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Contexto Histórico de Acapulco – II

Figura 2 a: Techo de la palapa filipina

 

En esos escasos 20 años de proyección marinera de Cortés, la puebla de Acapulco ha ido agrupando al poniente de su bahía, un rancherío indígena, en el que confluyen marineros, pulperos, artesanos, arrieros y negros libertos, que se ocupan del trasiego y comercio de las mercancías que diariamente abastecen el puerto, sus astilleros y sus gentes. Uno de estos negros libertos fue Juan Garrido, el guapo Garrido, al parecer un liberto emprendedor donde los hubo, a juzgar por el número de documentos virreinales contemporáneos que le citan,  comprando bozales y esclavos indios en las encomiendas, o yendo a la guerra contra los chichimecas de Jalisco, entre otros muchos lances. Por Acapulco y su provincia pasó a la búsqueda de yacimientos de oro y plata, rodeado siempre de una troupe multirracial de colaboradores. Buscó minas de oro en Mezcala y aledaños, lo que años más tarde se conocería como Cinturón de oro del río Balsas o prolongación de las cuencas mineras de Taxco, al parecer sin mayores consecuencias. Sabemos que el negro Garrido acabaría sus días en ciudad de México, como un hacendado más de méritos probados. En general, los primeros negros y mulatos llegados a Nueva España, se esparcieron por doquier, ya fuera costa Sur o el resto del virreinato, como servicio doméstico de familias españolas que iban asentándose. Manumitidos en gran medida tras la muerte del pater familia, fueron nutriendo los oficios del sector productivo básico para el desarrollo virreinal. Al puerto acapulqueño acudían cimarrones y libertos de oficios relacionados con el mar, como carpinteros de ribera, calafates y cordeleros. Húbolos también dedicados al comercio, especialmente los huidos de las minas de Taxco, tras el abandono temporal de algunos filones poco productivos.

  La escasa tradición marinera de estos hombres, adquirida a base de completar inconclusas tripulaciones de cabotaje y pesca, iba conociendo a trompicones el arte de navegar. Como en los viejos puertos de Europa, aprendían corrientes y signos meteorológicos a base de retruécanos, viejos refranes y burdos pareados, relativos al color del cielo o del mar, el aspecto de las nubes, el vuelo de las aves, la súbita ausencia de peces… desdramatizando el inevitable costo de fortunas y vidas que el duro prendizaje imprimía. El propio Cortés, estratega de milicia terrestre, frecuente vecino de un barracón del pequeño seno arenoso de la bocana conocido hoy como Playa del Marqués, participaba en la construcción de los barcos que le servían de guía e introducción en el capítulo naval de aquel mundo avocado al mar. Desde allí centraliza, vigila y ordena expediciones costeras, alguna de las cuales compartiría a bordo. Aprende los secretos constructivos de las naves, y trae carpinteros de ribera y herreros peninsulares, muchos de los cuales van a crear escuela entre jóvenes mestizos, negros e indígenas, curiosos de las nuevas técnicas a la vez  que futuros soportes técnicos del astillero en décadas sucesivas. Potencia de forma indirecta una incipiente navegación de cabotaje con los puertos de San Blas, Zacatula y Tehuantepec, y otros puntos de la costa guatemalteca. Con el fin de consolidar la infraestructura de esta naciente actividad, en 1550 el propio Virrey Mendoza envía desde México 30 familias españolas y mestizas, lideradas por Fernando de Santa Anna como regidor titular del Cabildo de ciudad histórica, que Carlos V le acaba de otorgar. Como Alcalde Mayor de Acapulco, alcanzaría una cierta relevancia en el orden establecido en su provincia. Dada la especial circunstancia del enclave acapulqueño, la consolidación ciudadana tratará de arraigar de facto una comunidad humana estructurada y sólida. Multirracial, definida e identificable, en concepto del virrey. El modelo social buscado era piramidal, con una mano de obra masiva capaz de subvenir al mantenimiento del puerto y la ciudad, con suministros y policía propios, aglutinada en torno a una autoridad de mando supra – municipal y su cabildo. Bajo este inicial intento, se levantará una humilde  iglesia parroquial de madera y paja dedicada a la Virgen del Carmen, para más tarde serlo a la Virgen de la Soledad, destruida por terremotos y vientos huracanados mil veces a lo largo del tiempo, pero reconstruida otras tantas en el mismo solar y los mismos medios. Unos años después se establecerá un hospital atendido por frailes agustinos, siguiendo la Real Orden dada por Carlos V tres décadas antes, para que las ciudades portuarias tuvieran todas hechas iglesias y hospitales y atarazanas, y otras cosas que convenían…  En 1584 son los hermanos hipólitos dedicados a la atención de los pobres y enfermos, orden autóctona también llamada de los hermanos de la caridad, quienes se hacen cargo de estas instalaciones con la obligación de atender a los mílites de la Guardia Real del puerto, y a los tripulantes y pasajeros de los galeones. Desde entonces se le empieza a conocer como Hospital de Nª. Señora de la Consolación, aunque más tarde se le recordará como Hospital de San Hipólito, donde tendría cabida todo menesteroso local o transeúnte. Hecho de madera y paja, iba a perecer diez años después pasto de las llamas. Reconstruido con dinero de la hacienda virreinal, pasaría a llamarse Hospital Real hasta su desaparición dos siglos mas tarde. En 1607 fundarían los franciscanos el convento de Nª Señora de Guía, hospital de beneficencia incluido, que hasta 1632 era atendido por los propios frailes, para serlo más tarde por los hipólitos. Para finales del siglo XVIII, serían los médicos de la Real Armada quienes, junto a los propios religiosos de aquella orden, atendieran a la menesterosa grey cobijada en sus dependencias. Este trasiego de órdenes religiosas, como garantes del funcionamiento de la sanidad pública, nos habla claramente de las dificultades habidas para mantener en todo tiempo un servicio continuado de caridad en Acapulco, con sus puntuales sístoles humanas de feria y diástoles prolongadas de vacío poblacional.

  Su punto de despegue como puerto clave del Virreinato, ocurre con la llegada de Andrés de Urdaneta desde Manila (1565), a bordo de la primera nave capaz de retornar desde las Filipinas al continente americano. Habíase embarcado el cartógrafo vasco como bisoño pilotín de la expedición de Loaysa y Elcano rumbo a la Especiería (1525), y su estancia en las islas del poniente habíale servido para comprobar la imposibilidad del retorno directo a Nueva España, siguiendo el Trópico de Cáncer e inmediatos paralelos. Embarcado por mandato real en la expedición novohispana de López de Legazpi a las Filipinas, el ya enclaustrado monje agustino, permanecería allí confeccionando pacientemente la cartografía insular, anotando experiencias y saberes de navegantes malayos, chinos y japoneses que al comercio de Manila acudían periódicamente con sus juncos y shampanes. Navegó luego con Felipe de Salcedo  (nieto de Legazpi) hacia el norte, hasta encontrar los contralisios y la irisada corriente de Kuro-Shivo con sus nocturnas pizcas luminosas y su poderoso flujo, suerte de lanzadera hacia las costas del norte californiano. La alternancia de corrientes marinas frías y cálidas, los vendavales y tifones del Mar de la China, la caída y entablado de alisios intermitentes, el comportamiento no contrastado de las agujas de marear por aquellas latitudes, el cálculo exacto de longitudes, el trimado de las velas y su doble impulsión forzada (hoy conocida como Efecto Ventury), su cosido tradicional de costuras, gratiles y balumas,  eran incógnitas que dificultaban el mantenimiento de rumbos previos, provocando fuertes derivas en las  derrotas y posición geográfica errada en las estimas de los primeros galeones que navegaron a leste por aquella ruta ignota. A partir de este suceso la Casa de Contratación de Sevilla por orden del Rey, iba a realizar un inestimable esfuerzo científico en el diseño y construcción de naves y velas para estas altas singladuras del Pacífico Norte. Volvía a repetirse la encrucijada histórica del Infante Enrique el Navegante en Sagres, cuando preguntado por Alfonso V de Portugal sobre cómo llegar al Índico desde el Atlántico, solo alcanza a murmurar: Pero si aún no sé qué barcos construir ni por donde deberán ir… Ante similar coyuntura, entonces y ahora, no cabía sino impulsar el estudio de la Cosmografía en sus facetas de astronomía, arte de marear y cartografía, junto a los conocimientos sobre datación de longitudes y declinación magnética, concienzudamente supervisados por el Piloto Mayor de la entidad sevillana antes de ser plasmados en el Padrón Real. Este experimentado profesional con su equipo, era el  encargado de examinar y graduar pilotos y censurar las cartas e instrumentos necesarios para la navegación de altura, antes de ser facilitados a los pilotos. Creada por los Reyes Católicos en 1503 en el Alcázar Viejo de Sevilla, era la Casa de Contratación entidad del máximo prestigio y nivel naval de Europa, que había contado entre sus primeros censores históricos a Américo Vespucio, Sebastián Caboto, Juan Díaz de Solís, Juan de la Cosa o Antón de Alaminos. Pronto serían adscritos los nuevos conocimientos técnicos a naves con velámenes adaptados al régimen de los vientos norpacíficos. Afinarían con ello ostensiblemente sus derrotas, a la vez que acortaban en más de un mes las singladuras necesarias para avistar, muy al norte de la latitud de Acapulco, las costas californianas del Cabo Mendocino. A lo largo de ellas con rumbo  sureste,  rendirían viaje en la ansiada rada de Acapulco, siguiendo estrictamente la ruta de Urdaneta y Salcedo por varios siglos. El “tornaviaje”, intentado sin éxito hasta entonces, perdía así su hálito mortal de salto circense, para convertirse en el fiable camino de retorno que precisaba la navegación novohispana. El Navegante del Pacífico Norte, conocía ya por tanto, barcos precisos y derrota a seguir, para rasgar confiado las nieblas de aquel mar de cerrado añublo.

  Dos meses antes de este acontecimiento, el maltrecho patache San Lucas de Alonso de Arellano pilotado por Lope Martín, dado por perdido durante una navegación nocturna de la expedición de Legazpi, había inexplicablemente logrado llegar a San Blas. Siguiendo un balbuciente cuanto aleatorio derrotero oceánico rumbo leste, tras incansable pesquisa de corrientes desconocidas y alisios inexistentes por las bajas latitudes que transitaba, quiso el azar serle favorable a su empecinado regreso. Novohispanos de pura cepa, con inequívocas expresiones y modismos del habla criolla registrada en los escritos que a su causa judicial siguieron, pudieron contarlo, pero no explicarlo. El Cielo, aseguraban, había determinado su retorno y sus vidas. Débil fue la repercusión de esta grandiosa hazaña en el Virreinato, pese a constatarse como la  primera navegada que retornaba desde las islas del poniente. La explosión Urdaneta deslumbraría poco después, con su fulgor de siglos, el firmamento histórico de la navegación a vela en el Pacífico.

 El cosmógrafo agustino había proclamado la superioridad de Acapulco sobre el resto de puertos novohispanos del Pacífico. El hecho de que Zacatula, en el delta del río Balsas, tuviese una orografía plana, barrida por todos los vientos, e incierto y mutante calado aluvional por los arrastres del río, se unió al rechazo de otros surgideros con barras peligrosas en sus salidas abiertas al mar. La abundante madera de los bosques acapulqueños, su fácil transporte laderas abajo hasta el mar o su astillero, y sus verticales cantiles de profundo calado sin peñascos, fueron sin duda factores determinantes en el criterio selectivo del sabio fraile. Convertido de facto el puerto de Acapulco en el término comercial de la navegación de oriente, Felipe II le asciende al rango de ciudad, para más tarde confirmar su estatus como único enclave comercial del Imperio para negociar directamente con Asia (1570). Manila-Acapulco llegaría a ser la línea de navegación más duradera de la historia, con una vida activa superior a dos siglos y medio. Desde 1565 hasta la extinción del Virreinato, iba a recibir una o dos veces al año el Galeón de Manila o Nao de la China, como la conociera el vulgo novohispano. Galeón de Acapulco para los manileños y Carrera de Filipinas para la Corona. Con su salutación de rutinaria salva de cañonazos, entraba el galeón cada diciembre en la bahía acapulqueña, siendo respondido desde el fuerte con otros tantos pacos de bienvenida. Entre julio y agosto, partía el galeón del puerto filipino de Cavite, a veces con registros de más de 2500 toneladas de carga. Tras cinco meses de navegación, arribaba a las costas californianas a la altura del Cabo Mendocino, largando anclas en la bahía de Monterrey y posteriormente en Manzanillo (Colima). En sus abras hacía el galeón aguada, y enviaba desde la última un aviso por relevos a la capital, anunciando su próxima llegada a destino. Y en ambas, andando el tiempo, comprarían los cítricos que venían a ofrecerles los indios de las misiones franciscanas, para combatir el escorbuto. Los mismos indios que fueran encargados por más de un siglo de llevar a la carrera la buena nueva hasta México. Era entonces cuando las autoridades del galeón extremaban su vigilancia a bordo, en especial por las noches, evitando fueran largados por la borda fardos fuera de registro, prestamente recogidos flotando por boteros avisados. Por razones del contrabando, se prohibieron las comitivas jubilosas de canoas, botes o embarcaciones menores, que salían fuera de la bocana para recibir y acompañar al galeón hasta su fondeo en Acapulco. Al arrimo de cornetas, silbos y entusiastas escopetazos al aire, la picaresca hispana brillaba en estos casos en plenitud de facultades… vaporizando en instantes cuanto matute llovía por la borda

  En tierra, las jubilosas campanas de México, Taxco y Puebla, volteando a rebato, borbotaban el regocijo de las gentes como alegre premonición de la Navidad. Anunciaban de hecho la salida de marchantes y comisionados que, tras un viaje de 15 días, llegaban a tiempo de iniciar la feria más renombrada del mundo (Humboldt dixit). El galeón abría entonces sus bodegas, y ofrecía lo más exótico de la mercadería asiática: camisas de nipiz, medias de seda, telas teñidas, especias, alfombras persas, damascos, perfumes, abanicos, porcelana china, objetos de laca, labras de marfil, pasamanería… El universo de los mercados chino, malayo y japonés, incluso indio de Madrás y Calcuta, que en Manila se negociaba desde generaciones anteriores, y ahora en Acapulco se distribuía por carpas y garitos desparramados, los llamados puestos de la campa de La Planchada, que el gentío abarrotaba. Sin olvidar el humano contingente migratorio de filipinos, chinos y malayos, que cada Galeón de Manila vomitaba, y que el Nuevo Mundo acogía con los brazos abiertos a su laboriosidad, y la convicción de que no regresarían jamás al suyo, dejando su necesaria valía en este. Con sus atuendos y costumbres acabarían imprimiendo su peculiar sello al paisaje, a la arquitectura popular, a la cocina, al donaire femenino y hasta al folklore, tanto de Colima como de algunas ciudades de los caminos reales. En la Acapulco del siglo XVII, la colonia de filipinos, malayos, japoneses y chinos llegaría a ocupar el 25%  de una población cercana a los 1000 habitantes, en un ius revolutum de pardos, mulatos, indígenas, negros, blancos, asiáticos y mestizos. Su deriva humana hacia la capital del virreinato, iba a dejar rastro ostensible en sus vistosos puestos de parián (mercado, en tagalo), en especial el siempre concurrido de la Plaza Mayor de México, además de los de Taxco, Puebla, Saltillo y otras ciudades del camino, presididos siempre por la ceremoniosa cordialidad de sus dueños.

Figura 3: Un marfil chinesco de la Virgen de Guadalupe llegado de Asia

  Los primeros contingentes masivos de filipinos, se establecieron en los valles de Colima al arrimo de los cultivos de palma de coco, que Álvaro de Mendaña (1569) trajera desde las islas Salomón, de paso a su regreso al Perú. Y prolongados hasta Zihuatanejo y Manzanillo mediante un continuo trasiego mercantil vía Panamá, y su enlace permanente con Lima Callao. Prontamente sus pobladores, mayormente peninsulares, extendieron las plantaciones y transformaron sus jugos con mano de obra filipina, experta en cocoteros y sus licores derivados. Estos llamados indios chinos, trajeron de su isla de Samar la bellísima y sorprendente palapa, suerte de choza con techo de sombrilla sin mástil central, que puede admirarse hoy reproducida en cualquiera de las playas turísticas más selectas del mundo. El hecho de precisar varias personas para suprimir su percha maestra, una vez concluido su circular techo de palma, contribuyó a propagar su singular montaje y su técnica constructiva entre otras etnias que laboraban los cocotales, y que con frecuencia eran requeridos para echar una manita con la palapa. El poblado pescador de Salinas de Santa Cruz en Oaxaca, marcaría el límite geográfico de esta singular choza de palma. Pero no solamente la arquitectura costera asumió la influencia filipina, sino su gastronomía con dulces de coco, pulpas de tamarindo enchiladas o el mango traído de Luzón. La vestimenta filipina aportó a los varones el sombrero alón, tradición hoy de los mariachis, y la guayabera, arraigada en toda la América hispana; el rebozo, heredero de los chales y mantones de Manila, se incorporó al tradicional atuendo de la mujer mexicana… como en la chulapona madrileña su mantón, aunque ocurriera esto más tarde.

  La feria era una tradición netamente arraigada en las culturas hispana y azteca, y su desarrollo tras siglos de cultura mixta, un hecho. El Galeón de Manila suponía la chispa necesaria para percutir la gigantesca traca de las ferias novohispanas que empezaban por Acapulco. En épocas de arribada, la ciudad de México con sus cien templos, hacía sonar las campanas cada anochecer en rogativa por la feliz llegada de la nave filipina, tras una navegación de meses por latitudes norteñas, que sabían tensa y peligrosa. Y tras la de Acapulco, la feria de Saltillo, punto de encuentro de mercancías que por el Camino de Tierra Adentro llegaban de o se iban a Nuevo México, Texas, Coahuila, Chihuahua, Durango o Zacatecas, para juntarse con telas de China, caldos de La Mancha y Andalucía, y la cochinilla de Oaxaca. Acudían los muleros capitalinos al acontecer anual de Acapulco, con sus reatas enjaezadas con vistosos ornamentos rojos, sobre unos arreos y aparejos tachonados con remaches de cobre y espejuelos, collares con campanillas, y penachos de cimbreantes plumíferos. No menos llamativos resultaban los mercaderes, cabalgando en grupos por el camino de la feria, sobre lustrosos corceles con bridas, bocados y estribos de oro. Escoltados por un séquito de jinetes bien chulo, que aportaban al itinerante espectáculo, además de empaque, tramoya y andaluz tronío, la seguridad de las personas y la garantía del dinero ferial para los pagos.

  Tras mes y medio de mercadeo en los terrenos de La Planchada, los comerciantes desmontaban sus tenderetes y abandonaban la ciudad, en una rutina repetitiva al darse el evento por concluido. Pasada la fiesta mercantil, los tratantes  del interior regresaban a su habitual ocupación, y la población flotante de Acapulco, que tras cada hégira dejaba su poso humano, aparecía como gente de color, especuladora y minorista de productos segregados de la feria. Entre ellos, no era el alquiler de  habitaciones el menor, muy protestado siempre por la insalubridad del clima, la mala calidad de los albergues y la carestía de su pago adelantado. Eran estas habitaciones, no otra cosa que las casas circulares de madera y zacatán conocidas como el redondo, típicas de los mulatos y pardos, que rentaban a los tratantes durante la feria. Como contraparte humana, flotaba en el ambiente una variopinta y colorida hueste de feriantes, recitadores, prestidigitadores, echadoras de cartas, indios danzantes, y músicos solitarios o en tropel, que conformaban en su derredor corrillos a los que pasaban la gorra. Aparecían también entre el gentío, franciscanos que pedían limosna para su convento, hermanos que lo hacían para su Hospital y brujos indígenas que remediaban males del alma y del cuerpo, inmunes a la inquisitorial hoguera por mor de las Leyes de Indias. Sin olvidar a los negros vendedores de pócimas que todo lo curaban y adivinaban, maldecían o cuestionaban, junto a santeros con sus patronos, vírgenes sincréticas y ángeles negros o espíritus demoníacos. Y como colofón de fiestas, las carreras de tortugas o las emocionantes de caballos por parejas, que mulatos y mestizos montaban en la playa con sutil equilibrio sobre sus raudos corceles, capaces de arrancar gritos de admiración al público. Parejos corrían los reales de a ocho apostados, extraídos de alegres faltriqueras, que aquel improvisado circo soliviantaba.

 Trincada la proa en sus ceibas de siempre y fondeado a barbas de gato por popa, aguardaba somnoliento el galeón su partida, en un área de escollera acotada por severa vigilancia. Bien para limpiar fondos y carenar en otras gradas, o para su nueva singladura oceánica, allí reposaba el navío unas semanas tras su próximo avatar marino. El control de salidas y entradas de personas o cosas era estricto para evitar matutes. Las semanas previas de su partida a Manila, los botes del puerto traían toneles, pipas de aguada o leña primero, víveres después, para finalmente embarcar los cajones de la plata del situado virreinal y el dinerario del comercio. Terminado el estibado de bultos, tomaban los pasajeros su posición asignada, y con la entrada del correo, se daba por finalizada la espera del galeón. Sueltas amarras y anclas a la pendura, enfilaba el navío la bocana del puerto entre órdenes voceadas, toques de corneta y silbo, y los consabidos cañonazos de cortesía del fuerte San Diego. Cuando la calma entorpecía la maniobra, eran los bogas en sus botes portulanos, los encargados de sirgar el barco hasta la Playa del Marqués, donde entraba ya la brisa marina y portaban sus velas.

 Terminada la feria, cada febrero o marzo, partía la Nao de la China rumbo a Manila, con más de un millón de pesos en cajones precintados de moneda y lingotes estibados en su vientre. Desde la Ceca hasta el puerto de Acapulco, pesadas carretas se habían encargado de transportar aquellos cajones de madera repletos de fiducia. Los del comercio, para el pago de mercaderías adquiridas en los bazares manileños. Los del situado virreinal, para cubrir los sueldos anuales de militares, funcionarios y obras de la Capitanía filipina. Otras cajas y fardos con grana, cochinilla, añil, tintes, tejidos y loza novohispanos, o herrajes, vinos, telas y aceites españoles, habían ido llegando en largas reatas de mulas, hasta colmatar las bodegas del navío, alcanzando a veces la astronómica cifra de 1200 toneladas de registro bruto. Cada mula portaba una carga de 130 a 200 Kg, que era el peso reglado para mercancías que las bestias podían transportar sin sufrir dificultades. Al final del Camino de Acapulco, unas Garitas de acceso al recinto ciudadano, controlaban el pago de aranceles y el correspondiente paso de las mercancías hacia la Planchada y su embarcadero. Eran estas garitas construcciones de una sola planta, que servían como dependencias de revisión y registro de las mercancías en tránsito, cobro de arbitrios y depósito temporal de los bienes retenidos en garantía de pagos pendientes, además de vivienda y corral anexo para los aduaneros y sus familias. Era la última salvaguarda del control fiscal contra el contrabando y la estafa, que aureolaban los puertos de Indias. No mucha mercancía, ciertamente, vino a cargar el galeón durante ciertos años de crisis manileñas, pero nunca faltaron los pelucones y lingotes de plata para el comercio y la administración de la Capitanía General de Manila. Humboldt cuenta que el galeón de 1804 llevaba para Manila sesenta y cinco misioneros y añade que por eso los acapulqueños decían que últimamente la nao de la  China solo lleva plata y frailes

 Un destacamento de escopeteros a caballo, y una intendencia india que facilitaba la alimentación de la comitiva, complementaban la marcha capitalina. La intendencia negociaba sus viandas en los poblados indígenas del camino, y acompañaba a los muleros que portaban los cajones desde la Ceca capitalina, a lo largo de las 111 leguas del sinuoso Camino de la China.  Era una suerte de catering del que los nativos sabían sacar partido en beneficio propio. Abastecían a los escopeteros en custodia del puerto hasta acabada la estiba del navío, que al hacerse a la mar, absorbíalos como fusilería de a bordo, ángel protector del galeón hasta Manila. Momento en que los indios intendentes regresaban a sus pueblos. Dieciséis mil kilómetros y más de tres meses de navegación le aguardaban al galeón hasta Cavite, puerto receptor en la Bahía de Manila. Arrumbando al sur desde su salida, pronto viraba al güeste para navegar entre los paralelos 10 y 12, remontando ligeramente unas semanas después entre los 13 y 15 hasta las Marianas. En Guam tomaba aguada y leña, y tras efectuar los ajustes precisos, enfilaba por el estrecho de San Bernardino hacia Manila, para rendir el fin de viaje en el puerto de Cavite, entre nuevas salvas de cañón y el rebato de campanas de la capital filipina.

Figura 4: El Camino de la China o Camino de Acapulco

 Nunca el Camino de la China llegó a tener puenteados todos sus pasos fluviales. Los más de los ríos se vadeaban a pie o se cruzaban en balsa, siendo escasos los puentes de mampostería que tardíamente se levantarían para amoldar o ceñir quebradas. El río Amacuzac era la primera vena fluvial que desde Ciudad de México cruzaba el camino por su vado de Huajintlán, al sur de Cuernavaca. Cuarenta leguas adelante eran las riberas del río Balsas quienes lo intersectaban, ofreciendo en época de lluvias un amplio cauce de poderosa corriente cuajada de remolinos. Tradicionalmente, el mundo indígena había cruzado este raudal sobre balsas, cuyo nombre los conquistadores acabaron adjudicándoselo al propio río. Se trataba de encimeras flotantes sostenidas sobre grandes calabazas secas, enlazadas a su vez por un entramado de cañas y fibras vegetales que compactaba el conjunto. Manejadas con pericia desde sus esquinas por 4 fornidos braceadores, eran empujadas las balsas hasta alcanzar la orilla opuesta, mientras la corriente las arrastraba cientos de metros  cauce abajo. El esfuerzo era notable, y el cobro del servicio lo era aún más. Pero la siempre celosa Audiencia de México, no enarbolaba aquí y ahora Ley de Indias alguna, para no incomodar a los nativos de Mezcala, y ahuyentar un lucro que tradicionalmente se habían auto-asignado mediante peaje por pasar recuas y viajeros al otro lado del río. Esta operación se volvía delicada cuando el trasiego era de escoltas con sus jinetes armados. Conocedores estos centauros del sutil trance que encaraban, apostaban su menguante hueste en la ribera, en tanto la creciente caballería pasada a la otra vera, iba tomando análoga actitud. En paralela vigilia de personas y bienes, completábase el integral encuentro de custodios y custodia en el ribazo de enfrente. Cada jinete, colocada su silla en una balsa, se dejaba conducir montado en ella por los indios a la orilla opuesta, en tanto que el caballo, sujeto por las riendas, era obligado a nadar tras la balsa de su dueño. Penosa y lenta operación, extensiva a las reatas de mulas y sus arrieros, pese a lo cual eran mínimas la pérdida de mercancías y desgracias personales acaecidas, dada la destreza y el arrojo de los indios mezcaleros. Esta misma rutina fue empleada por dos siglos al paso del río Papagayo, hasta que fuera construido el puente de once ojos sobre su lecho fluvial (1785). Fueron durante ese tiempo sus carontes indígenas locales, cuando no llegados del Balsas, afincados en las aldeas de los Pozuelos y el Camarón, o a la propia vera del río. Tampoco tuvo la Audiencia de México vela que tomar en este entierro. Sus indios no protestaban por el incumplimiento de las Leyes Reales que supuestamente les protegían del excesivo esfuerzo. Lo de la protección del indígena contra los abusos del conquistador les parecía muy bien, pero ellos preferían la plata que el negocio les reportaba: tiempos renacentistas también para los naturales, y posterior reconocimiento legal del trabajo remunerado en las Indias... La última corriente fluvial tajaba, además del paternalismo buenista de Las Casas,  el paso del camino a 20 leguas de Acapulco. Enclaustradas las aguas en un cañón de 17 varas (14 m aprox.), aparecía como labrado por la erosión fluvial en medio de un dilatado lecho ocho veces mayor. De vena rápida y profunda, era de fácil acometida cuando no bullía fuera de madre por las lluvias equinocciales. Porque cuando tocaba lluvias, nadie osaba retar las aguas del Papagayo.

 El pasaje del galeón en su regreso a Manila estaba compuesto generalmente por reclutas nativos, comerciantes, clérigos, comisionados y algún que otro punto filipino, léase delincuente desterrado por los jueces a las islas del poniente. Castilas, al decir de los isleños occidentales, que no eran sino pura criollez novohispana de suaves decires, en contraste con el recio hablar de los castellanos, que sus oídos orientales parecían no percibir con matices. En 1590 partirá otro castila más: el franciscano Felipe de Jesús, primer santo novohispano canonizado por Roma, que moriría crucificado en Nagasaki, el Japón de los shogunes, al año siguiente. El mismo hermético Japón que iba a comisionar su primer embajador a Nueva España unos años más tarde.

 Desde Acapulco se van a generar dos rutas comerciales, abastecidas por el Galeón de Manila. Una continental, el Camino de la China hacia MéxicoVeracruz y regreso; otra marítima del Sur, hacia el litoral peruano y los puertos chilenos. Pese a lo sinuoso del Camino de la China, los poblados de Acapulco y Taxco  irán convirtiéndose poco a poco en centros económicos importantes de la ruta continental, con un tránsito diario cercano a las 1000 mulas que llegan o salen de sus pueblas en tiempos de feria. Cientos de arrieros y sus acémilas de refresco, serán los verdaderos galeones terrestres, que transporten el metal de las minas norteñas y las mercaderías de oriente u occidente. Por el camino del mar, Acapulco expedirá todos los años cuatro o cinco naos con destino a Guayaquil, Callao y los puertos sureños, además del tradicional cabotaje hasta Guatemala y las  Californias. La dura remontada de la corriente del trópico desde Guayaquil a Tehuantepec, que quintuplicaba el tiempo empleado en sentido inverso, iba a poner un límite a estas transacciones entre ambos virreinatos hispanos. Uníase a ello ciertas solicitudes proteccionistas del comercio sevillano, que Felipe II traduce en real orden que veta el comercio directo de Acapulco con el Virreinato del Perú.

 De los galeones del Mar del Sur, uno había que era especialmente vulnerable por lo apetecible de su valiosa carga: el Galeón de Manila. Nave de poderoso arqueo, esmerada hechura y maderas combinadas, abastecida en Acapulco con plata novohispana, era codicia obsesiva de piratas y corsarios, pero escurridiza presa, furtiva en la nada, arisca y exiguamente cartografiada, del Océano Pacífico. Dado su consciente papel de emisario enjoyado, rehuían por principio los galeones toda confrontación bélica, pese a su aceptable poder de fuego artillero y fusilero, que por circunstancias defensivas hubo de incrementar con el tiempo. En caso de  encuentro hostil, era prioridad de sus capitanes darles andar a todo trapo como reflejo condicionado que priorizaba el salvamento de su carga, aunque su arrancada no fuera habitualmente presta, sino tarda, en razón de unas bodegas siempre lastradas a tope. Cada año zarpaba el Galeón de Acapulco, poniente adelante a través del piélago infinito, en una navegada de 7000 millas que había de durar casi tres meses. Y tras tomar aguada, chiles y cobijo en la ensenada de Umata en Guam (Marianas), cerraba destino en la bahía de Manila, otras mil quinientas millas avante. Pronto fue conocida la eficacia del chile como remedio contra el escorbuto, y diseminado su cultivo entre nativos de las Filipinas y Marianas como apoyo de navegantes y viajeros, que lo pagaban a buen precio.  La derrota del galeón era secreta, y rudimentaria la cartografía comparada de aquellos mares hasta mediados del siglo XVII. Realmente desconocida por los enemigos holandés e inglés de la época, que raramente se aventuraban por las inmensidades pacíficas vacías de islas, de gentes y de mapas. En cambio, la existencia del chile era bien conocida por la gente de mar novohispana, que frecuentaba su compra a los nativos de las islas Marianas y Carolinas, concurrentes espontáneos de las playas con cada vela que se aterraba.

 La consolidación de la Carrera de Filipinas en el Pacífico y su enlace con la Carrera de Indias en el Atlántico, a través de los puertos novohispanos de Acapulco y Veracruz articuló la primera correa de transmisión económica y cultural a escala planetaria. Fue sin duda Nueva España la principal beneficiaria, pero también la que más aportó. Tanto en infraestructura operacional como financiera. Una parte vital de ese aporte lo constituyeron los más de 400 millones de pesos de plata que invirtió en el mercado de Manila mientras duró su galeón. Esta correa de transmisión forzó no solo la cadena productiva del Virreinato, sino su ingenio y creatividad. Pronto las manufacturas que llegaban de China o España empezaron a ser reproducidas por menestrales mestizos para consumo local. Incluso llegaron a venderse en Oriente u Occidente como originarias del occidente u oriente. Sin olvidar las sedas, marfiles y porcelanas que prestamente imitaron los artesanos criollos para abastecer un mercado continental que se alargaba hasta Chile. Pero aquel tornillo sin fin que trasegaba productos como por un tubo a través de dos océanos, no solo cargaba mercancía o manufacturas, sino también personas, amores, ideas, modas, estilos, gustos, semillas, técnicas, religión, música, libros, noticias, cuadros, esculturas, el universo conocido y ensamblado en una suerte de corriente en chorro con flujo y reflujo a tres bandas. Y las tres – Asia, América, Europa – abrieron sus ventanas al viento de la curiosidad que portaba semillas volanderas del mutuo conocimiento. ¡La legendaria Catay que soñara Europa por siglos y añorara Colón en su quimérico viaje, habíase convertido, apenas una centuria después, en una rutinaria parada de postas!

Figura 5: La primera correa de transmisión cultural planetaria

 
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Contexto Histórico de Nueva Cádiz – I

La Historia amanece en la América del Sur con la llegada de los europeos a sus costas durante el tercer viaje de Colón (1498). Tras una atroz encalmada las naves del Almirante acceden a la isla de Trinidad y al Golfo de Paria. La abundancia de agua dulce y el panorama de verdor y armonía de la costa circundante, contrastan con la tórrida quietud de las jornadas oceánicas vividas, hasta el punto de parecerles haber llegado al Paraíso Terrenal. Tierra de Gracia  llamará el propio Colón al litoral occidental de aquel golfo de fuertes corrientes y caótica salinidad. Singla en días sucesivos diversos rumbos, hasta fondear en la pequeña Cubagua, la isla de perlas de su Diario. El grupo insular formado por Cubagua, Coche y Margarita, será identificado en adelante como Islas de las perlas. Su contacto fortuito con algunas canoas de pescadores, iba a mostrar la riqueza perlífera de aquel entorno marino. Manda el Almirante un bote a conversar con los indígenas, que tras múltiples recelos, accederán a dialogar con ellos en tierra, pues andaba mucha de su gente por la playa.  Los indígenas, mostrando alegría de ver hombres barbados y vestidos a la marinesca, se prestan al dialogo gestual, arropados por la curiosidad de sus paisanos. Pronto los europeos se percatan de las gargantillas y pulseras de pequeñas perlas que adornaban la desnudez de sus mujeres. Mediante el trueque por baratijas tópicas, van a rescatar algunos hilos de aljófar blanco y  granado… más de seis marcos de aljófar menudo y grueso, con muchas y buenas perlas…con lo que volvieron a las naos muy alegres, nos cuenta el historiador López de Gómara.

Abandonada Cubagua, tomaron aguada en el río y tierra firme del cacique Cumaná, con nuevos indios expectantes en la playa. Retomados la mímica comunicativa y el trueque mercantil, insisten los nativos en señalar como yacimientos perlíferos  las mismas isla y costa que los canoeros de pasadas jornadas. Además de perlas feriaron esta vez tórtolas, faisanes, gallipavos, conejos y cuartos de venado. Disimuló el gozo que sentía de haber hallado tanto bien, y no escribió al Rey el descubrimiento de las perlas… deja dicho el historiador sobre la actitud del Almirante, que habría de traerle serios quebrantos con la Corona.

                     Las noticias traídas por los expedicionarios colombinos tras cada arribo a la Península, eran trasmitidas boca a boca entre las gentes del mar, los comerciantes y prestamistas de la Andalucía Baja en general, y de Palos de la Frontera y Moguer, nutrientes de aquella aventura, en especial. Un hervor de inquietudes sacudía aquel mundo avocado al océano y las singladuras al Golfo de Guinea portugués, prontamente acotado para los españoles con el Tratado de Tordesillas. Pero tras el hallazgo de Cubagua, los marineros paleños soñaban nuevos y valiosos rescates  y aún mostraron muchas (perlas) y las llevaron a vender a Sevilla… Tarde o temprano los Reyes, que tienen muchos ojos, habrían de ser informados sobre las perlas andaluzas libres de impuestos…

Fruto de este caldo de cultivo viajero son las empresas privadas que se gestan en Sevilla. Pedro Mártir de Anglería relata que ya para 1495 se habían organizado algunas expediciones hacia las Indias, cuyos desenlaces no han quedado para la historia. Sí conocemos, en cambio, otra serie de viajes menores a partir de 1499, llamados viajes andaluces del descubrimiento, cuando el monopolio descubridor – repoblador colombino en las Indias estaba ya en entredicho. Las Capitulaciones firmadas por el futuro Almirante con la Corona, pierden vigencia cuando los hermanos Colón son acusados en La Española de mala praxis y ocultación de caudales. Tras el correspondiente Juicio de Residencia, Francisco de Bobadilla los embarca hacia Cádiz cargados de cadenas. Aunque poco después

fueran liberados por la Reina Isabel, el Almirante había perdido sus prerrogativas capitulares. No parece ajena a este hecho una carta del piloto y cartógrafo Juan de la Cosa dirigida a los Reyes Católicos, haciéndoles saber las perlas e cosas que habían hallado, e les envió señalado con la dicha carta, otra de marear, con los rumbos e vientos por donde habían llegado a  Paria… e aqueste testigo oyó decir cómo de aquella carta se habían fecho otras, e por ellas… Alonso de Ojeda, Pero Alonso Niño e otros…han ido a aquellas partes.

 

FIG. 1: Navegantes de Paria

 

Efectivamente, dos años después de que el gran genovés arribara a las costas de barlovento, lo hizo la expedición de Alonso de Ojeda. En ella viajaban el cántabro Juan de la Cosa y el florentino Américo Vespucio, geógrafo y futuro primer Piloto Mayor de la sevillana Casa de Contratación,  control secular del tráfico trasatlántico de personas y mercancías desde 1503. La capital del Guadalquivir estaba forjándose como noticiero oceánico y Puerto de las Indias por antonomasia. La nueva expedición iba a recorrer, reconocer y cartografiar la costa norte de América del Sur, desde las Guayanas y el Golfo de Paria por el oriente, hasta el Cabo de la Vela y La Guajira al poniente. Descubrirán ciertas aldeas indígenas en la depresión de Maracaibo, sus chozas sobre palafitos lacustres, que por asociación de ideas el italiano apostillará Venezuela, topónimo diminutivo de la famosa capital del Véneto. Esta acepción perduraría en la pluma de los cronistas reales, para quedar esculpida en aquella geografía hasta sellar la identidad indeleble de una nación emergente, que había de ser en siglos posteriores la Venezuela clásica.

Aquel mismo año Vicente Yáñez Pinzón, capitán de La Niña durante el primer viaje colombino, llegó a tierras del Brasil. Descubrió las bocas del Amazonas y recorrió la costa rumbo noroeste hasta el Golfo de Paria, aunque hubo de silenciar sus hallazgos por tratarse de tierras asignadas a Portugal en el Tratado de Tordesillas. En el correr de su rumbo, descubre la isla de Tobago y contacta con las de Trinidad y Margarita, para seguir luego a La Española según el arco de islas de las antillas menores. A su paso por aguas de barlovento, unos canoeros indígenas invitan a los paleños a comerciar en su rancherìo. Estuvieron en el pueblo veinte días feriando perlas, señala el historiador. En costas de Margarita se toparán con Diego de Lepe, que viene de explorar la costa de la Tierra de Gracia o Tierra Firme como había empezado a llamársela, y que se le une en su derrota hasta Puerto Rico.

 

 

FIG. 2: Costa Firme de Alonso de Ojeda

 

Diego de Lepe no es marino de profesión, sino un perspicaz comerciante que ha venido desarrollando la cartografía en aquellas costas. La Casa de Contratación de Indias incorporaría sus levantamientos geográficos al Padrón, atlas unificador de cartas, técnicas y avances náuticos, que a la sazón confeccionaba para formación y uso de los futuros pilotos emanados de sus aulas. Piedra fundamental de la historia de los descubrimientos marítimos de los españoles, opina el historiador René Sedillot. La necesidad de trazar rutas y derrotas seguras hacia las Indias, va a originar los primeros esbozos de la navegación astronómica, más segura y fiable que la estima tradicional de los navegantes mediterráneos. La singladura oceánica implicaba la mutación de lo que había sido hasta entonces una rutina artesanal mayormente tabulada, por un bagaje científico nuevo, donde los conocimientos matemáticos, astronómicos y geográficos empezaban a plantear a los pilotos de altura complicados problemas de Trigonometría Esférica. Aun nos pasma hoy, cierto planteamiento astronómico de Colón a vuelapluma, plasmado de puño y letra sobre su propio Diario, tan lejos del caletre de nuestros yachtsmen de hoy (tan pagados de sí mismos y de su alba gorra de plato, como ayunos de matemática), que obliga a comparar con absoluto respeto no ayuno de ironía la baja de su saber, versus la culta latiniparla del nauta renacentista.

Dos semanas después de Ojeda llegan directamente a Trinidad, Golfo de Paria e Islas de las Perlas, Pedro Alonso Niño, ex piloto del primer y segundo viajes colombinos, y Cristóbal Guerra, hermano del tutor sevillano de la empresa. Los expedicionarios andaluces, sin dilación temporal como base de su éxito mercantil, rescataron perlas e se volvieron a Castilla.  Los indígenas, buceadores capaces de sumergirse durante minutos para emerger con los ostiones de madreperla en su redeño, pagaban tradicionalmente con las perlas extraídas, trueques tópicos que la expedición andaluza supo negociar. Con el fin de eludir el impositivo Quinto Real del rescate, el regreso lo enrumbará al pontevedrés puerto de Bayona, inmortal derrota de  Martín Alonso Pinzón con La Pinta, tras el hallazgo del Nuevo Mundo. Pero el  montante de aquella operación, estimada en noventa y seis libras de aljófar, en las que había grandísima cantidad de perlas finas orientales, redondas, y de cinco y seis quilates y algunas de más… era demasiado elevado para pasárselo de matute a la Hacienda Real. Los infractores fueron juzgados, condenados y encarcelados en Andalucía,  hasta que hubieron pagado su evadida deuda impositiva.

 

FIG. 3: La Baja Andalucía Marinera

 

Estamos hablando de fechas tan tempranas como el año 1500. Ya para entonces se tienen noticias sobre un innominado asentamiento humano en la isla de Cubagua, una ranchería asociada a este negocio de perlas. A penas un año después, el propio Licenciado Bartolomé de Las Casas, constataba la presencia de 50 aventureros dedicados a la explotación de las perlas mediante buceadores nativos. Era un secreto a voces desde el regreso de las tripulaciones descubridoras al puerto de Palos, la existencia de ricos yacimientos perlíferos en las Antillas. En los puertos del occidente andaluz, desde Ayamonte, Lepe, Gibraleón, Palos, Moguer y Huelva, hasta Sanlúcar de Barrameda, Sevilla y la bahía de Cádiz, la fiebre descubridora había prendido tras el tercer viaje colombino; la repobladora habría de venir después. A ello vino a contribuir el sentido de protagonismo adquirido por la Baja Andalucía desde el minuto cero del hecho indiano. La evidencia de la ruta a seguir, era la derrota directa a las Islas de las perlas empleada por Yañez Pinzón en su segundo viaje. La Corriente de Benguela tomada en Cabo Verde, enlazaba hacia el poniente con la Ecuatorial del Sur, que catapultaba su plancton y los barcos que la seguían al barlovento de la Tierra de Gracia. Tal como lo había hecho el menor de los Pinzones. Y corroborándola, la primicia gráfica facilitada a los Reyes Católicos por Juan de la Cosa, primer cartógrafo de América, que iba a quedar  plasmada a futuro en el Padrón de Navegantes.

FIG. 4: Costa Firme en el Primer Mapa de América

 

Tempranamente habían llegado por tanto gentes aventureras en busca de comercio, el rescate y tráfico de esclavos, o la extracción de los caprichos nacarinos de aquellas islas. Pero no conocemos el proceso humano integrador que iba a nutrir el primitivo asentamiento de Cubagua, y que pocos años después constituiría la primera ciudad de facto en Suramérica. Seguramente ya desde los iniciales empeños privados, gestados sotto-vocce de la Corona en la Sevilla de 1495, acudieron directamente más de uno de ellos a las islas del nácar. No se han registrado noticias de su retorno. Perecieron quizá en su èpica contra el piélago, o acabaron tal vez afincando sus destinos en otros lados del charco. Pero fue sin duda la Baja Andalucía el alma nutricia de aquella primera oleada humana.

En el año 1504 una expedición rumbo a Urabá, con cuatro carabelas comandadas por Juan de la Cosa,  accede al Golfo de Paria. Toman tierra en Margarita, truecan con los nativos papagayos, ají, batatas, yuca,  papayas… además de tomar aguada y leña. Levan anclas rumbo a la costa de Cumaná, donde ovieron (sic) por rescate algunas perlas, pero pocas, e de allí siguieron costeando… (hacia Urabá),  nos dice el cronista. Nada comenta en cambio del negocio perlífero de una Cubagua que el cartógrafo cántabro conocía, pero que costea y deja con un mutis por estribor. Nada sabemos tampoco de sus desertores en Margarita, si incorporados al grupo humano de Cubagua, o diluidos entre los guaiqueríes de la propia isla, o los castellanos de la peligrosa Tierra Firme caribe. Y decimos castellanos, porque Isabel la Católica en vida (1505) no consentía pasar a Indias, sino a costa de mucho importunar, a hombre que no fuese vasallo suyo. Muerta la reina castellana, el Rey Fernando permitió la emigración de los súbditos de su Corona de Aragón, tanto peninsulares como de las itálicas tierras o sus ducados griegos. Con la llegada a España del joven Carlos V (1517), comenzarían a incorporarse flamencos, valones, frisones y alemanes de los diversos principados, ampliando la gama de brazos y visiones europeas al quehacer del Nuevo Mundo.

Fig. 5: Interpretación Escudo hallado en Nueva Cádiz

 

Los pacíficos guaiqueríes, considerados vasallos libres de tributo y servidumbre por una concesión real que los encomia como indios de tan buen valor … y merecida honra por su valor y fidelidad, grande, constante y firme …  no podían ser esclavizados tras semejante panegírico, so pena grave que llegaría a ser de muerte. Cubagua carecía de población india, pero la cercana Margarita, no. En ella habitaban varios miles de indígenas ayunos de legislación castellana, vacío que los tratantes de carne humana aprovechaban para lucrar su codicia. La carencia de colonos hacíala territorio dependiente de la inmediata Cubagua. Desde La Española iba pronto a ponerse freno a las cabalgadas de aventureros esclavistas que la trepanaban impunemente, facilitando el arraigo de españoles en la isla. La Villa del Espíritu Santo, sería su primer núcleo humano importante, seguido de otros del interior, elegidos por los propios guaiqueríes lejos del ojeo de las canoas caribes.

Para 1510 se sabe que la puebla de Cubagua tenía ya un cabildo a usanza castellana, con dos alcaldes y diecisiete regidores. Reunidos los vecinos, juntos, a campana tañida, vasallos todos de estos reinos de Su Majestad Católica, vecinos castellanos e indios cristianos, han elegido sus autoridades municipales en cabildo abierto. Esta bisoña corporación ciudadana tratará de aplicar las mandas reales para ordenar social y urbanamente el variopinto asiento aglutinado en la isla, sin pantalàn de atraque, con sus barcas de pesca y canoas de buceo varadas sobre la playa, sin aduana, sin alcabala, sin presidio. Carecía la puebla de trama urbana, con bohíos y chozas de carrizo y palma aquí y acullá, parapetada tras elementales defensas de madera y tierra. Algunos colonos, atentos siempre al merodeo de canoas caribes, aportaban sus perros alanos y mastines que retaban su proximidad con prolongados gruñidos. Los inconvenientes se multiplicaban en aquel balbuciente proyecto humano, asentado sobre un secarral improductivo, sin árboles, carente de un agua potable que había de captarse a siete leguas, pluviosidad escasa pero sofocante humedad ambiental, con pequeños acuíferos subálveos altamente salinizados, y un inmisericorde sol abrasador en mitad del cielo de una isla de 24 Km2, plena de cardonales, líquenes de orchilla, arbustos de guayacán, bardales espinosos y eriales baldíos. Esta flora de mínimos era sin embargo sabiamente aprovechada por los indígenas circunvecinos, capaces de marcar una pauta de subsistencia a los primerizos colonos de Cubagua. Aquellos boscajes de cardones, tan gruesos como la pantorrilla de la pierna, producían frutos temporeros a manera de higos, unos blancos, otros rojos, comestibles todos de dulce y fresco paladar, cual dátiles mediterráneos.

 
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LA LEYENDA DEL GALEÓN ERRANTE – I

La pugna hispano-portuguesa por anexionarse las Molucas, motivó a Carlos V para fletar las expediciones de Magallanes y Loaysa hacia ese emporio de las especias que Europa demandaba. El regreso de Elcano a Sanlúcar de Barrameda tres años después de su partida, con su nao Victoria ahíta de especias (1522), había amortizado holgadamente la empresa magallánica pese a la pérdida de 4 naves y sus hombres. Pero había avivado también la disputa sobre aquella posesión insular, enzarzados ambos reinos en suspicaz y estéril negociación. Por ello los planes del Emperador en el Pacífico iban a seguir su curso.
Unos meses después de este arribo, armábase en La Coruña nueva flota con naves de gran tonelaje bajo el sabio hacer de Juan Sebastián Elcano, minuciosamente escalonados sus cabotajes y calados a fin de surcar incluso ensenadas de aguas someras y lagunas abiertas, con cañones fácilmente zafables de sus bordas para reflotar el barco de cualquier embarrancada fortuita. Iban para conquistar, fundar y quedarse. Sería la última expedición hispana desde la metrópoli a las islas del poniente. Las siguientes serían ya gestionadas desde la América novohispana o El Perú.
Bajo el mando supremo de García Jofre de Loaysa, nombrado Capitán General, Gobernador y Justicia Mayor del Malucco, y de Juan Sebastián Elcano, su segundo, Piloto Mayor y Guía de la Armada, acuerdan los capitanes caso de perder el contacto visual, reunirse en Bahía de Todos los Santos y esperar allí veinte días a los mas rezagados, y aunque alguno faltare a la cita, reanudar tras ese lapso el viaje, << pero plantando antes en alguna eminencia una gran cruz y al pie una olla, en cuyo interior una carta indicaría la ruta emprendida de nuevo>>. Vieja señal de rebato de la marinería ibérica, alguna de las cuales en piedra, ha perdurado olvidada por siglos en costas africanas.
Tras recordar el tradicional acuerdo, hiciéronse a la mar el 24 de julio de 1525. Seis galeones y un patache aproaron aquella mañana veraniega rumbo SW hacia las Canarias, Guinea y su corriente ecuatorial, lanzadera habitual hacia América bajo los alisios del nordeste. Las naves Sta. María de la Victoria (capitana, 300 T), Sancti Spiritus (guía, 200 T), Anunciada (170 T), San Gabriel (130 T), San Lesmes (86 T), Sta. María del Parral (80 T) y Santiago (patache, 50 T) navegarían después favorecidas por la corriente del Brasil, tratando de remontar latitudes al meridión durante el verano antártico. Y fueron recibidos por los Rugientes Cuarenta con el rudo y cetrino ceño de su salvaje y eterno vaivén. La Sancti Spiritus de Elcano se perdió arrojada sobre los acantilados patagones, descuajaringada contra ellos por las olas. Luego de semanas de lucha contra lo imposible, la San Gabriel y la Anunciada, desistieron de la remontada sureña, para retornar maltrecha una a Galicia (mayo 1526), enfilando la otra al este con el fin de alcanzar las Molucas por el Indico, no volviendo jamás a saberse de ella. La Santa María de la Victoria embarrancó sobre bajíos de cascajo, pero pudo ser reflotada maltrecha tras grande esfuerzo. El resto de la escuadra cobijóse al socaire de un abrigo natural que Elcano en buena hora hallara. No así la San Lesmes, que garreó y hubo de correr durante días a palo seco hasta más allá de los Furiosos Cincuenta, donde hervía por doquier la mar embravecida. Vientos atemporalados del güeste y la fuerte deriva oceánica que al sur del continente incide hacia el Atlántico, la acosaron. Pilotada por Francisco de Hoces, supo correr hasta los 55ºS solo su obra viva por trapo, arrojando al mar estiba y artillería, mientras aferraba escotillas y largaba por popa ancla flotante de calabrotes y velas, a fin de poder gobernar el rumbo de su huída, y evitar el través de la nave, sus guiñadas, o la fatal voltereta del pasado por ojo. Cuando hubo amainado el temporal, tomó posiciones y comprobó que se encontraba << allí donde era el acabamiento de la Tierra >>, convirtiéndose en el primer europeo que atisbó la punta meridional de América, razón por la cual ese mar lleva hoy su nombre. Los golpes de mar empenachados por rociones de espuma y hielo tomados por popa durante el vendaval, habíanse atravesado ahora en confusa mar de leva y feble hálito, propios de la posterior encalmada. El profundo oleaje batía poco después el casco de una San Lesmes escorada por la helazón irregular de su roda, que trataba de aproar la resaca cabeceando bajo secos pantocazos, capaces de desarbolar su obra muerta o descuadernar la viva. Desvencijada por la molienda oceánica, pudo sin embargo Hoces enfilar la bocana de Magallanes, dándola andar bajo nuevo y bonancible SO. Allí atisbó sobre un despejado cantil una gran cruz de madera colocada como referencia de entrada al estrecho. De las siete naves, solo cuatro a cual más maltrecha, lograron reunirse a la vista de la cruz para acometer juntas el paso atlántico hacia el oeste. Habían transcurrido cinco meses y medio desde su partida de Galicia. La cruz colocada por Elcano en la bocana del estrecho (1526), nueve años después fue vista por Simón de Alcazaba, y en 1539 también por Alonso de Camargo, en sendos rastreos del paso. Esta última expedición extrajo de su base una carta náutica indicadora del rumbo que supuestamente iba a seguir la capitana de Loaysa. Pero la difícil ruta del estrecho al Pacífico fue en adelante sustituida por otras surgidas de la costa oeste de América. Y la cruz de Elcano nunca volvió a citarse en los derroteros hispanos.
Las mareas de uno y otro océano pugnaban en el estrecho con gran estruendo de oleaje y jarcias. Y luego de mes y medio de navegación por el paso, las cuatro naves de Loaysa iban a encarar la grandiosa aventura de hollar el Océano del Sur, tras abocar a mar abierto por las mismas fechas que la San Gabriel aportaba de regreso en Bayona. Era la segunda vez que los europeos iban al encuentro del universo de islas que en anterior lance habían escuchado desgranar a los nativos de otras por ellos visitadas, cuando no intuidas por náutico instinto. Pero el traicionero Pacífico dispersaría la flota del emperador. A penas seis días después de acceder al Pacífico, los vigías de las cofas iban a perder el contacto visual entre sus naves. Habían navegado a la estima 157 leguas marinas castellanas (471 millas náuticas = 872 Km)) desde el cabo Deseado (2-jun-1526), cuando un furioso viento Sur dispersó las naves, obligada cada una a correr su temporal hacia el norte.
En una inverosímil navegación de mas de 10.000 Km a lo largo de la entonces inexplorada costa occidental de América, el patache Santiago sin apenas víveres, pero aupado por la corriente fría del Perú (hoy Humboldt) y los broncos “surazos” de las costas de Chile, logró entrar en Tehuantepec de Nueva España (24-jul-1526) al año justo de su partida de Coruña. Santiago de Guevara su piloto informó de lo ocurrido, y su tripulación enrolóse de seguido en la expedición de Álvaro de Saavedra (1527) a las Molucas, que Hernán Cortés armaba por orden de Carlos V. Iba a buscar la tripulación de la magallánica “Trinidad”, perdido su rastro entre los portugueses de aquellas islas. Comandada por Gómez de Espinosa habíase allí separado de la nao “Victoria” cuatro años antes, en la esperanza de llegar a Acapulco para informar del intento de regreso de Elcano por el Índico de Portugal, consumado y afamado ya para entonces por todo el orbe. Pero la “Trindad” nunca llegó, y ahora salían a buscarla. Saavedra arribará a las Molucas, rescata los náufragos castellanos y parte hacia Nueva España tres meses después (1528) cargado de especias, pero vuelve sobre sus pasos a finales de año sin hallar tornaviaje posible. De nuevo lo intenta a mediados del año siguiente y debe de nuevo regresar al Malucco, muriendo esta vez en el trayecto (diciembre 1529)
La Santa Mª de la Victoria tras correr rumbo NNW su particular “surazo” hasta el paralelo 40ºS, viró a babor enrumbando WNW hacia Guam y Marianas, en la idea de alcanzar Cipango y cartografiar sus hasta entonces desconocidas islas, antes de acceder al Malucco. Pero durante el eterno y tedioso navegar por la nada, la cruel parca va cebándose en sus mejores hombres. Muere Loaysa (30-jul-1526) a los 4 días de cruzar el trópico y seis días antes que su segundo Elcano, nuevo Capitán General, a quien van siguiendo con idéntica suerte los ocasionales capitanes de leva. La desconocida avitaminosis llamada Escorbuto, era fama que comenzaba a diezmar las tripulaciones hacia los dos meses de su partida, y lo hace ahora ante el sorprendente estoicismo de quienes sobreviven y testifican los óbitos. En iterada rutina, sus cadáveres serán deslizados al agua según estricto protocolo. Y entre los supervivientes, un jovencísimo Urdaneta, futuro descubridor del regreso a Nueva España, atesora cuanto sus abiertos ojos y oídos van captando por las islas del poniente.
Una treintena de supervivientes fondean el 5 de septiembre en Guam rodeados de un enjambre de piraguas y algarabía de voces entre las que Urdaneta distingue un saludo en perfecto castellano. Un gallego, Gonzalo de Vigo, además de intérprete con los nativos, y cuidador de los escorbúticos, iba a proporcionarle las primeras referencias sobre corrientes y vientos norpacíficos que datarían su futura peripecia de retorno. Desertor de Gómez de Espinosa en su intento de tornaviaje a Nueva España, desgránale una a una sus experiencias en el fallido empeño tras ennortar hasta los 42ºN, buscar infructuosamente vientos propicios, retornar al sur por la misma longitud y desertar con otros compañeros cuando la nao tomaba aguada en Guam. Ahora, bajo el mando de Iñiguez de Carquizano veterano magallánico, se suma a la campaña de las Célebes y las Molucas, donde la nao capitana acaba sus días desvencijada, carcomida de brega y broma. Su propio cañoneo contra el enemigo portugués acabará por descuadernarla, y de sus restos harán en tierra ocasional fortín. Sólo 24 de sus hombres lograrán regresar a España, junto con los veteranos de Saavedra, tras duras peleas de supervivencia en la jungla. La firma del Tratado de Zaragoza (1529) entre lusos e hispanos les sorprende. Se fija el antimeridiano de Tordesillas, a la vez que se asigna la pertenencia de estas islas a Portugal, en tanto que las Filipinas quedan íntegramente para España. Carlos V les vende su parte moluqueña y los portugueses irán repatriando hasta 1536 a los supervivientes de las naos de Magallanes, Loaysa y Saavedra, a través de la ruta del Indico. Urdaneta se convierte así en el tercer europeo conocido en dar la vuelta al mundo, tras el magallánico Gómez de Espinosa, el segundo en hacerlo, que por la misma vía regresa a España unos meses antes.
La nao Sta. María del Parral acabaría sus días encallada en las Célebes, tras motín a bordo y asesinato de su capitán Jorge Manrique de Nájera. Álvaro de Saavedra, informado por los portugueses, rescata a los supervivientes de manos aborígenes en la isla de Sanguín (1529). Tras juicio sumarísimo serán ajusticiados los culpables y repatriados, vía Índico, una media docena restante, dando por terminado así el capítulo de los viajes imperiales desde la metrópoli.
Pero ¿Y el galeón San Lesmes?, ¿Que fue de Francisco de Hoces?. Nunca se supo su paradero. Por ello, y las consecuencias del mutis histórico que cada uno extrae, son pasto de leyenda. Aún hoy investigaciones en curso siguen su rastro. Curiosos europeos, americanos, neozelandeses y australianos estudian los hallazgos de pecios españoles de la época que van apareciendo por los Mares del Sur. Se interesan en ellos Ciencia, Historia, sociología, política y márqueting, en multiforme algara.