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Contexto Histórico de Nueva Cádiz – IV

Las primeras noticias documentadas sobre la agonía del negocio perlífero de Cubagua y el consiguiente éxodo de sus pescadores datan de 1537. La Real Audiencia de Santo Domingo autoriza por esas fechas el establecimiento en el Cabo de la Vela de las pesquerías que solicitan abandonar Nueva Cádiz, con sus 900 buceadores indígenas y 37 canoas. Nuevamente los registros conservados de aquellos señores de las canoas,  trasplantados con subalternos y servicios a la región guajira, delatan su conexión con la Baja Andalucía desde la linde del Guadiana a Cádiz. A orillas de la Laguna de San Juan va a establecerse en forma de ranchería el futuro pueblo, similar en sus orígenes a Cubagua, hasta ser consideradas ambas una misma cosa. También aquí van a prevalecer los buceadores indígenas, libres o forzados, altamente dotados para la inmersión a criterio de mayordomos y señores. Con una mortandad y deserción elevadas, los reincorporados a la granjería, mayormente pescadores forzados, serán comprados en Curazao y sus Islas de sotavento o capturados entre las etnias periféricas. Los indios de su contorno, hostiles a los nuevos pobladores costeros de la Nueva Andalucía, eran a la vez favorecidos cazadores de ojeo. La dura vida del pescador de perlas, la imposición de los canoeros, los ataques de escualos, la mordedura ponzoñosa de peces coralíferos, las riñas y pendencias étnicas o tribales, el propio buceo continuado, eran accidentes que acababan con el setenta por ciento de los buceadores. Raro era quien sobrevivía para superar aquel cerco diabólico, tras el cual se les permitía labores de arreglo, limpieza y mantenimiento de las pesquerías. El creciente número de negros bozales incorporados, constituía la mano de obra indiscriminada de los toderos, gente para siembra y labranza, la tala y acarreo de leña, distribución del agua, pastoreo de ganado, obra pública, pero raramente buceo. Considerábanlos gente de mucha fuerza, capaces de soportar el trabajo sin protestas ni escaqueos, por duro que fuera el caído en suertes. Muchos de aquellos negros esclavos, laboriosos y hábiles artesanos, se acogerían al edicto real de gracias al sacar, para comprarle la libertad a su dueño con el beneplácito selectivo de muchas indias de servicio, que acabaron con ellos maridando en libertad. Huella de su buen hacer serían las múltiples manualidades, desde medallas o arracadas a cucharillas y cofrecillos de nácar, que Cubagua primero y Riohacha mas tarde, producirían en abundancia.

Una nueva crisis sísmica acaecida la noche de navidad de 1541, apuntilla la declinante vida poblacional y económica de Nueva Cádiz con un nuevo maremoto que deslava su solar. La poca mano de obra, indígena y negra, que restaba tras el éxodo a la Guajira, Margarita, Araya, Cumaná y Trinidad, desaparece con el súbito envite marino. Con la llegada del nuevo día se percatan en Porlamar de la catástrofe. A lo largo de su litoral pueden verse sobrenadar grandes chinampas de yerbajos resecos y maleza enmarañada, grandes manchas flotantes donde se aprecian toneles, fardos, maderas, canoas volcadas, enseres domésticos, aves de corral muertas, arrastradas por las corrientes costeras… además de algunos cadáveres flotantes de las víctimas. La mayoría de sus archivos capitalinos se habían perdido con la marea: el ayuntamiento, la aduana, la iglesia matriz, el convento franciscano, ven desvanecerse entre las aguas un tesoro informativo que va a sellar con su vacío el futuro de aquella aventura humana. Nuevamente serán los margariteños quienes arramblen con los despojos de nadie, hallados entre aquellas enjutas paredes mudas.  Este es el panorama que encuentra Orellana y su gente en su desesperada busca de puerto donde carenar sus bergantines, tras su accidentado descenso desde el Alto Perú por el Coca-Amazonas. Los restos de Nueva Cádiz, conocerían para propagar al mundo la noticia del encuentro y lucha de aquel puñado de cadáveres vivientes contra las amazonas, las hembras guerreras interceptadas en mitad de la selva.

 

FIGURA 12: RUINAS DE NUEVA CÁDIZ

 

Un estertor postrero acaecería dos años mas tarde, cuando apenas subiste entre sus ruinas alguna decena de moradores, incapaces de defenderse de la avalancha hugonote que se les viene encima. Vienen los calvinistas franceses en tres barcos dispuestos a rescatar las famosas perlas de Cubagua…cuando hacía años que ya no existían. Solo alguna solitaria canoa indígena, compartida por buceadores blancos e indios, rebañaban por aquellos días las últimas ostras del fondo marino. Conscientes de su soledad e impotencia, poco tiempo van a tardar los hábiles canoeros en diluirse ente los manglares margariteños tras percatarse de las velas corsas. Presa de la rabia, la horda predatoria  cae sobre la ribera, roba los vasos sagrados, atriles y candelabros de las iglesias, destruye sus imágenes sacras y pone fuego al despojo de Nueva Cádiz, no sin la ayuda de cierto licor oleoso conocido como petrolio, que manaba espontáneamente al oeste de la isla. La evidente soledad no era fiel compañera en aquella isla ni aquellos tiempos de violencia y rapiña cruzadas. El abandono definitivo de la isla, sería total a partir de este incidente, que acabó por calcinar los pocos documentos escritos que aún hubiera podido aportar la primera ciudad de Suramérica. Erosionados tapiales, míseros diógenes entre ellos cobijados, y perros hambrientos sin dueño, sería el  legado futuro a los ojos del secular viajero.

Hoy quedan solo surcos y muñones alineados de sus ruinas. Aquella ciudad puntera alcanzó su cenit con más de mil quinientos ciudadanos censados, sobre un damero superficial de  trece hectáreas. Adaptado su casco a la suave orografía de la costa, sus calles aparecen trazadas según los vientos dominantes del este y del norte. Orientado al levante su frente principal,  presentaba siete cuadras  por cinco de su frente norte.  La iglesia mayor dedicada al Apóstol Santiago, la capilla del convento de San Francisco de Asís, y la Ermita de la Purísima Concepción, constituían los tres templos votivos de la ciudad, construidos con la coquilla coralina de sus mejores tiempos, extraída de los fondos aledaños, trabada con argamasa de cal. El edificio del Ayuntamiento, con cárcel y aduana, ocupaba la cuadra central del frente sur. Ante él, el embarcadero principal del puerto; detrás, la Plaza Mayor con su rollo justiciero y la iglesia parroquial de Santiago.

FIGURA 13: LO QUE QUEDA DE NUEVA CÁDIZ

 

Como contrapartida Cumaná, la ciudad del continente que le toma el relevo colonizador a Nueva Cádiz, será bajo diferentes nombres y fundaciones varias veces destruida por los  cumanagotos, cuando no por los temblores de su suelo. Pacificada la grey indígena, son protagonistas los frailes, que aclimatan en su misión las semillas traídas de La Española y Canarias. Las siembran  en viejas canoas indígenas, colmadas de buena tierra y suspendidas a proa y popa por cordámenes de palma. Es su manera de resguardarlas de malas yerbas, gusanos, bachacos y toda hormiga maligna que pulule por el suelo tropical, imposibilitadas de trepar por las embetunadas estacas que les sirven de soporte. Simientes que habían de constituir un vivero universal para los colonos que las llevan en sus seras campesinas Tierra Firme adentro. De su costa partirían aventureros hacia el interior continental tras el oro y la captura de esclavos, pero también pacíficos colonos peninsulares y canarios con sus familias y siervos, en busca de tierras fértiles y convenientes donde medrar, portando sus enseres, semillas, ganados y animales domésticos. Pero por encima de todo, su voluntad de arraigo, afianzada en el instinto natural del rústico que busca medro, habiendo dejado atrás la miseria de su origen.

Aquellos primeros años de permanente frontera, ofrecen a los pobladores europeos el contexto natural con el que han de enfrentar su rol colonizador. Los años pasados en las islas, han actualizado la vieja simbiosis del perro y el campesino. En su marcha hacia el interior, los pioneros colonos llevan sus alanos, compañía y guarda inigualable de ganados y personas contra nuevos peligros, en la marcha de día o en la acampada nocturna. Cánidos provenientes del Imperio Sármata del Asia Central, que habían llegado a la Hispania romana en el siglo V de nuestra Era con el  invasor pueblo alano. Compañeros históricos inseparables en guerras y pastoreo vacuno de aquellos hispanorromanos, conocidos después como castellanos viejos, pisaban ahora las nuevas tierras de Indias. Perros de agarre o presa, capaces de tumbar un toro o un oso, pero también de diente, empleados en la caza del jabalí o del venado, defensor aguerrido de las reses frente al depredador ocasional, y a sus dueños en todo tiempo frente al inesperado intruso.

En las expediciones hacia el interior, tanto la hueste exploradora como la comparsa de colonos que tras ella avanza con ganados y enseres, llevan siempre una escolta de sufridos y recios alanos. Perros en retaguardia, donde los enfermos y las reses recién paridas lastraban y retrasaban el avance principal del grupo, al decir del historiador de Indias. Pero abriendo también la marcha con su presencia y su olfato, capaces de levantar indios apostados entre los carrizales, o ladrar tozudamente frente a su nicho oculto. De morro chato y oreja corta, resistentes a la enfermedad y al sufrimiento, desconfiados frente al extraño, sumisos y entregados a su dueño, vigilaban el campamento, rastreaban sendas ignotas, olfateaban sotobosques y manglares, cruzaban y avizoraban la selva, oteaban el peligro de grandes felinos en los humedales, se enfrentaban a los pumas y a los báquiros, o capturaban chigüires y armadillos para alimentarse ellos y la hueste. Canes que se paran o ladran ante los miméticos reptiles del camino, que acompañan en silentes incursiones al séquito de flecheros que caza monos aulladores o aves en tránsito por la cúpula arbórea, que gruñen inquietos al nativo interceptado por los guías. Los alanos, siempre desconfiados frente a la actitud circunspecta del indígena, vuélvense agresivos según vean su actitud y estampa. A pesar de los lazos comunes de las naciones indias, la talla distinta, el tinte más o menos atezado de su epidermis, sus penachos, su poncho o su ruana, y sobre todo la mirada, esa mezcla de calma e indolencia propias de cada etnia, trocada en inquietante tristeza y ferocidad del pueblo caribe, tan magistralmente descritas por Humboldt, eran características que los alanos sabían filtrar sutilmente con su instinto. Frente a ellos, emitiendo prolongados gruñidos de repulsa, galvanizado, mostrando sus incisivos, el alano permanecía tenso, inmóvil y atento al menor gesto de su amo. Tal era su valía y confianza para la gente de a caballo que custodiaba las marchas, que muchos de aquellos perros eran tratados bajo soldada junto a su dueño, con paga y rancho como otro integrante más de la hueste armada. Equipados para ello con carlancas, cabezales encuerados de aceradas púas, o petos de algodón cinchados, entraban en lid contra el indígena o la fiera al azuce convenido del amo. Era tal la simbiosis con su perro, que más de un dueño desesperado por el hambre, hubo de sacrificarlo para subsistir, pero no pudo ingerir bocado tras haberlo muerto. El vacío dejado por el fiel camarada, asiduo lamedor de sus heridas y las propias, se imponía tras su muerte, amargando a veces el instinto vital del dueño. Aunque en el incierto horizonte de la conquista, esa misma lealtad era causa de su perdición, cuando perseguido de salvajes, el perro manifestaba con sus latidos  el retiro donde se ocultaba el dueño. En todo caso, las jaurías del poderoso alano, junto al enhiesto jinete de la caballería y el lento pero horrísono arcabuz de los infantes, es fácil comprender que provocasen pánico invencible entre los indios de la Tierra de Gracia. Ante tal maquinaria de guerra, solo cabía contra el invasor la emboscada, el engaño, la añagaza y la unívoca y súbita concurrencia masiva de  ululantes guerreros en algara, dispuestos a matar y morir con su macana en las manos. La antorcha vendría después a purificar en muchos casos las huellas dejadas por el invasor en los campos de Marte.

FIGURA 14: LA CUMANÁ FRONTERIZA

 

Como en la Cumaná fronteriza, aquellas oleadas de colonos, introdujeron el ganado vacuno, los cerdos, los caballos, además de las gallinas, palomas, pavos, perros y gatos que con ellos traían. Avanzaban en caravanas a pie o a grupa de asnos y mulos las mujeres y los niños, penetrando la geografía hacia los llanos del interior o las selvas del Orinoco. Allí iban a revivir las viejas secuencias pugnaces frente a nuevas tribus, gentes primitivas que defendían su libertad de la única forma que sabían hacerlo, como lo habían hecho a lo largo de la historia sus mayores. Solo los misioneros iban a saber sobrevivir entre paces alternativas con los indios, desterrados en aquellas fronteras sociales engullidas por la selva. Muchos años después serían visitados y sorprendidos en propio ambiente por el gran Humboldt, admirado confeso de la abnegación y entrega de los misioneros a los también vasallos de aquellos reinos, sus semejantes.

La desbandada poblacional de Nueva Cádiz había alcanzado en parte a Margarita, donde adquirió solares y tierras para la ganadería o la siembra. La próspera cabaña soñada por su lejana gobernadora y conseguida en pocos años, iba a coincidir con la aparición de nuevos ostrales de aljófares en la isla de Coche (1575), explotados desde Pampatar. Hacia mediados de centuria habíase consolidado ya la novedosa industria margariteña, no ajena a la experiencia perlífera aportada por los venidos de Cubagua. Suponía ello el necesario efecto llamada sobre inversores y colonos que iban a propiciar la repoblación y el  despegue económico de la isla. En pocos años Margarita aportaría la mayor parte de los animales y aprovisionamiento demandados por las expediciones a Tierra Firme. Lamentablemente el efecto llamada tuvo su eco endémico entre los bucaneros y perros del mar, razón por la cual hubo de fortificarse su costa. En uno de estos lances defensivos perecería el propio gobernador de la isla, luchando contra el pirata inglés William Burg (1595).

Desde Cubagua al principio, Margarita después, habíanse nutrido flotas expedicionarias Orinoco arriba o costas de Trinidad avante. Nueva Cádiz había filtrado en sus cortos años de dinamismo repoblador, cientos de colonos y misioneros en continuo avance hacia la nueva tierra prometida, el nuevo país del oro, o las nuevas almas que catequizar, con la misma eficacia que había trasladado sus haciendas perlíferas desde el Cabo la Vela hasta Riohacha o Pampatar. De Margarita partirían las expediciones y fundaciones de un Antonio de Berrio imbuido de sueños sobre El Dorado. Heredero del Adelantado Jiménez de Quesada y sus títulos de fundador de Bogotá y Gobernador de El Dorado, remonta el Orinoco tras la mítica ciudad de Manoa, la supuesta capital del reino del oro, dejando asentamientos humanos de apoyo en Trinidad y la Guayana. Al final de su vida sería engañado por el británico Walter Raileigh, otro acérrimo embaucador de leyendas indianas, que había aprendido español para mejor buscarlas. Quiere para sí el áureo reino de los omaguas, y trata por ello de borrar y destruir las huellas colonizadoras del español. Conducta que habría de costarle la vida, condenado al hacha del verdugo por  desobedecer a su Rey.

El paleño Diego Fernández de Serpa, próspero armador de Nueva Cádiz y encargado de la defensa por mar de las islas, dará la batalla a los piratas a quienes perseguirá sin cuartel por todo el Caribe durante siete años. Nombrado Gobernador de Nueva Andalucía por capitulación, deberá conquistarla y poblarla a expensa propia. Habiendo levado anclas en Sevilla, los escasos españoles, mestizos y guaiqueríes que con otros  indígenas ladinos poblaban la ranchería de Cumaná, verán entrar en su abra cinco naves de porte con abundante gente, ganado y bastimentos. Vienen a trazar sus calles, solares y plaza, y levantar la nueva ciudad de paja y palma, iglesia y cabildo, que venían a fundar por real designio (1569). Experto conocedor del entorno posibilista, había elegido Margarita como centro masivo de abasto, y a ella arriba con solo hombres y naves vacías de bastimento. Llegó a Margarita…en donde compró ochocientas vacas a entregar en los llanos de Venezuela…los soldados que pudieron ir, se proveyeron de caballos en esta isla, en la que estuvieron ocho días…iba a ser la actitud mantenida por el nuevo gobernador y su hijo y heredero, convirtiendo la isla en su invariable granero.

Pasado el ecuador del siglo, de Margarita partirían gentes castellanas o indígenas, mestizos como Francisco Fajardo, que con suerte varia van a intentar poblar el litoral central. Llevan en sus macutos semillas de cítricos, hortalizas, retoños de cambur, aclimatados por los frailes en los cenobios de cabecera. Aquellos miméticos monjes, cuyo ora et labora a todos enriquece, asesoran al labriego que a ellos acude. Otras veces, son los activos africanos de comparsa quienes traen las añoradas raíces, frutas y tubérculos de su infancia, cuando no los mismos indios de la comitiva que se hacen acompañar por aves del corral familiar. Van creando pueblas, trazando asentamientos, escoriando carrizos, marcando hatos, metiendo fuego desbrozador a la sabana para  tornarla productiva, ocupando el vacío verde y la nada humana, reinos estables de la corocora, el váquiro y el chiguire o el puma. Gentes anónimas que con su actividad, su paciencia o su apatía congénitas, hicieron un mundo, el Orbe Novo que intuyera el humanista lombardo Pedro Mártir de Anglería.

 
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Contexto Histórico de Cartagena de Indias – III

Con la Batalla de Lepanto, “la mas grande ocasión que vieran los siglos”, ganada por los cristianos reinos frente a turcos y berberiscos (1571), las galeras del Papado,  Venecia, Génova y España habían triunfado en toda la línea mediterránea tras medio siglo de dominio otomano causado por la ambigüedad de Francia. Era la victoria de las naves de remo y vela frente a las naves mancas. Móviles y maniobreras en la encalmada, poco calado a prueba de navegación costera y acción directa con sus cañones de proa sobre enemigo enfilado tanto a bordo como en tierra, eran sus infalibles virtudes. Pero solo artilladas por proa y popa, perdían sus flancos la potencia de los cañones de andanada, ocupados ahora por dos niveles de poderosos remos. La experiencia de Felipe II trayendo galeras al Caribe, no iba a tener sin embargo el éxito deseado. Indudable contra la morralla filibustera, más que dudoso frente a naos piratas con veinte o más cañones por banda, las galeras armadas de Santo Domingo y Cartagena de Indias no habían de perdurar mucho. Serían reemplazadas por galeones de alto bordo con popa y proa realzadas para apostadero de fusilería. A la dificultad de conseguir galeotes penados o enemigos que forzar, la inapta disposición indígena para el remo contribuiría al fracaso de las galeras del Caribe, naos nunca repuestas tras la prueba bélica o el incendio aleve de su azarosa vida. Pero triunfan en cambio los champanes filipinos cuyos planos llegan desde  Veracruz a través de recién fundado Galeón de Manila – Acapulco (1565). Serán construidos en Cartagena y empleados en la navegación de cabotaje interior por el segundo tramo del Canal del Dique, impulsados a brazo partido por una docena de bogas, fornidos braceros pardos o zambos. En 1536 Gonzalo Jiménez de Quesada, fundador de Bogotá, había visto naufragar en las cambiantes bocas del Magdalena varios de sus bergantines de apoyo que trataban de remontar las aguas fluviales hacia la penillanura bogotana. Conocedor de la existencia de champanes en Macao por uno de sus pilotos, portugués navegado en los mares de China, consigue construirlos por primera vez en América. Pronto se convertiría en la embarcación por excelencia de aquella mutable red de venas fluviales. Pujando con pecho y brazos largas pértigas bífidas afianzadas al fondo, los bogas recorrían los bordos de proa a popa, llevando como única vestimenta sobre sus partes un incoloro guayuco. Conocedor de las  bondades marineras de la sutil chalana, el cabildo cartagenero logrará construirlas en su astillero según planos de Manila y toldilla de palma trenzada y hojas de vijao como solo los indios saben urdir, para resguardo del sol y los aguaceros, a fin de instrumentar la navegación de mercancía y pasaje por su canal interior.

A partir de la fusión de coronas española y portuguesa sobre la testa real de Felipe II (1580), llegan  a Cartagena nuevos comerciantes castellanos y criollos, además de lusos y judíos, expulsados estos últimos de España en 1492 pero acogidos en Portugal, que pueden ahora regresar a estas otras Españas. Su crecimiento es en esos años poderoso, y sus edificios se multiplican. Los primeros hornos de cocción de cal montados por los jesuitas años antes, estaban cambiando la estética ciudadana de los tradicionales techos caribeños a base de gamelote y caña. La bonanza económica levantaba ya los nuevos edificios en ladrillo o en cal y coquina. Canteras y hornos de cal van abriendo nuevas explotaciones en costa e islas de Barú y Tierra Bomba. En una cadena sin fin, bongos, barcazas y almadías se suceden para traer los materiales a la ciudad sin exponerse apenas  en aguas abiertas. La demanda de materiales es tal, que el Cabildo prohíbe que tejas, cantería y cal, sean utilizadas fuera de Cartagena. Por decreto del gobernador, los solares baldíos deberán ser  expropiados en plazo de un año para dar cobijo a las demandas de emigrantes que piden plaza… Pero en 1586 veinte velas de Francis Drake asoman frente al caño de  Boca Grande con sus 1.000 hombres de chusma y desembarco. La repetida estrategia del corsario inglés, inveterado jugador de ventaja, iba pronto a ser conocida en aquellos mares: apabullar con una flota numerosa a los hasta entonces desprotegidos enclaves costeros de su católica majestad, que poco a poco y en forzada circunstancia, irían desarrollando sus propias defensas al nivel de las fuerzas que ocasionalmente aparecen para atacarla, acción sistemáticamente rematada con la consabida “vacuna” de modelo francés. Flota corsaria cuya financiación había que rentabilizar a base de jugosas presas, cuantas más y menos pérdidas propias, mejor. En época de tregua europea como la que entonces reinaba, las ciudades fortificadas del Caribe no esperaban frente a sus baluartes otra presencia que las pocas velas de un ocasional perro del mar, en busca de su vital carroña. Pero la flota de Drake son palabras mayores. Sin previa declaración de guerra entre las partes, el gobernador se apresta a una resistencia desesperada. Tras su obligada revista a defensas y defensores, toma conciencia de que poca es la pólvora útil que conservan  y menos durará sin duda el fuego cruzado de sus cañones. El pirata inglés mete las naves en aguas interiores intentando aproximar cinco de ellas al casco urbano, pero una cadena sobre barriles flotantes protegida por el Fuerte del Pastelillo (entonces Boquerón), le impide acceder a la Bahía de las Ánimas y su marginal Plaza del Mar. Imposibilitado del fuego directo sobre la ciudad, opta el pirata por el apoyo de tropas mediante el tiro de piezas por elevación, mientras desembarca su gente en la playa de la Caleta. Manteniendo la cadencia de fuego y el batir de sus cañones allende la cadena sobre boyas del Pastelillo, avanzan por tierra los asaltantes hasta el Baluarte de Santo Domingo, por donde abrirán la brecha que franquee su penetración en la ciudad. Cuando los cañones enmudecen agotada su pólvora, las autoridades ciudadanas junto a la tropa y los últimos moradores, abandonan la ciudad camino del Turbaco. Acogidos por esta “república de indios”, desde ella tratarán de negociar y salvar lo salvable. Una vez cesa el cañoneo defensivo, la turbamulta corsaria se abalanza hacia el interior por la brecha para capturar la ciudad (1586), mientras arden encalladas las dos galeras que Felipe II había mandado desde España para combatir a los piratas…

Cuando los desembarcados ocupan Cartagena, los moradores se habían disipado entre los cerros del entorno, vieja táctica de sobrevivencia en todo tiempo. El corsario inglés espera, quiere parlamentar con los vecinos. Se impacienta y quema en primer aviso 200 casas de la periferia urbana para obligar a que los desaparecidos den la cara. Y en la espera, indaga personalmente los pormenores del entorno ciudadano, mientras su soldadesca saquea por doquier lo privado y lo público, desmontando campanas y embarcando cañones. Conocedor desde niño de la lengua castellana, rebusca documentos, misivas, cartogramas y derroteros en los archivos de la Gobernación y la Aduana. Descubre la correspondencia confidencial del gobernador portugués de las Azores que le comunica al español su paso por aquellas islas de “el pirata Drake” que navega por el Atlántico hacia sus aguas. Ser tildado de pirata…es algo que enfurece al flamante miembro del sindicato corsario de Plymouth y Southampton, de cuyos réditos participa su propia reina, junto a connotados cortesanos palaciegos que también le financian sus depredadores raides contra la Corona española. Estalla en cólera por la ofensa recibida y en un primer impulso demuele a cañonazos una de las naves de la catedral en construcción. A medida que se prolonga el mutismo ciudadano del exilio, sus cañones van tumbando nuevos arcos y columnas de la catedral, la gobernación y otras  fábricas de piedra que emergen sobre la Plaza del Mar. No tardará mucho en aparecer el obispo al frente de la comisión negociadora. Drake exige y apremia, no vaya a ser que llegue la artillada Flota de los Galeones con su guarda de cagafuegos, que anualmente viene con la flota de Sevilla desde 1579.  Sabe por los espías de su Majestad Británica  que recorre ya las costas de Tierra Firme, desgranando puertos desde Isla Margarita y Cumaná hasta Nombre de Dios y a veces Honduras, pero que se resguarda y aprovisiona en Cartagena mientras la ciudad monta sus famosas ferias. Con su inopinado arribo podría crear el caos de su escuadra, ya experimentado en su Veracruz de infausta memoria unos años antes (1568), de donde el entonces joven pirata escapó de milagro en insignificada urca, en medio de la debacle de sus naves hundidas. Pero los cartageneros reúnen al fin el monto exigido, doloridos por la escucha lejana de los cañones que demuelen día a día sus hogares y su preciada catedral. En documento redactado en latín, exige la ciudad al corsario el acuse de recibo del rescate pagado. Drake firma sin dilación y acaba por largar velas con su botín, antes que los galeones de la Real Armada apunten las suyas sobre el azul caribeño.

Dos años tardará Cartagena en tomar nuevo pulso, tras superar éste, al añadido desastre del último temporal del norte. Entrando por la brecha de Santo Domingo abierta por la hueste de Drake, las olas van arruinando el paño de la muralla a mar abierto y sus edificaciones próximas durante aquel invierno. Con el pase de temporales se reconstruye la muralla, y se establece una guarnición militar fija que recorre los baluartes, a fin de llenar el vacío defensivo con establecimiento alterno  de fusilería y bombardas. Hallado el deseado mineral de azufre, comienza a fabricarse en Quito la primera pólvora criolla, enclave de suministro seguro para todo el Virreinato del Perú, Panamá y Portobelo incluidos. Cartagena lo recibe sin peligro pirático por su silente y discreto Canal del Dique.

La Armada del Mar Océano o Guarda de la Carrera de Indias era operativa desde los tiempos subsiguientes a la “hazaña” de Jean Florín con el Tesoro de Moctezuma (1522). Aquellos primeros años se bifurcaba entre Santo Domingo y Cartagena. Mas adelante serán Veracruz y Cartagena-Portobelo sus metas. Cada año, zarpaban de Sevilla las Flotas de Indias en enero y septiembre y en mar abierta uníasele la Armada del Mar Océano, que había de custodiarlas hasta el Caribe. Con su nao Capitana al frente, su Comandanta cerrando flota, y pataches de órdenes y aviso, tomaba rumbo a las Azores navegando en conserva.  A la altura de Martinica o Guadalupe se dividía en dos: la Flota de Barlovento o Flota de Cartagena, y la Flota de Nueva España que tomaba rumbo a Veracruz. Una Armada de Tierra Firme custodiaba las naves que enrumbaban a Isla Margarita y Cumaná, además de las que seguían costa hacia los puertos de La Guaira, Maracaibo, Riohacha, Santa Marta y Cartagena, donde rendían viaje. Carenadas durante las consiguientes ferias que coronaban su llegada, las naves seguían después la línea de costa hasta Nombre de Dios primero,  Portobelo después. Entre tanto, la Armada del Mar Océano acompañaba a  Veracruz el resto de navíos, que bajo el nombre de Flota de Nueva España, rendía viaje al amparo de San Juan de Ulúa. A la llegada de los galeones venidos de Sevilla montábanse las esperadas ferias de los puertos receptores. Eran las de Cartagena y Portobelo (Nombre de Dios los primeros años) y Veracruz, las más importantes; mientras duraban sus ferias, los galeones de escolta permanecían vigilantes en rececho.

A partir del saqueo de Drake, Cartagena de Indias iba a ser paulatinamente fortificada. Además de las murallas circundantes de reminiscencia medieval, fueron levantados baluartes y bastiones estratégicos en su periferia, según las ajustadas técnicas castrenses de la Europa contemporánea, perfeccionadas durante la guerra franco-española de Italia y el descubrimiento de la mina explosiva por los tercios españoles de Flandes. Un nuevo y más amplio muro defensivo de piedra rodea Calamarí y el perímetro de Getsemaní frente a tierra firme, mar abierta, ciénagas y bahía. Desde las últimas décadas del siglo XVI, Cartagena es de facto el enlace neurálgico entre Tierra Firme y el Virreinato del Perú  con el Caribe, a través de Portobelo y Panamá y sus connotadas ferias. Como base de operaciones de los galeones que vinieron a sustituir las galeras de la periclitada Armada de Barlovento, llamada en adelante Armada de Tierra Firme, constituye la plaza fuerte continental que cobija y despacha la Flota de Barlovento o naves comerciales que anualmente trafican con España y Perú. Las naos merchantas que con la ocasión van confluyendo a Cartagena, engrosan la Flota de Tierra Firme, que se mantendrá al resguardo de su bahía. Cuando la Flota del Mar del Sur (base Callao) llega a Panamá, sale la Armada de Barlovento hacia Portobelo para custodiar la feria: dos de sus galeones regresarán con las bodegas llenas de plata peruana. Se trata de los Galeones de la Plata, marcados  por su doble fanal siempre prendido, que deberán llegar a Sevilla cargando el Quinto Real. Concluida la feria de Portobelo, los  Galeones de la Plata, ocluidos en la Armada de Barlovento, regresan a Cartagena. El Quinto Real del Perú engloba los impuestos, tasas y gravámenes que la Corona detrae a banqueros, empresarios y comerciantes del Virreinato. En razón de su preciada carga se les asigna el nombre “Galeones de la Plata”, que irán navegando siempre rodeados por el resto de naves de la formación. Salen Flota y Armada de Cartagena en convoy hacia la Habana, Capitana delante, Almiranta detrás y Galeones de la Plata como corazón del naval despliegue. Reunidos en la Habana con la Flota de Nueva España (base Veracruz), constituirán la “Flota de Indias” o “Carrera de Indias”, que por ambos nombres serán conocidos estos despliegues navales que superan a veces las 100 velas merchantas sobre el Atlántico. Nuevamente navegando en formación y protegida por  la Armada del Mar Océano, la flota tomaba puerto en Sevilla al principio y Cádiz años después.  Entre tanto, la Armada de Barlovento desde la Habana había regresado a Cartagena para seguir patrullando las costas de Tierra Firme hasta Yucatán. Años hubo en que la estrategia de flotas, obligó al Consejo de Indias a individualizarlas, tras diferir la salida de alguna de ellas por despistaje y tácticas coyunturales. Siempre recibidas las órdenes del zarpe y derrota en sobre lacrado, para abrir a los tres días de hacerse a la mar.

 
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Contexto Histórico de Cartagena de Indias – I

La primera expedición de Diego de Bastidas (1501-1502) hacia las costas de Tierra Firme, iba a descubrir las bocas del río Magdalena y todo el litoral centroamericano hasta el golfo de Urabá o del Darién. Allí quedaban las islas de Barú, donde años más tarde, Pedro de Heredia (1533) fundaría la ciudad de Cartagena de Indias. El notario Bastidas llevaba como piloto a Juan de la Cosa, compañero de viaje de Colón y armador – propietario de la nao Santa María. En sus cartas de navegación aparecerá por vez primera el nombre de Golfo de Cartagena, en vez del de Golfo de Barú asignado por Bastidas, fundador de la ciudad de Santa Marta (1526), en su primer mapa conocido de Tierra Firme. En la expedición de Alonso de Ojeda “erizado de flechas…como un puercoespín” flechado por los indios caribes (1510), moriría el ilustre navegante e hidrógrafo santoñés, primer cartógrafo de América (1500). Tras aquella terrible muerte Ojeda se retira para siempre del escenario cartagenero. << Toda esta costa…es de indios que comen hombres y que tiran con flechas envenenadas, a los cuales llaman caribes…son bravos y feroces conforme al vocablo; y por ser tan inhumanos, crueles, sodomitas, idólatras, sean dados por esclavos y rebeldes, para quien los pudiese matar, capturar o robar, si no quisieren dejar aquellos grandes pecados y tomar amistad con los españoles y la fe de Jesucristo >> había decretado el ya anciano Fernando el Católico, de acuerdo al consejo de sus teólogos, letrados y canonistas de Salamanca.

En situación límite, con sus naves anegadas de agua, la primera expedición de Bastidas retorna del belicoso Urabá a La Española, en busca  de una ensenada segura donde varar las naves. Ignoraban la existencia del gusano de mar conocido como “broma” (lamelibranquio del género teredo), especie de carcoma de aguas tropicales que taladraba la tablazón de los barcos. Cuadernas y quillas, perforadas por las intrincadas galerías del gusano, esponjaba el maderamen que tras su ataque se deshacía con rapidez asombrosa. Era este un fenómeno que los europeos estaban observando en sus barcos por vez primera. Lograrán los expedicionarios arribar al golfo de Xaraguá, donde abandonan sus anegadas naves para alcanzar por tierra la ciudad de Santo Domingo, tras 70 leguas de duro caminar por la manigua. Allí prepararán nueva expedición a  Tierra Firme, no sin antes retornar por mar a Xaraguá para rescatar jarcias y pertrechos de las naos abandonadas. No a mucho tardar los galeones de las armadas reales que iban a navegar en aguas americanas, llevarían forrados sus cascos con láminas en principio de plomo, más adelante de cobre. Años más tarde se conocerá de ciertos indios del Pacífico, la existencia de maderas resistentes a la “broma”, y con ellas y otras descubiertas en Cuba o Filipinas se construirían gran parte de los galeones de América y del Pacífico.

            Pedro de Heredia capitula en España con la Corona la conquista y poblamiento de la parte de Tierra Firme comprendida entre las bocas del río Magdalena y el golfo de Urabá con el título de Gobernador de Cartagena. Ha esperado pacientemente a que otros candidatos relevantes vayan desistiendo de poblar en tan peligrosos pagos. Entre ellos el historiador Gonzalo Fernández de Oviedo que opta al fin por retirarse con sus bien adquiridas rentas de soldado e historiador, versus enfrentarse a la dura grey caribe. Escarmentada la Corona con las “cabalgadas” de grupos armados que penetraban en territorio no cristiano, herencia de la Reconquista frente al moro, introduce unas “Ordenanzas sobre el buen tratamiento a los indios y manera de facer nuevas conquistas” bajo amenaza de Juicio de Residencia, caso de su incumplimiento. Las “cabalgadas a botín” hechas por partidas armadas en La Española y Puerto Rico, buscaban indios que esclavizar siguiendo el ejemplo genovés de Colón, hasta que fuera tajantemente prohibido por Isabel La Católica y sus herederos en el trono. Para la Corona Imperial, como Majestad Católica de los Nuevos Reinos de Indias, mas no colonias,   que Roma habíale proclamado, los indígenas del Nuevo Mundo eran a todos los efectos tan súbditos como los castellanos o genoveses. Heredia conocía los severos precedentes que los letrados reales tramitaban, y el juicio a Colón, de dominio público, con la subsecuente desposesión de sus títulos capitulados en Santa Fe de Granada. Pero no parece que a ellos se atuviera estrictamente, porque fue sometido también él, y por dos veces, a Juicio de Residencia y condenado por la audiencia de Panamá en una de ellas, por lo que ya anciano, decide embarcarse para defender en España su  honra. Alega frente a los detractores que fue justa su guerra contra los caníbales, sodomitas e idólatras, nunca considerados súbditos de sus católicas majestades. Pero tampoco nunca pudo demostrarlo, porque desapareció con su nave durante el viaje en mitad del Atlántico (1554).

              Pedro de Heredia durante sus años de estancia en Santa Marta a las órdenes de Bastidas había venido acumulando información geográfica y étnica sobre el territorio. Conoce cada caño, estero y ciénaga desde la costa de Santa Marta y el gran río Magdalena hasta las bahías de Cartagena y Barbacoas, como también la idiosincrasia indígena y sus tácticas guerreras de hermético ocultamiento, aparición súbita, agresión en estampida vociferante y mimesis final. Es un inquieto e impertinente curioso hijo del Renacimiento. Conoce las dificultades del terreno y la bravura de “los rabiosos indios caribes flecheros” surgidos en rápidas canoas que saben  deslizar a cortas paladas sobre las aguas someras de las ciénagas, cuando sus caballos se adentran pesadamente por pantanales o tierras anegadas. Pero sabe también jugar sus barajas de conquista: comunicarse en lengua vernácula, potenciar la enemistad entre caciques para apoyar a uno sobre el otro, que luego abandonará por poco fiable para aupar ahora al sumiso vencido, ganar con dádivas y lisonjas a sus mujeres, emplear el aterrador trueno de los mosquetes en contrapunto sicológico frente al griterío galvanizante de la turbamulta indígena, cargar al galope de sus minotauros acoplado por feroces alanos, como ola capaz de arrollarlo todo a su paso.

En “una nao, dos carabelas y una fusta” (suerte de galera ligera mínima, vela y remo, poco calado, dos cañones proeles y un popel para enfilar y vomitar fuego graneado sobre las canoas indias) al decir del biógrafo Juan de Castellanos

Que mandó hacer aposta

                                                 Para poder correr aquella costa”

Portando una hueste de 200 soldados acompañada de sus mujeres, dos predicadores y algunas familias de indios antillanos y negros, desembarca en las islas Barú como Gobernador que ha de “poblar” en aquel litoral, lo que en román paladino significaba fundación e instalación de familias a su costa con infraestructuras de subsistencia, tales como semillas, ganado y animales de corral. El hidalgo madrileño trae entre ellos a su presunta amante e intérprete, una india calamarí comprada en La Española, apresada cuando niña en una de las muchas cabalgadas a botín de Tierra Firme en otros tiempos. Conocida como Catalina, iba a ser la nueva Malinche de sus negociaciones y acuerdos con los caciques del entorno, inapreciable intérprete y asesora que acabaría sus días en Sevilla, casada con un sobrino del propio gobernador. Heredia funda Cartagena del Poniente (1533) en la isla Calamarí (cangrejo) abandonada recientemente por los nativos cuyos bohíos manda ocupar. ¿Abandonada? Despoblada. Hoy sabemos fehacientemente gracias a recientes respaldos investigadores de nuestras universidades (rematados por su monumental “Guns, Germs and Steelde J. Diamond, California 1996) lo que ya habían venido diciendo los conquistadores y sus cronistas respecto del fenómeno indiano, pero que fueron gratuitamente desmentidos por indigenistas e hispanófobos indocumentados, cuando no opacados por los alaridos “mediáticos” del ingenuo Padre Las Casas: que en cortos años, la población autóctona había desaparecido de aquellos bosques lacustres. Hoy sabemos que fue devastada por los virus traídos por los afro euroasiáticos desde sus primeros contactos. Tanto como que regresaron alguno de ellos al Viejo Mundo portando como regalo del Nuevo, la suerte de peste bubónica llamada sífilis, endémicamente conservada por las hembras amerindias. El consabido toma y daca universal entre etnias dispares que contactaron a través de sus migraciones históricas. Treinta años después, aquella población indígena de “rabiosos indios caribes flecheros”, había desaparecido. Fenómeno análogo al experimentado en las colonias francesas e inglesas del norte un siglo más tarde, que unos y otros han investigado y ratificado modernamente.  Los escasos pobladores que halla ahora Heredia en su gobernación de Tierra Firme, se avienen sin más a pactar con los recién llegados, mediatizados siempre por los buenos oficios de Catalina. << Ya los turbacos no eran los mismos de veinte años atrás >> dirá sobre esa gens autóctona el cartagenero Lemaitre. Llegarán a intervenir en defensa de los advenedizos pobladores en no pocas ocasiones de asechanza filibustera o corsaria. Algo había mutado sus mentes tras la mágica hecatombe humana de aquellas tribus.

A semejanza de la Cartagena del Levante,  su homónima fenicio-púnica-romana del Mediterráneo, la bahía elegida suponía un seguro abrigo para naves, además de tener aguas tranquilas y buen fondo para recalada y anclaje, abundante madera para carenar y fácil aunque escasa aguada en pozos de Getsemaní, isla contigua a la elegida. Sus aguas interiores abundaban en pescado y grandes tortugas, pero debían cuidarse de los tiburones y caimanes de ribera sus hombres de mar.  << Aunque las brisas venteen en el verano con algunas ráfagas, o el vendaval con turbonadas en invierno, nunca se ve más agitación en las aguas, que la que suele notarse en un apacible río >> nos diría de ella años mas tarde Jorge Juan, ilustre marino y científico de la Real Armada.  Una vez instalada su gente en Calamarí, reconoce el gobernador la demarcación con su nao hacia el norte, una carabela hacia el sur y numerosas entradas a caballo, a remo, a vela y a pie hacia el interior. Con la fusta rastreará el rosario de ciénagas nutridas por la marea desde Barbacoas hasta Mahates, puerto indígena que refundaría apenas unas semanas antes que la propia Cartagena. Explora la confluencia del Cauca con el Magdalena, y regresa tres semanas después para fundar Cartagena, comprobado ya su acceso directo al Gran Río sin necesidad de salir de la gobernación capitulada. Para entonces se ha parcelado la isla y construido en madera la iglesia parroquial donde culminaría con un te deum la fundación de la villa, tras nombrar Cabildo y sortear los solares. La cercanía del río Magdalena era una valiosa referencia que facilitaba el acceso fluvial hacia el interior del continente, lo que junto a la bondad del abrigo, había pesado definitivamente en el ánimo de Heredia para poblar en aquellas islas al norte de la bahía.  Acertada ubicación geográfica  que iba a condicionar la vida futura del enclave y su entorno. El Gran Río sería sin duda la avenida precisa hacia los promisorios valles altos de los Andes, de clima sano y tierras frías, libres de la fiebre amarilla que diezmaba los poblados de la costa, donde poblaba por aquellas fechas un abogado por  Salamanca llamado Gonzalo Jiménez de Quesada. Con el Renacimiento, la Corona había encontrado su mejor brazo ejecutivo en los hidalgos viejos, egresados en derecho romano de sus universidades, como arma efectiva para diluir las veleidades políticas de sus ricoshombres. Quesada había también intuido que por sus aguas podrían descender los productos agrícolas y ganaderos de aquellos colonos del altiplano, al puerto que prometía convertirse en el más importante de la América atlántica. La época de lluvia mantenía navegable per se el tramo Magdalena – Mahates, inundado por el sobrante del crecido caudal del río. En la época de los cielos azules devenía el tramo en sequedal, debiendo entonces transitarse a uña de caballo o reata de mulas. Con Pedro de Heredia se iniciaba así una ruta integral de navegación interior, alternativa a otra mixta de remo-bestias de carga según la pluviometrìa reinante, y que conocemos hoy como Canal del Dique. El primer Medio Dique comenzaba su trayectoria en los muelles cartageneros de la conocida como Plaza del Mar  y a través del estero de Saltacaballo pasaba a la bahía de Barbacoas, adentrándose posteriormente hacia el Magdalena por ciénagas saladas hasta Mahates. El segundo Medio Dique se contaba a partir de Mahates hasta alcanzar finalmente el río. Allí había estudiado Heredia ciertos caminos terrestres detectados entre Mahates y las Barrancas del río Grande, pero también rutas acuáticas paralelas siguiendo regatos, caños y humedales con juncos encamados que acusaban el reiterado paso de canoas indias hasta ciénagas próximas al Magdalena. Retomando la rutina indígena, durante el invierno boreal podría remontarse el segundo Medio Dique siguiendo a uña de bestia el propio cauce, ahora seco, que las crecidas fluviales veraniegas anegaban con agua dulce para transformarlo entonces en escorrentía navegable de aguas someras. Mahates iba a ser el punto de enlace, comúnmente conocido hoy como parada y fonda de los dos tramos del canal, que poco a poco iría creciendo con nuevos galpones, posadas, albergues, almacenes y depósitos. Sus alcabalas y peajes pasarían a nutrir la hacienda del reciente Cabildo, bajo el perdurado nombre de “Dique, Balsa y Barranca”.

 
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Contexto Histórico de la Habana – I

         Colón en su primer viaje (1492) descubre la isla de Cuba << de la forma de una hoja de sauce >>, que denominará Juana en honor de la infanta de Castilla, pero no se detiene, y sigue su litoral al oeste navegando en pos de otras costas. Será la vecina isla de La Española quien, años después de haber consolidado algunos cientos de colonos peninsulares, aporte los primeros contingentes europeos  a la Gran Antilla, receptora final de una leyenda de la que Colón había sido crédulo partícipe, en un postrer jirón medieval inferido al estandarte renacentista. La Antilla era una mítica isla oceánica previa al decubrimiento de América, ya referenciada en cartogramas de 1424, que había culminado su carisma con el refrito geográfico de Toscanelli (1468) manejado por Colón. Se decía que en 1411 una carabela española había llegado a ella, pero no se tenía noticia fidedigna de esta arribada. También Portugal había emprendido sin éxito su búsqueda, sin tampoco hallarla. Este legado legendario influyó para nominar al archipiélago antillano en los cartogramas españoles con su nombre de leyenda.

El estado de cosas que se encuentran al llegar los primeros europeos nos ha sido narrada por su contemporáneo López de Gómara: << Estaba Cuba poblada de indios…andan desnudos, en cueros vivos hombres y mujeres…con liviana causa dejan a sus mujeres…el andar la mujer desnuda convida e incita a los hombres pronto… >>. Y en análoga circunstancia a la vivida por hombres y tierra de La Española, el cronista apostilla: <<Todos ellos se volvieron cristianos; murieron muchos de trabajo y hambre, muchos de viruelas, y muchos  pasaron a Nueva España cuando Cortés la ganó, y así no quedó casta dellos >>. En los primeros contactos con la tierra y sus hombres, aplican los castellanos su máxima renacentista: << quien no poblare no hará conquista, y no conquistando la tierra, no se convertirá su gente >>. Con esta hoja de ruta se comienza la conquista de Cuba, y como conquista en todo tiempo, será sangrienta. Los europeos vienen de una guerra secular en todas sus fronteras. Con ellos traen en sus flotantes castillos, caballos y perros, medios desconocidos para el asombrado indígena, que llegará a sentirse morir bajo los truenos del arcabuz que los mata de lejos. Pronto esos mismos perros que levantan como pieza de caza a todo indio mimetizado en la manigua, quedan perdidos por los montes, donde llegarán a criar en despoblado y tornarse tan << carniceros más que lobos, que hacen mucho daño en cabras y ovejas >> que los propios conquistadores, ahora establecidos como colonos, se organizarán en batidas para exterminarlos y defender los haberes de sus cabañas.

Diego Velázquez llega desde La Española como Adelantado (1511) con credenciales para su conquista y repoblación, otorgadas por Fernando el Católico a instancias del Gobernador Ovando. Le acompaña un grupo humano de colonos  que aportan ganados, semillas y animales domésticos, además de hombres de guerra  que contribuyen a la empresa con sus equipos, armas y monturas. Entre ellos vienen  Pánfilo de Narváez, futura cabeza militar de la conquista isleña, y Hernández de Córdoba, Grijalva y Hernán Cortés, que van a catapultar desde Cuba el descubrimiento de Yucatán y la conquista de México; junto a ellos, viene el dominico Bartolomé de las Casas, grande e ingénuo defensor de los derechos indígenas y  estrecho colaborador de Velázquez, que gestiona en España mediante personas influyentes el final de la encomienda al uso. Una vez conseguida su total libertad, se tornarán pacíficos los indios, dejarán de sublevarse, tainos y siboneyes perderán el perenne hervor de rebeldía indígena de los primeros tiempos. En este contexto funda el Adelantado la villa de San Cristóbal de la Habana (1515) en la costa sur de la isla, que por su insalubridad y peligrosa navegación entre bajíos será trasladada (1519) a una cercana bahía más al norte.

En la bocana de esta bahía conocida como Puerto de la Carena, elige el Adelantado el lugar para trazar el nuevo damero ciudadano, junto al abrigado playote en que reparara sus naves Sebastián de Ocampo (1508), experto bojador antillano, compañero de Colón en su 2º viaje. Allí había dado con sus dos carabelas, anegadas las sentinas por la broma y las vias de agua de fortuitas encalladas, cuando en arriesgada navegación costera, averiguaba por orden del Gobernador Ovando si Cuba era o no una isla que pudiera ser colonizada de cristianos. Y en ella había encontrado varadero de fortuna de placentera arena y manantiales de asfalto, donde poder carenar aquellos maltrechos cascos, que con la pleamar debería reflotar de nuevo. Once años más tarde Velazquez refunda allí la villa que en sus comienzos va a depender oscuramente de Santiago de Cuba, la capital isleña cuyo joven y carismático alcalde Hernán Cortés, sería el futuro conquistador del Imperio azteca. Bajo el  copudo parasol de una ceiba caribeña, y según inveterada usanza castellana, se solemniza la fundación con misa y te deum. Entrega Velazquez al electo Cabildo, con sus dos alcaldes ordinarios y tres regidores, la guarda y custodia de los Fueros y Privilegios de la Villa que han de legar a la posteridad la validez del consuetudinario acto. Terminado el trámite con el levantamiento del Acta Fundacional, quedan allí registrados sorteo y Amparos Reales o lotes de tierra asignados a las 37 familias fundadoras del vecindario. Vendrá luego el trazado de calles  << a regla y cordel >> y la construcción por negros e indios cautivos de la pajiza iglesia y el fuerte, sólida empalizada de troncos cercada de escarpe y zanja, cobijo del vecindario frente a posibles algaras indias. Será el futuro núcleo integrador ciudadano, que junto a su caserío ardería bajo flechas incendiarias en más de una ocasión. En las afueras quedaba instalado el encomendado poblado indígena o << república de indios >> con plaza propia, agua y tierras comunales, su cacique y alguaciles: suministro asequible de mano de obra, que en 1552 alcanzaría, total libertad de establecimiento y circulación. El fundador de La Habana había tomado prestado el topónimo siboney “jhabana,” la castellana “sabana”, que junto a San Cristóbal patrono de peregrinos y marineros, iba a constituir santo y seña de la nueva villa de cristianos. Ennoblecida con un te deum laudamus, celebrado bajo frondosa ceiba que devino enjuta y seca 235 años más tarde, serìa para siempre recordado el laudo por un monolito de piedra  (1754) levantado en el sitio.

A partir de 1543, el entramado administrativo del Imperio iba a estructurar un sistema de flota anual que parte desde Sevilla para ultramar con textiles, herrajes, aperos, pólvora, pertrechos. Desde 1521 el comercio entre el Caribe y España era obligado realizarlo con naves desplegadas en conserva, y un escuadrón protector contra corsarios franceses¸ más tarde llamado Escuadra de Averías por ser financiado por los propios mercaderes que comercian en ultramar mediante un impuesto llamado Avería. Al acceder al Caribe la llamada Flota de Indias, se dividía en dos, una con dirección a  Veracruz y  otra a Cartagena y Nombre de Dios, que irán desglosando naves en diferentes puertos del derrotero. El arribo de estas naves, generaba ferias y festejos locales en los puertos de destino, donde se concertaba buen número de embarcaciones menores que distribuían hacia otros enclaves los preciados cargamentos traídos de España. Finalizadas las ferias locales y estibadas las naves con cueros, cecinas, ganados, maderas, sebos, ceras y otros productos de la tierra además del impuesto o Quinto Real, concurrían ambas flotas concentradas de nuevo en La Habana, donde se les incorporaba la nao capitana para marcar avante el rumbo de regreso a Sevilla.

Este incipiente comercio transoceánico iba a despertar pronto envidias y felonías sin cuento entre colonos clandestinos y navegantes advenedizos que van enrocándose en la generosa pléyade de minúsculas islas caribeñas potenciados por el rencor francés. Francisco I de Francia, enemigo declarado del Emperador Carlos V y antiguo competidor de su cetro, concede patente de corso a sus marinos frente al monarca español, en una frontal actitud contra la salomónica Bula del Papa Alejandro VI, que había repartido el globo terráqueo entre Portugal y España. Se siente despojado de su opción americana y alega que le enseñen la clausula del testamento de  << nuestro padre Adán >> donde se dice que ha de repartir su herencia entre castellanos y portugueses excluyendo a todos sus demás hijos. Decide por ello tomar parte como outsider del festín americano, medio siglo antes que otro competidor inglés, fundador de la Royal Navy, hubiera logrado que sus pilotos se internasen hacia el oeste más allá de las islas Scilly.

En este contexto bélico germina poco a poco un submundo de rapiña, asaltos y muerte. El hugonote francés Robert Ball (1543) toma La Habana y cobra un rescate por no incendiarla, pero se lleva las campanas de su parroquia.  Su lugarteniente Jacques Sorel (1555), guiado por un piloto portugués arrasa la abandonada villa. Con más de 200 forbantes, profana altares destruye las plantaciones vecinas y ejecuta a cuanto esclavo halla al paso. Solo su Hospital de piedra aguantará en pie, como mudo  testigo de esta segunda << destrucción de Troya >>. Apenas logra el pirata reunir rescate digno de tal nombre, y busca por los montes cercanos a los desarmados fugitivos. Una contraofensiva vecinal de 40 colonos blancos, acompañados por unos 100 indios y otros tantos negros apenas armados con piedras y estacas, logra cobrarse algunas víctimas, pero su impotencia les hace desistir del empeño. Cuando el francés se retira, deja la ciudad en llamas. Hasta ahora, cuando los hugonotes aparecían en su costa, blancos, negros e indios se reunían para defender lo que ya consideraban su tierra, por haberse acostumbrado sobre ella a vivir juntos. Era una lección bien aprendida: en adelante se aprestarán en su defensa, además de las guarniciones, los estancieros y los comerciantes, indios y esclavos negros, incluso ocasionales viajeros de Indias que transiten su puerto hacia otros destinos.