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Contexto Histórico de Veracruz – III

Gran parte del litoral atlántico maya iba a permanecer durante décadas hostil al hecho español. Por ello, desde el comienzo de la conquista, Veracruz se convirtió en puerta accesible de la marea humana que venía desde la Península o las Antillas, a las nuevas tierras de la Corona, huyendo de su menesteroso origen. Indigencia por otra parte de probada bonhomía, necesaria para poder hacer las américas, con un poderoso filtro social frente a judíos, moriscos y gitanos, no deseados por la Corona en la Península ni en ultramar. Gentes europeas que tarde o temprano harían valer hazañas y méritos ante la propia Corona, para aupar reconocimientos, prebendas, concesiones y medro. Un sentimiento común compartían: la sincera lealtad a la Cruz de Cristo y a su Rey. Bandera y cruz aseveradas por el irrefutable testimonio de sus cientos de relaciones, probanzas y cartas documentadas que cruzaron, en toda dirección, el Atlántico de aquellos años.

 

Muchos fueron los negros asentados con sus patrones en el área veracruzana desde 1522: eran siervos y esclavos de colonos peninsulares, integrados consuetudinarios a su cultura y habla castellana, que pasarían a ser conocidos en Indias como negros ladinos. Gozaban de un régimen medieval, no escrito pero vivo, extractado de las Partidas de Alfonso X el Sabio, suerte de Código del buen tratamiento de los siervos. Matizaba extensamente sobre los principios del derecho a la vida y la integridad personal, a la protección de la justicia y la obligación de tener el señor responsabilidad de lo obrado por su esclavo. Eran estos ladinos, gentes de color, que habían entrado a formar parte de una familia en el sentido de unidad social amplia, que en el Mediterráneo latino, adquiere el vocablo. En general, su tratamiento dentro de las familias era benévolo, pese a la autoridad sin límites que asistía por aquel entonces al cabeza familiar. Cuando no eran nacidos en propia cepa, debíase su presencia a su compra cuando jóvenes, y desde luego, en el seno familiar morían, caso de no alcanzar oportuna manumisión. A la muerte de pater familias eran muchos los liberados, siquiera nominalmente. Seguían los menos al familiar cobijo, entre ellos mujeres mayores, las viejas ayas o amas secas, que nunca mueren. Ellas, plenas de paciencia racial y espiritismo congénito, habían recreado el magín de la muchachada y captado su atención volandera con historias mágicas y evanescentes misterios, que hacíales acreedoras, por merecidos, del respeto y autoridad grupales. Otros muchos acabarían comprando su libertad mediante la Real Cédula de Gracias al Sacar, prebenda concedida por la Corona para combatir las estratificadas castas de la sociedad hispanoamericana, espontáneamente cuajada en abigarrada sucesión de mestizajes. Pero su porte y vestimenta, muchas veces los delataba

 

Con la oleada peninsular, las gentes africanas llegadas, futuros negros libres que con ella se asentaban, acabarían comprando su libertad. Ellos también levantarán hatos o sementeras, con aporte de animales y semillas que a todos harán arraigar en tierra veracruzana. Muchas veces su pago manumisor será fiado, esperando de su buen empeño el amo, una progresión social suficiente que rescate la deuda moral contraída por el siervo. Son los llamados conquistadores negros, un puñado de africanos de primera hora, muy estimados entre los mílites indianos por su ardor combativo, aunque ninguneados en el seno de la sociedad criolla ya cuarteada por nacientes castas, además de injustamente olvidados por los historiadores y cronistas de todo tiempo. Juan Valiente es uno de los ladinos que solicitaron a su amo veracruzano de igual nombre pero poblano a la sazón, cuatro años de plazo para buscar fortuna por donde pagarle la deuda crediticia. Mentes tan bien intencionadas como la de su valiente amo, arguyen que no pudo hacerlo, cuando, ya capitán, casado y padre de tres hijos, muere veinte años después en Chile. Luchaba contra los araucanos con su Adelantado Pedro de Valdivia  que murió también en aquella jornada (1553). Bien es verdad que había llegado tan lejos, no por ir a buscar lejana querella, sino reclutado por el omnipresente tonatiuh Pedro de Alvarado. Su fallida y liquidada, por pactada, expedición al ardiente Perú de Almagro y Pizarro, junto a su unión con una mulata del Adelantado, fue causa determinante que le hiciera arraigar y crear familia en el lejano Sur. Pero las comunicaciones desde Valparaíso al Callao y Panamá/Nombre de Dios, con galeones a Veracruz y Campeche, eran ya toda una realidad espléndida, para poder haber saldado haberes con el antiguo amo…

       Figura 8: Plano Planta de la Veracruz de Antonelli y Valverde (1623)

     

Juan Garrido, otro de esos colonos conquistadores que dieran fama a su raza, traería el primer trigo a tierras veracruzanas, aunque acabaría sembrándolo en el valle de México, de favorable condición climática para la neonata gramínea americana. Africano de origen y esclavo de conquistador, empeñada la palabra, compró y pagó su libertad, mediante su lucha contra los caribes antillanos primero, y las tribus del noroeste novohispano después, ya como hombre libre. Acabaría sus días como un hacendado más de Ciudad de México, donde por sus méritos probados, habíasele concedido casta, casa y tierras.

 

El ser y sentirse libre no significaba igualdad jurídica con el blanco, porque persistían en él, como negro ladino, las restricciones inherentes al color de su piel, su casta. Circular por las ciudades tras la puesta del sol, portar armas, vestir determinadas prendas, sedas y encajes, lucir perlas y joyas, ocupar ciertos puestos en reuniones oficiales y primeros bancos de las iglesias, desempeñar cargos eclesiásticos o civiles, eran parte de ellas. Mediante las Gracias al Sacar, podía liberarse de algunas prohibiciones mediante el oportuno pago, tal como hiciera Garrido el guapo, para disponer libremente de la sine diae añorada tenencia de armas, entre otras muchas concedidas so contante y sonante plata. Puro mercantilismo virreinal. Entre los negros ladinos, los hijos de las esclavas nacían por tradición semi-libres, porque debían permanecer en casa del amo hasta su mayoría de edad o su matrimonio cristiano. Por encima de estos límites, debía resarcirle aportando trabajo en casa, o alquilando su mano de obra fuera de ella. El negro y horro Sebastián Toral, explorador manumiso del Yucatán en la década de 1535-40, acabaría como conserje del cabildo de Mérida, habiendo sido uno de sus primeros pobladores. Tras haber perdido todos sus haberes invertidos en la conquista, pidió al rey su exención de tributos en recompensa de haber prestado fuertes servicios en la pacificación de la tierra, sin haber recibido salario ni merced alguna. Que Felipe II, todavía príncipe en representación de su padre, le concedió sin rechistar. Por otra parte, era ésta merced habitual de la Corona para con sus deudos, frecuentemente nombrados como vigilantes, ujieres, maceros, verdugos, pregoneros, subastadores, porteros…  subalternos siempre útiles.

 

La necesaria importación de negros bozales africanos para suplir una mano de obra indígena escasa, floja, y protegida por las Leyes de Indias, iba a traer a la sociedad novohispana brotes de rebeldía, desconocidos u olvidados por la matricial sociedad española. Nutrieron los montes, alguno de ellos, con peligrosos cimarrones; algún otro acabaría en matanza de negros, como la ocurrida en México (1537). Su realidad humana era otra, bien cruel. Habían sido en origen cautivos de las mismas sociedades negras que se los quitaban de encima, vendiéndolos a los tratantes europeos, portugueses o franceses en el caso español. Esclavos previos a otro yugo que les esperaba, caso de sobrevivir al inicuo traslado, muy lejos de su culturamadre. Díscolos, resabiados, truhanes desterrados y vendidos por su tribu, delincuentes muchas veces, forzosas hienas humanas otras muchas, solían llegar los recuperables a Veracruz, enfermos, débiles, apestando a mugre y excrementos, sarnosos, escorbúticos, bubónicos, diarreicos, enfebrecidos por los virus africanos, cuando no del propio viaje. Los no recuperables habían sido, simplemente, arrojados por la borda durante cualquier singladura. Seres humanos cosificados física y síquicamente, que eran pasados como ovejas por agua de mar, cauterizante, limpiadora y desodorante, antes de aproximarlos a las dependencias aduanales. Podían así ser vendidos en pública subasta sin el sabido rechazo, cuando no confinados a una cuarentena definitiva, redentora o mortal. Pero tampoco había sido cosa fácil, en origen, su adquisición por los negreros. Sólo cuando empezaron a ofrecer por ellos armas, paños, herramientas, caballos y aguardiente, accedieron, sociedades matrices y régulos, al trueque de sus esclavos. Hoy sabemos que su razón era doble: los esclavos africanos eran producto de tributos, o botines de guerras habidas frente a otras tribus. Brazos supletorios para trabajar la tierra o cuidar sus ganados, en tanto disminuían los ajenos en la misma proporción. Una fórmula primitiva de aumentar recursos propios y reducir los ajenos, tanto como se amplificaba la brecha de poder y el supremacismo dominante entre las partes.

 

Se ha vertido mucha literatura lacrimógena con motivo de la sumisión del bozal en América. En un principio el propio homo mataba al enemigo homo y se lo comía. Más tarde aprendió a someterlo para que trabajase por él, pero sin dejar de comérselo. Finalmente perdió el hábito antropófago, pero siguió manteniendo sus rutinas belicistas para someterlo. La tiranía en el mundo antiguo consta, según escritos cuneiformes, desde los primeros tiempos de Sumer. En la antigua Grecia había esclavos por conquista, por abandono al nacer, o por deudas o multas impagadas. Egipto los puso a levantar pirámides. Roma construyó acueductos, puentes y calzadas a expensas de las costillas de sus enemigos. China a levantar la muralla contra los mongoles. Homo hominis lupus. ¿Qué tendrán las Américas indianas de hoy que todo lo vuelven lamentos y doloras de salón?. Su propio nombre indica la procedencia de este inhumano comercio, perdido en los anales de Occidente: esclavo, eslavo. Fue en la frontera turca de tierras indoeuropeas, donde tratantes judíos adquirían esta carne humana, femenina mayormente, para beneficio propio y solaz de emires y jerarcas de la Córdoba islámica. Siglos IX y X de nuestra Era. Mientras, las Indias dormían su sueño de prehistoria, tan antropófaga y déspota como las demás de su nivel, lo fueran en su noche. Documentos mercantiles de aquella secular trata, incorporaron a nuestra fabla el vocablo del detestable comercio, no extinguido, por muy prohibido y acallado que se presuma hoy.

 

Cuando el barco negrero aportaba en Ulúa, recibía la visita médica de control sanitario y aduanero prescrita para todo bozal documentado. La comprobación del carimbo o hierro de procedencia, marcados al rojo en omóplato o glúteos, si varones o hembras, anticipábase al avizorado matute portuario, en aras de la legalidad vigente y la restricción del contrabando humano. La pasividad con que aquellas mujeres de secano, engrilletadas y enfermas de oleaje, aprendieron a soportar vejación y desfogue cotidiano de las tripulaciones negreras, fue motivo de infundada fama sobre el desorbitado poder sexual de las negras. Hoy, paja en ojo ajeno, se repite el infundio con las mujeres subsaharianas que huyen de la miseria, y logran alcanzar la frontera o la costa españolas, embarazadas en cualquier control o paso fronterizo perdido, que se cobra su peaje. Solo la calentura emocional y la ruda ignorancia de los captores, repetida una y mil veces, puede henchir tal patraña. Embarcados quedaban entonces los enfermos, reos de cuarentena, regados con agua y vinagre frecuentes para evitar contagios. El kilómetro que los separaba de la ciudad, no era suficiente espacio para orear el pútrido hedor de esclavo que emitía el barco amarrado, en alas del solano que lo expandía por tierra. El trasporte en botes de los bozales aptos y su desembarco en el pantalán playero, realizábase en horas de sol. Cumplida la jornada, se suspendía el trasiego humano y se cerraban las escotillas, por donde había de emerger, al día siguiente, el resto de la negritud sana, carne de sentina. Pasada la Aduana del espigón, eran todos conducidos a galpones de estancia y venta o negrerías, extramuros de la ciudad y alejados de ella. Allí se les palmeaba (medidas en palmos), lavaba y lustraba para sacarlos a la venta pública con datos y aspecto de persona. Una vez adjudicada cada cabeza de negro, aplicábasele el nuevo carimbo de propietario, anexo al existente. Como cualquier cabeza de ganado, que recibiera el hierro. Registrados propiedad y propietario, abandonaban la negrería rumbo a las plantaciones de caña azucarera o maíz y las minas, cuando no a talar foresta.

Figura 9: Caminos Reales de Veracruz. Finales siglo XVIII

 

En general, la incorporación de esclavos al peonaje de hatos y estancias veracruzanos, fue mansa y pareja en crecimiento al de su cabaña porcina, caballar y vacuna, hasta alcanzar mestizajes tan complejos como la propia sociedad que les cobijaba. Llegó a ser tan importante su peso social, que pudieron disponer de un Hospital de Nuestra Señora propio y su cementerio anexo (1560), en una población de más de 600 africanos, sin acotar mulatos y pardos. Su presencia ha dejado en el lenguaje local préstamos lingüísticos de reminiscencias yorubas o nalus, propias del África Occidental Portuguesa de la que mayormente procedían.

 

Los bozales libres, bagaje oscuro, eran tenidos por la Real Hacienda por muy dañosos, en especial a los indios y más a las indias, criterio compartido por la Corona y los legisladores indianos de toda latitud. Por esta razón, y la consiguiente distorsión social que inoculaban al contexto indígena, se prohibió desde temprano a los libertos, su cohabitación en los pueblos o repúblicas de indios. Era en definitiva una protección legislativa sobre súbditos que lo precisaban, versus una mano advenediza que se tomaba lo improcedente, sin gozar plenamente de la ciudadanía virreinal. El indígena de Nuestros Reinos de Ultramar, era jurídicamente tan súbdito de la Corona como los españoles y los flamencos, genoveses (pactado), portugueses (con los Felipes II y III), sicilianos o napolitanos lo fueran. Y así ocurrió hasta la enajenación de aquellos reinos tras la Guerra de Sucesión, imposición necesaria para entronizar en ella al Borbón Felipe V (Utrecht, 1713). Eran por tanto súbditos españolesamericanos (Padre Feijoo), como lo fueran los indios-chinos filipinos, los chamorros de Guam o, pasado el tiempo, como los ecuato-guineanos y los saharauis lo fueron también.

 

Se cuentan por cientos los documentos del Archivo de Indias, desde los Reyes Católicos hasta el siglo XIX, donde así consta, sin distinción ninguna de los territorios extra peninsulares, nominados siempre como reinos, virreinatos, provincias, pero nunca colonias. No existe en el Archivo de Indias, ni en los de Simancas, Toledo o Viso del Marqués, el anglicismo colonia/colonial. El barbarismo colonia, con significado de territorio extra-metropolitano administrado por un país, estado o nación con mayor jerarquía, se introduce en el idioma español de la mano de  la circunstancia geopolítica europea del siglo XIX, que no por fonetismo ibérico. La lengua castellana, habíalo ya significado históricamente como un conjunto característico de personas establecidas en otro país. Nunca Nuestros Reinos de Ultramar fueron tratados por el legislador ni la Corona como una Colonia sensu estricto, implícito anglosajón de territorio jerárquicamente inferior a la metrópoli. Nunca. Existen cientos de documentos donde comprobarlo. Colonias lo fueron las trece británicas de Norteamérica o las Indias Holandesas, ayunas in situ et in vita de centros educativos superiores u hospitales para indígenas.  Y con ellas las africanas de última hora, no otra cosa que groseros repartimientos territoriales arramblados por las naciones europeas, para expandir su economía y su ego en el siglo XIX. Al no saber como encajar el puzzle geopolítico naciente, junto a su falta de voluntas para acometer labor como la española en América, optaron por aunar en vocablo único, causa y efecto de una explotación sin ambages, que condujo a una implosión colonial (colonial, nunca mejor dicho esta vez) tras pocas décadas de infeliz ensayo: su legado es hoy el caos social, la miseria y la centrifugación masiva humana. Allende sus fronteras, vagan por desiertos africanos sus empobrecidas gentes camino de la Europa que los embaucó entonces y ahora los rechaza.

 

Solo una vez en la Historia moderna hubo una nación que lo intentó y expuso ante el mundo las carencias de su bagaje. Con una lucha ideológica interna en pro y contra del derecho a someter al indio por exclusivas razones éticas, nunca políticas ni económicas. Y ello en el momento mercantilista más agudo de Europa, conocido como Renacimiento. Su encono fue más allá de las fronteras españolas y dio lugar al ius gentium de Salamanca, aplicable desde entonces a la humanidad entera. Otras muchas vergonzantes, como la Bélgica del Congo, escondieron siglos después sus miserias coloniales barriéndolas bajo la alfombra, mientras aventaban la llama ajena para desviar ojos de su expolio africano. Pretendieron no serlo estricto sensu, las francesas del Virreinato de Nueva Francia, a duras penas conseguido antes de perderlo a manos inglesas. Nueva Francia, Nueva Britania, calcocopias nominales de la exitosa Nueva España que jamás alcanzarían a igualar. Los estudios superiores buscábanlos sus colonos en la metrópoli, única beneficiaria de un saber elitista indelegado a las colonias fácticas, de calificación peyorativa. Dentro del Imperio Español, las universidades comenzaron a emanar saberes desde el temprano siglo XVI en el Santo Domingo de La Española, con un larguísimo etcétera que alcanzó a fundar más de cincuenta centros de enseñanza superior, incluidos Colegios Reales y Colegios Virreinales hasta comienzos del s. XIX, cuando vino a desaparecer como imperio. Sin olvidar el paradigmático Real Colegio de Nobles Americanos de Granada (1792), para instruir a hijos de caciques e indios de alcurnia que lo demandasen, así como a descendientes de españoles nobles nacidos en Indias, con finalidad de crear un funcionariado de ámbito ecuménico próximo a la Corona.

 

A medida que avanzaba en logros geográficos el Imperio, progresaba el beneficio de su saber. Negro sobre blanco, hay que denunciar las contradicciones conductuales de la Europa protestante, cobijada tras una feroz propaganda antipapista y por ello antiespañola, la nación católica paladina de siglos iluminados por la Luz de Trento, Martillo de herejes, Espada de Roma, Cuna de San Ignacio… que proclamase el privilegiado cerebro de Marcelino Menéndez y Pelayo. Investigadores hoy, le asignan al Padre Las Casas, fulcro de palanquetas perversas, un papel de vocero histriónico y edulcorados juicios indigenistas. Falta en sus escritos la documental prueba que testifique sus acusaciones, colofón de efectista exposición, no vivida ni contrastada en mayoría de veces. Tal vez oída de otros labios, seguramente veraces, pero transcrita con su personal aporte imaginativo. Tan desgarradoramente exagerado y fuera de contexto, como los pictogramas de De Bry, extendidos hoy como compañeros de viaje de toda versión de la colonización que se precie de progresista. En su Árbol del Odio, el historiador californiano Philip Waine Powell, se toma el humorístico trabajo de calcular los indios que cada español (púber, prepúber y féminas incluidas) hubo de matar en América para colmar las cifras sugeridas por Las Casas en su Brevísima relación… Y sus datos resultan sorpresivos: nada menos que 14 indios al día (festivos y vacaciones incluidas) hasta la independencia de sus países… ¡Mentira trágica¡ La tarea que supone la búsqueda de la Verdad, resulta imposible de lograr sin espíritu crítico ni profundidad lectora. Producen rechazo toda bonhomía los infamatorios grabados del oportuno calvinista Theodor De Bry, sugerente plumilla trazadora, ignaro saber y nada inocente hacer, desde su ácrata refugio de Estrasburgo. Dibujos pontificales los suyos, sobre supuestas torturas de unos amerindios que jamás conoció ni le interesaron para nada que no fuera cobrar sus escorzos panfleteros. Verborrea tendenciosa medular, platónica sombra cavernaria del exterminio perpetrado por sus propios correligionarios calvinistas en el Sudeste asiático. El mismo que jamás le interesó testimoniar, porque ningún adepto orangista se lo iba a pagar cual pretendía, y los católicos que pudieran hacerlo, lo desechaban, por no acostumbrar alimentarse de mentiras. Los españoles pasaban de todo De Bry de turno. Teníanlos por majaretas pasados, sin detener atención alguna en lo que consideraban, equivocadamente desde luego, sonoros eructos de taberna, desfogues gástricos de arriero o menestral. La insistencia volteriana del ¡Miente, miente que algo queda! puede apreciarse aún hoy en las lecturas que sobre el caso llegan a nuestras manos. Esa actitud despreciativa del otro, es mero patrimonio anglocalvinista, y lo recoge la investigación histórica como hecho contrastado, sin pábulo al sectarismo de parte. Ya en el siglo XX, esa discriminación humana sería conocida con el inequívoco vocablo angloholandés de apartheid, de recurrente uso en ambos idiomas y significado unívocamente entendido por la comunidad internacional, sin otra explicación que su propio nombre.

 

Apartheid resume el trato infamante de las Compañías de Comercio holandesas o británicas hacia el indígena de sus colonias. Nunca Nuestros Reinos de Ultramar, pese a ser apostrofados con el barbárico fonema, lo fueron. Hubiera supuesto para aquellos territorios un inherente rango inferior al peninsular, jamás entendido ni traslucido en los documentos de Indias. Tampoco en ellos fueron los indígenas sino almas de Dios que ganar para el cielo (alma púber, si, pero tan inmortal y aspirante al paraíso como la del Emperador), por el legislador o por la Corona. Otra cosa sería lo interiorizado por los colonos. Los clérigos Montesinos, Las Casas y Sepúlveda lo debatieron en su día como Polémica de los naturales, en Valladolid: las Leyes de Indias supieron registrar sus conclusiones. Por cierto ¿existe acaso otro Montesinos inglés u holandés? ¿Otras Leyes de Indias? ¿Otros Las Casas? ¿Habría publicado éste su diatriba amerindia contra colonos propios con la normalidad que se asumió en España? ¿Contra los orangistas de Calvino? ¿Contra  los nacionalistas alemanes de Lutero? ¿Contra el endiosado Enrique VIII?. De haber existido, no habría ido sin duda más allá que Tomás Moro o Miguel Servet, degollado en Londres uno, abrasado vivo con otros 500 en Ginebra el otro. Era el justo pago reformista a su osadía mística, políticamente incorrecta, frente al intransigente Cuius regio eius religio, que tantas vidas costó en centroeuropa entre quienes discreparan del credo de su rey. No hay más que leer a David Hume y su Historia de la casa Tudor para saber cómo trataba las cosas de la Fe, aquella estirpe. Las homilías compuestas para uso del clero, que los eclesiásticos tenían orden de leer todos los domingos, recomendaban una obediencia pasiva, ciega y sin restricción al soberano, de la cual no era posible desviarse ni un ápice bajo ningún pretexto. Los dramas históricos de Shakespeare, que tan admirablemente pintan sus costumbres… apenas hacen mención de la libertad civil. La menor resistencia que se intentase contra ellos (los Tudor), se miraba como la sedición más criminal, sin serlo admitida por el  público, y que daba a los patriotas una medida para arrostrar los peligros a que se exponían, caso de resistir a la tiranía. A pesar de la crueldad, exacciones, violencia y arbitraria administración… los ingleses de esta época, estaban tan subyugados, a semejanza de los eslavos, que eran propensos a admirar los actos de violencia y tiranía que se ejercía sobre ellos pese a serlo a expensas suyas… Bajo un sistema de control vecinal de espionaje, que produjo más de mil víctimas, quien rehusase por espacio de un mes asistir al culto público, será encarcelado… si persiste tres meses en la misma negativa, será desterrado del reino de por vida… y si vuelve a Inglaterra, sufrirá la pena capital, había legislado el Parlamento bajo presión de la Corona. El Parlamento, la Corona…  y el Tribunal de la Inquisición, entretanto ¿qué decía?. Nos lo cuenta en su libro testifical Mártires de la Inquisición inglesa el jesuita John Gerard, cuya primera edición tuvo que esperar hasta 1984… En este irrespirable ambiente ¿qué hubiese hecho nuestro inefable Fray Bartolomé tras publicar su Breve relación?… marcharse, como hicieron los puritanos… o morir colgado, como los católicos. Cincuenta mil de ellos durante el reinado de Enrique VIII. La terrible Inquisición española en tres siglos mató a 3000 personas, como mucho. ¿Hay quien dé más?

 

Benito Jerónimo Feijoo, el sabio Maestre General de la Orden Benedictina, entre otros ilustrados, identificaba al habitante de las Indias como español americano. Incluía esta acepción a todo nacido en aquella tierra, por primitivo indígena que fuera, que todo peninsular leído sobreentendía como cromañón emplumado, pero inequívoco género homo. En cuanto al peninsular medio contemporáneo, veía aquellos Reinos de Ultramar como un ilusorio horizonte de esperanza reglado por el Consejo de Indias, control y rejilla del vaciado peninsular y sus islas por el desagüe americano. Que evitaba, a la vez, el trasvase de otros peninsulares no deseados, tales como judíos, moriscos, gitanos y gentes de mal vivir. Como bien dice la investigadora Roca Barea, por razones de pereza mental no acostumbramos a profundizar en los tópicos de una sociedad de tópicos. Pero si no obligados están a ello los Sancho Panza sentados horas ante un televisor decadente, si lo están los Cide Hamete Benengelí que registran, comentan, investigan o escriben sobre esa Historia, respaldada como ninguna otra por cientos de documentos accesibles, en gran parte digitalizados. Ellos respaldan a Nuestros Reinos de Indias o de Ultramar, continuamente tomados por, y citados como, colonias. Con el desdoro resultante que toda lectura tópica deriva, tanto más si viciada está por ecos lingüísticos, conceptuales e ideológicos espurios.

 

Demasiado trascendente era la conjetura asumida por Su Católica Majestad y su prudente Consejo de Indias, como para despachar frivolidades. Son cientos de  miles los documentos legales, clarificantes o descriptivos, que aquella maquinaria de la voluntad rigorista puso a caminar. Desde atender a menesterosos del camino, reglar la edificación indiana, desaconsejar la incierta presencia de bozales, pertrechar un lazareto portuario, o fletar una Armada. Felipe II el Lento, llamaba Stefan Zweig injustamente a la minuciosa rata de despacho escurialense, atestado siempre de documentos que resolver en persona. ¡Documentos, Padre, documentos! repetimos nosotros, sabiendo dónde yacen, esperando el despertar del inquieto impertinente. Lean si no a los sorprendidos curiosos norteamericanos Lummis y Powell o al alemán Vossler, especimenes de esa nube de letrados impertinentes de la Verdad, que  por interiorizados, teníamoslos en olvido desde nuestras lecturas de juventud, muy lejos de las diatribas panfletarias de las guerras de religión. Insultantes siempre contra España y su imagen, asumidas en cambio oficialmente por ésta como propias del seso orate  protestante, y en consecuencia, sin réplica enojada al tontiloco de turno. Algún autor ha comentado con sorna que…  España tuvo el talento, y sus detractores el tiempo para insultarla, por carecer de él. Receta aplicable a los sectarismos ideológicos contemporáneos, ahítos de bálsamos de fierabrás para sus miles de lobos esteparios, hueros de saber pero mucho aullar, que vagan sueltos por las aceras de nuestras ciudades.

 
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Contexto Histórico de Cartagena de Indias – III

Con la Batalla de Lepanto, “la mas grande ocasión que vieran los siglos”, ganada por los cristianos reinos frente a turcos y berberiscos (1571), las galeras del Papado,  Venecia, Génova y España habían triunfado en toda la línea mediterránea tras medio siglo de dominio otomano causado por la ambigüedad de Francia. Era la victoria de las naves de remo y vela frente a las naves mancas. Móviles y maniobreras en la encalmada, poco calado a prueba de navegación costera y acción directa con sus cañones de proa sobre enemigo enfilado tanto a bordo como en tierra, eran sus infalibles virtudes. Pero solo artilladas por proa y popa, perdían sus flancos la potencia de los cañones de andanada, ocupados ahora por dos niveles de poderosos remos. La experiencia de Felipe II trayendo galeras al Caribe, no iba a tener sin embargo el éxito deseado. Indudable contra la morralla filibustera, más que dudoso frente a naos piratas con veinte o más cañones por banda, las galeras armadas de Santo Domingo y Cartagena de Indias no habían de perdurar mucho. Serían reemplazadas por galeones de alto bordo con popa y proa realzadas para apostadero de fusilería. A la dificultad de conseguir galeotes penados o enemigos que forzar, la inapta disposición indígena para el remo contribuiría al fracaso de las galeras del Caribe, naos nunca repuestas tras la prueba bélica o el incendio aleve de su azarosa vida. Pero triunfan en cambio los champanes filipinos cuyos planos llegan desde  Veracruz a través de recién fundado Galeón de Manila – Acapulco (1565). Serán construidos en Cartagena y empleados en la navegación de cabotaje interior por el segundo tramo del Canal del Dique, impulsados a brazo partido por una docena de bogas, fornidos braceros pardos o zambos. En 1536 Gonzalo Jiménez de Quesada, fundador de Bogotá, había visto naufragar en las cambiantes bocas del Magdalena varios de sus bergantines de apoyo que trataban de remontar las aguas fluviales hacia la penillanura bogotana. Conocedor de la existencia de champanes en Macao por uno de sus pilotos, portugués navegado en los mares de China, consigue construirlos por primera vez en América. Pronto se convertiría en la embarcación por excelencia de aquella mutable red de venas fluviales. Pujando con pecho y brazos largas pértigas bífidas afianzadas al fondo, los bogas recorrían los bordos de proa a popa, llevando como única vestimenta sobre sus partes un incoloro guayuco. Conocedor de las  bondades marineras de la sutil chalana, el cabildo cartagenero logrará construirlas en su astillero según planos de Manila y toldilla de palma trenzada y hojas de vijao como solo los indios saben urdir, para resguardo del sol y los aguaceros, a fin de instrumentar la navegación de mercancía y pasaje por su canal interior.

A partir de la fusión de coronas española y portuguesa sobre la testa real de Felipe II (1580), llegan  a Cartagena nuevos comerciantes castellanos y criollos, además de lusos y judíos, expulsados estos últimos de España en 1492 pero acogidos en Portugal, que pueden ahora regresar a estas otras Españas. Su crecimiento es en esos años poderoso, y sus edificios se multiplican. Los primeros hornos de cocción de cal montados por los jesuitas años antes, estaban cambiando la estética ciudadana de los tradicionales techos caribeños a base de gamelote y caña. La bonanza económica levantaba ya los nuevos edificios en ladrillo o en cal y coquina. Canteras y hornos de cal van abriendo nuevas explotaciones en costa e islas de Barú y Tierra Bomba. En una cadena sin fin, bongos, barcazas y almadías se suceden para traer los materiales a la ciudad sin exponerse apenas  en aguas abiertas. La demanda de materiales es tal, que el Cabildo prohíbe que tejas, cantería y cal, sean utilizadas fuera de Cartagena. Por decreto del gobernador, los solares baldíos deberán ser  expropiados en plazo de un año para dar cobijo a las demandas de emigrantes que piden plaza… Pero en 1586 veinte velas de Francis Drake asoman frente al caño de  Boca Grande con sus 1.000 hombres de chusma y desembarco. La repetida estrategia del corsario inglés, inveterado jugador de ventaja, iba pronto a ser conocida en aquellos mares: apabullar con una flota numerosa a los hasta entonces desprotegidos enclaves costeros de su católica majestad, que poco a poco y en forzada circunstancia, irían desarrollando sus propias defensas al nivel de las fuerzas que ocasionalmente aparecen para atacarla, acción sistemáticamente rematada con la consabida “vacuna” de modelo francés. Flota corsaria cuya financiación había que rentabilizar a base de jugosas presas, cuantas más y menos pérdidas propias, mejor. En época de tregua europea como la que entonces reinaba, las ciudades fortificadas del Caribe no esperaban frente a sus baluartes otra presencia que las pocas velas de un ocasional perro del mar, en busca de su vital carroña. Pero la flota de Drake son palabras mayores. Sin previa declaración de guerra entre las partes, el gobernador se apresta a una resistencia desesperada. Tras su obligada revista a defensas y defensores, toma conciencia de que poca es la pólvora útil que conservan  y menos durará sin duda el fuego cruzado de sus cañones. El pirata inglés mete las naves en aguas interiores intentando aproximar cinco de ellas al casco urbano, pero una cadena sobre barriles flotantes protegida por el Fuerte del Pastelillo (entonces Boquerón), le impide acceder a la Bahía de las Ánimas y su marginal Plaza del Mar. Imposibilitado del fuego directo sobre la ciudad, opta el pirata por el apoyo de tropas mediante el tiro de piezas por elevación, mientras desembarca su gente en la playa de la Caleta. Manteniendo la cadencia de fuego y el batir de sus cañones allende la cadena sobre boyas del Pastelillo, avanzan por tierra los asaltantes hasta el Baluarte de Santo Domingo, por donde abrirán la brecha que franquee su penetración en la ciudad. Cuando los cañones enmudecen agotada su pólvora, las autoridades ciudadanas junto a la tropa y los últimos moradores, abandonan la ciudad camino del Turbaco. Acogidos por esta “república de indios”, desde ella tratarán de negociar y salvar lo salvable. Una vez cesa el cañoneo defensivo, la turbamulta corsaria se abalanza hacia el interior por la brecha para capturar la ciudad (1586), mientras arden encalladas las dos galeras que Felipe II había mandado desde España para combatir a los piratas…

Cuando los desembarcados ocupan Cartagena, los moradores se habían disipado entre los cerros del entorno, vieja táctica de sobrevivencia en todo tiempo. El corsario inglés espera, quiere parlamentar con los vecinos. Se impacienta y quema en primer aviso 200 casas de la periferia urbana para obligar a que los desaparecidos den la cara. Y en la espera, indaga personalmente los pormenores del entorno ciudadano, mientras su soldadesca saquea por doquier lo privado y lo público, desmontando campanas y embarcando cañones. Conocedor desde niño de la lengua castellana, rebusca documentos, misivas, cartogramas y derroteros en los archivos de la Gobernación y la Aduana. Descubre la correspondencia confidencial del gobernador portugués de las Azores que le comunica al español su paso por aquellas islas de “el pirata Drake” que navega por el Atlántico hacia sus aguas. Ser tildado de pirata…es algo que enfurece al flamante miembro del sindicato corsario de Plymouth y Southampton, de cuyos réditos participa su propia reina, junto a connotados cortesanos palaciegos que también le financian sus depredadores raides contra la Corona española. Estalla en cólera por la ofensa recibida y en un primer impulso demuele a cañonazos una de las naves de la catedral en construcción. A medida que se prolonga el mutismo ciudadano del exilio, sus cañones van tumbando nuevos arcos y columnas de la catedral, la gobernación y otras  fábricas de piedra que emergen sobre la Plaza del Mar. No tardará mucho en aparecer el obispo al frente de la comisión negociadora. Drake exige y apremia, no vaya a ser que llegue la artillada Flota de los Galeones con su guarda de cagafuegos, que anualmente viene con la flota de Sevilla desde 1579.  Sabe por los espías de su Majestad Británica  que recorre ya las costas de Tierra Firme, desgranando puertos desde Isla Margarita y Cumaná hasta Nombre de Dios y a veces Honduras, pero que se resguarda y aprovisiona en Cartagena mientras la ciudad monta sus famosas ferias. Con su inopinado arribo podría crear el caos de su escuadra, ya experimentado en su Veracruz de infausta memoria unos años antes (1568), de donde el entonces joven pirata escapó de milagro en insignificada urca, en medio de la debacle de sus naves hundidas. Pero los cartageneros reúnen al fin el monto exigido, doloridos por la escucha lejana de los cañones que demuelen día a día sus hogares y su preciada catedral. En documento redactado en latín, exige la ciudad al corsario el acuse de recibo del rescate pagado. Drake firma sin dilación y acaba por largar velas con su botín, antes que los galeones de la Real Armada apunten las suyas sobre el azul caribeño.

Dos años tardará Cartagena en tomar nuevo pulso, tras superar éste, al añadido desastre del último temporal del norte. Entrando por la brecha de Santo Domingo abierta por la hueste de Drake, las olas van arruinando el paño de la muralla a mar abierto y sus edificaciones próximas durante aquel invierno. Con el pase de temporales se reconstruye la muralla, y se establece una guarnición militar fija que recorre los baluartes, a fin de llenar el vacío defensivo con establecimiento alterno  de fusilería y bombardas. Hallado el deseado mineral de azufre, comienza a fabricarse en Quito la primera pólvora criolla, enclave de suministro seguro para todo el Virreinato del Perú, Panamá y Portobelo incluidos. Cartagena lo recibe sin peligro pirático por su silente y discreto Canal del Dique.

La Armada del Mar Océano o Guarda de la Carrera de Indias era operativa desde los tiempos subsiguientes a la “hazaña” de Jean Florín con el Tesoro de Moctezuma (1522). Aquellos primeros años se bifurcaba entre Santo Domingo y Cartagena. Mas adelante serán Veracruz y Cartagena-Portobelo sus metas. Cada año, zarpaban de Sevilla las Flotas de Indias en enero y septiembre y en mar abierta uníasele la Armada del Mar Océano, que había de custodiarlas hasta el Caribe. Con su nao Capitana al frente, su Comandanta cerrando flota, y pataches de órdenes y aviso, tomaba rumbo a las Azores navegando en conserva.  A la altura de Martinica o Guadalupe se dividía en dos: la Flota de Barlovento o Flota de Cartagena, y la Flota de Nueva España que tomaba rumbo a Veracruz. Una Armada de Tierra Firme custodiaba las naves que enrumbaban a Isla Margarita y Cumaná, además de las que seguían costa hacia los puertos de La Guaira, Maracaibo, Riohacha, Santa Marta y Cartagena, donde rendían viaje. Carenadas durante las consiguientes ferias que coronaban su llegada, las naves seguían después la línea de costa hasta Nombre de Dios primero,  Portobelo después. Entre tanto, la Armada del Mar Océano acompañaba a  Veracruz el resto de navíos, que bajo el nombre de Flota de Nueva España, rendía viaje al amparo de San Juan de Ulúa. A la llegada de los galeones venidos de Sevilla montábanse las esperadas ferias de los puertos receptores. Eran las de Cartagena y Portobelo (Nombre de Dios los primeros años) y Veracruz, las más importantes; mientras duraban sus ferias, los galeones de escolta permanecían vigilantes en rececho.

A partir del saqueo de Drake, Cartagena de Indias iba a ser paulatinamente fortificada. Además de las murallas circundantes de reminiscencia medieval, fueron levantados baluartes y bastiones estratégicos en su periferia, según las ajustadas técnicas castrenses de la Europa contemporánea, perfeccionadas durante la guerra franco-española de Italia y el descubrimiento de la mina explosiva por los tercios españoles de Flandes. Un nuevo y más amplio muro defensivo de piedra rodea Calamarí y el perímetro de Getsemaní frente a tierra firme, mar abierta, ciénagas y bahía. Desde las últimas décadas del siglo XVI, Cartagena es de facto el enlace neurálgico entre Tierra Firme y el Virreinato del Perú  con el Caribe, a través de Portobelo y Panamá y sus connotadas ferias. Como base de operaciones de los galeones que vinieron a sustituir las galeras de la periclitada Armada de Barlovento, llamada en adelante Armada de Tierra Firme, constituye la plaza fuerte continental que cobija y despacha la Flota de Barlovento o naves comerciales que anualmente trafican con España y Perú. Las naos merchantas que con la ocasión van confluyendo a Cartagena, engrosan la Flota de Tierra Firme, que se mantendrá al resguardo de su bahía. Cuando la Flota del Mar del Sur (base Callao) llega a Panamá, sale la Armada de Barlovento hacia Portobelo para custodiar la feria: dos de sus galeones regresarán con las bodegas llenas de plata peruana. Se trata de los Galeones de la Plata, marcados  por su doble fanal siempre prendido, que deberán llegar a Sevilla cargando el Quinto Real. Concluida la feria de Portobelo, los  Galeones de la Plata, ocluidos en la Armada de Barlovento, regresan a Cartagena. El Quinto Real del Perú engloba los impuestos, tasas y gravámenes que la Corona detrae a banqueros, empresarios y comerciantes del Virreinato. En razón de su preciada carga se les asigna el nombre “Galeones de la Plata”, que irán navegando siempre rodeados por el resto de naves de la formación. Salen Flota y Armada de Cartagena en convoy hacia la Habana, Capitana delante, Almiranta detrás y Galeones de la Plata como corazón del naval despliegue. Reunidos en la Habana con la Flota de Nueva España (base Veracruz), constituirán la “Flota de Indias” o “Carrera de Indias”, que por ambos nombres serán conocidos estos despliegues navales que superan a veces las 100 velas merchantas sobre el Atlántico. Nuevamente navegando en formación y protegida por  la Armada del Mar Océano, la flota tomaba puerto en Sevilla al principio y Cádiz años después.  Entre tanto, la Armada de Barlovento desde la Habana había regresado a Cartagena para seguir patrullando las costas de Tierra Firme hasta Yucatán. Años hubo en que la estrategia de flotas, obligó al Consejo de Indias a individualizarlas, tras diferir la salida de alguna de ellas por despistaje y tácticas coyunturales. Siempre recibidas las órdenes del zarpe y derrota en sobre lacrado, para abrir a los tres días de hacerse a la mar.