y retorna a Santo Domingo. No cree en el liderazgo de Las Casas y opta por retirarse a tiempo de evitar nuevos desencuentros entre la espada y la cruz. Se trata de un primer ensayo humano para integrar un contingente de 300 labriegos prudentes, seleccionados por su apacible vida y buenas costumbres, capaces de convivir en armonía con el vecindario indígena. Luego de haber profesado sus votos, hábito blanco de caballero y una cruz roja bordada en el pecho, esta nueva orden de caballería, suerte de añorados templarios medievales, acomete con entusiasmo la práctica del amor al prójimo y el respeto del mundo que les rodea. Cincuenta caballeros y sus braceros de la gleba, van a esmerar ese trato hermanado entre mundos dispares, que Bartolomé de las Casas les ha encarecido antes de regresar a La Española, en busca de otras gentes, influencias y dineros para dilatar su empresa apostólica. Pero durante su ausencia se gesta nueva y violenta reacción indígena, crecidos los indios tal vez ante el vacío de poder dejado por la hueste dominicana en su retorno a La Española. Por una parte las injustas, crueles y tiránicas guerras… y  por otra el oprimirlos con la mas dura tiránica y horrible servidumbre en que jamás hombres ni bestias pudieron ser puestas, fueron las causas de la rebelión, según el florido decir del bienintencionado e ingenuo Las Casas. Lo cierto es que los indios, como encruelecidas bestias nocivas, asaltan su misión, arrasan  plantaciones y monasterio, matan a los labriegos y martirizan a los blancos caballeros de la cruz en el pecho. Diez años de meditación y penitencia no van a curar aquel íntimo fracaso del neófito clérigo, que acabará incrustando su persona en la orden dominica, para predicar desde ella con redoblado tesón y respaldo la defensa del indio. Casi tres siglos después, relata Alejandro Humboldt que un viejo misionero de Mandavaca (curso del Casiquiare), le contaba lo que tras largo apostolado había aprendido sobre la idiosincrasia de aquellos indios. Ud. Recibe gentes de nueva población en el pueblo; parecen pacíficos, honrados, buenos, trabajadores; pero permítales tomar parte en una incursión realizada para traer otros naturales y le costará trabajo impedir que degüellen a todos los que encuentren y que escondan algunos pedazos de sus cadáveres (para comérselos luego). Lamentablemente, no llegó a tiempo el misionero del Casiquiare para asesorar a Las Casas en ninguno de sus graduales estadios humanos como conquistador, colono, encomendero, clérigo o fraile. Solo conociendo toda la historia de la civilización o del embrutecimiento de una horda, solo siguiendo a las sociedades en su desarrollo progresivo… podría llegarse a la solución de problemas, que el mero conocimiento de los informes, no puede esclarecer, medita en voz alta el sabio berlinés, rumiando la cruda contundencia del apóstol de la selva, al tiempo de lanzar su aviso para navegantes que se aventuren en la critica histórica.

La tentativa de realizar una colonización pacífica de las Indias, parecía fracasar frente a la opinión generalizada del conquistador, proclive al empleo de la fuerza primero, para llegado el caso, dejar luego al misionero evangelizar al indígena sometido. Dilema que iba a imperar a lo largo de tres siglos: siempre la cruz y la espada al contraluz esencial de lo hispano. La reacción de la Audiencia de Santo Domingo no se hace esperar. Con muchos españoles, armas y artillería, el capitán Castiglione, castellanizado en los papeles reales como Santiago Castellón o Jácome Castellón, es enviado a las Islas de las perlas y costas de Cumaná a fin de pacificar nuevamente aquellas tierras. Toledano de nacimiento, pero hijo natural de Bernardo de Castiglione banquero genovés de Sevilla, Santiago Castellón había venido muy joven a Santo Domingo y poseía junto a su hermano Tomás, plantaciones azucareras en La Española y Puerto Rico. Con flota propia comerciaba entre antillas la sal de Araya, además del azúcar, melaza y guarapos de sus plantaciones. Su esposa, dama de compañía de Dª María de Toledo consorte del gobernador Diego Colón, y él mismo como emprendedor experto del hecho cumanagoto, gozaban del favor colombino. Básicamente a sus expensas, aceptará el reto que le plantea la Audiencia de Santo Domingo, y con su flota bien dotada de hombres, armas y provisiones, parte de La Española a enfrentar la rebelión caribe. Dice de él López de Gómara que guerreó con los indios, recobró la tierra, rehizo la pesquería, llenó de esclavos a Cubagua y…edificó un castillo en la embocadura del río, que aseguró la tierra y el agua. Castillo fuerte, de cal y canto, con muy buen aposento y una torre, del que Castellón es nombrado alcaide y donde enarbola junto a su bandera, las enseñas reales de la Corona. Esta seguridad en las aguadas y la sal, iba a suponer el despegue definitivo del enclave insular.