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LA LEYENDA DEL GALEÓN ERRANTE – IV

Otro investigador neocelandés, Winston Cowie, cree también que los peregrinos del galeón San Lesmes arribaron a Nueva Zelanda. Hace propia la idea de Langdom de que fueron ellos quienes introdujeron la batata en aquellas islas, hecho acontecido a principios del siglo XVI, cuando los maoríes empezaron a construir ”patakas” una suerte de hórreo celta inaccesible a los roedores, para ensilar tubérculos a buen recaudo. Nuestra expedición salida de La Coruña, pertrecha a base de productos del entorno portuario, no es difícil suponer que conservase alguna provisión originaria al llegar a Bahía de Plenty. Como tampoco resulta extraño suponer que cualquier tripulante gallego del San Lesmes pudo mostrar a la nación maorí cómo se conservaban los preciados bulbos de su tierra. Pero nunca lo hubieran hecho sus hijos-nietos polinésicos, que teniendo que cargar siempre con el bulbo de leyenda, no han dejado rastro del cultivo ni sus “patakas” en ninguna de las islas del poniente que supuestamente hubieron de recorrer (y cultivar) hasta llegar aquí. Y ante la controversia suscitada en su propio país sobre el origen de estos primeros contactos netos ibérico- maoríes, Cowie se inclina del lado español, dado que en todo momento, pese al impreciso vaivén del antimeridiano de Tordesillas, por el cual unos y otros mataban o morían, mantúvose Nueva Zelanda históricamente dentro del sector del Pacífico español. Cuanto más después de firmado el Tratado de Zaragoza, que lo fijó definitivamente en 1529 a los 138ºE. Su posición quedaba por tanto incluso al oeste del australiano cabo York. Estudiando algunos vocablos maoríes tales como “kaipuke” (buque) o “pero” (perro), vio que apuntaban a préstamo verbal castellano. Encontró un pueblo llamado Aranga (autóctono apócrifo) que es vocablo idéntico a un topónimo coruñés de Betanzos, y que el Tuy, pájaro emblemático de los maoríes, sonaba a hermosa ciudad ribereña del lejano Miño, con resonancias de estirpe sueva.
En 1990 el arqueólogo australiano Greg Jefferys se dio a la búsqueda de otro galeón ibérico tras indicios aparecidos en la isla Stradbroke, en la costa de Queensland (este de Australia). Decenas de testimonios afirmaban haber visto un posible pecio soterrado en sedimentos de la barra de Bahía de Swan o Jumpinpin, hoy hollada con la apertura de un canal de navegación que desdibuja el entorno de la marisma. Un siglo antes un Mateo Hebb había hallado unos restos de madera quemada que parecían pertenecer a una embarcación de elevados castillos de proa y popa, fáciles de distinguir sobre los sedimentos de su entorno. Extrajo unos 60 kg de láminas de cobre de su obra muerta. Ello suponía ya de entrada que se trataba de un navío de porte, con láminas protectoras contra la broma, carcoma letal de las maderas europeas en aguas cálidas. Desgraciadamente desde entonces los reiterados incendios producidos durante las sequías del verano australiano, no han sido ajenos a la completa ocultación de aquellos venerables restos.

 

Aunque existen otros testimonios menores, es interesante el de tres excursionistas que halláronlos de nuevo tras un incendio que acabó con la maleza que los ocultaba en 1934… pero también con el maderamen que hasta entonces había sobresalido sobre el lecho sedimentado. Jim Walter portavoz del grupo, extrajo un perno de bronce de una de sus cuadernas. Posteriormente escarbando alrededor del casco aparecieron diversos útiles entre los que destacaba una afilada daga con mango de asta de ciervo, que Madrid reconoció como herramienta típica de la marinería española del siglo XVI. El cascarón medía 30 metros de eslora y su posible arqueo se cifraba en 300-400 toneladas. Demasiado grande para ser la San Lesmes o, quien sabe si su díscola compañera Anunciada, enrumbada al este desde el Atlántico Sur, estela hacia el Indico, y nunca más vista. Pero no era el caso. Debía tratarse de alguna nave de época posterior cuando ya el empleo de maderas exóticas en las naves ibéricas, o la protección de forros con láminas de plomo primero y cobre mas tarde, era contra la broma, técnica extendida a otras naves que las españolas. Tal vez fuese un galeón holandés de la Compañía de las Indias Orientales, aunque el perfil de altos castillos de proa y popa, descrito por primera vez en 1890 apuntaba hacia el típico de carabela española del siglo XVI. El problema vino cuando Jefferys anuncio hallazgos casi un km tierra adentro, que sobreentendían otro naufragio distinto del supuesto, y más antiguo, dado el retiro bradisísmico de la línea húmeda de costa, o la compacta lengua y densidad de los sedimentos que aprisionaban el posible pecio soterrado. Citaba el descubrimiento de una hermosa testa latina de bronce, remate sin duda de algún señorial puño de bastón, una hoja de espada de acero bien tratado, una moneda de plata de Felipe II donde puede leerse la fecha de 1597, seguramente de ceca novohispana o limeña, y algún otro objeto menor como un aparejo de pesca o un botón de latón. Pero hacía hincapié en el secreto a voces con que los aborígenes del lugar venían utilizando desde tiempo inmemorial antiguas monedas españolas para subvenir a las necesidades de su comunidad. Tampoco nadie en este caso parecía escuchar aquellos pertinaces rumores. Pero no cabía duda: si aquellos nativos no habían sido en su día testigos oculares de la embarrancada del galeón, sabían de su pecio desde bastantes generaciones antes. Había trascendido que en la década de los años treinta, un oportuno ciudadano llamado Frank Boyce pudo salvar a una muchacha aborigen en riesgo de perecer ahogada, por lo que familiarizó con su etnia matriz. No tuvo ésta reparo en mostrarle los restos del despojo-manantial de sus inveteradas y mágicas monedas de oro y plata. Uno se pregunta: ¿Y el gobierno de Queesland donde estaba?¿Por qué no se enteró de este expolio?¿Tuvo que llegar Jefferys en 1990 para enseriar aquel asalto, seguramente inconsciente pero sin duda lacerante, para su patrimonio nacional y para su historia y la Historia?.Esto hoy no podría darse en Australia, gracias a Dios, en aras de la objetividad histórica que todos deseamos. A día de hoy, nada ha trascendido del resultado y proyecto de análisis espectral o perfil de barrido sònico que Jefferys había pensado desarrollar sobre el subsuelo de aquellas marismas y sus playotes aledaños. Pero para nuestra conclusión del caso, tampoco podemos referenciarlo con la nao San Lesmes, que para los años de 1597 en que acuñaron la moneda hallada , hacía medio siglo largo que para su tripulación había perdido toda significación el peculio de curso legal del Imperio.

 
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LA LEYENDA DEL GALEÓN ERRANTE – III

Todo indica que aquel 2 de junio de 1526 el galeón San Lesmes enrumbaba a las Molucas con una derrota algo más al sur que la de Magallanes, y mucho más que la de su capitana Sta. Maria de la Victoria, que le precedía. Su rumbo íbale aproximando a la zona pre – tropical, de alisios favorables del sudeste y corrientes de deriva oceánica que formaban una suerte de lanzadera hacia el NW por encima de los 35ºS. Su rumbo incidía inexorablemente hacia las entonces desconocidas Gambier, Tuamotu y Sociedad, un verdadero campo minado por arrecifes, islotes y atolones planos, con mas de 150 trampas insulares a fil de roda, abanicadas cual siniestra telaraña de tres millones de Km. cuadrados ante unidireccional insecto. El confiado andar del San Lesmes con buena mar y brisa fresca por popa, podía superar los 3,5 nudos. En sus singladuras nocturnas, el peligro de embarrancar abruptamente en cualquier anillo coralino, playote o bajío del desconocido y mimético insulario era cierto y próximo, pese al sereno fulgor de sus buenas lunas de agosto. Y así parece que ocurrió en Amanu.
Langdom, catedrático de Historia de la Navegación del Océano Pacífico en Australia, dedicando cincuenta años de su vida a este enigma, cree que con el nuevo día, la tripulación pudo zafarse de algunos cañones y lastre suficiente para reflotar la nave. Maltrecho, pero nuevamente operativo y rumbo al poniente, tras 600 millas avante fue a dar el galeón con la deshabitada Anaa y la habitada Raiatea (Sociedad, al oeste de Tahití). Allí trataron de recomponer la nave, testificando bajo la cruz de Anaa su accidentada singladura, alertando al patache que supuestamente navegaba tras ellos. Pero el Santiago nunca apareció, y ellos acabaron maridando con nativas que les dieron descendencia. Cuando sin duda habrían muerto ya los últimos españoles de Tuamotu, iba a pasar por ciertas islas cercanas Fernández de Quirós (1606), el primer europeo que aparecía tras ochenta años de silente vacío. A buen seguro nada de ello trascendió en las protohistóricas Amanu, Raiatea y Anaa. Pese a su voluntad de llegar al Malucco, seguramente no fueron ellos sino sus vástagos, ahítos de narraciones encendidas, añoranzas y subida autoestima, osmotizadas todas por el pasional y obsesivo relato paterno, quienes prosiguieron el periplo hacia el poniente. Mediante pistas genéticas, arqueológicas e historiográficas, Langdom y colaboradores han encontrado posibles huellas de su presencia en diversas islas del Pacífico tales como Pascua (27º7´S-109º21W), Tahití (17º40´S- 149º28´W , a 300 millas de Anaa), o la propia Nueva Zelanda 2000 millas más lejos, cuyos autóctonos maoríes estarían influenciados por la “cultura occidental” llegada desde España. Difícil ecuación que comentaremos mas adelante.
Son muchos los indicios de temprana presencia española en Nueva Zelanda. Empezando por los “whakapapa”, relatos maoríes de genealogías y vivencias ancestrales, verdaderas sagas de sus tribus. Narraban avistamientos históricos de grandes barcos en sus costas, que nadie prestaba atención. Aunque también entre sus gentes albergaban individuos pelirrojos y caucásicos de tez clara, los “urekehu”, que habían sorprendido a los propios naturalistas de Cook, por repetirse de nuevo lo visto por ellos en Tahití. Abundando en la materia, Langdom en un documentado artículo de la Sociedad Australiana de Antropología, estudia la existencia de ciertos maorís de etnia caucásica y la relaciona con la recurrente presencia de españoles del siglo XVI. Max Dowell historiador neocelandés, ha tratado también esa presencia española o portuguesa en sus islas y Tasmania durante el mismo siglo. En las costas de Hotiki (isla sur) descubrió restos de un pecio de madera de haya, con cuadernas ensambladas al ibérico modo, apernadas mediante vástagos de la propia madera. Fuertes temporales del invierno austral arrastraron la arena de la costa, dejando al descubierto restos de aquel maderamen que, analizados por el historiador neocelandés, le inclinaron a creer se trataba quizá de una nave portuguesa de la malograda expedición de Pedro de Labore (1555 ). Noel Williams un cazatesoros de la misma nacionalidad, descubrió en la Bahía de Plenty (Gran ensenada de la costa norte de Nueva Zelanda) un trozo de cuaderna de galeón empernada por tirafondos de bronce que supuso español. Sometido a la prueba del Carbono 14, fue datado como del siglo XVI. Pero el supuesto pecio español, que podría aportar datos preciosos, permanece aún bajo la arena de la bahía, a la espera de un permiso de excavación que tarda en llegar, ahora que las cosas del naufragio histórico parecen haberse puesto serias. Para Francisco Mellén Blanco, historiador de la Asociación Española de Estudios del Pacífico, resulta más acertado enfocar la presencia hispana en Nueva Zelanda y su contacto con la cultura maorí, a partir de la expedición de Juan Fernández (el descubridor de las islas que llevan su nombre) desde Valparaíso en 1576. El navegante hispano descubrió allende el Pacífico ciertas << tierras habitadas por nativos de piel blanca >>, tierras que 40 años después eran propuestas a Felipe III para que las conquistase desde Chile. De esta expedición parece provenir un morrión aparecido en Plenty, oriundo modelo borgoñón traído a España por las huestes del joven Emperador, y asumido por los tercios y demás milicias hispanas. Se conserva en el Museo de Wellington.
Roger Hervé, historiador de la Biblioteca Nacional de Francia (cuyo departamento de reproducción suministra magníficos mapas de su archivo a quien lo solicite), sostiene que Nueva Zelanda y Australia fueron descubiertas fortuitamente por navegantes ibéricos entre 1521 y 1528. Para este extraordinario conocedor de la cartografía histórica, el mapa que Cook manejaba cuando arribó directamente a la Bahía de Plenty, era una copia secreta de la elaborada por los marinos portugueses que despojaron y mataron a los supervivientes del Galeón San Lesmes. ¿Cómo llegó a las manos de Cook esta preciosa y secretísima información?. Pese a la pena de muerte inminente << con perdimiento de todos sus bienes >> de quien pasase información a otros reinos, una copia del original archivado en Lisboa, fue a manos del cartógrafo Pierre Desceliers, a la sazón gran maestre de la Escuela de Cartografía de Dieppe, quien se lo regaló al Delfín de Francia en 1546. Por ello se le conoce como “Mapa del Delfín”, que realmente es una versión del ejemplar lisboeta trufada con el buen hacer del gran hidrógrafo francés.

Y como ¡poderoso caballero es don dinero!, de idéntica guisa a lo ocurrido en Lisboa, lo consiguieron activos espías británicos en el Dieppe del siglo de las luces. Pero la derrota seguida por el galeón español es para Hervé diferente de la supuesta por Fernández de Navarrete y asumida por Langdom. La nao San Lesmes no naufragó, ni siquiera pasó por Tuamotu. En una comprometida y difícil navegación, aproando al menos intermitentemente contralisios y corrientes oceánicas adversas por debajo de los 35ºS, alcanzó las costas de Nueva Zelanda. Allí convivieron con los maoríes algunos años hasta saltar a Australia y morir a manos portuguesas en 1528. Pero si así fuera, algo tendrían que contar las ricas sagas maoríes, y que yo sepa nada parecen decir de estas convivencias étnicas con hombres blancos… Pero para el fino olfato de Hervé, quienes originalmente dibujaron las figuras humanas y chozas copiadas en el “Mapa del Delfín” que en Dieppe se elaboró, conocían perfectamente las vestimentas, hábitos y construcciones maoríes de la época. Y solo los españoles, que venían navegando desde el Pacífico oriental, habiéndose topado casualmente con estas islas, cartografiaron sus costas como si de un solo continente se tratase. Parece razonable la hipótesis del francés, ya que para los portugueses de Timor y las Molucas, era lejano y complicado acceder a la costa este de Nueve Zelanda, a la sazón inexistente Terra Australis, oculta en las brumas incógnitas de latitudes prohibidas.
Navegando siempre al poniente, pudieron en fin los peregrinos del San Lesmes llegar a las costas de Australia donde, según Langdom, naufragarían en los arenales de Warrnambool (“lugar de agua” en lengua aborigen) situados en la apostrofada como “costa de los naufragios” del litoral de Victoria al sureste del continente. Algunos supervivientes en nueva embarcación por ellos construida (o arrebatada a comerciantes malayos visitantes de aquella costa, o en la suya propia rescatada), llegarían al cabo de York antes de 1529 (tratado de Zaragoza), siendo allí copados y muertos por la segunda hueste portuguesa de Diogo Gomes de Sequeira, exploradores a la sazón de lo que ellos agazapadamente consideraban potencial tierra de Portugal (extremo nordeste de la costa oriental australiana). Las instrucciones lusas emanadas de Meneses, Gobernador de las Molucas, eran tajantes: << Si tomases a los castellanos o su nave, no dejes ninguno de ellos vivo, porque vienen a tomar y levantar las tierras del Rey Nuestro Señor de Portugal, y envolvedlos en una de sus velas y echadlos en medio de la canal de la mar, porque no quede ninguno de ellos vivo, ni haya quien vaya a decir a Castilla lo que por esta tierra pasa. Lo cual haced, so pena de muerte y perdimiento de vuestros bienes >> había proclamado uno de sus acólitos. Arrebataron por tanto a los españoles nave y mapas, pero silenciaron la lid y su cumplido desenlace, a las puertas como estaban de acordar con España la ubicación del vital antimeridiano y el consiguiente cese de hostilidades.
De esta interacción hispano-lusa u otra inédita, parece han perdurado en esta Terra Australis algunos útiles de pesca, calcificadas herrumbres de cañón, señales grabadas en rocas, sucintos fortines estratégicos, vainas de espada, maderamen de roble cantábrico, vidrios, abalorios, un puño de bastón. Demasiada cacharrería a buen entender para ser salvada, y conservada, tras años de calamidad y naufragio por los últimos del San Lesmes. Por ellos, repito, y no sus descendientes, que poco o nada debieron de aprovechar aquellos menesteres tras faltar sus genuinos dueños. La lejanía en tiempo y espacio de todo adiestramiento y manejo que aprendieran sus mayores cuando jóvenes, sería probablemente para la nueva generación polinésica patrimonio de mundos oníricos, que nunca llegarían a catar. Y eso, por muy compenetrados que en primera generación hubieran estado con sus padres. En generaciones sucesivas sin duda, su “cultura occidental” sería un pálido remedo de lo sobrevivido en Amanu. Entero probablemente hallaríase, caso de haber sido los propios supervivientes quienes en persona accedieran a la Bahía de Plenty o a las dunas de Warrnambool. La investigación histórica de aquí, o de allá, ha de proseguir, pues, atando cabos, despejando incógnitas