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Contexto Histórico de Puerto Rico – III

En 1595 Francis Drake, John Hawkins y Thomas Baskerville con 28 naves, 1500 marinos y 3000 soldados de tierra, salen de Plymouth, núcleo de su sindicato corsario, rumbo al Caribe. Vienen  “de negocios”. Su inoportuna aguada en las Canarias pone sobre aviso a la caballería de la costa, una de cuyas patrullas embosca y captura la tripulación de un bote. Por ella conocen que la Flota se dirige al Caribe. De Canarias salen apresuradamente pataches de aviso rumbo a España y Puerto Rico – La Habana. Apenas unas semanas mas tarde, parten a su vez de Cádiz cinco modernas fragatas, pequeñas pero fuertemente artilladas, muy marineras y rápidas, que alcanzan a los rezagados de la flota inglesa a la altura de Guadalupe. Con la vieja táctica de todo descuidero naval, capturan una de las naves e interrogan a sus hombres. Por ellos conocen el peligro que se  cierne sobre Puerto Rico. Saben los ingleses que la nao capitana de la Flota de Tierra Firme ha entrado en aquel puerto de arribada forzosa. Desgajado de su troncal Armada tras correr un temporal, el maltrecho galeón Nuestra Señora de Begoña, ha entrado en puerto con tres millones de pesos en su bodega. Fabulosa presa en puerto desprevenido para consumados depredadores como Drake y Hawkins. La alarma cunde en las Antillas, y la Capitanía General de Puerto Rico, ignorante de la ayuda peninsular en curso, se apresta  a defender la plata del Quinto Real. Solo cuenta con veinte cañones, 400 soldados, 300 vecinos armados, los 300 hombres del galeón averiado, algunas naves obsoletas y una muralla en construcción. Cuando arriban inopinadamente las fragatas reales con su ondeante cruz de Borgoña, eclosiona el optimismo entre los defensores. Hunden en la bocana el galeón averiado junto a varios buques viejos que yacían anclados en su dársena. Fondean acoderadas en línea las fragatas para poder batir con series de andanadas la bocana de la bahía. Y esperan. Dos semanas después aparece la armada inglesa, que va a ser debidamente recibida por las baterías de costa. Un certero disparo  impacta la nave de Drake, que sale ileso, pero mata a los dos capitanes que a bordo con él preparan la escaramuza. Maniobra la flota para quedar a resguardo de los cañones costeros, y llegada la noche, sus hombres largan barcazas y botes al agua. En el sigilo y la oscuridad llegan a las fragatas y las prenden fuego. Arden dos, pero las tres restantes logran sus hombres salvarlas, no sin pérdidas humanas. El resplandor del incendio descubre la posición de las barcazas inglesas que reman de vuelta a sus barcos: serán acribilladas por fuego cruzado de cañones, arcabuces y mosquetes. Drake se retira dejando atrás 400 muertos la primera noche. Intentará sucesivos desembarcos sin éxito. Definitivamente leva anclas días después y se pierde mar adentro. Durante el asedio ha muerto Hawkins por enfermedad. Drake no regresará más; el Quinto Real se ha salvado. Persuadido de la insuperable dificultad del asedio, emprende ruta hacia la Habana y Tierra Firme.  Pero su buena estrella que tantos años le había alumbrado, llega ahora a su fin. Drake muere de disentería en Portobelo. Baskerville regresará a Plymouth un año después. Tras dura retirada, enfermo y sin víveres, al mando de ocho naves de hambrientos, llega a puerto con los sobrevivientes de la última aventura comanditaria de Drake y Hawkins.

Quien si viene a San Juan es su compatriota George Clifford, Conde de Cumberland, dispuesto a convertirla en un fortificado bastión británico. Tres años después (1598), con una armada de 21 barcos, intenta una invasión fallida de la isla, aunque logra saquear la ciudad, de donde es finalmente rechazado. Sí logra, en cambio, capturar la ciudad pero no rendir su castillo, una flota holandesa al mando de  Boudewijn Hendriksz (1625), en el mayor desastre sufrido jamás por esta capitanía. El sanguinario corsario, que viene con idea de quedarse y expulsar a los españoles, no quiere prisioneros que a la postre puedan constituir un enojoso sustrato quintacolumnista. Como es fama que desde antaño actúan sus compatriotas, degüella y asesina ciudadanos a medida que los sorprenden ocultos en recovecos y escondrijos; si encuentra heridos, los remata: no hay clemencia. La desaforada ralea todo lo escudriña y saquea, destruye o roba. Incendia la catedral, arrasa la gran biblioteca episcopal, joya inapreciable de la Capitanía, único paliativo a su sed destructora. Pero el gobernador no capitula. El holandés retira la flota invasora sin haber conseguido rendir la Fortaleza del Morro, dejando tras de sí la desolación de su rabia en forma de tierra quemada. Este desastre puertorriqueño potenciará nuevamente la fortificación de San Juan (1634), que completa su cerco murado con nuevos bastiones perimetrales escalonados y una Puerta de Tierra constituida por el fuerte San Cristóbal dotado de bastiones, foso, contraescarpe y puente levadizo de media luna: la Capitanía no debe ser nuevamente sorprendida por tropas enemigas venidas desde el este por tierra. La ciudad tras el desastre holandés se rehace lentamente; medio siglo después cuenta ya con una población de 5000 habitantes.

Otras gentes en busca de libertad, llegan a San Juan sobre precarias embarcaciones toscamente armadas cuando no robadas, desde las plantaciones de las Pequeñas Antillas, ocupadas por franceses, ingleses, holandeses y daneses a partir de 1625. Negros cimarrones  que huyen de una esclavitud irredenta, son manumitidos por el Gobernador de Puerto Rico en nombre del Rey de España e Indias. “No parece decoroso que el Rey reduzca a esclavitud a gentes que se acogen a su amparo”, argumenta en defensa de su actitud, en conflicto con la Real Hacienda y los pingües beneficios que le aporta la trata de esclavos. Pero el criterio del Gobernador se impone para beneficio de cientos de evadidos cimarrones ahora libres, que van a sedimentar con su impronta la vida puertorriqueña. Más tarde se perfeccionará por Real Orden el procedimiento de acogida. Deberán los fugitivos de color asumir la fe católica, bautizarse y jurar servir fielmente a la Corona. La construcción masiva de las murallas necesita brazos, y los nuevos que llegan son bienvenidos para incorporarlos al trabajo de la ciudad y los campos como súbditos libres asalariados. A los varones, se les proporciona material de construcción para su bohío, tierra y aperos para labrarla. Dispone el Gobernador que estos libertos formen colonia a parte, extramuros del recinto urbano. Son gentes pacientes, trabajadoras, personalmente aseadas y muy leales a la bandera que les acoge. Se casan entre sí y constituyen familias de numerosa prole. Se les organiza militarmente en partidas según procedencia, e instruye en el ejercicio de la guerra y el uso de los cañones. Más allá de la Puerta de Tierra y sus escarpes y fosos, empieza a cristalizar una doble hilera de bohíos que serpea junto al camino de salida. El rancherío viviría del cultivo de hortalizas que vende en el mercado de San Juan hasta el año de 1780 en que fue barrido por un huracán y sus negros dispersados.

Los Franciscanos, luego de ver martirizados por  caribes a cinco de sus frailes tras el incendio del cenobio de La Aguada, han abandonado esta población y empiezan a construir en San Juan (1634-42) un hermoso conjunto de convento e iglesia conventual. No han ido a Puerto Rico solo para ser mártires, sino además pastores de almas. La nueva construcción se convertiría en  residencia transitoria para los frailes que vendrán a misionar las  Américas, tras morar temporalmente en esta sede episcopal. Por ella también pasará en 1749 Fray Junípero Serra, el apóstol de las Californias. Las consecuencias de la nefasta desamortización del ministro Mendizábal (3ª década del S.XIX) en la metrópoli, propiciaría la demolición de estos edificios abandonados ya a finales de dicho siglo.

En 1678 una flota inglesa bajo el mando del Conde d´Estrees que pone cerco a San Juan, es dispersada por un huracán, cuya gestación y desarrollo estaba siendo estudiado y seguido desde el Observatorio de La Habana, regido por jesuitas. Mas tarde estas experiencias sobre gestación y decurso de los huracanes caribeños serán llevadas a Puerto Rico, donde ya existía una arraigada observación natural de estos fenómenos por el pueblo taino. El comportamiento anómalo de los animales, los halos lunares y el olor característico del mar previos al fenómeno, hoy plenamente incorporados con nuevos aportes atmosféricos a la predicción mundial de sismos, empiezan a ser ya seriamente considerados en todo vaticinio de huracán caribeño. El propio Colón había observado en los delfines que “van huyendo por la superficie del mar hacia la orilla” una señal de cercana tempestad. Desde el Observatorio del Colegio de Jesuitas de Santurce se llevará a cabo un riguroso estudio de los fenómenos atmosféricos presentes en la confluencia estratégica Atlántico – Caribe, hasta su expulsión de Puerto Rico bajo Real Decreto de Carlos III.

En 1797 el Almirante Ralph Abercromby al mando de 64 naves y 7000 hombres intentará un nuevo asalto inglés a San Juan, pero es repelido por su guarnición. Esta vez colaboran al unísono otras poblaciones y ciudades  de la Isla, enviando hombres y pertrechos. Bien organizados por su Gobernador en compañías de morenos autóctonos, negros cimarrones acogidos de las antillas menores, indígenas tainos, artilleros e infantes de la Guarnición de Asiento, junto a los vecinos armados que por tradición siempre responden ante circunstanciales peligros, presenta la ciudad una defensa compacta, que se multiplicará por las playas extramuros y baluartes costeros en pugnaces partidas a caballo con base en las haciendas, que atacan al inglés y desaparecen. Dos semanas durará el asedio, tras el cual levanta la escuadra el cerco y se hace a la vela hacia otras costas. Abercromby justificará ante la Royal Navy su fracaso, aduciendo la inutilidad del asedio a “un enemigo bien preparado, protegido por sólidas murallas y poderosamente armado.”

Tras la Ilustración, el siglo XIX verá consolidar un notable crecimiento poblacional de la isla y su ciudad capital, triplicado en apenas el último medio siglo. Los hatos realengos que rodean el camino de tierra de San Juan, empiezan a ser retomados y demolidos por la Corona para usufructuarlos o adjudicarlos a los emigrantes católicos irlandeses y franceses que van llegando a Puerto Rico al hilo de la nueva situación internacional imperante. Huyen los primeros de la inseguridad que en las antillas menores ha traído la guerra de independencia norteamericana; con ellos llegan nuevos impulso y capital para el cultivo de la caña. Lo hacen los segundos a causa de la cesión de La Luisiana, o de la revolución de Haití y las matanzas de hacendados blancos que los esclavos  alzados, perpetran en esta parte de La Española. Aportan, además de valiosos contactos comerciales, hacienda y esclavos francoparlantes fieles, que con sus amos deciden proseguir aquí su tradicional industria del azúcar y el café, mientras se hunde el hasta ahora competidor mercado haitiano que atrás dejan. Pero llegan también a Cuba y Puerto Rico españoles y criollos de elevado poder adquisitivo y social que se alejan del caldo de cultivo preindependentista que palpita en el mundo continental novohispano; vienen a invertir sus haberes en esta su nueva tierra de adopción. Liberalizado el comercio durante el reinado de Carlos III (1765), se crea con las inversiones de los recién llegados y sus parientes peninsulares la Real Compañía Barcelonesa de Montserrat,  que acapararía un elevado porcentaje de las mercancías que iban a fluir de o hacia la isla, con nuevos puertos peninsulares autorizados para el contacto, pero también desde y hacia otras naciones y colonias.

Muchos de los ingenios azucareros trabajados durante generaciones por afroamericanos  libertos o no, pero tradicional mano de obra para las plantaciones de caña de azúcar y sus derivados, sobre todo tras la abolición de la esclavitud, iban a engendrar en su derredor verdaderas unidades sociales que bajo forma de poblados o rancheríos animistas, capilla medular incluida, cristalizarían mas tarde en forma de pueblos diseminados por resguardos y laderas estratégicas del paisaje, característicos del agro caribeño.

Hoy el San Juan histórico, conocido familiarmente como “el viejo San Juan”, es uno de los Patrimonios de la Humanidad, y representa una rica muestra del hecho cultural español en América. Decano sin duda, en el algoritmo cultural norteño que actualmente conocemos como Estados Unidos de América.

 
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Contexto Histórico de Puerto Rico – II

Aunque repuesto en la Gobernación de Puerto Rico, Ponce regresa a Florida (1521) aportando dos barcos, 200 hombres, ganados, aperos y semillas. Le acompañan sacerdotes, agricultores y artesanos. Y van para quedarse. Es voluntad del emperador Carlos V, que Castilla no envíe ejércitos a las nuevas tierras por ella descubiertas; envía labradores, misioneros, funcionarios, licenciados, juristas, cartógrafos… y aventureros. De esas filas surgen los Pizarro, Cortés, Almagro, Balboa, Ponce…que buscarán financiamiento múltiple mientras organizan hueste para acometer su visionario anhelo. Cerca de Bahía Estero los expedicionarios de Florida instalan un poblado, que en plena construcción es atacado por los indios. Ponce, herido por flecha envenenada, es llevado a La Habana, donde muere apenas llegado a puerto. La preparación y el desarrollo de la empresa de Florida, habíale consumido vida y fortuna, como tantos emprendedores de la Historia de la Humanidad. Muchos años después, como reconocimiento de su valioso aporte, sus restos serían trasladados a la catedral de San Juan, donde hoy reposan.

Mientras esto sucede, la capital de Puerto Rico ha ido medrando en hechura y población. Llegan las órdenes religiosas de Dominicos, Carmelitas… Bajo la protección de la familia del Gobernador se levanta en ladrillo y piedra el convento de Santo Domingo, que propaga por doquier el prestigio de sus aulas, hasta el punto de serle conferida por el Papa (1532) la facultad de montar universidad. Su iglesia (2ª de América) de estilo gótico, dedicada a Santo Tomás de Aquino, iba a deslumbrar durante generaciones por su belleza. Pero iba también a traer enfrentamientos con el recién electo obispo de San Juan, que no admitía para su catedral construcción alguna de menor porte que la iglesia dominica. El templo de madera techado en paja de los primeros tiempos, es destruido por un tifón, y el nuevo templo catedralicio es reedificado en piedra en el tempranero año de 1529.

A partir de mediados del siglo, la plantación de caña de azúcar ha creado ya una importante industria subsidiaria. Los “ingenios” para la extracción del azúcar de la caña,          precisan importación de molinos y “maestros del azúcar” que son traídos de Canarias. Las haciendas-ingenio que compendian desde la plantación y cultivo de la caña, hasta su molienda y producción de melazas, guarapo (jugos) y ron, van extendiéndose por la isla junto a las “haciendas” de cultivo de tabaco y frutos, y los “hatos” donde se localiza la ganadería extensiva. Otra fuerza de trabajo más resistente al esfuerzo físico y las epidemias, junto a mayor competitividad que la aborigen, empieza a ser necesaria so pena de intento colonizador fallido. Los estancieros y hacendados razonan que para soslayar la quiebra es imprescindible la importación de mano laboral recia. La población taina ha mermado notablemente acosada por enfermedades y fatigas que los europeos y africanos o no padecen o superan. La trata de negros, monopolizada por ingleses y portugueses, iba por tanto a salvar la economía de las posesiones europeas del Caribe, a base de nativos africanos del Golfo de Guinea.

El comercio entre las Antillas y la metrópoli, realizábase de forma programada dos veces al año mediante la Flota de Indias, compendio a su vez de otras dos flotas: la de Tierra Firme con base en Cartagena  y la de Nueva España radicada en Veracruz. “Flota de Indias” llamábase en realidad al convoy conjunto de ambas formaciones navegando agrupadas entre Sevilla y La Habana, tanto en su ida hacia Europa, como en su regreso al Caribe.  De Sevilla traían manufacturas, paños,  vinos, aceite, aperos, fierros. De las Antillas llevaban salazones, cueros, azúcar, tabaco…y el peculio de impuestos y alcabalas. Desde 1522 habíase creado la Armada del Mar Océano, a base de galeones “cagafuegos” a fin de proteger esta Flota del enemigo europeo que acechaba entre cabos y pasos del Caribe, o del berberisco que lo hacía entre Azores y Canarias. Años hubo que partieron de la Habana mas de cien naves, desplegadas sus velas en mar abierta por un área de varios kilómetros de frente y fondo. Con su Nao Capitana a la roda, su Nao Almiranta a retaguardia, y rápidos pataches a la orden para  transmitir mensajes bajo nieblas o calimas, la vigilante Armada escudriñaba la presencia de velas ajenas en el mar, a la vez que reglaba el andar acompasado de las naves. El rezago peligroso de las más pesadas, o su dispersión bajo nieblas y tormentas, eran riesgos que propiciaban su captura por los descuideros del mar. Como peligroso resultaba también un excesivo resguardo entre naos, perdiendo el contacto visual entre ellas e incontrolando la infiltración de otras velas entre sus velas. El enemigo infiltrado, ondeando banderas y grímpolas idénticas a las de la Armada, podía sorprender en tiempo y lugar propicios a cualquiera de sus confiadas merchantas. Era una táctica antigua en todo piélago, que los experimentados marinos del Caribe conocían… y practicaban con pericia. Por eso, cada tarde se tomaba el “santo y seña” del día para identificarse en la oscuridad de esa noche, y se contaban las velas al amanecer para ver si faltaba o sobraba alguna. Siempre la Capitana adelante, marcando  rumbo y andar, fanal encendido de noche; siempre la Almiranta en vanguardia cerrando  comitiva y control del rezago, atenta a seguimientos y atisbo de otras velas desde su cofa. Al llegar a destino invertía la Flota el orden de navegación abierta. Los “cagafuegos” eran los últimos en entrar a puerto, cerrados en formación de combate con sus proas hacia Alta Mar.

Desde 1579 la Armada de Cartagena de Indias segregó dos galeones con sede en Santo Domingo, cuyo cometido era el patrullaje de las costas antillanas, del Yucatán y de la Florida. La Flota de Indias que partía cada año de Sevilla hacia La Habana, navegaba en conserva hasta el Caribe. A la altura de  la isla de Guadalupe, empezaba a desgranar galeones que debían rendir viaje en otros puertos de las islas o la costa de barlovento. Los pataches de vigilancia se adelantaban a cabos y pasos dudosos donde patrullaban los galeones de Santo Domingo y Puerto Rico, que deberían abrirles paso franco. Un galeón partía con su carga y su patache de apoyo, rumbo a Margarita, La Guaira y Maracaibo. Otras merchantas salían para Puerto Rico que contaba con recursos defensivos propios y no precisaban la compañía del vigilante patache. Otras más partían hacia Santo Domingo y Jamaica. Su regreso desde San Juan y otros destinos hacia Sevilla, pasaba por la Habana, en cuya bahía esperarían la llegada de las flotas de Nueva España y Tierra Firme. Desde la Habana y nuevamente en conserva, nao Capitana en vanguardia, Almiranta atrás, tomaba la Flota de Indias rumbo norte hacia Florida vía canal de Bahamas. Arrastrados por la Corriente del Golfo que Ponce de León descubriera medio siglo antes, enrumbaban en Atlántico abierto hacia España, a cuatro meses de navegada. Se cerraba así el ciclo anual de los contactos mercantiles de Puerto Rico con la metrópoli.

La piratería y las algaras de caribes habíanse convertido en peligro latente. Los vecinos fueron compelidos por la Corona a ir siempre armados y a caballo como retén permanente de vigilancia territorial frente a cualquier imprevisto corsario o aborigen. Con un muro perimetral incipiente (1532) se comienza a construir La Real Fortaleza de Santa Catalina, supuesto bastión garante de la seguridad ciudadana frente a los piratas. Pero pronto se constata su inoperancia frente a flotas numerosas. Las naves del  hugonote Francois Leclerc entran en la bahía, y vomitan a tierra una chusma vociferante que asalta, saquea e incendia la ciudad, sin que la Real Fortaleza  manifieste contra ellos efectividad defensiva alguna (1553), ni por capacidad disuasoria, ni por situación estratégica, ni por potencia de tiro. A partir de entonces pasará Santa Catalina, cual decorativo jarrón chino, a ser residencia del Gobernador. A cambio, se insertan bastiones estratégicos en puntos clave del perímetro empalizado y se empieza la construcción del Castillo del Morro. Empleará las modernas técnicas defensivas del fuego cruzado y puntas de diamante con muros en talud, empleadas por la Corona en sus campañas de Italia. Tan pronto como 1580, Puerto Rico, llave de acceso español al Caribe, es declarada Capitanía General, con administración civil supeditada a la militar y guarnición fija. Su asignación presupuestaria anual será conocida como “Situado Mejicano”, por pasar a ser la capital del Virreinato de Nueva España su origen, y ella parte integrante del mismo.