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Contexto Histórico de Santo Domingo (actual República Dominicana) – IV

Nuevamente la cambiante política europea de pactos y acuerdos coyunturales enfrentan a España e Inglaterra. Esta vez con Holanda como aliada. El Almirante Sir William Penn (padre del fundador cuáquero de Pennsylvania) y su escuadra, intentan tomar Santo Domingo para la tambaleante Corona inglesa ahora bajo la bota puritana de Oliver Cromwell (1655), quien más tarde le degrada y destierra con su familia a Irlanda. Con una escuadra de 34 barcos y 13.000 hombres de guerra, con táctica parecida a su predecesor Drake, despliega Penn sus  naves frente a las murallas de la ciudad, mientras desembarca en las playas de Nizao (a 50 km al oeste de la capital) a sus infantes bajo el mando del general Robert Venables. Pretende completar por tierra un cerco en abanico que irá apretando progresivamente. Pero antes de cerrarse el nudo corredizo que puede ahogarla, recibe su Gobernador Conde de Peñalba de manos de algunos estancieros, noticias sobre el posicionamiento del enemigo y su avance hacia la capital. Ha comenzado el cañoneo sobre Santo Domingo que se defiende con la artillería fija de sus baterías, mientras los 2400 efectivos de fusileros, arcabuceros e infantes han ido a emboscarse en el camino que ha de tomar la tropa inglesa. El primer contacto pugnaz es terrible para los británicos, copados por un fuego cruzado de arcabuces y mosquetes. Cubren precariamente una retirada que Peñalba no persigue, dejando el campo inglés con más de 1000 cadáveres. Debe volver para apostar sus hombres sin demora en el recinto murado rellenando huecos en troneras, barbacanas y brechas donde las hubiere. Todavía los infantes ingleses en franca retirada hacia su punto de embarque, serían lacerados por partidas de estancieros que con  peones y bastimentos  persiguen a caballo las desordenadas  tropas que se cobijan en la costa. Mientras las andanadas de sus cañones, baten inútilmente las murallas de Santo Domingo, William Penn recoge con sus pataches los últimos soldados de la playa donde abandonan armas, banderas y heridos que acogidos en San Nicolás de Bari, serían más tarde católicos bautizados. Leva anclas la Armada a los siete días de su arribo, reconociendo así la propia derrota ante Peñalba. El mismo Peñalba (1652) que con nutrida flota, había limpiado La Tortuga de piratas, bucaneros, y filibusteros, pertinaces hostigantes de haciendas, ganados y plantaciones de La Española por más de medio siglo. Y el mismo Penn que tras ser rechazado de La Española, tomará la semipoblada isla de Jamaica sin un solo disparo, rendida la isla ante su propia indefensión (1655). También allí conocería la ciudad Villa de la Vega apreciando la maestría constructiva de sus edificios en piedra, tan lejanos a ese hacer de madera pintada o ladrillo cara vista, que conocía de las colonias británicas del norte. Pero la aventura jamaicana, en nada aliviaría su mazmorra de la Torre de Londres y el posterior destierro irlandés que le aguardaban.

Los descendientes de los usurpadores hugonotes y esclavos con el apoyo de su metrópoli, van a invadir la parte española de la isla (1673).Una época turbia de réplicas y contrarréplicas se abate sobre Santo Domingo con sus vientos de miseria. La ciudad llegará a cobijar 1800 habitantes, de los que apenas queda una docena de familias criollas blancas entre ruinas renacentistas y un mar de bohíos entre solares  de escombros. En 1746  añadirá a su bagaje arquitectónico un magnífico Cuadrante Solar frente al Palacio de los Gobernadores, único aporte ciudadano durante un aciago siglo. Los Derechos del Hombre hijuelo de la Revolución Francesa, explota en revolución antiesclavista de negros que iban a borrar a los estancieros blancos de su segmento insular de La Española, que llamarán en adelante Haití, otra acepción taina de la taina Quisqueya.  El azaroso siglo XIX  y mas reposado siglo XX, con sucesivos cambios de pabellón en las entenas de sus mástiles patrios, poco iban a significar en aporte de haberes a la ya cuatricentenaria Santo Domingo.

La extinción de los indios tainos percibida tras cinco generaciones de convivencia con los europeos y africanos incorporados a su isla, borró su presencia física pero no la étnica, diluida ésta en el crisol de razas que convivieron en Quisqueya. La experiencia americana había de alear mediante fusión íntima de sus sangres, a los tres actores del drama, como tal vez nunca el previsor Ovando llegó a intuir. A esta desaparición de los indolentes tainos no fue ajena la carencia entre sus guerreros de mujeres por las que luchar para vivir y vivir para luchar, cuando apenas les eran fieles sus últimas y desdentadas abuelas cobijadas con ellos en la selva. Las jóvenes preferían a los activos y solícitos blancos frente a la apatía del indio, y con ellos se amancebaban fuera de sus “repúblicas” y poblados, llegando a formar verdaderos serrallos. Allí sus mestizos vástagos pasaban a engrosar la dominante sociedad blanca, identificados plenamente con su progenitor. Esta íntima herida debió suponer una estocada definitiva para la humillada varonía taina, que en los últimos estertores de su ya libre vida, alcanzó cifras desorbitadas de suicidios. Este fenómeno ya detectado y modernamente estudiado para indígenas de Tierra Firme, parece repetirse como trágico destino en el devenir a la aparente nada de los indios taínos en la sociedad actual. Aparente, que no real, porque la genética revela la solapada pero contundente aportación de las madres indias

La presencia de negras esclavas o libres entre hacendados blancos, iba a añadir una nueva tinta al fundente crisol de metales físicos y emocionales que amalgarían la futura sociedad isleña. La paciencia de su etnia, su emotividad, zalamería e irresistible lascivia de sus mujeres, iban a generar en sus vientres una creciente presencia de hijos mulatos. Este mulato “hijo del amo”, algo dueño, algo esclavo, se convertiría andando el  tiempo en el mejor capataz de aquellos hatos con peones de su propio color. El dueño de la estancia  era para ellos “mi apá”, con el beneplácito consentido de las dueñas, blancas o no. Y en este campo de siembra, << el semen de España cayó sobre las indias, las negras, las españolas…y no hizo distinción al elegir sobre quien debía caer la responsabilidad de echar a andar un mundo >>… nuevo. Prolegómenos de una sociedad mixta hacia la que asintóticamente convergemos a futuro las generaciones de hoy.

Hoy, la ciudad de Santo Domingo, heredera puntual de este ensayo humano, ha rescatado gran parte de su patrimonio histórico, orgullo de su pasado y de las gentes que en ella han sabido crearlo y conservarlo, superando invasiones y crudas privaciones. El legado histórico y cultural que aporta esta ciudad verdadera Cuna de América y Patrimonio de la Humanidad, es un retablo de aquella austera arquitectura castellana de la época virreinal que dejaron sus primeros blancos. Su patrimonio, es sin duda orgullo de 500 millones de seres a él vinculados por un pasado y cultura comunes, pero también rehén ante el mundo del propio valor que atesora.

 
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Contexto Histórico de Santo Domingo (actual República Dominicana) – III

En 1579 se crea la armada llamada Galeones de Santo Domingo, dos naves con su patache de aviso para vigilancia de los mares y pasos de las Antillas y costas del Yucatán hasta La Florida. La proliferación de piratas dificulta el comercio de ultramar. La Flota de Indias que cada año leva anclas de La Habana hacia Sevilla, navega custodiada por la  Armada del Mar Océano. Cuando regresan al Caribe, la Armada permite a la altura de Guadalupe desviarse  a las naos que han de enfilar las costas de Tierra Firme o las Islas de La Española y Puerto Rico. Es allí cuando los Galeones de Santo Domingo entran en su función de guardas del mar. Debidamente controlados los cabos y resguardos de su singladura, arriban a Santo Domingo dos naos merchantas con las mercancías que vienen de Sevilla. Traen jabones, vinos, harinas, telas, perfumes, fármacos, papel, aperos, clavazones, tijeras, aceite. Y se llevan azúcar, cuero, sebos, jengibre, tabaco, cañafístola, rumbo a La Habana. Allí se reunirán con las demás flotas virreinales para, pasada la época de tifones, enrumbar nuevamente sus proas hacia España. Las Real Hacienda no llega a cubrir la creciente demanda de servicios que requiere la isla. La economía deficitaria de La Española que no sufraga sus gastos de defensa, no podría sobrevivir si no aportara la Nueva España de Cortés en forma de Situado Virreinal, el déficit que su Hacienda no alcanza a cubrir. Siempre en demora el Situado, las defensas pasivas de la isla se resienten, y sus hombres de guerra, municiones y armamentos, también.

Los piratas de La Tortuga atacan repetidamente Santo Domingo que a duras penas subsiste por sus medios, con menguados y esporádicos aportes de las arcas reales. Los estancieros y ganaderos del litoral, conocen lo que la presencia de velas cercanas significa: contrabando que compra o vende carne, ya sea negra de esclavo para dejar, o roja de res para llevar. Un soberbio negocio que no paga impuestos. Pero si no hay impuestos, no alcanza el presupuesto urbano. Y entre las partes del fraudulento trato, incluso demanda hay que nunca paga: los piratas, que hacen el negocio perfecto. Llegan, amedrentan o matan, capturan o roban el ganado que encuentran al paso y se van: todo gratis. Los mismos hacendados factores de contrabando, también saben lo que es huir a los montes cuando las velas aparecidas no son las propicias. Pero la leyenda de la magnifica Santo Domingo con sus edificios de ensueño, retablos flamencos y cálices de oro, perdura por generaciones en Europa. Drake (1586) se presenta con una flota de 23 navíos y 8000 hombres de mar y guerra, que pasa frente a la ciudad enarbolando enseñas de Portugal, aliada monarquía que a la sazón convive bajo la corona de Felipe II. Antes de corsario ha sido traficante negrero junto a su mentor John Hawkins, y es por tanto un hábil conocedor del juego. Amaga un fondeo frente a la ciudad, maniobra de distracción que permite valorar desde la costa su gran poder en potencia de fuego y hombres; pero pasa luego de largo y desembarca su gente en las playas de Haina, diez millas al oeste, lejos de miradas indiscretas. Trata de coparla por retaguardia en una operación envolvente rápida, sin que escape nadie. Tarde descubrirán los confiados ciudadanos la impostura: cuando no queda tiempo ya para defensa alguna. En un mar infestado de “perros del mar”, conocen también los dominicanos las reglas del juego y huyen antes de que las picas inglesas asomen por encima de sus muros.

Tan formidable Armada viene financiada por la hermandad de corsarios de Plymouth y Southampton, sindicato auspiciado por la propia reina Isabel Tudor y  colaboradores allegados, que arriesgan en comandita un dinero que esperan multiplicarlo en ganancias. Como todo inversor. También Drake es hombre del Renacimiento: un caballero de buenas maneras que domina el español, luego de sus años de paje en la corte ducal de Feria en la extremeña Zafra. Pero no ha empezado bien un negocio que para mayor rédito del capital invertido debería ser rápido; y que sin embargo va a prolongarse en semanas de negociación entreveradas de locuaces chalaneos, fintas dialécticas, regateos e histriónicos desplantes.

La ciudad contaba en esos momentos con 500 arcabuceros, 100 dragones, 18 cañones y sus artilleros, más una milicia indígena, escasa pero letal con sus flechas envenenadas. Pero ante la magnitud del enemigo solo queda la huida. Así lo cree su Gobernador, y la mayoría urbana abandona la ciudad y se interna por los caminos que se pierden entre la manigua en busca de haciendas lejanas, ocultas. Drake planta su cuartel general en la catedral, recibe parlamentarios y recorta plazos. Comienza la destrucción programada de templos y conventos, no sin antes esperar a que la soldadesca acabe su trabajo de saqueo y quema sistemática de imágenes sagradas, ornamentos y retablos. Degüellan a dos ancianos dominicos que se niegan a abandonar el convento. Destapan tumbas buscando joyas, cargan con vasos sagrados, campanas y cañones, vacían los depósitos de la Aduana, incorporan a su flota los barcos del puerto. Y Drake sigue la quema de edificios presionando voluntades para alcanzar la capitulación que fije el monto del rescate, a cambio de conservar el patrimonio. Hace instalar en la Plaza Mayor una ostensible balanza con la que piensa calibrar el monto del pago en especias. La Merced, San Francisco, Santa Clara, Santa Bárbara, las Reales Casas de Gobernación y Audiencia, San Nicolás de Bari, Dominicos, van cayendo día a día bajo la tea incendiaria. Y, por fin, comienzan a llegar, tímidas, las primeras joyas y prendas que deben ser tasadas. Salvadas apresuradamente por algunas damas fugitivas, sirven ahora para rescatar al menos parte de esa ciudad que no han sabido o podido defender sus hombres. Cuando se cubre la convenida cifra de 25.000 ducados-oro, el pirata inglés fiel a su palabra leva anclas y enrumba hacia otra costa. Después de más de un mes de saqueo, parten diez de sus galeones con el botín hacia Southampton. En el curso de la contienda europea, Calais había caído en manos españolas, y decenas de barcos de este puerto y de Dunkerque navegaban en corso para Felipe II por el Canal de la Mancha. Los galeones del tesoro de Drake nunca llegarían a destino: iban a caer en manos de una flota corsaria de Calais, que restituiría al rey español gran parte del tesoro. Drake, ajeno a la suerte seguida por sus galeones de Calais, iba a proseguir por costas caribeñas el saqueo, la extorsión y la fiducia, según la ruta convenida con los síndicos socios de su Isla madre. Detrás deja en Santo Domingo ruinas, edificios que fueron emblemáticos, fachadas esculpidas en piedra, arbotantes góticos, bóvedas de crucero, arquivoltas conopiales, canecillos labrados o los colores de las vidrieras rotas, diseños todos desconocidos para la América no hispana hasta siglos después, esa América adscrita al corsario que ahora la desbarata. Y la dolorosa pérdida de valiosos archivos documentales de la primera ciudad y del primer establecimiento europeo, por genuinamente hispánico, de ultramar: un modelo que sería propagado por las Indias, Filipinas y otros enclaves de Asia y Oceanía, tras fatigas humanas incontables. Tras la destrucción, quedará establecido un sistema de aviso mutuo entre los puertos, mediante pataches que notifiquen las emergencias a la autoridad real de las islas. Es todo cuanto la Hacienda Real puede aportar en la presente coyuntura para sostener la colonización de la preciada pero deficitaria Adelantada de América.

Con el desastre, iba a sobrevenir un largo y penoso período de convalecencia. Habíanse abandonado por dificultades de explotación los yacimientos auríferos halladas durante los primeros tiempos de la conquista en Haina y La Vega, y no habían aparecido otros filones minerales donde aventurar nuevas inversiones que los banqueros de Hamburgo o Sevilla estaban dispuestos a financiar. Solo agricultura y ganadería contaban para potenciar el bienestar y los presupuestos insulares.

Frente a la presión pirática en aumento, muchos estancieros abandonan la costa oeste de La Española y tratan de exterminar al no poder coparlos, aquellos ganados cimarrones que pastaban libres por los campos. Incluso se mandan destruir algunas ciudades del norte con mas de siglo y medio de fundadas por ser consideradas polos de atracción del contrabando. Contábanse en aquellas costas más de 200 hatos de 10.000/12.000 y más reses, incluso una rica viuda había que poseía un hato con 42.000 cabezas de ganado. Pero también había otros hatos de cerda, caprino y ovino. El despoblamiento costero iba a convertir a los indeseables bucaneros que venían cazando  reses para cuerear su piel y salar cecinas, en afincados ganaderos. Comienzan a instalarse en la despoblada costa en sustitución de los estancieros idos, reponen ganado con nuevas depredaciones en otros pagos, y siguen su negocio libre de impuestos. Son hugonotes franceses rebotados de su católico terruño, aventureros de toda laya hermanados en el delito, sin patria, credo ni ley, que por los avatares de la política europea, serán apoyados por la propia metrópoli que los vomitó. Vienen a tomar tierra desde La Tortuga, Isla de Pinos, Martinica, como bandada de zamuros cuyo vuelo cae sobre res muerta en el campo. Más tarde sus descendientes y esclavos van a constituirse en nación, y entablar cruentas guerras contra los herederos de quienes habían puesto a valer aquellas tierras.