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Contexto Histórico de Acapulco – I

Figura 1: Orla de Acapulco

 

La primera noticia que tenemos de Acapulco proviene de Bernal Díaz del Castillo, que en la descripción de un perfil gráfico de la costa sur que poseía Monctezuma II (1519), lo cita como nombre de la ensenada que más tarde sería puerto famoso del Pacífico virreinal. Nombre al parecer de raíz náhuatl, con significado de lugar de carrizos destruidos, Acapulco surge como núcleo humano a partir de las expediciones de Hernán Cortés, llegado a su bahía para explorar y cartografiar, por mandato real, las costas del oeste novohispano. Su nombramiento como Capitán General de la Nueva España y del Mar del Sur, a ello le comprometía frente al Emperador Carlos V. Montará allí unas gradas (1523) donde construir y carenar las naves que han de llevar a cabo su empresa marinera. Inmejorable fondeadero de flotas, poseía la ensenada una bocana cerrada, disipadora  de todo  oleaje  franco de mar abierta, y un espléndido abrigo en anfiteatro empotrado al socaire de la Sierra Madre del Sur. Ribeteada de árboles donde trincar amarras o gobernar carenas, fue conocida en sus primeros tiempos como Bahía de Santa Lucía, al ser descubierta en esa festividad por la temprana expedición del capitán extremeño Francisco Álvarez Chico (1521). Cortés tenía una precisa visión de la costa, donde habíale encargado recabar tributos de los pueblos indígenas, lo que le llevaría a fundar Zacatula (hoy La Unión) como capital regional, y donde finalmente iba el capitán a encontrar su muerte. En 1531 Juan Rodríguez Villafuerte, explorando la costa desde Zihuatanejo, llegará hasta Santa Lucía, cuyo rancherío iba a nombrar como Villa de la Concepción. Este núcleo indígena y otros rancheríos periféricos, le serían adjudicados como encomienda con el nombre de Provincia de Acapulco, cuyas gentes tributarían en especies de maíz, algodón y cacao. Pero será Diego Hurtado de Mendoza quien funde de hecho el puerto de Acapulco, cuando en 1532 zarpa de su bahía con dos naves construidas con madera de sus bosques y mano de obra española y tlascalteca. Pronto una de ellas la regresaría con gente levantisca que no quiere por compañera. Sigue explorando la costa hacia el norte con la otra nave hasta que, sorprendido por una tormenta, naufraga, no sin antes haber cartografiado la costa recorrida y algunas de sus islas. Solo 3 supervivientes superarán penalidades sin cuento para informar del desastre a Cortés, que decide ir personalmente a buscar sus vestigios. Para ello, se trasladará a Santo Domingo Tehuantepec, ciudad por él fundada entre los zapotecas como apoyo de la campaña de Guatemala. Allí va a supervisar la construcción y aprovisionamiento de cuatro naves, con las que rastreará sin resultado la derrota de Mendoza. He proveído con mucha diligencia que en una de las partes por donde yo he descubierto la mar, se hagan dos carabelas medianas y dos bergantines; las carabelas para descubrir y los bergantines para seguir la costa… y para ello he enviado a una persona de recaudo y cuarenta españoles en que van maestros y carpinteros de ribera, aserradores, herreros y hombres de la mar… y he proveído a la villa por clavazón, velas y otros aparejos necesarios para los dichos navíos, y se dará toda la prisa que sea posible para acabarlos y echarlos al agua… le informa Cortés al Emperador en su Tercera Carta de Relación … Pero tras recorrer infructuosamente el litoral, regresará al resguardo de Acapulco, de donde saliera la expedición perdida. A partir de entonces considerará su puerto como el mejor de aquella costa, y la base de su astillero.

                                   El ir y venir de Cortés y su fieles entre la capital y la costa, iba a ir señalando una ruta itinerante de gentes a caballo que, guiados al principio por baquianos locales, fueron contorneando nuevos tramos para pezuña, diferentes de las sendas indígenas tradicionalmente seguidas por los tamemes nahuas. Marcábase con ello la futura senda embrionaria del camino real de Acapulco. El hecho de que una gran parte de los tributos y gravámenes impuestos por los mexicas a las sometidas tribus del sur, proviniesen de comarcas próximas al camino de Acapulco, impulsó al conquistador a enviar exploradores al área. Los autóctonos tlahuicas en las estribaciones de la Sierra Madre del Sur, era fama que tributaban su carga impositiva a los aztecas en incienso, mieles de abeja, barras de oro y otros metales. Se sospechaba que entre aquellos metales estaba el estaño, gran remedio para la fabricación de cañones de bronce en la Nueva España, que podrían fundirse a pie de astillero. La información recibida tras la inspección minera fue positiva y pronto iba a comenzar un laboreo minero (1522) próximo al enclave indígena de Taxco (Juego de pelota en náhuatl). Este asentamiento español entre estribaciones y cerros de la Sierra Madre, situado a escasos 10 km del anterior, daría lugar a la ciudad de Taxco La Nueva, fundada por el capitán Rodrigo de Castañeda (1529), comisionado por Cortés para reconocer la mineralogía de la región que seríale posteriormente entregada en encomienda. Las aparentes trazas de manganeso detectadas en las muestras minerales analizadas en Ciudad de México, resultaron ser vetas de plata, alguna de las cuales adquiriría fama y fortuna dos siglos más tarde, de la mano de los aragoneses La Borda, que explotarían también otros yacimientos regionales de vetas o mantos de oro, plomo, cobre y zinc. Al arrimo de la producción argentífera, los hermanos aragoneses mandarían construir el templo votivo de Santa Prisca, icónica joya churrigueresca del Taxco del siglo XVIII, mientras iba labrándose en la ciudad la fama internacional que habían de adquirir sus orfebres plateros.

                                Bajo ese mismo criterio de reconocer las formaciones rocosas y auscultar posibles minerales metálicos en la región, Cortés enviará una partida exploratoria al valle de Iguala (Donde es serena la noche en náhuatl) al mando del capitán Juan de Mesa. La correspondiente toma de muestras minerales en los cerros y sierras circundantes, arrojaría la existencia de abundantes yacimientos metálicos. A la vista de este primer contacto, se iniciará la eufemística pacificación de la comarca, no otra cosa que la toma y sometimiento de los indígenas al poder de la Corona española. Finalizada ésta, le sería entregada en encomienda temporal al propio Mesa, que traería a Iguala misioneros franciscanos (1534) para catequizar a los indígenas comarcanos, a quienes someterá a tributación en especies de maíz o metal en barras. Con la orden del sometimiento perpetuo dictada por la Real Audiencia de México (1550), esa encomienda será adjudicada a Francisco Mexía, quien implantaría el ganado porcino y caballar en los pastizales del valle. Andando el tiempo, Iguala iba a convertirse en plaza clave del camino real de Acapulco, con un importante eco comercial del flujo económico entre Manila y Sevilla.

                                En 1527 por orden del propio Cortés, Álvaro Saavedra Cerón había partido de Zihuatanejo con tres naves para tratar de encontrar la Trinidad, capitana de Magallanes, perdida en las Molucas seis años ha, cuando intentaba ganar las costas novohispanas. Noticia sabida durante su estancia en España, donde era comentario obligado la gesta de Juan Sebastián Elcano con dieciocho supervivientes tras su arribo a Sanlúcar de Barrameda y tres años de incansable navegar. Y hacia aquellas lejanas islas irá Saavedra siguiendo el paralelo 12ºN. En una longitud y latitud hoy reconocibles como coordenadas geográficas aproximadas del archipiélago Hawai, el vigía de la capitana da la voz de haber avistado tierra al contraluz del atardecer. Tierra que, al amanecer del siguiente día y no obstante buscarla por otros dos consecutivos, no volverían a percibir. Pocas dudas caben hoy sobre ese primer avistamiento de las islas Hawai, que iban a ser mapeadas con diversos nombres y por diversos pilotos en los planisferios secretos de la Casa de Contratación de Sevilla. Esto ocurría dos siglos antes que James Cook diese noticia de la existencia de ese archipiélago. No iba Saavedra a encontrar la nao de Magallanes, pero iba en cambio a toparse con los restos de la expedición de Loaysa – Elcano en las Molucas, viaje surgido de La Coruña dos años antes, y desperdigado por el escorbuto y el Pacífico durante el año precedente. Por tres veces intentará Saavedra tornar velas a Nueva España, cargado de especias y gente española rescatada de manos portuguesas. Tres veces más que añadir a un intento muchas veces emprendido, pero ni una sola vez alcanzado. En el último de ellos, tornará su nao a Jilolo (Halmahera)  con un Saavedra moribundo a bordo. Nuevamente se repetía la historia de la nao Trinidad y su desesperado intento de retornar a Nueva España cruzando el Pacífico rumbo leste. Cargados de especias en Tidore, Juan Sebastián Elcano y Gonzalo Gómez de Espinosa pilotos de la expedición magallánica, habían acordado regresar a tierras hispanas con las dos naos supervivientes por rumbos diferentes, ambos desconocidos, y que Dios reparta suerte. Elcano rumbo e España por el Índico, logrará aportar con su Victoria al año de su separación; Espinosa, rumbo a Nueva España por el Pacífico, no lo conseguirá con su Trinidad. Con extraordinaria intuición había tomado rumbo norte hasta latitudes tan altas como la Hokkaido japonesa, surgidero de la corriente de Kuro-Shivo que habría de salvar a un Urdaneta que la conoció por referencia, medio siglo más tarde. Pero Espinosa que ignora su existencia, no sabe leerla en sitio, o no acierta a interpretar el arrastre marino del plancton ni la mutante tonalidad de su agua vehicular. Vientos atemporalados adversos y las bajas temperaturas del Septentrión, le obligarán a volver a Ternate sin apenas alimentos para subsistir. Preso por los portugueses de Tidore (1522), sería repatriado con otros compañeros, Índico avante, tres años después, gracias a una gestión de la emperatriz Isabel de Portugal, esposa de Carlos V.

                                 Por aquellos años, el Emperador había otorgado a Cortés los títulos de Capitán General y Marqués del Valle de Oaxaca, que junto a la dignidad y tierras inherentes, le confería derechos sobre los descubrimientos que hiciere en el Mar del Sur. En aquel ínterin, El Emperador había nombrado a Antonio de Mendoza y Pacheco como Primer Virrey de Nueva España. Un Mendoza de alta alcurnia, estirpe de vasallos fieles al Habsburgo desde sus aciagos tiempos de  los comuneros castellanos. El César no quiere viejos conquistadores de Indias, que se enquisten en una suerte de alter ego de la nobleza territorial castellana, siempre difícil de manejar y que, recién llegado a España, se había opuesto visceralmente a su troupe flamenca. Otorga prebendas, título y honores al caudillo extremeño, pero le encarga nuevos cometidos fuera del virreinato, remarcando la máxima autoridad territorial del Virrey recién nombrado. La fase de capitulaciones directas entre la Corona y el emprendedor de turno, había concluido. El Emperador quiere funcionarios del reino, temporales e intercambiables, solo nombrados en función de su lealtad y valía, dictada a criterio de su Consejo de Indias y acordes al proyecto y circunstancia humanos. No quiere subsidiarios de raigambre medieval, proclive siempre al enriquecimiento o la genealogía. Es el tiempo renacentista, donde los altos funcionarios han de ser quienes traten con los hombres de iniciativa, imprescindibles canales  de progreso para ese nuevo mundo que Carlos de Habsburgo sueña construir, pero también interlocutores persistentes, activos y locuaces, que piden y deben ser escuchados. Y en último caso, si la magnitud de la propuesta supera la atribución del funcionario, sirva éste para regular el acceso a la persona del Rey y sus asesores, a fin de sopesar en cumbre cameral, la viabilidad o no del proyecto que se presente.

    A la vista del mandato recibido, organiza Cortés entre Veracruz y Acapulco una complicada red para suministrar los herrajes y pertrechos, que van llegando desde Sevilla. Ante ello, la Ciudad de México y otros puntos del interior, madrugan su creación manufacturera amparada en  artesanos castellanos que, llegados como soldados de conquista, emprendedores al fin y al cabo, comienzan a su escala una elaboración autóctona, auspiciada por la fuerte demanda virreinal. Los españoles habían traído a Nueva España, junto a su rutinario mundo del día a día, la edad del hierro, la edad de la rueda, de los motones, poleas y cabrestantes, la edad de la rueca, de la navegación a vela, del arado y de los bueyes, y la del alfabeto, sopa de letras nutricia del morlaco mestizo que asomaba sus cuernas a la Historia. La escrita, la de verdad, no la distorsionada por la consuetudinaria o ritual oralidad de los ancianos al amor de la lumbre. Porque sus pictogramas, pese a la magia de sintetizar en un solo dibujo cientos de frases alfabéticas, quedaban lejos de interpretar las ideas con la justeza conceptual que aportaba la Gramática de Nebrija. Por otra parte, era el propio Hernán Cortés en sus Cartas de relación de la conquista de México, quien primero escribiría la lengua náhuatl con caracteres latinos o de lengua culta. Los nahuas, como el resto de indígenas del Nuevo Mundo, desconocían la escritura. Nadie antes había expresado fonográficamente habla americana alguna. Según su propia percepción auditiva, iba aquel universitario salmantino conocedor del latín y del derecho, a emplear sílabas latinas de sonido invariable, para transcribir la fonética escuchada de labios indígenas. Pero labios indígenas que, pese a emplear idéntico idioma, modulaban las sílabas de un mismo nombre de forma diversa, según fuere su procedencia geográfica. Eran modismos y matices fonéticos propios, con fluctuaciones sónicas equivalentes a las de cualquier otra realidad idiomática del mundo y sus variantes regionales. Las diferentes pronunciaciones del indígena, según su comarca de procedencia, venían a complicar aquel primer ensayo fonográfico. En el Anahuac, la o era pronunciada como ou (algo parecido a lo que pasa con el OrenseOurense en nuestra lengua galaica). Fue evidentemente engañado por su sensibilidad auditiva frente a sonidos desconocidos, escuchados ¡y pensados¡ por una mente renacentista, con todo el bagaje que hoy sabemos significaba serlo plenamente. Tecatl, lo identificó como tecal, Tenochtitlán como Temixtitán, Texcoco como Tesuico, Xochimilco como Suchimilco…  Pese a su rigorismo natural por las cosas bien hechas, no alcanzará Cortés a  asignarles en gran mayoría de casos, una equivalencia latina gráfica, fidedigna de la sónica por él auditada. Él mismo reconocería más tarde la presencia de formas aztecoides deformadas… en el habla coloquial de los nahuas especialmente en la pronunciación de préstamos lingüísticos procedentes de la cultura maya. Con todo debía, como narrador, expresar con justeza los nombres propios escuchados, puesto que trataba de exponer ante el Emperador, un relato objetivo, coherente y unívoco. Y así salen de su pluma, por vez primera en lengua española, vocablos mágicos que a oídos castellanos suenan a murmullos de humedal, onomatopeyas del viento. Otros estudiosos, indios, mestizos o criollos, serían en adelante los encargados de expresar en propia lengua y forma fidedigna estos fonemas, con la justeza conceptual requerida, una vez conocida y asimilada la herramienta alfabética para ahormarlos. Tal como asimilaron la escala cromática a sus sentires musicales que ancestralmente lo fueran pentafónicos. Surgirían así, tanto relatos de intrahistoria como tratados y digresiones científicas y experimentales sobre herbolarios, especies avícolas, anatómicas, melódicas, polifónicas o costumbristas… un verdadero motor de la actividad intelectual de las élites indígenas pensantes y de su transferencia didáctica inter símiles et diversus. Lenguaje y pensamiento sabemos hoy que van unidos.

      De pronto, el alfabeto literal que se ofrecía, comprendía signos capaces de combinarse para fosilizar palabras, nombres, frases, ideas…  sucesos recién ocurridos que, una vez escritos, permanecerían invariables para siempre. Eran indeformables: generación a generación expresarían exactamente lo mismo. Quien los leyere entonces, recibiría la misma información que quien ahora lo hiciese. No se distorsionaban con el tiempo, como ocurría con la memoria. Y eran además acumulables, hasta poder conservar enormes cantidades de episodios y aconteceres, que la memoria colectiva de todo un pueblo no alcanzaba a recitar. Lo mismo ocurría con la notación musical que empleaban los españoles: eludía el recordar las melodías. Se escribían y perduraban inmutables en el tiempo. Partituras medievales, polifonías, concerti con molti strumenti, imposibles de recordar, se tenían en toda su complejidad y frescura en cualquier momento gracias a la notación musical. Y tras el alfabeto fenicio y las notas gregorianas, los números árabes y la aritmética griega. Capaces de resumir en corto espacio de papel y tiempo, complicadas operaciones de sus cuatro reglas, tan ajustadas al propósito, como gramática o pentagrama lo eran al suyo. Todo ello suponía una explosión en la santabárbara de la esplendorosa nave emplumada azteca. Su imperio tenía los días contados. Había llegado el tiempo de las palabras, que tanto enamorarían a Pablo Neruda. Las palabras, que todo lo cantan…  – decía el Nóbel chileno -… que brillan como piedras de colores, saltan como platinados peces, son espuma, hilo, metal, rocío… cristalinas, vibrantes, ebúrneas, vegetales, aceitosas, como frutas, como algas, como ágatas, como aceitunas… con todo lo que se les fue pegando de tanto rodar por el río, de tanto trasmigrar de patria, de tanto ser raíces… Todo está en la palabra… que en un momento clave de la Historia fue La Palabra. La Palabra de Juan Evangelista, que se hizo carne humana para habitar entre los hombres y trasmitirles su Verdad. Ambas palabras, la sintáctica y la sincrética, la profana y la sagrada, la escrita y la sentida, iban a ser yunque y martillo del primer ethos mestizo de Indias. El Nuevo Mundo que creía intuir el historiador lombardo Pedro Mártir de Anglería.

 Como en toda encrucijada social crítica, connotados indígenas de mente despejada hubo, que se aferraban al pasado, a la heroica tradición de su pueblo llegado del norte muchas generaciones antes. Otros en cambio, intuyeron el mundo que se les abría para el estudio y clasificación numeral de sus herbolarios y gemas, del cincelado de esculturas y bajorrelieves, del hallazgo del arco o la cúpula, de los animales de carga y arado, del salto adelante de su pueblo, del progreso renacentista, atisbado todo al alcance de su mano. Nunca pueblo amerindio alguno de tal nivel cultural había gozado de semejante circunstancia histórica, porque jamás contó con similar posibilidad de osmotizar los nutrientes de otra cultura adjunta. Era una más de las tomas de conciencia decisivas del homo, atrapado en cualquiera de sus encrucijadas históricas. Y la duda afloraba en el ánimo, porque todo sapiens lo lleva en su ADN. En una coyuntura ibérica no muy lejana al hoy, pero plena de ira y mediocridad, fueron denostados aquellos intelectos, pioneros del cambio, tildados de afrancesados, léase antipatriotas, traidores, renegados, Aunque la situación real presentara planteamientos maniqueos, negro sobre blanco, se trataba a fin de cuentas de un contexto humano iterativo en la Historia. Pueblos enteros hubo que vislumbraron el cambio de Era, y lo aprovecharon, aportando además su herramienta bélica. Tal el caso de los tlascaltecas, pero también los totonacas y demás pueblos indígenas que asumieron a su modo en masa el salto al vacío de la guerra, por sacudirse la tiranía del poderoso mexica. Y no sin tensiones internas de sus gentes, que las hubo y fuertes, para ofrecer un frente común imbricado con aquellos advenedizos que podían resultar un bluff. La solidez carismática y temperamental de Cortés como líder multiétnico, vino sin duda a coagular aquel magma hirviente, hasta la victoria final.  

        Ya antes de la caída de Tenochtitlán, las herrerías de españoles en estas comunidades indígenas amigas, habían empezado a proliferar por doquier, frente a una demanda férrica que se agigantaba en forma de espadas, picas, herraduras, cadenas, clavazones, rejas, parrillas, ganchos, cerrojos… el propio Hernán Cortés había dictado unas Ordenanzas para los herreros en 1524, que habían de durar hasta llegado el siglo XVIII. Y ahora, sumábase la demanda naval de los astilleros del Pacífico con Acapulco como mascarón de proa. Consolidación de aquellos otros radicados en Tlascala, cuna de los trece bergantines que hicieron decisivo el asalto final de castellanos y aliados sobre la capital azteca. En Texcoco mandó Cortés reunir en aquella ocasión las piezas…  para  ligar y acabar los bergantines, para, por tierra y por el agua, ponerle cerco…  como él mismo nos lo cuenta en sus Cartas de Relación. Cientos de tamemes tlascaltecas portaron sobre sus espaldas hasta Texcoco aquellas piezas de madera labrada, sus tablazones, sus herrajes y clavazones, sus remos, pértigas y sirgas, además del cordamen, breas y estopa, para armar sus cascos y sus correspondientes arboladuras, por si los vientos resultaran favorables. Dando prisa para que se acabasen los bergantines y una zanja que se hacía para llevarlos por ella… media legua hasta la laguna…  Se anduvieron (sic emplearon) cincuenta días, más de ocho mil personas cada día… con más de dos estados de hondura y otros tantos de anchura, e iba toda chapada y estacada… de forma que se podían llevar (los bergantines) sin peligro y sin trabajo hasta el agua… Que fue obra grandísima y mucho para ver… Para los trece bergantines, dejé trescientos hombres, todos los más gente de mar, y bien diestra… En el fragor de la contienda, cuando conocieron que yo entraba ya por la laguna con mis bergantines… juntose tan gran flota de canoas para venirnos a acometer… que pudimos juzgar pasaban en más de quinientas… Y comenzaron con mucho ímpetu a encaminar su flota hacia nosotros. Pero vino un viento de tierra muy favorable para embestir contra ellos, y quebramos infinitas canoas… hasta encerrarlos en las casas de la ciudad… y entraron por entre ellas, aunque hasta entonces no lo pudieran hacer, porque había muchos bajos y estacas que les estorbaban…   y así plugo a Nuestro Señor de darnos mayor y  mejor victoria que nosotros habíamos pedido y deseado… Era esta la crónica  del primer contacto con el mundo naval de un hombre de armas, bien dotado de inteligencia y carisma personal, que estaba decidido a adentrarse en los mares para atisbar más allá de lo que su horizonte brindaba. Y contaba para ello con sus invaluables y fieles tlascaltecas de ribera, cuyas primeras letras de carpintería naval, habíanlas aprendido en su propia Tlascala entre bergantines despiezados y días de inquietud bélica.

      Las tradicionales sendas indígenas que cruzaban las sierras del litoral, eran en realidad angostos senderos tortuosos para bestias de carga. Por eso Cortés, nos cuenta el cronista… mandó mucho de ello (de manufacturas autóctonas)… a lomos de indios robustos… tal como había hecho durante la guerra con los bergantines de Tlascala, lo que acarrearía al Marqués ya en época de paz, un severo conflicto con el presidente y ciertos oidores de la Audiencia de México. Se defenderá Cortés contra el fiscal, argumentando que aquellos bultos solo los enviaba con tamales (sic, tamemes) cuando y donde no podían ser llevados con recua ni carreta… y que, además de confiscarle la mercancía, estábanle penando con pagar 40.000 pesos de oro por haberlos cargado (no podían los indios por ley, serlo con más de 30 kg per cápita), lo que consideraba una extorsión. Recurría contra la Audiencia enviando a suplicar a S.M. y su Real Consejo, que pues se hizo para servicio suyo el transporte… se suspenda el negocio (léase sentencia)… Veredicto que a la postre acabaría dulcificado por los jueces.

 Pero la Audiencia y el Virrey habían ganado ya una importante partida sobre esta faz de la protohistoria indiana, asumida y tolerada hasta entonces: los tamemes iban como tal, nominalmente al menos, a desaparecer en breve. No obstante ello, décadas después de la conquista, no existían aún caminos aptos para el transito de mulas o caballos, y se empleaban, para albricia propia, cargadores indígenas en las rutas a la costa pacífica, pese a estar prohibido por las Leyes de Indias. Solo que eran ahora los propios nativos quienes se prestaban al transporte humano bajo contrata. Con el fin de facilitar este trasiego y evitar la trasgresión de la ley, mandará Cortés al principio y Mendoza después, arreglar los caminos indígenas del oeste y abrir nuevos tramos de pista para reatas, con ciertos trechos empedrados para la rodadura de carros. Los desconocidos mulos iban a proliferar por miles, para poder engrasar aquella nueva maquinaria de transmisión que había de mutar las Indias. Su correspondiente cabaña asnal y caballar iría colmando muchos de aquellos pastos. Pero Cortés no se detiene. En medio del procedimiento judicial, ordena zarpar desde Acapulco dos navíos, que deben llevar sin demora víveres, vestimenta y municiones a Pizarro, que en aquellos momentos se debatía en la conquista del Perú y demandaba auxilio a su pariente, que generosamente le enviará otro tercero, a fondo perdido, con nuevos bastimentos.

 Con viajes constantes a Colima, Acapulco y Tehuantepec, el Marqués moviliza todo un frente de acción para cartografiar el litoral. Envía a Hernando de Grijalva y Diego Becerra de Mendoza con dos naves desde Manzanillo (entonces Bahía de Santiago de la Buena Esperanza), para proseguir trazando el perfil del golfo. Una tempestad acabará separándoles y tras una rebelión a bordo, muere asesinado Becerra Mendoza. Su nave la destrozará el oleaje contra la costa de Jalisco, cuyos indios acaban de rematar náufragos y naufragio. Grijalva por su parte sigue avante, descubre y mapea Santo Tomás (archipiélago Revillagigedo) y las islas Tres Marías. Hace aguada allí y regresa a puerto con sus levantamientos costeros. Fondearía en Acapulco tres meses más tarde.

En 1535 el improvisado astillero de Manzanillo, había organizado otra expedición cartográfica comandada por Grijalva y auspiciada por el Virrey Mendoza, que quedaría interrumpida al varar su nave, pese a que más tarde la recupere y logre con los supervivientes y lo salvado entrar en AcapulcoFrancisco de Ulloa que parte de allí  en 1539, alcanza la desembocadura del río Colorado en el todavía inédito Golfo de California o Mar de Cortés; grafica su litoral y regresa al sur siguiendo la costa oeste del golfo. Dobla la Baja California peninsular y prosigue otra vez al Norte, remontando el flujo oceánico costero hasta superar la actual latitud de San Diego. De regreso a Nueva España sucumben, empotradas en la costa, naves y tripulaciones inermes, abatidas por la malaria. Un superviviente, timonel de la nao Trinidad, recorrerá a remo en un bote auxiliar las 2000 millas marinas que le separan de Acapulco. Tras increíble boga, tomará puerto para contarle a Cortés lo ocurrido. Pablo Salvador Hernández, el insólito remero, ratificará bajo juramento su declaración, registrada en la Aduana acapulqueña frente al Evangelio. Durante tres meses ha utilizado las hiladas costeras del flujo oceánico que incide hacia el sur, ha bogado sin descanso hacia su obsesivo destino, con el beneficio inestimable del céfiro del nordeste que le acaricia por popa ciertas horas del atardecer. Cuando la bonanza de costa y mar lo permitía, varaba su bote y, derrengado sobre sus paneles o buscando entre riscos lagartos, iguanas, moluscos y huevos de aves marinas que comer, trataba de cobrar fuerza. Cubierto por jirones de vela remojados con algas, era ésta su única defensa ante la insolencia de las gaviotas por picar su carne viva mientras descansaba, y frente al abrasador sol de siempre, implacable enemigo en aquellas peripatéticas latitudes de hambruna. El propio Cortés con una flotilla de tres naos, saldrá en socorro de los náufragos, que hallará refugiados en lo que llama Bahía de Santa Cruz. Su estado era lamentable, tierras cultivables paupérrimas, inexistencia de indios para comerciar. Tras perder las otras dos naves y el piloto de la suya, es el propio Marqués quien capitanea el regreso hasta retomar el puerto de Acapulco con los rescatados. La expedición de Ulloa iba a deshacer la mítica insularidad de la Baja California, error que perduraría en los mapas europeos por más de un siglo (en los holandeses, siglo y medio). Pero sería Domingo del Castillo (1541), quien nos legase el primer cartograma donde aparece explícita la península de California.

Para socorrer la expedición virreinal ida en demanda de las míticas siete  ciudades de Cíbola, zarpan de Acapulco en 1540 dos navíos al mando de Hernando de Alarcón y su cartógrafo y piloto Domingo del Castillo.  El Virrey Mendoza les envía como apoyo costero del contingente de Vázquez de Coronado que seguía en ruta paralela por el interior. Navegarán por el Mar de Cortés hasta la embocadura del Río Colorado, en cuyo cauce surcarán más de ochenta y cinco leguas arriba de sus aguas fangosas. No hallarán a Vázquez de Coronado y su hueste hispanoindia, que cientos de millas más al norte tampoco encontrarían las oníricas ciudades que buscaban. Pero descubrirán en cambio el hoy famoso Cañón del Colorado, hendedura geológica que ponía fin a su penetración norteña con un insuperable tajo de escarpes para acceder al agua. Castillo iba a dejar cartografiado todo el Mar de Cortés y la costa pacífica de la península hasta latitud 30ºN, en un mapa memorable por su detalle y precisión.

De la Barra de Navidad (Colima) parte Juan Rodríguez Cabrillo en 1542, retomando por orden del Virrey la expedición de Pedro de Alvarado, aplastado por su propio caballo en una caída fortuita en la guerra jalisqueña. Había venido a Nueva España como ballestero en la hueste de Pánfilo de Narváez, llegado para apresar al rebelde Cortés escabullido de Cuba. Pero le seguiría como oficial de ballestas en su asalto a Tenochtitlán y las campañas de Honduras y de Guatemala, donde finalmente quedaría establecido como comerciante. Harto había medrado desde entonces en experiencia y hacienda, con un próspero comercio en Antigua y enlaces con puertos hispanos de ambos océanos. Iba a surgir en esta ocasión con tres naves repletas con gentes de guerra y marinería de guerra, un fraile, indios subalternos, esclavos negros, alimento para dos años, herramientas y mercancías, además de una copiosa comparsa de animales de cría y domésticos. Costeando el litoral californiano arribará al muy bueno y seguro puerto de San Diego, ya conocido desde que Ulloa y sus mapas fueran recatados por Cortés en Santa Cruz. Seguirá al norte cartografiando el litoral de Santa Mónica y Santa María de los Ángeles hasta la Bahía de Monterrey, seno costero clave para el comercio con Asia y refugio futuro de galeones, aunque entonces no lo sospechara. A consecuencia de la fractura no bien curada de una pierna, fallece Cabrillo de gangrena. Será Bartolomé Ferrelo, su piloto, quien prosiga el bojeo al norte, hasta el Cabo Mendocino que nombra así en honor del Virrey, y el Cabo Blanco (Oregón), punto más septentrional de sus levantamientos. Pasará frente a la Bahía de San Francisco sin percibirla, tal vez por rebasar esa latitud alejado de la costa, o por impedirle su visión la recurrente niebla del litoral. Retornaría  a la Barra de Navidad al año siguiente.

Casi en paralelo, Ruy López de Villalobos va a surgir también de la Barra de Navidad (1542), con seis barcos repletos de colonos, pertrechos y animales, y ordenes del Virrey para colonizar las Islas del Poniente, descubiertas por Magallanes y conocidas en adelante como Filipinas. Cortés y el propio Virrey Mendoza parecían desplegar, y efectivamente desplegaban, una múltiple actividad que solo mediante una sólida infraestructura operacional, técnica y humana, era capaz de mantener con éxito el Virreinato. No hay que olvidar que parejamente a las exploraciones del Pacífico, la Nueva España de aquellos años cartografiaba y exploraba el Golfo de México, colonizaba las Floridas, y mandaba expedición tras expedición terrestre a Texas, Nuevo México, Arizona, las Californias o Nevada, buscando minas y yacimientos rentables, cuyas coordenadas dejaban plasmadas en los planos levantados. Y mientras guerreaba contra los indios levantiscos del noroeste, que los misioneros trataban de catequizar, la música peninsular se abría como un abanico multicolor sobre sus tierras. De pronto, la escala cromática española había venido a enamorar los oídos y sentires de los diatónicos indígenas, que prestos la sublimaron para exteriorizar sus expresiones líricas espontáneas. Apenas habían pasado veinte años desde la caída de Tenochtitlán, y el Nuevo Mundo  que soñara Carlos V, al decir de su historiador Pedro Mártir de Anglería, empezaba a tomar forma en la Nueva España, nunca tarde para el Emperador,  que transitaba ya el último lustro de su vida. Poca cosa lograría Villalobos en las Filipinas sin apoyos del Virreinato: tierras impropias para sembrar sus granos de maíz, agresividad desbordada de los nativos isleños, y la carencia de unos alimentos que se pierden con el naufragio de su barco nodriza. Como escape vital de la expedición, sin tornaviaje posible, enrumbará a las Molucas portuguesas, donde los lusitanos se apoderan de toda su partida. En sus cárceles morirá de fiebres tropicales atendido por un jesuita navarro llegado de Lisboa por la ruta del Índico, que quiere misionar la China toda. Se llamaba Francisco Javier, y es hoy el Santo Patrono Universal de las Misiones.

Figura 2 – Surgideros históricos del Pacífico novohispano

 
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Contexto Histórico de Panamá – IV

(Dibujo de su Autor)

La aventura de Morgan no va a ser un hecho aislado. Los piratas del Caribe, hermanados en su guarida de Jamaica, han decidido pasar al Pacífico para perpetrar sus fechorías en los puertos de un mar desprevenido. Richard Sawkins (1680) al mando de una poderosa conjunción de al menos 330 hermanos de la costa, entre los que hoy sabemos se encontraban los conocidos filibusteros John Coxon, Bartholomew Sharp, Peter Harris, Edmund Cook, Ravenau de Lussan, William Dampier, John Watling, Edward Boldman y el cirujano Lionel Wafer, atraviesa el Darién con apoyo de los indios para entrar al Pacífico con 60 lanchas por el Tuira. Una verdadera trasnacional cazatesoros que busca lo valioso de los demás, para apropiárselo por encima de toda ley ajena, teniendo por válida solo la propia. Se apoderan de algunos pataches de mediano porte y del galeón Santísima Trinidad de 400 toneladas todavía sin artillar, y con ellos se proponen asaltar el cabotaje de aquella costa. Wafer el cirujano galés, tras una discusión sobre la dureza del camino elegido, es abandonado junto a otros cuatro salteadores en plena jungla del istmo; pero salvará el pellejo al ser acogido por los indios como médico durante dos años, y poder contarlo a su vuelta a Inglaterra. Muere Harris en las primeras escaramuzas contra las partidas armadas que recorren la costa occidental. Dueños pronto de una pequeña escuadra capturada barco a barco, llegan los confabulados al fondeadero de Panamá donde abordan, saquean e incendian 3 barcos cargados de mercancías. Sin opción sus mosquetes franceses ante los cañones de bronce de Panamá Nueva, precisan alejarse mar adentro, fuera de alcance de las rugientes bocas que arrojan fuego sin dar tregua. Shawkins ha sido herido de muerte por los fusileros del Perico y es Coxon quien pasa a comandar la partida antes de su temprano regreso al Caribe, persuadido por nuevas divergencias habidas con Cook y otros capitanes. Sharp, nuevo comandante en jefe, ha logrado artillar con rapiñas el Santísima Trinidad, para convertirlo en insignia de su flota con el nombre de Trinity. Atrapa un bergantín cargado de pólvora, municiones y 50.000 pesos destinados a la guarnición de Panamá, que añade a sus velas para proseguir hacia el sur el saqueo de hatos costeros, puertos de cabotaje y naves de carga. En Tumaco muere Boldman con su vanguardia a manos de la guarnición del puerto. Sharp prosigue la rapiña costera hasta las Islas de Juan Fernández, donde piensa carenar los barcos y permanecer oculto en un mutis de meses. Puerto a puerto, cabo a cabo, la posición marítima de Sharp hacia el meridión va siendo denunciada en la propia costa mediante humaredas y fogatas planificadas. Conocedor de estas alertas virreinales gemelas de su periplo costero, decide no volver atrás, donde sospecha van a salir si no han salido ya, los galeones del virreinato a darle caza. Por orden del propio Sharp en latitudes peruanas, Edmund Cook es arrestado por homosexual y ahorcado en una entena del Trinity. Ley implacable del mar. Desembarca y ataca por tierra en días siguientes el puerto chileno de Arica, pero es rechazado tras denodada lucha en la que muere Watling junto a dos docenas de sus hombres. Otra veintena de ellos serían capturados y ahorcados todos excepto los dos cirujanos de a bordo, indultados y retenidos por el corregidor  al constatar que no han tomado las armas. En su escape hacia el Cabo de Hornos, captura Sharp el galeón chileno Virgen del Rosario, cuyo preciado tesoro es un libro de derrotas que habría de salvarle la vida. Cuando llega el Trinity a Plymouth, Inglaterra prosigue su tregua de paz con España, vigente el Tratado América para combatir la piratería. Sharp es por ello condenado al patíbulo, pero El Almirantazgo inglés, tras estudiar la desconocida e inapreciable cartografía que el pirata aporta en su descargo, logrará obtenerle el perdón real en nueva y sonada felonía.

La estela de los barcos de monsieur Ravenau de Lussan, el galante y culto parisino metido a pirata tal vez empujado por inoportunas deudas de juventud, se aleja pronto de Panamásiguiendo su aguja de marear hacia el norte, y su roda hacia Nicaragua, Honduras y Tehuantepec, donde va a convertirse en azote de los pueblos costeros de aquellas tierras. Unos años después de su mise en scène filibustera, decidirá bajar el telón de este segundo acto de su particular y teatrera comedia de enredo, para regresar a Haití, etapa intermedia del añorado savoir fair de los salones de París. Quema sus barcos y organiza sus 300 hombres en compañías que acometen por tierra el cruce del istmo. Asalta a su paso La Antigua Guatemala(Santiago de los Caballeros de Guatemala), y ante aquellos atónitos ciudadanos reunidos por fuerza en la Plaza Mayor, anuncia que respetará templos y conventos, sin profanar personas, vasos ni imágenes; pero deben para ello entregarle cuantos víveres precise y sus lanchas fluviales quedan confiscadas sin más. Aquellas chalanas  y bongos habrían de servirle para acceder por el río Motaguahasta el Caribe, y de allí al cabo Gracias a Dios, donde pensaba tomar algún barco contrabandista que le llevara al haitiano occidente de La Española.

Charles Swan al mando de tres naves piratas entra por el Cabo de Hornos al Pacífico (1684) y tras una costanera hacia el norte con Dampier como piloto, y el hermano Francis Towley como socio, emprendería una fallida persecución del Galeón de Manila por el Pacífico Norte; Towley, llegado atravesando el istmo, acabaría pereciendo en un encuentro fortuito con la Escuadra del Mar del Sur, desplazada desde El Callao a Panamá en rutinaria vigilia de la ruta de los galeones. Entran también aquel año al Pacífico por el Mar de Hoces (ruta Hornos),  los  perros del mar John Cooke y John Eaton, que dedicados a la fácil presa de los desartillados barcos negreros, han capturado uno danés con féminas bozales para sus esclavos antillanos, que incorporarán con el nombre de Bachelor´s Delight  (Delicia de los solteros) a la pequeña flota con la que tratan de acceder por el sur continental al Pacífico. Superadas las rugientes latitudes marinas, los saciados bachelors arrojarían por la borda aquella pobre carne humana enferma de hambre y violencia sexual. Pero tampoco iba a tener mayor suerte para sobrevivir a su aventura panameña el perro John Cooke, que muere ese mismo año de paludismo frente al Cabo Blanco de Costa Rica en su deliciosa insignia. Su eventual asociado Edward Davis  seguiría al mando del Bachelor´s Delight con los 3 barcos y 1.000 hombres de su compartida flota. Con ella ataca Panamá por tierra y mar, justo cuando  la Flota del Sur desembarca su carga en el Perico; pero los 174 cañones y 3.000 hombres que defienden la plaza, rechazan el acoso filibustero. El desembarco de la plata se completa ante sus fauces sin mayor contratiempo (1685), y las naves forbantes tornan velas y gobernalles hacia las costas de Nueva España. En compañía de John Eaton marrará Davis su ataque al puerto del Realejo en Nicaragua, donde incendia su rancherío incapaz de conquistarlo, lo que precipitaría el regreso de Eaton al Caribe tras desavenencias tácticas con su ocasional socio.                                             

William Dampier, el llamado Pirata Científico por su labor pirática compartida con estudios de geografía, ciencias naturales y narraciones sobre sus viajes, abandona las Galápagos con la partida de Sharp. Ha decidido merodear al descuido las costas peruanas. En compañía ahora del fraternal gabacho François de Granmont, recibe nutrido refuerzo de otroshermanos de la costa que cruzan el Darién cada vez que la situación lo requiere. Entre ellos François Grogniet, que con 80 piratas galos viene a compartir depredaciones españolas con el sanguinario bordelés.

El Océano Pacífico, infestado de piratas por el sur o por el istmo, había dejado de ser el Lago Español de antaño. En una serie matemática de variaciones con repetición, la presencia filibustera se había multiplicado ad nauseam en pocos años, desparramándose sobre la costa meridional del gran piélago marino. Ante el peligro generalizado, sus puertos se fortifican, y los virreyes conceden patentes de corso a los capitanes de mar que lo solicitan. Por su proximidad a la costa, Lima la capital del virreinato, también teme ser atacada y se rodea de una sólida muralla. En apoyo de los galeones de la Flota del Sur, el progresivo consenso de las naciones europeas, y su propio peculio, el corso iba a resultar eficaz yunque contra la piratería, hasta tal punto que en cortos años remitiría la asfixiante presión bucanera, eclosionada en el Pacífico tras la captura de la Panamá Vieja por el bloody Henry. Panamá Nueva no sería ya asediada por bucaneros de calaña alguna: sus fuertes murallas con  cañones de bronce,  aun permaneciendo mudos, infundían respeto. Habían ganado la tregua de los mares.

Figura  11: Plano Planta de la Ciudad de Panamá Nueva

En 1736 se suprime el régimen de flotas, se cierra la feria de Portobelo, se cancela la Real Audiencia. Las temporeras masas de feriantes no van a regresar más. En 1737 sobreviene el Fuego Grande, uno más de los provocados en la Hispanoamérica morena,  que devora dos tercios del caserío intramuros de Panamá Nueva. Solo se salva el Hospital de San Juan de Dios y casas aledañas. Fuera, el Arrabal de Santa Ana permanece intacto. Como en anteriores incendios se acusa de ello a impersonales manos asesinas, por todos sospechadas. Pero también se levanta el hartazgo de otras voces: demasiado incendio, demasiada madera, demasiada frustración, demasiado negro. Panamá tirita herida cuando pasa a formar parte del recién formado Virreinato de Nueva Granada (1739).

Los jesuitas son expulsados de España e Indias por pragmática de Carlos III (1767). Salen los ignacianos panameños camino de Portobelo al destierro; se les clausura la Universidad que tras el incendio de sus aulas, han tardado más de setenta años en reabrir dada la penuria de recursos propios. Habían aquellos frailes estudiado las lenguas indígenas y en ellas publicado gramáticas, diccionarios y catecismos. Iluminando desde el púlpito y el aula, almas y mentes con el resplandor de la lógica y de la ética, frente a la barbarie mercantilista de un presente sin futuro, que todo lo envolvía en su propia y material nube del no saber. Panamá ve menguar sus alcabalas y el sabroso Situado Real de antaño. Tampoco pueden ya sus muleros y ocasionales arrendantes de bohíos, tenderetes y galpones, especular con viajeros y feriantes sobre precios…no importa si de escándalo o ganga. La gallina de los huevos de oro ha fenecido, y la ciudad se despuebla inerme de vida urbana. Solo los morenos permanecen en una urbe, que al decir de un misionero sorprendido mas parece un pueblo de Etiopía que una ciudad de Indias. No se ha preservado en ella ese consuetudinario 20% de población de color, que las naciones coloniales habían aprendido en propia carne a no superar, porque la ira que la injusticia social soliviantaba a borbotones en aquellos mundos de ultramar, llegaba siempre al cielo, las más de las veces en forma de humo…negro.

            Figura 12: Orla y escudo heráldico de la Ciudad de Panamá. Año de 1521

El vigor racial del bozal africano frente a la insania ambiental del istmo, había potenciado la incontrolada, paciente y arisca, presencia masiva de su etnia en aquella costa. Y vendría otro incendio, el  fuego chico de 1755, y otro mas, y otro…pero no por ello cesaba el periódico y ardiente desorden generador de miseria. A final de siglo será Panamá, aquella que fuera Roma del Pacífico, una escombrera de solares vacíos y naturaleza intrusa, edificios ruinosos y hambre. Llegarán luego los transitivos mesías arreglándolo todo, hablando mucho, cambiando más y construyendo nada. De nuevo el humo esta vez semántico, el exaltado verbo huero, la vacuidad, la ideología filosófica, la Revolución Francesa, la masonería… Un siglo entero arrancado del calendario a su historia de patrimonio humano. ¿Y sus gentes?, bazofia, puro rebaño de la particular mesta que los políticos de turno aperrean a su antojo para meterlo en su aprisco.

Aparecen los novicios buscadores de oro californiano, que remontarán en oleadas de bongos el Chagrespara regresar por la misma vía, algunos de ellos ricos, otros enfermos, otros nunca, a las ciudades atlánticas de Nueva Orleáns, Savanah o Nueva York que les vieran partir. Pero aportan un fugaz hálito de vida y sustento a la agónica Roma. Un último estertor de la Fiebre del Oro que habría de preñar con nuevos malhechores, nuevas meretrices, nuevos salteadores de caminos, nueva delincuencia, nuevas Nombre de Dios, las viejas sendas de la vetusta Castilla del Oro, en un pertinaz redoble de la Historia ya sabida, narrada  por los cronistas de Indias desde cuatro siglos antes. Redoble con toque de retreta que sería bruñido sin contemplaciones étnicas por las milicias norteamericanas de la Nueva Compañía, donde el apartheid resultaba moneda áspera al tacto. Otra manera de hacer Imperio más adusta y fría que la conocida hasta entonces, había retomado para mejora futura del istmo, el caduco y fracasado proyecto francés del Canal de Panamá, para capacitarlo y concluirlo. Y esa iba a ser la nueva Feria Panameña que había de retrotraer pasadas glorias, satisfacciones y sueños. Pero esa, amigo que lees y piensas, esa es otra historia.

Figura 13: Canal Interoceánico

 
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Contexto Histórico de Portobelo – IV

Cuando sobrevino aquel ataque, el San Jerónimo tenía todos sus cañones desmontados de sus pútridas cureñas. Santiago de La Gloria, aunque disponía de cañones útiles, resultaban ineficaces ante la distancia de tiro necesaria para alcanzar los barcos de Vernon, lo que provocaba gran risa entre los británicos de a bordo. Fuera de la bocana nunca sobrepasada, amparaban su disculpa para no sobrepasarla en la marea y los vientos contrarios. Fueron los marines quienes saquearon una ciudad abandonada de sus escasos moradores de época muerta, carente de ferias desde que comenzara el bloqueo, escarmentada testigo de fechorías predatorias asociadas siempre – hoy todavía – a gentes arriscadas de habla inglesa. No fue este el caso, porque después de hallar un exiguo botín ciudadano de 10.000 pesos destinados al pago de tropa, levantaron el campo y el flamante caballero Vernon tras capitular la rendición de la plaza regresó a Jamaica, al parecer sin provocar torturas, ni revanchas, ni incendios. Como contrapartida se llevó 40 cañones de bronce y 24 bombardas, lanzando al mar cañones de hierro y fusiles, y demoliendo hasta su raíz los castillos y parapetos que habían quedado en pie. Conforme a la maldita insania con que la fama del lugar anatemizaba al europeo en general y al británico en particular, poco tiempo demoró su escape de la ciudad hacia otras costas, no sin llevar a remolque la balandra y una de las fragatas, porque a la otra fragata faltóle tiempo para enviarla a Inglaterra con la buena nueva para su rey. Pero en el panorama global de la guerra contra España su acción sobre Portobeloera un fracaso táctico, pese a la subsiguiente destrucción del  Fuerte de San Lorenzo de Chagres, llevado a cabo en la primavera entrante con el ánimo de tomar Panamá por elCamino de Cruces. La ciudad del Pacífico había sido avituallada desde Perú, corregidas a tiempo sus carencias artilleras y tomadas las armas contra el inglés por todos los forasteros en plaza. Contra ellos se estrellarían los 2500 marines de la Royal Navy y 500 negros de desembarco conducidos en 53 embarcaciones que Vernon, río arriba, lanzaba sin saberlo hacia una sucesión de letales emboscadas. Con los supervivientes de aquella debacle, izará velas para abandonar  la empresa panameña y retornar a su base de Jamaica a la espera de mejores vientos.

La idea de copar el istmo desde ambas orillas, para yugular el Imperio Español, era un proyecto ya planteado desde la centuria anterior en el ParlamentodeLondres, pero la crecida Inglaterra no había alcanzado aún la necesaria supremacía del mar, que ahora disfrutaba. La formidable escuadra de Vernon aportada en Jamaica, debía invadir el istmo desde la costa caribe, en tanto que la invasión por el Pacífico y Panamá, habíase encomendado al comodoro George Anson y su flota de seis barcos de línea más dos cargueros de apoyo, que saldrían demasiado tarde de Inglaterra rumbo al Mar de Hoces y el Pacífico (1741). Pero solo tres de sus barcos iban a lograr doblar el Cabo de Hornos. Maltratados sus hombres por el escorbuto, debería Anson abandonar otros dos  por falta de brazos, prosiguiendo la remontada oceánica hacia el ecuador, con el solitario Centurión, buque insignia de su armada. El comodoro inglés había olvidado ya a estas alturas el cometido imposible de atacar Panamácon sus reducidos medios, y solo soñaba con capturar el confiado Galeón de Manila que había de singlar más al norte por aquellos días. Vernon nada sabía de la suerte de Anson; su calidoscopio particular llamábase ahora Cartagena de Indias, a la sazón sin virrey de la Nueva Granada, fallecido unas semanas antes. Escribe como advertencia una jactanciosa carta, que envía con la balandra capturada en Portobelo, dirigida al Comandante General de la Armada de Tierra Firme, Don Blas de Lezo, ya conocidos de pasados lances en otros mares. Al saberlo ahora con mando en plaza, no puede menos que espetar ¡God damned, it´s the same bastard!. Toda una premonición de la nueva e inexorable colisión que el parlamentario-almirante estaba abocado a enfrentar contra el viejo pero renovado hijo de mala madre, mando supremo de la plaza cartagenera. Y de su armada, compuesta a la sazón por siete galeones y dos registros, agazapada a la espera de acontecimientos en la Bahía Exterior de la propia Cartagena. Una empalagosa y fatua misiva que el mutilado guerrero pasaitarra, conocedor de la vergonzante rendición de la ciudad  tras la Batalla de Portobelo, y del insulto hecho a la plaza del Rey, mi amo,  recibe y refuta a bordo de su Conquistador con las palabras de dignidad herida de quien espera la hora de la verdad:  … bien instruida VE del estado en que se hallaba aquella plaza, tomó la resolución de irla a atacar con su escuadra, aprovechando la oportunidad de una imposible defensa para conseguir sus fines … puedo asegurar que VE me hubiera hallado en Portobelo para impedírselo si las cosas hubieran ido a mi satisfacción, incluso para buscarle en cualquier otra parte, persuadido de que el ánimo que les faltó a los de Portobelo, me hubiera sobrado a mí para contener su cobardía … y si VE lo dudare, podrá preguntárselo al Gobernador de esa isla (Jamaica), quien enterará a VE de todo cuanto le tengo expresado... Y la hora de la verdad entre ambos marinos llegaría meses después en la Batalla de Cartagena de Indias, donde el mediático pero derrotado Vernon comenzará a palparel ocaso de su plenilunio parlamentario y naval, especialmente luego de llegada a Inglaterra y conocida su humillante verdad. Lo que esta vez produjo menos risa a los británicos. Pero desató la franca carcajada entre los españoles al conocer que Londres había emitido, avant la lettre, nuevas medallas para conmemorar la rotunda victoria de su héroe en Cartagena, aunque fueran prestamente retiradas para enmudecer su entuerto.

La decadencia económica del enclave y la lucha combinada de las potencias europeas contra la piratería en América eran patentes, pero aún así Portobelo iba a sufrir un último y significativo ataque. El contrabandista inglés William Kinghills (1744) devenido en  nuevo Jenkins frustrado por la acción de los guardacostas españoles, a pesar de conservar todavía incólumes ambas orejas, penetra inopinadamente en la bahía y comienza a batir la ciudad con el fuego de sus cañones. Dañará la Aduana y gran parte del caserío antes de ser rechazado de sus aguas. En ausencia de los bergantines de guarda en misión de bojeo, serán las baterías de 15 cañones instaladas por el nuevo gobernador, las encargadas de repeler el ataque. Alsedo y Herrera había mandado levantarlas en fajina y tierra junto al reducto remozado del Fuerte San Jerónimo(1741), para repeler supuestos ataques contra aquella nada. Se trataba de una alternativa provisional a la reconstrucción de los castillos arruinados por Vernon, que resultó efectiva, bajo el nuevo rol de Portobelo como presidio periférico lejos de frontera.

                   Figura 15: La Aduana de Portobelo en su estado actual

Firmada la Paz de Aquisgrán (1748), la feria de Portobelo nunca sería repuesta y  sus tradicionales defensas apenas remozadas para nuevo cometido. Plata, mercancías y caudales accederán por el Magdalena Mdirectamente a Cartagena, Santa Marta o Riohacha.  España se siente incapaz de mantener su tradicional monopolio comercial con América, y permuta todo régimen de Flotas y Galeones o Escuadras por el de registros sueltos, barco a barco, con lo que el istmo empieza a perder su relevancia estratégica y económica. Se suprime la Audiencia de Panamá, que acompaña a Portobelo en un irreversible declive. En adelante los navíos de asiento (uno por feria y nación amiga) serán como nómadas solitarios que peregrinan el Atlántico. Portobelo pasa a ser un presidio de control del contrabando y las posibles cabezas de playa enemigas. Es en este contexto cuando se proyectan nuevas defensas o reconstruyen las útiles, de acuerdo a las tácticas y cánones bélicos vigentes. Pocas flotas de muchos barcos y destino fijo pasan a formar muchas flotas de pocos barcos con destino vario. Se multiplican los puertos emisores y receptores de la Península y las Indias, el contrabando en América se vuelve incontrolable. De España llega al Caribe lo más granado de su ingeniería militar. Se renueva el Fuerte San Lorenzo el Real de Chagres, santo emblemático de Felipe II en cuya festividad derrotara a los ejércitos de Francia en San Quintín (1557) y a cuya advocación levantara el Monasterio del Escorial que lo rememora.

Destruido finalmente por Vernon tras tres intentonas fallidas en otros tantos años precedentes, el Castillo de Chagres asumía finalmente en nuevo proyecto una planta rectangular adaptada a la cumbre del peñón que servíale de asiento. Supervisado por el Visitador de las Fortificaciones de Indias, el navarro Agustín Crame nos ha legado en magníficos planos las instalaciones por él aprobadas.

Figura 16: Caminos Reales para reatas y carros

Las defensas de la bahía de Portobelo iban también a ser reajustadas de acuerdo a los nuevos tiempos. Con los despojos del Todofierro demolido por Vernon comienza la construcción de las Baterías Alta y Baja del Fuerte San Fernando (1760) ubicado en su misma orilla y cerro, pero remetido hacia la Caleta del carenado. Mediante trinchera excavada, ambas plataformas a desnivel se unían entre si y su polvorín, protegidos todos en cumbre del cerro por una  Casamata que les cubría su espalda a tierra y a la costa abierta del llamado Puerto Francés. La Batería Alta dominaba la entrada de la bahía, y desde la baja podía entablarse fuego directo con los barcos intrusos que superasen la bocana. Frente a ellas y al otro lado de la bahía, se remozaba el Fuerte de Santiago La Gloria para cruzar con él su fuego y barrer todo posible acceso por aguas tranquilas al muelle. A su vera se represaba el torrencial Chorrillo de Triana, base de aguadas y suministro del agua a la puebla. La cumbre de su cerro espaldar, se dotó de nueva casamata para impedir que el enemigo se apodere de las alturas y domine los Fuertes. Las lecciones de ParkerMorgan y otros hermanos de la costa parecían haberse definitivamente asumido.

Figura 17: Las defensas históricas de Portobelo

Se abandona el inoperante Baluarte de San Pedro pero se refuerza el Fuerte de San Jerónimo con una plataforma a ras de agua, de bajo perfil y ardua percepción, elevando ligeramente el nivel de su piso y dotándola de merlones y troneras para alojar las bocas de fuego. Ellas serán las encargadas de desarbolar por proa las naves que se aproximen en rumbo de colisión hacia el muelle. Sometidos sus flancos a fuego cruzado desde las riberas, difícilmente podrían encarar sus bordos artillados a la lluvia de palanquetas que les vomita aquel cul de sac mimético tan difícil de acallar.

El Fuerte Farnesio originalmente de fajina y tierra (1726) se dota  de plataforma artillada con cuatro cañones. Situado en el promontorio sur de la barra de la bahía, sería el primero en abrir fuego sobre la flota enemiga en aproximación táctica, a la vez que el toque de zafarrancho para aprestar al combate toda la artillería fija del entorno. Crame dotaría todo el conjunto fortificado con un Campo proyectado en la Cumbre contra la venida de los enemigos por el Valle de Honduras (1779), reforzando así su perímetro sur. Se trataba de un nuevo presidio encaramado en el cerro sobre los techos de la ciudad, con sus cañones apuntando al valle entrante desde tierra adentro (hoy, de la Luneta) por donde anteriormente se habían burlado sus defensas.

                          Figura 18: Batería Baja del Fuerte San Fernando

La misma política de ajuste militar de las defensas costeras del istmo, iba a prever en el Camino de Cruces nuevos embarcaderos en los sitios de La Gorgona y en El Carroza y sus respectivos presidios. Se construye un puente de piedra sobre el río Hondo, definiendo un camino ahora local, pero que llegaría a una insospechada actividad durante la llamada Fiebre del Oro eclosionada en California a partir de su anexión a los EEUU (1848). Desde Nueva York, Savanah o Nueva Orleáns, llegan a Chagres miles de argonautas europeos, enloquecidos por la febril quimera.Siguiendo río arriba acceden a la ciudad de Panamápara embarcarse rumbo a California. Era en aquellos momentos, pese al riesgo cierto que entrañaba, la más segura y civilizada vía para alcanzar desde el Atlántico el salvaje far west del Pacífico, evitando el triple salto sin red sobre los chantajes, llanuras, desiertos, forajidos, indios y praderas norteamericanas.

En 1735 la Académie des Sciences de Paris había encargado a Charles Marie de La Condamine trasladar a tierras americanas, en paralelo con otra valoración en curso desarrollándose en Laponia (actual Finlandia), la medición exacta del cuadrante del meridiano terrestre, a fin de definir y cuantificar el valor conceptual del metro como submúltiplo exacto de ese cuadrante, y poder aceptarlo así como unidad universal de longitud. La misión científica que parte hacia América lleva a los connotados marinos de la Real Armada Jorge Juan y Antonio de Ulloa, que durante dieciocho años van a llevar a cabo una ingente labor científica de levantamientos topográficos y mediciones astronómicas, inmersos en esa nueva ansia del saber conocida como Siglo de las luces. Van a inspeccionar el istmo detenidamente, y con él a Portobelo. A la vuelta rinden en Madrid sugerencias pertinentes al rescate de las maltrechas defensas del enclave y en París un informe favorable a la viabilidad de construir un canal interoceánico siguiendo el trazado del río Chagre. Pasados unos años, España iba a acometer seriamente el rescate de aquellos fuertes arruinados. Y Francia iba a materializar esa apertura conocida hoy como Canal de Panamá, siguiendo la teoría empleada por Ferdinand de Lesseps en Suez, con un trazado prácticamente igual al propuesto por el obispo Berlanga 300 años antes. Todavía en 1799 Alexander von Humboldt, aconsejaba un canal de trayectoria coincidente con la del estudioso obispo. Pero nuevamente la insania del trópico con sus millares de apestados, iba a desbaratar también este primer intento de unir a nivel los mares del norte y del sur, intento que acabaría por convertirse en desastre nacional francés con la ruina contraída por más de un millón de sus familias. Pero el tesón humano, acabaría por imponerse mediante un canal a desnivel con esclusas, como los llevados a cabo en la Europa continental del siglo XVIII, hendida por múltiples canales navegables que evacuaban hacia las costas la producción frutícola y granera de sus tierras interiores. Se inauguraría por fin el Canal de Panamá en 1914, tránsito forzado para la navegación mundial, financiado y tomado en prenda por los EEUU, el nuevo y selectivo Imperio emergente. A su conclusión los haberes humanos pagados por su apertura, habíanse estimado en 500 muertos por cada km de su trazado. Era el costoso rédito de una gran empresa, una más de las emprendidas por los europeos en el Nuevo Mundo, comandados esta vez por una nación vernácula de nuevo cuño.

En 1746 la navegación mercantil española del Pacífico viene a cambiar de itinerario para doblar el Cabo de Hornos, por donde pocos marinos se habían aventurado hasta entonces. La Flota de La Plata (base Montevideo) se encarga de comerciar directamente entre el virreinato sureño recién creado y la metrópoli. Todo viene a confirmar la marginación del istmo panameño como puente del comercio del Imperio español, y la que fuera sede de la espléndida feria portobeleña queda para el recuerdo como el gallardo enclave costero que fue. Un Patrimonio de la Humanidad con la nobleza de su piedra incrustada en la bella bahía de Tierra Firme que Colón significara, y que vino a imprimirle respeto e identidad legendarias. Testigo es hoy de su relevante papel en la historia del continente, donde las nuevas generaciones acuden para admirar la dignidad de su porte y henchir de añoranzas legendarias el corazón.

                                          Figura 19: El Portobelo de hoy

Notas adicionales:

Jorge Juan y Antonio de Ulloa, que durante dieciocho años van a llevar a cabo una ingente labor científica de levantamientos topográficos, mediciones astronómicas, verificaciones climáticas y meteorológicas, estudios de fauna y flora, prospección de minas, valoración de yacimientos, navegabilidad de costas, inspección de fuertes, y un largo etcétera que solo mentes privilegiadas son capaces de gestionar en tan enorme espacio geográfico, inmersos en esa nueva ansia del saber conocida como Siglo de las luces.

 
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Contexto Histórico de Cartagena de Indias – III

Con la Batalla de Lepanto, “la mas grande ocasión que vieran los siglos”, ganada por los cristianos reinos frente a turcos y berberiscos (1571), las galeras del Papado,  Venecia, Génova y España habían triunfado en toda la línea mediterránea tras medio siglo de dominio otomano causado por la ambigüedad de Francia. Era la victoria de las naves de remo y vela frente a las naves mancas. Móviles y maniobreras en la encalmada, poco calado a prueba de navegación costera y acción directa con sus cañones de proa sobre enemigo enfilado tanto a bordo como en tierra, eran sus infalibles virtudes. Pero solo artilladas por proa y popa, perdían sus flancos la potencia de los cañones de andanada, ocupados ahora por dos niveles de poderosos remos. La experiencia de Felipe II trayendo galeras al Caribe, no iba a tener sin embargo el éxito deseado. Indudable contra la morralla filibustera, más que dudoso frente a naos piratas con veinte o más cañones por banda, las galeras armadas de Santo Domingo y Cartagena de Indias no habían de perdurar mucho. Serían reemplazadas por galeones de alto bordo con popa y proa realzadas para apostadero de fusilería. A la dificultad de conseguir galeotes penados o enemigos que forzar, la inapta disposición indígena para el remo contribuiría al fracaso de las galeras del Caribe, naos nunca repuestas tras la prueba bélica o el incendio aleve de su azarosa vida. Pero triunfan en cambio los champanes filipinos cuyos planos llegan desde  Veracruz a través de recién fundado Galeón de Manila – Acapulco (1565). Serán construidos en Cartagena y empleados en la navegación de cabotaje interior por el segundo tramo del Canal del Dique, impulsados a brazo partido por una docena de bogas, fornidos braceros pardos o zambos. En 1536 Gonzalo Jiménez de Quesada, fundador de Bogotá, había visto naufragar en las cambiantes bocas del Magdalena varios de sus bergantines de apoyo que trataban de remontar las aguas fluviales hacia la penillanura bogotana. Conocedor de la existencia de champanes en Macao por uno de sus pilotos, portugués navegado en los mares de China, consigue construirlos por primera vez en América. Pronto se convertiría en la embarcación por excelencia de aquella mutable red de venas fluviales. Pujando con pecho y brazos largas pértigas bífidas afianzadas al fondo, los bogas recorrían los bordos de proa a popa, llevando como única vestimenta sobre sus partes un incoloro guayuco. Conocedor de las  bondades marineras de la sutil chalana, el cabildo cartagenero logrará construirlas en su astillero según planos de Manila y toldilla de palma trenzada y hojas de vijao como solo los indios saben urdir, para resguardo del sol y los aguaceros, a fin de instrumentar la navegación de mercancía y pasaje por su canal interior.

A partir de la fusión de coronas española y portuguesa sobre la testa real de Felipe II (1580), llegan  a Cartagena nuevos comerciantes castellanos y criollos, además de lusos y judíos, expulsados estos últimos de España en 1492 pero acogidos en Portugal, que pueden ahora regresar a estas otras Españas. Su crecimiento es en esos años poderoso, y sus edificios se multiplican. Los primeros hornos de cocción de cal montados por los jesuitas años antes, estaban cambiando la estética ciudadana de los tradicionales techos caribeños a base de gamelote y caña. La bonanza económica levantaba ya los nuevos edificios en ladrillo o en cal y coquina. Canteras y hornos de cal van abriendo nuevas explotaciones en costa e islas de Barú y Tierra Bomba. En una cadena sin fin, bongos, barcazas y almadías se suceden para traer los materiales a la ciudad sin exponerse apenas  en aguas abiertas. La demanda de materiales es tal, que el Cabildo prohíbe que tejas, cantería y cal, sean utilizadas fuera de Cartagena. Por decreto del gobernador, los solares baldíos deberán ser  expropiados en plazo de un año para dar cobijo a las demandas de emigrantes que piden plaza… Pero en 1586 veinte velas de Francis Drake asoman frente al caño de  Boca Grande con sus 1.000 hombres de chusma y desembarco. La repetida estrategia del corsario inglés, inveterado jugador de ventaja, iba pronto a ser conocida en aquellos mares: apabullar con una flota numerosa a los hasta entonces desprotegidos enclaves costeros de su católica majestad, que poco a poco y en forzada circunstancia, irían desarrollando sus propias defensas al nivel de las fuerzas que ocasionalmente aparecen para atacarla, acción sistemáticamente rematada con la consabida “vacuna” de modelo francés. Flota corsaria cuya financiación había que rentabilizar a base de jugosas presas, cuantas más y menos pérdidas propias, mejor. En época de tregua europea como la que entonces reinaba, las ciudades fortificadas del Caribe no esperaban frente a sus baluartes otra presencia que las pocas velas de un ocasional perro del mar, en busca de su vital carroña. Pero la flota de Drake son palabras mayores. Sin previa declaración de guerra entre las partes, el gobernador se apresta a una resistencia desesperada. Tras su obligada revista a defensas y defensores, toma conciencia de que poca es la pólvora útil que conservan  y menos durará sin duda el fuego cruzado de sus cañones. El pirata inglés mete las naves en aguas interiores intentando aproximar cinco de ellas al casco urbano, pero una cadena sobre barriles flotantes protegida por el Fuerte del Pastelillo (entonces Boquerón), le impide acceder a la Bahía de las Ánimas y su marginal Plaza del Mar. Imposibilitado del fuego directo sobre la ciudad, opta el pirata por el apoyo de tropas mediante el tiro de piezas por elevación, mientras desembarca su gente en la playa de la Caleta. Manteniendo la cadencia de fuego y el batir de sus cañones allende la cadena sobre boyas del Pastelillo, avanzan por tierra los asaltantes hasta el Baluarte de Santo Domingo, por donde abrirán la brecha que franquee su penetración en la ciudad. Cuando los cañones enmudecen agotada su pólvora, las autoridades ciudadanas junto a la tropa y los últimos moradores, abandonan la ciudad camino del Turbaco. Acogidos por esta “república de indios”, desde ella tratarán de negociar y salvar lo salvable. Una vez cesa el cañoneo defensivo, la turbamulta corsaria se abalanza hacia el interior por la brecha para capturar la ciudad (1586), mientras arden encalladas las dos galeras que Felipe II había mandado desde España para combatir a los piratas…

Cuando los desembarcados ocupan Cartagena, los moradores se habían disipado entre los cerros del entorno, vieja táctica de sobrevivencia en todo tiempo. El corsario inglés espera, quiere parlamentar con los vecinos. Se impacienta y quema en primer aviso 200 casas de la periferia urbana para obligar a que los desaparecidos den la cara. Y en la espera, indaga personalmente los pormenores del entorno ciudadano, mientras su soldadesca saquea por doquier lo privado y lo público, desmontando campanas y embarcando cañones. Conocedor desde niño de la lengua castellana, rebusca documentos, misivas, cartogramas y derroteros en los archivos de la Gobernación y la Aduana. Descubre la correspondencia confidencial del gobernador portugués de las Azores que le comunica al español su paso por aquellas islas de “el pirata Drake” que navega por el Atlántico hacia sus aguas. Ser tildado de pirata…es algo que enfurece al flamante miembro del sindicato corsario de Plymouth y Southampton, de cuyos réditos participa su propia reina, junto a connotados cortesanos palaciegos que también le financian sus depredadores raides contra la Corona española. Estalla en cólera por la ofensa recibida y en un primer impulso demuele a cañonazos una de las naves de la catedral en construcción. A medida que se prolonga el mutismo ciudadano del exilio, sus cañones van tumbando nuevos arcos y columnas de la catedral, la gobernación y otras  fábricas de piedra que emergen sobre la Plaza del Mar. No tardará mucho en aparecer el obispo al frente de la comisión negociadora. Drake exige y apremia, no vaya a ser que llegue la artillada Flota de los Galeones con su guarda de cagafuegos, que anualmente viene con la flota de Sevilla desde 1579.  Sabe por los espías de su Majestad Británica  que recorre ya las costas de Tierra Firme, desgranando puertos desde Isla Margarita y Cumaná hasta Nombre de Dios y a veces Honduras, pero que se resguarda y aprovisiona en Cartagena mientras la ciudad monta sus famosas ferias. Con su inopinado arribo podría crear el caos de su escuadra, ya experimentado en su Veracruz de infausta memoria unos años antes (1568), de donde el entonces joven pirata escapó de milagro en insignificada urca, en medio de la debacle de sus naves hundidas. Pero los cartageneros reúnen al fin el monto exigido, doloridos por la escucha lejana de los cañones que demuelen día a día sus hogares y su preciada catedral. En documento redactado en latín, exige la ciudad al corsario el acuse de recibo del rescate pagado. Drake firma sin dilación y acaba por largar velas con su botín, antes que los galeones de la Real Armada apunten las suyas sobre el azul caribeño.

Dos años tardará Cartagena en tomar nuevo pulso, tras superar éste, al añadido desastre del último temporal del norte. Entrando por la brecha de Santo Domingo abierta por la hueste de Drake, las olas van arruinando el paño de la muralla a mar abierto y sus edificaciones próximas durante aquel invierno. Con el pase de temporales se reconstruye la muralla, y se establece una guarnición militar fija que recorre los baluartes, a fin de llenar el vacío defensivo con establecimiento alterno  de fusilería y bombardas. Hallado el deseado mineral de azufre, comienza a fabricarse en Quito la primera pólvora criolla, enclave de suministro seguro para todo el Virreinato del Perú, Panamá y Portobelo incluidos. Cartagena lo recibe sin peligro pirático por su silente y discreto Canal del Dique.

La Armada del Mar Océano o Guarda de la Carrera de Indias era operativa desde los tiempos subsiguientes a la “hazaña” de Jean Florín con el Tesoro de Moctezuma (1522). Aquellos primeros años se bifurcaba entre Santo Domingo y Cartagena. Mas adelante serán Veracruz y Cartagena-Portobelo sus metas. Cada año, zarpaban de Sevilla las Flotas de Indias en enero y septiembre y en mar abierta uníasele la Armada del Mar Océano, que había de custodiarlas hasta el Caribe. Con su nao Capitana al frente, su Comandanta cerrando flota, y pataches de órdenes y aviso, tomaba rumbo a las Azores navegando en conserva.  A la altura de Martinica o Guadalupe se dividía en dos: la Flota de Barlovento o Flota de Cartagena, y la Flota de Nueva España que tomaba rumbo a Veracruz. Una Armada de Tierra Firme custodiaba las naves que enrumbaban a Isla Margarita y Cumaná, además de las que seguían costa hacia los puertos de La Guaira, Maracaibo, Riohacha, Santa Marta y Cartagena, donde rendían viaje. Carenadas durante las consiguientes ferias que coronaban su llegada, las naves seguían después la línea de costa hasta Nombre de Dios primero,  Portobelo después. Entre tanto, la Armada del Mar Océano acompañaba a  Veracruz el resto de navíos, que bajo el nombre de Flota de Nueva España, rendía viaje al amparo de San Juan de Ulúa. A la llegada de los galeones venidos de Sevilla montábanse las esperadas ferias de los puertos receptores. Eran las de Cartagena y Portobelo (Nombre de Dios los primeros años) y Veracruz, las más importantes; mientras duraban sus ferias, los galeones de escolta permanecían vigilantes en rececho.

A partir del saqueo de Drake, Cartagena de Indias iba a ser paulatinamente fortificada. Además de las murallas circundantes de reminiscencia medieval, fueron levantados baluartes y bastiones estratégicos en su periferia, según las ajustadas técnicas castrenses de la Europa contemporánea, perfeccionadas durante la guerra franco-española de Italia y el descubrimiento de la mina explosiva por los tercios españoles de Flandes. Un nuevo y más amplio muro defensivo de piedra rodea Calamarí y el perímetro de Getsemaní frente a tierra firme, mar abierta, ciénagas y bahía. Desde las últimas décadas del siglo XVI, Cartagena es de facto el enlace neurálgico entre Tierra Firme y el Virreinato del Perú  con el Caribe, a través de Portobelo y Panamá y sus connotadas ferias. Como base de operaciones de los galeones que vinieron a sustituir las galeras de la periclitada Armada de Barlovento, llamada en adelante Armada de Tierra Firme, constituye la plaza fuerte continental que cobija y despacha la Flota de Barlovento o naves comerciales que anualmente trafican con España y Perú. Las naos merchantas que con la ocasión van confluyendo a Cartagena, engrosan la Flota de Tierra Firme, que se mantendrá al resguardo de su bahía. Cuando la Flota del Mar del Sur (base Callao) llega a Panamá, sale la Armada de Barlovento hacia Portobelo para custodiar la feria: dos de sus galeones regresarán con las bodegas llenas de plata peruana. Se trata de los Galeones de la Plata, marcados  por su doble fanal siempre prendido, que deberán llegar a Sevilla cargando el Quinto Real. Concluida la feria de Portobelo, los  Galeones de la Plata, ocluidos en la Armada de Barlovento, regresan a Cartagena. El Quinto Real del Perú engloba los impuestos, tasas y gravámenes que la Corona detrae a banqueros, empresarios y comerciantes del Virreinato. En razón de su preciada carga se les asigna el nombre “Galeones de la Plata”, que irán navegando siempre rodeados por el resto de naves de la formación. Salen Flota y Armada de Cartagena en convoy hacia la Habana, Capitana delante, Almiranta detrás y Galeones de la Plata como corazón del naval despliegue. Reunidos en la Habana con la Flota de Nueva España (base Veracruz), constituirán la “Flota de Indias” o “Carrera de Indias”, que por ambos nombres serán conocidos estos despliegues navales que superan a veces las 100 velas merchantas sobre el Atlántico. Nuevamente navegando en formación y protegida por  la Armada del Mar Océano, la flota tomaba puerto en Sevilla al principio y Cádiz años después.  Entre tanto, la Armada de Barlovento desde la Habana había regresado a Cartagena para seguir patrullando las costas de Tierra Firme hasta Yucatán. Años hubo en que la estrategia de flotas, obligó al Consejo de Indias a individualizarlas, tras diferir la salida de alguna de ellas por despistaje y tácticas coyunturales. Siempre recibidas las órdenes del zarpe y derrota en sobre lacrado, para abrir a los tres días de hacerse a la mar.

 
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Contexto Histórico de Cartagena de Indias – II

Años antes a la fundación de Cartagena del Poniente, sin declaración previa de hostilidades, el corsario francés Jean Florín (1521), al mando de 8 barcos había capturado inopinadamente en las Azores, dos de las tres naves enviadas por Cortés a Carlos V con el Tesoro de Moctezuma. El oro copado revolucionó la Francia de su tiempo con un Francisco I que promovía el corso con cuanto connotado marino se lo solicitaba. Pero alertado quedaba también el joven monarca español, que en contrapartida iba a conceder numerosas patentes de corso a marinos ribereños del Cantábrico, para acoso del francés que se avistase en aquellas aguas de su propio mar. El pirata Florín acabaría sus días colgado de una  horca, denegado su juicio previo por orden directa del Emperador, tras enterarse por un emisario de que lo había capturado el corsario vasco Martín de Rentería.

Ante la inminente perspectiva de guerra multifronte con Francia, estructura  España su comercio marino con América a base de dos flotas anuales: una dirigida a Cartagena – Nombre de Dios, y la otra a Santo Domingo con recaladas en Dominica a la ida y La Habana al regreso. Ambos reinos se disputan sobre Italia la hegemonía de Europa, y rotas las hostilidades, el incipiente asentamiento portuario de madera, bahareque y palma que era Cartagena del Poniente en aquellos primeros años, veía huir a sus gentes hacia los cerros portando valijas y dineros con demasiada frecuencia, ante cualquier dudoso perfil de velas en sus aguas. Indefensa frente a la piratería, una Cartagena sin fortificar iba a ser pronto desvalijada por la furia depredadora del  hugonote francés de noble cuna Señor de Roberval (trucado en Robert Ball a secas para los caribeños, 1543) tras ocuparla en día de significada fiesta. El día en que la ciudad prepara la boda de la sobrina del propio Pedro de Heredia, reconocido espadachín desde sus años mozos, tiene el Gobernador que defender codo con codo y a punta de espada junto a su hermano, residencia y familia, hasta comprobar que sus deudos han huido a descampado, en cuyo momento abandonan la lid y huyen tras ellos. Con una pequeña escuadra de 4 barcos, 450 hombres y la guía inestimable de un piloto resentido por vieja querella ciudadana, el corsario se ha filtrado inadvertidamente en la bahía interior amparado por la oscuridad de la noche. Los confiados moradores duermen sin sospechar el zafarrancho que les acecha. Con las primeras luces del alba escucha la somnolienta Cartagena músicas y redobles que cree prolegómenos de un festivo día de sonados esponsales; no acierta a comprender que se trata de un rebato desesperado de alguaciles que tratan de alertar el grave peligro, cuando ya la chusma francesa se desparrama sable en mano por las calles cartageneras. Huye como puede la población, pero queda el obispo. El será quien trate con el hugonote el rescate exigido, so pena de ver convertida en pavesas la ciudad y estrangulada su reverendísima. Acogido en un poblado indio con otros ciudadanos, Pedro de Heredia se entiende con los enviados del obispo para convenir un rescate de 20.000 pesos de oro que deberá reunir la ciudad. Rescate que habría de servir como apoyatura al Juicio de Residencia por mal gobierno y huida vergonzante con que sus enemigos maquinan denunciarle ante la Audiencia de Panamá. Tras cobrar el rescate, Roberval se retira a sus naves y según lo convenido, se hace a la mar. Años después aparecería colaborando con Jacques Cartier en el fallido intento de colonización francesa del río San Lorenzo en el Canadá.

La cada vez más peligrosa navegación costera aumentaba su riesgo en la época de brisa (el alisio del nordeste, época húmeda, abril- octubre, verano boreal amplio) cuando los perros del mar descendían de empopada hacia el Sur desde sus guaridas insulares de las antillas. Pero  ascendían luego por la aleta hacia Honduras con la llegada de la época de viento (contraalisio de componente sur, época seca, noviembre-abril, invierno boreal amplio) con lo que batían toda la costa continental caribeña según las estaciones del año. Y a tales estaciones se atenían siempre los expectantes colonos de la costa y la navegación de cabotaje costero. El cabotaje interior por el Canal del Dique suponía en tales momentos un seguro resguardo para el tráfico de bastimentos y mercancías desde los pastizales y sembradíos de Quito (1534), Cuzco (1534)  Popayán  (1537) y Sta. Fe de Bogotá (1538) sin tener que asomar velas a unas costas transidas de piratas.

              También la bahía de Cartagena era un seguro resguardo para las naves, además de una fiable protección de su puebla debido al inaccesible frente rocoso, plagado de escollos y confusa mar rompiente bajo brisas y vientos, que imposibilitaba todo acceso directo a ella desde la mar abierta. Si bien la escasez de agua dulce fue en principio motivo de dudas, pronto fueron acalladas estas con la construcción de aljibes abundantemente nutridos por el régimen de lluvias tropicales, diseñados con generosas limahoyas de  tejados a cuatro aguas. Su posición geográfica próxima al río Magdalena, vía natural de penetración continental, iba a ponderar su peso específico en la red comercial que poco a poco iba tejiendo el Imperio Español, como nudo de enlace con el altiplano quiteño y las perlíferas isla Margarita y ciudad de Panamá. Y por ello punto de confluencia de barcos de cualquier puerto con cargas que feriar o negociar en la ya empezada a conocer como Cartagena de Indias, con fama de resguardo seguro frente al fresco alisio y los temporales caribeños.

Las Indias, todo un proceso de transferencia legendaria de atisbos medievales, realimentado por el ibérico asomo hacia mares desconocidos. El Preste Juan de las Indias era un mítico gobernante cristiano del lejano oriente, que según relatos europeos perpetuados hasta época colombina, era mandatario generoso de un fabuloso país pleno de riquezas y mágicos tesoros. Mitad patriarca, mitad paternal presbítero, era en la imaginaria colectiva heredero de los discípulos del apóstol Tomás y descendiente de los Reyes Magos. Su lejana y aislada nación se encontraba rodeada de países musulmanes y paganos. Objeto de búsqueda durante generaciones, seguía lejos del alcance de los europeos, pero cercano en su fantasía compartida. Los primeros navegantes portugueses que regresaron de Calicut y Malaca a finales del siglo XV, convencieron a Occidente de haber encontrado en el Negus de Etiopía, católico Rey de Reyes, el heredero del Preste Juan, corroborando así la situación geográfica de Herodoto. << De estas Indias, pues, del Preste Juan, donde ya contrataban (mercancías) los portugueses, se llamaron nuestras Indias, y así lo nombraba siempre Cristóbal Colón >>, testifica el historiador López de Gómara, apostrofando así a perpetuidad al sorpresivo mundo surgido del océano. Junto a la leyenda de la isla Antilla, las amazonas y la reina California, las Indias del Preste Juan suponían aceradas esquirlas del oscuro Medioevo incrustadas en el luminoso Renacimiento, cuyo afán descubridor iba alumbrando poco a poco el panorama  del saber europeo.

Todavía encontrará una ciudad desprotegida, inadaptada a los turbulentos tiempos que corren, el hugonote Martín Côte (1560), que con 7 barcos y más de 1000 filibusteros pone sitio a Cartagena tras asaltar e incendiar Santa Marta, desde donde llegan informes por tierra del peligro que sobre ella se cierne. Pero sus construcciones han cambiado sustancialmente en las últimas décadas; donde antes dominaban la madera y el techo de paja, lo hacen ahora la piedra coralina, ladrillos y tejas. Un demoledor incendio ocurrido en los postreros días de gobierno de Pedro de Heredia (1552), había puesto fin a la era del bahareque y la caña de su fundación. Se nota ya ciudad próspera, sin parangón con la humilde Santa Marta de aquellos años, que su fundador había alcanzado a vislumbrar. Ante tamaña contingencia, manda el nuevo Gobernador abandonar la urbe y prepara su defensa excavando y escaqueando en derredor pozos-trampa con enhiestas y punzantes picas en su fondo, capaces de ensartar << hombres y bestias que en ellos cayeren >>. Son todos sus hombres de guerra 10 arcabuceros, 20 jinetes de lanza en ristre y 500 arqueros indios con flechas emponzoñadas, que aguardan la acometida pirata apostados en trincheras y zanjas improvisadas, mientras el movimiento de las desiertas calles es vigilado por algunos hacendados a caballo. Pese a la cautela tomada por los asaltantes que se aproximan hacia la ciudad por la playa, la repentina descarga de fusilería junto a la nube de flechas que sobre ellos cae una y otra vez detiene el avance de la hueste corsaria. Retiran sus bajas, pero son muchas las heridas de flecha, que bien saben causarán inexorablemente la muerte en las próximas horas. Una tras otra rebotan sus rabiosas oleadas contra las líneas defensoras, hasta que la munición de pólvora se agota. Entonces, a una señal convenida, emprenden al unísono la retirada hacia los manglares de Getsemaní y cerros posteriores, tras los ciudadanos que habíanles precedido en la huida hacia lugar seguro. Cuando la vociferante chusma siente el camino expedito, irrumpe en la desierta ciudad  como una destructora ola de marea. Entran en las casas robando cuanto hallan, derriban puertas, mutilan imágenes, profanan vasos sagrados, se llevan los bienes del clero y matan un clérigo que reza en la catedral. Su rapacidad no tiene límites, y se aposentan en la maltrecha urbe decididos a no abandonarla hasta que sus ciudadanos paguen la correspondiente “vacuna”, así llamado al rescate pactado para no quemar la ciudad ni degollar a los pocos prisioneros que han capturado. Por 4.000 pesos de oro abandonarían el lugar sin más retaliaciones, y así lo hacen, pero las bajas entre las que se contaba su ahora lugarteniente y conocido perro del mar Jean Beautemps, habían sido muchas, e iban a marcar su filibusterismo futuro. Sobre De Côte y cuatro de sus barcos jamás se supo nada cierto; solo conjeturas sobre su retiro a cierta isla en compañía de una india enamorada. Los otros 3 barcos seguirían costeando la Tierra Firme hasta Honduras, uno de los cuales se sabe llegó al Yucatán. Tratarán de establecerse sus hombres en Trujillo, Campeche y Valladolid, camuflados entre los pobladores hispanos. Pero más de una docena de ellos serán detectados por sus formas y costumbres sospechosas de herejía, y denunciados a los Tribunales de la Inquisición locales. Y consecuentemente juzgados y condenados a diversas penas, aunque no consta que ningún hugonote fuera por aquellos años condenado en Nueva España a la pena capital de la hoguera.

En 1568 el pirata y negrero inglés John Hawkins en compañía de su pariente el aprendiz Drake, con una flota de cuatro naves grandes y 7 urcas y pataches, se presenta ante Cartagena y envía un bote con emisario, anunciando al gobernador que trae suficientes cargas y esclavos para montar una feria. Experimentados los cartageneros en añagazas piráticas, rechaza el gobernador la oferta, a la vez que apresta su hueste militar a la defensa. Tras una semana larga de intercambio de emisarios y fuegos intimidatorios desde mar abierta, desiste el inglés de su “feriante” empeño, no sin antes amenazar que volverá con flota más numerosa. Nunca regresaría Hawkins, pero Drake había aprendido ya el camino.

La proliferación de “perros del mar” por todo el Caribe en general, y los frecuentes avistamientos sospechosos en aguas cartageneras en particular, habían decidido a su gobernador a formar milicias ciudadanas que tan buenos resultados habían dado en las grandes antillas. Componíanse estos grupos vecinales de autodefensa de gentes armadas a caballo, pertenecientes a la clase social acomodada, que habitualmente patrullaban la costa vigilando los movimientos de hombres y barcos en sus playas y auscultando la línea de horizonte, a la vez  que alardeaban de bruñidas armas y costosos arneses. El precio añadido por vivir en un puerto caribeño tan solicitado como Cartagena, implicaba además de una vigilancia esmerada, una eficaz defensa fija y otra móvil. A partir de estos contratiempos empiezan a construirse los fuertes del Boquerón y la Caleta. Se envían 7 bombardas de bronce, 200 picas, 100 arcabuces, cuatro quintales de plomo y noventa barriles de pólvora, que tratarán de mantener siempre como dotación mínima operativa. La piratería se ha vuelto una pegajosa plaga, que las más de las veces asalta alguna nave que llega desprotegida, para darse a la fuga apenas notan que son detectados desde el presidio. Son los crueles y miserables perros el mar, delincuentes sin patria ni credo, que viven de la rapiña, la extorsión y el secuestro de todo cargamento o pasaje que cae bajo su zarpa en aquellas aguas, mayoritariamente surcadas por mercantes hispanos. Pero entre las armas inventariadas como mínima defensa se encuentra la pólvora, que se deteriora rápidamente en climas tropicales, tal que pasadas unas semanas enmudecen los cañones. Y en el Nuevo Mundo ha sido hallado oro, pero no piedra de azufre que hace la pólvora, y sin ella no habrá forma de conservar el oro. Se envía azufre y salitre desde España a la más desarrollada Habana (1570) para la fabricación, barrilaje y distribución de la pólvora, pesadilla de baluartes y navíos durante todo el siglo XVI. Cartagena, creada para el comercio defiende su estatus creando astilleros para la construcción, carenado y equipamiento naval de su transitada dársena. En 1575 Felipe II  le otorga el título de “muy noble y leal ciudad”, y dos años después se inicia la traída de aguas,”obra romana importantísima” al decir de su gobernador, de manera que para entonces se la considera ya como la “tercera ciudad de todas las Indias”. Pero se abandona el proyecto de acueducto con el gobernador entrante, proclive a cambiarlo por nuevos y mayores aljibes públicos, para evitar la vulnerabilidad puntual del suministro lejano del agua durante ferias y asedios. Ya para entonces Cartagena de Indias aparece como una ciudad asentada sobre una Calamarí fortificada. Su casco de ciudad  comerciante y marinera, se va formando, sin la trama geométrica tradicional de los asentamientos castellanos del Nuevo Mundo. Sus calles rectas se adaptan al espacio insular disponible, en haces pretendidamente ortogonales, para conformar 40 manzanas y 2 plazas neurálgicas sobre el islote, puntos características de los puertos españoles del Caribe. La portulana Plaza del Mar o Plaza de la Aduana, residencia de los oficiales reales, donde descargan desde siempre los galeones sus feriantes cargas y abren sus tiendas comerciantes y carniceros, royo justiciero de agarrotar delincuentes incluido, y La Plaza de Armas o Plaza Mayor, mentidero de consejas y festejos, con su Catedral presidiendo el quehacer ciudadano. Hacia finales del siglo alcanzará las 2000 habitantes con un núcleo urbano que se desparrama, mediante el puente de madera de San Francisco, sobre el anexo islote de Getsemaní que cuenta con otros 200 habitantes más y los corrales de ganado algo más lejos del casco habitado. Una tercera plaza urbana nacerá en Calamarí, conocida pronto como Plaza de los Jagüeyes, en razón de los abrevaderos estratégicamente repartidos en ella para solaz de caballerías y reatas que han de bregar diariamente en el sofocante clima.