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Contexto Histórico de Veracruz – I

Diego Velázquez de Cuellar, Gobernador de Cuba, iba a propiciar las expediciones claves para la conquista de México. Bajo sus auspicios, Francisco Hernández de Córdoba (1517) al mando de una flotilla de tres naves, había explorado la península del Yucatán hasta sobrepasar Campeche. Aseguraba haber contemplado ciudades construidas en piedra y abundancia de oro en los templos; una civilización que nada parecía compartir con lo visto hasta entonces en las Indias. Pero apenas regresado, Hernández de Córdoba muere a causa de las heridas mal restañadas de sus encuentros con indios hostiles, y Velázquez prepara otra incursión para recabar datos complementarios sobre la costa descubierta. Juan de Grijalva parte un año después  de Matanzas, siguiendo análoga ruta, con 4 naves y 250 hombres y los mismos pilotos. Después de recorrer la costa continental hasta el río Pánuco (1518), y tomar contacto con los caciques de Cozumel y Tabasco, desembarca frente a Ulúa, un islote costero a cuyo socaire  fondea abrigado de los vientos del Golfo. La llegada del invierno y las terribles galernas del Norte, persuaden a Grijalva de su retorno a Cuba. Mostrará al gobernador las cartas náuticas levantadas por el piloto mayor Antón de Alaminos, además de noticias sobre la existencia de un poderoso imperio hacia el oeste, regido por Moctezuma II, con cuyos gobernadores había parlamentado esporádicamente en sus desembarcos.

 

Los datos aportados por estas correrías precursoras, iban a decidir al Gobernador de Cuba a promover nueva y vigorosa expedición a las costas de Yucatán, con el propósito de explorar y rescatar, lo que en lenguaje de la época significaba tantear el panorama repoblador, a la vez que capturar indios hostiles para trabajar en las encomiendas de su isla. A la espera de su nombramiento como Adelantado solicitado al Rey, Velázquez no podía conquistar ni poblar en tanto no recibiese la pertinente concesión real. Y a la fecha no constaba su investidura, cuyo otorgamiento debería traer el Barco de Aviso del nuevo Correo Mayor de Indias (1514). Cuatro barcos-correo anuales, ligeros y rápidos, libres de cargamento y pasaje, llegaban a las capitales de las antillas mayores, Santiago de Cuba entre ellas, con el aviso de la correspondencia peninsular, para retornar de seguido a Sevilla con las misivas isleñas para la metrópoli. Una comunicación ágil, necesaria para lubricar el mecanismo de orden y gobierno que el tamaño del Imperio requería. Una vez en tierra, el correo ultramarino era repartido a caballo por un funcionario real, de villa en villa, cabildo a cabildo, casa a casa. La correspondencia se entregaba personalmente a cada destinatario, en un esmerado alarde de diligencia y puntualidad.

 

Hernán Cortés, alcalde de Santiago de Cuba, había capitulado su credencial como  Capitán General de una hueste de exploración compuesta por 500 infantes, jinetes, arcabuceros, ballesteros, marinos y auxiliares tainos y negros, que iban a surgir de la capital isleña en once bajeles. Un contingente de rescate bélico sin facultad para poblar las nuevas tierras, por cuanto el Gobernador Velázquez no estaba capacitado aún para autorizarlo, y menos capitularlo. Y el alcalde de la capital cubana, primeras manos en recibir el correo peninsular, conocía el mutis palatino sobre el nombramiento del nuevo Adelantado, que se prolongaba ab aeternum tras la muerte de Fernando el Católico y su complicada sucesión castellana.

 

Era el título de Adelantado, una licencia militar de origen medieval, que literalmente significaba el que va por delante, y que en la práctica dotaba de una oportuna ventaja al titulado, de cara a ser nombrado gobernador de la nueva provincia, si lograba conquistarla y sobrevivir al intento. Tres meses de plazo tenía el joven alcalde hasta la llegada del siguiente Aviso. No debía demorar la salida de la expedición que supuestamente capitaneaba. Cada Milicia Indiana reunida para acometer  una empresa de conquista, no la componían soldados del rey, sino ciudadanos de a pie. Hombres del Renacimiento, simples civiles, bachilleres algunos, letrados, funcionarios o comerciantes otros, analfabetos muchos, emprendedores autónomos los más, con capacidad de convocatoria y mando los menos, un pelotón de hombres arrojados, decididos a alcanzar la gloria y la fortuna, o no regresar donde los suyos. Entre ellos Bernal Díaz del Castillo, el soldado-cronista que iba a narrar las tres expediciones cubanas en las que había participado. Tras exponer cada convocado sus  razones, debía confluir en voluntades, ideas y finanzas con los demás, y si así no fuera, era apartado de la empresa. Hombres de armas, misioneros, encomenderos, cirujanos, inversionistas de fino olfato, alguna vez el propio rey, apuntalaban la empresa. Pero la única prebenda efectiva que portaba un Capitán de Conquista, Adelantado o Gobernador, era un pergamino con sello real, que trataba de conservar como la propia vida. La empatía de Cortés con su gente y su indiscutible liderazgo, hacíanle peligroso a los ojos de un Velázquez en espera de su pergamino sellado. Bajo esta circunstancia, que propiciaba desencuentros y recelos con el gobernador de la isla, el joven regidor precipita su partida hacia las playas del seno mexicano (1519), pese a la garante capitulación firmada. El Alcalde de Santiago, como otro integrante más, había aportado su hacienda al proyecto, aunque mayormente fuera gestionado y financiado por el Gobernador Velázquez, como máxima autoridad de Cuba. Unas desavenencias ocasionales de plazo y forma, harán que el sagaz Cortés leve anclas antes que Velázquez pueda detener la salida de las naves, y cercene su sueño de conquista. Llegados a las costas del occidente, Alaminos bojeará el litoral conocido, y Cortés toma pronto contacto con nativos que le informan de la existencia de otros barbudos llegados al Yucatán. Sus hombres los buscan, y encuentran a Gonzalo Guerrero y a Jerónimo de Aguilar, sobrevivientes milagrosos de un bajel perdido entre el Darién  y Jamaica, ocho años ha. Solo Aguilar le seguirá, incorporado como valioso interprete de la hueste. Guerrero, casado con india y convertido en cacique, rehúsa tornar al mundo civilizado. La jungla habíale envuelto en su bucle tribal.

                Figura 2: Rutas exploratorias previas

 

Cinco leguas al septentrión del islote elegido por Grijalva, va a fundar Cortés sobre la costa, la Villa Rica de la Vera Cruz, primer asentamiento castellano en  costas del Golfo de México, nacido con vocación itinerante, para acabar anclada, frente al propio islote de San Juan de Ulúa, años más tarde. Este primer asentamiento no pasaba de ser unas pocas chozas de palma, un altar donde poder oficiar misa, una plaza con picota y cruz, y un cobertizo con empalizada para el descanso de caballos. Cuatro iban a ser, andando la historia, los sucesivos emplazamientos de la Ciudad de Cortés, en busca siempre de un puerto franco con calado y resguardo de naves frente al viento solano. Llevaron los dos primeros el nombre de Villa Rica de Veracruz, en tanto que el tercero se conocería como La Antigua Veracruz hasta 1599. En esa fecha el ingeniero Antonelli y el comisario real Valverde, responsables del Portobelo fortificado, propondrían su mudanza por razones defensivas al paraje llamado Ventas de Buitrón, lugar de tradicional aguada frente al peñón de Ulúa. Sería éste el último núcleo urbano asentado que, conocido como La Nueva Veracruz, habría de constituir la definitiva esencia de la ciudad fundada por Cortés. Pronto iban a recibir los expedicionarios, en aquella su primera Villa Rica, la visita de una embajada de Moctezuma II, gran Tlatoani de Tenochtitlán, acompañada por otros notables mexicas y locales totonacas, interesados todos en conocer las intenciones de aquellos hijos del mar. Partirán los embajadores hacia su capital con testimonio gráfico de la comitiva europea. Tornarán a los pocos días con alimentos, obsequios de oro y plumas, animándoles a regresar al mar del que habían surgido. Ante la posibilidad de no poblar ni conquistar, por carecer de facultades legales para hacerlo, satisfechos con el oro y los presentes recibidos, y avisados por animosa cuanto velada amenaza de los embajadores mexicas, algunos soldados sugieren a Cortés el regreso a Cuba. El Capitán expedicionario va a disipar sus dudas, destruyendo las naves e incorporando sus tripulaciones a la mesnada de infantes. Descartado el retorno a Cuba, no quedaba sino poblar y conquistar para sobrevivir, en una contumaz huida hacia delante.

 

Consciente de la trascendencia del momento, Cortés prepara una solemne ceremonia, Tedeum incluido, para hacer fundar la Villa Rica de la Vera Cruz por sus soldados. Lo hacía en nombre propio y bajo la autoridad nominal del Rey de España, el joven Carlos V Habsburgo, recién salido del cascarón flamenco. Constituido el Cabildo ciudadano a la usanza castellana con miembros de un padrón municipal previo, el futuro conquistador sitúa a sus leales entre los posibles procuradores, regidores y alguaciles. Eran conscientes de que, estructurado el Cabildo, quedaba extinguida la autóritas de Velázquez sobre los expedicionarios, una vez transformados éstos en colonos, ajenos a tal jurisdicción. Desde el Medioevo, las ciudades castellanas habían sido gobernadas por una corporación con derecho a convocatorias deliberantes, en las que se trataban cuestiones de interés común. Si a la asamblea podía concurrir el vecindario en pleno, decíase que la convocatoria era a cabildo abierto, en caso contrario lo era cerrado. En un astuto enroque, Cortés renuncia en cabildo abierto a su cargo de Capitán General de la expedición capitulada en Cuba, renuncia que es aceptada por el pleno asambleario. Tras deliberar, la corporación municipal decide nombrarlo Justicia Mayor de la ciudad,  y elegirlo como nuevo Capitán General de otra expedición, gestada por el pueblo soberano ahora directamente bajo jurisdicción del Rey. Jurisprudencia sobrada había para ello: desde la legalidad establecida, pasar a la nueva legalidad vigente, era una mano maestra de cualquier leguleyo avispado. Mediante una Carta del Cabildo, se comunica a la Corona la fundación de la Villa y las conclusiones asamblearias asumidas. El piloto Antón de Alaminos será el encargado de conducir a Sevilla la misiva, que los procuradores y representantes van a lograr entregar en mano al Rey. Velázquez ya no participaría en el reparto de ganancias, ni iba a renunciar la hueste a conquistar Tenochtitlán y su botín, que, tras  los regalos enviados por el tlatoani azteca, el hidalgo extremeño intuía de grandes proporciones. En adelante, solo la tasa de la Corona con su Quinto Real, gravaría las ganancias habidas. Y la hueste exploradora, convertida ya en conquistadora y mercantil, emprende el tortuoso camino hacia el Anahuac, mientras bulle en sus mentes un encuentro que les aguarda y conturba.

Figura 3: Factores de la conquista de Nueva España                                                   

Aún hoy, impresiona escuchar de labios del testigo-cronista Bernal Díaz del Castillo, la determinación de aquellos españoles del Renacimiento frente a la América infinita.  No llegábamos a 450 soldados. Conservábamos en la memoria los consejos y avisos que nos habían dado los indios de Huexotzingo, Tlascala y Tlalmanalco, para que no entráramos en el territorio de los mexicas, que sin duda nos habían de matar en cuanto lo pisásemos. Sabiendo todo esto ¿Qué hombres del universo lo habrían osado, salvo nosotros?… Y este era el espíritu que avanzaba con Cortés y su gente hacia el interior desconocido. Dejaba consolidada la retaguardia con la Villa Rica de Veracruz, conexión virtual y afectiva con Cuba, necesario y útil nexo con el pasado. Por ello, antes de partir, ordena ante Notario Real sortear y adjudicar lotes de tierra entre el vecindario que allí queda. Vínculos que en el corto plazo habrían de convertirse en despensa de sementeras, hatos o estancias, bajo las encomienda de nuevos totonacas con la ayuda de negros allegados e indios tainos de Cuba. En vanguardia, avanzan los europeos con 6.000 tlascaltecas y 5.000 totonacas como imprescindibles aliados: porque los españoles eran pocos y mal aprovisionados e iban por tierras donde no hubieran sabido el camino si no se lo hubiésemos mostrado; mil veces los salvamos de la muerte, alegarán los bravos tlascaltecas en una de sus muchas probanzas reclamatorias de sus méritos ante el Rey. Los españoles, conocedores de las enemistades enquistadas del mundo indígena, saben explotarlas en provecho propio, a la par que van sumando etnias a su causa. Con ello logrará Cortés, no solo evitar ser aniquilado por el abrumador imperio azteca, sino entrar en Tenochtitlán, y al cabo de dos años, derrotarlo. Con el apoyo tlascalteca y totonaca, el mundo judeo-greco-latino abría el portón indígena de América del Norte para intentar penetrarlo a profundis.

 

 Ese itinerario humano iba a suponer un duro enfrentamiento  contra guerreros personalizados en órdenes militares como el caballero jaguar o el caballero águila, cuyas esculturas en andesita han sabido plasmar la imagen del valor, la tenacidad y la dureza con que los hombres de guerra mexicas preparaban el combate. Era el precio de la incorporación del mundo indígena más evolucionado de Indias, al universo desconocido del Renacimiento. Tal vez sin saberlo, se estaba perfilando otro mundo hispanomexicano mestizo, nueva génesis cultural del mundo europeo, que tantas habría de incubar.

 

Cortés, en su penetración hacia el Anahuac, dejaba en retaguardia la Villa Rica al mando de Juan de Escalante su Alguacil Mayor. Sesenta defensores heridos o convalecientes con algunos caballos, conservaban la misión primordial de proteger a los aliados totonacas de venganzas mexicas, además de vigilar la costa y controlar el arribo de naves. Pasado un tiempo, iba Escalante a recibir dos emisarios de Pánfilo de Narváez, que con 19 naves y 1500 hombres había fondeado en Ulúa y otros islotes aledaños (Pájaros, Sacrificios, Blanquilla, Gavias), traía órdenes de Velázquez para detener a Cortés. El Alguacil Mayor de Veracruz, dotado de jurisdicción civil y criminal en su municipio, los toma presos antes que salgan de él, a la vez que remite  mensajeros tras la hueste expedicionaria. Cabalgarán durante el día y se ocultan por la noche, hasta poder alertar a su Capitán General de la situación sobrevenida en la costa, donde los mexicas habían atacado Veracruz y muerto a nueve españoles y docenas de totonacas. La muerte de aquellos españoles evidenciaba frente al imaginario indio que no eran superhombres, sino simples humanos. Sabido seguramente también por el Tlatoani, pese a ser los caballos más rápidos que sus tamemes correo, llegan los emisarios a una Tenochtitlán en situación límite, tornada trampa mortal. Un Cortés en aparente calma, envía negociadores para persuadir a los recién llegados de Narváez a sumarse a la vanguardia mixta, en tanto que aparenta acampar con mutuo respeto entre los aztecas de la capital. Pero reacciona presto antes que cunda la noticia de la mortalidad de su sobrehumana gente. Toma de rehén al propio Moctezuma, estrictamente vigilado en adelante por los castellanos. Tornará entonces grupas para dialogar con un Narváez atrincherado en la expectante Cempoala totonaca, donde ha montado baterías defensivas en lo alto de pirámides y templos.

 

Bajo una torrencial lluvia nocturna, captura Cortés en audaz golpe a un Narváez, alanceado en un ojo durante la refriega. Lo enviará preso a Veracruz, donde permanecerá encerrado por dos años. Su carisma personal hace el resto: parte de aquella tropa le seguirá a Tenochtitlán, donde una cruel e inoportuna decisión de su lugarteniente Alvarado, deflagra la rebelión latente. Y propaga la terrible onda expansiva de la Noche Triste. El resto de los expedicionarios de Narváez, compuesto por 550 españoles, mujeres y niños, negros e indios tainos, con sus caballos, cabras, cerdos y ovejas, deciden proseguir en marcha propia hacia ese Anahuac en llamas. Hoy sabemos que fueron hechos prisioneros, sacrificados, extraídos su corazones aún vivos, y posteriormente cocinados y devorados ritualmente por los mexicas de Texcoco (lugar donde se come gente, en náhuatl). Al menos treinta de sus cocinados cráneos (doce hombres y ocho mujeres blancas, siete negros, tres mulatas), han sido recientemente identificados por la ciencia. Como también lo han sido caras barbudas desolladas, cueros de caballos con cascos y herradura, aperos y herramientas de hierro, bridas y estribos de caballo, anillos, camafeos, botones, clavos, y un sinfín de huesos humanos y de animales, gracias al apresurado soterrado que de toda huella visible hicieron entonces los culpables, al saber que el capitán Gonzalo de Sandoval venía para tomarse justicia. Y como un anatema bíblico, a todos los pasó a cuchillo. Para Karl Vossler, aquello se trataba de una Cruzada medieval, llevada a cabo por Cortés con medios modernos… contra otros neolíticos, si no paleolíticos, añadimos hoy. Y de la misma manera, que no faltó entre los cruzados la codicia, el espíritu aventurero, la crueldad y el sentido comercial…  no se puede negar a los conquistadores su celo cristiano y su devoción… Fue precisamente esa crueldad, la del civilizado y codicioso Alvarado, la chispa explosiva del Tenochtitlán copado, la huida de los aliados al filo de lo imposible y la guerra abierta, lacerante, terrible, sobradamente narrada por la Historia. Acabada la contienda Cortés, hombre culto (de Estado, diríamos hoy), sabría encajar a connotados aztecas en la estructura del poder emergente, para tratar de poner un punto final a la página más sangrienta de su empresa.

Figura 4: El camino de Cortés a Tenochtitlán. Lienzo de Ferrer Dalmau

                         

Ignorantes en Cuba de la prisión de Narváez, iban a seguir desgranando navíos de apoyo hacia Ulúa, con soldados, alimentos, pertrechos, caballos, ballestas, municiones, y la incorporación de las propias tripulaciones que, confiscados los barcos tras su arribo, se diluyen motu proprio en la hueste castellana. El goteo de refuerzos para Cortés desde su puerto insignia se multiplica, a la vez que el surgidero veracruzano se afianza como vigía costero.

 

En 1529  Carlos V nombra a Cortés Gobernador, Capitán General y Justicia Mayor de Nueva España. Alumbraba así la Nueva España, a la vez que el llamado Imperio Azteca se desdibujaba en el olvido. Con su primer virrey Antonio de Mendoza y Pacheco, iba a nacer en 1535 el Virreinato de Nueva España para varios siglos más. Dentro de él, la demarcación de Veracruz llegaría a extenderse entre los ríos Baraderas y Pánuco, en una geografía de 200 leguas de costa por 28 de fondo, poblada básicamente por las naciones huasteca (Villa de Santiesteban del Puerto-Pánuco, 1523), totonaca (Veracruz, 1519) y popoloca (Villa del Espíritu Santo, 1522), trufada a lo largo del tiempo por colonos africanos y europeos. En ninguna parte se deja ver mejor el admirable orden con que las diferentes tribus de vegetales, van siguiéndose por tongadas, una más arriba que la otra, que subiendo de Veracruz hacia la meseta de Perote; allí se ve cambiar, a cada paso, la fisonomía del país, el aspecto del cielo, la vista exterior de las plantas… nos deja dicho el Humboldt científico enamorado del país… pero que no sabe admirar la abandonada y monumental Cempoala totonaca, ruinas y yedras, aniquilada por la fiebre variólica traída por Narváez y su apestada hueste dos siglos antes.

 

El Virrey Mendoza iba a establecer nuevos códigos urbanos, para el trazado de las ciudades y caminos reales de Nueva España. Los primeros emplazamientos de la itinerante Veracruz, se habían levantado conforme al Código Ovando (1502), desarrollado en La Española por el Gobernador que le dio su nombre. Pronto, fueron seguidas sus prescripciones acerca del repartimiento de tierras aledañas, elección de corregidores y alcaldes, estimulación del mestizaje entre los empadronados, y trazado cuadricular de calles y solares a partir del Foro latino (Plaza Mayor o de Armas para los castellanos). Era en realidad el modelo tradicional del castro romano, aplicado, durante la Reconquista peninsular, por Alfonso X El Sabio y la Corona de Aragón. Llegada la plenitud renacentista, este modelo urbano sería desbordado por las ideas de Marco Vitruvio (siglo I A.C.), puestas en boga por Leonado da Vinci y otros artistas del Cinquecento. Vitruvio, disgregaba en su urbanismo la parte privada de la pública, con una polivalente Plaza Mayor que nucleaba los eventos sociales y edificios relevantes de la comunidad. Se interesaba vivamente por los vientos locales, que atacando sobre los ángulos rectos que forman las calles, deben ser rotos y dispersos. Problema medular éste para el definitivo asiento de Veracruz, que tenía que resguardar al unísono la ciudad, sus habitantes y los barcos, contra el fiero aquilón de la costa y el urticante arrastre de la arena en el rostro.

 
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Contexto Histórico de Cartagena de Indias – III

Con la Batalla de Lepanto, “la mas grande ocasión que vieran los siglos”, ganada por los cristianos reinos frente a turcos y berberiscos (1571), las galeras del Papado,  Venecia, Génova y España habían triunfado en toda la línea mediterránea tras medio siglo de dominio otomano causado por la ambigüedad de Francia. Era la victoria de las naves de remo y vela frente a las naves mancas. Móviles y maniobreras en la encalmada, poco calado a prueba de navegación costera y acción directa con sus cañones de proa sobre enemigo enfilado tanto a bordo como en tierra, eran sus infalibles virtudes. Pero solo artilladas por proa y popa, perdían sus flancos la potencia de los cañones de andanada, ocupados ahora por dos niveles de poderosos remos. La experiencia de Felipe II trayendo galeras al Caribe, no iba a tener sin embargo el éxito deseado. Indudable contra la morralla filibustera, más que dudoso frente a naos piratas con veinte o más cañones por banda, las galeras armadas de Santo Domingo y Cartagena de Indias no habían de perdurar mucho. Serían reemplazadas por galeones de alto bordo con popa y proa realzadas para apostadero de fusilería. A la dificultad de conseguir galeotes penados o enemigos que forzar, la inapta disposición indígena para el remo contribuiría al fracaso de las galeras del Caribe, naos nunca repuestas tras la prueba bélica o el incendio aleve de su azarosa vida. Pero triunfan en cambio los champanes filipinos cuyos planos llegan desde  Veracruz a través de recién fundado Galeón de Manila – Acapulco (1565). Serán construidos en Cartagena y empleados en la navegación de cabotaje interior por el segundo tramo del Canal del Dique, impulsados a brazo partido por una docena de bogas, fornidos braceros pardos o zambos. En 1536 Gonzalo Jiménez de Quesada, fundador de Bogotá, había visto naufragar en las cambiantes bocas del Magdalena varios de sus bergantines de apoyo que trataban de remontar las aguas fluviales hacia la penillanura bogotana. Conocedor de la existencia de champanes en Macao por uno de sus pilotos, portugués navegado en los mares de China, consigue construirlos por primera vez en América. Pronto se convertiría en la embarcación por excelencia de aquella mutable red de venas fluviales. Pujando con pecho y brazos largas pértigas bífidas afianzadas al fondo, los bogas recorrían los bordos de proa a popa, llevando como única vestimenta sobre sus partes un incoloro guayuco. Conocedor de las  bondades marineras de la sutil chalana, el cabildo cartagenero logrará construirlas en su astillero según planos de Manila y toldilla de palma trenzada y hojas de vijao como solo los indios saben urdir, para resguardo del sol y los aguaceros, a fin de instrumentar la navegación de mercancía y pasaje por su canal interior.

A partir de la fusión de coronas española y portuguesa sobre la testa real de Felipe II (1580), llegan  a Cartagena nuevos comerciantes castellanos y criollos, además de lusos y judíos, expulsados estos últimos de España en 1492 pero acogidos en Portugal, que pueden ahora regresar a estas otras Españas. Su crecimiento es en esos años poderoso, y sus edificios se multiplican. Los primeros hornos de cocción de cal montados por los jesuitas años antes, estaban cambiando la estética ciudadana de los tradicionales techos caribeños a base de gamelote y caña. La bonanza económica levantaba ya los nuevos edificios en ladrillo o en cal y coquina. Canteras y hornos de cal van abriendo nuevas explotaciones en costa e islas de Barú y Tierra Bomba. En una cadena sin fin, bongos, barcazas y almadías se suceden para traer los materiales a la ciudad sin exponerse apenas  en aguas abiertas. La demanda de materiales es tal, que el Cabildo prohíbe que tejas, cantería y cal, sean utilizadas fuera de Cartagena. Por decreto del gobernador, los solares baldíos deberán ser  expropiados en plazo de un año para dar cobijo a las demandas de emigrantes que piden plaza… Pero en 1586 veinte velas de Francis Drake asoman frente al caño de  Boca Grande con sus 1.000 hombres de chusma y desembarco. La repetida estrategia del corsario inglés, inveterado jugador de ventaja, iba pronto a ser conocida en aquellos mares: apabullar con una flota numerosa a los hasta entonces desprotegidos enclaves costeros de su católica majestad, que poco a poco y en forzada circunstancia, irían desarrollando sus propias defensas al nivel de las fuerzas que ocasionalmente aparecen para atacarla, acción sistemáticamente rematada con la consabida “vacuna” de modelo francés. Flota corsaria cuya financiación había que rentabilizar a base de jugosas presas, cuantas más y menos pérdidas propias, mejor. En época de tregua europea como la que entonces reinaba, las ciudades fortificadas del Caribe no esperaban frente a sus baluartes otra presencia que las pocas velas de un ocasional perro del mar, en busca de su vital carroña. Pero la flota de Drake son palabras mayores. Sin previa declaración de guerra entre las partes, el gobernador se apresta a una resistencia desesperada. Tras su obligada revista a defensas y defensores, toma conciencia de que poca es la pólvora útil que conservan  y menos durará sin duda el fuego cruzado de sus cañones. El pirata inglés mete las naves en aguas interiores intentando aproximar cinco de ellas al casco urbano, pero una cadena sobre barriles flotantes protegida por el Fuerte del Pastelillo (entonces Boquerón), le impide acceder a la Bahía de las Ánimas y su marginal Plaza del Mar. Imposibilitado del fuego directo sobre la ciudad, opta el pirata por el apoyo de tropas mediante el tiro de piezas por elevación, mientras desembarca su gente en la playa de la Caleta. Manteniendo la cadencia de fuego y el batir de sus cañones allende la cadena sobre boyas del Pastelillo, avanzan por tierra los asaltantes hasta el Baluarte de Santo Domingo, por donde abrirán la brecha que franquee su penetración en la ciudad. Cuando los cañones enmudecen agotada su pólvora, las autoridades ciudadanas junto a la tropa y los últimos moradores, abandonan la ciudad camino del Turbaco. Acogidos por esta “república de indios”, desde ella tratarán de negociar y salvar lo salvable. Una vez cesa el cañoneo defensivo, la turbamulta corsaria se abalanza hacia el interior por la brecha para capturar la ciudad (1586), mientras arden encalladas las dos galeras que Felipe II había mandado desde España para combatir a los piratas…

Cuando los desembarcados ocupan Cartagena, los moradores se habían disipado entre los cerros del entorno, vieja táctica de sobrevivencia en todo tiempo. El corsario inglés espera, quiere parlamentar con los vecinos. Se impacienta y quema en primer aviso 200 casas de la periferia urbana para obligar a que los desaparecidos den la cara. Y en la espera, indaga personalmente los pormenores del entorno ciudadano, mientras su soldadesca saquea por doquier lo privado y lo público, desmontando campanas y embarcando cañones. Conocedor desde niño de la lengua castellana, rebusca documentos, misivas, cartogramas y derroteros en los archivos de la Gobernación y la Aduana. Descubre la correspondencia confidencial del gobernador portugués de las Azores que le comunica al español su paso por aquellas islas de “el pirata Drake” que navega por el Atlántico hacia sus aguas. Ser tildado de pirata…es algo que enfurece al flamante miembro del sindicato corsario de Plymouth y Southampton, de cuyos réditos participa su propia reina, junto a connotados cortesanos palaciegos que también le financian sus depredadores raides contra la Corona española. Estalla en cólera por la ofensa recibida y en un primer impulso demuele a cañonazos una de las naves de la catedral en construcción. A medida que se prolonga el mutismo ciudadano del exilio, sus cañones van tumbando nuevos arcos y columnas de la catedral, la gobernación y otras  fábricas de piedra que emergen sobre la Plaza del Mar. No tardará mucho en aparecer el obispo al frente de la comisión negociadora. Drake exige y apremia, no vaya a ser que llegue la artillada Flota de los Galeones con su guarda de cagafuegos, que anualmente viene con la flota de Sevilla desde 1579.  Sabe por los espías de su Majestad Británica  que recorre ya las costas de Tierra Firme, desgranando puertos desde Isla Margarita y Cumaná hasta Nombre de Dios y a veces Honduras, pero que se resguarda y aprovisiona en Cartagena mientras la ciudad monta sus famosas ferias. Con su inopinado arribo podría crear el caos de su escuadra, ya experimentado en su Veracruz de infausta memoria unos años antes (1568), de donde el entonces joven pirata escapó de milagro en insignificada urca, en medio de la debacle de sus naves hundidas. Pero los cartageneros reúnen al fin el monto exigido, doloridos por la escucha lejana de los cañones que demuelen día a día sus hogares y su preciada catedral. En documento redactado en latín, exige la ciudad al corsario el acuse de recibo del rescate pagado. Drake firma sin dilación y acaba por largar velas con su botín, antes que los galeones de la Real Armada apunten las suyas sobre el azul caribeño.

Dos años tardará Cartagena en tomar nuevo pulso, tras superar éste, al añadido desastre del último temporal del norte. Entrando por la brecha de Santo Domingo abierta por la hueste de Drake, las olas van arruinando el paño de la muralla a mar abierto y sus edificaciones próximas durante aquel invierno. Con el pase de temporales se reconstruye la muralla, y se establece una guarnición militar fija que recorre los baluartes, a fin de llenar el vacío defensivo con establecimiento alterno  de fusilería y bombardas. Hallado el deseado mineral de azufre, comienza a fabricarse en Quito la primera pólvora criolla, enclave de suministro seguro para todo el Virreinato del Perú, Panamá y Portobelo incluidos. Cartagena lo recibe sin peligro pirático por su silente y discreto Canal del Dique.

La Armada del Mar Océano o Guarda de la Carrera de Indias era operativa desde los tiempos subsiguientes a la “hazaña” de Jean Florín con el Tesoro de Moctezuma (1522). Aquellos primeros años se bifurcaba entre Santo Domingo y Cartagena. Mas adelante serán Veracruz y Cartagena-Portobelo sus metas. Cada año, zarpaban de Sevilla las Flotas de Indias en enero y septiembre y en mar abierta uníasele la Armada del Mar Océano, que había de custodiarlas hasta el Caribe. Con su nao Capitana al frente, su Comandanta cerrando flota, y pataches de órdenes y aviso, tomaba rumbo a las Azores navegando en conserva.  A la altura de Martinica o Guadalupe se dividía en dos: la Flota de Barlovento o Flota de Cartagena, y la Flota de Nueva España que tomaba rumbo a Veracruz. Una Armada de Tierra Firme custodiaba las naves que enrumbaban a Isla Margarita y Cumaná, además de las que seguían costa hacia los puertos de La Guaira, Maracaibo, Riohacha, Santa Marta y Cartagena, donde rendían viaje. Carenadas durante las consiguientes ferias que coronaban su llegada, las naves seguían después la línea de costa hasta Nombre de Dios primero,  Portobelo después. Entre tanto, la Armada del Mar Océano acompañaba a  Veracruz el resto de navíos, que bajo el nombre de Flota de Nueva España, rendía viaje al amparo de San Juan de Ulúa. A la llegada de los galeones venidos de Sevilla montábanse las esperadas ferias de los puertos receptores. Eran las de Cartagena y Portobelo (Nombre de Dios los primeros años) y Veracruz, las más importantes; mientras duraban sus ferias, los galeones de escolta permanecían vigilantes en rececho.

A partir del saqueo de Drake, Cartagena de Indias iba a ser paulatinamente fortificada. Además de las murallas circundantes de reminiscencia medieval, fueron levantados baluartes y bastiones estratégicos en su periferia, según las ajustadas técnicas castrenses de la Europa contemporánea, perfeccionadas durante la guerra franco-española de Italia y el descubrimiento de la mina explosiva por los tercios españoles de Flandes. Un nuevo y más amplio muro defensivo de piedra rodea Calamarí y el perímetro de Getsemaní frente a tierra firme, mar abierta, ciénagas y bahía. Desde las últimas décadas del siglo XVI, Cartagena es de facto el enlace neurálgico entre Tierra Firme y el Virreinato del Perú  con el Caribe, a través de Portobelo y Panamá y sus connotadas ferias. Como base de operaciones de los galeones que vinieron a sustituir las galeras de la periclitada Armada de Barlovento, llamada en adelante Armada de Tierra Firme, constituye la plaza fuerte continental que cobija y despacha la Flota de Barlovento o naves comerciales que anualmente trafican con España y Perú. Las naos merchantas que con la ocasión van confluyendo a Cartagena, engrosan la Flota de Tierra Firme, que se mantendrá al resguardo de su bahía. Cuando la Flota del Mar del Sur (base Callao) llega a Panamá, sale la Armada de Barlovento hacia Portobelo para custodiar la feria: dos de sus galeones regresarán con las bodegas llenas de plata peruana. Se trata de los Galeones de la Plata, marcados  por su doble fanal siempre prendido, que deberán llegar a Sevilla cargando el Quinto Real. Concluida la feria de Portobelo, los  Galeones de la Plata, ocluidos en la Armada de Barlovento, regresan a Cartagena. El Quinto Real del Perú engloba los impuestos, tasas y gravámenes que la Corona detrae a banqueros, empresarios y comerciantes del Virreinato. En razón de su preciada carga se les asigna el nombre “Galeones de la Plata”, que irán navegando siempre rodeados por el resto de naves de la formación. Salen Flota y Armada de Cartagena en convoy hacia la Habana, Capitana delante, Almiranta detrás y Galeones de la Plata como corazón del naval despliegue. Reunidos en la Habana con la Flota de Nueva España (base Veracruz), constituirán la “Flota de Indias” o “Carrera de Indias”, que por ambos nombres serán conocidos estos despliegues navales que superan a veces las 100 velas merchantas sobre el Atlántico. Nuevamente navegando en formación y protegida por  la Armada del Mar Océano, la flota tomaba puerto en Sevilla al principio y Cádiz años después.  Entre tanto, la Armada de Barlovento desde la Habana había regresado a Cartagena para seguir patrullando las costas de Tierra Firme hasta Yucatán. Años hubo en que la estrategia de flotas, obligó al Consejo de Indias a individualizarlas, tras diferir la salida de alguna de ellas por despistaje y tácticas coyunturales. Siempre recibidas las órdenes del zarpe y derrota en sobre lacrado, para abrir a los tres días de hacerse a la mar.

 
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Contexto Histórico de Cartagena de Indias – II

Años antes a la fundación de Cartagena del Poniente, sin declaración previa de hostilidades, el corsario francés Jean Florín (1521), al mando de 8 barcos había capturado inopinadamente en las Azores, dos de las tres naves enviadas por Cortés a Carlos V con el Tesoro de Moctezuma. El oro copado revolucionó la Francia de su tiempo con un Francisco I que promovía el corso con cuanto connotado marino se lo solicitaba. Pero alertado quedaba también el joven monarca español, que en contrapartida iba a conceder numerosas patentes de corso a marinos ribereños del Cantábrico, para acoso del francés que se avistase en aquellas aguas de su propio mar. El pirata Florín acabaría sus días colgado de una  horca, denegado su juicio previo por orden directa del Emperador, tras enterarse por un emisario de que lo había capturado el corsario vasco Martín de Rentería.

Ante la inminente perspectiva de guerra multifronte con Francia, estructura  España su comercio marino con América a base de dos flotas anuales: una dirigida a Cartagena – Nombre de Dios, y la otra a Santo Domingo con recaladas en Dominica a la ida y La Habana al regreso. Ambos reinos se disputan sobre Italia la hegemonía de Europa, y rotas las hostilidades, el incipiente asentamiento portuario de madera, bahareque y palma que era Cartagena del Poniente en aquellos primeros años, veía huir a sus gentes hacia los cerros portando valijas y dineros con demasiada frecuencia, ante cualquier dudoso perfil de velas en sus aguas. Indefensa frente a la piratería, una Cartagena sin fortificar iba a ser pronto desvalijada por la furia depredadora del  hugonote francés de noble cuna Señor de Roberval (trucado en Robert Ball a secas para los caribeños, 1543) tras ocuparla en día de significada fiesta. El día en que la ciudad prepara la boda de la sobrina del propio Pedro de Heredia, reconocido espadachín desde sus años mozos, tiene el Gobernador que defender codo con codo y a punta de espada junto a su hermano, residencia y familia, hasta comprobar que sus deudos han huido a descampado, en cuyo momento abandonan la lid y huyen tras ellos. Con una pequeña escuadra de 4 barcos, 450 hombres y la guía inestimable de un piloto resentido por vieja querella ciudadana, el corsario se ha filtrado inadvertidamente en la bahía interior amparado por la oscuridad de la noche. Los confiados moradores duermen sin sospechar el zafarrancho que les acecha. Con las primeras luces del alba escucha la somnolienta Cartagena músicas y redobles que cree prolegómenos de un festivo día de sonados esponsales; no acierta a comprender que se trata de un rebato desesperado de alguaciles que tratan de alertar el grave peligro, cuando ya la chusma francesa se desparrama sable en mano por las calles cartageneras. Huye como puede la población, pero queda el obispo. El será quien trate con el hugonote el rescate exigido, so pena de ver convertida en pavesas la ciudad y estrangulada su reverendísima. Acogido en un poblado indio con otros ciudadanos, Pedro de Heredia se entiende con los enviados del obispo para convenir un rescate de 20.000 pesos de oro que deberá reunir la ciudad. Rescate que habría de servir como apoyatura al Juicio de Residencia por mal gobierno y huida vergonzante con que sus enemigos maquinan denunciarle ante la Audiencia de Panamá. Tras cobrar el rescate, Roberval se retira a sus naves y según lo convenido, se hace a la mar. Años después aparecería colaborando con Jacques Cartier en el fallido intento de colonización francesa del río San Lorenzo en el Canadá.

La cada vez más peligrosa navegación costera aumentaba su riesgo en la época de brisa (el alisio del nordeste, época húmeda, abril- octubre, verano boreal amplio) cuando los perros del mar descendían de empopada hacia el Sur desde sus guaridas insulares de las antillas. Pero  ascendían luego por la aleta hacia Honduras con la llegada de la época de viento (contraalisio de componente sur, época seca, noviembre-abril, invierno boreal amplio) con lo que batían toda la costa continental caribeña según las estaciones del año. Y a tales estaciones se atenían siempre los expectantes colonos de la costa y la navegación de cabotaje costero. El cabotaje interior por el Canal del Dique suponía en tales momentos un seguro resguardo para el tráfico de bastimentos y mercancías desde los pastizales y sembradíos de Quito (1534), Cuzco (1534)  Popayán  (1537) y Sta. Fe de Bogotá (1538) sin tener que asomar velas a unas costas transidas de piratas.

              También la bahía de Cartagena era un seguro resguardo para las naves, además de una fiable protección de su puebla debido al inaccesible frente rocoso, plagado de escollos y confusa mar rompiente bajo brisas y vientos, que imposibilitaba todo acceso directo a ella desde la mar abierta. Si bien la escasez de agua dulce fue en principio motivo de dudas, pronto fueron acalladas estas con la construcción de aljibes abundantemente nutridos por el régimen de lluvias tropicales, diseñados con generosas limahoyas de  tejados a cuatro aguas. Su posición geográfica próxima al río Magdalena, vía natural de penetración continental, iba a ponderar su peso específico en la red comercial que poco a poco iba tejiendo el Imperio Español, como nudo de enlace con el altiplano quiteño y las perlíferas isla Margarita y ciudad de Panamá. Y por ello punto de confluencia de barcos de cualquier puerto con cargas que feriar o negociar en la ya empezada a conocer como Cartagena de Indias, con fama de resguardo seguro frente al fresco alisio y los temporales caribeños.

Las Indias, todo un proceso de transferencia legendaria de atisbos medievales, realimentado por el ibérico asomo hacia mares desconocidos. El Preste Juan de las Indias era un mítico gobernante cristiano del lejano oriente, que según relatos europeos perpetuados hasta época colombina, era mandatario generoso de un fabuloso país pleno de riquezas y mágicos tesoros. Mitad patriarca, mitad paternal presbítero, era en la imaginaria colectiva heredero de los discípulos del apóstol Tomás y descendiente de los Reyes Magos. Su lejana y aislada nación se encontraba rodeada de países musulmanes y paganos. Objeto de búsqueda durante generaciones, seguía lejos del alcance de los europeos, pero cercano en su fantasía compartida. Los primeros navegantes portugueses que regresaron de Calicut y Malaca a finales del siglo XV, convencieron a Occidente de haber encontrado en el Negus de Etiopía, católico Rey de Reyes, el heredero del Preste Juan, corroborando así la situación geográfica de Herodoto. << De estas Indias, pues, del Preste Juan, donde ya contrataban (mercancías) los portugueses, se llamaron nuestras Indias, y así lo nombraba siempre Cristóbal Colón >>, testifica el historiador López de Gómara, apostrofando así a perpetuidad al sorpresivo mundo surgido del océano. Junto a la leyenda de la isla Antilla, las amazonas y la reina California, las Indias del Preste Juan suponían aceradas esquirlas del oscuro Medioevo incrustadas en el luminoso Renacimiento, cuyo afán descubridor iba alumbrando poco a poco el panorama  del saber europeo.

Todavía encontrará una ciudad desprotegida, inadaptada a los turbulentos tiempos que corren, el hugonote Martín Côte (1560), que con 7 barcos y más de 1000 filibusteros pone sitio a Cartagena tras asaltar e incendiar Santa Marta, desde donde llegan informes por tierra del peligro que sobre ella se cierne. Pero sus construcciones han cambiado sustancialmente en las últimas décadas; donde antes dominaban la madera y el techo de paja, lo hacen ahora la piedra coralina, ladrillos y tejas. Un demoledor incendio ocurrido en los postreros días de gobierno de Pedro de Heredia (1552), había puesto fin a la era del bahareque y la caña de su fundación. Se nota ya ciudad próspera, sin parangón con la humilde Santa Marta de aquellos años, que su fundador había alcanzado a vislumbrar. Ante tamaña contingencia, manda el nuevo Gobernador abandonar la urbe y prepara su defensa excavando y escaqueando en derredor pozos-trampa con enhiestas y punzantes picas en su fondo, capaces de ensartar << hombres y bestias que en ellos cayeren >>. Son todos sus hombres de guerra 10 arcabuceros, 20 jinetes de lanza en ristre y 500 arqueros indios con flechas emponzoñadas, que aguardan la acometida pirata apostados en trincheras y zanjas improvisadas, mientras el movimiento de las desiertas calles es vigilado por algunos hacendados a caballo. Pese a la cautela tomada por los asaltantes que se aproximan hacia la ciudad por la playa, la repentina descarga de fusilería junto a la nube de flechas que sobre ellos cae una y otra vez detiene el avance de la hueste corsaria. Retiran sus bajas, pero son muchas las heridas de flecha, que bien saben causarán inexorablemente la muerte en las próximas horas. Una tras otra rebotan sus rabiosas oleadas contra las líneas defensoras, hasta que la munición de pólvora se agota. Entonces, a una señal convenida, emprenden al unísono la retirada hacia los manglares de Getsemaní y cerros posteriores, tras los ciudadanos que habíanles precedido en la huida hacia lugar seguro. Cuando la vociferante chusma siente el camino expedito, irrumpe en la desierta ciudad  como una destructora ola de marea. Entran en las casas robando cuanto hallan, derriban puertas, mutilan imágenes, profanan vasos sagrados, se llevan los bienes del clero y matan un clérigo que reza en la catedral. Su rapacidad no tiene límites, y se aposentan en la maltrecha urbe decididos a no abandonarla hasta que sus ciudadanos paguen la correspondiente “vacuna”, así llamado al rescate pactado para no quemar la ciudad ni degollar a los pocos prisioneros que han capturado. Por 4.000 pesos de oro abandonarían el lugar sin más retaliaciones, y así lo hacen, pero las bajas entre las que se contaba su ahora lugarteniente y conocido perro del mar Jean Beautemps, habían sido muchas, e iban a marcar su filibusterismo futuro. Sobre De Côte y cuatro de sus barcos jamás se supo nada cierto; solo conjeturas sobre su retiro a cierta isla en compañía de una india enamorada. Los otros 3 barcos seguirían costeando la Tierra Firme hasta Honduras, uno de los cuales se sabe llegó al Yucatán. Tratarán de establecerse sus hombres en Trujillo, Campeche y Valladolid, camuflados entre los pobladores hispanos. Pero más de una docena de ellos serán detectados por sus formas y costumbres sospechosas de herejía, y denunciados a los Tribunales de la Inquisición locales. Y consecuentemente juzgados y condenados a diversas penas, aunque no consta que ningún hugonote fuera por aquellos años condenado en Nueva España a la pena capital de la hoguera.

En 1568 el pirata y negrero inglés John Hawkins en compañía de su pariente el aprendiz Drake, con una flota de cuatro naves grandes y 7 urcas y pataches, se presenta ante Cartagena y envía un bote con emisario, anunciando al gobernador que trae suficientes cargas y esclavos para montar una feria. Experimentados los cartageneros en añagazas piráticas, rechaza el gobernador la oferta, a la vez que apresta su hueste militar a la defensa. Tras una semana larga de intercambio de emisarios y fuegos intimidatorios desde mar abierta, desiste el inglés de su “feriante” empeño, no sin antes amenazar que volverá con flota más numerosa. Nunca regresaría Hawkins, pero Drake había aprendido ya el camino.

La proliferación de “perros del mar” por todo el Caribe en general, y los frecuentes avistamientos sospechosos en aguas cartageneras en particular, habían decidido a su gobernador a formar milicias ciudadanas que tan buenos resultados habían dado en las grandes antillas. Componíanse estos grupos vecinales de autodefensa de gentes armadas a caballo, pertenecientes a la clase social acomodada, que habitualmente patrullaban la costa vigilando los movimientos de hombres y barcos en sus playas y auscultando la línea de horizonte, a la vez  que alardeaban de bruñidas armas y costosos arneses. El precio añadido por vivir en un puerto caribeño tan solicitado como Cartagena, implicaba además de una vigilancia esmerada, una eficaz defensa fija y otra móvil. A partir de estos contratiempos empiezan a construirse los fuertes del Boquerón y la Caleta. Se envían 7 bombardas de bronce, 200 picas, 100 arcabuces, cuatro quintales de plomo y noventa barriles de pólvora, que tratarán de mantener siempre como dotación mínima operativa. La piratería se ha vuelto una pegajosa plaga, que las más de las veces asalta alguna nave que llega desprotegida, para darse a la fuga apenas notan que son detectados desde el presidio. Son los crueles y miserables perros el mar, delincuentes sin patria ni credo, que viven de la rapiña, la extorsión y el secuestro de todo cargamento o pasaje que cae bajo su zarpa en aquellas aguas, mayoritariamente surcadas por mercantes hispanos. Pero entre las armas inventariadas como mínima defensa se encuentra la pólvora, que se deteriora rápidamente en climas tropicales, tal que pasadas unas semanas enmudecen los cañones. Y en el Nuevo Mundo ha sido hallado oro, pero no piedra de azufre que hace la pólvora, y sin ella no habrá forma de conservar el oro. Se envía azufre y salitre desde España a la más desarrollada Habana (1570) para la fabricación, barrilaje y distribución de la pólvora, pesadilla de baluartes y navíos durante todo el siglo XVI. Cartagena, creada para el comercio defiende su estatus creando astilleros para la construcción, carenado y equipamiento naval de su transitada dársena. En 1575 Felipe II  le otorga el título de “muy noble y leal ciudad”, y dos años después se inicia la traída de aguas,”obra romana importantísima” al decir de su gobernador, de manera que para entonces se la considera ya como la “tercera ciudad de todas las Indias”. Pero se abandona el proyecto de acueducto con el gobernador entrante, proclive a cambiarlo por nuevos y mayores aljibes públicos, para evitar la vulnerabilidad puntual del suministro lejano del agua durante ferias y asedios. Ya para entonces Cartagena de Indias aparece como una ciudad asentada sobre una Calamarí fortificada. Su casco de ciudad  comerciante y marinera, se va formando, sin la trama geométrica tradicional de los asentamientos castellanos del Nuevo Mundo. Sus calles rectas se adaptan al espacio insular disponible, en haces pretendidamente ortogonales, para conformar 40 manzanas y 2 plazas neurálgicas sobre el islote, puntos características de los puertos españoles del Caribe. La portulana Plaza del Mar o Plaza de la Aduana, residencia de los oficiales reales, donde descargan desde siempre los galeones sus feriantes cargas y abren sus tiendas comerciantes y carniceros, royo justiciero de agarrotar delincuentes incluido, y La Plaza de Armas o Plaza Mayor, mentidero de consejas y festejos, con su Catedral presidiendo el quehacer ciudadano. Hacia finales del siglo alcanzará las 2000 habitantes con un núcleo urbano que se desparrama, mediante el puente de madera de San Francisco, sobre el anexo islote de Getsemaní que cuenta con otros 200 habitantes más y los corrales de ganado algo más lejos del casco habitado. Una tercera plaza urbana nacerá en Calamarí, conocida pronto como Plaza de los Jagüeyes, en razón de los abrevaderos estratégicamente repartidos en ella para solaz de caballerías y reatas que han de bregar diariamente en el sofocante clima.