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Contexto Histórico de Nueva Cádiz – IV

Las primeras noticias documentadas sobre la agonía del negocio perlífero de Cubagua y el consiguiente éxodo de sus pescadores datan de 1537. La Real Audiencia de Santo Domingo autoriza por esas fechas el establecimiento en el Cabo de la Vela de las pesquerías que solicitan abandonar Nueva Cádiz, con sus 900 buceadores indígenas y 37 canoas. Nuevamente los registros conservados de aquellos señores de las canoas,  trasplantados con subalternos y servicios a la región guajira, delatan su conexión con la Baja Andalucía desde la linde del Guadiana a Cádiz. A orillas de la Laguna de San Juan va a establecerse en forma de ranchería el futuro pueblo, similar en sus orígenes a Cubagua, hasta ser consideradas ambas una misma cosa. También aquí van a prevalecer los buceadores indígenas, libres o forzados, altamente dotados para la inmersión a criterio de mayordomos y señores. Con una mortandad y deserción elevadas, los reincorporados a la granjería, mayormente pescadores forzados, serán comprados en Curazao y sus Islas de sotavento o capturados entre las etnias periféricas. Los indios de su contorno, hostiles a los nuevos pobladores costeros de la Nueva Andalucía, eran a la vez favorecidos cazadores de ojeo. La dura vida del pescador de perlas, la imposición de los canoeros, los ataques de escualos, la mordedura ponzoñosa de peces coralíferos, las riñas y pendencias étnicas o tribales, el propio buceo continuado, eran accidentes que acababan con el setenta por ciento de los buceadores. Raro era quien sobrevivía para superar aquel cerco diabólico, tras el cual se les permitía labores de arreglo, limpieza y mantenimiento de las pesquerías. El creciente número de negros bozales incorporados, constituía la mano de obra indiscriminada de los toderos, gente para siembra y labranza, la tala y acarreo de leña, distribución del agua, pastoreo de ganado, obra pública, pero raramente buceo. Considerábanlos gente de mucha fuerza, capaces de soportar el trabajo sin protestas ni escaqueos, por duro que fuera el caído en suertes. Muchos de aquellos negros esclavos, laboriosos y hábiles artesanos, se acogerían al edicto real de gracias al sacar, para comprarle la libertad a su dueño con el beneplácito selectivo de muchas indias de servicio, que acabaron con ellos maridando en libertad. Huella de su buen hacer serían las múltiples manualidades, desde medallas o arracadas a cucharillas y cofrecillos de nácar, que Cubagua primero y Riohacha mas tarde, producirían en abundancia.

Una nueva crisis sísmica acaecida la noche de navidad de 1541, apuntilla la declinante vida poblacional y económica de Nueva Cádiz con un nuevo maremoto que deslava su solar. La poca mano de obra, indígena y negra, que restaba tras el éxodo a la Guajira, Margarita, Araya, Cumaná y Trinidad, desaparece con el súbito envite marino. Con la llegada del nuevo día se percatan en Porlamar de la catástrofe. A lo largo de su litoral pueden verse sobrenadar grandes chinampas de yerbajos resecos y maleza enmarañada, grandes manchas flotantes donde se aprecian toneles, fardos, maderas, canoas volcadas, enseres domésticos, aves de corral muertas, arrastradas por las corrientes costeras… además de algunos cadáveres flotantes de las víctimas. La mayoría de sus archivos capitalinos se habían perdido con la marea: el ayuntamiento, la aduana, la iglesia matriz, el convento franciscano, ven desvanecerse entre las aguas un tesoro informativo que va a sellar con su vacío el futuro de aquella aventura humana. Nuevamente serán los margariteños quienes arramblen con los despojos de nadie, hallados entre aquellas enjutas paredes mudas.  Este es el panorama que encuentra Orellana y su gente en su desesperada busca de puerto donde carenar sus bergantines, tras su accidentado descenso desde el Alto Perú por el Coca-Amazonas. Los restos de Nueva Cádiz, conocerían para propagar al mundo la noticia del encuentro y lucha de aquel puñado de cadáveres vivientes contra las amazonas, las hembras guerreras interceptadas en mitad de la selva.

 

FIGURA 12: RUINAS DE NUEVA CÁDIZ

 

Un estertor postrero acaecería dos años mas tarde, cuando apenas subiste entre sus ruinas alguna decena de moradores, incapaces de defenderse de la avalancha hugonote que se les viene encima. Vienen los calvinistas franceses en tres barcos dispuestos a rescatar las famosas perlas de Cubagua…cuando hacía años que ya no existían. Solo alguna solitaria canoa indígena, compartida por buceadores blancos e indios, rebañaban por aquellos días las últimas ostras del fondo marino. Conscientes de su soledad e impotencia, poco tiempo van a tardar los hábiles canoeros en diluirse ente los manglares margariteños tras percatarse de las velas corsas. Presa de la rabia, la horda predatoria  cae sobre la ribera, roba los vasos sagrados, atriles y candelabros de las iglesias, destruye sus imágenes sacras y pone fuego al despojo de Nueva Cádiz, no sin la ayuda de cierto licor oleoso conocido como petrolio, que manaba espontáneamente al oeste de la isla. La evidente soledad no era fiel compañera en aquella isla ni aquellos tiempos de violencia y rapiña cruzadas. El abandono definitivo de la isla, sería total a partir de este incidente, que acabó por calcinar los pocos documentos escritos que aún hubiera podido aportar la primera ciudad de Suramérica. Erosionados tapiales, míseros diógenes entre ellos cobijados, y perros hambrientos sin dueño, sería el  legado futuro a los ojos del secular viajero.

Hoy quedan solo surcos y muñones alineados de sus ruinas. Aquella ciudad puntera alcanzó su cenit con más de mil quinientos ciudadanos censados, sobre un damero superficial de  trece hectáreas. Adaptado su casco a la suave orografía de la costa, sus calles aparecen trazadas según los vientos dominantes del este y del norte. Orientado al levante su frente principal,  presentaba siete cuadras  por cinco de su frente norte.  La iglesia mayor dedicada al Apóstol Santiago, la capilla del convento de San Francisco de Asís, y la Ermita de la Purísima Concepción, constituían los tres templos votivos de la ciudad, construidos con la coquilla coralina de sus mejores tiempos, extraída de los fondos aledaños, trabada con argamasa de cal. El edificio del Ayuntamiento, con cárcel y aduana, ocupaba la cuadra central del frente sur. Ante él, el embarcadero principal del puerto; detrás, la Plaza Mayor con su rollo justiciero y la iglesia parroquial de Santiago.

FIGURA 13: LO QUE QUEDA DE NUEVA CÁDIZ

 

Como contrapartida Cumaná, la ciudad del continente que le toma el relevo colonizador a Nueva Cádiz, será bajo diferentes nombres y fundaciones varias veces destruida por los  cumanagotos, cuando no por los temblores de su suelo. Pacificada la grey indígena, son protagonistas los frailes, que aclimatan en su misión las semillas traídas de La Española y Canarias. Las siembran  en viejas canoas indígenas, colmadas de buena tierra y suspendidas a proa y popa por cordámenes de palma. Es su manera de resguardarlas de malas yerbas, gusanos, bachacos y toda hormiga maligna que pulule por el suelo tropical, imposibilitadas de trepar por las embetunadas estacas que les sirven de soporte. Simientes que habían de constituir un vivero universal para los colonos que las llevan en sus seras campesinas Tierra Firme adentro. De su costa partirían aventureros hacia el interior continental tras el oro y la captura de esclavos, pero también pacíficos colonos peninsulares y canarios con sus familias y siervos, en busca de tierras fértiles y convenientes donde medrar, portando sus enseres, semillas, ganados y animales domésticos. Pero por encima de todo, su voluntad de arraigo, afianzada en el instinto natural del rústico que busca medro, habiendo dejado atrás la miseria de su origen.

Aquellos primeros años de permanente frontera, ofrecen a los pobladores europeos el contexto natural con el que han de enfrentar su rol colonizador. Los años pasados en las islas, han actualizado la vieja simbiosis del perro y el campesino. En su marcha hacia el interior, los pioneros colonos llevan sus alanos, compañía y guarda inigualable de ganados y personas contra nuevos peligros, en la marcha de día o en la acampada nocturna. Cánidos provenientes del Imperio Sármata del Asia Central, que habían llegado a la Hispania romana en el siglo V de nuestra Era con el  invasor pueblo alano. Compañeros históricos inseparables en guerras y pastoreo vacuno de aquellos hispanorromanos, conocidos después como castellanos viejos, pisaban ahora las nuevas tierras de Indias. Perros de agarre o presa, capaces de tumbar un toro o un oso, pero también de diente, empleados en la caza del jabalí o del venado, defensor aguerrido de las reses frente al depredador ocasional, y a sus dueños en todo tiempo frente al inesperado intruso.

En las expediciones hacia el interior, tanto la hueste exploradora como la comparsa de colonos que tras ella avanza con ganados y enseres, llevan siempre una escolta de sufridos y recios alanos. Perros en retaguardia, donde los enfermos y las reses recién paridas lastraban y retrasaban el avance principal del grupo, al decir del historiador de Indias. Pero abriendo también la marcha con su presencia y su olfato, capaces de levantar indios apostados entre los carrizales, o ladrar tozudamente frente a su nicho oculto. De morro chato y oreja corta, resistentes a la enfermedad y al sufrimiento, desconfiados frente al extraño, sumisos y entregados a su dueño, vigilaban el campamento, rastreaban sendas ignotas, olfateaban sotobosques y manglares, cruzaban y avizoraban la selva, oteaban el peligro de grandes felinos en los humedales, se enfrentaban a los pumas y a los báquiros, o capturaban chigüires y armadillos para alimentarse ellos y la hueste. Canes que se paran o ladran ante los miméticos reptiles del camino, que acompañan en silentes incursiones al séquito de flecheros que caza monos aulladores o aves en tránsito por la cúpula arbórea, que gruñen inquietos al nativo interceptado por los guías. Los alanos, siempre desconfiados frente a la actitud circunspecta del indígena, vuélvense agresivos según vean su actitud y estampa. A pesar de los lazos comunes de las naciones indias, la talla distinta, el tinte más o menos atezado de su epidermis, sus penachos, su poncho o su ruana, y sobre todo la mirada, esa mezcla de calma e indolencia propias de cada etnia, trocada en inquietante tristeza y ferocidad del pueblo caribe, tan magistralmente descritas por Humboldt, eran características que los alanos sabían filtrar sutilmente con su instinto. Frente a ellos, emitiendo prolongados gruñidos de repulsa, galvanizado, mostrando sus incisivos, el alano permanecía tenso, inmóvil y atento al menor gesto de su amo. Tal era su valía y confianza para la gente de a caballo que custodiaba las marchas, que muchos de aquellos perros eran tratados bajo soldada junto a su dueño, con paga y rancho como otro integrante más de la hueste armada. Equipados para ello con carlancas, cabezales encuerados de aceradas púas, o petos de algodón cinchados, entraban en lid contra el indígena o la fiera al azuce convenido del amo. Era tal la simbiosis con su perro, que más de un dueño desesperado por el hambre, hubo de sacrificarlo para subsistir, pero no pudo ingerir bocado tras haberlo muerto. El vacío dejado por el fiel camarada, asiduo lamedor de sus heridas y las propias, se imponía tras su muerte, amargando a veces el instinto vital del dueño. Aunque en el incierto horizonte de la conquista, esa misma lealtad era causa de su perdición, cuando perseguido de salvajes, el perro manifestaba con sus latidos  el retiro donde se ocultaba el dueño. En todo caso, las jaurías del poderoso alano, junto al enhiesto jinete de la caballería y el lento pero horrísono arcabuz de los infantes, es fácil comprender que provocasen pánico invencible entre los indios de la Tierra de Gracia. Ante tal maquinaria de guerra, solo cabía contra el invasor la emboscada, el engaño, la añagaza y la unívoca y súbita concurrencia masiva de  ululantes guerreros en algara, dispuestos a matar y morir con su macana en las manos. La antorcha vendría después a purificar en muchos casos las huellas dejadas por el invasor en los campos de Marte.

FIGURA 14: LA CUMANÁ FRONTERIZA

 

Como en la Cumaná fronteriza, aquellas oleadas de colonos, introdujeron el ganado vacuno, los cerdos, los caballos, además de las gallinas, palomas, pavos, perros y gatos que con ellos traían. Avanzaban en caravanas a pie o a grupa de asnos y mulos las mujeres y los niños, penetrando la geografía hacia los llanos del interior o las selvas del Orinoco. Allí iban a revivir las viejas secuencias pugnaces frente a nuevas tribus, gentes primitivas que defendían su libertad de la única forma que sabían hacerlo, como lo habían hecho a lo largo de la historia sus mayores. Solo los misioneros iban a saber sobrevivir entre paces alternativas con los indios, desterrados en aquellas fronteras sociales engullidas por la selva. Muchos años después serían visitados y sorprendidos en propio ambiente por el gran Humboldt, admirado confeso de la abnegación y entrega de los misioneros a los también vasallos de aquellos reinos, sus semejantes.

La desbandada poblacional de Nueva Cádiz había alcanzado en parte a Margarita, donde adquirió solares y tierras para la ganadería o la siembra. La próspera cabaña soñada por su lejana gobernadora y conseguida en pocos años, iba a coincidir con la aparición de nuevos ostrales de aljófares en la isla de Coche (1575), explotados desde Pampatar. Hacia mediados de centuria habíase consolidado ya la novedosa industria margariteña, no ajena a la experiencia perlífera aportada por los venidos de Cubagua. Suponía ello el necesario efecto llamada sobre inversores y colonos que iban a propiciar la repoblación y el  despegue económico de la isla. En pocos años Margarita aportaría la mayor parte de los animales y aprovisionamiento demandados por las expediciones a Tierra Firme. Lamentablemente el efecto llamada tuvo su eco endémico entre los bucaneros y perros del mar, razón por la cual hubo de fortificarse su costa. En uno de estos lances defensivos perecería el propio gobernador de la isla, luchando contra el pirata inglés William Burg (1595).

Desde Cubagua al principio, Margarita después, habíanse nutrido flotas expedicionarias Orinoco arriba o costas de Trinidad avante. Nueva Cádiz había filtrado en sus cortos años de dinamismo repoblador, cientos de colonos y misioneros en continuo avance hacia la nueva tierra prometida, el nuevo país del oro, o las nuevas almas que catequizar, con la misma eficacia que había trasladado sus haciendas perlíferas desde el Cabo la Vela hasta Riohacha o Pampatar. De Margarita partirían las expediciones y fundaciones de un Antonio de Berrio imbuido de sueños sobre El Dorado. Heredero del Adelantado Jiménez de Quesada y sus títulos de fundador de Bogotá y Gobernador de El Dorado, remonta el Orinoco tras la mítica ciudad de Manoa, la supuesta capital del reino del oro, dejando asentamientos humanos de apoyo en Trinidad y la Guayana. Al final de su vida sería engañado por el británico Walter Raileigh, otro acérrimo embaucador de leyendas indianas, que había aprendido español para mejor buscarlas. Quiere para sí el áureo reino de los omaguas, y trata por ello de borrar y destruir las huellas colonizadoras del español. Conducta que habría de costarle la vida, condenado al hacha del verdugo por  desobedecer a su Rey.

El paleño Diego Fernández de Serpa, próspero armador de Nueva Cádiz y encargado de la defensa por mar de las islas, dará la batalla a los piratas a quienes perseguirá sin cuartel por todo el Caribe durante siete años. Nombrado Gobernador de Nueva Andalucía por capitulación, deberá conquistarla y poblarla a expensa propia. Habiendo levado anclas en Sevilla, los escasos españoles, mestizos y guaiqueríes que con otros  indígenas ladinos poblaban la ranchería de Cumaná, verán entrar en su abra cinco naves de porte con abundante gente, ganado y bastimentos. Vienen a trazar sus calles, solares y plaza, y levantar la nueva ciudad de paja y palma, iglesia y cabildo, que venían a fundar por real designio (1569). Experto conocedor del entorno posibilista, había elegido Margarita como centro masivo de abasto, y a ella arriba con solo hombres y naves vacías de bastimento. Llegó a Margarita…en donde compró ochocientas vacas a entregar en los llanos de Venezuela…los soldados que pudieron ir, se proveyeron de caballos en esta isla, en la que estuvieron ocho días…iba a ser la actitud mantenida por el nuevo gobernador y su hijo y heredero, convirtiendo la isla en su invariable granero.

Pasado el ecuador del siglo, de Margarita partirían gentes castellanas o indígenas, mestizos como Francisco Fajardo, que con suerte varia van a intentar poblar el litoral central. Llevan en sus macutos semillas de cítricos, hortalizas, retoños de cambur, aclimatados por los frailes en los cenobios de cabecera. Aquellos miméticos monjes, cuyo ora et labora a todos enriquece, asesoran al labriego que a ellos acude. Otras veces, son los activos africanos de comparsa quienes traen las añoradas raíces, frutas y tubérculos de su infancia, cuando no los mismos indios de la comitiva que se hacen acompañar por aves del corral familiar. Van creando pueblas, trazando asentamientos, escoriando carrizos, marcando hatos, metiendo fuego desbrozador a la sabana para  tornarla productiva, ocupando el vacío verde y la nada humana, reinos estables de la corocora, el váquiro y el chiguire o el puma. Gentes anónimas que con su actividad, su paciencia o su apatía congénitas, hicieron un mundo, el Orbe Novo que intuyera el humanista lombardo Pedro Mártir de Anglería.

 
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Contexto Histórico de Cartagena de Indias – II

Años antes a la fundación de Cartagena del Poniente, sin declaración previa de hostilidades, el corsario francés Jean Florín (1521), al mando de 8 barcos había capturado inopinadamente en las Azores, dos de las tres naves enviadas por Cortés a Carlos V con el Tesoro de Moctezuma. El oro copado revolucionó la Francia de su tiempo con un Francisco I que promovía el corso con cuanto connotado marino se lo solicitaba. Pero alertado quedaba también el joven monarca español, que en contrapartida iba a conceder numerosas patentes de corso a marinos ribereños del Cantábrico, para acoso del francés que se avistase en aquellas aguas de su propio mar. El pirata Florín acabaría sus días colgado de una  horca, denegado su juicio previo por orden directa del Emperador, tras enterarse por un emisario de que lo había capturado el corsario vasco Martín de Rentería.

Ante la inminente perspectiva de guerra multifronte con Francia, estructura  España su comercio marino con América a base de dos flotas anuales: una dirigida a Cartagena – Nombre de Dios, y la otra a Santo Domingo con recaladas en Dominica a la ida y La Habana al regreso. Ambos reinos se disputan sobre Italia la hegemonía de Europa, y rotas las hostilidades, el incipiente asentamiento portuario de madera, bahareque y palma que era Cartagena del Poniente en aquellos primeros años, veía huir a sus gentes hacia los cerros portando valijas y dineros con demasiada frecuencia, ante cualquier dudoso perfil de velas en sus aguas. Indefensa frente a la piratería, una Cartagena sin fortificar iba a ser pronto desvalijada por la furia depredadora del  hugonote francés de noble cuna Señor de Roberval (trucado en Robert Ball a secas para los caribeños, 1543) tras ocuparla en día de significada fiesta. El día en que la ciudad prepara la boda de la sobrina del propio Pedro de Heredia, reconocido espadachín desde sus años mozos, tiene el Gobernador que defender codo con codo y a punta de espada junto a su hermano, residencia y familia, hasta comprobar que sus deudos han huido a descampado, en cuyo momento abandonan la lid y huyen tras ellos. Con una pequeña escuadra de 4 barcos, 450 hombres y la guía inestimable de un piloto resentido por vieja querella ciudadana, el corsario se ha filtrado inadvertidamente en la bahía interior amparado por la oscuridad de la noche. Los confiados moradores duermen sin sospechar el zafarrancho que les acecha. Con las primeras luces del alba escucha la somnolienta Cartagena músicas y redobles que cree prolegómenos de un festivo día de sonados esponsales; no acierta a comprender que se trata de un rebato desesperado de alguaciles que tratan de alertar el grave peligro, cuando ya la chusma francesa se desparrama sable en mano por las calles cartageneras. Huye como puede la población, pero queda el obispo. El será quien trate con el hugonote el rescate exigido, so pena de ver convertida en pavesas la ciudad y estrangulada su reverendísima. Acogido en un poblado indio con otros ciudadanos, Pedro de Heredia se entiende con los enviados del obispo para convenir un rescate de 20.000 pesos de oro que deberá reunir la ciudad. Rescate que habría de servir como apoyatura al Juicio de Residencia por mal gobierno y huida vergonzante con que sus enemigos maquinan denunciarle ante la Audiencia de Panamá. Tras cobrar el rescate, Roberval se retira a sus naves y según lo convenido, se hace a la mar. Años después aparecería colaborando con Jacques Cartier en el fallido intento de colonización francesa del río San Lorenzo en el Canadá.

La cada vez más peligrosa navegación costera aumentaba su riesgo en la época de brisa (el alisio del nordeste, época húmeda, abril- octubre, verano boreal amplio) cuando los perros del mar descendían de empopada hacia el Sur desde sus guaridas insulares de las antillas. Pero  ascendían luego por la aleta hacia Honduras con la llegada de la época de viento (contraalisio de componente sur, época seca, noviembre-abril, invierno boreal amplio) con lo que batían toda la costa continental caribeña según las estaciones del año. Y a tales estaciones se atenían siempre los expectantes colonos de la costa y la navegación de cabotaje costero. El cabotaje interior por el Canal del Dique suponía en tales momentos un seguro resguardo para el tráfico de bastimentos y mercancías desde los pastizales y sembradíos de Quito (1534), Cuzco (1534)  Popayán  (1537) y Sta. Fe de Bogotá (1538) sin tener que asomar velas a unas costas transidas de piratas.

              También la bahía de Cartagena era un seguro resguardo para las naves, además de una fiable protección de su puebla debido al inaccesible frente rocoso, plagado de escollos y confusa mar rompiente bajo brisas y vientos, que imposibilitaba todo acceso directo a ella desde la mar abierta. Si bien la escasez de agua dulce fue en principio motivo de dudas, pronto fueron acalladas estas con la construcción de aljibes abundantemente nutridos por el régimen de lluvias tropicales, diseñados con generosas limahoyas de  tejados a cuatro aguas. Su posición geográfica próxima al río Magdalena, vía natural de penetración continental, iba a ponderar su peso específico en la red comercial que poco a poco iba tejiendo el Imperio Español, como nudo de enlace con el altiplano quiteño y las perlíferas isla Margarita y ciudad de Panamá. Y por ello punto de confluencia de barcos de cualquier puerto con cargas que feriar o negociar en la ya empezada a conocer como Cartagena de Indias, con fama de resguardo seguro frente al fresco alisio y los temporales caribeños.

Las Indias, todo un proceso de transferencia legendaria de atisbos medievales, realimentado por el ibérico asomo hacia mares desconocidos. El Preste Juan de las Indias era un mítico gobernante cristiano del lejano oriente, que según relatos europeos perpetuados hasta época colombina, era mandatario generoso de un fabuloso país pleno de riquezas y mágicos tesoros. Mitad patriarca, mitad paternal presbítero, era en la imaginaria colectiva heredero de los discípulos del apóstol Tomás y descendiente de los Reyes Magos. Su lejana y aislada nación se encontraba rodeada de países musulmanes y paganos. Objeto de búsqueda durante generaciones, seguía lejos del alcance de los europeos, pero cercano en su fantasía compartida. Los primeros navegantes portugueses que regresaron de Calicut y Malaca a finales del siglo XV, convencieron a Occidente de haber encontrado en el Negus de Etiopía, católico Rey de Reyes, el heredero del Preste Juan, corroborando así la situación geográfica de Herodoto. << De estas Indias, pues, del Preste Juan, donde ya contrataban (mercancías) los portugueses, se llamaron nuestras Indias, y así lo nombraba siempre Cristóbal Colón >>, testifica el historiador López de Gómara, apostrofando así a perpetuidad al sorpresivo mundo surgido del océano. Junto a la leyenda de la isla Antilla, las amazonas y la reina California, las Indias del Preste Juan suponían aceradas esquirlas del oscuro Medioevo incrustadas en el luminoso Renacimiento, cuyo afán descubridor iba alumbrando poco a poco el panorama  del saber europeo.

Todavía encontrará una ciudad desprotegida, inadaptada a los turbulentos tiempos que corren, el hugonote Martín Côte (1560), que con 7 barcos y más de 1000 filibusteros pone sitio a Cartagena tras asaltar e incendiar Santa Marta, desde donde llegan informes por tierra del peligro que sobre ella se cierne. Pero sus construcciones han cambiado sustancialmente en las últimas décadas; donde antes dominaban la madera y el techo de paja, lo hacen ahora la piedra coralina, ladrillos y tejas. Un demoledor incendio ocurrido en los postreros días de gobierno de Pedro de Heredia (1552), había puesto fin a la era del bahareque y la caña de su fundación. Se nota ya ciudad próspera, sin parangón con la humilde Santa Marta de aquellos años, que su fundador había alcanzado a vislumbrar. Ante tamaña contingencia, manda el nuevo Gobernador abandonar la urbe y prepara su defensa excavando y escaqueando en derredor pozos-trampa con enhiestas y punzantes picas en su fondo, capaces de ensartar << hombres y bestias que en ellos cayeren >>. Son todos sus hombres de guerra 10 arcabuceros, 20 jinetes de lanza en ristre y 500 arqueros indios con flechas emponzoñadas, que aguardan la acometida pirata apostados en trincheras y zanjas improvisadas, mientras el movimiento de las desiertas calles es vigilado por algunos hacendados a caballo. Pese a la cautela tomada por los asaltantes que se aproximan hacia la ciudad por la playa, la repentina descarga de fusilería junto a la nube de flechas que sobre ellos cae una y otra vez detiene el avance de la hueste corsaria. Retiran sus bajas, pero son muchas las heridas de flecha, que bien saben causarán inexorablemente la muerte en las próximas horas. Una tras otra rebotan sus rabiosas oleadas contra las líneas defensoras, hasta que la munición de pólvora se agota. Entonces, a una señal convenida, emprenden al unísono la retirada hacia los manglares de Getsemaní y cerros posteriores, tras los ciudadanos que habíanles precedido en la huida hacia lugar seguro. Cuando la vociferante chusma siente el camino expedito, irrumpe en la desierta ciudad  como una destructora ola de marea. Entran en las casas robando cuanto hallan, derriban puertas, mutilan imágenes, profanan vasos sagrados, se llevan los bienes del clero y matan un clérigo que reza en la catedral. Su rapacidad no tiene límites, y se aposentan en la maltrecha urbe decididos a no abandonarla hasta que sus ciudadanos paguen la correspondiente “vacuna”, así llamado al rescate pactado para no quemar la ciudad ni degollar a los pocos prisioneros que han capturado. Por 4.000 pesos de oro abandonarían el lugar sin más retaliaciones, y así lo hacen, pero las bajas entre las que se contaba su ahora lugarteniente y conocido perro del mar Jean Beautemps, habían sido muchas, e iban a marcar su filibusterismo futuro. Sobre De Côte y cuatro de sus barcos jamás se supo nada cierto; solo conjeturas sobre su retiro a cierta isla en compañía de una india enamorada. Los otros 3 barcos seguirían costeando la Tierra Firme hasta Honduras, uno de los cuales se sabe llegó al Yucatán. Tratarán de establecerse sus hombres en Trujillo, Campeche y Valladolid, camuflados entre los pobladores hispanos. Pero más de una docena de ellos serán detectados por sus formas y costumbres sospechosas de herejía, y denunciados a los Tribunales de la Inquisición locales. Y consecuentemente juzgados y condenados a diversas penas, aunque no consta que ningún hugonote fuera por aquellos años condenado en Nueva España a la pena capital de la hoguera.

En 1568 el pirata y negrero inglés John Hawkins en compañía de su pariente el aprendiz Drake, con una flota de cuatro naves grandes y 7 urcas y pataches, se presenta ante Cartagena y envía un bote con emisario, anunciando al gobernador que trae suficientes cargas y esclavos para montar una feria. Experimentados los cartageneros en añagazas piráticas, rechaza el gobernador la oferta, a la vez que apresta su hueste militar a la defensa. Tras una semana larga de intercambio de emisarios y fuegos intimidatorios desde mar abierta, desiste el inglés de su “feriante” empeño, no sin antes amenazar que volverá con flota más numerosa. Nunca regresaría Hawkins, pero Drake había aprendido ya el camino.

La proliferación de “perros del mar” por todo el Caribe en general, y los frecuentes avistamientos sospechosos en aguas cartageneras en particular, habían decidido a su gobernador a formar milicias ciudadanas que tan buenos resultados habían dado en las grandes antillas. Componíanse estos grupos vecinales de autodefensa de gentes armadas a caballo, pertenecientes a la clase social acomodada, que habitualmente patrullaban la costa vigilando los movimientos de hombres y barcos en sus playas y auscultando la línea de horizonte, a la vez  que alardeaban de bruñidas armas y costosos arneses. El precio añadido por vivir en un puerto caribeño tan solicitado como Cartagena, implicaba además de una vigilancia esmerada, una eficaz defensa fija y otra móvil. A partir de estos contratiempos empiezan a construirse los fuertes del Boquerón y la Caleta. Se envían 7 bombardas de bronce, 200 picas, 100 arcabuces, cuatro quintales de plomo y noventa barriles de pólvora, que tratarán de mantener siempre como dotación mínima operativa. La piratería se ha vuelto una pegajosa plaga, que las más de las veces asalta alguna nave que llega desprotegida, para darse a la fuga apenas notan que son detectados desde el presidio. Son los crueles y miserables perros el mar, delincuentes sin patria ni credo, que viven de la rapiña, la extorsión y el secuestro de todo cargamento o pasaje que cae bajo su zarpa en aquellas aguas, mayoritariamente surcadas por mercantes hispanos. Pero entre las armas inventariadas como mínima defensa se encuentra la pólvora, que se deteriora rápidamente en climas tropicales, tal que pasadas unas semanas enmudecen los cañones. Y en el Nuevo Mundo ha sido hallado oro, pero no piedra de azufre que hace la pólvora, y sin ella no habrá forma de conservar el oro. Se envía azufre y salitre desde España a la más desarrollada Habana (1570) para la fabricación, barrilaje y distribución de la pólvora, pesadilla de baluartes y navíos durante todo el siglo XVI. Cartagena, creada para el comercio defiende su estatus creando astilleros para la construcción, carenado y equipamiento naval de su transitada dársena. En 1575 Felipe II  le otorga el título de “muy noble y leal ciudad”, y dos años después se inicia la traída de aguas,”obra romana importantísima” al decir de su gobernador, de manera que para entonces se la considera ya como la “tercera ciudad de todas las Indias”. Pero se abandona el proyecto de acueducto con el gobernador entrante, proclive a cambiarlo por nuevos y mayores aljibes públicos, para evitar la vulnerabilidad puntual del suministro lejano del agua durante ferias y asedios. Ya para entonces Cartagena de Indias aparece como una ciudad asentada sobre una Calamarí fortificada. Su casco de ciudad  comerciante y marinera, se va formando, sin la trama geométrica tradicional de los asentamientos castellanos del Nuevo Mundo. Sus calles rectas se adaptan al espacio insular disponible, en haces pretendidamente ortogonales, para conformar 40 manzanas y 2 plazas neurálgicas sobre el islote, puntos características de los puertos españoles del Caribe. La portulana Plaza del Mar o Plaza de la Aduana, residencia de los oficiales reales, donde descargan desde siempre los galeones sus feriantes cargas y abren sus tiendas comerciantes y carniceros, royo justiciero de agarrotar delincuentes incluido, y La Plaza de Armas o Plaza Mayor, mentidero de consejas y festejos, con su Catedral presidiendo el quehacer ciudadano. Hacia finales del siglo alcanzará las 2000 habitantes con un núcleo urbano que se desparrama, mediante el puente de madera de San Francisco, sobre el anexo islote de Getsemaní que cuenta con otros 200 habitantes más y los corrales de ganado algo más lejos del casco habitado. Una tercera plaza urbana nacerá en Calamarí, conocida pronto como Plaza de los Jagüeyes, en razón de los abrevaderos estratégicamente repartidos en ella para solaz de caballerías y reatas que han de bregar diariamente en el sofocante clima.

 
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Contexto Histórico de la Habana – II

Comienza la fortificación de la ciudad, nucleada ya como centro coordinador del comercio español, en un mar infestado de piratas. El Gobernador establecerá su sede en el Castillo de la Real Fuerza, bastión iniciado.por el gobernador Hernando de Soto sobre el propio solar del primigenio fuerte de troncos, diseñado ahora en canterìa según los cánones bélicos de la campaña de Italia (1538). En uno de sus angulos sobresale el Torreón de San Lázaro llamado también de la Espera en recuerdo de Dª Inés de Bobadilla esposa del gobernador que partio a la conquista de la Florida. A la torre recién construida, cuentan lenguas que cada tarde subía la gobernadora para contemplar el horizonte, en el que soñaba ver aparecer de regreso las velas de su esposo. Pero nunca volviò. La mayor parte de la mucha gente que con èl partio a conquistar Florida moriría allí, en detrimento de las escasas hacienda y población cubana.

La Habana asume la capitalidad de la isla (1563) siendo nombrada Capitanía General a partir del año 1581. El Adelantado Pedro Menéndez de Avilés que agrega La Florida a la Gobernación de Cuba, reforma y moderniza las defensas y el antiguo Hospital-Colegio de la ciudad para atender solo a militares convalecientes de esta campaña contra los hugonotes establecidos en aquellos litorales: a partir de entonces se le nombrará como  Hospital Real de San Felipe y Santiago de La Habana (1567). Regentado mas tarde por los hermanos sanjuaninos (1603), se inicia en él la asistencia de enfermería; empezará a conocerse desde entonces como hospital general San Juan de Dios. Los hermanos iban también a constituirse en enfermeros del hospital flotante que a bordo de la nao Almiranta de la Flota de Indias, iba y venía de Sevilla. Se crea tambien la figura del “artillero mayor”(1576), lombardero con superior entrenamiento y formación cuya capacitación iba a ser en adelante responsabilidad de la Casa de Contratación de Sevilla. Hasta entonces no se disponía de esa formación en su Universidad de Mareantes, y admitía aspirantes europeos no españoles, entre los que había supuestos artilleros flamencos y valones que << los más de ellos son ingleses que vienen a reconocer puestos y fuerza, y corren toda esta costa >>, con lo cual se pone en evidencia el peligroso espionaje a que están siendo sometidos los “cagafuegos” que guardan la Flota de Indias y las defensas de los puertos-llave del Caribe. En estos enclaves se había comenzado ya la profesionalización y permanencia de guarniciones militares fijas, ante la indiferencia mostrada por las nuevas generaciones de colonos y pobladores, algunos de los cuales ignoraban el manejo de las armas de fuego. Los primeros pobladores convertidos por las circunstancias en “hombres de guerra”, habíanse transformado por mor de sus haberes en inoperantes “hombres de paz”, que a lo sumo cuando las circunstancias apremiaban, ofrecían esclavos para defender lo que personalmente deberían afrontar obligados por ley. No solo con derramas impositivas, sino con su propia sangre. A instancia del Gobernador de La Habana, la Corona toma conciencia de dotar su fuerza profesionalizada con piedra de azufre y salitre, para que sean ellos quienes fabriquen en adelante su propia dotación de pólvora, con lo que de simplificación procedimental suponía tal medida en el entramado defensivo del Caribe. Los soldados mutilados de guerra pasan como pensiónados a formar y enseñar el manejo de armas y los rudimentos de la disciplina militar a jóvenes inexpertos en edad de ocasional leva.Y su astillero empieza a suministrar barcos de elevado porte con 600 toneladas y más, de maniobreros cascos reconocidos por su buen andar y maderas de gran durabilidad y resistencia a la broma: esas mismas preciosas maderas que Felipe II ha instalado en su retiro de El Escorial. Como en Santo Domingo y Cartagena de Indias, se crea una tercera armada con dos galeras y 250 hombres de guerra, a fin de combatir con eficacia la piratería in crescendo de aquellas costas. Tales naves habían sido consideradas por la Universidad de la Mar de Sevilla, como las naves idóneas para la represión pirática. El escaso calado de sus cascos y su moción a vela y remo, las hacía sumamente operativas en aguas someras, y por tanto inmejorables para maniobrar en aguas del sur de la isla, plagada de playotes, cayos y bajíos. Se dotan sus remos con galeotes provenientes de la fuerza bruta que labora en fuertes y murallas habaneras, pero iban a ser de vida efímera, porque << dada la mala disposición de los indígenas para la boga >>, era problemático mantener sus tripulaciónes de bogantes.

En esta época la ciudad organiza su urbanismo empezando a zunchar con un muro perimetral de paulatino avance, el caserío, sus conventos, sus parroquias y cuatro plazas que ya perfilan su futuro, en un entramado urbano que al principio se trazó ortogonal, pero que andando el tempo constructivo por intereses particulares y mor ciudadana acabaron deformando algunos solares adaptándolos al relieve. Diseñada hacia 1520 junto al sitio que ocupara el primer templo de la villa, la inicial Plaza de la Iglesia pasó a llamarse Plaza de Armas con la siguiente centuria, cuando se le incorpora el solar que fue de la abrasada iglesia matriz. Sirvió desde un principio como patio de alivio para movilidad y maniobra de las tropas acuarteladas de la Real Fuerza. Una vez levantado el Convento de San Francisco (1548), su descampado adjunto, muelle de carga-descarga para galeones y semanal mercadillo, pasó a llamarse Plaza de San Francisco. Para resguardar el silencio durante la oración de los monjes, el mercado y su bullicioso mundo fue desplazado a un cercano descampado conocido entonces como Plaza Nueva y hoy como Plaza Vieja (1559) donde pasaron a congregarse algunos edificios de soportales bajo miradores y celosías de madera al estilo canario. Póximo al Castillo, los jesuitas crearon un seminario, frente al cual existía ya un canal de abastecimiento de agua potable que en aquel punto entroncaba con la Zanja Real. Una suerte de aliviadero que encharcaba la zona con agua sobrante, y que vino por ello a recibir el nombre de Plaza de la Ciénaga, posterior centro neurálgico de convivencia ciudadana conocido como Plaza de la Catedral a partir de su desecado y cubrición de atajeas. El edificio iniciado como seminario jesuita acabó siendo la Parroquia Mayor y finalmente Catedral de la Habana con los propios planos por ellos trazados, tras la expulsión de la Compañía de Jesús por Carlos III. (1788).

El sistema de flotas y expediciones a partir de 1561 va a variar de itinerario. Zarpa de Sevilla dos veces al año, una con destino a Veracruz, conocida como Flota de Nueva España y otra con destino primero a Nombre de Dios, después a Portobelo, conocida como Flota de Tierra Firme. Desde 1574 cada una de ellas navegará protegida por su Capitana en punta con bandera en palo mayor, y su Almiranta atrás cerrando el despliegue con su Cruz de Borgoña en el trinquete. Reunidas de nuevo en la Habana sus naves artilladas vuelven en conserva  hacia Sevilla ahora bajo la denominación de “Flota de Indiaso Carrera de Indias. El peligro corsario se ha multiplicado, pero las precauciones defensivas y tácticas, tambien. Una vez en mar abierta, enfilaba la Flota hacia Florida hasta atravesar el peligroso canal de las Bahamas y seguir costa adelante para  tomar rumbo oceánico hacia el Cabo San Vicente en la costa S.O. de Portugal. Los “Galeones de la Plata”, naves reales revestidas de plomo e identificadas con doble fanal, navegaban en medio de este despliegue naval arropadas por el resto de navíos para su defensa a ultranza. Ellas portaban el preciado metal con que los comerciantes de Lima y México habían pagado en  Portobelo y Veracruz los productos peninsulares adquiridos o contratados en sus ferias. Ellas atesoraban en moneda y lingotes de ley, junto al Quinto Real, todas las demás tasas al beneficio minero y comercial que como súbditos de la Corona debían pagar  << nuestros súbditos de estos reinos >>. A su paso por las Azores tomaba aguada la Flota en la Isla Tercera, donde se “hacían lenguas” de las velas avistadas en su entorno los últimos meses… Quedaba la etapa más peligrosa del periplo, donde piratas y corsarios berberiscos, franceses, holandeses e ingleses, aguardaban como caimán a boca de caño, el más importante botín del mundo. Siempre a la espera de una dispersión de velas bajo temporal, o el malhadado retraso de cualquier merchanta averiada,  para caer sobre el animal herido. Porque la flota desplegada en orden y formación de avante, solo podía ser atajada por otra formidable formación naval, inexistente a la sazón. Solo despojos podían apetecer de ellas los merodeantes y osados corsarios. En tierra, la construcciòn del Castillo de San Salvador de la Punta (terminado 1600) y sobre todo el poderoso Castillo de los Tres Reyes del Morro (terminado 1589) eran una poderosa arma disuasoria de piráticos empeños en el entorno portuario de la habanera Llave de América.

Los miles de tripulantes, militares y pasajeros de la “Flota de Indias”, permanecían largas temporadas en La Habana, a la espera del tiempo propicio para hacerse a la vela. Esos meses de febril trasiego humano, potenciaba el comercio y enriquecía a sus ciudadanos. Los transeúntes consumían viandas, además de adquirir productos locales de neto valor añadido en España. Los barcos regresaban repletos de los preciados “ultramarinos”. Pero tras la marcha de la flota, escaseaban en tierra los alimentos y mercancías, lo que potenciaba una severa inflación estacional, además del brote de fiebres y contagios contraídos de la población flotante. La llegada cíclica de nuevos colonos y esclavos negros, lograba regularizar las compras compulsivas de un mercado convulso. El tabaco y la ganadería porcina y vacuna, estaban convirtiéndose en el motor  de progreso del agro cubano, y lo iba a ser por más de una centuria. La plantación de caña de azúcar con sus ingenios y trapiches, pujaría más tarde con renovado impulso la producción isleña, a la vez que incorporaba numerosas familias canarias portadoras de técnicas experimentadas de producción azucarera al crisol étnico de Cuba.

En 1586 el pirata inglés Francis Drake aparece con su escuadra de 30 naves frente a la bahía de La Habana. Las nuevas fortificaciones de la ciudad y la presencia de 900 arcabuceros detectada por sus infiltrados escuchas, le decide a buscar otra presa mas facil y rentable para su sindicato de Plymouth. En retirada la flota inglesa, es capturada por naves españolas salidas en su persecución una urca rezagada, cuya tripulación es traida a la ciudad para ser ahorcada.  Alegando que no han causado daño alguno, será su vida perdonada a cambio de trabajos forzados en la construcción de la muralla. En 1592 Felipe II le concede el título de ciudad y la proclama como Llave del Nuevo Mundo y antemural de las Indias Occidentales, dando a la imprenta y al halago en campo de azur, sus tres castillos de guarda y la llave de oro que representa su acceso como antesala de América. Los 4.000 habitantes que alberga por entonces La Habana, pasarán a 30.0000 un siglo después, y a 75.000 en 1775.

La plaga corsaria con sus múltiples imposturas, añagazas, y tretas o disimulos, había obligado a imponer en los puertos españoles toda una gama de intercambios de señas y contraseñas entre las naves en arribo y la autoridad portuaria, en evitación de subrepticios engaños. Banderas arriadas, gallardetes equívocos, flámulas e insignias castellanas, para colarse de matute en puerto ajeno donde cometer sus fechorías al arrimo del factor sorpresa. Experimentados por estas prácticas delictivas en carne propia, los puertos antillanos impusieron para el acceso de velas entrantes todo un protocolo a base de salvas de las baterías de costa, para que las naos entrantes << amainen y hagan señales de paz >> inconfundibles. A esta señal debían responder con otra salva a bandera izada, caso contrario serían cañoneados. A partir de la infiltración pirata del jamaicano John Davis en San Agustín de la Florida (1668), se impuso además la prohibición de entrar o salir de puerto durante las horas de noche, del ocaso al orto. Después del ocaso quedaba suspendida la actividad del surgidero: todo barco entrante debía esperar a la salida del astro diurno para solicitar entrada. Mandaría entónces un bote a la comandancia del puerto, que identificara nave matriz, carga y capitan, solicitando para ella el correspondiente permiso de entrada. A partir de 1680 el protocolo se vería complejizado con el acceso de las escuadras de la Guarda de Indias. La nao capitana de la Armada de Tierra Firme, con su bandera en el tope del mástil, al acceder a La Habana, debia disparar una vez frente al Castillo del Morro y otras tres al dejarlo por babor rumbo a la bocana; en tanto que si era la capitana de la Armada de Nueva España dispararía dos y tres veces respectivamente en idénticas posiciones y con la misma enseña izada. Estas órdenes, emitidas por el Gobernador y Capitán General de Cuba eran secretas y trocadas con frecuencia en evitación de su descifrado por espías y corsarios.

 
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Contexto Histórico de Santo Domingo (actual República Dominicana) – I

Cristóbal Colón en su primer viaje (1492) descubre la isla llamada Quisqueya por los nativos tainos, que denominará La Española. El primer asentamiento europeo empieza a conformarse en ella un año después al este del río Ozama (2º viaje), aunque será fundado oficialmente como ciudad por su hermano Bartolomé con el nombre de Isabela (1496) en honor de la Reina Católica. Años después, destruida por un huracán, será refundada al otro lado del río Ozama por Nicolás de Ovando (1502), con el nombre de Santo Domingo de Guzmán, el ejemplar hidalgo burgalés del siglo XIII. Recibirá como escudo ciudadano una llave en palo coronada entre dos leones rampantes y bordura con escaques blanquinegros del apellido Guzmán, según Real Cédula (1508) del Rey Fernando. La llave como símbolo de la ciudad que iba a ser la Puerta de un Nuevo Mundo.

El aragonés rey Fernando el Católico ha intuido rápidamente la importancia del dominio atlántico y proyecta establecer una base firme del poder español en el Caribe, y no una factoría mercantil de trueque al estilo mediterráneo de Venecia o portugués del Índico. En ella se aplicarán las leyes y libertades municipales de Castilla y por tanto los nativos han de ser tratados como a todo súbdito de su rey corresponde. Bajo la Corona juntan los Reyes Católicos los reinos que por herencia o conquista han merecido: desde Aragón, Castilla, Nápoles, Sicilia, Navarra y Génova, hasta << nuestros nuevos reinos de América >> en decires de la castellana reina Isabel.st

Los primeros años del establecimiento español en la isla son onerosos. Como primera disposición se introduce la desconocida rueda, sin la cual no puede haber transporte eficaz de mercancías, ni ruecas para hilar, ni tornos de alfarero, ni norias para el riego de secanos, ni ingenios donde procesar la caña de azúcar como se labora en Canarias, ni futuro. Aquellas tierras pueden dar algodón, caña de azúcar, café, además de la yuca y maíz autóctonos, incluso oro y perlas. Y por ello, la rueda radiada de herencia celta, con llanta y cubo de hierro, va a propagarse por toda costa donde el europeo llega, dejando ver su esbelta e inconfundible silueta por las Indias todas. Como también lo hacen los distintos aperos de labranza según procedencia del colono que los trabaje, y sobre todos ellos, el rey arado que labrará los campos desbrozándolos de maleza. Pese a este primer esfuerzo inversor, Colon atraviesa graves dificultades como virrey tras su 2º viaje, dada la radical oposición de sus ideas mercantilistas de inspiración genovesa, versus las del Rey Católico de visión universal, que ordena aplicar sin ambages la tradición repobladora castellana, heredera de la Reconquista. Será por ello traído a España Colón con sus hermanos cargados de cadenas. A la espera de un Juicio de Residencia, serán cautelarmente suspendidos los capitulares títulos del Descubridor hasta ser juzgado, y en su caso absuelto. Esta figura procesal emanaba de los juristas dominicos de la Universidad de Salamanca, como embridado contra abusos y corruptelas del funcionariado público, que al final de su mandato había de ser investigado y juzgado por su desempeño. Un precedente de los juicios políticos que habrían de seguirse al cabo de siglos, en muchas repúblicas hispanoamericanas tras alcanzar la independencia. Colón es acusado por sus enemigos eclesiásticos y civiles de venalidad y evasión del impositivo Quinto Real, obligante en los placeres de perlas y yacimientos auríferos que explota a base de esclavos indios. El comendador Francisco de Bobadilla nuevo Gobernador en Santo Domingo será por tal motivo quien le devuelva a España encadenado (1500).

Vienen a poblar con Bobadilla 300 familias contratadas por 4 años, que pronto se desparraman sin control en busca de arenas y filones auríferos por tierras de La Vega y Haina, en un afán de ávido lucro y rápido atesoro para regresar de seguido a sus lares ibéricos. Físicamente lejos del sometimiento obligado a la obediencia del Gobernador, dejan sin cultivo las tierras adjudicadas. Los Amparos Reales, lotes comunitarios de tierra sementera, quedan en barbecho, eriales yermos que criminalizan una economía apenas subsistente.

Para gestionar esta gobernación que no puede concebir el monarca sino sólida y eficaz, envía a Nicolás de Ovando con el título de Gobernador de Indias (1501-1509). Hombre de prestigio con ideas claras y voluntad firme, Caballero de Alcántara y Comendador de Lares, Ovando comienza por pacificar la isla, alborotada por el mal gobierno de los hermanos Colón y del comendador Bobadilla. Por pacificar, entendía el monje-soldado someter, que no esclavizar, a todo indígena revoltoso o contrario al establecimiento español y sus leyes que en la isla hanse de implantar. Intuye el gran ensayo de poblamiento y catequización de un nuevo hecho social que durante aquel tiempo comienza a vislumbrarse. Y llega a La Española con una flota de 32 naves y 2500 colonos labradores, maestros canteros y artesanos, ganado mayor y menor, abundante provisión << de boca y guerra >> y 14 indios tainos que Colón llevara a España como muestra humana del Descubrimiento y que ahora se repatrían por orden de la Reina. En años anteriores había sido comisionado por el rey Fernando para restaurar la Valencia de Alcántara abatida durante la Sucesión castellana, donde conocerá las exigencias constructivas y estratégicas de toda villa fronteriza. Concibe y funda Santo Domingo, la primera ciudad europea del Nuevo Mundo. Como promotor del enclave urbano, convoca a sus gentes para elegir regidores que formen el Cabildo, suerte de corporación con derecho a convocatorias deliberantes sobre cuestiones ciudadanas de interés común. Primero ley y justicia, luego materializar el trazado y construcción de calles, plazas y edificios, en un orden de prioridades establecido de antaño. Su trama de damero, será referente para las futuras ciudades hispanas, con calles rectas formando cuadras, a veces ligeramente acuñadas por mor de la orografía o la climatología local. Las casas de madera y techo cañizo que habíanse construido al este del río, las levantan ahora al oeste en sillar o mampostería de piedra los maestros venidos y mano de obra india. Construyen la Fortaleza Ozama, primer bastión defensivo de la ciudad y su dársena, primigenio cuartel militar, residencia propia y futura de gobernadores. Se inicia bajo advocación de San Nicolás de Bari (1503) el primer Hospital, planta basilical cuyas naves laterales piensa dedicar a la atención de enfermos. La orden franciscana llega para construir su Convento de San Francisco (1508) que, fiel al querer de la Reina, va a convertirse en un foco de recepción de frailes que irradiará nuevas fundaciones y aulas por las Indias: su iglesia conventual (1532) sería el primer edificio eclesial inaugurado en el Nuevo Mundo.

Mente disciplinada, sabe Ovando rodearse de gente emprendedora, capaz de acometer el desafío de la expansión antillana, deseada por la Corona. Entre ellos, Diego Velazquez será Gobernador de Cuba, Ponce de León lo será de Puerto Rico, Diego de Esquivel ganará Jamaica, Pizarro El Perú, Cortés México y Balboa dará a su Rey el Mar del Sur. Ellos irradiarán hacia las nuevas gobernaciones las bases del poblamiento continental establecidas por Ovando en La Española. Son hijos del Renacimiento, emprendedores que autofinancian las empresas que acometen, una vez les ha sido otorgado el pertinente nombramiento regio, garantía escrita de su titularidad frente a la Ley o la desleal competencia. Y pagarán también el Quinto Real de sus ganancias, como todo súbdito de la Corona Castellana que las hubiere.

Agrupa a los colonos de anteriores épocas dispersos por la isla, entreverados en poblaciones indígenas y amancebados muchos de ellos con indias cuando no casados, y los concentra en las nuevas ciudades que va fundando. Al igual que los últimos incorporados, todo colono recibirá tierra, pero debe cultivarla, residir en ellas y pagar diezmos a la Corona. Los repartos de lotes se realizan por sorteo, y ante Notario Real se adjudican. Gozan de libertad para buscar yacimientos mineros, pero pagarán el Quinto Real de lo que obtengan: la misma política que va a perdurar por siglos en el Continente. Por encima de otros criterios bienpensantes, introduce Ovando entre sus colonos la “Encomienda” de indios, base realista futurible para una racional economía de mercado minera, agrícola y ganadera. Era la Encomienda institución de tradición castellana, que en América iba a evolucionar con los tiempos. Mediante ella un grupo de familias de indios, cacique incluido, quedaban por Real Orden sometidos al encomendero, hacendado que a cambio del trabajo de sus miembros estaba obligado a protegerles y cuidar su instrucción religiosa bajo dirección misionera. La organización por encomiendas había incorporado al quehacer de Castilla importantes regiones de reconquista mora. Pero iban a surgir en América otros problemas humanos, derivados de aplicarlo sobre gentes de economía subsistente o tradición seminómada, lejos del nivel social mudéjar de siglos anteriores al contemporáneo ensayo, y por tanto ajenas a toda idea de sistemático esfuerzo. La mano de obra era imprescindible para potenciar la empresa conquistadora. Hombres para dirigirla había, pero nunca el capital suficiente, ni mano de obra cuantitativa para desarrollarla. El hombre del Renacimiento sabía que para financiar sus empresas había que buscar ganancias in situ: las minas eran una pertinaz fuente de ingresos y para sus minerales estaba desarrollando la ciencia eficaces métodos de lavado y extracción. Los portugueses, siguiendo la romana huella, eran pioneros en África. Pero en la América no había marfil, ni ébano, ni Costa de Esclavos a cuyos caciques comprar para convertir sus cuerdas de presos en fuerza laboral. Pero había oro, que iba a trocarse en moneda de pago capaz de sufragar las empresas de Indias. Y había nativos, caníbales en las antillas menores, que debían aportar de grado o por la fuerza, la necesaria mano de obra. O no habría en el Mundo capacidad alguna para financiar la empresa americana, ni desarrollar entre sus gentes una cultura acorde con los tiempos. Cultura que en lenguaje renacentista no era sino civilidad cristiana. Quedarán establecidas por Real Orden las “Reducciones”, llamadas mas tarde “Corregimientos”, a fin de conformar esa sociedad de producción que se busca. Se agrupa a los indios no encomendados en núcleos étnicos, “repúblicas de indios” con autonomía administrativa y bajo autoridad de sus propios alcaldes y alguaciles. Toda Reducción debía gozar en propiedad de sus tierras ubicadas en una legua a la redonda, conucos si los hubiere incluidos, y podía vender la producción hortofrutícola sobrante en cualquier mercado ciudadano. Pero la explotación de minas y yacimientos estaba para ellos vedada. Pagarían sus tributos en especies de yuca, ajes, guáyiga, batata y maíz, motivo recurrente de sus cultivos.

Surgía empero la sorpresa demográfica de ver cómo poblaciones nativas se diezmaban o sucumbían bajo enfermedades que el europeo y el africano resistían secularmente. La viruela y el sarampión iban a convertirse en el flagelo de las razas indígenas y ante la disminución de la mano de obra se recurre a la tradicional servidumbre africana implantada en Europa desde la época romana y aún antes. La esclavitud era de consuetudinario arraigo entre los principios sociales y morales de la época. Ovando se muestra renuente a traer negros bozales. Por la experiencia habida de tiempo anterior y tratas clandestinas, era sabido que a la menor cuita se escapaban a los montes, donde pervivían entre indios impregnándoles sus malas artes….continuará —>