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Contexto Histórico de Nueva Cádiz – IV

Las primeras noticias documentadas sobre la agonía del negocio perlífero de Cubagua y el consiguiente éxodo de sus pescadores datan de 1537. La Real Audiencia de Santo Domingo autoriza por esas fechas el establecimiento en el Cabo de la Vela de las pesquerías que solicitan abandonar Nueva Cádiz, con sus 900 buceadores indígenas y 37 canoas. Nuevamente los registros conservados de aquellos señores de las canoas,  trasplantados con subalternos y servicios a la región guajira, delatan su conexión con la Baja Andalucía desde la linde del Guadiana a Cádiz. A orillas de la Laguna de San Juan va a establecerse en forma de ranchería el futuro pueblo, similar en sus orígenes a Cubagua, hasta ser consideradas ambas una misma cosa. También aquí van a prevalecer los buceadores indígenas, libres o forzados, altamente dotados para la inmersión a criterio de mayordomos y señores. Con una mortandad y deserción elevadas, los reincorporados a la granjería, mayormente pescadores forzados, serán comprados en Curazao y sus Islas de sotavento o capturados entre las etnias periféricas. Los indios de su contorno, hostiles a los nuevos pobladores costeros de la Nueva Andalucía, eran a la vez favorecidos cazadores de ojeo. La dura vida del pescador de perlas, la imposición de los canoeros, los ataques de escualos, la mordedura ponzoñosa de peces coralíferos, las riñas y pendencias étnicas o tribales, el propio buceo continuado, eran accidentes que acababan con el setenta por ciento de los buceadores. Raro era quien sobrevivía para superar aquel cerco diabólico, tras el cual se les permitía labores de arreglo, limpieza y mantenimiento de las pesquerías. El creciente número de negros bozales incorporados, constituía la mano de obra indiscriminada de los toderos, gente para siembra y labranza, la tala y acarreo de leña, distribución del agua, pastoreo de ganado, obra pública, pero raramente buceo. Considerábanlos gente de mucha fuerza, capaces de soportar el trabajo sin protestas ni escaqueos, por duro que fuera el caído en suertes. Muchos de aquellos negros esclavos, laboriosos y hábiles artesanos, se acogerían al edicto real de gracias al sacar, para comprarle la libertad a su dueño con el beneplácito selectivo de muchas indias de servicio, que acabaron con ellos maridando en libertad. Huella de su buen hacer serían las múltiples manualidades, desde medallas o arracadas a cucharillas y cofrecillos de nácar, que Cubagua primero y Riohacha mas tarde, producirían en abundancia.

Una nueva crisis sísmica acaecida la noche de navidad de 1541, apuntilla la declinante vida poblacional y económica de Nueva Cádiz con un nuevo maremoto que deslava su solar. La poca mano de obra, indígena y negra, que restaba tras el éxodo a la Guajira, Margarita, Araya, Cumaná y Trinidad, desaparece con el súbito envite marino. Con la llegada del nuevo día se percatan en Porlamar de la catástrofe. A lo largo de su litoral pueden verse sobrenadar grandes chinampas de yerbajos resecos y maleza enmarañada, grandes manchas flotantes donde se aprecian toneles, fardos, maderas, canoas volcadas, enseres domésticos, aves de corral muertas, arrastradas por las corrientes costeras… además de algunos cadáveres flotantes de las víctimas. La mayoría de sus archivos capitalinos se habían perdido con la marea: el ayuntamiento, la aduana, la iglesia matriz, el convento franciscano, ven desvanecerse entre las aguas un tesoro informativo que va a sellar con su vacío el futuro de aquella aventura humana. Nuevamente serán los margariteños quienes arramblen con los despojos de nadie, hallados entre aquellas enjutas paredes mudas.  Este es el panorama que encuentra Orellana y su gente en su desesperada busca de puerto donde carenar sus bergantines, tras su accidentado descenso desde el Alto Perú por el Coca-Amazonas. Los restos de Nueva Cádiz, conocerían para propagar al mundo la noticia del encuentro y lucha de aquel puñado de cadáveres vivientes contra las amazonas, las hembras guerreras interceptadas en mitad de la selva.

 

FIGURA 12: RUINAS DE NUEVA CÁDIZ

 

Un estertor postrero acaecería dos años mas tarde, cuando apenas subiste entre sus ruinas alguna decena de moradores, incapaces de defenderse de la avalancha hugonote que se les viene encima. Vienen los calvinistas franceses en tres barcos dispuestos a rescatar las famosas perlas de Cubagua…cuando hacía años que ya no existían. Solo alguna solitaria canoa indígena, compartida por buceadores blancos e indios, rebañaban por aquellos días las últimas ostras del fondo marino. Conscientes de su soledad e impotencia, poco tiempo van a tardar los hábiles canoeros en diluirse ente los manglares margariteños tras percatarse de las velas corsas. Presa de la rabia, la horda predatoria  cae sobre la ribera, roba los vasos sagrados, atriles y candelabros de las iglesias, destruye sus imágenes sacras y pone fuego al despojo de Nueva Cádiz, no sin la ayuda de cierto licor oleoso conocido como petrolio, que manaba espontáneamente al oeste de la isla. La evidente soledad no era fiel compañera en aquella isla ni aquellos tiempos de violencia y rapiña cruzadas. El abandono definitivo de la isla, sería total a partir de este incidente, que acabó por calcinar los pocos documentos escritos que aún hubiera podido aportar la primera ciudad de Suramérica. Erosionados tapiales, míseros diógenes entre ellos cobijados, y perros hambrientos sin dueño, sería el  legado futuro a los ojos del secular viajero.

Hoy quedan solo surcos y muñones alineados de sus ruinas. Aquella ciudad puntera alcanzó su cenit con más de mil quinientos ciudadanos censados, sobre un damero superficial de  trece hectáreas. Adaptado su casco a la suave orografía de la costa, sus calles aparecen trazadas según los vientos dominantes del este y del norte. Orientado al levante su frente principal,  presentaba siete cuadras  por cinco de su frente norte.  La iglesia mayor dedicada al Apóstol Santiago, la capilla del convento de San Francisco de Asís, y la Ermita de la Purísima Concepción, constituían los tres templos votivos de la ciudad, construidos con la coquilla coralina de sus mejores tiempos, extraída de los fondos aledaños, trabada con argamasa de cal. El edificio del Ayuntamiento, con cárcel y aduana, ocupaba la cuadra central del frente sur. Ante él, el embarcadero principal del puerto; detrás, la Plaza Mayor con su rollo justiciero y la iglesia parroquial de Santiago.

FIGURA 13: LO QUE QUEDA DE NUEVA CÁDIZ

 

Como contrapartida Cumaná, la ciudad del continente que le toma el relevo colonizador a Nueva Cádiz, será bajo diferentes nombres y fundaciones varias veces destruida por los  cumanagotos, cuando no por los temblores de su suelo. Pacificada la grey indígena, son protagonistas los frailes, que aclimatan en su misión las semillas traídas de La Española y Canarias. Las siembran  en viejas canoas indígenas, colmadas de buena tierra y suspendidas a proa y popa por cordámenes de palma. Es su manera de resguardarlas de malas yerbas, gusanos, bachacos y toda hormiga maligna que pulule por el suelo tropical, imposibilitadas de trepar por las embetunadas estacas que les sirven de soporte. Simientes que habían de constituir un vivero universal para los colonos que las llevan en sus seras campesinas Tierra Firme adentro. De su costa partirían aventureros hacia el interior continental tras el oro y la captura de esclavos, pero también pacíficos colonos peninsulares y canarios con sus familias y siervos, en busca de tierras fértiles y convenientes donde medrar, portando sus enseres, semillas, ganados y animales domésticos. Pero por encima de todo, su voluntad de arraigo, afianzada en el instinto natural del rústico que busca medro, habiendo dejado atrás la miseria de su origen.

Aquellos primeros años de permanente frontera, ofrecen a los pobladores europeos el contexto natural con el que han de enfrentar su rol colonizador. Los años pasados en las islas, han actualizado la vieja simbiosis del perro y el campesino. En su marcha hacia el interior, los pioneros colonos llevan sus alanos, compañía y guarda inigualable de ganados y personas contra nuevos peligros, en la marcha de día o en la acampada nocturna. Cánidos provenientes del Imperio Sármata del Asia Central, que habían llegado a la Hispania romana en el siglo V de nuestra Era con el  invasor pueblo alano. Compañeros históricos inseparables en guerras y pastoreo vacuno de aquellos hispanorromanos, conocidos después como castellanos viejos, pisaban ahora las nuevas tierras de Indias. Perros de agarre o presa, capaces de tumbar un toro o un oso, pero también de diente, empleados en la caza del jabalí o del venado, defensor aguerrido de las reses frente al depredador ocasional, y a sus dueños en todo tiempo frente al inesperado intruso.

En las expediciones hacia el interior, tanto la hueste exploradora como la comparsa de colonos que tras ella avanza con ganados y enseres, llevan siempre una escolta de sufridos y recios alanos. Perros en retaguardia, donde los enfermos y las reses recién paridas lastraban y retrasaban el avance principal del grupo, al decir del historiador de Indias. Pero abriendo también la marcha con su presencia y su olfato, capaces de levantar indios apostados entre los carrizales, o ladrar tozudamente frente a su nicho oculto. De morro chato y oreja corta, resistentes a la enfermedad y al sufrimiento, desconfiados frente al extraño, sumisos y entregados a su dueño, vigilaban el campamento, rastreaban sendas ignotas, olfateaban sotobosques y manglares, cruzaban y avizoraban la selva, oteaban el peligro de grandes felinos en los humedales, se enfrentaban a los pumas y a los báquiros, o capturaban chigüires y armadillos para alimentarse ellos y la hueste. Canes que se paran o ladran ante los miméticos reptiles del camino, que acompañan en silentes incursiones al séquito de flecheros que caza monos aulladores o aves en tránsito por la cúpula arbórea, que gruñen inquietos al nativo interceptado por los guías. Los alanos, siempre desconfiados frente a la actitud circunspecta del indígena, vuélvense agresivos según vean su actitud y estampa. A pesar de los lazos comunes de las naciones indias, la talla distinta, el tinte más o menos atezado de su epidermis, sus penachos, su poncho o su ruana, y sobre todo la mirada, esa mezcla de calma e indolencia propias de cada etnia, trocada en inquietante tristeza y ferocidad del pueblo caribe, tan magistralmente descritas por Humboldt, eran características que los alanos sabían filtrar sutilmente con su instinto. Frente a ellos, emitiendo prolongados gruñidos de repulsa, galvanizado, mostrando sus incisivos, el alano permanecía tenso, inmóvil y atento al menor gesto de su amo. Tal era su valía y confianza para la gente de a caballo que custodiaba las marchas, que muchos de aquellos perros eran tratados bajo soldada junto a su dueño, con paga y rancho como otro integrante más de la hueste armada. Equipados para ello con carlancas, cabezales encuerados de aceradas púas, o petos de algodón cinchados, entraban en lid contra el indígena o la fiera al azuce convenido del amo. Era tal la simbiosis con su perro, que más de un dueño desesperado por el hambre, hubo de sacrificarlo para subsistir, pero no pudo ingerir bocado tras haberlo muerto. El vacío dejado por el fiel camarada, asiduo lamedor de sus heridas y las propias, se imponía tras su muerte, amargando a veces el instinto vital del dueño. Aunque en el incierto horizonte de la conquista, esa misma lealtad era causa de su perdición, cuando perseguido de salvajes, el perro manifestaba con sus latidos  el retiro donde se ocultaba el dueño. En todo caso, las jaurías del poderoso alano, junto al enhiesto jinete de la caballería y el lento pero horrísono arcabuz de los infantes, es fácil comprender que provocasen pánico invencible entre los indios de la Tierra de Gracia. Ante tal maquinaria de guerra, solo cabía contra el invasor la emboscada, el engaño, la añagaza y la unívoca y súbita concurrencia masiva de  ululantes guerreros en algara, dispuestos a matar y morir con su macana en las manos. La antorcha vendría después a purificar en muchos casos las huellas dejadas por el invasor en los campos de Marte.

FIGURA 14: LA CUMANÁ FRONTERIZA

 

Como en la Cumaná fronteriza, aquellas oleadas de colonos, introdujeron el ganado vacuno, los cerdos, los caballos, además de las gallinas, palomas, pavos, perros y gatos que con ellos traían. Avanzaban en caravanas a pie o a grupa de asnos y mulos las mujeres y los niños, penetrando la geografía hacia los llanos del interior o las selvas del Orinoco. Allí iban a revivir las viejas secuencias pugnaces frente a nuevas tribus, gentes primitivas que defendían su libertad de la única forma que sabían hacerlo, como lo habían hecho a lo largo de la historia sus mayores. Solo los misioneros iban a saber sobrevivir entre paces alternativas con los indios, desterrados en aquellas fronteras sociales engullidas por la selva. Muchos años después serían visitados y sorprendidos en propio ambiente por el gran Humboldt, admirado confeso de la abnegación y entrega de los misioneros a los también vasallos de aquellos reinos, sus semejantes.

La desbandada poblacional de Nueva Cádiz había alcanzado en parte a Margarita, donde adquirió solares y tierras para la ganadería o la siembra. La próspera cabaña soñada por su lejana gobernadora y conseguida en pocos años, iba a coincidir con la aparición de nuevos ostrales de aljófares en la isla de Coche (1575), explotados desde Pampatar. Hacia mediados de centuria habíase consolidado ya la novedosa industria margariteña, no ajena a la experiencia perlífera aportada por los venidos de Cubagua. Suponía ello el necesario efecto llamada sobre inversores y colonos que iban a propiciar la repoblación y el  despegue económico de la isla. En pocos años Margarita aportaría la mayor parte de los animales y aprovisionamiento demandados por las expediciones a Tierra Firme. Lamentablemente el efecto llamada tuvo su eco endémico entre los bucaneros y perros del mar, razón por la cual hubo de fortificarse su costa. En uno de estos lances defensivos perecería el propio gobernador de la isla, luchando contra el pirata inglés William Burg (1595).

Desde Cubagua al principio, Margarita después, habíanse nutrido flotas expedicionarias Orinoco arriba o costas de Trinidad avante. Nueva Cádiz había filtrado en sus cortos años de dinamismo repoblador, cientos de colonos y misioneros en continuo avance hacia la nueva tierra prometida, el nuevo país del oro, o las nuevas almas que catequizar, con la misma eficacia que había trasladado sus haciendas perlíferas desde el Cabo la Vela hasta Riohacha o Pampatar. De Margarita partirían las expediciones y fundaciones de un Antonio de Berrio imbuido de sueños sobre El Dorado. Heredero del Adelantado Jiménez de Quesada y sus títulos de fundador de Bogotá y Gobernador de El Dorado, remonta el Orinoco tras la mítica ciudad de Manoa, la supuesta capital del reino del oro, dejando asentamientos humanos de apoyo en Trinidad y la Guayana. Al final de su vida sería engañado por el británico Walter Raileigh, otro acérrimo embaucador de leyendas indianas, que había aprendido español para mejor buscarlas. Quiere para sí el áureo reino de los omaguas, y trata por ello de borrar y destruir las huellas colonizadoras del español. Conducta que habría de costarle la vida, condenado al hacha del verdugo por  desobedecer a su Rey.

El paleño Diego Fernández de Serpa, próspero armador de Nueva Cádiz y encargado de la defensa por mar de las islas, dará la batalla a los piratas a quienes perseguirá sin cuartel por todo el Caribe durante siete años. Nombrado Gobernador de Nueva Andalucía por capitulación, deberá conquistarla y poblarla a expensa propia. Habiendo levado anclas en Sevilla, los escasos españoles, mestizos y guaiqueríes que con otros  indígenas ladinos poblaban la ranchería de Cumaná, verán entrar en su abra cinco naves de porte con abundante gente, ganado y bastimentos. Vienen a trazar sus calles, solares y plaza, y levantar la nueva ciudad de paja y palma, iglesia y cabildo, que venían a fundar por real designio (1569). Experto conocedor del entorno posibilista, había elegido Margarita como centro masivo de abasto, y a ella arriba con solo hombres y naves vacías de bastimento. Llegó a Margarita…en donde compró ochocientas vacas a entregar en los llanos de Venezuela…los soldados que pudieron ir, se proveyeron de caballos en esta isla, en la que estuvieron ocho días…iba a ser la actitud mantenida por el nuevo gobernador y su hijo y heredero, convirtiendo la isla en su invariable granero.

Pasado el ecuador del siglo, de Margarita partirían gentes castellanas o indígenas, mestizos como Francisco Fajardo, que con suerte varia van a intentar poblar el litoral central. Llevan en sus macutos semillas de cítricos, hortalizas, retoños de cambur, aclimatados por los frailes en los cenobios de cabecera. Aquellos miméticos monjes, cuyo ora et labora a todos enriquece, asesoran al labriego que a ellos acude. Otras veces, son los activos africanos de comparsa quienes traen las añoradas raíces, frutas y tubérculos de su infancia, cuando no los mismos indios de la comitiva que se hacen acompañar por aves del corral familiar. Van creando pueblas, trazando asentamientos, escoriando carrizos, marcando hatos, metiendo fuego desbrozador a la sabana para  tornarla productiva, ocupando el vacío verde y la nada humana, reinos estables de la corocora, el váquiro y el chiguire o el puma. Gentes anónimas que con su actividad, su paciencia o su apatía congénitas, hicieron un mundo, el Orbe Novo que intuyera el humanista lombardo Pedro Mártir de Anglería.

 
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Contexto Histórico de Nueva Cádiz – III

Tras la acometida bélica de Santiago Castellón y su hueste, comienza el retorno de colonos a Cubagua y a Tierra Firme. Durante algún tiempo va a citarse su puebla como Villa de Santiago de Cubagua, sea tal vez en pleitesía al capitán que ha propiciado su nueva singladura vital, sea como cobijo advocativo bajo el manto del patrono matamoros de España, a la vez que se concreta en todo caso un topónimo para sus  pobladores. La puebla parece cobrar conciencia de villa tras la protección de sus aguadas en Cumaná (1523), cuando su granjería declara ya  quintos  superiores a los 15.000 ducados anuales. Por esa misma época Margarita comienza su andadura como isla de plantíos y hatos, que no pasa inadvertida a la demanda comercial de la Villa de Santiago. La próspera Cubagua deseaba aumentar su jurisdicción territorial con la incorporación de sus vecinas Coche y Margarita, de escasa población europea. La prohibición de encomendar  guaiqueríes, y su inviolable estatus de ser tratados e instituidos como nuestros súbditos naturales y vasallos, era una rémora para desarrollar la isla. La Gobernadora de Margarita, estirpe del primer Villalobos en su concesión de gobernancia, gestiona desde la lejana Santo Domingo la traída de ganado equino y bovino a su isla. Cuenta para pastorearlo con nuestros súbditos naturales, no sin protestar ante su Audiencia por el blindaje legal de unos guaiqueríes reacios siempre al trabajo productivo. Pero la primera llave del Imperio tenía abierta su cerraja al África portuguesa, y la gobernadora comprará en La Española los bozales necesarios para impulsar la producción ganadera margariteña que le soslayan sus nativos. Su éxito estaría asegurado antes de 20 años, cuando era ya la principal abastecedora cárnica de la Tierra Firme y de la Nueva Andalucía toda.

Llega desde La Española el licenciado Francisco de Prado para someter a Juicio de Residencia al capitán Jácome Castellón, quien finalizado su mandato, debe regresar a Santo Domingo. Nuevo ajuste entre la espada y la toga, la sangre y la tinta, que diría Madariaga, frente al desajuste económico de la Audiencia. Tras este juicio, una serie de intrigas iban a retrasar la reposición durante meses del nuevo corregidor de la puebla santiaguina. El capitán Pedro Ortiz de Matienzo va a tomar la defensa de Cubagua al cernirse sobre ella nueva amenaza corsaria. Un canoero llegado de Margarita, informa sobre ciertos bucaneros franceses arribados al surgidero de Pampatar, que en una nao grande e una carabela rasa portuguesa y un patache, buscan la puebla de Santiago de Cubagua para un supuesto trato de perlas (1527). Guiados por Diego Ingenio, piloto y antiguo contrabandista de esta puebla, un mal español natural de la villa de Cartaya en la Baja Andalucía, recelan los margariteños una cabalgada esclavista contra los nativos bajo apariencia de rescate comercial. A las rutinarias preguntas de identificación durante su fondeo en Pampatar, mienten los franceses y levantan sospechas, al hacer pasar la suya por una nave sevillana que casualmente había pasado por allí unos días antes. Pampatar, surgidero a resguardo de la Punta Ballena de Margarita, contaba con algunas decenas de vecinos dedicados a la pesca de ostiones en la isla de Coche. Ante las dudas surgidas y el peligro de celada, ningún margariteño subirá a bordo para rescatar, pese a las reiteradas invitaciones de los impostores. Pero tampoco se hace a la mar ninguna barca de pescador, varadas todas a la vista sobre la arena del resguardo. Los margariteños no quieren levantar sospechas al francés con su propio recelo. Un sigiloso canoero guaiquerí  será quien traiga la nueva del peligro a Nueva Cádiz, nombre con el que se cita  por vez primera la puebla de Cubagua.

Al amanecer siguiente se presentan frente a la advertida  Villa de Santiago las naves corsarias. Aprestan sus bateles para el desembarco, que va a ser impedido por pequeños bergantines y barcas de pesca  en número de treinta o más, e con indios flecheros proveydos (sic) de aquella hierva mortal que por allí hay… e con algunos tiros de pólvora…  que  directamente asedian a los recién llegados. Hostigan los neogaditanos y sus aliados indígenas a los filibusteros, que pese a su prepotencia artillera, contabilizaran trece muertos antes de abandonar la refriega e intentar un postrer diálogo. Pero saliéronse tres o cuatro vizcaynos (sic) e navarros que traían contra su grado en la carabela rasa, e fuéronse a tierra e dieron noticia de cómo aquellos franceses eran ladrones. Ante semejante rebato, rota la tregua, se hacen de nuevo a la mar los bergantines, bajeles, barcas y canoas de Nueva Cádiz con redoblado vigor. Reforzados con mosquetes y flecheros, toman al abordaje el patache. Esta pérdida obliga a cazar escotas y ceñir velas al resto de naves corsarias, que se disponen a ponerle millas de por medio a la incómoda plaga flotante. En su estela rumbo a Puerto Rico, van a dejar treinta y cinco cadáveres sobre las aguas. Informada Santo Domingo, organiza su Audiencia la caza y captura de aquellos forbantes. En la isla de la Mona (entre Puerto Rico y La Española), les darán cerrada batalla por dos días consecutivos. Rescataron la carabela portuguesa, traída cautiva desde costas brasileñas con su tripulación vizcaino-lusa, aunque se les escapa durante la noche la nao capitana de 240 toneladas. Con la nueva luz del día proseguirán su persecución en mar despejada. Pronto la darán por hundida vista la mala mar arbolada durante aquellas horas, y los severos destrozos percibidos en su casco. Unos días más tarde fondeaban de nuevo en la ría de Santo Domingo, trayendo con ellos esta vez la carabela liberada.

Unos años mas tarde Carlos V iba a otorgar el rango de ciudad a la villa de Cubagua, con el nombre de Nueva Ciudad de Cádiz, según Real Cédula de 1528. Un año antes había emitido en Burgos las Ordenanzas para la Isla de Cubagua, donde se establecían sus directrices comerciales y su estatuto ciudadano. Ya Castellón cinco años antes había empezado a fundar pueblo, cuando los vecinos sin temor, se dieron a construir… casas de morada, con mucho propósito de cal y canto, además de incorporar muchos indios, buenos pescadores de perlas. Habíase establecido el procedimiento para la elección anual de un alcalde ordinario, a la vez que se fijaba en ocho el número de regidores. Se controlaba la producción perlífera con tres contabilidades simultáneas, llevadas a cabo por dos funcionarios (un auditor tesorero, un veedor real) a contrastar con el libro encuadernado del propio alcalde. En ellas quedaban asentadas la cantidad y calidad de las perlas, el nombre del pescador y su señor de la canoa, así como el día, mes y año de cada partida registrada. Las perlas habían de ser diariamente guardadas en un arca con tres llaves, una para cada contador. La Corona trataba de controlar la economía sumergida de Cubagua para mitigar su costosa defensa.

FIG. 9: Escudo de la Ciudad De Cádiz

 

Las medidas de control de su producción perlífera, iban a coartar el aventurerismo comercial a la vez que consolidar el arraigo ciudadano. Surgirán por vez primera edificios en mampostería de piedra y labra, destacando entre ellos la iglesia matriz y la casa hidalga de Pedro de Barrionuevo, ambas muy bien labradas. El aspecto de la ciudad desde la mar, fachadas encaladas y compacto porte urbano que riela en el agua, empieza a convertirse en reminiscencia totémica de la tacita de plata que los regidores gaditanos de la villa añoran en la distancia. Ellos serán quienes sugieran el nombre de Nueva Cádiz, que asume el Cesar Carlos. Su imperial escudo y el de sus abuelos los Reyes Católicos, aparecerían siglos después entre sus ruinas, testificando su valioso pasado como zaguán de la cultura europea de aquel mundo en formación. Mantendrá la prebenda del comercio directo con Castilla sin necesidad de aportar sus naos en Santo Domingo, pese al encontrado sentir de su Real Audiencia. Su cabildo goza el poder de importar libremente doscientas piezas de esclavos anuales para sus pesquerías, a la vez que administra su propia alcabala con cesión mínima a la Hacienda Real. Por todo ello, el mantenimiento de Nueva Cádiz con el castillo de Cumaná como apéndice obligado, resultaba oneroso para la Corona, aunque su rol estratégico fuera altamente valorado por el Consejo de Indias como pasarela hacia la Tierra de Gracia. Un tampón cerámico hallado siglos después entre sus ruinas, vendría a corroborar el poder fáctico de su cabildo ciudadano de entonces, donde el sello imperial sobre un papel… era arma para afianzar la propia autoridad…el poder…la honra dimanada del Emperador… atesorada por aquella ciudad castellana, colmada de mercedes por el francoparlante Carlos, en una insignificante isla de  perlas caribeña. Coronado Emperador desde 1520, su cohorte de asesores flamencos y financistas alemanes iban a dejarse donar ricos presentes por la interesada nobleza castellana. Las perlas de Cubagua estuvieron entre aquellas dádivas desde el principio… y el joven César vino a otorgar a su todavía villa, la Real Cédula que le concediera el rango de ciudad privilegiada, en detrimento del castillo y puebla de Cumaná, estéril ya de perlas. A consecuencia de ello, aquellos aguadores negros que antaño pasaban al continente para traer a Nueva Cádiz el líquido potable, deberán retornar escoltados por jinetes que despejen de flecheros ocultos los carrizales ribereños. Pero el servicio de aguada no sería ya interrumpido.

Por aquel tiempo el veterano Diego de Ordaz, expedicionario que lo fue junto a Ojeda en Cabo de la Vela, con Juan de la Cosa en Urabá, y Hernán Cortés en Tenochtitlán, estaba inmerso en otras jornadas de exploración en busca de El Dorado. Va a venir desde Andalucía repetidas veces con nao capitana y varias carabelas, para recorrer la Guayana e incursionar en el Orinoco. Muchos de sus hombres y todo su ganado y caballos, serán acopiados en Margarita. Cubagua será la base del carenado de sus naves. Llegará Orinoco adentro hasta la confluencia del Meta, donde las cataratas de Ature le impiden seguir avanzando. En su ausencia, los subalternos Alonso de Herrera, Jerónimo Ortal y Jerónimo de Alderete iban a seguir sus huellas tras El Dorado, pero su ahínco tampoco sería recompensado con el éxito. En 1530 iba a ser Diego de Ordaz nombrado Gobernador de Amazonia, una entelequia geográfica de Tierra Firme que incluía Trinidad y las Islas de las perlas. Cubagua no reconoce tal nombramiento, y en su visita a Nueva Cádiz, el flamante gobernador es apresado y remitido a Santo Domingo. En pleno Juicio de Residencia decide ir a España a reclamar justicia, pero desaparece con su nave en el Atlántico.

 

FIG. 10: Amazonía

 

Un terremoto seguido de tsunami iba a destruir aquel año el castillo de Cumaná. Se levantó la mar en altura de cuatro estadios…dio la tierra un horrible bramido… hundiéronse muchos pueblos de indios,  y de ellos murieron muchos, nos cuenta la crónica.  Este percance tectónico iba a ofrecer a los pobladores de la Tierra Firme una lectura ajustada del nuevo contexto natural con que habían de enfrentarse al futuro. El suelo inestable que pisaban, inopinadamente convulso de súbito, había arruinado la pétrea Nueva Cádiz y el castillo de Cumaná en su primera sacudida, pero respetó las humildes chozas suburbiales de caña, carrizo o bahareque, que se cimbrearon sin colapsar durante aquellos eternos estertores, para ser finalmente arrolladas todas por una ola de marea que arboló las aguas y laceró profundamente la vida a lo largo del litoral. Algo llevaban aprendido ya los supervivientes para legar a sus herederos. Los retumbos que como lamento subterráneo acompañaban al vaivén del suelo, se aproximaban y pasaban rezongando bajo sus pies, el vapor rojizo que resplandecía como una aurora boreal de la noche del trópico, las bocanadas de agua caliente, los vómitos azufrados de barro y pez que surgían de las grietas del suelo, o los haces ondulantes de fuegos fatuos que garabateaban las sombras, todo la parafernalia sensible de los espasmos de la tierra cumanesa, era festejada ancestralmente por sus indígenas con danzas enardecidas y jubiloso bullicio. Los indios creían que cada terremoto secuenciaba la destrucción del mundo, y que las distintas manifestaciones del fenómeno eran señales de una regeneración humana sin  invasores. Los cocodrilos salían a las playas y esteros durante el temblor, manadas de chigüires corrían a otros caños huyendo tanto del turbio légamo de las charcas como del cocodrilo súbitamente emergido de ellas, para acabar por caer engañosamente en las fauces de los jaguares, instintivos cazadores en río revuelto y ocasión propicia. Todo el saber ancestral de los indios, iba a ser acopiado por los castellanos en unos días de estertores difusos sobre aquella  pasarela de Tierra Firme. Pasarela por donde  ocurría (sic) mayor número de gentes que a las demás partes de la costa.

Tras la convulsión del suelo, detectan los pescadores profundos daños en los fondos rocosos del oriente de la isla y sus ostrales, cuyos magníficos ejemplares venían siendo feriados en los mercados perlíferos de Sevilla, Toledo, Augsburgo o Brujas. Solo a diez y doce brazas de agua en hondo… vuelven a reproducirse las ostras perlíferas que antaño lo hacían a tres, ahora muy pegadas e asidas a las peñas donde antes lo estaban débilmente. La pesca tradicional habíase practicado en Cubagua a base de canoas de siete y más nadadores, que tras cada zambullida, se erguían sobre el carel para depositar sus veneras en cubierta, cobrar el necesario aliento, comer un bocado reparador a bordo y volver a sumergirse. De sol a sol la rutina se repetía. Con las nuevas profundidades de pesca échanse sobre los hombros dos piedras ligadas por una cuerda, que dejan pender a sus costados. Este contrapeso facilita su inmersión, y se zafan de él para remontar. Comenzaba así la prolongada agonía de las pesquerías de barlovento, hasta ser más tarde abandonadas por su dificultad de extracción. La inmersión tradicional de buceadores que desprendían del fondo los ostiones para entregarlos en superficie, había empezado su declive sin retorno. Frente a esta realidad, la Casa de Contratación emitirá nuevas ordenanzas, que segregan ciertas zonas cerradas de otras temporalmente abiertas a la pesca, tratando con ello de evitar el progresivo esquilme de los viveros. Estas ordenanzas, revisadas anualmente, buscaban un equilibrio ecológico capaz de potenciar la repoblación de las ostras. Incluso llegarían a regular el tamaño de las canoas de pesca, a fin de controlar el número de buceadores de cada jornada. Poco tiempo habrían de durar estas medidas paliativas; nuevas técnicas de extracción a base de pesca de ingenio o de arrastre, vendrían a incrementar ostensiblemente el decalvado del fondo marino. Nuevos artificios de remoción, rastreo y redes de trasmallo o copo, el arrastre de planchas de hierro colgantes para apalancar y descuajar colonias enteras de ostras, la buena fuerza para las arrancar empleada con los nuevos métodos, iban a empobrecer irreversiblemente su capacidad de reproducción. En plena euforia perlífera productiva, la pesquería tenía sus días contados.

En 1532 Nueva Cádiz va a lograr su añorada jurisdicción sobre Margarita. Pedro de Herrera su alcalde mayor en ese momento, pasa a ser la suprema autoridad de las Islas de las Perlas. El nuevo compromiso político le obliga a la reconstrucción de su ciudad, que debe fortificar y dotar de real fuerza a fin de mantener su cometido de ariete abridor del continente, y de obligado gendarme de las islas. Construye una casa fuerte para protegerse y se defender de los ataques corsarios, pero en contrapartida presupuestaria la guarnición del castillo cumanés debe ser minorada. El párroco Francisco de Villacorta, nombrado protector  de indios, es enviado a fundar la Villa del Espíritu Santo con su iglesia, el Pueblo de la Mar que hoy conocemos como Porlamar, en la costa meridional de Margarita. Se trata de un núcleo mixto donde castellanos y guaiqueríes convivan, el primero de los muchos que habrá de cobijar la vacía isla para dejar de serlo.

 
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Contexto Histórico de Nueva Cádiz – II

Las ostras perlíferas, eran alimento básico de los pescadores nativos, y su abundante desove en ciertas épocas del año, teñía de un rojo característico el mar circundante hasta mucha distancia de la Tierra Firme. La nutrida pesca del entorno era mayormente de dura digestión, razón por la cual pronto la escabecharon en instalaciones propias, y con otros salazones enviaban su excedente  a La Española. Anualmente grandes tortugas, con más carne que una ternera, entraban a desovar y eran capturadas con ingeniosos y ligeros arpones indígenas. Junto a la caza de iguanas, báquiros y chiguires, la volatería de flamencos, halcones, alcatraces, fragatas y otras aves marinas temporeras o no, eran presa fácil de flecheros y tramperos guaiqueríes, que con frecuencia asomaban en la costa para negociar aquellas y otras viandas. No pocos pobladores intentarán completar su dieta apacentando puercos de La Española o báquiros de Tierra Firme,  además de encorralar las gallinas, patos y gansos ibéricos, y azuzar sus perros a la caza de  los conejos silvestres que plenaban la isla.

La creciente organización ciudadana va a ir acomodando la pirámide social del enclave. Los primeros gestores de las pesquerías serían conocidos como los Señores de las canoas, es decir los primitivos dueños de las barcas de pesca, que llegarían a formar poderosas Haciendas de las Perlas a la vez que constituir la élite social del poblado y controlar su cabildo. Mayordomos y canoeros integraban el estrato intermedio de mandos  sobre el que se sustentaban esas Haciendas, verdaderas compañías comerciales individuales o colectivas, auténticas cadenas de producción que competían en el mercado perlífero. Indias, pajes asistentes y esclavos africanos, componían el genérico sector servicios, encargados de las labores domésticas básicas: las mujeres como sirvientas, los muchachos de recaderos. Un Señor de las canoas, raro era el caso que permaneciera todo el año en Cubagua. Iban y venían de Andalucía o La Española, donde habitualmente residían. Los lugares de Cádiz, Almonte, Baeza, Sanlúcar, Carmona, Huelva, Gibraleón, Palos, Niebla, son sus residencias más citadas en documentos. Estos señores habitualmente ausentes, tenían en los mayordomos su hombre de confianza in situ, normalmente pariente o paisano suyo, cuando no hijo natural mestizo, aunque también los hubo negros e indios cristianizados adheridos al grupo familiar del amo. Eran la alma mater de la Hacienda perlífera, administradores y gestores capaces de avizorar conflictos, robos y pendencias, y evitar que el agua llegase al río en aquel confín insular de humanas tensiones. Por sus manos pasaban las ostras acopiadas, abiertas por los pajes al final del día para guardar las perlas y repartir los mejillones comestibles, cuya abundancia hacíalos aborrecer por muchos. Los canoeros eran los responsables de cada canoa o barca desde la que los buceadores descendían para arrancar del fondo los ostiones nacarados, que diariamente entregaban al mayordomo.

Clase aparte la constituían los buceadores o pescadores de perlas, indígenas esclavizados o asalariados libres, expertos y hábiles nadadores, insustituibles para la extracción submarina de las ostras. López de Gómara relata cómo cierto cacique de Panamá, mostró a los deslumbrados españoles que le visitaban, los secretos de la pesca de perlas y el cometido de sus hombres. Eran grandes nadadores a lo somormujo y criados toda la vida en aquel oficio… se zambulleron a buscar ostiones con sendas talegas al cuello…salieron una y muchas veces cargados de ellos…entran cuatro, seis y hasta diez estados de agua…también se ahogan muchos pescándolas… o los desbarrigan y comen peces carniceros que hay, como son los tiburones…de esta manera se pescan las perlas en todas  las Indias. Fray Bartolomé, el defensor de los indios, acusa: No hay vida infernal y desesperada que se la pueda comparar… métenlos en la mar en tres y cuatro e cinco brazas de hondo, desde la mañana hasta que se pone el sol; están siempre debajo del agua nadando, sin resuello, arrancando las ostras donde se crían las perlas. Salen con unas redecillas llenas dellas (sic) a lo alto y a resollar, donde está un verdugo español en una canoa o barquillo, e si se tardan en descansar, les da de puñadas y por los cabellos los echa al agua para que tornen a pescar…  Este sobreactuado discurso del Licenciado Las Casas, vendría años más tarde a nutrir las ideas de la Junta de Valladolid, propuesta por Carlos V para estudiar la casuística indígena. Castigaba en ella el Emperador  con pena de muerte, al que llevase por fuerza a indio ninguno libre a pescar perlas, estimando en mucho más la vida de los hombres que el interés de las perlas, si han de morir por ellas, aunque valgan mucho. Simultáneamente en Inglaterra (y sospecho que mayoritariamente en la Europa toda), cuenta el historiador británico Vincent T. Harlow que no se consideraba cosa de importancia la muerte de un criado a manos de su señor borracho. Abstracción que nos obliga a repensar que por aquel tiempo, los europeos, paladines indiscutibles del razonamiento ético, llevaban cinco siglos menos en su sesudo cavilar sobre esa entelequia llamada hoy derechos humanos, al tiempo que la pionera Universidad de Salamanca apenas balbucía, por primera vez frente al mundo, el derecho de gentes del padre Vitoria.

La realidad objetiva de aquel momento en Cubagua, era que cada buceador costaba demasiados sueldos a los señores de las canoas en el mercado esclavista, como para permitir que el iracundo canoero de turno diese rienda suelta a su inquina racial, sin pedirle por ello explicación o someterle a juicio. Cada somormujo debía ser alimentado mediante una dieta regulada a base de maíz, pescado y caza, sin que diariamente faltase medio cuartillo de tonificante vino. Sus aparejos de manoplas y trasmallo, eran particularmente atendidos por el sector servicios. Especial cuidado se prestaba a sus guantes de cuero o manoplas protectoras, para evitar los cortes producidos en las manos por los filos de las ostras, siempre profundos, de difícil y dolorosa encarnadura, que podía inutilizarlos temporalmente. Los forzados pernoctaban en chozas de paja cercadas de carrizo, llamadas cárceles en el argot ciudadano, donde cada atardecer se les engrillaba a fin de impedir las fugas, las relaciones homosexuales o heterosexuales clandestinas, y el contrabando de perlas ocultas con terceras personas. El acoso sexual sobre las indias de servicio era notorio, y frecuentes los estados de violencia y celos que experimentaban aquellas mujeres, rodeadas como alacranes por un anillo de fuego social de halago y deseo. No eran ajenos a ellos los pajes, verdaderos correveidiles y alcahuetes de escarceos amorosos ocultos. Caso aparte lo constituían los pescadores voluntarios, guaiqueríes asalariados por contrato, que vivían libremente con su mujer e hijos en bohío propio. Al final de la común jornada, un indio cristiano dirigía el rezo clásico de padrenuestro – avemaría – gloria, antes de ordenar el riguroso silencio nocturno que debía reinar en el sector de las cárceles.

Con el crecimiento de la puebla, se empezaron a traer hortalizas y leña de Isla Margarita, frutos, tubérculos o raíces comestibles de los indígenas de Tierra Firme, además de vino, cecinas y salazón de pescado de La Española. Comenzó un servicio regular de aguadas tomadas en el río Manzanares de Cumaná, y el intercambio básico con solitarios colonos blancos, diseminados en recovecos geográficos fértiles, ya insulares o continentales. Enfrentados al riesgo cierto del indígena caribe, rostro pintado, capaz de aparecer sigilosamente tras los carrizales de su predio para degollar, robar y purificar con la macana y el fuego el rastro maldito del misionero, el tratante o el labriego, estos colonos representaban un extra- límite añadido a sus vidas. No sobrevivirían mucho tiempo en sus haciendas. Frente a este tipo de colonos,  Cubagua presentaba la ventaja de estar despoblada de indios, y pese a su carencia hídrica, el interland de resguardo que materializaba el brazo marino entre Margarita y su costa norte, era valor al alza para un fiable asentamiento europeo. Ello a pesar de la siempre probada fidelidad de los vecinos guaiqueríes, que no por ello hacían olvidar el salvaje y temido perfil de los vociferantes caribes de la Tierra Firme y Trinidad, saciando siempre su bestial ferocidad con la carne del miserable que lograban capturar. La permanente vigilia del indio circunscrito, era vital para sobrevivir; diferir en lo posible toda algara indígena ante sus puertas, resultaba imprescindible para la defensa de la exigua puebla. De ahí el sobrevalor otorgado a la aislada Cubagua.

En 1511 se constituye la Audiencia de Santo Domingo en La Española, lo que viene a incrementar el control del Gobernador Diego Colón sobre la Tierra Firme y sus islas. El hijo del Almirante, casado con una prima del Rey Católico, había sido repuesto en la isla como Gobernador tras la muerte y rehabilitación de su padre. El nuevo mandatario favorece el paso de colonos hacia las otras antillas, a fin de aliviar la presión demográfica que ejerce la afluencia humana sobre su ciudad capital, primera llave de las Américas. Las Islas de las perlas se iban a ver influenciadas por las medidas asumidas en La Española. Propone D. Diego el herraje en  pierna o brazo de todo nativo traído de fuera o capturado en guerra justa, a fin de identificar cualquier desertor cobijado entre afines; pero será abolida la medida unos años después, por ser considerada cosa excesiva por la Corona. Dado que los canoeros estaban facultados para ordenar el trabajo de sus hombres, su alimentación a bordo, y  castigo a los remisos, mantenían la prohibición de arrojar por la borda desperdicios o bivalbas desbulladas. Su efecto llamada sobre rayas y tiburones del área, añadía un peligro a la integridad del pescador. Como autodefensa de estas ocasionales presencias, cada canoa portaba ristras de anzuelos encadenados, aparejo eficaz para capturar al robo el selacio rondador. Como mano ejecutiva de la Corona, la Audiencia iba a ordenar controles  trimestrales  del trato dado al indio, su seguridad, su mantenimiento y su vestido. En cada una de ellas debían estar presentes los Señores de las canoas, al menos durante seis días. Esta presencia sincopada, era aprovechada por los buceadores para entregar personalmente a sus señores las mejores perlas ocultas; comercio clandestino consentido por los hacenderos, que además de incentivar al buceador diestro, evitaba el control de la Real Hacienda sobre los ejemplares más valiosos, y por tanto el pago de su Quinto. Las perlas clandestinas acostumbraban los indígenas a guardarlas en librillos o botijas de agua salada, donde el  nácar conservaba durante meses el frescor original de su iris.

Desde los primeros días de su asiento en Cubagua, el espíritu franciscano había llevado a establecer un convento matriz de su Orden en la puebla. A él acudirán predicadores y clérigos, residentes fugaces que, como lluvia de estrellas, se diseminan pronto por el perímetro costero. Vienen para evangelizar a los súbditos indianos de la Corona. Pese a esporádicos contactos misionales previos, en el año de 1516 estos franciscanos pasan decididamente de Cubagua al continente, donde construyen un monasterio cerca del río Cumaná. Para Fernández de Oviedo, el establecimiento humano de Cubagua era ya para entonces estable. Algunos meses más tarde, tres frailes dominicos llegados a la residencia  franciscana de la isla, hacen lo propio cerca del río Neverí, a cinco leguas al oeste del anterior. Allí comenzaron a predicar y a convertir, mas se los comieron los indios,  refiere lacónicamente el cronista. Era el holocausto terrible a su fe.

Tesoneramente desde Santo Domingo, retorna al Neverí el relevo de los mártires, que levanta esta vez en Santa Fe nuevo monasterio dominico. Hicieron grandísimo fruto en la conversión, enseñando a leer y escribir a mucha gente principal, vuelve a testificar el cronista. Pero súbitamente, tras una convivencia mas que pacífica, amigable, se alza violentamente la indiada en 1519 y  por su propia malicia, o porque les echaban al trabajo y pesquería de perlas,  mataron a todos los españoles de los contornos, siendo especialmente crueles con los frailes de Santa Fe, que no pudieron escapar a las islas. Los franciscanos de Cumaná lograron huir a Cubagua a tiempo, aunque los sublevados mataron a todo indio que estaba dentro, hasta los gatos, asolaron su casa, talaron la huerta, rompieron la campana, despedazaron un gran crucifijo que presidía su oratorio y lo regaron por los caminos como si fuera el destace de un ajusticiado…

La irracionalidad del salvaje brotaba una y otra vez. Con similar cadencia parecía rebotar sobre sus propias vidas el mismo maltrato, propio del tajo forzoso, que los conquistadores inferían al indígena capturado. Era una espiral de violencia donde el toma y daca sincopaba crueles y consecutivos golpes. Bien es verdad que en su perfil de desarrollo, el amerindio ignoraba lo que era la brega laboral tal como la entendía su contemporáneo europeo. El trabajo era para ellos una maldición vital. Dos mil años les separaban. Su indolencia e inactividad étnicas, serían estudiadas entre muchos por Humboldt varios siglos después, y por él manifestadas en múltiples comentarios de su obra escrita. Blanco Fombona, heredero de conquistadores y polifacético intelectual venezolano, gustaba definir la actitud vital de los tres protagonistas continentales de su patria como activa en el europeo, paciente en el africano, e indolente en el amerindio. Según la proporción de  genes selectivos heredados, creía ver modelada la actitud individual de sus compatriotas criollos. De apáticos e indiferentes los tilda Madariaga, que coincide con Sedillot y con Oviedo y Baños, quien habitualmente los identificaba con el inequívoco apelativo de gandules. Durante la conquista, estos testimonios abundan entre los europeos, que manifiestan su sorpresa ante la actitud inexpresiva del indio de la Tierra de Gracia, su mirada taciturna contemplando durante horas no se sabe qué. De regreso al hogar, el padre indígena era criticado por no hacer otra cosa que comer y tumbarse en su hamaca o chinchorro; jamás se les veía acariciar a sus mujeres ni a sus niños. Al retorno de la caza, la pesca o la lucha, los emplumados guerreros solo concebían un asueto de holganza a base de placeres y borracheras con buen vino de dátiles, trufado de fornicación no exenta de sodomía. Narran los historiadores sus bestiales e nefandos pecados y el ayuntamiento carnal con ciertas mujeres según las víboras lo hacen… La plantación y recolección de vegetales era para ellos tarea de mujeres, como lo era la cría de conejos, patos, tórtolas y otras aves… soslayada en el mejor de los casos por una fugaz mirada del  macho alfa.

El español, tradicionalmente gentil con sus damas,  se consideraba capaz de todo, con derecho a todo, tanto para lo mejor como para lo peor,  insiste Sedillot. Luego de siete siglos de lucha contra el Islam, era pueblo de gente individualista y tenaz, que no retrocedía fácilmente ante la dificultad por grande que fuere, y que solo concedía  al enemigo derrotado la supervivencia del esclavo. Así lo había padecido durante el medioevo en propia carne, y aplicado a la ajena. Ahora subrogaba este fuero consuetudinario en los nuevos reinos de ultramar; pero se equivocaba en la explotación del hombre sometido, porque las enfermedades traídas por europeos y africanos no topaban inmunidad primaria alguna en las etnias indígenas. Sumadas las epidemias a la vegetativa inactividad ancestral de los varones indios, su rechazo visceral a todo trabajo reglado y la progresiva deserción de sus hembras, acabaría sumiéndoles en profundas depresiones, hasta el suicidio masivo o la muerte buscada, que diezmaron aquellos pueblos, ya lacerados por las guerras. Era una novedad histórica que dejaba al europeo sin respuesta. Paralelamente Las Casas denuncia que comenzáronse a ahorcar… toda junta una casa, padres, viejos y mozos, chicos y grandes… y unos pueblos convidaban a otros a se ahorcar, porque saliesen de tal tormento y calamidad, contextualizando la idea del inhumano dominio del conquistador. Pero paralelamente también, son múltiples los testimonios que nos matizan que las mujeres fácilmente se concedían a los cristianos, e no les negaban sus personas … la india que ha gustado del amor de los civilizados… si pasa algún tiempo entre los suyos, vuelve voluntariamente a aquellosla actitud de la mayoría (de las indias caribes)  fue de apasionada entrega, tanto en la guerra como en el lecho … a tal estado llegaron (los indios) … que una vieja de 80 años era tenida por bocado apetitoso … y así hasta el hartazgo, vienen a denunciar indirectamente la penuria sexual alcanzada por el varón indígena frente a la encendida actitud de sus hembras, que nada tienen que ver con los manidos tópicos al uso. Ello justifica el abundante mestizaje entre los pobladores de barlovento, a la vez que mengua la reacción emocional de sus guerreros. Esta trágica secuencia de sus vidas, martirizó sin duda sus almas, mientras los europeos engreían de prepotencia la suya, tildándoles de maulas, borrachos, caníbales, flojos, idólatras, sodomitas... lo peor. La iglesia, con sus misioneros y sus mártires en medio, contemplaba trémula la colisión entre ambos mundos. Su serena opinión acerca del indígena, era evidentemente muy otra.

De nuevo una asonada indígena batía la Tierra Firme. Antonio Flores a la sazón alcalde mayor de Cubagua, ordena la evacuación de los 300 ciudadanos de la puebla antes de que el rostro pintado del emplumado indígena asome por su costa. Algunos de ellos capitaneados por Andrés de Villacorta, son partidarios de aprestar su defensa a ultranza, idea que no lograrán imponer al alcalde y su partido. Esta gente de bien, cuya mayoría estaba allí  no más que por el rescate de perlas, que no para usar las armas, daba la huida por respuesta, apresurando el embarque de sus haberes. Sin duda  nunca se perdiera la isla si fuera creído el capitán Villacorta; pero se impuso finalmente el criterio conservador del alcalde, que encabezó la vergonzante fuga. Embarcáronse en las carabelas fondeadas frente a Margarita, abrigo y surgidero de las naves de porte, donde anclaban habitualmente los barcos de acarreo del agua potable. Abandonaron sus hogares, y en ellos  muchas pipas de vino e muchas provisiones que comer, y rescates  y muebles de sus casas. Llegada la desbandada a Santo Domingo, fueron recibidas sus naves no sin mucha vergüenza y vituperio, acusadas de abandonar cobardemente su isla a la destrucción del irracional caribe. Pronto las piaras de cerdos deambulaban solas, hozando y destruyendo por doquier todo resto de huerto familiar; las gallinas y patos muertos se pudrían en los corrales, y las humildes matas de yuca, ají y tubérculos comestibles, lucían secas como abrojos rastreros. Durante la reconquista de la península ibérica, eran las ciudades próximas quienes establecían planes de acción para rescatar provisionalmente los bienes y ganados abandonados tras cualquier agresión de frontera, incluso antes de recibir las mandas reales que lo ordenasen. Cuando el teniente de gobernador de Margarita en La Villa del Espíritu Santo, trata de cumplir la pertinente orden de la Real Audiencia, es ya demasiado tarde. Los indios de Tierra Firme han pasado a Cubagua en sus canoas para robar y destruir cuanto en ella habían dejado sus moradores. Hace días que celebran ya con gran alborozo de danzas y estruendo de bocinas, atabales y griterío, la huida de los cristianos. Una victoria que apuntalaba su careada estima, al comprobar el pavor infundido al enemigo por el coraje de su raza.

    Frente a tamaño desacople económico y humano, la Audiencia de Santo Domingo trata de poner mesura a la algarada caribe. Envía a Gonzalo de Ocampo secundado por Andrés de Villacorta, al mando de un galeón con 300 hombres de guerra (1520) que finge provenir de Castilla para rescatar en Maracapana, al oeste del Neverí, aparentando ignorar los sangrientos sucesos recién acontecidos. Pensando sorprender a aquellos incautos castellanos en propia salsa, los caribes cumanagotos suben a bordo. Allí cae sobre ellos la hueste de Ocampo, que copa a los principales comisionados, a quienes  ahorcó de las entenas del barco, y se fue a Cubagua  a sentar sus reales. Establecido ya en la isla, acometerá desde ella pugnaces salidas de pacificación contra los caribes de la Tierra Firme. Mató muchos indios en veces, y los más de los que prendió, los ajustició rigurosamente o los tomó por esclavos. Villacorta, experimentado conocedor de aquellas gentes, habiendo capturado a la india María, mujer del cacique de Cumaná, devuélvela a su marido, y por causa de esta mujer se hizo la paz, nos dice el historiador. Llegada la  concordia con el  apaciguado cumanagoto, manda Ocampo construir a la vera del río de aguadas la villa de Nueva Toledo, supuesto cobijo fiable para cristianos, semilla de la futura ciudad de Cumaná.

Regresado Ocampo a Santo Domingo, quedan allí parte de sus hombres. Francisco de Vallejo y Pedro Ortiz de Matienzo gestionan las alcaldías mayores bajo mandato real de repoblar Cubagua y reiniciar su producción de perlas. Los indios de Cumaná van a impedir retomar las aguadas del río, pese a la insistencia de los  cristianos  por afianzar su libre acceso al agua potable. Beben entretanto de unas lagunas de Isla Margarita, de cierta agua hecha cieno, y aún de aquella habían con mucho costo e dificultad. Nada podían aquellos pobladores contra los flecheros de dardo emponzoñado que infestaban la costa. Y así se estuvo aquella gente de Cubagua, como en frontera y guarda de su isla. Pese a su limes fronterizo, logran atraer a ciertos pobladores del litoral cercano, respetan aquellas propiedades que alcanzan a documentar, crean un padrón de residentes fijos y reparten entre ellos solares. Retornan algunos guaiqueríes de Margarita y Tierra Firme como solían, a rescatar perlas con los españoles…que en ciertos tiempos pasaban a la isla para se mantener y proveer de aquellas cosas que los españoles por ellas les daban, junto a nuevos esclavos indígenas traídos de otras orillas. La resistencia de los indios periféricos a ejecutar de buena gana la granjería de aljófares, seguía siendo absoluta entre los caribes. Muchos de estos buceadores forzados habían sido capturados en las Bahamas por caribes antillanos, y vendidos por ellos a los comerciantes perlíferos de Cubagua. Su riqueza son nacarones y conchas bermejas de las que hacen arracadas, decía de ellos el historiador. Las más de 400 islas Lucayas o Bahamas, pobladas por etnias diversas, con mucha diversidad de lenguas  y continuas pendencias entre sus gentes, sufrían continuas redadas enemigas. Caribes de  Puerto Rico y otras antillas menores como Santa Cruz y San Cristóbal (Saint Kitts), los compraban a sus captores, cuando no para cebarlos y comérselos como ganado, para venderlos en las Islas de las perlas como esclavos lucayos. Allí eran mercadeados por los tratantes del nácar para explotarlos mientras durara la capacidad de sus pulmones. Si cuando enfermos, sobrevivían, pasaban a ocuparse de los aparejos de fondo, los trasmallos y manoplas de la pesca, el cuido de las embarcaciones, velas, remos y anclotes, y las instalaciones fijas de la hacienda. Si trataban de escapar, eran carne más que probable para alimento de otra etnia caribe, atentas siempre a la caza del hombre para nutrirse de viandas.  

asDurante las galopadas de Ocampo y Villacorta por Tierra Firme, llegan ciertos navíos con el futuro Padre Las Casas y sus Caballeros de la Espuela Dorada (1520). Trae papeles reales en regla y debe ser atendido por las autoridades de la Audiencia; pero Ocampo, su adelantado por aquellas latitudes y días, que le conoce de La Española, considera cumplido su cometido bélico y retorna a Santo Domingo. No cree en el liderazgo de Las Casas y opta por retirarse a tiempo de evitar nuevos desencuentros entre la espada y la cruz. Se trata de un primer ensayo humano para integrar un contingente de 300 labriegos prudentes, seleccionados por su apacible vida y buenas costumbres, capaces de convivir en armonía con el vecindario indígena. Luego de haber profesado sus votos, hábito blanco de caballero y una cruz roja bordada en el pecho, esta nueva orden de caballería, suerte de añorados templarios medievales, acomete con entusiasmo la práctica del amor al prójimo y el respeto del mundo que les rodea. Cincuenta caballeros y sus braceros de la gleba, van a esmerar ese trato hermanado entre mundos dispares, que Bartolomé de las Casas les ha encarecido antes de regresar a La Española, en busca de otras gentes, influencias y dineros para dilatar su empresa apostólica. Pero durante su ausencia se gesta nueva y violenta reacción indígena, crecidos los indios tal vez ante el vacío de poder dejado por la hueste dominicana en su retorno a La Española. Por una parte las injustas, crueles y tiránicas guerras… y  por otra el oprimirlos con la mas dura tiránica y horrible servidumbre en que jamás hombres ni bestias pudieron ser puestas, fueron las causas de la rebelión, según el florido decir del bienintencionado e ingenuo Las Casas. Lo cierto es que los indios, como encruelecidas bestias nocivas, asaltan su misión, arrasan  plantaciones y monasterio, matan a los labriegos y martirizan a los blancos caballeros de la cruz en el pecho. Diez años de meditación y penitencia no van a curar aquel íntimo fracaso del neófito clérigo, que acabará incrustando su persona en la orden dominica, para predicar desde ella con redoblado tesón y respaldo la defensa del indio. Casi tres siglos después, relata Alejandro Humboldt que un viejo misionero de Mandavaca (curso del Casiquiare), le contaba lo que tras largo apostolado había aprendido sobre la idiosincrasia de aquellos indios. Ud. Recibe gentes de nueva población en el pueblo; parecen pacíficos, honrados, buenos, trabajadores; pero permítales tomar parte en una incursión realizada para traer otros naturales y le costará trabajo impedir que degüellen a todos los que encuentren y que escondan algunos pedazos de sus cadáveres (para comérselos luego). Lamentablemente, no llegó a tiempo el misionero del Casiquiare para asesorar a Las Casas en ninguno de sus graduales estadios humanos como conquistador, colono, encomendero, clérigo o fraile. Solo conociendo toda la historia de la civilización o del embrutecimiento de una horda, solo siguiendo a las sociedades en su desarrollo progresivo… podría llegarse a la solución de problemas, que el mero conocimiento de los informes, no puede esclarecer, medita en voz alta el sabio berlinés, rumiando la cruda contundencia del apóstol de la selva, al tiempo de lanzar su aviso para navegantes que se aventuren en la critica histórica.

La tentativa de realizar una colonización pacífica de las Indias, parecía fracasar frente a la opinión generalizada del conquistador, proclive al empleo de la fuerza primero, para llegado el caso, dejar luego al misionero evangelizar al indígena sometido. Dilema que iba a imperar a lo largo de tres siglos: siempre la cruz y la espada al contraluz esencial de lo hispano. La reacción de la Audiencia de Santo Domingo no se hace esperar. Con muchos españoles, armas y artillería, el capitán Castiglione, castellanizado en los papeles reales como Santiago Castellón o Jácome Castellón, es enviado a las Islas de las perlas y costas de Cumaná a fin de pacificar nuevamente aquellas tierras. Toledano de nacimiento, pero hijo natural de Bernardo de Castiglione banquero genovés de Sevilla, Santiago Castellón había venido muy joven a Santo Domingo y poseía junto a su hermano Tomás, plantaciones azucareras en La Española y Puerto Rico. Con flota propia comerciaba entre antillas la sal de Araya, además del azúcar, melaza y guarapos de sus plantaciones. Su esposa, dama de compañía de Dª María de Toledo consorte del gobernador Diego Colón, y él mismo como emprendedor experto del hecho cumanagoto, gozaban del favor colombino. Básicamente a sus expensas, aceptará el reto que le plantea la Audiencia de Santo Domingo, y con su flota bien dotada de hombres, armas y provisiones, parte de La Española a enfrentar la rebelión caribe. Dice de él López de Gómara que guerreó con los indios, recobró la tierra, rehizo la pesquería, llenó de esclavos a Cubagua y…edificó un castillo en la embocadura del río, que aseguró la tierra y el agua. Castillo fuerte, de cal y canto, con muy buen aposento y una torre, del que Castellón es nombrado alcaide y donde enarbola junto a su bandera, las enseñas reales de la Corona. Esta seguridad en las aguadas y la sal, iba a suponer el despegue definitivo del enclave insular.

 
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Contexto Histórico de Nueva Cádiz – I

La Historia amanece en la América del Sur con la llegada de los europeos a sus costas durante el tercer viaje de Colón (1498). Tras una atroz encalmada las naves del Almirante acceden a la isla de Trinidad y al Golfo de Paria. La abundancia de agua dulce y el panorama de verdor y armonía de la costa circundante, contrastan con la tórrida quietud de las jornadas oceánicas vividas, hasta el punto de parecerles haber llegado al Paraíso Terrenal. Tierra de Gracia  llamará el propio Colón al litoral occidental de aquel golfo de fuertes corrientes y caótica salinidad. Singla en días sucesivos diversos rumbos, hasta fondear en la pequeña Cubagua, la isla de perlas de su Diario. El grupo insular formado por Cubagua, Coche y Margarita, será identificado en adelante como Islas de las perlas. Su contacto fortuito con algunas canoas de pescadores, iba a mostrar la riqueza perlífera de aquel entorno marino. Manda el Almirante un bote a conversar con los indígenas, que tras múltiples recelos, accederán a dialogar con ellos en tierra, pues andaba mucha de su gente por la playa.  Los indígenas, mostrando alegría de ver hombres barbados y vestidos a la marinesca, se prestan al dialogo gestual, arropados por la curiosidad de sus paisanos. Pronto los europeos se percatan de las gargantillas y pulseras de pequeñas perlas que adornaban la desnudez de sus mujeres. Mediante el trueque por baratijas tópicas, van a rescatar algunos hilos de aljófar blanco y  granado… más de seis marcos de aljófar menudo y grueso, con muchas y buenas perlas…con lo que volvieron a las naos muy alegres, nos cuenta el historiador López de Gómara.

Abandonada Cubagua, tomaron aguada en el río y tierra firme del cacique Cumaná, con nuevos indios expectantes en la playa. Retomados la mímica comunicativa y el trueque mercantil, insisten los nativos en señalar como yacimientos perlíferos  las mismas isla y costa que los canoeros de pasadas jornadas. Además de perlas feriaron esta vez tórtolas, faisanes, gallipavos, conejos y cuartos de venado. Disimuló el gozo que sentía de haber hallado tanto bien, y no escribió al Rey el descubrimiento de las perlas… deja dicho el historiador sobre la actitud del Almirante, que habría de traerle serios quebrantos con la Corona.

                     Las noticias traídas por los expedicionarios colombinos tras cada arribo a la Península, eran trasmitidas boca a boca entre las gentes del mar, los comerciantes y prestamistas de la Andalucía Baja en general, y de Palos de la Frontera y Moguer, nutrientes de aquella aventura, en especial. Un hervor de inquietudes sacudía aquel mundo avocado al océano y las singladuras al Golfo de Guinea portugués, prontamente acotado para los españoles con el Tratado de Tordesillas. Pero tras el hallazgo de Cubagua, los marineros paleños soñaban nuevos y valiosos rescates  y aún mostraron muchas (perlas) y las llevaron a vender a Sevilla… Tarde o temprano los Reyes, que tienen muchos ojos, habrían de ser informados sobre las perlas andaluzas libres de impuestos…

Fruto de este caldo de cultivo viajero son las empresas privadas que se gestan en Sevilla. Pedro Mártir de Anglería relata que ya para 1495 se habían organizado algunas expediciones hacia las Indias, cuyos desenlaces no han quedado para la historia. Sí conocemos, en cambio, otra serie de viajes menores a partir de 1499, llamados viajes andaluces del descubrimiento, cuando el monopolio descubridor – repoblador colombino en las Indias estaba ya en entredicho. Las Capitulaciones firmadas por el futuro Almirante con la Corona, pierden vigencia cuando los hermanos Colón son acusados en La Española de mala praxis y ocultación de caudales. Tras el correspondiente Juicio de Residencia, Francisco de Bobadilla los embarca hacia Cádiz cargados de cadenas. Aunque poco después

fueran liberados por la Reina Isabel, el Almirante había perdido sus prerrogativas capitulares. No parece ajena a este hecho una carta del piloto y cartógrafo Juan de la Cosa dirigida a los Reyes Católicos, haciéndoles saber las perlas e cosas que habían hallado, e les envió señalado con la dicha carta, otra de marear, con los rumbos e vientos por donde habían llegado a  Paria… e aqueste testigo oyó decir cómo de aquella carta se habían fecho otras, e por ellas… Alonso de Ojeda, Pero Alonso Niño e otros…han ido a aquellas partes.

 

FIG. 1: Navegantes de Paria

 

Efectivamente, dos años después de que el gran genovés arribara a las costas de barlovento, lo hizo la expedición de Alonso de Ojeda. En ella viajaban el cántabro Juan de la Cosa y el florentino Américo Vespucio, geógrafo y futuro primer Piloto Mayor de la sevillana Casa de Contratación,  control secular del tráfico trasatlántico de personas y mercancías desde 1503. La capital del Guadalquivir estaba forjándose como noticiero oceánico y Puerto de las Indias por antonomasia. La nueva expedición iba a recorrer, reconocer y cartografiar la costa norte de América del Sur, desde las Guayanas y el Golfo de Paria por el oriente, hasta el Cabo de la Vela y La Guajira al poniente. Descubrirán ciertas aldeas indígenas en la depresión de Maracaibo, sus chozas sobre palafitos lacustres, que por asociación de ideas el italiano apostillará Venezuela, topónimo diminutivo de la famosa capital del Véneto. Esta acepción perduraría en la pluma de los cronistas reales, para quedar esculpida en aquella geografía hasta sellar la identidad indeleble de una nación emergente, que había de ser en siglos posteriores la Venezuela clásica.

Aquel mismo año Vicente Yáñez Pinzón, capitán de La Niña durante el primer viaje colombino, llegó a tierras del Brasil. Descubrió las bocas del Amazonas y recorrió la costa rumbo noroeste hasta el Golfo de Paria, aunque hubo de silenciar sus hallazgos por tratarse de tierras asignadas a Portugal en el Tratado de Tordesillas. En el correr de su rumbo, descubre la isla de Tobago y contacta con las de Trinidad y Margarita, para seguir luego a La Española según el arco de islas de las antillas menores. A su paso por aguas de barlovento, unos canoeros indígenas invitan a los paleños a comerciar en su rancherìo. Estuvieron en el pueblo veinte días feriando perlas, señala el historiador. En costas de Margarita se toparán con Diego de Lepe, que viene de explorar la costa de la Tierra de Gracia o Tierra Firme como había empezado a llamársela, y que se le une en su derrota hasta Puerto Rico.

 

 

FIG. 2: Costa Firme de Alonso de Ojeda

 

Diego de Lepe no es marino de profesión, sino un perspicaz comerciante que ha venido desarrollando la cartografía en aquellas costas. La Casa de Contratación de Indias incorporaría sus levantamientos geográficos al Padrón, atlas unificador de cartas, técnicas y avances náuticos, que a la sazón confeccionaba para formación y uso de los futuros pilotos emanados de sus aulas. Piedra fundamental de la historia de los descubrimientos marítimos de los españoles, opina el historiador René Sedillot. La necesidad de trazar rutas y derrotas seguras hacia las Indias, va a originar los primeros esbozos de la navegación astronómica, más segura y fiable que la estima tradicional de los navegantes mediterráneos. La singladura oceánica implicaba la mutación de lo que había sido hasta entonces una rutina artesanal mayormente tabulada, por un bagaje científico nuevo, donde los conocimientos matemáticos, astronómicos y geográficos empezaban a plantear a los pilotos de altura complicados problemas de Trigonometría Esférica. Aun nos pasma hoy, cierto planteamiento astronómico de Colón a vuelapluma, plasmado de puño y letra sobre su propio Diario, tan lejos del caletre de nuestros yachtsmen de hoy (tan pagados de sí mismos y de su alba gorra de plato, como ayunos de matemática), que obliga a comparar con absoluto respeto no ayuno de ironía la baja de su saber, versus la culta latiniparla del nauta renacentista.

Dos semanas después de Ojeda llegan directamente a Trinidad, Golfo de Paria e Islas de las Perlas, Pedro Alonso Niño, ex piloto del primer y segundo viajes colombinos, y Cristóbal Guerra, hermano del tutor sevillano de la empresa. Los expedicionarios andaluces, sin dilación temporal como base de su éxito mercantil, rescataron perlas e se volvieron a Castilla.  Los indígenas, buceadores capaces de sumergirse durante minutos para emerger con los ostiones de madreperla en su redeño, pagaban tradicionalmente con las perlas extraídas, trueques tópicos que la expedición andaluza supo negociar. Con el fin de eludir el impositivo Quinto Real del rescate, el regreso lo enrumbará al pontevedrés puerto de Bayona, inmortal derrota de  Martín Alonso Pinzón con La Pinta, tras el hallazgo del Nuevo Mundo. Pero el  montante de aquella operación, estimada en noventa y seis libras de aljófar, en las que había grandísima cantidad de perlas finas orientales, redondas, y de cinco y seis quilates y algunas de más… era demasiado elevado para pasárselo de matute a la Hacienda Real. Los infractores fueron juzgados, condenados y encarcelados en Andalucía,  hasta que hubieron pagado su evadida deuda impositiva.

 

FIG. 3: La Baja Andalucía Marinera

 

Estamos hablando de fechas tan tempranas como el año 1500. Ya para entonces se tienen noticias sobre un innominado asentamiento humano en la isla de Cubagua, una ranchería asociada a este negocio de perlas. A penas un año después, el propio Licenciado Bartolomé de Las Casas, constataba la presencia de 50 aventureros dedicados a la explotación de las perlas mediante buceadores nativos. Era un secreto a voces desde el regreso de las tripulaciones descubridoras al puerto de Palos, la existencia de ricos yacimientos perlíferos en las Antillas. En los puertos del occidente andaluz, desde Ayamonte, Lepe, Gibraleón, Palos, Moguer y Huelva, hasta Sanlúcar de Barrameda, Sevilla y la bahía de Cádiz, la fiebre descubridora había prendido tras el tercer viaje colombino; la repobladora habría de venir después. A ello vino a contribuir el sentido de protagonismo adquirido por la Baja Andalucía desde el minuto cero del hecho indiano. La evidencia de la ruta a seguir, era la derrota directa a las Islas de las perlas empleada por Yañez Pinzón en su segundo viaje. La Corriente de Benguela tomada en Cabo Verde, enlazaba hacia el poniente con la Ecuatorial del Sur, que catapultaba su plancton y los barcos que la seguían al barlovento de la Tierra de Gracia. Tal como lo había hecho el menor de los Pinzones. Y corroborándola, la primicia gráfica facilitada a los Reyes Católicos por Juan de la Cosa, primer cartógrafo de América, que iba a quedar  plasmada a futuro en el Padrón de Navegantes.

FIG. 4: Costa Firme en el Primer Mapa de América

 

Tempranamente habían llegado por tanto gentes aventureras en busca de comercio, el rescate y tráfico de esclavos, o la extracción de los caprichos nacarinos de aquellas islas. Pero no conocemos el proceso humano integrador que iba a nutrir el primitivo asentamiento de Cubagua, y que pocos años después constituiría la primera ciudad de facto en Suramérica. Seguramente ya desde los iniciales empeños privados, gestados sotto-vocce de la Corona en la Sevilla de 1495, acudieron directamente más de uno de ellos a las islas del nácar. No se han registrado noticias de su retorno. Perecieron quizá en su èpica contra el piélago, o acabaron tal vez afincando sus destinos en otros lados del charco. Pero fue sin duda la Baja Andalucía el alma nutricia de aquella primera oleada humana.

En el año 1504 una expedición rumbo a Urabá, con cuatro carabelas comandadas por Juan de la Cosa,  accede al Golfo de Paria. Toman tierra en Margarita, truecan con los nativos papagayos, ají, batatas, yuca,  papayas… además de tomar aguada y leña. Levan anclas rumbo a la costa de Cumaná, donde ovieron (sic) por rescate algunas perlas, pero pocas, e de allí siguieron costeando… (hacia Urabá),  nos dice el cronista. Nada comenta en cambio del negocio perlífero de una Cubagua que el cartógrafo cántabro conocía, pero que costea y deja con un mutis por estribor. Nada sabemos tampoco de sus desertores en Margarita, si incorporados al grupo humano de Cubagua, o diluidos entre los guaiqueríes de la propia isla, o los castellanos de la peligrosa Tierra Firme caribe. Y decimos castellanos, porque Isabel la Católica en vida (1505) no consentía pasar a Indias, sino a costa de mucho importunar, a hombre que no fuese vasallo suyo. Muerta la reina castellana, el Rey Fernando permitió la emigración de los súbditos de su Corona de Aragón, tanto peninsulares como de las itálicas tierras o sus ducados griegos. Con la llegada a España del joven Carlos V (1517), comenzarían a incorporarse flamencos, valones, frisones y alemanes de los diversos principados, ampliando la gama de brazos y visiones europeas al quehacer del Nuevo Mundo.

Fig. 5: Interpretación Escudo hallado en Nueva Cádiz

 

Los pacíficos guaiqueríes, considerados vasallos libres de tributo y servidumbre por una concesión real que los encomia como indios de tan buen valor … y merecida honra por su valor y fidelidad, grande, constante y firme …  no podían ser esclavizados tras semejante panegírico, so pena grave que llegaría a ser de muerte. Cubagua carecía de población india, pero la cercana Margarita, no. En ella habitaban varios miles de indígenas ayunos de legislación castellana, vacío que los tratantes de carne humana aprovechaban para lucrar su codicia. La carencia de colonos hacíala territorio dependiente de la inmediata Cubagua. Desde La Española iba pronto a ponerse freno a las cabalgadas de aventureros esclavistas que la trepanaban impunemente, facilitando el arraigo de españoles en la isla. La Villa del Espíritu Santo, sería su primer núcleo humano importante, seguido de otros del interior, elegidos por los propios guaiqueríes lejos del ojeo de las canoas caribes.

Para 1510 se sabe que la puebla de Cubagua tenía ya un cabildo a usanza castellana, con dos alcaldes y diecisiete regidores. Reunidos los vecinos, juntos, a campana tañida, vasallos todos de estos reinos de Su Majestad Católica, vecinos castellanos e indios cristianos, han elegido sus autoridades municipales en cabildo abierto. Esta bisoña corporación ciudadana tratará de aplicar las mandas reales para ordenar social y urbanamente el variopinto asiento aglutinado en la isla, sin pantalàn de atraque, con sus barcas de pesca y canoas de buceo varadas sobre la playa, sin aduana, sin alcabala, sin presidio. Carecía la puebla de trama urbana, con bohíos y chozas de carrizo y palma aquí y acullá, parapetada tras elementales defensas de madera y tierra. Algunos colonos, atentos siempre al merodeo de canoas caribes, aportaban sus perros alanos y mastines que retaban su proximidad con prolongados gruñidos. Los inconvenientes se multiplicaban en aquel balbuciente proyecto humano, asentado sobre un secarral improductivo, sin árboles, carente de un agua potable que había de captarse a siete leguas, pluviosidad escasa pero sofocante humedad ambiental, con pequeños acuíferos subálveos altamente salinizados, y un inmisericorde sol abrasador en mitad del cielo de una isla de 24 Km2, plena de cardonales, líquenes de orchilla, arbustos de guayacán, bardales espinosos y eriales baldíos. Esta flora de mínimos era sin embargo sabiamente aprovechada por los indígenas circunvecinos, capaces de marcar una pauta de subsistencia a los primerizos colonos de Cubagua. Aquellos boscajes de cardones, tan gruesos como la pantorrilla de la pierna, producían frutos temporeros a manera de higos, unos blancos, otros rojos, comestibles todos de dulce y fresco paladar, cual dátiles mediterráneos.

 
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Contexto Histórico de Cartagena de Indias – IV

La actividad comercial y portuaria de Cartagena se vio incrementada con el tráfico de esclavos africanos, negros bozales  traídos de  Angola y Guinea que el monopolio portugués comerciaba en el Caribe, y la colonia lusa movilizaba en Cartagena hábilmente. Durante el siglo XVII iba a ser un lucrativo negocio que empezaría a decrecer a final de centuria con la creciente población mulata y mestiza que alquilaba sus servicios a bajo precio, y a quienes no había que albergar ni vestir. El jesuita Pedro Claver, “apóstol de los negros”, dedico su vida a socorrer aquella carne maltrecha, hacinada en bodegas, que al llegar a puerto lustraban con aceite de coco para vender al mejor postor. En la cartagenera Plaza de Mercaderes o Plaza del Esclavo, subidos en tarimas, voceaban los feriantes la bondad de aquella mercancía humana, fuerza bruta para ingenios y estancias, canteras y tejares, estiba y calafateo los varones, pero también pacientes para el servicio del hogar o la cuida de niños y ancianos sus mujeres. Fuera del tiempo de flotas o coincidiendo con ellas, se voceaba la venta del esclavo con pingües tasas para el Cabildo. Se feriaba desde que llegaban los galeones hasta que la Flota del Sur apostaba en Panamá. Acudía entonces la Armada de Tierra Firme puntualmente a Portobelo para llegar al tiempo de feria en el istmo. Mientras, en las Plazas Mayor, del Matadero, del Mar, o el Portal de los Mercaderes se montaban tenderetes y bohíos para celebrar la propia feria cartagenera. Además de la trata de negros, allí se mercaban perlas de Margarita, sal de Cumaná, oro del Cauca, Antioquia y El Chocó, ron, azúcar y melaza de los valles de Aragua, cañafístolas, café, yuca, papaya de Santa Fe, cueros y tasajos de los Llanos.  Llegan costeando la Tierra Firme o bajan del interior por el Magdalena. Pero se feriaba también cuando llegaba la Flota de Sevilla. Nuevamente el quehacer vital de la ciudad bullía de actividad comercial y portuaria. Se depositaban las mercancías en los bajos de la Real Aduana donde eran tasadas y grabadas de almojarifazgo antes de sacarlas al mercado. Concurrían ahora ropas, vestidos, perfumes, tafetanes y encajes de Flandes, delicia de las damas cartageneras. Pero también vinos de Castilla, aceite de oliva andaluz y manufactura varia: cuchillos, tijeras, cerrajería, aperos, clavazones, llantas de carro, toneles, cristalería, loza. Sin olvidar cureñas, mosquetes y municiones varias: pelotas, bolaños, balerío de piedra o hierro, metralla y pólvora, siempre pólvora, para la dura defensa del enclave. Y añadido a todo ello el Situado Real, que  había de subvenir los gastos de la defensa y gobernación de la plaza.

En 1640 la Armada de Rodrigo Lobo da Silva volvía a Lisboa en retirada de su fracasado intento de reconquistar Recife, capital del estado azucarero de Pernambuco, región brasileña a la sazón ocupada por Holanda. Los reinos de España y Portugal estaban todavía hermanados, aunque por poco tiempo ya, bajo la testa coronada de Felipe IV. En ruta hacia la salida caribeña de las Bahamas, pero desconocedor de los accesos a la bahía de Cartagena donde trata de recalar, el almirante portugués encalla 3 de sus naves en un bajío de Boca Grande. Rescatará la nao capitana, pero no los galeones “Buen Suceso” y “Concepción” cuyos pecios iban a represar el arrastre del fondo arenoso hasta conformar un tómbolo entre Tierra Bomba y Punta Icacos. Años después con nuevos aportes, iría nutriéndose todo él de los propios palos de icacos más otros nuevos de mangle. El taponamiento de Boca Grande forzó el flujo y reflujo de mareas por los caños de Boca Chica y Saltacaballo, y las nuevas corrientes iban a potenciar el dragado espontáneo de sus lodosos fondos marinos sobre lecho de greda. El agua interior << tiene el movimiento de subir todo un día entero, baxando después en cuatro o cinco horas >> consideración de Jorge Juan que viene a demostrar el desagüe veloz con arrastre diario hacia el exterior de los sedimentos del caño. Pronto se iba a conformar una canal entra la isla Barú y Tierra Bomba, por donde los galeones empiezan a entrar a las aguas interiores. Esta circunstancia marcará el cambiante diseño estratégico de las defensas que tachonarían la ruta de las naves hacia la ciudad.

Tras más de un siglo de trasiego por el Canal del Dique, el jurisconsulto de Salamanca Pedro Zapata de Mendoza, a la sazón nuevo gobernador de Cartagena, manda excavar su segundo tramo (1650), cegado en gran parte por arrastres aluviales del Magdalena. El dragado, limpieza de palotales y desarraigo de matojos, aumentó la fluidez y el tráfico de champanes durante la época húmeda, y consiguientemente su carga de pasajeros y mercancías.

Desde la costa a Mahates iban y venían a la vela naves ligeras de uno o dos mástiles, siguiendo en toda época el rosario de las ciénagas saladas, que canalizadas y desarbustadas en ciertos pasos, carecían de arrastre aluvial y mantenían su profundidad de servicio. Desde Mahates al Gran Río, la canalización del gobernador Zapata permitía circular a los champanes del Magdalena durante la época húmeda, en tanto que durante la seca, eran las recuas de mulas y las caravanas las que portaban cargas y hombres por el lecho seco del canal. Se excavó por Barranca Nueva una zanja de cinco metros de ancho que atravesaba 2.500 metros del aluvión depositado en las últimas décadas, trabajo que a golpe de carretilla, pico y pala, tardaron 2.000 hombres bien techados, alimentados y pagados, mas de cuatro meses en completarla. Una población nómada de 2000 personas que avanzaba día a día por la ciénaga, con lo que ello suponía de logística, avituallamiento y sanidad, en medio de la nada. Se perfilaron caños recortando más de 2.000 metros de manglar. Se abatió una franja de bosque lacustre de 20 kilómetros para diversificar el paso de los champanes hacia otras ciénagas tributarias del gran Río. En resumen se potenciaba de nuevo la vía oculta del transito comercial entre la penillanura bogotana y el puerto base de la Flota de Barlovento.              

En el nuevo marco de la Guerra de los Nueve Años (Liga de Augsburgo 1688-97) se desarrolla en un ámbito europeo un “todos contra Francia”, dado el despiadado expansionismo de Luís XIV sobre los territorios alemanes del Rin. Francia, la potencia hegemónica del momento, desea una posición de mayor fuerza para presionar a España en su reclamo de Haití, la parte occidental de La Española, mientras Inglaterra trataba de arrebatarle en río revuelto, sus colonias americanas. Ante la empresa hispanoamericana, el  propio Rey Sol se involucra en su gestación durante más de un año; será una armada naval que vaya al Caribe para tomar Veracruz, La Habana o San Juan de Puerto Rico. Trata de reforzar con esta toma sus pretensiones territoriales ante el Tratado de Paz de Ryswick, que se programa cercano cuando ya los representantes de los países involucrados mantienen contactos previos. Es el zarpazo desesperado de última hora de la poderosa fiera herida que es Luís XIV, el monarca más poderoso del siglo, al que se le niegan espacios franceses tanto en Europa como en América.

Parte el Barón de Pointis de Brest, con una escuadra de 29 naves y 6500 hombres de maniobra y guerra y el beneplácito de su majestad cristianísima, que aporta de su propio peculio 7 navíos de línea, 3 fragatas y algunas otras naves menores. El ennoblecido comandante no es ningún aventurero, sino un alto oficial de la marina francesa que navega hacia Haití para usar la bahía de Pitiguao como base de la acometida naval deseada por su rey. En Haití convence a su gobernador Jean-Baptiste Duchase para que se una a su ya decidida expedición sobre Cartagena, aportando otros 650 bucaneros y 200 negros libres residenciados en la colonia, de procedencia varia, cuando no dudosa o abiertamente pirata. Cuando las velas francesas arribadas, maniobran en mar abierto frente al flanco cartagenero, la ciudad contempla asombrada aquella poderosa e inesperada flota de pabellón francés, que enfila proas bajo un fresco norte azuzador de crecidas rompientes sobre los escollos. Los espías españoles no han sabido descubrir la silente peripecia que durante un largo año habíase gestado en el santuario marinero bretón de la Escuela de Cartografía de Dieppe. El conocido nido académico de la ciudad, lo era también de informantes al buen postor, y en él se graduaban no pocos pilotos españoles entre otros europeos de nacionalidad varia. Pero el embajador español en Paris nada sospechó, ni siquiera cuando la armada surgió del puerto de Brest, a pesar de estar su país en guerra con España. Evidentemente aquel embajador no era veneciano. Cuando el almirante francés decide acudir a tierra para parlamentar con la autoridad cartagenera, un malhadado golpe de resaca de los entrantes alisios, vuelca su bote, lance en el que a punto está de perecer ahogado. Una vez repuesto y ante la negativa a capitular del gobernador español, De Pointis comienza el bombardeo desde el mar, seguido por dos intentos de desembarco en el frente marino, frustrados ambos por una confusa mar sobre los escollos. Dos días después concentra el fuego sobre el Castillo de San Luís y la Plataforma de Santángel batidas intensamente hasta silenciar ambos bastiones. Desembarcan 1200 atacantes en Tierra Bomba, que van a testificar la rendición del primero traicionado por su guarnición de soldadesca negra y mulata de estancias vecinas, que desarman al capitán español y pactan con el francés; el segundo, porque caen abatidos sus defensores. Avanzan hacia Santa Cruz, Pastelillo y San Lázaro, que dominan el acceso por mar a la ciudad y son abandonados por sus guarniciones. Sin impedimento, la escuadra penetra en aguas interiores desde donde va a bombardear a placer la ciudad hasta su rendición. Bajo intenso fuego naval el Fuerte de San Matías, al otro lado de la enarenada Boca Grande, es abandonado por su guarnición, en retirada hacia el cerco amurallado de la ciudad. Como un castillo de naipes, van cayendo uno a uno los baluartes, cortinas y castillos que circundan los accesos marinos y terrestres a la ciudad, atendidos por bisoños reclutas pardos, que van enarbolando bandera blanca tras bandera blanca, abandonando a las manos bucaneras sus baluartes. Tras 20 días de asedio, la ciudad capitula. Con feroz saqueo combinado por sus desembarcados marinos de Tierra Bomba y la ralea de bucaneros y negros haitianos, dejados en  playas de Boca Grande, se completa la ocupación de la plaza (1697). Los últimos defensores, como tantos predecesores en idéntica circunstancia, huirán hacia los cerros del interior para salvar la vida, porque los franceses han venido para quedarse, y no piensan negociar la consabida “vacuna”. Dieciocho días de febril pillaje suceden a la capitulación. El daño económico inferido es demoledor. Monedas, cuberterías, objetos decorativos, medallas y joyas de pedrería, 98 cañones y 12 campanas de bronce, municiones, armas pertrechos y esclavos, además de otros tantos millones de pesos por destrozos ocasionados en defensas y edificios públicos de la ciudad, se estima suman los 20 millones de pesos. Pero aún no había terminado el calvario francés.

Comienza el lento y minucioso reparto del botín. Al Rey Sol le corresponden según pacto financiero y reglas en vigor, la cantidad de dos millones. Pero entre tanta minucia, con los alisios del nordeste han llegado las lluvias. El cielo se abre en frecuentes cataratas, desconocidos “palos de agua” para el europeo, que deslavan el paisaje con arrastres y derrumbes, socavan y encharcan el suelo con aguas estancadas y… exhuman espontáneamente los cadáveres putrefactos de las víctimas. La fiebre amarilla invade la región bajo nubes de mosquitos que empiezan a diezmar gravemente las tripulaciones. De Pointis decide partir. Abandona el sueño de conservar Cartagena para la Corona de Francia y manda volar todo fuerte, cortina o baluarte que persiste aún. Duda si logrará conservar siquiera los brazos necesarios para maniobrar las naves que le lleven a suelo francés. Simultáneamente los bucaneros exigen mayores cuantías en el reparto del botín. Ante el hecho consumado de la partida del almirante, los cabecillas haitianos deciden un segundo saqueo con que satisfacer sus desoídas demandas gananciales. Durante una semana pillan de nuevo cada casa, cada bóveda, cada soterrado, cada tumba. Violan, masacran, torturan a los prisioneros para que canten los escondrijos de supuestos tesoros, exponen al aire los esqueletos para descubrir alguna joya con que en su día fueran amortajados los cadáveres. El impotente Duchase se desespera con cada mala nueva de su gente que le llega. Un horror que precipitará a posteriori la fortísima depresión económica que va a sufrir la ciudad. Nunca el filibusterismo había conseguido el desorbitado botín de 10 millones de pesos que costaría a Cartagena rescatar su integridad.

De Pointis inicia el que iba a resultar retorno más afortunado de su vida, a pesar de la fiebre que diezmaba día a día sus navíos, dejando en su estela tiburones nutridos por cientos de cadáveres apestados. A la altura de las Bahamas, su rumbo es interceptado por un convoy anglo-holandés que pasa a navegar por barlovento en vigilante demarcación paralela, a la vez que trata de mantener el resguardo del maldito hospital flotante que constituye la flota francesa.  Pero no por ello va a librarse el convoy de ser contaminado con una de las más terribles debacles pestíferas de la navegación universal. Con el almirante y seis capitanes de su flota, caen 1300 marineros ingleses en pocas semanas. En cuanto a los holandeses se quedarán sus naves sin capitanes sobrevivientes con que regresar a Europa, con lo que acaban por desertar de tan peligrosa compañía. Pese a todo, los franceses siguen solos, arrojando cadáveres apestados por la borda, y maniobrando en precario su ruta hacia el Atlántico. A la altura de Terra-Nova van a soslayar la presencia de nuevas naves inglesas, y todavía otras más próximas al acercarse a las costas de Bretaña. Burlará en última instancia el avistamiento del expectante Almirante Nevill que trata de interceptarlo, pero se le escabulle en la oportuna niebla que difuminaba el Canal de la Mancha en los días de su arribo. Entrará en Brest tres meses después con un extraordinario botín que va a convertirle en rico hacendado. Para evitar resquemores, el rey asignará una suma compensatoria al descontento de los filibusteros haitianos, y a Duchase le condecorará con la Cruz de la Real y Militar Orden de San Luís, creada unos años antes por el propio Rey Sol para premiar a los oficiales más valerosos de su ejército.  Après, tout le monde satisfait.

Cuando la noticia del desastre de Cartagena llega a Madrid, se ordena formar en Cádiz una armada bajo el mando del General Díaz Pimienta a base de 4 naves, 116 piezas de artillería y 2.500 hombres que van a reconstruir los daños ocasionados por la asonada franco-filibustera. Tres años mas tarde (1700), la plaza iba a contar con una dotación fija de 1075 hombres y abundante munición y repuestos bélicos. Una vez más la ciudad reforzaba su defensa demasiado tarde, a remolque de las duras lecciones aprendidas de su historia.

Pero para su gloria imperecedera una Cartagena recuperada resistirá al almirante Edward Vernon en 1740. El marino ingles, con la más formidable flota conocida hasta entonces, fracasa  trágicamente en su asedio de dos meses. Mas de 23.000 combatientes entre marinos, soldados, negros macheteros de Jamaica  y reclutas de Virginia, con 186 barcos y potencia de fuego de 2.000 cañones han venido de nuevo para  quedarse en la apetitosa urbe caribeña, a la vez que tratan de quebrar por el istmo y el Canal del Dique la cintura de avispa del Imperio Español. Frente a ellos, la férrea voluntad de Blas de Lezo, Comandante General de  la Armada de Tierra Firme, que regresa apresuradamente a su base ante las alarmantes confidencias que le llegan de Jamaica, base de la flota inglesa. La ciudad  con sus 3.000 hombres de tropa regular y milicias concejiles, además de 600 diestros flecheros indígenas que saben moverse letalmente entre manglares, se arropa en sus baluartes fortificados bajo el mando del marino pasaitarra con seis barcos de su Armada, reglados por marinería y tropa de desembarco. La lucha a muerte que sigue y la desproporción de las fuerzas contendientes, escapa a todo comentario. Baste decir que la mortandad inglesa, con sus miles de cadáveres insepultos o semienterrados anegando ciénagas y manglares, y la incansable ayuda de los mosquitos, acaba por emponzoñar de peste la ciudad. De ella muere, junto a cientos de cartageneros, el ilustre marino español, días después de levantado el cerco. Cartagena sabrá erigirle el monumento que para vergüenza propia su patria chica le ha denegado hasta hoy. Resulta bravo el contraste con Inglaterra, que por cumplido agradecimiento hacia sus deudos, yerra esta vez acuñando antes de tiempo medallas conmemorativas de la supuesta “caída” del enclave, imprudente por deseada, con la apostilla de “humillada la arrogancia española” (sic). Medallas que por orden secreta de su rey serán silentemente retiradas, opacando una misión acabada en cruel fracaso, y que tras pírrica porfía en Londres, había logrado fuera aprobada por su parlamento un Vernon seguro del poderío que comandaba. Lecciones de la Historia acá, allá y acullá.

En 1765 se crea la escollera, para consolidar los arrastres de arena de Boca Grande por donde Drake había entrado a la bahía, pero Vernon encontró cerrada. Llegará Cartagena a las 18.000 almas a finales de siglo constreñida por las murallas vitales, que pese a la nuevas tácticas de guerra, se estima debe guardar para subsistir. Queda vedada toda expansión extramuros. Los mejores ingenieros militares del todavía poderoso aunque mermado Imperio Español, dimensionan la ampliación de los bastiones y fuertes que la ciñen y protegen, a la vez que tantean nuevos proyectos y variantes para su nuevamente enarenado segundo Medio Dique, y limpieza del primero, convertido a la sazón en inmensa pradera de juncos y yerbajos acuáticos . Para volverlo operativo, a lo largo del difícil siglo XVIII, se barajan nuevos dragados, esclusas, régimen variable, tablestacados, compuertas, embaulados, gaviones, más diques, cambio de boca…Hasta el propio Alejandro de Humboldt emite su opinión sabia. Pero frente a la cada vez más acuciante necesidad del desbroce del segundo tramo del canal, más cercana resuena la cabalgada independentista. La incertidumbre política aumenta con las guerras napoleónicas, y la obra del tramo superior del Canal del Dique, nunca encontrará financiación para acometerse en aquel vaivén de mercados. Estalla finalmente la guerra civil que devendrá en independencia. Tras ella y el vacío de la herida pero secular España, la arruinada Cartagena ha visto desaparecer a sus mejores y más preparados hijos, el Situado Real de la Corona, los sucesivos ingenieros militares que la han arropado desde su gobernación o desde la metrópoli, la masiva vacuna antivariólica infantil con fondos públicos que trae la misión Balmis…Con el silencio de las armas solo se escuchará un remolino local de voces de caudillos y caciques vociferantes, que la objetiva Historia ha de poner en su lugar. Un siglo perdido que tardará la ciudad en recuperar su población de los días de la independencia.

Para entonces, el comercio con las Indias había sido liberado (1745), y desaparecido del Comercio hispano el régimen de Flotas de los Austria. Perseguida la piratería por todas las flotas europeas, acabó por extinguirse, salvo casos puntuales de los mares americanos y europeos. Solo el Mediterráneo conservaría durante algunos años ciertos piratas berberiscos, apoyados bajo cuerda por Estambul. Los navíos de registro se habían impuesto en el tráfico de mercancías entre Cartagena y Europa. Desde cualquier puerto de bandera amiga aportaban barcos en época cualquiera del año. Las ferias, producto de la conjunción temporal de naves y negocio, languidecían pese a los esfuerzos de cabildos y gobernaciones. El tráfico de esclavos había sido prohibido. El declive del comercio y su tránsito portuario afectarían severamente a Cartagena, ciudad nacida del comercio marino y para el comercio marino. Su contraída población de la segunda mitad del siglo XVIII, alcanzaría sin embargo los 20.000 habitantes a final de la centuria.

Llegan entonces los nuevos y complicados tiempos de insumisión e independencia que la magnífica ciudad del Caribe intentará domar. Y tras las heridas de cada batalla, sabrá lamérselas y conservar como Patrimonio de la Humanidad su particular herencia cultural, cobijada tras la cantería de bastiones heroicos y joya de la corona de la hoy promisoria nación colombiana.

 
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Contexto Histórico de Cartagena de Indias – III

Con la Batalla de Lepanto, “la mas grande ocasión que vieran los siglos”, ganada por los cristianos reinos frente a turcos y berberiscos (1571), las galeras del Papado,  Venecia, Génova y España habían triunfado en toda la línea mediterránea tras medio siglo de dominio otomano causado por la ambigüedad de Francia. Era la victoria de las naves de remo y vela frente a las naves mancas. Móviles y maniobreras en la encalmada, poco calado a prueba de navegación costera y acción directa con sus cañones de proa sobre enemigo enfilado tanto a bordo como en tierra, eran sus infalibles virtudes. Pero solo artilladas por proa y popa, perdían sus flancos la potencia de los cañones de andanada, ocupados ahora por dos niveles de poderosos remos. La experiencia de Felipe II trayendo galeras al Caribe, no iba a tener sin embargo el éxito deseado. Indudable contra la morralla filibustera, más que dudoso frente a naos piratas con veinte o más cañones por banda, las galeras armadas de Santo Domingo y Cartagena de Indias no habían de perdurar mucho. Serían reemplazadas por galeones de alto bordo con popa y proa realzadas para apostadero de fusilería. A la dificultad de conseguir galeotes penados o enemigos que forzar, la inapta disposición indígena para el remo contribuiría al fracaso de las galeras del Caribe, naos nunca repuestas tras la prueba bélica o el incendio aleve de su azarosa vida. Pero triunfan en cambio los champanes filipinos cuyos planos llegan desde  Veracruz a través de recién fundado Galeón de Manila – Acapulco (1565). Serán construidos en Cartagena y empleados en la navegación de cabotaje interior por el segundo tramo del Canal del Dique, impulsados a brazo partido por una docena de bogas, fornidos braceros pardos o zambos. En 1536 Gonzalo Jiménez de Quesada, fundador de Bogotá, había visto naufragar en las cambiantes bocas del Magdalena varios de sus bergantines de apoyo que trataban de remontar las aguas fluviales hacia la penillanura bogotana. Conocedor de la existencia de champanes en Macao por uno de sus pilotos, portugués navegado en los mares de China, consigue construirlos por primera vez en América. Pronto se convertiría en la embarcación por excelencia de aquella mutable red de venas fluviales. Pujando con pecho y brazos largas pértigas bífidas afianzadas al fondo, los bogas recorrían los bordos de proa a popa, llevando como única vestimenta sobre sus partes un incoloro guayuco. Conocedor de las  bondades marineras de la sutil chalana, el cabildo cartagenero logrará construirlas en su astillero según planos de Manila y toldilla de palma trenzada y hojas de vijao como solo los indios saben urdir, para resguardo del sol y los aguaceros, a fin de instrumentar la navegación de mercancía y pasaje por su canal interior.

A partir de la fusión de coronas española y portuguesa sobre la testa real de Felipe II (1580), llegan  a Cartagena nuevos comerciantes castellanos y criollos, además de lusos y judíos, expulsados estos últimos de España en 1492 pero acogidos en Portugal, que pueden ahora regresar a estas otras Españas. Su crecimiento es en esos años poderoso, y sus edificios se multiplican. Los primeros hornos de cocción de cal montados por los jesuitas años antes, estaban cambiando la estética ciudadana de los tradicionales techos caribeños a base de gamelote y caña. La bonanza económica levantaba ya los nuevos edificios en ladrillo o en cal y coquina. Canteras y hornos de cal van abriendo nuevas explotaciones en costa e islas de Barú y Tierra Bomba. En una cadena sin fin, bongos, barcazas y almadías se suceden para traer los materiales a la ciudad sin exponerse apenas  en aguas abiertas. La demanda de materiales es tal, que el Cabildo prohíbe que tejas, cantería y cal, sean utilizadas fuera de Cartagena. Por decreto del gobernador, los solares baldíos deberán ser  expropiados en plazo de un año para dar cobijo a las demandas de emigrantes que piden plaza… Pero en 1586 veinte velas de Francis Drake asoman frente al caño de  Boca Grande con sus 1.000 hombres de chusma y desembarco. La repetida estrategia del corsario inglés, inveterado jugador de ventaja, iba pronto a ser conocida en aquellos mares: apabullar con una flota numerosa a los hasta entonces desprotegidos enclaves costeros de su católica majestad, que poco a poco y en forzada circunstancia, irían desarrollando sus propias defensas al nivel de las fuerzas que ocasionalmente aparecen para atacarla, acción sistemáticamente rematada con la consabida “vacuna” de modelo francés. Flota corsaria cuya financiación había que rentabilizar a base de jugosas presas, cuantas más y menos pérdidas propias, mejor. En época de tregua europea como la que entonces reinaba, las ciudades fortificadas del Caribe no esperaban frente a sus baluartes otra presencia que las pocas velas de un ocasional perro del mar, en busca de su vital carroña. Pero la flota de Drake son palabras mayores. Sin previa declaración de guerra entre las partes, el gobernador se apresta a una resistencia desesperada. Tras su obligada revista a defensas y defensores, toma conciencia de que poca es la pólvora útil que conservan  y menos durará sin duda el fuego cruzado de sus cañones. El pirata inglés mete las naves en aguas interiores intentando aproximar cinco de ellas al casco urbano, pero una cadena sobre barriles flotantes protegida por el Fuerte del Pastelillo (entonces Boquerón), le impide acceder a la Bahía de las Ánimas y su marginal Plaza del Mar. Imposibilitado del fuego directo sobre la ciudad, opta el pirata por el apoyo de tropas mediante el tiro de piezas por elevación, mientras desembarca su gente en la playa de la Caleta. Manteniendo la cadencia de fuego y el batir de sus cañones allende la cadena sobre boyas del Pastelillo, avanzan por tierra los asaltantes hasta el Baluarte de Santo Domingo, por donde abrirán la brecha que franquee su penetración en la ciudad. Cuando los cañones enmudecen agotada su pólvora, las autoridades ciudadanas junto a la tropa y los últimos moradores, abandonan la ciudad camino del Turbaco. Acogidos por esta “república de indios”, desde ella tratarán de negociar y salvar lo salvable. Una vez cesa el cañoneo defensivo, la turbamulta corsaria se abalanza hacia el interior por la brecha para capturar la ciudad (1586), mientras arden encalladas las dos galeras que Felipe II había mandado desde España para combatir a los piratas…

Cuando los desembarcados ocupan Cartagena, los moradores se habían disipado entre los cerros del entorno, vieja táctica de sobrevivencia en todo tiempo. El corsario inglés espera, quiere parlamentar con los vecinos. Se impacienta y quema en primer aviso 200 casas de la periferia urbana para obligar a que los desaparecidos den la cara. Y en la espera, indaga personalmente los pormenores del entorno ciudadano, mientras su soldadesca saquea por doquier lo privado y lo público, desmontando campanas y embarcando cañones. Conocedor desde niño de la lengua castellana, rebusca documentos, misivas, cartogramas y derroteros en los archivos de la Gobernación y la Aduana. Descubre la correspondencia confidencial del gobernador portugués de las Azores que le comunica al español su paso por aquellas islas de “el pirata Drake” que navega por el Atlántico hacia sus aguas. Ser tildado de pirata…es algo que enfurece al flamante miembro del sindicato corsario de Plymouth y Southampton, de cuyos réditos participa su propia reina, junto a connotados cortesanos palaciegos que también le financian sus depredadores raides contra la Corona española. Estalla en cólera por la ofensa recibida y en un primer impulso demuele a cañonazos una de las naves de la catedral en construcción. A medida que se prolonga el mutismo ciudadano del exilio, sus cañones van tumbando nuevos arcos y columnas de la catedral, la gobernación y otras  fábricas de piedra que emergen sobre la Plaza del Mar. No tardará mucho en aparecer el obispo al frente de la comisión negociadora. Drake exige y apremia, no vaya a ser que llegue la artillada Flota de los Galeones con su guarda de cagafuegos, que anualmente viene con la flota de Sevilla desde 1579.  Sabe por los espías de su Majestad Británica  que recorre ya las costas de Tierra Firme, desgranando puertos desde Isla Margarita y Cumaná hasta Nombre de Dios y a veces Honduras, pero que se resguarda y aprovisiona en Cartagena mientras la ciudad monta sus famosas ferias. Con su inopinado arribo podría crear el caos de su escuadra, ya experimentado en su Veracruz de infausta memoria unos años antes (1568), de donde el entonces joven pirata escapó de milagro en insignificada urca, en medio de la debacle de sus naves hundidas. Pero los cartageneros reúnen al fin el monto exigido, doloridos por la escucha lejana de los cañones que demuelen día a día sus hogares y su preciada catedral. En documento redactado en latín, exige la ciudad al corsario el acuse de recibo del rescate pagado. Drake firma sin dilación y acaba por largar velas con su botín, antes que los galeones de la Real Armada apunten las suyas sobre el azul caribeño.

Dos años tardará Cartagena en tomar nuevo pulso, tras superar éste, al añadido desastre del último temporal del norte. Entrando por la brecha de Santo Domingo abierta por la hueste de Drake, las olas van arruinando el paño de la muralla a mar abierto y sus edificaciones próximas durante aquel invierno. Con el pase de temporales se reconstruye la muralla, y se establece una guarnición militar fija que recorre los baluartes, a fin de llenar el vacío defensivo con establecimiento alterno  de fusilería y bombardas. Hallado el deseado mineral de azufre, comienza a fabricarse en Quito la primera pólvora criolla, enclave de suministro seguro para todo el Virreinato del Perú, Panamá y Portobelo incluidos. Cartagena lo recibe sin peligro pirático por su silente y discreto Canal del Dique.

La Armada del Mar Océano o Guarda de la Carrera de Indias era operativa desde los tiempos subsiguientes a la “hazaña” de Jean Florín con el Tesoro de Moctezuma (1522). Aquellos primeros años se bifurcaba entre Santo Domingo y Cartagena. Mas adelante serán Veracruz y Cartagena-Portobelo sus metas. Cada año, zarpaban de Sevilla las Flotas de Indias en enero y septiembre y en mar abierta uníasele la Armada del Mar Océano, que había de custodiarlas hasta el Caribe. Con su nao Capitana al frente, su Comandanta cerrando flota, y pataches de órdenes y aviso, tomaba rumbo a las Azores navegando en conserva.  A la altura de Martinica o Guadalupe se dividía en dos: la Flota de Barlovento o Flota de Cartagena, y la Flota de Nueva España que tomaba rumbo a Veracruz. Una Armada de Tierra Firme custodiaba las naves que enrumbaban a Isla Margarita y Cumaná, además de las que seguían costa hacia los puertos de La Guaira, Maracaibo, Riohacha, Santa Marta y Cartagena, donde rendían viaje. Carenadas durante las consiguientes ferias que coronaban su llegada, las naves seguían después la línea de costa hasta Nombre de Dios primero,  Portobelo después. Entre tanto, la Armada del Mar Océano acompañaba a  Veracruz el resto de navíos, que bajo el nombre de Flota de Nueva España, rendía viaje al amparo de San Juan de Ulúa. A la llegada de los galeones venidos de Sevilla montábanse las esperadas ferias de los puertos receptores. Eran las de Cartagena y Portobelo (Nombre de Dios los primeros años) y Veracruz, las más importantes; mientras duraban sus ferias, los galeones de escolta permanecían vigilantes en rececho.

A partir del saqueo de Drake, Cartagena de Indias iba a ser paulatinamente fortificada. Además de las murallas circundantes de reminiscencia medieval, fueron levantados baluartes y bastiones estratégicos en su periferia, según las ajustadas técnicas castrenses de la Europa contemporánea, perfeccionadas durante la guerra franco-española de Italia y el descubrimiento de la mina explosiva por los tercios españoles de Flandes. Un nuevo y más amplio muro defensivo de piedra rodea Calamarí y el perímetro de Getsemaní frente a tierra firme, mar abierta, ciénagas y bahía. Desde las últimas décadas del siglo XVI, Cartagena es de facto el enlace neurálgico entre Tierra Firme y el Virreinato del Perú  con el Caribe, a través de Portobelo y Panamá y sus connotadas ferias. Como base de operaciones de los galeones que vinieron a sustituir las galeras de la periclitada Armada de Barlovento, llamada en adelante Armada de Tierra Firme, constituye la plaza fuerte continental que cobija y despacha la Flota de Barlovento o naves comerciales que anualmente trafican con España y Perú. Las naos merchantas que con la ocasión van confluyendo a Cartagena, engrosan la Flota de Tierra Firme, que se mantendrá al resguardo de su bahía. Cuando la Flota del Mar del Sur (base Callao) llega a Panamá, sale la Armada de Barlovento hacia Portobelo para custodiar la feria: dos de sus galeones regresarán con las bodegas llenas de plata peruana. Se trata de los Galeones de la Plata, marcados  por su doble fanal siempre prendido, que deberán llegar a Sevilla cargando el Quinto Real. Concluida la feria de Portobelo, los  Galeones de la Plata, ocluidos en la Armada de Barlovento, regresan a Cartagena. El Quinto Real del Perú engloba los impuestos, tasas y gravámenes que la Corona detrae a banqueros, empresarios y comerciantes del Virreinato. En razón de su preciada carga se les asigna el nombre “Galeones de la Plata”, que irán navegando siempre rodeados por el resto de naves de la formación. Salen Flota y Armada de Cartagena en convoy hacia la Habana, Capitana delante, Almiranta detrás y Galeones de la Plata como corazón del naval despliegue. Reunidos en la Habana con la Flota de Nueva España (base Veracruz), constituirán la “Flota de Indias” o “Carrera de Indias”, que por ambos nombres serán conocidos estos despliegues navales que superan a veces las 100 velas merchantas sobre el Atlántico. Nuevamente navegando en formación y protegida por  la Armada del Mar Océano, la flota tomaba puerto en Sevilla al principio y Cádiz años después.  Entre tanto, la Armada de Barlovento desde la Habana había regresado a Cartagena para seguir patrullando las costas de Tierra Firme hasta Yucatán. Años hubo en que la estrategia de flotas, obligó al Consejo de Indias a individualizarlas, tras diferir la salida de alguna de ellas por despistaje y tácticas coyunturales. Siempre recibidas las órdenes del zarpe y derrota en sobre lacrado, para abrir a los tres días de hacerse a la mar.