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Contexto Histórico de San Agustín de la Florida – II

A finales de agosto el Adelantado avista las tierras de Florida. Manda desembarcar 20 hombres que pronto contactarán con los nativos timucuas. Celebran allí los expedicionarios la primera misa, toman una vez más posesión de la tierra en nombre del rey, y con orden real de catequizar aquellos indios, establecen la misión Nombre de Dios. Algo mas al norte el día de San Agustín descubren en la embocadura de una ría, una dársena de buen fondeo y fácil  acomodo. Tras el tradicional Tedeum, fundan en su orilla occidental una  ciudad que nombran con el santo del día, entre salvas de fusilería y redoblar de tambores. Ha nacido la ciudad de San Agustín de la Florida con 800 colonos (28 de agosto de 1565) y su guarnición de soldados, regidos por un cabildo y su alcalde electos, según tradición castellana medieval. Tras el sorteo y consiguiente adjudicación de lotes de tierra, acometen la construcción de sus casas e iglesia matriz a base de gamelote y barro. Vendrá luego la fortificación del enclave mediante escarpas, revellín, empalizadas y muros de fajina o tierra apisonada y entramada por haces de ramas: necesario cobijo para sus habitantes cuando soplen vientos de guerra. Los timucuas, de intermitente presencia siempre sabiamente festejada con jocosa abundancia de abalorios y baratijas, informan que el buscado Fort Caroline se encuentra a unas 20 leguas siguiendo la costa al norte, y hacia allí dirigen los españoles sus velas. En la desembocadura  del río San Juan descubren 11 naves francesas de gran porte. Amparados en la oscuridad de la noche atacan el puerto, pero desisten dada su inferioridad de medios. Deciden por ello regresar a San Agustín y sitiar Fort Caroline por tierra, luego de abrir una estratégica trocha entre manglares y everglades de aguas cenagosas. Por ella se filtrarán 500 hombres de guerra, mientras una furiosa tormenta tropical se abate sobre la región y estrella la flota francesa contra los riscos litorales, anulando toda posible réplica sobre los asaltantes. El fuerte es copado bajo la orden de respetar mujeres y menores de 15 años, y una vez rendido, será rebautizado como San Mateo. Y bajo las crueles leyes de aquellas guerras de religión, Menéndez de Avilés solo perdonará a los que se dicen católicos, que quedan diluidos entre los nuevos colonos que allí se asientan. Los recién llegados, custodiados por 250 mílites acuartelados, se posesionan de haberes y tierras libres; el resto serán pasados por las armas, haciendo válidas las palabras de SM Católica de << limpiar de herejes aquellas costas >>. Informado por los indios de la presencia de otros franceses que construyen un fuerte en Cabo Cañaveral, acude por mar desde San Agustín y por tierra desde San Mateo, rastreando la costa hasta dar con el asentamiento hugonote. Lo destruye, no sin antes dejar de nuevo libres y bajo protección a los católicos con sus armas, mientras los herejes que le huyen son emboscados y muertos  por los timucuas en la manigua. Acabada la jornada bélica, regresa hacia el sur la hueste católica, no sin antes incendiar la única nave que los franceses construyen en su varadero, a fin de evitar toda comunicación con Francia.

Decide el Adelantado navegar a La Habana para saber del resto de flota aún no  contactada. La despensa prevista para la empresa había quedado mayormente con las naves ausentes, la incipiente plantación de las pocas especies llegadas para su adaptación al nuevo clima era faena en curso, y la subsistencia de los acampados precisaba de un acuciante suministro de víveres. Debe para ello navegar contra la Corriente del Golfo, el flujo marino impulsor de la Flota de Indias, verdadera catapulta de naves hacia Europa, ahora contraria a su rumbo. Esta dificultad le hará estudiar la posibilidad de establecer otro asentamiento costero al sur de la península, más cercano y directo a Cuba, facilitando el acceso a la isla cuando los contralisios de otoño ventean por proa. Lo acabará hallando al sureste, entre nativos de la etnia tequesta.

En La Habana encuentra con gran alegría parte de la perdida flota cantábrica, que ignorante de su recalada en Puerto Rico, dábale al Adelantado por muerto y desaparecidas las naves que con él habían aportado en San Juan. En enero de 1566 llegarían todavía los últimos barcos cantábricos maltrechos y enfermas sus gentes. Recibe en La Habana noticias del Rey mediante un patache de aviso que fondea en el puerto: los  franceses preparan una gran armada para invadir La Florida, y Felipe II ha ordenado contrarrestar la amenaza con otra flota de 17 barcos y 1500 hombres bajo el mando del General Sancho de Arciniega, que como era fama en las travesías transatlánticas, haríase a la mar en marzo. Con siete embarcaciones rescatadas y sus ya menguadas despensas tras medio año de avituallar a su errabunda prole, parte Menéndez de Cuba con los colonos hacia Florida, no sin antes enviar un patache a Nueva España para adquirir más víveres; nave que arribaría en febrero a San Agustín cargada de maíz, gallinas, miel y alpargatas. Cuando el Adelantado llega a su ciudad, el hambre y las privaciones han generado un estado de tensión entre  colonos y soldados. Sesenta mílites rebeldes deberán abandonar la guarnición para ser dejados de vuelta en Puerto Rico.

Menéndez prosigue sus exploraciones hacia el norte de la Provincia, las actuales Georgia y Carolina del Sur, y funda nuevos asentamientos e iglesias como Gualé (St. Catherine Islands) y Santa Elena (hoy Parris Island) entre ellas. Establece más de una docena de nuevos fuertes, tratando siempre de negociar con los indígenas de la región, a veces acérrimos enemigos entre sí, pero cuyos caciques acuden en ocasiones al Adelantado para arbitrar las disputas entre sus tribus. Solo Saturiba, cacique amigo de los franceses y renuente enemigo de españoles, hostiga pertinazmente los asentamientos de San Agustín y San Mateo.

Durante este su primer aliento, San Agustín era un asentamiento deficitario en víveres, con moradores que debían alejarse a veces de la empalizada en busca de sustento, para caer como fácil presa de indios. Además, los frecuentes conatos de Saturiba, habían desvelado la ciudad como sitio inseguro, de difícil defensa. Para corregirlo, el Adelantado y sus capitanes trazan otros fosos y empalizadas para ampliar la base cuadrangular del fuerte, capaz de batir ahora la entrada del río con 24 cañones de bronce, orientadas sus cureñas hacia bocana y esteros, con un polvorín a resguardo de flechas incendiarias.

Terminada esta reforma, vuelve Menéndez a La Habana por alimentos, pero a duras penas logra de su Gobernador magro apoyo. Vende pertenencias y consigue arranchar su galeón para retornarlo repleto de vituallas. De regreso a San Agustín va a encontrar fondeada a lo largo de su ría y dársena la prometida flota de Arciniega, cargada de provisiones, víveres, pertrechos, clavazones y… 14 mozas casaderas que confiará a los clérigos, en evitación de soldadescos desmanes, que acabarán casando con colonos. Los recién llegados desbordan el recinto, pero con la ayuda de sus brazos se acomete el acomodo ciudadano, conservando ellos su pernocta embarcada durante los diez días que duran los trabajos. A Santa Elena se desplazan 1500 hombres y 2 barcos de enlace, a San Mateo otros 300 hombres nave incluida, además de otros 500 más que Arciniega reparte entre las guarniciones de Cuba, Puerto Rico y Santo Domingo. Cumple así el Adelantado la orden real de reforzar  las guarniciones de las islas caribeñas a la espera del ataque francés que sobre ellas se cierne.

Cuando los franceses atacan, Pedro Menéndez de Avilés se encontraba en España presentando a Felipe II los trabajos de cartografía levantados en costas floridanas e informando de los resultados de la campaña. Se queja al Rey de la ambigüedad y escasa colaboración del Gobernador  de Cuba, y propone al monarca la alternativa de fusionar la Gran Antilla con Florida (hasta la Tierra de los Bacalaos) en una nueva y única gobernación, decisión que el rey someterá al Consejo. Pero el Consejo Real desconfía de la propuesta del Adelantado, que con un apasionado descargo defiende su honor en la diatriba: <<yo, antes de ser Capitán General…era una persona feliz y sin necesidades, pero me llamó SM y me entregó el mando de las escuadras del Cantábrico, después me dio el mando de la expedición a La Florida, el cual acepté sin preguntar; en la preparación de la primera ida, me gasté un millón de ducados que aún debo…nunca cobré un maravedí si no estaba al servicio del Rey…nunca he gastado en nada que no fuera preciso, y hoy me encuentro, no solo pobre sin un maravedí, sino que tengo mi deuda sin pagar…¡Esa es toda mi doble intención! >>. El Rey acepta sus razones, le otorga un mes de descanso en familia, y ordena al Consejo arbitre la forma de compensarle las deudas contraídas durante aquellas jornadas del Nuevo Mundo.

La acometida hugonote se deja sentir sobre La Florida. Pero nada positivo iba a recuperar, a pesar de su potente armada de 27 barcos y 6000 hombres de guerra Se dedicará a saquear, destruir los establecimientos y degollar guarniciones ya capituladas: toda una sangrienta “vendetta” sin resultados prácticos, pero con un profundo tributo de sangre sobre soldados y colonos españoles. Dominique de Gourges con sus poderosas hueste y flota enarbolando falaces enseñas castellanas, recuperaría momentáneamente San Mateo, luego de masacrar lugar y  moradores tras prolongado cañoneo y posterior incendio. Lograría también que su aliado cacique Saturiba, se alineara en pie de guerra con otros pariguales del entorno, para recrudecer futuras agresiones indígenas contra los españoles. Cumplido el vendaval retaliativo, los franceses van a regresar a Europa, olvidando supuestas aspiraciones sobre sus, siempre costosos de conservar, antiguos poblajes, pero no sin haber soliviantado profundamente al mundo indígena. Ante ello, el Adelantado va a solicitarle al Rey permiso para aplicar al indio pugnaz, la cruda Ley de Guerra que se aplica al enemigo declarado. En adelante, todo indio en armas tomado prisionero, sería reducido a esclavitud, como medida supletoria para afianzar población y progreso en aquellas tierras.

Pedro Menéndez de Avilés regresa de Europa al mando de nueva escuadra con refuerzo de soldados y misioneros y su nombramiento real como Gobernador de Cuba y territorios anexos, entre los que se cuentan Jamaica y la reciente Provincia de Florida. Al sur de ella, en Bahía Vizcaína junto al río Miami, establece la misión jesuita de Tequesta, un asentamiento cuidadosamente elegido para conexión directa con la Capitanía General de La Habana; pero es devastada por los propios indios que martirizan a sus frailes (1568). Tras nuevos asaltos y sacrificio de jesuitas, la Compañía de Jesús abandona Florida en favor de la Orden Franciscana. Los nuevos frailes se establecen, no sin iniciales dudas, en diferentes misiones con sede central en San Agustín, pero bajo jurisdicción eclesiástica de Cuba. En aquella sede habían llegado a concentrarse 50 frailes misioneros, el jesuita Francisco de Borja entre ellos, en espera de su destino misional. Son tiempos turbulentos que mantienen indecisos a los hombres de Cristo, alejados de sus sedes. Más tarde regresarán a sus asignadas misiones para consolidar su prédica, protegidos ahora por soldados de la Real Fuerza.

 
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Contexto Histórico de la Habana – I

         Colón en su primer viaje (1492) descubre la isla de Cuba << de la forma de una hoja de sauce >>, que denominará Juana en honor de la infanta de Castilla, pero no se detiene, y sigue su litoral al oeste navegando en pos de otras costas. Será la vecina isla de La Española quien, años después de haber consolidado algunos cientos de colonos peninsulares, aporte los primeros contingentes europeos  a la Gran Antilla, receptora final de una leyenda de la que Colón había sido crédulo partícipe, en un postrer jirón medieval inferido al estandarte renacentista. La Antilla era una mítica isla oceánica previa al decubrimiento de América, ya referenciada en cartogramas de 1424, que había culminado su carisma con el refrito geográfico de Toscanelli (1468) manejado por Colón. Se decía que en 1411 una carabela española había llegado a ella, pero no se tenía noticia fidedigna de esta arribada. También Portugal había emprendido sin éxito su búsqueda, sin tampoco hallarla. Este legado legendario influyó para nominar al archipiélago antillano en los cartogramas españoles con su nombre de leyenda.

El estado de cosas que se encuentran al llegar los primeros europeos nos ha sido narrada por su contemporáneo López de Gómara: << Estaba Cuba poblada de indios…andan desnudos, en cueros vivos hombres y mujeres…con liviana causa dejan a sus mujeres…el andar la mujer desnuda convida e incita a los hombres pronto… >>. Y en análoga circunstancia a la vivida por hombres y tierra de La Española, el cronista apostilla: <<Todos ellos se volvieron cristianos; murieron muchos de trabajo y hambre, muchos de viruelas, y muchos  pasaron a Nueva España cuando Cortés la ganó, y así no quedó casta dellos >>. En los primeros contactos con la tierra y sus hombres, aplican los castellanos su máxima renacentista: << quien no poblare no hará conquista, y no conquistando la tierra, no se convertirá su gente >>. Con esta hoja de ruta se comienza la conquista de Cuba, y como conquista en todo tiempo, será sangrienta. Los europeos vienen de una guerra secular en todas sus fronteras. Con ellos traen en sus flotantes castillos, caballos y perros, medios desconocidos para el asombrado indígena, que llegará a sentirse morir bajo los truenos del arcabuz que los mata de lejos. Pronto esos mismos perros que levantan como pieza de caza a todo indio mimetizado en la manigua, quedan perdidos por los montes, donde llegarán a criar en despoblado y tornarse tan << carniceros más que lobos, que hacen mucho daño en cabras y ovejas >> que los propios conquistadores, ahora establecidos como colonos, se organizarán en batidas para exterminarlos y defender los haberes de sus cabañas.

Diego Velázquez llega desde La Española como Adelantado (1511) con credenciales para su conquista y repoblación, otorgadas por Fernando el Católico a instancias del Gobernador Ovando. Le acompaña un grupo humano de colonos  que aportan ganados, semillas y animales domésticos, además de hombres de guerra  que contribuyen a la empresa con sus equipos, armas y monturas. Entre ellos vienen  Pánfilo de Narváez, futura cabeza militar de la conquista isleña, y Hernández de Córdoba, Grijalva y Hernán Cortés, que van a catapultar desde Cuba el descubrimiento de Yucatán y la conquista de México; junto a ellos, viene el dominico Bartolomé de las Casas, grande e ingénuo defensor de los derechos indígenas y  estrecho colaborador de Velázquez, que gestiona en España mediante personas influyentes el final de la encomienda al uso. Una vez conseguida su total libertad, se tornarán pacíficos los indios, dejarán de sublevarse, tainos y siboneyes perderán el perenne hervor de rebeldía indígena de los primeros tiempos. En este contexto funda el Adelantado la villa de San Cristóbal de la Habana (1515) en la costa sur de la isla, que por su insalubridad y peligrosa navegación entre bajíos será trasladada (1519) a una cercana bahía más al norte.

En la bocana de esta bahía conocida como Puerto de la Carena, elige el Adelantado el lugar para trazar el nuevo damero ciudadano, junto al abrigado playote en que reparara sus naves Sebastián de Ocampo (1508), experto bojador antillano, compañero de Colón en su 2º viaje. Allí había dado con sus dos carabelas, anegadas las sentinas por la broma y las vias de agua de fortuitas encalladas, cuando en arriesgada navegación costera, averiguaba por orden del Gobernador Ovando si Cuba era o no una isla que pudiera ser colonizada de cristianos. Y en ella había encontrado varadero de fortuna de placentera arena y manantiales de asfalto, donde poder carenar aquellos maltrechos cascos, que con la pleamar debería reflotar de nuevo. Once años más tarde Velazquez refunda allí la villa que en sus comienzos va a depender oscuramente de Santiago de Cuba, la capital isleña cuyo joven y carismático alcalde Hernán Cortés, sería el futuro conquistador del Imperio azteca. Bajo el  copudo parasol de una ceiba caribeña, y según inveterada usanza castellana, se solemniza la fundación con misa y te deum. Entrega Velazquez al electo Cabildo, con sus dos alcaldes ordinarios y tres regidores, la guarda y custodia de los Fueros y Privilegios de la Villa que han de legar a la posteridad la validez del consuetudinario acto. Terminado el trámite con el levantamiento del Acta Fundacional, quedan allí registrados sorteo y Amparos Reales o lotes de tierra asignados a las 37 familias fundadoras del vecindario. Vendrá luego el trazado de calles  << a regla y cordel >> y la construcción por negros e indios cautivos de la pajiza iglesia y el fuerte, sólida empalizada de troncos cercada de escarpe y zanja, cobijo del vecindario frente a posibles algaras indias. Será el futuro núcleo integrador ciudadano, que junto a su caserío ardería bajo flechas incendiarias en más de una ocasión. En las afueras quedaba instalado el encomendado poblado indígena o << república de indios >> con plaza propia, agua y tierras comunales, su cacique y alguaciles: suministro asequible de mano de obra, que en 1552 alcanzaría, total libertad de establecimiento y circulación. El fundador de La Habana había tomado prestado el topónimo siboney “jhabana,” la castellana “sabana”, que junto a San Cristóbal patrono de peregrinos y marineros, iba a constituir santo y seña de la nueva villa de cristianos. Ennoblecida con un te deum laudamus, celebrado bajo frondosa ceiba que devino enjuta y seca 235 años más tarde, serìa para siempre recordado el laudo por un monolito de piedra  (1754) levantado en el sitio.

A partir de 1543, el entramado administrativo del Imperio iba a estructurar un sistema de flota anual que parte desde Sevilla para ultramar con textiles, herrajes, aperos, pólvora, pertrechos. Desde 1521 el comercio entre el Caribe y España era obligado realizarlo con naves desplegadas en conserva, y un escuadrón protector contra corsarios franceses¸ más tarde llamado Escuadra de Averías por ser financiado por los propios mercaderes que comercian en ultramar mediante un impuesto llamado Avería. Al acceder al Caribe la llamada Flota de Indias, se dividía en dos, una con dirección a  Veracruz y  otra a Cartagena y Nombre de Dios, que irán desglosando naves en diferentes puertos del derrotero. El arribo de estas naves, generaba ferias y festejos locales en los puertos de destino, donde se concertaba buen número de embarcaciones menores que distribuían hacia otros enclaves los preciados cargamentos traídos de España. Finalizadas las ferias locales y estibadas las naves con cueros, cecinas, ganados, maderas, sebos, ceras y otros productos de la tierra además del impuesto o Quinto Real, concurrían ambas flotas concentradas de nuevo en La Habana, donde se les incorporaba la nao capitana para marcar avante el rumbo de regreso a Sevilla.

Este incipiente comercio transoceánico iba a despertar pronto envidias y felonías sin cuento entre colonos clandestinos y navegantes advenedizos que van enrocándose en la generosa pléyade de minúsculas islas caribeñas potenciados por el rencor francés. Francisco I de Francia, enemigo declarado del Emperador Carlos V y antiguo competidor de su cetro, concede patente de corso a sus marinos frente al monarca español, en una frontal actitud contra la salomónica Bula del Papa Alejandro VI, que había repartido el globo terráqueo entre Portugal y España. Se siente despojado de su opción americana y alega que le enseñen la clausula del testamento de  << nuestro padre Adán >> donde se dice que ha de repartir su herencia entre castellanos y portugueses excluyendo a todos sus demás hijos. Decide por ello tomar parte como outsider del festín americano, medio siglo antes que otro competidor inglés, fundador de la Royal Navy, hubiera logrado que sus pilotos se internasen hacia el oeste más allá de las islas Scilly.

En este contexto bélico germina poco a poco un submundo de rapiña, asaltos y muerte. El hugonote francés Robert Ball (1543) toma La Habana y cobra un rescate por no incendiarla, pero se lleva las campanas de su parroquia.  Su lugarteniente Jacques Sorel (1555), guiado por un piloto portugués arrasa la abandonada villa. Con más de 200 forbantes, profana altares destruye las plantaciones vecinas y ejecuta a cuanto esclavo halla al paso. Solo su Hospital de piedra aguantará en pie, como mudo  testigo de esta segunda << destrucción de Troya >>. Apenas logra el pirata reunir rescate digno de tal nombre, y busca por los montes cercanos a los desarmados fugitivos. Una contraofensiva vecinal de 40 colonos blancos, acompañados por unos 100 indios y otros tantos negros apenas armados con piedras y estacas, logra cobrarse algunas víctimas, pero su impotencia les hace desistir del empeño. Cuando el francés se retira, deja la ciudad en llamas. Hasta ahora, cuando los hugonotes aparecían en su costa, blancos, negros e indios se reunían para defender lo que ya consideraban su tierra, por haberse acostumbrado sobre ella a vivir juntos. Era una lección bien aprendida: en adelante se aprestarán en su defensa, además de las guarniciones, los estancieros y los comerciantes, indios y esclavos negros, incluso ocasionales viajeros de Indias que transiten su puerto hacia otros destinos.