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Contexto Histórico de Acapulco – V

Figura 9a: Acueducto del Padre Tembleque

 

La caza de cetáceos combinada con el contrabando, daría lugar a no pocos actos de filibusterismo, que la diplomacia británica proscribía, mientras pedía reconocer el derecho de sus barcos a la navegación en los litorales hispanos despoblados. La presión inglesa sobre el monopolio comercial español, tensaba progresivamente sus cuerdas comunes con los emergentes EEUU. La debilidad circunstancial española, frente al peligro de la Francia revolucionaria, llevará a Carlos IV a la firma del Tratado de San Lorenzo (1790), que permite a las naves británicas la caza de mamíferos marinos en aguas virreinales. Pronto iban a detectarse barcos estadounidenses camuflados en medio de los balleneros ingleses, que provenientes de los puertos de Nantucket y Boston, seguían la ruta de Hornos para acceder al Mar del Sur, y contrabandear al british style. Para poder contactar con sus posibles clientes, los balleneros debían acercarse a la costa, donde resultaban fácil presa de los guardacostas virreinales, que confiscaban los alijos a la par que multaban a los barcos transgresores del Tratado, aunque por esta vez no le costase a capitán alguno su oreja. El mínimo resguardo de 10 leguas estipulado en él, era razonable resguardo para la pesca, pero excesivo margen para poder escaquear el matute correspondiente, lo que aumentaba la tensión con la administración inglesa que de él se beneficiaba.

 

En 1796 los EEUU se integrarían al  nuevo Tratado de San Lorenzo, convertido ahora en una suerte de ballenero juego tripartito de la gallinita ciega. Ni que decir tiene que era España la gallinita del cuento. La picaresca anglosajona transformó aquel menàge a trois en una tienta de capotazos al alimón, manejada por dos consumados maestros taurinos a cuya vera el lazarillo del Siglo de Oro español, era un simple robaperas. Resultante: ambos gobiernos, comprometidos a perseguir un contrabando que practicaban sus propios balleneros, ignoraban los reclamos españoles cuyos expedientes plenaban los estantes de sus cancillerías. El viejo truco del burócrata mendaz que, al ser inquirido, responde unívocamente que el asunto sigue su proceso. Cuando no lo hace con un vuelva Vd. mañana, tan cabalmente descrito por el mordaz contemporáneo Mariano José de Larra, otro ilustrado de la palabra. De la palabra vana, equívoca, de perorador de ventanilla, que las riega como lluvia sobre un estanque cuyos círculos ondulantes se confunden. Remedo burlesco que otros oradores de banco público, capaces de levantar las muchedumbres hastiadas, estaban agitando contra la ineficaz palabrería oficial. Mientras la Corona Borbón española, a punto estaba de caer sobre un Bonaparte Rey, que llevaría por nombre José I.

 

Eran muchas las abras, bahías, fondeaderos y puertos despoblados de las costas de las Californias y del Mar de Cortés, en que los pataches costaneros de Acapulco denunciaron  ver durante sus faenas de cabotaje, barcos extranjeros en sospechosa espera… para contactar sin duda con sus enlaces de tierra o de otro puerto, y rematar su entrega de alijos bajo cuerda. Los mástiles balleneros cambiaban de bandera según conviniese, máxime ahora que la británica habíase tornado enemiga tras su declaración bélica a la España oficial (1796-1808) invadida por Napoleón. Pero en costas bajas, sobresalían sobre el ribazo sus perfiles, fácilmente identificables para los guardacostas de Acapulco y de la base naval de San Blas, merodeadores pertinaces de singladuras aterradas. Demasiado mástil camuflado entre acantilados, hizo que la Armada Virreinal sintiérase espiada y recelosa de cualquier previsible invasión inglesa. Argüían los ingleses que las ballenas descendían en grupos hacia la Baja California no más lejos de los 10 km de la costa, franja marina deseable para camuflar, por próximas y rápidas, sus mendaces arribadas súbitas. Tanto la enfermedad, como la inanición, reparación urgente o la aguada vital previo vaciado de pipas, todo servía para enmascarar el verdadero propósito del contrabando. Valía todo. El modus operandi era siempre el mismo: tras contacto clandestino en alta mar y después de cazar alguna ballena y llenar unos cuantos barriles con su grasa, se fondeaba bajo cualquier pretexto en el puerto novohispano convenido. Allí concurrían los valijeros avisados para traspasar su matute. Este proceder generaba un contextual enjambre de traficantes y aguantadores que asediaba las aguas hispanas, mientras España miraba a los  Pirineos, por donde temía ver asomar al emperador Bonaparte, otro esencial espíritu insular, tan agresivo como su parigual inglés. Eran días previos a una zozobra nacional en ciernes, que empezaba a perfilar la implosión del Imperio Español, donde las potencias amigas esperaban entrar a saco por todas sus costuras. En realidad el Imperio estaba ya muerto, solo faltaba ponerle fecha de caducidad para la Historia. Era solo la muleta de su prestigio quien le permitía seguir renqueando en sus días postreros. Y nuestros reinos de ultramar amagarán un mohín de apoyo a la metrópoli y su mentecato Rey, para acabar encaudillados revolviéndose contra ambos y lacerándose entre ellos. Gestábase en su seno generaciones de adalides radicales, prestos a enviscarse en una lucha secular por destacar su propio ego sobre los demás. La guerra sicológica estrenaba una incipiente andadura hispánica, arando  profundos surcos entre afines. E Inglaterra, amenazada a su vez de invasión por las escuadras navales de España y Francia, reforzaba su poderosa imprenta como arma arrojadiza contra el mortal enemigo francés y su forzada Corona aliada, que no el pueblo español, enguerrillado contra el ejército invasor en un crudelísimo toma y daca.                                                          

 

En este contexto informativo, llega Alejandro de Humboldt al puerto de Acapulco procedente de Guayaquil (1803), cuando la feria estaba en pleno apogeo y su Camino repleto de caravanas muleras y febriles comerciantes. Decide por ello permanecer allí un tiempo estudiando geologías, botánicas, geografías, hechos y costumbres, y por supuesto ¡la feria!, innato reflejo de su brújula olfativa. Como primera impresión del lugar visto desde el mar, no le había agradado su traza de circo roquero, pero sabrá cantar las excelencias de resguardo y maniobrabilidad de su bahía, como cortesía de caballero. En cambio, le subyugaba aquel variopinto hervir humano de comerciantes manileños, compradores criollos, oficiales y funcionarios virreinales con criados o sirvientes, tripulaciones, mayorales y muleros de recua, indios danzantes que venden luego verduras, aves y frutas, cargadores pardos, braceros mulatos, chinos que todo lo preguntan, descuideros, meretrices, santeros, tahúres, barberos, mendigos, escribientes, guitarreros…  Le parecía una suerte de enjambre humano que fluía entre los puestos como marea de lodo en campo de rocas, con sus giros caprichosos pivotando en dudosos remolinos. Pero sobre toda consideración, ponderaba el trato reposado y cortés que se percibía en la feria. La empatía entre seres humanos tan diferentes. Se sorprenderá al comprobar las amigables transacciones que se realizaban entre gente tan dispar como los chinosfilipinos y los mestizos o los indios. La compra se hace sin abrir casi los bultos, y he de confesar – reconoce perplejo – que en este comercio entre dos países que distan 3000 leguas entre sí, impera la buena fe, y seguramente mayor honradez que la habitual de algunas naciones de la civilizada Europa. Genio y figura del patricio prusiano, que todo lo objetiva  o pondera mediante cifras, funciones numerales, tablas y ábacos o gráficas comparativas. Hasta el concierto humano de una aleatoria feria mercantil, donde confluyen los temperamentos de americanos, africanos, asiáticos y europeos, tratará de encuadrarlo en un marco objetivo, tomando como unidad conocida  su civilizada Europa.

 

Finalizada su estancia en Acapulco, remontará el camino a Chimpalcingo que encuentra amplio y bien cuidado, cosa que no alaba del trayecto restante hasta México. Es fácil de entender este contraste, si se piensa que, desde mediados del siglo XVIII, el castellano del San Diego venía solicitando el traslado de su residencia campestre a esta ciudad de clima benigno, dada la fluidez habitual del trato entre ambos enclaves. No sospechaba que aquel camino montaraz entre riscos y vaguadas, tenía los días contados. Después de la independencia y el cese de comercio con Filipinas, el camino de herradura quedó en completo abandono, sin cuidado ni reparaciones. Solo pudieron conservarse algunos tramos empedrados; los restantes se convirtieron en arroyadas… nos cuenta el historiador local Vito Alessio. El puerto de Acapulco quedo incomunicado por tierra con la capital, hasta que el trazado de carreteras modernas vino a conectarlo ya en pleno siglo XX. No obstante, se mantuvo siempre como nexo de unión marinera con los enclaves de la costa californiana y otros puertos del Pacífico.

 

El científico  alemán, pese a sus jóvenes treinta y tres años, venía a Nueva España precedido de notable fama, rematada localmente por la entusiasta acogida que el Virrey José de Yturrigaray le dispensa en la capital, además de la lógica expectación que despiertan su llegada, su porte de dandy europeo y un protocolo virreinal en todo su esplendor. No solo le abre las puertas del Virreinato a su curiosidad sin ambages, sino que despliega su influencia personal para interconectar su inquietud con la ciencia novohispana y sus instituciones. Desde Fausto de Elhuyar, descubridor del wolframio (Vergara, Guipúzcoa 1783) y a la sazón director del Colegio Minero de la Ciudad de México, hasta el desagüe de Huehuetoca en el Tajo de Nochixtongo, con todos los problemas hidráulicos inherentes a los tremedales y lagunas del Anahuac. Profundiza en la evacuación de las aguas lacustres de la histórica Tenochtitlán, tantas veces inundada como drenada hacia las cuencas subsidiarias del Pánuco desde los tiempos de Cortés, sus bergantines y su conquista, como los del Virrey Mendoza. Repasará minuciosamente las sucesivas soluciones hidráulicas asumidas, desde las diatribas del carmelita Andrés de San Miguel y el matemático Enrico Martínez, hasta los enfoques contemporáneos al suyo y los 48 km del sistema hidráulico del franciscano padre Tembleque con su acueducto  (hoy Patrimonio de la Humanidad). Todos le interesaban. Todo lo estudiaba, medía y sopesaba.

 

Las frecuentes inundaciones de la capital, provenían sin duda del hundimiento de la cada vez más pesada, por ciclópea, ciudad de México, sometida a un proceso de lento incrustado en un subsuelo de sedimentos poco consolidados y gran potencia. Hoy sabemos que la capital azteca se asienta sobre uno de los suelos de cimentación más inciertos del mundo (comparable al delta del Nilo), un fondo lacustre sedimentado en tiempo geológico de larga data, sobre una base rocosa que se encuentra 3000 metros por debajo del nivel construido. Con el doble agravante de ser suelo amplificador de temblores inducidos por cualquier sismo (a mayor amplitud de la oscilación motriz, mayores destrozos constructivos), a la vez que experimenta compactación y asiento, incluso licuefacción, durante los sacudimientos del suelo. Eso sabemos hoy, pero también hemos aprendido con pasos de gigante a diseñar nuestros edificios y dotarlos de respuestas dinámicas sedantes de la moción básica. Y México posee grandes profesionales cuyos textos, dormidos y curioseados en la biblioteca familiar, veo que señalaron el norte ingenieril de mis mayores durante la segunda mitad del siglo XX. Si Humboldt encontró y reconoció un alto nivel tecnológico alcanzado en la Nueva España del ochocientos, no es comparativamente menor, el poseído hoy por sus herederos históricos.

 

Objetivo y rigorista por naturaleza, debió sentir Humboldt en su llegada a Nueva España, un firme contraste frente al vacío de información franca que había manejado para ilustrar su venida al Nuevo Mundo. La Aufklärung de la que provenía, masivamente protestante, era también fuertemente crítica con el mundo hispánico y su metrópoli. España era a la sazón un país anonadado en su decadencia, carcomido por una masonería retroalimentada por ciertos enfants de la patrie de la soliviantada Francia. Cuanto de ella se publicaba en Europa, estaba en gran medida asociado a informaciones vertidas por enemigos históricos o ¡a esas alturas! religiosos, asumidos como propios por el fuego amigo de sus intelectuales, filósofos fetales de la Revolución Francesa. Pese a la fama de la Enciclopedie Française, los mejores atlas del momento eran mayormente ingleses, y en ellos se cantaban, narradas y pintadas, las glorias del Imperio Británico, en detrimento del resto de mortales, sin el debido recato al buen gusto y la objetividad, que venía siendo habitual moneda de pago en las ediciones de la Europa continental, por muy luteranos o nacionalistas que fueran sus editores. Estos mismos atlas a la luz de hoy, resultan insufribles para cualquier europeo no británico: la maquinaria de propaganda había ya comenzado su modulación de Verdades, para ceder sitio a la particular view o media verdad, cuando no a una rotunda falsedad hija de la desinformación no exenta de prejuicios. Las fake news tan en boga hoy, eran ya calderilla corriente conocida de siempre, pese a su alicorto alcance de antaño, contra la posible contundencia actual. Y la Iglesia anglicana que las combatía, sometida al poder político desde los Tudor, era ya para entonces solo un remedo grotesco de sí misma.

 

Muestra una vez más de su arrogante supremacismo, fue sin duda la moneda conmemorativa del God´s blew, enviado por Jehová para salvar de la Armada española del siglo XVI a su anglicano pueblo escogido. Soplo divino, Viento de Dios, Santificante Gracia que enviaba el Supremo Hacedor, era aquel oportuno iracundo Eolo que desbarató la flota papista del Anticristo romano. Un eco de aquel viento bíblico arrojado sobre los ejércitos del Faraón en su paso del Mar Rojo, venía ahora a destrozar, entre acantilados, la Felicísima Armada del endiablado Felipe II. Era anatema de Jehová contra el rey español, por haber osado enviarla desvergonzadamente para luchar contra los ingleses, no contra los elementos desatados, como había confesado aquel arrogante monarca…  O la falsaria medalla de Cartagena de Indias, mil veces personalizada en su historia por preeminentes Vernons, siempre erguidos y vencedores, frente a imaginarios Lezosperennemente vencidos y arrodillados. ¿Blas de Lezo, decís? ¿Quién es ese personaje de fake new que ni le nombra la Enciclopedia Británica? se preguntarán extrañados esos mismos historiadores del Reino, que aseguran fuera Francis Drake el primer “circundedisti me” de la Historia, o ser la naviera inglesa Cunard quien descubriera el gulf stream a principios del siglo XX. Esos mismos que citan a Cook como descubridor de las islas Hawai o la Austrialia del Espíritu Santo dos siglos por detrás de los españolesPero – ¡eso sí! – que no falten los tripulantes uniformados de seda, las velas adamascadas y múltiples gallardetes de paño de oro cantados por Hume…  para cuantas ocasiones inventen sus hooligans de la narrativa patria. Cuan lejos estamos de la realidad y caballerosidad espontánea del velazqueño Spínola, cortésmente inclinado hacia un humillado Nassau que le entrega las llaves de la rendida Breda. O la respetuosa espera de los Reyes Católicos frente al abatido Boabdil, que tarda en entregar las del Reino de Granada – ¡Ay de mi Alhama! – reflejada por Pradilla. Consideraciones similares debieron fluir en su espíritu crítico de aufkläruner germano, que trataba de objetivar una realidad hispanoamericana que no dejaba de sorprenderle a cada paso. De ahí sus referencias comparativas con “el Mundo”, “la Europa” y el todo o la parte de las naciones dominantes, tan frecuentes en los dictámenes vertidos en su  monumental Viaje a los países equinocciales y sus posteriores Ensayos Políticos y numerosos Atlas. Bálsamo de fierabrás contra la urticante opinión inglesa sobre los pobres humanos, predestinados a no nacer donde Jehová a ellos habíales enrocado.

Figura 10: Fuerte  San Diego. Acapulco

 

Fieles en su tradición de mirarse el propio ombligo, todavía hoy florecen en aquel país ideas peregrinas como las vertidas no ha mucho por un conspicuo y circunspecto Barón emérito, de cuyo nombre no quiero acordarme. Rector de Universidad famosa, antítesis racional del Humboldt universal, Kenneth McKenzie Clark en los cercanos setenta del pasado siglo se permitió el lujo, en su muy particular view, de negar cualquier aportación cultural del mundo hispánico al progreso humano. Lo primero que se viene a la cabeza tras ello, es el ciclópeo grosor de la ignorancia que apisona las meninges de quien lo proclama. Un ex rector de Universidad inglesa, nada menos. Solo cabe por tanto dar paso a otra explicación: la paráfrasis machadiana de quien envuelto en su arrogancia desprecia cuanto ignora. Desconocimiento que era mucho menor de lo que él fingía poseer sobre lo hispano, puesto en evidencia por los múltiples tópicos antiespañoles que guardaba en la recámara. Actitud gentilicia ya denunciada por Ortega y Gasset medio siglo antes, en el Epilogo de su famoso tratado sobre La rebelión de las masas. Bien que presuponiendo que no hay pueblo que, mirado desde otro, no resulte insoportable…  En el anglosajón se ha dejado correr la intriga, la frivolidad, la cerrazón de mollera, el prejuicio arcaico y la hipocresía nueva, sin ponerle coto. Se han escuchado en serio las mayores estupideces con tal que fueran autóctonas, y, en cambio, ha habido la radical decisión de no querer escuchar ninguna voz española capaz de aclarar las cosas, o de oírla solo después de deformarla… Pero esa actitud es mero despotismo humano, aunque nuestro Ortega lo calle. Una prepotencia incapaz de entender lo que hay de cultura refinada, sutilísima y de alta alcurnia en “tomar el sol” del español castizo, que juzga holganza; en tanto ponerse unos bombachos y dar golpes a una bolita con una vara, es operación que dignifica llamándola “golf”, concluye incómodo. O quizá ese turismo de borrachera, que invade periódicamente Magaluf, Salou, Ibiza y tantos enclaves mediterráneos – añadimos nosotros – donde cientos de jóvenes anglos (gaudeamus igitur, iuvenes dum sumus) encajan su torpe primitivismo, lo dignifiquen como un ‘Spring Break a la americana’, que aportar a la civilización universal. Pero no son sino hordas multiformes de meros homínidos del alcohol, la droga y el sexo, cachorros que salpican por doquier retazos de su peor Albión como vivo reflejo de cualquier fin de semana en sus calles. Otro aporte social civilizado, pensarán sin duda. ¿Hemos olvidado ya el veto prohibitivo al aficionado inglés de acompañar durante años a sus equipos en partidos de fútbol continentales? ¿Acaso la FIFA tampoco comprendía esta civilizada manera suya de socializar con otros aficionados?

 

Hace apenas unos días (Abril 2020) la cadena BBC de Londres, admitía que la derrota a manos inglesas de la Armada Invencible, era el mayor bulo de la Historia, utilizado por monarcas, artistas y políticos hasta la actualidad. ¡Agimus tibi gratias omnipotens Deus! En su serie Royal History’s Biggest Fibs, la historiadora Lucy Worley desmonta con cinco siglos de retraso una verdad a la que nunca los españoles prestaron demasiada atención; era ahora el diario El País, quien sacaba a colación el tema. En el relato oficial inglés, asegura la historiadora, se mezclan poetas, cantautores, fabricantes de tapices históricos y fabuladores mitológicos con sus oníricas ensoñaciones patrióticas para hacer el totum revolutum que impregna la asignatura de Historia estudiada en la enseñanza secundaria inglesa. Drake y su juego de bulos, el diabólico Felipe II… y tantos otras fake news aclaradas… ¡más vale tarde que nunca doctor Watson!                                

 

Ni que decir tiene que para nuestro Barón emérito eran, a su entender ingleses, los primeros de la cola aprestados a recibir albricias por su tributo al haber humano. Pero su omisión hispana, no es cosa baladí, que pueda ser soportada por la Historia Universal, por muy prêt-à-porter que quisiera fabricársela para promocionar el programa televisivo que presentaba y dirigía, como punta de lanza de su obra escrita. Como tampoco, es de reconocer, podría soportar ese concurso universal la exclusión del grano de arena inglés. Y ello pese a llevar las alforjas cargadas con un Enrique VIII y su Torre de Londres, el tráfico de esclavos, las guerras del opio, el holocausto de 11.000 zulúes ametrallados en Sudáfrica, el genocidio histórico irlandés, o la Navidad negra de Pasto 1822 con masacre y violación de mujeres y niños por la Legión británica; por no hablar de los más recientes bombardeos de Hamburgo. Y esto se lo decimos a nuestro Sir desde un país europeo que ha eludido las dos guerras mundiales del siglo XX.

 

Quien esté libre de culpa, que tire la primera piedra, es mantra bíblico recurrente, fácilmente asumible. Así como un comportamiento negativo puede ser  extrapolable a cualquier grupo humano, no se da en la misma medida la siembra de  valores. El siglo XX nos ha enseñado que cultura y barbarie pueden caminar juntas. Pero cultura no es civilización. La cultura profundiza el conocimiento de nuestros instintos, pero no necesariamente su dominio, su gestión. La civilización lucha por apaciguarlos, por gestionarlos. Aunque suelen caminar como compañeras de viaje, son autónomas en la evolución de las sociedades. Si algún esfuerzo hizo la Inglaterra de los Estuardo en sus Trece Colonias por civilizar a sus amerindios (los Tudor quedaron inéditos), nunca podrá ser comparado al civilizador y culturizador empuje de la Corona española  durante ese mismo lapso en su Imperio americano. Estamos hablando de Civilización, el título del programa televisivo de nuestro desmemoriado profesor. Baste como muestra las Ordenanzas de descubrimiento, nueva población y pacificación de Indias (1573), hecho a vuelapluma por Felipe II en una corta estancia en el Palacio de Valsáin (dejado en ruinas tras construir La Granja de San Ildefonso). Su capítulo sobre las Pacificaciones no admite parangón con trato alguno dado a cualquier indígena de otro continente, no importa por que Corona europea de su siglo y  siguientes. Literalmente, se ve en él sembrada la pura civilización. Pero el minucioso Felipe, no hacía con ello sino continuar las políticas emprendidas por los Reyes Católicos desde los comienzos del Imperio español. Políticas siempre encauzadas a través de las Leyes de Indias, protectoras de los aborígenes, pero letales para los intereses de la conquista y colonización. Empezando por el codicilo anexo al Testamento de Isabel la Católica (1505), origen del Derecho Humano: Suplico al Rey mi señor muy afectuosamente, y encargo y mando a la princesa mi hija y al príncipe su marido, no consientan ni den lugar a que los indios, vecinos y moradores de las dichas Indias… reciban agravio alguno en sus personas y bienes, sino que manden que sean bien y justamente tratados… Era el origen del derecho de gentes. La consiguiente puesta en producción del gran continente, hubo de costarle por ello a la Corona española una guerra civil y no pocos sinsabores. Pero el hombre, aun cuando aborigen, estaba por encima de la economía según la ética del Imperio, antítesis de la jurisprudencia inglesa, donde era la economía de los planters prioritaria frente al indio. Ese mundo hispánico que nos dejó ayer aquella Corona, es hoy el primer receptor de patrimonios culturales UNESCO por sus reliquias de la cultura y civilización que supo imprimir a nuestros reinos de ultramar, y su defensa frente a otras potencias que anhelaban para sí aquellos logros.

 

Además de su literatura, su pintura y escultura, sus músicas, sus aportes cartográficos spanish lake, kuro-shivo y gulf stream incluidos, su ciencia naval y navegación, su ingeniería militar y civil, su derecho de gentes salmantino, sus cientos de misiones y reducciones donde civilizar naturales, los hospitales para socorrerlos, sus cientos de traducciones del saber occidental a lenguas indígenas o viceversa, su primera gramática culta, sus miles de km de caminos empedrados, sus catedrales y universidades como focos de música y ciencia… son materia holgada para calibrar el dislate boreal de nuestro recordado profesor. Su Inglaterra del siglo XII, aún con legañas en los ojos, seguramente ni se enteró del Renacimiento andalusí que nuestro docente silencia, precursor de la otra Aufklärung del siglo XVIII europeo, al decir del sorprendido Karl Vossler que lo estudió en profundidad.  Fue el Siglo de las luces de los Avempace, Abenarabi, Maimónides, Abentofail y Averroes,  precursores a su entender de la pléyade germana de los Goethe, Kant, Leibniz y el propio Humboldt, perceptores del sutil perfume emanado de aquel canto a la naturaleza y al sentir y pensar del hombre. Y ello ocurría durante los siglos del califato cordobés, faro medieval del saber alejandrino, cuyas gentes se expresaban mayormente en romance, donde algún sultán se dejó ganar por los encantos de Sevilla y uno murió corneado por una vaca brava, según nos cuenta Claudio Sánchez Albornoz, nuestro medievalista de cabecera. Donde las mujeres que parían en los gineceos de los centros de poder eran hispanorromanas o hispanogodas (diezmo obligado de los sojuzgados reinos cristianos a los poderosos muslimes) y sus Abderramanes, pelirrojos muchachos de azules córneas, cual vástagos de estirpes reales navarras, leonesas o castellanas cuyas infantas eran moneda de tributo en los serrallos califales. Que nos dejaron joyas arquitectónicas como la Mezquita cordobesa, la Alhambra granadina o las insuperables ruinas de Medina Azahara, mientras el rumor matemático de Al – Quaritmi esbozaba nuevas formulaciones en Al Ándalus. Era el álgebra en forma de los algoritmos que hoy epatan a tanto friky, en tanto su alquimia los aplicaba sin aspavientos para obtener el vidrio coloreado que entramaría las vidrieras de las catedrales góticas. También las inglesas y algunas residencias de la época Tudor. ¿No aportó nada al progreso humano occidental la medieval Escuela de Traductores de Toledo? Es respuesta que responden por sí propios Gerardo de Cremona y Domingo Gundisalvo o la naciente Sorbona de París, sus coetáneos; pero no nosotros, insignificantes hispánicos desterrados del progreso humano, como del paraíso lo fuera su género homo. La espada de fuego de nuestro ángel exterminador británico, nos prohíbe a los hispanos el retorno al edén del saber humano, del que, motu proprio, nos niega haber sido parte alguna vez.

 

Fuera de retóricas ¿cuantas misiones humanistas dejaron sus paisanos en las Trece Colonias? Para navegantes anglos advertimos que solamente en Nueva España había más de 300, algunas con cerca de mil aprendices indígenas. ¿Cuantos centros del saber para naturales, monásticos o no,  con su biblioteca como semillero de cultura? ¿Cuantas imprentas? ¿Cuantos corrales de comedia, ellos que habían creado su teatro con el magnífico Shakespeare? ¿Qué ventaja produjo a los indios del Norte vivir yuxtapuestos a una cultura avanzada? Ninguna, caso único en la Historia, sencillamente porque eran de ella segregados como leprosos bíblicos. Por tanto ¿Dónde está el aporte de la civilización inglesa al mundo amerindio? ¿O es que acaso nuestro Sir no lo consideraba mundo? ¿No habíamos quedado en que todo Imperio se caracteriza por trasmitir sus haberes a las provincias incorporadas? Aunque, ciertamente en su caso, no eran provincias sino colonias, de facto un hiriente escalón social más bajo. ¿Cuantos Poma de Ayala, o Escuelas Quiteñas de Arte, contaron entre sus indígenas? ¿Cuantos Inca Garcilaso entre sus mestizos? ¿Cuántos Ruiz de Alarcón o sor Juana Inés de La Cruz, en sus haberes criollos? ¿Cuantos edificios pétreos, si es que alguno construyeron que no fuera en madera o ladrillo, con sus exquisitas labras y relieves surgidos de escoplos indios? ¿Cuántas catedrales con sus escolanías, sus maestros y sochantres? ¿Cuántos de ellos eran virtuosos músicos indígenas o mestizos, organistas, maestros de capilla, o compositores como Manuel de Zumaya? ¿Cuantos hospitales, casas de beneficencia, orfanatos construyeron para los naturales? ¿Cuantas universidades?  ¿Tengo que recordar a tan olvidadizas mentes que en sus colonias era el mejor indio el indio muerto, según confesara su historiador conectiqués Herbert  Eugene Bolton? ¿Por qué no existe hoy un mestizaje significado, a lo cinéfilo Pocahontas style, en sus ex Trece Colonias? La respuesta es clara: porque exterminaron a sus indígenas. ¿Cómo?: con limpiezas étnicas como la de los paquot masacrados por los padres puritanos, con cínicas mantas impregnadas de viruela para cobijar su invierno norteño durante la llamada guerra india, con la eliminación sistemática de las tribus autóctonas de la frontera en todo tiempo, con bebidas estimulantes hasta macerarles sus vísceras en alcohol…  ¿Por qué callan esas miserias, en vez de sacarlas a la luz, como el imaginativo Las Casas hiciera, publicando las nuestras en la propia España?¿Por que el testifical Mártires de la Inquisición Inglesa del jesuita John Gerard, no pudo ser publicado en Inglaterra hasta ¡1984!? Para un observador no anglo es fácil de responder, puesto que en la Albión contemporánea, los represaliados eran papistas de un país anglicano, cuyo papa era la propia reina Isabel I, juez y parte, furibunda perseguidora de católicos que controlaba mediante espionaje vecinal, y acusaba de sedicente a quien no asistiera al culto público, penado en primera vez a perder una oreja, a pena de muerte si reincidía. ¿Por que el angloamericano Día de Acción de Gracias, es para los indios wampanoags su Día Nacional de Luto? ¿No habíamos quedado en que todos comían amigablemente pavo compartido? Pero esas verdades adversas son silenciadas tanto en Albión como USA, donde se sigue comulgando con ruedas del molino de los padres peregrinos y su totémica ave desplumada.

 

En la Enciclopedia Británica ni se nombra a Blas de Lezo. Y nuestro profesor desprecia cuanto ignora, que es mucho, porque su insular cultura ignora cuanto le escuece, que no es poco. Para nuestro televisivo comunicador, todos los indios borrados del mapa, tal como les ocurrió a los paquot, debían ser sin duda emisarios espirituales ante el Sumo Hacedor, para ver de retrotraer sus almas al predestinado Edén de los ingleses… Hasta Arturo Uslar Pietri, el siempre ecuánime y templado gentilhombre venezolano, ante tal desafino cromático, hizo sonar su armoniosa cuanto prestigiada voz, para acallar tamaña distorsión sónica del conocimiento y de la razón en pleno siglo XX. Los Expulsados de la Civilización no es su crítica malhumorada, sino  razonada concatenación de cordura, dolora en prosa de un savoir faire ante el inesperado bucle tribal de un prestigiado docente. Atrincherado en un poderoso medio audiovisual y su rango académico, este comunicador pretendía rociar su programa de erudición con su particular aspersorio hispánico. Un hisopo asimétricamente perforado por filias y fobias, que asperjaba su sopa de letras sobre un colectivo masificado, acrítico, zafio, sanchopancista, empantuflado… y sorprendido, a la vez que satisfecho, ante el sabor edulcorado de aquellos plasmas de hechura cabileña, ajustados milimétricamente a su capacete craneal insular. El amplio espectro de la civilización, tratado de forma simplista y aroma erudito, motivaron la incomodidad del llorado polígrafo caraqueño, tal como provocan hoy la nuestra. Con las propias tesis de John Ruskin que nuestro barón argumentara, Uslar Pietri razonaba en pro de la civilización hispánica para llegar a conclusiones diametralmente opuestas. No hay hallacas como las de mi mamá, es dicho de nuestra tierra caribe para significar lo apegado del paladar familiar a los sabores caseros. Y el mediático histrión, salpimentaba su hallaca televisiva dosificándola de tribales halagos, capaces de plenar de emociones sus anglófilas oquedades cefálicas. Pero lo que no pudo saber nuestro sabio caraqueño, es que tras generaciones de lisonjearse como elegidos por el dedo de Dios, este Sir inglés y muchos de sus emocionados escuchas, serían los precursores del Brexit social, apartheid europeo que había de estallarles en las manos durante la segunda década del siglo siguiente. ¡Onirismos de un evanescente Segundo Imperio ya marchito, cuando el Primero, niego a la mayor que lo fuera más allá de la propia vanidad inglesa, había brillado por sus elementales carencias humanas!

 

No se puede negociar con un país que viaja todavía en asnos, respondía no ha mucho el Premier Boris Johnson a un periodista que le preguntó por el futuro estatus de Gibraltar tras el Brexit. Si reclaman Gibraltar, les enviaremos la Armada Británica, contesto otro Jenkins del siglo XXI, sin desorejar por el momento. Dicho esto por dos autóctonos, un siglo después de La Rebelión de Ortega y Gasset ¿a qué nos suenan estas opiniones?… Nuestro pensador historicista cuenta cómo un minucioso corresponsal del The Times, enviaba detallados pormenores a su Redacción y las cifras más pulcras, para describir la situación de una Barcelona sumida en la guerra civil española del 36. Pero partía de suponer, como de cosa sabida y que lo explica todo, haber sido los moros antepasados nuestros. Lo cual, pese a su laboriosidad y supuestos aciertos, le incapacita absolutamente para informar sobre la realidad de la vida española, añadía. Algo así como suponer que el asilvestrado talante de la horda anglosajona en olor de brandy-dead que visita Magaluf, se debe a sus antepasados vikingos… o que sus energúmenos hooligans encarnan una excrescencia humana brotada de sus genes sajones… Se precisa una información fidedigna, contrastada, que reclama una reforma de la fauna periodística… y algunas horas más de biblioteca en sus caletres, poco leídos y mal asimilados – añadimos nosotros – de la gran maestra que es la Historia. Y para hablar de la hispanidad es preciso conocer su unamuniana  intrahistoria, mientras que para esta cuerda de iluminados, lo que se publica en español no existe. La razón de ello, puede encontrarse en el patente desinterés del angloparlante isleño por las demás lenguas, que en su chauvinismo desconoce, unida a la citada paráfrasis del que envuelto en sus tópicos, desprecia cuanto ignora. Ninguno de ambos atributos favorece la lectura de cualquier fuente de datos objetivos en idioma ajeno. Y ya Unamuno nos advirtió oportunamente sobre la lectura que, cuanto menos se lee, más daño puede hacer lo que se lee… sobre todo si es lectura sectaria, añadimos nosotros.

 

Ese país que supuestamente viaja todavía en burro, es quien maneja su aeropuerto de Londres a través del mayor operador aeroportuario del mundo, su banca tiene como filiales a dos de los principales Bancos británicos, acaba de construir el AVE a La Meca en detrimento de su tecnología, que volvió a desplazarla en la reciente variante del Canal de Panamá; pero que alberga gustosamente al casi medio millón de compatriotas residentes con un 15% de jubilados, que disfrutan de la seguridad social española, valorada como una de las mejores del mundo. Y que dan múltiples muestras de no compartir el estalagmítico prejuicio de su desgreñado Premier, aunque algún día lo compartieran cual pecadillo pre-púber. De lo que deducimos que hay otro sector de esa sociedad pasmada, que no se entera de su realidad, alelada aún como lo está, ante su biselado espejo decimonónico con marco dorado. Y hablando de Panamá, rebobinemos un reciente comentario de Milton Cohen Henríquez, su embajador en Madrid, quien en rueda de prensa sobre ese paisanaje que se supone viaja a lomo de burras, semilla otrora del mundo hispánico estéril de nuestro despistado Sir, recordaba off the record a sus contertulios, que era el mismo que había inventado el helicóptero, el submarino y el traje espacial, mil veces copiados luego. Que su medicina social había logrado hacer de su gente – junto con Japón – el colectivo humano más longevo del planeta, que era el primero en trasplantes de órganos humanos y se consideraba valorada su sociedad en la cumbre del bienestar universal, entre otras reflexiones lisonjeras tomadas en los medios informativos. Pero que sus ciudadanos eran, a su juicio, los únicos que no se daban por enterados de ello.

 

En contraste, la idiosincrasia inglesa que personaliza nuestro Sir, no deja de ser un suma y sigue diametralmente opuesto, que en próximas generaciones los europeos no parecen estar dispuestos a sufrir en propia carne, como tal vez le ocurriera a Humboldt. Cosas veredes, amigo Sancho, apostillaría harto de sufrirlo, quien dicen lenguas que lo exclamó, aunque nunca tal cosa hizo, este otro sólido, verdadero, equitativo, arquetípico español y universal Sir, apostrofado despectivamente por sus burlo-detractores como “El Quijote”, un hidalgo soñador atemporal desfacedor de entuertos. Figura cumbre indiscutida de la novela universal, concebida por Miguel de Cervantes Saavedra, otro expulsado de la civilización junto a Octavio Paz, Velázquez, Dalí, Diego Ribera o Picasso entre otros, por el conspicuo inglés de nuestro apólogo, erigido per se en juez universal infuso. Manco de Lepanto de por vida y más señas, tres veces herido en la mayor ocasión que vieron los siglos, donde los insulares ingleses ni estaban ni se les esperaba en aquel encuentro vital para Occidente y su civilización greco-latina y judeo-cristiana. Ni siquiera como escuderos, ni mozos de armas o polvorillas. Mientras the cold queen of England is looking in the glassDon John of Austria is going to the war… love-light of Spain ¡Hurra!… ¡Vivat Hispania! ¡Domino Gloria! no puede menos que exclamar  Chesterton ante la victoria de la Armada cristiana sobre la turca, en su emocionado poema de Lepanto. Pero el horizonte de su patria no pasaba más allá del empecinado robar la plata de los galeones españoles. Esa plata que serviría para construir su Banco de Inglaterra, tal como reconociese implícitamente el propio John Maynard Keynes tres siglos y medio más tarde, al reflexionar que cada libra que Drake trajo en 1580…  se ha convertido ahora en 100.000 libras. ¡Tal es el poder del interés compuesto¡

 

Y tal era el poder del interés compuesto también para aquella lengua romance alto medieval, que naciera entre la Cantabria y la Vardulia peninsulares en los albores del Condado de Castilla, que nada aportó al progreso humano, según nuestro trasnochado docente. La  lengua en que Dios le dio a Cervantes el Evangelio del Quijote, opinaba Unamuno, y la segunda (por el momento)  más hablada del mundo. Y una de las más prestigiadas, si no la más rica, tras su último hervor en el reverbero de matices expresivos y esencias americanas con sus préstamos nativos. Que el poeta nahua Natalio Hernández Xocoyotzin sintió encarnada en el ahuehuete, árbol nacional mexicano que cobija y da sombra, mientras se nutre en el suelo indígena que le transfiere sus aromas

 

Como buen pueblo románico que en principio era, acabaron los castellanos divinizando su logos, su decir. Por eso, los pueblos románicos han forjado lenguas complicadas, pero deliciosas, de una sonoridad, una plasticidad y un garbo incomparables… lenguas hechas a fuerza de charlas sin fin – en ágoras y plazuelas, en estrado, taberna y tertulia – nos recuerda Ortega y Gasset. Por eso nos sentimos azorados cuando oímos emitir a los ingleses… esa serie de leves maullidos displicentes en que su idioma consiste… 

 

Un santo triste es un triste santo, conceptuaba a su vez en esa lengua complicada nuestra gran mística Teresa de Jesús, para desesperación de sus traductores. Compuesta la nuestra de una avenida de muchas lenguas, según el gran historiador jesuita Juan de Mariana (1536-1624), fue incorporando ayudas léxicas de cuantas fablas mascullaban los bárbaros germánicos que transitaron por siglos la península ibérica y que la nutricia lengua árabe vino a colmar. Como lapas fluviales adheridas a la dura madera del latín troncal, fueron apareciendo vocablos como pozo, queso, guardia, carrera, tregua, aceite…  en tanto la corriente de la Historia lo arrastraba aguas abajo henchido de humedad y macerado a golpes de ribazo. Apropióselo la cristiandad del norte que, con sus behetrías, asambleas, ordalías y venganzas de sangre, acometía la reconquista del sur con sus jarchas y zéjeles incluidos. Era un latín hirsuto, con marcado acento dialectal hispanorromano trufado de arcaísmos ibéricos, que los puristas del Lacio juzgaban despectivamente. Y los cristianos del sur, que las mesnadas castellanas iban incorporando a su guerra, apenas lo entendían. Teníanlo por bronco, rudo, montaraz, áspero al oído, no exento de rahez, más propio de bagaudas campesinas de las serranías vasconas, que de las formas de vida, tradiciones y fueros visigodos detectados en sangre. Era empero la herencia de aquella lingua latina hablada por la omnia gens hispánica de los Séneca, Marcial, Trajano, Marco Aurelio o Teodosio, que San Isidoro de Sevilla recopilara en sus Etimologías (año 627) mediante un alarde de erudición enciclopédica. Este esfuerzo supremo por salvar los muebles del mundo clásico, acabaría convertido por siglos junto al ptolemaico Almagesto (traducido en Toledo), en libro de cabecera y referente imprescindible del medioevo: primer escrito que dejaba constancia histórica del vocablo España. Pero aquellos decires sonaban aún a tañer de cencerros, crepitar de leña verde, chocar de falcatas, en tanto que desprendían tufo a pan de bellota, aprisco montuno y cánido ovejero. Fue Nebrija quien tuvo a bien bruñirlos como lengua del Imperio, y ofrecerle su Gramática a Isabel la Católica para la posteridad hispánica que encarnamos hoy. Y pasó a las Américas donde a los conquistadores… se les caían de las botas, de las barbas, de los yelmos, de las herraduras, como piedrecitas, las palabras que se quedaron aquí resplandecientes… el idioma. Así armonizaba su arraigo allende los mares Pablo Neruda, uno de nuestros once Nóbel de Literatura, que supieron tomar el testigo de los cervantes del siglo de oro, en pos de una ejecutoria de letras selectas, erario común de nuestra palabra escrita.¡Que buen idioma el mío, que buena lengua heredamos de los conquistadores torvos! – añadía el chileno -… que andaban a zancadas por las tremendas cordilleras, por las Américas encrespadas… con aquel apetito voraz que nunca más se ha visto en el mundo… Todo se lo tragaban con religiones, pirámides, tribus, idolatrías… por donde pasaban quedaba arrasada la tierra… ¿Salimos perdiendo? ¿Salimos ganando?… Se llevaron oro y nos dejaron el oro… Se lo llevaron todo y nos dejaron todo… Nos dejaron las palabras…  Y con ellas La Palabra, el logos griego que, como una semilla de carne y luz, significaba, además, La Verdad (añadamos a nuestro agnóstico vate): la perla más preciada de nuestro credo escatológico.

Figura 11- Bahía de Acapulco, hoy

 
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Contexto Histórico de Acapulco – III

Figura 5 b: El puente del Camino de la China sobre el río Papagayo

Durante el siglo XVI, aquel Mar del Sur, nombrado eufemísticamente en la siguiente centuria como Spanish Lake, era en efecto una suerte de Mare Nostrum español por incomparecencia de contrarios, que garantizaba en cambio jugosas informaciones a quienes lograran hacerse con el derrotero de cualquier nao hispana. La Casa de Contratación de Sevilla, celosa guardiana del acervo naval del Imperio, actualizaba anualmente el secretísimo Mapa Maestro del Padrón General, que desde 1527 convirtiose en modelo único para todos los pilotos hispanos, seccionado por latitudes y mares a navegar, según derrota prevista o piloto concreto. El mapa maestro de Juan López de Velasco, originalmente desglosado en doce cartogramas capaces de reflejar fielmente la totalidad del Imperio español y sus mares, iba a suponer empero el fin de la supremacía de las cartas españolas. A finales de siglo, hidrógrafos de todas las escuelas europeas, accederían a una copia confidencial hurtada en Sevilla, que sirvió de germen para imitar su método y extrapolar o graficar por analogía otros escenarios geográficos. A pesar de ello, la captura del derrotero y cartas náuticas de un galeón español, siguió siendo para cualquier corsario o perro del mar, tesoro tan preciado como su propia carga en pesos de plata. A más de uno de estos delincuentes, le salvó del patíbulo el hecho de ofrecer al Almirantazgo inglés un derrotero capturado a los pilotos ibéricos.

No solo era Acapulco el polo ferial y económico más importante del Pacífico hispano, sino su puerto estrella en la investigación oceánica y geográfica. Entre otros muchos intentos fallidos es famoso el de Francisco Galli, piloto mayor adscrito a la Capitanía de Manila, que parte en 1582 desde Acapulco en busca del legendario Estrecho de Anián, que le llevará hasta Macao; pero vuelve de Asia sin haber conseguido hallar la bocana del paso. Tal cosa quedaba sin duda para gloria de Vitus Bering, el danés al servicio del Imperio Ruso, que un par de siglos después hallaría, en días despejados de niebla, el estrecho que separa América de Asia y que se conoce hoy con su nombre. Pero eran muchas las patrañas que sobre este solapado fiordo se manejaban en los mentideros portuarios; y muchas también las intentonas que se sustanciaron en aquellos años desde Nueva España o desde Europa. Tempranamente Fernando el Católico, había albergado la idea de hallar un estrecho que diese continuidad al Atlántico hacia las islas Molucas: el paso que yo deseo encontréis… en palabras suyas, que fue pronta obsesión reflexiva de la carrera española hacia La Especiería. Legendarios navegantes como Vicente Yáñez Pinzón, Gaspar de Corte Real, Fernández Labrador, Díaz de Solís, Ponce de León, Hernando de Soto, Fernando de Magallanes y un largo etcétera ibérico, habían empleado sus saberes náuticos y exprimido los de su tiempo, para buscar  el preciado paso. Cuando al fin fue éste hallado, apareció en una altísima latitud sur, donde el océano embravecido, rugía anulando las voces dadas a bordo, mientras  témpanos gélidos topaban contra el casco, astillaban los bordos o machacaban las rodas, reforzadas pronto con pletinas de hierro por imperativo vital. Eran los llamados Aullantes Sesenta, cuyo mugido con rociones de espuma y agua helada, sobrecogía a todo marino que cruzaba aquel oscilante y equívoco piélago semoviente. Pequeños carámbanos sueltos, asperjados por el empuje oceánico de cualquier ola encrespada, eran precipitados sobre el bajel que hendía sus aguas cual víctima medrosa. Pero el Estrecho de Anián no aparecía por latitud Norte alguna, pese a ser intuida su posición hacia el septentrión atlántico. La Corona empezaba a plantearse la quimérica idea de construirlo. Primero en Panamá, más tarde en Nicaragua y Tehuantepec, donde el incombustible Hernán Cortés había encargado a su pariente Álvaro Saavedra Cerón que estudiase su viabilidad, mientras construía el camino real entre ambos mares. ¡Hernán Cortés en todas partes!: su laboriosidad e  iniciativa aún nos sorprenden hoy. Muchos años después, durante los estertores del Virreinato, las cortes de Madrid estudiarían todavía aquella apertura del canal visionada por el conquistador, con un llamamiento a los inversores europeos para acometerla (1814). Pero el mundo estaba entonces para recoger otros guantes; Ferdinand de Lesseps embajador francés en Madrid que lo recogió para aplicarlo en Panamá, llevó a su país a la quiebra.

El espíritu de exploración y conquista fue continuado por los sucesivos Virreyes de Nueva España, muchos de los cuales pasaban a ser  Virreyes del Perú tras su cese, perpetuando allí las directrices impulsadas por Carlos VFelipe II en el norte. De acuerdo con estas políticas, Juan de Fuca, piloto griego de la Armada virreinal, es encargado por el Virrey Luís de Velasco, de una nueva y ya obsesiva búsqueda del Estrecho de Anián, la mítica tierra nombrada por Marco Polo en su fabuloso libro de El Millón. Tras una primera expedición fallida por rebelión a bordo, emprenderá una segunda a cuyo regreso a Acapulco, proclama el éxito de su viaje. Con una carabela, una pinaza y un puñado de hombres, ha recorrido la costa pacífica de Oregón y hallado el estrecho buscado (que lleva hoy su nombre) en latitud 47ºN. Nadie le cree, pero el Virrey cumple con enviar su expediente a Sevilla, en cuya Casa de Contratación, mitad rigorismo procesal mitad desidia, dormiría el sueño de los justos. Fuca viajará a España en reclamo de sus derechos, pero hastiado ante tanta dilación y secretismo oficiales, regresará a su tierra cefalónica. Realmente el Estrecho de Anián descubierto por el piloto griego (paso entre Isla Vancouver y el continente), no era tal, ni facilitaba el paso de un océano al otro. Era un simple canal costero del propio Océano Pacífico, sacado de la escala geográfica correspondiente, como quedaría constatado por navegantes posteriores.

El inglés Thomas Cavendish (1586), rico heredero y connotado petimetre de la corte Tudor, enrumba al Pacífico por aquellos años con el placet de su reina. Viene a hostigar al Imperio Español, a la vez que ver de rehacer su magro erario. Supera el Estrecho de Magallanes con el sueño de regresar millonario a costa del Tesoro público hispano, desideratum icónico de las nuevas generaciones de la baja nobleza de un pequeño país inseguro y agresivo, cuyas perspectivas de medro eran entonces muy limitadas. Era una manera de hacer las Américas que los españoles de todo tiempo entendieron de otra forma. El regreso clamoroso de Drake a su base de Plymouth tras su rutilante vuelta al mundo, motiva al sindicato corsario de Isabel Tudor para financiar otra incursión depredadora por el Mar del Sur, que cuajaría cinco años más tarde. Thomas Cavendish como adalid, sale de ese puerto a la caza de la Nao de la Plata, que singla entre El Callao y Panamá. O del norteño Galeón de Manila, alternativa que cruza el Pacifico desde Acapulco al poniente, y aparece de regreso al norte de California, para virar luego al S.E y acceder a su destino y origen. Los infiltrados del sindicato saben que la Baja California no es una isla, sino una península constatada por el propio Drake en su viaje alrededor del mundo, ayudado por la cartografía hispana robada en naos esquilmadas. Cosa que la pura lógica lo presuponía de antaño, por tratarse de un periplo en  aguas nunca holladas por inglés alguno. Buscaba al parecer por aquellas latitudes el dudoso estrecho de Anián, por el que escapar para no ser copado por el enemigo, lo cual resulta creíble pese a las muchas fantasías narradas sobre el viaje. Por aquellas latitudes y época, pocas naves había para asaltar y rentabilizar su negocio de consumado ladrón de los mares, ya fuera por cuenta ajena o propia. Parece verosímil su actitud exploratoria en busca de Anián como posible vía de escape. Y no habiendo podido conseguirlo, dio la vela para las Indias orientales… dicen las crónicas de su tierra. Por todo ello deducíase que, no siendo la Baja California una isla, el galeón de Manila  debería tomar un rumbo S.SE con resguardo litoral por babor, siguiendo la Corriente de California hasta el cabo San Lucas. Allí es donde la flotilla inglesa podría atajar con ventaja el paso de su presa. Fiel a su plan, Cavendish dobla el meridión de América con sus tres naves y enrumba al N. para interceptar el Galeón de Panamá o Nao de la Plata. Apresa una urca de cabotaje en aguas chilenas que le cuesta perder la primera de sus naves, e indaga que el galeón panameño no navega solo y desarmado como antaño lo hiciera. Lo hace ahora en conserva, entre naves de la Flota del Callao escoltada por La Armada del Mar del Sur, formación asumida a partir del único asalto sufrido por el galeón. Cavendish sopesa los riesgos de un ataque por alcance, como el que Drake perpetrara entonces, pero decide pasar de largo. Dejará en la lejanía de su catalejo el nada tranquilizador grupo de velas que, por estribor, percibe  compacto rumbo a Panamá.

Con singladuras N-NW, hostiga al paso el inglés presas fáciles, pequeños enclaves costeros, urcas de cabotaje. Núcleos indígenas humildes, poco más que algunas chozas con su iglesia de madera, van a recibir la sorpresa de parlamentarios para negociar la compra de provisiones. Si los nativos rehúsan, se les  amenaza con quemar el pueblo. Pero era ese ya un ritornelo sabido. A veces aquellos indios los emboscaban y conducían a dolorosas muertes. Otras, las menos, accedían a intercambiar productos recíprocos básicos. Pero en todo caso, como gato escaldado que era, rara vez el indio perdía la iniciativa. Nunca esperaba a ser sorprendido por el advenedizo costero, más bien era él quien sorprendía al recién llegado. Y esta medicina hubo de probarla Cavendish en el Darién, con pérdida de varios hombres. No repetiría nuevamente la añagaza fallida, hasta alcanzar las costas de la Alta California, donde decide esperar al galeón filipino con las dos naves que aún conserva.

Luego de cinco meses  de navegación norpacífica y una agazapada espera, verá al fin aparecer en la neblina las velas de los  galeones Santa Ana y Nuestra Señora de Begoña, que navegan juntos desde Cavite. Las naves de Cavendish pierden pronto de vista una de aquellas velas desdibujada por la niebla, y deciden atacar a la otra con una navegada envolvente, fijos sus ojos en ella para no perderla entre brumas. Con el casco plagado de verdines y moluscos adheridos tras sus cinco meses de navegación en aguas ricas en plancton, el galeón Santa Ana, armado con fusilería a bordo, tratará de escapar al cañoneo de las veinticinco bocas de fuego por banda que le persiguen. Pero que no logran acortar sensiblemente su resguardo, pese al destrozo de aparejos y desgarres veleros que padece el fugitivo. Desarbolada finalmente la nave y diezmada su gente, rendirá su pabellón de 600 toneladas tras dos horas de forcejeo (1587). Es la primera vez en 22 años de vida que una mítica Nao de la China es capturada. Será saqueada y posteriormente incendiada. Pero en un esfuerzo supremo de sus hombres útiles, heridos en mayoría y desarmados, sabrá el robusto paquebote filipino dominar las llamas y lograr, con aparejo de fortuna, dar amarres en Acapulco algunas semanas después del Begoña. La captura del tesoro filipino, obligaba al inglés a no volver sobre sus pasos: sabía que los barcos virreinales saldrían a darle caza, y le quedaban miles las millas por correr hasta Hornos. Era menester perderse cuanto antes en el Pacífico, como su Drake arquetípico lo hiciera. Y como él, lo primero que decide es tomar cautivo al piloto del galeón asaltado. Alonso de Valladolid, será el guía español que pueda regresarle a su tierra por la ruta de las Marianas, las Molucas y el Índico portugués, aunque pierdan la otra nave en su largo periplo. Como buen fatuo de novedoso cuño, Thomas Cavendish entra en puerto con sus soldados y marineros vestidos de tela de seda, con las velas de damasco y tremolando en la gavia una bandera de paño de oro, nos dice David Hume de su arribada. Vivo contraste con aquel enorme Juan Sebastián Elcano y tantos otros que le siguieron, el verdadero primus circumdedisti me con su nao Victoria, que trae su peso de oro en especias para el Emperador. Pero lo primero que hace al tocar tierra, es ir descalzo en procesión con sus diecisiete bravos a humillarse ante la Virgen de la Antigua, por haberles salvado la vida. Habían partido 270 hombres en cinco naves, pero llegaban diecisiete en un flotante desecho fantasmal que solo de lejos hacía honor a su perfil de nao. Los planisferios añadirían tras ellos más de once mil km de circunferencia terrestre, un nuevo piélago vacío de islas y el desfase horario hallado entre los continentes. Ellos encarnaban el viaje que iba a cambiar el mundo. El mundo, sí, pero no la sólida personalidad del vasco discreto y recio que lo había culminado. Actitudes vitales,  paradigmas contrapuestos, arquetípico proceder histórico de dos naciones en sus gentes. Dos países que, por exceso y por defecto, se equivocan al opinar sobre sí mismos, sentencia GarelJones, ex ministro de Exteriores para asuntos europeos del Reino Unido. De regreso a Portsmouth, con la carga capturada que le hace millonario a los 28 años, y el parabién de su reina, pagará el inglés viejas deudas y compondrá su malversada hacienda, para maquinar nueva expedición corsaria. Cavendish se hará de nuevo a la vela en 1591, acompañado esta vez por el experto carroñero John Davis, pero las nuevas singladuras no iban a serle tan propicias como lo fueran en anteriores jornadas. Encontrará la muerte en costas del Brasil, desde donde su socio logrará regresar a puerto, con las tripulaciones diezmadas por el escorbuto.

La captura del galeón Santa Ana iba a tener consecuencias en la estrategia novohispana de la navegación norpacífica. El Gobernador General de Filipinas,  hacía tiempo que se había quejado de que  los galeones siempre han navegado con poca o ninguna artillería, y con tan poco temor a los corsarios como si estuvieren en el río de Sevilla, cuyo axioma inmediato sería armar los futuros galeones con artillería suficiente. Sabido era que el Galeón de Manila, una vez surgido del Pacífico a la altura del Cabo Mendocino, emprendía una ruta costera hacia el meridión, a lo largo de un desconocido litoral, con el riesgo añadido de sus cerradas y frecuentes nieblas. Llegado era el tiempo de reconocer y cartografiar los accidentes costeros, sus calados, arrecifes, ensenadas y puntos de aguada y leña, además de consolidar determinados enclaves californianos, que habrían de notificar con avisos, el paso del galeón al resguardo siguiente. Creóse para ello en el Pacífico el barco de aviso, suerte de correo similar al existente en el Atlántico, a fin de notificar las nuevas de puerto en puerto. Naos de dos palos, poco calado y buen andar, tal misión de enlace sería encomendada a una flotilla de pataches, los conocidos bajeles navegadores de toda latitud y cualquier mar, que la cántabra Real Fábrica de Bajeles de Guarnizo, había sembrado por los mares Cantábrico y Atlántico, y cuyo intercambiable velamen se adaptaba a cada estado de la leva, del viento, de la deriva o del largo a singlar.             

En 1596 Sebastián Vizcaíno, con tres naves  de colonos, gramíneas y ganado, parte desde Acapulco a poblar la Baja California, pero regresa decepcionado al año siguiente sin arraigo alguno, dada la aridez de la tierra y la belicosidad de los indios comarcanos. Ello suponía posponer el poblamiento del apéndice sur californiano, como un eco de las jornadas de Cortés más de medio siglo antes.  No obstante ello, repetirá en 1602 la expedición, y con 4 naves va a recorrer la costa pacífica hasta el Cabo Mendocino. Retornará Vizcaíno al año siguiente, luego de haber cartografiado la excelente bahía de Monterrey y el resto de costa californiana hasta Oregón, tal como habíaselo encargado la Casa de Contratación y la Armada del Virreinato. Pocas son las cartas marinas de Europa mejor trazadas que las de América Occidental, desde el Cabo Mendocino hasta el estrecho de la Reina Carlota (hoy Estrecho Juan de Fuca), no pudo menos que exclamar dos siglos después Alejandro Humboldt al ver aquellos cartogramas cum laude. El extremeño Vizcaíno, emprendedor, explorador, militar y navegante, bien conocido en la costa occidental novohispana, iba a convertirse en el primer embajador español en Japón y, andando años, perpetuo Alcalde Honorífico de la ciudad de Acapulco, la antesala imperial de Asia por real orden de Felipe II.

En 1610 llega al puerto de Acapulco una maltrecha nave con tripulación mixta de japones y castilas, enarbolando la hispánica enseña albirroja con la Cruz de Borgoña. Los recién llegados se apresuran a enviar una comitiva hasta México, que es recibida por el virrey Luís de Velasco. Se trataba del galeón rescatado de Rodrigo de Vivero, saliente gobernador de Filipinas, que sin gobernalle y batido por el temporal, había ido a embarrancar en costas japonesas tres años antes. Iyeyas el entonces nominal Emperador del Sol Naciente, a la sazón en buena armonía con los misioneros jesuitas, manda atender a los supervivientes, recomponer la nave, completar la tripulación con expertos marinos nipones, y enviarla en buena hora a Nueva España. Esta era la remendada nave que acababa de entrar en Acapulco, y que en rendido agradecimiento a la cortesía nipona era su comitiva recibida con gran fasto por el Virrey. La respuesta diplomática no se haría esperar, y Sebastián Vizcaíno iba a comandar la primera embajada novohispana que partiría al año siguiente hacia Japón. Como embajador de Su Católica Majestad Felipe III, se le consentirá cartografiar las costas japonesas y levantar sondeos en sus ensenadas. En agradecimiento, el flamante embajador regala al Shogun de Yendo un cronómetro de navegación fabricado en Madrid, que habría de generar una posterior industria relojera japonesa. Regresará como asesor de Hatsesura Asemoto, primer embajador japonés, cuya comitiva llegaba al puerto de Acapulco en 1614. Tras presentarse al Virrey en Ciudad de México, el futuro embajador se embarca hacia España para presentar credenciales a Su Católica Majestad. En México primero, en Sevilla, Toledo y Madrid después, iba a levantar una oleada de expectación con su exotismo, sus estrictos protocolos, su vistoso séquito y su conversión al catolicismo. No menor de la que levantó en Roma algunos meses después durante su visita al papa Paulo V. Regresada en barco a Barcelona, la delegación nipona iba a ser recibida con todo boato por el Duque de Medina Sidonia en Sevilla. Algunos de sus samuráis elegirían afincarse en el entorno sevillano cuando la delegación hubo de regresar a su patria, convertida de nuevo en hervidero bélico. Hoy existe en Coria del Río una pequeña colonia de sus descendientes que orean el antiguo gentilicio de sus ancestros, fraguado ya en orgulloso patronímico de vivos.                                        Figura 6: Plano Planta de la ciudad de Acapulco

           

El puerto de Acapulco había ido cobrando importancia como enclave económico del Imperio, a la vez que las autoridades del Virreinato tomaban conciencia del peligro creciente de una piratería que abordaba el Mar del Sur por el paso de Magallanes. Pero que comenzaba también a mostrar la patita a través del istmo, lo que podía propiciar su presencia en tiempo de feria. Su imagen era la de cualquier elemental núcleo humano. Su población presentaba por aquellos años la imagen de una simple aldea de pescadores, con casas de madera y techo de carrizo, presidida por una pajiza iglesia. Su abrupto terreno en ladera, útil solo para magras cosechas de subsistencia, obligaba a consumir víveres sobrepreciados, traídos desde los asentamientos indígenas del interior o de la costa. Con una temporada seca, sin lluvias entre noviembre y mayo, y sus denostados bohíos de pernocta para uso de tratantes y gentes de paso, veía deshinchar el suflé humano en cuanto acababa la feria. Revivía entonces la aldea que era, en su propia y elemental esencia.

Acabada la feria de 1615, la semivacía Acapulco es abordada por la hambrienta caterva corsaria de Joris Van Spilbergen. El holandés trae su escuadra llena de convalecientes a causa de un encuentro previo con la Flota del Callao y diezmada ahora por la amebiasis de alguna aguada tomada al azar. Meses hacía que la ciudad había sido alertada de su proximidad por avisos llegados de Panamá, y cuando las velas holandesas aparecen por fin ante la bocana, los sesenta cañones de bronce de la guarnición le dan unísona bienvenida. Han sido excavadas trincheras y reductos: desde allí hostigan al enemigo y esperan sus hombres mosquete en mano el desembarco corsario. Pero Spilbergen solo quiere parlamentar, e iza bandera blanca. Tiene las tripulaciones enfermas y necesita alimentos. Propone permutar ganado, provisiones y agua, por unos  prisioneros hispanos que arrastra desde Perú: una almoneda viva, siempre válida, que es ahora aceptada como pago por el gobernador de la plaza. Éxito holandés que tratará de repetir en Salahua (Manzanillo), donde tantea tomar aguada y alimentos bajo premisa análoga, hasta que aparece de nuevo el Sebastián Vizcaíno de todo guiso, con una pequeña flota que le rebota de la costa, episodio  conocido como la Batalla del Puerto de Santiago  (Manzanillo, Colima), que no sabemos si llegó a tanto, pero que de todas formas ahuyentó al corsario de aquellas aguas. El almirante holandés sabe que es fecha de arribo del Galeón de Manila y decide esperarle. Con su escuadra de cuatro grandes navíos de guerra, más dos rápidos pataches de apoyo, elaborará un despliegue lejano, fuera del alcance visual de los atalayas costeros de Acapulco, que pululan avizor por los acantilados. Un encuentro fortuito, con unos pescadores negros que lanzan sus redes mar adentro, le persuade de su error de calendario: los pescadores le informan que el galeón hace semanas que llegó, y está en Manzanillo limpiando fondos.  Pasan los meses pertinentes, pero el navío no se mueve: sigue fosilizado en las rampas de carenado. Y Spilbergen que no duda ya que su lejana presencia ha sido detectada, intuye que el galeón no saldrá ese año. La caza mayor de aquel cetáceo áurico había fallado. Largará velas rumbo a las Marianas, camino de Sonda y Java. La ocasión de copar el preciado botín con tan formidable escuadra, habíase perdido.

A partir de este suceso (1616), Acapulco verá construir su Fuerte San Diego, pensado en principio como refugio de ciudadanos frente al acoso pirático,  para transformarlo ahora en bastión defensivo de la ciudad, el puerto y sus accesos. Lo que había sido concebido como un fuerte de planta rectangular coronando un cabezo con caballeros perimetrales realzados, pasaba a tener planta estrellada con foso y revellín y una amplia casa para su castellano, que gozaba además de una fresca y arbolada residencia campestre en laderas de un cerro cercano. Era el alivio esperado para los castellanos, que considerábanlo un puerto algo enfermo. Lejos de las bases corsarias inglesas y holandesas, realmente Acapulco podía considerarse un enclave costero de escaso riesgo, pese a la intermitente presencia de algún aventurero del mar, que en mayoría de casos no pasaba de mostrar sus velas y largarse. Desde que Magallanes descubriera (1521) el paso que lleva su nombre, no llegaba a una docena las expediciones que habían osado seguir su ruta, contando los empeños fracasados y los perdidos. De todos, solo un par de ellos había remontado hasta latitudes de la Baja California. En 1624 lo haría una armada corsaria liderada por los almirantes Jacques L´Hermite y Hugo  Schapenham con base en la lejana Batavia (Java), quien, al regreso de Europa, remonta el Pacífico hasta Acapulco, donde sería finalmente rechazada. L´Hermite, hugonote belga al servicio de Holanda, había partido de Texel (Islas Frisias) al mando de 11 naves de guerra y 1600 hombres con ánimo de asaltar El Callao, Guayaquil y otros puertos del Pacífico hispano. Enfila rumbo al Estrecho de Magallanes  y tras doblar el meridión americano, pone sitio al puerto de Lima. Pero su cerco portuario termina en fracaso y elevado número de bajas, la de L´Hermite entre ellas. Unos meses después, Schapenham asoma por la costa novohispana y amaga entrar en la bahía de Acapulco. Nuevamente la artillería de la plaza recibe a la flota corsaria con abundantes parabienes de pepinos y metralla, cortesía que los corsarios saben apreciar retirándose a prudencial distancia. Era finales de octubre y nada se sabía todavía de la llegada del Galeón, que estaba sin duda en el punto de mira del almirante holandés. Llegado el tiempo de su arribada al cabo Mendocino, iba a ser oportunamente alertado por un barco de aviso. En consecuencia, aquel año quedaría anulada la feria, y forzada la invernada del galeón en aguas calmas de la costa californiana.

Desde su nueva posición de resguardo mar adentro, vigila el holandés las velas que entran a puerto, en la espera de ver aparecer la robusta silueta de la nao manileña, mientras organiza salidas esporádicas a tierra en busca de vituallas y aguada. Una de estas partidas de abasto que recorría aldeas indígenas, será encelada en tierra y puesta en fuga por escopeteros y flecheros guardacostas, que dejan regados los cadáveres al sol y a la vista como advertencia frente a nuevos desembarcos nocturnos. Las tripulaciones de los barcos holandeses, gozaban de baja consideración entre los militares hispanos, tomadas como ejemplo de calaña asilvestrada y ebria, vengativa y cruel, capaz de pasar a cuchillo a prisioneros inermes por el solo hecho de estorbar sus planes: pura bucanería de la peor estofa. El gobernador de la plaza, buen conocedor de estos menesteres, se niega a pactar entrega alguna al enemigo: ni alimentos, ni agua, ni cadáveres, nada. Esta actitud que destierra el dialogo, unida al dudoso lucro de ocupar una ciudad vacía, abandonada por su gente echada al monte con enseres y pertenencias, dotada de poderosas defensas fijas y destacamentos de tropa capitalina inundando la costa…  y el Galeón que nunca llega, acaba por determinar la marcha de la escuadra holandesa a principios de noviembre. Pasada la situación comprometida, el virrey Rodrigo Pacheco y Osorio mandará regresar a México las tropas desplegadas, no sin antes reforzar las defensas de Acapulco, nunca suficientes cuando el peligro apremia. Enviará un aviso al barco de Manila para que complete sus singladuras y aporte finalmente en destino. Después de este incidente, el ya para entonces nombrado Gobernador y Teniente de las Costas del Mar del Sur añadirá un bastión en punta de diamante en cada vértice del pentagonal Fuerte de San Diego, y amurallará de fábrica mampuesta todo su perímetro fortificado. Ordenará además construir otros bastiones defensivos en puertos  de la entrada del golfo, y dotarlos con nuevos cañones traídos de Filipinas.

La situación de agazapada espera corsaria volvería a repetirse en 1620, esta vez en el archipiélago filipino. Naves de guerra holandesas aguardan, durante semanas, el tránsito del Galeón de Acapulco por el traicionero Estrecho de San Bernardino, en cuyos arrecifes perdiera Villalobos su nave nodriza un siglo antes. Cargado con la plata novohispana, sigue el navío su ruta tradicional rumbo a Manila, que le lleva a  cruzar esa embocadura entre las islas de Luzón y Samar. Avisado oportunamente, el galeón superará a toda vela el angosto paso bajo el fuego cruzado de sus enemigos, que temen los peñascos sumergidos y no arriesgan ceñirse al cantil. Bien carteados a bordo sus bajíos, se orilla el galeón por estribor a la costa de Luzón para evitar envolventes, mientras responde galanamente al fuego de los corsarios. No lograrán sus proyectiles alcanzarle, ni intersectar su rumbo. Ligero de lastres el galeón, cargando apenas la fiducia novohispana, su andar a toda vela conservaría su barlovento con las otras naves de menor porte y eslora, aunque mayor trapo comparativo. Pronto desistirían los atacantes de su estéril empeño. A partir de este incidente, el Galeón de Acapulco cambiará cada año su derrotero entre las islas. Desde 1641 un cagafuegos de refuerzo esperará  su paso anual por el famoso Estrecho para escoltarlo hasta aportar en Cavite, donde le aguarda un jubiloso sonar de salvas y campanas.

En 1686 William Dampier y Peter Towley, integrantes de la patulea de carroñeros de la costa caribeña accedida al Mar del Sur, van a proseguir su pillaje en las costas del occidente americano. Confraternizan para asaltar el  Galeón de Manila, que saben capturado una sola vez en sus más de cien años de vida y, al menos, dos viajes anuales. Con 140 arcabuceros, distribuidos en doce canoas a remo, entran silenciosos en noche oscura a la bahía de Acapulco. No está allí el Galeón de Manila, pero sí encuentran en cambio un soberbio galeón peruano, cargado con mercaderías orientales, que debe zarpar en breve hacia Guayaquil y El Callao. Sólo que los cañones amenazadores del cercano Fuerte San Diego, dominando la vacía oscuridad, les persuade negativamente de la aventura que están urdiendo. No abordan la solitaria nave en reposo, sencillamente porque se sienten ya acribillados si los atalayas del puerto dan la alarma. Dentro de la bahía resultaba imposible capturar el galeón, para sacarlo a mar abierta con éxito; había que abordarlo fuera, a su partida, si querían salir con bien del lance. Y con esta idea, regresan a sus naves nodrizas bogando tan silenciosamente como habían llegado. Les aguardaban sin duda días de mimetismo y espera. Pero una inapropiada salida por comida y agua en días de estrechez, iba a precipitar sobre ellos toda la defensa estratégica que el Virrey había preparado para los tiempos de agobio pirático. Suenan las campanas eclesiales de los pueblos, que vomitan partidas de escopeteros y flecheros, dispuestos a batir palmo a palmo la costa. Pese a su apresurada retirada frente al rebato general, no pueden evitar los forbantes ser sorprendidos en sus botes de la playa sin dejar víctimas atrás. Con una alarma en tierra tan presta y automática, los piratas sopesan preparar la captura del galeón alejados de la costa. En un radio de siete millas que evite levantar sospechas, equidistarán cuatro naves en facha para filtrar las entradas a puerto desde una prudencial lontananza. Pero he aquí que el galeón se retrasa aquel año, y dos de las naves apostadas deben ausentarse para recabar vituallas, tratando de no soliviantar campana que pregone rebato alguno a los vientos, ni aldea indígena que se alborote. Se aproxima la época del monzón con sus celajes anubarrados, pero el Galeón no acaba de aparecer. Al final cunde el hastío. Los hermanos de la costa virarán rumbo al poniente, no sin antes comprobar con sorpresa que la nao filipina llevaba amarrada a sus ceibas más de un mes y que el galeón peruano había desaparecido del puerto. Bien las ocasionales ausencias por vitualla, o quizá el patache de aviso, habíales jugado una mala pasada frustrando sus soñados tesoros.   

En 1709 es el corsario de turno Woodes Rogers, otro ladrón por cuenta ajena, quien merodea la llegada del Galeón  de Manila a su paso por la costa californiana. Este año viene el galeón Nuestra Señora de Begoña, acompañado por el patache Nuestra Señora de la Encarnación en función de nao almiranta, cerrando cortejo con ligera carga y solo fusilería a bordo. Rogers caerá con sus dos fragatas sobre el patache que navega retrasado, lo captura y saquea. Ajeno al drama que vive su nao almiranta, el Begoña entra con felicidad en Acapulco.

Tres meses tardará en surgir de nuevo, cargado de plata novohispana, en su derrota anual hacia Manila. Navega solo y a media carga, bien que precavido, consciente de la pérdida del patache cuya causa en Acapulco desconocen, aunque no descartan achacarlo al merodeo pirata. Apenas unos días después será interceptado por las fragatas inglesas de Woodes Rogers que le aguardan junto a otra nave de porte medio capturada en Guayaquil, pero los cuarenta cañones del galeón manileño los ponen en retirada no sin serios desperfectos. Son ahora los barcos ingleses, sus cascos plagados de verdines tras prolongada navegación, quienes no pueden seguir el andar del recién carenado navío filipino. Han sufrido un primer rédito negativo, pero saben de su ventajosa potencia de fuego y, lamidas las heridas, tratan de ganar barlovento para horquillarle con su mayor campo de tiro. Inútilmente, porque la figura del Begoña irá empequeñeciendo hasta perderse en la noche. Con el alba, había desaparecido. Tres meses más tarde llegaría a Cavite sin mayor novedad.

Las sucesivas mejoras del Fuerte San Diego habían hecho de Acapulco una ciudad muy capaz de defenderse de cualquier insulto o ataque que se le ofrezca, aseguraba el Virrey Marques de Casafuerte, constructor también de la basílica de Santa Maria de Guadalupe. El gobernador del fuerte había pasado a ostentar el titulo de Teniente de las Costas del Mar del Sur, y ser el responsable del control y policía de la costa y del tráfico de mercancías de la región. Desde Carlos III tendría la obligación añadida de enviar reseñas semestrales sobre la meteorología y la agricultura de la provincia. Acapulco, bien guarecida por su reconstruido y mejorado Fuerte San Diego tras el terremoto de 1776, lejana siempre de las bases de abastecimiento corsario enemigo, despoblada tras su feria y recobrada su hechura de permanente aldea, sería ratificada por Carlos IV en su olvidado título de ciudad (1799).

Tras la liberación del comercio en los puertos del Imperio, y su persecución por las principales potencias, la vida pirática inició un declive que la llevaría en pocas décadas a su extinción. Durante su existencia, la plaza acapulqueña nunca sería tomada por flota enemiga alguna, caso único en la historia portuaria del Imperio español. Pero su castillo vería en cambio fusilar a los presos realistas por el insurrecto cura-soldado Morelos, unamuniana exégesis del mostrar la cruz pero blandir la espada, la romano-gótica encarnación del báculo y la ballesta de los obispos medievales. Un Gelmírez compostelano de allá por el año mil, redivivo ahora como una suerte de templario justiciero que incendia Acapulco y degüella a todo infiel español. Solo que esta vez no se trataba de expulsar al islámico intolerante, sino de quitar del medio al feligrés que no comulga con sus hostias profanas. Tampoco se trataba de un militar-soldado que cumpliera órdenes estrictas de un superior, sino de un hombre que había jurado entregarse a sus semejantes por Cristo. Pero que olvidaba en la sacristía sotana cural y golilla cuantas veces tocaba vestirse de faccioso. Curas que sin duda debieron rogar alguna vez por el catecumenado eclesial, siquiera cuando se ordenaron como tales… pero lo ignoraban si la circunstancia vital incensaba su ego, separándose de su santo ejercicio de pastor de almas para convertirse en lobo carnicero, como reza en su acta de excomunión por el obispo de Michoacán. ¿Donde estaba el límite ético de guerra justa que estos curas trabucaires aplicaban cuando de los conquistadores trataban? ¿Qué nos dejaron dicho de las Indias tres siglos antes?… Entonces no existía hemeroteca, pero ahora, sí. Ahora podemos contrastar hasta  la náusea, actitudes farisaicas entre el ayer y el hoy. Dios haya perdonado a esta suerte de padres de la patria. Sin aspavientos, como solo Él sabe y puede hacerlo, y la gente de bien desea. Mientras los patriotas de verdad y los sobreactuados, plenaban de efigies su memoria patria, como arma arrojadiza contra los gachupines y los cristeros. Siglo y medio más tarde, a toro pasao, la diplomacia vaticana eximiría a los trabucaires de su anatema impreso a fuego de maldiciones. Como si, por decreto, Sánchez Mejías o Manolete hubieran muerto por astas de toros… no siendo toreros. Bien que eran los aciagos días de la independencia de un México nacionalista, con sus fiebres desatadas en busca de si mismo, y las meninges dilatadas por el caos patrio. Y pasó como estas cosas pasan. Como un torbellino de emociones, desgarrando flecos históricos que no eran sino jirones de sí mismo. Se trataba en realidad de un nuevo insecto perfecto, que había mutado su capa virreinal por un desorbitado sombrero charro. Y siglo y medio después del capotazo, era precisa una entente cordiale que retrotrajese las aguas vaticanas a su cauce virreinal,  con el restablecimiento de relaciones diplomáticas

            

                      Figura 7: Portulano de Acapulco. Dibujo del autor

 
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Contexto Histórico de Acapulco – I

Figura 1: Orla de Acapulco

 

La primera noticia que tenemos de Acapulco proviene de Bernal Díaz del Castillo, que en la descripción de un perfil gráfico de la costa sur que poseía Monctezuma II (1519), lo cita como nombre de la ensenada que más tarde sería puerto famoso del Pacífico virreinal. Nombre al parecer de raíz náhuatl, con significado de lugar de carrizos destruidos, Acapulco surge como núcleo humano a partir de las expediciones de Hernán Cortés, llegado a su bahía para explorar y cartografiar, por mandato real, las costas del oeste novohispano. Su nombramiento como Capitán General de la Nueva España y del Mar del Sur, a ello le comprometía frente al Emperador Carlos V. Montará allí unas gradas (1523) donde construir y carenar las naves que han de llevar a cabo su empresa marinera. Inmejorable fondeadero de flotas, poseía la ensenada una bocana cerrada, disipadora  de todo  oleaje  franco de mar abierta, y un espléndido abrigo en anfiteatro empotrado al socaire de la Sierra Madre del Sur. Ribeteada de árboles donde trincar amarras o gobernar carenas, fue conocida en sus primeros tiempos como Bahía de Santa Lucía, al ser descubierta en esa festividad por la temprana expedición del capitán extremeño Francisco Álvarez Chico (1521). Cortés tenía una precisa visión de la costa, donde habíale encargado recabar tributos de los pueblos indígenas, lo que le llevaría a fundar Zacatula (hoy La Unión) como capital regional, y donde finalmente iba el capitán a encontrar su muerte. En 1531 Juan Rodríguez Villafuerte, explorando la costa desde Zihuatanejo, llegará hasta Santa Lucía, cuyo rancherío iba a nombrar como Villa de la Concepción. Este núcleo indígena y otros rancheríos periféricos, le serían adjudicados como encomienda con el nombre de Provincia de Acapulco, cuyas gentes tributarían en especies de maíz, algodón y cacao. Pero será Diego Hurtado de Mendoza quien funde de hecho el puerto de Acapulco, cuando en 1532 zarpa de su bahía con dos naves construidas con madera de sus bosques y mano de obra española y tlascalteca. Pronto una de ellas la regresaría con gente levantisca que no quiere por compañera. Sigue explorando la costa hacia el norte con la otra nave hasta que, sorprendido por una tormenta, naufraga, no sin antes haber cartografiado la costa recorrida y algunas de sus islas. Solo 3 supervivientes superarán penalidades sin cuento para informar del desastre a Cortés, que decide ir personalmente a buscar sus vestigios. Para ello, se trasladará a Santo Domingo Tehuantepec, ciudad por él fundada entre los zapotecas como apoyo de la campaña de Guatemala. Allí va a supervisar la construcción y aprovisionamiento de cuatro naves, con las que rastreará sin resultado la derrota de Mendoza. He proveído con mucha diligencia que en una de las partes por donde yo he descubierto la mar, se hagan dos carabelas medianas y dos bergantines; las carabelas para descubrir y los bergantines para seguir la costa… y para ello he enviado a una persona de recaudo y cuarenta españoles en que van maestros y carpinteros de ribera, aserradores, herreros y hombres de la mar… y he proveído a la villa por clavazón, velas y otros aparejos necesarios para los dichos navíos, y se dará toda la prisa que sea posible para acabarlos y echarlos al agua… le informa Cortés al Emperador en su Tercera Carta de Relación … Pero tras recorrer infructuosamente el litoral, regresará al resguardo de Acapulco, de donde saliera la expedición perdida. A partir de entonces considerará su puerto como el mejor de aquella costa, y la base de su astillero.

                                   El ir y venir de Cortés y su fieles entre la capital y la costa, iba a ir señalando una ruta itinerante de gentes a caballo que, guiados al principio por baquianos locales, fueron contorneando nuevos tramos para pezuña, diferentes de las sendas indígenas tradicionalmente seguidas por los tamemes nahuas. Marcábase con ello la futura senda embrionaria del camino real de Acapulco. El hecho de que una gran parte de los tributos y gravámenes impuestos por los mexicas a las sometidas tribus del sur, proviniesen de comarcas próximas al camino de Acapulco, impulsó al conquistador a enviar exploradores al área. Los autóctonos tlahuicas en las estribaciones de la Sierra Madre del Sur, era fama que tributaban su carga impositiva a los aztecas en incienso, mieles de abeja, barras de oro y otros metales. Se sospechaba que entre aquellos metales estaba el estaño, gran remedio para la fabricación de cañones de bronce en la Nueva España, que podrían fundirse a pie de astillero. La información recibida tras la inspección minera fue positiva y pronto iba a comenzar un laboreo minero (1522) próximo al enclave indígena de Taxco (Juego de pelota en náhuatl). Este asentamiento español entre estribaciones y cerros de la Sierra Madre, situado a escasos 10 km del anterior, daría lugar a la ciudad de Taxco La Nueva, fundada por el capitán Rodrigo de Castañeda (1529), comisionado por Cortés para reconocer la mineralogía de la región que seríale posteriormente entregada en encomienda. Las aparentes trazas de manganeso detectadas en las muestras minerales analizadas en Ciudad de México, resultaron ser vetas de plata, alguna de las cuales adquiriría fama y fortuna dos siglos más tarde, de la mano de los aragoneses La Borda, que explotarían también otros yacimientos regionales de vetas o mantos de oro, plomo, cobre y zinc. Al arrimo de la producción argentífera, los hermanos aragoneses mandarían construir el templo votivo de Santa Prisca, icónica joya churrigueresca del Taxco del siglo XVIII, mientras iba labrándose en la ciudad la fama internacional que habían de adquirir sus orfebres plateros.

                                Bajo ese mismo criterio de reconocer las formaciones rocosas y auscultar posibles minerales metálicos en la región, Cortés enviará una partida exploratoria al valle de Iguala (Donde es serena la noche en náhuatl) al mando del capitán Juan de Mesa. La correspondiente toma de muestras minerales en los cerros y sierras circundantes, arrojaría la existencia de abundantes yacimientos metálicos. A la vista de este primer contacto, se iniciará la eufemística pacificación de la comarca, no otra cosa que la toma y sometimiento de los indígenas al poder de la Corona española. Finalizada ésta, le sería entregada en encomienda temporal al propio Mesa, que traería a Iguala misioneros franciscanos (1534) para catequizar a los indígenas comarcanos, a quienes someterá a tributación en especies de maíz o metal en barras. Con la orden del sometimiento perpetuo dictada por la Real Audiencia de México (1550), esa encomienda será adjudicada a Francisco Mexía, quien implantaría el ganado porcino y caballar en los pastizales del valle. Andando el tiempo, Iguala iba a convertirse en plaza clave del camino real de Acapulco, con un importante eco comercial del flujo económico entre Manila y Sevilla.

                                En 1527 por orden del propio Cortés, Álvaro Saavedra Cerón había partido de Zihuatanejo con tres naves para tratar de encontrar la Trinidad, capitana de Magallanes, perdida en las Molucas seis años ha, cuando intentaba ganar las costas novohispanas. Noticia sabida durante su estancia en España, donde era comentario obligado la gesta de Juan Sebastián Elcano con dieciocho supervivientes tras su arribo a Sanlúcar de Barrameda y tres años de incansable navegar. Y hacia aquellas lejanas islas irá Saavedra siguiendo el paralelo 12ºN. En una longitud y latitud hoy reconocibles como coordenadas geográficas aproximadas del archipiélago Hawai, el vigía de la capitana da la voz de haber avistado tierra al contraluz del atardecer. Tierra que, al amanecer del siguiente día y no obstante buscarla por otros dos consecutivos, no volverían a percibir. Pocas dudas caben hoy sobre ese primer avistamiento de las islas Hawai, que iban a ser mapeadas con diversos nombres y por diversos pilotos en los planisferios secretos de la Casa de Contratación de Sevilla. Esto ocurría dos siglos antes que James Cook diese noticia de la existencia de ese archipiélago. No iba Saavedra a encontrar la nao de Magallanes, pero iba en cambio a toparse con los restos de la expedición de Loaysa – Elcano en las Molucas, viaje surgido de La Coruña dos años antes, y desperdigado por el escorbuto y el Pacífico durante el año precedente. Por tres veces intentará Saavedra tornar velas a Nueva España, cargado de especias y gente española rescatada de manos portuguesas. Tres veces más que añadir a un intento muchas veces emprendido, pero ni una sola vez alcanzado. En el último de ellos, tornará su nao a Jilolo (Halmahera)  con un Saavedra moribundo a bordo. Nuevamente se repetía la historia de la nao Trinidad y su desesperado intento de retornar a Nueva España cruzando el Pacífico rumbo leste. Cargados de especias en Tidore, Juan Sebastián Elcano y Gonzalo Gómez de Espinosa pilotos de la expedición magallánica, habían acordado regresar a tierras hispanas con las dos naos supervivientes por rumbos diferentes, ambos desconocidos, y que Dios reparta suerte. Elcano rumbo e España por el Índico, logrará aportar con su Victoria al año de su separación; Espinosa, rumbo a Nueva España por el Pacífico, no lo conseguirá con su Trinidad. Con extraordinaria intuición había tomado rumbo norte hasta latitudes tan altas como la Hokkaido japonesa, surgidero de la corriente de Kuro-Shivo que habría de salvar a un Urdaneta que la conoció por referencia, medio siglo más tarde. Pero Espinosa que ignora su existencia, no sabe leerla en sitio, o no acierta a interpretar el arrastre marino del plancton ni la mutante tonalidad de su agua vehicular. Vientos atemporalados adversos y las bajas temperaturas del Septentrión, le obligarán a volver a Ternate sin apenas alimentos para subsistir. Preso por los portugueses de Tidore (1522), sería repatriado con otros compañeros, Índico avante, tres años después, gracias a una gestión de la emperatriz Isabel de Portugal, esposa de Carlos V.

                                 Por aquellos años, el Emperador había otorgado a Cortés los títulos de Capitán General y Marqués del Valle de Oaxaca, que junto a la dignidad y tierras inherentes, le confería derechos sobre los descubrimientos que hiciere en el Mar del Sur. En aquel ínterin, El Emperador había nombrado a Antonio de Mendoza y Pacheco como Primer Virrey de Nueva España. Un Mendoza de alta alcurnia, estirpe de vasallos fieles al Habsburgo desde sus aciagos tiempos de  los comuneros castellanos. El César no quiere viejos conquistadores de Indias, que se enquisten en una suerte de alter ego de la nobleza territorial castellana, siempre difícil de manejar y que, recién llegado a España, se había opuesto visceralmente a su troupe flamenca. Otorga prebendas, título y honores al caudillo extremeño, pero le encarga nuevos cometidos fuera del virreinato, remarcando la máxima autoridad territorial del Virrey recién nombrado. La fase de capitulaciones directas entre la Corona y el emprendedor de turno, había concluido. El Emperador quiere funcionarios del reino, temporales e intercambiables, solo nombrados en función de su lealtad y valía, dictada a criterio de su Consejo de Indias y acordes al proyecto y circunstancia humanos. No quiere subsidiarios de raigambre medieval, proclive siempre al enriquecimiento o la genealogía. Es el tiempo renacentista, donde los altos funcionarios han de ser quienes traten con los hombres de iniciativa, imprescindibles canales  de progreso para ese nuevo mundo que Carlos de Habsburgo sueña construir, pero también interlocutores persistentes, activos y locuaces, que piden y deben ser escuchados. Y en último caso, si la magnitud de la propuesta supera la atribución del funcionario, sirva éste para regular el acceso a la persona del Rey y sus asesores, a fin de sopesar en cumbre cameral, la viabilidad o no del proyecto que se presente.

    A la vista del mandato recibido, organiza Cortés entre Veracruz y Acapulco una complicada red para suministrar los herrajes y pertrechos, que van llegando desde Sevilla. Ante ello, la Ciudad de México y otros puntos del interior, madrugan su creación manufacturera amparada en  artesanos castellanos que, llegados como soldados de conquista, emprendedores al fin y al cabo, comienzan a su escala una elaboración autóctona, auspiciada por la fuerte demanda virreinal. Los españoles habían traído a Nueva España, junto a su rutinario mundo del día a día, la edad del hierro, la edad de la rueda, de los motones, poleas y cabrestantes, la edad de la rueca, de la navegación a vela, del arado y de los bueyes, y la del alfabeto, sopa de letras nutricia del morlaco mestizo que asomaba sus cuernas a la Historia. La escrita, la de verdad, no la distorsionada por la consuetudinaria o ritual oralidad de los ancianos al amor de la lumbre. Porque sus pictogramas, pese a la magia de sintetizar en un solo dibujo cientos de frases alfabéticas, quedaban lejos de interpretar las ideas con la justeza conceptual que aportaba la Gramática de Nebrija. Por otra parte, era el propio Hernán Cortés en sus Cartas de relación de la conquista de México, quien primero escribiría la lengua náhuatl con caracteres latinos o de lengua culta. Los nahuas, como el resto de indígenas del Nuevo Mundo, desconocían la escritura. Nadie antes había expresado fonográficamente habla americana alguna. Según su propia percepción auditiva, iba aquel universitario salmantino conocedor del latín y del derecho, a emplear sílabas latinas de sonido invariable, para transcribir la fonética escuchada de labios indígenas. Pero labios indígenas que, pese a emplear idéntico idioma, modulaban las sílabas de un mismo nombre de forma diversa, según fuere su procedencia geográfica. Eran modismos y matices fonéticos propios, con fluctuaciones sónicas equivalentes a las de cualquier otra realidad idiomática del mundo y sus variantes regionales. Las diferentes pronunciaciones del indígena, según su comarca de procedencia, venían a complicar aquel primer ensayo fonográfico. En el Anahuac, la o era pronunciada como ou (algo parecido a lo que pasa con el OrenseOurense en nuestra lengua galaica). Fue evidentemente engañado por su sensibilidad auditiva frente a sonidos desconocidos, escuchados ¡y pensados¡ por una mente renacentista, con todo el bagaje que hoy sabemos significaba serlo plenamente. Tecatl, lo identificó como tecal, Tenochtitlán como Temixtitán, Texcoco como Tesuico, Xochimilco como Suchimilco…  Pese a su rigorismo natural por las cosas bien hechas, no alcanzará Cortés a  asignarles en gran mayoría de casos, una equivalencia latina gráfica, fidedigna de la sónica por él auditada. Él mismo reconocería más tarde la presencia de formas aztecoides deformadas… en el habla coloquial de los nahuas especialmente en la pronunciación de préstamos lingüísticos procedentes de la cultura maya. Con todo debía, como narrador, expresar con justeza los nombres propios escuchados, puesto que trataba de exponer ante el Emperador, un relato objetivo, coherente y unívoco. Y así salen de su pluma, por vez primera en lengua española, vocablos mágicos que a oídos castellanos suenan a murmullos de humedal, onomatopeyas del viento. Otros estudiosos, indios, mestizos o criollos, serían en adelante los encargados de expresar en propia lengua y forma fidedigna estos fonemas, con la justeza conceptual requerida, una vez conocida y asimilada la herramienta alfabética para ahormarlos. Tal como asimilaron la escala cromática a sus sentires musicales que ancestralmente lo fueran pentafónicos. Surgirían así, tanto relatos de intrahistoria como tratados y digresiones científicas y experimentales sobre herbolarios, especies avícolas, anatómicas, melódicas, polifónicas o costumbristas… un verdadero motor de la actividad intelectual de las élites indígenas pensantes y de su transferencia didáctica inter símiles et diversus. Lenguaje y pensamiento sabemos hoy que van unidos.

      De pronto, el alfabeto literal que se ofrecía, comprendía signos capaces de combinarse para fosilizar palabras, nombres, frases, ideas…  sucesos recién ocurridos que, una vez escritos, permanecerían invariables para siempre. Eran indeformables: generación a generación expresarían exactamente lo mismo. Quien los leyere entonces, recibiría la misma información que quien ahora lo hiciese. No se distorsionaban con el tiempo, como ocurría con la memoria. Y eran además acumulables, hasta poder conservar enormes cantidades de episodios y aconteceres, que la memoria colectiva de todo un pueblo no alcanzaba a recitar. Lo mismo ocurría con la notación musical que empleaban los españoles: eludía el recordar las melodías. Se escribían y perduraban inmutables en el tiempo. Partituras medievales, polifonías, concerti con molti strumenti, imposibles de recordar, se tenían en toda su complejidad y frescura en cualquier momento gracias a la notación musical. Y tras el alfabeto fenicio y las notas gregorianas, los números árabes y la aritmética griega. Capaces de resumir en corto espacio de papel y tiempo, complicadas operaciones de sus cuatro reglas, tan ajustadas al propósito, como gramática o pentagrama lo eran al suyo. Todo ello suponía una explosión en la santabárbara de la esplendorosa nave emplumada azteca. Su imperio tenía los días contados. Había llegado el tiempo de las palabras, que tanto enamorarían a Pablo Neruda. Las palabras, que todo lo cantan…  – decía el Nóbel chileno -… que brillan como piedras de colores, saltan como platinados peces, son espuma, hilo, metal, rocío… cristalinas, vibrantes, ebúrneas, vegetales, aceitosas, como frutas, como algas, como ágatas, como aceitunas… con todo lo que se les fue pegando de tanto rodar por el río, de tanto trasmigrar de patria, de tanto ser raíces… Todo está en la palabra… que en un momento clave de la Historia fue La Palabra. La Palabra de Juan Evangelista, que se hizo carne humana para habitar entre los hombres y trasmitirles su Verdad. Ambas palabras, la sintáctica y la sincrética, la profana y la sagrada, la escrita y la sentida, iban a ser yunque y martillo del primer ethos mestizo de Indias. El Nuevo Mundo que creía intuir el historiador lombardo Pedro Mártir de Anglería.

 Como en toda encrucijada social crítica, connotados indígenas de mente despejada hubo, que se aferraban al pasado, a la heroica tradición de su pueblo llegado del norte muchas generaciones antes. Otros en cambio, intuyeron el mundo que se les abría para el estudio y clasificación numeral de sus herbolarios y gemas, del cincelado de esculturas y bajorrelieves, del hallazgo del arco o la cúpula, de los animales de carga y arado, del salto adelante de su pueblo, del progreso renacentista, atisbado todo al alcance de su mano. Nunca pueblo amerindio alguno de tal nivel cultural había gozado de semejante circunstancia histórica, porque jamás contó con similar posibilidad de osmotizar los nutrientes de otra cultura adjunta. Era una más de las tomas de conciencia decisivas del homo, atrapado en cualquiera de sus encrucijadas históricas. Y la duda afloraba en el ánimo, porque todo sapiens lo lleva en su ADN. En una coyuntura ibérica no muy lejana al hoy, pero plena de ira y mediocridad, fueron denostados aquellos intelectos, pioneros del cambio, tildados de afrancesados, léase antipatriotas, traidores, renegados, Aunque la situación real presentara planteamientos maniqueos, negro sobre blanco, se trataba a fin de cuentas de un contexto humano iterativo en la Historia. Pueblos enteros hubo que vislumbraron el cambio de Era, y lo aprovecharon, aportando además su herramienta bélica. Tal el caso de los tlascaltecas, pero también los totonacas y demás pueblos indígenas que asumieron a su modo en masa el salto al vacío de la guerra, por sacudirse la tiranía del poderoso mexica. Y no sin tensiones internas de sus gentes, que las hubo y fuertes, para ofrecer un frente común imbricado con aquellos advenedizos que podían resultar un bluff. La solidez carismática y temperamental de Cortés como líder multiétnico, vino sin duda a coagular aquel magma hirviente, hasta la victoria final.  

        Ya antes de la caída de Tenochtitlán, las herrerías de españoles en estas comunidades indígenas amigas, habían empezado a proliferar por doquier, frente a una demanda férrica que se agigantaba en forma de espadas, picas, herraduras, cadenas, clavazones, rejas, parrillas, ganchos, cerrojos… el propio Hernán Cortés había dictado unas Ordenanzas para los herreros en 1524, que habían de durar hasta llegado el siglo XVIII. Y ahora, sumábase la demanda naval de los astilleros del Pacífico con Acapulco como mascarón de proa. Consolidación de aquellos otros radicados en Tlascala, cuna de los trece bergantines que hicieron decisivo el asalto final de castellanos y aliados sobre la capital azteca. En Texcoco mandó Cortés reunir en aquella ocasión las piezas…  para  ligar y acabar los bergantines, para, por tierra y por el agua, ponerle cerco…  como él mismo nos lo cuenta en sus Cartas de Relación. Cientos de tamemes tlascaltecas portaron sobre sus espaldas hasta Texcoco aquellas piezas de madera labrada, sus tablazones, sus herrajes y clavazones, sus remos, pértigas y sirgas, además del cordamen, breas y estopa, para armar sus cascos y sus correspondientes arboladuras, por si los vientos resultaran favorables. Dando prisa para que se acabasen los bergantines y una zanja que se hacía para llevarlos por ella… media legua hasta la laguna…  Se anduvieron (sic emplearon) cincuenta días, más de ocho mil personas cada día… con más de dos estados de hondura y otros tantos de anchura, e iba toda chapada y estacada… de forma que se podían llevar (los bergantines) sin peligro y sin trabajo hasta el agua… Que fue obra grandísima y mucho para ver… Para los trece bergantines, dejé trescientos hombres, todos los más gente de mar, y bien diestra… En el fragor de la contienda, cuando conocieron que yo entraba ya por la laguna con mis bergantines… juntose tan gran flota de canoas para venirnos a acometer… que pudimos juzgar pasaban en más de quinientas… Y comenzaron con mucho ímpetu a encaminar su flota hacia nosotros. Pero vino un viento de tierra muy favorable para embestir contra ellos, y quebramos infinitas canoas… hasta encerrarlos en las casas de la ciudad… y entraron por entre ellas, aunque hasta entonces no lo pudieran hacer, porque había muchos bajos y estacas que les estorbaban…   y así plugo a Nuestro Señor de darnos mayor y  mejor victoria que nosotros habíamos pedido y deseado… Era esta la crónica  del primer contacto con el mundo naval de un hombre de armas, bien dotado de inteligencia y carisma personal, que estaba decidido a adentrarse en los mares para atisbar más allá de lo que su horizonte brindaba. Y contaba para ello con sus invaluables y fieles tlascaltecas de ribera, cuyas primeras letras de carpintería naval, habíanlas aprendido en su propia Tlascala entre bergantines despiezados y días de inquietud bélica.

      Las tradicionales sendas indígenas que cruzaban las sierras del litoral, eran en realidad angostos senderos tortuosos para bestias de carga. Por eso Cortés, nos cuenta el cronista… mandó mucho de ello (de manufacturas autóctonas)… a lomos de indios robustos… tal como había hecho durante la guerra con los bergantines de Tlascala, lo que acarrearía al Marqués ya en época de paz, un severo conflicto con el presidente y ciertos oidores de la Audiencia de México. Se defenderá Cortés contra el fiscal, argumentando que aquellos bultos solo los enviaba con tamales (sic, tamemes) cuando y donde no podían ser llevados con recua ni carreta… y que, además de confiscarle la mercancía, estábanle penando con pagar 40.000 pesos de oro por haberlos cargado (no podían los indios por ley, serlo con más de 30 kg per cápita), lo que consideraba una extorsión. Recurría contra la Audiencia enviando a suplicar a S.M. y su Real Consejo, que pues se hizo para servicio suyo el transporte… se suspenda el negocio (léase sentencia)… Veredicto que a la postre acabaría dulcificado por los jueces.

 Pero la Audiencia y el Virrey habían ganado ya una importante partida sobre esta faz de la protohistoria indiana, asumida y tolerada hasta entonces: los tamemes iban como tal, nominalmente al menos, a desaparecer en breve. No obstante ello, décadas después de la conquista, no existían aún caminos aptos para el transito de mulas o caballos, y se empleaban, para albricia propia, cargadores indígenas en las rutas a la costa pacífica, pese a estar prohibido por las Leyes de Indias. Solo que eran ahora los propios nativos quienes se prestaban al transporte humano bajo contrata. Con el fin de facilitar este trasiego y evitar la trasgresión de la ley, mandará Cortés al principio y Mendoza después, arreglar los caminos indígenas del oeste y abrir nuevos tramos de pista para reatas, con ciertos trechos empedrados para la rodadura de carros. Los desconocidos mulos iban a proliferar por miles, para poder engrasar aquella nueva maquinaria de transmisión que había de mutar las Indias. Su correspondiente cabaña asnal y caballar iría colmando muchos de aquellos pastos. Pero Cortés no se detiene. En medio del procedimiento judicial, ordena zarpar desde Acapulco dos navíos, que deben llevar sin demora víveres, vestimenta y municiones a Pizarro, que en aquellos momentos se debatía en la conquista del Perú y demandaba auxilio a su pariente, que generosamente le enviará otro tercero, a fondo perdido, con nuevos bastimentos.

 Con viajes constantes a Colima, Acapulco y Tehuantepec, el Marqués moviliza todo un frente de acción para cartografiar el litoral. Envía a Hernando de Grijalva y Diego Becerra de Mendoza con dos naves desde Manzanillo (entonces Bahía de Santiago de la Buena Esperanza), para proseguir trazando el perfil del golfo. Una tempestad acabará separándoles y tras una rebelión a bordo, muere asesinado Becerra Mendoza. Su nave la destrozará el oleaje contra la costa de Jalisco, cuyos indios acaban de rematar náufragos y naufragio. Grijalva por su parte sigue avante, descubre y mapea Santo Tomás (archipiélago Revillagigedo) y las islas Tres Marías. Hace aguada allí y regresa a puerto con sus levantamientos costeros. Fondearía en Acapulco tres meses más tarde.

En 1535 el improvisado astillero de Manzanillo, había organizado otra expedición cartográfica comandada por Grijalva y auspiciada por el Virrey Mendoza, que quedaría interrumpida al varar su nave, pese a que más tarde la recupere y logre con los supervivientes y lo salvado entrar en AcapulcoFrancisco de Ulloa que parte de allí  en 1539, alcanza la desembocadura del río Colorado en el todavía inédito Golfo de California o Mar de Cortés; grafica su litoral y regresa al sur siguiendo la costa oeste del golfo. Dobla la Baja California peninsular y prosigue otra vez al Norte, remontando el flujo oceánico costero hasta superar la actual latitud de San Diego. De regreso a Nueva España sucumben, empotradas en la costa, naves y tripulaciones inermes, abatidas por la malaria. Un superviviente, timonel de la nao Trinidad, recorrerá a remo en un bote auxiliar las 2000 millas marinas que le separan de Acapulco. Tras increíble boga, tomará puerto para contarle a Cortés lo ocurrido. Pablo Salvador Hernández, el insólito remero, ratificará bajo juramento su declaración, registrada en la Aduana acapulqueña frente al Evangelio. Durante tres meses ha utilizado las hiladas costeras del flujo oceánico que incide hacia el sur, ha bogado sin descanso hacia su obsesivo destino, con el beneficio inestimable del céfiro del nordeste que le acaricia por popa ciertas horas del atardecer. Cuando la bonanza de costa y mar lo permitía, varaba su bote y, derrengado sobre sus paneles o buscando entre riscos lagartos, iguanas, moluscos y huevos de aves marinas que comer, trataba de cobrar fuerza. Cubierto por jirones de vela remojados con algas, era ésta su única defensa ante la insolencia de las gaviotas por picar su carne viva mientras descansaba, y frente al abrasador sol de siempre, implacable enemigo en aquellas peripatéticas latitudes de hambruna. El propio Cortés con una flotilla de tres naos, saldrá en socorro de los náufragos, que hallará refugiados en lo que llama Bahía de Santa Cruz. Su estado era lamentable, tierras cultivables paupérrimas, inexistencia de indios para comerciar. Tras perder las otras dos naves y el piloto de la suya, es el propio Marqués quien capitanea el regreso hasta retomar el puerto de Acapulco con los rescatados. La expedición de Ulloa iba a deshacer la mítica insularidad de la Baja California, error que perduraría en los mapas europeos por más de un siglo (en los holandeses, siglo y medio). Pero sería Domingo del Castillo (1541), quien nos legase el primer cartograma donde aparece explícita la península de California.

Para socorrer la expedición virreinal ida en demanda de las míticas siete  ciudades de Cíbola, zarpan de Acapulco en 1540 dos navíos al mando de Hernando de Alarcón y su cartógrafo y piloto Domingo del Castillo.  El Virrey Mendoza les envía como apoyo costero del contingente de Vázquez de Coronado que seguía en ruta paralela por el interior. Navegarán por el Mar de Cortés hasta la embocadura del Río Colorado, en cuyo cauce surcarán más de ochenta y cinco leguas arriba de sus aguas fangosas. No hallarán a Vázquez de Coronado y su hueste hispanoindia, que cientos de millas más al norte tampoco encontrarían las oníricas ciudades que buscaban. Pero descubrirán en cambio el hoy famoso Cañón del Colorado, hendedura geológica que ponía fin a su penetración norteña con un insuperable tajo de escarpes para acceder al agua. Castillo iba a dejar cartografiado todo el Mar de Cortés y la costa pacífica de la península hasta latitud 30ºN, en un mapa memorable por su detalle y precisión.

De la Barra de Navidad (Colima) parte Juan Rodríguez Cabrillo en 1542, retomando por orden del Virrey la expedición de Pedro de Alvarado, aplastado por su propio caballo en una caída fortuita en la guerra jalisqueña. Había venido a Nueva España como ballestero en la hueste de Pánfilo de Narváez, llegado para apresar al rebelde Cortés escabullido de Cuba. Pero le seguiría como oficial de ballestas en su asalto a Tenochtitlán y las campañas de Honduras y de Guatemala, donde finalmente quedaría establecido como comerciante. Harto había medrado desde entonces en experiencia y hacienda, con un próspero comercio en Antigua y enlaces con puertos hispanos de ambos océanos. Iba a surgir en esta ocasión con tres naves repletas con gentes de guerra y marinería de guerra, un fraile, indios subalternos, esclavos negros, alimento para dos años, herramientas y mercancías, además de una copiosa comparsa de animales de cría y domésticos. Costeando el litoral californiano arribará al muy bueno y seguro puerto de San Diego, ya conocido desde que Ulloa y sus mapas fueran recatados por Cortés en Santa Cruz. Seguirá al norte cartografiando el litoral de Santa Mónica y Santa María de los Ángeles hasta la Bahía de Monterrey, seno costero clave para el comercio con Asia y refugio futuro de galeones, aunque entonces no lo sospechara. A consecuencia de la fractura no bien curada de una pierna, fallece Cabrillo de gangrena. Será Bartolomé Ferrelo, su piloto, quien prosiga el bojeo al norte, hasta el Cabo Mendocino que nombra así en honor del Virrey, y el Cabo Blanco (Oregón), punto más septentrional de sus levantamientos. Pasará frente a la Bahía de San Francisco sin percibirla, tal vez por rebasar esa latitud alejado de la costa, o por impedirle su visión la recurrente niebla del litoral. Retornaría  a la Barra de Navidad al año siguiente.

Casi en paralelo, Ruy López de Villalobos va a surgir también de la Barra de Navidad (1542), con seis barcos repletos de colonos, pertrechos y animales, y ordenes del Virrey para colonizar las Islas del Poniente, descubiertas por Magallanes y conocidas en adelante como Filipinas. Cortés y el propio Virrey Mendoza parecían desplegar, y efectivamente desplegaban, una múltiple actividad que solo mediante una sólida infraestructura operacional, técnica y humana, era capaz de mantener con éxito el Virreinato. No hay que olvidar que parejamente a las exploraciones del Pacífico, la Nueva España de aquellos años cartografiaba y exploraba el Golfo de México, colonizaba las Floridas, y mandaba expedición tras expedición terrestre a Texas, Nuevo México, Arizona, las Californias o Nevada, buscando minas y yacimientos rentables, cuyas coordenadas dejaban plasmadas en los planos levantados. Y mientras guerreaba contra los indios levantiscos del noroeste, que los misioneros trataban de catequizar, la música peninsular se abría como un abanico multicolor sobre sus tierras. De pronto, la escala cromática española había venido a enamorar los oídos y sentires de los diatónicos indígenas, que prestos la sublimaron para exteriorizar sus expresiones líricas espontáneas. Apenas habían pasado veinte años desde la caída de Tenochtitlán, y el Nuevo Mundo  que soñara Carlos V, al decir de su historiador Pedro Mártir de Anglería, empezaba a tomar forma en la Nueva España, nunca tarde para el Emperador,  que transitaba ya el último lustro de su vida. Poca cosa lograría Villalobos en las Filipinas sin apoyos del Virreinato: tierras impropias para sembrar sus granos de maíz, agresividad desbordada de los nativos isleños, y la carencia de unos alimentos que se pierden con el naufragio de su barco nodriza. Como escape vital de la expedición, sin tornaviaje posible, enrumbará a las Molucas portuguesas, donde los lusitanos se apoderan de toda su partida. En sus cárceles morirá de fiebres tropicales atendido por un jesuita navarro llegado de Lisboa por la ruta del Índico, que quiere misionar la China toda. Se llamaba Francisco Javier, y es hoy el Santo Patrono Universal de las Misiones.

Figura 2 – Surgideros históricos del Pacífico novohispano