Publicado el

Contexto Histórico de Cartagena de Indias – II

Años antes a la fundación de Cartagena del Poniente, sin declaración previa de hostilidades, el corsario francés Jean Florín (1521), al mando de 8 barcos había capturado inopinadamente en las Azores, dos de las tres naves enviadas por Cortés a Carlos V con el Tesoro de Moctezuma. El oro copado revolucionó la Francia de su tiempo con un Francisco I que promovía el corso con cuanto connotado marino se lo solicitaba. Pero alertado quedaba también el joven monarca español, que en contrapartida iba a conceder numerosas patentes de corso a marinos ribereños del Cantábrico, para acoso del francés que se avistase en aquellas aguas de su propio mar. El pirata Florín acabaría sus días colgado de una  horca, denegado su juicio previo por orden directa del Emperador, tras enterarse por un emisario de que lo había capturado el corsario vasco Martín de Rentería.

Ante la inminente perspectiva de guerra multifronte con Francia, estructura  España su comercio marino con América a base de dos flotas anuales: una dirigida a Cartagena – Nombre de Dios, y la otra a Santo Domingo con recaladas en Dominica a la ida y La Habana al regreso. Ambos reinos se disputan sobre Italia la hegemonía de Europa, y rotas las hostilidades, el incipiente asentamiento portuario de madera, bahareque y palma que era Cartagena del Poniente en aquellos primeros años, veía huir a sus gentes hacia los cerros portando valijas y dineros con demasiada frecuencia, ante cualquier dudoso perfil de velas en sus aguas. Indefensa frente a la piratería, una Cartagena sin fortificar iba a ser pronto desvalijada por la furia depredadora del  hugonote francés de noble cuna Señor de Roberval (trucado en Robert Ball a secas para los caribeños, 1543) tras ocuparla en día de significada fiesta. El día en que la ciudad prepara la boda de la sobrina del propio Pedro de Heredia, reconocido espadachín desde sus años mozos, tiene el Gobernador que defender codo con codo y a punta de espada junto a su hermano, residencia y familia, hasta comprobar que sus deudos han huido a descampado, en cuyo momento abandonan la lid y huyen tras ellos. Con una pequeña escuadra de 4 barcos, 450 hombres y la guía inestimable de un piloto resentido por vieja querella ciudadana, el corsario se ha filtrado inadvertidamente en la bahía interior amparado por la oscuridad de la noche. Los confiados moradores duermen sin sospechar el zafarrancho que les acecha. Con las primeras luces del alba escucha la somnolienta Cartagena músicas y redobles que cree prolegómenos de un festivo día de sonados esponsales; no acierta a comprender que se trata de un rebato desesperado de alguaciles que tratan de alertar el grave peligro, cuando ya la chusma francesa se desparrama sable en mano por las calles cartageneras. Huye como puede la población, pero queda el obispo. El será quien trate con el hugonote el rescate exigido, so pena de ver convertida en pavesas la ciudad y estrangulada su reverendísima. Acogido en un poblado indio con otros ciudadanos, Pedro de Heredia se entiende con los enviados del obispo para convenir un rescate de 20.000 pesos de oro que deberá reunir la ciudad. Rescate que habría de servir como apoyatura al Juicio de Residencia por mal gobierno y huida vergonzante con que sus enemigos maquinan denunciarle ante la Audiencia de Panamá. Tras cobrar el rescate, Roberval se retira a sus naves y según lo convenido, se hace a la mar. Años después aparecería colaborando con Jacques Cartier en el fallido intento de colonización francesa del río San Lorenzo en el Canadá.

La cada vez más peligrosa navegación costera aumentaba su riesgo en la época de brisa (el alisio del nordeste, época húmeda, abril- octubre, verano boreal amplio) cuando los perros del mar descendían de empopada hacia el Sur desde sus guaridas insulares de las antillas. Pero  ascendían luego por la aleta hacia Honduras con la llegada de la época de viento (contraalisio de componente sur, época seca, noviembre-abril, invierno boreal amplio) con lo que batían toda la costa continental caribeña según las estaciones del año. Y a tales estaciones se atenían siempre los expectantes colonos de la costa y la navegación de cabotaje costero. El cabotaje interior por el Canal del Dique suponía en tales momentos un seguro resguardo para el tráfico de bastimentos y mercancías desde los pastizales y sembradíos de Quito (1534), Cuzco (1534)  Popayán  (1537) y Sta. Fe de Bogotá (1538) sin tener que asomar velas a unas costas transidas de piratas.

              También la bahía de Cartagena era un seguro resguardo para las naves, además de una fiable protección de su puebla debido al inaccesible frente rocoso, plagado de escollos y confusa mar rompiente bajo brisas y vientos, que imposibilitaba todo acceso directo a ella desde la mar abierta. Si bien la escasez de agua dulce fue en principio motivo de dudas, pronto fueron acalladas estas con la construcción de aljibes abundantemente nutridos por el régimen de lluvias tropicales, diseñados con generosas limahoyas de  tejados a cuatro aguas. Su posición geográfica próxima al río Magdalena, vía natural de penetración continental, iba a ponderar su peso específico en la red comercial que poco a poco iba tejiendo el Imperio Español, como nudo de enlace con el altiplano quiteño y las perlíferas isla Margarita y ciudad de Panamá. Y por ello punto de confluencia de barcos de cualquier puerto con cargas que feriar o negociar en la ya empezada a conocer como Cartagena de Indias, con fama de resguardo seguro frente al fresco alisio y los temporales caribeños.

Las Indias, todo un proceso de transferencia legendaria de atisbos medievales, realimentado por el ibérico asomo hacia mares desconocidos. El Preste Juan de las Indias era un mítico gobernante cristiano del lejano oriente, que según relatos europeos perpetuados hasta época colombina, era mandatario generoso de un fabuloso país pleno de riquezas y mágicos tesoros. Mitad patriarca, mitad paternal presbítero, era en la imaginaria colectiva heredero de los discípulos del apóstol Tomás y descendiente de los Reyes Magos. Su lejana y aislada nación se encontraba rodeada de países musulmanes y paganos. Objeto de búsqueda durante generaciones, seguía lejos del alcance de los europeos, pero cercano en su fantasía compartida. Los primeros navegantes portugueses que regresaron de Calicut y Malaca a finales del siglo XV, convencieron a Occidente de haber encontrado en el Negus de Etiopía, católico Rey de Reyes, el heredero del Preste Juan, corroborando así la situación geográfica de Herodoto. << De estas Indias, pues, del Preste Juan, donde ya contrataban (mercancías) los portugueses, se llamaron nuestras Indias, y así lo nombraba siempre Cristóbal Colón >>, testifica el historiador López de Gómara, apostrofando así a perpetuidad al sorpresivo mundo surgido del océano. Junto a la leyenda de la isla Antilla, las amazonas y la reina California, las Indias del Preste Juan suponían aceradas esquirlas del oscuro Medioevo incrustadas en el luminoso Renacimiento, cuyo afán descubridor iba alumbrando poco a poco el panorama  del saber europeo.

Todavía encontrará una ciudad desprotegida, inadaptada a los turbulentos tiempos que corren, el hugonote Martín Côte (1560), que con 7 barcos y más de 1000 filibusteros pone sitio a Cartagena tras asaltar e incendiar Santa Marta, desde donde llegan informes por tierra del peligro que sobre ella se cierne. Pero sus construcciones han cambiado sustancialmente en las últimas décadas; donde antes dominaban la madera y el techo de paja, lo hacen ahora la piedra coralina, ladrillos y tejas. Un demoledor incendio ocurrido en los postreros días de gobierno de Pedro de Heredia (1552), había puesto fin a la era del bahareque y la caña de su fundación. Se nota ya ciudad próspera, sin parangón con la humilde Santa Marta de aquellos años, que su fundador había alcanzado a vislumbrar. Ante tamaña contingencia, manda el nuevo Gobernador abandonar la urbe y prepara su defensa excavando y escaqueando en derredor pozos-trampa con enhiestas y punzantes picas en su fondo, capaces de ensartar << hombres y bestias que en ellos cayeren >>. Son todos sus hombres de guerra 10 arcabuceros, 20 jinetes de lanza en ristre y 500 arqueros indios con flechas emponzoñadas, que aguardan la acometida pirata apostados en trincheras y zanjas improvisadas, mientras el movimiento de las desiertas calles es vigilado por algunos hacendados a caballo. Pese a la cautela tomada por los asaltantes que se aproximan hacia la ciudad por la playa, la repentina descarga de fusilería junto a la nube de flechas que sobre ellos cae una y otra vez detiene el avance de la hueste corsaria. Retiran sus bajas, pero son muchas las heridas de flecha, que bien saben causarán inexorablemente la muerte en las próximas horas. Una tras otra rebotan sus rabiosas oleadas contra las líneas defensoras, hasta que la munición de pólvora se agota. Entonces, a una señal convenida, emprenden al unísono la retirada hacia los manglares de Getsemaní y cerros posteriores, tras los ciudadanos que habíanles precedido en la huida hacia lugar seguro. Cuando la vociferante chusma siente el camino expedito, irrumpe en la desierta ciudad  como una destructora ola de marea. Entran en las casas robando cuanto hallan, derriban puertas, mutilan imágenes, profanan vasos sagrados, se llevan los bienes del clero y matan un clérigo que reza en la catedral. Su rapacidad no tiene límites, y se aposentan en la maltrecha urbe decididos a no abandonarla hasta que sus ciudadanos paguen la correspondiente “vacuna”, así llamado al rescate pactado para no quemar la ciudad ni degollar a los pocos prisioneros que han capturado. Por 4.000 pesos de oro abandonarían el lugar sin más retaliaciones, y así lo hacen, pero las bajas entre las que se contaba su ahora lugarteniente y conocido perro del mar Jean Beautemps, habían sido muchas, e iban a marcar su filibusterismo futuro. Sobre De Côte y cuatro de sus barcos jamás se supo nada cierto; solo conjeturas sobre su retiro a cierta isla en compañía de una india enamorada. Los otros 3 barcos seguirían costeando la Tierra Firme hasta Honduras, uno de los cuales se sabe llegó al Yucatán. Tratarán de establecerse sus hombres en Trujillo, Campeche y Valladolid, camuflados entre los pobladores hispanos. Pero más de una docena de ellos serán detectados por sus formas y costumbres sospechosas de herejía, y denunciados a los Tribunales de la Inquisición locales. Y consecuentemente juzgados y condenados a diversas penas, aunque no consta que ningún hugonote fuera por aquellos años condenado en Nueva España a la pena capital de la hoguera.

En 1568 el pirata y negrero inglés John Hawkins en compañía de su pariente el aprendiz Drake, con una flota de cuatro naves grandes y 7 urcas y pataches, se presenta ante Cartagena y envía un bote con emisario, anunciando al gobernador que trae suficientes cargas y esclavos para montar una feria. Experimentados los cartageneros en añagazas piráticas, rechaza el gobernador la oferta, a la vez que apresta su hueste militar a la defensa. Tras una semana larga de intercambio de emisarios y fuegos intimidatorios desde mar abierta, desiste el inglés de su “feriante” empeño, no sin antes amenazar que volverá con flota más numerosa. Nunca regresaría Hawkins, pero Drake había aprendido ya el camino.

La proliferación de “perros del mar” por todo el Caribe en general, y los frecuentes avistamientos sospechosos en aguas cartageneras en particular, habían decidido a su gobernador a formar milicias ciudadanas que tan buenos resultados habían dado en las grandes antillas. Componíanse estos grupos vecinales de autodefensa de gentes armadas a caballo, pertenecientes a la clase social acomodada, que habitualmente patrullaban la costa vigilando los movimientos de hombres y barcos en sus playas y auscultando la línea de horizonte, a la vez  que alardeaban de bruñidas armas y costosos arneses. El precio añadido por vivir en un puerto caribeño tan solicitado como Cartagena, implicaba además de una vigilancia esmerada, una eficaz defensa fija y otra móvil. A partir de estos contratiempos empiezan a construirse los fuertes del Boquerón y la Caleta. Se envían 7 bombardas de bronce, 200 picas, 100 arcabuces, cuatro quintales de plomo y noventa barriles de pólvora, que tratarán de mantener siempre como dotación mínima operativa. La piratería se ha vuelto una pegajosa plaga, que las más de las veces asalta alguna nave que llega desprotegida, para darse a la fuga apenas notan que son detectados desde el presidio. Son los crueles y miserables perros el mar, delincuentes sin patria ni credo, que viven de la rapiña, la extorsión y el secuestro de todo cargamento o pasaje que cae bajo su zarpa en aquellas aguas, mayoritariamente surcadas por mercantes hispanos. Pero entre las armas inventariadas como mínima defensa se encuentra la pólvora, que se deteriora rápidamente en climas tropicales, tal que pasadas unas semanas enmudecen los cañones. Y en el Nuevo Mundo ha sido hallado oro, pero no piedra de azufre que hace la pólvora, y sin ella no habrá forma de conservar el oro. Se envía azufre y salitre desde España a la más desarrollada Habana (1570) para la fabricación, barrilaje y distribución de la pólvora, pesadilla de baluartes y navíos durante todo el siglo XVI. Cartagena, creada para el comercio defiende su estatus creando astilleros para la construcción, carenado y equipamiento naval de su transitada dársena. En 1575 Felipe II  le otorga el título de “muy noble y leal ciudad”, y dos años después se inicia la traída de aguas,”obra romana importantísima” al decir de su gobernador, de manera que para entonces se la considera ya como la “tercera ciudad de todas las Indias”. Pero se abandona el proyecto de acueducto con el gobernador entrante, proclive a cambiarlo por nuevos y mayores aljibes públicos, para evitar la vulnerabilidad puntual del suministro lejano del agua durante ferias y asedios. Ya para entonces Cartagena de Indias aparece como una ciudad asentada sobre una Calamarí fortificada. Su casco de ciudad  comerciante y marinera, se va formando, sin la trama geométrica tradicional de los asentamientos castellanos del Nuevo Mundo. Sus calles rectas se adaptan al espacio insular disponible, en haces pretendidamente ortogonales, para conformar 40 manzanas y 2 plazas neurálgicas sobre el islote, puntos características de los puertos españoles del Caribe. La portulana Plaza del Mar o Plaza de la Aduana, residencia de los oficiales reales, donde descargan desde siempre los galeones sus feriantes cargas y abren sus tiendas comerciantes y carniceros, royo justiciero de agarrotar delincuentes incluido, y La Plaza de Armas o Plaza Mayor, mentidero de consejas y festejos, con su Catedral presidiendo el quehacer ciudadano. Hacia finales del siglo alcanzará las 2000 habitantes con un núcleo urbano que se desparrama, mediante el puente de madera de San Francisco, sobre el anexo islote de Getsemaní que cuenta con otros 200 habitantes más y los corrales de ganado algo más lejos del casco habitado. Una tercera plaza urbana nacerá en Calamarí, conocida pronto como Plaza de los Jagüeyes, en razón de los abrevaderos estratégicamente repartidos en ella para solaz de caballerías y reatas que han de bregar diariamente en el sofocante clima.

 
Publicado el

Contexto Histórico de San Agustín de la Florida – I

Desde su descubrimiento por Juan Ponce de León (1513), La Florida había sido objeto de múltiples intentos de colonización fallida desde sus costas externa atlántica e interna del Golfo de México. Medio siglo después de testimoniada su configuración sobre los derroteros españoles, tanto holandeses e ingleses como franceses, habían arribado a las costas atlánticas del norte con otros empeños colonizadores también fallidos. Eran costas reservadas a España por Cédula Papal, aunque rechazada por las demás monarquías europeas salvo Portugal, firmante en aquel 1494 del Tratado de Tordesillas que se las asignaba a futuro. En aquel siglo La Florida comprendía el territorio entre el Río Pánuco (actual México) y la Tierra de los Bacalaos (Terranova), tal como nos lo refiere el Inca Garcilaso de la Vega. La España tardo-renacentista multiplicaba su curiosidad y empeño a lo largo de la costa atlántica a su alcance y aún más allá, pero su limitada población territorial ponía límites físicos al voluntarioso brío de sus gentes. Había explorado y cartografiado hasta la península de Labrador, incluso tomado nominal posesión geográfica para su Católica Majestad del todo y la parte, pero la tozuda evidencia limitaba toda divagación onírica.

Las guerras de religión en Francia venían vomitando de su metrópoli catervas de hugonotes protestantes expatriados por Catalina de Médicis, tolerante consorte primero, implacable regente después, mecenas renacentista siempre; dedicados ahora a la piratería caribeña los más, tratando de arraigar en tierras de la Florida otros. Su hija Isabel de Valois, reina de España por su matrimonio con Felipe II, había ya advertido a su madre la invariable voluntad del rey español por limpiar Florida de hugonotes intrusos, que acechaban la ruta del vital comercio español de las Indias.  Luego de meditar largamente la empresa, el monarca español encargará a Pedro Menéndez de Avilés, prestigioso Capitán General de la Armada del Cantábrico y experto conocedor del corso galo, la erradicación  hugonote de la Florida.

La Armada de Menéndez de Avilés con base en Santander, patrullaba los mares desde el Cantábrico a Flandes, para combatir la piratería que hostigaba la densa navegación entre España y demás reinos europeos de la Casa de Austria. Encargado de proteger los frecuentes viajes del emperador Carlos V por aquellos mares, era el hidalgo asturiano particularmente apreciado de su primogénito, el futuro Felipe II, por haberle custodiado a Inglaterra como joven príncipe que desposaba a María Tudor, su primera esposa y efímera reina de Albión.

Felipe, llegado a rey, había planeado un aldabonazo contundente sobre los herejes franceses que trataban de poblar aquellas tierras que por bula papal le correspondían. Menéndez de Avilés, Capitán General de la Carrera de Indias y Consejero del Rey, es nombrado Adelantado de La Florida para ejecutarlo. Fleta para ello naves que se botan en rampas cantábricas, a la vez que busca más naos y capitanes en la Bahía de Cádiz, y con ellos negocia otros contratos. Desde La Habana le informan del establecimiento francés de Fort Caroline (1562) en la desembocadura del río San Juan, encubierto enclave desde el que poder atacar ventajosamente esa Flota de Indias que antaño había comandado el propio Adelantado. Sabe que dos veces al año pasa, desplegadas sus velas a vista de costa, rumbo NE desde el Canal de Bahamas hacia el Atlántico, ayudada suavemente por la Corriente del Golfo. Sabe que en toda formación de galeones navegando en conserva, las naves lentas o descolgadas del acompasado andar de su capitana, pueden ser presa de los perros del mar, ralea de forbantes que saben infiltrar sus velas en la niebla o la oscuridad de la noche, para caer sobre cualquier confiada merchanta antes de lucir el día. Sabe que aquellas velas, más de un centenar a veces, que tardan varios días en perderse de vista desde el recoveco del río que hoy los hugonotes ocupan, cargan en sus panzudas bodegas el Impuesto Real de un gigante que ha comenzado a despertar. Es el pálpito mercantil de un Nuevo Mundo que había de mutar la economía universal: la europea primero, en proceso de  cambio con los pesos o reales de a ocho circulando ya como moneda corriente en Flandes, Francia o Portugal, y pronto en toda Europa. Repartidas desde el mercado de Sevilla, receptor anual de 260 toneladas de plata en moneda o lingotes que acuñar durante el siglo XVII, incrementadas hasta las 400 Tm anuales durante el XVIII. Y la asiática, que a finales de siglo empezaría a nutrir desde Acapulco  el mercado de Manila, con más de 143 toneladas anuales de plata; y también desde Lisboa, de donde las naos portuguesas por su ruta de oriente cargaban más de 20 toneladas anuales hasta Goa, acicate mercantil de los mercados de Macao y Nagasaki. Evidentemente el monto del valor fiduciario que cargaban las bodegas de la Flota de Indias, no era cuestión baladí: superaba el presupuesto de la mayoría de reinos europeos de la época. Cualquier galeón ocasionalmente capturado, suponía la fortuna para sus captores y descendencia terrenal, de ahí la ávida presión vigilante que sobre sus derrotas y recaladas contabilizaban  corsarios y perros del mar. A mediados del siglo XVI, todo un submundo de rapiña y violencia estaba medrando en torno al entramado mercantil español, nuevo y complejo ensayo a escala atlántica del comercio europeo, que sería universal y consolidado medio siglo después. Rapiña y violencia avivadas en el Caribe por la codicia personal del aventurero aislado o la envidia institucional de monarcas marginados por la Bula Alejandrina. Pese al acoso generalizado, la pérdida de naves españoles por naufragio o captura, no llegaba al 3% de las singlas oceánicas durante estos siglos de pólvora y zafarranchos. Pedro Menéndez de Avilés y su rey sabían que solo el perfeccionamiento del arte de navegar, la precisión de las cartas náuticas, las mejoras en la construcción naval y el minucioso estudio de la meteorología, serían factores decisivos para evitar la pérdida de vidas y hacienda sobrevenidas en el postrer trámite del mar, tras una forzada aclimatación de semillas y ganados, su sazón con mano de obra incierta, un trato mercantil transoceánico y el encaje de sus productos en el mercado europeo.  Pero también conocían la negativa de otros reinos a aceptar el reparto papal versus la tradicional ley medieval del “Rex Nullíus Lex” o toma de posesión de tierras no reclamadas anteriormente por otra corona. Por ello, junto al esfuerzo técnico guiado por la Casa de Contratación de Sevilla, había que extirpar el peligro de potenciales enemigos que arruinasen tanto empeño en aquellas costas a España asignadas, y poseerlas y poblarlas de facto con súbditos leales a su Corona.

Dos mil seiscientos hombres en 34 naves, entre las contratadas en Cádiz y las construidas en el Cantábrico, se preparaban en la Península para emprender tal cometido. Era voluntad real que el Adelantado recorriese detenidamente las costas de Florida <<… y descubrir todas las ensenadas, puertos y bajíos que en ella hay, para se marcar precisamente y poner en las cartas de marear, porque de no se haber hecho esto (anteriormente), se habían perdido muchas naos que iban y venían a las Indias, con muchas riquezas e gente y muchas armadas que el Emperador, de gloriosa  memoria, su padre y SM, habían hecho para la conquista e población de aquellas tierras >>.

En junio de 1565 con 995 soldados, 4 clérigos y 117 familias de artesanos y labradores, surge de Cádiz la vanguardia de la expedición en 11 naves rumbo a Canarias. Allí  confluye con las otras 23 naves cantábricas, que aportan a su vez 257 marineros y 1500 familias de colonos, más algún que otro clérigo que  se incorpora a la expedición. Solo el galeón San Pelayo, nao capitana de 60 cañones donde se embarca el Adelantado junto a 317 hombres de maniobra y guerra, era barco financiado por la Corona. Los bienes de Menéndez de Avilés, junto al aporte de familiares y otros potentados amigos de Cádiz y Sevilla, quedaban empeñados para financiar el resto.

La navegación hacia el Caribe iba a resultar problemática, borrascas incluidas que dispersan y maltratan hombres y barcos. Llegará el galeón San Pelayo a San Juan de Puerto Rico los primeros días de agosto acompañado de un solitario patache. Aguarda allí la incorporación del resto de la maltrecha flota, de la que apenas habría reunido un tercio, cuando parte sin demora hacia Florida, tras dos ajustadas semanas para reparar las naves dañadas durante la travesía. Al partir de San Juan, no sabe aún si las naves ausentes llegarían a Puerto Rico, o habían perecido en las borrascas atlánticas.

 
Publicado el

CONTEXTO HISTÓRICO DEL VALPARAISO ESPAÑOL

El Adelantado Diego de Almagro había salido de Quito (1534) hacia el sur, decidido a conquistar un imperio tan dilatado como el que atrás dejaba en manos de su socio Pizarro. Para el buen fin de la empresa, hízose acompañar su hueste por una flota costera de tres barcos cargados de bastimentos. Solo una de las tres naos, la pequeña urca “Santiaguillo”, carcomida de broma y anegadas sus bodegas de salitre, arribaría unos meses mas tarde a la ensenada llamada de Quintil por los autóctonos changos, pueblo pescador nómada de aquellas costas. Avisado Almagro de la buena nueva, envió a su Alguacil Mayor para recibir la oportuna dádiva surgida del mar. El capitán Juan de Saavedra, hidalgo castellano de la Serranía de Cuenca, al mando de treinta jinetes localizó la urca. Al fondo de un angosto y arbolado valle, hendido por tres barrancas con bulliciosas aguas de recientes lluvias, hallaron fondeada la nave. El cuadro que aparecía a su vista, semejante al escarpado valle de su infancia, hízole llamar al lugar Valparaíso. Días después llegaba el propio Almagro que mandó desembarcar la preciosa carga de víveres, vestimentas, hierro bruto y herrajes de la nave, carenarla, herrar los caballos y consolidar en aquel valle un asentamiento estable para su hueste.
Almagro, una vez fundada la nueva ciudad de Valparaíso (1536), asignó a sus hombres un lote de huertos, construyo el caserío de bahareque y paja, y tomó las providencias para reconocer la costa hacia el sur por mar y tierra, a fin de explotar los recursos naturales que pudiera ofrecer la región. Pero decepcionado ante los magros resultados de sus pesquisas, tras un penoso invierno, decide regresar al Perú atravesando de nuevo los Andes y el desierto de Atacama con aquellos espectros supervivientes. La crónica de la terrible retirada nos cuenta que << algunos de los que murieron a la ida, en pie, arrimados a las peñas, helados, con sus caballos de rienda también helados, estaban tan frescos y sin corrupción como si acabaran de morir, y así fueron sustentación de la gente que venía, los caballos que topaban helados en el camino y los comían >> … Valparaíso fue abandonada y por años no volvería a saberse de ella.
Pedro de Valdivia, conquistador de Chile y fundador de Santiago, halla en Valparaíso el enclave costero necesario para el intercambio comercial de su capitanía con Lima, la capital del Virreinato. Y respetando nombre y fundación, apostilla al enclave como “Puerto de Santiago” (1544).
El Mar del Sur era por entonces llamado “lago español”, y realmente lo era, por ser piélago desconocido para el resto de europeos. Solo los portugueses llegaban por los confines del Índico al Mar de la China (islas de las Especies o Molucas, Macao, Formosa y Cipango) siguiendo la ruta este del Cabo de Buena Esperanza, descubierto por Bartolomé Díaz casi un siglo antes. Drake, conocido corsario del Caribe, irrumpe en el Pacífico, según alerta lanzada desde Buenos Aires en 1579. Pronto va a llevar al Mar del Sur la amenaza filibustera, que produce consternación y alarma en las desguarnecidas costas occidentales de America. España e Inglaterra están comprometidas en un cese de hostilidades por la tregua de 12 años firmada dos años antes, cuando apenas media docena de galeones habían logrado superar el paso que Magallanes descubriera medio siglo antes. El ahora pirata conculcador de treguas pero gran navegante Drake, pierde su flota en el empeño, pero su nao capitana logra superar la barrera austral y acceder al Mar del Sur. A la vista de sus velas, los escasos moradores de los enclaves costeros y Valparaíso entre ellos, van huyendo hacia el interior del país. Drake asalta las inermes chozas de “El Puerto de Santiago”; y como único y posible botín a su alcance en tierra firme, roba las vinajeras de plata de su iglesia de paja y cañas. Aborda un único y solitario patache allí anclado presto para zarpar al Callao, le despoja de su carga de botijas de mosto y maderas, junto a la moneda destinada a la compra de enseres. Tras esta azarosa jornada de Valparaíso, prosigue su rapiña hacia el norte, no sin antes poner fuego a todo vestigio repoblador del neonato puerto. Se suceden las noticias del avance depredador del pirata inglés por la costa occidental de América. Tras el saqueo de El Callao, el virrey Toledo organiza su persecución. Pedro Sarmiento de Gamboa parte rumbo norte tras el intruso al mando de dos galeones fuertemente artillados, pero no logra contactarlo. Vira rumbo sur, y con bases alternativas entre Valparaíso y Chiloé, decide esperar durante un año el retorno del pirata hacia el Atlántico por el Estrecho de Magallanes; pero tampoco aparece, a la vista de lo cual sigue hasta España para proponer la fortificación del paso magallánico. Y es que Drake, escarmentado de su durísima remontada del meridión americano hacia el Pacífico, ha decido regresar a su metrópoli por la ruta portuguesa del Índico. De esta manera se zafa, sin saberlo, de la emboscada preparada en el Pacífico Sur por la estrategia virreinal.
La noticia de la presencia de Drake por aquellas costas se propaga por la América toda, y a partir de ese día Valparaíso iba a tomar carta de identidad en los mapas del mundo. Felipe II ordena construir en Guayaquil naos reales para la salvaguarda costera. Con ellas formará la Armada del Mar del Sur, protectora del Galeón de Panamá, los puertos del Pacífico y su navegación comercial frente a la potencial piratería que se intuye va a cernirse en adelante sobre aquel litoral.
El comercio con El Callao incrementa la salida de mercancías de Valparaíso, pero los corsarios holandeses e ingleses seleccionan presas más jugosas (galeones de Panamá o Manila) versus el inerme rancherio de Valparaíso, solo parcialmente habitado. Los corsarios ingleses Cavendish (1587) y Richard Hawkins (1594) hijo este de John Hawkins conocido corsario, contrabandista y negrero ingles del Atlántico, ponen rumbo al Pacífico y saquean y queman los ranchos de “El Puerto”. Pero la noticia del arribo del segundo moviliza la fortificación de Valparaíso, que construye su Fuerte de San Antonio (llamado después “Castillo Viejo”) a estribor de su rada, primer reducto fortificado del puerto. Hawkins y su nao capitana serán apresados por los galeones “cagafuegos” de la Armada del Mar del Sur y pasará más de diez años en las cárceles peruanas y españolas, hasta ser liberado por la diplomacia de su poderoso sindicato, cuajado de influyentes rentistas beneficiarios de sus fechorías.
El corsario holandés Oliver de Noort (1600) logrará incendiar sorpresivamente tres barcos surtos en el puerto con frutas y legumbres secas, sebos y cecinas, pero la metralla de las baterías del Castillo Viejo, le alejan de sus aguas sin poder completar el expolio. La arribada de la flota de su compatriota Joris Spilbergen (1615) denunciada con tiempo desde Buenos Aires, será debidamente recibida. Valparaíso, a la espera angustiosa de recibir carga para sus cañones, había reforzado su milicia, despejado de barcos su fondeadero y hundido una vieja nave en él, para evitar la aproximación a tierra de la escuadra enemiga. Una cerrada descarga de fusilería dio cumplida bienvenida a las primeras chalupas del desembarco holandés. Con estudiada cadencia, iban los fusileros durante la refriega replegándose hacia el interior, desde los fosos cavados y sus empalizadas de playa. Mientras clareaba el día, ambas fuerzas mantuvieron su porfía. Pero cuando empezó a caer la noche, hízose más vulnerable la tropa desembarcada, reflejando sus casacas el resplandor de las estratégicas piras que ardían por doquier. El corsario holandés acabaría por replegarse a sus naos, y dar la vela rumbo güeste hacia sus Indias Occidentales en la oscuridad de la noche.
En 1616 se repuebla y crea el Corregimiento de Valparaíso, que años mas tarde pasaría a declararse Plaza Militar bajo crecida milicia y nueva y poderosa fortificación que empieza a construirse. Llegan los Agustinos Recoletos, que reciben un terreno en la quebrada desde entonces llamada de San Agustín, donde se establecen (1627). Llegan los Franciscanos (1663) para construir su claustro en la quebrada a la que legarán su nombre. Valparaíso que exporta mostos, sebo, cáñamo, mulas y coquitos de palma, inaugura una línea de naves propias que enlazan periódicamente con El Callao y otros puertos del Pacífico. Para el almacenaje de fardos y pertrechos comienzan a construirse galpones y bodegas de adobe y teja, alineados a lo largo de la playa. En primavera y verano, bajo los sures de aquellas costas se presentaba la mayor actividad portuaria; en el invierno austral, los fríos y desabridos vientos del norte obligaban al cierre de actividades náuticas.
Se construye el elevado Reducto de la Concepción sobre el punto de aguada (1676). Se termina el Castillo de San José sobre el cerro nuclear del enclave, dotado de poderosos cañones de bronce para el tiro de alcance. A sus pies, se remata este Castillo Alto con otro Castillo Bajo, plataforma o planchada prolongada hasta la playa, y artillada con cañones de hierro para el tiro rasante (1692) sobre los mástiles del fondeadero.
El tráfico portuario focalizado hasta entonces en Panamá, que expendía las manufacturas sevillanas a los puertos del Perú y recibía en sentido inverso pagos y mercancías que a Sevilla retornaban, iba a cambiar radicalmente a partir de 1746. La liberación del comercio con la Península propiciaba el tráfico directo de Valparaíso con Sevilla tras doblar el Cabo de Hornos rumbo a Buenos Aires y Montevideo. El paso del Atlántico al Pacífico navegando por el Mar de Hoces, era a la sazón ruta habitual de la holandesa Compañía de las Indias Orientales desde mediados del siglo XVII. Y España hacía propia la ruta descubierta y estudiada por Holanda. Como contrapartida, el tiempo empleado en arribar del Atlántico al Pacífico las mercancías peninsulares venidas desde Sevilla vía Panamá seguido desde el siglo XVI, iba a verse aligerado en varios meses por la nueva ruta.
Recientes terremotos (1730) habían arruinado fortificaciones, bodegas, galpones y más de cien casas habitadas regularmente en Valparaíso, pero la ciudad iba a surgir con brío de sus calamidades históricas. Escala obligada tras doblar el Cabo de Hornos, el “Puerto de Santiago” seguía recibiendo por el norte, paños de Quito, azúcar y plata mexicana del comercio con Acapulco y Panamá. Por el sur, la nueva ruta de los “Navíos de Registro”, aportaba desde Buenos Aires un notable abaratamiento de productos de primera necesidad como herrajes, telas, vestidos, y otras manufacturas, además de aceite y aperos peninsulares. Y expedía en todas direcciones sus sebos, badanas, cordobanes, jarcias, mechas para pistolas y fusiles, cáñamo, hilos, cordelería, cecinas, mostos…
Una vez perdido el miedo al paso austral y sus “Aullantes Sesenta”, alentado siempre desde los mentideros de Europa mediante vaticinios y consejas de toda laya frente a cualquier noticia desgraciada de navegante o Flota, los comerciantes franceses de Saint Malo, con naves documentadas de “Registro Franco” completarían un ciclo bianual de ida y vuelta al Callao y Valparaíso. En sus naves traen no solo nuevos productos, sino nuevas ideas que bullen en la Francia prerrevolucionaria, semilla de la independencia que medio siglo mas tarde había de llegar a estas costas.
En 1766 se establece el “tráfico en derechura” con Cádiz, con el correspondiente menoscabo de pólizas, alcabalas, retrasos y sobrecostos, además del gravamen por muertes que el tránsito de sus gentes por climas tropicales penalizaba. Pero el océano proseguiría hurtando a los dioses su puntual tributo en vidas. La navegación austral llenará los puertos de Chile de enfermos escorbúticos, y de cadáveres flotantes las estelas de sus barcos. El escorbuto habíase convertido en la enfermedad endémica de la ruta austral, azote sistemático de las tripulaciones con más de los dos meses de singladura. Para poner remedio a tantos males, llegan a Valparaíso los Hermanos de San Juan de Dios, que instalan su Hospital en el inconcluso convento de Santo Domingo (1767). En un enroque virreinal, los dominicos pasan a ocupar la Casa de Ejercicios que los expulsados jesuitas regentaban tras La Matriz, luego de su abandono de las Españas por Real Orden de Carlos III.
En 1774 se establece la Aduana y pocos años después, cristalizada su ciudadanía propia con varios miles de almas, Valparaíso nombra Cabildo. Ambrosio O’Higgins a la sazón Gobernador General de Chile, solicita a Carlos IV el título y blasón de ciudad nueva (1789), para el viejo “Puerto de Santiago”. Bastantes años más tarde recibiría en contestación el águila de San Juan con su escudo de Nuestra Señora de las Mercedes de Puerto Claro, y su lema de “muy noble y leal”, un sarcasmo para los vientos emancipadores que soplaban ya por aquellos pagos.

Valparaiso para Blog