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Contexto Histórico de Veracruz – VI

                        Figura 14: Los Caminos Reales de Nueva España. Finales siglo XVIII

 

El conocido como Camino de los Virreyes entre otros nombres dados al existente  entre Veracruz y México, iba a encontrar continuidad hasta Acapulco con el Camino de la China, adscrito al mercadeo exterior con las Islas del Poniente. Vinculado el primero a la producción y consumo internos del país, iba a ser sin embargo asociado al tránsito de los impuestos reales, el situado virreinal, el correo y las compras sevillanas. Incorporado el nuevo mercado asiático al quehacer económico del virreinato, el Camino de la China vino a  enlazar con los ya existentes caminos a Veracruz, Zacatecas y Oaxaca en la capital, prolongados más tarde por el norte hasta Chihuahua y Santa Fe (Nueva México) con el nombre de Camino de Tierra Adentro, y hasta Tehuantepec y Guatemala por el Sur con el nombre de Camino de Guatemala. Los tres Caminos vitales de la China (408 Km, 20 días), de los Virreyes (412 Km, 22 días), y de Tierra Adentro (1.600 Km, 3 meses), llegaron a constituir junto al Camino de Guatemala, una red de caminos carretiles (vulgo carreteras) estimado en 7.600 Km distribuidos en 55 rutas diversas para el tránsito rodado. Añadida a esta red carretil, habíase creado otra para herradura, próxima a los 20.000 Km, distribuidos en 105 rutas. Este formidable conjunto de vías de tránsito se alcanzaba a fines del siglo XVIII, cuando los nacientes Estados Unidos apenas llegaban a cubrir con las suyas un 10 por ciento de esta realidad. ¿Puede extrañar hoy que sea Patrimonio Universal de alguien y algo, esta caminería? ¿No se cita acaso como futurible candidato, a la indetectable traza del llamado Camino de Oregón?. Transitado desde San Luís Misuri por un aluvión de enviscados europeos del siglo XIX, vagabundos de su albur y mediatizados por la propaganda oficial. Avanzando no importa si por valles, riberas, linderos o praderas hacia un soñado Oeste, sin medio metro de empedrado carretil pero sobrado conductismo del Este. Era un juego político preciso para sacárselos de encima y largarlos a la costa oeste que poblar para crear mercado. Allí les venderían a crédito armas y casas de madera prefabricadas en el Este, una vez concluido el ferrocarril, fabricado todo ello con mano de obra inmigrante cualificada, que, esta sí, encontraba presto acomodo entre la incipiente masa obrera del NW. El haber dado argumento a más de un centenar de western (cine y TV incluidos), financiados con dólares, es, y poco más que huellas en la mar, su  mérito de aspirante al Patrimonio.

 

Tras la consolidación de Veracruz en su definitivo emplazamiento, había empezado a reutilizarse la olvidada senda indígena que ceñía la república de indios de Orizaba, con su enhiesta referencia de volcán nevado, en ruta hacia los demás volcanes del Anahuac. Apenas un siglo después de llegar los primeros esclavos africanos a Nueva España, bozales devenidos cimarrones que asaltaban caravanas y desvalijaban viajeros, habían convertido aquellas estribaciones de la Sierra Madre en resguardo montaraz de sus fechorías. Por este camino había empezado a fluir la producción local de sus campos de café, azúcar, algodón y tabaco, hacia el interior. Para dar cobijo y protección al comercio regional, que transitaba tanto hacia México como a la propia Veracruz, el virrey Fernández de Córdoba, funda la ciudad de Córdoba (1618), parada y fonda de viajeros y cabalgaduras, con presidio y real fuerza capaz de proteger el transito caminero por aquellos enriscados pasos. Andando el tiempo, serían varios los fortines levantados entre Orizaba y Córdoba, tramo neurálgico de asaltos a las conductas o caravanas reales que circulaban a orillas del río Metlac, cuya barranca suponía una guillotina geológica entre el altiplano y la costa. Cada negro cimarrón prendido iba a ser, no agarrotado como correspondía a su ralea malhechora, sino castrado e incorporado a los hatos ganaderos veracruzanos. Años más tarde, aquietado ya el entorno serrano, se dotará con 32 puentes el camino que por allí serpea y dobla la divisoria de aguas para circunvalar la próspera Orizaba, que desde entonces iba a ser llamada La Señora de los Puentes.

 

El tráfico comercial con ciudad de México, establecido desde Veracruz siguiendo el Camino de Carros por Jalapa y Perote, que abordaba la capital por la calzada de Guadalupe, diósele el nombre de Camino de las Ventas por las muchas que en ella llegaron a establecerse en pocos años. Pero era también un camino de postas, con puentes de mampostería (entre otros el Puente del Rey, que cruzaba sobre 7 ojos el río de La Antigua), hospitales, mesones, áreas de descanso y pastos para caballos, además de múltiples haciendas de sementera o ganado. Los mangas verdes vigilaban esta ruta y sus vericuetos que trepanaban las estribaciones de la Sierra Madre. Creada en la Castilla de los Reyes Católicos, la Santa Hermandad con su peto de cuera sobre llamativo jubón  verde, llegaría a convertirse en el ojo vigilante y brazo justiciero de los caminos reales que trenzaban las estribaciones de la Sierra Madre hacia Veracruz.

 

Como Camino de los Ángeles, fue a su vez motejado el mandado construir por Cortés desde la Capital a la entonces recién fundada Puebla (de los Ángeles, 1531). Orillando la falda del Popocatépetl, prolongada más tarde por Tecamachalco y sus hospitalarios franciscanos, Acultzingo y sus no menos acogedores indígenas, hasta Orizaba y Córdoba, alcanzaba finalmente Veracruz. Las guerras que la metrópoli venía manteniendo en la convulsa Europa, se reflejaban inexorablemente en el buen o mal estado de los caminos, pese a la probada potencialidad de una hacienda virreinal que invertía cada vez más en consolidación de estructuras propias, mientras menguaba parejamente su envío de plata impositiva a la metrópoli. La diversidad de climas y orografías, plagada de vados, cañadas, ríos, pedregales, ojos de agua, blandones, barrancos y rampas de ladera, era anualmente activada por los diluviales arrastres estacionales, obligaba al múltiple mantenimiento de atajeas, alcantarillas, terraplenes, empedrados, drenes, caballeros o trincheras. En épocas de penuria bélica, el deterioro prolongado de los caminos se dejaba sentir con la demora en la entrega de las encomiendas, el incremento del costo de las mercancías y la mortandad de las bestias. Las más de 60.000 cargas anuales que llegaron a alcanzarse, respondían inequívocamente en el mercado con alza de costes y retraso de entregas

 

Por el Camino de Tierra Adentro, bajaban semanalmente hacia México miles de mulas desde Chihuahua y Zacatecas con lingotes de plata beneficiada de sus minas, además de cueros, cueras, sebos, tasajos y harina de trigo, que en aquellas tierras se producía. Su motejo de Ruta de la Plata a ello obedecía. Y por ella retornaban las mismas recuas cargadas de telas de lana y loza poblanas, aceros, herrajes, clavazones, llaves, azogue y otros productos europeos o asiáticos que por Veracruz o Acapulco se incorporaban al flujo virreinal desde Guatemala a Santa Fe. Toda una infraestructura de conexiones comarcales en continuo trasiego, bajo el rigor inmisericorde de los climas y la nada solitaria, hendiendo territorios arriscados o yermos, inseguros, merodeados por cuadrillas de negros levantiscos o encanallados, cuando no de incontroladas partidas de indios nómadas de frontera. Solo los presidios y sus ventas anexas, eran remanso de seguridad y descanso para mulas, arrieros, transeúntes y mercancías.

 

Carlos V en 1523, había concedido a La Villa Rica de la Vera Cruz un escudo de armas, que conservaría la Veracruz histórica como blasón urbano del enclave fundado por Cortés. En 1607 le sería conferido el título de ciudad por Felipe III, título que ratificaría el propio rey en 1640. Y ese mismo año lo celebraría la urbe erigiendo un emblemático Cabildo ciudadano, con festejos, carreras de caballos, juegos de cañas y corridas de toros, sin faltar su encierro, desde el redil del matadero hasta la Plaza de Armas. Este de los toros con encierro, era festejo que venía cumpliéndose tradicionalmente con la llegada de la Flota, pese a la reiterada protesta de los tenderos de plaza y su corredor ciudadano, obligados a cerrar su negocio al paso de la estampida toruna en días y horas clave de la feria. Habían sido prohibidos repetidas veces, pero repuestos otras tantas bajo la presión unísona de los ganaderos veracruzanos y las gentes de a bordo, que reclamaban como estelares el espectáculo correcalles y su remate taurómaco.

 

La tradicional cabaña vacuno-porcino-caballar, con más de 150.000 cabezas censadas en un extrarradio de siete leguas en torno a Veracruz (1580), los cereales, la caña de azúcar y el tabaco, junto a los modernos astilleros de la ciudad, constituyeron en la segunda mitad del s. XVII y primera del XVIII el verdadero motor de la economía regional. Como base portuaria de la Flota de Nueva España, había nacido el imprescindible astillero para mantenimiento de los galeones tras su avatar oceánico. Era fama, que los barcos salidos de sus gradas, prolongaban por más de cuatro años su vida activa frente a la broma o carcoma tropical de las aguas del Golfo; cantinela repetida en otros muchos astilleros del Imperio y sus aguas. Sin olvidar que su pujanza económica era a la vez un revulsivo para el endémico comercio clandestino arraigado en su costa.

 

Los argumentos jurídicos del holandés Hugo Grocio (1627), fleco ondeante de la Universidad de Salamanca al viento humanista, pero victima del amorodio internacional, era un discurso interiorizado por las potencias europeas, que incluía el comercio como uno de los derechos naturales del hombre. Este concepto iba a impulsar la competencia leal hacia la fase más oscura del contrabando, contraventora del monopolio comercial de los Habsburgo, mutado en libre comercio durante la Casa de Borbón. La riqueza generada en Nueva España, había empezado a quedarse en Nueva España, y el Virreinato iniciaba una cierta deriva hacia el México-nación, que acabaría intentando cristalizar un siglo más tarde. Los ataques corsarios a puertos indianos, cada vez más fortificados, resultaban siempre caros y con frecuencia fallidos. El contrabando, podía en cambio practicarse en todo tiempo de paz o guerra, con riesgo mínimo y beneficio corriente, lo que acabaría por agigantar el matute costero hasta desorbitar sus proporciones. Y el nuevo argumentario jurídico llegaba para favorecerlo.

 

La presencia de naves desperdigadas, que traficaban en fraude con haciendas ribereñas, era práctica extendida que enmascaraba con frecuencia visitas agresivas. No pocos casos había de filibusterismo, que fingía ajustar precios con hatos y haciendas costeñas, para cambiar súbitamente de actitud y bandera, y caer por sorpresa sobre ellas hasta dejarlas esquilmadas, cuando no malheridas o muertas sus gentes si no habían escapado oportunamente a los cerros. ¿Quien era su testigo en aquellas soledades? En un caso documentado de 1655, unos arrojados vaqueros, mulatos de Tampico, lograron capturar a 22 corsarios ingleses y dos de sus naves nodriza. Llevados a Ciudad de México, fueron condenados por la Inquisición a las galeras cartageneras, con los consiguientes pregones de escarmiento, voceados por los alguaciles del Virreinato. Otra situación similar iba a traer en 1683  días aciagos de saqueo, violaciones y asesinatos, a manos de miméticos forbantes. Pese al efectivo patrullaje de la flota novohispana en el área caribeña y su  acceso al Golfo, con seis naves francesas e inglesas apresadas en su haber anual, no supieron discernir el momento clave de la amenaza que repicaba su puerta.

 

Veracruz, visible desde ciertas naves fondeadas en la Isla de los Sacrificios, llevaba días recibiendo confiada las visitas de sus tripulantes, interesados en saber del tiempo de la feria y su inicio. Cuando la Flota de Nueva España asomaba sus primeras velas sobre el horizonte, el ataque corsario combinado de 15 navíos artillados era ya un hecho que estaba yugulando la ciudad. Llegada la hora, el holandés Laurens de Graaff (Lorencillo para los hispanos) con 1200 hombres y el apoyo de sus compatriotas Nicolás Van Horn y Cornelius Jol (Pata de Palo) y de los franceses Michel de Grandmont y Pierre Bot, habían copado la semivacía urbe enfrascada en los prolegómenos de su feria, mediante un silente desembarco algo más al sur. Desvalijadas ya iglesias y conventos,  fueron por las casas sacando a los vecinos, y si alguno salía por sí, moría sin remedio…bien de su fiereza bárbara, de hambre, sed… y de espanto las mujeres. Parte de sus élites comerciales habían sido atrapadas y encerradas en La Merced, y más tarde llevadas a la Isla de los Sacrificios y confinadas en las sentinas de sus naves, a resguardo de las baterías de Ulúa. Cinco días sin agua ni alimentos permanecieron copados los infelices rehenes, hasta lograr reunir los 150.000 pesos exigidos como rescate de sus vidas. Los menos afortunados iban muriendo bajo la tortura, el hambre, la carga y estiba forzadas del mobiliario robado, cuando no de la venalidad de aquellas hienas… porque cada cual que llegaba, nos quería quitar la vida, y cuando se hacía más horroroso era de medio para la noche (sic), por emborracharse y quedar sin razón alguna, si es que tenían alguna que perder… nos dejará dicho el prior de los jesuitas capitalinos, testigo sobreviviente de aquel marasmo. La implacable disciplina militar de los momentos críticos, condenará a muerte en Juicio de Causa al Gobernador de Ulúa y Veracruz, por no haber sabido leer aquella estratagema pirática de libro a la luz del día.  

 

                     

                  Figura 15: San Juan de Ulúa, hoy

       

Compatriotas de hecho, pero piratas sin escrúpulos al fin y al cabo, ávido de riquezas Van Horn morirá a manos de Lorencillo, tras un reparto inconforme del alijo rebañado. Uno más de los frecuentes altercados y traiciones que, como un soplo del averno, dejaron los perros del mar para su intrahistoria. La Flota de Nueva España en arribada, ajena al drama que se estaba viviendo en tierra, había ido enfilando los rumbos de sus naves hacia el fondeadero de San Juan de Ulúa, dejando por babor la Isla de los Sacrificios. En ella habían visto las naves recaladas cuyos mendaces pabellones con el águila bicéfala de los Habsburgo no alcanzaban bien a distinguir. Tres días tardaron los últimos galeones en completar su arribo, y cuando los cagafuegos avisados y libres ya del protocolo de escolta, cazaron escotas en persecución de los felones, tres noches ha que Lorencillo y sus secuaces habían largado amarras y metido millas de por medio, favorecidos por el terral nocturno. Ninguna vela atisbaron en días subsiguientes los vigías de las cofas; parecían tragadas por el mar. A partir de entonces, la de Lorencillo se convertiría en obsesiva caza y captura durante años. Pero la Armada de Nueva España, no lograría apresarlo. Dos años después conseguirá tenerlo más a su alcance que nunca, en lo que podía haber sido la acción más brillante de su historia, pero escapará de nuevo al cerco virreinal, aunque cayera atrapado Bot, dado garrote más tarde. Es a raíz de estos sucesos cuando estudia Veracruz un “nunca más”, que empieza por completar el talud de sus murallas y perimetrarlas con un glacis que despeje toda proximidad equívoca por tierra. Únese a ello dotar de puentes levadizos sus puertas, y formar baluartes estratégicos en punta de diamante al itálico modo. En previsión de nuevos acosos, resabio de la eterna guerra en Europa, solo tres puertas darán entrada franca a la ciudad: la Puerta del Mar (NE) para acceder al muelle de mampostería, Aduana marítima y Plaza portuaria, donde se apilan los fletes y cargan las recuas y carretas ; la Puerta de México (SO),  que prolonga los caminos de la capital por Jalapa u Orizaba, y finalmente la Puerta de La Merced (SE) por donde se toma el camino costero de AlvaradoTlacotalpán, con su puente sobre el río Tenoyan.

 

Jalapa, tradicional área de asueto y descanso del Camino, era ya hacia el 1700 una villa consolidada. En ella, 240 familias españolas, embutidas en su matriz indígena, montaban una feria regional alternativa que había cobrado importancia en pocos años. Con mejor clima que la Veracruz costera, acabó ganando a sus clases acomodadas (comerciantes, oficiales y asentistas), para residir allí todo el año, fuera del tiempo de flota y feria.  Por su ruta circulaba el pasaje del puerto y el correo real de la Carrera de Indias, dirigidos por el Alcalde Mayor veracruzano, empeñado en controlar todas las cartas que desde España se trajesen a esta tierra, junto con la manufactura, los aceites de oliva y los caldos traídos de Sevilla. Una tradición inveterada desde que Juan de Escalante, el primero de la serie y retaguardia de Cortés, la implantara un siglo antes que su homólogo correo inglés lo fuera en 1635. En 1720, Jalapa lograría feriar por vez primera estas preciadas mercaderías llegadas a Veracruz, ferias que serían interrumpidas por 10 años, debido a la Guerra de la Oreja de Jenkins, para retomarse luego hasta la extinción del régimen de flotas (1778).

 

A partir de 1713 y consecuencia del Tratado de Utrecht, la Compañía Inglesa de los Mares del Sur, pasó a ejercer el monopolio de suministro de esclavos bozales para Nueva España, hasta el estallido de la Guerra del Asiento o de Jenkins (1739). Vino a sustituir abruptamente a la Compañía de Guinea francesa, que tradicionalmente había suministrado esclavos africanos a Veracruz durante las últimas décadas. Aunque traídos en origen de África, eran las islas de Jamaica y Barbados los centros de acumulación y reparto de negros de la nueva compañía inglesa. Salvaba con ello el trauma de su inicial captura y el viaje infrahumano que habían de soportar añadido, haciéndoles reposar y serenar ánimos de cara a la mejor presentación y aspecto físico de los esclavos ofertados. Una suerte de silos distributivos del humano cereal para el buen reparto de su grano.

 

En un lugar conocido como Pantaleón, seis kilómetro al NW extramuros de Veracruz, montaron los factores o representantes de la Compañía la correspondiente negrería para almacenado, lavado, desinfectado, venta y carimbado de bozales. Anexas a su instalación, se levantaron las propias residencias de los factores, jardines, arboledas y pistas de juego particulares, un verdadero oasis vigilado para disfrute de sus majestades los funcionarios. Tenían arrendadas tierras de cultivo, donde los bozales sembraban huertas para manutención de la troupe negrera, mientras allí permaneciesen. Su palaciega servidumbre componíase de mayordomo, cocineros, sirvientas, contadores, secretarios, almacenistas, subinspectores, cirujano, un juez… todos ingleses y dispuestos a solazarse con su reserva de licores traídos de Londres… hasta que un mayordomo, gatillo y bebida alegres, tomó a un mendicante franciscano por un asaltador de heredades, disparó y lo mató. O tal vez porque ignoraba lo que un misionero español suponía, por carecer sus colonias de arquetipos a ellos homologables. Unas semanas después una orden del Virrey obligaba a la Compañía a residenciar sin excepción en intramuros, y a reducir personal y dependencias a su estricta necesidad, contrastada por los veedores virreinales. Sus días de vino y rosas habían concluido. Uníase a ello que los cargos por viajes, enfermería, medicinas, manutención, vigilancia y demás contingencias, hacían peligrar la rentabilidad de la Compañía en su Terminal de Veracruz. Para conseguir una marca más precisa y distintiva sobre la piel del esclavo, exigieron a los compradores carimbos de plata u oro, además de conservarlos guardados en las cajas reales, con tres llaves repartidas, para evitar fraudes. Pero la Compañía, no solo había obtenido el monopolio de esclavos, sino logrado también licencia para traer un navío de permiso para vender en Veracruz 500 toneladas anuales de mercancía inglesa, que vender en Veracruz. Como pasa en estos casos de manga ancha, pasados unos años, aquel navío de permiso, había parido una flotilla de embarcaciones menores que multiplicaba el tonelaje admitido. Se generalizaron las protestas de los comerciantes hispanos, tanto de Sevilla o Cádiz como de la Nueva España toda… y el Virrey subiole impuestos a la Compañía.

 

Se constataba en el Virreinato, que los factores ingleses venían profundizando con sus acciones financieras hasta mercados tan lejanos como Acapulco, Puebla, Cuernavaca, Ciudad de México, feria de Saltillo o minas del norte. Resultaba cada vez más evidente, que aquella urdimbre económica, estaba utilizando el tráfico negrero como totémico Caballo de Troya para algo más que el jugoso mercado novohispano. La inquietante Albión, no iba a dejar de ser observada. Por otra parte, un llamado ejército de reserva libre, no otra cosa que la creciente oferta de mano de obra asalariada, producto del crecimiento demográfico de la propia sociedad indiana, mantenía a la baja constante la demanda de esclavos africanos. Ya criolla, negra, parda o mestiza, esta fuerza de trabajo emergente, además de resultar más barata, había crecido en su propio ambiente. Católica, hispanohablante, costumbres tradicionales asumidas, conocedora del trabajo demandado era residente de las repúblicas, barrios, haciendas o núcleos geográficos comarcanos. La época de las grandes pestes y grandes mortandades había periclitado. Las actuales generaciones mestizas resistían en mayor número y proporción los virus y bacterias presentes, tomadas antaño por exógenas. Sus sangres habían osmotizado sin duda los anticuerpos que no poseyeran sus ancestros. Tal vez las nuevas condiciones alimentarias e higiénicas, ayudaban a la medicina con otros bríos y logros, superando incluso fiebres traídas por los africanos.

 

El propio Adam Smith reconocería, años más tarde, la inviabilidad de aquel ocasional negocio negrero, compañero de viaje del navío de permiso, en el mercado indiano. Las pérdidas ocasionadas por negligencia, prodigalidad y malversación de fondos por los empleados de la Compañía, llegaron a ser una carga más insoportable que los propios impuestos… una compañía por acciones no puede prosperar en el comercio exterior, cuando tropieza con la fuerte competencia de comerciantes particulares, nos ha dejado escrito. Era evidente que el cuello de botella se estrechaba para la Compañía… y surgió el chispazo del caso Jenkins. Pillado con su barco en flagrante contrabando,  su desorejado capitán marcha a Londres, oreja en formol a mano, dispuesto a montarle un pollo en el Parlamento al prime minister Walpole en el Parlamento. Una oreja inglesa menos, casus belli. Y surge la guerra. Incomprensible, pero estas cosas pasan en Londres. La cruenta Guerra de la Oreja de Jenkins. ¡Que pensaría Isabel I, de haberlo vivido, ella, que había desorejado a unos cuantos cientos de disidentes ingleses!

 

En los primeros compases de la nueva contienda, Nueva España, mitad norte de las Indias hispánicas, aguardaba un ataque británico sobre Veracruz, enclave literalmente radiografiado por los factores ingleses, con posibles repercusiones en Puebla y México, a donde jamás deberían llegar sus casacas rojas. Ante tal amenaza, los caminos reales se tornan estratégicos y se elige el montaraz Cofre de Perote como centro yugulador de penetraciones hacia la capital. Sobre un área de 14 hectáreas se erige la Fortaleza de San Carlos, cuartel general y almacén de pertrechos bélicos, con baluartes adiamantados y foso inundable, artillada con 54 cañones de bronce y una dotación de 1000 hombres acuartelados, prestos a desplazarse tanto en apoyo del litoral como del Anahuac capitalino. La muralla de Veracruz, reforzada con otros baluartes y plataformas, es servida por cuarteles militares repartidos intramuros en 4 compañías de 100 milites cada una. Otra fuerza de 800 hombres de guerra queda distribuida extramuros en el llamado Regimiento de las Tres Villas, al estar formada por contingentes de infantes y caballeros de Orizaba, Jalapa y Córdoba. Uníase a ello, un refuerzo de 2.000 soldados enviados por el propio Carlos III desde la metrópoli, empleados mayormente en vigilancia armada de lugares estratégicos de  la costa y sus caminos al interior. No faltaron tampoco obras de mejora en el castillo de Ulúa, dotándole de revellín y baluartes para 125 piezas de artillería pesada, atendido por más de 500 artilleros y servidores en espera de cualquier aldabonazo bélico en el Golfo.

                                                                                                     

      Figura 16: La Fortaleza de San Carlos. El Cofre de Perote (1770)

 

 

La guerra con Britania sobreviene, pero Veracruz nunca es atacada. Manila y La Habana pagarán los platos rotos, capturadas y esquilmadas de obras de arte y documentos por el inglés, que se verá Inglaterra obligada a devolver tras un armisticio adverso. Devolución que hace en parte, y en nuevo juego de manos, oculta cartas naúticas robadas. Las de Manila iban a servir al capitán Cook para un aparatoso montaje mediático sobre sus descubrimientos en el ignorado Pacifico. Uno más, en su larga historia de contrabando y filibusterismo. Para recuperar estas plazas, debe España cederle a Inglaterra las Floridas novohispanas (del Este y del Oeste). Pero se ve compensada con la entrega de la Luisiana por su aliada Francia, obligada por Pacto de Familia a pagarle los débitos del conflicto. Y Veracruz dará cobijo a los indios floridanos de Pensacola, semilla novohispana fallida sembrada en la expedición de Tristán de Luna, que no quieren britanizarse bajo el nuevo azar del destino. Como tampoco lo querrán los indios floridanos de San Agustín, que solicitan su evacuación a Cuba.

 

En 1776 se precipita la insurrección de Las Trece Colonias inglesas de Norteamérica, y Carlos III, pivota sobre Nueva España el apoyo a la causa rebelde. En un esfuerzo invalorado como ariete, el Virreinato va a ser capaz de incrementar un 600% la producción argentífera de sus minas, para financiar los aportes españoles a la guerra. Desde La Luisiana, su gobernador Bernardo de Gálvez, sabrá recuperar las Floridas de manos inglesas. Otra sombra de desembarco masivo, esta vez hispano-francés, se cernía ocasionalmente sobre una Gran Bretaña obligada a desparramar su flota por el océano. La defensa de puertos atlánticos y pacíficos desamparaba el litoral de Cornualles, cuya temerosa población estaba abandonando, una vez más, los enclaves costeros para alejarse hacia núcleos campesinos más seguros y profundos. Un goteo humano, al encuentro de lazos familiares con que compartir esperas tensas en pueblos del interior. En este contexto y protegido por la Escuadra del Canal, sale de su base de Portsmouth un convoy de 55 barcos de transporte para ultramar. La larga retahíla flotante con armas, provisiones, uniformes, pertrechos, oro de soldadas y un refuerzo de 3000 infantes, enrumba al meridión en búsqueda de la corriente ecuatorial que les lance hacia el Caribe. A la altura  de Galicia, la Royal Navy torna velas a fin de no desguarnecer sus costas, lo que va a precipitar el convoy en manos de la Armada de la Mar Océana de Luís de Córdoba, que puntualmente informada, patrullaba avizor por aquella latitud del piélago. Era el descalabro final de la guerra,  que había de propiciar la independencia de Las Trece Colonias. Tras el Tratado de Versalles que la consagra, las Floridas volverán al Virreinato, sin que la mayoría de los indígenas emigrados, regrese de nuevo a sus fueros floridanos.  

 

Cuando Bernardo de Gálvez es nombrado Virrey de Nueva España (1796), apenas sobrevive a su cargo, sin poder vigorizar el comercio de Veracruz con los, nuevamente hispanos, puertos del Golfo, como era su intención declarada. No obstante, el remate del siglo XVIII iba a suponer para la Ciudad de Cortés, un notable crecimiento impulsado por el libre comercio asumido en el Imperio.

 

Pero con el siglo entrante y la invasión napoleónica de la metrópoli,  se cierne también sobre Nueva España la siniestra sombra del caos. Primero, serán las guerras civiles donde cabrillean curas sin sotana, gritos y silencios, ilustración y libertad, legalidad y oportunismo, sufrimiento y revanchas, que pugnan por reflotar en su popurrí el intrínseco México que parece hundirse, pese a ser soñado como nación por muchas de sus gentes. Luego vendrá el llamado periodo de anarquía más dramático de su historia, preñado de pronunciamientos, insurrecciones y partidas pugnaces, respaldados por puntuales ocurrencias y alquimias sociales, sin omitir la prepotencia de líderes transitorios, montoneros unos, generales de canana otros, de salón alguno, dictadores esenciales casi todos. Era preciso marcar claras diferencias con el pasado gachupín  de este México, heredero declarado ¡por fin! del imperio azteca. Había que arrancar de la simbología nacional los nombres malditos de España y de Cristo, lastre histórico, borrar sus huellas. Les habían robado el oro y el futuro, quemado sus dioses, matado a trabajar como esclavos, exterminado sus aborígenes por maldad intrínseca y genético sesgo asesino. Hasta el propio Colón era un genocida que había traído virus asesinos en su séquito, para acabar con el buen salvaje y su bucólica existencia en las ‘colonias’ españolas. Los gachupines jamás habían aportado nada, salvo fanatismo católico y atraso… Esta era la argamasa al uso para edificar el nuevo teocalli patrio, donde seguramente acabarían autoinmolados con sus vísceras tajadas por la obsidiana del rencor. Toda revolución, como Saturno, se come a sus hijos, es mantra atribuido a un Robespierre en desgracia camino de la guillotina. Y la saturnal mexicana se los comió a casi todos. Pero entre estudiosos, no deja de parecer esta muestra humana sino descompensada charanga de palurdos trasnochados por las calles de su pueblo en fin de fiestas. Fue empero orquestada ayer, como un ritornelo errante de las naciones de siempre, y es todavía hoy tarareada por algún desgreñado mental que sigue vendiendo humo a verbena concluida. Y el imprevisto palo de agua que vino a disgregarla, ha dejado charcos en las calles…

 

En 33 años desastrosos, México, la joya de una Corona caída, envidiada siempre por su potente vis de nación poderosa, se anonada histórica y socialmente entre cinco constituciones y un emperador de zarzuela; pero no más que lo hace contemporáneamente su considerada ya como madre putativa, aunque lo fuera de sangre, cruzando sus propios desfiladeros y orillando otras barrancas. ¡Más de un siglo de desencuentros, idearios sublimes, bálsamos sociales, cerrojos culturales y acomplejados egos, padecerían tanto la supuesta putativa como su hijuela cultural!. Abrumado por centenares de miles de muertes y la pérdida del 55% de su herencia novohispana a fauces de su vecina norteña, el México criollo de las primeras décadas no acertaba a reconocerse en su propio espejo. Texas, Nuevo México, Arizona, California, Colorado, Oregón, Utah, Nevada…quedaban muy lejos de aquella primigenia estampa del territorio comprendido entre Las Floridas, Canadá, el Misisipi y el mar….que fuera germen de su lindante crisálida. Aquel feto anglófono, a cuyo parto Nueva España asistiera cual solícita partera, había devenido dañina oruga rampante. De pronto, una metamorfosis kafkiana habíale mutado en furibundo teredo que horada y fagocita una y otra vez la  madera hispana a su alcance. Nueva carcoma imperialista era esta, válida para todo cuño. Y México, que cuenta en su bosque humano con tan dura madera como los viejos astilleros de Veracruz, debe rearmar presuroso un casco para navegar avante en el revuelto mar de los siglos. El hispanismo contempla absorto su botadura, en pecio reflotado pero bandera propia, confiando no ver anegada su sentina por aguas insalubres. Nos va mucho en ello al mundo hispano. Entre tanto explaya, suspiro y sueño, la bufona ironía de sus gentes, con el  porfiriazo de siempre ¡Pobrecito México, tan lejos de Dios y tan cerca de los Estados Unidos! que vino a coincidir con el abandono del antihispanismo y anticlericalismo oficiales. Ocurría esto un siglo después del mutis español en América.

 

Lo que hoy se conoce como México, en su etéreo universo atemporal de gentes y culturas acopladas, ha colisionado contra dos de los pocos Imperios que en el mundo han sido. Como Imperios sensu estricto que eran, punzaron su esencia y haberes. España lo hizo para construir nación, ensamblando en su matriz europea razas y culturas dispares, que cuadraron ciertas aristas, mientras aguzábanse otras. Durante tres siglos de su tiempo, intentó y logró en gran parte encolarlas a su propia alma, mediante la magia virreinal. Los EEUU, segundos en el suyo, solo alcanzaron a succionarle una mitad geográfica, sobre la que esculpieron nuevos estados de linaje ajeno. Su penetración neoimperial es en ellos tan directa y profunda como la anterior lo fuera, y notorio el camino recorrido en la marcha hacia su nueva meta de identidad nacional. Difícil situación la del México esencial de siempre, frontera del expansionismo físico y moral de otra estirpe que lleva en su ADN el sello de Imperio, a la vez que muro de contención de mestizos sureños que marchan al Norte para redimir políticas erradas durante dos siglos. Norte que, con rachas atemporaladas de su viento solano, agita la bandera que el mundo hispánico contempla como suya.  Sin olvidar el no vivir de Rubén Darío, que estas en los cielos del Parnaso Hispano, esencia y conciencia de un alma profética y temerosa, que sintiose aliviada tras su visceral alegato:

 

                                              Eres los Estados Unidos, eres el futuro invasor

                                              De la América ingenua que tiene sangre indígena

                                              Que aún reza a Jesucristo y aún habla en español

 

 

Figura 17: La Veracruz del México independiente. Lienzo de Rugendas

 
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Contexto Histórico de Veracruz – II

El Código Mendoza (1535) enriquecía la visión urbana de Vitruvio. Preconizaba el diseño de las ciudades según clima y posición geográfica. Calles amplias y oreadas, con edificios no muy altos y buena luz, para climas de montaña e inviernos frescos; calles más estrechas y edificios altos de sombra y refresco, en climas tórridos. Y todas las calles, aptas para el tránsito de carruajes de posta o privanza. Posteriormente el Plan de Ordenamiento Urbano de Indias (1573), decretado por Felipe II, será la directriz urbana básica seguida por Antonelli y Valverde para el asentamiento de Veracruz frente al peñasco de Ulúa (1590). El  nuevo Ordenamiento prohibía fundar ciudad alguna sobre asentamientos indios, como habíase hecho en los primeros tiempos de la conquista, pese a las quejas del mundo indígena. Seleccionado el lugar adecuado, un oidor de vientos (equivalente al meteorólogo de hoy), debía emitir su preceptivo informe para definir la orientación de las calles, una vez que los veedores adaptábanlas a la rasante del terreno y al arrastre de la arena y turbulencias eólicas que sus médanos costeros propiciaban. Este enfoque iba a perdurar sustancialmente hasta los días de Carlos III (1764), cuando los repartimientos de ejidos y tierras comunales del municipio, serían controlados por comisionados ad hoc, nombrados por el visitador real. Los días del  repartimiento ante un Notario  nombrado a dedo, como en tiempos de Cortés, habían terminado.

 

El desarrollo del proyecto de Antonelli y Valverde para fortificar San Juan de Ulúa,  iba a encontrar el inconveniente del forzoso laboreo indígena. El virrey Luís de Velasco, en carta a Felipe II, desaconseja las obras del fuerte por falta de mano de obra,  pues no habiendo en esta tierra otra sino de indios, sería acabar con los pocos que hay en la comarca, y traerlos de otra…sería traerlos a morir…imposible continuarse ni hacerse en ningún tiempo (la obra), si no fuese con negros… estribillo éste que el ya anciano monarca, había escuchado como pertinaz eco de voces autorizadas en cualquier latitud del imperio indiano. La imposibilidad de acometer infraestructuras vitales en un mundo enquistado, a partir del esfuerzo de unos aborígenes que enferman, fallecen o huyen a los montes, ante tareas de obligado desarrollo, acabará convenciendo al Rey Prudente para abrir sin ambages las puertas a la esclavitud negra. Tal como venían haciendo las otras colonizaciones europeas. A ojos renacentistas, la gigantesca tarea de movilizar hacia el progreso aquellas preteridas sociedades  indígenas, era tarea punto menos que imposible, al no poder contar con una mano de obra fiable capaz de ser activada in situ.

Figura 5: La Tenochtitlán que le esperaba a Cortés. Mural de Diego Ribera

       

El surgidero de San Juan de Ulúa había sido, en los primeros años de La Villa Rica,  un solitario arenal de escaso calado, protegido por el islote que socairaba de los nortes unos fondos de firme agarre al ancla. En derredor y separados alguna milla, emergían media docena de peñascos de múcara coralina (coquina), que salpicaban y complicaban las aguas navegables del contorno. Dos canales permitían acceso y salida entre los bajíos circundantes, ya con los nortes dominantes del otoño e invierno, ya con los lestes del verano. Pero imprevistos ciclones habían desbaratado flotas sin poder auxiliarles resguardo ni escape. Sobre el primitivo presidio del peñón de la conquista, habíase erigido en 1531 una torre con farola, para orientar en horas oscuras los rumbos convergentes. Años más tarde serían dos las torres levantadas, entre las que mediaba una muralla de cal y múcara de dos brazas de altura y 20 pies de espesor. A lo largo del paño habíanse fijado aldabones de amarre, cambiados más tarde por argollas, que ahora se pretendían ampliar para cobijar mayor número de naves.

 

Dos desastres navales iban a perdurar en la memoria colectiva de los veracruzanos. El huracán de 1552 y el norte de 1590. En ambos casos las embarcaciones, amarradas al resguardo murado de Ulúa, fueron trituradas por una resaca espumosa de formidables vientos, capaces de arrancar campanas de las espadañas, volar botes sobre el agua y planearlos sobre el islote, apelmazar en esquinas, socaires y zaguanes, montones de algas removidas por la mar de fondo, y succionarlas como arena de playa por una tromba marina desatada. En el segundo, las 52 naves de la Flota de Nueva España que enrumbaban a Veracruz luego de haber desgranado cuatro de ellas a Campeche, se vieron copadas por las primeras rachas atemporaladas de un norte desabrido. Trataron de entrar a Ulúa algunas, corrieron otras los vientos al suroeste, y se perdieron 17 de ellas entre las olas. Pipas de vino, toneles, fardos y cajas, resmas de papel blanco, libros, partituras sacras para coros y conventos, pesos de plata del situado real, telas y confecciones, herrajes, lienzos al óleo, fueron apareciendo, embalados algunos, desgarrados otros, por las playas meridionales del seno mexicano. Las naves que lograron trincar tempranas amarras en Ulúa, hubieron de largarlas presto, para correr a palo seco entre las rompientes. Las que no pudieron hacerlo, perecieron en un proceso conocido e ineluctable para todo barco de medio o bajo porte, cuando sujeto al ancla o amarre en corto, es presionado por ventadas de larga racha. El fuerte viento sobre la obra muerta tensa cadenas y calabrotes, las proas no cabecean libres bajo una cadena que tira e impídelas remontar, las olas comienzan a pasar por cima o romper sobre careles y puentes embarcando espuma y agua, el barco se anega y presenta una arfada menguante, sentencia de naufragio, juguete inerme entre aguas, que acaba rematado por el confuso vaivén de fondo que lo desguaza. Los hombres de mar danlo por sabido, aunque así no sea para quienes desde tierra lo observan desesperados.

 

La orografía dunosa del surgidero de Ulúa y las corrientes marinas de la costa durante el temporal, anegaron de arena los fondos de ancla y canal, que complicaba el mantenimiento operativo para la próxima entrada de los panzudos galeones de la Flota. Pero no existía otro cobijo más seguro en muchas millas de costa. Decidióse por ello limpiar los fondos del surgidero, para mejorar la base y calado de la flota novohispana. Un filibote, chatas, cabrestantes, garfios, cadenas, bateles, chalupas, junto con buzos y abundante marinería, fueron requeridas para la extracción de los pecios y perchas sumergidos. Apareció un cosmos abigarrado de calabrotes, mamparos, timones, cadenas, obenques, cofas, mástiles, carlingas, crucetas, tambuchos, pedreros, anclas y muertos, previamente orincados para ser más tarde izados a superficie y llevados a las islas, o vertidos sobre fondos de cala profunda.

Figura 6: La ruta seguida por la expedición de Cortés hasta el Valle de México

 

Pese a los malos tragos de la Flota, a finales de siglo había cobrado definitivo impulso la idea de un nuevo emplazamiento para Veracruz y su puerto en Ulúa. Todo el movimiento comercial y edificios en él implicados, Aduana incluida, iba a ser trasladado al sitio de las Ventas de Buitrón. Habíase montado ya un embarcadero en tierra firme y se habían adjudicado parcelas para  hospederías, ventas, hospitales y conventos. En 1599 por orden de Felipe II, se trasladan allí también las autoridades civiles y eclesiásticas, a partir de cuyo momento y con el nombre de La Nueva Ciudad de Veracruz que hoy conocemos como Nueva Veracruz, comienza su imparable desarrollo urbano. Dos siglos más tarde el Barón de Humboldt la definiría como una ciudad hermosa, ilustrada y de pujanza comercial extraordinaria, con periódico e imprenta propia, próxima ya a las 30.000 almas... Pero a finales del siglo XVI, era poco más que un puerto de recalada con unas docenas de velas envergadas, que vivían del  comercio virreinal y la pesca, ampliados con el matute delictivo. El Rey había sido puntualmente informado del activo contrabando que cubría la noche en sus arenales, mientras la Flota dormitaba en las argollas de amarre. Lejos de los cauces ciudadanos, y al cobijo de Ulúa y Buitrón, silenciosos bogas iban y venían de los galeones con sus botes ahítos de mercancías fuera de registro. Los oficiales de la Aduana habíanlo denunciado… pues que  luego que surgen las naves, antes de nosotros las visitar (sic), los maestres sacan de los navíos las mercaderías que traen por registrar y contrabando, y las esconden en la dicha isla, en casa de los mercaderes y soldados della, que las guardan y ocultan y encubren, porque tienen de esto sus provechos y granjerías… Flagrante desfalco al erario, que inclinaría al monarca a trasladar ciudadanos como escrutadores del propio escenario del fraude, y multiplicar así los avizores contra el delito. La vigilia sería prestada ahora por la propia Veracruz, siempre curiosa y asomada al entretenido quehacer de sus muelles. Trazado el damero ciudadano en su definitivo acomodo, construiría el Cabildo un espigón a manera de estilete que penetrara las aguas someras. Facilitaba la carga y descarga de fardos y cajas desde los botes, además del control aduanero de hombres y mercancías. Por él iba a llegar el mercurio para las minas del interior, y salir la plata de sus yacimientos hacia Sevilla, siempre bajo el ojo avizor de su Real Aduana.

 

La primera consecuencia de las Ordenanzas de Felipe II, era que Veracruz debía poseer accesos seguros y directos por mar y por tierra, para que se pueda entrar fácilmente y salir, comerciar, gobernar, socorrer y defender el puerto vital que ya era. Cual Foro de Vitruvio, con su basílica, templo jupiterino y curia senatorial, ve nacer su Plaza de Armas, cobijo para la Iglesia Mayor, las Casas Reales de Gobernación, Cabildo y Cárcel (más tarde desplazada junto a la muralla), y el Hospital Real, siempre presente en los puertos del Imperio. De ella parten las cuatro calles maestras, ejes del comercio local y vía futura de la expansión ciudadana a todo viento. Nada escapa a la aguda percepción de Battista Antonelli, que proyecta una muralla vitruviana cuasi-oval, salpicada de baluartes perimetrales, cual morrocoy enclaustrado. Solo dos puertas de tierra trepanan su caparazón, para abrirse a los caminos de Tabasco y México. Pero despejaba su frontis urbano al mar y al surgidero, con el entramado de calles sesgando la directriz de los temidos nortes, al tiempo que prever una ciudadela medieval sobre los arrecifes de la Caleta. Entramado que, andando el tiempo, iba a ser recortado por nuevas calles desajustadas de su ortogonalidad vitruviana. Era un diseño equilibrado para la vida urbana y su función comercial. Cuidaba los enlaces con el interior del virreinato y el trazado de los caminos reales, que debían acoplar las sucesivas veracruzes fundadas.

 

Las adjudicaciones históricas de aquellos terrenos comunales, ya en agraz huertana o ganadera pero apartados de la Nueva Veracruz, debían tener salida al Camino, so pena de estrangular sus producciones. Y Antonelli las enlaza entre si y con la capital del virreinato, encauzando  por esas veredas las cientos de reatas de mulas que transitaban hacia y desde la capital. Humboldt los llama genéricamente Camino de Europa, que los veracruzanos desglosaban tradicionalmente en Camino de Orizaba y Camino de las Ventas. Caminos de 8 a 10 varas castellanas (1 vara/ 0,84 m), empedrados o puenteados en sus pasos difíciles, aptos para ser transitados en todo tiempo por  pezuña o rueda, que iban a tener por sí mismos una gran peripecia histórica, incluso para ser proclamados Patrimonio de la Humanidad por la UNESCO (2010). No único, porque el México de hoy cuenta entre sus patrimoniales reliquias de la humanidad, con otros trece legados monumentales dejados por el Imperio Español.

Figura 7: Las Ventas de Buitrón y las argollas de San Juan de Ulúa  

 

La traza de  los caminos a lo largo de la costa y hacia el interior, había seguido a veces primitivas sendas indígenas, mejorando trazados y anchura, según uña o carreta, donde el paraje lo permitiera. Fueron los tamemes indígenas con su costal de fibras vegetales, quienes primero transitaron aquellas trochas para portar veloces sus encomiendas o su correo. Los caminos costeros, desde La Villa Rica a La Antigua y La Nueva Veracruz, hasta Alvarado por el sur y Pánuco y Jalapa por el norte, eran herencia de aquellas sendas no previstas para animales de carga. Fueron miles los mulos y mulas nacidos en los hatos de las veracruces fundadas, que por ellas transitaron en demanda del mercado naciente, tras la pacificación y sometimiento indígenas. A medida que el tránsito de mercancías crecía con la demanda del transporte portuario, iba mejorando la senda capitalina, ensanchados sus pasos, consolidados sus vados y  construidos puentes.  Humanizado su trayecto con ventas y hospitales a tiro de jornada, eran los de Perote, Orizaba y Jalapa su referencia. Poseían estos hospitales, además de un Administrador General, cirujanos, médicos, mayordomo, barbero, enfermeros y enfermeras, personal subalterno para higiene y mantenimiento, además del capellán, uno de los cuales sería el científico criollo Carlos de Sigüenza y Góngora, responsable del asentamiento novohispano en la Pensacola floridana. Alguno de ellos buscaría financiación adicional a sus penurias, mediante el teatro popular y los Corrales de Comedia con sus entremeses, autos, comedias y bailes, improvisados en sus propias dependencias. En el Hospital de San Martín de la isleña Ulúa, se atendía en tiempo de flota a todo pasajero negro, mestizo, esclavo, soldado, marino o parturienta que lo precisase. A partir de 1566, se dotaron los caminos de un servicio itinerante de apoyo caminero, conocido como La Recua, respaldado por más de un centenar de mulas entalegadas cargadas de primeros auxilios que aplicar en ruta. Los hermanos de la Orden Hospitalaria de San Juan de Dios, voluntarios del servicio, atendían a los enfermos e indigentes del camino para evitar sus muertes como desecho tirado por recovecos, mesones, postas, casamatas o bajo los propios puentes, sin confesión ni consuelo alguno. Con su Recua, llevaban al enfermo posible a lomo, cuando no en angarillas rastreras, hasta el hospital más próximo. En el siglo XVII, gran parte de los hospitales reales del Imperio, fueron cedidos a los Hermanos de S. Juan de Dios, por su ganada  fama de eficacia por doquier desplegada. 

 

Dentro del impulso renacentista ibérico, la peculiaridad de la conquista española del siglo XVI nada tuvo que ver  con el concepto colonizador coetáneo del imperio portugués, ni de los otros imperios marítimos, prestos a eclosionar en las siguientes décadas o centuria. Pero todos acabarían asumiendo similares tácticas con el indígena, que tratarán de neutralizar mediante alianzas con sus enemigos naturales, para intentar someterlos a todos. Los españoles con la cruz en una mano y la espada en otra, mostraban en rédito propio la cruz para golpear con la espada, o la espada para golpear con la cruz, como adecuadamente apuntara Miguel de Unamuno, en tanto permeaban ese confuso mundo geográfico y humano que estaban aprendiendo. Bajo el rigor de las Leyes de Indias, hubieron de agrupar a los indígenas, catequizarlos y civilizarlos en sus polis, al estilo romano. Cristianizar y civilizar era para los castellanos un mismo empeño, asumido mayormente a la fuerza por sus conquistadores de toda hora. La Corona les exigía un esfuerzo adicional de apoyo al mundo indígena, para mostrarles las letras, que sin ellas son los hombres como animales, y el uso del hierro, que tan necesario es al hombre… y muchas buenas costumbres, artes y policía (léase orden y aseo), para mejor pasar la vida… según criterio conceptista del historiador López de Gómara. Había que sembrar para recoger. Era una suerte de cheque en blanco que exigía la Corona, pero que el colono no podía o no estaba dispuesto a conceder de buen grado. O carecía, simplemente, de la visión necesaria para entender más allá de su mediatez alicorta. Debían penetrar unas culturas que, la más avanzada, no había alcanzado aún la edad del bronce. Es fácilmente comprensible lo que un emprendedor moderno sentiría frente a semejante paternalismo, obligado por Ley (de Indias) a tratar con guante blanco a una mano de obra que valora en nada. Era el caso de los conquistadores, que en su propio contexto cultural, podían jugarse, además de su ganada hacienda, la vida. No se trataba de icónicos misioneros hechos de palosanto y salmos, sino hombres del común, mercantilistas al uso que se la estaban jugando. Y humanamente, así reaccionaban, frente a las leyes y el destino.

 

Como una prolongación de la Reconquista, íbanse incorporando a la Corona nuevas tierras con sus gentes, nuestros Reinos de Indias, en frase afamada de los Reyes Católicos, con toda su maquinaria sicológica y humana y su  cosecha de errores. No mayores ni menores que los de sus contemporáneos europeos en otras latitudes y contextos. Gracias a Jerónimo de Aguilar (1524) y al obispo Zumárraga (1536), la ciudad de México tendría las primeras imprentas de América, cuando todavía eran, para mucha Europa, armatostes desconocidos con las litografías como cara visible. Aquel náufrago del Darién que Cortés rescatara de los mayas, había dejado de enarbolar la espada, para retomar el didactismo de la imprenta y la cruz. El obispo se apresuraba a publicar su Catecismo de la doctrina Christiana en lengua mexica y castellana, para agilizar la doble catequesis, religiosa y lingüística, de sus ovejas diocesanas. La Universidad de México (1553), iba a preceder en casi un siglo a su homóloga británica (Harvard, 1636), mientras Portugal, Holanda y Francia, jamás llegarían a poseerlas fuera de su frontera nacional antes del siglo XIX, si es que alguna vez allí las tuvieran. Tiempo suficiente para ver consolidar en el Imperio Español otras veintinueve de ellas, desde Manila y Cebú en Filipinas hasta Buenos Aires y Santiago de Chile en el otro extremo del continente americano. Cuarenta y una catedrales erigió España en ese tiempo, junto a otros monumentos eclesiales que, sin llegar a serlo, constituyeron entonces una vanguardia contemplada hoy en asombro, por representar una vanguardia sismorresistente de caparazón pétreo, que conocemos como iglesias barrocas de Filipinas. Misioneros jesuitas principalmente, fueron aquellos estudiosos de la dinámica estructural, envuelta en la estética barroca de las islas del poniente, observadores atentos del bronco talante del suelo y la respuesta de sus cúpulas y sus torres, cuando el huracán o el terremoto apretaban. Ninguna catedral levantó Inglaterra o Francia. Las cuatro construidas antes del siglo XIX que perduran en los EEUU de hoy (Nueva Orleáns, Monterrey, Texas, Florida)  fueron levantadas por España.

 

Esos llamados Imperios para consumo propio, ajenos a la imbricación humana y obras públicas que la conquista suponía para los españoles y supuso para los romanos, iban a limitarse al comercio litoral. Simples factorías para el trueque mercantil con los indígenas, o plantaciones costeras que cultivar en clima favorable para vender sus productos en la metrópoli. Como el caso de los fenicios, los cartagineses o los venecianos, que nunca soñaron un imperio, sino una rica red de graneros portuarios. Demorarían por más de un siglo incursionar en el agujero negro de las tierras interiores y sus desconocidos riesgos, manteniendo un limes fronterizo allí donde sus plantaciones daban paso al yermo. Nada que ver con la pujanza española, que desde el minuto cero acomete en derechura, tras su bandera y su cruz, la ocupación de territorios continentales apartados de las costas, desierto, río caudal o cordillera mediante a veces. Funda enclaves intermedios de apoyo, imbricados por caminos reales capaces de agilizar toda incursión o extracción minera de necesarios yacimientos con que lubricar la maquinaria imperial. Las minas eran, para el mercantilismo renacentista, la menor inversión posible de rentabilidad mediata. Su búsqueda era compatible con las sementeras del coloniaje y sus esperas de la siembra a la vendimia, o el manso pacer de las puntas de ganado en la sabana. Era demasiado poderosa la necesaria infraestructura a consolidar, para poder triunfar sin ellas en semejante empresa. Impensable para los demás reinos europeos de la época, a excepción tal vez de la próspera Francia y el Portugal navegante, que en el mar aventajaba a todos, y por sus costas se escabullía como frailecillo para colgar sus nidos.

 

La conquista de Nueva España iba a suponer una suerte de diástole de la metrópoli, una dilatación cordial de la propia España, con sus mismas limitaciones y prebendas judiciales y humanas. Los documentos que la propiciaron son su testigo. En contraste con las colonias británicas del norte atlántico, en entredicho y revisión hoy el discutible papel imperial jugado en América por su metrópoli. Unos territorios siempre considerados de menor porte, nunca pariguales a su insular ego, donde el indio era maleza que rastrojar para sus plantíos. En realidad un eco medieval idiosincrásico de su clase acomodada, hacia la mayoría humilde de la gleba campesina. Aquellos ciudadanos de segunda un día se levantaron. Con su divorcio de la metrópoli, sentían poder llegar a ser algo que Inglaterra nunca les permitiría ser, matiza Chesterton al comentar su circunstancia social. A sus documentos de los siglos XVII y XVIII, leyes, actas parlamentarias, planes de integración, nos remitimos. ¿Cómo se plantearon los clérigos puritanos la existencia del alma india? ¿La necesidad humanista de dotarles de hospitales y escuelas?

 

Como centro de poder eclesiástico y social, Veracruz iba a ser filtro y corazón de los núcleos humanos establecidos durante la primera centuria de la conquista. Constituidos sobre bases indígenas diversas, acabarían modulados por las familias de los colonos en ellos inmersos con sus sirvientes africanos e indígenas, sesgo tradicional de la idiosincrasia española de un medioevo que agonizaba. A la ciudad llegaron los primeros frailes franciscanos para predicar el evangelio de Cristo. Encuentran una sociedad urbana, sedentarizada, apta para la incorporación tributaria y social como pueblos de indios, a quienes interesa aparentemente la aclimatación de cultivos, pero no el aseo personal y colectivo, ni la catequesis eclesial, aferrados a sus chamanes y tabúes, pero sí la magia de su música, su canto y sus instrumentos de cuerda o viento. En cambio la realenga Jalapa, poblada por familias totonacas desde época prehispánica y aliada incondicional del Cortés de los años difíciles, se vio promovida socialmente por el contacto de gentes apegadas a su vieja feria indígena. Su autonomía siempre respetada, nunca encomendada a conquistador alguno, consolidó su recurrente hormiguero humano. Esta convivencia primaria, sedentaria y pacífica, entre antiguos rivales comarcanos, testimoniaba un abismo social con las etnias nómadas o trashumantes, de costumbres bárbaras y progresivo atraso comparativo. Los propios indígenas sedentarios llegarían a establecerse entre los pueblos nómadas con aura de conquistadores, prolongando de facto su tribal menosprecio hacia esas otras etnias.

 

La aclimatación de nuevas especies vegetales, encontraría en las culturas más atrasadas y primitivas, una barrera intelectual difícilmente superable en estos primeros envites de civilización sedentaria. Tanto el legislador como el misionero, desconocían que la avitaminosis generacional alimentaria de algunos grupos indígenas, generaba en ellos una debilidad mental congénita, sobradamente conocida y diagnosticada hoy, pero desconocida entonces. Además de su tristeza taciturna o irritabilidad súbita, para su sorpresa, aquellos indios olvidaban y desatendían aquello que unas semanas antes habían sembrado con dedicación y asumido entusiasmo misionero. Una rutina sobradamente conocida, por explicada y supuestamente entendida, que representaba el camino para el éxito de sus futuras mieses. Solo cuando el hambre roía su digestión, recordaban dónde ir a recolectar la cosecha, ya marchita en muchos casos y perdido su agraz. Una suerte de reflejo de Paulov anterior a Paulov. Imprevisión, indolencia, desidia, he ahí los vocablos que podrían acotar el círculo vicioso de su talante humano. Si bien los misioneros eran pocos, fue mayormente sobre sus hombros donde recayó la tarea de poner en producción los cientos de plantaciones de las misiones novohispanas. Dudaban, y a la vez soñaban, volverlas eficaces en la generación subsiguiente de nativos. Y se equivocaban, al menos en parte. Pronto comprobaron los misioneros que los grupos indígenas salvaguardaban con ahínco sus diferencias interétnicas, y mantenían viva la memoria de enfrentamientos fósiles, pero no asimilaban el necesario hábito productivo en beneficio de todos. Tal vez para el legislador y la Corona existiera un indio, uno solo, genérico; pero para encomenderos, educadores y misioneros de Nueva España, quienes con ellos directamente trataban el día a día, existía una amplísima gama de culturas indígenas, desde la nómada o recolectora-cazadora paleolítica, hasta la estructurada cultura mexica como tope superior. Y estos particularismos étnicos iban a perdurar por generaciones. Nada resultaba fácil en aquel mundo por hacer.

 

El sometimiento del imperio azteca, supuso para Nueva España un importante vacío de población aborigen, debido no solo a las bajas de los nativos combatientes en todo bando, sino también a las epidemias traídas por europeos y africanos. Emblemática fue la de viruela que siguió a la llegada de gente negra con Pánfilo de Narváez, que sentenció a Cempoala. Era un golpe contundente contra la masiva sociedad indígena, en trance de conservar su cultura prehispánica, además de aportar mano de obra supletoria para la producción agropecuaria y minera de nuevo cuño que se iba gestando. Esta situación poblacional a la baja, iba a tardar un siglo en recuperarse. Era el tributo histórico consecuente al choque de dos mundos enfrentados, que propiciaba el colapso demográfico por varias vías: una, desde luego, la eliminación de vencedores y vencidos por interacción pugnaz directa, una segunda por genocidio político-retaliativo del vencedor sobre el vencido y viceversa si ocasión hubiere, y otra, más que probada, por la cesión e intercambio microbiano o viral desconocida entre etnias con defensas naturales menguadas por la avitaminosis nutricional, las penurias bélicas y la carencia de higiene. Las tres causas se dieron sin duda en Nueva España. Sin saberlo, la acometida conquistadora/repobladora de Cortés iba a plantear, por vez primera para el análisis profundo, un modelo de encuentro social entre invasores y autóctonos de diferente desarrollo humano con un cierto paternalismo legislativo interpuesto, cuyo didactismo han tratado de desgranar a día de hoy no pocos humanistas, sociólogos e historiadores. Y en ello siguen insistiendo algunos, que su consecuencia no fue baladí. De aquel encuentro proviene el mundo hispánico de hoy.

 
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Contexto Histórico de Panamá – IV

(Dibujo de su Autor)

La aventura de Morgan no va a ser un hecho aislado. Los piratas del Caribe, hermanados en su guarida de Jamaica, han decidido pasar al Pacífico para perpetrar sus fechorías en los puertos de un mar desprevenido. Richard Sawkins (1680) al mando de una poderosa conjunción de al menos 330 hermanos de la costa, entre los que hoy sabemos se encontraban los conocidos filibusteros John Coxon, Bartholomew Sharp, Peter Harris, Edmund Cook, Ravenau de Lussan, William Dampier, John Watling, Edward Boldman y el cirujano Lionel Wafer, atraviesa el Darién con apoyo de los indios para entrar al Pacífico con 60 lanchas por el Tuira. Una verdadera trasnacional cazatesoros que busca lo valioso de los demás, para apropiárselo por encima de toda ley ajena, teniendo por válida solo la propia. Se apoderan de algunos pataches de mediano porte y del galeón Santísima Trinidad de 400 toneladas todavía sin artillar, y con ellos se proponen asaltar el cabotaje de aquella costa. Wafer el cirujano galés, tras una discusión sobre la dureza del camino elegido, es abandonado junto a otros cuatro salteadores en plena jungla del istmo; pero salvará el pellejo al ser acogido por los indios como médico durante dos años, y poder contarlo a su vuelta a Inglaterra. Muere Harris en las primeras escaramuzas contra las partidas armadas que recorren la costa occidental. Dueños pronto de una pequeña escuadra capturada barco a barco, llegan los confabulados al fondeadero de Panamá donde abordan, saquean e incendian 3 barcos cargados de mercancías. Sin opción sus mosquetes franceses ante los cañones de bronce de Panamá Nueva, precisan alejarse mar adentro, fuera de alcance de las rugientes bocas que arrojan fuego sin dar tregua. Shawkins ha sido herido de muerte por los fusileros del Perico y es Coxon quien pasa a comandar la partida antes de su temprano regreso al Caribe, persuadido por nuevas divergencias habidas con Cook y otros capitanes. Sharp, nuevo comandante en jefe, ha logrado artillar con rapiñas el Santísima Trinidad, para convertirlo en insignia de su flota con el nombre de Trinity. Atrapa un bergantín cargado de pólvora, municiones y 50.000 pesos destinados a la guarnición de Panamá, que añade a sus velas para proseguir hacia el sur el saqueo de hatos costeros, puertos de cabotaje y naves de carga. En Tumaco muere Boldman con su vanguardia a manos de la guarnición del puerto. Sharp prosigue la rapiña costera hasta las Islas de Juan Fernández, donde piensa carenar los barcos y permanecer oculto en un mutis de meses. Puerto a puerto, cabo a cabo, la posición marítima de Sharp hacia el meridión va siendo denunciada en la propia costa mediante humaredas y fogatas planificadas. Conocedor de estas alertas virreinales gemelas de su periplo costero, decide no volver atrás, donde sospecha van a salir si no han salido ya, los galeones del virreinato a darle caza. Por orden del propio Sharp en latitudes peruanas, Edmund Cook es arrestado por homosexual y ahorcado en una entena del Trinity. Ley implacable del mar. Desembarca y ataca por tierra en días siguientes el puerto chileno de Arica, pero es rechazado tras denodada lucha en la que muere Watling junto a dos docenas de sus hombres. Otra veintena de ellos serían capturados y ahorcados todos excepto los dos cirujanos de a bordo, indultados y retenidos por el corregidor  al constatar que no han tomado las armas. En su escape hacia el Cabo de Hornos, captura Sharp el galeón chileno Virgen del Rosario, cuyo preciado tesoro es un libro de derrotas que habría de salvarle la vida. Cuando llega el Trinity a Plymouth, Inglaterra prosigue su tregua de paz con España, vigente el Tratado América para combatir la piratería. Sharp es por ello condenado al patíbulo, pero El Almirantazgo inglés, tras estudiar la desconocida e inapreciable cartografía que el pirata aporta en su descargo, logrará obtenerle el perdón real en nueva y sonada felonía.

La estela de los barcos de monsieur Ravenau de Lussan, el galante y culto parisino metido a pirata tal vez empujado por inoportunas deudas de juventud, se aleja pronto de Panamásiguiendo su aguja de marear hacia el norte, y su roda hacia Nicaragua, Honduras y Tehuantepec, donde va a convertirse en azote de los pueblos costeros de aquellas tierras. Unos años después de su mise en scène filibustera, decidirá bajar el telón de este segundo acto de su particular y teatrera comedia de enredo, para regresar a Haití, etapa intermedia del añorado savoir fair de los salones de París. Quema sus barcos y organiza sus 300 hombres en compañías que acometen por tierra el cruce del istmo. Asalta a su paso La Antigua Guatemala(Santiago de los Caballeros de Guatemala), y ante aquellos atónitos ciudadanos reunidos por fuerza en la Plaza Mayor, anuncia que respetará templos y conventos, sin profanar personas, vasos ni imágenes; pero deben para ello entregarle cuantos víveres precise y sus lanchas fluviales quedan confiscadas sin más. Aquellas chalanas  y bongos habrían de servirle para acceder por el río Motaguahasta el Caribe, y de allí al cabo Gracias a Dios, donde pensaba tomar algún barco contrabandista que le llevara al haitiano occidente de La Española.

Charles Swan al mando de tres naves piratas entra por el Cabo de Hornos al Pacífico (1684) y tras una costanera hacia el norte con Dampier como piloto, y el hermano Francis Towley como socio, emprendería una fallida persecución del Galeón de Manila por el Pacífico Norte; Towley, llegado atravesando el istmo, acabaría pereciendo en un encuentro fortuito con la Escuadra del Mar del Sur, desplazada desde El Callao a Panamá en rutinaria vigilia de la ruta de los galeones. Entran también aquel año al Pacífico por el Mar de Hoces (ruta Hornos),  los  perros del mar John Cooke y John Eaton, que dedicados a la fácil presa de los desartillados barcos negreros, han capturado uno danés con féminas bozales para sus esclavos antillanos, que incorporarán con el nombre de Bachelor´s Delight  (Delicia de los solteros) a la pequeña flota con la que tratan de acceder por el sur continental al Pacífico. Superadas las rugientes latitudes marinas, los saciados bachelors arrojarían por la borda aquella pobre carne humana enferma de hambre y violencia sexual. Pero tampoco iba a tener mayor suerte para sobrevivir a su aventura panameña el perro John Cooke, que muere ese mismo año de paludismo frente al Cabo Blanco de Costa Rica en su deliciosa insignia. Su eventual asociado Edward Davis  seguiría al mando del Bachelor´s Delight con los 3 barcos y 1.000 hombres de su compartida flota. Con ella ataca Panamá por tierra y mar, justo cuando  la Flota del Sur desembarca su carga en el Perico; pero los 174 cañones y 3.000 hombres que defienden la plaza, rechazan el acoso filibustero. El desembarco de la plata se completa ante sus fauces sin mayor contratiempo (1685), y las naves forbantes tornan velas y gobernalles hacia las costas de Nueva España. En compañía de John Eaton marrará Davis su ataque al puerto del Realejo en Nicaragua, donde incendia su rancherío incapaz de conquistarlo, lo que precipitaría el regreso de Eaton al Caribe tras desavenencias tácticas con su ocasional socio.                                             

William Dampier, el llamado Pirata Científico por su labor pirática compartida con estudios de geografía, ciencias naturales y narraciones sobre sus viajes, abandona las Galápagos con la partida de Sharp. Ha decidido merodear al descuido las costas peruanas. En compañía ahora del fraternal gabacho François de Granmont, recibe nutrido refuerzo de otroshermanos de la costa que cruzan el Darién cada vez que la situación lo requiere. Entre ellos François Grogniet, que con 80 piratas galos viene a compartir depredaciones españolas con el sanguinario bordelés.

El Océano Pacífico, infestado de piratas por el sur o por el istmo, había dejado de ser el Lago Español de antaño. En una serie matemática de variaciones con repetición, la presencia filibustera se había multiplicado ad nauseam en pocos años, desparramándose sobre la costa meridional del gran piélago marino. Ante el peligro generalizado, sus puertos se fortifican, y los virreyes conceden patentes de corso a los capitanes de mar que lo solicitan. Por su proximidad a la costa, Lima la capital del virreinato, también teme ser atacada y se rodea de una sólida muralla. En apoyo de los galeones de la Flota del Sur, el progresivo consenso de las naciones europeas, y su propio peculio, el corso iba a resultar eficaz yunque contra la piratería, hasta tal punto que en cortos años remitiría la asfixiante presión bucanera, eclosionada en el Pacífico tras la captura de la Panamá Vieja por el bloody Henry. Panamá Nueva no sería ya asediada por bucaneros de calaña alguna: sus fuertes murallas con  cañones de bronce,  aun permaneciendo mudos, infundían respeto. Habían ganado la tregua de los mares.

Figura  11: Plano Planta de la Ciudad de Panamá Nueva

En 1736 se suprime el régimen de flotas, se cierra la feria de Portobelo, se cancela la Real Audiencia. Las temporeras masas de feriantes no van a regresar más. En 1737 sobreviene el Fuego Grande, uno más de los provocados en la Hispanoamérica morena,  que devora dos tercios del caserío intramuros de Panamá Nueva. Solo se salva el Hospital de San Juan de Dios y casas aledañas. Fuera, el Arrabal de Santa Ana permanece intacto. Como en anteriores incendios se acusa de ello a impersonales manos asesinas, por todos sospechadas. Pero también se levanta el hartazgo de otras voces: demasiado incendio, demasiada madera, demasiada frustración, demasiado negro. Panamá tirita herida cuando pasa a formar parte del recién formado Virreinato de Nueva Granada (1739).

Los jesuitas son expulsados de España e Indias por pragmática de Carlos III (1767). Salen los ignacianos panameños camino de Portobelo al destierro; se les clausura la Universidad que tras el incendio de sus aulas, han tardado más de setenta años en reabrir dada la penuria de recursos propios. Habían aquellos frailes estudiado las lenguas indígenas y en ellas publicado gramáticas, diccionarios y catecismos. Iluminando desde el púlpito y el aula, almas y mentes con el resplandor de la lógica y de la ética, frente a la barbarie mercantilista de un presente sin futuro, que todo lo envolvía en su propia y material nube del no saber. Panamá ve menguar sus alcabalas y el sabroso Situado Real de antaño. Tampoco pueden ya sus muleros y ocasionales arrendantes de bohíos, tenderetes y galpones, especular con viajeros y feriantes sobre precios…no importa si de escándalo o ganga. La gallina de los huevos de oro ha fenecido, y la ciudad se despuebla inerme de vida urbana. Solo los morenos permanecen en una urbe, que al decir de un misionero sorprendido mas parece un pueblo de Etiopía que una ciudad de Indias. No se ha preservado en ella ese consuetudinario 20% de población de color, que las naciones coloniales habían aprendido en propia carne a no superar, porque la ira que la injusticia social soliviantaba a borbotones en aquellos mundos de ultramar, llegaba siempre al cielo, las más de las veces en forma de humo…negro.

            Figura 12: Orla y escudo heráldico de la Ciudad de Panamá. Año de 1521

El vigor racial del bozal africano frente a la insania ambiental del istmo, había potenciado la incontrolada, paciente y arisca, presencia masiva de su etnia en aquella costa. Y vendría otro incendio, el  fuego chico de 1755, y otro mas, y otro…pero no por ello cesaba el periódico y ardiente desorden generador de miseria. A final de siglo será Panamá, aquella que fuera Roma del Pacífico, una escombrera de solares vacíos y naturaleza intrusa, edificios ruinosos y hambre. Llegarán luego los transitivos mesías arreglándolo todo, hablando mucho, cambiando más y construyendo nada. De nuevo el humo esta vez semántico, el exaltado verbo huero, la vacuidad, la ideología filosófica, la Revolución Francesa, la masonería… Un siglo entero arrancado del calendario a su historia de patrimonio humano. ¿Y sus gentes?, bazofia, puro rebaño de la particular mesta que los políticos de turno aperrean a su antojo para meterlo en su aprisco.

Aparecen los novicios buscadores de oro californiano, que remontarán en oleadas de bongos el Chagrespara regresar por la misma vía, algunos de ellos ricos, otros enfermos, otros nunca, a las ciudades atlánticas de Nueva Orleáns, Savanah o Nueva York que les vieran partir. Pero aportan un fugaz hálito de vida y sustento a la agónica Roma. Un último estertor de la Fiebre del Oro que habría de preñar con nuevos malhechores, nuevas meretrices, nuevos salteadores de caminos, nueva delincuencia, nuevas Nombre de Dios, las viejas sendas de la vetusta Castilla del Oro, en un pertinaz redoble de la Historia ya sabida, narrada  por los cronistas de Indias desde cuatro siglos antes. Redoble con toque de retreta que sería bruñido sin contemplaciones étnicas por las milicias norteamericanas de la Nueva Compañía, donde el apartheid resultaba moneda áspera al tacto. Otra manera de hacer Imperio más adusta y fría que la conocida hasta entonces, había retomado para mejora futura del istmo, el caduco y fracasado proyecto francés del Canal de Panamá, para capacitarlo y concluirlo. Y esa iba a ser la nueva Feria Panameña que había de retrotraer pasadas glorias, satisfacciones y sueños. Pero esa, amigo que lees y piensas, esa es otra historia.

Figura 13: Canal Interoceánico

 
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Contexto Histórico de Portobelo – II

Con el inicio de las obras defensivas, los iniciales bohíos y ranchos de madera y paja, van transformándose en casas de madera alineadas en dos calles paralelas, sobre base y zócalos de argamasa y piedra, de gran amplitud y capacidad algunas. Otras se yerguen sobre robustas perchas de ceibo que a manera de columnas realzan la planta de habitación, dejando exenta la bajera como protección contra jaguares, ocelotes, caimanes, iguanas, serpientes, sapos y otras alimañas que invaden la puebla y libremente transitan durante las lluvias, sus truenos y sus lodos. Ellas van a cobijar bajo techo firme una esporádica república feriante, con abultado fajín de contratos e impertinente tintineo de monedas en sus bolsas. La trama de la ciudad incluye dos plazas, la Plaza del Mar y la Plaza Mayor. La primera incluye Aduana y Cabildo, en tanto que la segunda lo hace con la Parroquia matriz y el Hospital Real, concebido éste para atención médica del personal militar o civil, blanco o negro, español o extranjero, esclavo o libre, que atienda o construya las nacientes fortificaciones, y que entrado el siglo, sería encomendado a la Orden Hospitalaria de San Juan de Dios, la benemérita orden siempre entregada al prójimo. Si bien el casco urbano no sobrepasará medio siglo después el centenar y medio de casas consolidadas, no por ello dejan de montarse ocasionales bohíos a la entrada del camino de Panamá, ocupada mayormente por negros esclavos y libres. Conocido como barrio Guinea, a ellos se trasladan temporalmente ciertos propietarios que alquilan sus casas por astronómicos precios durante las ferias. Dineros, al decir del cronista, no siempre fáciles de ser cobrados a unos ostentosos cuanto escurridizos, transitorios y avisados clientes, prestos a esfumarse súbitamente sin rastro en medio del bullicio ferial. Sin duda la afamada viveza criolla había tomado ya carta de identidad en aquel siglo y lugar, hervidero de gentes y afanes, no ajenos tal vez a la esencia de ciertos factores ibéricos ya establecidos en su propia ecumene. Cuatro barrios vendrían a conformar la estructura social de la ciudad; además del citado Guinea al nordeste, el de Triana al oeste, compuesto básicamente por tratantes y pulperos peninsulares y blancos de orilla, el de la Carnicería sito en el entorno del matadero con gentes de menores recursos, y el de La Merced, que se iría aglutinando en derredor del convento mercedario, adscrito a la Casa Madre de Panamá, construido en 1606.

Figura 7: Plano-Planta Ciudad de Portobelo

 

En 1596 aparece nuevamente la merodeante flota de Drake, ahora con más de 3.000 infantes de tierra bajo el mando de Thomas Baskerville, rebotada esta vez de Puerto Rico en cuyo cerco había fallecido el ya anciano John Hawkins. Ellos van a dirigir su ataque sobre la mutante y semiabandonada Nombre de Dios, defendida por su gobernador con una guarnición de 60 hombres. Ante la imposibilidad de defenderse de la formidable escuadra que les asedia, decide el gobernador retirarse, abandonando el campo a la hueste corsaria. La agónica ciudad sería saqueada e incendiada, y por considerarse ya función amortizada, nunca más reconstruida. Por su parte Portobelo, en plena erección de sus defensas, se prepara para afrontar el subsiguiente aldabonazo corsario, mientras la flota inglesa va tomando posiciones frente a la bahía. Pero los británicos soslayan su toma optando por atacar Panamá, donde permanece retenida la plata peruana en espera de las nuevas atlánticas. Drake avanza hacia la ciudad del Pacífico remontando la vía fluvial del Chagres, en tanto que Baskerville con su gente de guerra progresa por el Camino Real hacia la cumbre divisoria de las aguas, desde donde espera caer sobre la capital del istmo. Pero la prevenida Panamá responde contundentemente en ambos frentes, emboscando sus hombres en Sabana Grande y Venta de Chagres junto a refuerzos llegados del Perú, que ocasionan numerosas bajas a los invasores, asumiendo finalmente estos la retirada hacia su base flotante. Al repliegue, un fracasado y seguramente enfermo Drake se cierra en su camarote del que se niega a salir, y donde muere de disentería a los pocos días. Su cadáver será arrojado por la borda en ataúd de plomo, sobre el propio cantil de la bocana, donde la nao capitana aguardaba fondeada. El regreso de la flota a Plymouth bajo el mando de Baskerville sería dramático. Lograría aportar en sus muelles con 8 naves sobrevivientes de las 28 con las que partiera en compañía de Hawkins y Drake un año antes, enfermo y deprimido, tras un meritorio retorno en etapas, plagado de penalidades y pérdidas humanas y materiales. Era la otra cara de la moneda.

Figura 8: Portulano de Portobelo, puerto atlántico de Indias. (Dibujo del autor)

 

La situación estratégica de Portobelo, como nuevo receptor atlántico de mercancías vía Perú y embarque de plata y ultramarinos vía España, le van a conferir una destacada importancia mercantil, materializada en sus anuales cuarentenas feriadas y el importante paquete transaccional que conllevan. Las mercancías aportadas desde España y el Caribe por la Flota de Barlovento o Flota de Tierra Firme (sede Cartagena), eran compradas  para abastecer los mercados de Lima principalmente, pero también de Valparaíso y Guayaquil y pagadas con plata de Potosí. A la plata pagadora de mercaderías limeñas, juntábase los impuestos del Quinto Real, de los que se devengaba el Situado o presupuesto de policía y plata de las plazas del virreinato. No hay feria más rica en todo el mundo que la que allí se hace… entre los comerciantes españoles, Perú, Panamá y otros lugares vecinos…se hace la mejor feria del mundo, contaba el turbio Thomas Gage a su paso por el istmo, para añadir más adelante: lo que más me asombró fue ver las recuas de mulas que llegaban por el camino de Panamá cargadas con lingotes de plata; en un solo día conté 200 mulas abarrotadas que fueron descargadas en el mercado público, de manera que los montículos de lingotes permanecían como montones de piedras en medio de la calle, sin temor a que los hicieran desaparecer… testimonio evidente de que la cantada peligrosidad social de Nombre de Dios, había pasado página como la propia ciudad que la alimentaba, sin aparente contagio viral en Portobelo. En todo caso aquellos truhanes de antaño, habían evolucionado en menos de medio siglo para devenir en vivos de hogaño. Estaba mejorando ostensiblemente sin duda la cabaña trashumante, la mesta humana de Indias.

Figura 9: La Feria Atlántica de Portobelo

 

La vida ciudadana de Portobelo transcurría entre períodos de febril actividad y  azarosa quietud. Durante la feria, los residentes montaban el Ferial entre el Barrio de La Merced, Triana y el fuerte La Gloria, apoyados por numerosos profesionales de los oficios llegados de Panamá. Allí se encaramaba toda suerte de pulperías para mercar los bastimentos y manufacturas de los Galeones de Barlovento, amén de barracas con casabes, asados, frutas, zumos o aguardientes traídos de Cartagena o Panamá. Los feriantes llegarán a pagar cifras astronómicas por el alquiler de una habitación o casa (6.000 pesos a veces), y tampoco los precios de las viandas se quedan a la zaga.  Mientras iban entrando una tras otra por el Camino  Real las recuas con cien o más mulas, los maestres y sus tripulaciones armaban tenderetes con las velas y jarcias de sus navíos. En ellos daban entrada al preciado metal de las mulas, que habían de transportar en los vientres  de sus galeones de vuelta a La Habana y Sevilla.

Para regular el valor de las mercancías feriadas, se reunían a bordo de la nao comandanta el propio Comandante de la Armada con el Presidente de Panamá. Concluida la capitulación, confirmaban y publicaban los contratos de compraventa negociados entre las partes de Sevilla y Lima, España y Perú. Cada una de ellas disponía su correspondiente hoja de ruta. Los representantes privados de los comercios o los magnates panameños o limeños acuden a recibir la mercancía demandada y pagada en la feria precedente. Los mayoristas husmean los posibles precios a la baja. Los oficiales reales supervisan volúmenes, pesos, taran básculas, controlan transacciones e impuestos, persiguen el fraude. En la feria no faltan los marchantes de cuadros e imágenes que alimentan el jugoso mercado del arte. Martínez Montañés y su escuela sevillana inundan con su imaginería religiosa, cristos crucificados, vírgenes y santos el Virreinato del Sur. Las catedrales de Lima, Oruro, Bogotá o sus cientos de iglesias y conventos diluidos por su geografía, conservan aún muestras de aquel magisterio. Toda escuela de imaginería de la Península, y España es tierra de imagineros, tenía su representante en Sevilla, donde daban salida de sus productos hacia Veracruz o Portobelo: Alonso Cano, Gregorio Hernández y un largo etcétera de maestros del Renacimiento y el Barroco, junto a otros cientos de artesanos contemporáneos o posteriores han dejado sobradas muestras de ello. Acudían prestos todos ellos a la llamada tintineante de la plata peruana. Y muchos eran los limeños pudientes y caprichosos: sus mujeres lucían joyas y modas exquisitas con abanicos, mantones, sedas y tafetanes traídas de Europa o Asia. Y la plata limeña fluyó a raudales durante dos siglos hacia Sevilla vía Portobelo. Era el momento histórico en que España había dejado de caber en sus fronteras. El Siglo de Oro florecía en ella. Y con él, trasegaba la literatura ascético-mística del Renacimiento, en justa connivencia con los barcos que a Flandes llegan portando guerra, pero vuelven ahítos de Erasmo; a Italia repletos de tercios para regresar con la métrica exquisita de sus versos impresa en las tripas. Cuando el Barroco percute su aldaba, pintores como Zurbarán, Velázquez o El Greco, acuden masivamente a la cita sevillana: sus marchantes negocian lienzos en las ferias de Portobelo, Cartagena o Panamá y sus frailes, vírgenes, apóstoles o caballeros toman rumbo a las Américas. La misma senda que siguen los ángeles de Murillo con la faz de sus hijos y el dolor de padre que los ha perdido durante la peste de Sevilla (1649). Pronto nacerán otros focos de pintura autóctona que frenen en cierta forma aquella sangría de plata: tras la lluvia nutricia de los maestros peninsulares reverdecen escuelas genuinas como la deliciosa Escuela de Quito, con su mística sincrética de querubines, vírgenes y santos que tanto enorgullecería al Carlos III ilustrado. Pero la aldaba creadora va a percutir durante dos siglos con talentos universales. Mateo Alemán, Cervantes, Lope, Tirso, Ruiz de Alarcón, Quevedo, Calderón, crean arquetipos que invaden otras culturas e idiomas: el tenorio, la alcahueta, el pícaro, el quijote, el galante embaucador, el iluso atribulado, la fingida boba, la amada evanescente, el orate sesudo, la fregona virtuosa, el barbero lenguaraz y un etcétera infinito,  van a nutrir con su sesgo de comedia o drama la literatura mundial. Y todos ellos acaban siendo leídos e interpretados en Lima, Santiago, Bogotá o Quito a través de un cuello de botella llamado Portobelo, que verá llegar en 1605 los primeros 2oo ejemplares del Quijote. Tobera diríamos hoy, que aceleraba en singular Efecto Ventury la succión de productos peninsulares hacia El Perú, minimizando su estadía en el istmo. Hasta tal punto que dos años más tarde, durante las fiestas patronales de Pausa (Ayacucho), nombrada hoy Capital Cervantina de América, alcanzarían a escenificarse en su Plaza de Armas las andanzas de D. Quijote y Sancho, segunda encarnación mundial del símbolo cervantino, apenas cinco meses más tarde de un primer ensayo vallisoletano. La dificultad del paso, su insano temperamento, el costoso ferial añadido, la certeza de saberse torvamente observados por descuideros del mar, la amenaza de turbión en estación avanzada, el deseo de retornar cada feriante al sosiego de su sede, eran más que sobrados motivos para finiquitar el raudo negocio y sorber en torbellino aquella sopa de letras. En estos menesteres presidenciales con el Comandante de la Armada de Barlovento, además del incendio destructor de 46 casas sobrevenido meses antes, encontrábase el Maestre de Campo Fernando de la Riva-Agüero en 1663, flota en puerto, cuando le sobrevino la muerte. La partida de los galeones demoraría unos días para llevar los restos del propio gobernador en sarcófago de plomo, y darles tierra en su nativo solar del Gajano cántabro: nunca sería construido su proyecto de renovación del Castillo de Chagres. Años después el propio Virrey Melchor de Navarra, en su fugaz tránsito hacia España, vendría a enfermar y morir en Portobelo (1691), como justiprecio definitivo de la siniestra fama de insalubridad que le acompañara por siglos.

 
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Contexto Histórico de San Agustín de la Florida – V

Un nuevo conflicto vendría pronto a sumir a la Corona española en otra guerra contra Inglaterra. La Guerra de los siete años (1757-1763), que  convierte Europa y sus posesiones en un totum revolútum. Una suerte de moderna “guerra caliente” después de una “guerra fría”, que iba a involucrar a la mayoría de sus reinos mediante apresuradas alianzas. España se ve arrastrada por Francia contra Inglaterra, su ocasional enemiga, que acabará expulsándola del Canadá. El Tratado de París pone fin al conflicto, y la gran perdedora Francia cederá La Luisiana a España, en compensación de sus gastos bélicos. Las plazas de Manila y La Habana ocupadas por Inglaterra durante la contienda, las recupera España mediante su trueque por Florida. Como pasiva moneda de cambio, hete aquí que la ciudad de San Agustín contempla asombrada cómo es entregada en manos de sus enemigos de siempre (1763). Los 3100 habitantes que permanecen en la ciudad a pie enjuto durante su protocolo de entrega, son testigos no sin lágrimas en algunos ojos, de la arrogancia con la que el regimiento de Su Majestad Británica, bajo el mando del capitán John Hodges, desfila durante su entrada al recinto urbano. << Hollando nuestras conciencias, >> en palabras del gobernador virreinal saliente. Pasados los primeros días, la ciudad enflaquece en su vida y gentes. Los negros de Fuerte Mose se van. Los indios conversos de las misiones cercanas se van. Los blancos y pardos de intramuros se van. Gran parte de ellos volverían a encontrarse en Cuba, agrupados en un nuevo pueblo de nombre San Agustín de la Nueva Florida. Otra no menos importante parte confluirá en el lugar de San Carlos, próximo a la continental Veracruz.

Dos décadas más tarde habrían de volver los españoles a San Agustín. En el contexto de su Guerra de Independencia (1775-1783), aquellas trece colonias inglesas del Atlántico, semilla ahora de los Estados Unidos de América, recibirían finanzas, hombres y barcos de España y Francia contra el imperial enemigo inglés hasta vencerlo. La política es así: sus intereses privan sobre las personas. Bernardo de Gálvez gobernador de Luisiana, con sucesivas victorias parciales, expulsará al ejército británico de La Florida tras la decisiva batalla de Pensacola (1781) a más de 600 km de San Agustín. Y tras ella, también regresan al terruño desde Cuba y Veracruz los antiguos exiliados de la capital, pero van a encontrar mutado el palenque de sus sueños. Los franciscanos que habían sido expulsados de allí y convertido su convento en cuartel, regresan de nuevo a su antigua sede. La casa del Gobernador, remozada, conservaba las formas y mejorado el aspecto. En la antigua Plaza Mayor, “The Parade” durante su andadura inglesa, aparecía un “Slave Market” suerte de lonja para la subasta de esclavos de ambos sexos recién llegados del África, incluidas celdas de confinamiento temporal y  morgue para cuantos sucumbían bajo aquella penuria. Una nueva parroquia protestante cerrada por abandono de sus feligreses, aparecía ahora construida al suroeste del recinto ciudadano. Extramuros, católicos holandeses habían levantado una iglesia para sus fieles. El nuevo tablestacado del puerto aumentaba la amplitud de su dársena y su capacidad de embarque. La Puerta de Tierra, más ancha y vistosa, facilitaba por el norte el acceso al murado recinto entre pétreos pilares y sobre levadiza pasarela de troncos que permitía trancar el paso o salvar el foso. Había regresado también la esperanza para los servidores negros, que permanecían zafados de sus amos y agazapados tras los sutiles resquicios de la desbandada bélica, ocultos mientras cristalizaba la autoridad virreinal. Pasados unos meses,  el Fuerte Mosé iba a surgir redivivo y la ciudad toda recuperada con el pulso de antaño.

Pero la inagotable maquinaria europea de guerra viene a brotar de nuevo con el genio de Napoleón Bonaparte, surgido de los últimos estertores de la Revolución Francesa. Todo es poco para su ambición y la Europa continental es hollada de norte a sur por las botas de sus soldados. Con un ejército de 250.000 hombres invade España y arrolla a los ejércitos propios e ingleses aliados. La España oficial invadida por el francés, se ve empujada por él a luchar por tierra y mar contra el inglés, que en Trafalgar destruirá ambas armadas, y con ellas el sueño napoleónico de invadir Inglaterra. La España popular en cambio se alza contra el opresor francés, sus símbolos unidos en Cortes se refugian en Cádiz que bajo protección inglesa va a soportar un brutal asedio francés. Destituido su legítimo rey, el nuevo monarca impuesto desde Paris levanta irritados a la España europea y sus reinos de Indias: es el comienzo de la emancipación hispanoamericana. España peninsular convertida en esquilmado campo de batalla cuyas gentes tienen que alimentar tanto al ejército invasor como al aliado que le combate, destruidas sus industrias competitivas por el desleal “fuego amigo” de su  aliado, y en bancarrota su hacienda. Aniquilada su hasta ayer poderosa Marina de Guerra, masacrada su población con un millón de muertos, y exhaustas sus arcas tras la Guerra de la Independencia Española (1808-1813), poca podía ser su capacidad de reacción contra el movimiento emancipador ultramarino. Iría éste variando su inicial reacción monárquica según la mutante voluntad de cada prócer que emerge y el creciente volumen de su voz en las asambleas ciudadanas a su alcance. La insularidad de Inglaterra y su poderoso esfuerzo naval coronado a finales del siglo, habíanla catapultado hacia un éxito secular. La gran vencedora europea habíase zafado de sus enemigos históricos y la arruinada España se sumergía en un segundo orden, también secular, como potencia europea. Sólo sería capaz de aportar a la lejana San Agustín de esta época, un obelisco erigido en su Plaza Mayor, dedicado a la más liberal Constitución de su tiempo, jurada por sus asediados parlamentarios durante las duras jornadas del Cádiz de 1812.

Los vientos de independencia iban a mezclarse en Florida con ideas emanadas de la Revolución Francesa en el momento que la penuria de medios de España se revelaba incapaz de ahuyentarlos. Luisiana había sido comprada por los Estados Unidos aprovechando la coyuntura del nuevo estatus para apropiarse una parte de la Florida vecina. Una y otra vez, so disculpa de guerra contra los alzados seminolas, los estadounidenses violaban las fronteras españolas. El norte de la Provincia acabaría declarándose momentáneamente independiente de España, que no obstante iba a lograr reincorporarlo desde Cuba al redil hispano. Establecida la soberanía española, la debilitada metrópoli, que encaraba otras emancipaciones simultáneas en los virreinatos americanos, vende la Florida a los Estados Unidos. De facto tras la ratificación intercontinental del Tratado Adams-Onís (1821) que englobaba también los territorios de California, Arizona, Texas y Nuevo México, la gran mayoría de blancos, negros e indios misionados abandonaron, una vez más, las tierras de la Florida rumbo a Puerto Rico y Cuba, que proseguían su española andanza. Los últimos timucuas se extrañarán para siempre de las tierras de sus ancestros. Habíanse cumplido las palabras premonitorias del ministro de Carlos III a su rey, al anunciarle el parto de la nación norteamericana: << esta republica que ha nacido pigmea, ha tenido necesidad del apoyo y la fuerza de dos potencias poderosas como la Francia y la España para conseguir su independencia; vendrá un día que sea gigante…olvidará los beneficios que se le han dado…en algunos años veremos con dolor al coloso…apoderarse de las Floridas para dominar el Golfo de México >>.

Con el cambio de bandera en la semivacía Florida, ve renacer de sus cenizas en San Agustín el demolido “Old Slave Market”, propiciado por la creciente demanda de fuerza bruta para las plantaciones de algodón que instalan sus nuevos colonos blancos. Eran ya otros tiempos donde la que fuera Florida del Fuerte Mosé, iba a significarse como…¡ uno de los estados esclavistas que propiciaría la Guerra de Secesión norteamericana!…

 
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Contexto Histórico de la Habana – IV

Una decisión equivocada de Juan del Prado Portocarrero, a la sazón Gobernador y Jefe Supremo de la Plaza, había bloqueado la flota en la bahía. En la bocana había mandado hundir tres de sus naves de guerra, previamente desmanteladas, a la vez que tender una gran cadena enlazando ambos márgenes. Esta medida asumida para evitar la entrada de los barcos enemigos, impedía tambien la salida de los propios. Desde las primeras jornadas bélicas, se comprendió en la Habana que la batalla iba a ser fundamentalmente dada por los hombres desembarcados en las playas del este. Gutierre de Hevia, como Comandante General de las Flotas de America había dispuesto entre las diferentes bases navales del Caribe, de al menos 21 navíos de línea y 10 fragatas bien pertrechadas que podrian haber dado la batalla en el mar, pero no la dieron.  Los barcos de Pocock no necesitarían forzar la entrada para rematar el asalto final; sus cañones batírían las defensas de la ciudad, y su permanente fuego iba a secundar física y sicológicamente a sus tropas de tierra, nutridas por enjambres de lanchones de desembarco que parten sin contratiempo de los buques – transporte. En un esfuerzo desesperado los navíos de la Armada Real confinados en la bahía, dispararán ineficaces pepinos rompedores contra las posiciones copadas por la artillería de campaña inglesa en la Cabaña.

Cae La Habana tras bandera blanca, capitulación y dos meses de asedio (1762). Reunido en primera sesión del Cabildo, el nuevo gobernador Conde de Albemarle, resplandeciente de medallas y condecoraciones, pronuncia en su lengua un discurso, traducido en vivo por un concejal habanero. Expone el inglés que pues ha sido conquistada la ciudad por las armas de SMB, el rey británico ha de ser el nuevo soberano a quien los presentes deben rendir pleitesía de vasallaje y obediencia. << Milord – responderá para todos con reconocida bonhomía Pedro de Santa Cruz, su alcalde – somos españoles y no podemos ser ingleses: disponed de nuestros bienes, sacrificad nuestras vidas, antes que exigirnos juramento de vasallaje a un principe para nosotros extranjero. Vasallos por nuestro nacimiento y nuestra obligación jurada de Carlos III, rey de España, ese es nuestro legítimo monarca y no podríamos sin ser perjuros, jurar a otro. Los artículos de la capitulación de esta ciudad no os autorizan más que a reclamar de nosotros una obediencia pasiva, y esa ahora os la prometemos de nuevo y sabremos observarla >>. Aceptó el vencedor el cambio en forma del juramento, mientras durase el status local derivado de la ocupación inglesa de la Habana. Seguirían sometidos sus ciudadanos a las leyes emanadas del poder español y se abstendrían de tomar las armas contra cualquiera de las dos monarquías en litigio. Con ello siguió el Cabildo sus funciones ciudadanas sin mayores contratiempos políticos derivados del estado de la excepción invasora.

En un gesto que les honra, los propios ingleses habrían de rendir honores extraordinarios post mortem al bravo marino cántabro Luis de Velasco. << Los españoles son malos estrategas, pero no hay valentia superior a la suya >> – diría en sus exequias Albermarle. Pero la población habanera no está para homenajes y exterioriza pronto su descontento. Obligadas a pagar nuevos impuestos y derramas, algunas familias huyen de la ciudad a favor del invasor que ocupa sus casas; incluso han de compartir otras la suya con una soldadesca que incomoda a las damas. Toman hospitales e iglesias en retaliativo paso de factura contra el legítimo ocupante, no tanto como ingleses, sino como intransigentes anglicanos. Esta animadversión iba a volverse en su contra al punto de ser habitualmente rechiflados como “mameyes”, en referencia al color de sus casacas rojas como frutos de mamey. Con el toque de queda llegaba la  “hora de los mameyes”, cuando los detestados guardias colorados podían penetrar impunemente sus hogares en misiones de control. Abandonan por ello las monjas el Convento de Santa Clara, que será nuevo cobijo para los enfermos y heridos provenientes del expropiado Hospital de Convalecencia, inaugurado bajo la epidemia de fiebre amarilla unos años antes, y ahora atestado de heridos y convalecientes ingleses. Los mandos militares españoles serán enviados en 28 barcos de la R.N. y bandera parlamentaria al puerto de Cádiz. Sometidos a Consejo de Guerra, Juan del Prado y Gutierre de Hevia serán desterrados ambos por diez años y suspendidos de empleo y sueldo de por vida.

Reconstruidas sus murallas y bastiones, La Habana como ciudad iba a conocer una etapa de desarrollo, aunque no desde un principio. En cambio, la esclavitud vería empeorar su estatus bajo la égida inglesa. En este estado de cosas, los negros libres eran frecuentemente secuestrados por mafias criollas para ser vendidos como esclavos a dueños británicos, que desoían de sus labios toda queja de los pardos, razón por la cual cientos de negros y mulatos de La Habana huyeron durante aquellos años hacia el interior. Eran las mismas bandas de delincuentes que secuestraban a los hambrientos habaneros que salían extramuros en busca de comida, y que habían de pagar elevado rescate para verse de nuevo libres. La escasez de mano de obra esclava decide al mando británico para traer negros bozales de Africa, que son subastados públicamente en la Plaza de San Francisco. Comparativamente al estado previo a la contienda, el comercio inglés hace tímidas apariciones en el puerto. Con la llegada de barcos de Jamaica, las Bahamas y las 13 colonias del norte atlántico, se trata de suplir la llegada de mercancías peninsulares, especialmente sus trigos y harinas. Mientras dure esta ocupación británica, la capitalidad de la isla sería establecida en Santiago de Cuba, y es a ella donde se desvía ahora el comercio caribeño en su ruta alternativa hacia España y desde ella.

Canjeadas las ciudades de La Habana y Manila por La Florida al final de la guerra, el nuevo devenir de la capital cubana iba a cambiar notablemente. Se abre su puerto al comercio mundial (1778), se contruye la Intendencia (1772) o Palacio del 2º Cabo, inicialmente destinado a cuartel general del vicegobernador, con una recia fachada neoclásica de soportales y arcos de medio punto. Se construye el Palacio de los Capitanes Generales (1770) en el solar que fuera de la iglesia fundacional de La Habana. Carlos III manumite por Real Orden a 156 esclavos negros distinguidos por su valor en la lucha contra el invasor y resarce monetariamente a sus dueños desde el situado real. En 1774 el censo de Cuba arrojaba 175.000 habitantes de los cuales 44.000 eran esclavos.

Recuperada La Habana, un cuerpo de ingenieros recién llegado de la Península, va a emprender la construccion del inacabado fuerte de San Carlos de la Cabaña y los nuevos Castillo de Atarés al fondo de la bahía, y Castillo del Príncipe al sur del recinto murado. Se nombra Catedral (1790) a la hasta entonces Iglesia Mayor de La Habana, guardándose para la de Santiago de Cuba, la primacía eclesial de la isla.

En diciembre de 1800 llega Alejandro de Humbold a la Habana, sorprendido europeo que << al contemplar aquellas fortalezas que coronan las rocas al este del puerto, aquella concha interior de mar rodeada de pueblecillos y de cortijos, aquellas palmeras de una elevación prodigiosa, aquella ciudad medio cubierta por un bosque de mástiles y de velas de embarcaciones…>> contrasta y atesora las inéditas e irrepetibles imágenes. El gran curioso y naturalista alemán que << en admirable romería de sabio y de poeta, racionalista investigador del cosmos y emocionado feligrés de la naturaleza >> iba a realizar un riguroso estudio de flora, fauna, minería y costumbres de Cuba y toda la América Hispana, en su inolvidable Viaje a las Regiones Equinociales del Nuevo Continente. Era el claro exponente del interès que las Américas habían despertado en las mentes y universidades europeas desde la Ilustración.

En 1828 se inaugura El Templete, edificio destinado a proteger y conservar el monolito – testigo del te deum fundacional de la villa en 16 de noviembre de 1519. En 1837 se inaugura el tramo de ferrocarril entre La Habana y Güines, primer camino de hierro de los territorios hispanohablantes. En 1854 las Hermanas de la Caridad pasan a prestar cuidados de enfermería en el Hospital de San Felipe y Santiago, declarado local de Beneficiencia Pública tres años más tarde, con el ligro social que la medida implica. Impulsada por la industria azucarera y la elaboración de tabacos, la prosperidad de Cuba era evidente. En 1863 se derriban las murallas para dejar espacio a la expansión de la pujante urbe y en 1875 el Capitan General cesa por Real Orden de presidir el Cabildo de La Habana. Es su Alcalde desde entonces, cargo social ajeno a la autoridad militar de la isla, quien ha de presidirlo. Cuando Cuba alcanza la independencia de España, tras oscura y mediática declaración de guerra por unos EE.UU que pasan a tutelarla, La Habana era una de las principales urbes de las Américas, parafraseada en el ripio:

Verdadero tarro de miel

donde toda mosca hispana

cae presa de patas en él.

 

P.S: La Habana es hoy  Patrimonio de la Humanidad (1982)

 
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Contexto Histórico de la Habana – III

En el contexto de la Guerra de los Treinta Años (1621), la Armada del Mar Océano captura frente a Cadiz un convoy de la Compañía Holandesa de las Indias Occidentales. Este sonado revés, junto a la prosperidad del enclave habanero atrae la venganza y codicia del corso holandés y sus adscritos a la navegación de fortuna. Boudewijn Hendriksz, mas conocido en español como Balduino Henriquez (1625) viene rebotado desde San Juan de Puerto Rico dispuesto a tomarse la revancha de su fracaso en aquella Capitanía con la toma de ésta; pero la potencia de fuego de las baterías de la Habana, hace entender al holandés que con la escuadra que trae su empeño es una quimera. En el curso de la guerra, España venía reforzando notablemente el corso de Dunkerque, concediendo nuevas patentes y aportando sus astilleros más de 20 galeones de diferentes portes, construídos al efecto. Desde la costa flamenca, la campaña de interceptación de naves holandesas en el Canal de la Mancha, habíase tornado demoledora  para el comercio de las Provincias Unidas.

Pese a la urgente defensa que desde su costa patria le reclaman, el Almirante Piet Heyn, corsario de la Compañía Holandesa de las Indias Orientales patrullaba con una armada de 29 navios de guerra por el Canal de Bahamas a la espera paciente del paso de las Flotas  de Barlovento y Nueva España que  habían de confluir en la Habana para dar el salto atlántico. Desde las costas cubanas han visto el despliegue de la flota enemiga y salen de la Habana sendos pataches de aviso a Portobelo, Veracruz y Cartagena de Indias para que, llegado el tiempo, los galeones no se hagan a la mar; pero solo el de Cartagena llegará a destino: los otros dos han caido en la red tendida por el holandés. Ajenas al peligro que sobre ellas se cierne, ambas flotas zarpan confiadas a su cita de la Habana. Compuesta por dos galeones y cuatro merchantas, la flota de Portobelo se topará con un abanico de velas enemigas que intercepta su rumbo hacia la costa cubana. Los dos navíos de escolta entran directamente a la batalla cruzando fuegos contra la línea de barcos que pretende envolverlos. Lograrán abrir un paso por donde las marchantas trepanan su envolvente para acceder finalmente a puerto. Los sacrificados galeones de escolta apenas alcanzan a embarrancar en la entrada de la bahía habanera, bajo el protector alcance de sus baterías: han logrado salvar las naves merchantas y evitar el despojo y rapiña de las de guerra, aunque estas se hayan perdido reventadas por la metralla y los escollos costeros. Pero el almirante holandés es un viejo lobo de mar, paciente y sabio. Conserva todavía 20 naves en perfecto estado y lo grueso del tesoro está al llegar con la Flota de Nueva España. Oteadas al fin en el horizonte las velas novohispanas, la flota holandesa desplegada en línea costera, avanza ahora en abierta envolvente hacia ellas. Bajo la capitana del General Juan de Benavides y la almiranta de Juan de Leoz, rehuye  la flota novohispana el enfrentamiento con la holandesa. Ante la inferioridad de su potencia de fuego opta por refugiarse en la bahía de Matanzas (1528) donde espera recibir apoyo por tierra desde la Habana. Una trampa que el antaño prisionero y forzado galeote de las Galeras de Santo Domingo que es Piet Heyn, fuerza para hundir y saquear a mansalva ahora como Almirante de armada, los 4 cagafuegos de escolta con sus Quintos Reales en lingote y moneda, junto a 8 merchantas ahitas de maderas preciosas, finas porcelanas y lacas de Manila. El escaso calado de la bahía permite a los asaltantes el total saqueo de las naves semihundidas o varadas en su rìa. Solo tres de ellas lograrían zafarse del cerco para entrar un par de dias después en La Habana, donde ya habían aportado otras seis merchantas que escabullidas del confuso desparrame marino  de velas y falsas banderas, lograron acceder a la Habana sin ser alcanzadas. El impacto de la debacle española resonaría en Europa como serio aldabonazo para el prestigio de la Monarquía Hispánica, a la vez que una irreparable pérdida para sus arcas, que supuso en cambio el financiamiento del ejército holandés durante un año. Fue la única captura de la conocida en Europa como “Flota del Tesoro“a lo largo de sus dos siglos y medio de vida. Leoz fue condenado a prisión de por vida, Benavides, juzgado y condenado en Sevilla, sería ahorcado tres años más tarde; y Piet Hein al cabo de apenas uno, moriría en batalla con los corsarios franceses de Dunkerque, que en aquella guerra luchaban por España.

Al año siguiente otro holandés, Cornelius Jols (“Pata de Palo”) fracasa en un primer intento de tomar la Habana (1629), pero triunfa dos años después con poderosa escuadra, saqueándo e incendiando la ciudad ante la negativa de pagar rescate por sus huidos moradores. Desiste en cambio Henry Morgan (1668) que con 12 embarcaciones y 700 hombres pasa a la vista pero fuera del alcance de sus cañones, para acabar cayendo sobre el indefenso Puerto Príncipe, que por no verse en llamas pagará un rescate de 500 reses y otras tantas sacas de sal, que el pirata se lleva para Jamaica.

La peste de Cartagena, inoculada por pulgas parásitas de ratas de sentina, ha diezmado la población habanera, y nuevas epidemias vendrán a presentarse intermitentes en los siguientes años por la misma vía. En adelante los bolardos que sirven para tomar amarra de galeones en la Plaza de San Francisco y otros puntos de atraque, van a ser particularmente atendidos por la policía ciudadana y el Capitán del Puerto, para evitar que sean sus amarres los puentes que usan las ratas de machina para acceder hacia y desde los barcos. Serán penadas aquellas naves cuyos cabos a tierra no estèn aturbantados por discos de madera, que cortocircuiten el camino de roedores y sus apestadas pulgas, causa frecuente de estragos ciudadanos. Y la vida habanera seguirá a pesar de los contratiempos. Van medrando las obras públicas (agua corriente, alcantarillados) y fortificando su perímetro emplazado. Se levanta el Convento de Santa Clara (1640), el de los Agustinos (1628), el Hospital de San Lázaro, La Merced (1630), San Francisco de Paula (1664), el Convento de las Dominicas (1684), San Felipe Neri (1693)

Estalla con Inglaterra la Guerra de la Oreja de Jenkins (1739-41) durante la cual la flota del Almirante Vernon pasa frente a la bahía de La Habana varias veces, pero no ataca pese a la impresionante flota que comanda. Atacará para desgracia suya Cartagena de Indias, donde perderá honra y barcos. Vernon había tratado de establecer una cabeza de puente llamada Cumberlad (Guantánamo), que unos meses después del desembarco, hostigadas por voluntarios isleños sus tropas no podrían conservar.

.          A partir de 1714, España había disuelto la insostenible red de Armadas de Guerra (La Corona contaba con 9 armadas repartidas entre el Mediterráneo, Atlántico y Pacífico, de presupuesto desorbitado) para dar nacimiento a la Armada Real repartida entre las Capitanías Generales del reino. Se funda la cubana Universidad Pontificia en San Juan de Letrán (1728). La libertad de comercio con puertos españoles y países aliados multiplicaría su tráfico portuario hasta convertir a la Habana en la “Perla del Caribe”. Llegará a contabilizarse en un año la entrada a puerto de más de 200 navíos de travesía y 5.000 embarcaciones de cabotaje, con un enjambre de marinos, colonos, funcionarios reales, comerciantes, emigrantes en ruta, aventureros de toda laya, que pululan por sus calles. Los diques de La Habana, gracias a la buena gestión del criollo Juan de Acosta, acabarán por convertirse (con los de Guarnizo en Cantabria), en el Astillero de la Armada Real, dada la durabilidad de sus maderas, resistentes al ataque de la broma o teredo tropical. De sus gradas saldría el Santísima Trinidad, navío de línea de 63 metros de eslora y 140 cañones con  un arqueo de 4900 Toneladas, único velero de cuatro puentes y mayor desplazamiento conocido de cuantos hayan navegado por el Atlántico.

Durante la Guerra de los Siete Años (1754-1763), España aliada de Francia, se ha visto arrastrada a nueva contienda contra Inglaterra, con su disparidad de intereses sobre el comercio y la trata de esclavos en el Caribe como causa. Pero la conflagración iba a adquirir dimensiones de guerra mundial: Austria, Prusia, Francia, España, Rusia, Inglaterra, Suecia, Portugal…todas involucradas y cada una de ellas enfrentada a una parte del resto, que no a todo él, por cuentiones territoriales o mercantiles. Finalizaría la trifulca de naciones con el Tratado de Paris. En un momento de la contienda, el Almirante George Pocock con 26.000 hombres y casi 200 velas ha zarpado de Martinica y siguiendo la costa sur de la isla se presenta ante la Habana. Con temeridad y pericia ha sorteado un sinfín de playotes, cayos y bajíos a lo largo de 700 millas, sin otras armas que la sonda y una carta de marear oceánica. Sitia La Habana, objetivo británico codiciado desde todo tiempo. La defensa de la ciudad ha sido prevista con la llegada de nuevos cañones, infantes, artilleros y dragones sin monturas, cuyos caballos son aportados por hacendados de la isla, además de 600 esclavos cedidos por sus dueños. Una epidemia de fiebre amarilla importada de Veracruz diezma las fuerzas habaneras en los meses previos al cruce de impactos, pero los 420 cañones que vomitan fuego en defensa de la ciudad van a enseriar la escena del drama. A ellos hay que sumar los 9 navíos de línea y 25 barcos mercantes cargados de provisiones y pertrechos fondeados en el puerto, tres millones de pesos en metálico de la Real Compañía de Navegación, ademas de los repletos almacenes de la ciudad. Los habitantes son persuadidos para abandonar la ciudad, pero muchos de ellos acuden a otros cabildos y puestos militares isleños en demanda de armas para defender la capital.

Con la escuadra desplegada en abanico frente a la bocana de la bahía, comienza su cerco el día de Corpus Cristi. Es informado el gobernador del avistamiento de velas en medio de la solemne Misa Mayor que preside. La procesión que le sigue exponiendo la Custodia sacra bajo palio, escoltada por la curia diocesana, y desfilando tras ella cabildo, cofradías, hospitales, niños y el resto de fieles blancos, indios y pardos, queda suspendida. Se cierran las Puertas de Tierra con el toque de rebato y el espectante vecindario va regresando a sus casas. Al dia siguiente unas leguas al este, el Conde de Albemarle, comandante en jefe de la tropa, al frente de 8.000 infantes,  artilleros, zapadores e ingenieros, desembarca en playas de Cojímar y Bacuranao, luego de abatir los torreones guardacostas, para seguir en avanzadilla bifronte hacia la ciudad capital. Cuatro días mas tarde alcanzan la ribera oriental de la ensenada habanera y las bayonetas inglesas asoman sobre los incipientes cimientos del Fuerte de San Carlos de la Cabaña. La posición estratégica de La Cabaña, altozano a espaldas del Morro que domina el castillo y la ciudad, iba a determinar el desarrollo de la batalla. Desde esta ventajosa posición van a batir los artilleros ingleses el casco urbano de la capital y la retaguardia del Morro, sumándose al fuego de la escuadra que los bate desde altamar, mientras avanzan sus zapadores hacia los muros del castillo para dinamitarlos. Esta táctica había sido prevista por los estrategas de Carlos III, pero la construcción de La Cabaña no pudo ser concluida antes del ataque inglés, ni defendido con fortuna el fuerte frente al invasor en el nuevo teatro de guerra. El capitan de navío  Luis de Velasco y Fernandez de Isla es el heroico defensor del Morro que herido y con apenas ya dos cañones útiles en el fuerte, resiste uno tras otro los envites que se abaten sobre sus muros, a la vez que contempla cómo nuevas tropas de desembarco arriban a las playas. Algunas llegan desde Nueva York al mando del General Burton, pero deben ser ocasionalmente desembarcadas en las Bahamas tras ser interceptadas en el propio canal por barcos aliados. Navios de transporte y bajeles de guarda británicos son atacados por una patrulla de fragatas francesas, que toman 400 prisioneros y parte del material bélico que portan. Entre los que pudieron llegar a costas cubanas se hallaba un joven capitan llamado George Washington, el futuro general independentista de las 13 colonias inglesas. Cuerpo a cuerpo iban a caer luchando los últimos defensores del Morro contra aquellas avalanchas humanas que no cesan. Mientras, en La Habana seguían afluyendo nuevas partidas de voluntarios del interior que se aprestaban a luchar contra los invasores, quienes ya para entonces habian podido instalar en la Cabaña 45 cañones de campaña y otros tantos obuses y morteros.

 
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Contexto Histórico de la Habana – II

Comienza la fortificación de la ciudad, nucleada ya como centro coordinador del comercio español, en un mar infestado de piratas. El Gobernador establecerá su sede en el Castillo de la Real Fuerza, bastión iniciado.por el gobernador Hernando de Soto sobre el propio solar del primigenio fuerte de troncos, diseñado ahora en canterìa según los cánones bélicos de la campaña de Italia (1538). En uno de sus angulos sobresale el Torreón de San Lázaro llamado también de la Espera en recuerdo de Dª Inés de Bobadilla esposa del gobernador que partio a la conquista de la Florida. A la torre recién construida, cuentan lenguas que cada tarde subía la gobernadora para contemplar el horizonte, en el que soñaba ver aparecer de regreso las velas de su esposo. Pero nunca volviò. La mayor parte de la mucha gente que con èl partio a conquistar Florida moriría allí, en detrimento de las escasas hacienda y población cubana.

La Habana asume la capitalidad de la isla (1563) siendo nombrada Capitanía General a partir del año 1581. El Adelantado Pedro Menéndez de Avilés que agrega La Florida a la Gobernación de Cuba, reforma y moderniza las defensas y el antiguo Hospital-Colegio de la ciudad para atender solo a militares convalecientes de esta campaña contra los hugonotes establecidos en aquellos litorales: a partir de entonces se le nombrará como  Hospital Real de San Felipe y Santiago de La Habana (1567). Regentado mas tarde por los hermanos sanjuaninos (1603), se inicia en él la asistencia de enfermería; empezará a conocerse desde entonces como hospital general San Juan de Dios. Los hermanos iban también a constituirse en enfermeros del hospital flotante que a bordo de la nao Almiranta de la Flota de Indias, iba y venía de Sevilla. Se crea tambien la figura del “artillero mayor”(1576), lombardero con superior entrenamiento y formación cuya capacitación iba a ser en adelante responsabilidad de la Casa de Contratación de Sevilla. Hasta entonces no se disponía de esa formación en su Universidad de Mareantes, y admitía aspirantes europeos no españoles, entre los que había supuestos artilleros flamencos y valones que << los más de ellos son ingleses que vienen a reconocer puestos y fuerza, y corren toda esta costa >>, con lo cual se pone en evidencia el peligroso espionaje a que están siendo sometidos los “cagafuegos” que guardan la Flota de Indias y las defensas de los puertos-llave del Caribe. En estos enclaves se había comenzado ya la profesionalización y permanencia de guarniciones militares fijas, ante la indiferencia mostrada por las nuevas generaciones de colonos y pobladores, algunos de los cuales ignoraban el manejo de las armas de fuego. Los primeros pobladores convertidos por las circunstancias en “hombres de guerra”, habíanse transformado por mor de sus haberes en inoperantes “hombres de paz”, que a lo sumo cuando las circunstancias apremiaban, ofrecían esclavos para defender lo que personalmente deberían afrontar obligados por ley. No solo con derramas impositivas, sino con su propia sangre. A instancia del Gobernador de La Habana, la Corona toma conciencia de dotar su fuerza profesionalizada con piedra de azufre y salitre, para que sean ellos quienes fabriquen en adelante su propia dotación de pólvora, con lo que de simplificación procedimental suponía tal medida en el entramado defensivo del Caribe. Los soldados mutilados de guerra pasan como pensiónados a formar y enseñar el manejo de armas y los rudimentos de la disciplina militar a jóvenes inexpertos en edad de ocasional leva.Y su astillero empieza a suministrar barcos de elevado porte con 600 toneladas y más, de maniobreros cascos reconocidos por su buen andar y maderas de gran durabilidad y resistencia a la broma: esas mismas preciosas maderas que Felipe II ha instalado en su retiro de El Escorial. Como en Santo Domingo y Cartagena de Indias, se crea una tercera armada con dos galeras y 250 hombres de guerra, a fin de combatir con eficacia la piratería in crescendo de aquellas costas. Tales naves habían sido consideradas por la Universidad de la Mar de Sevilla, como las naves idóneas para la represión pirática. El escaso calado de sus cascos y su moción a vela y remo, las hacía sumamente operativas en aguas someras, y por tanto inmejorables para maniobrar en aguas del sur de la isla, plagada de playotes, cayos y bajíos. Se dotan sus remos con galeotes provenientes de la fuerza bruta que labora en fuertes y murallas habaneras, pero iban a ser de vida efímera, porque << dada la mala disposición de los indígenas para la boga >>, era problemático mantener sus tripulaciónes de bogantes.

En esta época la ciudad organiza su urbanismo empezando a zunchar con un muro perimetral de paulatino avance, el caserío, sus conventos, sus parroquias y cuatro plazas que ya perfilan su futuro, en un entramado urbano que al principio se trazó ortogonal, pero que andando el tempo constructivo por intereses particulares y mor ciudadana acabaron deformando algunos solares adaptándolos al relieve. Diseñada hacia 1520 junto al sitio que ocupara el primer templo de la villa, la inicial Plaza de la Iglesia pasó a llamarse Plaza de Armas con la siguiente centuria, cuando se le incorpora el solar que fue de la abrasada iglesia matriz. Sirvió desde un principio como patio de alivio para movilidad y maniobra de las tropas acuarteladas de la Real Fuerza. Una vez levantado el Convento de San Francisco (1548), su descampado adjunto, muelle de carga-descarga para galeones y semanal mercadillo, pasó a llamarse Plaza de San Francisco. Para resguardar el silencio durante la oración de los monjes, el mercado y su bullicioso mundo fue desplazado a un cercano descampado conocido entonces como Plaza Nueva y hoy como Plaza Vieja (1559) donde pasaron a congregarse algunos edificios de soportales bajo miradores y celosías de madera al estilo canario. Póximo al Castillo, los jesuitas crearon un seminario, frente al cual existía ya un canal de abastecimiento de agua potable que en aquel punto entroncaba con la Zanja Real. Una suerte de aliviadero que encharcaba la zona con agua sobrante, y que vino por ello a recibir el nombre de Plaza de la Ciénaga, posterior centro neurálgico de convivencia ciudadana conocido como Plaza de la Catedral a partir de su desecado y cubrición de atajeas. El edificio iniciado como seminario jesuita acabó siendo la Parroquia Mayor y finalmente Catedral de la Habana con los propios planos por ellos trazados, tras la expulsión de la Compañía de Jesús por Carlos III. (1788).

El sistema de flotas y expediciones a partir de 1561 va a variar de itinerario. Zarpa de Sevilla dos veces al año, una con destino a Veracruz, conocida como Flota de Nueva España y otra con destino primero a Nombre de Dios, después a Portobelo, conocida como Flota de Tierra Firme. Desde 1574 cada una de ellas navegará protegida por su Capitana en punta con bandera en palo mayor, y su Almiranta atrás cerrando el despliegue con su Cruz de Borgoña en el trinquete. Reunidas de nuevo en la Habana sus naves artilladas vuelven en conserva  hacia Sevilla ahora bajo la denominación de “Flota de Indiaso Carrera de Indias. El peligro corsario se ha multiplicado, pero las precauciones defensivas y tácticas, tambien. Una vez en mar abierta, enfilaba la Flota hacia Florida hasta atravesar el peligroso canal de las Bahamas y seguir costa adelante para  tomar rumbo oceánico hacia el Cabo San Vicente en la costa S.O. de Portugal. Los “Galeones de la Plata”, naves reales revestidas de plomo e identificadas con doble fanal, navegaban en medio de este despliegue naval arropadas por el resto de navíos para su defensa a ultranza. Ellas portaban el preciado metal con que los comerciantes de Lima y México habían pagado en  Portobelo y Veracruz los productos peninsulares adquiridos o contratados en sus ferias. Ellas atesoraban en moneda y lingotes de ley, junto al Quinto Real, todas las demás tasas al beneficio minero y comercial que como súbditos de la Corona debían pagar  << nuestros súbditos de estos reinos >>. A su paso por las Azores tomaba aguada la Flota en la Isla Tercera, donde se “hacían lenguas” de las velas avistadas en su entorno los últimos meses… Quedaba la etapa más peligrosa del periplo, donde piratas y corsarios berberiscos, franceses, holandeses e ingleses, aguardaban como caimán a boca de caño, el más importante botín del mundo. Siempre a la espera de una dispersión de velas bajo temporal, o el malhadado retraso de cualquier merchanta averiada,  para caer sobre el animal herido. Porque la flota desplegada en orden y formación de avante, solo podía ser atajada por otra formidable formación naval, inexistente a la sazón. Solo despojos podían apetecer de ellas los merodeantes y osados corsarios. En tierra, la construcciòn del Castillo de San Salvador de la Punta (terminado 1600) y sobre todo el poderoso Castillo de los Tres Reyes del Morro (terminado 1589) eran una poderosa arma disuasoria de piráticos empeños en el entorno portuario de la habanera Llave de América.

Los miles de tripulantes, militares y pasajeros de la “Flota de Indias”, permanecían largas temporadas en La Habana, a la espera del tiempo propicio para hacerse a la vela. Esos meses de febril trasiego humano, potenciaba el comercio y enriquecía a sus ciudadanos. Los transeúntes consumían viandas, además de adquirir productos locales de neto valor añadido en España. Los barcos regresaban repletos de los preciados “ultramarinos”. Pero tras la marcha de la flota, escaseaban en tierra los alimentos y mercancías, lo que potenciaba una severa inflación estacional, además del brote de fiebres y contagios contraídos de la población flotante. La llegada cíclica de nuevos colonos y esclavos negros, lograba regularizar las compras compulsivas de un mercado convulso. El tabaco y la ganadería porcina y vacuna, estaban convirtiéndose en el motor  de progreso del agro cubano, y lo iba a ser por más de una centuria. La plantación de caña de azúcar con sus ingenios y trapiches, pujaría más tarde con renovado impulso la producción isleña, a la vez que incorporaba numerosas familias canarias portadoras de técnicas experimentadas de producción azucarera al crisol étnico de Cuba.

En 1586 el pirata inglés Francis Drake aparece con su escuadra de 30 naves frente a la bahía de La Habana. Las nuevas fortificaciones de la ciudad y la presencia de 900 arcabuceros detectada por sus infiltrados escuchas, le decide a buscar otra presa mas facil y rentable para su sindicato de Plymouth. En retirada la flota inglesa, es capturada por naves españolas salidas en su persecución una urca rezagada, cuya tripulación es traida a la ciudad para ser ahorcada.  Alegando que no han causado daño alguno, será su vida perdonada a cambio de trabajos forzados en la construcción de la muralla. En 1592 Felipe II le concede el título de ciudad y la proclama como Llave del Nuevo Mundo y antemural de las Indias Occidentales, dando a la imprenta y al halago en campo de azur, sus tres castillos de guarda y la llave de oro que representa su acceso como antesala de América. Los 4.000 habitantes que alberga por entonces La Habana, pasarán a 30.0000 un siglo después, y a 75.000 en 1775.

La plaga corsaria con sus múltiples imposturas, añagazas, y tretas o disimulos, había obligado a imponer en los puertos españoles toda una gama de intercambios de señas y contraseñas entre las naves en arribo y la autoridad portuaria, en evitación de subrepticios engaños. Banderas arriadas, gallardetes equívocos, flámulas e insignias castellanas, para colarse de matute en puerto ajeno donde cometer sus fechorías al arrimo del factor sorpresa. Experimentados por estas prácticas delictivas en carne propia, los puertos antillanos impusieron para el acceso de velas entrantes todo un protocolo a base de salvas de las baterías de costa, para que las naos entrantes << amainen y hagan señales de paz >> inconfundibles. A esta señal debían responder con otra salva a bandera izada, caso contrario serían cañoneados. A partir de la infiltración pirata del jamaicano John Davis en San Agustín de la Florida (1668), se impuso además la prohibición de entrar o salir de puerto durante las horas de noche, del ocaso al orto. Después del ocaso quedaba suspendida la actividad del surgidero: todo barco entrante debía esperar a la salida del astro diurno para solicitar entrada. Mandaría entónces un bote a la comandancia del puerto, que identificara nave matriz, carga y capitan, solicitando para ella el correspondiente permiso de entrada. A partir de 1680 el protocolo se vería complejizado con el acceso de las escuadras de la Guarda de Indias. La nao capitana de la Armada de Tierra Firme, con su bandera en el tope del mástil, al acceder a La Habana, debia disparar una vez frente al Castillo del Morro y otras tres al dejarlo por babor rumbo a la bocana; en tanto que si era la capitana de la Armada de Nueva España dispararía dos y tres veces respectivamente en idénticas posiciones y con la misma enseña izada. Estas órdenes, emitidas por el Gobernador y Capitán General de Cuba eran secretas y trocadas con frecuencia en evitación de su descifrado por espías y corsarios.

 
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Contexto Histórico de Puerto Rico – III

En 1595 Francis Drake, John Hawkins y Thomas Baskerville con 28 naves, 1500 marinos y 3000 soldados de tierra, salen de Plymouth, núcleo de su sindicato corsario, rumbo al Caribe. Vienen  “de negocios”. Su inoportuna aguada en las Canarias pone sobre aviso a la caballería de la costa, una de cuyas patrullas embosca y captura la tripulación de un bote. Por ella conocen que la Flota se dirige al Caribe. De Canarias salen apresuradamente pataches de aviso rumbo a España y Puerto Rico – La Habana. Apenas unas semanas mas tarde, parten a su vez de Cádiz cinco modernas fragatas, pequeñas pero fuertemente artilladas, muy marineras y rápidas, que alcanzan a los rezagados de la flota inglesa a la altura de Guadalupe. Con la vieja táctica de todo descuidero naval, capturan una de las naves e interrogan a sus hombres. Por ellos conocen el peligro que se  cierne sobre Puerto Rico. Saben los ingleses que la nao capitana de la Flota de Tierra Firme ha entrado en aquel puerto de arribada forzosa. Desgajado de su troncal Armada tras correr un temporal, el maltrecho galeón Nuestra Señora de Begoña, ha entrado en puerto con tres millones de pesos en su bodega. Fabulosa presa en puerto desprevenido para consumados depredadores como Drake y Hawkins. La alarma cunde en las Antillas, y la Capitanía General de Puerto Rico, ignorante de la ayuda peninsular en curso, se apresta  a defender la plata del Quinto Real. Solo cuenta con veinte cañones, 400 soldados, 300 vecinos armados, los 300 hombres del galeón averiado, algunas naves obsoletas y una muralla en construcción. Cuando arriban inopinadamente las fragatas reales con su ondeante cruz de Borgoña, eclosiona el optimismo entre los defensores. Hunden en la bocana el galeón averiado junto a varios buques viejos que yacían anclados en su dársena. Fondean acoderadas en línea las fragatas para poder batir con series de andanadas la bocana de la bahía. Y esperan. Dos semanas después aparece la armada inglesa, que va a ser debidamente recibida por las baterías de costa. Un certero disparo  impacta la nave de Drake, que sale ileso, pero mata a los dos capitanes que a bordo con él preparan la escaramuza. Maniobra la flota para quedar a resguardo de los cañones costeros, y llegada la noche, sus hombres largan barcazas y botes al agua. En el sigilo y la oscuridad llegan a las fragatas y las prenden fuego. Arden dos, pero las tres restantes logran sus hombres salvarlas, no sin pérdidas humanas. El resplandor del incendio descubre la posición de las barcazas inglesas que reman de vuelta a sus barcos: serán acribilladas por fuego cruzado de cañones, arcabuces y mosquetes. Drake se retira dejando atrás 400 muertos la primera noche. Intentará sucesivos desembarcos sin éxito. Definitivamente leva anclas días después y se pierde mar adentro. Durante el asedio ha muerto Hawkins por enfermedad. Drake no regresará más; el Quinto Real se ha salvado. Persuadido de la insuperable dificultad del asedio, emprende ruta hacia la Habana y Tierra Firme.  Pero su buena estrella que tantos años le había alumbrado, llega ahora a su fin. Drake muere de disentería en Portobelo. Baskerville regresará a Plymouth un año después. Tras dura retirada, enfermo y sin víveres, al mando de ocho naves de hambrientos, llega a puerto con los sobrevivientes de la última aventura comanditaria de Drake y Hawkins.

Quien si viene a San Juan es su compatriota George Clifford, Conde de Cumberland, dispuesto a convertirla en un fortificado bastión británico. Tres años después (1598), con una armada de 21 barcos, intenta una invasión fallida de la isla, aunque logra saquear la ciudad, de donde es finalmente rechazado. Sí logra, en cambio, capturar la ciudad pero no rendir su castillo, una flota holandesa al mando de  Boudewijn Hendriksz (1625), en el mayor desastre sufrido jamás por esta capitanía. El sanguinario corsario, que viene con idea de quedarse y expulsar a los españoles, no quiere prisioneros que a la postre puedan constituir un enojoso sustrato quintacolumnista. Como es fama que desde antaño actúan sus compatriotas, degüella y asesina ciudadanos a medida que los sorprenden ocultos en recovecos y escondrijos; si encuentra heridos, los remata: no hay clemencia. La desaforada ralea todo lo escudriña y saquea, destruye o roba. Incendia la catedral, arrasa la gran biblioteca episcopal, joya inapreciable de la Capitanía, único paliativo a su sed destructora. Pero el gobernador no capitula. El holandés retira la flota invasora sin haber conseguido rendir la Fortaleza del Morro, dejando tras de sí la desolación de su rabia en forma de tierra quemada. Este desastre puertorriqueño potenciará nuevamente la fortificación de San Juan (1634), que completa su cerco murado con nuevos bastiones perimetrales escalonados y una Puerta de Tierra constituida por el fuerte San Cristóbal dotado de bastiones, foso, contraescarpe y puente levadizo de media luna: la Capitanía no debe ser nuevamente sorprendida por tropas enemigas venidas desde el este por tierra. La ciudad tras el desastre holandés se rehace lentamente; medio siglo después cuenta ya con una población de 5000 habitantes.

Otras gentes en busca de libertad, llegan a San Juan sobre precarias embarcaciones toscamente armadas cuando no robadas, desde las plantaciones de las Pequeñas Antillas, ocupadas por franceses, ingleses, holandeses y daneses a partir de 1625. Negros cimarrones  que huyen de una esclavitud irredenta, son manumitidos por el Gobernador de Puerto Rico en nombre del Rey de España e Indias. “No parece decoroso que el Rey reduzca a esclavitud a gentes que se acogen a su amparo”, argumenta en defensa de su actitud, en conflicto con la Real Hacienda y los pingües beneficios que le aporta la trata de esclavos. Pero el criterio del Gobernador se impone para beneficio de cientos de evadidos cimarrones ahora libres, que van a sedimentar con su impronta la vida puertorriqueña. Más tarde se perfeccionará por Real Orden el procedimiento de acogida. Deberán los fugitivos de color asumir la fe católica, bautizarse y jurar servir fielmente a la Corona. La construcción masiva de las murallas necesita brazos, y los nuevos que llegan son bienvenidos para incorporarlos al trabajo de la ciudad y los campos como súbditos libres asalariados. A los varones, se les proporciona material de construcción para su bohío, tierra y aperos para labrarla. Dispone el Gobernador que estos libertos formen colonia a parte, extramuros del recinto urbano. Son gentes pacientes, trabajadoras, personalmente aseadas y muy leales a la bandera que les acoge. Se casan entre sí y constituyen familias de numerosa prole. Se les organiza militarmente en partidas según procedencia, e instruye en el ejercicio de la guerra y el uso de los cañones. Más allá de la Puerta de Tierra y sus escarpes y fosos, empieza a cristalizar una doble hilera de bohíos que serpea junto al camino de salida. El rancherío viviría del cultivo de hortalizas que vende en el mercado de San Juan hasta el año de 1780 en que fue barrido por un huracán y sus negros dispersados.

Los Franciscanos, luego de ver martirizados por  caribes a cinco de sus frailes tras el incendio del cenobio de La Aguada, han abandonado esta población y empiezan a construir en San Juan (1634-42) un hermoso conjunto de convento e iglesia conventual. No han ido a Puerto Rico solo para ser mártires, sino además pastores de almas. La nueva construcción se convertiría en  residencia transitoria para los frailes que vendrán a misionar las  Américas, tras morar temporalmente en esta sede episcopal. Por ella también pasará en 1749 Fray Junípero Serra, el apóstol de las Californias. Las consecuencias de la nefasta desamortización del ministro Mendizábal (3ª década del S.XIX) en la metrópoli, propiciaría la demolición de estos edificios abandonados ya a finales de dicho siglo.

En 1678 una flota inglesa bajo el mando del Conde d´Estrees que pone cerco a San Juan, es dispersada por un huracán, cuya gestación y desarrollo estaba siendo estudiado y seguido desde el Observatorio de La Habana, regido por jesuitas. Mas tarde estas experiencias sobre gestación y decurso de los huracanes caribeños serán llevadas a Puerto Rico, donde ya existía una arraigada observación natural de estos fenómenos por el pueblo taino. El comportamiento anómalo de los animales, los halos lunares y el olor característico del mar previos al fenómeno, hoy plenamente incorporados con nuevos aportes atmosféricos a la predicción mundial de sismos, empiezan a ser ya seriamente considerados en todo vaticinio de huracán caribeño. El propio Colón había observado en los delfines que “van huyendo por la superficie del mar hacia la orilla” una señal de cercana tempestad. Desde el Observatorio del Colegio de Jesuitas de Santurce se llevará a cabo un riguroso estudio de los fenómenos atmosféricos presentes en la confluencia estratégica Atlántico – Caribe, hasta su expulsión de Puerto Rico bajo Real Decreto de Carlos III.

En 1797 el Almirante Ralph Abercromby al mando de 64 naves y 7000 hombres intentará un nuevo asalto inglés a San Juan, pero es repelido por su guarnición. Esta vez colaboran al unísono otras poblaciones y ciudades  de la Isla, enviando hombres y pertrechos. Bien organizados por su Gobernador en compañías de morenos autóctonos, negros cimarrones acogidos de las antillas menores, indígenas tainos, artilleros e infantes de la Guarnición de Asiento, junto a los vecinos armados que por tradición siempre responden ante circunstanciales peligros, presenta la ciudad una defensa compacta, que se multiplicará por las playas extramuros y baluartes costeros en pugnaces partidas a caballo con base en las haciendas, que atacan al inglés y desaparecen. Dos semanas durará el asedio, tras el cual levanta la escuadra el cerco y se hace a la vela hacia otras costas. Abercromby justificará ante la Royal Navy su fracaso, aduciendo la inutilidad del asedio a “un enemigo bien preparado, protegido por sólidas murallas y poderosamente armado.”

Tras la Ilustración, el siglo XIX verá consolidar un notable crecimiento poblacional de la isla y su ciudad capital, triplicado en apenas el último medio siglo. Los hatos realengos que rodean el camino de tierra de San Juan, empiezan a ser retomados y demolidos por la Corona para usufructuarlos o adjudicarlos a los emigrantes católicos irlandeses y franceses que van llegando a Puerto Rico al hilo de la nueva situación internacional imperante. Huyen los primeros de la inseguridad que en las antillas menores ha traído la guerra de independencia norteamericana; con ellos llegan nuevos impulso y capital para el cultivo de la caña. Lo hacen los segundos a causa de la cesión de La Luisiana, o de la revolución de Haití y las matanzas de hacendados blancos que los esclavos  alzados, perpetran en esta parte de La Española. Aportan, además de valiosos contactos comerciales, hacienda y esclavos francoparlantes fieles, que con sus amos deciden proseguir aquí su tradicional industria del azúcar y el café, mientras se hunde el hasta ahora competidor mercado haitiano que atrás dejan. Pero llegan también a Cuba y Puerto Rico españoles y criollos de elevado poder adquisitivo y social que se alejan del caldo de cultivo preindependentista que palpita en el mundo continental novohispano; vienen a invertir sus haberes en esta su nueva tierra de adopción. Liberalizado el comercio durante el reinado de Carlos III (1765), se crea con las inversiones de los recién llegados y sus parientes peninsulares la Real Compañía Barcelonesa de Montserrat,  que acapararía un elevado porcentaje de las mercancías que iban a fluir de o hacia la isla, con nuevos puertos peninsulares autorizados para el contacto, pero también desde y hacia otras naciones y colonias.

Muchos de los ingenios azucareros trabajados durante generaciones por afroamericanos  libertos o no, pero tradicional mano de obra para las plantaciones de caña de azúcar y sus derivados, sobre todo tras la abolición de la esclavitud, iban a engendrar en su derredor verdaderas unidades sociales que bajo forma de poblados o rancheríos animistas, capilla medular incluida, cristalizarían mas tarde en forma de pueblos diseminados por resguardos y laderas estratégicas del paisaje, característicos del agro caribeño.

Hoy el San Juan histórico, conocido familiarmente como “el viejo San Juan”, es uno de los Patrimonios de la Humanidad, y representa una rica muestra del hecho cultural español en América. Decano sin duda, en el algoritmo cultural norteño que actualmente conocemos como Estados Unidos de América.