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Contexto Histórico de Acapulco – IV

Figura 7a: Hatsesura Asemoto, primer embajador histórico del Japón en España

 

En 1740 estalla la Guerra de Asiento  o Guerra de la Oreja de Jenkins entre España e Inglaterra. Motivo real, fuera de disquisiciones leguleyas: el contrabando de comerciantes ingleses en costas del Imperio Español. España había permitido a Inglaterra el asiento de negros o libre venta de esclavos africanos, y el navío de permiso con capacidad de vender una vez al año 500 toneladas de mercancía en los puertos de Indias. Este tonelaje fue duplicado a 1000 toneladas anuales (1716), lo que tuvo que ser cubierto con varios navíos de permiso, dado el escaso arqueo tradicional de sus barcos. Ello vino a complicar el control del volumen pactado y multiplicar su contrabando a lo largo de 100.000 millas de costas virreinales. España se guardaba el derecho de visita, o control jurisdiccional por sus guardacostas sobre los barcos británicos que accedían a puertos hispanos. Este control incomodaba a los ingleses que, sin despeinarse siquiera, tildaban a los gestores españoles de piratas. Una vez más el calamar británico soltaba su turbia tinta para velar con ella sus culpas. Disimulo y ocultación de realidades fraudulentas, mercancías de matute a raudales, connotados falsarios envueltos en acartonado orgullo, eso, y no otra cosa, era lo que detectaron los marinos españoles. Entre ellos el comandante  Fandiño, que pilla in fraganti delito al tal Jenkins que da nombre a esta historia y a quien manda desorejar como a cualquier quídam. Un castigo sobradamente anunciado a, y conocido por, los transgresores de una ley de comercio ultramarino que a sabiendas ignoraban. Y como souvenir del veredicto le regala el seccionado apéndice, que el delincuente guardará en formol. Es lance sobradamente comentado, tal cual lo cotillearon los mentideros portuarios de la época.  Y así empezó todo: una buena oreja inglesa, que valía una guerra. Hoy nos parece ciencia ficción, pero en absoluto lo fue. Sus víctimas y destrozos históricos durante nueve años de guerra lo atestiguan. El supremacismo larvado del partido opositor, propalaba la idea de una España decadente, presa fácil para una Gran Bretaña poderosa y dueña de los mares. Ritornelo pertinaz del nacionalismo de las islas, tantas veces enfrentadas a su realidad. Apenas pasados veinte años desde la última intentona de coparle en su isla, el eterno  perro chico gruñón buscaba una revancha para su ego.

 

El partido guerrerista del Parlamento londinense recién creado, arremete contra el pacifista Premier Walpole, que, bien informado de la situación internacional, se verá obligado a declarar una guerra que no desea. Los belicistas en cambio y el almirante Edward Vernon con ellos, ven el oportuno casus belli para partir la América hispana en dos mitades y apropiársela por partes. Así de fácil. Vernon por el Caribe y el comodoro George Anson por el Pacífico, serán los encargados de efectuar la operación tenaza que yugule al Imperio Español y ponga fin a su secular arrogancia. De nuevo la eficaz propaganda protestante, lubrica la maquinaria nacionalista que desborda las calles. Pero Vernon sufre en Cartagena de Indias tremendo descalabro a manos de Blas de Lezo, que Anson viene a conocer tras la captura de una balandra chilena. Enfilaba ya su tajamar hacia la Ciudad de Panamá, el otro filo de la tenaza prevista, cuando tal noticia iba a cambiar su táctica bélica. Su cometido se centraría ahora en capturar el Galeón de Manila. Podía tal vez ser el golpe alternativo que estrangulase las magras finanzas de Su Católica Majestad. Y a ello encaminará en adelante sus intenciones.

 

Sobre su cartográfico top secret lacrado del Almirantazgo, el Comodoro marca las coordenadas de Acapulco para trazar desde su actual posición el rumbo a seguir, y a principios de  1742 se presenta ante la bocana de su puerto. El galeón manileño había llegado pocos días antes, y la feria, en su apogeo, habíale extraído ya su preciada carga de las entrañas. Un ataque en estas condiciones, produciría un desparrame general de personas y mercancías, desde los quioscos y puestos de la Planchada para adentrarse en el anfiteatro boscoso de La Sierra. Tras un primer cañonazo, toda rentabilidad de pillaje sería prácticamente nula a corto plazo. El saco de una feria desmantelada, en nada habría de resarcir el esfuerzo por lograrlo. Debía ser por tanto una acción fulgurante, porque, a otro plazo, la respuesta virreinal podría tornarse en trampa demoledora.  Luego de doblado Hornos y alcanzada aquella latitud, el comodoro inglés conservaba dos barcos, apenas gobernados por una marinería más entusiasta que experta. Comidos de fiebres y escorbuto, aquellos hombres no se encontraban en disposición de ataque alguno, pese al eterno milagro del brillo áureo en ojos menesterosos. Anson, millas de mar adentro, dudaba si esperar o no la salida del galeón en primavera. Tal vez pudiera desde allí escuchar los cañonazos del adiós y la cortés réplica del fuerte. Desde la posición desplegada con sus barcos, escrutarían cualquier aparejo de tres palos que apareciera por leste. Inútil espera: los barcos de aviso habían vuelto a cumplir su escurridiza misión, y esa primavera no sonarán ya las salvas de adiós al Galeón, ni traídos por el alisio lo  serán sus ecos que mar adentro esperaban oír.

 

Duras habían sido las jornadas que hasta allí le habían traído al comodoro inglés. Formadas sus tripulaciones a base de novatos de última hora, cuando no de sobreros veteranos o convalecientes del hospital de Chelsea, muchos de ellos hubieron de ser rechazados. En un barco auxiliar fueron devueltos a puerto, cuando su Centurión punteaba ya los rugientes cuarenta del Atlántico Sur en su ruta a Hornos. Su misión no parecía empezar bien. La operación tenaza del Almirantazgo era conocida por el espionaje español, y los barcos de aviso habían alertado ya todo puerto meridional atlántico y pacífico. Una escuadra de cinco navíos, 285 cañones y 2700 hombres al mando del general José Alfonso Pizarro, aguardaba su paso frente a la base naval del Atlántico Sur en Montevideo, dispuesta a salir tras el inglés y su sorpasso por el vértice continental americano. Atacaría  a la escuadra de Anson ya entrada en el Mar del Sur, donde sus 6 navíos de guerra más dos auxiliares, con potencia artillera de 230 cañones y 1700 hombres, no podrían recibir ayuda de la metrópoli ni de sus colonias atlánticas. Estos eran los planteamientos bélicos de la flota española sobre las cartas náuticas. Pero la durísima remontada del Cabo de Hornos iba a desarbolar ambas formaciones, la persecutora con mayores esloras, y la perseguida con más barcos. Cada cual lamerá sus heridas como buenamente pueda, lejos de la civilización y las ayudas, con resultado muy otro del esperado alcance. Pese a su mayor arqueo, las naves españolas no remontan los vientos huracanados del güeste y deben tornar maltrechas al Atlántico platense; el inglés logra pasar al otro mar, pero salva a duras penas la mitad de sus barcos. Cuando Pizarro lo intente por segunda vez y logre remontar el meridión americano, habíase ya perdido Anson en las brumas del piélago sureño.

 

Serán los científicos de la Armada Jorge Juan y Antonio de Ulloa, midiendo a la sazón el meridiano de Quito, quienes a la llamada del Virrey, salgan del Callao hacia las aguas del estrecho. En una pequeña escuadra en corso formada por dos fragatas de 600 toneladas, van a tratar de interceptar la armada de Anson. Registrarán el litoral chileno y las Islas de Juan Fernández sin éxito, aunque sepan que por allí han pasado los barcos ingleses. Pero su comodoro  no se dejaría ver, hasta aparecer en las costas de Nueva España. Ambos marinos solicitarán volver a Quito cuando sepan que Pizarro ha tomado ya el mando de la Armada del Mar del Sur.

 

En mayo decidirá Anson levantar el cerco de Acapulco y poner rumbo a Macao. La estación está ya avanzada y los alisios refrescan, mientras sus nubarrones cargados de aguaceros, van espesando los cielos del nordeste. Desea escapar antes de la llegada de las primeras turbonadas y carenar allí las naves que siente pesadas, de poco andar y lenta respuesta. Pero solo su capitana, Centurión, sería capaz de alcanzar la colonia portuguesa. Con cartografía de la Royal Navy que distorsionaba vientos y corrientes, se verá obligado en determinados momentos a transitar, sonda en mano, entre un azar de escollos, islotes y  atolones no mapeados e indetectables a pocas millas. Sin suficiente aguada ni víveres e ignorando dónde hacerla o conseguirlos, su aleatoria y existencial derrota, prácticamente a ciegas, iba a ser un canto a la vida y a la fortuna de aquellos hombres al borde de la inanición. Mientras alentaba el céfiro tropical, sus singladuras fueron pasmo rendido de la diosa Fortuna, que aún conserva dilatadas – dicen sus biógrafos – sus asombradas pupilas. Fue pura réplica del fantasmal tornaviaje del patache San Lucas de Alonso de Arellano dos siglos antes, pero sentido inverso: como entonces se dijo, era también ahora el Cielo quien salvaba sus vidas. Luego de contemplar durante semanas gaviotas y aves migratorias en vuelo al sur, atisbaron al fin los verdes ribazos de una de las Marianas, donde los nativos mantenían hozando piaras de cerdos. Era la isla de Tinián, y en ella fondeará el Centurión para tomar el soñado contacto con suelo firme, luego de meses de incierto balanceo. En botes a remo desembarcaron los menos enfermos, que compraron y robaron cuanto pudieron, para seguir prestos avante. Más de un multicasco aborigen, de raudo y buen gobierno, salió en su seguimiento que, empero su frustración medrosa, no osaría aproximarse al navío de guerra extranjero.

 

Tampoco el arribo a la costa asiática iba a resultarle fácil al marino inglés. Los chinos le recibirán recelosos en sus aguas, que solo los comerciantes lusos franquean amigablemente. Pese a ello, logrará remontar el delta del Río de las Perlas hasta entrar en demanda de carena en la isla portuguesa de Macao. Una vez carenado el Centurión, se abastece de viandas, adquiere mapas y reponen fuerzas sus hombres, para regresar a las Filipinas y apostarse a socaire del cabo Espíritu Santo. Se trataba del referente rocoso que cada Galeón de Acapulco enfilaba en su rumbo al estrecho de San Bernardino, cruce interinsular obligado hacia Manila. Allí sorprenderá en junio de 1743 al confiado Nuestra Señora de Covadonga, que habiendo iniciado dos meses  antes su viaje felicísimo,  trae la cubierta repleta de ganado vacuno recién comprado en Guam, que habrá de arrojar al mar para entrar en combate. El adelanto de fechas sobre el paso del Galeón de Acapulco por el cabo Espíritu Santo, hace que su gemelo Nuestra Señora del Pilar de Zaragoza, no haya llegado aun a su cita anual para acompañarle hasta Cavite.  Su felicísimo cruce del Pacífico le había vendido. Cuando el Covadonga advierte las velas de Anson, hacia ellas toma rumbo pensando encontrar al Pilar. El equívoco se desvanece cuando el Centurión iza bandera de combate. Es ya demasiado tarde; el inglés le ha ganado barlovento y atajado su posible escape hacia la cercana costa. Pero no por ello va a rehuir el encuentro, pese a sus trece cañones de nave merchanta frente a los 60 bronces del navío de guerra inglés. La calma reinante no impide al Centurión ir ganándole barlovento al Covadonga. Su carencia de carga y el reciente carenado, juegan a favor de su grácil y deslizante andar bajo la ventolina mañanera. Dos horas después de avistado lo tendrá al alcance de sus cañones, que retumbarán los primeros sobre la mar bella de aquella lluviosa mañana del verano austral. Solo el abordaje que ya buscaba, podía salvar al Covadonga. Abordaje que el ágil Centurión, bajo de hombres pero cañones rotundos, iba a tratar de evitar. La superioridad artillera del inglés sería sin duda quien decidiera la suerte del combate. Y así fue. La compacta madera filipina de su casco, no pudo soportar la lluvia de proyectiles que recibía el galeón. Y tras dos horas de guerra galana, diezmada la tripulación, aniquilados sus fusileros, moribundo su comandante, y desarbolada la nave, el Covadonga se rinde. Hay fuego declarado en la sentina del Centurión que puede hacerlo saltar por los aires, pero Anson sabe mantener la calma en los momentos críticos hasta lograr dominarlo. Tras ello cambiará de barco a los 300 prisioneros hispanos que cobija y vigila en su propia bodega. Y con el Covadonga escorado y a remolque, se presentará en Macao, donde vende el galeón capturado, libera los presos, repara el desportillado Centurión e inicia el regreso a Portsmouth. Carga una fortuna de un millón cuatrocientos mil sonantes pelucones y 4500 marcos de plata en lingotes de la Ceca mexicana, el más importante banco mundial fáctico de aquel siglo. Saldrán en su busca dos galeones desde Cavite, pero solo hallarán en Macao a los supervivientes del Covadonga, a tiempo de embarcarlos y regresar a Manila. Habían pasado dos meses y el Comodoro inglés, por aquellos días, doblaba ya el Estrecho de Sonda en su escape hacia el Índico.

                           Figura 8: La captura del Galeón de Acapulco

 

Un año después, en el Canal de la Mancha, le esperaba al Centurión la escuadra francesa, aliada de la española en esta guerra, que no lograría distinguir sus velas en la cerrada niebla que invadía aquellas aguas. Su estrella iba a brillar sin duda hasta el final del mundo. Era una de las presas navales más cuantiosas de la historia, pero que con solo paciencia, intuición, saber hacer y tempo histórico, no hubiera conseguido jamás un final feliz. Precisaba de la oportuna suerte, que acompañó en incierta carambola al marino inglés, como imprescindible patrimonio gratuito que todo ganador precisa para culminar su empresa con éxito. La gesta fue sobradamente cantada en la isla, cosa que sin duda merecían su tesón y su astucia. Pero sus corifeos dejaron para el arte pictórico, un imaginario encuentro naval que difiere de la realidad habida entre el Centurión y el Covadonga. El rigor histórico quedaba en él supeditado a la propaganda A.M.G.D. que habitualmente primaba en su patria. Ni el Centurión pretendió emparejarse al Covadonga, ni era menor su obra muerta ni su porte velero, que los del galeón filipino, como parece deducirse del lienzo que inmortalizara en Britania aquel desigual combate. La nave novohispana tenía 36 m de eslora (50 codos de quilla), frente a los 31 m del Centurión (42 codos de quilla), pero su mayor manga emparejaba en 1000 toneladas el arqueo de ambas. Con mayor manga y menor eslora, precisaba más vela para un mismo andar. Esa mayor superficie vélica dábasele alargando mástiles y aumentando la facha del velamen. Por dos razones: la primera, porque comparativamente podía elevar trapo sin apurar la escora, dado el mayor poder de su manga; la segunda, porque en las encalmadas, captaba mejor el leve céfiro que se desliza, imperceptible pero eficaz, algunos metros sobre el plato marino. Tal el caso del combate presente y el lento resguardo cobrado por Anson, con un rumbo de colisión mantenido para interceptar todo posible escape. Licencia artística a parte, el sentido nacionalista del pintor lleva su pincel a una conclusión emocional, formalmente errónea. Empequeñecer lo propio y magnificar lo ajeno: efecto Goliat como fórmula bíblica recurrente. Se trataba de escenificar la victoria de un terrier frente a un bulldog, pese a las realidades concretas del caso, que para nada importaban. Por eso el Centurión debía ser más pequeño, más David, menos importante y poderoso que su ocasional Goliat, a fin de magnificar el grandioso triunfo de las armas inglesas. No nos olvidemos del “nunca fuimos tan pequeños ni tan grandes” brotado del alma sincera de un Chesterton exultante con la angustiosa victoria de su Armada frente a la invasión de su isla por Felipe II. Lo que olvidó esta vez la propaganda británica fue que el Covadonga, cargado a tope, solo disponía de espacio para armar los 13 cañones que llevaba operativos. Cabe suponer que el autor del cuadro participara del síndrome Hume, como el pensador escocés que lo intitula, quien sentenciara a los españoles como incapaces de gobernar unos barcos tan pesados… mucho mayores que ninguno de cuantos hasta entonces se habían visto en Europa (léase vistos por ellos, naturalmente), como lo eran los galeones oceánicos de la doble Carrera de Indias anual. Para más adelante, sacar pecho ingenuamente, cuando la Royal Navy devino fruto maduro con barcos potentes, y aprendieran sus pescadores de Cornualles las lecciones de navegación para adultos, entonces, nuestro fatuo filósofo sentencia que los mayores buques de aquella famosa Armada figurarían hoy escasamente en tercera fila de la marina de Inglaterra…. Es decir que lo que era ingobernable por gigantesco para los españoles, resultaba calderilla para los superdotados ingleses, cuya exploración americana había estado tan fuera de su alcance, que optaron por delegarla a nautas itálicos y portugueses… desde tiempos de Enrique VII Tudor. Es decir, desde que se enteraron que América existía. A veces uno debe pellizcarse para no flipar si leyere a ciertos autores de aquella isla. Conviene no olvidarla como nación que inventó el autismo propagandista como la más rentable empresa de su parque temático. ¡Tan eficaz que ellos mismos se toman hoy en serio lo escrito por sus corifeos de antaño! ¿Qué canal de TV no emite documentales que cuenten logros Made in England por ella misma narrados y loados? ¿Acaso no estamos viendo su elefantiásica autoestima en el Brexit que se les avecina? Para Samuel Scott, el alabado artista que pintó la captura del Covadonga en versión inglesa, la desigual potencia artillera entre ambos barcos era detalle irrelevante. Para el Almirantazgo, y la claque nacional-anglicana, lo fue todavía menos. Lo importante a sus ojos era que el David anglo había vencido de nuevo a otro Goliat extranjero… español para más señas. No debía funcionar muy bien el recién implementado correo inglés de la época de Hume (1760), porque nuestro pensador tildaba a los astilleros ibéricos, inventores para el mundo de la carabela y el galeón, de  hacer barcos tan mal construidos y manejarse con tanta dificultad, que apenas podían hacer con ellos los mejores pilotos ninguna evolución… Pedantería supina de quienes antes de 1525 apenas habían vislumbrado la costa firme americana, cuando Elcano había ya regresado de su vuelta al mundo, y los portugueses consolidaban sus bases de China y Japón con aquellas mismas naos o sus variantes. Por esas fechas la navegación británica de altura estaba encargada a italianos (Caboto padre e hijo) o portugueses (Fernández Labrador y hermanos Corte Real), porque los ingleses, con su depurada ciencia marinera y sus ágiles cascarones, no se alejaban más allá de la longitud geográfica de las Azores. ¿Por qué? Simplemente porque desconocieron la navegación astronómica hasta entrar en contacto con los nautas italoibéricos. Y el gran Hawkins, de la generación posterior, lucía como joya preciada el Jesús de Lúbeck de 600 toneladas, botado en astilleros del Báltico y capturado junto al resto de su escuadra por la Armada de Barlovento en San Juan de Ulúa (1568), en ocasión que estuvo a punto de costarles la vida a él  y al joven Drake. Comprado a la Liga Hanseática por Enrique VIII, fue su hija la reina Isabel, quien se lo regalara como acicate del prototipo del porte deseado por la Corona. Recompuesto después de su captura por los españoles, acabaría sus días como nave merchanta al servicio del comercio veracruzano. Está visto que la investigación histórica desmiente patrañas fósiles… ¿lo veredes Sancho?.

 

El siglo de las luces iba a traer al Océano Pacífico las grandes expediciones científicas de la Europa ilustrada. Bougainville, Tasmán, La Perousse, Cook, Balmis, Vancouver, Malaspina, Bering, Bodega y Cuadra y tantos otros, contribuyeron a darnos noticia del gran Océano y sus gentes, hoy conocidas. Inglaterra hizo del Reino Unido de la Gran Bretaña la potencia dominante del siglo, con un desarrollo tecnológico e industrial sin parangón, que el mundo valora y le reconoce sin ambages. Arropada por su Segundo Imperio, llegaría a ser la primera potencia mundial del siglo XIX. El perro chico, habíase pasado de terrier a bulldog. Como potencia dominante, intentó ahormar la opinión mundial con su tentacular imprenta, cuando ya la prensa estaba alcanzando una relevancia masiva, articulando su parcialidad nacionalista y protestante en resguardo de su prestigio nacional. Todavía los EEUU no habían inventado su taylorización productiva, ni su rodillo propagandista había comenzado andadura visible. Pero ya la Gran Bretaña mostraba a su hijuela cómo exportar maneras de vender autoestima a los vientos.

 

Émulos de su maestra británica, iniciaron los USA una producción y marqueting capaces de motorizar la colonización del far west, el trazado de los ferrocarriles continentales, y la fabricación en serie de todo bien capaz de colmatar las carencias del Oeste. Ahíto de famélicos europeos de entreguerras, iba el Este a vender sus manufacturas a un Oeste poblado a catapulta con el sobrante campesino que aquella inmigración le proporcionaba. Y por si algo faltara, algún filón aurífero californiano vino a inflamar la cantiga del dinero fácil, inyectado ya en vena, desde los consulados yankis, a la menesterosa turba que acabaría desembarcada en Manhattan leyendo con la mirada aquel mundo desconocido. Quince millones de emigrados en medio siglo fue su resultado, con una taylorización a pleno rendimiento. La mano de obra europea del Este construía armas e implementos que los ferrocarriles, transportaban y entregaban de seguido a los expectantes colonos del Oeste. Esta premiosa demanda alargaba los caminos de hierro más y más hacia el Pacífico, mientras en el Este proliferaba la fabricación de rieles, máquinas de vapor, vagones,  ruedas, boogies, cambios de agujas, topes… pero también de aperos, alambradas, arados, bombas hidráulicas, molinos y armas, muchas armas, que animaban las finanzas del país. Un país cuyas tres cuartas partes se enredaba en una guerra de supervivencia: los indios en defensa de sus vidas, campiñas y tradiciones, los colonos atrapados en un medio hostil donde subsistir, frente a la agresividad salvaje de la naturaleza y los aborígenes. ¿Se han preguntado los norteamericanos de aquella catarsis, y quienes reventaron los diques de la caótica marabunta humana eufemísticamente llamada conquista del oeste, si los indios que aniquilaban a su paso eran dueños legítimos de la tierra que pisaban? ¿O si la suya era o no una guerra justa? Su revolutum de sectas protestantes cada cual con su credo, sus órdenes religiosas prohibidas o perseguidas por siglos, impidió asumir una salmantina ética humanista concreta. Prácticamente sin Dios ni Ley, se abatió sobre los territorios novohispanos de Texas, Nevada, Colorado, Arizona, Nuevo México, California y Oregón entre otros, un código visceral de apetitos, sincopado oportunamente por armas de fuego cortas y largas.

 

¿Sospechaba siquiera el Buffalo Bill Campeador lo que era una guerra justa contra los indios, fuera de las carpas, la bufonada circense, y los dólares que embolsaba?  Inconcebible hubiera resultado este planteamiento en el contexto del far west del siglo XIX. Tal duda habíase planteado en profundidad más al sur, cuando los papistas que habían llegado tres siglos antes, con la espada en una mano y la cruz en la otra, y un sentimiento trágico de la vida que Unamuno estudiase, pusieron a pensar a los sabios de Salamanca y el mundo, en un enlace concatenado de la ética aristotélica. Era época mercantilista, severa, creativa y pensante, llamada Renacimiento, y aferrábanse con su diestra a la cruz sus gentes, aunque doblaran mandobles a siniestra. Pero en el tópico far west privaba el todo vale del becerro de oro, siempre que rentase beneficio al interesado y a su comunidad. Las tablas de Moisés era un recuerdo ancestral de la famélica Europa, y la Religión un asunto privado. No lo pensaron entonces los predecesores británicos, ni lo harían posteriormente sus herederos yankis, que jamás se plantearon en conciencia la duda metódica del ethos indígena. Mientras transcurría este no pensar, la frontera oeste de sus plantaciones del Este, avanzaba implacable a golpe de colono británico contra las tribus del limes. Era una consecuencia vergonzante del comportamiento histórico de los ingleses en Irlanda desde Enrique II Plantagenet (1170), donde no existió tolerancia ni atisbo de integración con los gaélicos, seres inferiores, excluyentes, que había que segregar y exterminar. Tampoco existía esbozo de Ley que humanizara al indio en defensa de sus bienes, frente al proceso usurpador de tierras y vidas que sufrían, simplemente porque sus propósitos eran meramente económicos. Al principio, como minusválidos hijos pródigos de su Corona, los planters compraron aquellas tierras a precios dolosos, engañando a indígenas carentes del sentido de propiedad y del concepto monetario del valor de sus bienes. Más tarde consideraron que eran sus tierras apropiables, puesto que jamás habían conocido aquellos salvajes la propiedad privada: carecían por tanto de todo derecho a ella por no estar socialmente organizados. Finalmente, en la medida que el derecho británico progresaba, adquirieron la certeza de que por derecho de conquista, la soberanía territorial de las colonias era propia del Rey de Inglaterra e incompatible con la de jefe indio alguno. Y el Rey, concedía tierras a sus súbditos que debían apropiárselas y defenderlas. En todo caso fue siempre un enfoque meramente económico, con una repercusión ética e intelectual, si es que la hubo efectiva, infinitamente menor que en la España de siglos anteriores, aunque en determinadas etapas dejase ésta sentir su influjo salmantino.

 

Tampoco humanizaron este planteamiento sus herederos yankis. Ningún reproche se han hecho ante la Historia. ¡Todo lo hicieron bien, que envidia! ¿Cavilaron los embrionarios padres peregrinos de la América protestante sobre el indio como ser trascendente, salvo para condenarle al infierno por no estar predestinados al cielo por el Eterno Hacedor? ¿Que otra cosa que tratar de exterminarles y encerrar sus restos en reservas, para expulsarles de sus praderas ancestrales, hicieron por ellos sus hijos americanos? No más pavos compartidos ni melifluas Pocahontas del primer momento, que pronto vieron cómo se excluía y segregaba a sus etnias para tratar de exterminarlas. Comprendieron los indios el monumental engaño que les estaban vendiendo y se revelaron provocando una matanza de colonos. La contrarréplica inglesa fue demoledora y persistente en vidas y actitudes. Como en el caso irlandés, nunca  aceptaron mezclar su sangre británica con la india, ni integrar a los amerindios en su sociedad colonial. Solo la exclusión, la intolerancia y la segregación  fueron una constante de su actitud frente al indígena. De ahí la práctica inexistencia de mestizaje en las colonias y su heredera USA.

 

La actitud en Nueva España era muy otra, y en 1791 Alejandro Malaspina entra en la bahía de Acapulco con sus corbetas, dos pequeños barcos de guerra manejables, ligeros y rápidos. El cometido científico que trae su expedición, no eclipsa su olfato de sagaz marino y brillante militar. Viene bojeando la costa pacífica haciendo observaciones astronómicas, levantando mapas, tomando alturas, clasificando rocas y plantas, estudiando aves y peces, dibujándolo todo. Ingente labor iba a ser la suya, con más de setenta cartas náuticas levantadas, junto a cientos de catálogos colmados de dibujos sobre vegetales y minerales. Su expedición científica iba a ser la más completa que enviara nunca España, cuya monarquía dedicaba al desarrollo científico un presupuesto incomparablemente superior al resto de naciones europeas, opina el hispanista británico Fernández-Armesto en Nuestra América. Ninguna ciudad del Nuevo Mundo, sin exceptuar las de los EEUU, poseía establecimientos científicos tan sólidos y grandes como los de la capital mexicana, corroborará a su vez Humboldt tras dedicar su devoción y estudio a los ejemplares allí recopilados. La humanidad debe gratitud eterna a la Monarquía española por la multitud de expediciones científicas que ha financiado para hacer posible la propagación de los conocimientos geográficos, anotaría a su vez el sabio berlinés al comprobar la magnitud del trabajo cartográfico hispánico en el Pacífico… Pero, a fuer de sinceros, hemos de reconocer que la Monarquía española, no hacía sino repartir con sentido de Imperio, las riquezas mineras que los virreinatos del Perú y Nueva España le proporcionaban, porque las peninsulares tiempo ha que habían sucumbido.

 

Estricto cumplidor de su cometido, Malaspina sale de puerto a los pocos días rumbo a la costa norpacífica, donde buscará, infructuosamente, por expreso mandato del Rey, el paso del noroeste nombrado tradicionalmente como Anián. Visita el puerto español de Nutka, la bahía de Yacutat, el estrecho de Juan de Fuca y el fiordo del Príncipe Guillermo (seno costero del golfo de Alaska), tomando referencias orográficas que probarán la inexistencia del paso buscado. En el fondo, su preocupación capital eran los nuevos asentamientos rusos en Alaska, y su vecindad con Valdés, Córdova y otras dependencias árticas españolas, sin olvidar la amenaza latente de los traficantes ingleses y franceses que habían aprendido ya el camino de las pieles, tanto por mar como por tierra. Camino que había comenzado en Acapulco (1783) con un primer envío de 700 cueros de nutria marina, traídos por los barcos novohispanos que recorrían las misiones de la costa norte. Llevados a Manila en la Nao de la China, serían vendidos en Cantón, Río de las Perlas arriba. Repetida en el siguiente galeón la misma rutina con otras 1200 pieles, se estaba creando una nueva y fructífera ruta de comercio. Contra esta venta, se adquiría ventajosamente en Cantón azogue para las minas novohispanas, dejado en Acapulco por el propio Galeón de Manila. Con estos haberes regresaría Malaspina de Alaska unos meses después, para partir hacia las Filipinas y proseguir su científico empeño. A su marcha, arrancarán varias iniciativas científicas y militares a Nutka, Murgabe y otras dependencias hispanas del Pacífico norte, que él mismo había previsto hacer tras su corta y fecunda estancia en la base naval de San Blas.

 

Como complemento del viaje exploratorio de Malaspina, al año siguiente Juan Francisco de la Bodega y Cuadra, Comandante del Departamento Naval de San Blas, partiría hacia Nutka para entrevistarse con George Vancouver a dilucidar la soberanía de la costa entre Nueva España y el Canadá británico. Veinte años de estudio cartográfico de su departamento, habían fructificado en una colección de levantamientos que, desde las islas Aleutianas hasta la bahía de San Francisco, completaban el perfil de la costa norpacífica,  cuya posesión hasta Punta Gravina España reclamaba (1789). En recuerdo de la negociación y sus comisionados, la gran isla anexa a la región de Nutka quedó registrada en la cartografía oficial como Isla Quadra y Vancouver. Acabada su gestión, el limeño Bodega y Cuadra se retiraría de la pacífica trata, a la espera de las pertinentes consultas con los gobiernos centrales de las partes. Roto el Pacto de Familia con Francia a causa de la Revolución Francesa, España se retirará de la zona ártica frente a la nueva estrategia europea asumida por Madrid. La recién nombrada isla con el nombre de ambos adalides de la reconciliación, pasaría a conocerse como isla Vancouver por unilateral decisión inglesa que así la registró de facto, olvidando consensos previos. Nuevo matiz excluyente, destilado por un acíbar nacionalista de siglos, antipático hasta el hartazgo, muy lejano del fair play que proclaman sus farisaicos corifeos de oficio.

 

Por aquellos años había empezado a gestarse en la Corte de Carlos IV, la que sería conocida como Real Expedición Filantrópica de la Vacuna, gigantesca operación destinada a combatir la elevada mortandad infantil causada por la viruela en el Imperio español y en el mundo conocido. Liderada por el médico alicantino Francisco Javier de Balmis y Berenguer, iba a encontrar pronto eco en el propio Rey, que había perdido una de sus pequeñas infantas a causa de este mal. Como Cirujano de Cámara de Carlos IV e investigador de gran preparación científica y técnica, Balmis va a lograr sacar adelante su complejo proyecto, tras diez años de elaboración logística y técnica. En 1803 partirá la Expedición de La Coruña rumbo a las Canarias, el Caribe y la Tierra Firme; en tierras americanas se dividiría en grupos según áreas continentales previamente asignadas. Cada grupo, dirigido por un médico, además del cupo de niños inoculados portadores del virus activo, sus cuidadoras, y el personal subalterno médico y administrativo correspondiente, llevaba un Libro de Reglamentos, explicativo de protocolos, directrices y procesos a seguir. El Libro resultaba básico para el buen uso y apoyo de los médicos locales, una vez que la expedición hubiese tomado camino. Sólo médicos licenciados podrían administrarlo. Dirigida por el propio Balmis, la expedición llegaría un año después al puerto yucateco de Sisal. Mérida, Campeche, Veracruz, Jalapa, México, son las primeras estaciones novohispanas de aquel vía crucis filantrópico. El virrey Yturrigaray le recibirá en la capital sin protocolo alguno, alegando no haber recibido notificación de su llegada. La mala química de entrambos va a crear roces que entorpecerán el desarrollo de la vacunación en suelo novohispano. El médico alicantino, veterano conocedor de las prácticas medicinales en  Nueva España, habíalas ejercido allí en varias ocasiones y diferentes años, e investigado plantas que aplicar como tópicos remedios amerindios para diversas enfermedades europeas, la sífilis entre ellas. Conocía sobradamente las infraestructuras hospitalarias, educativas e investigativas del país, y por ello le reprochará al Virrey las pésimas condiciones de alojamiento asignadas a los niños portadores de la cepa viral madre: su tesoro más preciado. El ruido social capitalino generado por esta causa fue tal, que acabarían los muchachos aposentados en el Seminario diocesano.

 

En Ciudad de México, la doble tarea didáctica y práctica que requería la vacunación masiva en curso, sería repartida en cinco grupos a desplazar en puntos previstos del protocolo. Estas estaciones del supuesto calvario, serán las ciudades de Puebla, Oaxaca, Guadalajara, Zacatecas, Durango, Valladolid, San Luís de Potosí y las provincias interiores. Y su último paso,  Acapulco, de cuyo puerto iba a partir la expedición hacia Manila, Macao y Cantón en 1805, donde completaría un largo y humanitario periplo antes de regresar por el Índico a España. Considerada con el rimbombante léxico de su época, como uno de los grandes hitos de la humanidad, lo cierto es que en Nueva España dejó vacunados contra la viruela a más de 100.000 niños criollos. Era el primer éxito mundial de vacunaciones masivas en ultramar.                            

 

Otra expedición científica, esta vez la de James Cook, se considera hoy en amplios círculos académicos una estratagema, una añagaza británica aditiva, para comprobar in situ – sospechan los más – la idoneidad de las cartas robadas durante la ocupación de Manila, a la vez que propagar, como propios, los descubrimientos, de su dueño tal vez olvidados que diría el poeta, en ellas dormidos. Una carambola maestra. Pretextaban la conjunción astral del Sol con Venus y  su cruce sobre el disco solar, para objetivar las longitudes geográficas, asignatura del cosmos pendiente en aquella época. Y visos de añagaza tiene a ojos vistas hoy. Aquellos mapas, derroteros y cuadernos de bitácora, evidenciaban la existencia de la Terra Australis y el archipiélago de las Hawai, entre otras muchas islas referenciales del Lago Español, como la propia Tahití, descubierta por Pedro Fernández de Quirós partiendo del Callao siglo y medio antes, designada ahora para observar el fenómeno astral. Ordenes lacradas le conminaban, una vez terminada la observación, a dejar la isla y proseguir sin demora el plan de exploración previsto por el Almirantazgo. Albión en su cenit, debía hacerse perdonar su segunda asignatura pendiente en aquella parte del mundo: una ausencia secular de sus aguas, excepto para rapiñar logros hispanos desprevenidos, flotantes cuando no firmes.  Era el momento propicio para pasar de matute, una vez más, su cantado mutis histórico del concierto Pacífico, trocándolo en oportuno esplendor científico primero, emprendedor después. Con un trasfondo didáctico, se trataba de formatear de un plumazo la conciencia mundial. Había que borrar y abrir cuenta nueva de su omitida presencia histórica en el Mare Clausum Britanicum, como acertadamente lo llamara el chileno Vicuña Mackenna. Bajo el oportunista enroque planetario que Venus le brindaba, la Inglaterra científica aparecía en el Mar del Sur entre mediáticos atabales y apocalípticas trompetas. Y su éxito fue tal, que hasta hoy se desgranan sus letanías de entonces. Surgieron por todas partes imágenes con un Cook catalejo en ristre, acechando el cielo, oteando el horizonte, contemplando mapas, observándolo todo. Las máquinas impresoras multiplicaban revoluciones y estampados, y la imagen del teniente inglés, travestido en nuevo Galileo, cruzó rauda los continentes y los mares. Y los sigue cruzando, con su incombustible anteojo de prisma óptico. Pero su impostura descubridora del mundo pacífico leído en planos ajenos, iba a superar todo el ruido de fondo que arrulló sus viajes oficiales, pese a la discrepante, por discreta, opinión que siempre mantuvo al respecto el gran navegante de Middlesbrough.

 

  • Al regreso, tras la fortuita muerte del marino ingles, la expedición de Cook informará sobre los bancos de ballenas avistados en costas de la Alta California (1777), especie muy rentable en vías de extinción por aquellos años en el Golfo de Vizcaya. Los navegantes españoles hacía décadas que conocían esta presencia en el Pacífico Norte, desde Las Aleutianas y Alaska hasta la California Sur, detectada ya en sus primeras expediciones al norte de Oregón y la bahía de Yacutat. Pero nada habíales supuesto a sus balleneros, básicamente cantábricos, que gobernaban las campañas en aguas de Terranova desde la época de Colón, cuando menguaban ya sus avistamientos en el mar Cantábrico. El comportamiento de los cetáceos no pasaba desapercibido a quien surcase aguas californianas, donde hembras y ballenatos, se aproximaban curiosos a los barcos que las hendían. Los británicos estaban descubriendo con Cook, más que un mare nostrum español, otro punto negro, tan ignoto como el percibido sobre el disco solar, pero candidato sin duda a convertirse en nuevo espacio de luminoso comercio. Y las albricias plenaron los diarios de la época. ¡Cook descubridor en el Pacífico! Noticia que iban a magnificar los medios impresos de la metrópoli.

 

Los balleneros británicos, ajenos a toda conjunción astral, diplomática o no, doblarían el Cabo de Hornos pocos años después, en busca del cacareado cetáceo. En 1789 constatarían los guardacostas de Acapulco, los primeros avistamientos de sus barcos en aguas de Nueva España. Se trataba de naves europeas y americanas que complementaban pesca y contrabando, bajo amagos histriónicos de balleneros en tránsito. De nuevo salía a escena el consabido coro matutero con marchamo inglés. La eterna impostura de Albión. El contrabando resultaba un provechoso complemento del aceite de ballena que negociaban en Europa, junto a las pieles de nutria y foca que pensaban vender en Asia. El largo y costoso viaje desde Inglaterra y vuelta, lo compensaban vendiendo productos sin control por las costas del Pacífico hispano. Nuevos Jenkins de la falacia y el tapujo, buscaban apartados puertos del norte o sur del Pacifico, donde trasegar mercancías off the record. Otros en cambio, de matute más profundo, aprovechaban la campaña de invierno para vender en China las pieles negociadas con los tramperos indígenas.Figura 9: Costas balleneras de Nueva España. Tomado del Planisferio del Autor

 
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Contexto Histórico de Acapulco – II

Figura 2 a: Techo de la palapa filipina

 

En esos escasos 20 años de proyección marinera de Cortés, la puebla de Acapulco ha ido agrupando al poniente de su bahía, un rancherío indígena, en el que confluyen marineros, pulperos, artesanos, arrieros y negros libertos, que se ocupan del trasiego y comercio de las mercancías que diariamente abastecen el puerto, sus astilleros y sus gentes. Uno de estos negros libertos fue Juan Garrido, el guapo Garrido, al parecer un liberto emprendedor donde los hubo, a juzgar por el número de documentos virreinales contemporáneos que le citan,  comprando bozales y esclavos indios en las encomiendas, o yendo a la guerra contra los chichimecas de Jalisco, entre otros muchos lances. Por Acapulco y su provincia pasó a la búsqueda de yacimientos de oro y plata, rodeado siempre de una troupe multirracial de colaboradores. Buscó minas de oro en Mezcala y aledaños, lo que años más tarde se conocería como Cinturón de oro del río Balsas o prolongación de las cuencas mineras de Taxco, al parecer sin mayores consecuencias. Sabemos que el negro Garrido acabaría sus días en ciudad de México, como un hacendado más de méritos probados. En general, los primeros negros y mulatos llegados a Nueva España, se esparcieron por doquier, ya fuera costa Sur o el resto del virreinato, como servicio doméstico de familias españolas que iban asentándose. Manumitidos en gran medida tras la muerte del pater familia, fueron nutriendo los oficios del sector productivo básico para el desarrollo virreinal. Al puerto acapulqueño acudían cimarrones y libertos de oficios relacionados con el mar, como carpinteros de ribera, calafates y cordeleros. Húbolos también dedicados al comercio, especialmente los huidos de las minas de Taxco, tras el abandono temporal de algunos filones poco productivos.

  La escasa tradición marinera de estos hombres, adquirida a base de completar inconclusas tripulaciones de cabotaje y pesca, iba conociendo a trompicones el arte de navegar. Como en los viejos puertos de Europa, aprendían corrientes y signos meteorológicos a base de retruécanos, viejos refranes y burdos pareados, relativos al color del cielo o del mar, el aspecto de las nubes, el vuelo de las aves, la súbita ausencia de peces… desdramatizando el inevitable costo de fortunas y vidas que el duro prendizaje imprimía. El propio Cortés, estratega de milicia terrestre, frecuente vecino de un barracón del pequeño seno arenoso de la bocana conocido hoy como Playa del Marqués, participaba en la construcción de los barcos que le servían de guía e introducción en el capítulo naval de aquel mundo avocado al mar. Desde allí centraliza, vigila y ordena expediciones costeras, alguna de las cuales compartiría a bordo. Aprende los secretos constructivos de las naves, y trae carpinteros de ribera y herreros peninsulares, muchos de los cuales van a crear escuela entre jóvenes mestizos, negros e indígenas, curiosos de las nuevas técnicas a la vez  que futuros soportes técnicos del astillero en décadas sucesivas. Potencia de forma indirecta una incipiente navegación de cabotaje con los puertos de San Blas, Zacatula y Tehuantepec, y otros puntos de la costa guatemalteca. Con el fin de consolidar la infraestructura de esta naciente actividad, en 1550 el propio Virrey Mendoza envía desde México 30 familias españolas y mestizas, lideradas por Fernando de Santa Anna como regidor titular del Cabildo de ciudad histórica, que Carlos V le acaba de otorgar. Como Alcalde Mayor de Acapulco, alcanzaría una cierta relevancia en el orden establecido en su provincia. Dada la especial circunstancia del enclave acapulqueño, la consolidación ciudadana tratará de arraigar de facto una comunidad humana estructurada y sólida. Multirracial, definida e identificable, en concepto del virrey. El modelo social buscado era piramidal, con una mano de obra masiva capaz de subvenir al mantenimiento del puerto y la ciudad, con suministros y policía propios, aglutinada en torno a una autoridad de mando supra – municipal y su cabildo. Bajo este inicial intento, se levantará una humilde  iglesia parroquial de madera y paja dedicada a la Virgen del Carmen, para más tarde serlo a la Virgen de la Soledad, destruida por terremotos y vientos huracanados mil veces a lo largo del tiempo, pero reconstruida otras tantas en el mismo solar y los mismos medios. Unos años después se establecerá un hospital atendido por frailes agustinos, siguiendo la Real Orden dada por Carlos V tres décadas antes, para que las ciudades portuarias tuvieran todas hechas iglesias y hospitales y atarazanas, y otras cosas que convenían…  En 1584 son los hermanos hipólitos dedicados a la atención de los pobres y enfermos, orden autóctona también llamada de los hermanos de la caridad, quienes se hacen cargo de estas instalaciones con la obligación de atender a los mílites de la Guardia Real del puerto, y a los tripulantes y pasajeros de los galeones. Desde entonces se le empieza a conocer como Hospital de Nª. Señora de la Consolación, aunque más tarde se le recordará como Hospital de San Hipólito, donde tendría cabida todo menesteroso local o transeúnte. Hecho de madera y paja, iba a perecer diez años después pasto de las llamas. Reconstruido con dinero de la hacienda virreinal, pasaría a llamarse Hospital Real hasta su desaparición dos siglos mas tarde. En 1607 fundarían los franciscanos el convento de Nª Señora de Guía, hospital de beneficencia incluido, que hasta 1632 era atendido por los propios frailes, para serlo más tarde por los hipólitos. Para finales del siglo XVIII, serían los médicos de la Real Armada quienes, junto a los propios religiosos de aquella orden, atendieran a la menesterosa grey cobijada en sus dependencias. Este trasiego de órdenes religiosas, como garantes del funcionamiento de la sanidad pública, nos habla claramente de las dificultades habidas para mantener en todo tiempo un servicio continuado de caridad en Acapulco, con sus puntuales sístoles humanas de feria y diástoles prolongadas de vacío poblacional.

  Su punto de despegue como puerto clave del Virreinato, ocurre con la llegada de Andrés de Urdaneta desde Manila (1565), a bordo de la primera nave capaz de retornar desde las Filipinas al continente americano. Habíase embarcado el cartógrafo vasco como bisoño pilotín de la expedición de Loaysa y Elcano rumbo a la Especiería (1525), y su estancia en las islas del poniente habíale servido para comprobar la imposibilidad del retorno directo a Nueva España, siguiendo el Trópico de Cáncer e inmediatos paralelos. Embarcado por mandato real en la expedición novohispana de López de Legazpi a las Filipinas, el ya enclaustrado monje agustino, permanecería allí confeccionando pacientemente la cartografía insular, anotando experiencias y saberes de navegantes malayos, chinos y japoneses que al comercio de Manila acudían periódicamente con sus juncos y shampanes. Navegó luego con Felipe de Salcedo  (nieto de Legazpi) hacia el norte, hasta encontrar los contralisios y la irisada corriente de Kuro-Shivo con sus nocturnas pizcas luminosas y su poderoso flujo, suerte de lanzadera hacia las costas del norte californiano. La alternancia de corrientes marinas frías y cálidas, los vendavales y tifones del Mar de la China, la caída y entablado de alisios intermitentes, el comportamiento no contrastado de las agujas de marear por aquellas latitudes, el cálculo exacto de longitudes, el trimado de las velas y su doble impulsión forzada (hoy conocida como Efecto Ventury), su cosido tradicional de costuras, gratiles y balumas,  eran incógnitas que dificultaban el mantenimiento de rumbos previos, provocando fuertes derivas en las  derrotas y posición geográfica errada en las estimas de los primeros galeones que navegaron a leste por aquella ruta ignota. A partir de este suceso la Casa de Contratación de Sevilla por orden del Rey, iba a realizar un inestimable esfuerzo científico en el diseño y construcción de naves y velas para estas altas singladuras del Pacífico Norte. Volvía a repetirse la encrucijada histórica del Infante Enrique el Navegante en Sagres, cuando preguntado por Alfonso V de Portugal sobre cómo llegar al Índico desde el Atlántico, solo alcanza a murmurar: Pero si aún no sé qué barcos construir ni por donde deberán ir… Ante similar coyuntura, entonces y ahora, no cabía sino impulsar el estudio de la Cosmografía en sus facetas de astronomía, arte de marear y cartografía, junto a los conocimientos sobre datación de longitudes y declinación magnética, concienzudamente supervisados por el Piloto Mayor de la entidad sevillana antes de ser plasmados en el Padrón Real. Este experimentado profesional con su equipo, era el  encargado de examinar y graduar pilotos y censurar las cartas e instrumentos necesarios para la navegación de altura, antes de ser facilitados a los pilotos. Creada por los Reyes Católicos en 1503 en el Alcázar Viejo de Sevilla, era la Casa de Contratación entidad del máximo prestigio y nivel naval de Europa, que había contado entre sus primeros censores históricos a Américo Vespucio, Sebastián Caboto, Juan Díaz de Solís, Juan de la Cosa o Antón de Alaminos. Pronto serían adscritos los nuevos conocimientos técnicos a naves con velámenes adaptados al régimen de los vientos norpacíficos. Afinarían con ello ostensiblemente sus derrotas, a la vez que acortaban en más de un mes las singladuras necesarias para avistar, muy al norte de la latitud de Acapulco, las costas californianas del Cabo Mendocino. A lo largo de ellas con rumbo  sureste,  rendirían viaje en la ansiada rada de Acapulco, siguiendo estrictamente la ruta de Urdaneta y Salcedo por varios siglos. El “tornaviaje”, intentado sin éxito hasta entonces, perdía así su hálito mortal de salto circense, para convertirse en el fiable camino de retorno que precisaba la navegación novohispana. El Navegante del Pacífico Norte, conocía ya por tanto, barcos precisos y derrota a seguir, para rasgar confiado las nieblas de aquel mar de cerrado añublo.

  Dos meses antes de este acontecimiento, el maltrecho patache San Lucas de Alonso de Arellano pilotado por Lope Martín, dado por perdido durante una navegación nocturna de la expedición de Legazpi, había inexplicablemente logrado llegar a San Blas. Siguiendo un balbuciente cuanto aleatorio derrotero oceánico rumbo leste, tras incansable pesquisa de corrientes desconocidas y alisios inexistentes por las bajas latitudes que transitaba, quiso el azar serle favorable a su empecinado regreso. Novohispanos de pura cepa, con inequívocas expresiones y modismos del habla criolla registrada en los escritos que a su causa judicial siguieron, pudieron contarlo, pero no explicarlo. El Cielo, aseguraban, había determinado su retorno y sus vidas. Débil fue la repercusión de esta grandiosa hazaña en el Virreinato, pese a constatarse como la  primera navegada que retornaba desde las islas del poniente. La explosión Urdaneta deslumbraría poco después, con su fulgor de siglos, el firmamento histórico de la navegación a vela en el Pacífico.

 El cosmógrafo agustino había proclamado la superioridad de Acapulco sobre el resto de puertos novohispanos del Pacífico. El hecho de que Zacatula, en el delta del río Balsas, tuviese una orografía plana, barrida por todos los vientos, e incierto y mutante calado aluvional por los arrastres del río, se unió al rechazo de otros surgideros con barras peligrosas en sus salidas abiertas al mar. La abundante madera de los bosques acapulqueños, su fácil transporte laderas abajo hasta el mar o su astillero, y sus verticales cantiles de profundo calado sin peñascos, fueron sin duda factores determinantes en el criterio selectivo del sabio fraile. Convertido de facto el puerto de Acapulco en el término comercial de la navegación de oriente, Felipe II le asciende al rango de ciudad, para más tarde confirmar su estatus como único enclave comercial del Imperio para negociar directamente con Asia (1570). Manila-Acapulco llegaría a ser la línea de navegación más duradera de la historia, con una vida activa superior a dos siglos y medio. Desde 1565 hasta la extinción del Virreinato, iba a recibir una o dos veces al año el Galeón de Manila o Nao de la China, como la conociera el vulgo novohispano. Galeón de Acapulco para los manileños y Carrera de Filipinas para la Corona. Con su salutación de rutinaria salva de cañonazos, entraba el galeón cada diciembre en la bahía acapulqueña, siendo respondido desde el fuerte con otros tantos pacos de bienvenida. Entre julio y agosto, partía el galeón del puerto filipino de Cavite, a veces con registros de más de 2500 toneladas de carga. Tras cinco meses de navegación, arribaba a las costas californianas a la altura del Cabo Mendocino, largando anclas en la bahía de Monterrey y posteriormente en Manzanillo (Colima). En sus abras hacía el galeón aguada, y enviaba desde la última un aviso por relevos a la capital, anunciando su próxima llegada a destino. Y en ambas, andando el tiempo, comprarían los cítricos que venían a ofrecerles los indios de las misiones franciscanas, para combatir el escorbuto. Los mismos indios que fueran encargados por más de un siglo de llevar a la carrera la buena nueva hasta México. Era entonces cuando las autoridades del galeón extremaban su vigilancia a bordo, en especial por las noches, evitando fueran largados por la borda fardos fuera de registro, prestamente recogidos flotando por boteros avisados. Por razones del contrabando, se prohibieron las comitivas jubilosas de canoas, botes o embarcaciones menores, que salían fuera de la bocana para recibir y acompañar al galeón hasta su fondeo en Acapulco. Al arrimo de cornetas, silbos y entusiastas escopetazos al aire, la picaresca hispana brillaba en estos casos en plenitud de facultades… vaporizando en instantes cuanto matute llovía por la borda

  En tierra, las jubilosas campanas de México, Taxco y Puebla, volteando a rebato, borbotaban el regocijo de las gentes como alegre premonición de la Navidad. Anunciaban de hecho la salida de marchantes y comisionados que, tras un viaje de 15 días, llegaban a tiempo de iniciar la feria más renombrada del mundo (Humboldt dixit). El galeón abría entonces sus bodegas, y ofrecía lo más exótico de la mercadería asiática: camisas de nipiz, medias de seda, telas teñidas, especias, alfombras persas, damascos, perfumes, abanicos, porcelana china, objetos de laca, labras de marfil, pasamanería… El universo de los mercados chino, malayo y japonés, incluso indio de Madrás y Calcuta, que en Manila se negociaba desde generaciones anteriores, y ahora en Acapulco se distribuía por carpas y garitos desparramados, los llamados puestos de la campa de La Planchada, que el gentío abarrotaba. Sin olvidar el humano contingente migratorio de filipinos, chinos y malayos, que cada Galeón de Manila vomitaba, y que el Nuevo Mundo acogía con los brazos abiertos a su laboriosidad, y la convicción de que no regresarían jamás al suyo, dejando su necesaria valía en este. Con sus atuendos y costumbres acabarían imprimiendo su peculiar sello al paisaje, a la arquitectura popular, a la cocina, al donaire femenino y hasta al folklore, tanto de Colima como de algunas ciudades de los caminos reales. En la Acapulco del siglo XVII, la colonia de filipinos, malayos, japoneses y chinos llegaría a ocupar el 25%  de una población cercana a los 1000 habitantes, en un ius revolutum de pardos, mulatos, indígenas, negros, blancos, asiáticos y mestizos. Su deriva humana hacia la capital del virreinato, iba a dejar rastro ostensible en sus vistosos puestos de parián (mercado, en tagalo), en especial el siempre concurrido de la Plaza Mayor de México, además de los de Taxco, Puebla, Saltillo y otras ciudades del camino, presididos siempre por la ceremoniosa cordialidad de sus dueños.

Figura 3: Un marfil chinesco de la Virgen de Guadalupe llegado de Asia

  Los primeros contingentes masivos de filipinos, se establecieron en los valles de Colima al arrimo de los cultivos de palma de coco, que Álvaro de Mendaña (1569) trajera desde las islas Salomón, de paso a su regreso al Perú. Y prolongados hasta Zihuatanejo y Manzanillo mediante un continuo trasiego mercantil vía Panamá, y su enlace permanente con Lima Callao. Prontamente sus pobladores, mayormente peninsulares, extendieron las plantaciones y transformaron sus jugos con mano de obra filipina, experta en cocoteros y sus licores derivados. Estos llamados indios chinos, trajeron de su isla de Samar la bellísima y sorprendente palapa, suerte de choza con techo de sombrilla sin mástil central, que puede admirarse hoy reproducida en cualquiera de las playas turísticas más selectas del mundo. El hecho de precisar varias personas para suprimir su percha maestra, una vez concluido su circular techo de palma, contribuyó a propagar su singular montaje y su técnica constructiva entre otras etnias que laboraban los cocotales, y que con frecuencia eran requeridos para echar una manita con la palapa. El poblado pescador de Salinas de Santa Cruz en Oaxaca, marcaría el límite geográfico de esta singular choza de palma. Pero no solamente la arquitectura costera asumió la influencia filipina, sino su gastronomía con dulces de coco, pulpas de tamarindo enchiladas o el mango traído de Luzón. La vestimenta filipina aportó a los varones el sombrero alón, tradición hoy de los mariachis, y la guayabera, arraigada en toda la América hispana; el rebozo, heredero de los chales y mantones de Manila, se incorporó al tradicional atuendo de la mujer mexicana… como en la chulapona madrileña su mantón, aunque ocurriera esto más tarde.

  La feria era una tradición netamente arraigada en las culturas hispana y azteca, y su desarrollo tras siglos de cultura mixta, un hecho. El Galeón de Manila suponía la chispa necesaria para percutir la gigantesca traca de las ferias novohispanas que empezaban por Acapulco. En épocas de arribada, la ciudad de México con sus cien templos, hacía sonar las campanas cada anochecer en rogativa por la feliz llegada de la nave filipina, tras una navegación de meses por latitudes norteñas, que sabían tensa y peligrosa. Y tras la de Acapulco, la feria de Saltillo, punto de encuentro de mercancías que por el Camino de Tierra Adentro llegaban de o se iban a Nuevo México, Texas, Coahuila, Chihuahua, Durango o Zacatecas, para juntarse con telas de China, caldos de La Mancha y Andalucía, y la cochinilla de Oaxaca. Acudían los muleros capitalinos al acontecer anual de Acapulco, con sus reatas enjaezadas con vistosos ornamentos rojos, sobre unos arreos y aparejos tachonados con remaches de cobre y espejuelos, collares con campanillas, y penachos de cimbreantes plumíferos. No menos llamativos resultaban los mercaderes, cabalgando en grupos por el camino de la feria, sobre lustrosos corceles con bridas, bocados y estribos de oro. Escoltados por un séquito de jinetes bien chulo, que aportaban al itinerante espectáculo, además de empaque, tramoya y andaluz tronío, la seguridad de las personas y la garantía del dinero ferial para los pagos.

  Tras mes y medio de mercadeo en los terrenos de La Planchada, los comerciantes desmontaban sus tenderetes y abandonaban la ciudad, en una rutina repetitiva al darse el evento por concluido. Pasada la fiesta mercantil, los tratantes  del interior regresaban a su habitual ocupación, y la población flotante de Acapulco, que tras cada hégira dejaba su poso humano, aparecía como gente de color, especuladora y minorista de productos segregados de la feria. Entre ellos, no era el alquiler de  habitaciones el menor, muy protestado siempre por la insalubridad del clima, la mala calidad de los albergues y la carestía de su pago adelantado. Eran estas habitaciones, no otra cosa que las casas circulares de madera y zacatán conocidas como el redondo, típicas de los mulatos y pardos, que rentaban a los tratantes durante la feria. Como contraparte humana, flotaba en el ambiente una variopinta y colorida hueste de feriantes, recitadores, prestidigitadores, echadoras de cartas, indios danzantes, y músicos solitarios o en tropel, que conformaban en su derredor corrillos a los que pasaban la gorra. Aparecían también entre el gentío, franciscanos que pedían limosna para su convento, hermanos que lo hacían para su Hospital y brujos indígenas que remediaban males del alma y del cuerpo, inmunes a la inquisitorial hoguera por mor de las Leyes de Indias. Sin olvidar a los negros vendedores de pócimas que todo lo curaban y adivinaban, maldecían o cuestionaban, junto a santeros con sus patronos, vírgenes sincréticas y ángeles negros o espíritus demoníacos. Y como colofón de fiestas, las carreras de tortugas o las emocionantes de caballos por parejas, que mulatos y mestizos montaban en la playa con sutil equilibrio sobre sus raudos corceles, capaces de arrancar gritos de admiración al público. Parejos corrían los reales de a ocho apostados, extraídos de alegres faltriqueras, que aquel improvisado circo soliviantaba.

 Trincada la proa en sus ceibas de siempre y fondeado a barbas de gato por popa, aguardaba somnoliento el galeón su partida, en un área de escollera acotada por severa vigilancia. Bien para limpiar fondos y carenar en otras gradas, o para su nueva singladura oceánica, allí reposaba el navío unas semanas tras su próximo avatar marino. El control de salidas y entradas de personas o cosas era estricto para evitar matutes. Las semanas previas de su partida a Manila, los botes del puerto traían toneles, pipas de aguada o leña primero, víveres después, para finalmente embarcar los cajones de la plata del situado virreinal y el dinerario del comercio. Terminado el estibado de bultos, tomaban los pasajeros su posición asignada, y con la entrada del correo, se daba por finalizada la espera del galeón. Sueltas amarras y anclas a la pendura, enfilaba el navío la bocana del puerto entre órdenes voceadas, toques de corneta y silbo, y los consabidos cañonazos de cortesía del fuerte San Diego. Cuando la calma entorpecía la maniobra, eran los bogas en sus botes portulanos, los encargados de sirgar el barco hasta la Playa del Marqués, donde entraba ya la brisa marina y portaban sus velas.

 Terminada la feria, cada febrero o marzo, partía la Nao de la China rumbo a Manila, con más de un millón de pesos en cajones precintados de moneda y lingotes estibados en su vientre. Desde la Ceca hasta el puerto de Acapulco, pesadas carretas se habían encargado de transportar aquellos cajones de madera repletos de fiducia. Los del comercio, para el pago de mercaderías adquiridas en los bazares manileños. Los del situado virreinal, para cubrir los sueldos anuales de militares, funcionarios y obras de la Capitanía filipina. Otras cajas y fardos con grana, cochinilla, añil, tintes, tejidos y loza novohispanos, o herrajes, vinos, telas y aceites españoles, habían ido llegando en largas reatas de mulas, hasta colmatar las bodegas del navío, alcanzando a veces la astronómica cifra de 1200 toneladas de registro bruto. Cada mula portaba una carga de 130 a 200 Kg, que era el peso reglado para mercancías que las bestias podían transportar sin sufrir dificultades. Al final del Camino de Acapulco, unas Garitas de acceso al recinto ciudadano, controlaban el pago de aranceles y el correspondiente paso de las mercancías hacia la Planchada y su embarcadero. Eran estas garitas construcciones de una sola planta, que servían como dependencias de revisión y registro de las mercancías en tránsito, cobro de arbitrios y depósito temporal de los bienes retenidos en garantía de pagos pendientes, además de vivienda y corral anexo para los aduaneros y sus familias. Era la última salvaguarda del control fiscal contra el contrabando y la estafa, que aureolaban los puertos de Indias. No mucha mercancía, ciertamente, vino a cargar el galeón durante ciertos años de crisis manileñas, pero nunca faltaron los pelucones y lingotes de plata para el comercio y la administración de la Capitanía General de Manila. Humboldt cuenta que el galeón de 1804 llevaba para Manila sesenta y cinco misioneros y añade que por eso los acapulqueños decían que últimamente la nao de la  China solo lleva plata y frailes

 Un destacamento de escopeteros a caballo, y una intendencia india que facilitaba la alimentación de la comitiva, complementaban la marcha capitalina. La intendencia negociaba sus viandas en los poblados indígenas del camino, y acompañaba a los muleros que portaban los cajones desde la Ceca capitalina, a lo largo de las 111 leguas del sinuoso Camino de la China.  Era una suerte de catering del que los nativos sabían sacar partido en beneficio propio. Abastecían a los escopeteros en custodia del puerto hasta acabada la estiba del navío, que al hacerse a la mar, absorbíalos como fusilería de a bordo, ángel protector del galeón hasta Manila. Momento en que los indios intendentes regresaban a sus pueblos. Dieciséis mil kilómetros y más de tres meses de navegación le aguardaban al galeón hasta Cavite, puerto receptor en la Bahía de Manila. Arrumbando al sur desde su salida, pronto viraba al güeste para navegar entre los paralelos 10 y 12, remontando ligeramente unas semanas después entre los 13 y 15 hasta las Marianas. En Guam tomaba aguada y leña, y tras efectuar los ajustes precisos, enfilaba por el estrecho de San Bernardino hacia Manila, para rendir el fin de viaje en el puerto de Cavite, entre nuevas salvas de cañón y el rebato de campanas de la capital filipina.

Figura 4: El Camino de la China o Camino de Acapulco

 Nunca el Camino de la China llegó a tener puenteados todos sus pasos fluviales. Los más de los ríos se vadeaban a pie o se cruzaban en balsa, siendo escasos los puentes de mampostería que tardíamente se levantarían para amoldar o ceñir quebradas. El río Amacuzac era la primera vena fluvial que desde Ciudad de México cruzaba el camino por su vado de Huajintlán, al sur de Cuernavaca. Cuarenta leguas adelante eran las riberas del río Balsas quienes lo intersectaban, ofreciendo en época de lluvias un amplio cauce de poderosa corriente cuajada de remolinos. Tradicionalmente, el mundo indígena había cruzado este raudal sobre balsas, cuyo nombre los conquistadores acabaron adjudicándoselo al propio río. Se trataba de encimeras flotantes sostenidas sobre grandes calabazas secas, enlazadas a su vez por un entramado de cañas y fibras vegetales que compactaba el conjunto. Manejadas con pericia desde sus esquinas por 4 fornidos braceadores, eran empujadas las balsas hasta alcanzar la orilla opuesta, mientras la corriente las arrastraba cientos de metros  cauce abajo. El esfuerzo era notable, y el cobro del servicio lo era aún más. Pero la siempre celosa Audiencia de México, no enarbolaba aquí y ahora Ley de Indias alguna, para no incomodar a los nativos de Mezcala, y ahuyentar un lucro que tradicionalmente se habían auto-asignado mediante peaje por pasar recuas y viajeros al otro lado del río. Esta operación se volvía delicada cuando el trasiego era de escoltas con sus jinetes armados. Conocedores estos centauros del sutil trance que encaraban, apostaban su menguante hueste en la ribera, en tanto la creciente caballería pasada a la otra vera, iba tomando análoga actitud. En paralela vigilia de personas y bienes, completábase el integral encuentro de custodios y custodia en el ribazo de enfrente. Cada jinete, colocada su silla en una balsa, se dejaba conducir montado en ella por los indios a la orilla opuesta, en tanto que el caballo, sujeto por las riendas, era obligado a nadar tras la balsa de su dueño. Penosa y lenta operación, extensiva a las reatas de mulas y sus arrieros, pese a lo cual eran mínimas la pérdida de mercancías y desgracias personales acaecidas, dada la destreza y el arrojo de los indios mezcaleros. Esta misma rutina fue empleada por dos siglos al paso del río Papagayo, hasta que fuera construido el puente de once ojos sobre su lecho fluvial (1785). Fueron durante ese tiempo sus carontes indígenas locales, cuando no llegados del Balsas, afincados en las aldeas de los Pozuelos y el Camarón, o a la propia vera del río. Tampoco tuvo la Audiencia de México vela que tomar en este entierro. Sus indios no protestaban por el incumplimiento de las Leyes Reales que supuestamente les protegían del excesivo esfuerzo. Lo de la protección del indígena contra los abusos del conquistador les parecía muy bien, pero ellos preferían la plata que el negocio les reportaba: tiempos renacentistas también para los naturales, y posterior reconocimiento legal del trabajo remunerado en las Indias... La última corriente fluvial tajaba, además del paternalismo buenista de Las Casas,  el paso del camino a 20 leguas de Acapulco. Enclaustradas las aguas en un cañón de 17 varas (14 m aprox.), aparecía como labrado por la erosión fluvial en medio de un dilatado lecho ocho veces mayor. De vena rápida y profunda, era de fácil acometida cuando no bullía fuera de madre por las lluvias equinocciales. Porque cuando tocaba lluvias, nadie osaba retar las aguas del Papagayo.

 El pasaje del galeón en su regreso a Manila estaba compuesto generalmente por reclutas nativos, comerciantes, clérigos, comisionados y algún que otro punto filipino, léase delincuente desterrado por los jueces a las islas del poniente. Castilas, al decir de los isleños occidentales, que no eran sino pura criollez novohispana de suaves decires, en contraste con el recio hablar de los castellanos, que sus oídos orientales parecían no percibir con matices. En 1590 partirá otro castila más: el franciscano Felipe de Jesús, primer santo novohispano canonizado por Roma, que moriría crucificado en Nagasaki, el Japón de los shogunes, al año siguiente. El mismo hermético Japón que iba a comisionar su primer embajador a Nueva España unos años más tarde.

 Desde Acapulco se van a generar dos rutas comerciales, abastecidas por el Galeón de Manila. Una continental, el Camino de la China hacia MéxicoVeracruz y regreso; otra marítima del Sur, hacia el litoral peruano y los puertos chilenos. Pese a lo sinuoso del Camino de la China, los poblados de Acapulco y Taxco  irán convirtiéndose poco a poco en centros económicos importantes de la ruta continental, con un tránsito diario cercano a las 1000 mulas que llegan o salen de sus pueblas en tiempos de feria. Cientos de arrieros y sus acémilas de refresco, serán los verdaderos galeones terrestres, que transporten el metal de las minas norteñas y las mercaderías de oriente u occidente. Por el camino del mar, Acapulco expedirá todos los años cuatro o cinco naos con destino a Guayaquil, Callao y los puertos sureños, además del tradicional cabotaje hasta Guatemala y las  Californias. La dura remontada de la corriente del trópico desde Guayaquil a Tehuantepec, que quintuplicaba el tiempo empleado en sentido inverso, iba a poner un límite a estas transacciones entre ambos virreinatos hispanos. Uníase a ello ciertas solicitudes proteccionistas del comercio sevillano, que Felipe II traduce en real orden que veta el comercio directo de Acapulco con el Virreinato del Perú.

 De los galeones del Mar del Sur, uno había que era especialmente vulnerable por lo apetecible de su valiosa carga: el Galeón de Manila. Nave de poderoso arqueo, esmerada hechura y maderas combinadas, abastecida en Acapulco con plata novohispana, era codicia obsesiva de piratas y corsarios, pero escurridiza presa, furtiva en la nada, arisca y exiguamente cartografiada, del Océano Pacífico. Dado su consciente papel de emisario enjoyado, rehuían por principio los galeones toda confrontación bélica, pese a su aceptable poder de fuego artillero y fusilero, que por circunstancias defensivas hubo de incrementar con el tiempo. En caso de  encuentro hostil, era prioridad de sus capitanes darles andar a todo trapo como reflejo condicionado que priorizaba el salvamento de su carga, aunque su arrancada no fuera habitualmente presta, sino tarda, en razón de unas bodegas siempre lastradas a tope. Cada año zarpaba el Galeón de Acapulco, poniente adelante a través del piélago infinito, en una navegada de 7000 millas que había de durar casi tres meses. Y tras tomar aguada, chiles y cobijo en la ensenada de Umata en Guam (Marianas), cerraba destino en la bahía de Manila, otras mil quinientas millas avante. Pronto fue conocida la eficacia del chile como remedio contra el escorbuto, y diseminado su cultivo entre nativos de las Filipinas y Marianas como apoyo de navegantes y viajeros, que lo pagaban a buen precio.  La derrota del galeón era secreta, y rudimentaria la cartografía comparada de aquellos mares hasta mediados del siglo XVII. Realmente desconocida por los enemigos holandés e inglés de la época, que raramente se aventuraban por las inmensidades pacíficas vacías de islas, de gentes y de mapas. En cambio, la existencia del chile era bien conocida por la gente de mar novohispana, que frecuentaba su compra a los nativos de las islas Marianas y Carolinas, concurrentes espontáneos de las playas con cada vela que se aterraba.

 La consolidación de la Carrera de Filipinas en el Pacífico y su enlace con la Carrera de Indias en el Atlántico, a través de los puertos novohispanos de Acapulco y Veracruz articuló la primera correa de transmisión económica y cultural a escala planetaria. Fue sin duda Nueva España la principal beneficiaria, pero también la que más aportó. Tanto en infraestructura operacional como financiera. Una parte vital de ese aporte lo constituyeron los más de 400 millones de pesos de plata que invirtió en el mercado de Manila mientras duró su galeón. Esta correa de transmisión forzó no solo la cadena productiva del Virreinato, sino su ingenio y creatividad. Pronto las manufacturas que llegaban de China o España empezaron a ser reproducidas por menestrales mestizos para consumo local. Incluso llegaron a venderse en Oriente u Occidente como originarias del occidente u oriente. Sin olvidar las sedas, marfiles y porcelanas que prestamente imitaron los artesanos criollos para abastecer un mercado continental que se alargaba hasta Chile. Pero aquel tornillo sin fin que trasegaba productos como por un tubo a través de dos océanos, no solo cargaba mercancía o manufacturas, sino también personas, amores, ideas, modas, estilos, gustos, semillas, técnicas, religión, música, libros, noticias, cuadros, esculturas, el universo conocido y ensamblado en una suerte de corriente en chorro con flujo y reflujo a tres bandas. Y las tres – Asia, América, Europa – abrieron sus ventanas al viento de la curiosidad que portaba semillas volanderas del mutuo conocimiento. ¡La legendaria Catay que soñara Europa por siglos y añorara Colón en su quimérico viaje, habíase convertido, apenas una centuria después, en una rutinaria parada de postas!

Figura 5: La primera correa de transmisión cultural planetaria

 
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Contexto Histórico de Veracruz – VI

                        Figura 14: Los Caminos Reales de Nueva España. Finales siglo XVIII

 

El conocido como Camino de los Virreyes entre otros nombres dados al existente  entre Veracruz y México, iba a encontrar continuidad hasta Acapulco con el Camino de la China, adscrito al mercadeo exterior con las Islas del Poniente. Vinculado el primero a la producción y consumo internos del país, iba a ser sin embargo asociado al tránsito de los impuestos reales, el situado virreinal, el correo y las compras sevillanas. Incorporado el nuevo mercado asiático al quehacer económico del virreinato, el Camino de la China vino a  enlazar con los ya existentes caminos a Veracruz, Zacatecas y Oaxaca en la capital, prolongados más tarde por el norte hasta Chihuahua y Santa Fe (Nueva México) con el nombre de Camino de Tierra Adentro, y hasta Tehuantepec y Guatemala por el Sur con el nombre de Camino de Guatemala. Los tres Caminos vitales de la China (408 Km, 20 días), de los Virreyes (412 Km, 22 días), y de Tierra Adentro (1.600 Km, 3 meses), llegaron a constituir junto al Camino de Guatemala, una red de caminos carretiles (vulgo carreteras) estimado en 7.600 Km distribuidos en 55 rutas diversas para el tránsito rodado. Añadida a esta red carretil, habíase creado otra para herradura, próxima a los 20.000 Km, distribuidos en 105 rutas. Este formidable conjunto de vías de tránsito se alcanzaba a fines del siglo XVIII, cuando los nacientes Estados Unidos apenas llegaban a cubrir con las suyas un 10 por ciento de esta realidad. ¿Puede extrañar hoy que sea Patrimonio Universal de alguien y algo, esta caminería? ¿No se cita acaso como futurible candidato, a la indetectable traza del llamado Camino de Oregón?. Transitado desde San Luís Misuri por un aluvión de enviscados europeos del siglo XIX, vagabundos de su albur y mediatizados por la propaganda oficial. Avanzando no importa si por valles, riberas, linderos o praderas hacia un soñado Oeste, sin medio metro de empedrado carretil pero sobrado conductismo del Este. Era un juego político preciso para sacárselos de encima y largarlos a la costa oeste que poblar para crear mercado. Allí les venderían a crédito armas y casas de madera prefabricadas en el Este, una vez concluido el ferrocarril, fabricado todo ello con mano de obra inmigrante cualificada, que, esta sí, encontraba presto acomodo entre la incipiente masa obrera del NW. El haber dado argumento a más de un centenar de western (cine y TV incluidos), financiados con dólares, es, y poco más que huellas en la mar, su  mérito de aspirante al Patrimonio.

 

Tras la consolidación de Veracruz en su definitivo emplazamiento, había empezado a reutilizarse la olvidada senda indígena que ceñía la república de indios de Orizaba, con su enhiesta referencia de volcán nevado, en ruta hacia los demás volcanes del Anahuac. Apenas un siglo después de llegar los primeros esclavos africanos a Nueva España, bozales devenidos cimarrones que asaltaban caravanas y desvalijaban viajeros, habían convertido aquellas estribaciones de la Sierra Madre en resguardo montaraz de sus fechorías. Por este camino había empezado a fluir la producción local de sus campos de café, azúcar, algodón y tabaco, hacia el interior. Para dar cobijo y protección al comercio regional, que transitaba tanto hacia México como a la propia Veracruz, el virrey Fernández de Córdoba, funda la ciudad de Córdoba (1618), parada y fonda de viajeros y cabalgaduras, con presidio y real fuerza capaz de proteger el transito caminero por aquellos enriscados pasos. Andando el tiempo, serían varios los fortines levantados entre Orizaba y Córdoba, tramo neurálgico de asaltos a las conductas o caravanas reales que circulaban a orillas del río Metlac, cuya barranca suponía una guillotina geológica entre el altiplano y la costa. Cada negro cimarrón prendido iba a ser, no agarrotado como correspondía a su ralea malhechora, sino castrado e incorporado a los hatos ganaderos veracruzanos. Años más tarde, aquietado ya el entorno serrano, se dotará con 32 puentes el camino que por allí serpea y dobla la divisoria de aguas para circunvalar la próspera Orizaba, que desde entonces iba a ser llamada La Señora de los Puentes.

 

El tráfico comercial con ciudad de México, establecido desde Veracruz siguiendo el Camino de Carros por Jalapa y Perote, que abordaba la capital por la calzada de Guadalupe, diósele el nombre de Camino de las Ventas por las muchas que en ella llegaron a establecerse en pocos años. Pero era también un camino de postas, con puentes de mampostería (entre otros el Puente del Rey, que cruzaba sobre 7 ojos el río de La Antigua), hospitales, mesones, áreas de descanso y pastos para caballos, además de múltiples haciendas de sementera o ganado. Los mangas verdes vigilaban esta ruta y sus vericuetos que trepanaban las estribaciones de la Sierra Madre. Creada en la Castilla de los Reyes Católicos, la Santa Hermandad con su peto de cuera sobre llamativo jubón  verde, llegaría a convertirse en el ojo vigilante y brazo justiciero de los caminos reales que trenzaban las estribaciones de la Sierra Madre hacia Veracruz.

 

Como Camino de los Ángeles, fue a su vez motejado el mandado construir por Cortés desde la Capital a la entonces recién fundada Puebla (de los Ángeles, 1531). Orillando la falda del Popocatépetl, prolongada más tarde por Tecamachalco y sus hospitalarios franciscanos, Acultzingo y sus no menos acogedores indígenas, hasta Orizaba y Córdoba, alcanzaba finalmente Veracruz. Las guerras que la metrópoli venía manteniendo en la convulsa Europa, se reflejaban inexorablemente en el buen o mal estado de los caminos, pese a la probada potencialidad de una hacienda virreinal que invertía cada vez más en consolidación de estructuras propias, mientras menguaba parejamente su envío de plata impositiva a la metrópoli. La diversidad de climas y orografías, plagada de vados, cañadas, ríos, pedregales, ojos de agua, blandones, barrancos y rampas de ladera, era anualmente activada por los diluviales arrastres estacionales, obligaba al múltiple mantenimiento de atajeas, alcantarillas, terraplenes, empedrados, drenes, caballeros o trincheras. En épocas de penuria bélica, el deterioro prolongado de los caminos se dejaba sentir con la demora en la entrega de las encomiendas, el incremento del costo de las mercancías y la mortandad de las bestias. Las más de 60.000 cargas anuales que llegaron a alcanzarse, respondían inequívocamente en el mercado con alza de costes y retraso de entregas

 

Por el Camino de Tierra Adentro, bajaban semanalmente hacia México miles de mulas desde Chihuahua y Zacatecas con lingotes de plata beneficiada de sus minas, además de cueros, cueras, sebos, tasajos y harina de trigo, que en aquellas tierras se producía. Su motejo de Ruta de la Plata a ello obedecía. Y por ella retornaban las mismas recuas cargadas de telas de lana y loza poblanas, aceros, herrajes, clavazones, llaves, azogue y otros productos europeos o asiáticos que por Veracruz o Acapulco se incorporaban al flujo virreinal desde Guatemala a Santa Fe. Toda una infraestructura de conexiones comarcales en continuo trasiego, bajo el rigor inmisericorde de los climas y la nada solitaria, hendiendo territorios arriscados o yermos, inseguros, merodeados por cuadrillas de negros levantiscos o encanallados, cuando no de incontroladas partidas de indios nómadas de frontera. Solo los presidios y sus ventas anexas, eran remanso de seguridad y descanso para mulas, arrieros, transeúntes y mercancías.

 

Carlos V en 1523, había concedido a La Villa Rica de la Vera Cruz un escudo de armas, que conservaría la Veracruz histórica como blasón urbano del enclave fundado por Cortés. En 1607 le sería conferido el título de ciudad por Felipe III, título que ratificaría el propio rey en 1640. Y ese mismo año lo celebraría la urbe erigiendo un emblemático Cabildo ciudadano, con festejos, carreras de caballos, juegos de cañas y corridas de toros, sin faltar su encierro, desde el redil del matadero hasta la Plaza de Armas. Este de los toros con encierro, era festejo que venía cumpliéndose tradicionalmente con la llegada de la Flota, pese a la reiterada protesta de los tenderos de plaza y su corredor ciudadano, obligados a cerrar su negocio al paso de la estampida toruna en días y horas clave de la feria. Habían sido prohibidos repetidas veces, pero repuestos otras tantas bajo la presión unísona de los ganaderos veracruzanos y las gentes de a bordo, que reclamaban como estelares el espectáculo correcalles y su remate taurómaco.

 

La tradicional cabaña vacuno-porcino-caballar, con más de 150.000 cabezas censadas en un extrarradio de siete leguas en torno a Veracruz (1580), los cereales, la caña de azúcar y el tabaco, junto a los modernos astilleros de la ciudad, constituyeron en la segunda mitad del s. XVII y primera del XVIII el verdadero motor de la economía regional. Como base portuaria de la Flota de Nueva España, había nacido el imprescindible astillero para mantenimiento de los galeones tras su avatar oceánico. Era fama, que los barcos salidos de sus gradas, prolongaban por más de cuatro años su vida activa frente a la broma o carcoma tropical de las aguas del Golfo; cantinela repetida en otros muchos astilleros del Imperio y sus aguas. Sin olvidar que su pujanza económica era a la vez un revulsivo para el endémico comercio clandestino arraigado en su costa.

 

Los argumentos jurídicos del holandés Hugo Grocio (1627), fleco ondeante de la Universidad de Salamanca al viento humanista, pero victima del amorodio internacional, era un discurso interiorizado por las potencias europeas, que incluía el comercio como uno de los derechos naturales del hombre. Este concepto iba a impulsar la competencia leal hacia la fase más oscura del contrabando, contraventora del monopolio comercial de los Habsburgo, mutado en libre comercio durante la Casa de Borbón. La riqueza generada en Nueva España, había empezado a quedarse en Nueva España, y el Virreinato iniciaba una cierta deriva hacia el México-nación, que acabaría intentando cristalizar un siglo más tarde. Los ataques corsarios a puertos indianos, cada vez más fortificados, resultaban siempre caros y con frecuencia fallidos. El contrabando, podía en cambio practicarse en todo tiempo de paz o guerra, con riesgo mínimo y beneficio corriente, lo que acabaría por agigantar el matute costero hasta desorbitar sus proporciones. Y el nuevo argumentario jurídico llegaba para favorecerlo.

 

La presencia de naves desperdigadas, que traficaban en fraude con haciendas ribereñas, era práctica extendida que enmascaraba con frecuencia visitas agresivas. No pocos casos había de filibusterismo, que fingía ajustar precios con hatos y haciendas costeñas, para cambiar súbitamente de actitud y bandera, y caer por sorpresa sobre ellas hasta dejarlas esquilmadas, cuando no malheridas o muertas sus gentes si no habían escapado oportunamente a los cerros. ¿Quien era su testigo en aquellas soledades? En un caso documentado de 1655, unos arrojados vaqueros, mulatos de Tampico, lograron capturar a 22 corsarios ingleses y dos de sus naves nodriza. Llevados a Ciudad de México, fueron condenados por la Inquisición a las galeras cartageneras, con los consiguientes pregones de escarmiento, voceados por los alguaciles del Virreinato. Otra situación similar iba a traer en 1683  días aciagos de saqueo, violaciones y asesinatos, a manos de miméticos forbantes. Pese al efectivo patrullaje de la flota novohispana en el área caribeña y su  acceso al Golfo, con seis naves francesas e inglesas apresadas en su haber anual, no supieron discernir el momento clave de la amenaza que repicaba su puerta.

 

Veracruz, visible desde ciertas naves fondeadas en la Isla de los Sacrificios, llevaba días recibiendo confiada las visitas de sus tripulantes, interesados en saber del tiempo de la feria y su inicio. Cuando la Flota de Nueva España asomaba sus primeras velas sobre el horizonte, el ataque corsario combinado de 15 navíos artillados era ya un hecho que estaba yugulando la ciudad. Llegada la hora, el holandés Laurens de Graaff (Lorencillo para los hispanos) con 1200 hombres y el apoyo de sus compatriotas Nicolás Van Horn y Cornelius Jol (Pata de Palo) y de los franceses Michel de Grandmont y Pierre Bot, habían copado la semivacía urbe enfrascada en los prolegómenos de su feria, mediante un silente desembarco algo más al sur. Desvalijadas ya iglesias y conventos,  fueron por las casas sacando a los vecinos, y si alguno salía por sí, moría sin remedio…bien de su fiereza bárbara, de hambre, sed… y de espanto las mujeres. Parte de sus élites comerciales habían sido atrapadas y encerradas en La Merced, y más tarde llevadas a la Isla de los Sacrificios y confinadas en las sentinas de sus naves, a resguardo de las baterías de Ulúa. Cinco días sin agua ni alimentos permanecieron copados los infelices rehenes, hasta lograr reunir los 150.000 pesos exigidos como rescate de sus vidas. Los menos afortunados iban muriendo bajo la tortura, el hambre, la carga y estiba forzadas del mobiliario robado, cuando no de la venalidad de aquellas hienas… porque cada cual que llegaba, nos quería quitar la vida, y cuando se hacía más horroroso era de medio para la noche (sic), por emborracharse y quedar sin razón alguna, si es que tenían alguna que perder… nos dejará dicho el prior de los jesuitas capitalinos, testigo sobreviviente de aquel marasmo. La implacable disciplina militar de los momentos críticos, condenará a muerte en Juicio de Causa al Gobernador de Ulúa y Veracruz, por no haber sabido leer aquella estratagema pirática de libro a la luz del día.  

 

                     

                  Figura 15: San Juan de Ulúa, hoy

       

Compatriotas de hecho, pero piratas sin escrúpulos al fin y al cabo, ávido de riquezas Van Horn morirá a manos de Lorencillo, tras un reparto inconforme del alijo rebañado. Uno más de los frecuentes altercados y traiciones que, como un soplo del averno, dejaron los perros del mar para su intrahistoria. La Flota de Nueva España en arribada, ajena al drama que se estaba viviendo en tierra, había ido enfilando los rumbos de sus naves hacia el fondeadero de San Juan de Ulúa, dejando por babor la Isla de los Sacrificios. En ella habían visto las naves recaladas cuyos mendaces pabellones con el águila bicéfala de los Habsburgo no alcanzaban bien a distinguir. Tres días tardaron los últimos galeones en completar su arribo, y cuando los cagafuegos avisados y libres ya del protocolo de escolta, cazaron escotas en persecución de los felones, tres noches ha que Lorencillo y sus secuaces habían largado amarras y metido millas de por medio, favorecidos por el terral nocturno. Ninguna vela atisbaron en días subsiguientes los vigías de las cofas; parecían tragadas por el mar. A partir de entonces, la de Lorencillo se convertiría en obsesiva caza y captura durante años. Pero la Armada de Nueva España, no lograría apresarlo. Dos años después conseguirá tenerlo más a su alcance que nunca, en lo que podía haber sido la acción más brillante de su historia, pero escapará de nuevo al cerco virreinal, aunque cayera atrapado Bot, dado garrote más tarde. Es a raíz de estos sucesos cuando estudia Veracruz un “nunca más”, que empieza por completar el talud de sus murallas y perimetrarlas con un glacis que despeje toda proximidad equívoca por tierra. Únese a ello dotar de puentes levadizos sus puertas, y formar baluartes estratégicos en punta de diamante al itálico modo. En previsión de nuevos acosos, resabio de la eterna guerra en Europa, solo tres puertas darán entrada franca a la ciudad: la Puerta del Mar (NE) para acceder al muelle de mampostería, Aduana marítima y Plaza portuaria, donde se apilan los fletes y cargan las recuas y carretas ; la Puerta de México (SO),  que prolonga los caminos de la capital por Jalapa u Orizaba, y finalmente la Puerta de La Merced (SE) por donde se toma el camino costero de AlvaradoTlacotalpán, con su puente sobre el río Tenoyan.

 

Jalapa, tradicional área de asueto y descanso del Camino, era ya hacia el 1700 una villa consolidada. En ella, 240 familias españolas, embutidas en su matriz indígena, montaban una feria regional alternativa que había cobrado importancia en pocos años. Con mejor clima que la Veracruz costera, acabó ganando a sus clases acomodadas (comerciantes, oficiales y asentistas), para residir allí todo el año, fuera del tiempo de flota y feria.  Por su ruta circulaba el pasaje del puerto y el correo real de la Carrera de Indias, dirigidos por el Alcalde Mayor veracruzano, empeñado en controlar todas las cartas que desde España se trajesen a esta tierra, junto con la manufactura, los aceites de oliva y los caldos traídos de Sevilla. Una tradición inveterada desde que Juan de Escalante, el primero de la serie y retaguardia de Cortés, la implantara un siglo antes que su homólogo correo inglés lo fuera en 1635. En 1720, Jalapa lograría feriar por vez primera estas preciadas mercaderías llegadas a Veracruz, ferias que serían interrumpidas por 10 años, debido a la Guerra de la Oreja de Jenkins, para retomarse luego hasta la extinción del régimen de flotas (1778).

 

A partir de 1713 y consecuencia del Tratado de Utrecht, la Compañía Inglesa de los Mares del Sur, pasó a ejercer el monopolio de suministro de esclavos bozales para Nueva España, hasta el estallido de la Guerra del Asiento o de Jenkins (1739). Vino a sustituir abruptamente a la Compañía de Guinea francesa, que tradicionalmente había suministrado esclavos africanos a Veracruz durante las últimas décadas. Aunque traídos en origen de África, eran las islas de Jamaica y Barbados los centros de acumulación y reparto de negros de la nueva compañía inglesa. Salvaba con ello el trauma de su inicial captura y el viaje infrahumano que habían de soportar añadido, haciéndoles reposar y serenar ánimos de cara a la mejor presentación y aspecto físico de los esclavos ofertados. Una suerte de silos distributivos del humano cereal para el buen reparto de su grano.

 

En un lugar conocido como Pantaleón, seis kilómetro al NW extramuros de Veracruz, montaron los factores o representantes de la Compañía la correspondiente negrería para almacenado, lavado, desinfectado, venta y carimbado de bozales. Anexas a su instalación, se levantaron las propias residencias de los factores, jardines, arboledas y pistas de juego particulares, un verdadero oasis vigilado para disfrute de sus majestades los funcionarios. Tenían arrendadas tierras de cultivo, donde los bozales sembraban huertas para manutención de la troupe negrera, mientras allí permaneciesen. Su palaciega servidumbre componíase de mayordomo, cocineros, sirvientas, contadores, secretarios, almacenistas, subinspectores, cirujano, un juez… todos ingleses y dispuestos a solazarse con su reserva de licores traídos de Londres… hasta que un mayordomo, gatillo y bebida alegres, tomó a un mendicante franciscano por un asaltador de heredades, disparó y lo mató. O tal vez porque ignoraba lo que un misionero español suponía, por carecer sus colonias de arquetipos a ellos homologables. Unas semanas después una orden del Virrey obligaba a la Compañía a residenciar sin excepción en intramuros, y a reducir personal y dependencias a su estricta necesidad, contrastada por los veedores virreinales. Sus días de vino y rosas habían concluido. Uníase a ello que los cargos por viajes, enfermería, medicinas, manutención, vigilancia y demás contingencias, hacían peligrar la rentabilidad de la Compañía en su Terminal de Veracruz. Para conseguir una marca más precisa y distintiva sobre la piel del esclavo, exigieron a los compradores carimbos de plata u oro, además de conservarlos guardados en las cajas reales, con tres llaves repartidas, para evitar fraudes. Pero la Compañía, no solo había obtenido el monopolio de esclavos, sino logrado también licencia para traer un navío de permiso para vender en Veracruz 500 toneladas anuales de mercancía inglesa, que vender en Veracruz. Como pasa en estos casos de manga ancha, pasados unos años, aquel navío de permiso, había parido una flotilla de embarcaciones menores que multiplicaba el tonelaje admitido. Se generalizaron las protestas de los comerciantes hispanos, tanto de Sevilla o Cádiz como de la Nueva España toda… y el Virrey subiole impuestos a la Compañía.

 

Se constataba en el Virreinato, que los factores ingleses venían profundizando con sus acciones financieras hasta mercados tan lejanos como Acapulco, Puebla, Cuernavaca, Ciudad de México, feria de Saltillo o minas del norte. Resultaba cada vez más evidente, que aquella urdimbre económica, estaba utilizando el tráfico negrero como totémico Caballo de Troya para algo más que el jugoso mercado novohispano. La inquietante Albión, no iba a dejar de ser observada. Por otra parte, un llamado ejército de reserva libre, no otra cosa que la creciente oferta de mano de obra asalariada, producto del crecimiento demográfico de la propia sociedad indiana, mantenía a la baja constante la demanda de esclavos africanos. Ya criolla, negra, parda o mestiza, esta fuerza de trabajo emergente, además de resultar más barata, había crecido en su propio ambiente. Católica, hispanohablante, costumbres tradicionales asumidas, conocedora del trabajo demandado era residente de las repúblicas, barrios, haciendas o núcleos geográficos comarcanos. La época de las grandes pestes y grandes mortandades había periclitado. Las actuales generaciones mestizas resistían en mayor número y proporción los virus y bacterias presentes, tomadas antaño por exógenas. Sus sangres habían osmotizado sin duda los anticuerpos que no poseyeran sus ancestros. Tal vez las nuevas condiciones alimentarias e higiénicas, ayudaban a la medicina con otros bríos y logros, superando incluso fiebres traídas por los africanos.

 

El propio Adam Smith reconocería, años más tarde, la inviabilidad de aquel ocasional negocio negrero, compañero de viaje del navío de permiso, en el mercado indiano. Las pérdidas ocasionadas por negligencia, prodigalidad y malversación de fondos por los empleados de la Compañía, llegaron a ser una carga más insoportable que los propios impuestos… una compañía por acciones no puede prosperar en el comercio exterior, cuando tropieza con la fuerte competencia de comerciantes particulares, nos ha dejado escrito. Era evidente que el cuello de botella se estrechaba para la Compañía… y surgió el chispazo del caso Jenkins. Pillado con su barco en flagrante contrabando,  su desorejado capitán marcha a Londres, oreja en formol a mano, dispuesto a montarle un pollo en el Parlamento al prime minister Walpole en el Parlamento. Una oreja inglesa menos, casus belli. Y surge la guerra. Incomprensible, pero estas cosas pasan en Londres. La cruenta Guerra de la Oreja de Jenkins. ¡Que pensaría Isabel I, de haberlo vivido, ella, que había desorejado a unos cuantos cientos de disidentes ingleses!

 

En los primeros compases de la nueva contienda, Nueva España, mitad norte de las Indias hispánicas, aguardaba un ataque británico sobre Veracruz, enclave literalmente radiografiado por los factores ingleses, con posibles repercusiones en Puebla y México, a donde jamás deberían llegar sus casacas rojas. Ante tal amenaza, los caminos reales se tornan estratégicos y se elige el montaraz Cofre de Perote como centro yugulador de penetraciones hacia la capital. Sobre un área de 14 hectáreas se erige la Fortaleza de San Carlos, cuartel general y almacén de pertrechos bélicos, con baluartes adiamantados y foso inundable, artillada con 54 cañones de bronce y una dotación de 1000 hombres acuartelados, prestos a desplazarse tanto en apoyo del litoral como del Anahuac capitalino. La muralla de Veracruz, reforzada con otros baluartes y plataformas, es servida por cuarteles militares repartidos intramuros en 4 compañías de 100 milites cada una. Otra fuerza de 800 hombres de guerra queda distribuida extramuros en el llamado Regimiento de las Tres Villas, al estar formada por contingentes de infantes y caballeros de Orizaba, Jalapa y Córdoba. Uníase a ello, un refuerzo de 2.000 soldados enviados por el propio Carlos III desde la metrópoli, empleados mayormente en vigilancia armada de lugares estratégicos de  la costa y sus caminos al interior. No faltaron tampoco obras de mejora en el castillo de Ulúa, dotándole de revellín y baluartes para 125 piezas de artillería pesada, atendido por más de 500 artilleros y servidores en espera de cualquier aldabonazo bélico en el Golfo.

                                                                                                     

      Figura 16: La Fortaleza de San Carlos. El Cofre de Perote (1770)

 

 

La guerra con Britania sobreviene, pero Veracruz nunca es atacada. Manila y La Habana pagarán los platos rotos, capturadas y esquilmadas de obras de arte y documentos por el inglés, que se verá Inglaterra obligada a devolver tras un armisticio adverso. Devolución que hace en parte, y en nuevo juego de manos, oculta cartas naúticas robadas. Las de Manila iban a servir al capitán Cook para un aparatoso montaje mediático sobre sus descubrimientos en el ignorado Pacifico. Uno más, en su larga historia de contrabando y filibusterismo. Para recuperar estas plazas, debe España cederle a Inglaterra las Floridas novohispanas (del Este y del Oeste). Pero se ve compensada con la entrega de la Luisiana por su aliada Francia, obligada por Pacto de Familia a pagarle los débitos del conflicto. Y Veracruz dará cobijo a los indios floridanos de Pensacola, semilla novohispana fallida sembrada en la expedición de Tristán de Luna, que no quieren britanizarse bajo el nuevo azar del destino. Como tampoco lo querrán los indios floridanos de San Agustín, que solicitan su evacuación a Cuba.

 

En 1776 se precipita la insurrección de Las Trece Colonias inglesas de Norteamérica, y Carlos III, pivota sobre Nueva España el apoyo a la causa rebelde. En un esfuerzo invalorado como ariete, el Virreinato va a ser capaz de incrementar un 600% la producción argentífera de sus minas, para financiar los aportes españoles a la guerra. Desde La Luisiana, su gobernador Bernardo de Gálvez, sabrá recuperar las Floridas de manos inglesas. Otra sombra de desembarco masivo, esta vez hispano-francés, se cernía ocasionalmente sobre una Gran Bretaña obligada a desparramar su flota por el océano. La defensa de puertos atlánticos y pacíficos desamparaba el litoral de Cornualles, cuya temerosa población estaba abandonando, una vez más, los enclaves costeros para alejarse hacia núcleos campesinos más seguros y profundos. Un goteo humano, al encuentro de lazos familiares con que compartir esperas tensas en pueblos del interior. En este contexto y protegido por la Escuadra del Canal, sale de su base de Portsmouth un convoy de 55 barcos de transporte para ultramar. La larga retahíla flotante con armas, provisiones, uniformes, pertrechos, oro de soldadas y un refuerzo de 3000 infantes, enrumba al meridión en búsqueda de la corriente ecuatorial que les lance hacia el Caribe. A la altura  de Galicia, la Royal Navy torna velas a fin de no desguarnecer sus costas, lo que va a precipitar el convoy en manos de la Armada de la Mar Océana de Luís de Córdoba, que puntualmente informada, patrullaba avizor por aquella latitud del piélago. Era el descalabro final de la guerra,  que había de propiciar la independencia de Las Trece Colonias. Tras el Tratado de Versalles que la consagra, las Floridas volverán al Virreinato, sin que la mayoría de los indígenas emigrados, regrese de nuevo a sus fueros floridanos.  

 

Cuando Bernardo de Gálvez es nombrado Virrey de Nueva España (1796), apenas sobrevive a su cargo, sin poder vigorizar el comercio de Veracruz con los, nuevamente hispanos, puertos del Golfo, como era su intención declarada. No obstante, el remate del siglo XVIII iba a suponer para la Ciudad de Cortés, un notable crecimiento impulsado por el libre comercio asumido en el Imperio.

 

Pero con el siglo entrante y la invasión napoleónica de la metrópoli,  se cierne también sobre Nueva España la siniestra sombra del caos. Primero, serán las guerras civiles donde cabrillean curas sin sotana, gritos y silencios, ilustración y libertad, legalidad y oportunismo, sufrimiento y revanchas, que pugnan por reflotar en su popurrí el intrínseco México que parece hundirse, pese a ser soñado como nación por muchas de sus gentes. Luego vendrá el llamado periodo de anarquía más dramático de su historia, preñado de pronunciamientos, insurrecciones y partidas pugnaces, respaldados por puntuales ocurrencias y alquimias sociales, sin omitir la prepotencia de líderes transitorios, montoneros unos, generales de canana otros, de salón alguno, dictadores esenciales casi todos. Era preciso marcar claras diferencias con el pasado gachupín  de este México, heredero declarado ¡por fin! del imperio azteca. Había que arrancar de la simbología nacional los nombres malditos de España y de Cristo, lastre histórico, borrar sus huellas. Les habían robado el oro y el futuro, quemado sus dioses, matado a trabajar como esclavos, exterminado sus aborígenes por maldad intrínseca y genético sesgo asesino. Hasta el propio Colón era un genocida que había traído virus asesinos en su séquito, para acabar con el buen salvaje y su bucólica existencia en las ‘colonias’ españolas. Los gachupines jamás habían aportado nada, salvo fanatismo católico y atraso… Esta era la argamasa al uso para edificar el nuevo teocalli patrio, donde seguramente acabarían autoinmolados con sus vísceras tajadas por la obsidiana del rencor. Toda revolución, como Saturno, se come a sus hijos, es mantra atribuido a un Robespierre en desgracia camino de la guillotina. Y la saturnal mexicana se los comió a casi todos. Pero entre estudiosos, no deja de parecer esta muestra humana sino descompensada charanga de palurdos trasnochados por las calles de su pueblo en fin de fiestas. Fue empero orquestada ayer, como un ritornelo errante de las naciones de siempre, y es todavía hoy tarareada por algún desgreñado mental que sigue vendiendo humo a verbena concluida. Y el imprevisto palo de agua que vino a disgregarla, ha dejado charcos en las calles…

 

En 33 años desastrosos, México, la joya de una Corona caída, envidiada siempre por su potente vis de nación poderosa, se anonada histórica y socialmente entre cinco constituciones y un emperador de zarzuela; pero no más que lo hace contemporáneamente su considerada ya como madre putativa, aunque lo fuera de sangre, cruzando sus propios desfiladeros y orillando otras barrancas. ¡Más de un siglo de desencuentros, idearios sublimes, bálsamos sociales, cerrojos culturales y acomplejados egos, padecerían tanto la supuesta putativa como su hijuela cultural!. Abrumado por centenares de miles de muertes y la pérdida del 55% de su herencia novohispana a fauces de su vecina norteña, el México criollo de las primeras décadas no acertaba a reconocerse en su propio espejo. Texas, Nuevo México, Arizona, California, Colorado, Oregón, Utah, Nevada…quedaban muy lejos de aquella primigenia estampa del territorio comprendido entre Las Floridas, Canadá, el Misisipi y el mar….que fuera germen de su lindante crisálida. Aquel feto anglófono, a cuyo parto Nueva España asistiera cual solícita partera, había devenido dañina oruga rampante. De pronto, una metamorfosis kafkiana habíale mutado en furibundo teredo que horada y fagocita una y otra vez la  madera hispana a su alcance. Nueva carcoma imperialista era esta, válida para todo cuño. Y México, que cuenta en su bosque humano con tan dura madera como los viejos astilleros de Veracruz, debe rearmar presuroso un casco para navegar avante en el revuelto mar de los siglos. El hispanismo contempla absorto su botadura, en pecio reflotado pero bandera propia, confiando no ver anegada su sentina por aguas insalubres. Nos va mucho en ello al mundo hispano. Entre tanto explaya, suspiro y sueño, la bufona ironía de sus gentes, con el  porfiriazo de siempre ¡Pobrecito México, tan lejos de Dios y tan cerca de los Estados Unidos! que vino a coincidir con el abandono del antihispanismo y anticlericalismo oficiales. Ocurría esto un siglo después del mutis español en América.

 

Lo que hoy se conoce como México, en su etéreo universo atemporal de gentes y culturas acopladas, ha colisionado contra dos de los pocos Imperios que en el mundo han sido. Como Imperios sensu estricto que eran, punzaron su esencia y haberes. España lo hizo para construir nación, ensamblando en su matriz europea razas y culturas dispares, que cuadraron ciertas aristas, mientras aguzábanse otras. Durante tres siglos de su tiempo, intentó y logró en gran parte encolarlas a su propia alma, mediante la magia virreinal. Los EEUU, segundos en el suyo, solo alcanzaron a succionarle una mitad geográfica, sobre la que esculpieron nuevos estados de linaje ajeno. Su penetración neoimperial es en ellos tan directa y profunda como la anterior lo fuera, y notorio el camino recorrido en la marcha hacia su nueva meta de identidad nacional. Difícil situación la del México esencial de siempre, frontera del expansionismo físico y moral de otra estirpe que lleva en su ADN el sello de Imperio, a la vez que muro de contención de mestizos sureños que marchan al Norte para redimir políticas erradas durante dos siglos. Norte que, con rachas atemporaladas de su viento solano, agita la bandera que el mundo hispánico contempla como suya.  Sin olvidar el no vivir de Rubén Darío, que estas en los cielos del Parnaso Hispano, esencia y conciencia de un alma profética y temerosa, que sintiose aliviada tras su visceral alegato:

 

                                              Eres los Estados Unidos, eres el futuro invasor

                                              De la América ingenua que tiene sangre indígena

                                              Que aún reza a Jesucristo y aún habla en español

 

 

Figura 17: La Veracruz del México independiente. Lienzo de Rugendas