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Contexto Histórico de San Agustín de la Florida – II

A finales de agosto el Adelantado avista las tierras de Florida. Manda desembarcar 20 hombres que pronto contactarán con los nativos timucuas. Celebran allí los expedicionarios la primera misa, toman una vez más posesión de la tierra en nombre del rey, y con orden real de catequizar aquellos indios, establecen la misión Nombre de Dios. Algo mas al norte el día de San Agustín descubren en la embocadura de una ría, una dársena de buen fondeo y fácil  acomodo. Tras el tradicional Tedeum, fundan en su orilla occidental una  ciudad que nombran con el santo del día, entre salvas de fusilería y redoblar de tambores. Ha nacido la ciudad de San Agustín de la Florida con 800 colonos (28 de agosto de 1565) y su guarnición de soldados, regidos por un cabildo y su alcalde electos, según tradición castellana medieval. Tras el sorteo y consiguiente adjudicación de lotes de tierra, acometen la construcción de sus casas e iglesia matriz a base de gamelote y barro. Vendrá luego la fortificación del enclave mediante escarpas, revellín, empalizadas y muros de fajina o tierra apisonada y entramada por haces de ramas: necesario cobijo para sus habitantes cuando soplen vientos de guerra. Los timucuas, de intermitente presencia siempre sabiamente festejada con jocosa abundancia de abalorios y baratijas, informan que el buscado Fort Caroline se encuentra a unas 20 leguas siguiendo la costa al norte, y hacia allí dirigen los españoles sus velas. En la desembocadura  del río San Juan descubren 11 naves francesas de gran porte. Amparados en la oscuridad de la noche atacan el puerto, pero desisten dada su inferioridad de medios. Deciden por ello regresar a San Agustín y sitiar Fort Caroline por tierra, luego de abrir una estratégica trocha entre manglares y everglades de aguas cenagosas. Por ella se filtrarán 500 hombres de guerra, mientras una furiosa tormenta tropical se abate sobre la región y estrella la flota francesa contra los riscos litorales, anulando toda posible réplica sobre los asaltantes. El fuerte es copado bajo la orden de respetar mujeres y menores de 15 años, y una vez rendido, será rebautizado como San Mateo. Y bajo las crueles leyes de aquellas guerras de religión, Menéndez de Avilés solo perdonará a los que se dicen católicos, que quedan diluidos entre los nuevos colonos que allí se asientan. Los recién llegados, custodiados por 250 mílites acuartelados, se posesionan de haberes y tierras libres; el resto serán pasados por las armas, haciendo válidas las palabras de SM Católica de << limpiar de herejes aquellas costas >>. Informado por los indios de la presencia de otros franceses que construyen un fuerte en Cabo Cañaveral, acude por mar desde San Agustín y por tierra desde San Mateo, rastreando la costa hasta dar con el asentamiento hugonote. Lo destruye, no sin antes dejar de nuevo libres y bajo protección a los católicos con sus armas, mientras los herejes que le huyen son emboscados y muertos  por los timucuas en la manigua. Acabada la jornada bélica, regresa hacia el sur la hueste católica, no sin antes incendiar la única nave que los franceses construyen en su varadero, a fin de evitar toda comunicación con Francia.

Decide el Adelantado navegar a La Habana para saber del resto de flota aún no  contactada. La despensa prevista para la empresa había quedado mayormente con las naves ausentes, la incipiente plantación de las pocas especies llegadas para su adaptación al nuevo clima era faena en curso, y la subsistencia de los acampados precisaba de un acuciante suministro de víveres. Debe para ello navegar contra la Corriente del Golfo, el flujo marino impulsor de la Flota de Indias, verdadera catapulta de naves hacia Europa, ahora contraria a su rumbo. Esta dificultad le hará estudiar la posibilidad de establecer otro asentamiento costero al sur de la península, más cercano y directo a Cuba, facilitando el acceso a la isla cuando los contralisios de otoño ventean por proa. Lo acabará hallando al sureste, entre nativos de la etnia tequesta.

En La Habana encuentra con gran alegría parte de la perdida flota cantábrica, que ignorante de su recalada en Puerto Rico, dábale al Adelantado por muerto y desaparecidas las naves que con él habían aportado en San Juan. En enero de 1566 llegarían todavía los últimos barcos cantábricos maltrechos y enfermas sus gentes. Recibe en La Habana noticias del Rey mediante un patache de aviso que fondea en el puerto: los  franceses preparan una gran armada para invadir La Florida, y Felipe II ha ordenado contrarrestar la amenaza con otra flota de 17 barcos y 1500 hombres bajo el mando del General Sancho de Arciniega, que como era fama en las travesías transatlánticas, haríase a la mar en marzo. Con siete embarcaciones rescatadas y sus ya menguadas despensas tras medio año de avituallar a su errabunda prole, parte Menéndez de Cuba con los colonos hacia Florida, no sin antes enviar un patache a Nueva España para adquirir más víveres; nave que arribaría en febrero a San Agustín cargada de maíz, gallinas, miel y alpargatas. Cuando el Adelantado llega a su ciudad, el hambre y las privaciones han generado un estado de tensión entre  colonos y soldados. Sesenta mílites rebeldes deberán abandonar la guarnición para ser dejados de vuelta en Puerto Rico.

Menéndez prosigue sus exploraciones hacia el norte de la Provincia, las actuales Georgia y Carolina del Sur, y funda nuevos asentamientos e iglesias como Gualé (St. Catherine Islands) y Santa Elena (hoy Parris Island) entre ellas. Establece más de una docena de nuevos fuertes, tratando siempre de negociar con los indígenas de la región, a veces acérrimos enemigos entre sí, pero cuyos caciques acuden en ocasiones al Adelantado para arbitrar las disputas entre sus tribus. Solo Saturiba, cacique amigo de los franceses y renuente enemigo de españoles, hostiga pertinazmente los asentamientos de San Agustín y San Mateo.

Durante este su primer aliento, San Agustín era un asentamiento deficitario en víveres, con moradores que debían alejarse a veces de la empalizada en busca de sustento, para caer como fácil presa de indios. Además, los frecuentes conatos de Saturiba, habían desvelado la ciudad como sitio inseguro, de difícil defensa. Para corregirlo, el Adelantado y sus capitanes trazan otros fosos y empalizadas para ampliar la base cuadrangular del fuerte, capaz de batir ahora la entrada del río con 24 cañones de bronce, orientadas sus cureñas hacia bocana y esteros, con un polvorín a resguardo de flechas incendiarias.

Terminada esta reforma, vuelve Menéndez a La Habana por alimentos, pero a duras penas logra de su Gobernador magro apoyo. Vende pertenencias y consigue arranchar su galeón para retornarlo repleto de vituallas. De regreso a San Agustín va a encontrar fondeada a lo largo de su ría y dársena la prometida flota de Arciniega, cargada de provisiones, víveres, pertrechos, clavazones y… 14 mozas casaderas que confiará a los clérigos, en evitación de soldadescos desmanes, que acabarán casando con colonos. Los recién llegados desbordan el recinto, pero con la ayuda de sus brazos se acomete el acomodo ciudadano, conservando ellos su pernocta embarcada durante los diez días que duran los trabajos. A Santa Elena se desplazan 1500 hombres y 2 barcos de enlace, a San Mateo otros 300 hombres nave incluida, además de otros 500 más que Arciniega reparte entre las guarniciones de Cuba, Puerto Rico y Santo Domingo. Cumple así el Adelantado la orden real de reforzar  las guarniciones de las islas caribeñas a la espera del ataque francés que sobre ellas se cierne.

Cuando los franceses atacan, Pedro Menéndez de Avilés se encontraba en España presentando a Felipe II los trabajos de cartografía levantados en costas floridanas e informando de los resultados de la campaña. Se queja al Rey de la ambigüedad y escasa colaboración del Gobernador  de Cuba, y propone al monarca la alternativa de fusionar la Gran Antilla con Florida (hasta la Tierra de los Bacalaos) en una nueva y única gobernación, decisión que el rey someterá al Consejo. Pero el Consejo Real desconfía de la propuesta del Adelantado, que con un apasionado descargo defiende su honor en la diatriba: <<yo, antes de ser Capitán General…era una persona feliz y sin necesidades, pero me llamó SM y me entregó el mando de las escuadras del Cantábrico, después me dio el mando de la expedición a La Florida, el cual acepté sin preguntar; en la preparación de la primera ida, me gasté un millón de ducados que aún debo…nunca cobré un maravedí si no estaba al servicio del Rey…nunca he gastado en nada que no fuera preciso, y hoy me encuentro, no solo pobre sin un maravedí, sino que tengo mi deuda sin pagar…¡Esa es toda mi doble intención! >>. El Rey acepta sus razones, le otorga un mes de descanso en familia, y ordena al Consejo arbitre la forma de compensarle las deudas contraídas durante aquellas jornadas del Nuevo Mundo.

La acometida hugonote se deja sentir sobre La Florida. Pero nada positivo iba a recuperar, a pesar de su potente armada de 27 barcos y 6000 hombres de guerra Se dedicará a saquear, destruir los establecimientos y degollar guarniciones ya capituladas: toda una sangrienta “vendetta” sin resultados prácticos, pero con un profundo tributo de sangre sobre soldados y colonos españoles. Dominique de Gourges con sus poderosas hueste y flota enarbolando falaces enseñas castellanas, recuperaría momentáneamente San Mateo, luego de masacrar lugar y  moradores tras prolongado cañoneo y posterior incendio. Lograría también que su aliado cacique Saturiba, se alineara en pie de guerra con otros pariguales del entorno, para recrudecer futuras agresiones indígenas contra los españoles. Cumplido el vendaval retaliativo, los franceses van a regresar a Europa, olvidando supuestas aspiraciones sobre sus, siempre costosos de conservar, antiguos poblajes, pero no sin haber soliviantado profundamente al mundo indígena. Ante ello, el Adelantado va a solicitarle al Rey permiso para aplicar al indio pugnaz, la cruda Ley de Guerra que se aplica al enemigo declarado. En adelante, todo indio en armas tomado prisionero, sería reducido a esclavitud, como medida supletoria para afianzar población y progreso en aquellas tierras.

Pedro Menéndez de Avilés regresa de Europa al mando de nueva escuadra con refuerzo de soldados y misioneros y su nombramiento real como Gobernador de Cuba y territorios anexos, entre los que se cuentan Jamaica y la reciente Provincia de Florida. Al sur de ella, en Bahía Vizcaína junto al río Miami, establece la misión jesuita de Tequesta, un asentamiento cuidadosamente elegido para conexión directa con la Capitanía General de La Habana; pero es devastada por los propios indios que martirizan a sus frailes (1568). Tras nuevos asaltos y sacrificio de jesuitas, la Compañía de Jesús abandona Florida en favor de la Orden Franciscana. Los nuevos frailes se establecen, no sin iniciales dudas, en diferentes misiones con sede central en San Agustín, pero bajo jurisdicción eclesiástica de Cuba. En aquella sede habían llegado a concentrarse 50 frailes misioneros, el jesuita Francisco de Borja entre ellos, en espera de su destino misional. Son tiempos turbulentos que mantienen indecisos a los hombres de Cristo, alejados de sus sedes. Más tarde regresarán a sus asignadas misiones para consolidar su prédica, protegidos ahora por soldados de la Real Fuerza.

 
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Contexto Histórico de San Agustín de la Florida – I

Desde su descubrimiento por Juan Ponce de León (1513), La Florida había sido objeto de múltiples intentos de colonización fallida desde sus costas externa atlántica e interna del Golfo de México. Medio siglo después de testimoniada su configuración sobre los derroteros españoles, tanto holandeses e ingleses como franceses, habían arribado a las costas atlánticas del norte con otros empeños colonizadores también fallidos. Eran costas reservadas a España por Cédula Papal, aunque rechazada por las demás monarquías europeas salvo Portugal, firmante en aquel 1494 del Tratado de Tordesillas que se las asignaba a futuro. En aquel siglo La Florida comprendía el territorio entre el Río Pánuco (actual México) y la Tierra de los Bacalaos (Terranova), tal como nos lo refiere el Inca Garcilaso de la Vega. La España tardo-renacentista multiplicaba su curiosidad y empeño a lo largo de la costa atlántica a su alcance y aún más allá, pero su limitada población territorial ponía límites físicos al voluntarioso brío de sus gentes. Había explorado y cartografiado hasta la península de Labrador, incluso tomado nominal posesión geográfica para su Católica Majestad del todo y la parte, pero la tozuda evidencia limitaba toda divagación onírica.

Las guerras de religión en Francia venían vomitando de su metrópoli catervas de hugonotes protestantes expatriados por Catalina de Médicis, tolerante consorte primero, implacable regente después, mecenas renacentista siempre; dedicados ahora a la piratería caribeña los más, tratando de arraigar en tierras de la Florida otros. Su hija Isabel de Valois, reina de España por su matrimonio con Felipe II, había ya advertido a su madre la invariable voluntad del rey español por limpiar Florida de hugonotes intrusos, que acechaban la ruta del vital comercio español de las Indias.  Luego de meditar largamente la empresa, el monarca español encargará a Pedro Menéndez de Avilés, prestigioso Capitán General de la Armada del Cantábrico y experto conocedor del corso galo, la erradicación  hugonote de la Florida.

La Armada de Menéndez de Avilés con base en Santander, patrullaba los mares desde el Cantábrico a Flandes, para combatir la piratería que hostigaba la densa navegación entre España y demás reinos europeos de la Casa de Austria. Encargado de proteger los frecuentes viajes del emperador Carlos V por aquellos mares, era el hidalgo asturiano particularmente apreciado de su primogénito, el futuro Felipe II, por haberle custodiado a Inglaterra como joven príncipe que desposaba a María Tudor, su primera esposa y efímera reina de Albión.

Felipe, llegado a rey, había planeado un aldabonazo contundente sobre los herejes franceses que trataban de poblar aquellas tierras que por bula papal le correspondían. Menéndez de Avilés, Capitán General de la Carrera de Indias y Consejero del Rey, es nombrado Adelantado de La Florida para ejecutarlo. Fleta para ello naves que se botan en rampas cantábricas, a la vez que busca más naos y capitanes en la Bahía de Cádiz, y con ellos negocia otros contratos. Desde La Habana le informan del establecimiento francés de Fort Caroline (1562) en la desembocadura del río San Juan, encubierto enclave desde el que poder atacar ventajosamente esa Flota de Indias que antaño había comandado el propio Adelantado. Sabe que dos veces al año pasa, desplegadas sus velas a vista de costa, rumbo NE desde el Canal de Bahamas hacia el Atlántico, ayudada suavemente por la Corriente del Golfo. Sabe que en toda formación de galeones navegando en conserva, las naves lentas o descolgadas del acompasado andar de su capitana, pueden ser presa de los perros del mar, ralea de forbantes que saben infiltrar sus velas en la niebla o la oscuridad de la noche, para caer sobre cualquier confiada merchanta antes de lucir el día. Sabe que aquellas velas, más de un centenar a veces, que tardan varios días en perderse de vista desde el recoveco del río que hoy los hugonotes ocupan, cargan en sus panzudas bodegas el Impuesto Real de un gigante que ha comenzado a despertar. Es el pálpito mercantil de un Nuevo Mundo que había de mutar la economía universal: la europea primero, en proceso de  cambio con los pesos o reales de a ocho circulando ya como moneda corriente en Flandes, Francia o Portugal, y pronto en toda Europa. Repartidas desde el mercado de Sevilla, receptor anual de 260 toneladas de plata en moneda o lingotes que acuñar durante el siglo XVII, incrementadas hasta las 400 Tm anuales durante el XVIII. Y la asiática, que a finales de siglo empezaría a nutrir desde Acapulco  el mercado de Manila, con más de 143 toneladas anuales de plata; y también desde Lisboa, de donde las naos portuguesas por su ruta de oriente cargaban más de 20 toneladas anuales hasta Goa, acicate mercantil de los mercados de Macao y Nagasaki. Evidentemente el monto del valor fiduciario que cargaban las bodegas de la Flota de Indias, no era cuestión baladí: superaba el presupuesto de la mayoría de reinos europeos de la época. Cualquier galeón ocasionalmente capturado, suponía la fortuna para sus captores y descendencia terrenal, de ahí la ávida presión vigilante que sobre sus derrotas y recaladas contabilizaban  corsarios y perros del mar. A mediados del siglo XVI, todo un submundo de rapiña y violencia estaba medrando en torno al entramado mercantil español, nuevo y complejo ensayo a escala atlántica del comercio europeo, que sería universal y consolidado medio siglo después. Rapiña y violencia avivadas en el Caribe por la codicia personal del aventurero aislado o la envidia institucional de monarcas marginados por la Bula Alejandrina. Pese al acoso generalizado, la pérdida de naves españoles por naufragio o captura, no llegaba al 3% de las singlas oceánicas durante estos siglos de pólvora y zafarranchos. Pedro Menéndez de Avilés y su rey sabían que solo el perfeccionamiento del arte de navegar, la precisión de las cartas náuticas, las mejoras en la construcción naval y el minucioso estudio de la meteorología, serían factores decisivos para evitar la pérdida de vidas y hacienda sobrevenidas en el postrer trámite del mar, tras una forzada aclimatación de semillas y ganados, su sazón con mano de obra incierta, un trato mercantil transoceánico y el encaje de sus productos en el mercado europeo.  Pero también conocían la negativa de otros reinos a aceptar el reparto papal versus la tradicional ley medieval del “Rex Nullíus Lex” o toma de posesión de tierras no reclamadas anteriormente por otra corona. Por ello, junto al esfuerzo técnico guiado por la Casa de Contratación de Sevilla, había que extirpar el peligro de potenciales enemigos que arruinasen tanto empeño en aquellas costas a España asignadas, y poseerlas y poblarlas de facto con súbditos leales a su Corona.

Dos mil seiscientos hombres en 34 naves, entre las contratadas en Cádiz y las construidas en el Cantábrico, se preparaban en la Península para emprender tal cometido. Era voluntad real que el Adelantado recorriese detenidamente las costas de Florida <<… y descubrir todas las ensenadas, puertos y bajíos que en ella hay, para se marcar precisamente y poner en las cartas de marear, porque de no se haber hecho esto (anteriormente), se habían perdido muchas naos que iban y venían a las Indias, con muchas riquezas e gente y muchas armadas que el Emperador, de gloriosa  memoria, su padre y SM, habían hecho para la conquista e población de aquellas tierras >>.

En junio de 1565 con 995 soldados, 4 clérigos y 117 familias de artesanos y labradores, surge de Cádiz la vanguardia de la expedición en 11 naves rumbo a Canarias. Allí  confluye con las otras 23 naves cantábricas, que aportan a su vez 257 marineros y 1500 familias de colonos, más algún que otro clérigo que  se incorpora a la expedición. Solo el galeón San Pelayo, nao capitana de 60 cañones donde se embarca el Adelantado junto a 317 hombres de maniobra y guerra, era barco financiado por la Corona. Los bienes de Menéndez de Avilés, junto al aporte de familiares y otros potentados amigos de Cádiz y Sevilla, quedaban empeñados para financiar el resto.

La navegación hacia el Caribe iba a resultar problemática, borrascas incluidas que dispersan y maltratan hombres y barcos. Llegará el galeón San Pelayo a San Juan de Puerto Rico los primeros días de agosto acompañado de un solitario patache. Aguarda allí la incorporación del resto de la maltrecha flota, de la que apenas habría reunido un tercio, cuando parte sin demora hacia Florida, tras dos ajustadas semanas para reparar las naves dañadas durante la travesía. Al partir de San Juan, no sabe aún si las naves ausentes llegarían a Puerto Rico, o habían perecido en las borrascas atlánticas.

 
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Contexto Histórico de la Habana – II

Comienza la fortificación de la ciudad, nucleada ya como centro coordinador del comercio español, en un mar infestado de piratas. El Gobernador establecerá su sede en el Castillo de la Real Fuerza, bastión iniciado.por el gobernador Hernando de Soto sobre el propio solar del primigenio fuerte de troncos, diseñado ahora en canterìa según los cánones bélicos de la campaña de Italia (1538). En uno de sus angulos sobresale el Torreón de San Lázaro llamado también de la Espera en recuerdo de Dª Inés de Bobadilla esposa del gobernador que partio a la conquista de la Florida. A la torre recién construida, cuentan lenguas que cada tarde subía la gobernadora para contemplar el horizonte, en el que soñaba ver aparecer de regreso las velas de su esposo. Pero nunca volviò. La mayor parte de la mucha gente que con èl partio a conquistar Florida moriría allí, en detrimento de las escasas hacienda y población cubana.

La Habana asume la capitalidad de la isla (1563) siendo nombrada Capitanía General a partir del año 1581. El Adelantado Pedro Menéndez de Avilés que agrega La Florida a la Gobernación de Cuba, reforma y moderniza las defensas y el antiguo Hospital-Colegio de la ciudad para atender solo a militares convalecientes de esta campaña contra los hugonotes establecidos en aquellos litorales: a partir de entonces se le nombrará como  Hospital Real de San Felipe y Santiago de La Habana (1567). Regentado mas tarde por los hermanos sanjuaninos (1603), se inicia en él la asistencia de enfermería; empezará a conocerse desde entonces como hospital general San Juan de Dios. Los hermanos iban también a constituirse en enfermeros del hospital flotante que a bordo de la nao Almiranta de la Flota de Indias, iba y venía de Sevilla. Se crea tambien la figura del “artillero mayor”(1576), lombardero con superior entrenamiento y formación cuya capacitación iba a ser en adelante responsabilidad de la Casa de Contratación de Sevilla. Hasta entonces no se disponía de esa formación en su Universidad de Mareantes, y admitía aspirantes europeos no españoles, entre los que había supuestos artilleros flamencos y valones que << los más de ellos son ingleses que vienen a reconocer puestos y fuerza, y corren toda esta costa >>, con lo cual se pone en evidencia el peligroso espionaje a que están siendo sometidos los “cagafuegos” que guardan la Flota de Indias y las defensas de los puertos-llave del Caribe. En estos enclaves se había comenzado ya la profesionalización y permanencia de guarniciones militares fijas, ante la indiferencia mostrada por las nuevas generaciones de colonos y pobladores, algunos de los cuales ignoraban el manejo de las armas de fuego. Los primeros pobladores convertidos por las circunstancias en “hombres de guerra”, habíanse transformado por mor de sus haberes en inoperantes “hombres de paz”, que a lo sumo cuando las circunstancias apremiaban, ofrecían esclavos para defender lo que personalmente deberían afrontar obligados por ley. No solo con derramas impositivas, sino con su propia sangre. A instancia del Gobernador de La Habana, la Corona toma conciencia de dotar su fuerza profesionalizada con piedra de azufre y salitre, para que sean ellos quienes fabriquen en adelante su propia dotación de pólvora, con lo que de simplificación procedimental suponía tal medida en el entramado defensivo del Caribe. Los soldados mutilados de guerra pasan como pensiónados a formar y enseñar el manejo de armas y los rudimentos de la disciplina militar a jóvenes inexpertos en edad de ocasional leva.Y su astillero empieza a suministrar barcos de elevado porte con 600 toneladas y más, de maniobreros cascos reconocidos por su buen andar y maderas de gran durabilidad y resistencia a la broma: esas mismas preciosas maderas que Felipe II ha instalado en su retiro de El Escorial. Como en Santo Domingo y Cartagena de Indias, se crea una tercera armada con dos galeras y 250 hombres de guerra, a fin de combatir con eficacia la piratería in crescendo de aquellas costas. Tales naves habían sido consideradas por la Universidad de la Mar de Sevilla, como las naves idóneas para la represión pirática. El escaso calado de sus cascos y su moción a vela y remo, las hacía sumamente operativas en aguas someras, y por tanto inmejorables para maniobrar en aguas del sur de la isla, plagada de playotes, cayos y bajíos. Se dotan sus remos con galeotes provenientes de la fuerza bruta que labora en fuertes y murallas habaneras, pero iban a ser de vida efímera, porque << dada la mala disposición de los indígenas para la boga >>, era problemático mantener sus tripulaciónes de bogantes.

En esta época la ciudad organiza su urbanismo empezando a zunchar con un muro perimetral de paulatino avance, el caserío, sus conventos, sus parroquias y cuatro plazas que ya perfilan su futuro, en un entramado urbano que al principio se trazó ortogonal, pero que andando el tempo constructivo por intereses particulares y mor ciudadana acabaron deformando algunos solares adaptándolos al relieve. Diseñada hacia 1520 junto al sitio que ocupara el primer templo de la villa, la inicial Plaza de la Iglesia pasó a llamarse Plaza de Armas con la siguiente centuria, cuando se le incorpora el solar que fue de la abrasada iglesia matriz. Sirvió desde un principio como patio de alivio para movilidad y maniobra de las tropas acuarteladas de la Real Fuerza. Una vez levantado el Convento de San Francisco (1548), su descampado adjunto, muelle de carga-descarga para galeones y semanal mercadillo, pasó a llamarse Plaza de San Francisco. Para resguardar el silencio durante la oración de los monjes, el mercado y su bullicioso mundo fue desplazado a un cercano descampado conocido entonces como Plaza Nueva y hoy como Plaza Vieja (1559) donde pasaron a congregarse algunos edificios de soportales bajo miradores y celosías de madera al estilo canario. Póximo al Castillo, los jesuitas crearon un seminario, frente al cual existía ya un canal de abastecimiento de agua potable que en aquel punto entroncaba con la Zanja Real. Una suerte de aliviadero que encharcaba la zona con agua sobrante, y que vino por ello a recibir el nombre de Plaza de la Ciénaga, posterior centro neurálgico de convivencia ciudadana conocido como Plaza de la Catedral a partir de su desecado y cubrición de atajeas. El edificio iniciado como seminario jesuita acabó siendo la Parroquia Mayor y finalmente Catedral de la Habana con los propios planos por ellos trazados, tras la expulsión de la Compañía de Jesús por Carlos III. (1788).

El sistema de flotas y expediciones a partir de 1561 va a variar de itinerario. Zarpa de Sevilla dos veces al año, una con destino a Veracruz, conocida como Flota de Nueva España y otra con destino primero a Nombre de Dios, después a Portobelo, conocida como Flota de Tierra Firme. Desde 1574 cada una de ellas navegará protegida por su Capitana en punta con bandera en palo mayor, y su Almiranta atrás cerrando el despliegue con su Cruz de Borgoña en el trinquete. Reunidas de nuevo en la Habana sus naves artilladas vuelven en conserva  hacia Sevilla ahora bajo la denominación de “Flota de Indiaso Carrera de Indias. El peligro corsario se ha multiplicado, pero las precauciones defensivas y tácticas, tambien. Una vez en mar abierta, enfilaba la Flota hacia Florida hasta atravesar el peligroso canal de las Bahamas y seguir costa adelante para  tomar rumbo oceánico hacia el Cabo San Vicente en la costa S.O. de Portugal. Los “Galeones de la Plata”, naves reales revestidas de plomo e identificadas con doble fanal, navegaban en medio de este despliegue naval arropadas por el resto de navíos para su defensa a ultranza. Ellas portaban el preciado metal con que los comerciantes de Lima y México habían pagado en  Portobelo y Veracruz los productos peninsulares adquiridos o contratados en sus ferias. Ellas atesoraban en moneda y lingotes de ley, junto al Quinto Real, todas las demás tasas al beneficio minero y comercial que como súbditos de la Corona debían pagar  << nuestros súbditos de estos reinos >>. A su paso por las Azores tomaba aguada la Flota en la Isla Tercera, donde se “hacían lenguas” de las velas avistadas en su entorno los últimos meses… Quedaba la etapa más peligrosa del periplo, donde piratas y corsarios berberiscos, franceses, holandeses e ingleses, aguardaban como caimán a boca de caño, el más importante botín del mundo. Siempre a la espera de una dispersión de velas bajo temporal, o el malhadado retraso de cualquier merchanta averiada,  para caer sobre el animal herido. Porque la flota desplegada en orden y formación de avante, solo podía ser atajada por otra formidable formación naval, inexistente a la sazón. Solo despojos podían apetecer de ellas los merodeantes y osados corsarios. En tierra, la construcciòn del Castillo de San Salvador de la Punta (terminado 1600) y sobre todo el poderoso Castillo de los Tres Reyes del Morro (terminado 1589) eran una poderosa arma disuasoria de piráticos empeños en el entorno portuario de la habanera Llave de América.

Los miles de tripulantes, militares y pasajeros de la “Flota de Indias”, permanecían largas temporadas en La Habana, a la espera del tiempo propicio para hacerse a la vela. Esos meses de febril trasiego humano, potenciaba el comercio y enriquecía a sus ciudadanos. Los transeúntes consumían viandas, además de adquirir productos locales de neto valor añadido en España. Los barcos regresaban repletos de los preciados “ultramarinos”. Pero tras la marcha de la flota, escaseaban en tierra los alimentos y mercancías, lo que potenciaba una severa inflación estacional, además del brote de fiebres y contagios contraídos de la población flotante. La llegada cíclica de nuevos colonos y esclavos negros, lograba regularizar las compras compulsivas de un mercado convulso. El tabaco y la ganadería porcina y vacuna, estaban convirtiéndose en el motor  de progreso del agro cubano, y lo iba a ser por más de una centuria. La plantación de caña de azúcar con sus ingenios y trapiches, pujaría más tarde con renovado impulso la producción isleña, a la vez que incorporaba numerosas familias canarias portadoras de técnicas experimentadas de producción azucarera al crisol étnico de Cuba.

En 1586 el pirata inglés Francis Drake aparece con su escuadra de 30 naves frente a la bahía de La Habana. Las nuevas fortificaciones de la ciudad y la presencia de 900 arcabuceros detectada por sus infiltrados escuchas, le decide a buscar otra presa mas facil y rentable para su sindicato de Plymouth. En retirada la flota inglesa, es capturada por naves españolas salidas en su persecución una urca rezagada, cuya tripulación es traida a la ciudad para ser ahorcada.  Alegando que no han causado daño alguno, será su vida perdonada a cambio de trabajos forzados en la construcción de la muralla. En 1592 Felipe II le concede el título de ciudad y la proclama como Llave del Nuevo Mundo y antemural de las Indias Occidentales, dando a la imprenta y al halago en campo de azur, sus tres castillos de guarda y la llave de oro que representa su acceso como antesala de América. Los 4.000 habitantes que alberga por entonces La Habana, pasarán a 30.0000 un siglo después, y a 75.000 en 1775.

La plaga corsaria con sus múltiples imposturas, añagazas, y tretas o disimulos, había obligado a imponer en los puertos españoles toda una gama de intercambios de señas y contraseñas entre las naves en arribo y la autoridad portuaria, en evitación de subrepticios engaños. Banderas arriadas, gallardetes equívocos, flámulas e insignias castellanas, para colarse de matute en puerto ajeno donde cometer sus fechorías al arrimo del factor sorpresa. Experimentados por estas prácticas delictivas en carne propia, los puertos antillanos impusieron para el acceso de velas entrantes todo un protocolo a base de salvas de las baterías de costa, para que las naos entrantes << amainen y hagan señales de paz >> inconfundibles. A esta señal debían responder con otra salva a bandera izada, caso contrario serían cañoneados. A partir de la infiltración pirata del jamaicano John Davis en San Agustín de la Florida (1668), se impuso además la prohibición de entrar o salir de puerto durante las horas de noche, del ocaso al orto. Después del ocaso quedaba suspendida la actividad del surgidero: todo barco entrante debía esperar a la salida del astro diurno para solicitar entrada. Mandaría entónces un bote a la comandancia del puerto, que identificara nave matriz, carga y capitan, solicitando para ella el correspondiente permiso de entrada. A partir de 1680 el protocolo se vería complejizado con el acceso de las escuadras de la Guarda de Indias. La nao capitana de la Armada de Tierra Firme, con su bandera en el tope del mástil, al acceder a La Habana, debia disparar una vez frente al Castillo del Morro y otras tres al dejarlo por babor rumbo a la bocana; en tanto que si era la capitana de la Armada de Nueva España dispararía dos y tres veces respectivamente en idénticas posiciones y con la misma enseña izada. Estas órdenes, emitidas por el Gobernador y Capitán General de Cuba eran secretas y trocadas con frecuencia en evitación de su descifrado por espías y corsarios.