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Contexto Histórico de Panamá – IV

(Dibujo de su Autor)

La aventura de Morgan no va a ser un hecho aislado. Los piratas del Caribe, hermanados en su guarida de Jamaica, han decidido pasar al Pacífico para perpetrar sus fechorías en los puertos de un mar desprevenido. Richard Sawkins (1680) al mando de una poderosa conjunción de al menos 330 hermanos de la costa, entre los que hoy sabemos se encontraban los conocidos filibusteros John Coxon, Bartholomew Sharp, Peter Harris, Edmund Cook, Ravenau de Lussan, William Dampier, John Watling, Edward Boldman y el cirujano Lionel Wafer, atraviesa el Darién con apoyo de los indios para entrar al Pacífico con 60 lanchas por el Tuira. Una verdadera trasnacional cazatesoros que busca lo valioso de los demás, para apropiárselo por encima de toda ley ajena, teniendo por válida solo la propia. Se apoderan de algunos pataches de mediano porte y del galeón Santísima Trinidad de 400 toneladas todavía sin artillar, y con ellos se proponen asaltar el cabotaje de aquella costa. Wafer el cirujano galés, tras una discusión sobre la dureza del camino elegido, es abandonado junto a otros cuatro salteadores en plena jungla del istmo; pero salvará el pellejo al ser acogido por los indios como médico durante dos años, y poder contarlo a su vuelta a Inglaterra. Muere Harris en las primeras escaramuzas contra las partidas armadas que recorren la costa occidental. Dueños pronto de una pequeña escuadra capturada barco a barco, llegan los confabulados al fondeadero de Panamá donde abordan, saquean e incendian 3 barcos cargados de mercancías. Sin opción sus mosquetes franceses ante los cañones de bronce de Panamá Nueva, precisan alejarse mar adentro, fuera de alcance de las rugientes bocas que arrojan fuego sin dar tregua. Shawkins ha sido herido de muerte por los fusileros del Perico y es Coxon quien pasa a comandar la partida antes de su temprano regreso al Caribe, persuadido por nuevas divergencias habidas con Cook y otros capitanes. Sharp, nuevo comandante en jefe, ha logrado artillar con rapiñas el Santísima Trinidad, para convertirlo en insignia de su flota con el nombre de Trinity. Atrapa un bergantín cargado de pólvora, municiones y 50.000 pesos destinados a la guarnición de Panamá, que añade a sus velas para proseguir hacia el sur el saqueo de hatos costeros, puertos de cabotaje y naves de carga. En Tumaco muere Boldman con su vanguardia a manos de la guarnición del puerto. Sharp prosigue la rapiña costera hasta las Islas de Juan Fernández, donde piensa carenar los barcos y permanecer oculto en un mutis de meses. Puerto a puerto, cabo a cabo, la posición marítima de Sharp hacia el meridión va siendo denunciada en la propia costa mediante humaredas y fogatas planificadas. Conocedor de estas alertas virreinales gemelas de su periplo costero, decide no volver atrás, donde sospecha van a salir si no han salido ya, los galeones del virreinato a darle caza. Por orden del propio Sharp en latitudes peruanas, Edmund Cook es arrestado por homosexual y ahorcado en una entena del Trinity. Ley implacable del mar. Desembarca y ataca por tierra en días siguientes el puerto chileno de Arica, pero es rechazado tras denodada lucha en la que muere Watling junto a dos docenas de sus hombres. Otra veintena de ellos serían capturados y ahorcados todos excepto los dos cirujanos de a bordo, indultados y retenidos por el corregidor  al constatar que no han tomado las armas. En su escape hacia el Cabo de Hornos, captura Sharp el galeón chileno Virgen del Rosario, cuyo preciado tesoro es un libro de derrotas que habría de salvarle la vida. Cuando llega el Trinity a Plymouth, Inglaterra prosigue su tregua de paz con España, vigente el Tratado América para combatir la piratería. Sharp es por ello condenado al patíbulo, pero El Almirantazgo inglés, tras estudiar la desconocida e inapreciable cartografía que el pirata aporta en su descargo, logrará obtenerle el perdón real en nueva y sonada felonía.

La estela de los barcos de monsieur Ravenau de Lussan, el galante y culto parisino metido a pirata tal vez empujado por inoportunas deudas de juventud, se aleja pronto de Panamásiguiendo su aguja de marear hacia el norte, y su roda hacia Nicaragua, Honduras y Tehuantepec, donde va a convertirse en azote de los pueblos costeros de aquellas tierras. Unos años después de su mise en scène filibustera, decidirá bajar el telón de este segundo acto de su particular y teatrera comedia de enredo, para regresar a Haití, etapa intermedia del añorado savoir fair de los salones de París. Quema sus barcos y organiza sus 300 hombres en compañías que acometen por tierra el cruce del istmo. Asalta a su paso La Antigua Guatemala(Santiago de los Caballeros de Guatemala), y ante aquellos atónitos ciudadanos reunidos por fuerza en la Plaza Mayor, anuncia que respetará templos y conventos, sin profanar personas, vasos ni imágenes; pero deben para ello entregarle cuantos víveres precise y sus lanchas fluviales quedan confiscadas sin más. Aquellas chalanas  y bongos habrían de servirle para acceder por el río Motaguahasta el Caribe, y de allí al cabo Gracias a Dios, donde pensaba tomar algún barco contrabandista que le llevara al haitiano occidente de La Española.

Charles Swan al mando de tres naves piratas entra por el Cabo de Hornos al Pacífico (1684) y tras una costanera hacia el norte con Dampier como piloto, y el hermano Francis Towley como socio, emprendería una fallida persecución del Galeón de Manila por el Pacífico Norte; Towley, llegado atravesando el istmo, acabaría pereciendo en un encuentro fortuito con la Escuadra del Mar del Sur, desplazada desde El Callao a Panamá en rutinaria vigilia de la ruta de los galeones. Entran también aquel año al Pacífico por el Mar de Hoces (ruta Hornos),  los  perros del mar John Cooke y John Eaton, que dedicados a la fácil presa de los desartillados barcos negreros, han capturado uno danés con féminas bozales para sus esclavos antillanos, que incorporarán con el nombre de Bachelor´s Delight  (Delicia de los solteros) a la pequeña flota con la que tratan de acceder por el sur continental al Pacífico. Superadas las rugientes latitudes marinas, los saciados bachelors arrojarían por la borda aquella pobre carne humana enferma de hambre y violencia sexual. Pero tampoco iba a tener mayor suerte para sobrevivir a su aventura panameña el perro John Cooke, que muere ese mismo año de paludismo frente al Cabo Blanco de Costa Rica en su deliciosa insignia. Su eventual asociado Edward Davis  seguiría al mando del Bachelor´s Delight con los 3 barcos y 1.000 hombres de su compartida flota. Con ella ataca Panamá por tierra y mar, justo cuando  la Flota del Sur desembarca su carga en el Perico; pero los 174 cañones y 3.000 hombres que defienden la plaza, rechazan el acoso filibustero. El desembarco de la plata se completa ante sus fauces sin mayor contratiempo (1685), y las naves forbantes tornan velas y gobernalles hacia las costas de Nueva España. En compañía de John Eaton marrará Davis su ataque al puerto del Realejo en Nicaragua, donde incendia su rancherío incapaz de conquistarlo, lo que precipitaría el regreso de Eaton al Caribe tras desavenencias tácticas con su ocasional socio.                                             

William Dampier, el llamado Pirata Científico por su labor pirática compartida con estudios de geografía, ciencias naturales y narraciones sobre sus viajes, abandona las Galápagos con la partida de Sharp. Ha decidido merodear al descuido las costas peruanas. En compañía ahora del fraternal gabacho François de Granmont, recibe nutrido refuerzo de otroshermanos de la costa que cruzan el Darién cada vez que la situación lo requiere. Entre ellos François Grogniet, que con 80 piratas galos viene a compartir depredaciones españolas con el sanguinario bordelés.

El Océano Pacífico, infestado de piratas por el sur o por el istmo, había dejado de ser el Lago Español de antaño. En una serie matemática de variaciones con repetición, la presencia filibustera se había multiplicado ad nauseam en pocos años, desparramándose sobre la costa meridional del gran piélago marino. Ante el peligro generalizado, sus puertos se fortifican, y los virreyes conceden patentes de corso a los capitanes de mar que lo solicitan. Por su proximidad a la costa, Lima la capital del virreinato, también teme ser atacada y se rodea de una sólida muralla. En apoyo de los galeones de la Flota del Sur, el progresivo consenso de las naciones europeas, y su propio peculio, el corso iba a resultar eficaz yunque contra la piratería, hasta tal punto que en cortos años remitiría la asfixiante presión bucanera, eclosionada en el Pacífico tras la captura de la Panamá Vieja por el bloody Henry. Panamá Nueva no sería ya asediada por bucaneros de calaña alguna: sus fuertes murallas con  cañones de bronce,  aun permaneciendo mudos, infundían respeto. Habían ganado la tregua de los mares.

Figura  11: Plano Planta de la Ciudad de Panamá Nueva

En 1736 se suprime el régimen de flotas, se cierra la feria de Portobelo, se cancela la Real Audiencia. Las temporeras masas de feriantes no van a regresar más. En 1737 sobreviene el Fuego Grande, uno más de los provocados en la Hispanoamérica morena,  que devora dos tercios del caserío intramuros de Panamá Nueva. Solo se salva el Hospital de San Juan de Dios y casas aledañas. Fuera, el Arrabal de Santa Ana permanece intacto. Como en anteriores incendios se acusa de ello a impersonales manos asesinas, por todos sospechadas. Pero también se levanta el hartazgo de otras voces: demasiado incendio, demasiada madera, demasiada frustración, demasiado negro. Panamá tirita herida cuando pasa a formar parte del recién formado Virreinato de Nueva Granada (1739).

Los jesuitas son expulsados de España e Indias por pragmática de Carlos III (1767). Salen los ignacianos panameños camino de Portobelo al destierro; se les clausura la Universidad que tras el incendio de sus aulas, han tardado más de setenta años en reabrir dada la penuria de recursos propios. Habían aquellos frailes estudiado las lenguas indígenas y en ellas publicado gramáticas, diccionarios y catecismos. Iluminando desde el púlpito y el aula, almas y mentes con el resplandor de la lógica y de la ética, frente a la barbarie mercantilista de un presente sin futuro, que todo lo envolvía en su propia y material nube del no saber. Panamá ve menguar sus alcabalas y el sabroso Situado Real de antaño. Tampoco pueden ya sus muleros y ocasionales arrendantes de bohíos, tenderetes y galpones, especular con viajeros y feriantes sobre precios…no importa si de escándalo o ganga. La gallina de los huevos de oro ha fenecido, y la ciudad se despuebla inerme de vida urbana. Solo los morenos permanecen en una urbe, que al decir de un misionero sorprendido mas parece un pueblo de Etiopía que una ciudad de Indias. No se ha preservado en ella ese consuetudinario 20% de población de color, que las naciones coloniales habían aprendido en propia carne a no superar, porque la ira que la injusticia social soliviantaba a borbotones en aquellos mundos de ultramar, llegaba siempre al cielo, las más de las veces en forma de humo…negro.

            Figura 12: Orla y escudo heráldico de la Ciudad de Panamá. Año de 1521

El vigor racial del bozal africano frente a la insania ambiental del istmo, había potenciado la incontrolada, paciente y arisca, presencia masiva de su etnia en aquella costa. Y vendría otro incendio, el  fuego chico de 1755, y otro mas, y otro…pero no por ello cesaba el periódico y ardiente desorden generador de miseria. A final de siglo será Panamá, aquella que fuera Roma del Pacífico, una escombrera de solares vacíos y naturaleza intrusa, edificios ruinosos y hambre. Llegarán luego los transitivos mesías arreglándolo todo, hablando mucho, cambiando más y construyendo nada. De nuevo el humo esta vez semántico, el exaltado verbo huero, la vacuidad, la ideología filosófica, la Revolución Francesa, la masonería… Un siglo entero arrancado del calendario a su historia de patrimonio humano. ¿Y sus gentes?, bazofia, puro rebaño de la particular mesta que los políticos de turno aperrean a su antojo para meterlo en su aprisco.

Aparecen los novicios buscadores de oro californiano, que remontarán en oleadas de bongos el Chagrespara regresar por la misma vía, algunos de ellos ricos, otros enfermos, otros nunca, a las ciudades atlánticas de Nueva Orleáns, Savanah o Nueva York que les vieran partir. Pero aportan un fugaz hálito de vida y sustento a la agónica Roma. Un último estertor de la Fiebre del Oro que habría de preñar con nuevos malhechores, nuevas meretrices, nuevos salteadores de caminos, nueva delincuencia, nuevas Nombre de Dios, las viejas sendas de la vetusta Castilla del Oro, en un pertinaz redoble de la Historia ya sabida, narrada  por los cronistas de Indias desde cuatro siglos antes. Redoble con toque de retreta que sería bruñido sin contemplaciones étnicas por las milicias norteamericanas de la Nueva Compañía, donde el apartheid resultaba moneda áspera al tacto. Otra manera de hacer Imperio más adusta y fría que la conocida hasta entonces, había retomado para mejora futura del istmo, el caduco y fracasado proyecto francés del Canal de Panamá, para capacitarlo y concluirlo. Y esa iba a ser la nueva Feria Panameña que había de retrotraer pasadas glorias, satisfacciones y sueños. Pero esa, amigo que lees y piensas, esa es otra historia.

Figura 13: Canal Interoceánico

 
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Contexto Histórico de Panamá – III

Mucha fue la labor desarrollada por los frailes dominicos en su afán de aclimatar sembrados y plantíos en el istmo, desde el plátano dominico de Canarias hasta el tomate de los incas. Ellos entregaban al indígena todo tipo de cultivo exógeno, legumbres, frutales, tubérculos, y le mostraba cómo hacían medrar aquellas especies en sus huertos conventuales. En medio del bagaje de frailes trotaconventos, so  pretexto de  que con estas nuevas del descubrimiento (del Perú) pasan (por aquí) muchos eclesiásticos, trasplantaron naranjos, limoneros, granados, melones, sandías, calabazas, perejil, puerros, cebollas, habas, que habían de aportar riqueza alimentaria a sus gentes para combatir las hambrunas tanto de autóctonos como de arraigados.  Y sobre todos ellos, quedó en la memoria colectiva del indio panameño, la figura del obispo Fray Tomás de Berlanga (1530-45), hijo de familia castellana labradora, conocedor y gran valedor del huerto familiar o conuco como motor indígena de la economía agraria de los pueblos o repúblicas de indios.  Por aquellos años – nos dirá el propio obispo –  se introdujo la cría de ganado vacuno, caballar, asnal, de cerda y cabrío; las aves de corral como gallinas, pavos, gansos, las palomas llamadas de Castilla, y otros animales como gatos y perros, que venían a cerrar el círculo agroalimentario posible para la Castilla del Oroque él soñaba. La ganadería,  por ser la tierra espaciosa y beneficiada grandemente de agua y pastos,  había cristalizado a principio del siglo XVII con 53.500 cabezas de ganado repartidas en 52 hatos. Fernández de Oviedo estimaba en su relación histórica, que el Quinto Real de los yacimientos de perlas ascendía a 15.000 ducados anuales. Los núcleos auríferos,  a la baja durante el siglo, aún conservaban importantes réditos en las minas y ciertos cauces fluviales de Veragua. Y los aserraderos de maderas preciosas  donde se asierran tablas y tablones y otros maderos que se navegan a Lima, la Ciudad de los Reyes, celosa guardiana de las espléndidas balconadas y miradores labrados de sus mansiones capitalinas.  Los aserraderos que hay en esta provincia son los mejores y mayores que hay en la costa del Mar del Sur, sentencia el correcaminos e historiador carmelita Vázquez de Espinosa en su documentada descripción de las Indias occidentales (1612), haciéndose eco de las suntuosas casas de habitación que había contemplado en Panamá.

Fuera de las ferias, el siempre concurrido Pericoacogía en cualquier época al menos una decena de barcos mayores, provenientes de Nicaragua y Guatemala, incluso algún otro del Perú, además de otros costaneros que ejercían el cabotaje por las costas de Veragua y Chiquiriquí. Ellos prolongaban con su cotidianeidad el quehacer de aquel mundo de muleros y bogas que daban vida al puerto, a la vez que generaban otro sumando impositivo para la economía contributiva en aras de la deseable autosuficiencia presupuestaria que la Audiencia precisaba. Por otra parte, el comercio propio de la ciudad de Panamá con otros puertos del Mar del Sur, daba para mantener en rada propia unos diez grandes navíos, el mayor de 500 toneladas (toneles castellanos), lo que no era infraestructura baladí para expandir la producción panameña de cueros, cecinas y maderas por las costas del sur.

No fue menos importante la labor desarrollada por los jesuitas, eternos ocupados en el saber aplicados al alma y la ciencia. La Compañía abre las primeras clases de Gramática y crea las cátedras de Filosofía, y Teología Moral, reconocidas mas tarde con el rango de Universidad S. Javier, a fin de dotar de estudios superiores a la ciudad de Panamá (1565) y ahorrar a sus vecinos el ir a Lima para graduarse en los altos saberes de la época. Esto resultaba impensable por aquellos días en otras dependencias europeas de América que no fueran las españolas, adelantándose en casi tres cuartos de siglo a la Harvard pionera de habla inglesa. Ahora precisamente que la hecatombe del Bloody Henry iba a cernirse implacable sobre la ciudad.

                    Figura 7: Portulano de Ciudad de Panamá Vieja (dibujo del autor)

España e Inglaterra  junto a otros reinos europeos acababan de firmar un pacto para poner fin a la piratería. Existía en el Caribe un submundo de aventureros de toda calaña y nación, enjambre portuario de forajidos, estibadores, vagabundos y descuideros, pasto de tabernas y prostitutas, carne de horca analfabeta y embrutecida con base en la afrancesada Tortuga o la inglesa Jamaica, dos preciosos ejemplares del todo vale desbridado, en una supuesta economía de mercado. La primera isla, había sido arrasada varias veces por flotas españolas, la segunda, era ya reconocida por España como posesión inglesa de facto, pese a que los antiguos braceros de los colonos hispanos seguían hostigando desde las montañas a los ocupantes británicos. La tropa de filibusteros asentada en Jamaica y otras antillas menores, impedían y crispaban el tráfico fluido de las mercancías, con el consiguiente perjuicio para el comercio de las principales economías emergentes. Los autónomos habían invadido el mercado. Con la nueva medida adoptada, no pocos piratas incursionarían en tierra para ocupar áreas despobladas, y dedicarse a la explotación de maderas preciosas o la ganadería extensiva. Pero la caterva de lumpen antillano activo, había sido por aquellos años ahormada en disciplina y cohesión por Henry Morgan, personaje de consolidado prestigio en este submundo a partir de la toma de Portobelo unos años antes. Con inapelable autoridad logra reunir 38 naves y 2.000 hombres en las islas deBoca del Toro con ánimo de saquear la ciudad de Panamá (1671). Y espera durante la época de vendavales la confluencia de nuevos forbantes que quieran adherirse a su empresa panameña. Allí habitan indios bravos enemigos de los españoles, que truecan con el bucanero que llegue carne de tortuga por manufactura europea, circunstancia que la gente de Morgan aprovecha para arranchar bodegas.  Este sustrato de gentes sin patria, mayormente anglófonos inmersos en un universo de lengua vehicular española, jugadores de ventaja y riesgo mínimo, jactanciosos eternos de la nada rapiñada y el estupro, saqueadores de puertos desguarnecidos, haciendas costaneras  o solitarias naves merchantas, llamados eufemísticamente perros o carroñeros del mar, eran una suerte de escoria humana, instintiva y desalmada, expelida por las cloacas de los nuevorricos puertos caribeños. En este contexto, siete flotas piratas  capitaneadas por el capitán desertor Joseph Bradley, el renegado curazoleño Jan Reyning, hermano costeñode Isla de Pinos, y el holandés Rock el Brasiliano, el atroz torturador que asaba vivos a los colonos para oírles informar de nuevos hatos donde cuatrear, van a confluir en Boca del Toro para la campaña convenida.Bradley con 5 buques y 400 hombres ataca por su lado de tierra el Castillo de San Lorenzo, centinela costero del río Chagres, por cuya embocadura piensan penetrar al istmo. Tras una lucha a muerte con los desembarcados en la que perecen los 250 soldados de la guarnición española junto a Bradley y la mayoría de asaltantes,  queda el camino del río expedito, y el fuerte en llamas.  Sabe Morgan que los alzados indios del istmo, son fiables baquianos para toda hueste que arribe a sus costas bajo cualquier bandera que no sea la imperial Cruz de Borgoña, roja sobre campo blanco, de las armas reales. Guiados por sus caciques río Chagresarriba, los 37 bongos y chalanas de Morgan atoados, a percha o a remo, aprovechan las contracorrientes arremolinadas de orilla para remontar su potente flujo de madre. Sus expertos brazos depositarían estas gentes de guerra en Cruces, a 30 km de Panamá. Todavía de noche, avanzarán hacia la capital con interrupciones esporádicas, producidas por algunas partidas de indios flecheros leales o estancieros emboscados, que tratan de entorpecer y debilitar con armas ligeras el encontronazo fatal.

Morgan ha dejado la flota que comanda, guarnecida en la costa atlántica con dos capitanes y marinería de retén, en previsión de un posible ataque naval que malicia por retaguardia pero que nunca llegaría a producirse. Las guarniciones de Panamá y sus partidas voluntarias, conocen la sanguinaria ralea que se aproxima y su visceral salvajismo. O morir o vencer ha  proclamado entre sus filas el Capitán General Juan Pérez de Guzmán, perfecto conocedor del viejo enemigo jamaicano, el bloody Henry de la sin cuartel bandera bermeja, el rematador de heridos en Portobelo y Maracaibo, el degollador del enemigo inerme torturado a muerte para sacarle riquezas ocultas, el descuartizador del alcaide portobeleño a ojos de esposa e hijos, el azuzador del cobro en especias y sexo violento de sus machos alfa sobre bienes y hembras sometidas, no importa si púberes. A ello se encaran los 1200 defensores de a pie y 200 de caballería del heterogéneo conglomerado de peninsulares, criollos, negros, mulatos, mestizos e indios, que con la suelta previa de una manada de toros bravos, pretende sorprender sin éxito la avanzadilla enemiga que se aproxima al Puente del Rey por el Camino de Cruces. Las primeras descargas de fusilería ponen en fuga a la manada de reses, que sin control ni dirección, huye a campo abierto traspasando sin efecto las cuadrillas invasoras. Una táctica que fuera exitosa en Jamaica años antes contra el invasor inglés, fracasaba ahora frustrando las esperanzas de Pérez de Guzmán. Pronto comprueban los defensores que un nuevo tropel de asaltantes se aproxima al Puente del Matadero por elCamino Real, en una operación tenaza que ciñe el campo libre de los suburbios  Pierdevidas y Malambo: un torniquete yugulador del casco urbano, que constriñe a sus defensores contra el mar.

Una ensordecedora traca de fusilería se entabla frente a la mesnada filibustera. Las partidas de voluntarios en una acción nerviosa, sin dominio de la cadencia propia que todo soldado profesional sabe espaciar entre un disparo y su siguiente, agotan tempranamente sus municiones en una suerte de salva inicial de cohetería festiva. Conocido espectáculo con armas de fuego en manos bisoñas, que causan más estragos con su fuego amigo desde retaguardia, que el enemigo de la vanguardia. Y acabada la munición, solo queda la huída. Tras la descarga comienzan los defensores a batirse en retirada hacia el casco urbano. La caballería, en el terreno embarrado de los suburbios, se bate con valor; conscientes de su vacío vital sin futuro, van cayendo uno tras otro. En el campo dejan más de 600 bajas abandonadas a la barbarie atacante que cercena miembros apenas vislumbrado en ellos el mínimo fulgor áureo que arrebatar. Una a una será ocupada cada calle, abatidos los defensores en ventanas, quicios, guardillas y espadañas donde se apuestan para montar su arma y dispararla. Antes de llegar la noche Panamá había caído. Lo que siguió fue el más atávico desenfreno en busca de esas joyas, vajillas, cuberterías, objetos de valor cualquiera que nunca asomarían por parte alguna, salvo en la obsesiva mente del predador. Tiempo ha que los avisados panameños habíanlos  embarcado en el galeón Trinidad rumbo al Perú, en compañía de vasos y ornamentos sacros, cuidados por monjas, algunos frailes y señoras que el gobernador mandaba al buen recaudo sureño. En la situación que se avecinaba, quien no pudiera o debiera embarcarse, sabía que había de luchar hasta el fin, y para los desesperados defensores de la plaza, muchas valientes mujeres negras entre ellos, aquel fin había llegado.

La inexistencia de botín  a la vista, iba a exasperar la ira de los salteadores, que acabarían poniendo fuego a los templos donde esperaban encontrar algo que ya no estaba. En la ciudad nada queda que pueda ensoñar las ansias de riqueza de aquella horda primaria. La irritada chusma rastrea templo a templo, convento a convento, casa por casa: todo está vacío. No hay monjas, no hay vasos sagrados, no hay ajuares, no hay barcos en el puerto, no hay dineros, no hay nada. Todo ha sido previamente vaciado, y debe sin duda haberse ocultado en los cerros, en la sabana, en los hatos, en las islas de la bahía. Solo las soldadas del Fuerte de la Navidad y los pagos en metálico de la Aduana y Casas Reales, aportan fiducia al saqueo. En cuadrillas por montes e islas cercanas buscan fugitivos que torturar para arrancarles el secreto de sus haberes ocultos. Los infelices capturados que logran sobrevivir, habrán de pagar entre torturas y vejaciones un sangriento rescate por sus vidas. Las pocas indias comarcanas sorprendidas en los contornos, son violadas por turno hasta la muerte de muchas de ellas. Yo no he venido aquí para oír ruegos, sino que vine a buscar dinero, responderá bloody Henry a la súplica desesperada de algunas féminas. A los pocos días, con 175 mulas cargadas de enseres, Morgan abandona la renegrida y humeante Panamá. Nada perdona su rapaz apetencia, desde bargueños de nácar y marfil a jarrones de porcelana china, desde lámparas de bronce y cristal hasta sillas de caoba y cuero excluidas de la nao fugitiva, desde jubones acuchillados de forro contrastado hasta chambergos y monteras de fieltro o terciopelo. Eso si, todo vale, bien coloreado con palo de Campeche. Lo que no puede o no quiere llevarse, lo destruye: como la biblioteca del gobernador y los archivos reales, como los libros del obispo. Se lleva 600 prisioneros, no importa si negros o blancos. Unos como esclavos, otros como garantía del cobro de rescates. En la aduana de Cruces encierra a sus rehenes por tres días, plazo concedido para que quien pueda pagar, pague; quien no lo haga será vendido en Jamaica. Entre tanto, las chatas van descendiendo río abajo con los enseres acarreados por las mulas, y llegado el plazo fatídico, embarca las cuerdas de presos sin rescate pagado. Antes de zarpar las naves hacia su guarida antillana, sería repartido el botín: su monto solo alcanza a 200 pelucones de plata por filibustero, una irrisoria cantidad después de tres meses de fatigas. Los desmanes y peleas que siguieron al magro reparto, es tema de los psicólogos que se han detenido a tratarlo.

Figura 8: Aportación cultural galardonada con titulo de Sir por His Most Gracious Majesty Britannic

Será inútil que el Capitán General reúna su desbandada hueste para acosar al pirata, que se hace sin más a la vela rumbo a Port Royal. En el núcleo urbano santiaguino nombrado Spanish Town aguárdale su mansión, que pese a los cólicos geológicos isleños, seguiría conservando sus espléndidos edificios hasta el terremoto de 1790. Nunca los soñara igual otro colono europeo, como este británico que acababa de destruir sus homónimos de Panamá. Cuando Morgan aporta en Jamaica, el gobernador de la Isla  le detiene y lo envía a Londres. La nueva política europea de pactos contra la piratería, el  Tratado América, ha hecho que la diplomacia española en la capital inglesa sea escuchada en su reclamo contra la inveterada barbarie anglófona. Pero amparado en su precaria salud, bloody Henry no sería procesado. Sotto voce, a espaldas del embajador español, iba a ser ennoblecido por Su Graciosísima Majestad Británica con el título de Sir. Nuevo guiño cavernario de la reiterada impostura inglesa, harto difícil de justificar históricamente. Un nuevo suma y sigue iniciado por otro Bloody Henry, doctorado cum laude en decapitar a las reinas consortes. En contrapartida, el gobernador presidente y capitán general español Pérez de Guzmán, tras un Juicio de Residencia, es encarcelado temporalmente por orden del Virrey en Lima, aunque sea posteriormente absuelto. De regreso a Madrid, moriría en el ostracismo y la melancolía tres años después.

                     Figura 9: Fundaciones históricas de la Ciudad de Panamá

¡Panamá Vieja reducida a escombros! Solo queda el suburbio de los negros muleros y algún desnudo paredón clamando al cielo. La indecisión turba a sus ciudadanos. Deben rehacerse las ruinas o proyectar otra urbe. Tras un cabildo abierto, la discusión concluye al aprobar un nuevo asentamiento ciudadano (1673), que comenzará a construirse sobre un apéndice rocoso de la bahía, cerca del surgidero del Perico. La Panamá Nueva de calles empedradas y sólidas murallas, nunca alcanzaría el esplendor de la Vieja. Se trasladan sus gentes al sitio del cerro Ancón, suelo firme para trazar la cuadrícula urbana, fácil de fortificar, ambiente saludable lejos de manglares y ciénagas: no lejano (8km) del enclave arruinado. Seguirá siendo puerto y mercado del comercio peruano, escudado ahora tras su parapeto de ciudad artillada, reducido tamaño, compacta y vigilante tras sus muros. A ella van regresando las órdenes religiosas, apresuradamente embarcadas hacia el Perú en días previos al feroz gong del pirata. Levantan nuevos conventos, nuevas iglesias y capillas, nueva catedral. Extraen de la ruina  piedras talladas, nichos labrados, canecillos, lápidas, incluso la fachada entera de La Merced que instalan en la ciudad nueva. Van surgiendo otros Convento Agustino de San José (1671), San Francisco y Real Aduana (1673), Santo Domingo y Capilla Virgen del Rosario (1678), La Merced (1680), San Felipe Neri (1688) , la Catedral con su barroca fachada de cantería (1690), las Clarisas de la Concepción, la tardía Iglesia de Santa Ana extramuros (1763), los Jesuitas ahora sin su Universidad  de San Javier ni cátedras de Filosofía, Teología Moral y Escolástica, pero con renovado tesón para fundar la anhelada Real y Pontificia Universidad de San Javier (1749) cimentada hoy sobre las mismas cátedras de ayer. Una  nutrida respuesta vocacional de criollos panameños en sus aulas va a expandirse para catequizar nuevos nativos de las Américas, mientras dejan constancia de las lenguas vernáculas investigadas, con gramáticas y diccionarios de sus hablas indígenas. Todos regresan a la nueva sede ciudadana, donde afloran carencias que van a imprimir un sello contradictorio a la nueva urbe imperial del istmo. El recinto elegido resulta  pequeño para cobijar a las gentes de antaño, y Panamá Nueva nace con el Arrabal de Santa Ana, barrio extramuros donde aposentan los morenos libres. El agua potable fluye lejos, y por ella acuden los aguadores del arrabal con sus carretas de toneles, para ofrecerla intramuros con notable ganancia. Desde la Puerta del Mar y su escaso calado, los boteros  van a seguir portando a remo las mercancías de los barcos surtos en El Perico, ahora  solo un par de millas mar adentro.

 
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Contexto Histórico de Panamá – I

Figura 1: Escudo-Estandarte de Panamá

Colón había sido desposeído de toda exclusividad sobre las tierras que descubriere, concedida por los Reyes Católicos mediante las Capitulaciones de Santa Fe. Sometido el Almirante a Juicio de Residencia (1498) a causa de las irregularidades acaecidas en La Española bajo su autoridad, el escribano trianero Rodrigo de Bastidas aprovecha el proceso colombino para solicitar de la Corona la exploración y poblamiento de la costa atlántica de la Tierra Firme que al genovés correspondía. Merced que le es concedida con el título de Adelantado, lo que equivalía a ser nombrado Gobernador General in péctore, con supremas atribuciones políticas, jurídicas y militares de las tierras a descubrir y someter. Promociona Bastidas a sus expensas en compañía del cosmógrafo Juan de la Cosa, una expedición en la que entre sus gentes de guerra, iba el joven hidalgo Vasco Núñez de Balboa, destinado a continuar  parte de la exploración del Istmo. Muere Bastidas de regreso a Cuba, para repotenciar sus maltrechas naves, y su empresa de Tierra Firme, acotada por Fernando el Católico entre los cabos de La VelaGracias a Dios, queda en suspenso. Por nuevas capitulaciones con la Corona (1508), Diego de Nicuesa y Alonso de Ojeda lograrán repartirse el legado de Bastidas y ser nombrados gobernadores de la Tierra Firme,  partida ahora en dos por el río Atrato: Castilla del Oro a su septentrión asignada a Nicuesa, y Nueva Andalucía al meridión, gobernada por Ojeda. La difícil e imprecisa delimitación de la frontera común con los medios geográficos al uso, iba a generar violencia entre las huestes de ambos gobernadores. Nicuesa penetra el Darién pero su expedición es diezmada por las saetas de hierba de los indígenas; prontamente funda  Nombre de Dios, una fortalecilla para repararse de los indios flecheros(1510). Ciudad que iba a centralizar ese siglo el comercio atlántico del istmo, aunque su difícil defensa y sospechosa proximidad a ciénagas insanas acabaría por causar su  abandono hacia fines de centuria.

Meses después de su partida, zarpa de Santo Domingo en apoyo de Ojeda su socio el bachiller y geógrafo Martín Fernández de Enciso, y con él regresa Núñez de Balboa, fiel acompañante de Bastidas y buen conocedor de su costa atlántica. Tras ganarse la confianza del Bachiller, funda Santa María de la Antigua (1510), primera ciudad continental de América para algún cronista, de la que es nombrado regidor. Su fundación, lejos de indios flecheros, cae sin embargo más allá del río Atrato, y por tanto en predios de Castilla del Oro, tierra pobre de alimentos y riquísima en oro, al decir del historiador López de Gómara. Ello va a enfrentarle a Diego de Nicuesa, que acabará vencido e injustamente abandonado en altamar. Con sus pocos leales, sobre un viejo cascarón rumbo a Cuba, desaparece en el mar.

Núñez de Balboa, ahora como Alcalde Mayor de la nueva ciudad del Darién, va a centralizar su propia campaña como Gobernador General de facto desde Santa María de la Antigua. Tomada una princesa indígena  como si mujer legítima fuera, su entorno caciquil le informa de la existencia de un mar al poniente. Emprende la ruta del oeste, atraviesa el istmo y descubre el Océano Pacífico, que llama Mar del Sur. Metido en sus aguas hasta la cintura, tomará posesión del piélago en nombre de su Católica Majestad, que le nombrará Adelantado del Mar del Sur (Almirante).

Las disensiones habidas entre españoles de la región, y la muerte de Nicuesa, motivan la llegada de Pedro Arias Dávila, nuevo Gobernador de jure para Castilla del Oro. Se trata de un veterano militar curtido en conflictos  europeos. Trae una flota de 17 galeones y 1500 hombres de campo, guerra y oficios, además de semillas y animales para aclimatar. Con él llegan al Darién Diego de Almagro, Gaspar de Espinosa, Fernández de Oviedo, Tello de Guzmán y allí se topa con veteranos como Francisco Pizarro, hombres que habían de ser claves en la conquista del Perú. Ante la necesidad de focalizar el poblamiento y conquista de la costa occidental, Pedrarias ordena fundar al licenciado y primer Alcalde Mayor Gaspar de Espinosa, la ciudad de Nuestra Señora de la Asunción de Panamá (en referencia al santoral del día en que se funda, y a la abundancia de peces del lugar en habla indígena) sobre un asentamiento de indios pescadores (1519). Tello de Guzmán, habíalo avistado con anterioridad (1515), recalcando desde este primer hallazgo la bondad del sitio para poblar. Es la primera ciudad castellana en el Pacífico y  dos años despuésun joven Carlos V, futuro Emperador de Europa, le confiriere  Escudo de Armas. Más tarde Felipe II le agregaría la divisa de Muy Noble y Muy Leal que habría de jalonar en adelante su blasón histórico (1581). Castilla del Oro, expandida pronto por conquista hasta el río Belén con el nombre de Veragua (Veraguas a partir de 1739), iba a encontrar su capitalidad en la ciudad de Panamá planificada por Pedrarias como futuro núcleo de la exploración de la costa oeste del istmo. A ello iban a colaborar los grupos familiares que paulatinamente iban despoblando Santa María de la Antigua con servidores, animales y enseres, compelidos por Pedrarias para abandonar la insania del lugar. En pocos años el asentamiento atlántico fundado por Balboa quedaría vacío, anonadado por la selva (1524).

Figura 2: Las primeras fundaciones del istmo

El Perico, surgidero de los navíos de aquella Panamá Vieja, acusaba mareas de bajamares pronunciadas con playotes en seco y pleamares potentes. Se situaba al abrigo de varias islas (Perico, Flamencos, Naos) a unas 5 ó 6 millas (9 km /10 km) de distancia del muelle ciudadano para botes portuarios. Su fondeadero presentaba el inconveniente de ser poco profundo y hallarse expuesto a las contingencias de las altas mareas y los tumbos del mar, siendo esta la causa de que se perdieran muchos navíos, agravado por una sedimentación espontánea de sus fondos por corrientes costeras, tempranamente observada. De aquel surgidero iban a partir las primeras exploraciones de la costa pacífica, punto de embarque para la conquista del Perú. Hombres llegados de La Española y atraídos por la costa meridional del continente primero, hacia la occidental después, buscando contra natura e indios flecheros las cumbres divisorias de las aguas, para ver lo que el otro lado de las montañas les brindaba. Hasta que vislumbraron el horizonte de un nuevo mar a cuya orilla habría de nacer la Ciudad de Panamá, la Roma del Pacífico, como sería tildada en su pleno esplendor, cumplido ya el primer siglo de su azarosa vida. Pronto iba a surgir un  Camino Real, tránsito de hombres, monturas y reatas de mulos, para unir la capital de la Gobernación con Nombre de Dios, bifurcado más tarde por otra vía mixta, mitad seca mitad húmeda, montaraz y fluvial. El llamado Camino de Cruces, que incorporaba su tránsito carretil a los bongos y chatas del río Chagres cuando navegable, y lo seguía hasta su desembocadura atlántica.

Gestada en Castilla del Oro la expedición de conquista del Imperio Inca, verá Panamá partir a Pizarro con tres naves y 180 hombres hacia Túmbez (1531); seguido unos meses más tarde por Almagro con otros 120 hombres y dos naves más. En su Iglesia del Convento de la Merced, todavía de madera, han compartido previamente eucaristía el presbítero oficiante Hernando de Luque, el capitán extremeño Pizarro y el hacendado castellano Almagro, el tripartito factor de la empresa, que como profundos creyentes hijos de la época que les toca vivir, sellan con ella un solemne pacto en tanto que ruegan a Dios ilumine su empresa. A partir de estas expediciones de conquista, Panamá Vieja, iba a experimentar un auge continuado que habría de durar hasta su destrucción en 1667, en contraste con la propia Veragua constituida en reservorio territorial de Pizarro, y vaciada de sus gentes succionadas por la empresa peruana. Su puerto del Perico recibe las naves  que  el conquistador envía de vez en cuando en demanda de más hombres y pertrechos. Naves que junto a otras más, llegan al puerto del Callao algunos meses más tarde con nuevos brazos y vituallas para proseguir la guerra contra el Inca. Pero también llegan los primeros réditos de la conquista, enviados para pagar las deudas contraídas y los gastos de la campaña bélica. Arribó a puerto un navío lastrado y cargado de oro y plata, sin traer ni poder traer más otra cosa, siendo su capacidad 50 toneladas (toneles castellanos), testificaba el alcalde Espinosa en carta al Emperador (1533). Y el consiguiente efecto llamada que esta realidad crea, se torna invencible: Los vecinos han dejado la granjería de las minas y los oficiales mecánicos sus oficios… Al Perú se han llevado la más de la gente que había en esta tierra, así de  vecinos como de moradores, que son los que mucha falta hacen… pero también lleváronse los moradores muchos indios y negros, de tal modo que dejaron esta tierra muy escasa de toda gente, testimoniará a su vez el gobernador Francisco de Barrionuevo ese mismo año, para concluir alarmado: Todos están alterados para irse… yo no les dejo ir porque no dejen la tierra despoblada… En este pueblo de Panamá hay (quedan) treinta y dos vecinos y en ellos no hay (quedan) 500 indios delante de la tierra…en Natá hay (quedan) dieciocho o veinte vecinos  y muy pocos indios…en Acla, donde hay (quedan) otros tantos vecinos y muy escasos indios, todos están alterados… Era la dura realidad que afrontaba el istmo. Una primitiva fiebre del oro, de las que el Nuevo Continente iba a brindarnos históricamente varias.

Figura 3: Algunos protagonistas del drama.              

     La llegada del pago limeño contra los haberes tomados a crédito, en sonante plata peruana, produce pasmo en Castilla del Oro. Muchos se deciden a migrar a hacia las ubérrimas tierras del sur, en tanto que otros eligen quedarse para intermediar desde  Panamá un flujo de manufacturas que desde la metrópoli se condensa poco a poco sobre el istmo. Son estos gente muy política, todos españoles y gran parte de ellos originarios de la ciudad de Sevilla; es gente de mucho entendimiento, su oficio es tratar y contratar… excepto quince o veinte vecinos que cultivan los campos y viven de ganados y haciendas que ellos mismos tienen… son las mismas gentes que motejarán como Triana al barrio ferial de Portobelo. Pero junto a este núcleo peninsular, se instalan banqueros genoveses y negreros lusos que la travisten de factoría veneciana, una suerte de parador caminero de trashumantes mercantiles en cualquier cañada de cualquier mesta. La mayoría de gentes panameñas de la época eran tratantes que permanecían solo el tiempo preciso para hacer bolsa y migrar a otros lares, sin aportar arraigo ciudadano alguno. Idos unos, vuelven otros, y pocos o ninguno miran por el bien público. Va fraguándose así la vena comercial de  mercancías, pagos e  impuestos, un cordón umbilical que liga el Puerto del Callao, Panamá, Nombre de Dios y Sevilla.  Los peligros del Caribe infestado de piratas, obligará a reglar la periodicidad y custodia de las flotas que deben transportar la mercadería contratada y sus pagos e impuestos en tránsito por aquella tierra y aquellas aguas. De Panamá saldrá en adelante hacia el Perú, remontando corrientes marinas y sures adversos, el llamado Galeón de Panamá, nominado más tarde Flota del Sur por el número de velas que llegaría a englobar su cortejo náutico, cargados sus vientres de productos novohispanos, peninsulares o antillanos que el mercado sureño demanda. Tornará al año siguiente ahíto de harinas, azúcar,  jabón, aceitunas, alpargatas, trenzados, jarcias, garbanzos y vinos, que junto al Quinto Real de Chile y el Perú que sigue viaje a Sevilla,arriba al Pericoal tiempo de montar la feria. Con la llegada del ahora llamado por su procedencia Galeón del Callao, concurren hacia Panamá comerciantes de Nicaragua, Guatemala y Acapulco, así como de Quito, Guayaquil, Lima, Cuzco, Piura, incluso del lejano Santiago de Chile, que ajustan  precios y transacciones a pagar con monedas o lingotes de plata y oro. Mas tarde los banqueros acabarán imponiendo su juego de pagarés, giros o empréstitos, papel moneda que va a penetrar irreversiblemente en el mercado atlántico..

En connivencia de calendario con el Galeón del Callao o Panamá,  llega desde Cartagena de Indias la Flota de Tierra Firme a Nombre de Diosprimero, Portobelo después, en su derrota anual a Sevilla. Esa misma flota que en agosto del año siguiente zarpará del Guadalquivir repleta de productos europeos hacia el Perú, para arribar al Caribe y al istmo en época propicia, a tiempo de nutrir sus afamadas ferias. Una infraestructura laboral de mano de obra libre posibilita el montaje y desarrollo de las ferias del istmo. En Panamá los bogueros negros del puerto que faenan los fardos de estiba desde el espigón del muelle hasta las naos del Perico, cobran jugosas mordidas por su transporte. Intervendrá al fin la Corona para regular tarifas y evitar el costo abusivo del servicio de botes de la bahía, de los bongos del Chagres o de las reatas del camino, mayores cada nueva feria.  Además de los bultos de mercaderías, la Flota del Sur regresaba al Perú cargada de maderas y cueros curtidos, y gran número de negros bozales que sus comerciantes adquirían de los tratantes portugueses en el mercado local, donde tenían el negocio exclusivo de los negros esclavos. En Ciudad de Panamá, el mercado de esclavos lucía sus africanos, oportunamente aseados y lustrosos, en tarimas realzadas, ofertados a gritos en pública subasta.

En 1539 se crea la Real Audiencia de Panamá, presidida por el Gobernador, anexo a cuyo cargo le acompaña el de General del Nuevo Reino de Tierra Firme, que va a ejercer bajo el titulo globalizado de Presidente de Panamá. La ciudad se ha convertido ya en estación obligada del comercio español entre ambas costas del istmo. Lima, capital del Virreinato del Perú, que ha sido fundada cinco años antes, cuenta con  una oligarquía en aumento que empieza a demandar toda serie de productos, desde modas y perfumes, hasta fierros y vino. Una sociedad de aluvión donde se mezclan viejas estirpes de prosapias castellana e indígena, con otras encumbradas por las armas o la fortuna, que lucen por común denominador la ostentación. Antaño miserables, envuelven hoy sus presuntas carencias vergonzantes con un capote de irritante supremacía impostada. Y paga los selectos productos que demanda mediante contante plata, en lingotes de sus minas al principio, en sonante moneda de su ceca después. Sus poderosos comerciantes acabarían controlando el mercado que fluye desde Sevilla hacia su puerto de El Callao, pasando raudo por el istmo como si de un rápido entre peñascos se tratase. Panamá embarca hacia el Perú las mercancías de última hora, apura  las carencias improvisadas, a punto ya de soltar amarras las naves del Callao. Colmata el comercio del capricho, la galantería, el olvido y la dádiva, o el obligado compromiso, apresurado, atractivo y caro, muy caro. Negocio selectivo de fino olfato y oportunismo comercial, que husmea el tempo sicológico para lucrar indefectiblemente su bolsa.

 
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LA LEYENDA DEL GALEÓN ERRANTE – II

Tras la dispersión de la flota acaecida a unos 900 Km del Cabo Deseado (limite por babor del paso magallánico), nos consta que Francisco de Hoces hallábase gravemente enfermo y había por ello cedido el control de su nave al capitán Alonso de Solís. A los 47º30´ de latitud Sur, el serviola del patache Santiago seguía atisbando por avante en lontananza la solitaria vela del San Lesmes enrumbando al WNW. Pese al airoso andar del patache, perdido el contacto visual con la capitana, dedujo Solís que habíanse esta adelantado en demasía por la ruta oceánica. No creyó poder alcanzarla para reponer los víveres que su reducido arqueo impedíale llevar a bordo. Aminoró por ello su demora, manteniendo por estribor el lejano perfil de la costa, alternativa firme a sus acuciantes carencias. Pero si el patache avistó por última vez un diminuto San Lesmes avante por babor, también tuvo el San Lesmes que avistar al patache allá atrás por la aleta de estribor. Ergo, sabía que al menos una vela navegaba tras él, supuestamente al mismo destino, aunque circunstancialmente con rumbo diferente. Hasta que ambos barcos dejaron de verse. Después, silencio, conjeturas.

Trayectorias de los navegantes que durante un siglo (1520-1616) cruzaron Tuamotu

 

Años más tarde, una expedición a Tahití comandada por Domingo de Bonechea, enviada desde Perú con espíritu estratégico y misionero por el virrey Amat (1774), descubre inopinadamente << una gran cruz de madera en la falda de un monte >> de la isla Anaa (Archipiélago de las Tuamotu). La cruz parecía “de hechura muy antigua”, en palabras del historiador decimonónico Fernández de Navarrete. No tarda en comprender aquella gente de mar que se hallan ante una vetusta muestra del tradicional alerta entre marinos ibéricos. Pero ¿Quién habríala izado en aquel paraje y posición?¿Cuantos años ha que la plantaron?¿Que imprevisto percance pudo motivar su erección?. Analizando hoy documentos españoles del pasado, solamente tres expediciones pueden verosímilmente haber protagonizado el hecho. La de Magallanes-Elcano (1520) y Loaysa-Elcano (1526) surgidas desde el paso interoceánico del sur, o la de Fernández Quirós desde El Callao (1606). Las demás expediciones hispánicas de los siglos XVI y XVII, habían hollado los Mares del Sur demasiado lejos de aquellas latitudes. Los holandeses (1616) habían pasado hacia sus indias occidentales más al norte, por encima del paralelo 15ºS, y el resto de navegantes europeos eran contemporáneos de Bonechea; entre ellos el incombustible Cook y sus mapas españoles bajo la axila. La constatada antigüedad de la cruz, no aplicaba al caso.
La expedición de Magallanes la conocemos íntegra gracias al veneciano Antonio Pigaffetta, ilustrado cronista ocasional, y algunas concreciones que hemos deducido de otros datos de su navegada. Con un andar promedio de 2,6 – 2,7 nudos las tres naves expedicionarias avistaron las que nombrarían despectivamente “Islas Infortunadas”, hoy identificadas como el atolón de Fakahina (Tuamotu) y la isla de Flint (grupo La Línea de las Kiribati) enrumbadas ambas W.NW en una derrota que se alejaba de Anaa mas de 380 Km, dejando Fangatau y Takaroa por babor a la vista de costa, aunque nada dejaron dicho que vieran. La buena mar, alegre andar y feliz singladura que gozaron en aquellas jornadas, lo compendia el cronista con un rotundo << si Dios y su Santa Madre no nos hubiesen favorecido, hubiéramos todos perecido de hambre en tan dilatado mar >>. Nadie a bordo dejó otra constancia oral ni escrita que este optimismo compartido, silenciando posibles adversidades donde nave alguna antes de Guam, hubiera de buscar o ser por otra buscada. Queda claro, por tanto que la magallánica aventura nada tuvo que ver con la cruz hallada por Bonechea en Anaa. En cuanto a la expedición de Quirós bástenos con analizar sus diarios de viaje para comprobar que este marino navegó por una derrota desviada más de 350 Km al NE de Anaa.
En efecto, la tercera y última gran exploración desde Perú, partió en 1606 bajo el mando de Pedro Fernández de Quirós, piloto mayor de Mendaña en las dos anteriores. Los temporales le obligaron a bajar desde El Callao hasta los 24º40´S y 124º47´W donde se avista por vez primera la isla Ducie (“Encarnación” por él llamada, 6 de enero 1606) y tras ella una sucesión de atolones planos, con laguna interior, circunvalados por arrecifes coralinos de imposible fondeo, peligrosos, sin colinas de referencia ni manantiales para aguada. Contrariados los expedicionarios, vierten su decepción al magallánico modo, con viscerales apelativos sobre las islas que iban topando. Hoy las “Sin Puerto“. “Sin Ventura“, “Anegada” o “Rasa Sin Fondo” de los diarios históricos de navegación, las conocemos como Vairaatea, Hao, Tawere, Rekareka, Rairoa, hitos próximos de Quirós a la cruz de Anaa (350 Km) en su ruta al poniente. Ergo la cruz hallada por Bonechea fue más que probablemente izada por la gente del San Lesmes, como venía sosteniendo el historiador Fernández de Navarrete desde 1837. Pero ¿Qué fue de aquella cruz?¿Por qué no se investigó en profundidad su origen?.Un levantamiento cartográfico de la marina española señalaba la posición exacta donde fue localizada… y barrida posteriormente por los inveterados ciclones del archipiélago, uno de los cuales (principio del siglo XX) acabó prácticamente con la población isleña. Pero el mapa existe, y la posibilidad de hallar algún perol soterrado con su implícito mensaje de angustia, también. La última palabra la tienen las autoridades francesas del archipiélago, el “Groupe de Recherche de Archeologie Navale” del Ministerio de Cultura (GRAN), y sus presupuestos.
Fuera de la exposición de los hechos y alguna conversación de eruditos, tal descubrimiento en la época de Bonechea apenas tuvo eco. Eran otros tiempos, que lamentablemente han llegado casi a los nuestros. Sólo después de anunciar Francia sus pruebas atómicas de los años sesenta en Mururoa, reaccionaron historiadores e intelectuales con el catedrático de Canberra Robert Langdom a la cabeza. Había que defender el valor arqueológico de Tuamotu en particular y la Polinesia Francesa en general. Su tesis-disculpa resultaba creíble: El galeón San Lesmes habíase hundido por aquellos parajes y era necesario investigar la presencia de cañones y demás restos de naufragios que iban surgiendo en el entorno isleño. Sin olvidar otros muchos “porqués”, como el de los tres “perros castellanos” (bravía raza alana, bien estudiada y conocida por los holandeses) que Le Maire y Schouten habían encontrado en su vuelta al mundo en Pukapuka, a la que por ello llamaron “Isla de los Perros” (1616). O el trozo de motón de madera novohispana (probable presencia de Quirós) aparecida en Hao, y de la que encomiaba Urdaneta sus bondades porque de no haber “buena jarcia de la de España e Nicaragua o Panamá, ha de ser (su filástica) de pita de la provincia de Guatimala”(sic).
En 1929 habíase hallado un inopinado cañón de hierro colado en el arrecife coralino de Amanu (500 Km al E de Anaa), que acabó en el museo de Papeete en cuyos sótanos aún yace. Con la movida mediática de las pruebas nucleares, Langdom publica incisivos artículos en diarios y revistas polinésicas (Fidji, Tonga, Tahití), que acabarán por favorecer la exploración de Amanu, en donde la Armada Francesa extrae 2 nuevos cañones (1969). Patrocinado por el Ministerio de Cultura francés, bucean especialistas en el año 2000, que extraen restos de cerámica, vidrio y loza, además de piedras de lastre y algún deforme tocho férreo calcificado por la mar, a la sazón más fósil pétreo que metálico. Y tras escuchar pacientemente las consejas de los ancianos de Amanu, los peritos y sicólogos del GRAN sienten cómo en cada jornada va aflorando la iletrada tradición que entre los nativos perdura, los retazos de historia que atesora su oralidad, el sentimiento de vacío que provoca toda liberación de tribales secretos, la duda íntima que en el hondón del hombre deja un tabú revelado. Todos los náufragos fueron muertos y comidos en sagrado ritual. Sólo uno sobrevivió y tuvo descendencia. Eso cuentan los patriarcas de Amanu con sigilo. Eso confirman algunas familias que aseguran descender de aquel español perdido, hallado 16 generaciones más tarde. Cuando ya la tesis de Langdom vertida en “La carabela perdida” (1975) y “La carabela perdida, reexplorada de nuevo” (1988) es un éxito editorial regado por el mundo.