Publicado el

Contexto Histórico de San Agustín de la Florida – IV

Old Spanish Trail

La aparición intermitente de merodeadores ingleses por aquellas costas sureñas, hacía sospechar a su Gobernador Manuel Cendoya la cercanía de algún ataque,  aprovechando el estado de inefectividad presente de las defensas pasivas de San Agustín. Reclama fuerza de trabajo indígena que retribuye con generosas dádivas de simientes, aperos de labranza, cuchillos, vasijas de vidrio y bisutería varia, desde cascabeles hasta cuentas de cristal, que el virrey envía periódicamente desde México y el gobernador distribuye a los caciques amigos. Dirigidos por maestros de obra y expertos canteros de Cuba, llegarán con el nuevo Gobernador Pablo de Hita esclavos y libertos antillanos negros, fuerza bruta los primeros, artesana los segundos, en un intento de acortar la debilidad defensiva del período constructivo del fuerte. A pesar de estas medidas la conclusión del ciclópeo castro iba a demorar más de dos décadas.

El proyecto original del Fuerte San Marcos sufriría una serie de modificaciones y mejoras que suceden a nuevas sugerencias e instancias militares de las capitanías caribeñas. Al inicial trazado con un Patio de Armas centrado y baluartes aguzados a los vientos, se suman las torretas de vigía en punta de baluartes, foso inundable perimetral exteriormente murado, revellín con puente levadizo en el frente de tierra, hornabeque exterior con hornos de caldear al rojo blanco los proyectiles de hierro para sus bocas de fuego…Pero también se circunscribe con muro de coquina la retaguardia del núcleo habitado, dotándolo de baluartes estratégicos en paños y esquinas, y se construye el Fuerte de Matanzas al sur, hito defensivo del acceso al puerto desde las aguas arriba del río que le daba nombre.

En aquella etapa de afianzamiento social y militar, San Agustín incrementa notablemente su producción agrícola, en tanto su siempre magra despensa afronta un período de bonanza. Se instauran rutas estables para la compra de grano con las tribus y misiones de los fértiles maizales de Apalache y Gualé, en una combinación selectiva de senderos indígenas, cañadas, rutas misioneras y trochas exploratorias. Se traen carpinteros de ribera para la construcción de embarcaciones de cabotaje que comercien a lo largo de los enclaves floridanos de las costas del Golfo de México y las atlánticas. Se crean nuevas misiones intermedias que reparten las jornadas del largo camino comercial que une por tierra San Agustín con  aquellas otras de Pensacola y Mobile en la región de Apalache, incluso con Tampa y sus misiones de etnia calusa y los colonos novohispanos de su bahía. Comienza así a perfilarse en estos años la conocida como Senda de los Españoles en Florida que prolongada con el Camino Real de los Texas y el Camino Pita hasta la problemática frontera de los Adaes y Nachitoches en Luisiana, habría de concatenar la ciudad de San Agustín con la costa del Pacífico. Este viejo itinerario de 7000 Km de trazado, modernamente reconocido por investigadores propios rebautizándolo como Old Spanish Trail, escenifica el tránsito secular de rebaños, cueras de frontera, acémilas, chalanes y misioneros, pero también seguro escape de forajidos y cuatreros. Realmente unía las misiones, los fuertes y las ciudades de San Agustín, Gualé, Apalache, Pensacola, Mobile, Nueva Orleáns, San Antonio, Sierra Blanca y El Paso, atravesando los actuales estados norteamericanos de Georgia, Alabama, Mississippi, Luisiana y Texas. En El Paso, intersectaba la dilatada red de Caminos Reales de Nueva España, verdaderas suturas geopolíticas que vitalizaban el Virreinato de norte a sur, desde Taos y Santa Fe en Nuevo México hasta Guatemala, y de oeste a este entre los puertos de Acapulco y Veracruz. De El Paso, partía un Camino de San Diego, que venía a hilvanar Tucson, Fénix y Yuma con la misión franciscana de San Diego, para completar la travesía de los estados actuales de Nuevo México, Arizona y California, y con ellos el continente todo de costa a costa. Ocho años había tardado en recorrerlo por vez primera el náufrago Cabeza de Vaca en el siglo XVI, cuando aún estaban vírgenes de Europa aquellos inmensos pagos…

Desde 1693 Carlos II venía garantizando la libertad de los esclavos huidos de las colonias británicas, acogiéndoles como hombres libres en análoga circunstancia a la pléyade de libertos de color, ya campesinos, artesanos, amanuenses o curanderos que plenaban otros pagos del Imperio. Eran tenidos por excelentes taladores de madera para empalizadas y embarcaciones, preparaban las tierras para la sementera o el plantón y eran fama sus pacientes matronas como inmejorables amas de servicio doméstico. Si en primeros tiempos de duro sobrevivir se acogían al estatus de esclavo, podrían en mejor época comprar su manumisión, pagándole a su dueño el precio reglado o convenido. Así lo habían establecido de antiguo las leyes de Castilla y así se había recogido en las Indias. Era para ello condición sine qua non, abrazar la fe católica y jurar defender con su vida la roja Cruz sobre fondo blanco de Borgoña, enseña imperial asumida de sus ancestros por el Emperador Carlos V. Esta acogida resultaba políticamente rentable para la Corona española por motivo vario: aumentaba brazos y población en aquellas tierras hueras de ultramar, a la vez que hurtaba esos mismos brazos y potenciaba su efecto llamada sobre otros nuevos en las plantaciones de algodón o tabaco de las colonias británicas. Allí eran fuerza vital para mantener las plantaciones coloniales y las leyes imperantes lejos de su metrópoli, les condenaban a una dura esclavitud de por vida. Muy al contrario del Imperio español donde las leyes de Castilla o emanadas de la Corona y representadas por el Virrey, permanecían severamente controladas por los notarios reales y sus Juicios de Residencia, aplicables al cese de cada mandatario real.  El proceso de igualdad civil entre los blancos y las gentes de color o pardos, era favorecido por la Cedula de Gracias al Sacar, que les otorgaba plenos derechos reservados a los notables, so pago de una cantidad de dinero.

Con el comienzo del nuevo siglo muere en España sin descendencia Carlos II, el último vástago de la Casa de Austria. Concurren a la sucesión de su trono aspirantes extranjeros alineados  por intereses estratégicos tras las casas de Borbón y de Austria. La llamada Guerra de Sucesión (1700-1713) está servida, y Europa se inflama de nuevo. Inglaterra, en perpetua identidad insular consigo misma, trata de sacar partido de la contienda y ataca las posesiones españolas allí donde las haya, en nombre esta vez del candidato de la Casa de Austria, su pertinaz enemiga de las pasadas centurias. La paz llegará con el Tratado de Utrecht que asume como rey de España al Borbón Felipe V, sobrino del todopoderoso Luís XIV, Rey Sol de Francia y acérrimo enemigo del inglés. Entre las miserias de la guerra, la guarnición de Charlestown (actual Charleston, en Carolina del Sur) comandada por su Gobernador James Moore, ataca y destruye las misiones católicas del norte de Florida donde captura y esclaviza más de 4000 indios, que llegarían a constituir el 30% de la mano de obra forzada de las plantaciones coloniales de Carolina del Sur. Las alarmantes noticias que van llegando desde aquellas misiones anticipan al Gobernador español de la violencia que se aproxima con semejante partida de guerra, y solicita ayuda de la Capitanía General de Cuba. Pone la hueste inglesa sitio a San Agustín (1702), pero su artillería se estrella contra los sólidos muros de San Marcos, tras los que se han refugiado sus 1400 habitantes con 160 reses que estabulan en el foso como previsión de alimento mientras dure el asedio. Dos meses de cerco que tratan de superar aquellas familias allí confinadas, bajo disciplina e higiene castrenses impuestas por el Gobernador en evitación de pestes, a la vez que se racionan estrictamente los víveres. Pero San Marcos no acaba de caer y Moore pide a Jamaica un refuerzo que tampoco acaba de llegar. Lo que sí llega de La Habana es una flota de socorro con su inconfundible Cruz de Borgoña en los mástiles, que obligará a los exasperados sitiadores a quemar sus propias naves antes de verlas presa del enemigo. Copada la ciudadanía hispana en el fuerte, tratarán los ingleses en retirada de incendiar la desierta ciudad. Pero solo lo conseguirán parcialmente porque los sitiados acuden en tromba a sofocar las llamas cuando el enemigo levanta el campo. Aun dispararán los cañones desde San Marcos sus últimos proyectiles de reserva, a espaldas de una tropa que se bate en retirada franca hacia la espesura y los manglares.

Dos años después vuelve el humillado Moore, ahora ex-gobernador de Carolina, a la frontera norte de la Provincia de Florida. Sus más de 1000 hombres de Charleston e indios creek que les acompañan en la salvaje correría, masacran o esclavizan todo indígena adscrito a las misiones jesuitas y franciscanas. Peor suerte correrán los indefensos misioneros que son torturados hasta la muerte. Una inexplicable barbarie que, ajena al aguardiente, sería incompresible comportamiento de la humana razón. Barbarie que en pocas semanas iba a liquidar siglo y medio de paciente labor civilizadora. La inestabilidad y vacío de las regiones limítrofes entre las Carolinas y Florida tras estas jornadas de sangre, iban a propiciar la migración de la etnia mestiza seminola, descendiente de los creek, hacia el espacio vacante. Crecía a la vez el flujo de esclavos que lograban huir de las plantaciones negreras, buscando a través de las arruinadas misiones de Georgia el trazado de la Senda de los Españoles para llegar a San Agustín, y concluir en ella su vital escapada. Otros son interceptados por partidas de colonos británicos y nunca llegarán a la libertad, mientras que otros muchos cohabitarán con los creek y demás indígenas desarraigados de Alabama, Georgia y Mississippi, dando origen y potenciando a la mezcla racial seminola (degeneración fonética inglesa del termino español cimarrón, trashumante). El número de los que alcanzan la capital española de Florida va creciendo al punto que su Gobernador Manuel de Montiano, crea el poblado de Gracia Real de Mosé (1738), la primera comunidad autogestionada de negros libres de América. Formarán a 2 km al norte de San Marcos, una puebla fortificada conocida como Fuerte Mosé, que con un centenar de familias comienza su sincrética andadura social bajo la autoridad de un jefe mandinga.

La particular situación de intereses mercantiles, que las potencias europeas enfrentan en sus costas atlánticas de América, potencia el contrabando de sus traficantes, que permean fácilmente miles de km de una costa imposible de controlar. La vigilancia española de su litoral americano, iba a multiplicar con escasa efectividad práctica, las patentes de corso  que los virreyes propiciaban sobre sus marinos connotados. Un incidente cercano a las costas de Florida entre un guardacostas español y un contrabandista Jenkins  sorprendido in fraganti con su carga de palo campeche, iba a propiciar nuevo conflicto entre sus naciones. El capitán del primero manda cortar una oreja como testigo-baldón de su delito al inglés. El Parlamento londinense se encocora por lo que considera una humillación de su pueblo. Y estalla la “Guerra de la oreja de Jenkins”, una más en el atribulado panorama europeo del siglo XVIII. Este contexto bélico es aprovechado por el general James Oglethorpe para invadir el espacio geográfico entre los ríos Savanah  y Altamaba, conocido a futuro como la Georgia colonial, nueva usurpación británica a la Provincia de Florida. En su avance hacia el sur Oglethorpe, ahora flamante Gobernador de Georgia, pone sitio al lugar de San Agustín (1740), desplegando las 14 velas de sus barcos distribuidas entre el canal sur y la mar abierta. Cae como  primer objetivo sobre el Fuerte Mosé, defendido por reclutas negros libertos, cobijadas ya sus familias al resguardo de San Marcos: una clara aplicación retaliativa de la Ley de esclavos fugitivos que los esclavistas de Las Carolinas venían aplicando a todo negro evadido de sus plantaciones. Pero la Fuerza Real en vivaz contraataque, sorprende aquella noche a la tropa enemiga cuando aún  monta sobre el estero las cureñas de sus cañones; recupera Mosé y captura o mata a más de 100 sitiadores. Entre tanto, al amparo de la oscuridad, impelido por el sutil terral que exhala la noche, se desliza por el canal norte un silente patache que desde el puerto enrumba a La Habana. Monta el inglés el grueso de sus baterías sobre la isla de Santa Anastasia, frente a frente de la ciudad y su fuerte, pero también sobre la ribera del llamado Canal Norte, para angular desde allí el tiro de otras piezas sobre el castillo. Treinta y ocho días va a durar el pertinaz cañoneo contra la ciudad y su fuerte. La plástica y tenaz coquina de sus muros, apenas se deforma sin salpicar esquirlas pétreas  cada vez que absorbe y amortigua los impactos de los proyectiles. Las rompedoras bolas de grueso calibre que contra ellos golpean, no alcanzan a desencajar los sillares de sus fábricas: ora apenas rebotan y caen a su pie tras el impacto, ora se empotran ligeramente en ellas. Los sitiados, en lapsos de calma artillera, las extraen de sus oquedades a punta de bayoneta, para seguidamente hornearlos al rojo vivo en el hornabeque de San Marcos, y con sus tubos de bronce, vomitarlos nuevamente al campo inglés. La aparición de unas pocas velas que apuntan el horizonte al sur, delata la ayuda que llega de Cuba. Es el revulsivo para levantar apresuradamente el cerco que un impotente Oglethorpe, obligado por la proximidad de las inquietantes naves, asume al punto. San Agustín ha quedado severamente tocada en la campaña y tardará varios años en restañar las heridas del asedio inglés. Mosé será reconstruida y sus habitantes retornarán a ella en 1752, aglutinando en su autogobierno a los sobrevivientes de aquel su bautismo de fuego, con aquellos otros afroamericanos que las colonias británicas iban a seguir exudando.

 
Publicado el

Contexto Histórico de San Agustín de la Florida – II

A finales de agosto el Adelantado avista las tierras de Florida. Manda desembarcar 20 hombres que pronto contactarán con los nativos timucuas. Celebran allí los expedicionarios la primera misa, toman una vez más posesión de la tierra en nombre del rey, y con orden real de catequizar aquellos indios, establecen la misión Nombre de Dios. Algo mas al norte el día de San Agustín descubren en la embocadura de una ría, una dársena de buen fondeo y fácil  acomodo. Tras el tradicional Tedeum, fundan en su orilla occidental una  ciudad que nombran con el santo del día, entre salvas de fusilería y redoblar de tambores. Ha nacido la ciudad de San Agustín de la Florida con 800 colonos (28 de agosto de 1565) y su guarnición de soldados, regidos por un cabildo y su alcalde electos, según tradición castellana medieval. Tras el sorteo y consiguiente adjudicación de lotes de tierra, acometen la construcción de sus casas e iglesia matriz a base de gamelote y barro. Vendrá luego la fortificación del enclave mediante escarpas, revellín, empalizadas y muros de fajina o tierra apisonada y entramada por haces de ramas: necesario cobijo para sus habitantes cuando soplen vientos de guerra. Los timucuas, de intermitente presencia siempre sabiamente festejada con jocosa abundancia de abalorios y baratijas, informan que el buscado Fort Caroline se encuentra a unas 20 leguas siguiendo la costa al norte, y hacia allí dirigen los españoles sus velas. En la desembocadura  del río San Juan descubren 11 naves francesas de gran porte. Amparados en la oscuridad de la noche atacan el puerto, pero desisten dada su inferioridad de medios. Deciden por ello regresar a San Agustín y sitiar Fort Caroline por tierra, luego de abrir una estratégica trocha entre manglares y everglades de aguas cenagosas. Por ella se filtrarán 500 hombres de guerra, mientras una furiosa tormenta tropical se abate sobre la región y estrella la flota francesa contra los riscos litorales, anulando toda posible réplica sobre los asaltantes. El fuerte es copado bajo la orden de respetar mujeres y menores de 15 años, y una vez rendido, será rebautizado como San Mateo. Y bajo las crueles leyes de aquellas guerras de religión, Menéndez de Avilés solo perdonará a los que se dicen católicos, que quedan diluidos entre los nuevos colonos que allí se asientan. Los recién llegados, custodiados por 250 mílites acuartelados, se posesionan de haberes y tierras libres; el resto serán pasados por las armas, haciendo válidas las palabras de SM Católica de << limpiar de herejes aquellas costas >>. Informado por los indios de la presencia de otros franceses que construyen un fuerte en Cabo Cañaveral, acude por mar desde San Agustín y por tierra desde San Mateo, rastreando la costa hasta dar con el asentamiento hugonote. Lo destruye, no sin antes dejar de nuevo libres y bajo protección a los católicos con sus armas, mientras los herejes que le huyen son emboscados y muertos  por los timucuas en la manigua. Acabada la jornada bélica, regresa hacia el sur la hueste católica, no sin antes incendiar la única nave que los franceses construyen en su varadero, a fin de evitar toda comunicación con Francia.

Decide el Adelantado navegar a La Habana para saber del resto de flota aún no  contactada. La despensa prevista para la empresa había quedado mayormente con las naves ausentes, la incipiente plantación de las pocas especies llegadas para su adaptación al nuevo clima era faena en curso, y la subsistencia de los acampados precisaba de un acuciante suministro de víveres. Debe para ello navegar contra la Corriente del Golfo, el flujo marino impulsor de la Flota de Indias, verdadera catapulta de naves hacia Europa, ahora contraria a su rumbo. Esta dificultad le hará estudiar la posibilidad de establecer otro asentamiento costero al sur de la península, más cercano y directo a Cuba, facilitando el acceso a la isla cuando los contralisios de otoño ventean por proa. Lo acabará hallando al sureste, entre nativos de la etnia tequesta.

En La Habana encuentra con gran alegría parte de la perdida flota cantábrica, que ignorante de su recalada en Puerto Rico, dábale al Adelantado por muerto y desaparecidas las naves que con él habían aportado en San Juan. En enero de 1566 llegarían todavía los últimos barcos cantábricos maltrechos y enfermas sus gentes. Recibe en La Habana noticias del Rey mediante un patache de aviso que fondea en el puerto: los  franceses preparan una gran armada para invadir La Florida, y Felipe II ha ordenado contrarrestar la amenaza con otra flota de 17 barcos y 1500 hombres bajo el mando del General Sancho de Arciniega, que como era fama en las travesías transatlánticas, haríase a la mar en marzo. Con siete embarcaciones rescatadas y sus ya menguadas despensas tras medio año de avituallar a su errabunda prole, parte Menéndez de Cuba con los colonos hacia Florida, no sin antes enviar un patache a Nueva España para adquirir más víveres; nave que arribaría en febrero a San Agustín cargada de maíz, gallinas, miel y alpargatas. Cuando el Adelantado llega a su ciudad, el hambre y las privaciones han generado un estado de tensión entre  colonos y soldados. Sesenta mílites rebeldes deberán abandonar la guarnición para ser dejados de vuelta en Puerto Rico.

Menéndez prosigue sus exploraciones hacia el norte de la Provincia, las actuales Georgia y Carolina del Sur, y funda nuevos asentamientos e iglesias como Gualé (St. Catherine Islands) y Santa Elena (hoy Parris Island) entre ellas. Establece más de una docena de nuevos fuertes, tratando siempre de negociar con los indígenas de la región, a veces acérrimos enemigos entre sí, pero cuyos caciques acuden en ocasiones al Adelantado para arbitrar las disputas entre sus tribus. Solo Saturiba, cacique amigo de los franceses y renuente enemigo de españoles, hostiga pertinazmente los asentamientos de San Agustín y San Mateo.

Durante este su primer aliento, San Agustín era un asentamiento deficitario en víveres, con moradores que debían alejarse a veces de la empalizada en busca de sustento, para caer como fácil presa de indios. Además, los frecuentes conatos de Saturiba, habían desvelado la ciudad como sitio inseguro, de difícil defensa. Para corregirlo, el Adelantado y sus capitanes trazan otros fosos y empalizadas para ampliar la base cuadrangular del fuerte, capaz de batir ahora la entrada del río con 24 cañones de bronce, orientadas sus cureñas hacia bocana y esteros, con un polvorín a resguardo de flechas incendiarias.

Terminada esta reforma, vuelve Menéndez a La Habana por alimentos, pero a duras penas logra de su Gobernador magro apoyo. Vende pertenencias y consigue arranchar su galeón para retornarlo repleto de vituallas. De regreso a San Agustín va a encontrar fondeada a lo largo de su ría y dársena la prometida flota de Arciniega, cargada de provisiones, víveres, pertrechos, clavazones y… 14 mozas casaderas que confiará a los clérigos, en evitación de soldadescos desmanes, que acabarán casando con colonos. Los recién llegados desbordan el recinto, pero con la ayuda de sus brazos se acomete el acomodo ciudadano, conservando ellos su pernocta embarcada durante los diez días que duran los trabajos. A Santa Elena se desplazan 1500 hombres y 2 barcos de enlace, a San Mateo otros 300 hombres nave incluida, además de otros 500 más que Arciniega reparte entre las guarniciones de Cuba, Puerto Rico y Santo Domingo. Cumple así el Adelantado la orden real de reforzar  las guarniciones de las islas caribeñas a la espera del ataque francés que sobre ellas se cierne.

Cuando los franceses atacan, Pedro Menéndez de Avilés se encontraba en España presentando a Felipe II los trabajos de cartografía levantados en costas floridanas e informando de los resultados de la campaña. Se queja al Rey de la ambigüedad y escasa colaboración del Gobernador  de Cuba, y propone al monarca la alternativa de fusionar la Gran Antilla con Florida (hasta la Tierra de los Bacalaos) en una nueva y única gobernación, decisión que el rey someterá al Consejo. Pero el Consejo Real desconfía de la propuesta del Adelantado, que con un apasionado descargo defiende su honor en la diatriba: <<yo, antes de ser Capitán General…era una persona feliz y sin necesidades, pero me llamó SM y me entregó el mando de las escuadras del Cantábrico, después me dio el mando de la expedición a La Florida, el cual acepté sin preguntar; en la preparación de la primera ida, me gasté un millón de ducados que aún debo…nunca cobré un maravedí si no estaba al servicio del Rey…nunca he gastado en nada que no fuera preciso, y hoy me encuentro, no solo pobre sin un maravedí, sino que tengo mi deuda sin pagar…¡Esa es toda mi doble intención! >>. El Rey acepta sus razones, le otorga un mes de descanso en familia, y ordena al Consejo arbitre la forma de compensarle las deudas contraídas durante aquellas jornadas del Nuevo Mundo.

La acometida hugonote se deja sentir sobre La Florida. Pero nada positivo iba a recuperar, a pesar de su potente armada de 27 barcos y 6000 hombres de guerra Se dedicará a saquear, destruir los establecimientos y degollar guarniciones ya capituladas: toda una sangrienta “vendetta” sin resultados prácticos, pero con un profundo tributo de sangre sobre soldados y colonos españoles. Dominique de Gourges con sus poderosas hueste y flota enarbolando falaces enseñas castellanas, recuperaría momentáneamente San Mateo, luego de masacrar lugar y  moradores tras prolongado cañoneo y posterior incendio. Lograría también que su aliado cacique Saturiba, se alineara en pie de guerra con otros pariguales del entorno, para recrudecer futuras agresiones indígenas contra los españoles. Cumplido el vendaval retaliativo, los franceses van a regresar a Europa, olvidando supuestas aspiraciones sobre sus, siempre costosos de conservar, antiguos poblajes, pero no sin haber soliviantado profundamente al mundo indígena. Ante ello, el Adelantado va a solicitarle al Rey permiso para aplicar al indio pugnaz, la cruda Ley de Guerra que se aplica al enemigo declarado. En adelante, todo indio en armas tomado prisionero, sería reducido a esclavitud, como medida supletoria para afianzar población y progreso en aquellas tierras.

Pedro Menéndez de Avilés regresa de Europa al mando de nueva escuadra con refuerzo de soldados y misioneros y su nombramiento real como Gobernador de Cuba y territorios anexos, entre los que se cuentan Jamaica y la reciente Provincia de Florida. Al sur de ella, en Bahía Vizcaína junto al río Miami, establece la misión jesuita de Tequesta, un asentamiento cuidadosamente elegido para conexión directa con la Capitanía General de La Habana; pero es devastada por los propios indios que martirizan a sus frailes (1568). Tras nuevos asaltos y sacrificio de jesuitas, la Compañía de Jesús abandona Florida en favor de la Orden Franciscana. Los nuevos frailes se establecen, no sin iniciales dudas, en diferentes misiones con sede central en San Agustín, pero bajo jurisdicción eclesiástica de Cuba. En aquella sede habían llegado a concentrarse 50 frailes misioneros, el jesuita Francisco de Borja entre ellos, en espera de su destino misional. Son tiempos turbulentos que mantienen indecisos a los hombres de Cristo, alejados de sus sedes. Más tarde regresarán a sus asignadas misiones para consolidar su prédica, protegidos ahora por soldados de la Real Fuerza.

 
Publicado el

Contexto Histórico de la Habana – III

En el contexto de la Guerra de los Treinta Años (1621), la Armada del Mar Océano captura frente a Cadiz un convoy de la Compañía Holandesa de las Indias Occidentales. Este sonado revés, junto a la prosperidad del enclave habanero atrae la venganza y codicia del corso holandés y sus adscritos a la navegación de fortuna. Boudewijn Hendriksz, mas conocido en español como Balduino Henriquez (1625) viene rebotado desde San Juan de Puerto Rico dispuesto a tomarse la revancha de su fracaso en aquella Capitanía con la toma de ésta; pero la potencia de fuego de las baterías de la Habana, hace entender al holandés que con la escuadra que trae su empeño es una quimera. En el curso de la guerra, España venía reforzando notablemente el corso de Dunkerque, concediendo nuevas patentes y aportando sus astilleros más de 20 galeones de diferentes portes, construídos al efecto. Desde la costa flamenca, la campaña de interceptación de naves holandesas en el Canal de la Mancha, habíase tornado demoledora  para el comercio de las Provincias Unidas.

Pese a la urgente defensa que desde su costa patria le reclaman, el Almirante Piet Heyn, corsario de la Compañía Holandesa de las Indias Orientales patrullaba con una armada de 29 navios de guerra por el Canal de Bahamas a la espera paciente del paso de las Flotas  de Barlovento y Nueva España que  habían de confluir en la Habana para dar el salto atlántico. Desde las costas cubanas han visto el despliegue de la flota enemiga y salen de la Habana sendos pataches de aviso a Portobelo, Veracruz y Cartagena de Indias para que, llegado el tiempo, los galeones no se hagan a la mar; pero solo el de Cartagena llegará a destino: los otros dos han caido en la red tendida por el holandés. Ajenas al peligro que sobre ellas se cierne, ambas flotas zarpan confiadas a su cita de la Habana. Compuesta por dos galeones y cuatro merchantas, la flota de Portobelo se topará con un abanico de velas enemigas que intercepta su rumbo hacia la costa cubana. Los dos navíos de escolta entran directamente a la batalla cruzando fuegos contra la línea de barcos que pretende envolverlos. Lograrán abrir un paso por donde las marchantas trepanan su envolvente para acceder finalmente a puerto. Los sacrificados galeones de escolta apenas alcanzan a embarrancar en la entrada de la bahía habanera, bajo el protector alcance de sus baterías: han logrado salvar las naves merchantas y evitar el despojo y rapiña de las de guerra, aunque estas se hayan perdido reventadas por la metralla y los escollos costeros. Pero el almirante holandés es un viejo lobo de mar, paciente y sabio. Conserva todavía 20 naves en perfecto estado y lo grueso del tesoro está al llegar con la Flota de Nueva España. Oteadas al fin en el horizonte las velas novohispanas, la flota holandesa desplegada en línea costera, avanza ahora en abierta envolvente hacia ellas. Bajo la capitana del General Juan de Benavides y la almiranta de Juan de Leoz, rehuye  la flota novohispana el enfrentamiento con la holandesa. Ante la inferioridad de su potencia de fuego opta por refugiarse en la bahía de Matanzas (1528) donde espera recibir apoyo por tierra desde la Habana. Una trampa que el antaño prisionero y forzado galeote de las Galeras de Santo Domingo que es Piet Heyn, fuerza para hundir y saquear a mansalva ahora como Almirante de armada, los 4 cagafuegos de escolta con sus Quintos Reales en lingote y moneda, junto a 8 merchantas ahitas de maderas preciosas, finas porcelanas y lacas de Manila. El escaso calado de la bahía permite a los asaltantes el total saqueo de las naves semihundidas o varadas en su rìa. Solo tres de ellas lograrían zafarse del cerco para entrar un par de dias después en La Habana, donde ya habían aportado otras seis merchantas que escabullidas del confuso desparrame marino  de velas y falsas banderas, lograron acceder a la Habana sin ser alcanzadas. El impacto de la debacle española resonaría en Europa como serio aldabonazo para el prestigio de la Monarquía Hispánica, a la vez que una irreparable pérdida para sus arcas, que supuso en cambio el financiamiento del ejército holandés durante un año. Fue la única captura de la conocida en Europa como “Flota del Tesoro“a lo largo de sus dos siglos y medio de vida. Leoz fue condenado a prisión de por vida, Benavides, juzgado y condenado en Sevilla, sería ahorcado tres años más tarde; y Piet Hein al cabo de apenas uno, moriría en batalla con los corsarios franceses de Dunkerque, que en aquella guerra luchaban por España.

Al año siguiente otro holandés, Cornelius Jols (“Pata de Palo”) fracasa en un primer intento de tomar la Habana (1629), pero triunfa dos años después con poderosa escuadra, saqueándo e incendiando la ciudad ante la negativa de pagar rescate por sus huidos moradores. Desiste en cambio Henry Morgan (1668) que con 12 embarcaciones y 700 hombres pasa a la vista pero fuera del alcance de sus cañones, para acabar cayendo sobre el indefenso Puerto Príncipe, que por no verse en llamas pagará un rescate de 500 reses y otras tantas sacas de sal, que el pirata se lleva para Jamaica.

La peste de Cartagena, inoculada por pulgas parásitas de ratas de sentina, ha diezmado la población habanera, y nuevas epidemias vendrán a presentarse intermitentes en los siguientes años por la misma vía. En adelante los bolardos que sirven para tomar amarra de galeones en la Plaza de San Francisco y otros puntos de atraque, van a ser particularmente atendidos por la policía ciudadana y el Capitán del Puerto, para evitar que sean sus amarres los puentes que usan las ratas de machina para acceder hacia y desde los barcos. Serán penadas aquellas naves cuyos cabos a tierra no estèn aturbantados por discos de madera, que cortocircuiten el camino de roedores y sus apestadas pulgas, causa frecuente de estragos ciudadanos. Y la vida habanera seguirá a pesar de los contratiempos. Van medrando las obras públicas (agua corriente, alcantarillados) y fortificando su perímetro emplazado. Se levanta el Convento de Santa Clara (1640), el de los Agustinos (1628), el Hospital de San Lázaro, La Merced (1630), San Francisco de Paula (1664), el Convento de las Dominicas (1684), San Felipe Neri (1693)

Estalla con Inglaterra la Guerra de la Oreja de Jenkins (1739-41) durante la cual la flota del Almirante Vernon pasa frente a la bahía de La Habana varias veces, pero no ataca pese a la impresionante flota que comanda. Atacará para desgracia suya Cartagena de Indias, donde perderá honra y barcos. Vernon había tratado de establecer una cabeza de puente llamada Cumberlad (Guantánamo), que unos meses después del desembarco, hostigadas por voluntarios isleños sus tropas no podrían conservar.

.          A partir de 1714, España había disuelto la insostenible red de Armadas de Guerra (La Corona contaba con 9 armadas repartidas entre el Mediterráneo, Atlántico y Pacífico, de presupuesto desorbitado) para dar nacimiento a la Armada Real repartida entre las Capitanías Generales del reino. Se funda la cubana Universidad Pontificia en San Juan de Letrán (1728). La libertad de comercio con puertos españoles y países aliados multiplicaría su tráfico portuario hasta convertir a la Habana en la “Perla del Caribe”. Llegará a contabilizarse en un año la entrada a puerto de más de 200 navíos de travesía y 5.000 embarcaciones de cabotaje, con un enjambre de marinos, colonos, funcionarios reales, comerciantes, emigrantes en ruta, aventureros de toda laya, que pululan por sus calles. Los diques de La Habana, gracias a la buena gestión del criollo Juan de Acosta, acabarán por convertirse (con los de Guarnizo en Cantabria), en el Astillero de la Armada Real, dada la durabilidad de sus maderas, resistentes al ataque de la broma o teredo tropical. De sus gradas saldría el Santísima Trinidad, navío de línea de 63 metros de eslora y 140 cañones con  un arqueo de 4900 Toneladas, único velero de cuatro puentes y mayor desplazamiento conocido de cuantos hayan navegado por el Atlántico.

Durante la Guerra de los Siete Años (1754-1763), España aliada de Francia, se ha visto arrastrada a nueva contienda contra Inglaterra, con su disparidad de intereses sobre el comercio y la trata de esclavos en el Caribe como causa. Pero la conflagración iba a adquirir dimensiones de guerra mundial: Austria, Prusia, Francia, España, Rusia, Inglaterra, Suecia, Portugal…todas involucradas y cada una de ellas enfrentada a una parte del resto, que no a todo él, por cuentiones territoriales o mercantiles. Finalizaría la trifulca de naciones con el Tratado de Paris. En un momento de la contienda, el Almirante George Pocock con 26.000 hombres y casi 200 velas ha zarpado de Martinica y siguiendo la costa sur de la isla se presenta ante la Habana. Con temeridad y pericia ha sorteado un sinfín de playotes, cayos y bajíos a lo largo de 700 millas, sin otras armas que la sonda y una carta de marear oceánica. Sitia La Habana, objetivo británico codiciado desde todo tiempo. La defensa de la ciudad ha sido prevista con la llegada de nuevos cañones, infantes, artilleros y dragones sin monturas, cuyos caballos son aportados por hacendados de la isla, además de 600 esclavos cedidos por sus dueños. Una epidemia de fiebre amarilla importada de Veracruz diezma las fuerzas habaneras en los meses previos al cruce de impactos, pero los 420 cañones que vomitan fuego en defensa de la ciudad van a enseriar la escena del drama. A ellos hay que sumar los 9 navíos de línea y 25 barcos mercantes cargados de provisiones y pertrechos fondeados en el puerto, tres millones de pesos en metálico de la Real Compañía de Navegación, ademas de los repletos almacenes de la ciudad. Los habitantes son persuadidos para abandonar la ciudad, pero muchos de ellos acuden a otros cabildos y puestos militares isleños en demanda de armas para defender la capital.

Con la escuadra desplegada en abanico frente a la bocana de la bahía, comienza su cerco el día de Corpus Cristi. Es informado el gobernador del avistamiento de velas en medio de la solemne Misa Mayor que preside. La procesión que le sigue exponiendo la Custodia sacra bajo palio, escoltada por la curia diocesana, y desfilando tras ella cabildo, cofradías, hospitales, niños y el resto de fieles blancos, indios y pardos, queda suspendida. Se cierran las Puertas de Tierra con el toque de rebato y el espectante vecindario va regresando a sus casas. Al dia siguiente unas leguas al este, el Conde de Albemarle, comandante en jefe de la tropa, al frente de 8.000 infantes,  artilleros, zapadores e ingenieros, desembarca en playas de Cojímar y Bacuranao, luego de abatir los torreones guardacostas, para seguir en avanzadilla bifronte hacia la ciudad capital. Cuatro días mas tarde alcanzan la ribera oriental de la ensenada habanera y las bayonetas inglesas asoman sobre los incipientes cimientos del Fuerte de San Carlos de la Cabaña. La posición estratégica de La Cabaña, altozano a espaldas del Morro que domina el castillo y la ciudad, iba a determinar el desarrollo de la batalla. Desde esta ventajosa posición van a batir los artilleros ingleses el casco urbano de la capital y la retaguardia del Morro, sumándose al fuego de la escuadra que los bate desde altamar, mientras avanzan sus zapadores hacia los muros del castillo para dinamitarlos. Esta táctica había sido prevista por los estrategas de Carlos III, pero la construcción de La Cabaña no pudo ser concluida antes del ataque inglés, ni defendido con fortuna el fuerte frente al invasor en el nuevo teatro de guerra. El capitan de navío  Luis de Velasco y Fernandez de Isla es el heroico defensor del Morro que herido y con apenas ya dos cañones útiles en el fuerte, resiste uno tras otro los envites que se abaten sobre sus muros, a la vez que contempla cómo nuevas tropas de desembarco arriban a las playas. Algunas llegan desde Nueva York al mando del General Burton, pero deben ser ocasionalmente desembarcadas en las Bahamas tras ser interceptadas en el propio canal por barcos aliados. Navios de transporte y bajeles de guarda británicos son atacados por una patrulla de fragatas francesas, que toman 400 prisioneros y parte del material bélico que portan. Entre los que pudieron llegar a costas cubanas se hallaba un joven capitan llamado George Washington, el futuro general independentista de las 13 colonias inglesas. Cuerpo a cuerpo iban a caer luchando los últimos defensores del Morro contra aquellas avalanchas humanas que no cesan. Mientras, en La Habana seguían afluyendo nuevas partidas de voluntarios del interior que se aprestaban a luchar contra los invasores, quienes ya para entonces habian podido instalar en la Cabaña 45 cañones de campaña y otros tantos obuses y morteros.

 
Publicado el

Contexto Histórico de Puerto Rico – II

Aunque repuesto en la Gobernación de Puerto Rico, Ponce regresa a Florida (1521) aportando dos barcos, 200 hombres, ganados, aperos y semillas. Le acompañan sacerdotes, agricultores y artesanos. Y van para quedarse. Es voluntad del emperador Carlos V, que Castilla no envíe ejércitos a las nuevas tierras por ella descubiertas; envía labradores, misioneros, funcionarios, licenciados, juristas, cartógrafos… y aventureros. De esas filas surgen los Pizarro, Cortés, Almagro, Balboa, Ponce…que buscarán financiamiento múltiple mientras organizan hueste para acometer su visionario anhelo. Cerca de Bahía Estero los expedicionarios de Florida instalan un poblado, que en plena construcción es atacado por los indios. Ponce, herido por flecha envenenada, es llevado a La Habana, donde muere apenas llegado a puerto. La preparación y el desarrollo de la empresa de Florida, habíale consumido vida y fortuna, como tantos emprendedores de la Historia de la Humanidad. Muchos años después, como reconocimiento de su valioso aporte, sus restos serían trasladados a la catedral de San Juan, donde hoy reposan.

Mientras esto sucede, la capital de Puerto Rico ha ido medrando en hechura y población. Llegan las órdenes religiosas de Dominicos, Carmelitas… Bajo la protección de la familia del Gobernador se levanta en ladrillo y piedra el convento de Santo Domingo, que propaga por doquier el prestigio de sus aulas, hasta el punto de serle conferida por el Papa (1532) la facultad de montar universidad. Su iglesia (2ª de América) de estilo gótico, dedicada a Santo Tomás de Aquino, iba a deslumbrar durante generaciones por su belleza. Pero iba también a traer enfrentamientos con el recién electo obispo de San Juan, que no admitía para su catedral construcción alguna de menor porte que la iglesia dominica. El templo de madera techado en paja de los primeros tiempos, es destruido por un tifón, y el nuevo templo catedralicio es reedificado en piedra en el tempranero año de 1529.

A partir de mediados del siglo, la plantación de caña de azúcar ha creado ya una importante industria subsidiaria. Los “ingenios” para la extracción del azúcar de la caña,          precisan importación de molinos y “maestros del azúcar” que son traídos de Canarias. Las haciendas-ingenio que compendian desde la plantación y cultivo de la caña, hasta su molienda y producción de melazas, guarapo (jugos) y ron, van extendiéndose por la isla junto a las “haciendas” de cultivo de tabaco y frutos, y los “hatos” donde se localiza la ganadería extensiva. Otra fuerza de trabajo más resistente al esfuerzo físico y las epidemias, junto a mayor competitividad que la aborigen, empieza a ser necesaria so pena de intento colonizador fallido. Los estancieros y hacendados razonan que para soslayar la quiebra es imprescindible la importación de mano laboral recia. La población taina ha mermado notablemente acosada por enfermedades y fatigas que los europeos y africanos o no padecen o superan. La trata de negros, monopolizada por ingleses y portugueses, iba por tanto a salvar la economía de las posesiones europeas del Caribe, a base de nativos africanos del Golfo de Guinea.

El comercio entre las Antillas y la metrópoli, realizábase de forma programada dos veces al año mediante la Flota de Indias, compendio a su vez de otras dos flotas: la de Tierra Firme con base en Cartagena  y la de Nueva España radicada en Veracruz. “Flota de Indias” llamábase en realidad al convoy conjunto de ambas formaciones navegando agrupadas entre Sevilla y La Habana, tanto en su ida hacia Europa, como en su regreso al Caribe.  De Sevilla traían manufacturas, paños,  vinos, aceite, aperos, fierros. De las Antillas llevaban salazones, cueros, azúcar, tabaco…y el peculio de impuestos y alcabalas. Desde 1522 habíase creado la Armada del Mar Océano, a base de galeones “cagafuegos” a fin de proteger esta Flota del enemigo europeo que acechaba entre cabos y pasos del Caribe, o del berberisco que lo hacía entre Azores y Canarias. Años hubo que partieron de la Habana mas de cien naves, desplegadas sus velas en mar abierta por un área de varios kilómetros de frente y fondo. Con su Nao Capitana a la roda, su Nao Almiranta a retaguardia, y rápidos pataches a la orden para  transmitir mensajes bajo nieblas o calimas, la vigilante Armada escudriñaba la presencia de velas ajenas en el mar, a la vez que reglaba el andar acompasado de las naves. El rezago peligroso de las más pesadas, o su dispersión bajo nieblas y tormentas, eran riesgos que propiciaban su captura por los descuideros del mar. Como peligroso resultaba también un excesivo resguardo entre naos, perdiendo el contacto visual entre ellas e incontrolando la infiltración de otras velas entre sus velas. El enemigo infiltrado, ondeando banderas y grímpolas idénticas a las de la Armada, podía sorprender en tiempo y lugar propicios a cualquiera de sus confiadas merchantas. Era una táctica antigua en todo piélago, que los experimentados marinos del Caribe conocían… y practicaban con pericia. Por eso, cada tarde se tomaba el “santo y seña” del día para identificarse en la oscuridad de esa noche, y se contaban las velas al amanecer para ver si faltaba o sobraba alguna. Siempre la Capitana adelante, marcando  rumbo y andar, fanal encendido de noche; siempre la Almiranta en vanguardia cerrando  comitiva y control del rezago, atenta a seguimientos y atisbo de otras velas desde su cofa. Al llegar a destino invertía la Flota el orden de navegación abierta. Los “cagafuegos” eran los últimos en entrar a puerto, cerrados en formación de combate con sus proas hacia Alta Mar.

Desde 1579 la Armada de Cartagena de Indias segregó dos galeones con sede en Santo Domingo, cuyo cometido era el patrullaje de las costas antillanas, del Yucatán y de la Florida. La Flota de Indias que partía cada año de Sevilla hacia La Habana, navegaba en conserva hasta el Caribe. A la altura de  la isla de Guadalupe, empezaba a desgranar galeones que debían rendir viaje en otros puertos de las islas o la costa de barlovento. Los pataches de vigilancia se adelantaban a cabos y pasos dudosos donde patrullaban los galeones de Santo Domingo y Puerto Rico, que deberían abrirles paso franco. Un galeón partía con su carga y su patache de apoyo, rumbo a Margarita, La Guaira y Maracaibo. Otras merchantas salían para Puerto Rico que contaba con recursos defensivos propios y no precisaban la compañía del vigilante patache. Otras más partían hacia Santo Domingo y Jamaica. Su regreso desde San Juan y otros destinos hacia Sevilla, pasaba por la Habana, en cuya bahía esperarían la llegada de las flotas de Nueva España y Tierra Firme. Desde la Habana y nuevamente en conserva, nao Capitana en vanguardia, Almiranta atrás, tomaba la Flota de Indias rumbo norte hacia Florida vía canal de Bahamas. Arrastrados por la Corriente del Golfo que Ponce de León descubriera medio siglo antes, enrumbaban en Atlántico abierto hacia España, a cuatro meses de navegada. Se cerraba así el ciclo anual de los contactos mercantiles de Puerto Rico con la metrópoli.

La piratería y las algaras de caribes habíanse convertido en peligro latente. Los vecinos fueron compelidos por la Corona a ir siempre armados y a caballo como retén permanente de vigilancia territorial frente a cualquier imprevisto corsario o aborigen. Con un muro perimetral incipiente (1532) se comienza a construir La Real Fortaleza de Santa Catalina, supuesto bastión garante de la seguridad ciudadana frente a los piratas. Pero pronto se constata su inoperancia frente a flotas numerosas. Las naves del  hugonote Francois Leclerc entran en la bahía, y vomitan a tierra una chusma vociferante que asalta, saquea e incendia la ciudad, sin que la Real Fortaleza  manifieste contra ellos efectividad defensiva alguna (1553), ni por capacidad disuasoria, ni por situación estratégica, ni por potencia de tiro. A partir de entonces pasará Santa Catalina, cual decorativo jarrón chino, a ser residencia del Gobernador. A cambio, se insertan bastiones estratégicos en puntos clave del perímetro empalizado y se empieza la construcción del Castillo del Morro. Empleará las modernas técnicas defensivas del fuego cruzado y puntas de diamante con muros en talud, empleadas por la Corona en sus campañas de Italia. Tan pronto como 1580, Puerto Rico, llave de acceso español al Caribe, es declarada Capitanía General, con administración civil supeditada a la militar y guarnición fija. Su asignación presupuestaria anual será conocida como “Situado Mejicano”, por pasar a ser la capital del Virreinato de Nueva España su origen, y ella parte integrante del mismo.

 
Publicado el

Contexto Histórico de Santo Domingo (actual República Dominicana) – IV

Nuevamente la cambiante política europea de pactos y acuerdos coyunturales enfrentan a España e Inglaterra. Esta vez con Holanda como aliada. El Almirante Sir William Penn (padre del fundador cuáquero de Pennsylvania) y su escuadra, intentan tomar Santo Domingo para la tambaleante Corona inglesa ahora bajo la bota puritana de Oliver Cromwell (1655), quien más tarde le degrada y destierra con su familia a Irlanda. Con una escuadra de 34 barcos y 13.000 hombres de guerra, con táctica parecida a su predecesor Drake, despliega Penn sus  naves frente a las murallas de la ciudad, mientras desembarca en las playas de Nizao (a 50 km al oeste de la capital) a sus infantes bajo el mando del general Robert Venables. Pretende completar por tierra un cerco en abanico que irá apretando progresivamente. Pero antes de cerrarse el nudo corredizo que puede ahogarla, recibe su Gobernador Conde de Peñalba de manos de algunos estancieros, noticias sobre el posicionamiento del enemigo y su avance hacia la capital. Ha comenzado el cañoneo sobre Santo Domingo que se defiende con la artillería fija de sus baterías, mientras los 2400 efectivos de fusileros, arcabuceros e infantes han ido a emboscarse en el camino que ha de tomar la tropa inglesa. El primer contacto pugnaz es terrible para los británicos, copados por un fuego cruzado de arcabuces y mosquetes. Cubren precariamente una retirada que Peñalba no persigue, dejando el campo inglés con más de 1000 cadáveres. Debe volver para apostar sus hombres sin demora en el recinto murado rellenando huecos en troneras, barbacanas y brechas donde las hubiere. Todavía los infantes ingleses en franca retirada hacia su punto de embarque, serían lacerados por partidas de estancieros que con  peones y bastimentos  persiguen a caballo las desordenadas  tropas que se cobijan en la costa. Mientras las andanadas de sus cañones, baten inútilmente las murallas de Santo Domingo, William Penn recoge con sus pataches los últimos soldados de la playa donde abandonan armas, banderas y heridos que acogidos en San Nicolás de Bari, serían más tarde católicos bautizados. Leva anclas la Armada a los siete días de su arribo, reconociendo así la propia derrota ante Peñalba. El mismo Peñalba (1652) que con nutrida flota, había limpiado La Tortuga de piratas, bucaneros, y filibusteros, pertinaces hostigantes de haciendas, ganados y plantaciones de La Española por más de medio siglo. Y el mismo Penn que tras ser rechazado de La Española, tomará la semipoblada isla de Jamaica sin un solo disparo, rendida la isla ante su propia indefensión (1655). También allí conocería la ciudad Villa de la Vega apreciando la maestría constructiva de sus edificios en piedra, tan lejanos a ese hacer de madera pintada o ladrillo cara vista, que conocía de las colonias británicas del norte. Pero la aventura jamaicana, en nada aliviaría su mazmorra de la Torre de Londres y el posterior destierro irlandés que le aguardaban.

Los descendientes de los usurpadores hugonotes y esclavos con el apoyo de su metrópoli, van a invadir la parte española de la isla (1673).Una época turbia de réplicas y contrarréplicas se abate sobre Santo Domingo con sus vientos de miseria. La ciudad llegará a cobijar 1800 habitantes, de los que apenas queda una docena de familias criollas blancas entre ruinas renacentistas y un mar de bohíos entre solares  de escombros. En 1746  añadirá a su bagaje arquitectónico un magnífico Cuadrante Solar frente al Palacio de los Gobernadores, único aporte ciudadano durante un aciago siglo. Los Derechos del Hombre hijuelo de la Revolución Francesa, explota en revolución antiesclavista de negros que iban a borrar a los estancieros blancos de su segmento insular de La Española, que llamarán en adelante Haití, otra acepción taina de la taina Quisqueya.  El azaroso siglo XIX  y mas reposado siglo XX, con sucesivos cambios de pabellón en las entenas de sus mástiles patrios, poco iban a significar en aporte de haberes a la ya cuatricentenaria Santo Domingo.

La extinción de los indios tainos percibida tras cinco generaciones de convivencia con los europeos y africanos incorporados a su isla, borró su presencia física pero no la étnica, diluida ésta en el crisol de razas que convivieron en Quisqueya. La experiencia americana había de alear mediante fusión íntima de sus sangres, a los tres actores del drama, como tal vez nunca el previsor Ovando llegó a intuir. A esta desaparición de los indolentes tainos no fue ajena la carencia entre sus guerreros de mujeres por las que luchar para vivir y vivir para luchar, cuando apenas les eran fieles sus últimas y desdentadas abuelas cobijadas con ellos en la selva. Las jóvenes preferían a los activos y solícitos blancos frente a la apatía del indio, y con ellos se amancebaban fuera de sus “repúblicas” y poblados, llegando a formar verdaderos serrallos. Allí sus mestizos vástagos pasaban a engrosar la dominante sociedad blanca, identificados plenamente con su progenitor. Esta íntima herida debió suponer una estocada definitiva para la humillada varonía taina, que en los últimos estertores de su ya libre vida, alcanzó cifras desorbitadas de suicidios. Este fenómeno ya detectado y modernamente estudiado para indígenas de Tierra Firme, parece repetirse como trágico destino en el devenir a la aparente nada de los indios taínos en la sociedad actual. Aparente, que no real, porque la genética revela la solapada pero contundente aportación de las madres indias

La presencia de negras esclavas o libres entre hacendados blancos, iba a añadir una nueva tinta al fundente crisol de metales físicos y emocionales que amalgarían la futura sociedad isleña. La paciencia de su etnia, su emotividad, zalamería e irresistible lascivia de sus mujeres, iban a generar en sus vientres una creciente presencia de hijos mulatos. Este mulato “hijo del amo”, algo dueño, algo esclavo, se convertiría andando el  tiempo en el mejor capataz de aquellos hatos con peones de su propio color. El dueño de la estancia  era para ellos “mi apá”, con el beneplácito consentido de las dueñas, blancas o no. Y en este campo de siembra, << el semen de España cayó sobre las indias, las negras, las españolas…y no hizo distinción al elegir sobre quien debía caer la responsabilidad de echar a andar un mundo >>… nuevo. Prolegómenos de una sociedad mixta hacia la que asintóticamente convergemos a futuro las generaciones de hoy.

Hoy, la ciudad de Santo Domingo, heredera puntual de este ensayo humano, ha rescatado gran parte de su patrimonio histórico, orgullo de su pasado y de las gentes que en ella han sabido crearlo y conservarlo, superando invasiones y crudas privaciones. El legado histórico y cultural que aporta esta ciudad verdadera Cuna de América y Patrimonio de la Humanidad, es un retablo de aquella austera arquitectura castellana de la época virreinal que dejaron sus primeros blancos. Su patrimonio, es sin duda orgullo de 500 millones de seres a él vinculados por un pasado y cultura comunes, pero también rehén ante el mundo del propio valor que atesora.

 
Publicado el

Contexto Histórico de Santo Domingo (actual República Dominicana) – I

Cristóbal Colón en su primer viaje (1492) descubre la isla llamada Quisqueya por los nativos tainos, que denominará La Española. El primer asentamiento europeo empieza a conformarse en ella un año después al este del río Ozama (2º viaje), aunque será fundado oficialmente como ciudad por su hermano Bartolomé con el nombre de Isabela (1496) en honor de la Reina Católica. Años después, destruida por un huracán, será refundada al otro lado del río Ozama por Nicolás de Ovando (1502), con el nombre de Santo Domingo de Guzmán, el ejemplar hidalgo burgalés del siglo XIII. Recibirá como escudo ciudadano una llave en palo coronada entre dos leones rampantes y bordura con escaques blanquinegros del apellido Guzmán, según Real Cédula (1508) del Rey Fernando. La llave como símbolo de la ciudad que iba a ser la Puerta de un Nuevo Mundo.

El aragonés rey Fernando el Católico ha intuido rápidamente la importancia del dominio atlántico y proyecta establecer una base firme del poder español en el Caribe, y no una factoría mercantil de trueque al estilo mediterráneo de Venecia o portugués del Índico. En ella se aplicarán las leyes y libertades municipales de Castilla y por tanto los nativos han de ser tratados como a todo súbdito de su rey corresponde. Bajo la Corona juntan los Reyes Católicos los reinos que por herencia o conquista han merecido: desde Aragón, Castilla, Nápoles, Sicilia, Navarra y Génova, hasta << nuestros nuevos reinos de América >> en decires de la castellana reina Isabel.st

Los primeros años del establecimiento español en la isla son onerosos. Como primera disposición se introduce la desconocida rueda, sin la cual no puede haber transporte eficaz de mercancías, ni ruecas para hilar, ni tornos de alfarero, ni norias para el riego de secanos, ni ingenios donde procesar la caña de azúcar como se labora en Canarias, ni futuro. Aquellas tierras pueden dar algodón, caña de azúcar, café, además de la yuca y maíz autóctonos, incluso oro y perlas. Y por ello, la rueda radiada de herencia celta, con llanta y cubo de hierro, va a propagarse por toda costa donde el europeo llega, dejando ver su esbelta e inconfundible silueta por las Indias todas. Como también lo hacen los distintos aperos de labranza según procedencia del colono que los trabaje, y sobre todos ellos, el rey arado que labrará los campos desbrozándolos de maleza. Pese a este primer esfuerzo inversor, Colon atraviesa graves dificultades como virrey tras su 2º viaje, dada la radical oposición de sus ideas mercantilistas de inspiración genovesa, versus las del Rey Católico de visión universal, que ordena aplicar sin ambages la tradición repobladora castellana, heredera de la Reconquista. Será por ello traído a España Colón con sus hermanos cargados de cadenas. A la espera de un Juicio de Residencia, serán cautelarmente suspendidos los capitulares títulos del Descubridor hasta ser juzgado, y en su caso absuelto. Esta figura procesal emanaba de los juristas dominicos de la Universidad de Salamanca, como embridado contra abusos y corruptelas del funcionariado público, que al final de su mandato había de ser investigado y juzgado por su desempeño. Un precedente de los juicios políticos que habrían de seguirse al cabo de siglos, en muchas repúblicas hispanoamericanas tras alcanzar la independencia. Colón es acusado por sus enemigos eclesiásticos y civiles de venalidad y evasión del impositivo Quinto Real, obligante en los placeres de perlas y yacimientos auríferos que explota a base de esclavos indios. El comendador Francisco de Bobadilla nuevo Gobernador en Santo Domingo será por tal motivo quien le devuelva a España encadenado (1500).

Vienen a poblar con Bobadilla 300 familias contratadas por 4 años, que pronto se desparraman sin control en busca de arenas y filones auríferos por tierras de La Vega y Haina, en un afán de ávido lucro y rápido atesoro para regresar de seguido a sus lares ibéricos. Físicamente lejos del sometimiento obligado a la obediencia del Gobernador, dejan sin cultivo las tierras adjudicadas. Los Amparos Reales, lotes comunitarios de tierra sementera, quedan en barbecho, eriales yermos que criminalizan una economía apenas subsistente.

Para gestionar esta gobernación que no puede concebir el monarca sino sólida y eficaz, envía a Nicolás de Ovando con el título de Gobernador de Indias (1501-1509). Hombre de prestigio con ideas claras y voluntad firme, Caballero de Alcántara y Comendador de Lares, Ovando comienza por pacificar la isla, alborotada por el mal gobierno de los hermanos Colón y del comendador Bobadilla. Por pacificar, entendía el monje-soldado someter, que no esclavizar, a todo indígena revoltoso o contrario al establecimiento español y sus leyes que en la isla hanse de implantar. Intuye el gran ensayo de poblamiento y catequización de un nuevo hecho social que durante aquel tiempo comienza a vislumbrarse. Y llega a La Española con una flota de 32 naves y 2500 colonos labradores, maestros canteros y artesanos, ganado mayor y menor, abundante provisión << de boca y guerra >> y 14 indios tainos que Colón llevara a España como muestra humana del Descubrimiento y que ahora se repatrían por orden de la Reina. En años anteriores había sido comisionado por el rey Fernando para restaurar la Valencia de Alcántara abatida durante la Sucesión castellana, donde conocerá las exigencias constructivas y estratégicas de toda villa fronteriza. Concibe y funda Santo Domingo, la primera ciudad europea del Nuevo Mundo. Como promotor del enclave urbano, convoca a sus gentes para elegir regidores que formen el Cabildo, suerte de corporación con derecho a convocatorias deliberantes sobre cuestiones ciudadanas de interés común. Primero ley y justicia, luego materializar el trazado y construcción de calles, plazas y edificios, en un orden de prioridades establecido de antaño. Su trama de damero, será referente para las futuras ciudades hispanas, con calles rectas formando cuadras, a veces ligeramente acuñadas por mor de la orografía o la climatología local. Las casas de madera y techo cañizo que habíanse construido al este del río, las levantan ahora al oeste en sillar o mampostería de piedra los maestros venidos y mano de obra india. Construyen la Fortaleza Ozama, primer bastión defensivo de la ciudad y su dársena, primigenio cuartel militar, residencia propia y futura de gobernadores. Se inicia bajo advocación de San Nicolás de Bari (1503) el primer Hospital, planta basilical cuyas naves laterales piensa dedicar a la atención de enfermos. La orden franciscana llega para construir su Convento de San Francisco (1508) que, fiel al querer de la Reina, va a convertirse en un foco de recepción de frailes que irradiará nuevas fundaciones y aulas por las Indias: su iglesia conventual (1532) sería el primer edificio eclesial inaugurado en el Nuevo Mundo.

Mente disciplinada, sabe Ovando rodearse de gente emprendedora, capaz de acometer el desafío de la expansión antillana, deseada por la Corona. Entre ellos, Diego Velazquez será Gobernador de Cuba, Ponce de León lo será de Puerto Rico, Diego de Esquivel ganará Jamaica, Pizarro El Perú, Cortés México y Balboa dará a su Rey el Mar del Sur. Ellos irradiarán hacia las nuevas gobernaciones las bases del poblamiento continental establecidas por Ovando en La Española. Son hijos del Renacimiento, emprendedores que autofinancian las empresas que acometen, una vez les ha sido otorgado el pertinente nombramiento regio, garantía escrita de su titularidad frente a la Ley o la desleal competencia. Y pagarán también el Quinto Real de sus ganancias, como todo súbdito de la Corona Castellana que las hubiere.

Agrupa a los colonos de anteriores épocas dispersos por la isla, entreverados en poblaciones indígenas y amancebados muchos de ellos con indias cuando no casados, y los concentra en las nuevas ciudades que va fundando. Al igual que los últimos incorporados, todo colono recibirá tierra, pero debe cultivarla, residir en ellas y pagar diezmos a la Corona. Los repartos de lotes se realizan por sorteo, y ante Notario Real se adjudican. Gozan de libertad para buscar yacimientos mineros, pero pagarán el Quinto Real de lo que obtengan: la misma política que va a perdurar por siglos en el Continente. Por encima de otros criterios bienpensantes, introduce Ovando entre sus colonos la “Encomienda” de indios, base realista futurible para una racional economía de mercado minera, agrícola y ganadera. Era la Encomienda institución de tradición castellana, que en América iba a evolucionar con los tiempos. Mediante ella un grupo de familias de indios, cacique incluido, quedaban por Real Orden sometidos al encomendero, hacendado que a cambio del trabajo de sus miembros estaba obligado a protegerles y cuidar su instrucción religiosa bajo dirección misionera. La organización por encomiendas había incorporado al quehacer de Castilla importantes regiones de reconquista mora. Pero iban a surgir en América otros problemas humanos, derivados de aplicarlo sobre gentes de economía subsistente o tradición seminómada, lejos del nivel social mudéjar de siglos anteriores al contemporáneo ensayo, y por tanto ajenas a toda idea de sistemático esfuerzo. La mano de obra era imprescindible para potenciar la empresa conquistadora. Hombres para dirigirla había, pero nunca el capital suficiente, ni mano de obra cuantitativa para desarrollarla. El hombre del Renacimiento sabía que para financiar sus empresas había que buscar ganancias in situ: las minas eran una pertinaz fuente de ingresos y para sus minerales estaba desarrollando la ciencia eficaces métodos de lavado y extracción. Los portugueses, siguiendo la romana huella, eran pioneros en África. Pero en la América no había marfil, ni ébano, ni Costa de Esclavos a cuyos caciques comprar para convertir sus cuerdas de presos en fuerza laboral. Pero había oro, que iba a trocarse en moneda de pago capaz de sufragar las empresas de Indias. Y había nativos, caníbales en las antillas menores, que debían aportar de grado o por la fuerza, la necesaria mano de obra. O no habría en el Mundo capacidad alguna para financiar la empresa americana, ni desarrollar entre sus gentes una cultura acorde con los tiempos. Cultura que en lenguaje renacentista no era sino civilidad cristiana. Quedarán establecidas por Real Orden las “Reducciones”, llamadas mas tarde “Corregimientos”, a fin de conformar esa sociedad de producción que se busca. Se agrupa a los indios no encomendados en núcleos étnicos, “repúblicas de indios” con autonomía administrativa y bajo autoridad de sus propios alcaldes y alguaciles. Toda Reducción debía gozar en propiedad de sus tierras ubicadas en una legua a la redonda, conucos si los hubiere incluidos, y podía vender la producción hortofrutícola sobrante en cualquier mercado ciudadano. Pero la explotación de minas y yacimientos estaba para ellos vedada. Pagarían sus tributos en especies de yuca, ajes, guáyiga, batata y maíz, motivo recurrente de sus cultivos.

Surgía empero la sorpresa demográfica de ver cómo poblaciones nativas se diezmaban o sucumbían bajo enfermedades que el europeo y el africano resistían secularmente. La viruela y el sarampión iban a convertirse en el flagelo de las razas indígenas y ante la disminución de la mano de obra se recurre a la tradicional servidumbre africana implantada en Europa desde la época romana y aún antes. La esclavitud era de consuetudinario arraigo entre los principios sociales y morales de la época. Ovando se muestra renuente a traer negros bozales. Por la experiencia habida de tiempo anterior y tratas clandestinas, era sabido que a la menor cuita se escapaban a los montes, donde pervivían entre indios impregnándoles sus malas artes….continuará —>