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Contexto Histórico de Portobelo – III

La Armada de Tierra Firme acomodaba la plata en cajones reglados, que mediante carretones, rodaban a bordo sus hombres sobre planchadas, para ser entibados en los panzudos vientres de los cagafuegos de escolta. A su vez, los factores y encomendados limeños embalaban en fardos definidos la mercadería adquirida, que remitían en urcas y bergantines hasta la aduana de boca del Chagres, con barcazas y bongos de remo río arriba hasta la aduana de Venta de Cruces, siguiendo finalmente en carreta o reatas por el Camino de CruceshastaPanamá; o en las propias mulas que retornaban a su base panameña por el Camino  Realpara alcanzarlatras otros doce días de marcha. Y de nuevo el embarque, la estiba y la mar. Desde Panamá, la Flota del Mar del Sur regresaba a su base del Callao desgranando galeones de paso en los puertos del Pacífico ¡Sobrecoge el ánimo considerar el largo camino que habían de recorrer las delicadas obras de arte peninsular para alcanzar incólumes su destino virreinal! Pero llegaron en mayoría, y a él quedaron ancladas en el tiempo y la oralidad. Muchos fueron los pueblos costaneros que en épocas diferentes rescataron de sus playas imágenes sacras que juzgaron milagrosas y entronaron emocionados entre humildes retablos. Se cuentan por centenares las tradiciones y leyendas que nos hablan de tallas halladas sobre las aguas o entre los juncos ribereños. Y la América creyente, reserva esperanzada de la cultura occidental, sabrá conservarlas como las preciadas joyas que son.

Terminada la feria en Portobelo, los navíos de Barlovento se hacen de nuevo a la vela, se desmontan los puestos callejeros y despueblan feriales y plazas. La ciudad queda vacía, con no más de 50 lugareños pardos o negros que permanecen en ella el resto del año, dedicados en mayoría a la tala de árboles del entorno boscoso. Solo los obligados por un sueldo militar o civil, las monjas mercedarias, los hermanos hospitalarios de San Juan de Dios y el cura Vicario permanecen, ausentándose no solo las personas de distinción, mas también las de las castas, pues en saliendo… dejan aquel país y se retiran a Panamá, o a otra población de las que comprehenden aquellas provincias, donde vivirán de las rentas habidas del astronómico alquiler ferial de sus galpones, hospedajes y pulperías. Ciento cincuenta soldados quedan en sus fuertes para mantener operativas las defensas de la bahía, que al cabo de un año habrían de guarecer de nuevo feria y flota.

Figura 11: Derrota anual de La Flota de Barlovento de regreso a Sevilla

Su puerto ha quedado convertido en hito de la ruta transoceánica de la Flota de Indias. De allí parten los galeones de la Flota de Barlovento (base Cartagena)  que rumbo a España se reúne cada año en La Habana con la Flota de Nueva España (base Veracruz) para navegar en conserva bajo el genérico Flota de Indias hasta Sevilla , custodiada en sus singladuras atlánticas por los cagafuegos de la Armada del Mar Océano. Pero  Portobelo era un enclave difícil de mantener. La mala disposición del terreno y la situación de sus defensas de espaldas a los cerros de su bocana, les hacía perfectamente visibles y vulnerables al fuego enemigo, que podía aproximar sin dificultad sus cañones hasta cerca del objetivo para batirlos. El ambiente húmedo y bochornoso del área, pudría rápidamente la madera de las cureñas de cañón, descuidadas por una milicia poco disciplinada y ajena al curado de maderas, que todo hombre de mar sabe alquitranar para curarla de la intemperie. Con el agravante de ser Portobelo un surgidero de maderas para carenado, reparación de navíos o construcción de viviendas. Por otra parte, la incidencia de enfermedades en las guarniciones de Portobelo era particularmente alta, pese a estar dotadas mayoritariamente por negros, mulatos y pardos de Panamá, etnias históricamente reconocidas como muy resistentes a los males del trópico. Sin embargo, estas milicias que mensualmente eran sustituidas por otras nuevas, enfermaban y quedaban pronto diezmadas para el servicio de armas, mostrando una  debilidad reflejada en la temprana palidez de rostro que adquiría su morenez. Este fenómeno contrastaba con la perfecta adaptación de toda la gama de lugareños pardos  aclimatados, tolerantes de su climatología y sanamente activos en ella. La reincidente situación hacía temer el complicado acomodo al insano temperamento local de soldados de otras procedencias, dado el escaso tiempo de su permanencia para aclimatarse en él. Pero la guarnición no podía dotarse a base de naturales de la plaza, por ser pocos los jóvenes residentes de Portobelo. Aunque se prolongaron las estadías militares, la insalubridad del clima iba a matizar en adelante la vida del enclave llegado a conocer con el sobrenombre de Sepultura de Españoles, y que por real mandato limitaba la estadía personal en él a un máximo de 40 días, que vino a marcar  la duración de sus ferias. Tal era la fama de insania del lugar entre los extranjeros, que veían con asombro cómo las propias mujeres nativas con cinco meses de embarazo,  se marchaban fuera de los estigmas locales  para dar a luz en Panamá. Toda una suerte de patrañas anatematizaban la insalubridad del puerto: las gallinas traídas se esterilizaban pronto y dejaban de poner huevos, las vacas enflaquecían y su carne se tornaba correosa e incomible, los caballos y burros no tenían crías… un rosario interminable de calamidades virtuales que la ciencia no lograba acallar, ni los médicos de Cartagena de Indias llegados al efecto. Sin duda los cerros que circundaban la bahía impedían la ventilación y atemperado del lugar, que alcanzaba elevadas temperaturas y humedades saturadas durante la estación lluviosa, con la consiguiente sudoración y desfallecimiento de advenedizos. Los ingleses nunca olvidarían que en aquella bahía había muerto Francis Drake de disentería (1587) junto a otros muchos compatriotas cuyos restos yacían por aquel derredor. Era creencia generalizada entre los pobladores del istmo, que si Portobelo caía en manos inglesas, las enfermedades que diezmaban sus gentes, pronto les disuadirían de mantenerla ocupada Solo las colonias de caimanes, sapos, pericos ligeros y tigres que proliferaban por doquier, encontraban allí estable acomodo, trasgrediendo sin pauta los contornos de aquella urbe proscrita, acosada por la jungla y su fauna. Vade retro, se maliciaban las esposas del funcionariado real con posible destino a sus dependencias. Era por ello que ser soltero era uno de los principales requisitos para acceder a ellas.

     Figura 12: El Castillo de Chagres. Desembocadura del Río

Unas millas al norte siguiendo la costa atlántica, el fuerte de Chagres era el bastión protector de la embocadura del río y la mitad navegable del Camino de Cruces. Encaramado en un escarpe costero, dominaba con sus bocas de fuego el fondeadero de las naves mayores y el abra de la vena fluvial. Por ella accedían a la Venta de Cruces los bongos y chatas con sus fardos peruanos, remontando corrientes en principio a la boga, para concluir a la pértiga o  la sirga, especialmente cuando las lluvias desmadraban su cauce. Un transporte de 100 km contra corriente que recorríanlo los bongos en dos o tres semanas, en tanto que descendiéndolo a favor de corriente, podían tardar 3 ó 4 días con el río crecido, triplicándose el tiempo en época seca. En cuanto al estado de cureñas, cañones y municiones, la situación de este fuerte no difería gran cosa de Portobelo, pero su posición estratégica era notablemente mejor y su milicia de etnia mestiza, mulata o parda, notoriamente más sana. Sin duda los 400 vecinos del rancherío de San Lorenzo de Chagres, apoyo urbano próximo del fuerte, nutrían eficazmente con jóvenes lugareños sanos, la demanda de 86 hombres de armas que precisaba su fortaleza cuyo temperamento poco o nada difería de sus homólogos del istmo.

En un Mar Caribe infestado de piratas, corsarios, bucaneros y filibusteros, Portobelo zumbaba en los oídos forbantes como un gong vibrante de plata en lingotes, mientras su perfil portuario parpadeaba en la córnea de sus catalejos. Pero el hermetismo e incertidumbre de las noticias, fechas y derrotas de su arribo y partida mantenido por el régimen de flotas, hizoles marrar con frecuencia la captura del tesoro de sus galeones. Cuando avistaban su bahía, estaba ya vacía de mástiles, o tiempo ha que la Flota del Tesoro habíase diluido en el horizonte. Fue atacada su ruta de navegación en numerosas veces por perros del mar, y en menor número de veces su puerto, ante el respeto que sus defensas imponían ante cualquier flotilla no bien dotada. En el marco de la nueva guerra tribal hispano-británica, William Parker, que había salido de Plymouth (1600) con 200 hombres de guerra, tres barcos y dos lanchones de vela y remo, y una innegable astucia, se atrevió a desafiarlas. Rebotado de la perlífera Isla Margarita por todos cuantos barcos pudo la isla reunir, captura un barco negrero portugués con rumbo de cruce a la altura del Cabo de la Vela. Prosigue derrota hacia la abandonada Nombre de Dios, donde fondea y contrata negros cimarrones de guías. Ha leído las recién publicadas Memorias de Drake y amparado en la oscuridad nocturna, desliza a remo sus lanchones hasta la bahía de Portobelo, mientras sitúa el barco capturado como cebo frente a su bocana. La nave portuguesa captaría la atención y enfilado de cañones  del inacabado Todofierro con la llegada de la aurora.

En plena noche Parker había desembarcado la mitad de su hueste frente al Cascajal, enviando lanchones con la otra mitad hacia el oeste de la plaza, en una operación tenaza que completan los desembarcados hacia el barrio de Triana. Allí podrían ser capturadas los notables para hacer caja de rescate. Cogidos entre dos fuegos desde el amanecer, el gobernador y sesenta hombres se defienden del acoso en la Aduana-Gobernación, fuera del alcance de las bombardas provisionales del inacabado fuerte Santiago La Gloria. Al caer el día, el gobernador Pedro Meléndez  acabará por rendirse junto a media docena de defensores, encerrados todos en la Aduana junto a los demás rehenes copados. Despojada la Gobernación de sus haberes y soldadas, son conminados los rehenes a pagar rescate, a la par que incendian las barracas y casas de Triana para forzar voluntades. Retirados sus muertos y heridos, y dejados en libertad los presos, con la nueva oscuridad nocturna abandonan los lanchones de Parker aquellas aguas, tan silenciosamente como entraron. Han logrado un botín de 10.000 ducados de plata y el robo de dos pataches que a remolque se llevan a su base de Nombre de Dios. Ante la posible amenaza de una súbita presencia de la Flota de Tierra Firme, los nocturnos asaltantes dejan prestos aquel litoral rumbo a Plymouth, tras un provechoso raid que ha durado poco más de medio año. William Parker moriría en Java siendo vicealmirante de una Royal Navyen vías de superación propia (1615).

               Figura 13: El porte medieval del Castillo San Felipe Todofierro

Tras la toma de Jamaica por los ingleses (1655), la Corona Española no había reconocido como tal la nueva posesión británica que habíase convertido en un avispero de piratas de toda laya, con la aquiescencia de sus gobernadores, partícipes obligados de todos los botines que aquellos hubieren. Henry Morgan, aventurero galés residente acogido a comisión por el gobernador de la isla, zarpa de Port Royal con una flota de 9 barcos y 460 forbantes rumbo a Portobelo(1667). En su ánimo, ya convertido en verdadero ritornelo de todo pirata que se precie, bulle la captura del Tesoro que pasa cada año por aquel puerto camino de Sevilla. España se halla en tregua con Inglaterra, pero para los perros del mar la paz sellada no representa obstáculo alguno para sus fechorías: la bandera de sus barcos es en todo caso la que interese para la cucaña o el mutis del momento. La portuguesa puede ser ahora la elegida mientras su corona siga unida a la española. Fondeando las naves al resguardo de una caleta cercana, y tras dejarlas camufladas bajo la copiosa vegetación litoral, desembarcará su gente en lanchones a 5 km del puerto, para emprender desde allí una cautelosa marcha hacia el objetivo. Con las primeras luces del alba asoma la hueste a espaldas del desprevenido castillo de La Gloria, cuyos muros desbordan con escalas porteadas a lomos de esclavo. Pronto saltarán por los aires con toda su guarnición dentro. Tras este primer embate, la marea humana se dirige sobre el fuerte de San Jerónimo, que defiende con fusilería sus muros. Pero los forajidos escalan sus parapetos cobijados tras aterrorizadas monjas, ancianos y frailes convertidos en escudo humano, que avanzan, daga en ijada y lamentos desgarrados, hacia el mortal fuego amigo de los defensores. Tras aquellas trémulas rodelas humanas, van los asaltantes abatiendo al atardecer los últimos defensores,  que como grímpolas sangrientas acabarán colgados y expuestos  para escarnio público sobre los muros del fuerte. Y más alta que toda entena, batiendo al viento la roja y sarcástica enseña del bloody Henry. San Felipe de Todoferro sería tomado al amanecer del día siguiente, no sin antes estragar a los atacantes que van cayendo  bajo el fuego de sus mosquetes. Acabadas las municiones, los sobrevivientes heridos o no, se batirían a espada y lanza hasta el fin con la furia de las ratas acorraladas. No caben la rendición ni el pacto: saben la muerte que les espera. Muerte inexorable que se cumple sin dilación con la horca o el degüello, según van siendo reducidos los últimos defensores. Sus despojos  serán mostrados sobre los muros del fuerte como nuevos trofeos de una jornada cinegética cualquiera.

Con un ego enloquecido por la victoria y el ron, aquella atávica caterva de homínidos aullantes y ebrios, se lanza al saqueo, las torturas y las violaciones. Pero Portobelo no ha recibido todavía remesa alguna de pelucones o lingotes áureos, y el torniquete torturador de los sicarios desgarra durante quince apocalípticos días unas gargantas que nada saben de tesoros virtuales: una verdadera vaharada ardiente salida de las cuevas del averno.El Gobernador Agustín de Bracamonte acude desde Panamá en defensa de la plaza atlántica, pero es rechazado por la hueste pirata, escaqueada en espera del contraataque panameño. Conmina el Gobernador a los piratas para que abandonen la plaza, pero solamente lo conseguirá tras pagar un rescate de 100.000 pelucones de plata. Como sello de capitulación, Morgan envía al gobernador su hermosa pistola y sus balas, advirtiéndole que antes de un año pasará a recogerlas. Bracamonte responde al reto agradeciéndole su presente con una sortija de oro, pero aconsejándole que no lo haga porque la plaza no la hallará en el estado que esta vez la halló. Intercambio cínico, más de medieval torneo galante sacado del Romancero que de salvaje engarre a muerte entre hienas, que a los súbditos de su Católica Majestadhabíales tocado aquellos días dramáticamente vivir. No un año, pero sí tres más tarde, la misma hiena con distinto Gobernador iba a repetir en Panamá con enloquecido desenfreno análogas jornadas de tortura y sangre. Tras ellas, iba a quedar la Roma del Pacífico aniquilada por las llamas.

Los fracasos habidos en la defensa del enclave costero, llegan a crear una atmósfera enrarecida entre la Corona y el Presidente de Panamá. En tiempos de Carlos II (1680) se decide trasladar la ciudad de Portobelo y amurallarla con baluartes en lugar más elevado y saludable. No es la primera vez, ni será la última, que en distintos sitios y con distintos nombres va a ponerse sobre la mesa un cambio y mejora del estatus fijo de la plaza. Debe mejorar y evolucionar sus defensas de acuerdo a las técnicas bélicas vigentes. Ordena el rey demoler el castillo de Santiago, sacar un muelle de atraque en Trianay levantar el fuerte abaluartado de San Cristóbal entre el río Cascajaly el barrio negro de Guinea. Pero la demolición del Santiago no se llevará a cabo, y apenas se completarán en fajina y tierra, dos de los seis baluartes diseñados para el fuerte de San Cristóbal. Nuevamente ha de abandonarse el proyecto de mejora y demolición de las fortificaciones de Portobelo. La mortandad en las filas de la mano de obra es abrumadora, y pese a la elevada cuantía de los salarios convenidos, cunde el pánico en la negritud trabajadora. Los supervivientes desertan en masa y huyen a la jungla como perseguidos por mandinga. El proyecto de renovación es ralentizado en el tiempo y las inversiones.

Las Coronas de España y Portugal se separan en 1668 y las inmensas costas del Brasil proporcionan nuevos campos de acción a piratas, traficantes y bucaneros. Aprovechando el ocasional desvío de la atención hispano-caribeña hacia el meridión, la presión pirática habíase exacerbado en el marginal mundo de los perros del mar. En este escenario, La Hermandad de la Costa aglutinaba bajo el mando de John Coxon a otros significados cofrades como Cornelius Essex, Bartholomew Sharp, John Cooke y Robert Allison, en una empresa filibustera que proyectaba un meditado asalto a la Flota del Tesoro, nombre dado en el argot portuario del lumpen caribeño a la Carrera de  Indias. El ataque se produciría durante la preparación de la feria de Portobelo, cuando todavía no habían arribado los panzudos y poderosos  galeones de la plata, que habían de engullir el precioso metal. Conocedores del retraso acumulado por la Flota de Barlovento a causa de recientes temporales, la comitiva pirata desembarca a 30 millas de la ciudad, y cubre el duro trayecto de manigua en cuatro días. El sorpresivo asalto con estruendo de gritos y disparos desde la tierra interior tiene éxito, y la turba pirata saquea una sorprendida ciudad y su Aduana, que acopiaba las sacas de moneda según llegaban las mulas por el Camino Real. El tesoro capturado se cifró en 100 pelucones de plata por cabeza (unos 24.000 reales de a ocho en total), y con él escaparon a Jamaica antes de que llegaran los galeones de Cartagena que habían de estibarlo. Temporalmente se refugian en la isla británica, pero presionados por su nuevo vicegobernador Sir Henry Morgan, parece que debieron escabullirse  a las islas de Pinos (1679). Pronto sería destituido de tal gobernación quien había dedicado largos años a idénticos y execrables menesteres, esta vez por perseguir con exceso de celo a quienes ahora ejercíanlos a su imagen y semejanza. Bloody Henry pasó en adelante a vivir en Jamaica de sus crecidas rentas, cual correspondía al reposo del guerrero tras su merecido reconocimiento como Sir, ganado honradamente al servicio de S.M. Británica… Cosas veredes, amigo Sancho, que farán fablar las piedras, nos dejó dicho cierto orate manchego pese a no haber estado nunca en la Inglaterra de aquellos días…

La frecuente tensión entre las potencias europeas del momento, se manifestaba en sus relaciones de vecindad en las propias costas caribeñas. Inglaterra, escudándose en el comercio de la madera  que extraía en su concesión de Guatemala, amparaba el contrabando de sus barcos con toda costa hispana y materia que a ello se prestase. Y España castigaba a todo contrabandista capturado con la eliminación de una oreja en primera ocasión, la horca en segunda. Esta tensión, reflejada en el parlamento de Londres, había llevado al partido belicista a mostrar a sus señorías la oreja en formol de un Jenkins contrabandista, sorprendido in fraganti  por un guardacostas virreinal, en un burlesco lance hoy sobradamente conocido. Edward Vernon, almirante y parlamentario belicista, enarbolando retóricamente el Honor de Inglaterra,  consiguió vencer las reticencias del ministro Walpole, para declarar la llamada Guerra de la oreja de Jenkins (conocida también como Guerra del Asiento, entre 1739 y 48) contra la pérfida España, desaprensiva maceradora de los sacrosantos apéndices británicos. Unos meses después partía hacia Jamaica donde reuniría una tan poderosa escuadra como nunca antes vieran aquellas costas. En su alucinado catalejo, iban perfilándose en bélico calidoscopio las sucesivas siluetas de Portobelo, Chagres y Cartagena de Indias, eslabones atlánticos del recién creado Virreinato de Nueva Granada(1717).

Ya la tensión entre España e Inglaterra había alcanzado estado pre-bélico en 1729 cuando la armada inglesa del almirante Francis Hosier intentó bloquear Portobelo para evitar la salida de la Flota de Indias hacia España. Los dos años de bloqueo con más de 20 navíos de línea y 4500 hombres, se convirtieron en una auténtica pesadilla a causa de la altísima mortandad (90%) de sus hombres, y el consiguiente desastre económico que supuso esta aventura para las arcas inglesas. El propio Hosier moriría en aguas de Cartagena, tratando de bloquear la Flota de Barlovento, avistada en su Bahía Exterior. Pero también morirían apestados los dos subsiguientes almirantes de la flota británica que bloqueaba el mar caribeño, hasta que el Almirantazgo ordena repatriar a sus marinos. Una vez más, el trópico volvía a cobrarse su letal factura de europeos.  

Cuando Vernon zarpa de Port Royal haciaPortobelo(1739) durante este nuevo capítulo bélico, lleva una potencia de fuego de 380 cañones repartidos en seis navíos de línea, simulando cumplir su proclama en plena Cámara de los Comunes contra sus oponentes políticos, de conquistar  Portobelo, ciudad famosa y conocida en todo el mundo por ser puerto importante de la Flota de Indias, plaza defendida por más de 200 cañones…. Dadme seis navíos y tomaré Portobelo… Una vez que tengamos Portobelo y Cartagena de Indias, todo les será perdido (a los españoles)…  había dejado dicho ante sus señorías. Por si acaso, su flota transportaba a bordo más de 3.000 hombres, y al menos otros 100 barcos con sus dotaciones esperaban en Jamaica los acontecimientos en curso. Pero la realidad defensiva de Portobelo era muy otra: el almirante inglés sabía de su debilidad. Sus contrabandistas habían recalado mil veces en su bahía pretextando aguadas, enfermedad a bordo o averías múltiples. En realidad iba a enfrentarse a una defensa fija compuesta por tres ruinosos castillos, apenas rescatados tras el último asedio de Hosier, con cañones en mayoría inservibles servidos por no más de 150 soldados, y otra defensa móvil, compuesta por dos guardacostas y una balandra artillada surtos en la bahía. Solo por vanagloria ocultaba aquella realidad a fin de magnificar su hazaña ante su partido, Inglaterra y el mundo. Pero sabía también que la Armada de Tierra Firme, acantonada aquellos días de guerra en CartagenadeIndias, podía hacerse a la mar en cualquier momento del asedio, y ganarle la espalda por barlovento para cruzar su fuego sobre los barcos británicos con los otros fuegos de tierra; sin resguardo costero por el que escapar, podría tornarse aquella en trágica jornada. Los días de fuerza habían regresado al Caribe y la base cartagenera, pertrechada, aguardaba su tempo, en tanto que los refuerzos solicitados para los fuertes de Chagres y Portobelo, nunca llegarían a causa del bloqueo continuado de la armada inglesa.

A primeras horas del día de llegada, quedaba entablado el cañoneo entre las más de 300 bocas de fuego inglesas y los 32 cañones del Castillo de Todofierro, de los que tan solo 9 de ellos estaban operativos con cureñas aptas. Dos horas después el castillo estaba abatido, y muertos sus ocupantes. Cuando desembarcan los infantes de la Royal Navy para ocupar aquella ruina, había acudido a defenderla un refuerzo de once fusileros de los guardacostas, que ante la avalancha humana que les rodea, optan por rendirse. Eran días aciagos para una verdadera ciudad de frontera, cuyo ausente gobernador seguía en la Audiencia de Panamá un juicio de residencia por malversación de fondos. Su corta guarnición al mando del anciano vicegobernador, no hizo sino capitular con vilipendio. Esta fue la famosa Batalla de Portobelo que Vernon hizo cantar en Londres a sus corifeos, mientras se plasmaba su óleo en magníficos lienzos y lo graficaban en periódicos y panfletos, eterno mentidero de noticias. Una enardecida cuanto patriótica claque, entusiasmada por el whisky y el valor del invencible Almirante, recitaba panegíricos sin tasa a quien con extremo peligro de su vida había logrado humillar la soberbia española. Portobelo sex solum navibus espugnate proclamaba una de las muchas medallas conmemorativas de tan grandiosa gesta: ¡él sólo, con seis naves, contra el satánico mundo hispano!¡Válame el cielo!

 
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Contexto Histórico de la Habana – III

En el contexto de la Guerra de los Treinta Años (1621), la Armada del Mar Océano captura frente a Cadiz un convoy de la Compañía Holandesa de las Indias Occidentales. Este sonado revés, junto a la prosperidad del enclave habanero atrae la venganza y codicia del corso holandés y sus adscritos a la navegación de fortuna. Boudewijn Hendriksz, mas conocido en español como Balduino Henriquez (1625) viene rebotado desde San Juan de Puerto Rico dispuesto a tomarse la revancha de su fracaso en aquella Capitanía con la toma de ésta; pero la potencia de fuego de las baterías de la Habana, hace entender al holandés que con la escuadra que trae su empeño es una quimera. En el curso de la guerra, España venía reforzando notablemente el corso de Dunkerque, concediendo nuevas patentes y aportando sus astilleros más de 20 galeones de diferentes portes, construídos al efecto. Desde la costa flamenca, la campaña de interceptación de naves holandesas en el Canal de la Mancha, habíase tornado demoledora  para el comercio de las Provincias Unidas.

Pese a la urgente defensa que desde su costa patria le reclaman, el Almirante Piet Heyn, corsario de la Compañía Holandesa de las Indias Orientales patrullaba con una armada de 29 navios de guerra por el Canal de Bahamas a la espera paciente del paso de las Flotas  de Barlovento y Nueva España que  habían de confluir en la Habana para dar el salto atlántico. Desde las costas cubanas han visto el despliegue de la flota enemiga y salen de la Habana sendos pataches de aviso a Portobelo, Veracruz y Cartagena de Indias para que, llegado el tiempo, los galeones no se hagan a la mar; pero solo el de Cartagena llegará a destino: los otros dos han caido en la red tendida por el holandés. Ajenas al peligro que sobre ellas se cierne, ambas flotas zarpan confiadas a su cita de la Habana. Compuesta por dos galeones y cuatro merchantas, la flota de Portobelo se topará con un abanico de velas enemigas que intercepta su rumbo hacia la costa cubana. Los dos navíos de escolta entran directamente a la batalla cruzando fuegos contra la línea de barcos que pretende envolverlos. Lograrán abrir un paso por donde las marchantas trepanan su envolvente para acceder finalmente a puerto. Los sacrificados galeones de escolta apenas alcanzan a embarrancar en la entrada de la bahía habanera, bajo el protector alcance de sus baterías: han logrado salvar las naves merchantas y evitar el despojo y rapiña de las de guerra, aunque estas se hayan perdido reventadas por la metralla y los escollos costeros. Pero el almirante holandés es un viejo lobo de mar, paciente y sabio. Conserva todavía 20 naves en perfecto estado y lo grueso del tesoro está al llegar con la Flota de Nueva España. Oteadas al fin en el horizonte las velas novohispanas, la flota holandesa desplegada en línea costera, avanza ahora en abierta envolvente hacia ellas. Bajo la capitana del General Juan de Benavides y la almiranta de Juan de Leoz, rehuye  la flota novohispana el enfrentamiento con la holandesa. Ante la inferioridad de su potencia de fuego opta por refugiarse en la bahía de Matanzas (1528) donde espera recibir apoyo por tierra desde la Habana. Una trampa que el antaño prisionero y forzado galeote de las Galeras de Santo Domingo que es Piet Heyn, fuerza para hundir y saquear a mansalva ahora como Almirante de armada, los 4 cagafuegos de escolta con sus Quintos Reales en lingote y moneda, junto a 8 merchantas ahitas de maderas preciosas, finas porcelanas y lacas de Manila. El escaso calado de la bahía permite a los asaltantes el total saqueo de las naves semihundidas o varadas en su rìa. Solo tres de ellas lograrían zafarse del cerco para entrar un par de dias después en La Habana, donde ya habían aportado otras seis merchantas que escabullidas del confuso desparrame marino  de velas y falsas banderas, lograron acceder a la Habana sin ser alcanzadas. El impacto de la debacle española resonaría en Europa como serio aldabonazo para el prestigio de la Monarquía Hispánica, a la vez que una irreparable pérdida para sus arcas, que supuso en cambio el financiamiento del ejército holandés durante un año. Fue la única captura de la conocida en Europa como “Flota del Tesoro“a lo largo de sus dos siglos y medio de vida. Leoz fue condenado a prisión de por vida, Benavides, juzgado y condenado en Sevilla, sería ahorcado tres años más tarde; y Piet Hein al cabo de apenas uno, moriría en batalla con los corsarios franceses de Dunkerque, que en aquella guerra luchaban por España.

Al año siguiente otro holandés, Cornelius Jols (“Pata de Palo”) fracasa en un primer intento de tomar la Habana (1629), pero triunfa dos años después con poderosa escuadra, saqueándo e incendiando la ciudad ante la negativa de pagar rescate por sus huidos moradores. Desiste en cambio Henry Morgan (1668) que con 12 embarcaciones y 700 hombres pasa a la vista pero fuera del alcance de sus cañones, para acabar cayendo sobre el indefenso Puerto Príncipe, que por no verse en llamas pagará un rescate de 500 reses y otras tantas sacas de sal, que el pirata se lleva para Jamaica.

La peste de Cartagena, inoculada por pulgas parásitas de ratas de sentina, ha diezmado la población habanera, y nuevas epidemias vendrán a presentarse intermitentes en los siguientes años por la misma vía. En adelante los bolardos que sirven para tomar amarra de galeones en la Plaza de San Francisco y otros puntos de atraque, van a ser particularmente atendidos por la policía ciudadana y el Capitán del Puerto, para evitar que sean sus amarres los puentes que usan las ratas de machina para acceder hacia y desde los barcos. Serán penadas aquellas naves cuyos cabos a tierra no estèn aturbantados por discos de madera, que cortocircuiten el camino de roedores y sus apestadas pulgas, causa frecuente de estragos ciudadanos. Y la vida habanera seguirá a pesar de los contratiempos. Van medrando las obras públicas (agua corriente, alcantarillados) y fortificando su perímetro emplazado. Se levanta el Convento de Santa Clara (1640), el de los Agustinos (1628), el Hospital de San Lázaro, La Merced (1630), San Francisco de Paula (1664), el Convento de las Dominicas (1684), San Felipe Neri (1693)

Estalla con Inglaterra la Guerra de la Oreja de Jenkins (1739-41) durante la cual la flota del Almirante Vernon pasa frente a la bahía de La Habana varias veces, pero no ataca pese a la impresionante flota que comanda. Atacará para desgracia suya Cartagena de Indias, donde perderá honra y barcos. Vernon había tratado de establecer una cabeza de puente llamada Cumberlad (Guantánamo), que unos meses después del desembarco, hostigadas por voluntarios isleños sus tropas no podrían conservar.

.          A partir de 1714, España había disuelto la insostenible red de Armadas de Guerra (La Corona contaba con 9 armadas repartidas entre el Mediterráneo, Atlántico y Pacífico, de presupuesto desorbitado) para dar nacimiento a la Armada Real repartida entre las Capitanías Generales del reino. Se funda la cubana Universidad Pontificia en San Juan de Letrán (1728). La libertad de comercio con puertos españoles y países aliados multiplicaría su tráfico portuario hasta convertir a la Habana en la “Perla del Caribe”. Llegará a contabilizarse en un año la entrada a puerto de más de 200 navíos de travesía y 5.000 embarcaciones de cabotaje, con un enjambre de marinos, colonos, funcionarios reales, comerciantes, emigrantes en ruta, aventureros de toda laya, que pululan por sus calles. Los diques de La Habana, gracias a la buena gestión del criollo Juan de Acosta, acabarán por convertirse (con los de Guarnizo en Cantabria), en el Astillero de la Armada Real, dada la durabilidad de sus maderas, resistentes al ataque de la broma o teredo tropical. De sus gradas saldría el Santísima Trinidad, navío de línea de 63 metros de eslora y 140 cañones con  un arqueo de 4900 Toneladas, único velero de cuatro puentes y mayor desplazamiento conocido de cuantos hayan navegado por el Atlántico.

Durante la Guerra de los Siete Años (1754-1763), España aliada de Francia, se ha visto arrastrada a nueva contienda contra Inglaterra, con su disparidad de intereses sobre el comercio y la trata de esclavos en el Caribe como causa. Pero la conflagración iba a adquirir dimensiones de guerra mundial: Austria, Prusia, Francia, España, Rusia, Inglaterra, Suecia, Portugal…todas involucradas y cada una de ellas enfrentada a una parte del resto, que no a todo él, por cuentiones territoriales o mercantiles. Finalizaría la trifulca de naciones con el Tratado de Paris. En un momento de la contienda, el Almirante George Pocock con 26.000 hombres y casi 200 velas ha zarpado de Martinica y siguiendo la costa sur de la isla se presenta ante la Habana. Con temeridad y pericia ha sorteado un sinfín de playotes, cayos y bajíos a lo largo de 700 millas, sin otras armas que la sonda y una carta de marear oceánica. Sitia La Habana, objetivo británico codiciado desde todo tiempo. La defensa de la ciudad ha sido prevista con la llegada de nuevos cañones, infantes, artilleros y dragones sin monturas, cuyos caballos son aportados por hacendados de la isla, además de 600 esclavos cedidos por sus dueños. Una epidemia de fiebre amarilla importada de Veracruz diezma las fuerzas habaneras en los meses previos al cruce de impactos, pero los 420 cañones que vomitan fuego en defensa de la ciudad van a enseriar la escena del drama. A ellos hay que sumar los 9 navíos de línea y 25 barcos mercantes cargados de provisiones y pertrechos fondeados en el puerto, tres millones de pesos en metálico de la Real Compañía de Navegación, ademas de los repletos almacenes de la ciudad. Los habitantes son persuadidos para abandonar la ciudad, pero muchos de ellos acuden a otros cabildos y puestos militares isleños en demanda de armas para defender la capital.

Con la escuadra desplegada en abanico frente a la bocana de la bahía, comienza su cerco el día de Corpus Cristi. Es informado el gobernador del avistamiento de velas en medio de la solemne Misa Mayor que preside. La procesión que le sigue exponiendo la Custodia sacra bajo palio, escoltada por la curia diocesana, y desfilando tras ella cabildo, cofradías, hospitales, niños y el resto de fieles blancos, indios y pardos, queda suspendida. Se cierran las Puertas de Tierra con el toque de rebato y el espectante vecindario va regresando a sus casas. Al dia siguiente unas leguas al este, el Conde de Albemarle, comandante en jefe de la tropa, al frente de 8.000 infantes,  artilleros, zapadores e ingenieros, desembarca en playas de Cojímar y Bacuranao, luego de abatir los torreones guardacostas, para seguir en avanzadilla bifronte hacia la ciudad capital. Cuatro días mas tarde alcanzan la ribera oriental de la ensenada habanera y las bayonetas inglesas asoman sobre los incipientes cimientos del Fuerte de San Carlos de la Cabaña. La posición estratégica de La Cabaña, altozano a espaldas del Morro que domina el castillo y la ciudad, iba a determinar el desarrollo de la batalla. Desde esta ventajosa posición van a batir los artilleros ingleses el casco urbano de la capital y la retaguardia del Morro, sumándose al fuego de la escuadra que los bate desde altamar, mientras avanzan sus zapadores hacia los muros del castillo para dinamitarlos. Esta táctica había sido prevista por los estrategas de Carlos III, pero la construcción de La Cabaña no pudo ser concluida antes del ataque inglés, ni defendido con fortuna el fuerte frente al invasor en el nuevo teatro de guerra. El capitan de navío  Luis de Velasco y Fernandez de Isla es el heroico defensor del Morro que herido y con apenas ya dos cañones útiles en el fuerte, resiste uno tras otro los envites que se abaten sobre sus muros, a la vez que contempla cómo nuevas tropas de desembarco arriban a las playas. Algunas llegan desde Nueva York al mando del General Burton, pero deben ser ocasionalmente desembarcadas en las Bahamas tras ser interceptadas en el propio canal por barcos aliados. Navios de transporte y bajeles de guarda británicos son atacados por una patrulla de fragatas francesas, que toman 400 prisioneros y parte del material bélico que portan. Entre los que pudieron llegar a costas cubanas se hallaba un joven capitan llamado George Washington, el futuro general independentista de las 13 colonias inglesas. Cuerpo a cuerpo iban a caer luchando los últimos defensores del Morro contra aquellas avalanchas humanas que no cesan. Mientras, en La Habana seguían afluyendo nuevas partidas de voluntarios del interior que se aprestaban a luchar contra los invasores, quienes ya para entonces habian podido instalar en la Cabaña 45 cañones de campaña y otros tantos obuses y morteros.