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Contexto Histórico de Santo Domingo (actual República Dominicana) – III

En 1579 se crea la armada llamada Galeones de Santo Domingo, dos naves con su patache de aviso para vigilancia de los mares y pasos de las Antillas y costas del Yucatán hasta La Florida. La proliferación de piratas dificulta el comercio de ultramar. La Flota de Indias que cada año leva anclas de La Habana hacia Sevilla, navega custodiada por la  Armada del Mar Océano. Cuando regresan al Caribe, la Armada permite a la altura de Guadalupe desviarse  a las naos que han de enfilar las costas de Tierra Firme o las Islas de La Española y Puerto Rico. Es allí cuando los Galeones de Santo Domingo entran en su función de guardas del mar. Debidamente controlados los cabos y resguardos de su singladura, arriban a Santo Domingo dos naos merchantas con las mercancías que vienen de Sevilla. Traen jabones, vinos, harinas, telas, perfumes, fármacos, papel, aperos, clavazones, tijeras, aceite. Y se llevan azúcar, cuero, sebos, jengibre, tabaco, cañafístola, rumbo a La Habana. Allí se reunirán con las demás flotas virreinales para, pasada la época de tifones, enrumbar nuevamente sus proas hacia España. Las Real Hacienda no llega a cubrir la creciente demanda de servicios que requiere la isla. La economía deficitaria de La Española que no sufraga sus gastos de defensa, no podría sobrevivir si no aportara la Nueva España de Cortés en forma de Situado Virreinal, el déficit que su Hacienda no alcanza a cubrir. Siempre en demora el Situado, las defensas pasivas de la isla se resienten, y sus hombres de guerra, municiones y armamentos, también.

Los piratas de La Tortuga atacan repetidamente Santo Domingo que a duras penas subsiste por sus medios, con menguados y esporádicos aportes de las arcas reales. Los estancieros y ganaderos del litoral, conocen lo que la presencia de velas cercanas significa: contrabando que compra o vende carne, ya sea negra de esclavo para dejar, o roja de res para llevar. Un soberbio negocio que no paga impuestos. Pero si no hay impuestos, no alcanza el presupuesto urbano. Y entre las partes del fraudulento trato, incluso demanda hay que nunca paga: los piratas, que hacen el negocio perfecto. Llegan, amedrentan o matan, capturan o roban el ganado que encuentran al paso y se van: todo gratis. Los mismos hacendados factores de contrabando, también saben lo que es huir a los montes cuando las velas aparecidas no son las propicias. Pero la leyenda de la magnifica Santo Domingo con sus edificios de ensueño, retablos flamencos y cálices de oro, perdura por generaciones en Europa. Drake (1586) se presenta con una flota de 23 navíos y 8000 hombres de mar y guerra, que pasa frente a la ciudad enarbolando enseñas de Portugal, aliada monarquía que a la sazón convive bajo la corona de Felipe II. Antes de corsario ha sido traficante negrero junto a su mentor John Hawkins, y es por tanto un hábil conocedor del juego. Amaga un fondeo frente a la ciudad, maniobra de distracción que permite valorar desde la costa su gran poder en potencia de fuego y hombres; pero pasa luego de largo y desembarca su gente en las playas de Haina, diez millas al oeste, lejos de miradas indiscretas. Trata de coparla por retaguardia en una operación envolvente rápida, sin que escape nadie. Tarde descubrirán los confiados ciudadanos la impostura: cuando no queda tiempo ya para defensa alguna. En un mar infestado de “perros del mar”, conocen también los dominicanos las reglas del juego y huyen antes de que las picas inglesas asomen por encima de sus muros.

Tan formidable Armada viene financiada por la hermandad de corsarios de Plymouth y Southampton, sindicato auspiciado por la propia reina Isabel Tudor y  colaboradores allegados, que arriesgan en comandita un dinero que esperan multiplicarlo en ganancias. Como todo inversor. También Drake es hombre del Renacimiento: un caballero de buenas maneras que domina el español, luego de sus años de paje en la corte ducal de Feria en la extremeña Zafra. Pero no ha empezado bien un negocio que para mayor rédito del capital invertido debería ser rápido; y que sin embargo va a prolongarse en semanas de negociación entreveradas de locuaces chalaneos, fintas dialécticas, regateos e histriónicos desplantes.

La ciudad contaba en esos momentos con 500 arcabuceros, 100 dragones, 18 cañones y sus artilleros, más una milicia indígena, escasa pero letal con sus flechas envenenadas. Pero ante la magnitud del enemigo solo queda la huida. Así lo cree su Gobernador, y la mayoría urbana abandona la ciudad y se interna por los caminos que se pierden entre la manigua en busca de haciendas lejanas, ocultas. Drake planta su cuartel general en la catedral, recibe parlamentarios y recorta plazos. Comienza la destrucción programada de templos y conventos, no sin antes esperar a que la soldadesca acabe su trabajo de saqueo y quema sistemática de imágenes sagradas, ornamentos y retablos. Degüellan a dos ancianos dominicos que se niegan a abandonar el convento. Destapan tumbas buscando joyas, cargan con vasos sagrados, campanas y cañones, vacían los depósitos de la Aduana, incorporan a su flota los barcos del puerto. Y Drake sigue la quema de edificios presionando voluntades para alcanzar la capitulación que fije el monto del rescate, a cambio de conservar el patrimonio. Hace instalar en la Plaza Mayor una ostensible balanza con la que piensa calibrar el monto del pago en especias. La Merced, San Francisco, Santa Clara, Santa Bárbara, las Reales Casas de Gobernación y Audiencia, San Nicolás de Bari, Dominicos, van cayendo día a día bajo la tea incendiaria. Y, por fin, comienzan a llegar, tímidas, las primeras joyas y prendas que deben ser tasadas. Salvadas apresuradamente por algunas damas fugitivas, sirven ahora para rescatar al menos parte de esa ciudad que no han sabido o podido defender sus hombres. Cuando se cubre la convenida cifra de 25.000 ducados-oro, el pirata inglés fiel a su palabra leva anclas y enrumba hacia otra costa. Después de más de un mes de saqueo, parten diez de sus galeones con el botín hacia Southampton. En el curso de la contienda europea, Calais había caído en manos españolas, y decenas de barcos de este puerto y de Dunkerque navegaban en corso para Felipe II por el Canal de la Mancha. Los galeones del tesoro de Drake nunca llegarían a destino: iban a caer en manos de una flota corsaria de Calais, que restituiría al rey español gran parte del tesoro. Drake, ajeno a la suerte seguida por sus galeones de Calais, iba a proseguir por costas caribeñas el saqueo, la extorsión y la fiducia, según la ruta convenida con los síndicos socios de su Isla madre. Detrás deja en Santo Domingo ruinas, edificios que fueron emblemáticos, fachadas esculpidas en piedra, arbotantes góticos, bóvedas de crucero, arquivoltas conopiales, canecillos labrados o los colores de las vidrieras rotas, diseños todos desconocidos para la América no hispana hasta siglos después, esa América adscrita al corsario que ahora la desbarata. Y la dolorosa pérdida de valiosos archivos documentales de la primera ciudad y del primer establecimiento europeo, por genuinamente hispánico, de ultramar: un modelo que sería propagado por las Indias, Filipinas y otros enclaves de Asia y Oceanía, tras fatigas humanas incontables. Tras la destrucción, quedará establecido un sistema de aviso mutuo entre los puertos, mediante pataches que notifiquen las emergencias a la autoridad real de las islas. Es todo cuanto la Hacienda Real puede aportar en la presente coyuntura para sostener la colonización de la preciada pero deficitaria Adelantada de América.

Con el desastre, iba a sobrevenir un largo y penoso período de convalecencia. Habíanse abandonado por dificultades de explotación los yacimientos auríferos halladas durante los primeros tiempos de la conquista en Haina y La Vega, y no habían aparecido otros filones minerales donde aventurar nuevas inversiones que los banqueros de Hamburgo o Sevilla estaban dispuestos a financiar. Solo agricultura y ganadería contaban para potenciar el bienestar y los presupuestos insulares.

Frente a la presión pirática en aumento, muchos estancieros abandonan la costa oeste de La Española y tratan de exterminar al no poder coparlos, aquellos ganados cimarrones que pastaban libres por los campos. Incluso se mandan destruir algunas ciudades del norte con mas de siglo y medio de fundadas por ser consideradas polos de atracción del contrabando. Contábanse en aquellas costas más de 200 hatos de 10.000/12.000 y más reses, incluso una rica viuda había que poseía un hato con 42.000 cabezas de ganado. Pero también había otros hatos de cerda, caprino y ovino. El despoblamiento costero iba a convertir a los indeseables bucaneros que venían cazando  reses para cuerear su piel y salar cecinas, en afincados ganaderos. Comienzan a instalarse en la despoblada costa en sustitución de los estancieros idos, reponen ganado con nuevas depredaciones en otros pagos, y siguen su negocio libre de impuestos. Son hugonotes franceses rebotados de su católico terruño, aventureros de toda laya hermanados en el delito, sin patria, credo ni ley, que por los avatares de la política europea, serán apoyados por la propia metrópoli que los vomitó. Vienen a tomar tierra desde La Tortuga, Isla de Pinos, Martinica, como bandada de zamuros cuyo vuelo cae sobre res muerta en el campo. Más tarde sus descendientes y esclavos van a constituirse en nación, y entablar cruentas guerras contra los herederos de quienes habían puesto a valer aquellas tierras.

 
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Contexto Histórico de Santo Domingo (actual República Dominicana) – II

Bien es cierto que habíase prohibido la entrada de negros levantiscos y demás siervos criados con moros o judíos, y expulsados todos mediante su entrega a la Casa de Contratación para retornarlos a Sevilla, en tanto a los tratantes de la isla se les castigó con 100 azotes. Pero a la muerte de la reina Isabel (1504) se levantará el interdicto y se abre de nuevo la puerta a los negros. Para laborar las minas tráense esclavos nacidos en Castilla, negros cristianos adaptados a la cultura española. Se intenta someter a estos varones a mejor disciplina mediante la provisión de esclavas de su raza << que casándose con los esclavos que hay, den estos menos sospechas de alzamiento >> como parece suceder. Pero las razas africanas tenidas por más fuertes y resistentes, iban también a morir junto a los europeos por cientos, tras terribles travesías de escorbuto y mar, en aquellas malsanas tierras saturadas de humedales, plagas y mosquitos, seguramente de enfermedades tan conocidas como malaria y tifus, pero lejos de la ciencia médica del momento histórico que vivían las Indias. La mortandad de la raza negra es causa que llega a preocupar al propio Rey: << No entiendo como se han muerto tantos negros: cuidadlos mucho >>, manda decir extrañado. Diez años después, con la muerte del propio Fernando de Aragón, se suspendería la trata.

Los colonos raptan mujeres indígenas, que lejos de sublevarse contra sus captores, les acompañarán de buen grado en el lecho y con las armas. Algunas vuelven en principio a su comunidad, pero pasado cierto tiempo retornan voluntariamente con sus captores. Estos raptos y deserción de féminas tainas acabarán encrespando la animosidad de sus caciques. En Higüey se produce uno de esos levantamientos, que Ovando acude a sofocar. Cuenta el cronista Antonio de Herrera en las Décadas que en sus bailes y fiestas las mujeres tainas se daban a los españoles “que no bastaba resistir” y  que la cacica Anacaona “era muy deshonesta en el acto venéreo con los cristianos y por eso y otras cosas  semejantes quedó reputada y tenida por la más disoluta mujer que de su manera hubo en esta isla”.  Con este liviano trasfondo, acude Ovando ante nueva sublevación en el sureste liderada por la hermosa Anacaona, quien le recibirá con bailes de las muchachas núbiles de su tribu. El severo frey, manda apresar a la cacica y darle garrote. Pedrarias Dávila a la sazón Gobernador de Tierra Firme informa al Rey de que <<una de las cosas que más ha alterado en La Española y que más ha enemistado (a los indios) con los cristianos, ha sido tomarles mujeres e hijas contra su voluntad y usarlas como si sus mujeres fueran >>. Estos desajustes provocados en muchos casos por la escasez de mujeres y en otros por la entrega voluntaria de sus cuerpos, va a propiciar la llegada de esclavas blancas cristianas, sumisas y hacendosas mudéjares << pues habiendo en estas regiones gran necesidad de mujeres, los españoles las tomarían y no se unirían a las indias, amén de que las blancas rendirían más para el trabajo que las naturales >>, responde el monarca, que parece multiplicar sus empeños por doquier.

A estas medidas socio-económicas que trataron de nuclear las gentes de La Española, e impulsaron su agricultura y minería, además de favorecer los pulsos misioneros de culturización indígena, han dado en llamarse Ordenamiento del Territorio en el que Ovando hubo empeñado su gestión. Su influencia sería trascendental en el devenir de la desde entonces llamada, y verdadera, Cuna de América, como unidad hispánica diferenciada a la vez que referencia de proyección universal.

Cuando cree su misión cumplida, y deseoso de incorporarse a su orden monacal de caballero que porta sobre el pecho la verde cruz de Alcántara, regresa Ovando a España, a cuyo fin el parco célibe debe solicitar al Cabildo de Santo Domingo dinero prestado para el viaje. Fernando el Católico le premiará con su propio título vitalicio de Maestre Supremo de la Orden de Alcántara, a él perteneciente desde que le fuera adscrito por el papa Alejandro VI. Órdenes de caballería, monjes guerreros, poblamiento racional, economía productiva: un mundo vetusto que se entretejía con otro renacentista. Era la propia madeja española que ante el magno proceso que vislumbraba, estaba dejando de ser medieval para convertirse en moderna.

Ovando es sustituido como Gobernador por Diego Colón (1509-1515), hijo del Almirante, no por supuestos derechos paternos que sin duda reclama, sino por graciosa merced del Rey Católico, con cuya prima María de Toledo, de la ducal Casa de Alba, estaba desposado. Quedará para conseja urbana que la gobernadora y señoras del séquito, acostumbren pasear por la calle próxima a su residencia palaciega, que el mentidero colonial motejaría como Calle de las Damas.

Hacer de La Española una unidad productiva acorde a los cánones renacentistas, era idea ya asumida en la época de Don Diego, aunque iban a ser mil veces quebrantadas las reales disposiciones de facto por el coloniaje, contra la voluntad de su Gobernador y de sus lejanos reyes. Una constante histórica entre gobernadores y gobernados de cualquier época o país que  iba a persistir en pertinaz ritornelo sobre Santo Domingo, ayudada a veces por la debilidad, provecho propio y venalidad de oidores, fiscales y demás oficios reales. A la vez  que la enseñanza de su habla, van extendiendo dominicos y franciscanos entre los tainos la aclimatación de naranjos, limoneros, higos, melones, caña de azúcar, arroz, el ñame que llega con los primeros africanos, además de ganados, aves de corral, perros y gatos desconocidos en las antillas y traídos por los colonos desde la Península o Canarias. Muchos de los emigrantes que de Europa han llegado, pronto los ven distribuirse hacia otras islas y empeños, arrastrando afanes y hacienda de algún insatisfecho colono que con ellos sigue caminos hacia otros vientos. Este desequilibrado flujo hará que la población de la isla, comience a tambalearse algún día.

El ensayo previo de colonización americana va penetrando tierras dominicanas. Se crea la primera Audiencia (1511), el obispado de Santo Domingo pasa a ser Sede Arzobispal (1521), primera Silla Metropolitana y más tarde Catedral Primada de América (1541). El creado Tribunal de la Real Audiencia único en principio para toda la América conocerá de asuntos de gobierno, justicia y orden político y social. Compuesto por jueces, oidores, fiscales y alguaciles sería presidido por el propio Gobernador de La Española, pero por diversas razones no estaría operativo hasta que Carlos V lo puso en funciones (1526) perdurando su jurisdicción durante más de 250 años. Entre otras gestiones diplomáticas, habrían de tratarse en él las desavenencias entre Francisco Pizarro y Diego de Almagro del Perú, o las diligencias de paz avenidas entre Hernán Cortés y Pánfilo de Narváez en Yucatán. Desde Santo Domingo socorrerán la angustiosa llamada de Pizarro que en su guerra con los incas, pide se le envíen alimentos, caballos y herrajes, que despachará la Audiencia para el istmo con un galeón repleto de monturas y bastimentos.

Llegan los jerónimos a la isla, los dominicos a la capital. Impulsan los primeros el cultivo de la caña (1516) y los ingenios para triturarla y procesar sus melazas, rones y guarapos, cofinanciados algunos por la Real Hacienda y promovidos otros por ciertos pudientes vecinos de Santo Domingo. Los dominicos enarbolarán como seña de identidad la bandera de la esclavitud indígena, que van a defender apasionadamente tanto en las Indias como en Europa. Nueva y mortal epidemia de viruela viene a implosionar a la raza taina hasta casi borrarla del mapa, y la libertad de los indios espoleada por los dominicos va ganando terreno a expensas de la esclavitud de los negros, al punto que pasados unos años, el Gobernador Alonso López del Cerrato recibe instrucciones del Emperador Carlos V (1544) para dejar definitivamente libres a todos los indios de La Española. Solo los misioneros, con su portentosa capacidad de adaptación espoleada por la fe, han sido capaces de oponerse al poder establecido, ya económico o político en defensa del indígena. Difícil cometido para la razón, campo abierto a la compasión, ingenua bonhomía frente al atávico cacumen humano, serían sus valores. Los dominicos verían disminuida su razón de ser en Santo Domingo y su concurrido  convento decae a favor de Puerto Rico y Cuba, nuevo destino de sus frailes, nuevas abulias que encauzar y proteger. A causa del vacío indígena, los  jerónimos van a solicitar de la Corona negros bozales francos de todo derecho, que aliviarán las plantaciones e ingenios de caña << para que estos indios sus vasallos, sean ayudados e relevados en su trabajo >>. Pronto se programa la llegada de 4.000 negros de ambos sexos durante los siguientes ocho años, gravados con tasas y almojarifazgos como si de mercancía se tratase, que iba a dar notable ganancia a la Hacienda Real.  Ya a mediados de siglo el tráfico de africanos de contrabando o declarados, había generado un mercado de esclavos caros y colonos pobres, alzamiento y cimarronismo, abundancia de manumisos y libertos, reventa de negros en cercanas islas y merodeo clandestino de negreros ingleses y holandeses por la costa españolense con negros guineanos a precios de ganga. John Hawkins aparece con 300 negros robados en la costa de África (1563), negros que trocará por cueros, azúcar y jengibre para poner velas por medio: un negocio que repetiría en posteriores ocasiones.

De Santo Domingo parten y allí retornan las expediciones de conquista y poblamiento de Antillas y Costa Firme. La ciudad experimenta un fuerte crecimiento con edificios privados, conventos, palacios e iglesias de hermosa arquitectura gótica o renacentista rodeada de heredades, jardines, naranjales, cañafístolos, frutales varios. Los dominicos, fundan su convento en 1510, cuyas aulas se transformarán en la Universidad de Santo Tomas de Aquino años después (1538), primer foco intelectual americano que va a irradiar sus luces a los territorios descubiertos. Se funda, el Monasterio de Santa Clara (1551) con 10 monjas clarisas españolas y 16 jóvenes reclutadas en la isla. Se construye el Monasterio Regina Angelorum para albergar en principio a otras seis dominicas andaluzas (1560). Las monjas serían las encargadas de formar en letras y labores del hogar las nuevas generaciones de jóvenes casaderas, y para aquellas otras de familia acomodada cuyo estatus así lo demandaba, añadían cocina, bordado, música y danza. De estos conventos saldrán las fundadoras de los conventos de Puerto Rico y Venezuela. Se va completando el cerco murado que zuncha la ciudad y su Fortaleza Ozama, con bastiones estratégicos para fusilería en sus paños; en ella iba a morir su alcaide, el historiador Gonzalo Fernández de Oviedo (1557). En pleno  medro ciudadano, su entonces obispo primado, el toscano Alessandro Geraldini, llegará a proclamar con entusiástica loa: “ínclita ciudad con edificios altos y hermosos, puerto capaz de contener a todos los navíos de la Europa, con calles anchas y rectas que nada tienen que envidiar a las de Florencia…” No iba a durar mucho esta desbocada euforia. En una suerte de sesgo esperpéntico, este esplendor comenzaría a decaer tras afianzarse la conquista de México y convertirse La Habana en puerto neurálgico de las Indias en su comercio con España. Sus colonos parten a esas y otras tierras y otros quehaceres, y la demografía de La Española comienza un preocupante descenso. Las gentes que antaño recibía de la Península, hogaño pasan directamente al continente. A finales de siglo la capital dominicana apenas conserva 500 familias asentadas. Los colonos que migran llevan un magro ajuar en naves siempre repletas de pasajeros que buscan mejor suerte. Centenares de cabezas de ganado traídas a la isla para añadir valor a sus pastizales, quedan cimarronas, sueltas a su albedrío por los campos tras el forzado abandono de sus dueños. Y en pocas décadas de crecimiento vegetativo, los centenares se tornarán miles, al alcance de quienes quieran capturarlos o sacrificarlos.

 
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Contexto Histórico de Santo Domingo (actual República Dominicana) – I

Cristóbal Colón en su primer viaje (1492) descubre la isla llamada Quisqueya por los nativos tainos, que denominará La Española. El primer asentamiento europeo empieza a conformarse en ella un año después al este del río Ozama (2º viaje), aunque será fundado oficialmente como ciudad por su hermano Bartolomé con el nombre de Isabela (1496) en honor de la Reina Católica. Años después, destruida por un huracán, será refundada al otro lado del río Ozama por Nicolás de Ovando (1502), con el nombre de Santo Domingo de Guzmán, el ejemplar hidalgo burgalés del siglo XIII. Recibirá como escudo ciudadano una llave en palo coronada entre dos leones rampantes y bordura con escaques blanquinegros del apellido Guzmán, según Real Cédula (1508) del Rey Fernando. La llave como símbolo de la ciudad que iba a ser la Puerta de un Nuevo Mundo.

El aragonés rey Fernando el Católico ha intuido rápidamente la importancia del dominio atlántico y proyecta establecer una base firme del poder español en el Caribe, y no una factoría mercantil de trueque al estilo mediterráneo de Venecia o portugués del Índico. En ella se aplicarán las leyes y libertades municipales de Castilla y por tanto los nativos han de ser tratados como a todo súbdito de su rey corresponde. Bajo la Corona juntan los Reyes Católicos los reinos que por herencia o conquista han merecido: desde Aragón, Castilla, Nápoles, Sicilia, Navarra y Génova, hasta << nuestros nuevos reinos de América >> en decires de la castellana reina Isabel.st

Los primeros años del establecimiento español en la isla son onerosos. Como primera disposición se introduce la desconocida rueda, sin la cual no puede haber transporte eficaz de mercancías, ni ruecas para hilar, ni tornos de alfarero, ni norias para el riego de secanos, ni ingenios donde procesar la caña de azúcar como se labora en Canarias, ni futuro. Aquellas tierras pueden dar algodón, caña de azúcar, café, además de la yuca y maíz autóctonos, incluso oro y perlas. Y por ello, la rueda radiada de herencia celta, con llanta y cubo de hierro, va a propagarse por toda costa donde el europeo llega, dejando ver su esbelta e inconfundible silueta por las Indias todas. Como también lo hacen los distintos aperos de labranza según procedencia del colono que los trabaje, y sobre todos ellos, el rey arado que labrará los campos desbrozándolos de maleza. Pese a este primer esfuerzo inversor, Colon atraviesa graves dificultades como virrey tras su 2º viaje, dada la radical oposición de sus ideas mercantilistas de inspiración genovesa, versus las del Rey Católico de visión universal, que ordena aplicar sin ambages la tradición repobladora castellana, heredera de la Reconquista. Será por ello traído a España Colón con sus hermanos cargados de cadenas. A la espera de un Juicio de Residencia, serán cautelarmente suspendidos los capitulares títulos del Descubridor hasta ser juzgado, y en su caso absuelto. Esta figura procesal emanaba de los juristas dominicos de la Universidad de Salamanca, como embridado contra abusos y corruptelas del funcionariado público, que al final de su mandato había de ser investigado y juzgado por su desempeño. Un precedente de los juicios políticos que habrían de seguirse al cabo de siglos, en muchas repúblicas hispanoamericanas tras alcanzar la independencia. Colón es acusado por sus enemigos eclesiásticos y civiles de venalidad y evasión del impositivo Quinto Real, obligante en los placeres de perlas y yacimientos auríferos que explota a base de esclavos indios. El comendador Francisco de Bobadilla nuevo Gobernador en Santo Domingo será por tal motivo quien le devuelva a España encadenado (1500).

Vienen a poblar con Bobadilla 300 familias contratadas por 4 años, que pronto se desparraman sin control en busca de arenas y filones auríferos por tierras de La Vega y Haina, en un afán de ávido lucro y rápido atesoro para regresar de seguido a sus lares ibéricos. Físicamente lejos del sometimiento obligado a la obediencia del Gobernador, dejan sin cultivo las tierras adjudicadas. Los Amparos Reales, lotes comunitarios de tierra sementera, quedan en barbecho, eriales yermos que criminalizan una economía apenas subsistente.

Para gestionar esta gobernación que no puede concebir el monarca sino sólida y eficaz, envía a Nicolás de Ovando con el título de Gobernador de Indias (1501-1509). Hombre de prestigio con ideas claras y voluntad firme, Caballero de Alcántara y Comendador de Lares, Ovando comienza por pacificar la isla, alborotada por el mal gobierno de los hermanos Colón y del comendador Bobadilla. Por pacificar, entendía el monje-soldado someter, que no esclavizar, a todo indígena revoltoso o contrario al establecimiento español y sus leyes que en la isla hanse de implantar. Intuye el gran ensayo de poblamiento y catequización de un nuevo hecho social que durante aquel tiempo comienza a vislumbrarse. Y llega a La Española con una flota de 32 naves y 2500 colonos labradores, maestros canteros y artesanos, ganado mayor y menor, abundante provisión << de boca y guerra >> y 14 indios tainos que Colón llevara a España como muestra humana del Descubrimiento y que ahora se repatrían por orden de la Reina. En años anteriores había sido comisionado por el rey Fernando para restaurar la Valencia de Alcántara abatida durante la Sucesión castellana, donde conocerá las exigencias constructivas y estratégicas de toda villa fronteriza. Concibe y funda Santo Domingo, la primera ciudad europea del Nuevo Mundo. Como promotor del enclave urbano, convoca a sus gentes para elegir regidores que formen el Cabildo, suerte de corporación con derecho a convocatorias deliberantes sobre cuestiones ciudadanas de interés común. Primero ley y justicia, luego materializar el trazado y construcción de calles, plazas y edificios, en un orden de prioridades establecido de antaño. Su trama de damero, será referente para las futuras ciudades hispanas, con calles rectas formando cuadras, a veces ligeramente acuñadas por mor de la orografía o la climatología local. Las casas de madera y techo cañizo que habíanse construido al este del río, las levantan ahora al oeste en sillar o mampostería de piedra los maestros venidos y mano de obra india. Construyen la Fortaleza Ozama, primer bastión defensivo de la ciudad y su dársena, primigenio cuartel militar, residencia propia y futura de gobernadores. Se inicia bajo advocación de San Nicolás de Bari (1503) el primer Hospital, planta basilical cuyas naves laterales piensa dedicar a la atención de enfermos. La orden franciscana llega para construir su Convento de San Francisco (1508) que, fiel al querer de la Reina, va a convertirse en un foco de recepción de frailes que irradiará nuevas fundaciones y aulas por las Indias: su iglesia conventual (1532) sería el primer edificio eclesial inaugurado en el Nuevo Mundo.

Mente disciplinada, sabe Ovando rodearse de gente emprendedora, capaz de acometer el desafío de la expansión antillana, deseada por la Corona. Entre ellos, Diego Velazquez será Gobernador de Cuba, Ponce de León lo será de Puerto Rico, Diego de Esquivel ganará Jamaica, Pizarro El Perú, Cortés México y Balboa dará a su Rey el Mar del Sur. Ellos irradiarán hacia las nuevas gobernaciones las bases del poblamiento continental establecidas por Ovando en La Española. Son hijos del Renacimiento, emprendedores que autofinancian las empresas que acometen, una vez les ha sido otorgado el pertinente nombramiento regio, garantía escrita de su titularidad frente a la Ley o la desleal competencia. Y pagarán también el Quinto Real de sus ganancias, como todo súbdito de la Corona Castellana que las hubiere.

Agrupa a los colonos de anteriores épocas dispersos por la isla, entreverados en poblaciones indígenas y amancebados muchos de ellos con indias cuando no casados, y los concentra en las nuevas ciudades que va fundando. Al igual que los últimos incorporados, todo colono recibirá tierra, pero debe cultivarla, residir en ellas y pagar diezmos a la Corona. Los repartos de lotes se realizan por sorteo, y ante Notario Real se adjudican. Gozan de libertad para buscar yacimientos mineros, pero pagarán el Quinto Real de lo que obtengan: la misma política que va a perdurar por siglos en el Continente. Por encima de otros criterios bienpensantes, introduce Ovando entre sus colonos la “Encomienda” de indios, base realista futurible para una racional economía de mercado minera, agrícola y ganadera. Era la Encomienda institución de tradición castellana, que en América iba a evolucionar con los tiempos. Mediante ella un grupo de familias de indios, cacique incluido, quedaban por Real Orden sometidos al encomendero, hacendado que a cambio del trabajo de sus miembros estaba obligado a protegerles y cuidar su instrucción religiosa bajo dirección misionera. La organización por encomiendas había incorporado al quehacer de Castilla importantes regiones de reconquista mora. Pero iban a surgir en América otros problemas humanos, derivados de aplicarlo sobre gentes de economía subsistente o tradición seminómada, lejos del nivel social mudéjar de siglos anteriores al contemporáneo ensayo, y por tanto ajenas a toda idea de sistemático esfuerzo. La mano de obra era imprescindible para potenciar la empresa conquistadora. Hombres para dirigirla había, pero nunca el capital suficiente, ni mano de obra cuantitativa para desarrollarla. El hombre del Renacimiento sabía que para financiar sus empresas había que buscar ganancias in situ: las minas eran una pertinaz fuente de ingresos y para sus minerales estaba desarrollando la ciencia eficaces métodos de lavado y extracción. Los portugueses, siguiendo la romana huella, eran pioneros en África. Pero en la América no había marfil, ni ébano, ni Costa de Esclavos a cuyos caciques comprar para convertir sus cuerdas de presos en fuerza laboral. Pero había oro, que iba a trocarse en moneda de pago capaz de sufragar las empresas de Indias. Y había nativos, caníbales en las antillas menores, que debían aportar de grado o por la fuerza, la necesaria mano de obra. O no habría en el Mundo capacidad alguna para financiar la empresa americana, ni desarrollar entre sus gentes una cultura acorde con los tiempos. Cultura que en lenguaje renacentista no era sino civilidad cristiana. Quedarán establecidas por Real Orden las “Reducciones”, llamadas mas tarde “Corregimientos”, a fin de conformar esa sociedad de producción que se busca. Se agrupa a los indios no encomendados en núcleos étnicos, “repúblicas de indios” con autonomía administrativa y bajo autoridad de sus propios alcaldes y alguaciles. Toda Reducción debía gozar en propiedad de sus tierras ubicadas en una legua a la redonda, conucos si los hubiere incluidos, y podía vender la producción hortofrutícola sobrante en cualquier mercado ciudadano. Pero la explotación de minas y yacimientos estaba para ellos vedada. Pagarían sus tributos en especies de yuca, ajes, guáyiga, batata y maíz, motivo recurrente de sus cultivos.

Surgía empero la sorpresa demográfica de ver cómo poblaciones nativas se diezmaban o sucumbían bajo enfermedades que el europeo y el africano resistían secularmente. La viruela y el sarampión iban a convertirse en el flagelo de las razas indígenas y ante la disminución de la mano de obra se recurre a la tradicional servidumbre africana implantada en Europa desde la época romana y aún antes. La esclavitud era de consuetudinario arraigo entre los principios sociales y morales de la época. Ovando se muestra renuente a traer negros bozales. Por la experiencia habida de tiempo anterior y tratas clandestinas, era sabido que a la menor cuita se escapaban a los montes, donde pervivían entre indios impregnándoles sus malas artes….continuará —>