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Contexto Histórico de Veracruz – V

  Figura  13: Derrotero de la Flota de Nueva España y sus cagafuegos de guarda

 

Antes de 1554, la incipiente producción de metales preciosos de Nueva España, había obligado a la Aduana de Veracruz a fletar bajeles de cabotaje desde La Habana, custodiados en su viaje de regreso por dos galeones de la Marina Real. Era un primer esbozo de comercio con la metrópoli, teniendo a Cuba como parada y fonda. A partir de 1564 se establece el sistema anual de dos flotas merchantas que parten de Sevilla hacia Veracruz o Flota de Nueva España y hacia Cartagena de Indias o Flota de Tierra Firme, llamada también de Barlovento. Estas flotas partían en distintas épocas del año para desembarcar sus mercancías en los puertos asignados, montar sus ferias, y confluir de regreso en La Habana una vez concluidas estas. De allí regresaban a Sevilla, protegidos hasta las Azores por los poderosos cagafuegos de la Armada de Barlovento, relevados por los de la Armada de la Mar Océana hasta destino. Los galeones de la plata eran los encargados de portar en sus vientres el preciado metal, que bajo la forma de impuestos, situados virreinales o pagos de mercancías contratadas, cruzaban el Atlántico en ambas direcciones. Dos meses largos tardaba la Flota de Nueva España en cubrir sus 820 leguas de singladuras, desde su salida al mar atlántico por el Guadalquivir, hasta su arribo al peñón de Ulúa. Como si de una procesión ritual se tratase, iba cumpliendo su derrota etapa tras etapa, emitiendo en los pasos costaneros de Canarias, Dominica, La Española, Jamaica, Yucatán y Ulúa, los pertinentes buques de aviso para activar alertas de guarda en los puertos clave del recorrido, y prevenir de celadas corsarias los estrechos antillanos o sus comisuras isleñas.


En el tiempo de flota de 1568, se aguardaba en Veracruz la llegada del nuevo virrey Martín Enrique de Almansa, tras el aviso de arribo de los galeones con su manufactura europea. A la espera de sus velas, aparecieron otras cinco de barcos con banderas y grímpolas de Borgoña, que iban a fondear junto al peñón de Ulúa. Era la flota corsaria de Hawkins y Drake que con su exitosa añagaza sorprende y captura la guarnición del presidio insular. La vigente tregua con Inglaterra le ha librado de sospecha, y las baterías del fuerte isleño no abren fuego sobre la incierta flota arribada. Una población de 200 vecinos, establecida unas millas al norte, en la Antigua Veracruz de tronco y tablas, es asaltada por la turba pirática que se derrama por los arrabales desvalijando cuanto edificio alcanza. Pero hete aquí que, durante su febril ajetreo, es sorprendida la horda por una incrédula Flota de Nueva España y sus galeones de guarda, que rinden su arribo anual a Ulúa con algunos días de retraso.


Inglaterra, era nación de segundo orden todavía, basada su presencia comercial atlántica en el tráfico negrero con Iberoamérica y los golpes de mano sobre puertos indianos desprevenidos, además de una pequeña red comerciante con puertos del Canal y del Báltico. Carecía aún de la poderosa maquinaria propagandista que sacaría a la luz estos lances, magnificados y exaltados luego, soslayados entonces. Ninguno de sus intentos coloniales americanos había a la sazón fructificado, acabando todos en desoladoras hambrunas y coloniaje fallido. Solo la guerrilla marítima, capitaneada por marinos de élite, rentaba beneficios extractivos de la nación dominante y su comercio. Zarpazos aislados sobre naos merchantas, haciendas costeras o enclaves anónimos, incluso en tiempo de tregua como el presente. So pretexto de venganza, por la exclusión de la americana herencia del padre Adán, que el Papa Alejandro VI proclamara en detrimento de Inglaterra y resto de la Europa expectante, eran el corso y el contrabando dos inversiones rentables para la Corona Tudor. Isabel desplegaba sus fuerzas políticas contra el Rey de España, y procuraba arrebatarle los tesoros que extraía de las Indias occidentales, fuente de aquel poderío que hacía a Felipe tan formidable, nos recuerda David Hume. Ya veían los ingleses con envidia los progresos de los españoles y portugueses en las dos Indias… y era una felicidad que la guerra abriese una perspectiva a la ambición y codicia de los ingleses… Un engranaje de corsarios, apoyados por su sindicato de Plymouth que rentaba capturas como capital financiero, iba a gestar en apenas un siglo la formación de una verdadera flota para Su Graciosa Majestad. Los panzudos galeones españoles de mayor arqueo y lento andar, diseñados para navegar lastrados con 300 toneladas de tara mínima, de manufactura robusta para vientos largos y singladura oceánica, contrastaban con los barcos ingleses hechos para vientos costeros y virazón ligera, ágiles y maniobreros cuanto carentes de capacidad de carga, de porte mas apto para la pesca, el bojeo o el golpe audaz, que para el comercio atlántico de altura. Barcos ligeros, capaces de poner millas de por medio una vez cumplido cualquier pugnaz cometido, resultaban incapaces en cambio de remontar el Cabo de Hornos, hasta que lo doblara en solitario el propio Drake (1578). Con su nave capitana de 70 toneladas, luego de haber perdido la flota en el intento, lograría al fin superarlo. Había pasado medio siglo desde que Francisco de Hoces lo vislumbrara por vez primera (1526), cuando navegaba con Loaysa y Elcano rumbo a las Molucas. Eran tiempos de incipiente artillería a bordo, prácticamente ausente en barcos menores, que acusaban su peso y retroceso al disparo, con escora súbita por andanada, guiñadas de arribada, y distorsión del rumbo. Era por ello que el cañoneo de banda hacíase a barco acoderado, lo que equivalía a fondearlo, contrapesarlo y afirmarlo mediante tornapuntas o amarres supletorios a las cadenas de ancla. Se ablandaban así los bandazos del retroceso, y evitaba el cruce del rumbo con el barco avante, bajo los pulsos laterales de cada salva artillera. Tanto más cuanto mayor fuera el número de cañones por banda y el calibre de sus bocas de fuego. Solo cañones por proa o popa, herencia de las galeras mediterráneas, podían ser disparadas sin perturbar el andar del buque. Las piezas de a bordo, lo eran normalmente de sitio, ya culebrinas de gran distancia, cañones de media o pedreros de corta pero efecto metralla. Destinadas todas a desembarcar para emplazarse en tierra como artillería de campaña, útil para acosar plazas o despejar el campo a los infantes. La guerra en el mar propiciaba, por tanto, barcos de alto bordo y encuentros al abordaje, cuerpo a cuerpo entre tripulaciones enemigas. Era táctica preferida el cruce por avante del rumbo enemigo, virada final a rumbo de colisión, y descarga fusilera en ángulo ventajoso previa al impacto de cascos. Tras abarloar y fijar garfios, buscaban las turbas encrespadas, espada o hacha en mano, daga en boca, la carne enemiga.


Pese a la recíproca sorpresa del fortuito encuentro en el surgidero de Veracruz, la reacción de los recién llegados iba a ser más rápida que la flota corsaria. Siguiendo el protocolo de arribo, los galeones de guarda, pese a encabezar la comitiva naval, permanecieron en facha hasta que las naos merchantas hubieron trincado amarras en las argollas de Ulúa. Tiempo suficiente para calibrar desde sus cofas, el panorama táctico que se propiciaba. Terminada la maniobra, en derechura, a fuego de fusilería y pedreros de alivio, aproaron los cagafuegos al surgidero, dándoles andar con sus velas desplegadas. Barridas las cubiertas enemigas, caen al asalto sus infantes sobre los buques más pesados y arrancada lenta, quedados aún tras su presuroso izado de anclas, largada de amarras, ajuste de escotas y perezoso avante. Perderán en el lance los ingleses las ¾ partes de sus hombres y más de 1000 toneladas de la carga depredada en su periplo caribeño. En pleno zafarrancho, el joven Drake se escabulle en su ligero patache de solitario cañón en proa, tras su pariente Hawkins, capitán de flota, que lo hace en nave similar. Con los bordos astillados por los impactos de bolas de piedra, las velas desgarradas y atiborrado de tripulantes ajenos, Hawkins trata de maniobrar su escapada en medio de cerradas descargas fusileras desde el alto bordo y puentes enhiestos de los cagafuegos: sería el suyo el otro buque que iba a zafarse de la refriega. Ambos dos escaparon por el escaso arqueo y corto calado de sus naves, levando anclas prestamente y aproando al paso de aguas someras junto al cantil del islote de Ulúa, a todo trapo, en medio de una granizada de pelotería y palanquetas. El deshonor de esta huida rumbo a Plymouth, iba a marcar muchas de las actuaciones venideras de Drake, que buscará venganza para restañar su herida reputación tras el lance veracruzano. Hawkins, impedido de navegar en su astillada urca con tan sobrado pasaje, opta por desembarcar la gente superflua en la propia costa huasteca. Prometerá regresar con nave suficiente para retornarla a Inglaterra. Pero informado el Tribunal de la Inquisición de Pánuco, mandará rastrear el litoral en busca de aquellos luteranos sacrílegos que habían hollado símbolos y ministros católicos, profanando iglesias, robando sus vasos sagrados y desbaratando la feria. La Antigua Veracruz, montadas ya sus casetas comerciales, habíase despoblado como tordillos en desbandada bajo un disparo fortuito; pero pasada la estampida, iban a retornar al reclamo mercantil de sus haberes. Los herejes abandonados en la costa, serán capturados, sometidos en México a tres Autos de fe, quemados vivos varios, apresados temporalmente otros, mandados a galeras de por vida alguno y alguno más, mimetizado entre nativos, moriría según parece de malaria o descuartizado quizá por los chichimecas. Hawkins nunca regresaría a buscarlos.


Felipe II presionaba entonces en el Canal de la Mancha, donde cernía sobre Inglaterra la sombra de sus Tercios de Flandes respaldados por poderosa escuadra. Los ingleses, arrinconados en su isla como en un bote solitario, veían caer sobre ella la sombra de un gran bajel, nos dirá Chesterton analizando aquella hora. Los estrategas de la reina multiplicaban los ataques a puertos y navíos españoles tanto en aguas peninsulares como americanas, a fin de mantener alejadas de Albión las naves enemigas, factores del transporte y desembarco de los Tercios que temían. El corso inglés enfilaba sus rodas hacia el poniente pese a ser tiempo de tregua. Drake y Hawkins se harían famosos aquellos años en su isla por los lances predatorios contra las posesiones del Imperio Español. Una atronadora propaganda antipapista de consumo interno, se conjugaba con la necesidad de sacar pecho en contrapartida de la angustia que vivía el reino, de costas frecuentemente irrespetadas. Eran años difíciles para Isabel I Tudor, cabeza de la cismática iglesia anglicana, con una incómoda oposición católica en propia isla, mientras el rey español maquinaba su ruina. Sabedora del peligro en ciernes y la estrategia de sus consejeros, la reina no lo piensa dos veces, y en Plymouth visita la nave de un Drake exultante tras su vuelta al mundo, le sienta a su mesa y le arma caballero (1581). Ello pese a las protestas del embajador español que pide la cabeza del pirata, y que logrará la restitución de la mitad de los daños declarados por su embajada. Ganará la reina un aliado más para su causa y el afianzamiento de su cetro. Pero Su Graciosa Majestad se equivocaba en la valoración personal del nuevo Sir, porque el que era magnífico navegante de altura y estratega en corso, iba a resultar flaco capitán de grandes armadas, lo que habría de traerle a él y a su reina más de un sonado descalabro, celosa y oportunamente silenciado en su isla.


En la década de 1580, Felipe II había visto anexionada la materna Corona de Portugal a la suya paterna, y el Imperio heredado de Carlos V de Habsburgo cobraba con ello proporción universal. El sector calvinista de Holanda, en rebelión contra su legítimo y católico rey Felipe de Habsburgo que lo era también de España, iba a multiplicar junto a su aliada Inglaterra, los ataques de los desheredados de Adán, sobre las dependencias portuguesas de ultramar los corsarios holandeses, y españolas los corsarios ingleses. Era una tenaza de dos potencias emergentes, ávidas de tierras anexas a sus rutas comerciales, que parecían ser óptimas para competir comercialmente con la dominante España. Ante la nueva política, la fortaleza de San Juan de Ulúa se amplía y mejora. Fuera de sus muros, se levantan obras complementarias como la alcaldía y la iglesia propias, casa para los marinos de los galeones y galerías para estibadores y cargadores negros. Dentro del recinto murado, se instalan Aduana, cuarteles de tropa y almacenes de mercancía, a cobijo de sorpresivos ataques, en tanto se madura la idea de una Nueva Veracruz afincada en Buitrón.


Es a finales del decenio cuando Felipe II decide invadir el reino hereje de la belicosa y falsaria Isabel, atacante perpetua de las costas y naves hispánicas, en épocas de tregua, sin declaración previa de hostilidad, cuando sus flotas hibernaban al ancla con tripulaciones de retén. Desde los Países Bajos, cerca de 250.000 hombres de guerra y apoyo entre caballería, escuderos, artillería y hospitales de campaña, zapadores, artificieros, pontoneros, infantes, fusileros, ayudantes, intendentes, esposas, criados, meretrices y apoyos civiles de los Tercios de Flandes bajo mando de Alejandro Farnesio, Duque de Parma, el primer general de su siglo, se aprestan a embarcar. Serían transportados por 130 galeones, veinte carabelas y diez fustas de seis remos cada una. Felipe el minucioso, lo tiene todo preparado. La Gran Armada hispano-portuguesa, se apresta a cruzar con aquel pueblo de Dios el Canal de la Mancha, para soltarlo como plaga de langosta sobre la costa inglesa. Allí moran no más de tres/cuatro millones de seres, familias cuarteadas por la intransigencia dogmática de la Reforma luterana, martilladas en todo tiempo sus meninges por terrores panfletarios. Pasquines y billetes con dibujos mostrando los horribles instrumentos de tortura con que venía cargada la Armada de España, nación fanática e imperiosa, para torturar ingleses, según la abundante información gráfica que corría de mano en mano. Isabel pedía un esfuerzo supremo al pueblo inglés, para que aprontasen buques para reforzar su flaca armada, y luchar contra 50.000 infantes veteranos, dirigidos por oficiales de consumado mérito, ante los que no podía compararse en fuerzas navales, ni en número, disciplina, fama, experiencia, ni valor de sus tropas, nos recuerda David Hume en un alarde de sinceridad. El peligro que se cernía sobre la Pérfida Albión, era demasiado grave y real. Si el desembarco triunfaba, el humillado y perseguido católico isleño podría esquilmar como primera langosta del reino sus campos, sementeras, ganados y ciudades en propio reflujo de marea interna, pero proclamado a priori como apoyo al católico invasor. El inesperado desenlace del encuentro entre ambas Armadas, y el azar meteorológico del Canal, iba a conjurar el peligro. La Inglaterra anglicana pudo finalmente expeler de su pecho la respiración contenida. La devastación insular por los Tercios de Flandes y su universo gregario, habíase por el momento aplazado.


Tras un par de escaramuzas previas entre barcos que toman posiciones a barlovento (1588), el embravecido suroeste arbolará una mar que obliga a correr el temporal a la Armada española, anulado su resguardo costero a sotavento. El hecho de haber aterrado los barcos a la costa flamenca para embarcar los Tercios, habíase convertido en trampa mortal bajo la virazón del viento. Estrechaban las olas sobre los barcos ibéricos su cerco rompiente contra el escarpe costero, sin haber embarcado aún tropa alguna en sus playas. So pena de embarrancar y ajustando trapo, irán librando ceñidos por estribor sus escollos y promontorios, ganando braza a braza el resguardo vital de la costa y su calado. Rumbo N-NW tratarán de circunvalar Britania por aguas desconocidas y mal cartografiadas, para escapar seguidos un buen trecho, siempre a calculada distancia, por algunos barcos ingleses, pequeños navíos escorados por el peso de los cañones matiza Chesterton, que se aventuran entre aquellas olas. Lascarán escotas los perseguidos para propiciar el alcance bélico; lascarán escotas los ingleses para evitarlo: a enemigo que huye, puente de plata, dice un refrán que sabiamente aplican. Huyen los españoles del temporal, no de los enemigos. Como los atenienses en Salamina, tratan Lord Howard y sus capitanes de confirmar el alejamiento infinito de la legendaria flota de Jerjes. No vaya a ser que amaine la furia desatada y les dé por volver… Pero no amaina, y los barcos españoles irán cayendo desperdigados por acantilados y playas escocesas e irlandesas, en tanto los ingleses van guareciéndose en puertos propios a medida que el viento arrecia. Se sospecha hoy que trataron algunos de salvarse entrando de arribada forzosa en fiordos noruegos, donde han aparecido, no ha mucho, pecios ibéricos de aquella época por investigar. Regresarán los supervivientes a Santander, La Coruña y Lisboa, aún con velas rizadas de tormenta o aparejos de fortuna y tripulaciones diezmadas que traen mortal pestilencia a los puertos de acogida. Había concluido quizás el mayor riesgo existencial de Inglaterra como nación histórica. Lo que tenían enfrente era el imperialismo en su sentido más complejo y colosal, algo inconcebible desde los tiempos de Roma. Era sin exagerar la civilización misma. Fue la propia grandeza de España lo que supuso la gloria de Inglaterra… nunca podremos volver a ser ni tan pequeños ni tan grandes, confesará de su patria en aquella hora desesperada, que también vieron los siglos, Gilbert K. Chesterton en su Breve Historia de Inglaterra. Una forma humana de auto empequeñecimiento para multiplicar el efecto-éxito de su pueblo. A la par que legítimo orgullo patrio por haber superado con bien aquellas endiabladas termópilas. Y el eco de sus tambores de inesperada por sorpresiva gloria, siguen repicando aún en Albión.


Ciertamente otras horas desesperadas aguardaban al pueblo inglés durante el reinado de Isabel I, excomulgada por Sixto V, que había absuelto a los ingleses de su juramento de obediencia a la reina. El enfrentamiento España – Inglaterra era por aquellos años una suerte de pelea entre perro grande y perro chico, donde frecuentemente el chico se escabullía entre las patas del grande, aunque no sin astucia ni decisión. Tal cosa aconteció con el desastre de la Gran Armada, cantado cual inmarcesible gloria propia por los ingleses hasta el hartazgo, a la vez que convertida en leyenda con moraleja por su doble liberación nacional del Imperio Habsburgo y del Papado. Justa réplica al espíritu de cruzada que Felipe II y el Papa habían impreso a la Batalla de Inglaterra. Y tal cosa parece repetirse en 1596 cuando otra poderosa Armada española en ruta hacia Albión es herida y dispersada frente a El Ferrol por una de tantas galernas que baten el litoral cantábrico. Y en 1597, que repite en trágico ritornelo otro revés naval, esta vez frente al cabo Lizard, cuando un furibundo Eolo desbarata el nuevo desembarco español que atenazaba Cornualles. Su configuración insular vino a garantizar su existencia como nación, apiñada en torno al nacionalismo y su intransigente iglesia anglicana, que acabaría poniendo en fuga de la metrópoli a católicos y puritanos, con su Ley para contener a los súbditos. Dura lex que penaba con cárcel a quien no acudiese al culto público durante un mes, y destierro e incluso la muerte, para los reincidentes. Sed lex, dura también, para quienes se explicasen en términos sediciosos u ofensivos para la reina, (que) serían por la primera (vez) sacados a la vergüenza y se les cortarían las orejas… Ciertos mutis de aquella sociedad isabelina resultan incomprensibles para el observador continental. Entre ellos, el hecho en torno al catolicismo de William Shakespeare, cumbre del teatro moderno, pasando al galope sobre su heredad familiar y social, en los mismos campos que van siempre al paso los jinetes de la historia patria. Incluso con cierto menoscabo contemporáneo, que lo tilda de bárbaro, acepción que haría propia el ilustrado Voltaire y su troupe, siglo y medio más tarde.


Pero no era ciertamente este perro chico la mayor preocupación del Rey de España, sino el terrible Dogo Otomano, cancerbero de cincuenta cabezas, que no ha mucho había sitiado por segunda vez a Viena, y que gruñía y mostraba de nuevo los dientes ante el incómodo vecino. Constreñido en el Mare Nostrum, sin poder acceder al Atlántico pese a su vocación marinera, era una secular refriega la que España y sus itálicos aliados mantenían contra los bajeles de la media luna estrellada, vetando su salida al Atlántico. Era demasiado poderoso aquel otro Imperio del Este, para osar Felipe II invadirlo, como habíalo intentado con la Pérfida Albión. No habían pasado veinte años desde la victoria sobre sus galeras en Lepanto, y de nuevo los Bey y Dey otomanos, junto a otros príncipes tributarios de enseña roja, asomaban al Atlántico sus velas. Para acosar esta vez, no solo a la Flota de Indias, sino a todo enclave donde cautivar cristianos que vender en los zocos esclavistas de Argel, Orán, Tremecén o Bugía. Miguel de Cervantes, tres años prisionero en Argel, lo sabía bien. En contrapartida, el Rey Prudente solo había acertado a plagar su costa meridional de atalayas, alarma perpetua de las velas berberiscas. Los frailes mercedarios conseguían, entre tanto, los dineros exigidos para urdir nuevos rescates de cristianos. Y esta tensa convivencia mediterránea lastraba, como una pesada losa, las arcas de la Corona. Había iniciado el Imperio Otomano, una escalada de ataques turco-berberiscos, que presagiaban nueva yihad para reconquistar Al Ándalus, con el apoyo oportunista de Francia y Holanda, competidoras y enemigas de la hegemonía hispánica.


España arrastraba el lastre político, aunque económicamente rentable, del islamismo solapado en Las Alpujarras, región montaraz de la morería andaluza, no purgada por los Reyes Católicos tras la toma de Granada y su pactado bautizo cristiano. Una peligrosa quinta columna que Juan de Austria, hermanastro del rey y reciente vencedor de Lepanto, había extirpado (1571), expulsando su mayoría al norte de África, dispersando por Castilla al resto, y vendiendo como esclavos a los prisioneros, contrapartida de las capturas berberiscas de cristianos. No pudo en cambio auxiliar a Túnez, protectorado de la Corona española, como tampoco evitar la pérdida de Chipre, donde la ambigüedad de la Republica de Venecia fue causa determinante de aquella merma. Eran eslabones en una cadena de hechos bélicos continuados, con su hito en la toma de Malta, salvada in extremis por las galeras de Felipe II. La isla maltesa era sede de la Orden de San Juan de Jerusalén, reminiscentes cruzados del Temple (Templo de Salomón, Jerusalén) expulsados del Crac de los Caballeros, su bunker en Siria. Punto estratégico de aquellos siglos, era la isla defendida en tierra por sus bravos monjes-soldado y que socorrían por mar España, el Papado y los ducados y repúblicas itálicas, con sus flotas. Su caída en manos otomanas hubiera sido letal para el cristianismo mediterráneo. El evidente liderazgo de España, abierto a todos los mares y continentes conocidos, resultaba un sin vivir para su Corona, que pese al formidable tesoro de sus virreinatos de Nueva España y El Perú, sufrió repetidas bancarrotas de su hacienda. Aplazamientos del pago de su deuda diríamos hoy, externa a mayor INRI, por ser sus fiadores banqueros genoveses y alemanes, que españoles de solvencia no los hubo en aquel siglo.


Tras la debacle del Canal de la Mancha, la conocida explotación del éxito, explicada en cualquier manual de táctica militar al uso, quiso ser esta vez prestamente rentabilizada por los estrategas isabelinos con la que hoy conocemos como Contraarmada inglesa. English Armada para quienes la financiaron. Al año siguiente del fracaso naval español en el Canal, una flota con cerca de 200 velas y 25.000 hombres de desembarco y maniobra capitaneados por Drake, se hace a la vela rumbo a Santander, La Coruña y Lisboa: vienen a destruir la escasa y maltrecha flota enemiga allí refugiada, a la vez que saquear sus posesiones y humillar al diabólico Felipe, el demonio del sur. Cuentan para ello con la flota orangista y el flácido entusiasmo luso, bajo la férula del monarca español. Pero la estrella del famoso corsario flaquea cuando lisboetas y coruñeses responden bravamente ante un primer ataque de quien consideran enemigo de su fe. La inexperiencia sobre la logística de grandes flotas, iba a desacoplar la actuación inglesa, que se vería avocada al desastre desde sus primeros vientos. Por Santander, base principal de acogida y reparación de la Grande y Felicísima pero descuajeringada Armada de Felipe II, ni siquiera verían aparecer sus velas. Cuando los barcos anglo-holandeses navegaban ya en confusa desbandada hacia Albión, serían numerosas las zabras del Cantábrico que iban a salir en su búsqueda, a la caza y captura de naves dañadas o con tripulantes diezmados o enfermos, que no podrían defenderse. Tarde cunde la noticia en la bahía de Santander, que envía galeones a medio reparar y urcas de cabotaje, con tripulaciones improvisadas de marinos y pescadores, tras esas mismas velas que se alejan mar adentro. Más de una docena de ellos regresará a sus bases llevando a remolque su propio bingo. De regreso a Plymouth, la pérdida constatada de 22 barcos grandes y la mitad de los hombres embarcados tres meses atrás, irrita al Consejo Real, en la que supone negligente derrota sufrida en aguas ibéricas por su impertérrito campeón. Cosas que pasan cuando el voluntarismo supera a la realidad. Drake, acababa de terminar su fantasiosa partida de bolos que, según el narcisista oráculo isleño, ni se inmutó en interrumpir cuando le informaron que las velas de la Gran Armada blanqueaban el horizonte. No parecía inmutarle tanta vela al viento que todas las naves llevaban tendidas… la armada avanzaba lentamente cual si gimiera el océano bajo aquella inmensa pesadumbre y no bastaran los fatigados vientos para mover aquella gigantesca mole… en forma de media luna que abarcaba una distancia de siete millas de un extremo al otro… todo un magnífico espectáculo, al decir de algunos videntes. La fanfarronada drakeña, de incierta veracidad pero tópica y tercamente repetida aún hoy en su isla, fue reprimida y apalancada al año siguiente, con sus propios bolos y bolas desbaratados frente a las costas portuguesas. Solo en ellas se estima cayeron 7000 de sus pupilos.


Al pirata Sir Francis le sería denegada toda capitanía de flota durante los seis próximos años. Esta vez no medió en el resultado meteorología alguna. Ni había tregua que tomara desprevenidas las defensas peninsulares, como era moneda habitual en sus campañas. Los estrategas británicos, crecidos por el éxito del encuentro y su restallante nacionalismo, incluidas ignorancia, impericia, munición equivocada, cañones mal fundidos, barcos mal ensamblados, y atraso naval enemigos, nada sinceros, se creyeron su propio relato prêt-à-porter, en clave de consumo interno… válido solo para el cortoplacismo de sus claques. Había que salpicarse el pasado miedo de encima. Pero contra lo que su regocijada prepotencia aseguraba, resultó que no, que los galeones españoles ni eran demasiado altos para sus barcos, ni se perdían sus elevados disparos en el aire, ni abandonaban los barcos al furor de la tempestad al verse incapaces de dirigir barcos tan pesados… como alegaba el historiador y filósofo David Hume sobre la jornada de La Mancha, además de otras ingenuidades frecuentes de hallar entre autores ingleses que describen ese y otros lances en los mares. Y esa falta de pericia y conocimiento lo achacaba ¡que curioso! a quienes habían hecho del Pacífico un lago español y del Atlántico un mar interior.


Vamos a ver marineros.


Así se jactaban quienes apenas conocían el Pacífico sino por los mapas de españoles o portugueses que allí habían navegado para levantarlos… y regresado para confeccionarlos. Apenas ocho años hacía que asomaran por vez primera la roda cinco de sus barcos (solo uno entró y salió vivo), al Piélago que cruzaran Elcano y Magallanes sesenta años antes. Y que Loaysa y nuevamente Elcano, cinco años más tarde, volverían a cruzar. Y que por su Norte Urdaneta y Legazpi conectaran de ida y vuelta el mundo asiático con el hispánico de Nueva España, antes que sus aguas mojaran casco inglés alguno. Y que varias decenas de sus navegantes garabatearan aquella centuria sus aguas en busca de nuevos mundos… entre ellos la Austrialia que tal nombre le inventaron en honor de la reinante Casa de Austria y hoy conocemos como Australia, aunque pese a intuirla, no lograran encontrarla… o sí, que pecios ibéricos del siglo XVI han aparecido en sus costas para regocijo de historiadores y arqueólogos… Ciertamente, solo la ignorancia puede generar tal osadía informativa. ¿Resulta creíble que el ilustrado filósofo e historiador Hume escribiera en 1760 su Historia de Inglaterra vertiendo opiniones tan desacertadas e inexactas sobre la España del siglo XVI?. Solo cabe pensar que nuevamente la neblina del nacionalismo, debió impedir ver el bosque de las evidencias… o simplemente, las desconocía.


Comprobarían los ingleses en propia carne, que la realidad era muy otra de la que sus paniaguados pregonaban. Parecía que súbitamente los artilleros de oficio habían aprendido a disparar sus católicos cañones, a horquillar su puntería. Y que sus macizos paquebotes no eran tan torpes en aguas abiertas como lo daban por hecho lenguas británicas. Digerida la adversa lectura inglesa, iba España a reponer su capacidad naval ‘online’, en pocos años, tan pocos como para seguir liderando durante al menos medio siglo más, sin tendencia a la baja de su capacidad constructiva ni defensiva, la élite marítima europea del transporte y de la guerra. Hasta que se lo arrebataran los holandeses tras la jornada de Las Dunas de Kent. Resultaba que también los astilleros del Cantábrico, además de construir desde siempre los mejores galeones del Atlántico, bajo rigurosos criterios navales emanados del Consejo de Indias, habían asumido una súbita productividad para sus diques. Y todo ello, con solo haberse dado una vuelta por Inglaterra… Alrededor, solamente… ¡lo que les había cundido!


La tautología de los barcos ingleses, pequeños, ágiles y manejables, resulta perogrullada sabida por cualquier aspirante a Patrón de Yate. Una de las primeras cosas que aprende por seguridad propia, es que un petrolero tarda varias millas en virar por mucho timón a la contra que meta súbitamente el timonel. La inercia del paquebote, directamente proporcional a su andar y desplazamiento, determina su virada, mucho más barrida de limpiaparabrisas de auto, que ciaboga de trainera cántabra. Pese a tener la vela derecho de paso sobre el motor ¡sálganse de su rumbo los veleros deportivos!… Todo barco que gana porte, pierde agilidad. Un buque-escuela no maniobra como un 41 pies, por muy marineros que sean ambos a la vela. Tal era el caso de la confrontación en el Canal. Los comerciantes ingleses preferían fiar sus mercancías a barcos extranjeros (hanseáticos de la Liga, sobre todo, pero también flamencos), antes que adquirir naves mayores y más caras. Los bajeles ingleses eran tan pequeños, salvo algunos navíos de guerra de la Reina, que no había cuatro buques mercantes que pasasen de 400 toneladas. Frecuentemente la Reina habíales animado a construir mayores barcos. Y era hora de ponerlo en práctica, si quería Albión madurar su liliputiense Armada. Seria precisamente el galeón ibérico el modelo a seguir, y mejorar si cabe, por los armadores ingleses y holandeses, que sabían la dependencia directa del subsistir a cobijo de poderosa flota. ¡No pocos barcos españoles capturados fueron remolcados a puertos ingleses para ser estudiados!. Desde siempre. Pero dejemos suposiciones y vayamos a cifras. Al morir Isabel Tudor (1603), el número de naves de su Real Armada era de 42… ninguna de ellas llevaba arriba de 40 cañones, solo había 4 que tuviesen ese número, 2 de mil toneladas, 23 inferiores a quinientas, algunas de cincuenta y muchas de veinte, insiste implacable David Hume, el, a veces riguroso contador, pensador escocés. Aunque en apenas un siglo, iba aquel propósito regio a tomar cuerpo de nauta.


El galeón español era en cambio, nave con castillo de proa prominente y popa elevada, y un arqueo variable entre 500 y 1600 toneladas, aunque predominaban los de 566 toneles. Su dotación artillera era selectiva entre 55 a 80 bocas de fuego por nao, repartidas en dos puentes y tres alcances: el largo de las culebrinas, el medio de los cañones, y el corto de los pedreros. Lanzaban las culebrinas proyectiles de hierro o pepinos a gran distancia, cuyos impactos dañaban casco, velamen y gente de a bordo. Hacíanlo los cañones con bolas de hierro esféricas o no, pero también palanquetas, angelotes, enramadas, cuatrorramales, etc, que siendo cargas centrifugadas por el alma del tubo, se desplegaban en su trayectoria de diferentes formas para desarbolar al rival o desgarrar sus velas. Los pedreros lanzaban bolas de piedra caliza que se cuarteaban en el aire actuando como metralla graneada sobre las cubiertas. La carabela, el otro tipo de nave presente en la fallida batalla del Canal de la Mancha, era nao redonda de castillos realzados a proa y popa, muy marinera en aguas abiertas y ola larga, llevaba nutrida fusilería en sus castillos y ribadoquines de calibre menor para su defensa, tal como su cometido de transporte requería a fines del siglo XVI.


Está claro que con los barcos de poderoso bordo que utilizaba la Armada Española en aquellos siglos, su táctica dominante en la guerra del mar era el abordaje, previa barrida de cubiertas adversas. De ello se encargaban los pedreros y las descargas de fuego desde la ventajosa posición de sus castillos, mediante mosquetes, trabucos y mosquetones. Conocida esta realidad oponente, la Armada Inglesa, tenía que optar por el cañoneo a distancias media y larga, para evitar peligrosas cercanías de los enhiestos galeones y su mortal abrazo de oso. Recibieron sus capitanes la orden de que no embistiesen a los buques españoles a quienes su tamaño, no menos que el gran número de soldados que llevaban, hubieran podido dar mucha ventaja… y que se limitasen a cañonearlos desde cierta distancia… que aprovechasen los vientos, las corrientes y todos los azares favorables… Eran ambas Armadas en número parecidas, pero contrapuestas estampas del perro grande y un perro chico siempre más ágil que el grande, que debe escabullirse a tiempo o perecer entre sus fauces. Esa era la guerra galana de los hijos de Albión: no dejarse copar sus pequeñas naves por el poder de las grandes. No solo con maniobras previas, sino con fuego oportuno en tiempo y separación, para evitar toda proximidad peligrosa. Su táctica: mantener distancias hasta ablandar la artillería de a bordo y tratar entonces de copar la nao enemiga. O que un afortunado disparo a la santabárbara la hiciera saltar por los aires.


En cuanto a los cañones empleados en cada nao, era ciencia particular del cometido del barco y su arqueo, las aguas que había de transitar, el peso de cada cañón, si bronce o hierro, el tipo de enemigo que iba a combatir, la servidumbre de hombres y el espacio operativo que cada pieza imponía. Como también lo eran la carga y tipo de pelotería que debía impulsar, su radio de acción y cadencia, el retroceso individual y colectivo de cada pieza artillera según alcance y masas propia y expulsada, toda la ciencia en fin que atesoraban los tratados al uso y la propia experiencia. En igualdad de otras condiciones, los cañones de largo alcance o grueso calibre precisaban una mayor masa inerte capaz de disipar el culatazo de la pieza, mera reacción del impulso conferido al proyectil. Eran por tanto más pesados. Con los grandes barcos que manejaban, llevaban los españoles de la Gran Armada, 2630 cañones de cobre (sic, bronce) de grueso calibre, con bastimentos para seis meses… Se trataba por tanto de cañones pesados.


Los barcos pequeños en guerra galana, precisaban también cañones pesados, capaces de absorber parte del retroceso impuesto por el impulso de sus proyectiles, ya fueran de medio o lejano alcance. De otra manera una andanada lanzada por cañones sin amortiguar retroceso, transmitía su impulso íntegro al barco, que sufría con cada secuencia artillera peligrosas escoras y derivas del rumbo. Además de las consabidas fatigas y desajustes estructurales por disipación del impacto sobre bordos, mamparos, cubierta, herrajes, anclajes, baos… que obligaban a revisiones periódicas. Por eso Chesterton, fino observador, cita como pequeños navíos escorados por el peso de sus cañones al referirse a la marina inglesa, ya descrita la dimensión de sus naves por el escocés Hume, que no entra a considerar la sutileza del inglés, quien marca en cierta forma la pauta de lo hasta aquí expuesto.

 

Figura 13a-Veracruz desde el mar. Rugendas


Así las cosas en Europa, el descubrimiento en Nueva España de otras vetas de metales preciosos en el interior (Zacatecas, Guerrero, Sonora, Chihuahua), junto al aumento de la producción de lingotes de plata en las ya existentes, suponía un poderoso respaldo al desarrollo del virreinato y su red de caminos reales. La obtención de plata favorecida por el amalgamado con azogue del mineral argentífero (1555) había incrementado notablemente el rendimiento de su explotación. Veracruz y su feria crecían como nexo obligado de unión con la metrópoli, potenciadas por el mercado interior del virreinato. Fundada la Real Casa de la Moneda de México (1535), Ceca matriz de América, habíanse acuñado sus primeras monedas de plata fina, conocidas hoy como “de Carlos y Juana”, por llevar indelebles en su haz los nombres del joven emperador y su madre viuda, la reina de Castilla. Eran monedas troqueladas a golpe de martillo sobre cuño, macuquinas irregulares pero de excelente ley, que cambiarían de formato y tamaño con el nuevo siglo, para acabar invadiendo los mercados asiáticos y europeos como Reales de a Ocho, Pesos (por su invariable “peso” de ley en plata pura) o Pelucones (por las pelucas de época que mostraron sus regias testas durante el siglo de las luces). Humbold, a dos siglos y medio de su fundación, consideraba esta Ceca como la primera del mundo, digna de ser observada por el orden, la actividad y la precisión que reinaba en todas las operaciones de su braceaje. Con 400 obreros directos, además de diseñadores, grabadores y administrativos, era entonces capaz de acuñar más de 30 millones de monedas anuales.


No había sido fácil la mentalización previa, e implantación posterior de la moneda, en una sociedad de trueque ancestral. Ninguna implantación forzada lo es. Los primeros españoles de Veracruz, trocaron los alimentos y artesanías indígenas, por abalorios, espejuelos, tijerillas o cascabeles, porque no otra cosa atesoraban que interesase al colaborador o al oferente local. Llegaron luego las encomiendas para los elegidos, con el trabajo forzado del indio a trueque de cobijarlo, instruirlo y alimentarlo. Pero, quienes en mayoría no eran encomenderos, no tenían cómo pagar al totonaca amigo, su parte de sudor aportado en el montaje de cercas, apertura de zanjas o pastoreo de ganado. Aún no habían generado producto alguno que trocar. Severas hambrunas hubieron de padecer aquellos emprendedores de primera hora, blancos o negros, que para todos hubo. Rechazaba el indio las monedas de vellón que los colonos ingenuamente le mostraban, asignando un cierto número de ellas para valorarles cada trabajo hecho. Aquellas pequeñas piezas de metal cúpreo, eran una ofensa comparativa para su etnia que lucía dijes de oro y pagaba su tributo en mercancía. Tenían razón. Lo que no tenían por qué saber es que Las Médulas, el yacimiento aurífero más importante de Europa (hoy parque temático y patrimonio de la humanidad), había sido agotado diez siglos antes por los romanos, privando al ibérico ciudadano de futuros oros en su pecunia de curso legal. Trajeron la civilización que dejaron, y no procedía lucubrar demasiados lamentos contra el hacer de aquel Imperio. Los Imperios primorosos, se parecen mucho a ti, sacan oro, ponen alma, siembran todo… son así, les hubiera explicado el gran Rubén Darío acerca de aquella nueva circunstancia y su precedente histórico, que nunca entendieron. Aún hoy, siguen muchos sin entenderlo.


El problema de compaginar el trueque indígena con la pieza monetaria empleada en Europa, resultaba difícil para todo quien demandara mercancía, si carecía de la moneda para poder comprarla. Dado el rechazo indígena, aunque la trajera, poco o nada lograba trocar por ella. Lentamente fue, empero, entrando en razón aquella sociedad ensimismada en su ayer, hasta normalizar un mercado imprescindible. Para poner en circulación una masa monetaria suficiente, partiendo del cero físico y mental experimentado, se enviaron remesas de moneda de las cecas castellanas, con circulación válida para nuestros reinos de ultramar. Ellas fueron las encargadas de monetarizar con éxito las transacciones internas del Imperio, en su trayecto hacia un mercado desvinculante del trueque. Carlos V encargará al Virrey Mendoza la tarea de poner en marcha la primera casa de moneda de América. Mendoza, valioso hombre – comodín, todero de acción y actuación, había sido Tesorero de la Casa de la Moneda de Granada, la ciudad de su infancia. Conocía la interioridad del proyecto y se puso a trabajarlo siguiendo la voluntad del César. Como primera medida contaría con los indios de Xiquipilco, excelentes orfebres, labradores y fundidores de metales preciosos, para laborar en la sala de troqueles, corte y afinado, las piezas. La Casa de la Moneda iniciaría su andadura virreinal domiciliada en las llamadas Casas Viejas de Moctezuma en Ciudad de México, apoyada en la excelencia artesanal de los indios y un préstamo real de mil marcos de oro, a devolver con futuros impuestos.


Pese al hallazgo de yacimientos de oro, pocas iban a ser las monedas áureas emitidas en las cecas de Nueva España. Fue solo a partir de 1676 que fuera autorizada la labra en oro del escudo y del doblón (ocho escudos), dando lugar al tradicional bimetalismo históricamente vigente en España. La razón de esta primitiva prohibición real sobre la acuñación del oro, se basaba en dos circunstancias, siendo la primera y principal, que España lo precisaba para pagar deuda externa contraída en países de patrón oro. Nueva España en cambio, era potencialmente capaz de invadir cualquier otro mercado con su plata, aunque no estuviera todavía autorizada a comprar ni vender fuera del Imperio. Dejó por ello de imprimirse en las Casas Viejas moneda de oro, y el metal aurífero de Indias tomó el camino de Sevilla en forma de lingotes, adquiridos por la Real Hacienda a expensas de los financieros-propietarios de las minas. El asiático iba a ser muy pronto presa favorita de Nueva España, forzando allí la asunción del patrón plata, cuando no el bimetálico, para hacerlo extensivo más tarde a una gran parte de Europa. Apenas un siglo había transcurrido, desde que la semilla de cacao circulase como habitual moneda en la Nueva España que nacía, hasta que su pecunia de plata incidiese con sólida demanda en los mercados del mundo, desde la China a Rusia y el Imperio Otomano. Especialmente desde mediados del siglo XVII.


Pero esta progresiva riqueza virreinal, venía aguzando peligrosamente la codicia de otras banderas, que multiplicaban sus acciones pugnaces en todo tiempo. A ellas habíase unido la plaga de los perros del mar y del contrabando, hasta tornar irrespirable la atmósfera transitiva de aquellas costas. Los frecuentes asaltos piratas sobre naves solitarias, obligaron al Consejo de Indias a condensarlas en flotas, que acabarían siendo escoltadas por una Armada de guarda. Vino con ello España a introducir, con su Carrera de Indias, los convoyes masivos de naves, protegidos por una envolvente de maniobras complementarias en salida de puertos, arribadas y pasos costeros peligrosos, mediante estrictos protocolos a seguir por la Flota mercante y su Armada consorte, suerte de danza nupcial de urogallos en celo. Armada que propició los afamados galeones cagafuegos, ocasionales volcanes flotantes de la época, con sus 40 y más bocas de fuego y súbita erupción artillera de bolardos y palanquetas con el barco a toda vela. Con el nombre de Armada de Barlovento o de Nueva España, y compuesta por una almiranta, una capitana, un par de galeones de la plata y algunas naos de aviso y comparsa, esta pequeña pero eficaz flota bélica, iba a fijar en Veracruz su base nórdica del Imperio (1546).


Pese a la rémora contrabandista, en su puerto llegarían a registrarse hacia España mercancías por más de 34 millones de pesos en los mejores años de su Aduana, y otros 5 millones más con rumbo a la Hispanoamérica atlántica, donde Tierra Firme y Cuba eran principales destinos. Más de 250 naves anuales derramaban productos novohispanos por los mares atlánticos fuera del Golfo de México. Cera, azúcar, cochinilla, añil, cueros, jabón, palo de tinte y pimientos, eran las ofertas masivas de su Aduana. Sus registros de entrada alcanzaban cifras máximas con los vinos, ropa, papel y libros, sardinas y anchoas, aceites, cordajes, linos, paños, sedas y gasas, hilo, corcho y clavazones de España. Pero también imaginería religiosa para iglesias y conventos, y selectos lienzos al óleo para ciertos próceres, además del cacao y café llegados de Maracaibo, Puerto Cabello y La Guaira, demandados para consumo interno.

 
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Contexto Histórico de Panamá – IV

(Dibujo de su Autor)

La aventura de Morgan no va a ser un hecho aislado. Los piratas del Caribe, hermanados en su guarida de Jamaica, han decidido pasar al Pacífico para perpetrar sus fechorías en los puertos de un mar desprevenido. Richard Sawkins (1680) al mando de una poderosa conjunción de al menos 330 hermanos de la costa, entre los que hoy sabemos se encontraban los conocidos filibusteros John Coxon, Bartholomew Sharp, Peter Harris, Edmund Cook, Ravenau de Lussan, William Dampier, John Watling, Edward Boldman y el cirujano Lionel Wafer, atraviesa el Darién con apoyo de los indios para entrar al Pacífico con 60 lanchas por el Tuira. Una verdadera trasnacional cazatesoros que busca lo valioso de los demás, para apropiárselo por encima de toda ley ajena, teniendo por válida solo la propia. Se apoderan de algunos pataches de mediano porte y del galeón Santísima Trinidad de 400 toneladas todavía sin artillar, y con ellos se proponen asaltar el cabotaje de aquella costa. Wafer el cirujano galés, tras una discusión sobre la dureza del camino elegido, es abandonado junto a otros cuatro salteadores en plena jungla del istmo; pero salvará el pellejo al ser acogido por los indios como médico durante dos años, y poder contarlo a su vuelta a Inglaterra. Muere Harris en las primeras escaramuzas contra las partidas armadas que recorren la costa occidental. Dueños pronto de una pequeña escuadra capturada barco a barco, llegan los confabulados al fondeadero de Panamá donde abordan, saquean e incendian 3 barcos cargados de mercancías. Sin opción sus mosquetes franceses ante los cañones de bronce de Panamá Nueva, precisan alejarse mar adentro, fuera de alcance de las rugientes bocas que arrojan fuego sin dar tregua. Shawkins ha sido herido de muerte por los fusileros del Perico y es Coxon quien pasa a comandar la partida antes de su temprano regreso al Caribe, persuadido por nuevas divergencias habidas con Cook y otros capitanes. Sharp, nuevo comandante en jefe, ha logrado artillar con rapiñas el Santísima Trinidad, para convertirlo en insignia de su flota con el nombre de Trinity. Atrapa un bergantín cargado de pólvora, municiones y 50.000 pesos destinados a la guarnición de Panamá, que añade a sus velas para proseguir hacia el sur el saqueo de hatos costeros, puertos de cabotaje y naves de carga. En Tumaco muere Boldman con su vanguardia a manos de la guarnición del puerto. Sharp prosigue la rapiña costera hasta las Islas de Juan Fernández, donde piensa carenar los barcos y permanecer oculto en un mutis de meses. Puerto a puerto, cabo a cabo, la posición marítima de Sharp hacia el meridión va siendo denunciada en la propia costa mediante humaredas y fogatas planificadas. Conocedor de estas alertas virreinales gemelas de su periplo costero, decide no volver atrás, donde sospecha van a salir si no han salido ya, los galeones del virreinato a darle caza. Por orden del propio Sharp en latitudes peruanas, Edmund Cook es arrestado por homosexual y ahorcado en una entena del Trinity. Ley implacable del mar. Desembarca y ataca por tierra en días siguientes el puerto chileno de Arica, pero es rechazado tras denodada lucha en la que muere Watling junto a dos docenas de sus hombres. Otra veintena de ellos serían capturados y ahorcados todos excepto los dos cirujanos de a bordo, indultados y retenidos por el corregidor  al constatar que no han tomado las armas. En su escape hacia el Cabo de Hornos, captura Sharp el galeón chileno Virgen del Rosario, cuyo preciado tesoro es un libro de derrotas que habría de salvarle la vida. Cuando llega el Trinity a Plymouth, Inglaterra prosigue su tregua de paz con España, vigente el Tratado América para combatir la piratería. Sharp es por ello condenado al patíbulo, pero El Almirantazgo inglés, tras estudiar la desconocida e inapreciable cartografía que el pirata aporta en su descargo, logrará obtenerle el perdón real en nueva y sonada felonía.

La estela de los barcos de monsieur Ravenau de Lussan, el galante y culto parisino metido a pirata tal vez empujado por inoportunas deudas de juventud, se aleja pronto de Panamásiguiendo su aguja de marear hacia el norte, y su roda hacia Nicaragua, Honduras y Tehuantepec, donde va a convertirse en azote de los pueblos costeros de aquellas tierras. Unos años después de su mise en scène filibustera, decidirá bajar el telón de este segundo acto de su particular y teatrera comedia de enredo, para regresar a Haití, etapa intermedia del añorado savoir fair de los salones de París. Quema sus barcos y organiza sus 300 hombres en compañías que acometen por tierra el cruce del istmo. Asalta a su paso La Antigua Guatemala(Santiago de los Caballeros de Guatemala), y ante aquellos atónitos ciudadanos reunidos por fuerza en la Plaza Mayor, anuncia que respetará templos y conventos, sin profanar personas, vasos ni imágenes; pero deben para ello entregarle cuantos víveres precise y sus lanchas fluviales quedan confiscadas sin más. Aquellas chalanas  y bongos habrían de servirle para acceder por el río Motaguahasta el Caribe, y de allí al cabo Gracias a Dios, donde pensaba tomar algún barco contrabandista que le llevara al haitiano occidente de La Española.

Charles Swan al mando de tres naves piratas entra por el Cabo de Hornos al Pacífico (1684) y tras una costanera hacia el norte con Dampier como piloto, y el hermano Francis Towley como socio, emprendería una fallida persecución del Galeón de Manila por el Pacífico Norte; Towley, llegado atravesando el istmo, acabaría pereciendo en un encuentro fortuito con la Escuadra del Mar del Sur, desplazada desde El Callao a Panamá en rutinaria vigilia de la ruta de los galeones. Entran también aquel año al Pacífico por el Mar de Hoces (ruta Hornos),  los  perros del mar John Cooke y John Eaton, que dedicados a la fácil presa de los desartillados barcos negreros, han capturado uno danés con féminas bozales para sus esclavos antillanos, que incorporarán con el nombre de Bachelor´s Delight  (Delicia de los solteros) a la pequeña flota con la que tratan de acceder por el sur continental al Pacífico. Superadas las rugientes latitudes marinas, los saciados bachelors arrojarían por la borda aquella pobre carne humana enferma de hambre y violencia sexual. Pero tampoco iba a tener mayor suerte para sobrevivir a su aventura panameña el perro John Cooke, que muere ese mismo año de paludismo frente al Cabo Blanco de Costa Rica en su deliciosa insignia. Su eventual asociado Edward Davis  seguiría al mando del Bachelor´s Delight con los 3 barcos y 1.000 hombres de su compartida flota. Con ella ataca Panamá por tierra y mar, justo cuando  la Flota del Sur desembarca su carga en el Perico; pero los 174 cañones y 3.000 hombres que defienden la plaza, rechazan el acoso filibustero. El desembarco de la plata se completa ante sus fauces sin mayor contratiempo (1685), y las naves forbantes tornan velas y gobernalles hacia las costas de Nueva España. En compañía de John Eaton marrará Davis su ataque al puerto del Realejo en Nicaragua, donde incendia su rancherío incapaz de conquistarlo, lo que precipitaría el regreso de Eaton al Caribe tras desavenencias tácticas con su ocasional socio.                                             

William Dampier, el llamado Pirata Científico por su labor pirática compartida con estudios de geografía, ciencias naturales y narraciones sobre sus viajes, abandona las Galápagos con la partida de Sharp. Ha decidido merodear al descuido las costas peruanas. En compañía ahora del fraternal gabacho François de Granmont, recibe nutrido refuerzo de otroshermanos de la costa que cruzan el Darién cada vez que la situación lo requiere. Entre ellos François Grogniet, que con 80 piratas galos viene a compartir depredaciones españolas con el sanguinario bordelés.

El Océano Pacífico, infestado de piratas por el sur o por el istmo, había dejado de ser el Lago Español de antaño. En una serie matemática de variaciones con repetición, la presencia filibustera se había multiplicado ad nauseam en pocos años, desparramándose sobre la costa meridional del gran piélago marino. Ante el peligro generalizado, sus puertos se fortifican, y los virreyes conceden patentes de corso a los capitanes de mar que lo solicitan. Por su proximidad a la costa, Lima la capital del virreinato, también teme ser atacada y se rodea de una sólida muralla. En apoyo de los galeones de la Flota del Sur, el progresivo consenso de las naciones europeas, y su propio peculio, el corso iba a resultar eficaz yunque contra la piratería, hasta tal punto que en cortos años remitiría la asfixiante presión bucanera, eclosionada en el Pacífico tras la captura de la Panamá Vieja por el bloody Henry. Panamá Nueva no sería ya asediada por bucaneros de calaña alguna: sus fuertes murallas con  cañones de bronce,  aun permaneciendo mudos, infundían respeto. Habían ganado la tregua de los mares.

Figura  11: Plano Planta de la Ciudad de Panamá Nueva

En 1736 se suprime el régimen de flotas, se cierra la feria de Portobelo, se cancela la Real Audiencia. Las temporeras masas de feriantes no van a regresar más. En 1737 sobreviene el Fuego Grande, uno más de los provocados en la Hispanoamérica morena,  que devora dos tercios del caserío intramuros de Panamá Nueva. Solo se salva el Hospital de San Juan de Dios y casas aledañas. Fuera, el Arrabal de Santa Ana permanece intacto. Como en anteriores incendios se acusa de ello a impersonales manos asesinas, por todos sospechadas. Pero también se levanta el hartazgo de otras voces: demasiado incendio, demasiada madera, demasiada frustración, demasiado negro. Panamá tirita herida cuando pasa a formar parte del recién formado Virreinato de Nueva Granada (1739).

Los jesuitas son expulsados de España e Indias por pragmática de Carlos III (1767). Salen los ignacianos panameños camino de Portobelo al destierro; se les clausura la Universidad que tras el incendio de sus aulas, han tardado más de setenta años en reabrir dada la penuria de recursos propios. Habían aquellos frailes estudiado las lenguas indígenas y en ellas publicado gramáticas, diccionarios y catecismos. Iluminando desde el púlpito y el aula, almas y mentes con el resplandor de la lógica y de la ética, frente a la barbarie mercantilista de un presente sin futuro, que todo lo envolvía en su propia y material nube del no saber. Panamá ve menguar sus alcabalas y el sabroso Situado Real de antaño. Tampoco pueden ya sus muleros y ocasionales arrendantes de bohíos, tenderetes y galpones, especular con viajeros y feriantes sobre precios…no importa si de escándalo o ganga. La gallina de los huevos de oro ha fenecido, y la ciudad se despuebla inerme de vida urbana. Solo los morenos permanecen en una urbe, que al decir de un misionero sorprendido mas parece un pueblo de Etiopía que una ciudad de Indias. No se ha preservado en ella ese consuetudinario 20% de población de color, que las naciones coloniales habían aprendido en propia carne a no superar, porque la ira que la injusticia social soliviantaba a borbotones en aquellos mundos de ultramar, llegaba siempre al cielo, las más de las veces en forma de humo…negro.

            Figura 12: Orla y escudo heráldico de la Ciudad de Panamá. Año de 1521

El vigor racial del bozal africano frente a la insania ambiental del istmo, había potenciado la incontrolada, paciente y arisca, presencia masiva de su etnia en aquella costa. Y vendría otro incendio, el  fuego chico de 1755, y otro mas, y otro…pero no por ello cesaba el periódico y ardiente desorden generador de miseria. A final de siglo será Panamá, aquella que fuera Roma del Pacífico, una escombrera de solares vacíos y naturaleza intrusa, edificios ruinosos y hambre. Llegarán luego los transitivos mesías arreglándolo todo, hablando mucho, cambiando más y construyendo nada. De nuevo el humo esta vez semántico, el exaltado verbo huero, la vacuidad, la ideología filosófica, la Revolución Francesa, la masonería… Un siglo entero arrancado del calendario a su historia de patrimonio humano. ¿Y sus gentes?, bazofia, puro rebaño de la particular mesta que los políticos de turno aperrean a su antojo para meterlo en su aprisco.

Aparecen los novicios buscadores de oro californiano, que remontarán en oleadas de bongos el Chagrespara regresar por la misma vía, algunos de ellos ricos, otros enfermos, otros nunca, a las ciudades atlánticas de Nueva Orleáns, Savanah o Nueva York que les vieran partir. Pero aportan un fugaz hálito de vida y sustento a la agónica Roma. Un último estertor de la Fiebre del Oro que habría de preñar con nuevos malhechores, nuevas meretrices, nuevos salteadores de caminos, nueva delincuencia, nuevas Nombre de Dios, las viejas sendas de la vetusta Castilla del Oro, en un pertinaz redoble de la Historia ya sabida, narrada  por los cronistas de Indias desde cuatro siglos antes. Redoble con toque de retreta que sería bruñido sin contemplaciones étnicas por las milicias norteamericanas de la Nueva Compañía, donde el apartheid resultaba moneda áspera al tacto. Otra manera de hacer Imperio más adusta y fría que la conocida hasta entonces, había retomado para mejora futura del istmo, el caduco y fracasado proyecto francés del Canal de Panamá, para capacitarlo y concluirlo. Y esa iba a ser la nueva Feria Panameña que había de retrotraer pasadas glorias, satisfacciones y sueños. Pero esa, amigo que lees y piensas, esa es otra historia.

Figura 13: Canal Interoceánico

 
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Contexto Histórico de Portobelo – IV

Cuando sobrevino aquel ataque, el San Jerónimo tenía todos sus cañones desmontados de sus pútridas cureñas. Santiago de La Gloria, aunque disponía de cañones útiles, resultaban ineficaces ante la distancia de tiro necesaria para alcanzar los barcos de Vernon, lo que provocaba gran risa entre los británicos de a bordo. Fuera de la bocana nunca sobrepasada, amparaban su disculpa para no sobrepasarla en la marea y los vientos contrarios. Fueron los marines quienes saquearon una ciudad abandonada de sus escasos moradores de época muerta, carente de ferias desde que comenzara el bloqueo, escarmentada testigo de fechorías predatorias asociadas siempre – hoy todavía – a gentes arriscadas de habla inglesa. No fue este el caso, porque después de hallar un exiguo botín ciudadano de 10.000 pesos destinados al pago de tropa, levantaron el campo y el flamante caballero Vernon tras capitular la rendición de la plaza regresó a Jamaica, al parecer sin provocar torturas, ni revanchas, ni incendios. Como contrapartida se llevó 40 cañones de bronce y 24 bombardas, lanzando al mar cañones de hierro y fusiles, y demoliendo hasta su raíz los castillos y parapetos que habían quedado en pie. Conforme a la maldita insania con que la fama del lugar anatemizaba al europeo en general y al británico en particular, poco tiempo demoró su escape de la ciudad hacia otras costas, no sin llevar a remolque la balandra y una de las fragatas, porque a la otra fragata faltóle tiempo para enviarla a Inglaterra con la buena nueva para su rey. Pero en el panorama global de la guerra contra España su acción sobre Portobeloera un fracaso táctico, pese a la subsiguiente destrucción del  Fuerte de San Lorenzo de Chagres, llevado a cabo en la primavera entrante con el ánimo de tomar Panamá por elCamino de Cruces. La ciudad del Pacífico había sido avituallada desde Perú, corregidas a tiempo sus carencias artilleras y tomadas las armas contra el inglés por todos los forasteros en plaza. Contra ellos se estrellarían los 2500 marines de la Royal Navy y 500 negros de desembarco conducidos en 53 embarcaciones que Vernon, río arriba, lanzaba sin saberlo hacia una sucesión de letales emboscadas. Con los supervivientes de aquella debacle, izará velas para abandonar  la empresa panameña y retornar a su base de Jamaica a la espera de mejores vientos.

La idea de copar el istmo desde ambas orillas, para yugular el Imperio Español, era un proyecto ya planteado desde la centuria anterior en el ParlamentodeLondres, pero la crecida Inglaterra no había alcanzado aún la necesaria supremacía del mar, que ahora disfrutaba. La formidable escuadra de Vernon aportada en Jamaica, debía invadir el istmo desde la costa caribe, en tanto que la invasión por el Pacífico y Panamá, habíase encomendado al comodoro George Anson y su flota de seis barcos de línea más dos cargueros de apoyo, que saldrían demasiado tarde de Inglaterra rumbo al Mar de Hoces y el Pacífico (1741). Pero solo tres de sus barcos iban a lograr doblar el Cabo de Hornos. Maltratados sus hombres por el escorbuto, debería Anson abandonar otros dos  por falta de brazos, prosiguiendo la remontada oceánica hacia el ecuador, con el solitario Centurión, buque insignia de su armada. El comodoro inglés había olvidado ya a estas alturas el cometido imposible de atacar Panamácon sus reducidos medios, y solo soñaba con capturar el confiado Galeón de Manila que había de singlar más al norte por aquellos días. Vernon nada sabía de la suerte de Anson; su calidoscopio particular llamábase ahora Cartagena de Indias, a la sazón sin virrey de la Nueva Granada, fallecido unas semanas antes. Escribe como advertencia una jactanciosa carta, que envía con la balandra capturada en Portobelo, dirigida al Comandante General de la Armada de Tierra Firme, Don Blas de Lezo, ya conocidos de pasados lances en otros mares. Al saberlo ahora con mando en plaza, no puede menos que espetar ¡God damned, it´s the same bastard!. Toda una premonición de la nueva e inexorable colisión que el parlamentario-almirante estaba abocado a enfrentar contra el viejo pero renovado hijo de mala madre, mando supremo de la plaza cartagenera. Y de su armada, compuesta a la sazón por siete galeones y dos registros, agazapada a la espera de acontecimientos en la Bahía Exterior de la propia Cartagena. Una empalagosa y fatua misiva que el mutilado guerrero pasaitarra, conocedor de la vergonzante rendición de la ciudad  tras la Batalla de Portobelo, y del insulto hecho a la plaza del Rey, mi amo,  recibe y refuta a bordo de su Conquistador con las palabras de dignidad herida de quien espera la hora de la verdad:  … bien instruida VE del estado en que se hallaba aquella plaza, tomó la resolución de irla a atacar con su escuadra, aprovechando la oportunidad de una imposible defensa para conseguir sus fines … puedo asegurar que VE me hubiera hallado en Portobelo para impedírselo si las cosas hubieran ido a mi satisfacción, incluso para buscarle en cualquier otra parte, persuadido de que el ánimo que les faltó a los de Portobelo, me hubiera sobrado a mí para contener su cobardía … y si VE lo dudare, podrá preguntárselo al Gobernador de esa isla (Jamaica), quien enterará a VE de todo cuanto le tengo expresado... Y la hora de la verdad entre ambos marinos llegaría meses después en la Batalla de Cartagena de Indias, donde el mediático pero derrotado Vernon comenzará a palparel ocaso de su plenilunio parlamentario y naval, especialmente luego de llegada a Inglaterra y conocida su humillante verdad. Lo que esta vez produjo menos risa a los británicos. Pero desató la franca carcajada entre los españoles al conocer que Londres había emitido, avant la lettre, nuevas medallas para conmemorar la rotunda victoria de su héroe en Cartagena, aunque fueran prestamente retiradas para enmudecer su entuerto.

La decadencia económica del enclave y la lucha combinada de las potencias europeas contra la piratería en América eran patentes, pero aún así Portobelo iba a sufrir un último y significativo ataque. El contrabandista inglés William Kinghills (1744) devenido en  nuevo Jenkins frustrado por la acción de los guardacostas españoles, a pesar de conservar todavía incólumes ambas orejas, penetra inopinadamente en la bahía y comienza a batir la ciudad con el fuego de sus cañones. Dañará la Aduana y gran parte del caserío antes de ser rechazado de sus aguas. En ausencia de los bergantines de guarda en misión de bojeo, serán las baterías de 15 cañones instaladas por el nuevo gobernador, las encargadas de repeler el ataque. Alsedo y Herrera había mandado levantarlas en fajina y tierra junto al reducto remozado del Fuerte San Jerónimo(1741), para repeler supuestos ataques contra aquella nada. Se trataba de una alternativa provisional a la reconstrucción de los castillos arruinados por Vernon, que resultó efectiva, bajo el nuevo rol de Portobelo como presidio periférico lejos de frontera.

                   Figura 15: La Aduana de Portobelo en su estado actual

Firmada la Paz de Aquisgrán (1748), la feria de Portobelo nunca sería repuesta y  sus tradicionales defensas apenas remozadas para nuevo cometido. Plata, mercancías y caudales accederán por el Magdalena Mdirectamente a Cartagena, Santa Marta o Riohacha.  España se siente incapaz de mantener su tradicional monopolio comercial con América, y permuta todo régimen de Flotas y Galeones o Escuadras por el de registros sueltos, barco a barco, con lo que el istmo empieza a perder su relevancia estratégica y económica. Se suprime la Audiencia de Panamá, que acompaña a Portobelo en un irreversible declive. En adelante los navíos de asiento (uno por feria y nación amiga) serán como nómadas solitarios que peregrinan el Atlántico. Portobelo pasa a ser un presidio de control del contrabando y las posibles cabezas de playa enemigas. Es en este contexto cuando se proyectan nuevas defensas o reconstruyen las útiles, de acuerdo a las tácticas y cánones bélicos vigentes. Pocas flotas de muchos barcos y destino fijo pasan a formar muchas flotas de pocos barcos con destino vario. Se multiplican los puertos emisores y receptores de la Península y las Indias, el contrabando en América se vuelve incontrolable. De España llega al Caribe lo más granado de su ingeniería militar. Se renueva el Fuerte San Lorenzo el Real de Chagres, santo emblemático de Felipe II en cuya festividad derrotara a los ejércitos de Francia en San Quintín (1557) y a cuya advocación levantara el Monasterio del Escorial que lo rememora.

Destruido finalmente por Vernon tras tres intentonas fallidas en otros tantos años precedentes, el Castillo de Chagres asumía finalmente en nuevo proyecto una planta rectangular adaptada a la cumbre del peñón que servíale de asiento. Supervisado por el Visitador de las Fortificaciones de Indias, el navarro Agustín Crame nos ha legado en magníficos planos las instalaciones por él aprobadas.

Figura 16: Caminos Reales para reatas y carros

Las defensas de la bahía de Portobelo iban también a ser reajustadas de acuerdo a los nuevos tiempos. Con los despojos del Todofierro demolido por Vernon comienza la construcción de las Baterías Alta y Baja del Fuerte San Fernando (1760) ubicado en su misma orilla y cerro, pero remetido hacia la Caleta del carenado. Mediante trinchera excavada, ambas plataformas a desnivel se unían entre si y su polvorín, protegidos todos en cumbre del cerro por una  Casamata que les cubría su espalda a tierra y a la costa abierta del llamado Puerto Francés. La Batería Alta dominaba la entrada de la bahía, y desde la baja podía entablarse fuego directo con los barcos intrusos que superasen la bocana. Frente a ellas y al otro lado de la bahía, se remozaba el Fuerte de Santiago La Gloria para cruzar con él su fuego y barrer todo posible acceso por aguas tranquilas al muelle. A su vera se represaba el torrencial Chorrillo de Triana, base de aguadas y suministro del agua a la puebla. La cumbre de su cerro espaldar, se dotó de nueva casamata para impedir que el enemigo se apodere de las alturas y domine los Fuertes. Las lecciones de ParkerMorgan y otros hermanos de la costa parecían haberse definitivamente asumido.

Figura 17: Las defensas históricas de Portobelo

Se abandona el inoperante Baluarte de San Pedro pero se refuerza el Fuerte de San Jerónimo con una plataforma a ras de agua, de bajo perfil y ardua percepción, elevando ligeramente el nivel de su piso y dotándola de merlones y troneras para alojar las bocas de fuego. Ellas serán las encargadas de desarbolar por proa las naves que se aproximen en rumbo de colisión hacia el muelle. Sometidos sus flancos a fuego cruzado desde las riberas, difícilmente podrían encarar sus bordos artillados a la lluvia de palanquetas que les vomita aquel cul de sac mimético tan difícil de acallar.

El Fuerte Farnesio originalmente de fajina y tierra (1726) se dota  de plataforma artillada con cuatro cañones. Situado en el promontorio sur de la barra de la bahía, sería el primero en abrir fuego sobre la flota enemiga en aproximación táctica, a la vez que el toque de zafarrancho para aprestar al combate toda la artillería fija del entorno. Crame dotaría todo el conjunto fortificado con un Campo proyectado en la Cumbre contra la venida de los enemigos por el Valle de Honduras (1779), reforzando así su perímetro sur. Se trataba de un nuevo presidio encaramado en el cerro sobre los techos de la ciudad, con sus cañones apuntando al valle entrante desde tierra adentro (hoy, de la Luneta) por donde anteriormente se habían burlado sus defensas.

                          Figura 18: Batería Baja del Fuerte San Fernando

La misma política de ajuste militar de las defensas costeras del istmo, iba a prever en el Camino de Cruces nuevos embarcaderos en los sitios de La Gorgona y en El Carroza y sus respectivos presidios. Se construye un puente de piedra sobre el río Hondo, definiendo un camino ahora local, pero que llegaría a una insospechada actividad durante la llamada Fiebre del Oro eclosionada en California a partir de su anexión a los EEUU (1848). Desde Nueva York, Savanah o Nueva Orleáns, llegan a Chagres miles de argonautas europeos, enloquecidos por la febril quimera.Siguiendo río arriba acceden a la ciudad de Panamápara embarcarse rumbo a California. Era en aquellos momentos, pese al riesgo cierto que entrañaba, la más segura y civilizada vía para alcanzar desde el Atlántico el salvaje far west del Pacífico, evitando el triple salto sin red sobre los chantajes, llanuras, desiertos, forajidos, indios y praderas norteamericanas.

En 1735 la Académie des Sciences de Paris había encargado a Charles Marie de La Condamine trasladar a tierras americanas, en paralelo con otra valoración en curso desarrollándose en Laponia (actual Finlandia), la medición exacta del cuadrante del meridiano terrestre, a fin de definir y cuantificar el valor conceptual del metro como submúltiplo exacto de ese cuadrante, y poder aceptarlo así como unidad universal de longitud. La misión científica que parte hacia América lleva a los connotados marinos de la Real Armada Jorge Juan y Antonio de Ulloa, que durante dieciocho años van a llevar a cabo una ingente labor científica de levantamientos topográficos y mediciones astronómicas, inmersos en esa nueva ansia del saber conocida como Siglo de las luces. Van a inspeccionar el istmo detenidamente, y con él a Portobelo. A la vuelta rinden en Madrid sugerencias pertinentes al rescate de las maltrechas defensas del enclave y en París un informe favorable a la viabilidad de construir un canal interoceánico siguiendo el trazado del río Chagre. Pasados unos años, España iba a acometer seriamente el rescate de aquellos fuertes arruinados. Y Francia iba a materializar esa apertura conocida hoy como Canal de Panamá, siguiendo la teoría empleada por Ferdinand de Lesseps en Suez, con un trazado prácticamente igual al propuesto por el obispo Berlanga 300 años antes. Todavía en 1799 Alexander von Humboldt, aconsejaba un canal de trayectoria coincidente con la del estudioso obispo. Pero nuevamente la insania del trópico con sus millares de apestados, iba a desbaratar también este primer intento de unir a nivel los mares del norte y del sur, intento que acabaría por convertirse en desastre nacional francés con la ruina contraída por más de un millón de sus familias. Pero el tesón humano, acabaría por imponerse mediante un canal a desnivel con esclusas, como los llevados a cabo en la Europa continental del siglo XVIII, hendida por múltiples canales navegables que evacuaban hacia las costas la producción frutícola y granera de sus tierras interiores. Se inauguraría por fin el Canal de Panamá en 1914, tránsito forzado para la navegación mundial, financiado y tomado en prenda por los EEUU, el nuevo y selectivo Imperio emergente. A su conclusión los haberes humanos pagados por su apertura, habíanse estimado en 500 muertos por cada km de su trazado. Era el costoso rédito de una gran empresa, una más de las emprendidas por los europeos en el Nuevo Mundo, comandados esta vez por una nación vernácula de nuevo cuño.

En 1746 la navegación mercantil española del Pacífico viene a cambiar de itinerario para doblar el Cabo de Hornos, por donde pocos marinos se habían aventurado hasta entonces. La Flota de La Plata (base Montevideo) se encarga de comerciar directamente entre el virreinato sureño recién creado y la metrópoli. Todo viene a confirmar la marginación del istmo panameño como puente del comercio del Imperio español, y la que fuera sede de la espléndida feria portobeleña queda para el recuerdo como el gallardo enclave costero que fue. Un Patrimonio de la Humanidad con la nobleza de su piedra incrustada en la bella bahía de Tierra Firme que Colón significara, y que vino a imprimirle respeto e identidad legendarias. Testigo es hoy de su relevante papel en la historia del continente, donde las nuevas generaciones acuden para admirar la dignidad de su porte y henchir de añoranzas legendarias el corazón.

                                          Figura 19: El Portobelo de hoy

Notas adicionales:

Jorge Juan y Antonio de Ulloa, que durante dieciocho años van a llevar a cabo una ingente labor científica de levantamientos topográficos, mediciones astronómicas, verificaciones climáticas y meteorológicas, estudios de fauna y flora, prospección de minas, valoración de yacimientos, navegabilidad de costas, inspección de fuertes, y un largo etcétera que solo mentes privilegiadas son capaces de gestionar en tan enorme espacio geográfico, inmersos en esa nueva ansia del saber conocida como Siglo de las luces.

 
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CONTEXTO HISTÓRICO DEL VALPARAISO ESPAÑOL

El Adelantado Diego de Almagro había salido de Quito (1534) hacia el sur, decidido a conquistar un imperio tan dilatado como el que atrás dejaba en manos de su socio Pizarro. Para el buen fin de la empresa, hízose acompañar su hueste por una flota costera de tres barcos cargados de bastimentos. Solo una de las tres naos, la pequeña urca “Santiaguillo”, carcomida de broma y anegadas sus bodegas de salitre, arribaría unos meses mas tarde a la ensenada llamada de Quintil por los autóctonos changos, pueblo pescador nómada de aquellas costas. Avisado Almagro de la buena nueva, envió a su Alguacil Mayor para recibir la oportuna dádiva surgida del mar. El capitán Juan de Saavedra, hidalgo castellano de la Serranía de Cuenca, al mando de treinta jinetes localizó la urca. Al fondo de un angosto y arbolado valle, hendido por tres barrancas con bulliciosas aguas de recientes lluvias, hallaron fondeada la nave. El cuadro que aparecía a su vista, semejante al escarpado valle de su infancia, hízole llamar al lugar Valparaíso. Días después llegaba el propio Almagro que mandó desembarcar la preciosa carga de víveres, vestimentas, hierro bruto y herrajes de la nave, carenarla, herrar los caballos y consolidar en aquel valle un asentamiento estable para su hueste.
Almagro, una vez fundada la nueva ciudad de Valparaíso (1536), asignó a sus hombres un lote de huertos, construyo el caserío de bahareque y paja, y tomó las providencias para reconocer la costa hacia el sur por mar y tierra, a fin de explotar los recursos naturales que pudiera ofrecer la región. Pero decepcionado ante los magros resultados de sus pesquisas, tras un penoso invierno, decide regresar al Perú atravesando de nuevo los Andes y el desierto de Atacama con aquellos espectros supervivientes. La crónica de la terrible retirada nos cuenta que << algunos de los que murieron a la ida, en pie, arrimados a las peñas, helados, con sus caballos de rienda también helados, estaban tan frescos y sin corrupción como si acabaran de morir, y así fueron sustentación de la gente que venía, los caballos que topaban helados en el camino y los comían >> … Valparaíso fue abandonada y por años no volvería a saberse de ella.
Pedro de Valdivia, conquistador de Chile y fundador de Santiago, halla en Valparaíso el enclave costero necesario para el intercambio comercial de su capitanía con Lima, la capital del Virreinato. Y respetando nombre y fundación, apostilla al enclave como “Puerto de Santiago” (1544).
El Mar del Sur era por entonces llamado “lago español”, y realmente lo era, por ser piélago desconocido para el resto de europeos. Solo los portugueses llegaban por los confines del Índico al Mar de la China (islas de las Especies o Molucas, Macao, Formosa y Cipango) siguiendo la ruta este del Cabo de Buena Esperanza, descubierto por Bartolomé Díaz casi un siglo antes. Drake, conocido corsario del Caribe, irrumpe en el Pacífico, según alerta lanzada desde Buenos Aires en 1579. Pronto va a llevar al Mar del Sur la amenaza filibustera, que produce consternación y alarma en las desguarnecidas costas occidentales de America. España e Inglaterra están comprometidas en un cese de hostilidades por la tregua de 12 años firmada dos años antes, cuando apenas media docena de galeones habían logrado superar el paso que Magallanes descubriera medio siglo antes. El ahora pirata conculcador de treguas pero gran navegante Drake, pierde su flota en el empeño, pero su nao capitana logra superar la barrera austral y acceder al Mar del Sur. A la vista de sus velas, los escasos moradores de los enclaves costeros y Valparaíso entre ellos, van huyendo hacia el interior del país. Drake asalta las inermes chozas de “El Puerto de Santiago”; y como único y posible botín a su alcance en tierra firme, roba las vinajeras de plata de su iglesia de paja y cañas. Aborda un único y solitario patache allí anclado presto para zarpar al Callao, le despoja de su carga de botijas de mosto y maderas, junto a la moneda destinada a la compra de enseres. Tras esta azarosa jornada de Valparaíso, prosigue su rapiña hacia el norte, no sin antes poner fuego a todo vestigio repoblador del neonato puerto. Se suceden las noticias del avance depredador del pirata inglés por la costa occidental de América. Tras el saqueo de El Callao, el virrey Toledo organiza su persecución. Pedro Sarmiento de Gamboa parte rumbo norte tras el intruso al mando de dos galeones fuertemente artillados, pero no logra contactarlo. Vira rumbo sur, y con bases alternativas entre Valparaíso y Chiloé, decide esperar durante un año el retorno del pirata hacia el Atlántico por el Estrecho de Magallanes; pero tampoco aparece, a la vista de lo cual sigue hasta España para proponer la fortificación del paso magallánico. Y es que Drake, escarmentado de su durísima remontada del meridión americano hacia el Pacífico, ha decido regresar a su metrópoli por la ruta portuguesa del Índico. De esta manera se zafa, sin saberlo, de la emboscada preparada en el Pacífico Sur por la estrategia virreinal.
La noticia de la presencia de Drake por aquellas costas se propaga por la América toda, y a partir de ese día Valparaíso iba a tomar carta de identidad en los mapas del mundo. Felipe II ordena construir en Guayaquil naos reales para la salvaguarda costera. Con ellas formará la Armada del Mar del Sur, protectora del Galeón de Panamá, los puertos del Pacífico y su navegación comercial frente a la potencial piratería que se intuye va a cernirse en adelante sobre aquel litoral.
El comercio con El Callao incrementa la salida de mercancías de Valparaíso, pero los corsarios holandeses e ingleses seleccionan presas más jugosas (galeones de Panamá o Manila) versus el inerme rancherio de Valparaíso, solo parcialmente habitado. Los corsarios ingleses Cavendish (1587) y Richard Hawkins (1594) hijo este de John Hawkins conocido corsario, contrabandista y negrero ingles del Atlántico, ponen rumbo al Pacífico y saquean y queman los ranchos de “El Puerto”. Pero la noticia del arribo del segundo moviliza la fortificación de Valparaíso, que construye su Fuerte de San Antonio (llamado después “Castillo Viejo”) a estribor de su rada, primer reducto fortificado del puerto. Hawkins y su nao capitana serán apresados por los galeones “cagafuegos” de la Armada del Mar del Sur y pasará más de diez años en las cárceles peruanas y españolas, hasta ser liberado por la diplomacia de su poderoso sindicato, cuajado de influyentes rentistas beneficiarios de sus fechorías.
El corsario holandés Oliver de Noort (1600) logrará incendiar sorpresivamente tres barcos surtos en el puerto con frutas y legumbres secas, sebos y cecinas, pero la metralla de las baterías del Castillo Viejo, le alejan de sus aguas sin poder completar el expolio. La arribada de la flota de su compatriota Joris Spilbergen (1615) denunciada con tiempo desde Buenos Aires, será debidamente recibida. Valparaíso, a la espera angustiosa de recibir carga para sus cañones, había reforzado su milicia, despejado de barcos su fondeadero y hundido una vieja nave en él, para evitar la aproximación a tierra de la escuadra enemiga. Una cerrada descarga de fusilería dio cumplida bienvenida a las primeras chalupas del desembarco holandés. Con estudiada cadencia, iban los fusileros durante la refriega replegándose hacia el interior, desde los fosos cavados y sus empalizadas de playa. Mientras clareaba el día, ambas fuerzas mantuvieron su porfía. Pero cuando empezó a caer la noche, hízose más vulnerable la tropa desembarcada, reflejando sus casacas el resplandor de las estratégicas piras que ardían por doquier. El corsario holandés acabaría por replegarse a sus naos, y dar la vela rumbo güeste hacia sus Indias Occidentales en la oscuridad de la noche.
En 1616 se repuebla y crea el Corregimiento de Valparaíso, que años mas tarde pasaría a declararse Plaza Militar bajo crecida milicia y nueva y poderosa fortificación que empieza a construirse. Llegan los Agustinos Recoletos, que reciben un terreno en la quebrada desde entonces llamada de San Agustín, donde se establecen (1627). Llegan los Franciscanos (1663) para construir su claustro en la quebrada a la que legarán su nombre. Valparaíso que exporta mostos, sebo, cáñamo, mulas y coquitos de palma, inaugura una línea de naves propias que enlazan periódicamente con El Callao y otros puertos del Pacífico. Para el almacenaje de fardos y pertrechos comienzan a construirse galpones y bodegas de adobe y teja, alineados a lo largo de la playa. En primavera y verano, bajo los sures de aquellas costas se presentaba la mayor actividad portuaria; en el invierno austral, los fríos y desabridos vientos del norte obligaban al cierre de actividades náuticas.
Se construye el elevado Reducto de la Concepción sobre el punto de aguada (1676). Se termina el Castillo de San José sobre el cerro nuclear del enclave, dotado de poderosos cañones de bronce para el tiro de alcance. A sus pies, se remata este Castillo Alto con otro Castillo Bajo, plataforma o planchada prolongada hasta la playa, y artillada con cañones de hierro para el tiro rasante (1692) sobre los mástiles del fondeadero.
El tráfico portuario focalizado hasta entonces en Panamá, que expendía las manufacturas sevillanas a los puertos del Perú y recibía en sentido inverso pagos y mercancías que a Sevilla retornaban, iba a cambiar radicalmente a partir de 1746. La liberación del comercio con la Península propiciaba el tráfico directo de Valparaíso con Sevilla tras doblar el Cabo de Hornos rumbo a Buenos Aires y Montevideo. El paso del Atlántico al Pacífico navegando por el Mar de Hoces, era a la sazón ruta habitual de la holandesa Compañía de las Indias Orientales desde mediados del siglo XVII. Y España hacía propia la ruta descubierta y estudiada por Holanda. Como contrapartida, el tiempo empleado en arribar del Atlántico al Pacífico las mercancías peninsulares venidas desde Sevilla vía Panamá seguido desde el siglo XVI, iba a verse aligerado en varios meses por la nueva ruta.
Recientes terremotos (1730) habían arruinado fortificaciones, bodegas, galpones y más de cien casas habitadas regularmente en Valparaíso, pero la ciudad iba a surgir con brío de sus calamidades históricas. Escala obligada tras doblar el Cabo de Hornos, el “Puerto de Santiago” seguía recibiendo por el norte, paños de Quito, azúcar y plata mexicana del comercio con Acapulco y Panamá. Por el sur, la nueva ruta de los “Navíos de Registro”, aportaba desde Buenos Aires un notable abaratamiento de productos de primera necesidad como herrajes, telas, vestidos, y otras manufacturas, además de aceite y aperos peninsulares. Y expedía en todas direcciones sus sebos, badanas, cordobanes, jarcias, mechas para pistolas y fusiles, cáñamo, hilos, cordelería, cecinas, mostos…
Una vez perdido el miedo al paso austral y sus “Aullantes Sesenta”, alentado siempre desde los mentideros de Europa mediante vaticinios y consejas de toda laya frente a cualquier noticia desgraciada de navegante o Flota, los comerciantes franceses de Saint Malo, con naves documentadas de “Registro Franco” completarían un ciclo bianual de ida y vuelta al Callao y Valparaíso. En sus naves traen no solo nuevos productos, sino nuevas ideas que bullen en la Francia prerrevolucionaria, semilla de la independencia que medio siglo mas tarde había de llegar a estas costas.
En 1766 se establece el “tráfico en derechura” con Cádiz, con el correspondiente menoscabo de pólizas, alcabalas, retrasos y sobrecostos, además del gravamen por muertes que el tránsito de sus gentes por climas tropicales penalizaba. Pero el océano proseguiría hurtando a los dioses su puntual tributo en vidas. La navegación austral llenará los puertos de Chile de enfermos escorbúticos, y de cadáveres flotantes las estelas de sus barcos. El escorbuto habíase convertido en la enfermedad endémica de la ruta austral, azote sistemático de las tripulaciones con más de los dos meses de singladura. Para poner remedio a tantos males, llegan a Valparaíso los Hermanos de San Juan de Dios, que instalan su Hospital en el inconcluso convento de Santo Domingo (1767). En un enroque virreinal, los dominicos pasan a ocupar la Casa de Ejercicios que los expulsados jesuitas regentaban tras La Matriz, luego de su abandono de las Españas por Real Orden de Carlos III.
En 1774 se establece la Aduana y pocos años después, cristalizada su ciudadanía propia con varios miles de almas, Valparaíso nombra Cabildo. Ambrosio O’Higgins a la sazón Gobernador General de Chile, solicita a Carlos IV el título y blasón de ciudad nueva (1789), para el viejo “Puerto de Santiago”. Bastantes años más tarde recibiría en contestación el águila de San Juan con su escudo de Nuestra Señora de las Mercedes de Puerto Claro, y su lema de “muy noble y leal”, un sarcasmo para los vientos emancipadores que soplaban ya por aquellos pagos.

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