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Contexto Histórico de Acapulco – IV

Figura 7a: Hatsesura Asemoto, primer embajador histórico del Japón en España

 

En 1740 estalla la Guerra de Asiento  o Guerra de la Oreja de Jenkins entre España e Inglaterra. Motivo real, fuera de disquisiciones leguleyas: el contrabando de comerciantes ingleses en costas del Imperio Español. España había permitido a Inglaterra el asiento de negros o libre venta de esclavos africanos, y el navío de permiso con capacidad de vender una vez al año 500 toneladas de mercancía en los puertos de Indias. Este tonelaje fue duplicado a 1000 toneladas anuales (1716), lo que tuvo que ser cubierto con varios navíos de permiso, dado el escaso arqueo tradicional de sus barcos. Ello vino a complicar el control del volumen pactado y multiplicar su contrabando a lo largo de 100.000 millas de costas virreinales. España se guardaba el derecho de visita, o control jurisdiccional por sus guardacostas sobre los barcos británicos que accedían a puertos hispanos. Este control incomodaba a los ingleses que, sin despeinarse siquiera, tildaban a los gestores españoles de piratas. Una vez más el calamar británico soltaba su turbia tinta para velar con ella sus culpas. Disimulo y ocultación de realidades fraudulentas, mercancías de matute a raudales, connotados falsarios envueltos en acartonado orgullo, eso, y no otra cosa, era lo que detectaron los marinos españoles. Entre ellos el comandante  Fandiño, que pilla in fraganti delito al tal Jenkins que da nombre a esta historia y a quien manda desorejar como a cualquier quídam. Un castigo sobradamente anunciado a, y conocido por, los transgresores de una ley de comercio ultramarino que a sabiendas ignoraban. Y como souvenir del veredicto le regala el seccionado apéndice, que el delincuente guardará en formol. Es lance sobradamente comentado, tal cual lo cotillearon los mentideros portuarios de la época.  Y así empezó todo: una buena oreja inglesa, que valía una guerra. Hoy nos parece ciencia ficción, pero en absoluto lo fue. Sus víctimas y destrozos históricos durante nueve años de guerra lo atestiguan. El supremacismo larvado del partido opositor, propalaba la idea de una España decadente, presa fácil para una Gran Bretaña poderosa y dueña de los mares. Ritornelo pertinaz del nacionalismo de las islas, tantas veces enfrentadas a su realidad. Apenas pasados veinte años desde la última intentona de coparle en su isla, el eterno  perro chico gruñón buscaba una revancha para su ego.

 

El partido guerrerista del Parlamento londinense recién creado, arremete contra el pacifista Premier Walpole, que, bien informado de la situación internacional, se verá obligado a declarar una guerra que no desea. Los belicistas en cambio y el almirante Edward Vernon con ellos, ven el oportuno casus belli para partir la América hispana en dos mitades y apropiársela por partes. Así de fácil. Vernon por el Caribe y el comodoro George Anson por el Pacífico, serán los encargados de efectuar la operación tenaza que yugule al Imperio Español y ponga fin a su secular arrogancia. De nuevo la eficaz propaganda protestante, lubrica la maquinaria nacionalista que desborda las calles. Pero Vernon sufre en Cartagena de Indias tremendo descalabro a manos de Blas de Lezo, que Anson viene a conocer tras la captura de una balandra chilena. Enfilaba ya su tajamar hacia la Ciudad de Panamá, el otro filo de la tenaza prevista, cuando tal noticia iba a cambiar su táctica bélica. Su cometido se centraría ahora en capturar el Galeón de Manila. Podía tal vez ser el golpe alternativo que estrangulase las magras finanzas de Su Católica Majestad. Y a ello encaminará en adelante sus intenciones.

 

Sobre su cartográfico top secret lacrado del Almirantazgo, el Comodoro marca las coordenadas de Acapulco para trazar desde su actual posición el rumbo a seguir, y a principios de  1742 se presenta ante la bocana de su puerto. El galeón manileño había llegado pocos días antes, y la feria, en su apogeo, habíale extraído ya su preciada carga de las entrañas. Un ataque en estas condiciones, produciría un desparrame general de personas y mercancías, desde los quioscos y puestos de la Planchada para adentrarse en el anfiteatro boscoso de La Sierra. Tras un primer cañonazo, toda rentabilidad de pillaje sería prácticamente nula a corto plazo. El saco de una feria desmantelada, en nada habría de resarcir el esfuerzo por lograrlo. Debía ser por tanto una acción fulgurante, porque, a otro plazo, la respuesta virreinal podría tornarse en trampa demoledora.  Luego de doblado Hornos y alcanzada aquella latitud, el comodoro inglés conservaba dos barcos, apenas gobernados por una marinería más entusiasta que experta. Comidos de fiebres y escorbuto, aquellos hombres no se encontraban en disposición de ataque alguno, pese al eterno milagro del brillo áureo en ojos menesterosos. Anson, millas de mar adentro, dudaba si esperar o no la salida del galeón en primavera. Tal vez pudiera desde allí escuchar los cañonazos del adiós y la cortés réplica del fuerte. Desde la posición desplegada con sus barcos, escrutarían cualquier aparejo de tres palos que apareciera por leste. Inútil espera: los barcos de aviso habían vuelto a cumplir su escurridiza misión, y esa primavera no sonarán ya las salvas de adiós al Galeón, ni traídos por el alisio lo  serán sus ecos que mar adentro esperaban oír.

 

Duras habían sido las jornadas que hasta allí le habían traído al comodoro inglés. Formadas sus tripulaciones a base de novatos de última hora, cuando no de sobreros veteranos o convalecientes del hospital de Chelsea, muchos de ellos hubieron de ser rechazados. En un barco auxiliar fueron devueltos a puerto, cuando su Centurión punteaba ya los rugientes cuarenta del Atlántico Sur en su ruta a Hornos. Su misión no parecía empezar bien. La operación tenaza del Almirantazgo era conocida por el espionaje español, y los barcos de aviso habían alertado ya todo puerto meridional atlántico y pacífico. Una escuadra de cinco navíos, 285 cañones y 2700 hombres al mando del general José Alfonso Pizarro, aguardaba su paso frente a la base naval del Atlántico Sur en Montevideo, dispuesta a salir tras el inglés y su sorpasso por el vértice continental americano. Atacaría  a la escuadra de Anson ya entrada en el Mar del Sur, donde sus 6 navíos de guerra más dos auxiliares, con potencia artillera de 230 cañones y 1700 hombres, no podrían recibir ayuda de la metrópoli ni de sus colonias atlánticas. Estos eran los planteamientos bélicos de la flota española sobre las cartas náuticas. Pero la durísima remontada del Cabo de Hornos iba a desarbolar ambas formaciones, la persecutora con mayores esloras, y la perseguida con más barcos. Cada cual lamerá sus heridas como buenamente pueda, lejos de la civilización y las ayudas, con resultado muy otro del esperado alcance. Pese a su mayor arqueo, las naves españolas no remontan los vientos huracanados del güeste y deben tornar maltrechas al Atlántico platense; el inglés logra pasar al otro mar, pero salva a duras penas la mitad de sus barcos. Cuando Pizarro lo intente por segunda vez y logre remontar el meridión americano, habíase ya perdido Anson en las brumas del piélago sureño.

 

Serán los científicos de la Armada Jorge Juan y Antonio de Ulloa, midiendo a la sazón el meridiano de Quito, quienes a la llamada del Virrey, salgan del Callao hacia las aguas del estrecho. En una pequeña escuadra en corso formada por dos fragatas de 600 toneladas, van a tratar de interceptar la armada de Anson. Registrarán el litoral chileno y las Islas de Juan Fernández sin éxito, aunque sepan que por allí han pasado los barcos ingleses. Pero su comodoro  no se dejaría ver, hasta aparecer en las costas de Nueva España. Ambos marinos solicitarán volver a Quito cuando sepan que Pizarro ha tomado ya el mando de la Armada del Mar del Sur.

 

En mayo decidirá Anson levantar el cerco de Acapulco y poner rumbo a Macao. La estación está ya avanzada y los alisios refrescan, mientras sus nubarrones cargados de aguaceros, van espesando los cielos del nordeste. Desea escapar antes de la llegada de las primeras turbonadas y carenar allí las naves que siente pesadas, de poco andar y lenta respuesta. Pero solo su capitana, Centurión, sería capaz de alcanzar la colonia portuguesa. Con cartografía de la Royal Navy que distorsionaba vientos y corrientes, se verá obligado en determinados momentos a transitar, sonda en mano, entre un azar de escollos, islotes y  atolones no mapeados e indetectables a pocas millas. Sin suficiente aguada ni víveres e ignorando dónde hacerla o conseguirlos, su aleatoria y existencial derrota, prácticamente a ciegas, iba a ser un canto a la vida y a la fortuna de aquellos hombres al borde de la inanición. Mientras alentaba el céfiro tropical, sus singladuras fueron pasmo rendido de la diosa Fortuna, que aún conserva dilatadas – dicen sus biógrafos – sus asombradas pupilas. Fue pura réplica del fantasmal tornaviaje del patache San Lucas de Alonso de Arellano dos siglos antes, pero sentido inverso: como entonces se dijo, era también ahora el Cielo quien salvaba sus vidas. Luego de contemplar durante semanas gaviotas y aves migratorias en vuelo al sur, atisbaron al fin los verdes ribazos de una de las Marianas, donde los nativos mantenían hozando piaras de cerdos. Era la isla de Tinián, y en ella fondeará el Centurión para tomar el soñado contacto con suelo firme, luego de meses de incierto balanceo. En botes a remo desembarcaron los menos enfermos, que compraron y robaron cuanto pudieron, para seguir prestos avante. Más de un multicasco aborigen, de raudo y buen gobierno, salió en su seguimiento que, empero su frustración medrosa, no osaría aproximarse al navío de guerra extranjero.

 

Tampoco el arribo a la costa asiática iba a resultarle fácil al marino inglés. Los chinos le recibirán recelosos en sus aguas, que solo los comerciantes lusos franquean amigablemente. Pese a ello, logrará remontar el delta del Río de las Perlas hasta entrar en demanda de carena en la isla portuguesa de Macao. Una vez carenado el Centurión, se abastece de viandas, adquiere mapas y reponen fuerzas sus hombres, para regresar a las Filipinas y apostarse a socaire del cabo Espíritu Santo. Se trataba del referente rocoso que cada Galeón de Acapulco enfilaba en su rumbo al estrecho de San Bernardino, cruce interinsular obligado hacia Manila. Allí sorprenderá en junio de 1743 al confiado Nuestra Señora de Covadonga, que habiendo iniciado dos meses  antes su viaje felicísimo,  trae la cubierta repleta de ganado vacuno recién comprado en Guam, que habrá de arrojar al mar para entrar en combate. El adelanto de fechas sobre el paso del Galeón de Acapulco por el cabo Espíritu Santo, hace que su gemelo Nuestra Señora del Pilar de Zaragoza, no haya llegado aun a su cita anual para acompañarle hasta Cavite.  Su felicísimo cruce del Pacífico le había vendido. Cuando el Covadonga advierte las velas de Anson, hacia ellas toma rumbo pensando encontrar al Pilar. El equívoco se desvanece cuando el Centurión iza bandera de combate. Es ya demasiado tarde; el inglés le ha ganado barlovento y atajado su posible escape hacia la cercana costa. Pero no por ello va a rehuir el encuentro, pese a sus trece cañones de nave merchanta frente a los 60 bronces del navío de guerra inglés. La calma reinante no impide al Centurión ir ganándole barlovento al Covadonga. Su carencia de carga y el reciente carenado, le confieren un grácil y escurridizo andar bajo la ventolina mañanera. Dos horas después de avistado lo tendrá al alcance de sus cañones, que retumbarán los primeros sobre la mar bella de aquella lluviosa mañana del verano austral. Solo el abordaje que ya buscaba, podía salvar al Covadonga. Abordaje que el ágil Centurión, bajo de hombres pero cañones rotundos, iba a tratar de evitar. La superioridad artillera del inglés sería sin duda quien decidiera la suerte del combate. Y así fue. La compacta madera filipina de su casco, no pudo soportar la lluvia de proyectiles que recibía el galeón. Y tras dos horas de guerra galana, diezmada la tripulación, aniquilados sus fusileros, moribundo su comandante, y desarbolada la nave, el Covadonga se rinde. Hay fuego declarado en la sentina del Centurión que puede hacerlo saltar por los aires, pero Anson sabe mantener la calma en los momentos críticos hasta lograr dominarlo. Tras ello cambiará de barco a los 300 prisioneros hispanos que cobija y vigila en su propia bodega. Y con el Covadonga escorado y a remolque, se presentará en Macao, donde vende el galeón capturado, libera los presos, repara el desportillado Centurión e inicia el regreso a Portsmouth. Carga una fortuna de un millón cuatrocientos mil sonantes pelucones y 4500 marcos de plata en lingotes de la Ceca mexicana, el más importante banco mundial fáctico de aquel siglo. Saldrán en su busca dos galeones desde Cavite, pero solo hallarán en Macao a los supervivientes del Covadonga, a tiempo de embarcarlos y regresar a Manila. Habían pasado dos meses y el Comodoro inglés, por aquellos días, doblaba ya el Estrecho de Sonda en su escape hacia el Índico.

                           Figura 8: La captura del Galeón de Acapulco

 

Un año después, en el Canal de la Mancha, le esperaba al Centurión la escuadra francesa, aliada de la española en esta guerra, que no lograría distinguir sus velas en la cerrada niebla que invadía aquellas aguas. Su estrella iba a brillar sin duda hasta el final del mundo. Era una de las presas navales más cuantiosas de la historia, pero que con solo paciencia, intuición, saber hacer y tempo histórico, no hubiera conseguido jamás un final feliz. Precisaba de la oportuna suerte, que acompañó en incierta carambola al marino inglés, como imprescindible patrimonio gratuito que todo ganador precisa para culminar su empresa con éxito. La gesta fue sobradamente cantada en la isla, cosa que sin duda merecían su tesón y su astucia. Pero sus corifeos dejaron para el arte pictórico, un imaginario encuentro naval que difiere de la realidad habida entre el Centurión y el Covadonga. El rigor histórico quedaba en él supeditado a la propaganda A.M.G.D. que habitualmente primaba en su patria. Ni el Centurión pretendió emparejarse al Covadonga, ni era menor su obra muerta ni su porte velero, que los del galeón filipino, como parece deducirse del lienzo que inmortalizara en Britania aquel desigual combate. La nave novohispana tenía 36 m de eslora (50 codos de quilla), frente a los 31 m del Centurión (42 codos de quilla), pero su mayor manga emparejaba en 1000 toneladas el arqueo de ambas. Con mayor manga y menor eslora, precisaba más vela para un mismo andar. Esa mayor superficie vélica dábasele alargando mástiles y aumentando la facha del velamen. Por dos razones: la primera, porque comparativamente podía elevar trapo sin apurar la escora, dado el mayor poder de su manga; la segunda, porque en las encalmadas, captaba mejor el leve céfiro que se desliza, imperceptible pero eficaz, algunos metros sobre el plato marino. Tal el caso del combate presente y el lento resguardo cobrado por Anson, con un rumbo de colisión mantenido para interceptar todo posible escape. Licencia artística a parte, el sentido nacionalista del pintor lleva su pincel a una conclusión emocional, formalmente errónea. Empequeñecer lo propio y magnificar lo ajeno: efecto Goliat como fórmula bíblica recurrente. Se trataba de escenificar la victoria de un terrier frente a un bulldog, pese a las realidades concretas del caso, que para nada importaban. Por eso el Centurión debía ser más pequeño, más David, menos importante y poderoso que su ocasional Goliat, a fin de magnificar el grandioso triunfo de las armas inglesas. No nos olvidemos del “nunca fuimos tan pequeños ni tan grandes” brotado del alma sincera de un Chesterton exultante con la angustiosa victoria de su Armada frente a la invasión de su isla por Felipe II. Lo que olvidó esta vez la propaganda británica fue que el Covadonga, cargado a tope, solo disponía de espacio para armar los 13 cañones que llevaba operativos. Cabe suponer que el autor del cuadro participara del síndrome Hume, como el pensador escocés que lo intitula, quien sentenciara a los españoles como incapaces de gobernar unos barcos tan pesados… mucho mayores que ninguno de cuantos hasta entonces se habían visto en Europa (léase vistos por ellos, naturalmente), como lo eran los galeones oceánicos de la doble Carrera de Indias anual. Para más adelante, sacar pecho ingenuamente, cuando la Royal Navy devino fruto maduro con barcos potentes, y aprendieran sus pescadores de Cornualles las lecciones de navegación para adultos, entonces, nuestro fatuo filósofo sentencia que los mayores buques de aquella famosa Armada figurarían hoy escasamente en tercera fila de la marina de Inglaterra…. Es decir que lo que era ingobernable por gigantesco para los españoles, resultaba calderilla para los superdotados ingleses, cuya exploración americana había estado tan fuera de su alcance, que optaron por delegarla a nautas itálicos y portugueses… desde tiempos de Enrique VII Tudor. Es decir, desde que se enteraron que América existía. A veces uno debe pellizcarse para no flipar si leyere a ciertos autores de aquella isla. Conviene no olvidarla como nación que inventó el autismo propagandista como la más rentable empresa de su parque temático. ¡Tan eficaz que ellos mismos se toman hoy en serio lo escrito por sus corifeos de antaño! ¿Qué canal de TV no emite documentales que cuenten logros Made in England por ella misma narrados y loados? ¿Acaso no estamos viendo su elefantiásica autoestima en el Brexit que se les avecina? Para Samuel Scott, el alabado artista que pintó la captura del Covadonga en versión inglesa, la desigual potencia artillera entre ambos barcos era detalle irrelevante. Para el Almirantazgo, y la claque nacional-anglicana, lo fue todavía menos. Lo importante a sus ojos era que el David anglo había vencido de nuevo a otro Goliat extranjero… español para más señas. No debía funcionar muy bien el recién implementado correo inglés de la época de Hume (1760), porque nuestro pensador tildaba a los astilleros ibéricos, inventores para el mundo de la carabela y el galeón, de  hacer barcos tan mal construidos y manejarse con tanta dificultad, que apenas podían hacer con ellos los mejores pilotos ninguna evolución… Pedantería supina de quienes antes de 1525 apenas habían vislumbrado la costa firme americana, cuando Elcano había ya regresado de su vuelta al mundo, y los portugueses consolidaban sus bases de China y Japón con aquellas mismas naos o sus variantes. Por esas fechas la navegación británica de altura estaba encargada a italianos (Caboto padre e hijo) o portugueses (Fernández Labrador y hermanos Corte Real), porque los ingleses, con su depurada ciencia marinera y sus ágiles cascarones, no se alejaban más allá de la longitud geográfica de las Azores. ¿Por qué? Simplemente porque desconocieron la navegación astronómica hasta entrar en contacto con los nautas italoibéricos. Y el gran Hawkins, de la generación posterior, lucía como joya preciada el Jesús de Lúbeck de 600 toneladas, botado en astilleros del Báltico y capturado junto al resto de su escuadra por la Armada de Barlovento en San Juan de Ulúa (1568), en ocasión que estuvo a punto de costarles la vida a él  y al joven Drake. Comprado a la Liga Hanseática por Enrique VIII, fue su hija la reina Isabel, quien se lo regalara como acicate del prototipo del porte deseado por la Corona. Recompuesto después de su captura por los españoles, acabaría sus días como nave merchanta al servicio del comercio veracruzano. Está visto que la investigación histórica desmiente patrañas fósiles… ¿no crees amigo Sancho?.

 

El siglo de las luces iba a traer al Océano Pacífico las grandes expediciones científicas de la Europa ilustrada. Bougainville, Tasmán, La Perousse, Cook, Balmis, Vancouver, Malaspina, Bering, Bodega y Cuadra y tantos otros, contribuyeron a darnos noticia del gran Océano y sus gentes, hoy conocidas. Inglaterra hizo del Reino Unido de la Gran Bretaña la potencia dominante del siglo, con un desarrollo tecnológico e industrial sin parangón, que el mundo valora y le reconoce sin ambages. Arropada por su Segundo Imperio, llegaría a ser la primera potencia mundial del siglo XIX. El perro chico, habíase pasado de terrier a bulldog. Como potencia dominante, intentó ahormar la opinión mundial con su tentacular imprenta, cuando ya la prensa estaba alcanzando una relevancia masiva, articulando su parcialidad nacionalista y protestante en resguardo de su prestigio nacional. Todavía los EEUU no habían inventado su taylorización productiva, ni su rodillo propagandista había comenzado andadura visible. Pero ya la Gran Bretaña mostraba a su hijuela cómo exportar maneras de vender autoestima a los vientos.

 

Émulos de su maestra británica, iniciaron los USA una producción y marqueting capaces de motorizar la colonización del far west, el trazado de los ferrocarriles continentales, y la fabricación en serie de todo bien capaz de colmatar las carencias del Oeste. Ahíto de famélicos europeos de entreguerras, iba el Este a vender sus manufacturas a un Oeste poblado a catapulta con el sobrante campesino que aquella inmigración le proporcionaba. Y por si algo faltara, algún filón aurífero californiano vino a inflamar la cantiga del dinero fácil, inyectado ya en vena, desde los consulados yankis, a la menesterosa turba que acabaría desembarcada en Manhattan leyendo con la mirada aquel mundo desconocido. Quince millones de emigrados en medio siglo fue su resultado, con una taylorización a pleno rendimiento. La mano de obra europea del Este construía armas e implementos que los ferrocarriles, transportaban y entregaban de seguido a los expectantes colonos del Oeste. Esta premiosa demanda alargaba los caminos de hierro más y más hacia el Pacífico, mientras en el Este proliferaba la fabricación de rieles, máquinas de vapor, vagones,  ruedas, boogies, cambios de agujas, topes… pero también de aperos, alambradas, arados, bombas de émbolo, clavos, poleas, tubos, cabrestantes molinos y armas, muchas armas, que animaban las finanzas del país. Un país cuyas tres cuartas partes se enredaba en una guerra de supervivencia: los indios en defensa de sus vidas, campiñas y tradiciones, los colonos atrapados en un medio hostil donde subsistir, frente a la agresividad salvaje de la naturaleza y los aborígenes. ¿Se han preguntado los norteamericanos de aquella catarsis, y quienes reventaron los diques de la caótica marabunta humana eufemísticamente llamada conquista del oeste, si los indios que aniquilaban a su paso eran dueños legítimos de la tierra que pisaban? ¿O si la suya era o no una guerra justa? Su revolutum de sectas protestantes cada cual con su credo, sus órdenes religiosas prohibidas o perseguidas por siglos, impidió asumir una salmantina ética humanista concreta. Prácticamente sin Dios ni Ley, se abatió sobre los territorios novohispanos de Texas, Nevada, Colorado, Arizona, Nuevo México, California y Oregón entre otros, un código visceral de apetitos, sincopado oportunamente por armas de fuego cortas y largas.

 

¿Sospechaba siquiera el Buffalo Bill Campeador lo que era una guerra justa contra los indios, fuera de las carpas, la bufonada circense, y los dólares que embolsaba?  Inconcebible hubiera resultado este planteamiento en el contexto del far west del siglo XIX. Tal duda habíase planteado en profundidad más al sur, cuando los papistas que habían llegado tres siglos antes, con la espada en una mano y la cruz en la otra, y un sentimiento trágico de la vida que Unamuno estudiase, pusieron a pensar a los sabios de Salamanca y el mundo, en un enlace concatenado de la ética aristotélica. Era época mercantilista, severa, creativa y pensante, llamada Renacimiento, y aferrábanse con su diestra a la cruz sus gentes, aunque doblaran mandobles a siniestra. Pero en el tópico far west privaba el todo vale del becerro de oro, siempre que rentase beneficio al interesado y a su comunidad. Las tablas de Moisés era un recuerdo ancestral de la famélica Europa, y la Religión un asunto privado. No lo pensaron entonces los predecesores británicos, ni lo harían posteriormente sus herederos yankis, que jamás se plantearon en conciencia la duda metódica del ethos indígena. Mientras transcurría este no pensar, la frontera oeste de sus plantaciones del Este, avanzaba implacable a golpe de colono británico contra las tribus del limes. Era una consecuencia vergonzante del comportamiento histórico de los ingleses en Irlanda desde Enrique II Plantagenet (1170), donde no existió tolerancia ni atisbo de integración con los gaélicos, seres inferiores, excluyentes, que había que segregar y exterminar. Tampoco existía esbozo de Ley que humanizara al indio en defensa de sus bienes, frente al proceso usurpador de tierras y vidas que sufría, simplemente porque sus propósitos eran meramente económicos. Cinco siglos después, el mercantil interés de grupo seguía imponiendo su rigor sobre cualquier ética de convivencia humana. No existía voluntad convivencial en el coloniaje inglés, lo que puede resultar comprensible. Pero es que tampoco existió nunca una veraz legislación humanista de su Corona, clara y decidida, en protección del habitante más vulnerable de sus Colonias, lo que resulta incomprensible. Y habitantes de sus Colonias eran las tribus indias que dentro de aquellos límites vivían. ¿Qué civilización le aportaba al receptor indígena americano el mundo inglés?

 

Al principio, como minusválidos hijos pródigos de su Corona, los planters compraron aquellas tierras a precios dolosos, engañando a indígenas carentes del sentido de propiedad y del concepto monetario del valor de sus bienes. Más tarde consideraron que eran sus tierras apropiables, puesto que jamás habían conocido aquellos salvajes la propiedad privada: carecían por tanto de todo derecho a ella por no estar socialmente organizados. Finalmente, en la medida que el derecho británico progresaba, adquirieron la certeza de que por derecho de conquista, la soberanía territorial de las colonias era propia del Rey de Inglaterra e incompatible con la de jefe indio alguno. Y el Rey, concedía tierras a sus súbditos que debían apropiárselas y defenderlas. Un nuevo Moisés que trasmitía a su pueblo: El Señor, nuestro Dios nos lo entregó y lo derrotamos… no dejamos vivos a hombres, ni a mujeres, ni a niños, salvo los animales que habíamos apresado y el botín de las ciudades conquistadas… En todo caso se trataba siempre de un enfoque meramente económico, con una repercusión ética e intelectual, si es que la hubo efectiva, infinitamente menor que en la España de siglos anteriores, aunque en determinadas etapas dejase ésta sentir su influjo salmantino sobre aquel.

 

Tampoco humanizaron este planteamiento sus herederos yankis. Ningún reproche se han hecho ante la Historia. ¡Todo lo hicieron bien, que envidia! ¿Cavilaron los embrionarios padres peregrinos de la América protestante sobre el indio como ser trascendente, salvo para condenarle al infierno por no estar predestinado al cielo por el Eterno Hacedor? ¿Que otra cosa que tratar de exterminarles y encorralar su sobrante en reservas, para limpiar sus praderas ancestrales, hicieron por ellos sus hijos americanos? No más pavos compartidos ni melifluas Pocahontas del primer momento, migajas sensibleras que pronto se tornaron en una intransigente realidad étnica. Comprendieron los indios el monumental engaño que les estaban vendiendo y se revelaron provocando una matanza de colonos. La contrarréplica inglesa fue demoledora y persistente en vidas y actitudes. Como en el caso irlandés, nunca  aceptaron mezclar su sangre británica con la india, ni integrar a los amerindios en su sociedad colonial. Solo la exclusión, la intolerancia y la segregación  fueron una constante de su actitud frente al indígena. De ahí la práctica inexistencia de mestizaje en las Trece Colonias y su heredera USA.

 

La actitud en Nueva España era muy otra, y en 1791 Alejandro Malaspina entra en la bahía de Acapulco con sus corbetas, dos pequeños barcos de guerra manejables, ligeros y rápidos. El cometido científico que trae su expedición, no eclipsa su olfato de sagaz marino y brillante militar. Viene bojeando la costa pacífica haciendo observaciones astronómicas, levantando mapas, tomando alturas, clasificando rocas y plantas, estudiando aves y peces, dibujándolo todo. Ingente labor iba a ser la suya, con más de setenta cartas náuticas levantadas, junto a cientos de catálogos colmados de dibujos sobre vegetales y minerales. Su expedición científica iba a ser la más completa que enviara nunca España, cuya monarquía dedicaba al desarrollo científico un presupuesto incomparablemente superior al resto de naciones europeas, opina el hispanista británico Fernández-Armesto en Las Américas. Ninguna ciudad del Nuevo Mundo, sin exceptuar las de los EEUU, poseía establecimientos científicos tan sólidos y grandes como los de la capital mexicana, corroborará a su vez Humboldt tras dedicar su devoción y estudio a los ejemplares allí recopilados. La humanidad debe gratitud eterna a la Monarquía española por la multitud de expediciones científicas que ha financiado para hacer posible la propagación de los conocimientos geográficos, anotaría a su vez el sabio berlinés al comprobar la magnitud del trabajo cartográfico hispánico en el Pacífico… Pero, a fuer de sinceros, hemos de reconocer que la Monarquía española, no hacía sino repartir con sentido de Imperio, las riquezas mineras que los virreinatos del Perú y Nueva España le proporcionaban, porque las peninsulares tiempo ha que habían sucumbido, si es que alguna vez existieran.

 

Estricto cumplidor de su cometido, Malaspina sale de puerto a los pocos días rumbo a la costa norpacífica, donde buscará, infructuosamente, por expreso mandato del Rey, el paso del noroeste nombrado tradicionalmente como Anián. Visita el puerto español de Nutka, la bahía de Yacutat, el estrecho de Juan de Fuca y el fiordo del Príncipe Guillermo (seno costero del golfo de Alaska), tomando referencias orográficas que probarán la inexistencia del paso buscado. En el fondo, su preocupación capital eran los nuevos asentamientos rusos en Alaska, y su vecindad con Valdés, Córdova y otras dependencias árticas españolas, sin olvidar la amenaza latente de los traficantes ingleses y franceses que habían aprendido ya el camino de las pieles, tanto por mar como por tierra. Camino que había comenzado en Acapulco (1783) con un primer envío de 700 cueros de nutria marina, traídos por los barcos novohispanos que recorrían las misiones de la costa norte. Llevados a Manila en la Nao de la China, serían vendidos en Cantón, Río de las Perlas arriba. Repetida en el siguiente galeón la misma rutina con otras 1200 pieles, se estaba creando una nueva y fructífera ruta de comercio. Contra esta venta, se adquiría ventajosamente en Cantón azogue para las minas novohispanas, dejado en Acapulco por el propio Galeón de Manila. Con estos haberes regresaría Malaspina de Alaska unos meses después, para partir hacia las Filipinas y proseguir su científico empeño. A su marcha, arrancarán varias iniciativas científicas y militares a Nutka, Murgabe y otras dependencias hispanas del Pacífico norte, que él mismo había previsto hacer tras su corta y fecunda estancia en la base naval de San Blas.

 

Como complemento del viaje exploratorio de Malaspina, al año siguiente Juan Francisco de la Bodega y Cuadra, Comandante del Departamento Naval de San Blas, partiría hacia Nutka para entrevistarse con George Vancouver a dilucidar la soberanía de la costa entre Nueva España y el Canadá británico. Veinte años de estudio cartográfico de su departamento, habían fructificado en una colección de levantamientos que, desde las islas Aleutianas hasta la bahía de San Francisco, completaban el perfil de la costa norpacífica,  cuya posesión hasta Punta Gravina España reclamaba (1789). En recuerdo de la negociación y sus comisionados, la gran isla anexa a la región de Nutka quedó registrada en la cartografía oficial como Isla Quadra y Vancouver. Acabada su gestión, el limeño Bodega y Cuadra se retiraría de la pacífica trata, a la espera de las pertinentes consultas con los gobiernos centrales de las partes. Roto el Pacto de Familia con Francia a causa de la Revolución Francesa, España se retirará de la zona ártica frente a la nueva estrategia europea asumida por Madrid. La recién nombrada isla con el nombre de ambos adalides de la reconciliación, pasaría a conocerse como isla Vancouver por unilateral decisión inglesa que así la registró de facto, olvidando consensos previos. Nuevo matiz excluyente, destilado por un acíbar nacionalista de siglos, antipático hasta el hartazgo, muy lejano del fair play que proclaman sus farisaicos corifeos de oficio.

 

Por aquellos años había empezado a gestarse en la Corte de Carlos IV, la que sería conocida como Real Expedición Filantrópica de la Vacuna, gigantesca operación destinada a combatir la elevada mortandad infantil causada por la viruela en el Imperio español y en el mundo conocido. Liderada por el médico alicantino Francisco Javier de Balmis y Berenguer, iba a encontrar pronto eco en el propio Rey, que había perdido una de sus pequeñas infantas a causa de este mal. Como Cirujano de Cámara de Carlos IV e investigador de gran preparación científica y práctica, Balmis va a lograr sacar adelante su complejo proyecto, tras diez años de elaboración logística y técnica. En 1803 partirá la Expedición de La Coruña rumbo a las Canarias, el Caribe y la Tierra Firme; en tierras americanas se dividiría en grupos según áreas continentales previamente asignadas. Cada grupo, dirigido por un médico, además del cupo de niños inoculados portadores del virus activo, sus cuidadoras, y el personal subalterno médico y administrativo correspondiente, llevaba un Libro de Reglamentos, explicativo de protocolos, directrices y procesos a seguir. El Libro resultaba básico para el buen uso y apoyo de los médicos locales, una vez que la expedición hubiese tomado camino. Sólo médicos licenciados podrían administrarlo. Dirigida por el propio Balmis, la expedición llegaría un año después al puerto yucateco de Sisal. Mérida, Campeche, Veracruz, Jalapa, México, son las primeras estaciones novohispanas de aquel vía crucis filantrópico. El virrey Yturrigaray le recibirá en la capital sin protocolo alguno, alegando no haber recibido notificación de su llegada. La mala química de entrambos va a crear roces que entorpecerán el desarrollo de la vacunación en suelo novohispano. El médico alicantino, veterano conocedor de las prácticas medicinales en  Nueva España, habíalas ejercido allí en varias ocasiones y diferentes años, e investigado plantas que aplicar como tópicos remedios amerindios para diversas enfermedades europeas, la sífilis entre ellas. Conocía sobradamente las infraestructuras hospitalarias, educativas e investigativas del país, y por ello le reprochará al Virrey las pésimas condiciones de alojamiento asignadas a los niños portadores de la cepa viral madre: su tesoro más preciado. El ruido social capitalino generado por esta causa fue tal, que acabarían los muchachos aposentados en el Seminario diocesano.

 

En Ciudad de México, la doble tarea didáctica y práctica que requería la vacunación masiva en curso, sería repartida en cinco grupos a desplazar en puntos previstos del protocolo. Estas estaciones del supuesto calvario, serán las ciudades de Puebla, Oaxaca, Guadalajara, Zacatecas, Durango, Valladolid, San Luís de Potosí y las provincias interiores. Y su último paso,  Acapulco, de cuyo puerto iba a partir la expedición hacia Manila, Macao y Cantón en 1805, donde completaría un largo y humanitario periplo antes de regresar por el Índico a España. Considerada con el rimbombante léxico de su época, como uno de los grandes hitos de la humanidad, lo cierto es que en Nueva España dejó vacunados contra la viruela a más de 100.000 niños criollos. Era el primer éxito mundial de vacunaciones masivas en ultramar.               

             

Otra expedición científica, esta vez la de James Cook, se considera hoy en amplios círculos académicos una estratagema, una añagaza británica aditiva, para comprobar in situ – sospechan los más – la idoneidad de las cartas robadas durante la ocupación de Manila, a la vez que propagar, como propios, los descubrimientos, de su dueño tal vez olvidados que diría el poeta, en ellas dormidos. Una carambola maestra. Pretextaban la conjunción astral del Sol con Venus y su cruce sobre el disco solar, para objetivar las longitudes geográficas, asignatura del cosmos pendiente en aquella época. Y visos de añagaza tiene a ojos vistas hoy. Aquellos mapas, derroteros y cuadernos de bitácora, evidenciaban la existencia de la Terra Australis y el archipiélago de las Hawai, entre otras muchas islas referenciales del Lago Español, como la propia Tahití, descubierta por Pedro Fernández de Quirós partiendo del Callao siglo y medio antes, designada ahora para observar el fenómeno astral. Ordenes lacradas le conminaban, una vez terminada la observación, a dejar la isla y proseguir sin demora el plan de exploración previsto por el Almirantazgo. Albión en su cenit, debía hacerse perdonar su segunda asignatura pendiente en aquella parte del mundo: una ausencia secular de sus aguas, excepto para rapiñar logros hispanos desprevenidos, flotantes cuando no firmes.  Era el momento propicio para pasar de matute, una vez más, su cantado mutis histórico del concierto Pacífico, trocándolo en oportuno esplendor científico primero, emprendedor después. Con un trasfondo didáctico, se trataba de formatear de un plumazo la conciencia mundial. Había que borrar y abrir cuenta nueva de su omitida presencia histórica en el Mare Clausum Britanicum, como acertadamente lo llamara el chileno Vicuña Mackenna. Bajo el oportunista enroque planetario que Venus le brindaba, la Inglaterra científica aparecía en el Mar del Sur entre mediáticos atabales y apocalípticas trompetas. Y su éxito fue tal, que hasta hoy se desgranan sus letanías de entonces. Surgieron por todas partes imágenes con un Cook catalejo en ristre, acechando el cielo, oteando el horizonte, contemplando mapas, observándolo todo. Las máquinas impresoras multiplicaban revoluciones y estampados, y la imagen del teniente inglés, travestido en nuevo Galileo, cruzó rauda los continentes y los mares. Y los sigue cruzando, con su incombustible anteojo de prisma óptico. Pero su impostura descubridora del mundo pacífico leído en planos ajenos, iba a superar todo el ruido de fondo que arrulló sus viajes oficiales, pese a la discrepante, por discreta, opinión que siempre mantuvo al respecto el gran navegante de Middlesbrough.

 

  • Al regreso, tras la fortuita muerte del marino ingles, la expedición de Cook informará sobre los bancos de ballenas avistados en costas de la Alta California (1777), especie muy rentable, ya en vías de extinción por aquellos años en el Golfo de Vizcaya. Los navegantes españoles hacía décadas que conocían esta presencia en el Pacífico Norte, desde Las Aleutianas y Alaska hasta la California Sur, detectada ya en sus primeras expediciones al norte de Oregón y la bahía de Yacutat. Pero nada habíales supuesto a sus balleneros, básicamente cantábricos, que gobernaban las campañas en aguas de Terranova desde la época de Colón, cuando menguaban ya sus avistamientos en el mar Cantábrico. El comportamiento de los cetáceos no pasaba desapercibido a quien surcase aguas californianas, donde hembras y ballenatos, se aproximaban curiosos a los barcos que las hendían. Los británicos estaban descubriendo con Cook, más que un mare nostrum español, otro punto negro, tan ignoto como el percibido sobre el disco solar, pero candidato sin duda a convertirse en nuevo espacio de luminoso comercio. Y las albricias plenaron los diarios de la época. ¡Cook descubridor en el Pacífico! Noticia que iban a magnificar los medios impresos de la metrópoli.

                          

Los balleneros británicos, ajenos a toda conjunción astral, diplomática o no, doblarían el Cabo de Hornos pocos años después, en busca del cacareado cetáceo. En 1789 constatarían los guardacostas de Acapulco, los primeros avistamientos de sus barcos en aguas de Nueva España. Se trataba de naves europeas y americanas que complementaban pesca y contrabando, bajo amagos histriónicos de balleneros en tránsito. De nuevo salía a escena el consabido coro matutero con marchamo inglés. La eterna impostura de Albión. El contrabando resultaba un provechoso complemento del aceite de ballena que negociaban en Europa, junto a las pieles de nutria y foca que pensaban vender en Asia. El largo y costoso viaje desde Inglaterra y vuelta, lo compensaban vendiendo productos sin control por las costas del Pacífico hispano. Nuevos Jenkins de la falacia y el tapujo, buscaban apartados puertos del norte o sur del Pacifico, donde trasegar mercancías off the record. Otros en cambio, de matute más profundo, aprovechaban la campaña de invierno para vender en China las pieles negociadas con los tramperos indígenas.

Figura 9: Costas balleneras de Nueva España. Tomado del Planisferio del Autor

 
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Contexto Histórico de Acapulco – III

Figura 5 b: El puente del Camino de la China sobre el río Papagayo

Durante el siglo XVI, aquel Mar del Sur, nombrado eufemísticamente en la siguiente centuria como Spanish Lake, era en efecto una suerte de Mare Nostrum español por incomparecencia de contrarios, que garantizaba en cambio jugosas informaciones a quienes lograran hacerse con el derrotero de cualquier nao hispana. La Casa de Contratación de Sevilla, celosa guardiana del acervo naval del Imperio, actualizaba anualmente el secretísimo Mapa Maestro del Padrón General, que desde 1527 convirtiose en modelo único para todos los pilotos hispanos, seccionado por latitudes y mares a navegar, según derrota prevista o piloto concreto. El mapa maestro de Juan López de Velasco, originalmente desglosado en doce cartogramas capaces de reflejar fielmente la totalidad del Imperio español y sus mares, iba a suponer empero el fin de la supremacía de las cartas españolas. A finales de siglo, hidrógrafos de todas las escuelas europeas, accederían a una copia confidencial hurtada en Sevilla, que sirvió de germen para imitar su método y extrapolar o graficar por analogía otros escenarios geográficos. A pesar de ello, la captura del derrotero y cartas náuticas de un galeón español, siguió siendo para cualquier corsario o perro del mar, tesoro tan preciado como su propia carga en pesos de plata. A más de uno de estos delincuentes, le salvó del patíbulo el hecho de ofrecer al Almirantazgo inglés un derrotero capturado a los pilotos ibéricos.

No solo era Acapulco el polo ferial y económico más importante del Pacífico hispano, sino su puerto estrella en la investigación oceánica y geográfica. Entre otros muchos intentos fallidos es famoso el de Francisco Galli, piloto mayor adscrito a la Capitanía de Manila, que parte en 1582 desde Acapulco en busca del legendario Estrecho de Anián, que le llevará hasta Macao; pero vuelve de Asia sin haber conseguido hallar la bocana del paso. Tal cosa quedaba sin duda para gloria de Vitus Bering, el danés al servicio del Imperio Ruso, que un par de siglos después hallaría, en días despejados de niebla, el estrecho que separa América de Asia y que se conoce hoy con su nombre. Pero eran muchas las patrañas que sobre este solapado fiordo se manejaban en los mentideros portuarios; y muchas también las intentonas que se sustanciaron en aquellos años desde Nueva España o desde Europa. Tempranamente Fernando el Católico, había albergado la idea de hallar un estrecho que diese continuidad al Atlántico hacia las islas Molucas: el paso que yo deseo encontréis… en palabras suyas, que fue pronta obsesión reflexiva de la carrera española hacia La Especiería. Legendarios navegantes como Vicente Yáñez Pinzón, Gaspar de Corte Real, Fernández Labrador, Díaz de Solís, Ponce de León, Hernando de Soto, Fernando de Magallanes y un largo etcétera ibérico, habían empleado sus saberes náuticos y exprimido los de su tiempo, para buscar  el preciado paso. Cuando al fin fue éste hallado, apareció en una altísima latitud sur, donde el océano embravecido, rugía anulando las voces dadas a bordo, mientras  témpanos gélidos topaban contra el casco, astillaban los bordos o machacaban las rodas, reforzadas pronto con pletinas de hierro por imperativo vital. Eran los llamados Aullantes Sesenta, cuyo mugido con rociones de espuma y agua helada, sobrecogía a todo marino que cruzaba aquel oscilante y equívoco piélago semoviente. Pequeños carámbanos sueltos, asperjados por el empuje oceánico de cualquier ola encrespada, eran precipitados sobre el bajel que hendía sus aguas cual víctima medrosa. Pero el Estrecho de Anián no aparecía por latitud Norte alguna, pese a ser intuida su posición hacia el septentrión atlántico. La Corona empezaba a plantearse la quimérica idea de construirlo. Primero en Panamá, más tarde en Nicaragua y Tehuantepec, donde el incombustible Hernán Cortés había encargado a su pariente Álvaro Saavedra Cerón que estudiase su viabilidad, mientras construía el camino real entre ambos mares. ¡Hernán Cortés en todas partes!: su laboriosidad e  iniciativa aún nos sorprenden hoy. Muchos años después, durante los estertores del Virreinato, las cortes de Madrid estudiarían todavía aquella apertura del canal visionada por el conquistador, con un llamamiento a los inversores europeos para acometerla (1814). Pero el mundo estaba entonces para recoger otros guantes; Ferdinand de Lesseps embajador francés en Madrid que lo recogió para aplicarlo en Panamá, llevó a su país a la quiebra.

El espíritu de exploración y conquista fue continuado por los sucesivos Virreyes de Nueva España, muchos de los cuales pasaban a ser  Virreyes del Perú tras su cese, perpetuando allí las directrices impulsadas por Carlos VFelipe II en el norte. De acuerdo con estas políticas, Juan de Fuca, piloto griego de la Armada virreinal, es encargado por el Virrey Luís de Velasco, de una nueva y ya obsesiva búsqueda del Estrecho de Anián, la mítica tierra nombrada por Marco Polo en su fabuloso libro de El Millón. Tras una primera expedición fallida por rebelión a bordo, emprenderá una segunda a cuyo regreso a Acapulco, proclama el éxito de su viaje. Con una carabela, una pinaza y un puñado de hombres, ha recorrido la costa pacífica de Oregón y hallado el estrecho buscado (que lleva hoy su nombre) en latitud 47ºN. Nadie le cree, pero el Virrey cumple con enviar su expediente a Sevilla, en cuya Casa de Contratación, mitad rigorismo procesal mitad desidia, dormiría el sueño de los justos. Fuca viajará a España en reclamo de sus derechos, pero hastiado ante tanta dilación y secretismo oficiales, regresará a su tierra cefalónica. Realmente el Estrecho de Anián descubierto por el piloto griego (paso entre Isla Vancouver y el continente), no era tal, ni facilitaba el paso de un océano al otro. Era un simple canal costero del propio Océano Pacífico, sacado de la escala geográfica correspondiente, como quedaría constatado por navegantes posteriores.

El inglés Thomas Cavendish (1586), rico heredero y connotado petimetre de la corte Tudor, enrumba al Pacífico por aquellos años con el placet de su reina. Viene a hostigar al Imperio Español, a la vez que ver de rehacer su magro erario. Supera el Estrecho de Magallanes con el sueño de regresar millonario a costa del Tesoro público hispano, desideratum icónico de las nuevas generaciones de la baja nobleza de un pequeño país inseguro y agresivo, cuyas perspectivas de medro eran entonces muy limitadas. Era una manera de hacer las Américas que los españoles de todo tiempo entendieron de otra forma. El regreso clamoroso de Drake a su base de Plymouth tras su rutilante vuelta al mundo, motiva al sindicato corsario de Isabel Tudor para financiar otra incursión depredadora por el Mar del Sur, que cuajaría cinco años más tarde. Thomas Cavendish como adalid, sale de ese puerto a la caza de la Nao de la Plata, que singla entre El Callao y Panamá. O del norteño Galeón de Manila, alternativa que cruza el Pacifico desde Acapulco al poniente, y aparece de regreso al norte de California, para virar luego al S.E y acceder a su destino y origen. Los infiltrados del sindicato saben que la Baja California no es una isla, sino una península constatada por el propio Drake en su viaje alrededor del mundo, ayudado por la cartografía hispana robada en naos esquilmadas. Cosa que la pura lógica lo presuponía de antaño, por tratarse de un periplo en  aguas nunca holladas por inglés alguno. Buscaba al parecer por aquellas latitudes el dudoso estrecho de Anián, por el que escapar para no ser copado por el enemigo, lo cual resulta creíble pese a las muchas fantasías narradas sobre el viaje. Por aquellas latitudes y época, pocas naves había para asaltar y rentabilizar su negocio de consumado ladrón de los mares, ya fuera por cuenta ajena o propia. Parece verosímil su actitud exploratoria en busca de Anián como posible vía de escape. Y no habiendo podido conseguirlo, dio la vela para las Indias orientales… dicen las crónicas de su tierra. Por todo ello deducíase que, no siendo la Baja California una isla, el galeón de Manila  debería tomar un rumbo S.SE con resguardo litoral por babor, siguiendo la Corriente de California hasta el cabo San Lucas. Allí es donde la flotilla inglesa podría atajar con ventaja el paso de su presa. Fiel a su plan, Cavendish dobla el meridión de América con sus tres naves y enrumba al N. para interceptar el Galeón de Panamá o Nao de la Plata. Apresa una urca de cabotaje en aguas chilenas que le cuesta perder la primera de sus naves, e indaga que el galeón panameño no navega solo y desarmado como antaño lo hiciera. Lo hace ahora en conserva, entre naves de la Flota del Callao escoltada por La Armada del Mar del Sur, formación asumida a partir del único asalto sufrido por el galeón. Cavendish sopesa los riesgos de un ataque por alcance, como el que Drake perpetrara entonces, pero decide pasar de largo. Dejará en la lejanía de su catalejo el nada tranquilizador grupo de velas que, por estribor, percibe  compacto rumbo a Panamá.

Con singladuras N-NW, hostiga al paso el inglés presas fáciles, pequeños enclaves costeros, urcas de cabotaje. Núcleos indígenas humildes, poco más que algunas chozas con su iglesia de madera, van a recibir la sorpresa de parlamentarios para negociar la compra de provisiones. Si los nativos rehúsan, se les  amenaza con quemar el pueblo. Pero era ese ya un ritornelo sabido. A veces aquellos indios los emboscaban y conducían a dolorosas muertes. Otras, las menos, accedían a intercambiar productos recíprocos básicos. Pero en todo caso, como gato escaldado que era, rara vez el indio perdía la iniciativa. Nunca esperaba a ser sorprendido por el advenedizo costero, más bien era él quien sorprendía al recién llegado. Y esta medicina hubo de probarla Cavendish en el Darién, con pérdida de varios hombres. No repetiría nuevamente la añagaza fallida, hasta alcanzar las costas de la Alta California, donde decide esperar al galeón filipino con las dos naves que aún conserva.

Luego de cinco meses  de navegación norpacífica y una agazapada espera, verá al fin aparecer en la neblina las velas de los  galeones Santa Ana y Nuestra Señora de Begoña, que navegan juntos desde Cavite. Las naves de Cavendish pierden pronto de vista una de aquellas velas desdibujada por la niebla, y deciden atacar a la otra con una navegada envolvente, fijos sus ojos en ella para no perderla entre brumas. Con el casco plagado de verdines y moluscos adheridos tras sus cinco meses de navegación en aguas ricas en plancton, el galeón Santa Ana, armado con fusilería a bordo, tratará de escapar al cañoneo de las veinticinco bocas de fuego por banda que le persiguen. Pero que no logran acortar sensiblemente su resguardo, pese al destrozo de aparejos y desgarres veleros que padece el fugitivo. Desarbolada finalmente la nave y diezmada su gente, rendirá su pabellón de 600 toneladas tras dos horas de forcejeo (1587). Es la primera vez en 22 años de vida que una mítica Nao de la China es capturada. Será saqueada y posteriormente incendiada. Pero en un esfuerzo supremo de sus hombres útiles, heridos en mayoría y desarmados, sabrá el robusto paquebote filipino dominar las llamas y lograr, con aparejo de fortuna, dar amarres en Acapulco algunas semanas después del Begoña. La captura del tesoro filipino, obligaba al inglés a no volver sobre sus pasos: sabía que los barcos virreinales saldrían a darle caza, y le quedaban miles las millas por correr hasta Hornos. Era menester perderse cuanto antes en el Pacífico, como su Drake arquetípico lo hiciera. Y como él, lo primero que decide es tomar cautivo al piloto del galeón asaltado. Alonso de Valladolid, será el guía español que pueda regresarle a su tierra por la ruta de las Marianas, las Molucas y el Índico portugués, aunque pierdan la otra nave en su largo periplo. Como buen fatuo de novedoso cuño, Thomas Cavendish entra en puerto con sus soldados y marineros vestidos de tela de seda, con las velas de damasco y tremolando en la gavia una bandera de paño de oro, nos dice David Hume de su arribada. Vivo contraste con aquel enorme Juan Sebastián Elcano y tantos otros que le siguieron, el verdadero primus circumdedisti me con su nao Victoria, que trae su peso de oro en especias para el Emperador. Pero lo primero que hace al tocar tierra, es ir descalzo en procesión con sus diecisiete bravos a humillarse ante la Virgen de la Antigua, por haberles salvado la vida. Habían partido 270 hombres en cinco naves, pero llegaban diecisiete en un flotante desecho fantasmal que solo de lejos hacía honor a su perfil de nao. Los planisferios añadirían tras ellos más de once mil km de circunferencia terrestre, un nuevo piélago vacío de islas y el desfase horario hallado entre los continentes. Ellos encarnaban el viaje que iba a cambiar el mundo. El mundo, sí, pero no la sólida personalidad del vasco discreto y recio que lo había culminado. Actitudes vitales,  paradigmas contrapuestos, arquetípico proceder histórico de dos naciones en sus gentes. Dos países que, por exceso y por defecto, se equivocan al opinar sobre sí mismos, sentencia GarelJones, ex ministro de Exteriores para asuntos europeos del Reino Unido. De regreso a Portsmouth, con la carga capturada que le hace millonario a los 28 años, y el parabién de su reina, pagará el inglés viejas deudas y compondrá su malversada hacienda, para maquinar nueva expedición corsaria. Cavendish se hará de nuevo a la vela en 1591, acompañado esta vez por el experto carroñero John Davis, pero las nuevas singladuras no iban a serle tan propicias como lo fueran en anteriores jornadas. Encontrará la muerte en costas del Brasil, desde donde su socio logrará regresar a puerto, con las tripulaciones diezmadas por el escorbuto.

La captura del galeón Santa Ana iba a tener consecuencias en la estrategia novohispana de la navegación norpacífica. El Gobernador General de Filipinas,  hacía tiempo que se había quejado de que  los galeones siempre han navegado con poca o ninguna artillería, y con tan poco temor a los corsarios como si estuvieren en el río de Sevilla, cuyo axioma inmediato sería armar los futuros galeones con artillería suficiente. Sabido era que el Galeón de Manila, una vez surgido del Pacífico a la altura del Cabo Mendocino, emprendía una ruta costera hacia el meridión, a lo largo de un desconocido litoral, con el riesgo añadido de sus cerradas y frecuentes nieblas. Llegado era el tiempo de reconocer y cartografiar los accidentes costeros, sus calados, arrecifes, ensenadas y puntos de aguada y leña, además de consolidar determinados enclaves californianos, que habrían de notificar con avisos, el paso del galeón al resguardo siguiente. Creóse para ello en el Pacífico el barco de aviso, suerte de correo similar al existente en el Atlántico, a fin de notificar las nuevas de puerto en puerto. Naos de dos palos, poco calado y buen andar, tal misión de enlace sería encomendada a una flotilla de pataches, los conocidos bajeles navegadores de toda latitud y cualquier mar, que la cántabra Real Fábrica de Bajeles de Guarnizo, había sembrado por los mares Cantábrico y Atlántico, y cuyo intercambiable velamen se adaptaba a cada estado de la leva, del viento, de la deriva o del largo a singlar.             

En 1596 Sebastián Vizcaíno, con tres naves  de colonos, gramíneas y ganado, parte desde Acapulco a poblar la Baja California, pero regresa decepcionado al año siguiente sin arraigo alguno, dada la aridez de la tierra y la belicosidad de los indios comarcanos. Ello suponía posponer el poblamiento del apéndice sur californiano, como un eco de las jornadas de Cortés más de medio siglo antes.  No obstante ello, repetirá en 1602 la expedición, y con 4 naves va a recorrer la costa pacífica hasta el Cabo Mendocino. Retornará Vizcaíno al año siguiente, luego de haber cartografiado la excelente bahía de Monterrey y el resto de costa californiana hasta Oregón, tal como habíaselo encargado la Casa de Contratación y la Armada del Virreinato. Pocas son las cartas marinas de Europa mejor trazadas que las de América Occidental, desde el Cabo Mendocino hasta el estrecho de la Reina Carlota (hoy Estrecho Juan de Fuca), no pudo menos que exclamar dos siglos después Alejandro Humboldt al ver aquellos cartogramas cum laude. El extremeño Vizcaíno, emprendedor, explorador, militar y navegante, bien conocido en la costa occidental novohispana, iba a convertirse en el primer embajador español en Japón y, andando años, perpetuo Alcalde Honorífico de la ciudad de Acapulco, la antesala imperial de Asia por real orden de Felipe II.

En 1610 llega al puerto de Acapulco una maltrecha nave con tripulación mixta de japones y castilas, enarbolando la hispánica enseña albirroja con la Cruz de Borgoña. Los recién llegados se apresuran a enviar una comitiva hasta México, que es recibida por el virrey Luís de Velasco. Se trataba del galeón rescatado de Rodrigo de Vivero, saliente gobernador de Filipinas, que sin gobernalle y batido por el temporal, había ido a embarrancar en costas japonesas tres años antes. Iyeyas el entonces nominal Emperador del Sol Naciente, a la sazón en buena armonía con los misioneros jesuitas, manda atender a los supervivientes, recomponer la nave, completar la tripulación con expertos marinos nipones, y enviarla en buena hora a Nueva España. Esta era la remendada nave que acababa de entrar en Acapulco, y que en rendido agradecimiento a la cortesía nipona era su comitiva recibida con gran fasto por el Virrey. La respuesta diplomática no se haría esperar, y Sebastián Vizcaíno iba a comandar la primera embajada novohispana que partiría al año siguiente hacia Japón. Como embajador de Su Católica Majestad Felipe III, se le consentirá cartografiar las costas japonesas y levantar sondeos en sus ensenadas. En agradecimiento, el flamante embajador regala al Shogun de Yendo un cronómetro de navegación fabricado en Madrid, que habría de generar una posterior industria relojera japonesa. Regresará como asesor de Hatsesura Asemoto, primer embajador japonés, cuya comitiva llegaba al puerto de Acapulco en 1614. Tras presentarse al Virrey en Ciudad de México, el futuro embajador se embarca hacia España para presentar credenciales a Su Católica Majestad. En México primero, en Sevilla, Toledo y Madrid después, iba a levantar una oleada de expectación con su exotismo, sus estrictos protocolos, su vistoso séquito y su conversión al catolicismo. No menor de la que levantó en Roma algunos meses después durante su visita al papa Paulo V. Regresada en barco a Barcelona, la delegación nipona iba a ser recibida con todo boato por el Duque de Medina Sidonia en Sevilla. Algunos de sus samuráis elegirían afincarse en el entorno sevillano cuando la delegación hubo de regresar a su patria, convertida de nuevo en hervidero bélico. Hoy existe en Coria del Río una pequeña colonia de sus descendientes que orean el antiguo gentilicio de sus ancestros, fraguado ya en orgulloso patronímico de vivos.                                        Figura 6: Plano Planta de la ciudad de Acapulco

           

El puerto de Acapulco había ido cobrando importancia como enclave económico del Imperio, a la vez que las autoridades del Virreinato tomaban conciencia del peligro creciente de una piratería que abordaba el Mar del Sur por el paso de Magallanes. Pero que comenzaba también a mostrar la patita a través del istmo, lo que podía propiciar su presencia en tiempo de feria. Su imagen era la de cualquier elemental núcleo humano. Su población presentaba por aquellos años la imagen de una simple aldea de pescadores, con casas de madera y techo de carrizo, presidida por una pajiza iglesia. Su abrupto terreno en ladera, útil solo para magras cosechas de subsistencia, obligaba a consumir víveres sobrepreciados, traídos desde los asentamientos indígenas del interior o de la costa. Con una temporada seca, sin lluvias entre noviembre y mayo, y sus denostados bohíos de pernocta para uso de tratantes y gentes de paso, veía deshinchar el suflé humano en cuanto acababa la feria. Revivía entonces la aldea que era, en su propia y elemental esencia.

Acabada la feria de 1615, la semivacía Acapulco es abordada por la hambrienta caterva corsaria de Joris Van Spilbergen. El holandés trae su escuadra llena de convalecientes a causa de un encuentro previo con la Flota del Callao y diezmada ahora por la amebiasis de alguna aguada tomada al azar. Meses hacía que la ciudad había sido alertada de su proximidad por avisos llegados de Panamá, y cuando las velas holandesas aparecen por fin ante la bocana, los sesenta cañones de bronce de la guarnición le dan unísona bienvenida. Han sido excavadas trincheras y reductos: desde allí hostigan al enemigo y esperan sus hombres mosquete en mano el desembarco corsario. Pero Spilbergen solo quiere parlamentar, e iza bandera blanca. Tiene las tripulaciones enfermas y necesita alimentos. Propone permutar ganado, provisiones y agua, por unos  prisioneros hispanos que arrastra desde Perú: una almoneda viva, siempre válida, que es ahora aceptada como pago por el gobernador de la plaza. Éxito holandés que tratará de repetir en Salahua (Manzanillo), donde tantea tomar aguada y alimentos bajo premisa análoga, hasta que aparece de nuevo el Sebastián Vizcaíno de todo guiso, con una pequeña flota que le rebota de la costa, episodio  conocido como la Batalla del Puerto de Santiago  (Manzanillo, Colima), que no sabemos si llegó a tanto, pero que de todas formas ahuyentó al corsario de aquellas aguas. El almirante holandés sabe que es fecha de arribo del Galeón de Manila y decide esperarle. Con su escuadra de cuatro grandes navíos de guerra, más dos rápidos pataches de apoyo, elaborará un despliegue lejano, fuera del alcance visual de los atalayas costeros de Acapulco, que pululan avizor por los acantilados. Un encuentro fortuito, con unos pescadores negros que lanzan sus redes mar adentro, le persuade de su error de calendario: los pescadores le informan que el galeón hace semanas que llegó, y está en Manzanillo limpiando fondos.  Pasan los meses pertinentes, pero el navío no se mueve: sigue fosilizado en las rampas de carenado. Y Spilbergen que no duda ya que su lejana presencia ha sido detectada, intuye que el galeón no saldrá ese año. La caza mayor de aquel cetáceo áurico había fallado. Largará velas rumbo a las Marianas, camino de Sonda y Java. La ocasión de copar el preciado botín con tan formidable escuadra, habíase perdido.

A partir de este suceso (1616), Acapulco verá construir su Fuerte San Diego, pensado en principio como refugio de ciudadanos frente al acoso pirático,  para transformarlo ahora en bastión defensivo de la ciudad, el puerto y sus accesos. Lo que había sido concebido como un fuerte de planta rectangular coronando un cabezo con caballeros perimetrales realzados, pasaba a tener planta estrellada con foso y revellín y una amplia casa para su castellano, que gozaba además de una fresca y arbolada residencia campestre en laderas de un cerro cercano. Era el alivio esperado para los castellanos, que considerábanlo un puerto algo enfermo. Lejos de las bases corsarias inglesas y holandesas, realmente Acapulco podía considerarse un enclave costero de escaso riesgo, pese a la intermitente presencia de algún aventurero del mar, que en mayoría de casos no pasaba de mostrar sus velas y largarse. Desde que Magallanes descubriera (1521) el paso que lleva su nombre, no llegaba a una docena las expediciones que habían osado seguir su ruta, contando los empeños fracasados y los perdidos. De todos, solo un par de ellos había remontado hasta latitudes de la Baja California. En 1624 lo haría una armada corsaria liderada por los almirantes Jacques L´Hermite y Hugo  Schapenham con base en la lejana Batavia (Java), quien, al regreso de Europa, remonta el Pacífico hasta Acapulco, donde sería finalmente rechazada. L´Hermite, hugonote belga al servicio de Holanda, había partido de Texel (Islas Frisias) al mando de 11 naves de guerra y 1600 hombres con ánimo de asaltar El Callao, Guayaquil y otros puertos del Pacífico hispano. Enfila rumbo al Estrecho de Magallanes  y tras doblar el meridión americano, pone sitio al puerto de Lima. Pero su cerco portuario termina en fracaso y elevado número de bajas, la de L´Hermite entre ellas. Unos meses después, Schapenham asoma por la costa novohispana y amaga entrar en la bahía de Acapulco. Nuevamente la artillería de la plaza recibe a la flota corsaria con abundantes parabienes de pepinos y metralla, cortesía que los corsarios saben apreciar retirándose a prudencial distancia. Era finales de octubre y nada se sabía todavía de la llegada del Galeón, que estaba sin duda en el punto de mira del almirante holandés. Llegado el tiempo de su arribada al cabo Mendocino, iba a ser oportunamente alertado por un barco de aviso. En consecuencia, aquel año quedaría anulada la feria, y forzada la invernada del galeón en aguas calmas de la costa californiana.

Desde su nueva posición de resguardo mar adentro, vigila el holandés las velas que entran a puerto, en la espera de ver aparecer la robusta silueta de la nao manileña, mientras organiza salidas esporádicas a tierra en busca de vituallas y aguada. Una de estas partidas de abasto que recorría aldeas indígenas, será encelada en tierra y puesta en fuga por escopeteros y flecheros guardacostas, que dejan regados los cadáveres al sol y a la vista como advertencia frente a nuevos desembarcos nocturnos. Las tripulaciones de los barcos holandeses, gozaban de baja consideración entre los militares hispanos, tomadas como ejemplo de calaña asilvestrada y ebria, vengativa y cruel, capaz de pasar a cuchillo a prisioneros inermes por el solo hecho de estorbar sus planes: pura bucanería de la peor estofa. El gobernador de la plaza, buen conocedor de estos menesteres, se niega a pactar entrega alguna al enemigo: ni alimentos, ni agua, ni cadáveres, nada. Esta actitud que destierra el dialogo, unida al dudoso lucro de ocupar una ciudad vacía, abandonada por su gente echada al monte con enseres y pertenencias, dotada de poderosas defensas fijas y destacamentos de tropa capitalina inundando la costa…  y el Galeón que nunca llega, acaba por determinar la marcha de la escuadra holandesa a principios de noviembre. Pasada la situación comprometida, el virrey Rodrigo Pacheco y Osorio mandará regresar a México las tropas desplegadas, no sin antes reforzar las defensas de Acapulco, nunca suficientes cuando el peligro apremia. Enviará un aviso al barco de Manila para que complete sus singladuras y aporte finalmente en destino. Después de este incidente, el ya para entonces nombrado Gobernador y Teniente de las Costas del Mar del Sur añadirá un bastión en punta de diamante en cada vértice del pentagonal Fuerte de San Diego, y amurallará de fábrica mampuesta todo su perímetro fortificado. Ordenará además construir otros bastiones defensivos en puertos  de la entrada del golfo, y dotarlos con nuevos cañones traídos de Filipinas.

La situación de agazapada espera corsaria volvería a repetirse en 1620, esta vez en el archipiélago filipino. Naves de guerra holandesas aguardan, durante semanas, el tránsito del Galeón de Acapulco por el traicionero Estrecho de San Bernardino, en cuyos arrecifes perdiera Villalobos su nave nodriza un siglo antes. Cargado con la plata novohispana, sigue el navío su ruta tradicional rumbo a Manila, que le lleva a  cruzar esa embocadura entre las islas de Luzón y Samar. Avisado oportunamente, el galeón superará a toda vela el angosto paso bajo el fuego cruzado de sus enemigos, que temen los peñascos sumergidos y no arriesgan ceñirse al cantil. Bien carteados a bordo sus bajíos, se orilla el galeón por estribor a la costa de Luzón para evitar envolventes, mientras responde galanamente al fuego de los corsarios. No lograrán sus proyectiles alcanzarle, ni intersectar su rumbo. Ligero de lastres el galeón, cargando apenas la fiducia novohispana, su andar a toda vela conservaría su barlovento con las otras naves de menor porte y eslora, aunque mayor trapo comparativo. Pronto desistirían los atacantes de su estéril empeño. A partir de este incidente, el Galeón de Acapulco cambiará cada año su derrotero entre las islas. Desde 1641 un cagafuegos de refuerzo esperará  su paso anual por el famoso Estrecho para escoltarlo hasta aportar en Cavite, donde le aguarda un jubiloso sonar de salvas y campanas.

En 1686 William Dampier y Peter Towley, integrantes de la patulea de carroñeros de la costa caribeña accedida al Mar del Sur, van a proseguir su pillaje en las costas del occidente americano. Confraternizan para asaltar el  Galeón de Manila, que saben capturado una sola vez en sus más de cien años de vida y, al menos, dos viajes anuales. Con 140 arcabuceros, distribuidos en doce canoas a remo, entran silenciosos en noche oscura a la bahía de Acapulco. No está allí el Galeón de Manila, pero sí encuentran en cambio un soberbio galeón peruano, cargado con mercaderías orientales, que debe zarpar en breve hacia Guayaquil y El Callao. Sólo que los cañones amenazadores del cercano Fuerte San Diego, dominando la vacía oscuridad, les persuade negativamente de la aventura que están urdiendo. No abordan la solitaria nave en reposo, sencillamente porque se sienten ya acribillados si los atalayas del puerto dan la alarma. Dentro de la bahía resultaba imposible capturar el galeón, para sacarlo a mar abierta con éxito; había que abordarlo fuera, a su partida, si querían salir con bien del lance. Y con esta idea, regresan a sus naves nodrizas bogando tan silenciosamente como habían llegado. Les aguardaban sin duda días de mimetismo y espera. Pero una inapropiada salida por comida y agua en días de estrechez, iba a precipitar sobre ellos toda la defensa estratégica que el Virrey había preparado para los tiempos de agobio pirático. Suenan las campanas eclesiales de los pueblos, que vomitan partidas de escopeteros y flecheros, dispuestos a batir palmo a palmo la costa. Pese a su apresurada retirada frente al rebato general, no pueden evitar los forbantes ser sorprendidos en sus botes de la playa sin dejar víctimas atrás. Con una alarma en tierra tan presta y automática, los piratas sopesan preparar la captura del galeón alejados de la costa. En un radio de siete millas que evite levantar sospechas, equidistarán cuatro naves en facha para filtrar las entradas a puerto desde una prudencial lontananza. Pero he aquí que el galeón se retrasa aquel año, y dos de las naves apostadas deben ausentarse para recabar vituallas, tratando de no soliviantar campana que pregone rebato alguno a los vientos, ni aldea indígena que se alborote. Se aproxima la época del monzón con sus celajes anubarrados, pero el Galeón no acaba de aparecer. Al final cunde el hastío. Los hermanos de la costa virarán rumbo al poniente, no sin antes comprobar con sorpresa que la nao filipina llevaba amarrada a sus ceibas más de un mes y que el galeón peruano había desaparecido del puerto. Bien las ocasionales ausencias por vitualla, o quizá el patache de aviso, habíales jugado una mala pasada frustrando sus soñados tesoros.   

En 1709 es el corsario de turno Woodes Rogers, otro ladrón por cuenta ajena, quien merodea la llegada del Galeón  de Manila a su paso por la costa californiana. Este año viene el galeón Nuestra Señora de Begoña, acompañado por el patache Nuestra Señora de la Encarnación en función de nao almiranta, cerrando cortejo con ligera carga y solo fusilería a bordo. Rogers caerá con sus dos fragatas sobre el patache que navega retrasado, lo captura y saquea. Ajeno al drama que vive su nao almiranta, el Begoña entra con felicidad en Acapulco.

Tres meses tardará en surgir de nuevo, cargado de plata novohispana, en su derrota anual hacia Manila. Navega solo y a media carga, bien que precavido, consciente de la pérdida del patache cuya causa en Acapulco desconocen, aunque no descartan achacarlo al merodeo pirata. Apenas unos días después será interceptado por las fragatas inglesas de Woodes Rogers que le aguardan junto a otra nave de porte medio capturada en Guayaquil, pero los cuarenta cañones del galeón manileño los ponen en retirada no sin serios desperfectos. Son ahora los barcos ingleses, sus cascos plagados de verdines tras prolongada navegación, quienes no pueden seguir el andar del recién carenado navío filipino. Han sufrido un primer rédito negativo, pero saben de su ventajosa potencia de fuego y, lamidas las heridas, tratan de ganar barlovento para horquillarle con su mayor campo de tiro. Inútilmente, porque la figura del Begoña irá empequeñeciendo hasta perderse en la noche. Con el alba, había desaparecido. Tres meses más tarde llegaría a Cavite sin mayor novedad.

Las sucesivas mejoras del Fuerte San Diego habían hecho de Acapulco una ciudad muy capaz de defenderse de cualquier insulto o ataque que se le ofrezca, aseguraba el Virrey Marques de Casafuerte, constructor también de la basílica de Santa Maria de Guadalupe. El gobernador del fuerte había pasado a ostentar el titulo de Teniente de las Costas del Mar del Sur, y ser el responsable del control y policía de la costa y del tráfico de mercancías de la región. Desde Carlos III tendría la obligación añadida de enviar reseñas semestrales sobre la meteorología y la agricultura de la provincia. Acapulco, bien guarecida por su reconstruido y mejorado Fuerte San Diego tras el terremoto de 1776, lejana siempre de las bases de abastecimiento corsario enemigo, despoblada tras su feria y recobrada su hechura de permanente aldea, sería ratificada por Carlos IV en su olvidado título de ciudad (1799).

Tras la liberación del comercio en los puertos del Imperio, y su persecución por las principales potencias, la vida pirática inició un declive que la llevaría en pocas décadas a su extinción. Durante su existencia, la plaza acapulqueña nunca sería tomada por flota enemiga alguna, caso único en la historia portuaria del Imperio español. Pero su castillo vería en cambio fusilar a los presos realistas por el insurrecto cura-soldado Morelos, unamuniana exégesis del mostrar la cruz pero blandir la espada, la romano-gótica encarnación del báculo y la ballesta de los obispos medievales. Un Gelmírez compostelano de allá por el año mil, redivivo ahora como una suerte de templario justiciero que incendia Acapulco y degüella a todo infiel español. Solo que esta vez no se trataba de expulsar al islámico intolerante, sino de quitar del medio al feligrés que no comulga con sus hostias profanas. Tampoco se trataba de un militar-soldado que cumpliera órdenes estrictas de un superior, sino de un hombre que había jurado entregarse a sus semejantes por Cristo. Pero que olvidaba en la sacristía sotana cural y golilla cuantas veces tocaba vestirse de faccioso. Curas que sin duda debieron rogar alguna vez por el catecumenado eclesial, siquiera cuando se ordenaron como tales… pero lo ignoraban si la circunstancia vital incensaba su ego, separándose de su santo ejercicio de pastor de almas para convertirse en lobo carnicero, como reza en su acta de excomunión por el obispo de Michoacán. ¿Donde estaba el límite ético de guerra justa que estos curas trabucaires aplicaban cuando de los conquistadores trataban? ¿Qué nos dejaron dicho de las Indias tres siglos antes?… Entonces no existía hemeroteca, pero ahora, sí. Ahora podemos contrastar hasta  la náusea, actitudes farisaicas entre el ayer y el hoy. Dios haya perdonado a esta suerte de padres de la patria. Sin aspavientos, como solo Él sabe y puede hacerlo, y la gente de bien desea. Mientras los patriotas de verdad y los sobreactuados, plenaban de efigies su memoria patria, como arma arrojadiza contra los gachupines y los cristeros. Siglo y medio más tarde, a toro pasao, la diplomacia vaticana eximiría a los trabucaires de su anatema impreso a fuego de maldiciones. Como si, por decreto, Sánchez Mejías o Manolete hubieran muerto por astas de toros… no siendo toreros. Bien que eran los aciagos días de la independencia de un México nacionalista, con sus fiebres desatadas en busca de si mismo, y las meninges dilatadas por el caos patrio. Y pasó como estas cosas pasan. Como un torbellino de emociones, desgarrando flecos históricos que no eran sino jirones de sí mismo. Se trataba en realidad de un nuevo insecto perfecto, que había mutado su capa virreinal por un desorbitado sombrero charro. Y siglo y medio después del capotazo, era precisa una entente cordiale que retrotrajese las aguas vaticanas a su cauce virreinal,  con el restablecimiento de relaciones diplomáticas

            

                      Figura 7: Portulano de Acapulco. Dibujo del autor