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Contexto Histórico de Acapulco – III

Figura 5 b: El puente del Camino de la China sobre el río Papagayo

Durante el siglo XVI, aquel Mar del Sur, nombrado eufemísticamente en la siguiente centuria como Spanish Lake, era en efecto una suerte de Mare Nostrum español por incomparecencia de contrarios, que garantizaba en cambio jugosas informaciones a quienes lograran hacerse con el derrotero de cualquier nao hispana. La Casa de Contratación de Sevilla, celosa guardiana del acervo naval del Imperio, actualizaba anualmente el secretísimo Mapa Maestro del Padrón General, que desde 1527 convirtiose en modelo único para todos los pilotos hispanos, seccionado por latitudes y mares a navegar, según derrota prevista o piloto concreto. El mapa maestro de Juan López de Velasco, originalmente desglosado en doce cartogramas capaces de reflejar fielmente la totalidad del Imperio español y sus mares, iba a suponer empero el fin de la supremacía de las cartas españolas. A finales de siglo, hidrógrafos de todas las escuelas europeas, accederían a una copia confidencial hurtada en Sevilla, que sirvió de germen para imitar su método y extrapolar o graficar por analogía otros escenarios geográficos. A pesar de ello, la captura del derrotero y cartas náuticas de un galeón español, siguió siendo para cualquier corsario o perro del mar, tesoro tan preciado como su propia carga en pesos de plata. A más de uno de estos delincuentes, le salvó del patíbulo el hecho de ofrecer al Almirantazgo inglés un derrotero capturado a los pilotos ibéricos.

No solo era Acapulco el polo ferial y económico más importante del Pacífico hispano, sino su puerto estrella en la investigación oceánica y geográfica. Entre otros muchos intentos fallidos es famoso el de Francisco Galli, piloto mayor adscrito a la Capitanía de Manila, que parte en 1582 desde Acapulco en busca del legendario Estrecho de Anián, que le llevará hasta Macao; pero vuelve de Asia sin haber conseguido hallar la bocana del paso. Tal cosa quedaba sin duda para gloria de Vitus Bering, el danés al servicio del Imperio Ruso, que un par de siglos después hallaría, en días despejados de niebla, el estrecho que separa América de Asia y que se conoce hoy con su nombre. Pero eran muchas las patrañas que sobre este solapado fiordo se manejaban en los mentideros portuarios; y muchas también las intentonas que se sustanciaron en aquellos años desde Nueva España o desde Europa. Tempranamente Fernando el Católico, había albergado la idea de hallar un estrecho que diese continuidad al Atlántico hacia las islas Molucas: el paso que yo deseo encontréis… en palabras suyas, que fue pronta obsesión reflexiva de la carrera española hacia La Especiería. Legendarios navegantes como Vicente Yáñez Pinzón, Gaspar de Corte Real, Fernández Labrador, Díaz de Solís, Ponce de León, Hernando de Soto, Fernando de Magallanes y un largo etcétera ibérico, habían empleado sus saberes náuticos y exprimido los de su tiempo, para buscar  el preciado paso. Cuando al fin fue éste hallado, apareció en una altísima latitud sur, donde el océano embravecido, rugía anulando las voces dadas a bordo, mientras  témpanos gélidos topaban contra el casco, astillaban los bordos o machacaban las rodas, reforzadas pronto con pletinas de hierro por imperativo vital. Eran los llamados Aullantes Sesenta, cuyo mugido con rociones de espuma y agua helada, sobrecogía a todo marino que cruzaba aquel oscilante y equívoco piélago semoviente. Pequeños carámbanos sueltos, asperjados por el empuje oceánico de cualquier ola encrespada, eran precipitados sobre el bajel que hendía sus aguas cual víctima medrosa. Pero el Estrecho de Anián no aparecía por latitud Norte alguna, pese a ser intuida su posición hacia el septentrión atlántico. La Corona empezaba a plantearse la quimérica idea de construirlo. Primero en Panamá, más tarde en Nicaragua y Tehuantepec, donde el incombustible Hernán Cortés había encargado a su pariente Álvaro Saavedra Cerón que estudiase su viabilidad, mientras construía el camino real entre ambos mares. ¡Hernán Cortés en todas partes!: su laboriosidad e  iniciativa aún nos sorprenden hoy. Muchos años después, durante los estertores del Virreinato, las cortes de Madrid estudiarían todavía aquella apertura del canal visionada por el conquistador, con un llamamiento a los inversores europeos para acometerla (1814). Pero el mundo estaba entonces para recoger otros guantes; Ferdinand de Lesseps embajador francés en Madrid que lo recogió para aplicarlo en Panamá, llevó a su país a la quiebra.

El espíritu de exploración y conquista fue continuado por los sucesivos Virreyes de Nueva España, muchos de los cuales pasaban a ser  Virreyes del Perú tras su cese, perpetuando allí las directrices impulsadas por Carlos VFelipe II en el norte. De acuerdo con estas políticas, Juan de Fuca, piloto griego de la Armada virreinal, es encargado por el Virrey Luís de Velasco, de una nueva y ya obsesiva búsqueda del Estrecho de Anián, la mítica tierra nombrada por Marco Polo en su fabuloso libro de El Millón. Tras una primera expedición fallida por rebelión a bordo, emprenderá una segunda a cuyo regreso a Acapulco, proclama el éxito de su viaje. Con una carabela, una pinaza y un puñado de hombres, ha recorrido la costa pacífica de Oregón y hallado el estrecho buscado (que lleva hoy su nombre) en latitud 47ºN. Nadie le cree, pero el Virrey cumple con enviar su expediente a Sevilla, en cuya Casa de Contratación, mitad rigorismo procesal mitad desidia, dormiría el sueño de los justos. Fuca viajará a España en reclamo de sus derechos, pero hastiado ante tanta dilación y secretismo oficiales, regresará a su tierra cefalónica. Realmente el Estrecho de Anián descubierto por el piloto griego (paso entre Isla Vancouver y el continente), no era tal, ni facilitaba el paso de un océano al otro. Era un simple canal costero del propio Océano Pacífico, sacado de la escala geográfica correspondiente, como quedaría constatado por navegantes posteriores.

El inglés Thomas Cavendish (1586), rico heredero y connotado petimetre de la corte Tudor, enrumba al Pacífico por aquellos años con el placet de su reina. Viene a hostigar al Imperio Español, a la vez que ver de rehacer su magro erario. Supera el Estrecho de Magallanes con el sueño de regresar millonario a costa del Tesoro público hispano, desideratum icónico de las nuevas generaciones de la baja nobleza de un pequeño país inseguro y agresivo, cuyas perspectivas de medro eran entonces muy limitadas. Era una manera de hacer las Américas que los españoles de todo tiempo entendieron de otra forma. El regreso clamoroso de Drake a su base de Plymouth tras su rutilante vuelta al mundo, motiva al sindicato corsario de Isabel Tudor para financiar otra incursión depredadora por el Mar del Sur, que cuajaría cinco años más tarde. Thomas Cavendish como adalid, sale de ese puerto a la caza de la Nao de la Plata, que singla entre El Callao y Panamá. O del norteño Galeón de Manila, alternativa que cruza el Pacifico desde Acapulco al poniente, y aparece de regreso al norte de California, para virar luego al S.E y acceder a su destino y origen. Los infiltrados del sindicato saben que la Baja California no es una isla, sino una península constatada por el propio Drake en su viaje alrededor del mundo, ayudado por la cartografía hispana robada en naos esquilmadas. Cosa que la pura lógica lo presuponía de antaño, por tratarse de un periplo en  aguas nunca holladas por inglés alguno. Buscaba al parecer por aquellas latitudes el dudoso estrecho de Anián, por el que escapar para no ser copado por el enemigo, lo cual resulta creíble pese a las muchas fantasías narradas sobre el viaje. Por aquellas latitudes y época, pocas naves había para asaltar y rentabilizar su negocio de consumado ladrón de los mares, ya fuera por cuenta ajena o propia. Parece verosímil su actitud exploratoria en busca de Anián como posible vía de escape. Y no habiendo podido conseguirlo, dio la vela para las Indias orientales… dicen las crónicas de su tierra. Por todo ello deducíase que, no siendo la Baja California una isla, el galeón de Manila  debería tomar un rumbo S.SE con resguardo litoral por babor, siguiendo la Corriente de California hasta el cabo San Lucas. Allí es donde la flotilla inglesa podría atajar con ventaja el paso de su presa. Fiel a su plan, Cavendish dobla el meridión de América con sus tres naves y enrumba al N. para interceptar el Galeón de Panamá o Nao de la Plata. Apresa una urca de cabotaje en aguas chilenas que le cuesta perder la primera de sus naves, e indaga que el galeón panameño no navega solo y desarmado como antaño lo hiciera. Lo hace ahora en conserva, entre naves de la Flota del Callao escoltada por La Armada del Mar del Sur, formación asumida a partir del único asalto sufrido por el galeón. Cavendish sopesa los riesgos de un ataque por alcance, como el que Drake perpetrara entonces, pero decide pasar de largo. Dejará en la lejanía de su catalejo el nada tranquilizador grupo de velas que, por estribor, percibe  compacto rumbo a Panamá.

Con singladuras N-NW, hostiga al paso el inglés presas fáciles, pequeños enclaves costeros, urcas de cabotaje. Núcleos indígenas humildes, poco más que algunas chozas con su iglesia de madera, van a recibir la sorpresa de parlamentarios para negociar la compra de provisiones. Si los nativos rehúsan, se les  amenaza con quemar el pueblo. Pero era ese ya un ritornelo sabido. A veces aquellos indios los emboscaban y conducían a dolorosas muertes. Otras, las menos, accedían a intercambiar productos recíprocos básicos. Pero en todo caso, como gato escaldado que era, rara vez el indio perdía la iniciativa. Nunca esperaba a ser sorprendido por el advenedizo costero, más bien era él quien sorprendía al recién llegado. Y esta medicina hubo de probarla Cavendish en el Darién, con pérdida de varios hombres. No repetiría nuevamente la añagaza fallida, hasta alcanzar las costas de la Alta California, donde decide esperar al galeón filipino con las dos naves que aún conserva.

Luego de cinco meses  de navegación norpacífica y una agazapada espera, verá al fin aparecer en la neblina las velas de los  galeones Santa Ana y Nuestra Señora de Begoña, que navegan juntos desde Cavite. Las naves de Cavendish pierden pronto de vista una de aquellas velas desdibujada por la niebla, y deciden atacar a la otra con una navegada envolvente, fijos sus ojos en ella para no perderla entre brumas. Con el casco plagado de verdines y moluscos adheridos tras sus cinco meses de navegación en aguas ricas en plancton, el galeón Santa Ana, armado con fusilería a bordo, tratará de escapar al cañoneo de las veinticinco bocas de fuego por banda que le persiguen. Pero que no logran acortar sensiblemente su resguardo, pese al destrozo de aparejos y desgarres veleros que padece el fugitivo. Desarbolada finalmente la nave y diezmada su gente, rendirá su pabellón de 600 toneladas tras dos horas de forcejeo (1587). Es la primera vez en 22 años de vida que una mítica Nao de la China es capturada. Será saqueada y posteriormente incendiada. Pero en un esfuerzo supremo de sus hombres útiles, heridos en mayoría y desarmados, sabrá el robusto paquebote filipino dominar las llamas y lograr, con aparejo de fortuna, dar amarres en Acapulco algunas semanas después del Begoña. La captura del tesoro filipino, obligaba al inglés a no volver sobre sus pasos: sabía que los barcos virreinales saldrían a darle caza, y le quedaban miles las millas por correr hasta Hornos. Era menester perderse cuanto antes en el Pacífico, como su Drake arquetípico lo hiciera. Y como él, lo primero que decide es tomar cautivo al piloto del galeón asaltado. Alonso de Valladolid, será el guía español que pueda regresarle a su tierra por la ruta de las Marianas, las Molucas y el Índico portugués, aunque pierdan la otra nave en su largo periplo. Como buen fatuo de novedoso cuño, Thomas Cavendish entra en puerto con sus soldados y marineros vestidos de tela de seda, con las velas de damasco y tremolando en la gavia una bandera de paño de oro, nos dice David Hume de su arribada. Vivo contraste con aquel enorme Juan Sebastián Elcano y tantos otros que le siguieron, el verdadero primus circumdedisti me con su nao Victoria, que trae su peso de oro en especias para el Emperador. Pero lo primero que hace al tocar tierra, es ir descalzo en procesión con sus diecisiete bravos a humillarse ante la Virgen de la Antigua, por haberles salvado la vida. Habían partido 270 hombres en cinco naves, pero llegaban diecisiete en un flotante desecho fantasmal que solo de lejos hacía honor a su perfil de nao. Los planisferios añadirían tras ellos más de once mil km de circunferencia terrestre, un nuevo piélago vacío de islas y el desfase horario hallado entre los continentes. Ellos encarnaban el viaje que iba a cambiar el mundo. El mundo, sí, pero no la sólida personalidad del vasco discreto y recio que lo había culminado. Actitudes vitales,  paradigmas contrapuestos, arquetípico proceder histórico de dos naciones en sus gentes. Dos países que, por exceso y por defecto, se equivocan al opinar sobre sí mismos, sentencia GarelJones, ex ministro de Exteriores para asuntos europeos del Reino Unido. De regreso a Portsmouth, con la carga capturada que le hace millonario a los 28 años, y el parabién de su reina, pagará el inglés viejas deudas y compondrá su malversada hacienda, para maquinar nueva expedición corsaria. Cavendish se hará de nuevo a la vela en 1591, acompañado esta vez por el experto carroñero John Davis, pero las nuevas singladuras no iban a serle tan propicias como lo fueran en anteriores jornadas. Encontrará la muerte en costas del Brasil, desde donde su socio logrará regresar a puerto, con las tripulaciones diezmadas por el escorbuto.

La captura del galeón Santa Ana iba a tener consecuencias en la estrategia novohispana de la navegación norpacífica. El Gobernador General de Filipinas,  hacía tiempo que se había quejado de que  los galeones siempre han navegado con poca o ninguna artillería, y con tan poco temor a los corsarios como si estuvieren en el río de Sevilla, cuyo axioma inmediato sería armar los futuros galeones con artillería suficiente. Sabido era que el Galeón de Manila, una vez surgido del Pacífico a la altura del Cabo Mendocino, emprendía una ruta costera hacia el meridión, a lo largo de un desconocido litoral, con el riesgo añadido de sus cerradas y frecuentes nieblas. Llegado era el tiempo de reconocer y cartografiar los accidentes costeros, sus calados, arrecifes, ensenadas y puntos de aguada y leña, además de consolidar determinados enclaves californianos, que habrían de notificar con avisos, el paso del galeón al resguardo siguiente. Creóse para ello en el Pacífico el barco de aviso, suerte de correo similar al existente en el Atlántico, a fin de notificar las nuevas de puerto en puerto. Naos de dos palos, poco calado y buen andar, tal misión de enlace sería encomendada a una flotilla de pataches, los conocidos bajeles navegadores de toda latitud y cualquier mar, que la cántabra Real Fábrica de Bajeles de Guarnizo, había sembrado por los mares Cantábrico y Atlántico, y cuyo intercambiable velamen se adaptaba a cada estado de la leva, del viento, de la deriva o del largo a singlar.             

En 1596 Sebastián Vizcaíno, con tres naves  de colonos, gramíneas y ganado, parte desde Acapulco a poblar la Baja California, pero regresa decepcionado al año siguiente sin arraigo alguno, dada la aridez de la tierra y la belicosidad de los indios comarcanos. Ello suponía posponer el poblamiento del apéndice sur californiano, como un eco de las jornadas de Cortés más de medio siglo antes.  No obstante ello, repetirá en 1602 la expedición, y con 4 naves va a recorrer la costa pacífica hasta el Cabo Mendocino. Retornará Vizcaíno al año siguiente, luego de haber cartografiado la excelente bahía de Monterrey y el resto de costa californiana hasta Oregón, tal como habíaselo encargado la Casa de Contratación y la Armada del Virreinato. Pocas son las cartas marinas de Europa mejor trazadas que las de América Occidental, desde el Cabo Mendocino hasta el estrecho de la Reina Carlota (hoy Estrecho Juan de Fuca), no pudo menos que exclamar dos siglos después Alejandro Humboldt al ver aquellos cartogramas cum laude. El extremeño Vizcaíno, emprendedor, explorador, militar y navegante, bien conocido en la costa occidental novohispana, iba a convertirse en el primer embajador español en Japón y, andando años, perpetuo Alcalde Honorífico de la ciudad de Acapulco, la antesala imperial de Asia por real orden de Felipe II.

En 1610 llega al puerto de Acapulco una maltrecha nave con tripulación mixta de japones y castilas, enarbolando la hispánica enseña albirroja con la Cruz de Borgoña. Los recién llegados se apresuran a enviar una comitiva hasta México, que es recibida por el virrey Luís de Velasco. Se trataba del galeón rescatado de Rodrigo de Vivero, saliente gobernador de Filipinas, que sin gobernalle y batido por el temporal, había ido a embarrancar en costas japonesas tres años antes. Iyeyas el entonces nominal Emperador del Sol Naciente, a la sazón en buena armonía con los misioneros jesuitas, manda atender a los supervivientes, recomponer la nave, completar la tripulación con expertos marinos nipones, y enviarla en buena hora a Nueva España. Esta era la remendada nave que acababa de entrar en Acapulco, y que en rendido agradecimiento a la cortesía nipona era su comitiva recibida con gran fasto por el Virrey. La respuesta diplomática no se haría esperar, y Sebastián Vizcaíno iba a comandar la primera embajada novohispana que partiría al año siguiente hacia Japón. Como embajador de Su Católica Majestad Felipe III, se le consentirá cartografiar las costas japonesas y levantar sondeos en sus ensenadas. En agradecimiento, el flamante embajador regala al Shogun de Yendo un cronómetro de navegación fabricado en Madrid, que habría de generar una posterior industria relojera japonesa. Regresará como asesor de Hatsesura Asemoto, primer embajador japonés, cuya comitiva llegaba al puerto de Acapulco en 1614. Tras presentarse al Virrey en Ciudad de México, el futuro embajador se embarca hacia España para presentar credenciales a Su Católica Majestad. En México primero, en Sevilla, Toledo y Madrid después, iba a levantar una oleada de expectación con su exotismo, sus estrictos protocolos, su vistoso séquito y su conversión al catolicismo. No menor de la que levantó en Roma algunos meses después durante su visita al papa Paulo V. Regresada en barco a Barcelona, la delegación nipona iba a ser recibida con todo boato por el Duque de Medina Sidonia en Sevilla. Algunos de sus samuráis elegirían afincarse en el entorno sevillano cuando la delegación hubo de regresar a su patria, convertida de nuevo en hervidero bélico. Hoy existe en Coria del Río una pequeña colonia de sus descendientes que orean el antiguo gentilicio de sus ancestros, fraguado ya en orgulloso patronímico de vivos.                                        Figura 6: Plano Planta de la ciudad de Acapulco

           

El puerto de Acapulco había ido cobrando importancia como enclave económico del Imperio, a la vez que las autoridades del Virreinato tomaban conciencia del peligro creciente de una piratería que abordaba el Mar del Sur por el paso de Magallanes. Pero que comenzaba también a mostrar la patita a través del istmo, lo que podía propiciar su presencia en tiempo de feria. Su imagen era la de cualquier elemental núcleo humano. Su población presentaba por aquellos años la imagen de una simple aldea de pescadores, con casas de madera y techo de carrizo, presidida por una pajiza iglesia. Su abrupto terreno en ladera, útil solo para magras cosechas de subsistencia, obligaba a consumir víveres sobrepreciados, traídos desde los asentamientos indígenas del interior o de la costa. Con una temporada seca, sin lluvias entre noviembre y mayo, y sus denostados bohíos de pernocta para uso de tratantes y gentes de paso, veía deshinchar el suflé humano en cuanto acababa la feria. Revivía entonces la aldea que era, en su propia y elemental esencia.

Acabada la feria de 1615, la semivacía Acapulco es abordada por la hambrienta caterva corsaria de Joris Van Spilbergen. El holandés trae su escuadra llena de convalecientes a causa de un encuentro previo con la Flota del Callao y diezmada ahora por la amebiasis de alguna aguada tomada al azar. Meses hacía que la ciudad había sido alertada de su proximidad por avisos llegados de Panamá, y cuando las velas holandesas aparecen por fin ante la bocana, los sesenta cañones de bronce de la guarnición le dan unísona bienvenida. Han sido excavadas trincheras y reductos: desde allí hostigan al enemigo y esperan sus hombres mosquete en mano el desembarco corsario. Pero Spilbergen solo quiere parlamentar, e iza bandera blanca. Tiene las tripulaciones enfermas y necesita alimentos. Propone permutar ganado, provisiones y agua, por unos  prisioneros hispanos que arrastra desde Perú: una almoneda viva, siempre válida, que es ahora aceptada como pago por el gobernador de la plaza. Éxito holandés que tratará de repetir en Salahua (Manzanillo), donde tantea tomar aguada y alimentos bajo premisa análoga, hasta que aparece de nuevo el Sebastián Vizcaíno de todo guiso, con una pequeña flota que le rebota de la costa, episodio  conocido como la Batalla del Puerto de Santiago  (Manzanillo, Colima), que no sabemos si llegó a tanto, pero que de todas formas ahuyentó al corsario de aquellas aguas. El almirante holandés sabe que es fecha de arribo del Galeón de Manila y decide esperarle. Con su escuadra de cuatro grandes navíos de guerra, más dos rápidos pataches de apoyo, elaborará un despliegue lejano, fuera del alcance visual de los atalayas costeros de Acapulco, que pululan avizor por los acantilados. Un encuentro fortuito, con unos pescadores negros que lanzan sus redes mar adentro, le persuade de su error de calendario: los pescadores le informan que el galeón hace semanas que llegó, y está en Manzanillo limpiando fondos.  Pasan los meses pertinentes, pero el navío no se mueve: sigue fosilizado en las rampas de carenado. Y Spilbergen que no duda ya que su lejana presencia ha sido detectada, intuye que el galeón no saldrá ese año. La caza mayor de aquel cetáceo áurico había fallado. Largará velas rumbo a las Marianas, camino de Sonda y Java. La ocasión de copar el preciado botín con tan formidable escuadra, habíase perdido.

A partir de este suceso (1616), Acapulco verá construir su Fuerte San Diego, pensado en principio como refugio de ciudadanos frente al acoso pirático,  para transformarlo ahora en bastión defensivo de la ciudad, el puerto y sus accesos. Lo que había sido concebido como un fuerte de planta rectangular coronando un cabezo con caballeros perimetrales realzados, pasaba a tener planta estrellada con foso y revellín y una amplia casa para su castellano, que gozaba además de una fresca y arbolada residencia campestre en laderas de un cerro cercano. Era el alivio esperado para los castellanos, que considerábanlo un puerto algo enfermo. Lejos de las bases corsarias inglesas y holandesas, realmente Acapulco podía considerarse un enclave costero de escaso riesgo, pese a la intermitente presencia de algún aventurero del mar, que en mayoría de casos no pasaba de mostrar sus velas y largarse. Desde que Magallanes descubriera (1521) el paso que lleva su nombre, no llegaba a una docena las expediciones que habían osado seguir su ruta, contando los empeños fracasados y los perdidos. De todos, solo un par de ellos había remontado hasta latitudes de la Baja California. En 1624 lo haría una armada corsaria liderada por los almirantes Jacques L´Hermite y Hugo  Schapenham con base en la lejana Batavia (Java), quien, al regreso de Europa, remonta el Pacífico hasta Acapulco, donde sería finalmente rechazada. L´Hermite, hugonote belga al servicio de Holanda, había partido de Texel (Islas Frisias) al mando de 11 naves de guerra y 1600 hombres con ánimo de asaltar El Callao, Guayaquil y otros puertos del Pacífico hispano. Enfila rumbo al Estrecho de Magallanes  y tras doblar el meridión americano, pone sitio al puerto de Lima. Pero su cerco portuario termina en fracaso y elevado número de bajas, la de L´Hermite entre ellas. Unos meses después, Schapenham asoma por la costa novohispana y amaga entrar en la bahía de Acapulco. Nuevamente la artillería de la plaza recibe a la flota corsaria con abundantes parabienes de pepinos y metralla, cortesía que los corsarios saben apreciar retirándose a prudencial distancia. Era finales de octubre y nada se sabía todavía de la llegada del Galeón, que estaba sin duda en el punto de mira del almirante holandés. Llegado el tiempo de su arribada al cabo Mendocino, iba a ser oportunamente alertado por un barco de aviso. En consecuencia, aquel año quedaría anulada la feria, y forzada la invernada del galeón en aguas calmas de la costa californiana.

Desde su nueva posición de resguardo mar adentro, vigila el holandés las velas que entran a puerto, en la espera de ver aparecer la robusta silueta de la nao manileña, mientras organiza salidas esporádicas a tierra en busca de vituallas y aguada. Una de estas partidas de abasto que recorría aldeas indígenas, será encelada en tierra y puesta en fuga por escopeteros y flecheros guardacostas, que dejan regados los cadáveres al sol y a la vista como advertencia frente a nuevos desembarcos nocturnos. Las tripulaciones de los barcos holandeses, gozaban de baja consideración entre los militares hispanos, tomadas como ejemplo de calaña asilvestrada y ebria, vengativa y cruel, capaz de pasar a cuchillo a prisioneros inermes por el solo hecho de estorbar sus planes: pura bucanería de la peor estofa. El gobernador de la plaza, buen conocedor de estos menesteres, se niega a pactar entrega alguna al enemigo: ni alimentos, ni agua, ni cadáveres, nada. Esta actitud que destierra el dialogo, unida al dudoso lucro de ocupar una ciudad vacía, abandonada por su gente echada al monte con enseres y pertenencias, dotada de poderosas defensas fijas y destacamentos de tropa capitalina inundando la costa…  y el Galeón que nunca llega, acaba por determinar la marcha de la escuadra holandesa a principios de noviembre. Pasada la situación comprometida, el virrey Rodrigo Pacheco y Osorio mandará regresar a México las tropas desplegadas, no sin antes reforzar las defensas de Acapulco, nunca suficientes cuando el peligro apremia. Enviará un aviso al barco de Manila para que complete sus singladuras y aporte finalmente en destino. Después de este incidente, el ya para entonces nombrado Gobernador y Teniente de las Costas del Mar del Sur añadirá un bastión en punta de diamante en cada vértice del pentagonal Fuerte de San Diego, y amurallará de fábrica mampuesta todo su perímetro fortificado. Ordenará además construir otros bastiones defensivos en puertos  de la entrada del golfo, y dotarlos con nuevos cañones traídos de Filipinas.

La situación de agazapada espera corsaria volvería a repetirse en 1620, esta vez en el archipiélago filipino. Naves de guerra holandesas aguardan, durante semanas, el tránsito del Galeón de Acapulco por el traicionero Estrecho de San Bernardino, en cuyos arrecifes perdiera Villalobos su nave nodriza un siglo antes. Cargado con la plata novohispana, sigue el navío su ruta tradicional rumbo a Manila, que le lleva a  cruzar esa embocadura entre las islas de Luzón y Samar. Avisado oportunamente, el galeón superará a toda vela el angosto paso bajo el fuego cruzado de sus enemigos, que temen los peñascos sumergidos y no arriesgan ceñirse al cantil. Bien carteados a bordo sus bajíos, se orilla el galeón por estribor a la costa de Luzón para evitar envolventes, mientras responde galanamente al fuego de los corsarios. No lograrán sus proyectiles alcanzarle, ni intersectar su rumbo. Ligero de lastres el galeón, cargando apenas la fiducia novohispana, su andar a toda vela conservaría su barlovento con las otras naves de menor porte y eslora, aunque mayor trapo comparativo. Pronto desistirían los atacantes de su estéril empeño. A partir de este incidente, el Galeón de Acapulco cambiará cada año su derrotero entre las islas. Desde 1641 un cagafuegos de refuerzo esperará  su paso anual por el famoso Estrecho para escoltarlo hasta aportar en Cavite, donde le aguarda un jubiloso sonar de salvas y campanas.

En 1686 William Dampier y Peter Towley, integrantes de la patulea de carroñeros de la costa caribeña accedida al Mar del Sur, van a proseguir su pillaje en las costas del occidente americano. Confraternizan para asaltar el  Galeón de Manila, que saben capturado una sola vez en sus más de cien años de vida y, al menos, dos viajes anuales. Con 140 arcabuceros, distribuidos en doce canoas a remo, entran silenciosos en noche oscura a la bahía de Acapulco. No está allí el Galeón de Manila, pero sí encuentran en cambio un soberbio galeón peruano, cargado con mercaderías orientales, que debe zarpar en breve hacia Guayaquil y El Callao. Sólo que los cañones amenazadores del cercano Fuerte San Diego, dominando la vacía oscuridad, les persuade negativamente de la aventura que están urdiendo. No abordan la solitaria nave en reposo, sencillamente porque se sienten ya acribillados si los atalayas del puerto dan la alarma. Dentro de la bahía resultaba imposible capturar el galeón, para sacarlo a mar abierta con éxito; había que abordarlo fuera, a su partida, si querían salir con bien del lance. Y con esta idea, regresan a sus naves nodrizas bogando tan silenciosamente como habían llegado. Les aguardaban sin duda días de mimetismo y espera. Pero una inapropiada salida por comida y agua en días de estrechez, iba a precipitar sobre ellos toda la defensa estratégica que el Virrey había preparado para los tiempos de agobio pirático. Suenan las campanas eclesiales de los pueblos, que vomitan partidas de escopeteros y flecheros, dispuestos a batir palmo a palmo la costa. Pese a su apresurada retirada frente al rebato general, no pueden evitar los forbantes ser sorprendidos en sus botes de la playa sin dejar víctimas atrás. Con una alarma en tierra tan presta y automática, los piratas sopesan preparar la captura del galeón alejados de la costa. En un radio de siete millas que evite levantar sospechas, equidistarán cuatro naves en facha para filtrar las entradas a puerto desde una prudencial lontananza. Pero he aquí que el galeón se retrasa aquel año, y dos de las naves apostadas deben ausentarse para recabar vituallas, tratando de no soliviantar campana que pregone rebato alguno a los vientos, ni aldea indígena que se alborote. Se aproxima la época del monzón con sus celajes anubarrados, pero el Galeón no acaba de aparecer. Al final cunde el hastío. Los hermanos de la costa virarán rumbo al poniente, no sin antes comprobar con sorpresa que la nao filipina llevaba amarrada a sus ceibas más de un mes y que el galeón peruano había desaparecido del puerto. Bien las ocasionales ausencias por vitualla, o quizá el patache de aviso, habíales jugado una mala pasada frustrando sus soñados tesoros.   

En 1709 es el corsario de turno Woodes Rogers, otro ladrón por cuenta ajena, quien merodea la llegada del Galeón  de Manila a su paso por la costa californiana. Este año viene el galeón Nuestra Señora de Begoña, acompañado por el patache Nuestra Señora de la Encarnación en función de nao almiranta, cerrando cortejo con ligera carga y solo fusilería a bordo. Rogers caerá con sus dos fragatas sobre el patache que navega retrasado, lo captura y saquea. Ajeno al drama que vive su nao almiranta, el Begoña entra con felicidad en Acapulco.

Tres meses tardará en surgir de nuevo, cargado de plata novohispana, en su derrota anual hacia Manila. Navega solo y a media carga, bien que precavido, consciente de la pérdida del patache cuya causa en Acapulco desconocen, aunque no descartan achacarlo al merodeo pirata. Apenas unos días después será interceptado por las fragatas inglesas de Woodes Rogers que le aguardan junto a otra nave de porte medio capturada en Guayaquil, pero los cuarenta cañones del galeón manileño los ponen en retirada no sin serios desperfectos. Son ahora los barcos ingleses, sus cascos plagados de verdines tras prolongada navegación, quienes no pueden seguir el andar del recién carenado navío filipino. Han sufrido un primer rédito negativo, pero saben de su ventajosa potencia de fuego y, lamidas las heridas, tratan de ganar barlovento para horquillarle con su mayor campo de tiro. Inútilmente, porque la figura del Begoña irá empequeñeciendo hasta perderse en la noche. Con el alba, había desaparecido. Tres meses más tarde llegaría a Cavite sin mayor novedad.

Las sucesivas mejoras del Fuerte San Diego habían hecho de Acapulco una ciudad muy capaz de defenderse de cualquier insulto o ataque que se le ofrezca, aseguraba el Virrey Marques de Casafuerte, constructor también de la basílica de Santa Maria de Guadalupe. El gobernador del fuerte había pasado a ostentar el titulo de Teniente de las Costas del Mar del Sur, y ser el responsable del control y policía de la costa y del tráfico de mercancías de la región. Desde Carlos III tendría la obligación añadida de enviar reseñas semestrales sobre la meteorología y la agricultura de la provincia. Acapulco, bien guarecida por su reconstruido y mejorado Fuerte San Diego tras el terremoto de 1776, lejana siempre de las bases de abastecimiento corsario enemigo, despoblada tras su feria y recobrada su hechura de permanente aldea, sería ratificada por Carlos IV en su olvidado título de ciudad (1799).

Tras la liberación del comercio en los puertos del Imperio, y su persecución por las principales potencias, la vida pirática inició un declive que la llevaría en pocas décadas a su extinción. Durante su existencia, la plaza acapulqueña nunca sería tomada por flota enemiga alguna, caso único en la historia portuaria del Imperio español. Pero su castillo vería en cambio fusilar a los presos realistas por el insurrecto cura-soldado Morelos, unamuniana exégesis del mostrar la cruz pero blandir la espada, la romano-gótica encarnación del báculo y la ballesta de los obispos medievales. Un Gelmírez compostelano de allá por el año mil, redivivo ahora como una suerte de templario justiciero que incendia Acapulco y degüella a todo infiel español. Solo que esta vez no se trataba de expulsar al islámico intolerante, sino de quitar del medio al feligrés que no comulga con sus hostias profanas. Tampoco se trataba de un militar-soldado que cumpliera órdenes estrictas de un superior, sino de un hombre que había jurado entregarse a sus semejantes por Cristo. Pero que olvidaba en la sacristía sotana cural y golilla cuantas veces tocaba vestirse de faccioso. Curas que sin duda debieron rogar alguna vez por el catecumenado eclesial, siquiera cuando se ordenaron como tales… pero lo ignoraban si la circunstancia vital incensaba su ego, separándose de su santo ejercicio de pastor de almas para convertirse en lobo carnicero, como reza en su acta de excomunión por el obispo de Michoacán. ¿Donde estaba el límite ético de guerra justa que estos curas trabucaires aplicaban cuando de los conquistadores trataban? ¿Qué nos dejaron dicho de las Indias tres siglos antes?… Entonces no existía hemeroteca, pero ahora, sí. Ahora podemos contrastar hasta  la náusea, actitudes farisaicas entre el ayer y el hoy. Dios haya perdonado a esta suerte de padres de la patria. Sin aspavientos, como solo Él sabe y puede hacerlo, y la gente de bien desea. Mientras los patriotas de verdad y los sobreactuados, plenaban de efigies su memoria patria, como arma arrojadiza contra los gachupines y los cristeros. Siglo y medio más tarde, a toro pasao, la diplomacia vaticana eximiría a los trabucaires de su anatema impreso a fuego de maldiciones. Como si, por decreto, Sánchez Mejías o Manolete hubieran muerto por astas de toros… no siendo toreros. Bien que eran los aciagos días de la independencia de un México nacionalista, con sus fiebres desatadas en busca de si mismo, y las meninges dilatadas por el caos patrio. Y pasó como estas cosas pasan. Como un torbellino de emociones, desgarrando flecos históricos que no eran sino jirones de sí mismo. Se trataba en realidad de un nuevo insecto perfecto, que había mutado su capa virreinal por un desorbitado sombrero charro. Y siglo y medio después del capotazo, era precisa una entente cordiale que retrotrajese las aguas vaticanas a su cauce virreinal,  con el restablecimiento de relaciones diplomáticas

            

                      Figura 7: Portulano de Acapulco. Dibujo del autor

 
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Contexto Histórico de Acapulco – I

Figura 1: Orla de Acapulco

 

La primera noticia que tenemos de Acapulco proviene de Bernal Díaz del Castillo, que en la descripción de un perfil gráfico de la costa sur que poseía Monctezuma II (1519), lo cita como nombre de la ensenada que más tarde sería puerto famoso del Pacífico virreinal. Nombre al parecer de raíz náhuatl, con significado de lugar de carrizos destruidos, Acapulco surge como núcleo humano a partir de las expediciones de Hernán Cortés, llegado a su bahía para explorar y cartografiar, por mandato real, las costas del oeste novohispano. Su nombramiento como Capitán General de la Nueva España y del Mar del Sur, a ello le comprometía frente al Emperador Carlos V. Montará allí unas gradas (1523) donde construir y carenar las naves que han de llevar a cabo su empresa marinera. Inmejorable fondeadero de flotas, poseía la ensenada una bocana cerrada, disipadora  de todo  oleaje  franco de mar abierta, y un espléndido abrigo en anfiteatro empotrado al socaire de la Sierra Madre del Sur. Ribeteada de árboles donde trincar amarras o gobernar carenas, fue conocida en sus primeros tiempos como Bahía de Santa Lucía, al ser descubierta en esa festividad por la temprana expedición del capitán extremeño Francisco Álvarez Chico (1521). Cortés tenía una precisa visión de la costa, donde habíale encargado recabar tributos de los pueblos indígenas, lo que le llevaría a fundar Zacatula (hoy La Unión) como capital regional, y donde finalmente iba el capitán a encontrar su muerte. En 1531 Juan Rodríguez Villafuerte, explorando la costa desde Zihuatanejo, llegará hasta Santa Lucía, cuyo rancherío iba a nombrar como Villa de la Concepción. Este núcleo indígena y otros rancheríos periféricos, le serían adjudicados como encomienda con el nombre de Provincia de Acapulco, cuyas gentes tributarían en especies de maíz, algodón y cacao. Pero será Diego Hurtado de Mendoza quien funde de hecho el puerto de Acapulco, cuando en 1532 zarpa de su bahía con dos naves construidas con madera de sus bosques y mano de obra española y tlascalteca. Pronto una de ellas la regresaría con gente levantisca que no quiere por compañera. Sigue explorando la costa hacia el norte con la otra nave hasta que, sorprendido por una tormenta, naufraga, no sin antes haber cartografiado la costa recorrida y algunas de sus islas. Solo 3 supervivientes superarán penalidades sin cuento para informar del desastre a Cortés, que decide ir personalmente a buscar sus vestigios. Para ello, se trasladará a Santo Domingo Tehuantepec, ciudad por él fundada entre los zapotecas como apoyo de la campaña de Guatemala. Allí va a supervisar la construcción y aprovisionamiento de cuatro naves, con las que rastreará sin resultado la derrota de Mendoza. He proveído con mucha diligencia que en una de las partes por donde yo he descubierto la mar, se hagan dos carabelas medianas y dos bergantines; las carabelas para descubrir y los bergantines para seguir la costa… y para ello he enviado a una persona de recaudo y cuarenta españoles en que van maestros y carpinteros de ribera, aserradores, herreros y hombres de la mar… y he proveído a la villa por clavazón, velas y otros aparejos necesarios para los dichos navíos, y se dará toda la prisa que sea posible para acabarlos y echarlos al agua… le informa Cortés al Emperador en su Tercera Carta de Relación … Pero tras recorrer infructuosamente el litoral, regresará al resguardo de Acapulco, de donde saliera la expedición perdida. A partir de entonces considerará su puerto como el mejor de aquella costa, y la base de su astillero.

                                   El ir y venir de Cortés y su fieles entre la capital y la costa, iba a ir señalando una ruta itinerante de gentes a caballo que, guiados al principio por baquianos locales, fueron contorneando nuevos tramos para pezuña, diferentes de las sendas indígenas tradicionalmente seguidas por los tamemes nahuas. Marcábase con ello la futura senda embrionaria del camino real de Acapulco. El hecho de que una gran parte de los tributos y gravámenes impuestos por los mexicas a las sometidas tribus del sur, proviniesen de comarcas próximas al camino de Acapulco, impulsó al conquistador a enviar exploradores al área. Los autóctonos tlahuicas en las estribaciones de la Sierra Madre del Sur, era fama que tributaban su carga impositiva a los aztecas en incienso, mieles de abeja, barras de oro y otros metales. Se sospechaba que entre aquellos metales estaba el estaño, gran remedio para la fabricación de cañones de bronce en la Nueva España, que podrían fundirse a pie de astillero. La información recibida tras la inspección minera fue positiva y pronto iba a comenzar un laboreo minero (1522) próximo al enclave indígena de Taxco (Juego de pelota en náhuatl). Este asentamiento español entre estribaciones y cerros de la Sierra Madre, situado a escasos 10 km del anterior, daría lugar a la ciudad de Taxco La Nueva, fundada por el capitán Rodrigo de Castañeda (1529), comisionado por Cortés para reconocer la mineralogía de la región que seríale posteriormente entregada en encomienda. Las aparentes trazas de manganeso detectadas en las muestras minerales analizadas en Ciudad de México, resultaron ser vetas de plata, alguna de las cuales adquiriría fama y fortuna dos siglos más tarde, de la mano de los aragoneses La Borda, que explotarían también otros yacimientos regionales de vetas o mantos de oro, plomo, cobre y zinc. Al arrimo de la producción argentífera, los hermanos aragoneses mandarían construir el templo votivo de Santa Prisca, icónica joya churrigueresca del Taxco del siglo XVIII, mientras iba labrándose en la ciudad la fama internacional que habían de adquirir sus orfebres plateros.

                                Bajo ese mismo criterio de reconocer las formaciones rocosas y auscultar posibles minerales metálicos en la región, Cortés enviará una partida exploratoria al valle de Iguala (Donde es serena la noche en náhuatl) al mando del capitán Juan de Mesa. La correspondiente toma de muestras minerales en los cerros y sierras circundantes, arrojaría la existencia de abundantes yacimientos metálicos. A la vista de este primer contacto, se iniciará la eufemística pacificación de la comarca, no otra cosa que la toma y sometimiento de los indígenas al poder de la Corona española. Finalizada ésta, le sería entregada en encomienda temporal al propio Mesa, que traería a Iguala misioneros franciscanos (1534) para catequizar a los indígenas comarcanos, a quienes someterá a tributación en especies de maíz o metal en barras. Con la orden del sometimiento perpetuo dictada por la Real Audiencia de México (1550), esa encomienda será adjudicada a Francisco Mexía, quien implantaría el ganado porcino y caballar en los pastizales del valle. Andando el tiempo, Iguala iba a convertirse en plaza clave del camino real de Acapulco, con un importante eco comercial del flujo económico entre Manila y Sevilla.

                                En 1527 por orden del propio Cortés, Álvaro Saavedra Cerón había partido de Zihuatanejo con tres naves para tratar de encontrar la Trinidad, capitana de Magallanes, perdida en las Molucas seis años ha, cuando intentaba ganar las costas novohispanas. Noticia sabida durante su estancia en España, donde era comentario obligado la gesta de Juan Sebastián Elcano con dieciocho supervivientes tras su arribo a Sanlúcar de Barrameda y tres años de incansable navegar. Y hacia aquellas lejanas islas irá Saavedra siguiendo el paralelo 12ºN. En una longitud y latitud hoy reconocibles como coordenadas geográficas aproximadas del archipiélago Hawai, el vigía de la capitana da la voz de haber avistado tierra al contraluz del atardecer. Tierra que, al amanecer del siguiente día y no obstante buscarla por otros dos consecutivos, no volverían a percibir. Pocas dudas caben hoy sobre ese primer avistamiento de las islas Hawai, que iban a ser mapeadas con diversos nombres y por diversos pilotos en los planisferios secretos de la Casa de Contratación de Sevilla. Esto ocurría dos siglos antes que James Cook diese noticia de la existencia de ese archipiélago. No iba Saavedra a encontrar la nao de Magallanes, pero iba en cambio a toparse con los restos de la expedición de Loaysa – Elcano en las Molucas, viaje surgido de La Coruña dos años antes, y desperdigado por el escorbuto y el Pacífico durante el año precedente. Por tres veces intentará Saavedra tornar velas a Nueva España, cargado de especias y gente española rescatada de manos portuguesas. Tres veces más que añadir a un intento muchas veces emprendido, pero ni una sola vez alcanzado. En el último de ellos, tornará su nao a Jilolo (Halmahera)  con un Saavedra moribundo a bordo. Nuevamente se repetía la historia de la nao Trinidad y su desesperado intento de retornar a Nueva España cruzando el Pacífico rumbo leste. Cargados de especias en Tidore, Juan Sebastián Elcano y Gonzalo Gómez de Espinosa pilotos de la expedición magallánica, habían acordado regresar a tierras hispanas con las dos naos supervivientes por rumbos diferentes, ambos desconocidos, y que Dios reparta suerte. Elcano rumbo e España por el Índico, logrará aportar con su Victoria al año de su separación; Espinosa, rumbo a Nueva España por el Pacífico, no lo conseguirá con su Trinidad. Con extraordinaria intuición había tomado rumbo norte hasta latitudes tan altas como la Hokkaido japonesa, surgidero de la corriente de Kuro-Shivo que habría de salvar a un Urdaneta que la conoció por referencia, medio siglo más tarde. Pero Espinosa que ignora su existencia, no sabe leerla en sitio, o no acierta a interpretar el arrastre marino del plancton ni la mutante tonalidad de su agua vehicular. Vientos atemporalados adversos y las bajas temperaturas del Septentrión, le obligarán a volver a Ternate sin apenas alimentos para subsistir. Preso por los portugueses de Tidore (1522), sería repatriado con otros compañeros, Índico avante, tres años después, gracias a una gestión de la emperatriz Isabel de Portugal, esposa de Carlos V.

                                 Por aquellos años, el Emperador había otorgado a Cortés los títulos de Capitán General y Marqués del Valle de Oaxaca, que junto a la dignidad y tierras inherentes, le confería derechos sobre los descubrimientos que hiciere en el Mar del Sur. En aquel ínterin, El Emperador había nombrado a Antonio de Mendoza y Pacheco como Primer Virrey de Nueva España. Un Mendoza de alta alcurnia, estirpe de vasallos fieles al Habsburgo desde sus aciagos tiempos de  los comuneros castellanos. El César no quiere viejos conquistadores de Indias, que se enquisten en una suerte de alter ego de la nobleza territorial castellana, siempre difícil de manejar y que, recién llegado a España, se había opuesto visceralmente a su troupe flamenca. Otorga prebendas, título y honores al caudillo extremeño, pero le encarga nuevos cometidos fuera del virreinato, remarcando la máxima autoridad territorial del Virrey recién nombrado. La fase de capitulaciones directas entre la Corona y el emprendedor de turno, había concluido. El Emperador quiere funcionarios del reino, temporales e intercambiables, solo nombrados en función de su lealtad y valía, dictada a criterio de su Consejo de Indias y acordes al proyecto y circunstancia humanos. No quiere subsidiarios de raigambre medieval, proclive siempre al enriquecimiento o la genealogía. Es el tiempo renacentista, donde los altos funcionarios han de ser quienes traten con los hombres de iniciativa, imprescindibles canales  de progreso para ese nuevo mundo que Carlos de Habsburgo sueña construir, pero también interlocutores persistentes, activos y locuaces, que piden y deben ser escuchados. Y en último caso, si la magnitud de la propuesta supera la atribución del funcionario, sirva éste para regular el acceso a la persona del Rey y sus asesores, a fin de sopesar en cumbre cameral, la viabilidad o no del proyecto que se presente.

    A la vista del mandato recibido, organiza Cortés entre Veracruz y Acapulco una complicada red para suministrar los herrajes y pertrechos, que van llegando desde Sevilla. Ante ello, la Ciudad de México y otros puntos del interior, madrugan su creación manufacturera amparada en  artesanos castellanos que, llegados como soldados de conquista, emprendedores al fin y al cabo, comienzan a su escala una elaboración autóctona, auspiciada por la fuerte demanda virreinal. Los españoles habían traído a Nueva España, junto a su rutinario mundo del día a día, la edad del hierro, la edad de la rueda, de los motones, poleas y cabrestantes, la edad de la rueca, de la navegación a vela, del arado y de los bueyes, y la del alfabeto, sopa de letras nutricia del morlaco mestizo que asomaba sus cuernas a la Historia. La escrita, la de verdad, no la distorsionada por la consuetudinaria o ritual oralidad de los ancianos al amor de la lumbre. Porque sus pictogramas, pese a la magia de sintetizar en un solo dibujo cientos de frases alfabéticas, quedaban lejos de interpretar las ideas con la justeza conceptual que aportaba la Gramática de Nebrija. Por otra parte, era el propio Hernán Cortés en sus Cartas de relación de la conquista de México, quien primero escribiría la lengua náhuatl con caracteres latinos o de lengua culta. Los nahuas, como el resto de indígenas del Nuevo Mundo, desconocían la escritura. Nadie antes había expresado fonográficamente habla americana alguna. Según su propia percepción auditiva, iba aquel universitario salmantino conocedor del latín y del derecho, a emplear sílabas latinas de sonido invariable, para transcribir la fonética escuchada de labios indígenas. Pero labios indígenas que, pese a emplear idéntico idioma, modulaban las sílabas de un mismo nombre de forma diversa, según fuere su procedencia geográfica. Eran modismos y matices fonéticos propios, con fluctuaciones sónicas equivalentes a las de cualquier otra realidad idiomática del mundo y sus variantes regionales. Las diferentes pronunciaciones del indígena, según su comarca de procedencia, venían a complicar aquel primer ensayo fonográfico. En el Anahuac, la o era pronunciada como ou (algo parecido a lo que pasa con el OrenseOurense en nuestra lengua galaica). Fue evidentemente engañado por su sensibilidad auditiva frente a sonidos desconocidos, escuchados ¡y pensados¡ por una mente renacentista, con todo el bagaje que hoy sabemos significaba serlo plenamente. Tecatl, lo identificó como tecal, Tenochtitlán como Temixtitán, Texcoco como Tesuico, Xochimilco como Suchimilco…  Pese a su rigorismo natural por las cosas bien hechas, no alcanzará Cortés a  asignarles en gran mayoría de casos, una equivalencia latina gráfica, fidedigna de la sónica por él auditada. Él mismo reconocería más tarde la presencia de formas aztecoides deformadas… en el habla coloquial de los nahuas especialmente en la pronunciación de préstamos lingüísticos procedentes de la cultura maya. Con todo debía, como narrador, expresar con justeza los nombres propios escuchados, puesto que trataba de exponer ante el Emperador, un relato objetivo, coherente y unívoco. Y así salen de su pluma, por vez primera en lengua española, vocablos mágicos que a oídos castellanos suenan a murmullos de humedal, onomatopeyas del viento. Otros estudiosos, indios, mestizos o criollos, serían en adelante los encargados de expresar en propia lengua y forma fidedigna estos fonemas, con la justeza conceptual requerida, una vez conocida y asimilada la herramienta alfabética para ahormarlos. Tal como asimilaron la escala cromática a sus sentires musicales que ancestralmente lo fueran pentafónicos. Surgirían así, tanto relatos de intrahistoria como tratados y digresiones científicas y experimentales sobre herbolarios, especies avícolas, anatómicas, melódicas, polifónicas o costumbristas… un verdadero motor de la actividad intelectual de las élites indígenas pensantes y de su transferencia didáctica inter símiles et diversus. Lenguaje y pensamiento sabemos hoy que van unidos.

      De pronto, el alfabeto literal que se ofrecía, comprendía signos capaces de combinarse para fosilizar palabras, nombres, frases, ideas…  sucesos recién ocurridos que, una vez escritos, permanecerían invariables para siempre. Eran indeformables: generación a generación expresarían exactamente lo mismo. Quien los leyere entonces, recibiría la misma información que quien ahora lo hiciese. No se distorsionaban con el tiempo, como ocurría con la memoria. Y eran además acumulables, hasta poder conservar enormes cantidades de episodios y aconteceres, que la memoria colectiva de todo un pueblo no alcanzaba a recitar. Lo mismo ocurría con la notación musical que empleaban los españoles: eludía el recordar las melodías. Se escribían y perduraban inmutables en el tiempo. Partituras medievales, polifonías, concerti con molti strumenti, imposibles de recordar, se tenían en toda su complejidad y frescura en cualquier momento gracias a la notación musical. Y tras el alfabeto fenicio y las notas gregorianas, los números árabes y la aritmética griega. Capaces de resumir en corto espacio de papel y tiempo, complicadas operaciones de sus cuatro reglas, tan ajustadas al propósito, como gramática o pentagrama lo eran al suyo. Todo ello suponía una explosión en la santabárbara de la esplendorosa nave emplumada azteca. Su imperio tenía los días contados. Había llegado el tiempo de las palabras, que tanto enamorarían a Pablo Neruda. Las palabras, que todo lo cantan…  – decía el Nóbel chileno -… que brillan como piedras de colores, saltan como platinados peces, son espuma, hilo, metal, rocío… cristalinas, vibrantes, ebúrneas, vegetales, aceitosas, como frutas, como algas, como ágatas, como aceitunas… con todo lo que se les fue pegando de tanto rodar por el río, de tanto trasmigrar de patria, de tanto ser raíces… Todo está en la palabra… que en un momento clave de la Historia fue La Palabra. La Palabra de Juan Evangelista, que se hizo carne humana para habitar entre los hombres y trasmitirles su Verdad. Ambas palabras, la sintáctica y la sincrética, la profana y la sagrada, la escrita y la sentida, iban a ser yunque y martillo del primer ethos mestizo de Indias. El Nuevo Mundo que creía intuir el historiador lombardo Pedro Mártir de Anglería.

 Como en toda encrucijada social crítica, connotados indígenas de mente despejada hubo, que se aferraban al pasado, a la heroica tradición de su pueblo llegado del norte muchas generaciones antes. Otros en cambio, intuyeron el mundo que se les abría para el estudio y clasificación numeral de sus herbolarios y gemas, del cincelado de esculturas y bajorrelieves, del hallazgo del arco o la cúpula, de los animales de carga y arado, del salto adelante de su pueblo, del progreso renacentista, atisbado todo al alcance de su mano. Nunca pueblo amerindio alguno de tal nivel cultural había gozado de semejante circunstancia histórica, porque jamás contó con similar posibilidad de osmotizar los nutrientes de otra cultura adjunta. Era una más de las tomas de conciencia decisivas del homo, atrapado en cualquiera de sus encrucijadas históricas. Y la duda afloraba en el ánimo, porque todo sapiens lo lleva en su ADN. En una coyuntura ibérica no muy lejana al hoy, pero plena de ira y mediocridad, fueron denostados aquellos intelectos, pioneros del cambio, tildados de afrancesados, léase antipatriotas, traidores, renegados, Aunque la situación real presentara planteamientos maniqueos, negro sobre blanco, se trataba a fin de cuentas de un contexto humano iterativo en la Historia. Pueblos enteros hubo que vislumbraron el cambio de Era, y lo aprovecharon, aportando además su herramienta bélica. Tal el caso de los tlascaltecas, pero también los totonacas y demás pueblos indígenas que asumieron a su modo en masa el salto al vacío de la guerra, por sacudirse la tiranía del poderoso mexica. Y no sin tensiones internas de sus gentes, que las hubo y fuertes, para ofrecer un frente común imbricado con aquellos advenedizos que podían resultar un bluff. La solidez carismática y temperamental de Cortés como líder multiétnico, vino sin duda a coagular aquel magma hirviente, hasta la victoria final.  

        Ya antes de la caída de Tenochtitlán, las herrerías de españoles en estas comunidades indígenas amigas, habían empezado a proliferar por doquier, frente a una demanda férrica que se agigantaba en forma de espadas, picas, herraduras, cadenas, clavazones, rejas, parrillas, ganchos, cerrojos… el propio Hernán Cortés había dictado unas Ordenanzas para los herreros en 1524, que habían de durar hasta llegado el siglo XVIII. Y ahora, sumábase la demanda naval de los astilleros del Pacífico con Acapulco como mascarón de proa. Consolidación de aquellos otros radicados en Tlascala, cuna de los trece bergantines que hicieron decisivo el asalto final de castellanos y aliados sobre la capital azteca. En Texcoco mandó Cortés reunir en aquella ocasión las piezas…  para  ligar y acabar los bergantines, para, por tierra y por el agua, ponerle cerco…  como él mismo nos lo cuenta en sus Cartas de Relación. Cientos de tamemes tlascaltecas portaron sobre sus espaldas hasta Texcoco aquellas piezas de madera labrada, sus tablazones, sus herrajes y clavazones, sus remos, pértigas y sirgas, además del cordamen, breas y estopa, para armar sus cascos y sus correspondientes arboladuras, por si los vientos resultaran favorables. Dando prisa para que se acabasen los bergantines y una zanja que se hacía para llevarlos por ella… media legua hasta la laguna…  Se anduvieron (sic emplearon) cincuenta días, más de ocho mil personas cada día… con más de dos estados de hondura y otros tantos de anchura, e iba toda chapada y estacada… de forma que se podían llevar (los bergantines) sin peligro y sin trabajo hasta el agua… Que fue obra grandísima y mucho para ver… Para los trece bergantines, dejé trescientos hombres, todos los más gente de mar, y bien diestra… En el fragor de la contienda, cuando conocieron que yo entraba ya por la laguna con mis bergantines… juntose tan gran flota de canoas para venirnos a acometer… que pudimos juzgar pasaban en más de quinientas… Y comenzaron con mucho ímpetu a encaminar su flota hacia nosotros. Pero vino un viento de tierra muy favorable para embestir contra ellos, y quebramos infinitas canoas… hasta encerrarlos en las casas de la ciudad… y entraron por entre ellas, aunque hasta entonces no lo pudieran hacer, porque había muchos bajos y estacas que les estorbaban…   y así plugo a Nuestro Señor de darnos mayor y  mejor victoria que nosotros habíamos pedido y deseado… Era esta la crónica  del primer contacto con el mundo naval de un hombre de armas, bien dotado de inteligencia y carisma personal, que estaba decidido a adentrarse en los mares para atisbar más allá de lo que su horizonte brindaba. Y contaba para ello con sus invaluables y fieles tlascaltecas de ribera, cuyas primeras letras de carpintería naval, habíanlas aprendido en su propia Tlascala entre bergantines despiezados y días de inquietud bélica.

      Las tradicionales sendas indígenas que cruzaban las sierras del litoral, eran en realidad angostos senderos tortuosos para bestias de carga. Por eso Cortés, nos cuenta el cronista… mandó mucho de ello (de manufacturas autóctonas)… a lomos de indios robustos… tal como había hecho durante la guerra con los bergantines de Tlascala, lo que acarrearía al Marqués ya en época de paz, un severo conflicto con el presidente y ciertos oidores de la Audiencia de México. Se defenderá Cortés contra el fiscal, argumentando que aquellos bultos solo los enviaba con tamales (sic, tamemes) cuando y donde no podían ser llevados con recua ni carreta… y que, además de confiscarle la mercancía, estábanle penando con pagar 40.000 pesos de oro por haberlos cargado (no podían los indios por ley, serlo con más de 30 kg per cápita), lo que consideraba una extorsión. Recurría contra la Audiencia enviando a suplicar a S.M. y su Real Consejo, que pues se hizo para servicio suyo el transporte… se suspenda el negocio (léase sentencia)… Veredicto que a la postre acabaría dulcificado por los jueces.

 Pero la Audiencia y el Virrey habían ganado ya una importante partida sobre esta faz de la protohistoria indiana, asumida y tolerada hasta entonces: los tamemes iban como tal, nominalmente al menos, a desaparecer en breve. No obstante ello, décadas después de la conquista, no existían aún caminos aptos para el transito de mulas o caballos, y se empleaban, para albricia propia, cargadores indígenas en las rutas a la costa pacífica, pese a estar prohibido por las Leyes de Indias. Solo que eran ahora los propios nativos quienes se prestaban al transporte humano bajo contrata. Con el fin de facilitar este trasiego y evitar la trasgresión de la ley, mandará Cortés al principio y Mendoza después, arreglar los caminos indígenas del oeste y abrir nuevos tramos de pista para reatas, con ciertos trechos empedrados para la rodadura de carros. Los desconocidos mulos iban a proliferar por miles, para poder engrasar aquella nueva maquinaria de transmisión que había de mutar las Indias. Su correspondiente cabaña asnal y caballar iría colmando muchos de aquellos pastos. Pero Cortés no se detiene. En medio del procedimiento judicial, ordena zarpar desde Acapulco dos navíos, que deben llevar sin demora víveres, vestimenta y municiones a Pizarro, que en aquellos momentos se debatía en la conquista del Perú y demandaba auxilio a su pariente, que generosamente le enviará otro tercero, a fondo perdido, con nuevos bastimentos.

 Con viajes constantes a Colima, Acapulco y Tehuantepec, el Marqués moviliza todo un frente de acción para cartografiar el litoral. Envía a Hernando de Grijalva y Diego Becerra de Mendoza con dos naves desde Manzanillo (entonces Bahía de Santiago de la Buena Esperanza), para proseguir trazando el perfil del golfo. Una tempestad acabará separándoles y tras una rebelión a bordo, muere asesinado Becerra Mendoza. Su nave la destrozará el oleaje contra la costa de Jalisco, cuyos indios acaban de rematar náufragos y naufragio. Grijalva por su parte sigue avante, descubre y mapea Santo Tomás (archipiélago Revillagigedo) y las islas Tres Marías. Hace aguada allí y regresa a puerto con sus levantamientos costeros. Fondearía en Acapulco tres meses más tarde.

En 1535 el improvisado astillero de Manzanillo, había organizado otra expedición cartográfica comandada por Grijalva y auspiciada por el Virrey Mendoza, que quedaría interrumpida al varar su nave, pese a que más tarde la recupere y logre con los supervivientes y lo salvado entrar en AcapulcoFrancisco de Ulloa que parte de allí  en 1539, alcanza la desembocadura del río Colorado en el todavía inédito Golfo de California o Mar de Cortés; grafica su litoral y regresa al sur siguiendo la costa oeste del golfo. Dobla la Baja California peninsular y prosigue otra vez al Norte, remontando el flujo oceánico costero hasta superar la actual latitud de San Diego. De regreso a Nueva España sucumben, empotradas en la costa, naves y tripulaciones inermes, abatidas por la malaria. Un superviviente, timonel de la nao Trinidad, recorrerá a remo en un bote auxiliar las 2000 millas marinas que le separan de Acapulco. Tras increíble boga, tomará puerto para contarle a Cortés lo ocurrido. Pablo Salvador Hernández, el insólito remero, ratificará bajo juramento su declaración, registrada en la Aduana acapulqueña frente al Evangelio. Durante tres meses ha utilizado las hiladas costeras del flujo oceánico que incide hacia el sur, ha bogado sin descanso hacia su obsesivo destino, con el beneficio inestimable del céfiro del nordeste que le acaricia por popa ciertas horas del atardecer. Cuando la bonanza de costa y mar lo permitía, varaba su bote y, derrengado sobre sus paneles o buscando entre riscos lagartos, iguanas, moluscos y huevos de aves marinas que comer, trataba de cobrar fuerza. Cubierto por jirones de vela remojados con algas, era ésta su única defensa ante la insolencia de las gaviotas por picar su carne viva mientras descansaba, y frente al abrasador sol de siempre, implacable enemigo en aquellas peripatéticas latitudes de hambruna. El propio Cortés con una flotilla de tres naos, saldrá en socorro de los náufragos, que hallará refugiados en lo que llama Bahía de Santa Cruz. Su estado era lamentable, tierras cultivables paupérrimas, inexistencia de indios para comerciar. Tras perder las otras dos naves y el piloto de la suya, es el propio Marqués quien capitanea el regreso hasta retomar el puerto de Acapulco con los rescatados. La expedición de Ulloa iba a deshacer la mítica insularidad de la Baja California, error que perduraría en los mapas europeos por más de un siglo (en los holandeses, siglo y medio). Pero sería Domingo del Castillo (1541), quien nos legase el primer cartograma donde aparece explícita la península de California.

Para socorrer la expedición virreinal ida en demanda de las míticas siete  ciudades de Cíbola, zarpan de Acapulco en 1540 dos navíos al mando de Hernando de Alarcón y su cartógrafo y piloto Domingo del Castillo.  El Virrey Mendoza les envía como apoyo costero del contingente de Vázquez de Coronado que seguía en ruta paralela por el interior. Navegarán por el Mar de Cortés hasta la embocadura del Río Colorado, en cuyo cauce surcarán más de ochenta y cinco leguas arriba de sus aguas fangosas. No hallarán a Vázquez de Coronado y su hueste hispanoindia, que cientos de millas más al norte tampoco encontrarían las oníricas ciudades que buscaban. Pero descubrirán en cambio el hoy famoso Cañón del Colorado, hendedura geológica que ponía fin a su penetración norteña con un insuperable tajo de escarpes para acceder al agua. Castillo iba a dejar cartografiado todo el Mar de Cortés y la costa pacífica de la península hasta latitud 30ºN, en un mapa memorable por su detalle y precisión.

De la Barra de Navidad (Colima) parte Juan Rodríguez Cabrillo en 1542, retomando por orden del Virrey la expedición de Pedro de Alvarado, aplastado por su propio caballo en una caída fortuita en la guerra jalisqueña. Había venido a Nueva España como ballestero en la hueste de Pánfilo de Narváez, llegado para apresar al rebelde Cortés escabullido de Cuba. Pero le seguiría como oficial de ballestas en su asalto a Tenochtitlán y las campañas de Honduras y de Guatemala, donde finalmente quedaría establecido como comerciante. Harto había medrado desde entonces en experiencia y hacienda, con un próspero comercio en Antigua y enlaces con puertos hispanos de ambos océanos. Iba a surgir en esta ocasión con tres naves repletas con gentes de guerra y marinería de guerra, un fraile, indios subalternos, esclavos negros, alimento para dos años, herramientas y mercancías, además de una copiosa comparsa de animales de cría y domésticos. Costeando el litoral californiano arribará al muy bueno y seguro puerto de San Diego, ya conocido desde que Ulloa y sus mapas fueran recatados por Cortés en Santa Cruz. Seguirá al norte cartografiando el litoral de Santa Mónica y Santa María de los Ángeles hasta la Bahía de Monterrey, seno costero clave para el comercio con Asia y refugio futuro de galeones, aunque entonces no lo sospechara. A consecuencia de la fractura no bien curada de una pierna, fallece Cabrillo de gangrena. Será Bartolomé Ferrelo, su piloto, quien prosiga el bojeo al norte, hasta el Cabo Mendocino que nombra así en honor del Virrey, y el Cabo Blanco (Oregón), punto más septentrional de sus levantamientos. Pasará frente a la Bahía de San Francisco sin percibirla, tal vez por rebasar esa latitud alejado de la costa, o por impedirle su visión la recurrente niebla del litoral. Retornaría  a la Barra de Navidad al año siguiente.

Casi en paralelo, Ruy López de Villalobos va a surgir también de la Barra de Navidad (1542), con seis barcos repletos de colonos, pertrechos y animales, y ordenes del Virrey para colonizar las Islas del Poniente, descubiertas por Magallanes y conocidas en adelante como Filipinas. Cortés y el propio Virrey Mendoza parecían desplegar, y efectivamente desplegaban, una múltiple actividad que solo mediante una sólida infraestructura operacional, técnica y humana, era capaz de mantener con éxito el Virreinato. No hay que olvidar que parejamente a las exploraciones del Pacífico, la Nueva España de aquellos años cartografiaba y exploraba el Golfo de México, colonizaba las Floridas, y mandaba expedición tras expedición terrestre a Texas, Nuevo México, Arizona, las Californias o Nevada, buscando minas y yacimientos rentables, cuyas coordenadas dejaban plasmadas en los planos levantados. Y mientras guerreaba contra los indios levantiscos del noroeste, que los misioneros trataban de catequizar, la música peninsular se abría como un abanico multicolor sobre sus tierras. De pronto, la escala cromática española había venido a enamorar los oídos y sentires de los diatónicos indígenas, que prestos la sublimaron para exteriorizar sus expresiones líricas espontáneas. Apenas habían pasado veinte años desde la caída de Tenochtitlán, y el Nuevo Mundo  que soñara Carlos V, al decir de su historiador Pedro Mártir de Anglería, empezaba a tomar forma en la Nueva España, nunca tarde para el Emperador,  que transitaba ya el último lustro de su vida. Poca cosa lograría Villalobos en las Filipinas sin apoyos del Virreinato: tierras impropias para sembrar sus granos de maíz, agresividad desbordada de los nativos isleños, y la carencia de unos alimentos que se pierden con el naufragio de su barco nodriza. Como escape vital de la expedición, sin tornaviaje posible, enrumbará a las Molucas portuguesas, donde los lusitanos se apoderan de toda su partida. En sus cárceles morirá de fiebres tropicales atendido por un jesuita navarro llegado de Lisboa por la ruta del Índico, que quiere misionar la China toda. Se llamaba Francisco Javier, y es hoy el Santo Patrono Universal de las Misiones.

Figura 2 – Surgideros históricos del Pacífico novohispano

 
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Contexto Histórico de Panamá – II

El dilema creado entre los juristas del reino, proclives a la encomienda del indio (catequesis y civilidad a cambio de su trabajo) y los teólogos, partidarios del respeto a su albedrío como persona, chocaban ambas con la brutal realidad del humano complemento indígena, ya mil veces denunciado por el Consejo de Indias. El nativo de aquellas tierras resultaba refractario al trabajo orgánico, y su etnia, vulnerable a los virus que portaban africanos y europeos. Lejos de poder catalizarlos mediante defensas genéticas inexistentes, por un lado; por otro, era materialmente imposible abordar la colonización del continente sin mano de obra asequible in situ. En ningún caso el nativo podría ser catapultado treinta siglos avante, del Neolítico al Renacimiento, sin su propia colaboración activa y su particular aporte a una común empresa que iba a durar generaciones. Esa era la realidad deducida del saber renacentista occidental, y la primera vez que el europeo abordaba tamaña empresa, con absoluta carencia de referencias históricas donde poder ilustrarse. Solo los pensadores de Salamanca, punta de lanza del saber de la época, se atrevían a pergeñar una entreverada teoría de los derechos del hombre. Pero el Consejo de Indias y la Universidad de Salamanca diferían en sus planteamientos discursivos. A ellos vendría a unirse Juan López de Palaciosrubios miembro del Consejo y catedrático de la Universidad de Valladolid (fundada en 1241) oponente del prestigio salmantino y sus tesis humanistas.  Heredero en cambio del humanismo de los Reyes Católicos, el emperador Carlos, va a seguir su propia rectitud de conciencia para legislar a favor del súbdito considerado más débil. Su Real Cédula (1549) es inapelable: Don Carlos  a vos, Sancho de Clavijo, nuestro gobernador de la Provincia de Tierra Firme, llamada Castilla del Oro, salud e gracia; sepades que nos, habiendo entendido cuan pocos indios de los naturales de esa tierra hay vivos al presente en ella, y que han sido causa de ella los malos tratamientos que han recibido … mandamos poner en libertad como están los de la isla de la Española y Cuba, y así a vos, mandamos que luego que esta recibiereis, pongáis en libertad a todos los indios que al presente son vivos en esta provincia, no importa que estén encomendados … por cuanto es nuestra voluntad que los indios no sean molestados con tributos ni otros servicios reales, ni personales ni mixtos, más de cómo lo son los españoles que en esas provincias residieren, y se les deje holgar para que mejor puedan multiplicarse y ser instruidos en las cosas de nuestra santa fe … e vos particularmente tendréis muy gran cuidado … y daréis orden para que vivan en pueblos, lo cual así haréis y cumpliréis a pesar de cualquiera apelación o suplicación… Más claro, agua. Pero había que hacerlo cumplir a miles de millas en países que desperezaban su prehistoria, bajo emprendedores que arriesgaban vida y hacienda para desleír de su retina la miseria reinante en la Europa que los había catapultado a través del mar. Y para ello era menester tener braceros o ir a buscarlos a donde los hubiere. De lo contrario, habría que abandonar la empresa.

Los repartimientos habían sido consuetudinarios en la España de la reconquista, y mediante esta medida, mitad botín mitad prédica, se repartían los cristianos todo haber capturado a los moros, a la vez que lo estampillaban con su credo religioso. La encomienda era en cambio una figura jurídica novedosa, genuinamente castellana, emanada de la alucinada realidad socioeconómica que debía enfrentarse al vacío social en la gigantesca colonización americana. El peninsular emigrado, ya colono, funcionario, militar o autónomo, era quien por aquellos años creaba la riqueza a la vez que desvelaba un horizonte de razonable futuro. Ahora, desde una percepción economicista, la Real Cédula del Emperador, venía a tirar por tierra el difícil equilibrio que el emprendedor renacentista de las Américas creía haber conseguido, mal que bien, contra Salamanca y sus dominicos o jerónimos, a fin de proseguir su cometido económico en las nuevas tierras. Pero no era esta perspectiva la que el monarca combatía, por compartida, sino los excesos de prepotencia étnica o personal de unos súbditos contra otros que, a sus ojos, lo eran bajo idénticas prerrogativas legales. Las tesis de la Corona recogidas en las Nuevas Leyes de Indias,iban a soliviantar a los encomenderos que consideraban de todo punto imposible su permanencia en las Américas si se les privaba de la mano de obra nativa. Piden por ello  la revocatoria de tales leyes, y cuando les es denegada por el monarca,  la acogen de mala gana en Veragua, pero la acatan. Se revelan en cambio contra ella en el Perú, donde Gonzalo Pizarro hermano del conquistador, a la sazón suGobernador General, la capitaliza y se declara en abierta rebeldía contra su rey.

En el Perú, la llamadaGran Rebeliónde Gonzalo no era sino un nuevo capítulo de la guerra civil entablada entre pizarristas y almagristas, sellado antaño con solemne pacto su entendimiento ante el altar, celosos hoy cada bando de sus prerrogativas. El botín bélico cristalizado tras la derrota del Inca en repartimientos y encomiendas, tenía como perla de la corona a la ciudad de Cuzco, cuya posesión ambos bandos se asignaban. La mimética Panamá sufriría también las consecuencias de la guerra civil desatada en el sur, como sentimiento propio. También Veragua se siente dividida en sus querencias. Los pizarristas peruanos lo saben y, revelados contra la Corona, quieren cortar los suministros y el situado real que su virrey ha de recibir en Lima a través del istmo. La situación es grave, y, pese a sus carencias navales, desplazan su escuadra del Callao para tomar Panamá. Una vez persuadidas sus autoridades e inclinada la plaza a su bando, regresa la escuadra  con urgencia a la base peruana para proseguir aquella lucha fratricida en pleno desarrollo. Pero llega también desde España,enviado por la Corona, el licenciado Pedro de Lagasca con el título in péctore de Presidente de la Real Audiencia de Lima. Tras convencer al Gobernador y Cabildo panameños que deben permanecer ajustados a ley, parte hacia la Ciudad de los Reyes (1546) para restablecer allí la voluntad imperial. Ajusticiados los responsables, entre ellos al gobernador Gonzalo Pizarro (1548), y consumado el mandato del emperador, Lagasca regresa a Panamá y de allí a Sevilla. Misión cumplida.

Ante la negación del trabajo forzado de indios, la alternativa posible a su fuerza laboral era la africana, y en su tráfico humano eran los portugueses, desde sus factorías de Angolay Guinea, los mejores gestores atlánticos. La nueva situación creada en el Virreinato del Perú, del que Veragua era parte importante, obliga pronto a regular el tráfico de esclavos africanos (1545) frente al caníbal amerindio. Los negros llegados a Panamá hasta entonces, no eran esclavos en el sentido del trato tiránico que llegarían a padecer, sino de criados de la gleba, servidores domésticos de un señor o familia de corte medieval, con quienes convivían y emigraban como otro miembro subalterno del grupo. La sustitución de indígenas para faenar  el campo y laborar las minas por negros bozales, iba a traer deserciones y alzamientos, desacatos y venganzas, un nuevo y problemático estrato social levantisco que se extendería masivamente por el istmo. Un naufragio portugués con 300 negros en el Darién, vendría a engrosar las filas de otros esclavos cimarrones huidos de hatos y sementeras, hasta convertirse en salteadores pertinaces del Camino Real, hostiles siempre al colonizador, a la vez que afines a toda bandería entendida como potencial carcoma del orden establecido. Nada aspiraba a crear per se el negro bozal, salvo la plantación del conuco junto a su bohío: una precaria economía de subsistencia combinada con la rapiña y depredación gregarias en una vida cimarrona devenida libre. Una vuelta de tuerca a la prehistoria, aunque estuviesen en su pleno derecho de hacerlo. Pero la omnipresente mirada del Emperador Carlos todo parecía percibirlo, y por ello legisla para que los negros no vivan con los indios, porque además de que los tratan mal, se sirven de ellos, les quitan lo que tienen, inclusive las mujeres e hijas sin que traten de resistirles, y además, son corruptores de sus costumbres y creencias… Toda una defensa en regla del súbdito legal contra el, todavía entonces, advenedizo ébano humano. Pero el fenómeno de la esclavitud negra no estaba previsto en la conciencia renacentista bajo la dimensión explosiva que tomaría en América, a causa de la reconducción productiva de su economía agraria. Los principales analistas de núcleos europeos del Nuevo Mundo, acabarían llegando a la conclusión de que toda población negra superior al 20% de sus moradores, suponía un peligro inminente para su futura pervivencia. Y Panamá no iba a ser una excepción en el baremo poblacional ciudadano, que andando el tiempo, la implacable Historia habría de cotejar.

Al eco del trasiego de la plata peruana a través del istmo, acuden aventureros y piratas del Atlántico. Drake es rebotado de Nombre de Dios por su guarnición de soldados y milicia ciudadana (1573), aunque guiado por cimarrones, se interna con su gente río Chagres arriba hasta Cruces, donde captura algunas mulas de la plata peruana transportada en reatas hacia el puerto del Atlántico. Drake logrará escapar con su presa de las patrullas armadas que le siguen, para ir a cacarear su triunfo en Plymouth. No tiene esa suerte en cambio William Oxenhan (1577), que cruza el istmo y se establece en la costa pacifica. Desde allí consigue valiosas presas sobre naos merchantas y pataches de cabotaje que surgen de los caladeros de Panamá y otros puertos menores de Veragua. Y cuando lo atraviesa de regreso al Caribe, el pirata inglés es capturado con su botín por una partida virreinal que rastrea su itinerario, y ahorcado con sus capitanes como cualquier otro delincuente plebeyo en Lima. Pero las velas de Drake, tras seis años de mutis caribeño, volverían a perfilar las costas del virreinato, esta vez en el Mar del Sur (1579). Su  táctica intermitente es similar a la de su mentor Hawkins: hecha la presa, desaparecer y quitarse de donde pueda ser descubierto. Y había cumplido uno de sus plazos.                                

Los puertos del Pacífico, ayunos del filibusterismo caribe, carecían de las defensas fijas que sus homólogos atlánticos habían pergeñado. Llegan voces del sur alertando de saqueos, capturas e incendios en el litoral chileno y peruano. La captura del Galeón de Panamá en aguas ecuatoriales despierta las alarmas en las costas de Veragua, donde cada día se siente más próximo el resonar de gualdrapas y pantocazos del osado navío inglés. Panamá acelera la fortificación de la ciudad y su puerto del Perico; se excava una trinchera con parapeto de piedra a lo largo de la línea de playa, desde la ciudadela de las Casas Reales hasta pasado el puente del matadero, a la vez que se amplía el Fuerte de Navidad, atalaya del acceso a la ciudad por el Camino de Cruces. Pero la flota corsaria hace un mutis más en su intermitente táctica de acción-omisión, y pasa de largo rumbo a Nueva España y California soslayando la capital del istmo. Los ecos de Drake palidecen y  las alarmas costeras acaban por diluirse en todo el Virreinato del Perú.

Figura 5: Plano  Planta de Ciudad de Panamá Vieja

En un lance ya conocido, llegará nuevamente Drake a Tierra Firme por aguas caribeñas, un cuarto de siglo después de su primer intento, empeñado ahora en repetir el éxito de su juvenil captura istmeña. Acaba de morir Hawkins, el otro almirante de su flota corsaria, durante la batalla de Puerto Rico, y el solitario Drake prosigue la navegación del que sería trance postrero de su carrera como corsario de Isabel Tudor. Saquea al paso hatos y caseríos, haciendas costeras y  puertos menores, cuyas castigadas gentes huyen enguerrilladas al monte a la menor presencia de vela sospechosa alguna. Entra en Nombre de Dios (1596), vacía ya de una puebla migrada a Portobelo, pero ocupada por negros fugitivos que viven una economía de subsistencia y rapiña en un rancherío levantado con despojos. Thomas Baskerville, su comandante de tropa, es puesto en fuga por partidas presidiales emboscadas en el Caminode Panamá Vieja. Y Drake remonta en barcazas el río Chagres. Pero ambos grupos corsarios, hostigados por españoles e indígenas son empujados de nuevo a las naves de las que salieran. Drake, a la espera de incorporar sus últimos secuaces desnortados entre manglares, pone fuego a los despojos de Nombre de Dios,antorcha nocturna que los reclama al nuevo encuentro. Tras el rebañado de los morosos, dirige sus naves a Portobelo con ánimo de arrasar el naciente enclave. Pero sabemos que el trópico había hecho presa en el cuerpo expedicionario inglés y  Drake no podría ya llevar a efecto su plan, porque moriría apenas unos días después frente a su bahía. Tras un penoso regreso plagado de bajas y apestados llegaría Baskerville a Plymouth con la mala nueva para el sindicato corsario que había financiado la empresa.

Panamá Vieja era en 1600 una ciudad de 5000 almas libres, con 400 casas de cal y canto con madera muy perfeccionada en sus pisos altos, con su Real Hospital de San Sebastián (1575) mas tarde San Juan de Dios (1628), conventos de frailes Franciscanos (1524), Mercedarios (1526), Agustinos(1612), Dominicos (1571), Jesuitas (1594), monjas de La Concepción (1597), e iglesia matriz convertida en Catedral (1580-1626). La ciudad había sido trazada a cordel con su neurálgica Plaza  Mayor, su Cabildo y su Aduana. Pero al contrario del diseño tradicional de las ciudades hispanoamericanas, las Casas Reales (Casa de la Moneda, Real Audiencia, Casa del Gobernador y Casa de Oidores) estaban situadas en un extremo del núcleo urbano sobre el mar, un espolón rocoso dominante del puerto y la ciudad. Este promontorio era su único perímetro fortificado, pensado sin duda para defenderse antes de indios que de impensados piratas de un piélago hasta entonces netamente español. Ayuno por tanto de corsarios o belicosos forbantes (los hors band, en francés incontrolados, de la edad media europea), capaces de traer por mar el desorden a sus muelles.

El ilustrado dominico Fray Tomas de Berlanga (1534) a la sazón obispo de Panamá, propone a Carlos V estudiar la viabilidad de un canal interoceánico que conecte ambas orillas aprovechando el cauce del río Chagres. Auspiciada por la Corona y el Consejo de Indias se inicia una investigación para la posible unión de los mares. Pese a la mano de obra esclava e indígena, su gigantesco presupuesto resultaría inalcanzable para cualquiera de las Coronas europeas reinantes. El entonces regente Felipe II contesta en nombre del emperador Carlos con una críptica negativa: lo que Dios ha separado no lo una el hombre, que enmascaraba sin duda la imposibilidad de desarrollar aquel proyecto en aquel siglo. El estudio emprendido por el Consejo de Indias iba a señalar negativamente el hecho de que su exclusivo uso pensado para naves españolas y naciones amigas, era inviable para la Real Hacienda del reino, condenada en adelante a desatender las necesidades de las ciudades, ejércitos y demás administraciones, para financiar el crédito que requerían del proyecto los banqueros genoveses y alemanes de Sevilla. Años después, reinando Felipe III será nuevamente planteada otra traza del Canal del Istmo, esta vez siguiendo el cauce del Tuira. Se rechazará definitivamente el proyecto, técnicamente factible según los ingenieros de la Corona, pero cuestionable su permanencia operativa en manos españolas según los estrategas, dada la mutante política de alianzas entre naciones rivales, si entonces de inferior capacidad ofensiva, si de potencial incremento pugnaz mañana, en el permanente ajedrez de los intereses europeos y sus familias reinantes. La Real Hacienda se niega, además, que la defensa efectiva del supuesto canal, ya operativo, joya de la corona a la vez que cintura de avispa por donde quebrar el Imperio, viniera a monopolizar el presupuesto de sus arcas, ya maltrechas en aquellos siglos de mercantilismo,  guerras cruzadas y plena efervescencia política. Todavía el negocio de las marinas mercantes europeas consistía en capturar naves y cargamentos de la sólida red comercial española de ida o vuelta, frente a la economía precaria de los asentamientos coloniales franceses e ingleses, desatendidos por sus respectivas Coronas hasta que empezaran a rentabilizar su erario. El corsario representaba para ellas una externalización de funciones del ente estatal; el pirata, un empresario autónomo en el mundo laboral de hoy. Bajo estas premisas de industrialización previa, la maquinaria depredadora inglesa, de la que sus reyes eran connotados accionistas, vino a madrugar más de un siglo sobre sus rivales europeas.

El trafico de metales preciosos y mercancías entre el Virreinato del Perú y la metrópoli, potencian a Panamá Vieja como mercado de dimensión intercontinental. La flota que del Perú llega cada año con mercaderías y dineros, vende su mercancía en feria local, pero permea los dineros llegados camino de Portobelo, la heredera atlántica de Nombre de Dios.  El mecanismo que nutre a Panamá de abastos peruanos, ve ampliar cada año su variedad y volumen de transacción. La plata limeña financia los productos europeos, junto a exquisitas sedas y porcelanas de China, damascos de oriente, marfiles y lacas llegadas de Acapulco para delicia de las damas limeñas. Solo el Quinto Real se filtrará en metálico hacia Sevilla; el resto va quedando  como gasto corriente de productos venidos en los propios galeones que la plata se llevan, y que de la Feria saldrán ahítos de carga en ruta inversa hacia el mercado de Lima.                

En medio de este trasiego mercantil, la prospera ciudad de Panamá Vieja desarrolla un núcleo urbano de hermosos edificios de porte limeño. Se remodelan o levantan nuevas fachadas en Conventos, Iglesias, la misma catedral. Pero es una ciudad de paso, como su propia economía. Nadie trabaja la tierra, salvo algún peninsular que cultiva su huerto. Todas las verduras y hortalizas llegan del Perú con precios desorbitados. Abundan los fondos perlíferos, y no pocos panameños tienen negocios de pesca y venta de perlas, sostenidos por buceadores negros, herederos de aquellos otros tritones indios que mostraron su pericia a los pioneros blancos de Pedrarias. Saben comerciar ventajosamente los metales extraídos en las minas de su gobernación. Fuera del tiempo de flotas, las naves panameñas llevan al Perú bozales africanos de la Casa de los Genoveses, el mercado de esclavos donde lustran sus cuerpos con aceite de coco, cual femeniles botinas que vender. Las mismas naves que del Callao traen, además de las siempre escasas verduras, frutos, harinas, vinos, azúcar, sebo, jabón, cordobanes, aceite, y de Guayaquil cacao y cascarilla. Desde Portobelo suben en todo tiempo recuas o bongos con tasajo, puercos, aves, tabaco elaborado, productos todos antillanos o cartageneros para consumo propio, cuyo excedente se cabota a otros puertos del Mar del Sur. Salen hacia Nueva España naves con brea, alquitrán, jarcia o perlas, en el ordinario tráfico de un caladero siempre concurrido de urcas, galeoncetes y pataches. Panamá aporta al comercio sus cientos de muleros suburbiales negros de Malambo, y con ellos, indios y mestizos del barrio Pierdevidas, que con sus reatas vienen y van entre ambas costas, ya sea en época de flotas o fuera de ella. La Audiencia (1618) se verá obligada a regular por decreto los desorbitados precios que los muleros, los bogas de la bahía y los proeles de los bongos del Chagres, imponen a los feriantes que requieren su servicio. Tan abusivos o más que los alquileres de dormitorios o pernoctas aptos para las ferias.Panamá  y Portobelo, puntos de encuentro de mercaderes de dos mundos durante cuarenta días de ensoñaciones mercantiles, reciben en sus Aduanas los pagos de almojarifazgos, alcabalas o arbitrios de toda mercancía que por mar llega o sale. Pero a pesar de las utilidades del comercio, son solo las bocas de un desfiladero angosto, por donde se encajona el copioso Situado Real para la subsistencia de tropas, auditores y gobernanza del propio Virreinato. La producción local de sus hatos, placeres perlíferos, minas, plantaciones, tratantes, mercaderes, transportistas, derechos de amarre o embarque y demás actividades, eran exiguos para mantener la Gobernación de Panamá. Y no conseguida su autonomía financiera, no habría futuro para ella; su relumbrón ciudadano se vería opacado más pronto que tarde. Otra nueva Roma Imperial del comercio, que auguraba días contados sin precisar pitonisa alguna que lo revelase.

 
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Contexto Histórico de Panamá – I

Figura 1: Escudo-Estandarte de Panamá

Colón había sido desposeído de toda exclusividad sobre las tierras que descubriere, concedida por los Reyes Católicos mediante las Capitulaciones de Santa Fe. Sometido el Almirante a Juicio de Residencia (1498) a causa de las irregularidades acaecidas en La Española bajo su autoridad, el escribano trianero Rodrigo de Bastidas aprovecha el proceso colombino para solicitar de la Corona la exploración y poblamiento de la costa atlántica de la Tierra Firme que al genovés correspondía. Merced que le es concedida con el título de Adelantado, lo que equivalía a ser nombrado Gobernador General in péctore, con supremas atribuciones políticas, jurídicas y militares de las tierras a descubrir y someter. Promociona Bastidas a sus expensas en compañía del cosmógrafo Juan de la Cosa, una expedición en la que entre sus gentes de guerra, iba el joven hidalgo Vasco Núñez de Balboa, destinado a continuar  parte de la exploración del Istmo. Muere Bastidas de regreso a Cuba, para repotenciar sus maltrechas naves, y su empresa de Tierra Firme, acotada por Fernando el Católico entre los cabos de La VelaGracias a Dios, queda en suspenso. Por nuevas capitulaciones con la Corona (1508), Diego de Nicuesa y Alonso de Ojeda lograrán repartirse el legado de Bastidas y ser nombrados gobernadores de la Tierra Firme,  partida ahora en dos por el río Atrato: Castilla del Oro a su septentrión asignada a Nicuesa, y Nueva Andalucía al meridión, gobernada por Ojeda. La difícil e imprecisa delimitación de la frontera común con los medios geográficos al uso, iba a generar violencia entre las huestes de ambos gobernadores. Nicuesa penetra el Darién pero su expedición es diezmada por las saetas de hierba de los indígenas; prontamente funda  Nombre de Dios, una fortalecilla para repararse de los indios flecheros(1510). Ciudad que iba a centralizar ese siglo el comercio atlántico del istmo, aunque su difícil defensa y sospechosa proximidad a ciénagas insanas acabaría por causar su  abandono hacia fines de centuria.

Meses después de su partida, zarpa de Santo Domingo en apoyo de Ojeda su socio el bachiller y geógrafo Martín Fernández de Enciso, y con él regresa Núñez de Balboa, fiel acompañante de Bastidas y buen conocedor de su costa atlántica. Tras ganarse la confianza del Bachiller, funda Santa María de la Antigua (1510), primera ciudad continental de América para algún cronista, de la que es nombrado regidor. Su fundación, lejos de indios flecheros, cae sin embargo más allá del río Atrato, y por tanto en predios de Castilla del Oro, tierra pobre de alimentos y riquísima en oro, al decir del historiador López de Gómara. Ello va a enfrentarle a Diego de Nicuesa, que acabará vencido e injustamente abandonado en altamar. Con sus pocos leales, sobre un viejo cascarón rumbo a Cuba, desaparece en el mar.

Núñez de Balboa, ahora como Alcalde Mayor de la nueva ciudad del Darién, va a centralizar su propia campaña como Gobernador General de facto desde Santa María de la Antigua. Tomada una princesa indígena  como si mujer legítima fuera, su entorno caciquil le informa de la existencia de un mar al poniente. Emprende la ruta del oeste, atraviesa el istmo y descubre el Océano Pacífico, que llama Mar del Sur. Metido en sus aguas hasta la cintura, tomará posesión del piélago en nombre de su Católica Majestad, que le nombrará Adelantado del Mar del Sur (Almirante).

Las disensiones habidas entre españoles de la región, y la muerte de Nicuesa, motivan la llegada de Pedro Arias Dávila, nuevo Gobernador de jure para Castilla del Oro. Se trata de un veterano militar curtido en conflictos  europeos. Trae una flota de 17 galeones y 1500 hombres de campo, guerra y oficios, además de semillas y animales para aclimatar. Con él llegan al Darién Diego de Almagro, Gaspar de Espinosa, Fernández de Oviedo, Tello de Guzmán y allí se topa con veteranos como Francisco Pizarro, hombres que habían de ser claves en la conquista del Perú. Ante la necesidad de focalizar el poblamiento y conquista de la costa occidental, Pedrarias ordena fundar al licenciado y primer Alcalde Mayor Gaspar de Espinosa, la ciudad de Nuestra Señora de la Asunción de Panamá (en referencia al santoral del día en que se funda, y a la abundancia de peces del lugar en habla indígena) sobre un asentamiento de indios pescadores (1519). Tello de Guzmán, habíalo avistado con anterioridad (1515), recalcando desde este primer hallazgo la bondad del sitio para poblar. Es la primera ciudad castellana en el Pacífico y  dos años despuésun joven Carlos V, futuro Emperador de Europa, le confiriere  Escudo de Armas. Más tarde Felipe II le agregaría la divisa de Muy Noble y Muy Leal que habría de jalonar en adelante su blasón histórico (1581). Castilla del Oro, expandida pronto por conquista hasta el río Belén con el nombre de Veragua (Veraguas a partir de 1739), iba a encontrar su capitalidad en la ciudad de Panamá planificada por Pedrarias como futuro núcleo de la exploración de la costa oeste del istmo. A ello iban a colaborar los grupos familiares que paulatinamente iban despoblando Santa María de la Antigua con servidores, animales y enseres, compelidos por Pedrarias para abandonar la insania del lugar. En pocos años el asentamiento atlántico fundado por Balboa quedaría vacío, anonadado por la selva (1524).

Figura 2: Las primeras fundaciones del istmo

El Perico, surgidero de los navíos de aquella Panamá Vieja, acusaba mareas de bajamares pronunciadas con playotes en seco y pleamares potentes. Se situaba al abrigo de varias islas (Perico, Flamencos, Naos) a unas 5 ó 6 millas (9 km /10 km) de distancia del muelle ciudadano para botes portuarios. Su fondeadero presentaba el inconveniente de ser poco profundo y hallarse expuesto a las contingencias de las altas mareas y los tumbos del mar, siendo esta la causa de que se perdieran muchos navíos, agravado por una sedimentación espontánea de sus fondos por corrientes costeras, tempranamente observada. De aquel surgidero iban a partir las primeras exploraciones de la costa pacífica, punto de embarque para la conquista del Perú. Hombres llegados de La Española y atraídos por la costa meridional del continente primero, hacia la occidental después, buscando contra natura e indios flecheros las cumbres divisorias de las aguas, para ver lo que el otro lado de las montañas les brindaba. Hasta que vislumbraron el horizonte de un nuevo mar a cuya orilla habría de nacer la Ciudad de Panamá, la Roma del Pacífico, como sería tildada en su pleno esplendor, cumplido ya el primer siglo de su azarosa vida. Pronto iba a surgir un  Camino Real, tránsito de hombres, monturas y reatas de mulos, para unir la capital de la Gobernación con Nombre de Dios, bifurcado más tarde por otra vía mixta, mitad seca mitad húmeda, montaraz y fluvial. El llamado Camino de Cruces, que incorporaba su tránsito carretil a los bongos y chatas del río Chagres cuando navegable, y lo seguía hasta su desembocadura atlántica.

Gestada en Castilla del Oro la expedición de conquista del Imperio Inca, verá Panamá partir a Pizarro con tres naves y 180 hombres hacia Túmbez (1531); seguido unos meses más tarde por Almagro con otros 120 hombres y dos naves más. En su Iglesia del Convento de la Merced, todavía de madera, han compartido previamente eucaristía el presbítero oficiante Hernando de Luque, el capitán extremeño Pizarro y el hacendado castellano Almagro, el tripartito factor de la empresa, que como profundos creyentes hijos de la época que les toca vivir, sellan con ella un solemne pacto en tanto que ruegan a Dios ilumine su empresa. A partir de estas expediciones de conquista, Panamá Vieja, iba a experimentar un auge continuado que habría de durar hasta su destrucción en 1667, en contraste con la propia Veragua constituida en reservorio territorial de Pizarro, y vaciada de sus gentes succionadas por la empresa peruana. Su puerto del Perico recibe las naves  que  el conquistador envía de vez en cuando en demanda de más hombres y pertrechos. Naves que junto a otras más, llegan al puerto del Callao algunos meses más tarde con nuevos brazos y vituallas para proseguir la guerra contra el Inca. Pero también llegan los primeros réditos de la conquista, enviados para pagar las deudas contraídas y los gastos de la campaña bélica. Arribó a puerto un navío lastrado y cargado de oro y plata, sin traer ni poder traer más otra cosa, siendo su capacidad 50 toneladas (toneles castellanos), testificaba el alcalde Espinosa en carta al Emperador (1533). Y el consiguiente efecto llamada que esta realidad crea, se torna invencible: Los vecinos han dejado la granjería de las minas y los oficiales mecánicos sus oficios… Al Perú se han llevado la más de la gente que había en esta tierra, así de  vecinos como de moradores, que son los que mucha falta hacen… pero también lleváronse los moradores muchos indios y negros, de tal modo que dejaron esta tierra muy escasa de toda gente, testimoniará a su vez el gobernador Francisco de Barrionuevo ese mismo año, para concluir alarmado: Todos están alterados para irse… yo no les dejo ir porque no dejen la tierra despoblada… En este pueblo de Panamá hay (quedan) treinta y dos vecinos y en ellos no hay (quedan) 500 indios delante de la tierra…en Natá hay (quedan) dieciocho o veinte vecinos  y muy pocos indios…en Acla, donde hay (quedan) otros tantos vecinos y muy escasos indios, todos están alterados… Era la dura realidad que afrontaba el istmo. Una primitiva fiebre del oro, de las que el Nuevo Continente iba a brindarnos históricamente varias.

Figura 3: Algunos protagonistas del drama.              

     La llegada del pago limeño contra los haberes tomados a crédito, en sonante plata peruana, produce pasmo en Castilla del Oro. Muchos se deciden a migrar a hacia las ubérrimas tierras del sur, en tanto que otros eligen quedarse para intermediar desde  Panamá un flujo de manufacturas que desde la metrópoli se condensa poco a poco sobre el istmo. Son estos gente muy política, todos españoles y gran parte de ellos originarios de la ciudad de Sevilla; es gente de mucho entendimiento, su oficio es tratar y contratar… excepto quince o veinte vecinos que cultivan los campos y viven de ganados y haciendas que ellos mismos tienen… son las mismas gentes que motejarán como Triana al barrio ferial de Portobelo. Pero junto a este núcleo peninsular, se instalan banqueros genoveses y negreros lusos que la travisten de factoría veneciana, una suerte de parador caminero de trashumantes mercantiles en cualquier cañada de cualquier mesta. La mayoría de gentes panameñas de la época eran tratantes que permanecían solo el tiempo preciso para hacer bolsa y migrar a otros lares, sin aportar arraigo ciudadano alguno. Idos unos, vuelven otros, y pocos o ninguno miran por el bien público. Va fraguándose así la vena comercial de  mercancías, pagos e  impuestos, un cordón umbilical que liga el Puerto del Callao, Panamá, Nombre de Dios y Sevilla.  Los peligros del Caribe infestado de piratas, obligará a reglar la periodicidad y custodia de las flotas que deben transportar la mercadería contratada y sus pagos e impuestos en tránsito por aquella tierra y aquellas aguas. De Panamá saldrá en adelante hacia el Perú, remontando corrientes marinas y sures adversos, el llamado Galeón de Panamá, nominado más tarde Flota del Sur por el número de velas que llegaría a englobar su cortejo náutico, cargados sus vientres de productos novohispanos, peninsulares o antillanos que el mercado sureño demanda. Tornará al año siguiente ahíto de harinas, azúcar,  jabón, aceitunas, alpargatas, trenzados, jarcias, garbanzos y vinos, que junto al Quinto Real de Chile y el Perú que sigue viaje a Sevilla,arriba al Pericoal tiempo de montar la feria. Con la llegada del ahora llamado por su procedencia Galeón del Callao, concurren hacia Panamá comerciantes de Nicaragua, Guatemala y Acapulco, así como de Quito, Guayaquil, Lima, Cuzco, Piura, incluso del lejano Santiago de Chile, que ajustan  precios y transacciones a pagar con monedas o lingotes de plata y oro. Mas tarde los banqueros acabarán imponiendo su juego de pagarés, giros o empréstitos, papel moneda que va a penetrar irreversiblemente en el mercado atlántico..

En connivencia de calendario con el Galeón del Callao o Panamá,  llega desde Cartagena de Indias la Flota de Tierra Firme a Nombre de Diosprimero, Portobelo después, en su derrota anual a Sevilla. Esa misma flota que en agosto del año siguiente zarpará del Guadalquivir repleta de productos europeos hacia el Perú, para arribar al Caribe y al istmo en época propicia, a tiempo de nutrir sus afamadas ferias. Una infraestructura laboral de mano de obra libre posibilita el montaje y desarrollo de las ferias del istmo. En Panamá los bogueros negros del puerto que faenan los fardos de estiba desde el espigón del muelle hasta las naos del Perico, cobran jugosas mordidas por su transporte. Intervendrá al fin la Corona para regular tarifas y evitar el costo abusivo del servicio de botes de la bahía, de los bongos del Chagres o de las reatas del camino, mayores cada nueva feria.  Además de los bultos de mercaderías, la Flota del Sur regresaba al Perú cargada de maderas y cueros curtidos, y gran número de negros bozales que sus comerciantes adquirían de los tratantes portugueses en el mercado local, donde tenían el negocio exclusivo de los negros esclavos. En Ciudad de Panamá, el mercado de esclavos lucía sus africanos, oportunamente aseados y lustrosos, en tarimas realzadas, ofertados a gritos en pública subasta.

En 1539 se crea la Real Audiencia de Panamá, presidida por el Gobernador, anexo a cuyo cargo le acompaña el de General del Nuevo Reino de Tierra Firme, que va a ejercer bajo el titulo globalizado de Presidente de Panamá. La ciudad se ha convertido ya en estación obligada del comercio español entre ambas costas del istmo. Lima, capital del Virreinato del Perú, que ha sido fundada cinco años antes, cuenta con  una oligarquía en aumento que empieza a demandar toda serie de productos, desde modas y perfumes, hasta fierros y vino. Una sociedad de aluvión donde se mezclan viejas estirpes de prosapias castellana e indígena, con otras encumbradas por las armas o la fortuna, que lucen por común denominador la ostentación. Antaño miserables, envuelven hoy sus presuntas carencias vergonzantes con un capote de irritante supremacía impostada. Y paga los selectos productos que demanda mediante contante plata, en lingotes de sus minas al principio, en sonante moneda de su ceca después. Sus poderosos comerciantes acabarían controlando el mercado que fluye desde Sevilla hacia su puerto de El Callao, pasando raudo por el istmo como si de un rápido entre peñascos se tratase. Panamá embarca hacia el Perú las mercancías de última hora, apura  las carencias improvisadas, a punto ya de soltar amarras las naves del Callao. Colmata el comercio del capricho, la galantería, el olvido y la dádiva, o el obligado compromiso, apresurado, atractivo y caro, muy caro. Negocio selectivo de fino olfato y oportunismo comercial, que husmea el tempo sicológico para lucrar indefectiblemente su bolsa.

 
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Contexto Histórico de Portobelo – II

Con el inicio de las obras defensivas, los iniciales bohíos y ranchos de madera y paja, van transformándose en casas de madera alineadas en dos calles paralelas, sobre base y zócalos de argamasa y piedra, de gran amplitud y capacidad algunas. Otras se yerguen sobre robustas perchas de ceibo que a manera de columnas realzan la planta de habitación, dejando exenta la bajera como protección contra jaguares, ocelotes, caimanes, iguanas, serpientes, sapos y otras alimañas que invaden la puebla y libremente transitan durante las lluvias, sus truenos y sus lodos. Ellas van a cobijar bajo techo firme una esporádica república feriante, con abultado fajín de contratos e impertinente tintineo de monedas en sus bolsas. La trama de la ciudad incluye dos plazas, la Plaza del Mar y la Plaza Mayor. La primera incluye Aduana y Cabildo, en tanto que la segunda lo hace con la Parroquia matriz y el Hospital Real, concebido éste para atención médica del personal militar o civil, blanco o negro, español o extranjero, esclavo o libre, que atienda o construya las nacientes fortificaciones, y que entrado el siglo, sería encomendado a la Orden Hospitalaria de San Juan de Dios, la benemérita orden siempre entregada al prójimo. Si bien el casco urbano no sobrepasará medio siglo después el centenar y medio de casas consolidadas, no por ello dejan de montarse ocasionales bohíos a la entrada del camino de Panamá, ocupada mayormente por negros esclavos y libres. Conocido como barrio Guinea, a ellos se trasladan temporalmente ciertos propietarios que alquilan sus casas por astronómicos precios durante las ferias. Dineros, al decir del cronista, no siempre fáciles de ser cobrados a unos ostentosos cuanto escurridizos, transitorios y avisados clientes, prestos a esfumarse súbitamente sin rastro en medio del bullicio ferial. Sin duda la afamada viveza criolla había tomado ya carta de identidad en aquel siglo y lugar, hervidero de gentes y afanes, no ajenos tal vez a la esencia de ciertos factores ibéricos ya establecidos en su propia ecumene. Cuatro barrios vendrían a conformar la estructura social de la ciudad; además del citado Guinea al nordeste, el de Triana al oeste, compuesto básicamente por tratantes y pulperos peninsulares y blancos de orilla, el de la Carnicería sito en el entorno del matadero con gentes de menores recursos, y el de La Merced, que se iría aglutinando en derredor del convento mercedario, adscrito a la Casa Madre de Panamá, construido en 1606.

Figura 7: Plano-Planta Ciudad de Portobelo

 

En 1596 aparece nuevamente la merodeante flota de Drake, ahora con más de 3.000 infantes de tierra bajo el mando de Thomas Baskerville, rebotada esta vez de Puerto Rico en cuyo cerco había fallecido el ya anciano John Hawkins. Ellos van a dirigir su ataque sobre la mutante y semiabandonada Nombre de Dios, defendida por su gobernador con una guarnición de 60 hombres. Ante la imposibilidad de defenderse de la formidable escuadra que les asedia, decide el gobernador retirarse, abandonando el campo a la hueste corsaria. La agónica ciudad sería saqueada e incendiada, y por considerarse ya función amortizada, nunca más reconstruida. Por su parte Portobelo, en plena erección de sus defensas, se prepara para afrontar el subsiguiente aldabonazo corsario, mientras la flota inglesa va tomando posiciones frente a la bahía. Pero los británicos soslayan su toma optando por atacar Panamá, donde permanece retenida la plata peruana en espera de las nuevas atlánticas. Drake avanza hacia la ciudad del Pacífico remontando la vía fluvial del Chagres, en tanto que Baskerville con su gente de guerra progresa por el Camino Real hacia la cumbre divisoria de las aguas, desde donde espera caer sobre la capital del istmo. Pero la prevenida Panamá responde contundentemente en ambos frentes, emboscando sus hombres en Sabana Grande y Venta de Chagres junto a refuerzos llegados del Perú, que ocasionan numerosas bajas a los invasores, asumiendo finalmente estos la retirada hacia su base flotante. Al repliegue, un fracasado y seguramente enfermo Drake se cierra en su camarote del que se niega a salir, y donde muere de disentería a los pocos días. Su cadáver será arrojado por la borda en ataúd de plomo, sobre el propio cantil de la bocana, donde la nao capitana aguardaba fondeada. El regreso de la flota a Plymouth bajo el mando de Baskerville sería dramático. Lograría aportar en sus muelles con 8 naves sobrevivientes de las 28 con las que partiera en compañía de Hawkins y Drake un año antes, enfermo y deprimido, tras un meritorio retorno en etapas, plagado de penalidades y pérdidas humanas y materiales. Era la otra cara de la moneda.

Figura 8: Portulano de Portobelo, puerto atlántico de Indias. (Dibujo del autor)

 

La situación estratégica de Portobelo, como nuevo receptor atlántico de mercancías vía Perú y embarque de plata y ultramarinos vía España, le van a conferir una destacada importancia mercantil, materializada en sus anuales cuarentenas feriadas y el importante paquete transaccional que conllevan. Las mercancías aportadas desde España y el Caribe por la Flota de Barlovento o Flota de Tierra Firme (sede Cartagena), eran compradas  para abastecer los mercados de Lima principalmente, pero también de Valparaíso y Guayaquil y pagadas con plata de Potosí. A la plata pagadora de mercaderías limeñas, juntábase los impuestos del Quinto Real, de los que se devengaba el Situado o presupuesto de policía y plata de las plazas del virreinato. No hay feria más rica en todo el mundo que la que allí se hace… entre los comerciantes españoles, Perú, Panamá y otros lugares vecinos…se hace la mejor feria del mundo, contaba el turbio Thomas Gage a su paso por el istmo, para añadir más adelante: lo que más me asombró fue ver las recuas de mulas que llegaban por el camino de Panamá cargadas con lingotes de plata; en un solo día conté 200 mulas abarrotadas que fueron descargadas en el mercado público, de manera que los montículos de lingotes permanecían como montones de piedras en medio de la calle, sin temor a que los hicieran desaparecer… testimonio evidente de que la cantada peligrosidad social de Nombre de Dios, había pasado página como la propia ciudad que la alimentaba, sin aparente contagio viral en Portobelo. En todo caso aquellos truhanes de antaño, habían evolucionado en menos de medio siglo para devenir en vivos de hogaño. Estaba mejorando ostensiblemente sin duda la cabaña trashumante, la mesta humana de Indias.

Figura 9: La Feria Atlántica de Portobelo

 

La vida ciudadana de Portobelo transcurría entre períodos de febril actividad y  azarosa quietud. Durante la feria, los residentes montaban el Ferial entre el Barrio de La Merced, Triana y el fuerte La Gloria, apoyados por numerosos profesionales de los oficios llegados de Panamá. Allí se encaramaba toda suerte de pulperías para mercar los bastimentos y manufacturas de los Galeones de Barlovento, amén de barracas con casabes, asados, frutas, zumos o aguardientes traídos de Cartagena o Panamá. Los feriantes llegarán a pagar cifras astronómicas por el alquiler de una habitación o casa (6.000 pesos a veces), y tampoco los precios de las viandas se quedan a la zaga.  Mientras iban entrando una tras otra por el Camino  Real las recuas con cien o más mulas, los maestres y sus tripulaciones armaban tenderetes con las velas y jarcias de sus navíos. En ellos daban entrada al preciado metal de las mulas, que habían de transportar en los vientres  de sus galeones de vuelta a La Habana y Sevilla.

Para regular el valor de las mercancías feriadas, se reunían a bordo de la nao comandanta el propio Comandante de la Armada con el Presidente de Panamá. Concluida la capitulación, confirmaban y publicaban los contratos de compraventa negociados entre las partes de Sevilla y Lima, España y Perú. Cada una de ellas disponía su correspondiente hoja de ruta. Los representantes privados de los comercios o los magnates panameños o limeños acuden a recibir la mercancía demandada y pagada en la feria precedente. Los mayoristas husmean los posibles precios a la baja. Los oficiales reales supervisan volúmenes, pesos, taran básculas, controlan transacciones e impuestos, persiguen el fraude. En la feria no faltan los marchantes de cuadros e imágenes que alimentan el jugoso mercado del arte. Martínez Montañés y su escuela sevillana inundan con su imaginería religiosa, cristos crucificados, vírgenes y santos el Virreinato del Sur. Las catedrales de Lima, Oruro, Bogotá o sus cientos de iglesias y conventos diluidos por su geografía, conservan aún muestras de aquel magisterio. Toda escuela de imaginería de la Península, y España es tierra de imagineros, tenía su representante en Sevilla, donde daban salida de sus productos hacia Veracruz o Portobelo: Alonso Cano, Gregorio Hernández y un largo etcétera de maestros del Renacimiento y el Barroco, junto a otros cientos de artesanos contemporáneos o posteriores han dejado sobradas muestras de ello. Acudían prestos todos ellos a la llamada tintineante de la plata peruana. Y muchos eran los limeños pudientes y caprichosos: sus mujeres lucían joyas y modas exquisitas con abanicos, mantones, sedas y tafetanes traídas de Europa o Asia. Y la plata limeña fluyó a raudales durante dos siglos hacia Sevilla vía Portobelo. Era el momento histórico en que España había dejado de caber en sus fronteras. El Siglo de Oro florecía en ella. Y con él, trasegaba la literatura ascético-mística del Renacimiento, en justa connivencia con los barcos que a Flandes llegan portando guerra, pero vuelven ahítos de Erasmo; a Italia repletos de tercios para regresar con la métrica exquisita de sus versos impresa en las tripas. Cuando el Barroco percute su aldaba, pintores como Zurbarán, Velázquez o El Greco, acuden masivamente a la cita sevillana: sus marchantes negocian lienzos en las ferias de Portobelo, Cartagena o Panamá y sus frailes, vírgenes, apóstoles o caballeros toman rumbo a las Américas. La misma senda que siguen los ángeles de Murillo con la faz de sus hijos y el dolor de padre que los ha perdido durante la peste de Sevilla (1649). Pronto nacerán otros focos de pintura autóctona que frenen en cierta forma aquella sangría de plata: tras la lluvia nutricia de los maestros peninsulares reverdecen escuelas genuinas como la deliciosa Escuela de Quito, con su mística sincrética de querubines, vírgenes y santos que tanto enorgullecería al Carlos III ilustrado. Pero la aldaba creadora va a percutir durante dos siglos con talentos universales. Mateo Alemán, Cervantes, Lope, Tirso, Ruiz de Alarcón, Quevedo, Calderón, crean arquetipos que invaden otras culturas e idiomas: el tenorio, la alcahueta, el pícaro, el quijote, el galante embaucador, el iluso atribulado, la fingida boba, la amada evanescente, el orate sesudo, la fregona virtuosa, el barbero lenguaraz y un etcétera infinito,  van a nutrir con su sesgo de comedia o drama la literatura mundial. Y todos ellos acaban siendo leídos e interpretados en Lima, Santiago, Bogotá o Quito a través de un cuello de botella llamado Portobelo, que verá llegar en 1605 los primeros 2oo ejemplares del Quijote. Tobera diríamos hoy, que aceleraba en singular Efecto Ventury la succión de productos peninsulares hacia El Perú, minimizando su estadía en el istmo. Hasta tal punto que dos años más tarde, durante las fiestas patronales de Pausa (Ayacucho), nombrada hoy Capital Cervantina de América, alcanzarían a escenificarse en su Plaza de Armas las andanzas de D. Quijote y Sancho, segunda encarnación mundial del símbolo cervantino, apenas cinco meses más tarde de un primer ensayo vallisoletano. La dificultad del paso, su insano temperamento, el costoso ferial añadido, la certeza de saberse torvamente observados por descuideros del mar, la amenaza de turbión en estación avanzada, el deseo de retornar cada feriante al sosiego de su sede, eran más que sobrados motivos para finiquitar el raudo negocio y sorber en torbellino aquella sopa de letras. En estos menesteres presidenciales con el Comandante de la Armada de Barlovento, además del incendio destructor de 46 casas sobrevenido meses antes, encontrábase el Maestre de Campo Fernando de la Riva-Agüero en 1663, flota en puerto, cuando le sobrevino la muerte. La partida de los galeones demoraría unos días para llevar los restos del propio gobernador en sarcófago de plomo, y darles tierra en su nativo solar del Gajano cántabro: nunca sería construido su proyecto de renovación del Castillo de Chagres. Años después el propio Virrey Melchor de Navarra, en su fugaz tránsito hacia España, vendría a enfermar y morir en Portobelo (1691), como justiprecio definitivo de la siniestra fama de insalubridad que le acompañara por siglos.

 
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Contexto Histórico de Portobelo – I

Colón en su cuarto viaje arribó a su bahía (noviembre de 1502) y le asignó el nombre que años después tomaría la ciudad. El buen resguardo, sus amplias aguas, su fondo de piedras para lastre, y la existencia de abundante madera, aguada cómoda y ensenada de bajo calado donde carenar navíos, llevó a Diego de Nicuesa a la sazón  Gobernador de Veragua y fundador de Nombre de Dios (1510), a intentar fijar en Portobelo otro enclave costero. Los belicosos nativos del momento le obligarían a desistir de su intención.

Al igual que en la costa cartagenera, los vientos estacionales dominantes en aquella latitud eran las brisas del NE durante la época seca (Diciembre a Mayo) y los vendavales del W-SW durante la época de lluvias (Junio-Noviembre). Frescos de mar cabrilleada los primeros, frecuentes turbonadas de viento y agua acompañados de mar crespa los segundos. Las corrientes marinas costeras variaban notablemente según  que de estación seca o húmeda se tratase, a causa del gran incremento de fluviales evacuadas desde el continente durante las lluvias. Pero dada la limitada evacuación de escorrentías pluviales acopiadas, los flujos y reflujos propios en la bahía de Portobelo apenas variaban estacionalmente, y sus mareas mantenían un tiro habitual de fácil acceso en toda época. El resguardo de navíos grandes encontraba su posición en la medianía del puerto, en tanto que las embarcaciones menores podían aproximarse a la orilla para anclar sobre fondo arenoso. Al NE de la bahía se abría la Caleta, ensenada muy propia y acomodada para carenar navíos y toda especie de embarcaciones, no solo por su fondo arenoso de cuatro brazas y media de calado, sino por estar abrigada de todo viento estacional u ocasional, abrazada por un cerco de colinas. En el fondo y al norte de la bahía, desembocaban arroyos de aguada conocidos como el Cascajal y el Chorrillo.

            Desde antes del avistamiento del Mar del Sur por Núñez de Balboa (1513), cuando su existencia era solo intuida por geógrafos y hombres de ciencia, Fernando el Católico había sugerido a Vicente Yáñez Pinzón correr la costa caribeña en pesquisa de algún paso atlántico hacia las Molucas, idea obsesiva que los reinos europeos  mantendrían por más de un siglo. Con el descubrimiento del gran océano del poniente, empezó a cuajar la idea alternativa de acceder a él mediante un camino terrestre capaz de sortear las escabrosidades del istmo. El propio Balboa había trazado una ruta transístmica de 60 km, que partiendo de Santa María la Antigua, ciudad por él fundada en el Darién, llegaba no sin grandes penalidades a la costa pacífica del Golfo de San Miguel. Transportó por ella a lomo de mulas e indios una flota de galeones despiezados, con los que desde la otra orilla, pretendía emprender la conquista de un mítico Imperio del Sur, noticia dada por sus caciques aliados: los mismos que le informaron del mar que habría de darle gloria. A la muerte del malogrado descubridor, sería Francisco Pizarro quien perseverase en la idea de explorar el sur continental, el fabuloso Pirú de tradición indígena. Los galeones de Balboa serían utilizados por Pedrarias Dávila, sucesor de Nicuesa en la gobernación de Veragua, para explorar hacia el norte la costa pacífica del istmo. Tampoco allí encontrarían paso interoceánico alguno con que informar al rey.

Figura 2: El Camino Real a Nombre de Dios. Grabado de época rescatado

 

Gaspar de Espinosa, fundador por orden de Pedrarias de la ciudad de Panamá (1519), núcleo occidental de enlace entre ambas costas del istmo, especulaba aquellos años con razonable magín sobre la posibilidad de abrir un canal interoceánico aprovechando el cauce del río  Chagres; idea que Carlos V llegaría a sopesar sin pasar a mayores al constatar la magnitud del proyecto (185 km de largo). El capitán Antonio Tello de Guzmán, quien fuera el descubridor del asentamiento aprobado por Pedrarias  como solar de la futura Panamá, era a su vez partidario de acometer otra ruta montaraz similar a la de Balboa, de mayor longitud  (100 km) pero mejor trazado y levedad en cotas de ascenso. Aún así, la ruta que partía de Nombre de Dios para concluir en el propio enclave panameño orillando el cauce del río Boquerón hasta las cumbres divisorias de las aguas, era áspera y dura. Sus 1,20 metros de anchura, bordeando barrancos y hendiendo resbalosas cumbres, con lluvias periódicas y sus barrizales, desplomes y arrastres, era una tortuosa senda donde la proverbial terquedad de las mulas rehusaba transitar sin el ocasional y sabio consejo del recio varapalo en sus costillas. No lo tengo yo por el mejor camino, ni tan breve… es muy áspero y de muchas sierras y cumbres muy dobladas, y de muchos valles y ríos y bravas montañas y espesísimas arboledas, y tan dificultoso de andar que sin mucho trabajo no se puede hacer…y es muy malo… el cual he yo andado dos veces a pie, opinaba de él Fernández de Oviedo. El propio historiador propone nueva ruta:  desde Panamá hasta el río Chagres hay cuatro leguas de buen camino, y que a muy buen placer le pueden andar carretas cargadas, porque aunque hay algunas subidas, son pequeñas, y (es toda ella) tierra desocupada de arboleda, y llanos, y todo lo más de estes (sic, modismo bable) cuatro leguas es raso, y llegadas las carretas al río se podría embarcar la especería en barcas y pinazas; el río sale a la mar del Norte cinco o seis leguas debajo del puerto del Nombre de Dios, y entra la mar a par de una isla pequeña que se llama isla de Bastimentos, que tiene muy buen puerto... Idea asumida por el nuevo gobernador Barrionuevo y apoyada por Gaspar de Espinosa convertido para entonces en influyente hombre de negocios, que proponen la ruta mixta esbozada por el historiador asturiano, que también compartirá el estudioso Fray Tomas de Berlanga obispo de Panamá (1536) y descubridor de las Galápagos. Se acomete la limpieza del río, retíranse palotales y árboles caídos entre la desembocadura y la intersección caminera que viene de Panamá, indicándose ambos límites planimétricos con sendas cruces. Se inicia por tierra el trazado del llamado  Camino de Cruces (1527), con su base granular compacta y su concertante empedrado carretero de 2.70 metros de ancho a lo largo de treinta km, capaz de ser recorrido por carromatos en 7 horas. Se construyen  Venta y Aduana en la barranca de Cruces, enlace de ambas vías seca y húmeda, que tomará en adelante el nombre de Venta de Cruces (1536). En la boca del Chagres, puntual paso de la vía húmeda fluvial a marina, se construye otra Aduana. Los edificios de Cruces cobijan mesón, bodega, galpones y aduana, en cuyos libros queda registrado el tránsito de mercancías. En la boca del río, otra Aduana comprueba también la carga estibada en los bongos, al pie del Castillo de San Lorenzo de Chagres (1535) y sus cañones, cobijo de embarcaciones, gentes y  mercancías. Entre ambas aduanas se intercalan una serie de fortines escalonados, como el Fuerte Gatún o el propio de Cruces, apoyo estratégico del transito de mercancías y hombres por la vena fluvial.

 

Figura 3: Los Caminos históricos del istmo

 

La nueva Vía Marítima entre la Boca del Chagres y Nombre de Dios cabotada por pataches y bergantines, atrajo pronto la rapacidad pirata, siempre al acecho de cualquier descuido táctico enemigo del que sacar provecho. Los primeros asaltos a  convoyes de esta vía se produjeron el año mismo de su puesta en servicio (1537), lo que obligó a repartir selectivamente los fardos entre el Camino Real  y el Camino de Cruces, según que de metales preciosos o mercancías comunes se tratase. El codicioso efecto llamada de las potencias enemigas sobre activos metálicos de la hacienda imperial española era evidente y crudo. Sobre todo para la emergente Inglaterra, con una Royal Navy carente todavía de infraestructura, y fiada su rapiña costera a una pléyade de privateers desparramados a comisión por el Caribe y sus islas. Entre ellos el joven Francis Drake, que pese a sus pretenciosas memorias, lo único fidedigno que sacaría de su primer ataque a Nombre de Dios (1572), seria dejar la plata peruana donde estaba, además de abandonar dieciocho cadáveres en la playa y conservar de por vida una bala de mosquete alojada en su pierna izquierda. Protegido por la orografía y vegetación salvajes del istmo, aunque demorase  doce días el penoso y lento avance de las recuas, era el camino interior más seguro que el ágil y cómodo trayecto mixto, vulnerable a la libre insidia enemiga durante las ocho o diez horas de su cabotaje costero. No obstante, el persistente Drake con el apoyo de 100 negros cimarrones contratados al efecto, ataca al grueso de reatas de mulas que siguen bajando por el Camino Real hacia la costa. Las refriegas con la milicia presidial le infieren numerosas bajas entre las que se cuentan los dos hermanos del propio privateer. El hugonote y cartógrafo francés Guillaume Le Testu,  adherido como piloto de altura con nave y hombres al empeño depredador, logrará capturar algunas reatas con más de 100.000 pesos de oro y 15 Tm de plata; pero su excesivo peso les obliga a enterrar una parte, a la espera de recuperarla en mejor ocasión. Los españoles contraatacan, recuperan parte del metal robado y capturan a Le Testu, que es ajusticiado en días siguientes. Pero no pueden evitar que Drake se escabulla con el crecido botín del francés, que a su arribada a Southampton catapultaría al firmamento inglés su imagen de gran corsario benefactor de la patria. Una de las bases del futuro Banco de Inglaterra según hubo de reconocer el propio Keynes cuatros siglos más tarde.

Figura 4: Escudo heráldico de Nombre de Dios

 

Desde el establecimiento de su Feria del Atlántico en 1544, la ciudad fundada por Nicuesa habíase convertido en núcleo obligado y maldito del tránsito de las mercancías y plata peruana, motores del comercio sevillano con Lima. La sofocante ciudad era por aquella segunda mitad del siglo XVI, un avispero de truhanes, prostitutas y malandrines, donde la salud languidecía y la violencia callejera era moneda corriente con riesgo de la propia vida: su existencia era una amenaza social; el tránsito por sus calles en horas nocturnas, un suicidio. Cueva de ladrones, sepultura de peregrinos, la llamaba Berlanga. No obstante ello, el poder del dinero manteníala en pie,  tornapuntada con plata peruana en medio de secuencias socio-sísmicas de toda laya que tambaleaban su equilibrio. Dada su significación económica, Pedrarias había aprobado el trazado caminero que uniría los mares que el istmo separaba. La apertura de una trocha inicial entre Nombre de Dios y Panamá, fue pronto convertida en camino empedrado, senda para hombres y mulas, suerte de calzada romana, vena áurica, nexo de  piélagos, que todo esto iba a representar para el comercio imperial la apertura de aquel sendero que orillaba escarpes, soslayaba ciénagas y remontaba crestas. De Sevilla habían llegado rejas, zapas, azadones, cedazos, picos, petos, pilones, palanquetas, palas, rastras, mazas, marrazos, hachas, junto a los acerados herrajes precisos para reparar o montar cualquier apero útil para el trazado caminero. Eran muchos los kilómetros, y tanto más los brazos que debían acometerlo en sus diversos tramos y época seca, para avanzar ostensiblemente hacia su conclusión. Animales de tiro y carga no faltaban, y madera para mangos y pisones tampoco: pero era la mano de obra india el talón de Aquiles de aquel empeño. Con grandes dificultades por lo poca que hay en estos reinos, y los más que van enferman… enfermedades y muerte que aún ni los negros pueden resistir… era un lamento asumido que atoraba el proyecto del camino. Negros cimarrones desertores de aquella mortífera apertura-trampa, comenzaron a establecerse en los solitarios esteros de la Bahía de Portobelo, camuflados del control presidial de Nombre de Dios, la insalubre ciudad ya sentenciada al abandono. Con este núcleo humano incipiente y la real orden de evacuar los últimos colonos de la ciudad de Nicuesa, Francisco Valverde y Mercado, factor y veedor de Nueva España, comisario-revisor de las obras de fortificación y acondicionamiento del nuevo enclave costero, funda en él la ciudad de San Felipe de Portobelo. Será nombrado Gobernador vitalicio de la plaza (1597-1644). A su muerte, la nueva ciudad del Atlántico va a ser gobernada por un Teniente General con mando en plaza y jurisdicción territorial anexa, dependiente del Gobernador Presidente de Panamá, autoridad máxima del istmo con sede en la ciudad del Pacífico.

Figura 5: Nombre de Dios, sede de la primera Feria del Atlántico

 

El progresivo abandono de Nombre de Dios, trae el medro poblacional de Panamá y Portobelo como puntos de acopio humano en el enlace interoceánico de España y Perú. Por orden de Felipe II (1584), la feria atlántica establecida en Nombre de Dios desde 40 años antes, se trasladaba a la Bahía de Portobelo cuyo rancherío iba pronto a consolidar su población. Comienza la fase constructiva de las fortificaciones de la bahía según proyecto del ingeniero real Battista Antonelli, que diseña también la variante del Camino Real desde Boquerón por El Bohío, junto a otras defensas alternas para la Boca de Chagres y la Barranca de Cruces. Antonelli había sido designado por el rey para examinar los puntos y costas de América donde convenga levantar fuertes y castillos. Su nombre y saga van a impregnar de un cierto sabor familiar a la ingeniería militar indiana del siglo que comienza. El inicial diseño del ingeniero real establecía un sistema de tres fuertes conocidos como San Jerónimo situado entre la playa y el puerto, quedando situados los otros dos, San Felipe Todofierro y Santiago La Gloria cada uno a un lado de la embocadura, para que su cruce de fuegos protegiera el acceso a la ciudad. Pero pronto aparecieron problemas de asentamiento y deslices de ladera en el escarpe sur, por lo que el castillo de Santiago hubo de ser remetido hacia la ciudad para fundarlo sobre buzamientos de roca consolidada. Se situó en una hondonada rodeada de quebradas y padrastros, presa fácil del enemigo en caso de que lograra desembarcar en la costa y ocupara los promontorios ubicados a sus espaldas, denuncia el nuevo alcalde mayor Vargas Machuca (1602) con palabras proféticas que habían de cumplirse andando el tiempo.Figura 6: El diseño de los Caminos