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Contexto Histórico de Portobelo – II

Con el inicio de las obras defensivas, los iniciales bohíos y ranchos de madera y paja, van transformándose en casas de madera alineadas en dos calles paralelas, sobre base y zócalos de argamasa y piedra, de gran amplitud y capacidad algunas. Otras se yerguen sobre robustas perchas de ceibo que a manera de columnas realzan la planta de habitación, dejando exenta la bajera como protección contra jaguares, ocelotes, caimanes, iguanas, serpientes, sapos y otras alimañas que invaden la puebla y libremente transitan durante las lluvias, sus truenos y sus lodos. Ellas van a cobijar bajo techo firme una esporádica república feriante, con abultado fajín de contratos e impertinente tintineo de monedas en sus bolsas. La trama de la ciudad incluye dos plazas, la Plaza del Mar y la Plaza Mayor. La primera incluye Aduana y Cabildo, en tanto que la segunda lo hace con la Parroquia matriz y el Hospital Real, concebido éste para atención médica del personal militar o civil, blanco o negro, español o extranjero, esclavo o libre, que atienda o construya las nacientes fortificaciones, y que entrado el siglo, sería encomendado a la Orden Hospitalaria de San Juan de Dios, la benemérita orden siempre entregada al prójimo. Si bien el casco urbano no sobrepasará medio siglo después el centenar y medio de casas consolidadas, no por ello dejan de montarse ocasionales bohíos a la entrada del camino de Panamá, ocupada mayormente por negros esclavos y libres. Conocido como barrio Guinea, a ellos se trasladan temporalmente ciertos propietarios que alquilan sus casas por astronómicos precios durante las ferias. Dineros, al decir del cronista, no siempre fáciles de ser cobrados a unos ostentosos cuanto escurridizos, transitorios y avisados clientes, prestos a esfumarse súbitamente sin rastro en medio del bullicio ferial. Sin duda la afamada viveza criolla había tomado ya carta de identidad en aquel siglo y lugar, hervidero de gentes y afanes, no ajenos tal vez a la esencia de ciertos factores ibéricos ya establecidos en su propia ecumene. Cuatro barrios vendrían a conformar la estructura social de la ciudad; además del citado Guinea al nordeste, el de Triana al oeste, compuesto básicamente por tratantes y pulperos peninsulares y blancos de orilla, el de la Carnicería sito en el entorno del matadero con gentes de menores recursos, y el de La Merced, que se iría aglutinando en derredor del convento mercedario, adscrito a la Casa Madre de Panamá, construido en 1606.

Figura 7: Plano-Planta Ciudad de Portobelo

 

En 1596 aparece nuevamente la merodeante flota de Drake, ahora con más de 3.000 infantes de tierra bajo el mando de Thomas Baskerville, rebotada esta vez de Puerto Rico en cuyo cerco había fallecido el ya anciano John Hawkins. Ellos van a dirigir su ataque sobre la mutante y semiabandonada Nombre de Dios, defendida por su gobernador con una guarnición de 60 hombres. Ante la imposibilidad de defenderse de la formidable escuadra que les asedia, decide el gobernador retirarse, abandonando el campo a la hueste corsaria. La agónica ciudad sería saqueada e incendiada, y por considerarse ya función amortizada, nunca más reconstruida. Por su parte Portobelo, en plena erección de sus defensas, se prepara para afrontar el subsiguiente aldabonazo corsario, mientras la flota inglesa va tomando posiciones frente a la bahía. Pero los británicos soslayan su toma optando por atacar Panamá, donde permanece retenida la plata peruana en espera de las nuevas atlánticas. Drake avanza hacia la ciudad del Pacífico remontando la vía fluvial del Chagres, en tanto que Baskerville con su gente de guerra progresa por el Camino Real hacia la cumbre divisoria de las aguas, desde donde espera caer sobre la capital del istmo. Pero la prevenida Panamá responde contundentemente en ambos frentes, emboscando sus hombres en Sabana Grande y Venta de Chagres junto a refuerzos llegados del Perú, que ocasionan numerosas bajas a los invasores, asumiendo finalmente estos la retirada hacia su base flotante. Al repliegue, un fracasado y seguramente enfermo Drake se cierra en su camarote del que se niega a salir, y donde muere de disentería a los pocos días. Su cadáver será arrojado por la borda en ataúd de plomo, sobre el propio cantil de la bocana, donde la nao capitana aguardaba fondeada. El regreso de la flota a Plymouth bajo el mando de Baskerville sería dramático. Lograría aportar en sus muelles con 8 naves sobrevivientes de las 28 con las que partiera en compañía de Hawkins y Drake un año antes, enfermo y deprimido, tras un meritorio retorno en etapas, plagado de penalidades y pérdidas humanas y materiales. Era la otra cara de la moneda.

Figura 8: Portulano de Portobelo, puerto atlántico de Indias. (Dibujo del autor)

 

La situación estratégica de Portobelo, como nuevo receptor atlántico de mercancías vía Perú y embarque de plata y ultramarinos vía España, le van a conferir una destacada importancia mercantil, materializada en sus anuales cuarentenas feriadas y el importante paquete transaccional que conllevan. Las mercancías aportadas desde España y el Caribe por la Flota de Barlovento o Flota de Tierra Firme (sede Cartagena), eran compradas  para abastecer los mercados de Lima principalmente, pero también de Valparaíso y Guayaquil y pagadas con plata de Potosí. A la plata pagadora de mercaderías limeñas, juntábase los impuestos del Quinto Real, de los que se devengaba el Situado o presupuesto de policía y plata de las plazas del virreinato. No hay feria más rica en todo el mundo que la que allí se hace… entre los comerciantes españoles, Perú, Panamá y otros lugares vecinos…se hace la mejor feria del mundo, contaba el turbio Thomas Gage a su paso por el istmo, para añadir más adelante: lo que más me asombró fue ver las recuas de mulas que llegaban por el camino de Panamá cargadas con lingotes de plata; en un solo día conté 200 mulas abarrotadas que fueron descargadas en el mercado público, de manera que los montículos de lingotes permanecían como montones de piedras en medio de la calle, sin temor a que los hicieran desaparecer… testimonio evidente de que la cantada peligrosidad social de Nombre de Dios, había pasado página como la propia ciudad que la alimentaba, sin aparente contagio viral en Portobelo. En todo caso aquellos truhanes de antaño, habían evolucionado en menos de medio siglo para devenir en vivos de hogaño. Estaba mejorando ostensiblemente sin duda la cabaña trashumante, la mesta humana de Indias.

Figura 9: La Feria Atlántica de Portobelo

 

La vida ciudadana de Portobelo transcurría entre períodos de febril actividad y  azarosa quietud. Durante la feria, los residentes montaban el Ferial entre el Barrio de La Merced, Triana y el fuerte La Gloria, apoyados por numerosos profesionales de los oficios llegados de Panamá. Allí se encaramaba toda suerte de pulperías para mercar los bastimentos y manufacturas de los Galeones de Barlovento, amén de barracas con casabes, asados, frutas, zumos o aguardientes traídos de Cartagena o Panamá. Los feriantes llegarán a pagar cifras astronómicas por el alquiler de una habitación o casa (6.000 pesos a veces), y tampoco los precios de las viandas se quedan a la zaga.  Mientras iban entrando una tras otra por el Camino  Real las recuas con cien o más mulas, los maestres y sus tripulaciones armaban tenderetes con las velas y jarcias de sus navíos. En ellos daban entrada al preciado metal de las mulas, que habían de transportar en los vientres  de sus galeones de vuelta a La Habana y Sevilla.

Para regular el valor de las mercancías feriadas, se reunían a bordo de la nao comandanta el propio Comandante de la Armada con el Presidente de Panamá. Concluida la capitulación, confirmaban y publicaban los contratos de compraventa negociados entre las partes de Sevilla y Lima, España y Perú. Cada una de ellas disponía su correspondiente hoja de ruta. Los representantes privados de los comercios o los magnates panameños o limeños acuden a recibir la mercancía demandada y pagada en la feria precedente. Los mayoristas husmean los posibles precios a la baja. Los oficiales reales supervisan volúmenes, pesos, taran básculas, controlan transacciones e impuestos, persiguen el fraude. En la feria no faltan los marchantes de cuadros e imágenes que alimentan el jugoso mercado del arte. Martínez Montañés y su escuela sevillana inundan con su imaginería religiosa, cristos crucificados, vírgenes y santos el Virreinato del Sur. Las catedrales de Lima, Oruro, Bogotá o sus cientos de iglesias y conventos diluidos por su geografía, conservan aún muestras de aquel magisterio. Toda escuela de imaginería de la Península, y España es tierra de imagineros, tenía su representante en Sevilla, donde daban salida de sus productos hacia Veracruz o Portobelo: Alonso Cano, Gregorio Hernández y un largo etcétera de maestros del Renacimiento y el Barroco, junto a otros cientos de artesanos contemporáneos o posteriores han dejado sobradas muestras de ello. Acudían prestos todos ellos a la llamada tintineante de la plata peruana. Y muchos eran los limeños pudientes y caprichosos: sus mujeres lucían joyas y modas exquisitas con abanicos, mantones, sedas y tafetanes traídas de Europa o Asia. Y la plata limeña fluyó a raudales durante dos siglos hacia Sevilla vía Portobelo. Era el momento histórico en que España había dejado de caber en sus fronteras. El Siglo de Oro florecía en ella. Y con él, trasegaba la literatura ascético-mística del Renacimiento, en justa connivencia con los barcos que a Flandes llegan portando guerra, pero vuelven ahítos de Erasmo; a Italia repletos de tercios para regresar con la métrica exquisita de sus versos impresa en las tripas. Cuando el Barroco percute su aldaba, pintores como Zurbarán, Velázquez o El Greco, acuden masivamente a la cita sevillana: sus marchantes negocian lienzos en las ferias de Portobelo, Cartagena o Panamá y sus frailes, vírgenes, apóstoles o caballeros toman rumbo a las Américas. La misma senda que siguen los ángeles de Murillo con la faz de sus hijos y el dolor de padre que los ha perdido durante la peste de Sevilla (1649). Pronto nacerán otros focos de pintura autóctona que frenen en cierta forma aquella sangría de plata: tras la lluvia nutricia de los maestros peninsulares reverdecen escuelas genuinas como la deliciosa Escuela de Quito, con su mística sincrética de querubines, vírgenes y santos que tanto enorgullecería al Carlos III ilustrado. Pero la aldaba creadora va a percutir durante dos siglos con talentos universales. Mateo Alemán, Cervantes, Lope, Tirso, Ruiz de Alarcón, Quevedo, Calderón, crean arquetipos que invaden otras culturas e idiomas: el tenorio, la alcahueta, el pícaro, el quijote, el galante embaucador, el iluso atribulado, la fingida boba, la amada evanescente, el orate sesudo, la fregona virtuosa, el barbero lenguaraz y un etcétera infinito,  van a nutrir con su sesgo de comedia o drama la literatura mundial. Y todos ellos acaban siendo leídos e interpretados en Lima, Santiago, Bogotá o Quito a través de un cuello de botella llamado Portobelo, que verá llegar en 1605 los primeros 2oo ejemplares del Quijote. Tobera diríamos hoy, que aceleraba en singular Efecto Ventury la succión de productos peninsulares hacia El Perú, minimizando su estadía en el istmo. Hasta tal punto que dos años más tarde, durante las fiestas patronales de Pausa (Ayacucho), nombrada hoy Capital Cervantina de América, alcanzarían a escenificarse en su Plaza de Armas las andanzas de D. Quijote y Sancho, segunda encarnación mundial del símbolo cervantino, apenas cinco meses más tarde de un primer ensayo vallisoletano. La dificultad del paso, su insano temperamento, el costoso ferial añadido, la certeza de saberse torvamente observados por descuideros del mar, la amenaza de turbión en estación avanzada, el deseo de retornar cada feriante al sosiego de su sede, eran más que sobrados motivos para finiquitar el raudo negocio y sorber en torbellino aquella sopa de letras. En estos menesteres presidenciales con el Comandante de la Armada de Barlovento, además del incendio destructor de 46 casas sobrevenido meses antes, encontrábase el Maestre de Campo Fernando de la Riva-Agüero en 1663, flota en puerto, cuando le sobrevino la muerte. La partida de los galeones demoraría unos días para llevar los restos del propio gobernador en sarcófago de plomo, y darles tierra en su nativo solar del Gajano cántabro: nunca sería construido su proyecto de renovación del Castillo de Chagres. Años después el propio Virrey Melchor de Navarra, en su fugaz tránsito hacia España, vendría a enfermar y morir en Portobelo (1691), como justiprecio definitivo de la siniestra fama de insalubridad que le acompañara por siglos.

 
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Contexto Histórico de Puerto Rico – I

Colón en su segundo viaje descubre la isla de Puerto Rico (1493), Borinquen para los nativos tainos, que denominará San Juan Bautista, en honor al primogénito de los Reyes Católicos. Su primer Gobernador, Vicente Yáñez Pinzón, es prontamente reclamado por el Rey (1508) y comisionado para buscar “aquel canal o mar abierto que yo quiero que se busque”, relativa al supuesto paso del Caribe hacia el oeste. En el corto tiempo de su gobierno, desembarcará rebaños de ganado y animales domésticos traídos de La Española como infraestructura para el asentamiento de futuros colonos; ganado mayor y menor (caballos, asnos, mulos, bueyes, toros bravos, vacas, cerdos, cabras, ovejas) que tras sucesivos aportes llegarán a adquirir gran relevancia ganadera. Comienza la idea de expansión antillana tras un aumento poblacional, y con la creación de nuevos asentamientos Puerto Rico suministrará ganado, cueros y sebo a los emprendedores que incursionan en Tierra Firme. Pizarro adquirirá allí caballos para su empresa peruana.

Juan Ponce de León, conquistador y a la sazón exitoso hacendado cultivador de yuca en Santo Domingo, es nombrado nuevo Gobernador de Puerto Rico. Ovando, artífice de la pacificación y Gobernador de La Española tras el desorden creado por la familia Colón, ha presentado la candidatura de su estrecho colaborador al rey, y la Corona deposita sobre Ponce de León su “Pláceme”. Será copartícipe en adelante del esfuerzo de ordenamiento de la conquista y colonización geopolítica mas dilatada de la Historia. Una gigantesca empresa, que con sus humanas luces y sombras, iba a ser comandada por las gentes de un pequeño país mediterráneo, recién heridas por el espíritu del Renacimiento itálico.

Ponce lleva en su expedición a Borinquen el tubérculo que produce, para su sembrado y aclimatación. Se asienta en Caparra (1508) primera capital de la isla, que pronto abandona hostigado por los belicosos caribes, cohabitantes de Borinquen con el mundo taino, para establecerse sobre un islote que domina la entrada de la bahía y que ya nombran como Puerto Rico. A partir de 1520 comenzará a llamarse San Juan a la capital y Puerto Rico a la isla toda, al contrario de lo que sus descubridores habían tácitamente asumido.

Desde 1512 el asentamiento en la isla habíase llevado a cabo por el sistema de encomiendas primero, repartimientos después, mediante el cual los colonos controlaban a los indios tainos a quienes por real mandato habían de catequizar y civilizar. Es decir, protección de un colectivo humano a cambio de su trabajo para una sociedad que los incorporaba a su propio desarrollo. Instituciones ambas del origen repoblador castellano en la Península, que adquirirían en América peculiares sesgos. Reacios a toda sujeción, los antropófagos caribes se alzarán en repetidas ocasiones contra los europeos. Esta actitud de la etnia caribe frente los escasos pobladores, va a provocar su reacción de  guerra sin cuartel para sojuzgarlos, esclavizarlos o expulsarlos de la isla, dada su imposible convivencia, ni tan solo tácita vecindad con los salvajes. Una sublevación general al comprobar la no inmortalidad de los españoles, tras ahogar a un cautivo para corroborarlo, aconseja a Ponce ordenar a los colonos construir sus casas de “cal y canto”, como fuertes individuales de autodefensa frente al indígena. Él mismo se establece con su familia en la que se conocerá como “Casa Blanca” de San Juan, hogareña autodefensa consolidada sobre un otero a base de tales materiales. Pese a su naturaleza levantisca, la culturización de nativos es tarea primordial, encomendada a los franciscanos de Caparra establecidos allí desde 1512, que van a sufrir el saqueo e incendio de su monasterio por los persistentes caribes un año más tarde. En estos primeros tiempos, los hijos de caciques debían permanecer al cuidado de los frailes durante cuatro años, para su evangelización y  aprendizaje de lectura y escritura. Se pretendía con ello garantizar a futuro un liderato indígena ilustrado y cristianizado, capaz de asimilar y compartir las nuevas ideas culturales, sin colapsar los esquemas de sus saberes autóctonos; pero estas leyes emanadas de la Corona hispana, solo pueden ser razonablemente aplicadas a la etnia taina. Mabú, cacique del lugar de Humacao siglos después colonizado por isleños canarios, será uno de estos pioneros letrados discípulo de franciscanos, de corto y contestado didactismo antes de abandonar la isla. Serán los dominicos desde  su establecimiento de San Juan (1522), quienes prosigan en solitario por más de cien años, a veces en el propio idioma autóctono, este programa de culturización indígena.

Pero una vez lograda la imprescindible convivencia social de la isla, toda constitución de una nueva sociedad productiva de ella emanada, basada en elementos tan dispares como una mano de obra aborigen, ayuna de cualquier tradición laboral competitiva, bajo las directrices de hombres del Renacimiento, con mentalidad y empuje acordes a su vital tempo europeo, habría de traer nuevos enfrentamientos y rebeliones étnicas, con la sola concordia de las pacientes órdenes religiosas proclives siempre a la defensa del más débil. Una constante en aquel magno panorama que se abría ante los españoles, cuya colonización no se basaba en factorías costeras de estilo portugués, sino en la profunda inmersión en su mundo de los nuevos territorios descubiertos con sus gentes. Era el modelo de la Reconquista peninsular, único ensayo repoblador europeo hasta entonces acometido, el único por ellos conocido.  Mas temprano que tarde, pensaban las mentes preclaras de Salamanca, iría fructificando la enseñanza de los frailes a través de universidades que pronto habían de establecerse, las primeras fundadas en América y Asia.

Debido a una querella interpuesta por Diego Colón en Madrid, reclamando a la Corona los títulos capitulados y luego perdidos por su padre, Ponce de León es retirado de la Gobernación temporalmente, aunque años después sea repuesto en ella. Entre tanto organiza una expedición que parte de Puerto Rico (1513) hacia el norte por el canal de las Bahamas (deformación fonética inglesa de  las Islas de la Bajamar, nombradas y cartografiadas por Colón). Atisba a babor costas de nueva tierra que supone isla, y que reclama para España. La llamará  Florida, por haberla hallado en Pascua de Resurrección (“Pascua Florida”). Corriendo su litoral descubre la Corriente del Golfo, ya intuida por Colón, que a partir de ese momento va a figurar en los derroteros al uso como lanzadera del Caribe, aprovechada ventajosamente por las naos de Indias en su retorno a Europa. El hecho de hallar un nativo que chapurrea su idioma, hace pensar a Ponce en cierto contacto o naufragio español previo a su arribo por aquellas costas, pero nada encuentran los juristas del Reino que confirme su temor. Será por ello nombrado Adelantado de La Florida en 1514, con el inherente derecho real a su conquista y poblaje siempre a expensas de su propia hacienda.

La Europa del Renacimiento había alumbrado una generación de hombres  sujetos a los mandatos de su rey, pero libres para acometer empresas privadas, por él aprobadas pero ajenas al concepto del vasallaje medieval. Estas empresas, libremente acometidas y financiadas por sus promotores, iban a plenar la gesta humana de América. El Rey de España era también Rey de las Indias y de otros reinos europeos, que por herencia o conquista habíanle correspondido por el derecho consuetudinario al uso. Como tal, tanto los europeos (ya castellanos, aragoneses, germánicos, valones, genoveses, flamencos, sicilianos, napolitanos, etc) como los indígenas americanos o filipinos, eran vasallos de una misma Corona. “Vasallos de estos Reinos” en lenguaje de la época, que por circunstancias históricas los castellanos principalmente hubieron de comandar. Solo la ignorancia simplista de pasadas centurias, la presión sicológica de circunstanciales caudillos independentistas, los inveterados enemigos de siempre, o la carencia de horas de biblioteca, han dado en llamar colonias españolas a los reinos de ultramar de la Casa de Austria primero, Borbón después. Como si de compañeras de viaje de las “Trece Colonias“  inglesas se tratase, pero con las que nada tuvieron que ver ni en sus leyes, ni en la implantación de saberes, ni en la integración de sus nativos a la común sinergia. Ponce de León y sus compañeros no iban a ser una excepción en su empresa de La Florida.