Publicado el

Contexto Histórico de Portobelo – II

Con el inicio de las obras defensivas, los iniciales bohíos y ranchos de madera y paja, van transformándose en casas de madera alineadas en dos calles paralelas, sobre base y zócalos de argamasa y piedra, de gran amplitud y capacidad algunas. Otras se yerguen sobre robustas perchas de ceibo que a manera de columnas realzan la planta de habitación, dejando exenta la bajera como protección contra jaguares, ocelotes, caimanes, iguanas, serpientes, sapos y otras alimañas que invaden la puebla y libremente transitan durante las lluvias, sus truenos y sus lodos. Ellas van a cobijar bajo techo firme una esporádica república feriante, con abultado fajín de contratos e impertinente tintineo de monedas en sus bolsas. La trama de la ciudad incluye dos plazas, la Plaza del Mar y la Plaza Mayor. La primera incluye Aduana y Cabildo, en tanto que la segunda lo hace con la Parroquia matriz y el Hospital Real, concebido éste para atención médica del personal militar o civil, blanco o negro, español o extranjero, esclavo o libre, que atienda o construya las nacientes fortificaciones, y que entrado el siglo, sería encomendado a la Orden Hospitalaria de San Juan de Dios, la benemérita orden siempre entregada al prójimo. Si bien el casco urbano no sobrepasará medio siglo después el centenar y medio de casas consolidadas, no por ello dejan de montarse ocasionales bohíos a la entrada del camino de Panamá, ocupada mayormente por negros esclavos y libres. Conocido como barrio Guinea, a ellos se trasladan temporalmente ciertos propietarios que alquilan sus casas por astronómicos precios durante las ferias. Dineros, al decir del cronista, no siempre fáciles de ser cobrados a unos ostentosos cuanto escurridizos, transitorios y avisados clientes, prestos a esfumarse súbitamente sin rastro en medio del bullicio ferial. Sin duda la afamada viveza criolla había tomado ya carta de identidad en aquel siglo y lugar, hervidero de gentes y afanes, no ajenos tal vez a la esencia de ciertos factores ibéricos ya establecidos en su propia ecumene. Cuatro barrios vendrían a conformar la estructura social de la ciudad; además del citado Guinea al nordeste, el de Triana al oeste, compuesto básicamente por tratantes y pulperos peninsulares y blancos de orilla, el de la Carnicería sito en el entorno del matadero con gentes de menores recursos, y el de La Merced, que se iría aglutinando en derredor del convento mercedario, adscrito a la Casa Madre de Panamá, construido en 1606.

Figura 7: Plano-Planta Ciudad de Portobelo

 

En 1596 aparece nuevamente la merodeante flota de Drake, ahora con más de 3.000 infantes de tierra bajo el mando de Thomas Baskerville, rebotada esta vez de Puerto Rico en cuyo cerco había fallecido el ya anciano John Hawkins. Ellos van a dirigir su ataque sobre la mutante y semiabandonada Nombre de Dios, defendida por su gobernador con una guarnición de 60 hombres. Ante la imposibilidad de defenderse de la formidable escuadra que les asedia, decide el gobernador retirarse, abandonando el campo a la hueste corsaria. La agónica ciudad sería saqueada e incendiada, y por considerarse ya función amortizada, nunca más reconstruida. Por su parte Portobelo, en plena erección de sus defensas, se prepara para afrontar el subsiguiente aldabonazo corsario, mientras la flota inglesa va tomando posiciones frente a la bahía. Pero los británicos soslayan su toma optando por atacar Panamá, donde permanece retenida la plata peruana en espera de las nuevas atlánticas. Drake avanza hacia la ciudad del Pacífico remontando la vía fluvial del Chagres, en tanto que Baskerville con su gente de guerra progresa por el Camino Real hacia la cumbre divisoria de las aguas, desde donde espera caer sobre la capital del istmo. Pero la prevenida Panamá responde contundentemente en ambos frentes, emboscando sus hombres en Sabana Grande y Venta de Chagres junto a refuerzos llegados del Perú, que ocasionan numerosas bajas a los invasores, asumiendo finalmente estos la retirada hacia su base flotante. Al repliegue, un fracasado y seguramente enfermo Drake se cierra en su camarote del que se niega a salir, y donde muere de disentería a los pocos días. Su cadáver será arrojado por la borda en ataúd de plomo, sobre el propio cantil de la bocana, donde la nao capitana aguardaba fondeada. El regreso de la flota a Plymouth bajo el mando de Baskerville sería dramático. Lograría aportar en sus muelles con 8 naves sobrevivientes de las 28 con las que partiera en compañía de Hawkins y Drake un año antes, enfermo y deprimido, tras un meritorio retorno en etapas, plagado de penalidades y pérdidas humanas y materiales. Era la otra cara de la moneda.

Figura 8: Portulano de Portobelo, puerto atlántico de Indias. (Dibujo del autor)

 

La situación estratégica de Portobelo, como nuevo receptor atlántico de mercancías vía Perú y embarque de plata y ultramarinos vía España, le van a conferir una destacada importancia mercantil, materializada en sus anuales cuarentenas feriadas y el importante paquete transaccional que conllevan. Las mercancías aportadas desde España y el Caribe por la Flota de Barlovento o Flota de Tierra Firme (sede Cartagena), eran compradas  para abastecer los mercados de Lima principalmente, pero también de Valparaíso y Guayaquil y pagadas con plata de Potosí. A la plata pagadora de mercaderías limeñas, juntábase los impuestos del Quinto Real, de los que se devengaba el Situado o presupuesto de policía y plata de las plazas del virreinato. No hay feria más rica en todo el mundo que la que allí se hace… entre los comerciantes españoles, Perú, Panamá y otros lugares vecinos…se hace la mejor feria del mundo, contaba el turbio Thomas Gage a su paso por el istmo, para añadir más adelante: lo que más me asombró fue ver las recuas de mulas que llegaban por el camino de Panamá cargadas con lingotes de plata; en un solo día conté 200 mulas abarrotadas que fueron descargadas en el mercado público, de manera que los montículos de lingotes permanecían como montones de piedras en medio de la calle, sin temor a que los hicieran desaparecer… testimonio evidente de que la cantada peligrosidad social de Nombre de Dios, había pasado página como la propia ciudad que la alimentaba, sin aparente contagio viral en Portobelo. En todo caso aquellos truhanes de antaño, habían evolucionado en menos de medio siglo para devenir en vivos de hogaño. Estaba mejorando ostensiblemente sin duda la cabaña trashumante, la mesta humana de Indias.

Figura 9: La Feria Atlántica de Portobelo

 

La vida ciudadana de Portobelo transcurría entre períodos de febril actividad y  azarosa quietud. Durante la feria, los residentes montaban el Ferial entre el Barrio de La Merced, Triana y el fuerte La Gloria, apoyados por numerosos profesionales de los oficios llegados de Panamá. Allí se encaramaba toda suerte de pulperías para mercar los bastimentos y manufacturas de los Galeones de Barlovento, amén de barracas con casabes, asados, frutas, zumos o aguardientes traídos de Cartagena o Panamá. Los feriantes llegarán a pagar cifras astronómicas por el alquiler de una habitación o casa (6.000 pesos a veces), y tampoco los precios de las viandas se quedan a la zaga.  Mientras iban entrando una tras otra por el Camino  Real las recuas con cien o más mulas, los maestres y sus tripulaciones armaban tenderetes con las velas y jarcias de sus navíos. En ellos daban entrada al preciado metal de las mulas, que habían de transportar en los vientres  de sus galeones de vuelta a La Habana y Sevilla.

Para regular el valor de las mercancías feriadas, se reunían a bordo de la nao comandanta el propio Comandante de la Armada con el Presidente de Panamá. Concluida la capitulación, confirmaban y publicaban los contratos de compraventa negociados entre las partes de Sevilla y Lima, España y Perú. Cada una de ellas disponía su correspondiente hoja de ruta. Los representantes privados de los comercios o los magnates panameños o limeños acuden a recibir la mercancía demandada y pagada en la feria precedente. Los mayoristas husmean los posibles precios a la baja. Los oficiales reales supervisan volúmenes, pesos, taran básculas, controlan transacciones e impuestos, persiguen el fraude. En la feria no faltan los marchantes de cuadros e imágenes que alimentan el jugoso mercado del arte. Martínez Montañés y su escuela sevillana inundan con su imaginería religiosa, cristos crucificados, vírgenes y santos el Virreinato del Sur. Las catedrales de Lima, Oruro, Bogotá o sus cientos de iglesias y conventos diluidos por su geografía, conservan aún muestras de aquel magisterio. Toda escuela de imaginería de la Península, y España es tierra de imagineros, tenía su representante en Sevilla, donde daban salida de sus productos hacia Veracruz o Portobelo: Alonso Cano, Gregorio Hernández y un largo etcétera de maestros del Renacimiento y el Barroco, junto a otros cientos de artesanos contemporáneos o posteriores han dejado sobradas muestras de ello. Acudían prestos todos ellos a la llamada tintineante de la plata peruana. Y muchos eran los limeños pudientes y caprichosos: sus mujeres lucían joyas y modas exquisitas con abanicos, mantones, sedas y tafetanes traídas de Europa o Asia. Y la plata limeña fluyó a raudales durante dos siglos hacia Sevilla vía Portobelo. Era el momento histórico en que España había dejado de caber en sus fronteras. El Siglo de Oro florecía en ella. Y con él, trasegaba la literatura ascético-mística del Renacimiento, en justa connivencia con los barcos que a Flandes llegan portando guerra, pero vuelven ahítos de Erasmo; a Italia repletos de tercios para regresar con la métrica exquisita de sus versos impresa en las tripas. Cuando el Barroco percute su aldaba, pintores como Zurbarán, Velázquez o El Greco, acuden masivamente a la cita sevillana: sus marchantes negocian lienzos en las ferias de Portobelo, Cartagena o Panamá y sus frailes, vírgenes, apóstoles o caballeros toman rumbo a las Américas. La misma senda que siguen los ángeles de Murillo con la faz de sus hijos y el dolor de padre que los ha perdido durante la peste de Sevilla (1649). Pronto nacerán otros focos de pintura autóctona que frenen en cierta forma aquella sangría de plata: tras la lluvia nutricia de los maestros peninsulares reverdecen escuelas genuinas como la deliciosa Escuela de Quito, con su mística sincrética de querubines, vírgenes y santos que tanto enorgullecería al Carlos III ilustrado. Pero la aldaba creadora va a percutir durante dos siglos con talentos universales. Mateo Alemán, Cervantes, Lope, Tirso, Ruiz de Alarcón, Quevedo, Calderón, crean arquetipos que invaden otras culturas e idiomas: el tenorio, la alcahueta, el pícaro, el quijote, el galante embaucador, el iluso atribulado, la fingida boba, la amada evanescente, el orate sesudo, la fregona virtuosa, el barbero lenguaraz y un etcétera infinito,  van a nutrir con su sesgo de comedia o drama la literatura mundial. Y todos ellos acaban siendo leídos e interpretados en Lima, Santiago, Bogotá o Quito a través de un cuello de botella llamado Portobelo, que verá llegar en 1605 los primeros 2oo ejemplares del Quijote. Tobera diríamos hoy, que aceleraba en singular Efecto Ventury la succión de productos peninsulares hacia El Perú, minimizando su estadía en el istmo. Hasta tal punto que dos años más tarde, durante las fiestas patronales de Pausa (Ayacucho), nombrada hoy Capital Cervantina de América, alcanzarían a escenificarse en su Plaza de Armas las andanzas de D. Quijote y Sancho, segunda encarnación mundial del símbolo cervantino, apenas cinco meses más tarde de un primer ensayo vallisoletano. La dificultad del paso, su insano temperamento, el costoso ferial añadido, la certeza de saberse torvamente observados por descuideros del mar, la amenaza de turbión en estación avanzada, el deseo de retornar cada feriante al sosiego de su sede, eran más que sobrados motivos para finiquitar el raudo negocio y sorber en torbellino aquella sopa de letras. En estos menesteres presidenciales con el Comandante de la Armada de Barlovento, además del incendio destructor de 46 casas sobrevenido meses antes, encontrábase el Maestre de Campo Fernando de la Riva-Agüero en 1663, flota en puerto, cuando le sobrevino la muerte. La partida de los galeones demoraría unos días para llevar los restos del propio gobernador en sarcófago de plomo, y darles tierra en su nativo solar del Gajano cántabro: nunca sería construido su proyecto de renovación del Castillo de Chagres. Años después el propio Virrey Melchor de Navarra, en su fugaz tránsito hacia España, vendría a enfermar y morir en Portobelo (1691), como justiprecio definitivo de la siniestra fama de insalubridad que le acompañara por siglos.

 
Publicado el

Contexto Histórico de Nueva Cádiz – IV

Las primeras noticias documentadas sobre la agonía del negocio perlífero de Cubagua y el consiguiente éxodo de sus pescadores datan de 1537. La Real Audiencia de Santo Domingo autoriza por esas fechas el establecimiento en el Cabo de la Vela de las pesquerías que solicitan abandonar Nueva Cádiz, con sus 900 buceadores indígenas y 37 canoas. Nuevamente los registros conservados de aquellos señores de las canoas,  trasplantados con subalternos y servicios a la región guajira, delatan su conexión con la Baja Andalucía desde la linde del Guadiana a Cádiz. A orillas de la Laguna de San Juan va a establecerse en forma de ranchería el futuro pueblo, similar en sus orígenes a Cubagua, hasta ser consideradas ambas una misma cosa. También aquí van a prevalecer los buceadores indígenas, libres o forzados, altamente dotados para la inmersión a criterio de mayordomos y señores. Con una mortandad y deserción elevadas, los reincorporados a la granjería, mayormente pescadores forzados, serán comprados en Curazao y sus Islas de sotavento o capturados entre las etnias periféricas. Los indios de su contorno, hostiles a los nuevos pobladores costeros de la Nueva Andalucía, eran a la vez favorecidos cazadores de ojeo. La dura vida del pescador de perlas, la imposición de los canoeros, los ataques de escualos, la mordedura ponzoñosa de peces coralíferos, las riñas y pendencias étnicas o tribales, el propio buceo continuado, eran accidentes que acababan con el setenta por ciento de los buceadores. Raro era quien sobrevivía para superar aquel cerco diabólico, tras el cual se les permitía labores de arreglo, limpieza y mantenimiento de las pesquerías. El creciente número de negros bozales incorporados, constituía la mano de obra indiscriminada de los toderos, gente para siembra y labranza, la tala y acarreo de leña, distribución del agua, pastoreo de ganado, obra pública, pero raramente buceo. Considerábanlos gente de mucha fuerza, capaces de soportar el trabajo sin protestas ni escaqueos, por duro que fuera el caído en suertes. Muchos de aquellos negros esclavos, laboriosos y hábiles artesanos, se acogerían al edicto real de gracias al sacar, para comprarle la libertad a su dueño con el beneplácito selectivo de muchas indias de servicio, que acabaron con ellos maridando en libertad. Huella de su buen hacer serían las múltiples manualidades, desde medallas o arracadas a cucharillas y cofrecillos de nácar, que Cubagua primero y Riohacha mas tarde, producirían en abundancia.

Una nueva crisis sísmica acaecida la noche de navidad de 1541, apuntilla la declinante vida poblacional y económica de Nueva Cádiz con un nuevo maremoto que deslava su solar. La poca mano de obra, indígena y negra, que restaba tras el éxodo a la Guajira, Margarita, Araya, Cumaná y Trinidad, desaparece con el súbito envite marino. Con la llegada del nuevo día se percatan en Porlamar de la catástrofe. A lo largo de su litoral pueden verse sobrenadar grandes chinampas de yerbajos resecos y maleza enmarañada, grandes manchas flotantes donde se aprecian toneles, fardos, maderas, canoas volcadas, enseres domésticos, aves de corral muertas, arrastradas por las corrientes costeras… además de algunos cadáveres flotantes de las víctimas. La mayoría de sus archivos capitalinos se habían perdido con la marea: el ayuntamiento, la aduana, la iglesia matriz, el convento franciscano, ven desvanecerse entre las aguas un tesoro informativo que va a sellar con su vacío el futuro de aquella aventura humana. Nuevamente serán los margariteños quienes arramblen con los despojos de nadie, hallados entre aquellas enjutas paredes mudas.  Este es el panorama que encuentra Orellana y su gente en su desesperada busca de puerto donde carenar sus bergantines, tras su accidentado descenso desde el Alto Perú por el Coca-Amazonas. Los restos de Nueva Cádiz, conocerían para propagar al mundo la noticia del encuentro y lucha de aquel puñado de cadáveres vivientes contra las amazonas, las hembras guerreras interceptadas en mitad de la selva.

 

FIGURA 12: RUINAS DE NUEVA CÁDIZ

 

Un estertor postrero acaecería dos años mas tarde, cuando apenas subiste entre sus ruinas alguna decena de moradores, incapaces de defenderse de la avalancha hugonote que se les viene encima. Vienen los calvinistas franceses en tres barcos dispuestos a rescatar las famosas perlas de Cubagua…cuando hacía años que ya no existían. Solo alguna solitaria canoa indígena, compartida por buceadores blancos e indios, rebañaban por aquellos días las últimas ostras del fondo marino. Conscientes de su soledad e impotencia, poco tiempo van a tardar los hábiles canoeros en diluirse ente los manglares margariteños tras percatarse de las velas corsas. Presa de la rabia, la horda predatoria  cae sobre la ribera, roba los vasos sagrados, atriles y candelabros de las iglesias, destruye sus imágenes sacras y pone fuego al despojo de Nueva Cádiz, no sin la ayuda de cierto licor oleoso conocido como petrolio, que manaba espontáneamente al oeste de la isla. La evidente soledad no era fiel compañera en aquella isla ni aquellos tiempos de violencia y rapiña cruzadas. El abandono definitivo de la isla, sería total a partir de este incidente, que acabó por calcinar los pocos documentos escritos que aún hubiera podido aportar la primera ciudad de Suramérica. Erosionados tapiales, míseros diógenes entre ellos cobijados, y perros hambrientos sin dueño, sería el  legado futuro a los ojos del secular viajero.

Hoy quedan solo surcos y muñones alineados de sus ruinas. Aquella ciudad puntera alcanzó su cenit con más de mil quinientos ciudadanos censados, sobre un damero superficial de  trece hectáreas. Adaptado su casco a la suave orografía de la costa, sus calles aparecen trazadas según los vientos dominantes del este y del norte. Orientado al levante su frente principal,  presentaba siete cuadras  por cinco de su frente norte.  La iglesia mayor dedicada al Apóstol Santiago, la capilla del convento de San Francisco de Asís, y la Ermita de la Purísima Concepción, constituían los tres templos votivos de la ciudad, construidos con la coquilla coralina de sus mejores tiempos, extraída de los fondos aledaños, trabada con argamasa de cal. El edificio del Ayuntamiento, con cárcel y aduana, ocupaba la cuadra central del frente sur. Ante él, el embarcadero principal del puerto; detrás, la Plaza Mayor con su rollo justiciero y la iglesia parroquial de Santiago.

FIGURA 13: LO QUE QUEDA DE NUEVA CÁDIZ

 

Como contrapartida Cumaná, la ciudad del continente que le toma el relevo colonizador a Nueva Cádiz, será bajo diferentes nombres y fundaciones varias veces destruida por los  cumanagotos, cuando no por los temblores de su suelo. Pacificada la grey indígena, son protagonistas los frailes, que aclimatan en su misión las semillas traídas de La Española y Canarias. Las siembran  en viejas canoas indígenas, colmadas de buena tierra y suspendidas a proa y popa por cordámenes de palma. Es su manera de resguardarlas de malas yerbas, gusanos, bachacos y toda hormiga maligna que pulule por el suelo tropical, imposibilitadas de trepar por las embetunadas estacas que les sirven de soporte. Simientes que habían de constituir un vivero universal para los colonos que las llevan en sus seras campesinas Tierra Firme adentro. De su costa partirían aventureros hacia el interior continental tras el oro y la captura de esclavos, pero también pacíficos colonos peninsulares y canarios con sus familias y siervos, en busca de tierras fértiles y convenientes donde medrar, portando sus enseres, semillas, ganados y animales domésticos. Pero por encima de todo, su voluntad de arraigo, afianzada en el instinto natural del rústico que busca medro, habiendo dejado atrás la miseria de su origen.

Aquellos primeros años de permanente frontera, ofrecen a los pobladores europeos el contexto natural con el que han de enfrentar su rol colonizador. Los años pasados en las islas, han actualizado la vieja simbiosis del perro y el campesino. En su marcha hacia el interior, los pioneros colonos llevan sus alanos, compañía y guarda inigualable de ganados y personas contra nuevos peligros, en la marcha de día o en la acampada nocturna. Cánidos provenientes del Imperio Sármata del Asia Central, que habían llegado a la Hispania romana en el siglo V de nuestra Era con el  invasor pueblo alano. Compañeros históricos inseparables en guerras y pastoreo vacuno de aquellos hispanorromanos, conocidos después como castellanos viejos, pisaban ahora las nuevas tierras de Indias. Perros de agarre o presa, capaces de tumbar un toro o un oso, pero también de diente, empleados en la caza del jabalí o del venado, defensor aguerrido de las reses frente al depredador ocasional, y a sus dueños en todo tiempo frente al inesperado intruso.

En las expediciones hacia el interior, tanto la hueste exploradora como la comparsa de colonos que tras ella avanza con ganados y enseres, llevan siempre una escolta de sufridos y recios alanos. Perros en retaguardia, donde los enfermos y las reses recién paridas lastraban y retrasaban el avance principal del grupo, al decir del historiador de Indias. Pero abriendo también la marcha con su presencia y su olfato, capaces de levantar indios apostados entre los carrizales, o ladrar tozudamente frente a su nicho oculto. De morro chato y oreja corta, resistentes a la enfermedad y al sufrimiento, desconfiados frente al extraño, sumisos y entregados a su dueño, vigilaban el campamento, rastreaban sendas ignotas, olfateaban sotobosques y manglares, cruzaban y avizoraban la selva, oteaban el peligro de grandes felinos en los humedales, se enfrentaban a los pumas y a los báquiros, o capturaban chigüires y armadillos para alimentarse ellos y la hueste. Canes que se paran o ladran ante los miméticos reptiles del camino, que acompañan en silentes incursiones al séquito de flecheros que caza monos aulladores o aves en tránsito por la cúpula arbórea, que gruñen inquietos al nativo interceptado por los guías. Los alanos, siempre desconfiados frente a la actitud circunspecta del indígena, vuélvense agresivos según vean su actitud y estampa. A pesar de los lazos comunes de las naciones indias, la talla distinta, el tinte más o menos atezado de su epidermis, sus penachos, su poncho o su ruana, y sobre todo la mirada, esa mezcla de calma e indolencia propias de cada etnia, trocada en inquietante tristeza y ferocidad del pueblo caribe, tan magistralmente descritas por Humboldt, eran características que los alanos sabían filtrar sutilmente con su instinto. Frente a ellos, emitiendo prolongados gruñidos de repulsa, galvanizado, mostrando sus incisivos, el alano permanecía tenso, inmóvil y atento al menor gesto de su amo. Tal era su valía y confianza para la gente de a caballo que custodiaba las marchas, que muchos de aquellos perros eran tratados bajo soldada junto a su dueño, con paga y rancho como otro integrante más de la hueste armada. Equipados para ello con carlancas, cabezales encuerados de aceradas púas, o petos de algodón cinchados, entraban en lid contra el indígena o la fiera al azuce convenido del amo. Era tal la simbiosis con su perro, que más de un dueño desesperado por el hambre, hubo de sacrificarlo para subsistir, pero no pudo ingerir bocado tras haberlo muerto. El vacío dejado por el fiel camarada, asiduo lamedor de sus heridas y las propias, se imponía tras su muerte, amargando a veces el instinto vital del dueño. Aunque en el incierto horizonte de la conquista, esa misma lealtad era causa de su perdición, cuando perseguido de salvajes, el perro manifestaba con sus latidos  el retiro donde se ocultaba el dueño. En todo caso, las jaurías del poderoso alano, junto al enhiesto jinete de la caballería y el lento pero horrísono arcabuz de los infantes, es fácil comprender que provocasen pánico invencible entre los indios de la Tierra de Gracia. Ante tal maquinaria de guerra, solo cabía contra el invasor la emboscada, el engaño, la añagaza y la unívoca y súbita concurrencia masiva de  ululantes guerreros en algara, dispuestos a matar y morir con su macana en las manos. La antorcha vendría después a purificar en muchos casos las huellas dejadas por el invasor en los campos de Marte.

FIGURA 14: LA CUMANÁ FRONTERIZA

 

Como en la Cumaná fronteriza, aquellas oleadas de colonos, introdujeron el ganado vacuno, los cerdos, los caballos, además de las gallinas, palomas, pavos, perros y gatos que con ellos traían. Avanzaban en caravanas a pie o a grupa de asnos y mulos las mujeres y los niños, penetrando la geografía hacia los llanos del interior o las selvas del Orinoco. Allí iban a revivir las viejas secuencias pugnaces frente a nuevas tribus, gentes primitivas que defendían su libertad de la única forma que sabían hacerlo, como lo habían hecho a lo largo de la historia sus mayores. Solo los misioneros iban a saber sobrevivir entre paces alternativas con los indios, desterrados en aquellas fronteras sociales engullidas por la selva. Muchos años después serían visitados y sorprendidos en propio ambiente por el gran Humboldt, admirado confeso de la abnegación y entrega de los misioneros a los también vasallos de aquellos reinos, sus semejantes.

La desbandada poblacional de Nueva Cádiz había alcanzado en parte a Margarita, donde adquirió solares y tierras para la ganadería o la siembra. La próspera cabaña soñada por su lejana gobernadora y conseguida en pocos años, iba a coincidir con la aparición de nuevos ostrales de aljófares en la isla de Coche (1575), explotados desde Pampatar. Hacia mediados de centuria habíase consolidado ya la novedosa industria margariteña, no ajena a la experiencia perlífera aportada por los venidos de Cubagua. Suponía ello el necesario efecto llamada sobre inversores y colonos que iban a propiciar la repoblación y el  despegue económico de la isla. En pocos años Margarita aportaría la mayor parte de los animales y aprovisionamiento demandados por las expediciones a Tierra Firme. Lamentablemente el efecto llamada tuvo su eco endémico entre los bucaneros y perros del mar, razón por la cual hubo de fortificarse su costa. En uno de estos lances defensivos perecería el propio gobernador de la isla, luchando contra el pirata inglés William Burg (1595).

Desde Cubagua al principio, Margarita después, habíanse nutrido flotas expedicionarias Orinoco arriba o costas de Trinidad avante. Nueva Cádiz había filtrado en sus cortos años de dinamismo repoblador, cientos de colonos y misioneros en continuo avance hacia la nueva tierra prometida, el nuevo país del oro, o las nuevas almas que catequizar, con la misma eficacia que había trasladado sus haciendas perlíferas desde el Cabo la Vela hasta Riohacha o Pampatar. De Margarita partirían las expediciones y fundaciones de un Antonio de Berrio imbuido de sueños sobre El Dorado. Heredero del Adelantado Jiménez de Quesada y sus títulos de fundador de Bogotá y Gobernador de El Dorado, remonta el Orinoco tras la mítica ciudad de Manoa, la supuesta capital del reino del oro, dejando asentamientos humanos de apoyo en Trinidad y la Guayana. Al final de su vida sería engañado por el británico Walter Raileigh, otro acérrimo embaucador de leyendas indianas, que había aprendido español para mejor buscarlas. Quiere para sí el áureo reino de los omaguas, y trata por ello de borrar y destruir las huellas colonizadoras del español. Conducta que habría de costarle la vida, condenado al hacha del verdugo por  desobedecer a su Rey.

El paleño Diego Fernández de Serpa, próspero armador de Nueva Cádiz y encargado de la defensa por mar de las islas, dará la batalla a los piratas a quienes perseguirá sin cuartel por todo el Caribe durante siete años. Nombrado Gobernador de Nueva Andalucía por capitulación, deberá conquistarla y poblarla a expensa propia. Habiendo levado anclas en Sevilla, los escasos españoles, mestizos y guaiqueríes que con otros  indígenas ladinos poblaban la ranchería de Cumaná, verán entrar en su abra cinco naves de porte con abundante gente, ganado y bastimentos. Vienen a trazar sus calles, solares y plaza, y levantar la nueva ciudad de paja y palma, iglesia y cabildo, que venían a fundar por real designio (1569). Experto conocedor del entorno posibilista, había elegido Margarita como centro masivo de abasto, y a ella arriba con solo hombres y naves vacías de bastimento. Llegó a Margarita…en donde compró ochocientas vacas a entregar en los llanos de Venezuela…los soldados que pudieron ir, se proveyeron de caballos en esta isla, en la que estuvieron ocho días…iba a ser la actitud mantenida por el nuevo gobernador y su hijo y heredero, convirtiendo la isla en su invariable granero.

Pasado el ecuador del siglo, de Margarita partirían gentes castellanas o indígenas, mestizos como Francisco Fajardo, que con suerte varia van a intentar poblar el litoral central. Llevan en sus macutos semillas de cítricos, hortalizas, retoños de cambur, aclimatados por los frailes en los cenobios de cabecera. Aquellos miméticos monjes, cuyo ora et labora a todos enriquece, asesoran al labriego que a ellos acude. Otras veces, son los activos africanos de comparsa quienes traen las añoradas raíces, frutas y tubérculos de su infancia, cuando no los mismos indios de la comitiva que se hacen acompañar por aves del corral familiar. Van creando pueblas, trazando asentamientos, escoriando carrizos, marcando hatos, metiendo fuego desbrozador a la sabana para  tornarla productiva, ocupando el vacío verde y la nada humana, reinos estables de la corocora, el váquiro y el chiguire o el puma. Gentes anónimas que con su actividad, su paciencia o su apatía congénitas, hicieron un mundo, el Orbe Novo que intuyera el humanista lombardo Pedro Mártir de Anglería.

 
Publicado el

Contexto Histórico de Nueva Cádiz – III

Tras la acometida bélica de Santiago Castellón y su hueste, comienza el retorno de colonos a Cubagua y a Tierra Firme. Durante algún tiempo va a citarse su puebla como Villa de Santiago de Cubagua, sea tal vez en pleitesía al capitán que ha propiciado su nueva singladura vital, sea como cobijo advocativo bajo el manto del patrono matamoros de España, a la vez que se concreta en todo caso un topónimo para sus  pobladores. La puebla parece cobrar conciencia de villa tras la protección de sus aguadas en Cumaná (1523), cuando su granjería declara ya  quintos  superiores a los 15.000 ducados anuales. Por esa misma época Margarita comienza su andadura como isla de plantíos y hatos, que no pasa inadvertida a la demanda comercial de la Villa de Santiago. La próspera Cubagua deseaba aumentar su jurisdicción territorial con la incorporación de sus vecinas Coche y Margarita, de escasa población europea. La prohibición de encomendar  guaiqueríes, y su inviolable estatus de ser tratados e instituidos como nuestros súbditos naturales y vasallos, era una rémora para desarrollar la isla. La Gobernadora de Margarita, estirpe del primer Villalobos en su concesión de gobernancia, gestiona desde la lejana Santo Domingo la traída de ganado equino y bovino a su isla. Cuenta para pastorearlo con nuestros súbditos naturales, no sin protestar ante su Audiencia por el blindaje legal de unos guaiqueríes reacios siempre al trabajo productivo. Pero la primera llave del Imperio tenía abierta su cerraja al África portuguesa, y la gobernadora comprará en La Española los bozales necesarios para impulsar la producción ganadera margariteña que le soslayan sus nativos. Su éxito estaría asegurado antes de 20 años, cuando era ya la principal abastecedora cárnica de la Tierra Firme y de la Nueva Andalucía toda.

Llega desde La Española el licenciado Francisco de Prado para someter a Juicio de Residencia al capitán Jácome Castellón, quien finalizado su mandato, debe regresar a Santo Domingo. Nuevo ajuste entre la espada y la toga, la sangre y la tinta, que diría Madariaga, frente al desajuste económico de la Audiencia. Tras este juicio, una serie de intrigas iban a retrasar la reposición durante meses del nuevo corregidor de la puebla santiaguina. El capitán Pedro Ortiz de Matienzo va a tomar la defensa de Cubagua al cernirse sobre ella nueva amenaza corsaria. Un canoero llegado de Margarita, informa sobre ciertos bucaneros franceses arribados al surgidero de Pampatar, que en una nao grande e una carabela rasa portuguesa y un patache, buscan la puebla de Santiago de Cubagua para un supuesto trato de perlas (1527). Guiados por Diego Ingenio, piloto y antiguo contrabandista de esta puebla, un mal español natural de la villa de Cartaya en la Baja Andalucía, recelan los margariteños una cabalgada esclavista contra los nativos bajo apariencia de rescate comercial. A las rutinarias preguntas de identificación durante su fondeo en Pampatar, mienten los franceses y levantan sospechas, al hacer pasar la suya por una nave sevillana que casualmente había pasado por allí unos días antes. Pampatar, surgidero a resguardo de la Punta Ballena de Margarita, contaba con algunas decenas de vecinos dedicados a la pesca de ostiones en la isla de Coche. Ante las dudas surgidas y el peligro de celada, ningún margariteño subirá a bordo para rescatar, pese a las reiteradas invitaciones de los impostores. Pero tampoco se hace a la mar ninguna barca de pescador, varadas todas a la vista sobre la arena del resguardo. Los margariteños no quieren levantar sospechas al francés con su propio recelo. Un sigiloso canoero guaiquerí  será quien traiga la nueva del peligro a Nueva Cádiz, nombre con el que se cita  por vez primera la puebla de Cubagua.

Al amanecer siguiente se presentan frente a la advertida  Villa de Santiago las naves corsarias. Aprestan sus bateles para el desembarco, que va a ser impedido por pequeños bergantines y barcas de pesca  en número de treinta o más, e con indios flecheros proveydos (sic) de aquella hierva mortal que por allí hay… e con algunos tiros de pólvora…  que  directamente asedian a los recién llegados. Hostigan los neogaditanos y sus aliados indígenas a los filibusteros, que pese a su prepotencia artillera, contabilizaran trece muertos antes de abandonar la refriega e intentar un postrer diálogo. Pero saliéronse tres o cuatro vizcaynos (sic) e navarros que traían contra su grado en la carabela rasa, e fuéronse a tierra e dieron noticia de cómo aquellos franceses eran ladrones. Ante semejante rebato, rota la tregua, se hacen de nuevo a la mar los bergantines, bajeles, barcas y canoas de Nueva Cádiz con redoblado vigor. Reforzados con mosquetes y flecheros, toman al abordaje el patache. Esta pérdida obliga a cazar escotas y ceñir velas al resto de naves corsarias, que se disponen a ponerle millas de por medio a la incómoda plaga flotante. En su estela rumbo a Puerto Rico, van a dejar treinta y cinco cadáveres sobre las aguas. Informada Santo Domingo, organiza su Audiencia la caza y captura de aquellos forbantes. En la isla de la Mona (entre Puerto Rico y La Española), les darán cerrada batalla por dos días consecutivos. Rescataron la carabela portuguesa, traída cautiva desde costas brasileñas con su tripulación vizcaino-lusa, aunque se les escapa durante la noche la nao capitana de 240 toneladas. Con la nueva luz del día proseguirán su persecución en mar despejada. Pronto la darán por hundida vista la mala mar arbolada durante aquellas horas, y los severos destrozos percibidos en su casco. Unos días más tarde fondeaban de nuevo en la ría de Santo Domingo, trayendo con ellos esta vez la carabela liberada.

Unos años mas tarde Carlos V iba a otorgar el rango de ciudad a la villa de Cubagua, con el nombre de Nueva Ciudad de Cádiz, según Real Cédula de 1528. Un año antes había emitido en Burgos las Ordenanzas para la Isla de Cubagua, donde se establecían sus directrices comerciales y su estatuto ciudadano. Ya Castellón cinco años antes había empezado a fundar pueblo, cuando los vecinos sin temor, se dieron a construir… casas de morada, con mucho propósito de cal y canto, además de incorporar muchos indios, buenos pescadores de perlas. Habíase establecido el procedimiento para la elección anual de un alcalde ordinario, a la vez que se fijaba en ocho el número de regidores. Se controlaba la producción perlífera con tres contabilidades simultáneas, llevadas a cabo por dos funcionarios (un auditor tesorero, un veedor real) a contrastar con el libro encuadernado del propio alcalde. En ellas quedaban asentadas la cantidad y calidad de las perlas, el nombre del pescador y su señor de la canoa, así como el día, mes y año de cada partida registrada. Las perlas habían de ser diariamente guardadas en un arca con tres llaves, una para cada contador. La Corona trataba de controlar la economía sumergida de Cubagua para mitigar su costosa defensa.

FIG. 9: Escudo de la Ciudad De Cádiz

 

Las medidas de control de su producción perlífera, iban a coartar el aventurerismo comercial a la vez que consolidar el arraigo ciudadano. Surgirán por vez primera edificios en mampostería de piedra y labra, destacando entre ellos la iglesia matriz y la casa hidalga de Pedro de Barrionuevo, ambas muy bien labradas. El aspecto de la ciudad desde la mar, fachadas encaladas y compacto porte urbano que riela en el agua, empieza a convertirse en reminiscencia totémica de la tacita de plata que los regidores gaditanos de la villa añoran en la distancia. Ellos serán quienes sugieran el nombre de Nueva Cádiz, que asume el Cesar Carlos. Su imperial escudo y el de sus abuelos los Reyes Católicos, aparecerían siglos después entre sus ruinas, testificando su valioso pasado como zaguán de la cultura europea de aquel mundo en formación. Mantendrá la prebenda del comercio directo con Castilla sin necesidad de aportar sus naos en Santo Domingo, pese al encontrado sentir de su Real Audiencia. Su cabildo goza el poder de importar libremente doscientas piezas de esclavos anuales para sus pesquerías, a la vez que administra su propia alcabala con cesión mínima a la Hacienda Real. Por todo ello, el mantenimiento de Nueva Cádiz con el castillo de Cumaná como apéndice obligado, resultaba oneroso para la Corona, aunque su rol estratégico fuera altamente valorado por el Consejo de Indias como pasarela hacia la Tierra de Gracia. Un tampón cerámico hallado siglos después entre sus ruinas, vendría a corroborar el poder fáctico de su cabildo ciudadano de entonces, donde el sello imperial sobre un papel… era arma para afianzar la propia autoridad…el poder…la honra dimanada del Emperador… atesorada por aquella ciudad castellana, colmada de mercedes por el francoparlante Carlos, en una insignificante isla de  perlas caribeña. Coronado Emperador desde 1520, su cohorte de asesores flamencos y financistas alemanes iban a dejarse donar ricos presentes por la interesada nobleza castellana. Las perlas de Cubagua estuvieron entre aquellas dádivas desde el principio… y el joven César vino a otorgar a su todavía villa, la Real Cédula que le concediera el rango de ciudad privilegiada, en detrimento del castillo y puebla de Cumaná, estéril ya de perlas. A consecuencia de ello, aquellos aguadores negros que antaño pasaban al continente para traer a Nueva Cádiz el líquido potable, deberán retornar escoltados por jinetes que despejen de flecheros ocultos los carrizales ribereños. Pero el servicio de aguada no sería ya interrumpido.

Por aquel tiempo el veterano Diego de Ordaz, expedicionario que lo fue junto a Ojeda en Cabo de la Vela, con Juan de la Cosa en Urabá, y Hernán Cortés en Tenochtitlán, estaba inmerso en otras jornadas de exploración en busca de El Dorado. Va a venir desde Andalucía repetidas veces con nao capitana y varias carabelas, para recorrer la Guayana e incursionar en el Orinoco. Muchos de sus hombres y todo su ganado y caballos, serán acopiados en Margarita. Cubagua será la base del carenado de sus naves. Llegará Orinoco adentro hasta la confluencia del Meta, donde las cataratas de Ature le impiden seguir avanzando. En su ausencia, los subalternos Alonso de Herrera, Jerónimo Ortal y Jerónimo de Alderete iban a seguir sus huellas tras El Dorado, pero su ahínco tampoco sería recompensado con el éxito. En 1530 iba a ser Diego de Ordaz nombrado Gobernador de Amazonia, una entelequia geográfica de Tierra Firme que incluía Trinidad y las Islas de las perlas. Cubagua no reconoce tal nombramiento, y en su visita a Nueva Cádiz, el flamante gobernador es apresado y remitido a Santo Domingo. En pleno Juicio de Residencia decide ir a España a reclamar justicia, pero desaparece con su nave en el Atlántico.

 

FIG. 10: Amazonía

 

Un terremoto seguido de tsunami iba a destruir aquel año el castillo de Cumaná. Se levantó la mar en altura de cuatro estadios…dio la tierra un horrible bramido… hundiéronse muchos pueblos de indios,  y de ellos murieron muchos, nos cuenta la crónica.  Este percance tectónico iba a ofrecer a los pobladores de la Tierra Firme una lectura ajustada del nuevo contexto natural con que habían de enfrentarse al futuro. El suelo inestable que pisaban, inopinadamente convulso de súbito, había arruinado la pétrea Nueva Cádiz y el castillo de Cumaná en su primera sacudida, pero respetó las humildes chozas suburbiales de caña, carrizo o bahareque, que se cimbrearon sin colapsar durante aquellos eternos estertores, para ser finalmente arrolladas todas por una ola de marea que arboló las aguas y laceró profundamente la vida a lo largo del litoral. Algo llevaban aprendido ya los supervivientes para legar a sus herederos. Los retumbos que como lamento subterráneo acompañaban al vaivén del suelo, se aproximaban y pasaban rezongando bajo sus pies, el vapor rojizo que resplandecía como una aurora boreal de la noche del trópico, las bocanadas de agua caliente, los vómitos azufrados de barro y pez que surgían de las grietas del suelo, o los haces ondulantes de fuegos fatuos que garabateaban las sombras, todo la parafernalia sensible de los espasmos de la tierra cumanesa, era festejada ancestralmente por sus indígenas con danzas enardecidas y jubiloso bullicio. Los indios creían que cada terremoto secuenciaba la destrucción del mundo, y que las distintas manifestaciones del fenómeno eran señales de una regeneración humana sin  invasores. Los cocodrilos salían a las playas y esteros durante el temblor, manadas de chigüires corrían a otros caños huyendo tanto del turbio légamo de las charcas como del cocodrilo súbitamente emergido de ellas, para acabar por caer engañosamente en las fauces de los jaguares, instintivos cazadores en río revuelto y ocasión propicia. Todo el saber ancestral de los indios, iba a ser acopiado por los castellanos en unos días de estertores difusos sobre aquella  pasarela de Tierra Firme. Pasarela por donde  ocurría (sic) mayor número de gentes que a las demás partes de la costa.

Tras la convulsión del suelo, detectan los pescadores profundos daños en los fondos rocosos del oriente de la isla y sus ostrales, cuyos magníficos ejemplares venían siendo feriados en los mercados perlíferos de Sevilla, Toledo, Augsburgo o Brujas. Solo a diez y doce brazas de agua en hondo… vuelven a reproducirse las ostras perlíferas que antaño lo hacían a tres, ahora muy pegadas e asidas a las peñas donde antes lo estaban débilmente. La pesca tradicional habíase practicado en Cubagua a base de canoas de siete y más nadadores, que tras cada zambullida, se erguían sobre el carel para depositar sus veneras en cubierta, cobrar el necesario aliento, comer un bocado reparador a bordo y volver a sumergirse. De sol a sol la rutina se repetía. Con las nuevas profundidades de pesca échanse sobre los hombros dos piedras ligadas por una cuerda, que dejan pender a sus costados. Este contrapeso facilita su inmersión, y se zafan de él para remontar. Comenzaba así la prolongada agonía de las pesquerías de barlovento, hasta ser más tarde abandonadas por su dificultad de extracción. La inmersión tradicional de buceadores que desprendían del fondo los ostiones para entregarlos en superficie, había empezado su declive sin retorno. Frente a esta realidad, la Casa de Contratación emitirá nuevas ordenanzas, que segregan ciertas zonas cerradas de otras temporalmente abiertas a la pesca, tratando con ello de evitar el progresivo esquilme de los viveros. Estas ordenanzas, revisadas anualmente, buscaban un equilibrio ecológico capaz de potenciar la repoblación de las ostras. Incluso llegarían a regular el tamaño de las canoas de pesca, a fin de controlar el número de buceadores de cada jornada. Poco tiempo habrían de durar estas medidas paliativas; nuevas técnicas de extracción a base de pesca de ingenio o de arrastre, vendrían a incrementar ostensiblemente el decalvado del fondo marino. Nuevos artificios de remoción, rastreo y redes de trasmallo o copo, el arrastre de planchas de hierro colgantes para apalancar y descuajar colonias enteras de ostras, la buena fuerza para las arrancar empleada con los nuevos métodos, iban a empobrecer irreversiblemente su capacidad de reproducción. En plena euforia perlífera productiva, la pesquería tenía sus días contados.

En 1532 Nueva Cádiz va a lograr su añorada jurisdicción sobre Margarita. Pedro de Herrera su alcalde mayor en ese momento, pasa a ser la suprema autoridad de las Islas de las Perlas. El nuevo compromiso político le obliga a la reconstrucción de su ciudad, que debe fortificar y dotar de real fuerza a fin de mantener su cometido de ariete abridor del continente, y de obligado gendarme de las islas. Construye una casa fuerte para protegerse y se defender de los ataques corsarios, pero en contrapartida presupuestaria la guarnición del castillo cumanés debe ser minorada. El párroco Francisco de Villacorta, nombrado protector  de indios, es enviado a fundar la Villa del Espíritu Santo con su iglesia, el Pueblo de la Mar que hoy conocemos como Porlamar, en la costa meridional de Margarita. Se trata de un núcleo mixto donde castellanos y guaiqueríes convivan, el primero de los muchos que habrá de cobijar la vacía isla para dejar de serlo.

 
Publicado el

Contexto Histórico de Cartagena de Indias – I

La primera expedición de Diego de Bastidas (1501-1502) hacia las costas de Tierra Firme, iba a descubrir las bocas del río Magdalena y todo el litoral centroamericano hasta el golfo de Urabá o del Darién. Allí quedaban las islas de Barú, donde años más tarde, Pedro de Heredia (1533) fundaría la ciudad de Cartagena de Indias. El notario Bastidas llevaba como piloto a Juan de la Cosa, compañero de viaje de Colón y armador – propietario de la nao Santa María. En sus cartas de navegación aparecerá por vez primera el nombre de Golfo de Cartagena, en vez del de Golfo de Barú asignado por Bastidas, fundador de la ciudad de Santa Marta (1526), en su primer mapa conocido de Tierra Firme. En la expedición de Alonso de Ojeda “erizado de flechas…como un puercoespín” flechado por los indios caribes (1510), moriría el ilustre navegante e hidrógrafo santoñés, primer cartógrafo de América (1500). Tras aquella terrible muerte Ojeda se retira para siempre del escenario cartagenero. << Toda esta costa…es de indios que comen hombres y que tiran con flechas envenenadas, a los cuales llaman caribes…son bravos y feroces conforme al vocablo; y por ser tan inhumanos, crueles, sodomitas, idólatras, sean dados por esclavos y rebeldes, para quien los pudiese matar, capturar o robar, si no quisieren dejar aquellos grandes pecados y tomar amistad con los españoles y la fe de Jesucristo >> había decretado el ya anciano Fernando el Católico, de acuerdo al consejo de sus teólogos, letrados y canonistas de Salamanca.

En situación límite, con sus naves anegadas de agua, la primera expedición de Bastidas retorna del belicoso Urabá a La Española, en busca  de una ensenada segura donde varar las naves. Ignoraban la existencia del gusano de mar conocido como “broma” (lamelibranquio del género teredo), especie de carcoma de aguas tropicales que taladraba la tablazón de los barcos. Cuadernas y quillas, perforadas por las intrincadas galerías del gusano, esponjaba el maderamen que tras su ataque se deshacía con rapidez asombrosa. Era este un fenómeno que los europeos estaban observando en sus barcos por vez primera. Lograrán los expedicionarios arribar al golfo de Xaraguá, donde abandonan sus anegadas naves para alcanzar por tierra la ciudad de Santo Domingo, tras 70 leguas de duro caminar por la manigua. Allí prepararán nueva expedición a  Tierra Firme, no sin antes retornar por mar a Xaraguá para rescatar jarcias y pertrechos de las naos abandonadas. No a mucho tardar los galeones de las armadas reales que iban a navegar en aguas americanas, llevarían forrados sus cascos con láminas en principio de plomo, más adelante de cobre. Años más tarde se conocerá de ciertos indios del Pacífico, la existencia de maderas resistentes a la “broma”, y con ellas y otras descubiertas en Cuba o Filipinas se construirían gran parte de los galeones de América y del Pacífico.

            Pedro de Heredia capitula en España con la Corona la conquista y poblamiento de la parte de Tierra Firme comprendida entre las bocas del río Magdalena y el golfo de Urabá con el título de Gobernador de Cartagena. Ha esperado pacientemente a que otros candidatos relevantes vayan desistiendo de poblar en tan peligrosos pagos. Entre ellos el historiador Gonzalo Fernández de Oviedo que opta al fin por retirarse con sus bien adquiridas rentas de soldado e historiador, versus enfrentarse a la dura grey caribe. Escarmentada la Corona con las “cabalgadas” de grupos armados que penetraban en territorio no cristiano, herencia de la Reconquista frente al moro, introduce unas “Ordenanzas sobre el buen tratamiento a los indios y manera de facer nuevas conquistas” bajo amenaza de Juicio de Residencia, caso de su incumplimiento. Las “cabalgadas a botín” hechas por partidas armadas en La Española y Puerto Rico, buscaban indios que esclavizar siguiendo el ejemplo genovés de Colón, hasta que fuera tajantemente prohibido por Isabel La Católica y sus herederos en el trono. Para la Corona Imperial, como Majestad Católica de los Nuevos Reinos de Indias, mas no colonias,   que Roma habíale proclamado, los indígenas del Nuevo Mundo eran a todos los efectos tan súbditos como los castellanos o genoveses. Heredia conocía los severos precedentes que los letrados reales tramitaban, y el juicio a Colón, de dominio público, con la subsecuente desposesión de sus títulos capitulados en Santa Fe de Granada. Pero no parece que a ellos se atuviera estrictamente, porque fue sometido también él, y por dos veces, a Juicio de Residencia y condenado por la audiencia de Panamá en una de ellas, por lo que ya anciano, decide embarcarse para defender en España su  honra. Alega frente a los detractores que fue justa su guerra contra los caníbales, sodomitas e idólatras, nunca considerados súbditos de sus católicas majestades. Pero tampoco nunca pudo demostrarlo, porque desapareció con su nave durante el viaje en mitad del Atlántico (1554).

              Pedro de Heredia durante sus años de estancia en Santa Marta a las órdenes de Bastidas había venido acumulando información geográfica y étnica sobre el territorio. Conoce cada caño, estero y ciénaga desde la costa de Santa Marta y el gran río Magdalena hasta las bahías de Cartagena y Barbacoas, como también la idiosincrasia indígena y sus tácticas guerreras de hermético ocultamiento, aparición súbita, agresión en estampida vociferante y mimesis final. Es un inquieto e impertinente curioso hijo del Renacimiento. Conoce las dificultades del terreno y la bravura de “los rabiosos indios caribes flecheros” surgidos en rápidas canoas que saben  deslizar a cortas paladas sobre las aguas someras de las ciénagas, cuando sus caballos se adentran pesadamente por pantanales o tierras anegadas. Pero sabe también jugar sus barajas de conquista: comunicarse en lengua vernácula, potenciar la enemistad entre caciques para apoyar a uno sobre el otro, que luego abandonará por poco fiable para aupar ahora al sumiso vencido, ganar con dádivas y lisonjas a sus mujeres, emplear el aterrador trueno de los mosquetes en contrapunto sicológico frente al griterío galvanizante de la turbamulta indígena, cargar al galope de sus minotauros acoplado por feroces alanos, como ola capaz de arrollarlo todo a su paso.

En “una nao, dos carabelas y una fusta” (suerte de galera ligera mínima, vela y remo, poco calado, dos cañones proeles y un popel para enfilar y vomitar fuego graneado sobre las canoas indias) al decir del biógrafo Juan de Castellanos

Que mandó hacer aposta

                                                 Para poder correr aquella costa”

Portando una hueste de 200 soldados acompañada de sus mujeres, dos predicadores y algunas familias de indios antillanos y negros, desembarca en las islas Barú como Gobernador que ha de “poblar” en aquel litoral, lo que en román paladino significaba fundación e instalación de familias a su costa con infraestructuras de subsistencia, tales como semillas, ganado y animales de corral. El hidalgo madrileño trae entre ellos a su presunta amante e intérprete, una india calamarí comprada en La Española, apresada cuando niña en una de las muchas cabalgadas a botín de Tierra Firme en otros tiempos. Conocida como Catalina, iba a ser la nueva Malinche de sus negociaciones y acuerdos con los caciques del entorno, inapreciable intérprete y asesora que acabaría sus días en Sevilla, casada con un sobrino del propio gobernador. Heredia funda Cartagena del Poniente (1533) en la isla Calamarí (cangrejo) abandonada recientemente por los nativos cuyos bohíos manda ocupar. ¿Abandonada? Despoblada. Hoy sabemos fehacientemente gracias a recientes respaldos investigadores de nuestras universidades (rematados por su monumental “Guns, Germs and Steelde J. Diamond, California 1996) lo que ya habían venido diciendo los conquistadores y sus cronistas respecto del fenómeno indiano, pero que fueron gratuitamente desmentidos por indigenistas e hispanófobos indocumentados, cuando no opacados por los alaridos “mediáticos” del ingenuo Padre Las Casas: que en cortos años, la población autóctona había desaparecido de aquellos bosques lacustres. Hoy sabemos que fue devastada por los virus traídos por los afro euroasiáticos desde sus primeros contactos. Tanto como que regresaron alguno de ellos al Viejo Mundo portando como regalo del Nuevo, la suerte de peste bubónica llamada sífilis, endémicamente conservada por las hembras amerindias. El consabido toma y daca universal entre etnias dispares que contactaron a través de sus migraciones históricas. Treinta años después, aquella población indígena de “rabiosos indios caribes flecheros”, había desaparecido. Fenómeno análogo al experimentado en las colonias francesas e inglesas del norte un siglo más tarde, que unos y otros han investigado y ratificado modernamente.  Los escasos pobladores que halla ahora Heredia en su gobernación de Tierra Firme, se avienen sin más a pactar con los recién llegados, mediatizados siempre por los buenos oficios de Catalina. << Ya los turbacos no eran los mismos de veinte años atrás >> dirá sobre esa gens autóctona el cartagenero Lemaitre. Llegarán a intervenir en defensa de los advenedizos pobladores en no pocas ocasiones de asechanza filibustera o corsaria. Algo había mutado sus mentes tras la mágica hecatombe humana de aquellas tribus.

A semejanza de la Cartagena del Levante,  su homónima fenicio-púnica-romana del Mediterráneo, la bahía elegida suponía un seguro abrigo para naves, además de tener aguas tranquilas y buen fondo para recalada y anclaje, abundante madera para carenar y fácil aunque escasa aguada en pozos de Getsemaní, isla contigua a la elegida. Sus aguas interiores abundaban en pescado y grandes tortugas, pero debían cuidarse de los tiburones y caimanes de ribera sus hombres de mar.  << Aunque las brisas venteen en el verano con algunas ráfagas, o el vendaval con turbonadas en invierno, nunca se ve más agitación en las aguas, que la que suele notarse en un apacible río >> nos diría de ella años mas tarde Jorge Juan, ilustre marino y científico de la Real Armada.  Una vez instalada su gente en Calamarí, reconoce el gobernador la demarcación con su nao hacia el norte, una carabela hacia el sur y numerosas entradas a caballo, a remo, a vela y a pie hacia el interior. Con la fusta rastreará el rosario de ciénagas nutridas por la marea desde Barbacoas hasta Mahates, puerto indígena que refundaría apenas unas semanas antes que la propia Cartagena. Explora la confluencia del Cauca con el Magdalena, y regresa tres semanas después para fundar Cartagena, comprobado ya su acceso directo al Gran Río sin necesidad de salir de la gobernación capitulada. Para entonces se ha parcelado la isla y construido en madera la iglesia parroquial donde culminaría con un te deum la fundación de la villa, tras nombrar Cabildo y sortear los solares. La cercanía del río Magdalena era una valiosa referencia que facilitaba el acceso fluvial hacia el interior del continente, lo que junto a la bondad del abrigo, había pesado definitivamente en el ánimo de Heredia para poblar en aquellas islas al norte de la bahía.  Acertada ubicación geográfica  que iba a condicionar la vida futura del enclave y su entorno. El Gran Río sería sin duda la avenida precisa hacia los promisorios valles altos de los Andes, de clima sano y tierras frías, libres de la fiebre amarilla que diezmaba los poblados de la costa, donde poblaba por aquellas fechas un abogado por  Salamanca llamado Gonzalo Jiménez de Quesada. Con el Renacimiento, la Corona había encontrado su mejor brazo ejecutivo en los hidalgos viejos, egresados en derecho romano de sus universidades, como arma efectiva para diluir las veleidades políticas de sus ricoshombres. Quesada había también intuido que por sus aguas podrían descender los productos agrícolas y ganaderos de aquellos colonos del altiplano, al puerto que prometía convertirse en el más importante de la América atlántica. La época de lluvia mantenía navegable per se el tramo Magdalena – Mahates, inundado por el sobrante del crecido caudal del río. En la época de los cielos azules devenía el tramo en sequedal, debiendo entonces transitarse a uña de caballo o reata de mulas. Con Pedro de Heredia se iniciaba así una ruta integral de navegación interior, alternativa a otra mixta de remo-bestias de carga según la pluviometrìa reinante, y que conocemos hoy como Canal del Dique. El primer Medio Dique comenzaba su trayectoria en los muelles cartageneros de la conocida como Plaza del Mar  y a través del estero de Saltacaballo pasaba a la bahía de Barbacoas, adentrándose posteriormente hacia el Magdalena por ciénagas saladas hasta Mahates. El segundo Medio Dique se contaba a partir de Mahates hasta alcanzar finalmente el río. Allí había estudiado Heredia ciertos caminos terrestres detectados entre Mahates y las Barrancas del río Grande, pero también rutas acuáticas paralelas siguiendo regatos, caños y humedales con juncos encamados que acusaban el reiterado paso de canoas indias hasta ciénagas próximas al Magdalena. Retomando la rutina indígena, durante el invierno boreal podría remontarse el segundo Medio Dique siguiendo a uña de bestia el propio cauce, ahora seco, que las crecidas fluviales veraniegas anegaban con agua dulce para transformarlo entonces en escorrentía navegable de aguas someras. Mahates iba a ser el punto de enlace, comúnmente conocido hoy como parada y fonda de los dos tramos del canal, que poco a poco iría creciendo con nuevos galpones, posadas, albergues, almacenes y depósitos. Sus alcabalas y peajes pasarían a nutrir la hacienda del reciente Cabildo, bajo el perdurado nombre de “Dique, Balsa y Barranca”.

 
Publicado el

Contexto Histórico de San Agustín de la Florida – III

Entre tanto el enclave de San Agustín va consolidando su asiento. La ciudad, poco podía esperar de Cuba, especialmente durante la estación seca, cuando soplaban por proa los sures. Pero realmente lo era en todo tiempo, porque los perros del mar escudriñaban el Canal de Bahamas: había que ampliar por ello sus mieses, y consolidar su autonomía agrícola,  constante que iba a gravar su historia ante la escasa fertilidad de sus tierras de labor. Abaten y desbrozan sus moradores el  entorno selvático aledaño, limpian esteros y ciénagas, remueven y apilan sus colonos la escasa tierra fértil del everglade, forman bancales y sementeras de mano y arado, a la vez que tratan de aclimatar en ellos las nuevas especies traídas de Canarias y Europa. La sobrante madera de la tala, se emplea en construir la iglesia parroquial de campanil abierto y tonantes bronces en su tope, residencia del gobernador, cabildo ciudadano, embarcadero de pasarela… y las primeras casas que tal nombre merecieran. No faltan las elevadas torres de vigilancia periférica o costera, atentas siempre a las velas itinerantes y los movimientos del nativo, sincopadamente arisco contra las etnias europeas y sus cosechas.

Como Gobernador y Capitán General in péctore, el Adelantado Menéndez de Avilés regresa a La Habana (1571) donde revisa y fortifica las defensas de la Isla, que debe albergar por dos veces al año la Flota de Indias, también conocida como Carrera de  Indias, establecida desde 1561 por Real Cédula. A pesar del enclave vigilante de San Agustín en el litoral de Florida, sabe del perenne reojo que acecha el paso del gigantesco e inédito convoy por aquellas costas, y añade otra Armada de Guarda a la agrupación de merchantas artilladas que dos veces al año zarpa de La Habana hacia Sevilla. Esta escolta de galeones “cagafuegos”,  que acompaña a la mercantil comitiva por el Canal de las Bahamas hasta Azores, sería conocida en adelante como Armada de la Carrera de Indias. Superadas las Azores, otra nueva guarda naval llamada Armada del Mar Océano, proseguirá con idéntico formato la comparsa atlántica hasta que rinda la flota su viaje en destino. La Flota de Indias suponía el primer intento mundial de navegación ordenada en un gigantesco convoy nunca antes intentado en tal proporción. Su estricta disciplina naval en un medio hostil, sin dejar abiertas fisuras defensivas en la navegación abierta, ni ángulos muertos en la despaciosa y progresiva llegada o salida de puertos, respondía a rigurosas órdenes de la nao Capitana que abría la comitiva, y la Almiranta, que cerraba el cortejo, sin olvidar los rápidos pataches que trasmitían sus ordenes al resto de aquel masivo despliegue de velas.

En apenas diez años de fundada, comprueba Menéndez el progreso material y social de San Agustín y su Provincia. A ello contribuye la celebración de nuevos matrimonios y el crecimiento de aldeas indígenas, una vez pacificada y catequizada la etnia mayoritaria timucua por los franciscanos. Dos de ellas acabarían asentando al norte y sur de la capital, en predios cercanos a su empalizada perimetral, un seguro cobijo bajo cañones que vomitan fuego contra todo enemigo común a la vista, ya indiano o europeo. Pero nombrado Consejero de Indias, debe el hidalgo asturiano regresar definitivamente a España como asesor del monarca sobre las cosas de América. Aún Felipe II, en cuya cabeza bulle la invasión de Inglaterra, le encargará como Capitán General la formación de una gran Armada del Cantábrico, cuyos designios de momento a nadie desvela. Pero el gran marino muere de tifus en Santander (17 de septiembre de 1574) mientras aguardaba con sus 300 galeones las órdenes del monarca, quien ante tamaña pérdida, desistirá temporalmente de su secreto empeño.

Con la desaparición de Menéndez de Avilés, cesaba el especial esmero de un hombre de acción sobre su criatura; el panorama de la Provincia iba a cambiar notablemente en los años venideros. La Florida y Cuba estaban condenadas a defender la natural salida española del Mar Caribe hacia Europa. Poseerlas equivalía en aquellos momentos a dominar la arteria básica del comercio intercontinental, que si nadie lo impedía, perfilaba a España como incontrolable poder del Atlántico. Para embridar esta pujanza Inglaterra, Holanda y Francia firman el Tratado de Greenwich (1596), alianza tripartita contra el Imperio español, cuyas defensas iban a soportar toda una cerrada presión de flotas piratas y corsarias bajo banderas ajenas.

Francia, mientras consolidaba sus colonias en la nórdica península del Labrador (1580) remontando el río San Lorenzo, funda Québec (1608) con sus comerciantes de pieles, pero no renuncia a nuevos establecimientos en la Florida. Holanda funda Nueva Ámsterdam en la actual Nueva York (1625) y sus exploraciones hacia el sur se dirigen a entablar pactos con indígenas en busca de madera, sal y minerales. Pronto invadirá la abandonada Curazao (1634), desde donde trata de consolidar su mercado de esclavos e infestar el Caribe de contrabando, robos clandestinos de sal y corsarios. Inglaterra pugnaba por consolidar colonos en una porción de costa atlántica, llamada Virginia por el corsario Walter Raleigh en honor de su reina (1584). Tras el desarraigo de anteriores empeños, fundarían Jamestown en la bahía de Chesapeake (1607), enclave que iba a nuclear la presencia inglesa en el Nuevo Mundo, pese a la Masacre Indígena que 15 años después prácticamente borraría de nativos powhatan aquella costa. Comenzaba en el norte atlántico de América, una difícil convivencia entre los indios y sus vecinos europeos, recelosos entre sí, que venían a sumar sus intereses mercantiles con la plaga de perros del mar afincados en el infinito islario caribeño. Entre todos iban a propiciar un perpetuo asedio sobre el comercio y posesiones españolas, jugosa y circunstancial presa, pesadilla histórica para el entramado defensivo de su Imperio. Felipe III a la sazón rey español, envía una expedición al mando del capitán Fernández de Écija para informar sobre el arraigo de los colonos británicos en Chesapeake. Luego de contactar con sus indígenas  y soliviantarlos contra los colonos ingleses, regresa la flota para informar sobre la aparente inestabilidad de la incipiente colonia. Pero no la ataca por considerar escasas sus fuerzas.

En pleno desarrollo de acontecimientos de la nueva geopolítica, Francis Drake experimentado marino del sindicato corsario de Plymouth, incursiona con su flota de 25 naves y 2300 hombres en el Caribe (1586) y tras una campaña predatoria en las antillas, sitia San Agustín. Desembarca sus bombardas y desde su isla frontal de Santa Anastasia bombardea el fuerte y la ciudad. En la mar abierta, con barcos navegando rumbo norte,  efectúa repetidas pasadas frente al enclave largando en línea con sus 7 galeones imprecisas andanadas de apoyo a sus baterías de tierra. Desde los escarpes del fuerte, tras sus defensas de tronco maderero y fajina, responden los sitiados con sus 12 piezas encabalgadas más otras 25 que han perdido su podrida cureña, aunque todavía disparan y meten ruido. Son cañones pedreros, espingardas y falconetes de tiro elevado o directo, que combaten con aquellos otros que por elevación bombardean la ciudad y su bastión desde y por encima de la isla de Santa Anastasia. Las imprecisas bolas de hierro candente que escupe el inglés, apenas inciden sobre el puntual bastión defensivo, pero sí lo hacen  sobre el dilatado frontis ribereño de la ciudad que ve incendiado su caserío de madera, y con él, iglesia parroquial, campanil y cabildo. Los corsarios cruzan en lancha la dársena del puerto para saquear  la plaza en llamas: las desmandadas huestes arramplan con todo hierro que encuentran a su paso, aperos, espitas, alcuzas, fanales, incluso picaportes, aldabas y goznes de las puertas. El fuerte resiste el acoso defendido por fusileros de la guarnición y  flecheros timucuas, que se aprestan a repeler la habitual embestida humana que sigue al cañoneo enemigo. El paisanaje, refugiado en el fuerte, donde no entra ni uno solo de los atacantes, pero tampoco sale defensor alguno, contempla impotente las llamas que consumen sus hogares. La flota corsaria, tras una última andanada de sus naves, da por cumplido el castigo al incómodo vigía costero. Embarca hombres y botes, y enfilando sus naves en línea, se aleja de la humareda a resguardo de la costa y favor de la corriente, para reunirse con el resto de sus urcas y pataches. Costea la flota hacia Virginia, donde venderá a buen precio las manufacturas férreas robadas en el asalto, y de donde repatriará a precio de oro algunas familias hambrientas que huyen de la entonces incipiente y miserable colonia…para finalmente arribar con un duro tributo de 1500 tripulantes y 11 capitanes menos de los que con él habían partido de Plymouth. La mar y las balas enemigas habían hecho es resto. Entre tanto las gentes de San Agustín y guarnición del fuerte con los flecheros amigos, habían acudido a sofocar la propagación del fuego. Tras la tempestad, la calma…y vuelta a construir nueva iglesia, cabildo y casas que el incendio pirata había logrado arruinar.

El ataque pirático, hace que San Agustín reciba nuevos refuerzos en forma de soldados, abastecimientos y otras familias de colonos; posee ahora 14 piezas de bronce y 9 de hierro, más otras 5 rescatadas tras su refundición en La Habana. Diez años más tarde rondará su población las 2000 almas de colonos, con familias y soldados de guarnición incluidos. Un alzamiento de los indios del Gualé obliga a nuevas disposiciones defensivas en la Provincia y su capital, que debe seguir en todo momento activa en la custodia del comercio que fluye frente a su costa. Como parte de la Capitanía General de Cuba, adscrita a su vez al Virreinato de Nueva España, la Real Fuerza de San Agustín y todas las defensas de la Provincia de Florida estaban sujetas al presupuesto virreinal. Y ese situado  no siempre llegaba a tiempo, lo que alimentaba malestar en la tropa no solo por las privaciones personales, sino por la carencia de pólvora, municiones o mantenimiento de los cañones en un entorno de frontera y difícil condición climática. La perpetua rebelión de los indios apalaches contra sus misiones del norte de la Provincia, eran fomentadas y aprovechadas por los colonos ingleses para ir ocupando nuevas tierras hacia el meridión, tierras coloniales que iban a constituir la Carolina del Sur. Las de la futura Georgia y sus misiones católicas seguían perteneciendo todavía a la provincia novo-hispana de Florida Oriental.

En 1668 el pirata Robert Searle, mas conocido con el alias de John Davis asalta San Agustín en plena noche, cuando la ciudad duerme. Al atardecer una nave novohispana esperada con harina de Veracruz, había entrado en la bahía: una más entre las allí fondeadas, al viento sus pabellones de Borgoña y gallardetes de cortesía. Dado lo avanzado de la tarde, aparenta postergar el registro de sus sacos harineros en la Aduana para hacerlo con la luz del nuevo día. Pero la nave veracruzana había sido capturada durante el trayecto y arrojada su tripulación por la borda; impostaban ahora los filibusteros una rutina como cualquier navío que a resguardo preparaba su pernocta. Fuera de sospecha por ser conocida su estampa en el puerto, con el sosiego nocturno se proponían deslizar a su escollera más de 100 bucaneros en botes cuyos remos apenas chapoteaban el agua. Un pescador de ribera observa el silente movimiento de botes y hombres que saltan a tierra una y otra vez, y  retornan vacíos al barco nodriza mientras la ciudad duerme. Cuando percatado del peligro grita desde donde pueda oírle algún ciudadano insomne, es ya demasiado tarde: están penetradas las calles de filibusteros armados hasta los dientes y por ellas corren tras sus teas en busca de los preciosos vasos sagrados, haberes fiduciarios de la Aduana,  el situado virreinal que el Gobernador administra y todo cuanto pillen en los pocos hogares que logran violentar al paso. Sesenta perplejos vecinos que salen a la calle al sentir la algarabía, son muertos a la puerta de su casa y tomados prisioneros  otros tantos. Alertada la guardia del castillo intercepta la chusma invasora, liquida una docena de asaltantes y recoge 19 heridos que como prisioneros de guerra serán ajusticiados con la luz del siguiente día. Impotentes ante la compacta Fuerza del presidio, opta el resto de forbantes por su retirada. En escalonado reembarco, los botes van alcanzando a favor de marea el barco que enfila su perezoso andar hacia la bocana del abra, luego de haber largado prestamente las amarras. Davis ha intentado un saqueo solo conseguido parcialmente, aunque deja tras de si el daño material junto al sentimiento ciudadano de la culpable ingenuidad y descontrol de sus autoridades. Cuando la noticia del asalto llega a México, el virrey de Nueva España ordena inmediatamente reponer los situados hasta entonces atrasados, además de un refuerzo de 75 soldados y suministros de artillería y armas personales para la guarnición. Llega de Cuba Ignacio Daza, ingeniero militar que trae la orden de comenzar un nuevo fuerte esta vez de piedra, que acabe mas de cien años después, con la inveterada provisionalidad defensiva del enclave que Menéndez de Avilés fundara (1672). Nace así un fuerte de traza renacentista con base rectangular y bastiones en punta de diamante, taludes peraltados y foso circundante inundado, diseñado en La Habana y nombrado desde su origen como Fuerte de San Marcos. La carencia por aquellos pagos de roca consolidada, decide al ingeniero por la sedimentaria y tenaz coquina, formación pétrea de conglomerados conchíferos y coralinos abundantes en  Santa Anastasia. Desde allí, una vez tallados en propia cantera, serían llevados los sillares en pinazas a través de la bahía de Matanzas, mismo nombre del río que la alimentaba: recuerdo de la implacable eliminación de hugonotes copados aguas arriba en tiempos del Adelantado. La protección de las obras correría por cuenta de una compañía de infantería acampada en la propia isla, junto a otra de caballería que recorría vigilante la costa, máxime cuando se sabía que los ingleses merodeaban la región en busca de tribus con las que negociar pieles de ganado, alimentos y cerámica indígena. En la isla de Santa Catalina los timucuas habían interceptado una de aquellas partidas, matando parte de sus miembros y capturando otra y en ella, una mujer y su pequeña hija. Llevados a San Agustín para ser interrogados, los prisioneros declararon proceder de un nuevo establecimiento inglés en Santa Elena, ribera abandonada por los españoles desde 1587. Retornados los indios con sus rehenes a Santa Catalina, serian de allí recogidos estos por una de sus naves que regresa a su base, tras negociar el rescate con los captores.

 
Publicado el

Contexto Histórico de la Habana – I

         Colón en su primer viaje (1492) descubre la isla de Cuba << de la forma de una hoja de sauce >>, que denominará Juana en honor de la infanta de Castilla, pero no se detiene, y sigue su litoral al oeste navegando en pos de otras costas. Será la vecina isla de La Española quien, años después de haber consolidado algunos cientos de colonos peninsulares, aporte los primeros contingentes europeos  a la Gran Antilla, receptora final de una leyenda de la que Colón había sido crédulo partícipe, en un postrer jirón medieval inferido al estandarte renacentista. La Antilla era una mítica isla oceánica previa al decubrimiento de América, ya referenciada en cartogramas de 1424, que había culminado su carisma con el refrito geográfico de Toscanelli (1468) manejado por Colón. Se decía que en 1411 una carabela española había llegado a ella, pero no se tenía noticia fidedigna de esta arribada. También Portugal había emprendido sin éxito su búsqueda, sin tampoco hallarla. Este legado legendario influyó para nominar al archipiélago antillano en los cartogramas españoles con su nombre de leyenda.

El estado de cosas que se encuentran al llegar los primeros europeos nos ha sido narrada por su contemporáneo López de Gómara: << Estaba Cuba poblada de indios…andan desnudos, en cueros vivos hombres y mujeres…con liviana causa dejan a sus mujeres…el andar la mujer desnuda convida e incita a los hombres pronto… >>. Y en análoga circunstancia a la vivida por hombres y tierra de La Española, el cronista apostilla: <<Todos ellos se volvieron cristianos; murieron muchos de trabajo y hambre, muchos de viruelas, y muchos  pasaron a Nueva España cuando Cortés la ganó, y así no quedó casta dellos >>. En los primeros contactos con la tierra y sus hombres, aplican los castellanos su máxima renacentista: << quien no poblare no hará conquista, y no conquistando la tierra, no se convertirá su gente >>. Con esta hoja de ruta se comienza la conquista de Cuba, y como conquista en todo tiempo, será sangrienta. Los europeos vienen de una guerra secular en todas sus fronteras. Con ellos traen en sus flotantes castillos, caballos y perros, medios desconocidos para el asombrado indígena, que llegará a sentirse morir bajo los truenos del arcabuz que los mata de lejos. Pronto esos mismos perros que levantan como pieza de caza a todo indio mimetizado en la manigua, quedan perdidos por los montes, donde llegarán a criar en despoblado y tornarse tan << carniceros más que lobos, que hacen mucho daño en cabras y ovejas >> que los propios conquistadores, ahora establecidos como colonos, se organizarán en batidas para exterminarlos y defender los haberes de sus cabañas.

Diego Velázquez llega desde La Española como Adelantado (1511) con credenciales para su conquista y repoblación, otorgadas por Fernando el Católico a instancias del Gobernador Ovando. Le acompaña un grupo humano de colonos  que aportan ganados, semillas y animales domésticos, además de hombres de guerra  que contribuyen a la empresa con sus equipos, armas y monturas. Entre ellos vienen  Pánfilo de Narváez, futura cabeza militar de la conquista isleña, y Hernández de Córdoba, Grijalva y Hernán Cortés, que van a catapultar desde Cuba el descubrimiento de Yucatán y la conquista de México; junto a ellos, viene el dominico Bartolomé de las Casas, grande e ingénuo defensor de los derechos indígenas y  estrecho colaborador de Velázquez, que gestiona en España mediante personas influyentes el final de la encomienda al uso. Una vez conseguida su total libertad, se tornarán pacíficos los indios, dejarán de sublevarse, tainos y siboneyes perderán el perenne hervor de rebeldía indígena de los primeros tiempos. En este contexto funda el Adelantado la villa de San Cristóbal de la Habana (1515) en la costa sur de la isla, que por su insalubridad y peligrosa navegación entre bajíos será trasladada (1519) a una cercana bahía más al norte.

En la bocana de esta bahía conocida como Puerto de la Carena, elige el Adelantado el lugar para trazar el nuevo damero ciudadano, junto al abrigado playote en que reparara sus naves Sebastián de Ocampo (1508), experto bojador antillano, compañero de Colón en su 2º viaje. Allí había dado con sus dos carabelas, anegadas las sentinas por la broma y las vias de agua de fortuitas encalladas, cuando en arriesgada navegación costera, averiguaba por orden del Gobernador Ovando si Cuba era o no una isla que pudiera ser colonizada de cristianos. Y en ella había encontrado varadero de fortuna de placentera arena y manantiales de asfalto, donde poder carenar aquellos maltrechos cascos, que con la pleamar debería reflotar de nuevo. Once años más tarde Velazquez refunda allí la villa que en sus comienzos va a depender oscuramente de Santiago de Cuba, la capital isleña cuyo joven y carismático alcalde Hernán Cortés, sería el futuro conquistador del Imperio azteca. Bajo el  copudo parasol de una ceiba caribeña, y según inveterada usanza castellana, se solemniza la fundación con misa y te deum. Entrega Velazquez al electo Cabildo, con sus dos alcaldes ordinarios y tres regidores, la guarda y custodia de los Fueros y Privilegios de la Villa que han de legar a la posteridad la validez del consuetudinario acto. Terminado el trámite con el levantamiento del Acta Fundacional, quedan allí registrados sorteo y Amparos Reales o lotes de tierra asignados a las 37 familias fundadoras del vecindario. Vendrá luego el trazado de calles  << a regla y cordel >> y la construcción por negros e indios cautivos de la pajiza iglesia y el fuerte, sólida empalizada de troncos cercada de escarpe y zanja, cobijo del vecindario frente a posibles algaras indias. Será el futuro núcleo integrador ciudadano, que junto a su caserío ardería bajo flechas incendiarias en más de una ocasión. En las afueras quedaba instalado el encomendado poblado indígena o << república de indios >> con plaza propia, agua y tierras comunales, su cacique y alguaciles: suministro asequible de mano de obra, que en 1552 alcanzaría, total libertad de establecimiento y circulación. El fundador de La Habana había tomado prestado el topónimo siboney “jhabana,” la castellana “sabana”, que junto a San Cristóbal patrono de peregrinos y marineros, iba a constituir santo y seña de la nueva villa de cristianos. Ennoblecida con un te deum laudamus, celebrado bajo frondosa ceiba que devino enjuta y seca 235 años más tarde, serìa para siempre recordado el laudo por un monolito de piedra  (1754) levantado en el sitio.

A partir de 1543, el entramado administrativo del Imperio iba a estructurar un sistema de flota anual que parte desde Sevilla para ultramar con textiles, herrajes, aperos, pólvora, pertrechos. Desde 1521 el comercio entre el Caribe y España era obligado realizarlo con naves desplegadas en conserva, y un escuadrón protector contra corsarios franceses¸ más tarde llamado Escuadra de Averías por ser financiado por los propios mercaderes que comercian en ultramar mediante un impuesto llamado Avería. Al acceder al Caribe la llamada Flota de Indias, se dividía en dos, una con dirección a  Veracruz y  otra a Cartagena y Nombre de Dios, que irán desglosando naves en diferentes puertos del derrotero. El arribo de estas naves, generaba ferias y festejos locales en los puertos de destino, donde se concertaba buen número de embarcaciones menores que distribuían hacia otros enclaves los preciados cargamentos traídos de España. Finalizadas las ferias locales y estibadas las naves con cueros, cecinas, ganados, maderas, sebos, ceras y otros productos de la tierra además del impuesto o Quinto Real, concurrían ambas flotas concentradas de nuevo en La Habana, donde se les incorporaba la nao capitana para marcar avante el rumbo de regreso a Sevilla.

Este incipiente comercio transoceánico iba a despertar pronto envidias y felonías sin cuento entre colonos clandestinos y navegantes advenedizos que van enrocándose en la generosa pléyade de minúsculas islas caribeñas potenciados por el rencor francés. Francisco I de Francia, enemigo declarado del Emperador Carlos V y antiguo competidor de su cetro, concede patente de corso a sus marinos frente al monarca español, en una frontal actitud contra la salomónica Bula del Papa Alejandro VI, que había repartido el globo terráqueo entre Portugal y España. Se siente despojado de su opción americana y alega que le enseñen la clausula del testamento de  << nuestro padre Adán >> donde se dice que ha de repartir su herencia entre castellanos y portugueses excluyendo a todos sus demás hijos. Decide por ello tomar parte como outsider del festín americano, medio siglo antes que otro competidor inglés, fundador de la Royal Navy, hubiera logrado que sus pilotos se internasen hacia el oeste más allá de las islas Scilly.

En este contexto bélico germina poco a poco un submundo de rapiña, asaltos y muerte. El hugonote francés Robert Ball (1543) toma La Habana y cobra un rescate por no incendiarla, pero se lleva las campanas de su parroquia.  Su lugarteniente Jacques Sorel (1555), guiado por un piloto portugués arrasa la abandonada villa. Con más de 200 forbantes, profana altares destruye las plantaciones vecinas y ejecuta a cuanto esclavo halla al paso. Solo su Hospital de piedra aguantará en pie, como mudo  testigo de esta segunda << destrucción de Troya >>. Apenas logra el pirata reunir rescate digno de tal nombre, y busca por los montes cercanos a los desarmados fugitivos. Una contraofensiva vecinal de 40 colonos blancos, acompañados por unos 100 indios y otros tantos negros apenas armados con piedras y estacas, logra cobrarse algunas víctimas, pero su impotencia les hace desistir del empeño. Cuando el francés se retira, deja la ciudad en llamas. Hasta ahora, cuando los hugonotes aparecían en su costa, blancos, negros e indios se reunían para defender lo que ya consideraban su tierra, por haberse acostumbrado sobre ella a vivir juntos. Era una lección bien aprendida: en adelante se aprestarán en su defensa, además de las guarniciones, los estancieros y los comerciantes, indios y esclavos negros, incluso ocasionales viajeros de Indias que transiten su puerto hacia otros destinos.

 
Publicado el

Contexto Histórico de Puerto Rico – II

Aunque repuesto en la Gobernación de Puerto Rico, Ponce regresa a Florida (1521) aportando dos barcos, 200 hombres, ganados, aperos y semillas. Le acompañan sacerdotes, agricultores y artesanos. Y van para quedarse. Es voluntad del emperador Carlos V, que Castilla no envíe ejércitos a las nuevas tierras por ella descubiertas; envía labradores, misioneros, funcionarios, licenciados, juristas, cartógrafos… y aventureros. De esas filas surgen los Pizarro, Cortés, Almagro, Balboa, Ponce…que buscarán financiamiento múltiple mientras organizan hueste para acometer su visionario anhelo. Cerca de Bahía Estero los expedicionarios de Florida instalan un poblado, que en plena construcción es atacado por los indios. Ponce, herido por flecha envenenada, es llevado a La Habana, donde muere apenas llegado a puerto. La preparación y el desarrollo de la empresa de Florida, habíale consumido vida y fortuna, como tantos emprendedores de la Historia de la Humanidad. Muchos años después, como reconocimiento de su valioso aporte, sus restos serían trasladados a la catedral de San Juan, donde hoy reposan.

Mientras esto sucede, la capital de Puerto Rico ha ido medrando en hechura y población. Llegan las órdenes religiosas de Dominicos, Carmelitas… Bajo la protección de la familia del Gobernador se levanta en ladrillo y piedra el convento de Santo Domingo, que propaga por doquier el prestigio de sus aulas, hasta el punto de serle conferida por el Papa (1532) la facultad de montar universidad. Su iglesia (2ª de América) de estilo gótico, dedicada a Santo Tomás de Aquino, iba a deslumbrar durante generaciones por su belleza. Pero iba también a traer enfrentamientos con el recién electo obispo de San Juan, que no admitía para su catedral construcción alguna de menor porte que la iglesia dominica. El templo de madera techado en paja de los primeros tiempos, es destruido por un tifón, y el nuevo templo catedralicio es reedificado en piedra en el tempranero año de 1529.

A partir de mediados del siglo, la plantación de caña de azúcar ha creado ya una importante industria subsidiaria. Los “ingenios” para la extracción del azúcar de la caña,          precisan importación de molinos y “maestros del azúcar” que son traídos de Canarias. Las haciendas-ingenio que compendian desde la plantación y cultivo de la caña, hasta su molienda y producción de melazas, guarapo (jugos) y ron, van extendiéndose por la isla junto a las “haciendas” de cultivo de tabaco y frutos, y los “hatos” donde se localiza la ganadería extensiva. Otra fuerza de trabajo más resistente al esfuerzo físico y las epidemias, junto a mayor competitividad que la aborigen, empieza a ser necesaria so pena de intento colonizador fallido. Los estancieros y hacendados razonan que para soslayar la quiebra es imprescindible la importación de mano laboral recia. La población taina ha mermado notablemente acosada por enfermedades y fatigas que los europeos y africanos o no padecen o superan. La trata de negros, monopolizada por ingleses y portugueses, iba por tanto a salvar la economía de las posesiones europeas del Caribe, a base de nativos africanos del Golfo de Guinea.

El comercio entre las Antillas y la metrópoli, realizábase de forma programada dos veces al año mediante la Flota de Indias, compendio a su vez de otras dos flotas: la de Tierra Firme con base en Cartagena  y la de Nueva España radicada en Veracruz. “Flota de Indias” llamábase en realidad al convoy conjunto de ambas formaciones navegando agrupadas entre Sevilla y La Habana, tanto en su ida hacia Europa, como en su regreso al Caribe.  De Sevilla traían manufacturas, paños,  vinos, aceite, aperos, fierros. De las Antillas llevaban salazones, cueros, azúcar, tabaco…y el peculio de impuestos y alcabalas. Desde 1522 habíase creado la Armada del Mar Océano, a base de galeones “cagafuegos” a fin de proteger esta Flota del enemigo europeo que acechaba entre cabos y pasos del Caribe, o del berberisco que lo hacía entre Azores y Canarias. Años hubo que partieron de la Habana mas de cien naves, desplegadas sus velas en mar abierta por un área de varios kilómetros de frente y fondo. Con su Nao Capitana a la roda, su Nao Almiranta a retaguardia, y rápidos pataches a la orden para  transmitir mensajes bajo nieblas o calimas, la vigilante Armada escudriñaba la presencia de velas ajenas en el mar, a la vez que reglaba el andar acompasado de las naves. El rezago peligroso de las más pesadas, o su dispersión bajo nieblas y tormentas, eran riesgos que propiciaban su captura por los descuideros del mar. Como peligroso resultaba también un excesivo resguardo entre naos, perdiendo el contacto visual entre ellas e incontrolando la infiltración de otras velas entre sus velas. El enemigo infiltrado, ondeando banderas y grímpolas idénticas a las de la Armada, podía sorprender en tiempo y lugar propicios a cualquiera de sus confiadas merchantas. Era una táctica antigua en todo piélago, que los experimentados marinos del Caribe conocían… y practicaban con pericia. Por eso, cada tarde se tomaba el “santo y seña” del día para identificarse en la oscuridad de esa noche, y se contaban las velas al amanecer para ver si faltaba o sobraba alguna. Siempre la Capitana adelante, marcando  rumbo y andar, fanal encendido de noche; siempre la Almiranta en vanguardia cerrando  comitiva y control del rezago, atenta a seguimientos y atisbo de otras velas desde su cofa. Al llegar a destino invertía la Flota el orden de navegación abierta. Los “cagafuegos” eran los últimos en entrar a puerto, cerrados en formación de combate con sus proas hacia Alta Mar.

Desde 1579 la Armada de Cartagena de Indias segregó dos galeones con sede en Santo Domingo, cuyo cometido era el patrullaje de las costas antillanas, del Yucatán y de la Florida. La Flota de Indias que partía cada año de Sevilla hacia La Habana, navegaba en conserva hasta el Caribe. A la altura de  la isla de Guadalupe, empezaba a desgranar galeones que debían rendir viaje en otros puertos de las islas o la costa de barlovento. Los pataches de vigilancia se adelantaban a cabos y pasos dudosos donde patrullaban los galeones de Santo Domingo y Puerto Rico, que deberían abrirles paso franco. Un galeón partía con su carga y su patache de apoyo, rumbo a Margarita, La Guaira y Maracaibo. Otras merchantas salían para Puerto Rico que contaba con recursos defensivos propios y no precisaban la compañía del vigilante patache. Otras más partían hacia Santo Domingo y Jamaica. Su regreso desde San Juan y otros destinos hacia Sevilla, pasaba por la Habana, en cuya bahía esperarían la llegada de las flotas de Nueva España y Tierra Firme. Desde la Habana y nuevamente en conserva, nao Capitana en vanguardia, Almiranta atrás, tomaba la Flota de Indias rumbo norte hacia Florida vía canal de Bahamas. Arrastrados por la Corriente del Golfo que Ponce de León descubriera medio siglo antes, enrumbaban en Atlántico abierto hacia España, a cuatro meses de navegada. Se cerraba así el ciclo anual de los contactos mercantiles de Puerto Rico con la metrópoli.

La piratería y las algaras de caribes habíanse convertido en peligro latente. Los vecinos fueron compelidos por la Corona a ir siempre armados y a caballo como retén permanente de vigilancia territorial frente a cualquier imprevisto corsario o aborigen. Con un muro perimetral incipiente (1532) se comienza a construir La Real Fortaleza de Santa Catalina, supuesto bastión garante de la seguridad ciudadana frente a los piratas. Pero pronto se constata su inoperancia frente a flotas numerosas. Las naves del  hugonote Francois Leclerc entran en la bahía, y vomitan a tierra una chusma vociferante que asalta, saquea e incendia la ciudad, sin que la Real Fortaleza  manifieste contra ellos efectividad defensiva alguna (1553), ni por capacidad disuasoria, ni por situación estratégica, ni por potencia de tiro. A partir de entonces pasará Santa Catalina, cual decorativo jarrón chino, a ser residencia del Gobernador. A cambio, se insertan bastiones estratégicos en puntos clave del perímetro empalizado y se empieza la construcción del Castillo del Morro. Empleará las modernas técnicas defensivas del fuego cruzado y puntas de diamante con muros en talud, empleadas por la Corona en sus campañas de Italia. Tan pronto como 1580, Puerto Rico, llave de acceso español al Caribe, es declarada Capitanía General, con administración civil supeditada a la militar y guarnición fija. Su asignación presupuestaria anual será conocida como “Situado Mejicano”, por pasar a ser la capital del Virreinato de Nueva España su origen, y ella parte integrante del mismo.