Publicado el

Contexto Histórico de Portobelo – II

Con el inicio de las obras defensivas, los iniciales bohíos y ranchos de madera y paja, van transformándose en casas de madera alineadas en dos calles paralelas, sobre base y zócalos de argamasa y piedra, de gran amplitud y capacidad algunas. Otras se yerguen sobre robustas perchas de ceibo que a manera de columnas realzan la planta de habitación, dejando exenta la bajera como protección contra jaguares, ocelotes, caimanes, iguanas, serpientes, sapos y otras alimañas que invaden la puebla y libremente transitan durante las lluvias, sus truenos y sus lodos. Ellas van a cobijar bajo techo firme una esporádica república feriante, con abultado fajín de contratos e impertinente tintineo de monedas en sus bolsas. La trama de la ciudad incluye dos plazas, la Plaza del Mar y la Plaza Mayor. La primera incluye Aduana y Cabildo, en tanto que la segunda lo hace con la Parroquia matriz y el Hospital Real, concebido éste para atención médica del personal militar o civil, blanco o negro, español o extranjero, esclavo o libre, que atienda o construya las nacientes fortificaciones, y que entrado el siglo, sería encomendado a la Orden Hospitalaria de San Juan de Dios, la benemérita orden siempre entregada al prójimo. Si bien el casco urbano no sobrepasará medio siglo después el centenar y medio de casas consolidadas, no por ello dejan de montarse ocasionales bohíos a la entrada del camino de Panamá, ocupada mayormente por negros esclavos y libres. Conocido como barrio Guinea, a ellos se trasladan temporalmente ciertos propietarios que alquilan sus casas por astronómicos precios durante las ferias. Dineros, al decir del cronista, no siempre fáciles de ser cobrados a unos ostentosos cuanto escurridizos, transitorios y avisados clientes, prestos a esfumarse súbitamente sin rastro en medio del bullicio ferial. Sin duda la afamada viveza criolla había tomado ya carta de identidad en aquel siglo y lugar, hervidero de gentes y afanes, no ajenos tal vez a la esencia de ciertos factores ibéricos ya establecidos en su propia ecumene. Cuatro barrios vendrían a conformar la estructura social de la ciudad; además del citado Guinea al nordeste, el de Triana al oeste, compuesto básicamente por tratantes y pulperos peninsulares y blancos de orilla, el de la Carnicería sito en el entorno del matadero con gentes de menores recursos, y el de La Merced, que se iría aglutinando en derredor del convento mercedario, adscrito a la Casa Madre de Panamá, construido en 1606.

Figura 7: Plano-Planta Ciudad de Portobelo

 

En 1596 aparece nuevamente la merodeante flota de Drake, ahora con más de 3.000 infantes de tierra bajo el mando de Thomas Baskerville, rebotada esta vez de Puerto Rico en cuyo cerco había fallecido el ya anciano John Hawkins. Ellos van a dirigir su ataque sobre la mutante y semiabandonada Nombre de Dios, defendida por su gobernador con una guarnición de 60 hombres. Ante la imposibilidad de defenderse de la formidable escuadra que les asedia, decide el gobernador retirarse, abandonando el campo a la hueste corsaria. La agónica ciudad sería saqueada e incendiada, y por considerarse ya función amortizada, nunca más reconstruida. Por su parte Portobelo, en plena erección de sus defensas, se prepara para afrontar el subsiguiente aldabonazo corsario, mientras la flota inglesa va tomando posiciones frente a la bahía. Pero los británicos soslayan su toma optando por atacar Panamá, donde permanece retenida la plata peruana en espera de las nuevas atlánticas. Drake avanza hacia la ciudad del Pacífico remontando la vía fluvial del Chagres, en tanto que Baskerville con su gente de guerra progresa por el Camino Real hacia la cumbre divisoria de las aguas, desde donde espera caer sobre la capital del istmo. Pero la prevenida Panamá responde contundentemente en ambos frentes, emboscando sus hombres en Sabana Grande y Venta de Chagres junto a refuerzos llegados del Perú, que ocasionan numerosas bajas a los invasores, asumiendo finalmente estos la retirada hacia su base flotante. Al repliegue, un fracasado y seguramente enfermo Drake se cierra en su camarote del que se niega a salir, y donde muere de disentería a los pocos días. Su cadáver será arrojado por la borda en ataúd de plomo, sobre el propio cantil de la bocana, donde la nao capitana aguardaba fondeada. El regreso de la flota a Plymouth bajo el mando de Baskerville sería dramático. Lograría aportar en sus muelles con 8 naves sobrevivientes de las 28 con las que partiera en compañía de Hawkins y Drake un año antes, enfermo y deprimido, tras un meritorio retorno en etapas, plagado de penalidades y pérdidas humanas y materiales. Era la otra cara de la moneda.

Figura 8: Portulano de Portobelo, puerto atlántico de Indias. (Dibujo del autor)

 

La situación estratégica de Portobelo, como nuevo receptor atlántico de mercancías vía Perú y embarque de plata y ultramarinos vía España, le van a conferir una destacada importancia mercantil, materializada en sus anuales cuarentenas feriadas y el importante paquete transaccional que conllevan. Las mercancías aportadas desde España y el Caribe por la Flota de Barlovento o Flota de Tierra Firme (sede Cartagena), eran compradas  para abastecer los mercados de Lima principalmente, pero también de Valparaíso y Guayaquil y pagadas con plata de Potosí. A la plata pagadora de mercaderías limeñas, juntábase los impuestos del Quinto Real, de los que se devengaba el Situado o presupuesto de policía y plata de las plazas del virreinato. No hay feria más rica en todo el mundo que la que allí se hace… entre los comerciantes españoles, Perú, Panamá y otros lugares vecinos…se hace la mejor feria del mundo, contaba el turbio Thomas Gage a su paso por el istmo, para añadir más adelante: lo que más me asombró fue ver las recuas de mulas que llegaban por el camino de Panamá cargadas con lingotes de plata; en un solo día conté 200 mulas abarrotadas que fueron descargadas en el mercado público, de manera que los montículos de lingotes permanecían como montones de piedras en medio de la calle, sin temor a que los hicieran desaparecer… testimonio evidente de que la cantada peligrosidad social de Nombre de Dios, había pasado página como la propia ciudad que la alimentaba, sin aparente contagio viral en Portobelo. En todo caso aquellos truhanes de antaño, habían evolucionado en menos de medio siglo para devenir en vivos de hogaño. Estaba mejorando ostensiblemente sin duda la cabaña trashumante, la mesta humana de Indias.

Figura 9: La Feria Atlántica de Portobelo

 

La vida ciudadana de Portobelo transcurría entre períodos de febril actividad y  azarosa quietud. Durante la feria, los residentes montaban el Ferial entre el Barrio de La Merced, Triana y el fuerte La Gloria, apoyados por numerosos profesionales de los oficios llegados de Panamá. Allí se encaramaba toda suerte de pulperías para mercar los bastimentos y manufacturas de los Galeones de Barlovento, amén de barracas con casabes, asados, frutas, zumos o aguardientes traídos de Cartagena o Panamá. Los feriantes llegarán a pagar cifras astronómicas por el alquiler de una habitación o casa (6.000 pesos a veces), y tampoco los precios de las viandas se quedan a la zaga.  Mientras iban entrando una tras otra por el Camino  Real las recuas con cien o más mulas, los maestres y sus tripulaciones armaban tenderetes con las velas y jarcias de sus navíos. En ellos daban entrada al preciado metal de las mulas, que habían de transportar en los vientres  de sus galeones de vuelta a La Habana y Sevilla.

Para regular el valor de las mercancías feriadas, se reunían a bordo de la nao comandanta el propio Comandante de la Armada con el Presidente de Panamá. Concluida la capitulación, confirmaban y publicaban los contratos de compraventa negociados entre las partes de Sevilla y Lima, España y Perú. Cada una de ellas disponía su correspondiente hoja de ruta. Los representantes privados de los comercios o los magnates panameños o limeños acuden a recibir la mercancía demandada y pagada en la feria precedente. Los mayoristas husmean los posibles precios a la baja. Los oficiales reales supervisan volúmenes, pesos, taran básculas, controlan transacciones e impuestos, persiguen el fraude. En la feria no faltan los marchantes de cuadros e imágenes que alimentan el jugoso mercado del arte. Martínez Montañés y su escuela sevillana inundan con su imaginería religiosa, cristos crucificados, vírgenes y santos el Virreinato del Sur. Las catedrales de Lima, Oruro, Bogotá o sus cientos de iglesias y conventos diluidos por su geografía, conservan aún muestras de aquel magisterio. Toda escuela de imaginería de la Península, y España es tierra de imagineros, tenía su representante en Sevilla, donde daban salida de sus productos hacia Veracruz o Portobelo: Alonso Cano, Gregorio Hernández y un largo etcétera de maestros del Renacimiento y el Barroco, junto a otros cientos de artesanos contemporáneos o posteriores han dejado sobradas muestras de ello. Acudían prestos todos ellos a la llamada tintineante de la plata peruana. Y muchos eran los limeños pudientes y caprichosos: sus mujeres lucían joyas y modas exquisitas con abanicos, mantones, sedas y tafetanes traídas de Europa o Asia. Y la plata limeña fluyó a raudales durante dos siglos hacia Sevilla vía Portobelo. Era el momento histórico en que España había dejado de caber en sus fronteras. El Siglo de Oro florecía en ella. Y con él, trasegaba la literatura ascético-mística del Renacimiento, en justa connivencia con los barcos que a Flandes llegan portando guerra, pero vuelven ahítos de Erasmo; a Italia repletos de tercios para regresar con la métrica exquisita de sus versos impresa en las tripas. Cuando el Barroco percute su aldaba, pintores como Zurbarán, Velázquez o El Greco, acuden masivamente a la cita sevillana: sus marchantes negocian lienzos en las ferias de Portobelo, Cartagena o Panamá y sus frailes, vírgenes, apóstoles o caballeros toman rumbo a las Américas. La misma senda que siguen los ángeles de Murillo con la faz de sus hijos y el dolor de padre que los ha perdido durante la peste de Sevilla (1649). Pronto nacerán otros focos de pintura autóctona que frenen en cierta forma aquella sangría de plata: tras la lluvia nutricia de los maestros peninsulares reverdecen escuelas genuinas como la deliciosa Escuela de Quito, con su mística sincrética de querubines, vírgenes y santos que tanto enorgullecería al Carlos III ilustrado. Pero la aldaba creadora va a percutir durante dos siglos con talentos universales. Mateo Alemán, Cervantes, Lope, Tirso, Ruiz de Alarcón, Quevedo, Calderón, crean arquetipos que invaden otras culturas e idiomas: el tenorio, la alcahueta, el pícaro, el quijote, el galante embaucador, el iluso atribulado, la fingida boba, la amada evanescente, el orate sesudo, la fregona virtuosa, el barbero lenguaraz y un etcétera infinito,  van a nutrir con su sesgo de comedia o drama la literatura mundial. Y todos ellos acaban siendo leídos e interpretados en Lima, Santiago, Bogotá o Quito a través de un cuello de botella llamado Portobelo, que verá llegar en 1605 los primeros 2oo ejemplares del Quijote. Tobera diríamos hoy, que aceleraba en singular Efecto Ventury la succión de productos peninsulares hacia El Perú, minimizando su estadía en el istmo. Hasta tal punto que dos años más tarde, durante las fiestas patronales de Pausa (Ayacucho), nombrada hoy Capital Cervantina de América, alcanzarían a escenificarse en su Plaza de Armas las andanzas de D. Quijote y Sancho, segunda encarnación mundial del símbolo cervantino, apenas cinco meses más tarde de un primer ensayo vallisoletano. La dificultad del paso, su insano temperamento, el costoso ferial añadido, la certeza de saberse torvamente observados por descuideros del mar, la amenaza de turbión en estación avanzada, el deseo de retornar cada feriante al sosiego de su sede, eran más que sobrados motivos para finiquitar el raudo negocio y sorber en torbellino aquella sopa de letras. En estos menesteres presidenciales con el Comandante de la Armada de Barlovento, además del incendio destructor de 46 casas sobrevenido meses antes, encontrábase el Maestre de Campo Fernando de la Riva-Agüero en 1663, flota en puerto, cuando le sobrevino la muerte. La partida de los galeones demoraría unos días para llevar los restos del propio gobernador en sarcófago de plomo, y darles tierra en su nativo solar del Gajano cántabro: nunca sería construido su proyecto de renovación del Castillo de Chagres. Años después el propio Virrey Melchor de Navarra, en su fugaz tránsito hacia España, vendría a enfermar y morir en Portobelo (1691), como justiprecio definitivo de la siniestra fama de insalubridad que le acompañara por siglos.

 
Publicado el

Contexto Histórico de Nueva Cádiz – II

Las ostras perlíferas, eran alimento básico de los pescadores nativos, y su abundante desove en ciertas épocas del año, teñía de un rojo característico el mar circundante hasta mucha distancia de la Tierra Firme. La nutrida pesca del entorno era mayormente de dura digestión, razón por la cual pronto la escabecharon en instalaciones propias, y con otros salazones enviaban su excedente  a La Española. Anualmente grandes tortugas, con más carne que una ternera, entraban a desovar y eran capturadas con ingeniosos y ligeros arpones indígenas. Junto a la caza de iguanas, báquiros y chiguires, la volatería de flamencos, halcones, alcatraces, fragatas y otras aves marinas temporeras o no, eran presa fácil de flecheros y tramperos guaiqueríes, que con frecuencia asomaban en la costa para negociar aquellas y otras viandas. No pocos pobladores intentarán completar su dieta apacentando puercos de La Española o báquiros de Tierra Firme,  además de encorralar las gallinas, patos y gansos ibéricos, y azuzar sus perros a la caza de  los conejos silvestres que plenaban la isla.

La creciente organización ciudadana va a ir acomodando la pirámide social del enclave. Los primeros gestores de las pesquerías serían conocidos como los Señores de las canoas, es decir los primitivos dueños de las barcas de pesca, que llegarían a formar poderosas Haciendas de las Perlas a la vez que constituir la élite social del poblado y controlar su cabildo. Mayordomos y canoeros integraban el estrato intermedio de mandos  sobre el que se sustentaban esas Haciendas, verdaderas compañías comerciales individuales o colectivas, auténticas cadenas de producción que competían en el mercado perlífero. Indias, pajes asistentes y esclavos africanos, componían el genérico sector servicios, encargados de las labores domésticas básicas: las mujeres como sirvientas, los muchachos de recaderos. Un Señor de las canoas, raro era el caso que permaneciera todo el año en Cubagua. Iban y venían de Andalucía o La Española, donde habitualmente residían. Los lugares de Cádiz, Almonte, Baeza, Sanlúcar, Carmona, Huelva, Gibraleón, Palos, Niebla, son sus residencias más citadas en documentos. Estos señores habitualmente ausentes, tenían en los mayordomos su hombre de confianza in situ, normalmente pariente o paisano suyo, cuando no hijo natural mestizo, aunque también los hubo negros e indios cristianizados adheridos al grupo familiar del amo. Eran la alma mater de la Hacienda perlífera, administradores y gestores capaces de avizorar conflictos, robos y pendencias, y evitar que el agua llegase al río en aquel confín insular de humanas tensiones. Por sus manos pasaban las ostras acopiadas, abiertas por los pajes al final del día para guardar las perlas y repartir los mejillones comestibles, cuya abundancia hacíalos aborrecer por muchos. Los canoeros eran los responsables de cada canoa o barca desde la que los buceadores descendían para arrancar del fondo los ostiones nacarados, que diariamente entregaban al mayordomo.

Clase aparte la constituían los buceadores o pescadores de perlas, indígenas esclavizados o asalariados libres, expertos y hábiles nadadores, insustituibles para la extracción submarina de las ostras. López de Gómara relata cómo cierto cacique de Panamá, mostró a los deslumbrados españoles que le visitaban, los secretos de la pesca de perlas y el cometido de sus hombres. Eran grandes nadadores a lo somormujo y criados toda la vida en aquel oficio… se zambulleron a buscar ostiones con sendas talegas al cuello…salieron una y muchas veces cargados de ellos…entran cuatro, seis y hasta diez estados de agua…también se ahogan muchos pescándolas… o los desbarrigan y comen peces carniceros que hay, como son los tiburones…de esta manera se pescan las perlas en todas  las Indias. Fray Bartolomé, el defensor de los indios, acusa: No hay vida infernal y desesperada que se la pueda comparar… métenlos en la mar en tres y cuatro e cinco brazas de hondo, desde la mañana hasta que se pone el sol; están siempre debajo del agua nadando, sin resuello, arrancando las ostras donde se crían las perlas. Salen con unas redecillas llenas dellas (sic) a lo alto y a resollar, donde está un verdugo español en una canoa o barquillo, e si se tardan en descansar, les da de puñadas y por los cabellos los echa al agua para que tornen a pescar…  Este sobreactuado discurso del Licenciado Las Casas, vendría años más tarde a nutrir las ideas de la Junta de Valladolid, propuesta por Carlos V para estudiar la casuística indígena. Castigaba en ella el Emperador  con pena de muerte, al que llevase por fuerza a indio ninguno libre a pescar perlas, estimando en mucho más la vida de los hombres que el interés de las perlas, si han de morir por ellas, aunque valgan mucho. Simultáneamente en Inglaterra (y sospecho que mayoritariamente en la Europa toda), cuenta el historiador británico Vincent T. Harlow que no se consideraba cosa de importancia la muerte de un criado a manos de su señor borracho. Abstracción que nos obliga a repensar que por aquel tiempo, los europeos, paladines indiscutibles del razonamiento ético, llevaban cinco siglos menos en su sesudo cavilar sobre esa entelequia llamada hoy derechos humanos, al tiempo que la pionera Universidad de Salamanca apenas balbucía, por primera vez frente al mundo, el derecho de gentes del padre Vitoria.

La realidad objetiva de aquel momento en Cubagua, era que cada buceador costaba demasiados sueldos a los señores de las canoas en el mercado esclavista, como para permitir que el iracundo canoero de turno diese rienda suelta a su inquina racial, sin pedirle por ello explicación o someterle a juicio. Cada somormujo debía ser alimentado mediante una dieta regulada a base de maíz, pescado y caza, sin que diariamente faltase medio cuartillo de tonificante vino. Sus aparejos de manoplas y trasmallo, eran particularmente atendidos por el sector servicios. Especial cuidado se prestaba a sus guantes de cuero o manoplas protectoras, para evitar los cortes producidos en las manos por los filos de las ostras, siempre profundos, de difícil y dolorosa encarnadura, que podía inutilizarlos temporalmente. Los forzados pernoctaban en chozas de paja cercadas de carrizo, llamadas cárceles en el argot ciudadano, donde cada atardecer se les engrillaba a fin de impedir las fugas, las relaciones homosexuales o heterosexuales clandestinas, y el contrabando de perlas ocultas con terceras personas. El acoso sexual sobre las indias de servicio era notorio, y frecuentes los estados de violencia y celos que experimentaban aquellas mujeres, rodeadas como alacranes por un anillo de fuego social de halago y deseo. No eran ajenos a ellos los pajes, verdaderos correveidiles y alcahuetes de escarceos amorosos ocultos. Caso aparte lo constituían los pescadores voluntarios, guaiqueríes asalariados por contrato, que vivían libremente con su mujer e hijos en bohío propio. Al final de la común jornada, un indio cristiano dirigía el rezo clásico de padrenuestro – avemaría – gloria, antes de ordenar el riguroso silencio nocturno que debía reinar en el sector de las cárceles.

Con el crecimiento de la puebla, se empezaron a traer hortalizas y leña de Isla Margarita, frutos, tubérculos o raíces comestibles de los indígenas de Tierra Firme, además de vino, cecinas y salazón de pescado de La Española. Comenzó un servicio regular de aguadas tomadas en el río Manzanares de Cumaná, y el intercambio básico con solitarios colonos blancos, diseminados en recovecos geográficos fértiles, ya insulares o continentales. Enfrentados al riesgo cierto del indígena caribe, rostro pintado, capaz de aparecer sigilosamente tras los carrizales de su predio para degollar, robar y purificar con la macana y el fuego el rastro maldito del misionero, el tratante o el labriego, estos colonos representaban un extra- límite añadido a sus vidas. No sobrevivirían mucho tiempo en sus haciendas. Frente a este tipo de colonos,  Cubagua presentaba la ventaja de estar despoblada de indios, y pese a su carencia hídrica, el interland de resguardo que materializaba el brazo marino entre Margarita y su costa norte, era valor al alza para un fiable asentamiento europeo. Ello a pesar de la siempre probada fidelidad de los vecinos guaiqueríes, que no por ello hacían olvidar el salvaje y temido perfil de los vociferantes caribes de la Tierra Firme y Trinidad, saciando siempre su bestial ferocidad con la carne del miserable que lograban capturar. La permanente vigilia del indio circunscrito, era vital para sobrevivir; diferir en lo posible toda algara indígena ante sus puertas, resultaba imprescindible para la defensa de la exigua puebla. De ahí el sobrevalor otorgado a la aislada Cubagua.

En 1511 se constituye la Audiencia de Santo Domingo en La Española, lo que viene a incrementar el control del Gobernador Diego Colón sobre la Tierra Firme y sus islas. El hijo del Almirante, casado con una prima del Rey Católico, había sido repuesto en la isla como Gobernador tras la muerte y rehabilitación de su padre. El nuevo mandatario favorece el paso de colonos hacia las otras antillas, a fin de aliviar la presión demográfica que ejerce la afluencia humana sobre su ciudad capital, primera llave de las Américas. Las Islas de las perlas se iban a ver influenciadas por las medidas asumidas en La Española. Propone D. Diego el herraje en  pierna o brazo de todo nativo traído de fuera o capturado en guerra justa, a fin de identificar cualquier desertor cobijado entre afines; pero será abolida la medida unos años después, por ser considerada cosa excesiva por la Corona. Dado que los canoeros estaban facultados para ordenar el trabajo de sus hombres, su alimentación a bordo, y  castigo a los remisos, mantenían la prohibición de arrojar por la borda desperdicios o bivalbas desbulladas. Su efecto llamada sobre rayas y tiburones del área, añadía un peligro a la integridad del pescador. Como autodefensa de estas ocasionales presencias, cada canoa portaba ristras de anzuelos encadenados, aparejo eficaz para capturar al robo el selacio rondador. Como mano ejecutiva de la Corona, la Audiencia iba a ordenar controles  trimestrales  del trato dado al indio, su seguridad, su mantenimiento y su vestido. En cada una de ellas debían estar presentes los Señores de las canoas, al menos durante seis días. Esta presencia sincopada, era aprovechada por los buceadores para entregar personalmente a sus señores las mejores perlas ocultas; comercio clandestino consentido por los hacenderos, que además de incentivar al buceador diestro, evitaba el control de la Real Hacienda sobre los ejemplares más valiosos, y por tanto el pago de su Quinto. Las perlas clandestinas acostumbraban los indígenas a guardarlas en librillos o botijas de agua salada, donde el  nácar conservaba durante meses el frescor original de su iris.

Desde los primeros días de su asiento en Cubagua, el espíritu franciscano había llevado a establecer un convento matriz de su Orden en la puebla. A él acudirán predicadores y clérigos, residentes fugaces que, como lluvia de estrellas, se diseminan pronto por el perímetro costero. Vienen para evangelizar a los súbditos indianos de la Corona. Pese a esporádicos contactos misionales previos, en el año de 1516 estos franciscanos pasan decididamente de Cubagua al continente, donde construyen un monasterio cerca del río Cumaná. Para Fernández de Oviedo, el establecimiento humano de Cubagua era ya para entonces estable. Algunos meses más tarde, tres frailes dominicos llegados a la residencia  franciscana de la isla, hacen lo propio cerca del río Neverí, a cinco leguas al oeste del anterior. Allí comenzaron a predicar y a convertir, mas se los comieron los indios,  refiere lacónicamente el cronista. Era el holocausto terrible a su fe.

Tesoneramente desde Santo Domingo, retorna al Neverí el relevo de los mártires, que levanta esta vez en Santa Fe nuevo monasterio dominico. Hicieron grandísimo fruto en la conversión, enseñando a leer y escribir a mucha gente principal, vuelve a testificar el cronista. Pero súbitamente, tras una convivencia mas que pacífica, amigable, se alza violentamente la indiada en 1519 y  por su propia malicia, o porque les echaban al trabajo y pesquería de perlas,  mataron a todos los españoles de los contornos, siendo especialmente crueles con los frailes de Santa Fe, que no pudieron escapar a las islas. Los franciscanos de Cumaná lograron huir a Cubagua a tiempo, aunque los sublevados mataron a todo indio que estaba dentro, hasta los gatos, asolaron su casa, talaron la huerta, rompieron la campana, despedazaron un gran crucifijo que presidía su oratorio y lo regaron por los caminos como si fuera el destace de un ajusticiado…

La irracionalidad del salvaje brotaba una y otra vez. Con similar cadencia parecía rebotar sobre sus propias vidas el mismo maltrato, propio del tajo forzoso, que los conquistadores inferían al indígena capturado. Era una espiral de violencia donde el toma y daca sincopaba crueles y consecutivos golpes. Bien es verdad que en su perfil de desarrollo, el amerindio ignoraba lo que era la brega laboral tal como la entendía su contemporáneo europeo. El trabajo era para ellos una maldición vital. Dos mil años les separaban. Su indolencia e inactividad étnicas, serían estudiadas entre muchos por Humboldt varios siglos después, y por él manifestadas en múltiples comentarios de su obra escrita. Blanco Fombona, heredero de conquistadores y polifacético intelectual venezolano, gustaba definir la actitud vital de los tres protagonistas continentales de su patria como activa en el europeo, paciente en el africano, e indolente en el amerindio. Según la proporción de  genes selectivos heredados, creía ver modelada la actitud individual de sus compatriotas criollos. De apáticos e indiferentes los tilda Madariaga, que coincide con Sedillot y con Oviedo y Baños, quien habitualmente los identificaba con el inequívoco apelativo de gandules. Durante la conquista, estos testimonios abundan entre los europeos, que manifiestan su sorpresa ante la actitud inexpresiva del indio de la Tierra de Gracia, su mirada taciturna contemplando durante horas no se sabe qué. De regreso al hogar, el padre indígena era criticado por no hacer otra cosa que comer y tumbarse en su hamaca o chinchorro; jamás se les veía acariciar a sus mujeres ni a sus niños. Al retorno de la caza, la pesca o la lucha, los emplumados guerreros solo concebían un asueto de holganza a base de placeres y borracheras con buen vino de dátiles, trufado de fornicación no exenta de sodomía. Narran los historiadores sus bestiales e nefandos pecados y el ayuntamiento carnal con ciertas mujeres según las víboras lo hacen… La plantación y recolección de vegetales era para ellos tarea de mujeres, como lo era la cría de conejos, patos, tórtolas y otras aves… soslayada en el mejor de los casos por una fugaz mirada del  macho alfa.

El español, tradicionalmente gentil con sus damas,  se consideraba capaz de todo, con derecho a todo, tanto para lo mejor como para lo peor,  insiste Sedillot. Luego de siete siglos de lucha contra el Islam, era pueblo de gente individualista y tenaz, que no retrocedía fácilmente ante la dificultad por grande que fuere, y que solo concedía  al enemigo derrotado la supervivencia del esclavo. Así lo había padecido durante el medioevo en propia carne, y aplicado a la ajena. Ahora subrogaba este fuero consuetudinario en los nuevos reinos de ultramar; pero se equivocaba en la explotación del hombre sometido, porque las enfermedades traídas por europeos y africanos no topaban inmunidad primaria alguna en las etnias indígenas. Sumadas las epidemias a la vegetativa inactividad ancestral de los varones indios, su rechazo visceral a todo trabajo reglado y la progresiva deserción de sus hembras, acabaría sumiéndoles en profundas depresiones, hasta el suicidio masivo o la muerte buscada, que diezmaron aquellos pueblos, ya lacerados por las guerras. Era una novedad histórica que dejaba al europeo sin respuesta. Paralelamente Las Casas denuncia que comenzáronse a ahorcar… toda junta una casa, padres, viejos y mozos, chicos y grandes… y unos pueblos convidaban a otros a se ahorcar, porque saliesen de tal tormento y calamidad, contextualizando la idea del inhumano dominio del conquistador. Pero paralelamente también, son múltiples los testimonios que nos matizan que las mujeres fácilmente se concedían a los cristianos, e no les negaban sus personas … la india que ha gustado del amor de los civilizados… si pasa algún tiempo entre los suyos, vuelve voluntariamente a aquellosla actitud de la mayoría (de las indias caribes)  fue de apasionada entrega, tanto en la guerra como en el lecho … a tal estado llegaron (los indios) … que una vieja de 80 años era tenida por bocado apetitoso … y así hasta el hartazgo, vienen a denunciar indirectamente la penuria sexual alcanzada por el varón indígena frente a la encendida actitud de sus hembras, que nada tienen que ver con los manidos tópicos al uso. Ello justifica el abundante mestizaje entre los pobladores de barlovento, a la vez que mengua la reacción emocional de sus guerreros. Esta trágica secuencia de sus vidas, martirizó sin duda sus almas, mientras los europeos engreían de prepotencia la suya, tildándoles de maulas, borrachos, caníbales, flojos, idólatras, sodomitas... lo peor. La iglesia, con sus misioneros y sus mártires en medio, contemplaba trémula la colisión entre ambos mundos. Su serena opinión acerca del indígena, era evidentemente muy otra.

De nuevo una asonada indígena batía la Tierra Firme. Antonio Flores a la sazón alcalde mayor de Cubagua, ordena la evacuación de los 300 ciudadanos de la puebla antes de que el rostro pintado del emplumado indígena asome por su costa. Algunos de ellos capitaneados por Andrés de Villacorta, son partidarios de aprestar su defensa a ultranza, idea que no lograrán imponer al alcalde y su partido. Esta gente de bien, cuya mayoría estaba allí  no más que por el rescate de perlas, que no para usar las armas, daba la huida por respuesta, apresurando el embarque de sus haberes. Sin duda  nunca se perdiera la isla si fuera creído el capitán Villacorta; pero se impuso finalmente el criterio conservador del alcalde, que encabezó la vergonzante fuga. Embarcáronse en las carabelas fondeadas frente a Margarita, abrigo y surgidero de las naves de porte, donde anclaban habitualmente los barcos de acarreo del agua potable. Abandonaron sus hogares, y en ellos  muchas pipas de vino e muchas provisiones que comer, y rescates  y muebles de sus casas. Llegada la desbandada a Santo Domingo, fueron recibidas sus naves no sin mucha vergüenza y vituperio, acusadas de abandonar cobardemente su isla a la destrucción del irracional caribe. Pronto las piaras de cerdos deambulaban solas, hozando y destruyendo por doquier todo resto de huerto familiar; las gallinas y patos muertos se pudrían en los corrales, y las humildes matas de yuca, ají y tubérculos comestibles, lucían secas como abrojos rastreros. Durante la reconquista de la península ibérica, eran las ciudades próximas quienes establecían planes de acción para rescatar provisionalmente los bienes y ganados abandonados tras cualquier agresión de frontera, incluso antes de recibir las mandas reales que lo ordenasen. Cuando el teniente de gobernador de Margarita en La Villa del Espíritu Santo, trata de cumplir la pertinente orden de la Real Audiencia, es ya demasiado tarde. Los indios de Tierra Firme han pasado a Cubagua en sus canoas para robar y destruir cuanto en ella habían dejado sus moradores. Hace días que celebran ya con gran alborozo de danzas y estruendo de bocinas, atabales y griterío, la huida de los cristianos. Una victoria que apuntalaba su careada estima, al comprobar el pavor infundido al enemigo por el coraje de su raza.

    Frente a tamaño desacople económico y humano, la Audiencia de Santo Domingo trata de poner mesura a la algarada caribe. Envía a Gonzalo de Ocampo secundado por Andrés de Villacorta, al mando de un galeón con 300 hombres de guerra (1520) que finge provenir de Castilla para rescatar en Maracapana, al oeste del Neverí, aparentando ignorar los sangrientos sucesos recién acontecidos. Pensando sorprender a aquellos incautos castellanos en propia salsa, los caribes cumanagotos suben a bordo. Allí cae sobre ellos la hueste de Ocampo, que copa a los principales comisionados, a quienes  ahorcó de las entenas del barco, y se fue a Cubagua  a sentar sus reales. Establecido ya en la isla, acometerá desde ella pugnaces salidas de pacificación contra los caribes de la Tierra Firme. Mató muchos indios en veces, y los más de los que prendió, los ajustició rigurosamente o los tomó por esclavos. Villacorta, experimentado conocedor de aquellas gentes, habiendo capturado a la india María, mujer del cacique de Cumaná, devuélvela a su marido, y por causa de esta mujer se hizo la paz, nos dice el historiador. Llegada la  concordia con el  apaciguado cumanagoto, manda Ocampo construir a la vera del río de aguadas la villa de Nueva Toledo, supuesto cobijo fiable para cristianos, semilla de la futura ciudad de Cumaná.

Regresado Ocampo a Santo Domingo, quedan allí parte de sus hombres. Francisco de Vallejo y Pedro Ortiz de Matienzo gestionan las alcaldías mayores bajo mandato real de repoblar Cubagua y reiniciar su producción de perlas. Los indios de Cumaná van a impedir retomar las aguadas del río, pese a la insistencia de los  cristianos  por afianzar su libre acceso al agua potable. Beben entretanto de unas lagunas de Isla Margarita, de cierta agua hecha cieno, y aún de aquella habían con mucho costo e dificultad. Nada podían aquellos pobladores contra los flecheros de dardo emponzoñado que infestaban la costa. Y así se estuvo aquella gente de Cubagua, como en frontera y guarda de su isla. Pese a su limes fronterizo, logran atraer a ciertos pobladores del litoral cercano, respetan aquellas propiedades que alcanzan a documentar, crean un padrón de residentes fijos y reparten entre ellos solares. Retornan algunos guaiqueríes de Margarita y Tierra Firme como solían, a rescatar perlas con los españoles…que en ciertos tiempos pasaban a la isla para se mantener y proveer de aquellas cosas que los españoles por ellas les daban, junto a nuevos esclavos indígenas traídos de otras orillas. La resistencia de los indios periféricos a ejecutar de buena gana la granjería de aljófares, seguía siendo absoluta entre los caribes. Muchos de estos buceadores forzados habían sido capturados en las Bahamas por caribes antillanos, y vendidos por ellos a los comerciantes perlíferos de Cubagua. Su riqueza son nacarones y conchas bermejas de las que hacen arracadas, decía de ellos el historiador. Las más de 400 islas Lucayas o Bahamas, pobladas por etnias diversas, con mucha diversidad de lenguas  y continuas pendencias entre sus gentes, sufrían continuas redadas enemigas. Caribes de  Puerto Rico y otras antillas menores como Santa Cruz y San Cristóbal (Saint Kitts), los compraban a sus captores, cuando no para cebarlos y comérselos como ganado, para venderlos en las Islas de las perlas como esclavos lucayos. Allí eran mercadeados por los tratantes del nácar para explotarlos mientras durara la capacidad de sus pulmones. Si cuando enfermos, sobrevivían, pasaban a ocuparse de los aparejos de fondo, los trasmallos y manoplas de la pesca, el cuido de las embarcaciones, velas, remos y anclotes, y las instalaciones fijas de la hacienda. Si trataban de escapar, eran carne más que probable para alimento de otra etnia caribe, atentas siempre a la caza del hombre para nutrirse de viandas.  

asDurante las galopadas de Ocampo y Villacorta por Tierra Firme, llegan ciertos navíos con el futuro Padre Las Casas y sus Caballeros de la Espuela Dorada (1520). Trae papeles reales en regla y debe ser atendido por las autoridades de la Audiencia; pero Ocampo, su adelantado por aquellas latitudes y días, que le conoce de La Española, considera cumplido su cometido bélico y retorna a Santo Domingo. No cree en el liderazgo de Las Casas y opta por retirarse a tiempo de evitar nuevos desencuentros entre la espada y la cruz. Se trata de un primer ensayo humano para integrar un contingente de 300 labriegos prudentes, seleccionados por su apacible vida y buenas costumbres, capaces de convivir en armonía con el vecindario indígena. Luego de haber profesado sus votos, hábito blanco de caballero y una cruz roja bordada en el pecho, esta nueva orden de caballería, suerte de añorados templarios medievales, acomete con entusiasmo la práctica del amor al prójimo y el respeto del mundo que les rodea. Cincuenta caballeros y sus braceros de la gleba, van a esmerar ese trato hermanado entre mundos dispares, que Bartolomé de las Casas les ha encarecido antes de regresar a La Española, en busca de otras gentes, influencias y dineros para dilatar su empresa apostólica. Pero durante su ausencia se gesta nueva y violenta reacción indígena, crecidos los indios tal vez ante el vacío de poder dejado por la hueste dominicana en su retorno a La Española. Por una parte las injustas, crueles y tiránicas guerras… y  por otra el oprimirlos con la mas dura tiránica y horrible servidumbre en que jamás hombres ni bestias pudieron ser puestas, fueron las causas de la rebelión, según el florido decir del bienintencionado e ingenuo Las Casas. Lo cierto es que los indios, como encruelecidas bestias nocivas, asaltan su misión, arrasan  plantaciones y monasterio, matan a los labriegos y martirizan a los blancos caballeros de la cruz en el pecho. Diez años de meditación y penitencia no van a curar aquel íntimo fracaso del neófito clérigo, que acabará incrustando su persona en la orden dominica, para predicar desde ella con redoblado tesón y respaldo la defensa del indio. Casi tres siglos después, relata Alejandro Humboldt que un viejo misionero de Mandavaca (curso del Casiquiare), le contaba lo que tras largo apostolado había aprendido sobre la idiosincrasia de aquellos indios. Ud. Recibe gentes de nueva población en el pueblo; parecen pacíficos, honrados, buenos, trabajadores; pero permítales tomar parte en una incursión realizada para traer otros naturales y le costará trabajo impedir que degüellen a todos los que encuentren y que escondan algunos pedazos de sus cadáveres (para comérselos luego). Lamentablemente, no llegó a tiempo el misionero del Casiquiare para asesorar a Las Casas en ninguno de sus graduales estadios humanos como conquistador, colono, encomendero, clérigo o fraile. Solo conociendo toda la historia de la civilización o del embrutecimiento de una horda, solo siguiendo a las sociedades en su desarrollo progresivo… podría llegarse a la solución de problemas, que el mero conocimiento de los informes, no puede esclarecer, medita en voz alta el sabio berlinés, rumiando la cruda contundencia del apóstol de la selva, al tiempo de lanzar su aviso para navegantes que se aventuren en la critica histórica.

La tentativa de realizar una colonización pacífica de las Indias, parecía fracasar frente a la opinión generalizada del conquistador, proclive al empleo de la fuerza primero, para llegado el caso, dejar luego al misionero evangelizar al indígena sometido. Dilema que iba a imperar a lo largo de tres siglos: siempre la cruz y la espada al contraluz esencial de lo hispano. La reacción de la Audiencia de Santo Domingo no se hace esperar. Con muchos españoles, armas y artillería, el capitán Castiglione, castellanizado en los papeles reales como Santiago Castellón o Jácome Castellón, es enviado a las Islas de las perlas y costas de Cumaná a fin de pacificar nuevamente aquellas tierras. Toledano de nacimiento, pero hijo natural de Bernardo de Castiglione banquero genovés de Sevilla, Santiago Castellón había venido muy joven a Santo Domingo y poseía junto a su hermano Tomás, plantaciones azucareras en La Española y Puerto Rico. Con flota propia comerciaba entre antillas la sal de Araya, además del azúcar, melaza y guarapos de sus plantaciones. Su esposa, dama de compañía de Dª María de Toledo consorte del gobernador Diego Colón, y él mismo como emprendedor experto del hecho cumanagoto, gozaban del favor colombino. Básicamente a sus expensas, aceptará el reto que le plantea la Audiencia de Santo Domingo, y con su flota bien dotada de hombres, armas y provisiones, parte de La Española a enfrentar la rebelión caribe. Dice de él López de Gómara que guerreó con los indios, recobró la tierra, rehizo la pesquería, llenó de esclavos a Cubagua y…edificó un castillo en la embocadura del río, que aseguró la tierra y el agua. Castillo fuerte, de cal y canto, con muy buen aposento y una torre, del que Castellón es nombrado alcaide y donde enarbola junto a su bandera, las enseñas reales de la Corona. Esta seguridad en las aguadas y la sal, iba a suponer el despegue definitivo del enclave insular.

 
Publicado el

Contexto Histórico de Nueva Cádiz – I

La Historia amanece en la América del Sur con la llegada de los europeos a sus costas durante el tercer viaje de Colón (1498). Tras una atroz encalmada las naves del Almirante acceden a la isla de Trinidad y al Golfo de Paria. La abundancia de agua dulce y el panorama de verdor y armonía de la costa circundante, contrastan con la tórrida quietud de las jornadas oceánicas vividas, hasta el punto de parecerles haber llegado al Paraíso Terrenal. Tierra de Gracia  llamará el propio Colón al litoral occidental de aquel golfo de fuertes corrientes y caótica salinidad. Singla en días sucesivos diversos rumbos, hasta fondear en la pequeña Cubagua, la isla de perlas de su Diario. El grupo insular formado por Cubagua, Coche y Margarita, será identificado en adelante como Islas de las perlas. Su contacto fortuito con algunas canoas de pescadores, iba a mostrar la riqueza perlífera de aquel entorno marino. Manda el Almirante un bote a conversar con los indígenas, que tras múltiples recelos, accederán a dialogar con ellos en tierra, pues andaba mucha de su gente por la playa.  Los indígenas, mostrando alegría de ver hombres barbados y vestidos a la marinesca, se prestan al dialogo gestual, arropados por la curiosidad de sus paisanos. Pronto los europeos se percatan de las gargantillas y pulseras de pequeñas perlas que adornaban la desnudez de sus mujeres. Mediante el trueque por baratijas tópicas, van a rescatar algunos hilos de aljófar blanco y  granado… más de seis marcos de aljófar menudo y grueso, con muchas y buenas perlas…con lo que volvieron a las naos muy alegres, nos cuenta el historiador López de Gómara.

Abandonada Cubagua, tomaron aguada en el río y tierra firme del cacique Cumaná, con nuevos indios expectantes en la playa. Retomados la mímica comunicativa y el trueque mercantil, insisten los nativos en señalar como yacimientos perlíferos  las mismas isla y costa que los canoeros de pasadas jornadas. Además de perlas feriaron esta vez tórtolas, faisanes, gallipavos, conejos y cuartos de venado. Disimuló el gozo que sentía de haber hallado tanto bien, y no escribió al Rey el descubrimiento de las perlas… deja dicho el historiador sobre la actitud del Almirante, que habría de traerle serios quebrantos con la Corona.

                     Las noticias traídas por los expedicionarios colombinos tras cada arribo a la Península, eran trasmitidas boca a boca entre las gentes del mar, los comerciantes y prestamistas de la Andalucía Baja en general, y de Palos de la Frontera y Moguer, nutrientes de aquella aventura, en especial. Un hervor de inquietudes sacudía aquel mundo avocado al océano y las singladuras al Golfo de Guinea portugués, prontamente acotado para los españoles con el Tratado de Tordesillas. Pero tras el hallazgo de Cubagua, los marineros paleños soñaban nuevos y valiosos rescates  y aún mostraron muchas (perlas) y las llevaron a vender a Sevilla… Tarde o temprano los Reyes, que tienen muchos ojos, habrían de ser informados sobre las perlas andaluzas libres de impuestos…

Fruto de este caldo de cultivo viajero son las empresas privadas que se gestan en Sevilla. Pedro Mártir de Anglería relata que ya para 1495 se habían organizado algunas expediciones hacia las Indias, cuyos desenlaces no han quedado para la historia. Sí conocemos, en cambio, otra serie de viajes menores a partir de 1499, llamados viajes andaluces del descubrimiento, cuando el monopolio descubridor – repoblador colombino en las Indias estaba ya en entredicho. Las Capitulaciones firmadas por el futuro Almirante con la Corona, pierden vigencia cuando los hermanos Colón son acusados en La Española de mala praxis y ocultación de caudales. Tras el correspondiente Juicio de Residencia, Francisco de Bobadilla los embarca hacia Cádiz cargados de cadenas. Aunque poco después

fueran liberados por la Reina Isabel, el Almirante había perdido sus prerrogativas capitulares. No parece ajena a este hecho una carta del piloto y cartógrafo Juan de la Cosa dirigida a los Reyes Católicos, haciéndoles saber las perlas e cosas que habían hallado, e les envió señalado con la dicha carta, otra de marear, con los rumbos e vientos por donde habían llegado a  Paria… e aqueste testigo oyó decir cómo de aquella carta se habían fecho otras, e por ellas… Alonso de Ojeda, Pero Alonso Niño e otros…han ido a aquellas partes.

 

FIG. 1: Navegantes de Paria

 

Efectivamente, dos años después de que el gran genovés arribara a las costas de barlovento, lo hizo la expedición de Alonso de Ojeda. En ella viajaban el cántabro Juan de la Cosa y el florentino Américo Vespucio, geógrafo y futuro primer Piloto Mayor de la sevillana Casa de Contratación,  control secular del tráfico trasatlántico de personas y mercancías desde 1503. La capital del Guadalquivir estaba forjándose como noticiero oceánico y Puerto de las Indias por antonomasia. La nueva expedición iba a recorrer, reconocer y cartografiar la costa norte de América del Sur, desde las Guayanas y el Golfo de Paria por el oriente, hasta el Cabo de la Vela y La Guajira al poniente. Descubrirán ciertas aldeas indígenas en la depresión de Maracaibo, sus chozas sobre palafitos lacustres, que por asociación de ideas el italiano apostillará Venezuela, topónimo diminutivo de la famosa capital del Véneto. Esta acepción perduraría en la pluma de los cronistas reales, para quedar esculpida en aquella geografía hasta sellar la identidad indeleble de una nación emergente, que había de ser en siglos posteriores la Venezuela clásica.

Aquel mismo año Vicente Yáñez Pinzón, capitán de La Niña durante el primer viaje colombino, llegó a tierras del Brasil. Descubrió las bocas del Amazonas y recorrió la costa rumbo noroeste hasta el Golfo de Paria, aunque hubo de silenciar sus hallazgos por tratarse de tierras asignadas a Portugal en el Tratado de Tordesillas. En el correr de su rumbo, descubre la isla de Tobago y contacta con las de Trinidad y Margarita, para seguir luego a La Española según el arco de islas de las antillas menores. A su paso por aguas de barlovento, unos canoeros indígenas invitan a los paleños a comerciar en su rancherìo. Estuvieron en el pueblo veinte días feriando perlas, señala el historiador. En costas de Margarita se toparán con Diego de Lepe, que viene de explorar la costa de la Tierra de Gracia o Tierra Firme como había empezado a llamársela, y que se le une en su derrota hasta Puerto Rico.

 

 

FIG. 2: Costa Firme de Alonso de Ojeda

 

Diego de Lepe no es marino de profesión, sino un perspicaz comerciante que ha venido desarrollando la cartografía en aquellas costas. La Casa de Contratación de Indias incorporaría sus levantamientos geográficos al Padrón, atlas unificador de cartas, técnicas y avances náuticos, que a la sazón confeccionaba para formación y uso de los futuros pilotos emanados de sus aulas. Piedra fundamental de la historia de los descubrimientos marítimos de los españoles, opina el historiador René Sedillot. La necesidad de trazar rutas y derrotas seguras hacia las Indias, va a originar los primeros esbozos de la navegación astronómica, más segura y fiable que la estima tradicional de los navegantes mediterráneos. La singladura oceánica implicaba la mutación de lo que había sido hasta entonces una rutina artesanal mayormente tabulada, por un bagaje científico nuevo, donde los conocimientos matemáticos, astronómicos y geográficos empezaban a plantear a los pilotos de altura complicados problemas de Trigonometría Esférica. Aun nos pasma hoy, cierto planteamiento astronómico de Colón a vuelapluma, plasmado de puño y letra sobre su propio Diario, tan lejos del caletre de nuestros yachtsmen de hoy (tan pagados de sí mismos y de su alba gorra de plato, como ayunos de matemática), que obliga a comparar con absoluto respeto no ayuno de ironía la baja de su saber, versus la culta latiniparla del nauta renacentista.

Dos semanas después de Ojeda llegan directamente a Trinidad, Golfo de Paria e Islas de las Perlas, Pedro Alonso Niño, ex piloto del primer y segundo viajes colombinos, y Cristóbal Guerra, hermano del tutor sevillano de la empresa. Los expedicionarios andaluces, sin dilación temporal como base de su éxito mercantil, rescataron perlas e se volvieron a Castilla.  Los indígenas, buceadores capaces de sumergirse durante minutos para emerger con los ostiones de madreperla en su redeño, pagaban tradicionalmente con las perlas extraídas, trueques tópicos que la expedición andaluza supo negociar. Con el fin de eludir el impositivo Quinto Real del rescate, el regreso lo enrumbará al pontevedrés puerto de Bayona, inmortal derrota de  Martín Alonso Pinzón con La Pinta, tras el hallazgo del Nuevo Mundo. Pero el  montante de aquella operación, estimada en noventa y seis libras de aljófar, en las que había grandísima cantidad de perlas finas orientales, redondas, y de cinco y seis quilates y algunas de más… era demasiado elevado para pasárselo de matute a la Hacienda Real. Los infractores fueron juzgados, condenados y encarcelados en Andalucía,  hasta que hubieron pagado su evadida deuda impositiva.

 

FIG. 3: La Baja Andalucía Marinera

 

Estamos hablando de fechas tan tempranas como el año 1500. Ya para entonces se tienen noticias sobre un innominado asentamiento humano en la isla de Cubagua, una ranchería asociada a este negocio de perlas. A penas un año después, el propio Licenciado Bartolomé de Las Casas, constataba la presencia de 50 aventureros dedicados a la explotación de las perlas mediante buceadores nativos. Era un secreto a voces desde el regreso de las tripulaciones descubridoras al puerto de Palos, la existencia de ricos yacimientos perlíferos en las Antillas. En los puertos del occidente andaluz, desde Ayamonte, Lepe, Gibraleón, Palos, Moguer y Huelva, hasta Sanlúcar de Barrameda, Sevilla y la bahía de Cádiz, la fiebre descubridora había prendido tras el tercer viaje colombino; la repobladora habría de venir después. A ello vino a contribuir el sentido de protagonismo adquirido por la Baja Andalucía desde el minuto cero del hecho indiano. La evidencia de la ruta a seguir, era la derrota directa a las Islas de las perlas empleada por Yañez Pinzón en su segundo viaje. La Corriente de Benguela tomada en Cabo Verde, enlazaba hacia el poniente con la Ecuatorial del Sur, que catapultaba su plancton y los barcos que la seguían al barlovento de la Tierra de Gracia. Tal como lo había hecho el menor de los Pinzones. Y corroborándola, la primicia gráfica facilitada a los Reyes Católicos por Juan de la Cosa, primer cartógrafo de América, que iba a quedar  plasmada a futuro en el Padrón de Navegantes.

FIG. 4: Costa Firme en el Primer Mapa de América

 

Tempranamente habían llegado por tanto gentes aventureras en busca de comercio, el rescate y tráfico de esclavos, o la extracción de los caprichos nacarinos de aquellas islas. Pero no conocemos el proceso humano integrador que iba a nutrir el primitivo asentamiento de Cubagua, y que pocos años después constituiría la primera ciudad de facto en Suramérica. Seguramente ya desde los iniciales empeños privados, gestados sotto-vocce de la Corona en la Sevilla de 1495, acudieron directamente más de uno de ellos a las islas del nácar. No se han registrado noticias de su retorno. Perecieron quizá en su èpica contra el piélago, o acabaron tal vez afincando sus destinos en otros lados del charco. Pero fue sin duda la Baja Andalucía el alma nutricia de aquella primera oleada humana.

En el año 1504 una expedición rumbo a Urabá, con cuatro carabelas comandadas por Juan de la Cosa,  accede al Golfo de Paria. Toman tierra en Margarita, truecan con los nativos papagayos, ají, batatas, yuca,  papayas… además de tomar aguada y leña. Levan anclas rumbo a la costa de Cumaná, donde ovieron (sic) por rescate algunas perlas, pero pocas, e de allí siguieron costeando… (hacia Urabá),  nos dice el cronista. Nada comenta en cambio del negocio perlífero de una Cubagua que el cartógrafo cántabro conocía, pero que costea y deja con un mutis por estribor. Nada sabemos tampoco de sus desertores en Margarita, si incorporados al grupo humano de Cubagua, o diluidos entre los guaiqueríes de la propia isla, o los castellanos de la peligrosa Tierra Firme caribe. Y decimos castellanos, porque Isabel la Católica en vida (1505) no consentía pasar a Indias, sino a costa de mucho importunar, a hombre que no fuese vasallo suyo. Muerta la reina castellana, el Rey Fernando permitió la emigración de los súbditos de su Corona de Aragón, tanto peninsulares como de las itálicas tierras o sus ducados griegos. Con la llegada a España del joven Carlos V (1517), comenzarían a incorporarse flamencos, valones, frisones y alemanes de los diversos principados, ampliando la gama de brazos y visiones europeas al quehacer del Nuevo Mundo.

Fig. 5: Interpretación Escudo hallado en Nueva Cádiz

 

Los pacíficos guaiqueríes, considerados vasallos libres de tributo y servidumbre por una concesión real que los encomia como indios de tan buen valor … y merecida honra por su valor y fidelidad, grande, constante y firme …  no podían ser esclavizados tras semejante panegírico, so pena grave que llegaría a ser de muerte. Cubagua carecía de población india, pero la cercana Margarita, no. En ella habitaban varios miles de indígenas ayunos de legislación castellana, vacío que los tratantes de carne humana aprovechaban para lucrar su codicia. La carencia de colonos hacíala territorio dependiente de la inmediata Cubagua. Desde La Española iba pronto a ponerse freno a las cabalgadas de aventureros esclavistas que la trepanaban impunemente, facilitando el arraigo de españoles en la isla. La Villa del Espíritu Santo, sería su primer núcleo humano importante, seguido de otros del interior, elegidos por los propios guaiqueríes lejos del ojeo de las canoas caribes.

Para 1510 se sabe que la puebla de Cubagua tenía ya un cabildo a usanza castellana, con dos alcaldes y diecisiete regidores. Reunidos los vecinos, juntos, a campana tañida, vasallos todos de estos reinos de Su Majestad Católica, vecinos castellanos e indios cristianos, han elegido sus autoridades municipales en cabildo abierto. Esta bisoña corporación ciudadana tratará de aplicar las mandas reales para ordenar social y urbanamente el variopinto asiento aglutinado en la isla, sin pantalàn de atraque, con sus barcas de pesca y canoas de buceo varadas sobre la playa, sin aduana, sin alcabala, sin presidio. Carecía la puebla de trama urbana, con bohíos y chozas de carrizo y palma aquí y acullá, parapetada tras elementales defensas de madera y tierra. Algunos colonos, atentos siempre al merodeo de canoas caribes, aportaban sus perros alanos y mastines que retaban su proximidad con prolongados gruñidos. Los inconvenientes se multiplicaban en aquel balbuciente proyecto humano, asentado sobre un secarral improductivo, sin árboles, carente de un agua potable que había de captarse a siete leguas, pluviosidad escasa pero sofocante humedad ambiental, con pequeños acuíferos subálveos altamente salinizados, y un inmisericorde sol abrasador en mitad del cielo de una isla de 24 Km2, plena de cardonales, líquenes de orchilla, arbustos de guayacán, bardales espinosos y eriales baldíos. Esta flora de mínimos era sin embargo sabiamente aprovechada por los indígenas circunvecinos, capaces de marcar una pauta de subsistencia a los primerizos colonos de Cubagua. Aquellos boscajes de cardones, tan gruesos como la pantorrilla de la pierna, producían frutos temporeros a manera de higos, unos blancos, otros rojos, comestibles todos de dulce y fresco paladar, cual dátiles mediterráneos.

 
Publicado el

Contexto Histórico de Puerto Rico – III

En 1595 Francis Drake, John Hawkins y Thomas Baskerville con 28 naves, 1500 marinos y 3000 soldados de tierra, salen de Plymouth, núcleo de su sindicato corsario, rumbo al Caribe. Vienen  “de negocios”. Su inoportuna aguada en las Canarias pone sobre aviso a la caballería de la costa, una de cuyas patrullas embosca y captura la tripulación de un bote. Por ella conocen que la Flota se dirige al Caribe. De Canarias salen apresuradamente pataches de aviso rumbo a España y Puerto Rico – La Habana. Apenas unas semanas mas tarde, parten a su vez de Cádiz cinco modernas fragatas, pequeñas pero fuertemente artilladas, muy marineras y rápidas, que alcanzan a los rezagados de la flota inglesa a la altura de Guadalupe. Con la vieja táctica de todo descuidero naval, capturan una de las naves e interrogan a sus hombres. Por ellos conocen el peligro que se  cierne sobre Puerto Rico. Saben los ingleses que la nao capitana de la Flota de Tierra Firme ha entrado en aquel puerto de arribada forzosa. Desgajado de su troncal Armada tras correr un temporal, el maltrecho galeón Nuestra Señora de Begoña, ha entrado en puerto con tres millones de pesos en su bodega. Fabulosa presa en puerto desprevenido para consumados depredadores como Drake y Hawkins. La alarma cunde en las Antillas, y la Capitanía General de Puerto Rico, ignorante de la ayuda peninsular en curso, se apresta  a defender la plata del Quinto Real. Solo cuenta con veinte cañones, 400 soldados, 300 vecinos armados, los 300 hombres del galeón averiado, algunas naves obsoletas y una muralla en construcción. Cuando arriban inopinadamente las fragatas reales con su ondeante cruz de Borgoña, eclosiona el optimismo entre los defensores. Hunden en la bocana el galeón averiado junto a varios buques viejos que yacían anclados en su dársena. Fondean acoderadas en línea las fragatas para poder batir con series de andanadas la bocana de la bahía. Y esperan. Dos semanas después aparece la armada inglesa, que va a ser debidamente recibida por las baterías de costa. Un certero disparo  impacta la nave de Drake, que sale ileso, pero mata a los dos capitanes que a bordo con él preparan la escaramuza. Maniobra la flota para quedar a resguardo de los cañones costeros, y llegada la noche, sus hombres largan barcazas y botes al agua. En el sigilo y la oscuridad llegan a las fragatas y las prenden fuego. Arden dos, pero las tres restantes logran sus hombres salvarlas, no sin pérdidas humanas. El resplandor del incendio descubre la posición de las barcazas inglesas que reman de vuelta a sus barcos: serán acribilladas por fuego cruzado de cañones, arcabuces y mosquetes. Drake se retira dejando atrás 400 muertos la primera noche. Intentará sucesivos desembarcos sin éxito. Definitivamente leva anclas días después y se pierde mar adentro. Durante el asedio ha muerto Hawkins por enfermedad. Drake no regresará más; el Quinto Real se ha salvado. Persuadido de la insuperable dificultad del asedio, emprende ruta hacia la Habana y Tierra Firme.  Pero su buena estrella que tantos años le había alumbrado, llega ahora a su fin. Drake muere de disentería en Portobelo. Baskerville regresará a Plymouth un año después. Tras dura retirada, enfermo y sin víveres, al mando de ocho naves de hambrientos, llega a puerto con los sobrevivientes de la última aventura comanditaria de Drake y Hawkins.

Quien si viene a San Juan es su compatriota George Clifford, Conde de Cumberland, dispuesto a convertirla en un fortificado bastión británico. Tres años después (1598), con una armada de 21 barcos, intenta una invasión fallida de la isla, aunque logra saquear la ciudad, de donde es finalmente rechazado. Sí logra, en cambio, capturar la ciudad pero no rendir su castillo, una flota holandesa al mando de  Boudewijn Hendriksz (1625), en el mayor desastre sufrido jamás por esta capitanía. El sanguinario corsario, que viene con idea de quedarse y expulsar a los españoles, no quiere prisioneros que a la postre puedan constituir un enojoso sustrato quintacolumnista. Como es fama que desde antaño actúan sus compatriotas, degüella y asesina ciudadanos a medida que los sorprenden ocultos en recovecos y escondrijos; si encuentra heridos, los remata: no hay clemencia. La desaforada ralea todo lo escudriña y saquea, destruye o roba. Incendia la catedral, arrasa la gran biblioteca episcopal, joya inapreciable de la Capitanía, único paliativo a su sed destructora. Pero el gobernador no capitula. El holandés retira la flota invasora sin haber conseguido rendir la Fortaleza del Morro, dejando tras de sí la desolación de su rabia en forma de tierra quemada. Este desastre puertorriqueño potenciará nuevamente la fortificación de San Juan (1634), que completa su cerco murado con nuevos bastiones perimetrales escalonados y una Puerta de Tierra constituida por el fuerte San Cristóbal dotado de bastiones, foso, contraescarpe y puente levadizo de media luna: la Capitanía no debe ser nuevamente sorprendida por tropas enemigas venidas desde el este por tierra. La ciudad tras el desastre holandés se rehace lentamente; medio siglo después cuenta ya con una población de 5000 habitantes.

Otras gentes en busca de libertad, llegan a San Juan sobre precarias embarcaciones toscamente armadas cuando no robadas, desde las plantaciones de las Pequeñas Antillas, ocupadas por franceses, ingleses, holandeses y daneses a partir de 1625. Negros cimarrones  que huyen de una esclavitud irredenta, son manumitidos por el Gobernador de Puerto Rico en nombre del Rey de España e Indias. “No parece decoroso que el Rey reduzca a esclavitud a gentes que se acogen a su amparo”, argumenta en defensa de su actitud, en conflicto con la Real Hacienda y los pingües beneficios que le aporta la trata de esclavos. Pero el criterio del Gobernador se impone para beneficio de cientos de evadidos cimarrones ahora libres, que van a sedimentar con su impronta la vida puertorriqueña. Más tarde se perfeccionará por Real Orden el procedimiento de acogida. Deberán los fugitivos de color asumir la fe católica, bautizarse y jurar servir fielmente a la Corona. La construcción masiva de las murallas necesita brazos, y los nuevos que llegan son bienvenidos para incorporarlos al trabajo de la ciudad y los campos como súbditos libres asalariados. A los varones, se les proporciona material de construcción para su bohío, tierra y aperos para labrarla. Dispone el Gobernador que estos libertos formen colonia a parte, extramuros del recinto urbano. Son gentes pacientes, trabajadoras, personalmente aseadas y muy leales a la bandera que les acoge. Se casan entre sí y constituyen familias de numerosa prole. Se les organiza militarmente en partidas según procedencia, e instruye en el ejercicio de la guerra y el uso de los cañones. Más allá de la Puerta de Tierra y sus escarpes y fosos, empieza a cristalizar una doble hilera de bohíos que serpea junto al camino de salida. El rancherío viviría del cultivo de hortalizas que vende en el mercado de San Juan hasta el año de 1780 en que fue barrido por un huracán y sus negros dispersados.

Los Franciscanos, luego de ver martirizados por  caribes a cinco de sus frailes tras el incendio del cenobio de La Aguada, han abandonado esta población y empiezan a construir en San Juan (1634-42) un hermoso conjunto de convento e iglesia conventual. No han ido a Puerto Rico solo para ser mártires, sino además pastores de almas. La nueva construcción se convertiría en  residencia transitoria para los frailes que vendrán a misionar las  Américas, tras morar temporalmente en esta sede episcopal. Por ella también pasará en 1749 Fray Junípero Serra, el apóstol de las Californias. Las consecuencias de la nefasta desamortización del ministro Mendizábal (3ª década del S.XIX) en la metrópoli, propiciaría la demolición de estos edificios abandonados ya a finales de dicho siglo.

En 1678 una flota inglesa bajo el mando del Conde d´Estrees que pone cerco a San Juan, es dispersada por un huracán, cuya gestación y desarrollo estaba siendo estudiado y seguido desde el Observatorio de La Habana, regido por jesuitas. Mas tarde estas experiencias sobre gestación y decurso de los huracanes caribeños serán llevadas a Puerto Rico, donde ya existía una arraigada observación natural de estos fenómenos por el pueblo taino. El comportamiento anómalo de los animales, los halos lunares y el olor característico del mar previos al fenómeno, hoy plenamente incorporados con nuevos aportes atmosféricos a la predicción mundial de sismos, empiezan a ser ya seriamente considerados en todo vaticinio de huracán caribeño. El propio Colón había observado en los delfines que “van huyendo por la superficie del mar hacia la orilla” una señal de cercana tempestad. Desde el Observatorio del Colegio de Jesuitas de Santurce se llevará a cabo un riguroso estudio de los fenómenos atmosféricos presentes en la confluencia estratégica Atlántico – Caribe, hasta su expulsión de Puerto Rico bajo Real Decreto de Carlos III.

En 1797 el Almirante Ralph Abercromby al mando de 64 naves y 7000 hombres intentará un nuevo asalto inglés a San Juan, pero es repelido por su guarnición. Esta vez colaboran al unísono otras poblaciones y ciudades  de la Isla, enviando hombres y pertrechos. Bien organizados por su Gobernador en compañías de morenos autóctonos, negros cimarrones acogidos de las antillas menores, indígenas tainos, artilleros e infantes de la Guarnición de Asiento, junto a los vecinos armados que por tradición siempre responden ante circunstanciales peligros, presenta la ciudad una defensa compacta, que se multiplicará por las playas extramuros y baluartes costeros en pugnaces partidas a caballo con base en las haciendas, que atacan al inglés y desaparecen. Dos semanas durará el asedio, tras el cual levanta la escuadra el cerco y se hace a la vela hacia otras costas. Abercromby justificará ante la Royal Navy su fracaso, aduciendo la inutilidad del asedio a “un enemigo bien preparado, protegido por sólidas murallas y poderosamente armado.”

Tras la Ilustración, el siglo XIX verá consolidar un notable crecimiento poblacional de la isla y su ciudad capital, triplicado en apenas el último medio siglo. Los hatos realengos que rodean el camino de tierra de San Juan, empiezan a ser retomados y demolidos por la Corona para usufructuarlos o adjudicarlos a los emigrantes católicos irlandeses y franceses que van llegando a Puerto Rico al hilo de la nueva situación internacional imperante. Huyen los primeros de la inseguridad que en las antillas menores ha traído la guerra de independencia norteamericana; con ellos llegan nuevos impulso y capital para el cultivo de la caña. Lo hacen los segundos a causa de la cesión de La Luisiana, o de la revolución de Haití y las matanzas de hacendados blancos que los esclavos  alzados, perpetran en esta parte de La Española. Aportan, además de valiosos contactos comerciales, hacienda y esclavos francoparlantes fieles, que con sus amos deciden proseguir aquí su tradicional industria del azúcar y el café, mientras se hunde el hasta ahora competidor mercado haitiano que atrás dejan. Pero llegan también a Cuba y Puerto Rico españoles y criollos de elevado poder adquisitivo y social que se alejan del caldo de cultivo preindependentista que palpita en el mundo continental novohispano; vienen a invertir sus haberes en esta su nueva tierra de adopción. Liberalizado el comercio durante el reinado de Carlos III (1765), se crea con las inversiones de los recién llegados y sus parientes peninsulares la Real Compañía Barcelonesa de Montserrat,  que acapararía un elevado porcentaje de las mercancías que iban a fluir de o hacia la isla, con nuevos puertos peninsulares autorizados para el contacto, pero también desde y hacia otras naciones y colonias.

Muchos de los ingenios azucareros trabajados durante generaciones por afroamericanos  libertos o no, pero tradicional mano de obra para las plantaciones de caña de azúcar y sus derivados, sobre todo tras la abolición de la esclavitud, iban a engendrar en su derredor verdaderas unidades sociales que bajo forma de poblados o rancheríos animistas, capilla medular incluida, cristalizarían mas tarde en forma de pueblos diseminados por resguardos y laderas estratégicas del paisaje, característicos del agro caribeño.

Hoy el San Juan histórico, conocido familiarmente como “el viejo San Juan”, es uno de los Patrimonios de la Humanidad, y representa una rica muestra del hecho cultural español en América. Decano sin duda, en el algoritmo cultural norteño que actualmente conocemos como Estados Unidos de América.