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Contexto Histórico de Veracruz – IV

Figura 10: Portulano de Veracruz c/.1700. Dibujo del autor

 

Con el tornaviaje de Urdaneta, iba a comenzar la andadura anual del Galeón de Manila (1565), que desde Acapulco inundaría capital y mercados virreinales con el exotismo oriental de sus manufacturas. En el tornaviaje siguiente, esas manufacturas pasarán ya por Veracruz, para hacerse vender con notable ganancia en los mercados de Europa. Había comenzado el comercio interoceánico, dinamizado por pingües beneficios y cuerda para dos siglos y medio. Tras la travesía del  Pacífico desde Manila en las Islas del Poniente, cruzaría Nueva España desde Acapulco, por los caminos reales de Cortés y Mendoza a lomo de largas reatas de mulas. Pronto serán cientos, las que serpean entre la capital virreinal y sus terminales oceánicas, portando preciadas cargas que vender en mundos opuestos. Como por arte de magia, emergen las manufacturas asiáticas en el ribereño arenal sevillano con cada Flota de Nueva España que llega. Era la primera cinta transportadora económica y cultural, sustentada sobre la infraestructura novohispana y la eficacia comunicativa de los correos de aviso. Además del exotismo oriental en productos, recibía Veracruz por tierra el Quinto Real de las minas de plata en lingotes y barras, además de moneda corriente de la Ceca de México, para el pago crediticio de mercancías adquiridas en Sevilla pro comercio criollo y sus ferias. Por mar llegaba, junto a la manufactura europea pagada, el situado fiduciario o cupo presupuestario asignado a Nueva España por la Hacienda Real. El Virreinato compraba barato en Oriente bajo el pronto pago de su poderosa moneda, en México negociaba las manufacturas adquiridas, y las expendía hacia España con notable valor añadido, incluidos almojarifazgos, alcabalas y el Quinto Real de sus explotaciones mineras, todas privadas. Como cualquier otra empresa del mercantil Renacimiento, que vino a desembarcar en América de mano española. En consecuencia, la Nueva España virreinal compraba caprichos en Oriente, los negociaba y clasificaba a voluntad, destinaba una parte a consumo propio y remitía otra a Veracruz, que la facturaba hacia Sevilla en cada Flota que partía de sus muelles. Pagaba por tanto sus tasas a la hacienda en lingotes, que  la ceca sevillana convertíalos en moneda, y sus manufacturas privadas en metálico. Más de 50.000 mulas y 7.500 arrieros llegarían a encargarse de su trasiego desde la capital, mediante los fardos y serones de mercancías y cajas de la Real Hacienda, que Veracruz embarcaba hacia la metrópoli.

 

La tracción animal a lo largo de las rutas  carretiles, habíase generalizado tras convertir en bueyes los primeros novillos (1535), castrados en haciendas veracruzanas. Las mulas de carga y tiro, cruce de yegua andaluza y asno, llevadas también a cabo por sus ganaderos, fueron prontamente incorporadas a las reatas y recuas del transporte de uña. Estas cabañas ganaderas sufrieron un fuerte incremento presionado por la prohibición legal de sobrecargar a los tamemes indígenas según las Leyes de Indias. Pero como donde está la ley, está la trampa, no pocos estancieros soltaban sus ganados al campo, donde pastaban libremente, perjudicando las siembras de los indígenas y constriñendo poco a poco sus tierras. Política de paulatina apropiación de pagos ajenos, dilatando los propios sin documentos acreditativos de adquisición o venta alguna. Tal caso presentose también en la fundación de Córdoba (1618), dotada con terreno para solares, ejidos, potreros, dehesa y caballerías de tierras, tomado enteramente de las pertenencias tradicionales indias. Estos abusos condujeron a la pragmática de Felipe III (1642), mediante la que se penalizaba severamente estos desmanes sobre los haberes indígenas. Toda nueva adquisición de tierras debía hacerse con tal atención, que a los indios se les den sobradas todas las que les pertenecieren… y las tierras en que hubieren hecho acequias o cualquier otro beneficio… se reserven en primer lugar, y por ningún caso puedan serles vendidas o enajenadas.

 

En los primeros años del Virreinato, el control de caballos y yeguas era estricto, prohibiéndose su posesión y cría a los indios, a pesar de que algunos caciques, gobernadores, alcaldes y otros notables indígenas, fueran pronto autorizados a disfrutar de montura propia. Tempranamente también, le fue facilitado al indígena la posesión de burros, lo cual vino a desarrollar notablemente su productividad agrícola. Mas tarde, la liberal posesión de potros y la presencia de postas en los caminos reales para el refresco de caballos de tiro y monta, iba a generalizar la presencia de equinos y asnos por las rutas novohispanas. En época del virrey Revillagigedo, llegarían a establecerse en el Camino de Perote los llamados coches de providencia, no otra cosa que diligencias de uso público o alquiler.

 

La Probanza era una suerte de documento bibliográfico sobre los méritos acumulados por un súbdito en servicio del Rey, fuera con la pluma, la toga, la retórica o la espada. Una suerte de lamento notariado, individual o colectivo, dirigido a la Corona en demanda de favor para amejorar el estatus del firmante, a la vista de sus méritos documentalmente expuestos. Alguno de ellos como el negro yucateco Sebastián Toral,  viajaría varias veces a España hasta lograr le fuese concedido el porte de armas solicitado. Otro conquistador más, establecido en ciudad virreinal recién fundada, que como súbdito reclamaba ciertas prebendas a su rey en base a méritos probados. El historiador Bernal Díaz del Castillo, siendo alcalde de Ciudad de Guatemala, no conseguiría en cambio para sí las que a su vez a Carlos V reclamara por servicios cumplidos, entre los que contaba el no menor de haber aclimatado las primeras naranjas de Nueva España.  Se da la circunstancia de que los conquistadores indígenas fueran más numerosos que la suma de conquistadores negros y conquistadores españoles, en razón de la ingente proporción de nativos que, tras la conquista, se subieron al carro vencedor. Empuñaron las armas para sacudirse el yugo de pueblos rivales opresores, aprovechando el río revuelto de alianzas indígenas con los castellanos, para cobrarse pasadas afrentas. Una mera secuencia del historial de enemistades étnicas, de la que fuera paradigma la existente entre mexicas y tlascaltecas.

 

En el área mixteca, totonaca y yucateca maya, se vio  llamativamente reclamado el título de conquistador entre las élites de indios amigos, en pos de una cierta autonomía para sus personas y pueblos, a la vez que afianzaban su autóritas regional con el aval de una Real Orden de Probanza. Confirmada su estirpe noble, estas élites indígenas fueron bautizadas con sus característicos apellidos indios precedidos de nombres castellanos, lo que agigantaba su prestigio social ante propios y extraños. Algunos de ellos marcharon a otras regiones afines, donde establecieron nuevas republicas de indios, según el modelo virreinal establecido. Era un primer paso de la cultura europeizante, que había de tardar generaciones en calar el alma indígena.

 

Hernán Cortés no sólo había arrastrado tras él a gentes de guerra y altar. Desde los tiempos de Cuba se le incorporaron copleros, recitadores, relatores, troveros y músicos, feriantes del aspaviento, el son, la mímica y el decir, que amenizarían cada atardecer las acampadas soldadescas de la marcha sobre el Anahuac. Guardamos noticia de innominados virtuosos de la vihuela, el rabel, el atabal, el arpa, la trompeta o el pífano, que se unieron a su hueste desde Santiago para acompañar a su alcalde y endulzar sus asuetos marciales. Junto a los músicos, iban conocidos solistas como Porras el cantaor de jarchas y aguinaldos y Maese Pedro el arpista, además de compositores como el vihuelista Alonso Morón u Ortiz el Músico, uno de los mejores jinetes de Cortés al decir del cubano Alejo Carpentier. Partícipe de la toma de Colima el primero, acabaría sentando escuela de canto y baile en ella; notable tañedor de vihuela y viola el segundo, recompensado por Cortés con un solar capitalino, asentaría en él su academia del tañido y la danza de músicas profanas. La música sacra encontraría senda propia a través de las escolanías eclesiales y las rondallas de cuerda, utilizadas por los misioneros para armonizar sus responsorios, motetes, cánones, madrigales, antífonas, oratorios, complemento didáctico de la transculturación indígena en las parroquias. Las grandes fiestas conmemorativas de la Paz firmada entre el emperador Carlos V y Francisco I de Francia, festejadas por Cortés a manera cortesana, fueron amenizadas por aquellos virtuosos de la cuerda. Si la armonía europea encontró en estos músicos transplantados de Santiago de Cuba, unos primeros valedores en tierra novohispana, los romances populares  hallaron los suyos entre los recitadores y copleros de aquella comparsa colonizadora. Pero ese romance popular, musicado de vihuela y canto, recurrente en los salones de Carlos V y Felipe II en Toledo o Madrid, estaba haciéndolo por reclamo identitario y nombre propio en los del México virreinal. Una transfusión en vena de la esencia española desde el minuto cero de la diástole.                            

 

El romancero heredado del Renacimiento, era un entronque directo con las gestas medievales, prolongadas en el recuerdo de la gleba por cantores ciegos y recitadores de coplas, retahílas y poemas, con o sin sones instrumentales, complementados a veces con números de danza que regocijaban al respetable. Una fecunda continuidad de los tiempos heroicos, que fluía espontáneamente en los latiguillos, retruécanos, trabalenguas y refranes del habla coloquial, que acabaría regada por  todos los mares y climas donde estuvo presente el Imperio español, nos recuerda Menéndez Pidal. Era sabido de antiguo que la lengua acompaña siempre al poder. Antonio de Nebrija le ofreció a Isabel la Católica su Gramática de la Lengua Castellana, primer estudio de nuestra lengua y sus reglas, como inseparable compañera de viaje del naciente Imperio. La continuidad del lenguaje heroico y su nobleza de estilo, iba a perdurar anexo al romancero tras su salto atlántico, enriquecido ahora con sonoros giros arcaicos o felices aportes léxicos prestados de las lenguas indígenas. El teatro del Siglo de Oro, emergente en la Nueva España a partir de las fiestas religiosas del Corpus Christi y el didactismo de los Autos Sacramentales, encontraría entre sus dramas y comedias, un amplio eco coloquial y familiar. Son conocidas las representaciones capitalinas de Lope de Vega y Calderón con su lenguaje poético próximo al romancero. Sin olvidar que uno de los máximos exponentes de aquellas musas, lo fuera Juan Ruiz de Alarcón, nacido, doctorado y envenenado por  la histriónica Talía en su Ciudad de México, aunque hubiera de triunfar en la madrileña Villa y Corte.

 

En la comarca veracruzana, aquellos compases didácticos vinieron a maridar con los  cantos melopeicos y los vistosos bailes de su acervo cultural indígena. Acabarían cristalizando en sandungas, jarabes, sones de la tierra y fandangos jarochos o huapangos huastecas que, acompañados de los rasgueos sincopados de las jaranas, nos sorprenden hoy por su profunda belleza. Muchas letras de estas canciones eran variantes de los versos octosílabos, entonces de moda, provenientes de poesías y romances de las justas poéticas, retahílas de los juegos populares, o estrofas sueltas de las comedias satíricas de los corrales. Siempre gozaron de una gran aceptación popular, y nutrieron no pocos cancioneros que circulaban de mano en mano entre los músicos indígenas, quienes les daban un último matiz propio.

 

Andando el tiempo, los corrales de comedia arraigados en la Nueva España del siglo XVI, dieron paso a todo tipo de teatros y salas de espectáculo, recorridos sobre todo por compañías andaluzas de danza y canto. Con sus músicos incorporados, estas compañías de cómicos iban desde Sevilla o Cádiz hasta Ciudad de México, con actuaciones intercaladas en la Habana y la Nueva Orleáns española del siglo XVIII. Ya en Veracruz, camino real adelante, detenían sus espectáculos callejeros en todo núcleo habitado notorio, con Puebla como referencia básica, donde eran éxitos cantados las actuaciones de sus comediantes. Esas mismas músicas nutrieron sin duda los huapangos, cuyos orígenes deben buscarse en Pango (Pánuco) como sones jarochos. El fandango jarocho, nacido en las ferias comarcanas, se bailaba y cantaba de seguido  en fiestas y ferias, alternando músicos, danzantes y cantores. Una tradición española de apellido indígena, criada entre mestizos que a sí mismos se llamaban jarochos, en su centro neurálgico de Tlacotalpán. En realidad amalgamaban sones andaluces y caribeños inyectados a través de Veracruz puerto, pero sazonados en las riberas del río Papaloapán/San Juan. Parte importante del colorido espectáculo era el zapateado sobre tarima sonora, de honda raigambre andaluza, donde las bailadoras, faldas largas, blusas de colores, encajes, trenzas o moño caído y poderosos tacones, contrastaban  con sus parejas de baile, pantalones negros, guayabera, faja y botines, en un espectáculo músico-visual colorista de arrogante tronío sevillano. Las letras de sus canciones eran, y siguen siéndolo, referencias de la vida de la gente llana, donde caben la guerra, el amor, la marinería, el comercio portuario, los ganaderos, el arriero… arrullados entre el vaivén del ritmo, el sonar armónico de la jarana jarocha (guitarra barroca), y acompañamiento de arpa, violín, requinto (guitarra de son)… y el sincopado taconeo sobre la tarima. El agudo sentido musical del indio, imprimió su carácter a los nuevos sones, y cada música regional fue matizando su tornasol comarcano con múltiples variantes de instrumentos de cuerda, de los cuales eran los indígenas maestros. Hasta tal punto la sensibilidad novohispana palpitaba ante la música, que partituras sacras de Cristóbal Morales, Francisco Guerrero, Tomás  Luís de Victoria o Palestrina, estos dos últimos en especial, llegaron a crear atasco de fieles en determinadas misas catedralicias de la ciudad de México…  y de Puebla, pocos años más tarde. Pero esta megalomanía  popular del mundo criollo no era flor de un día.

 

Figura 11: La Catedral de México

 

La música europea había comenzado a calar la sensibilidad indígena como otro servicio intencional más del culto sacro. Pero fue convirtiéndose poco a poco en la verdadera recreación de la liturgia eclesial. Y acabó por institucionalizarse a través de los conventos y seminarios, nutrientes de misiones y parroquias, donde los indios aprendían con facilidad el nuevo estilo musical y el secreto de la construcción de sus instrumentos. Como en el resto del Imperio, eran las catedrales el centro musical por excelencia, y su repertorio el mismo ejecutado en todas ellas, y sus iglesias diocesanas de Sevilla Toledo, México, Puebla… o Manila. Las catedrales de México y Puebla, por bula de Pio V, habían heredado los privilegios y costumbres de la de Sevilla. En cada catedral, era el Maestro de Capilla la máxima autoridad musical y a quien correspondía supervisar a los músicos ya instrumentistas o corales, mientras que quien dirigía su coro era el Sochantre. En Nueva España los iniciales grupos corales dieron lugar a las escolanías y distintas escuelas de música, todas ellas públicas y abiertas a indios, mestizos, negros o blancos, sin distinción de castas pero sí de aptitudes, por ser la demanda elevada, y limitados los músicos cualificados para enseñarla. Su repertorio musical era el mismo al ejecutado en las catedrales e iglesias de la metrópoli. El primer Maestro de Capilla de la catedral de México fue el extremeño Hernando Franco (1575- 83), llegado de la catedral de Guatemala, donde venía ejerciendo el cargo desde unos años antes. Sus Magníficats adquirieron niveles de armonía comparables a los de Giovanni da Palestrina, el organista y compositor vaticano, en boga entonces. Esta influencia italianizante del orbe católico era debido sin duda a la poderosa influencia del que llegó a ser Maestro de Capilla Papal,  cuyas obras polifónicas, frescas aún, eran enviadas a Nueva España para enriquecer el archivo de sus catedrales. Se da el caso de compositores criollos mestizos o blancos, nunca salidos de su terruño, que nos han legado obras del más puro estilo renacentista itálico, demostración evidente del arraigo de aquella polifonía en el seno de la sociedad novohispana. Pero además del estilo español e italiano sacro, llegaría una poderosa influencia de la música flamenca, consecuencia de las dos capillas musicales existentes en aquella Corte de los Habsburgo.

 

Fray Pedro de Gante, primer maestro de música europea en América, inició una escuela de música en Texcoco (1530) y conformó un coro de muchachos indios que llegó a cantar los domingos en la misa mayor catedralicia. Pionero franciscano llegado a Veracruz (1524) dos años antes que los doce apóstoles que pidiera Cortés al Emperador, fue enviado por el propio conquistador con sus compañeros flamencos a Texcoco, por existir en aquellos momentos una fuerte epidemia variólica en la capital. Allí iban a establecer su convento y una Escuela de Artes y Oficios anexa para la educación de jóvenes indios. Una continuación temporal del secular centro educativo, que los miembros de la clase dominante azteca, habían creado antaño en ese lugar. Basados en la tradición pictográfica indígena, escribieron los primeros catecismos, a fin de facilitar con ellos la memorización de los textos. Gante aprendió las costumbres y lengua náhuatl para mejor comprender al indio, y en esa lengua vino a publicar  catecismos y motetes que han llegado a nosotros. El anciano músico Fray Juan Caro, colaborador en la enseñanza de Fray Pedro, vista la natural disposición y agudeza musical de aquellos muchachos, y la babel de hablares autóctonos que con castellano y latín se mezclaban en las aulas, decidió enseñarles, de forma directa, la música cantada y escrita, notas, tonos y semitonos. Los indios no cesan de cantar y de bailar en sus ceremonias religiosas, era máxima que repetía. Utilizando melodías y tonos aborígenes con gran delicadeza, efectuando, si necesario, algún cambio silábico y aún melódico, trataban los frailes de evitar el desentono de sus voces al cantar, tenidas por débiles a causa de su inadecuado hábito alimenticio. La escala pentafónica tradicional de sus melodías, resultaba un impedimento para asimilar la cromática de los europeos, pese a la fascinación que en ellos despertaba, y su mucho empeño por hacerla propia. Tal era el hechizo irresistible de la escala europea, que cuando en sus desplazamientos iban cantando los frailes loas, salmos o villancicos por páramos y sendas de Dios, se maravillaban a veces al descubrir que eran seguidos cautamente por indígenas en escucha de sus melodías. Detuvo la marcha uno de ellos, que tocaba a Dios su flauta por aquellas soledades, a fin de tantear la actitud extraña de quienes, pasos atrás, seguían su andar. Lentamente fueron aproximándose para rodearle en el silencio de su mutua expectancia. El más decidido pidiole la flauta para observarla, la sopló y nada obtuvo de ella… preguntole entonces por señas de quien era aquella voz de pájaro mañanero que de allí salía y con quien hablaba… respondiole el buen fraile que era el lenguaje de los ángeles, alabando a Dios en el cielo, y que si venían a su parroquia, aprenderían a hablarlo… Y es que la escala tónica europea  causaba al indígena emoción tan sincera, como fatal lo fuera para los roedores de Hamelin. Quienes no se sometieron nunca al designio de sus dioses, y se rebelaran por ello contra augurios ancestrales, fueron a la postre traicionados por su propia sensibilidad auditiva y emocional, que vino a someterles a una nueva tiranía estética

 

Y el sabio por viejo Fray Juan, decidió aplicar su intuitivo método al detectado síndrome Hamelin de los indígenas… con excelentes resultados. Fue muy de ver el primero que les comenzó a enseñar el canto… pénitus (sic,  muy a su pesar), ninguna cosa sabía de la lengua de los indios, sino la nuestra castellana, y hablaba tan en forma y en seso con los muchachos, como si fueran cuerdos españoles… y los muchachos, con la boca abierta, oyéndole muy atentos, por ver lo que quería decir… en poco tiempo no solo le entendieron, sino de tal forma, que en poco tiempo deprendieron (sic, aprendieron) y salieron con el canto llano, mas también con el canto de órgano, e agora hay muchas capillas e muchos cantores dellos, diestros, que las rigen y entonan… y después acá, como un loco hace ciento, unos a otros, entre indios, se lo van enseñando… nos explica el humilde  Fray Toribio Motolinía, uno de los doce apóstoles, que asumió como propio el nombre (“el que es pobre”), por el que los indios nahuas le conocían. Este interés y aprovechamiento mostrado por los muchachos de Texcoco, llevó a los frailes a pensar en la creación de una institución de estudios superiores para indios, algo que nunca se habían planteado, pero que cuajaría su realidad unos años más tarde.

 

Figura 12: Catecismo ilustrado para indios de

                        Pedro de Gante                      

 

Felipe II quería hacer en Nueva España un centro cultural de primera categoría y eligió Puebla y México como centros modélicos del virreinato. Envió maestros de música para ejercer la docencia en la reciente Universidad capitalina. Concedió Reales Cédulas a favor de compositores, maestros y agrupaciones musicales sacras, de manera que vino su Catedral a recibir las partituras y libros más importantes del momento. Su capilla musical era numerosa y fuertemente subvencionada. El sincretismo cultural había conformado los cantos al gusto indígena, acompañados por gran diversidad de instrumentos musicales. Pero con las conclusiones del Concilio de Trento y la Contrarreforma (1565), iba a ser sacado de funciones catedralicias y eclesiales todo instrumento musical de cuerda, percusión y viento, excepto los de tecla. Vino así el órgano a convertirse en el aparejo sacro por excelencia. Ello trajo una masiva cesación de vihuelistas, cornetistas, contrapuntos, violinistas, chirimías, sacabuches, arpistas y toda serie de tañedores indígenas, que había plenado las escuelas de música  y coros catedralicios. Hubieron de buscarse acomodo entre hermandades, congregaciones, cofradías, fiestas patronales, festejos populares… lo que trajo una profunda crisis de ocupación en el seno de la comunidad nativa ilustrada. En razón doble, por ser en mayoría los propios indios quienes construían los instrumentos que circulaban en el mercado, además de plenar coros y escolanías con sus ministriles y cantores, que sufrieron notable deterioro. Llegado de Sevilla el primer órgano para la catedral de México (1530), iba a convertir las obras musicales y teóricas de Antonio de Cabezón, Fray Juan Bermudo y Tomás de Santa María en el alimento espiritual de los organistas novohispanos. Entre ellos Antonio Rodríguez de Mesa (1582) no el primero de ellos, pero si el que consta como tal en los anales catedralicios. Y como virtuoso, el afamado Manuel de Zumaya (1715), maestro de capilla, compositor y organista,  posiblemente el músico criollo más grande de la época virreinal.

 

El primer centro educacional de música sacra en Nueva España, fue la Escoleta Pública de la Catedral de México, donde se iniciaban los jóvenes en el canto llano mediante salmos y motetes a varias voces, cantera nutricia del coro catedralicio. Ya fuera en lengua vernácula, castellana o latina, utilizando melodías indígenas o renacentistas ibéricas e italianas. Muchos de estos sochantres y maestros de coro, fueron los verdaderos formadores e impulsores de músicos y compositores criollos, abriéndoles las puertas a la música religiosa de índole popular con alabanzas, saetas, trisagios, rogativas o villancicos.

 

En  Veracruz encontraron estos villancicos y coplas, diferentes expresiones como la Rama, el Pesebre, las Pascuas o las Posadas, que al igual que en la Nueva España toda, penetra sus orígenes en la exaltación y festejos navideños del pueblo llano. Traídos sin duda por los misioneros, pero asumidos como propios por la mayoritaria población inmigrante. Llegadas las fiestas, grupos de vecinos con banda de requintos, panderos y guitarras, pasaban cantando villancicos por las casas, enarbolando una rama decorada o un Belén portado en angarillas. Siempre acompañados de gente menuda con velas, y el entusiasmo para felicitar las Pascuas a los amigos, que se lo premiaban con regalos para todos y aguinaldos monetarios para los más jóvenes. Las Pascuas eran estrofas improvisadas, claro extracto de la saeta andaluza, cantadas por los huapangueros con banda de cuerda y percusión, para celebrar las fiestas en el terruño jarocho. Las Posadas, limitadas al novenario precedente a la Navidad, eran en cambio una escenificación de aquel deambular de José y María en busca de venta donde posar. Tras sucesivas negativas, se guarecieron en el establo donde el Redentor del mundo su paz vino a traer. Émulos de este acontecer, cuando llegaban los Santos Peregrinos frente a la casa elegida, cantaban seguidillas implorando asilo, respondiendo desde dentro voces similares que eludían dárselo, diálogo que concluía con la apertura del portón para dar cobijo a todos con gozo compartido, dulces y regalos. Toda esta manifestación coral con acompañamiento, vino a ser enriquecida con bailes de aporte indígena o negroide y resultado multicolor, enmarcadas hoy estas tradiciones en el GuadalupeReyes, o lapso comprendido entre ambas fiestas nacionales (12 diciembre – 6 de enero).

 

El hecho de ser Veracruz el puerto atlántico de Nueva España, convirtiole en centro emisor de cantigas marineras que tripulaciones, boteros y estibadores, propagaban hacia el resto del virreinato. En permanente contacto con tripulaciones de otros puertos caribeños, y sus novedosos ritmos o sones antillanos, el peonaje de color había madurado su propia forma de cantar, bailar y hablar el castellano. Conocido éste como dialecto sayagués, vino con el tiempo a caracterizar los villancicos de negros y las ensaladas o mezcla de sones, texturas e idiomas, en una partitura que sus hermanos de raza se encargaban de transmitir como reguero de pólvora por la costa y al interior. Injertos seculares constantes entre música popular y culta, europea y novohispana, junto a los cruces de escritura y oralidad de los libretos, dio lugar a un sin fin de textos en poesía clásica, cantada y bailada, y diferentes hablas, ritmos y melodías. Ni el mismo Góngora hubiera podido reconocerlos como emanados de su propia culta latiniparla.

 

Durante el largo Siglo de Oro español (Renacimiento del siglo XVI y Barroco del siglo XVII, con su apogeo hacia 1640), la Villa Rica y su puerto iban a convertirse en referencia cartográfica de toda nao que surcara las aguas del Golfo. Lo mismo demandar refugio una nave de la malhadada expedición de Ponce de León,  que catapultar las flotas de Guido de Llavezares o Tristán de Luna en pos del sueño floridano. De muchas ciudades se hace un reino, era un dicho popular castellano de raigambre romana, que estaba tomando cuerpo en la costa suroccidental del seno mexicano. Para ellos civitas, la ciudad, había sido el núcleo de su civilización; y vivir en la polis, era vivir en policía, es decir en el orden que ofrecía la ciudad civilizada. Y Veracruz, centrada en la privilegiada situación de su Marca Huasteco-Totonaca y su promisorio arraigo comercial y humano, apuntaba ya al orden característico de una polis. Con el arribo de los galeones de Indias, que repartían su carga por sus ocasionales barracas, quioscos y chiringuitos, montábanse tenderetes con velas y jarcias por las propias tripulaciones. Eclosionaba así su feria anual, análoga a cualquier otra de las famosas cuarentenas feriadas del Caribe. Cada arribo de los galeones sevillanos era una traca festiva, con el cielo plagado de retumbos, súbitas humaredas peregrinas y garabatos multicolores. Sin olvidar el telón de piratería como fondo siniestro, latente desde que el Imperio arrancase su tempranera maquinaria del comercio atlántico.

 
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Contexto Histórico de Veracruz – I

Diego Velázquez de Cuellar, Gobernador de Cuba, iba a propiciar las expediciones claves para la conquista de México. Bajo sus auspicios, Francisco Hernández de Córdoba (1517) al mando de una flotilla de tres naves, había explorado la península del Yucatán hasta sobrepasar Campeche. Aseguraba haber contemplado ciudades construidas en piedra y abundancia de oro en los templos; una civilización que nada parecía compartir con lo visto hasta entonces en las Indias. Pero apenas regresado, Hernández de Córdoba muere a causa de las heridas mal restañadas de sus encuentros con indios hostiles, y Velázquez prepara otra incursión para recabar datos complementarios sobre la costa descubierta. Juan de Grijalva parte un año después  de Matanzas, siguiendo análoga ruta, con 4 naves y 250 hombres y los mismos pilotos. Después de recorrer la costa continental hasta el río Pánuco (1518), y tomar contacto con los caciques de Cozumel y Tabasco, desembarca frente a Ulúa, un islote costero a cuyo socaire  fondea abrigado de los vientos del Golfo. La llegada del invierno y las terribles galernas del Norte, persuaden a Grijalva de su retorno a Cuba. Mostrará al gobernador las cartas náuticas levantadas por el piloto mayor Antón de Alaminos, además de noticias sobre la existencia de un poderoso imperio hacia el oeste, regido por Moctezuma II, con cuyos gobernadores había parlamentado esporádicamente en sus desembarcos.

 

Los datos aportados por estas correrías precursoras, iban a decidir al Gobernador de Cuba a promover nueva y vigorosa expedición a las costas de Yucatán, con el propósito de explorar y rescatar, lo que en lenguaje de la época significaba tantear el panorama repoblador, a la vez que capturar indios hostiles para trabajar en las encomiendas de su isla. A la espera de su nombramiento como Adelantado solicitado al Rey, Velázquez no podía conquistar ni poblar en tanto no recibiese la pertinente concesión real. Y a la fecha no constaba su investidura, cuyo otorgamiento debería traer el Barco de Aviso del nuevo Correo Mayor de Indias (1514). Cuatro barcos-correo anuales, ligeros y rápidos, libres de cargamento y pasaje, llegaban a las capitales de las antillas mayores, Santiago de Cuba entre ellas, con el aviso de la correspondencia peninsular, para retornar de seguido a Sevilla con las misivas isleñas para la metrópoli. Una comunicación ágil, necesaria para lubricar el mecanismo de orden y gobierno que el tamaño del Imperio requería. Una vez en tierra, el correo ultramarino era repartido a caballo por un funcionario real, de villa en villa, cabildo a cabildo, casa a casa. La correspondencia se entregaba personalmente a cada destinatario, en un esmerado alarde de diligencia y puntualidad.

 

Hernán Cortés, alcalde de Santiago de Cuba, había capitulado su credencial como  Capitán General de una hueste de exploración compuesta por 500 infantes, jinetes, arcabuceros, ballesteros, marinos y auxiliares tainos y negros, que iban a surgir de la capital isleña en once bajeles. Un contingente de rescate bélico sin facultad para poblar las nuevas tierras, por cuanto el Gobernador Velázquez no estaba capacitado aún para autorizarlo, y menos capitularlo. Y el alcalde de la capital cubana, primeras manos en recibir el correo peninsular, conocía el mutis palatino sobre el nombramiento del nuevo Adelantado, que se prolongaba ab aeternum tras la muerte de Fernando el Católico y su complicada sucesión castellana.

 

Era el título de Adelantado, una licencia militar de origen medieval, que literalmente significaba el que va por delante, y que en la práctica dotaba de una oportuna ventaja al titulado, de cara a ser nombrado gobernador de la nueva provincia, si lograba conquistarla y sobrevivir al intento. Tres meses de plazo tenía el joven alcalde hasta la llegada del siguiente Aviso. No debía demorar la salida de la expedición que supuestamente capitaneaba. Cada Milicia Indiana reunida para acometer  una empresa de conquista, no la componían soldados del rey, sino ciudadanos de a pie. Hombres del Renacimiento, simples civiles, bachilleres algunos, letrados, funcionarios o comerciantes otros, analfabetos muchos, emprendedores autónomos los más, con capacidad de convocatoria y mando los menos, un pelotón de hombres arrojados, decididos a alcanzar la gloria y la fortuna, o no regresar donde los suyos. Entre ellos Bernal Díaz del Castillo, el soldado-cronista que iba a narrar las tres expediciones cubanas en las que había participado. Tras exponer cada convocado sus  razones, debía confluir en voluntades, ideas y finanzas con los demás, y si así no fuera, era apartado de la empresa. Hombres de armas, misioneros, encomenderos, cirujanos, inversionistas de fino olfato, alguna vez el propio rey, apuntalaban la empresa. Pero la única prebenda efectiva que portaba un Capitán de Conquista, Adelantado o Gobernador, era un pergamino con sello real, que trataba de conservar como la propia vida. La empatía de Cortés con su gente y su indiscutible liderazgo, hacíanle peligroso a los ojos de un Velázquez en espera de su pergamino sellado. Bajo esta circunstancia, que propiciaba desencuentros y recelos con el gobernador de la isla, el joven regidor precipita su partida hacia las playas del seno mexicano (1519), pese a la garante capitulación firmada. El Alcalde de Santiago, como otro integrante más, había aportado su hacienda al proyecto, aunque mayormente fuera gestionado y financiado por el Gobernador Velázquez, como máxima autoridad de Cuba. Unas desavenencias ocasionales de plazo y forma, harán que el sagaz Cortés leve anclas antes que Velázquez pueda detener la salida de las naves, y cercene su sueño de conquista. Llegados a las costas del occidente, Alaminos bojeará el litoral conocido, y Cortés toma pronto contacto con nativos que le informan de la existencia de otros barbudos llegados al Yucatán. Sus hombres los buscan, y encuentran a Gonzalo Guerrero y a Jerónimo de Aguilar, sobrevivientes milagrosos de un bajel perdido entre el Darién  y Jamaica, ocho años ha. Solo Aguilar le seguirá, incorporado como valioso interprete de la hueste. Guerrero, casado con india y convertido en cacique, rehúsa tornar al mundo civilizado. La jungla habíale envuelto en su bucle tribal.

                Figura 2: Rutas exploratorias previas

 

Cinco leguas al septentrión del islote elegido por Grijalva, va a fundar Cortés sobre la costa, la Villa Rica de la Vera Cruz, primer asentamiento castellano en  costas del Golfo de México, nacido con vocación itinerante, para acabar anclada, frente al propio islote de San Juan de Ulúa, años más tarde. Este primer asentamiento no pasaba de ser unas pocas chozas de palma, un altar donde poder oficiar misa, una plaza con picota y cruz, y un cobertizo con empalizada para el descanso de caballos. Cuatro iban a ser, andando la historia, los sucesivos emplazamientos de la Ciudad de Cortés, en busca siempre de un puerto franco con calado y resguardo de naves frente al viento solano. Llevaron los dos primeros el nombre de Villa Rica de Veracruz, en tanto que el tercero se conocería como La Antigua Veracruz hasta 1599. En esa fecha el ingeniero Antonelli y el comisario real Valverde, responsables del Portobelo fortificado, propondrían su mudanza por razones defensivas al paraje llamado Ventas de Buitrón, lugar de tradicional aguada frente al peñón de Ulúa. Sería éste el último núcleo urbano asentado que, conocido como La Nueva Veracruz, habría de constituir la definitiva esencia de la ciudad fundada por Cortés. Pronto iban a recibir los expedicionarios, en aquella su primera Villa Rica, la visita de una embajada de Moctezuma II, gran Tlatoani de Tenochtitlán, acompañada por otros notables mexicas y locales totonacas, interesados todos en conocer las intenciones de aquellos hijos del mar. Partirán los embajadores hacia su capital con testimonio gráfico de la comitiva europea. Tornarán a los pocos días con alimentos, obsequios de oro y plumas, animándoles a regresar al mar del que habían surgido. Ante la posibilidad de no poblar ni conquistar, por carecer de facultades legales para hacerlo, satisfechos con el oro y los presentes recibidos, y avisados por animosa cuanto velada amenaza de los embajadores mexicas, algunos soldados sugieren a Cortés el regreso a Cuba. El Capitán expedicionario va a disipar sus dudas, destruyendo las naves e incorporando sus tripulaciones a la mesnada de infantes. Descartado el retorno a Cuba, no quedaba sino poblar y conquistar para sobrevivir, en una contumaz huida hacia delante.

 

Consciente de la trascendencia del momento, Cortés prepara una solemne ceremonia, Tedeum incluido, para hacer fundar la Villa Rica de la Vera Cruz por sus soldados. Lo hacía en nombre propio y bajo la autoridad nominal del Rey de España, el joven Carlos V Habsburgo, recién salido del cascarón flamenco. Constituido el Cabildo ciudadano a la usanza castellana con miembros de un padrón municipal previo, el futuro conquistador sitúa a sus leales entre los posibles procuradores, regidores y alguaciles. Eran conscientes de que, estructurado el Cabildo, quedaba extinguida la autóritas de Velázquez sobre los expedicionarios, una vez transformados éstos en colonos, ajenos a tal jurisdicción. Desde el Medioevo, las ciudades castellanas habían sido gobernadas por una corporación con derecho a convocatorias deliberantes, en las que se trataban cuestiones de interés común. Si a la asamblea podía concurrir el vecindario en pleno, decíase que la convocatoria era a cabildo abierto, en caso contrario lo era cerrado. En un astuto enroque, Cortés renuncia en cabildo abierto a su cargo de Capitán General de la expedición capitulada en Cuba, renuncia que es aceptada por el pleno asambleario. Tras deliberar, la corporación municipal decide nombrarlo Justicia Mayor de la ciudad,  y elegirlo como nuevo Capitán General de otra expedición, gestada por el pueblo soberano ahora directamente bajo jurisdicción del Rey. Jurisprudencia sobrada había para ello: desde la legalidad establecida, pasar a la nueva legalidad vigente, era una mano maestra de cualquier leguleyo avispado. Mediante una Carta del Cabildo, se comunica a la Corona la fundación de la Villa y las conclusiones asamblearias asumidas. El piloto Antón de Alaminos será el encargado de conducir a Sevilla la misiva, que los procuradores y representantes van a lograr entregar en mano al Rey. Velázquez ya no participaría en el reparto de ganancias, ni iba a renunciar la hueste a conquistar Tenochtitlán y su botín, que, tras  los regalos enviados por el tlatoani azteca, el hidalgo extremeño intuía de grandes proporciones. En adelante, solo la tasa de la Corona con su Quinto Real, gravaría las ganancias habidas. Y la hueste exploradora, convertida ya en conquistadora y mercantil, emprende el tortuoso camino hacia el Anahuac, mientras bulle en sus mentes un encuentro que les aguarda y conturba.

Figura 3: Factores de la conquista de Nueva España                                                   

Aún hoy, impresiona escuchar de labios del testigo-cronista Bernal Díaz del Castillo, la determinación de aquellos españoles del Renacimiento frente a la América infinita.  No llegábamos a 450 soldados. Conservábamos en la memoria los consejos y avisos que nos habían dado los indios de Huexotzingo, Tlascala y Tlalmanalco, para que no entráramos en el territorio de los mexicas, que sin duda nos habían de matar en cuanto lo pisásemos. Sabiendo todo esto ¿Qué hombres del universo lo habrían osado, salvo nosotros?… Y este era el espíritu que avanzaba con Cortés y su gente hacia el interior desconocido. Dejaba consolidada la retaguardia con la Villa Rica de Veracruz, conexión virtual y afectiva con Cuba, necesario y útil nexo con el pasado. Por ello, antes de partir, ordena ante Notario Real sortear y adjudicar lotes de tierra entre el vecindario que allí queda. Vínculos que en el corto plazo habrían de convertirse en despensa de sementeras, hatos o estancias, bajo las encomienda de nuevos totonacas con la ayuda de negros allegados e indios tainos de Cuba. En vanguardia, avanzan los europeos con 6.000 tlascaltecas y 5.000 totonacas como imprescindibles aliados: porque los españoles eran pocos y mal aprovisionados e iban por tierras donde no hubieran sabido el camino si no se lo hubiésemos mostrado; mil veces los salvamos de la muerte, alegarán los bravos tlascaltecas en una de sus muchas probanzas reclamatorias de sus méritos ante el Rey. Los españoles, conocedores de las enemistades enquistadas del mundo indígena, saben explotarlas en provecho propio, a la par que van sumando etnias a su causa. Con ello logrará Cortés, no solo evitar ser aniquilado por el abrumador imperio azteca, sino entrar en Tenochtitlán, y al cabo de dos años, derrotarlo. Con el apoyo tlascalteca y totonaca, el mundo judeo-greco-latino abría el portón indígena de América del Norte para intentar penetrarlo a profundis.

 

 Ese itinerario humano iba a suponer un duro enfrentamiento  contra guerreros personalizados en órdenes militares como el caballero jaguar o el caballero águila, cuyas esculturas en andesita han sabido plasmar la imagen del valor, la tenacidad y la dureza con que los hombres de guerra mexicas preparaban el combate. Era el precio de la incorporación del mundo indígena más evolucionado de Indias, al universo desconocido del Renacimiento. Tal vez sin saberlo, se estaba perfilando otro mundo hispanomexicano mestizo, nueva génesis cultural del mundo europeo, que tantas habría de incubar.

 

Cortés, en su penetración hacia el Anahuac, dejaba en retaguardia la Villa Rica al mando de Juan de Escalante su Alguacil Mayor. Sesenta defensores heridos o convalecientes con algunos caballos, conservaban la misión primordial de proteger a los aliados totonacas de venganzas mexicas, además de vigilar la costa y controlar el arribo de naves. Pasado un tiempo, iba Escalante a recibir dos emisarios de Pánfilo de Narváez, que con 19 naves y 1500 hombres había fondeado en Ulúa y otros islotes aledaños (Pájaros, Sacrificios, Blanquilla, Gavias), traía órdenes de Velázquez para detener a Cortés. El Alguacil Mayor de Veracruz, dotado de jurisdicción civil y criminal en su municipio, los toma presos antes que salgan de él, a la vez que remite  mensajeros tras la hueste expedicionaria. Cabalgarán durante el día y se ocultan por la noche, hasta poder alertar a su Capitán General de la situación sobrevenida en la costa, donde los mexicas habían atacado Veracruz y muerto a nueve españoles y docenas de totonacas. La muerte de aquellos españoles evidenciaba frente al imaginario indio que no eran superhombres, sino simples humanos. Sabido seguramente también por el Tlatoani, pese a ser los caballos más rápidos que sus tamemes correo, llegan los emisarios a una Tenochtitlán en situación límite, tornada trampa mortal. Un Cortés en aparente calma, envía negociadores para persuadir a los recién llegados de Narváez a sumarse a la vanguardia mixta, en tanto que aparenta acampar con mutuo respeto entre los aztecas de la capital. Pero reacciona presto antes que cunda la noticia de la mortalidad de su sobrehumana gente. Toma de rehén al propio Moctezuma, estrictamente vigilado en adelante por los castellanos. Tornará entonces grupas para dialogar con un Narváez atrincherado en la expectante Cempoala totonaca, donde ha montado baterías defensivas en lo alto de pirámides y templos.

 

Bajo una torrencial lluvia nocturna, captura Cortés en audaz golpe a un Narváez, alanceado en un ojo durante la refriega. Lo enviará preso a Veracruz, donde permanecerá encerrado por dos años. Su carisma personal hace el resto: parte de aquella tropa le seguirá a Tenochtitlán, donde una cruel e inoportuna decisión de su lugarteniente Alvarado, deflagra la rebelión latente. Y propaga la terrible onda expansiva de la Noche Triste. El resto de los expedicionarios de Narváez, compuesto por 550 españoles, mujeres y niños, negros e indios tainos, con sus caballos, cabras, cerdos y ovejas, deciden proseguir en marcha propia hacia ese Anahuac en llamas. Hoy sabemos que fueron hechos prisioneros, sacrificados, extraídos su corazones aún vivos, y posteriormente cocinados y devorados ritualmente por los mexicas de Texcoco (lugar donde se come gente, en náhuatl). Al menos treinta de sus cocinados cráneos (doce hombres y ocho mujeres blancas, siete negros, tres mulatas), han sido recientemente identificados por la ciencia. Como también lo han sido caras barbudas desolladas, cueros de caballos con cascos y herradura, aperos y herramientas de hierro, bridas y estribos de caballo, anillos, camafeos, botones, clavos, y un sinfín de huesos humanos y de animales, gracias al apresurado soterrado que de toda huella visible hicieron entonces los culpables, al saber que el capitán Gonzalo de Sandoval venía para tomarse justicia. Y como un anatema bíblico, a todos los pasó a cuchillo. Para Karl Vossler, aquello se trataba de una Cruzada medieval, llevada a cabo por Cortés con medios modernos… contra otros neolíticos, si no paleolíticos, añadimos hoy. Y de la misma manera, que no faltó entre los cruzados la codicia, el espíritu aventurero, la crueldad y el sentido comercial…  no se puede negar a los conquistadores su celo cristiano y su devoción… Fue precisamente esa crueldad, la del civilizado y codicioso Alvarado, la chispa explosiva del Tenochtitlán copado, la huida de los aliados al filo de lo imposible y la guerra abierta, lacerante, terrible, sobradamente narrada por la Historia. Acabada la contienda Cortés, hombre culto (de Estado, diríamos hoy), sabría encajar a connotados aztecas en la estructura del poder emergente, para tratar de poner un punto final a la página más sangrienta de su empresa.

Figura 4: El camino de Cortés a Tenochtitlán. Lienzo de Ferrer Dalmau

                         

Ignorantes en Cuba de la prisión de Narváez, iban a seguir desgranando navíos de apoyo hacia Ulúa, con soldados, alimentos, pertrechos, caballos, ballestas, municiones, y la incorporación de las propias tripulaciones que, confiscados los barcos tras su arribo, se diluyen motu proprio en la hueste castellana. El goteo de refuerzos para Cortés desde su puerto insignia se multiplica, a la vez que el surgidero veracruzano se afianza como vigía costero.

 

En 1529  Carlos V nombra a Cortés Gobernador, Capitán General y Justicia Mayor de Nueva España. Alumbraba así la Nueva España, a la vez que el llamado Imperio Azteca se desdibujaba en el olvido. Con su primer virrey Antonio de Mendoza y Pacheco, iba a nacer en 1535 el Virreinato de Nueva España para varios siglos más. Dentro de él, la demarcación de Veracruz llegaría a extenderse entre los ríos Baraderas y Pánuco, en una geografía de 200 leguas de costa por 28 de fondo, poblada básicamente por las naciones huasteca (Villa de Santiesteban del Puerto-Pánuco, 1523), totonaca (Veracruz, 1519) y popoloca (Villa del Espíritu Santo, 1522), trufada a lo largo del tiempo por colonos africanos y europeos. En ninguna parte se deja ver mejor el admirable orden con que las diferentes tribus de vegetales, van siguiéndose por tongadas, una más arriba que la otra, que subiendo de Veracruz hacia la meseta de Perote; allí se ve cambiar, a cada paso, la fisonomía del país, el aspecto del cielo, la vista exterior de las plantas… nos deja dicho el Humboldt científico enamorado del país… pero que no sabe admirar la abandonada y monumental Cempoala totonaca, ruinas y yedras, aniquilada por la fiebre variólica traída por Narváez y su apestada hueste dos siglos antes.

 

El Virrey Mendoza iba a establecer nuevos códigos urbanos, para el trazado de las ciudades y caminos reales de Nueva España. Los primeros emplazamientos de la itinerante Veracruz, se habían levantado conforme al Código Ovando (1502), desarrollado en La Española por el Gobernador que le dio su nombre. Pronto, fueron seguidas sus prescripciones acerca del repartimiento de tierras aledañas, elección de corregidores y alcaldes, estimulación del mestizaje entre los empadronados, y trazado cuadricular de calles y solares a partir del Foro latino (Plaza Mayor o de Armas para los castellanos). Era en realidad el modelo tradicional del castro romano, aplicado, durante la Reconquista peninsular, por Alfonso X El Sabio y la Corona de Aragón. Llegada la plenitud renacentista, este modelo urbano sería desbordado por las ideas de Marco Vitruvio (siglo I A.C.), puestas en boga por Leonado da Vinci y otros artistas del Cinquecento. Vitruvio, disgregaba en su urbanismo la parte privada de la pública, con una polivalente Plaza Mayor que nucleaba los eventos sociales y edificios relevantes de la comunidad. Se interesaba vivamente por los vientos locales, que atacando sobre los ángulos rectos que forman las calles, deben ser rotos y dispersos. Problema medular éste para el definitivo asiento de Veracruz, que tenía que resguardar al unísono la ciudad, sus habitantes y los barcos, contra el fiero aquilón de la costa y el urticante arrastre de la arena en el rostro.