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Contexto Histórico de Veracruz – II

El Código Mendoza (1535) enriquecía la visión urbana de Vitruvio. Preconizaba el diseño de las ciudades según clima y posición geográfica. Calles amplias y oreadas, con edificios no muy altos y buena luz, para climas de montaña e inviernos frescos; calles más estrechas y edificios altos de sombra y refresco, en climas tórridos. Y todas las calles, aptas para el tránsito de carruajes de posta o privanza. Posteriormente el Plan de Ordenamiento Urbano de Indias (1573), decretado por Felipe II, será la directriz urbana básica seguida por Antonelli y Valverde para el asentamiento de Veracruz frente al peñasco de Ulúa (1590). El  nuevo Ordenamiento prohibía fundar ciudad alguna sobre asentamientos indios, como habíase hecho en los primeros tiempos de la conquista, pese a las quejas del mundo indígena. Seleccionado el lugar adecuado, un oidor de vientos (equivalente al meteorólogo de hoy), debía emitir su preceptivo informe para definir la orientación de las calles, una vez que los veedores adaptábanlas a la rasante del terreno y al arrastre de la arena y turbulencias eólicas que sus médanos costeros propiciaban. Este enfoque iba a perdurar sustancialmente hasta los días de Carlos III (1764), cuando los repartimientos de ejidos y tierras comunales del municipio, serían controlados por comisionados ad hoc, nombrados por el visitador real. Los días del  repartimiento ante un Notario  nombrado a dedo, como en tiempos de Cortés, habían terminado.

 

El desarrollo del proyecto de Antonelli y Valverde para fortificar San Juan de Ulúa,  iba a encontrar el inconveniente del forzoso laboreo indígena. El virrey Luís de Velasco, en carta a Felipe II, desaconseja las obras del fuerte por falta de mano de obra,  pues no habiendo en esta tierra otra sino de indios, sería acabar con los pocos que hay en la comarca, y traerlos de otra…sería traerlos a morir…imposible continuarse ni hacerse en ningún tiempo (la obra), si no fuese con negros… estribillo éste que el ya anciano monarca, había escuchado como pertinaz eco de voces autorizadas en cualquier latitud del imperio indiano. La imposibilidad de acometer infraestructuras vitales en un mundo enquistado, a partir del esfuerzo de unos aborígenes que enferman, fallecen o huyen a los montes, ante tareas de obligado desarrollo, acabará convenciendo al Rey Prudente para abrir sin ambages las puertas a la esclavitud negra. Tal como venían haciendo las otras colonizaciones europeas. A ojos renacentistas, la gigantesca tarea de movilizar hacia el progreso aquellas preteridas sociedades  indígenas, era tarea punto menos que imposible, al no poder contar con una mano de obra fiable capaz de ser activada in situ.

Figura 5: La Tenochtitlán que le esperaba a Cortés. Mural de Diego Ribera

       

El surgidero de San Juan de Ulúa había sido, en los primeros años de La Villa Rica,  un solitario arenal de escaso calado, protegido por el islote que socairaba de los nortes unos fondos de firme agarre al ancla. En derredor y separados alguna milla, emergían media docena de peñascos de múcara coralina (coquina), que salpicaban y complicaban las aguas navegables del contorno. Dos canales permitían acceso y salida entre los bajíos circundantes, ya con los nortes dominantes del otoño e invierno, ya con los lestes del verano. Pero imprevistos ciclones habían desbaratado flotas sin poder auxiliarles resguardo ni escape. Sobre el primitivo presidio del peñón de la conquista, habíase erigido en 1531 una torre con farola, para orientar en horas oscuras los rumbos convergentes. Años más tarde serían dos las torres levantadas, entre las que mediaba una muralla de cal y múcara de dos brazas de altura y 20 pies de espesor. A lo largo del paño habíanse fijado aldabones de amarre, cambiados más tarde por argollas, que ahora se pretendían ampliar para cobijar mayor número de naves.

 

Dos desastres navales iban a perdurar en la memoria colectiva de los veracruzanos. El huracán de 1552 y el norte de 1590. En ambos casos las embarcaciones, amarradas al resguardo murado de Ulúa, fueron trituradas por una resaca espumosa de formidables vientos, capaces de arrancar campanas de las espadañas, volar botes sobre el agua y planearlos sobre el islote, apelmazar en esquinas, socaires y zaguanes, montones de algas removidas por la mar de fondo, y succionarlas como arena de playa por una tromba marina desatada. En el segundo, las 52 naves de la Flota de Nueva España que enrumbaban a Veracruz luego de haber desgranado cuatro de ellas a Campeche, se vieron copadas por las primeras rachas atemporaladas de un norte desabrido. Trataron de entrar a Ulúa algunas, corrieron otras los vientos al suroeste, y se perdieron 17 de ellas entre las olas. Pipas de vino, toneles, fardos y cajas, resmas de papel blanco, libros, partituras sacras para coros y conventos, pesos de plata del situado real, telas y confecciones, herrajes, lienzos al óleo, fueron apareciendo, embalados algunos, desgarrados otros, por las playas meridionales del seno mexicano. Las naves que lograron trincar tempranas amarras en Ulúa, hubieron de largarlas presto, para correr a palo seco entre las rompientes. Las que no pudieron hacerlo, perecieron en un proceso conocido e ineluctable para todo barco de medio o bajo porte, cuando sujeto al ancla o amarre en corto, es presionado por ventadas de larga racha. El fuerte viento sobre la obra muerta tensa cadenas y calabrotes, las proas no cabecean libres bajo una cadena que tira e impídelas remontar, las olas comienzan a pasar por cima o romper sobre careles y puentes embarcando espuma y agua, el barco se anega y presenta una arfada menguante, sentencia de naufragio, juguete inerme entre aguas, que acaba rematado por el confuso vaivén de fondo que lo desguaza. Los hombres de mar danlo por sabido, aunque así no sea para quienes desde tierra lo observan desesperados.

 

La orografía dunosa del surgidero de Ulúa y las corrientes marinas de la costa durante el temporal, anegaron de arena los fondos de ancla y canal, que complicaba el mantenimiento operativo para la próxima entrada de los panzudos galeones de la Flota. Pero no existía otro cobijo más seguro en muchas millas de costa. Decidióse por ello limpiar los fondos del surgidero, para mejorar la base y calado de la flota novohispana. Un filibote, chatas, cabrestantes, garfios, cadenas, bateles, chalupas, junto con buzos y abundante marinería, fueron requeridas para la extracción de los pecios y perchas sumergidos. Apareció un cosmos abigarrado de calabrotes, mamparos, timones, cadenas, obenques, cofas, mástiles, carlingas, crucetas, tambuchos, pedreros, anclas y muertos, previamente orincados para ser más tarde izados a superficie y llevados a las islas, o vertidos sobre fondos de cala profunda.

Figura 6: La ruta seguida por la expedición de Cortés hasta el Valle de México

 

Pese a los malos tragos de la Flota, a finales de siglo había cobrado definitivo impulso la idea de un nuevo emplazamiento para Veracruz y su puerto en Ulúa. Todo el movimiento comercial y edificios en él implicados, Aduana incluida, iba a ser trasladado al sitio de las Ventas de Buitrón. Habíase montado ya un embarcadero en tierra firme y se habían adjudicado parcelas para  hospederías, ventas, hospitales y conventos. En 1599 por orden de Felipe II, se trasladan allí también las autoridades civiles y eclesiásticas, a partir de cuyo momento y con el nombre de La Nueva Ciudad de Veracruz que hoy conocemos como Nueva Veracruz, comienza su imparable desarrollo urbano. Dos siglos más tarde el Barón de Humboldt la definiría como una ciudad hermosa, ilustrada y de pujanza comercial extraordinaria, con periódico e imprenta propia, próxima ya a las 30.000 almas... Pero a finales del siglo XVI, era poco más que un puerto de recalada con unas docenas de velas envergadas, que vivían del  comercio virreinal y la pesca, ampliados con el matute delictivo. El Rey había sido puntualmente informado del activo contrabando que cubría la noche en sus arenales, mientras la Flota dormitaba en las argollas de amarre. Lejos de los cauces ciudadanos, y al cobijo de Ulúa y Buitrón, silenciosos bogas iban y venían de los galeones con sus botes ahítos de mercancías fuera de registro. Los oficiales de la Aduana habíanlo denunciado… pues que  luego que surgen las naves, antes de nosotros las visitar (sic), los maestres sacan de los navíos las mercaderías que traen por registrar y contrabando, y las esconden en la dicha isla, en casa de los mercaderes y soldados della, que las guardan y ocultan y encubren, porque tienen de esto sus provechos y granjerías… Flagrante desfalco al erario, que inclinaría al monarca a trasladar ciudadanos como escrutadores del propio escenario del fraude, y multiplicar así los avizores contra el delito. La vigilia sería prestada ahora por la propia Veracruz, siempre curiosa y asomada al entretenido quehacer de sus muelles. Trazado el damero ciudadano en su definitivo acomodo, construiría el Cabildo un espigón a manera de estilete que penetrara las aguas someras. Facilitaba la carga y descarga de fardos y cajas desde los botes, además del control aduanero de hombres y mercancías. Por él iba a llegar el mercurio para las minas del interior, y salir la plata de sus yacimientos hacia Sevilla, siempre bajo el ojo avizor de su Real Aduana.

 

La primera consecuencia de las Ordenanzas de Felipe II, era que Veracruz debía poseer accesos seguros y directos por mar y por tierra, para que se pueda entrar fácilmente y salir, comerciar, gobernar, socorrer y defender el puerto vital que ya era. Cual Foro de Vitruvio, con su basílica, templo jupiterino y curia senatorial, ve nacer su Plaza de Armas, cobijo para la Iglesia Mayor, las Casas Reales de Gobernación, Cabildo y Cárcel (más tarde desplazada junto a la muralla), y el Hospital Real, siempre presente en los puertos del Imperio. De ella parten las cuatro calles maestras, ejes del comercio local y vía futura de la expansión ciudadana a todo viento. Nada escapa a la aguda percepción de Battista Antonelli, que proyecta una muralla vitruviana cuasi-oval, salpicada de baluartes perimetrales, cual morrocoy enclaustrado. Solo dos puertas de tierra trepanan su caparazón, para abrirse a los caminos de Tabasco y México. Pero despejaba su frontis urbano al mar y al surgidero, con el entramado de calles sesgando la directriz de los temidos nortes, al tiempo que prever una ciudadela medieval sobre los arrecifes de la Caleta. Entramado que, andando el tiempo, iba a ser recortado por nuevas calles desajustadas de su ortogonalidad vitruviana. Era un diseño equilibrado para la vida urbana y su función comercial. Cuidaba los enlaces con el interior del virreinato y el trazado de los caminos reales, que debían acoplar las sucesivas veracruzes fundadas.

 

Las adjudicaciones históricas de aquellos terrenos comunales, ya en agraz huertana o ganadera pero apartados de la Nueva Veracruz, debían tener salida al Camino, so pena de estrangular sus producciones. Y Antonelli las enlaza entre si y con la capital del virreinato, encauzando  por esas veredas las cientos de reatas de mulas que transitaban hacia y desde la capital. Humboldt los llama genéricamente Camino de Europa, que los veracruzanos desglosaban tradicionalmente en Camino de Orizaba y Camino de las Ventas. Caminos de 8 a 10 varas castellanas (1 vara/ 0,84 m), empedrados o puenteados en sus pasos difíciles, aptos para ser transitados en todo tiempo por  pezuña o rueda, que iban a tener por sí mismos una gran peripecia histórica, incluso para ser proclamados Patrimonio de la Humanidad por la UNESCO (2010). No único, porque el México de hoy cuenta entre sus patrimoniales reliquias de la humanidad, con otros trece legados monumentales dejados por el Imperio Español.

Figura 7: Las Ventas de Buitrón y las argollas de San Juan de Ulúa  

 

La traza de  los caminos a lo largo de la costa y hacia el interior, había seguido a veces primitivas sendas indígenas, mejorando trazados y anchura, según uña o carreta, donde el paraje lo permitiera. Fueron los tamemes indígenas con su costal de fibras vegetales, quienes primero transitaron aquellas trochas para portar veloces sus encomiendas o su correo. Los caminos costeros, desde La Villa Rica a La Antigua y La Nueva Veracruz, hasta Alvarado por el sur y Pánuco y Jalapa por el norte, eran herencia de aquellas sendas no previstas para animales de carga. Fueron miles los mulos y mulas nacidos en los hatos de las veracruces fundadas, que por ellas transitaron en demanda del mercado naciente, tras la pacificación y sometimiento indígenas. A medida que el tránsito de mercancías crecía con la demanda del transporte portuario, iba mejorando la senda capitalina, ensanchados sus pasos, consolidados sus vados y  construidos puentes.  Humanizado su trayecto con ventas y hospitales a tiro de jornada, eran los de Perote, Orizaba y Jalapa su referencia. Poseían estos hospitales, además de un Administrador General, cirujanos, médicos, mayordomo, barbero, enfermeros y enfermeras, personal subalterno para higiene y mantenimiento, además del capellán, uno de los cuales sería el científico criollo Carlos de Sigüenza y Góngora, responsable del asentamiento novohispano en la Pensacola floridana. Alguno de ellos buscaría financiación adicional a sus penurias, mediante el teatro popular y los Corrales de Comedia con sus entremeses, autos, comedias y bailes, improvisados en sus propias dependencias. En el Hospital de San Martín de la isleña Ulúa, se atendía en tiempo de flota a todo pasajero negro, mestizo, esclavo, soldado, marino o parturienta que lo precisase. A partir de 1566, se dotaron los caminos de un servicio itinerante de apoyo caminero, conocido como La Recua, respaldado por más de un centenar de mulas entalegadas cargadas de primeros auxilios que aplicar en ruta. Los hermanos de la Orden Hospitalaria de San Juan de Dios, voluntarios del servicio, atendían a los enfermos e indigentes del camino para evitar sus muertes como desecho tirado por recovecos, mesones, postas, casamatas o bajo los propios puentes, sin confesión ni consuelo alguno. Con su Recua, llevaban al enfermo posible a lomo, cuando no en angarillas rastreras, hasta el hospital más próximo. En el siglo XVII, gran parte de los hospitales reales del Imperio, fueron cedidos a los Hermanos de S. Juan de Dios, por su ganada  fama de eficacia por doquier desplegada. 

 

Dentro del impulso renacentista ibérico, la peculiaridad de la conquista española del siglo XVI nada tuvo que ver  con el concepto colonizador coetáneo del imperio portugués, ni de los otros imperios marítimos, prestos a eclosionar en las siguientes décadas o centuria. Pero todos acabarían asumiendo similares tácticas con el indígena, que tratarán de neutralizar mediante alianzas con sus enemigos naturales, para intentar someterlos a todos. Los españoles con la cruz en una mano y la espada en otra, mostraban en rédito propio la cruz para golpear con la espada, o la espada para golpear con la cruz, como adecuadamente apuntara Miguel de Unamuno, en tanto permeaban ese confuso mundo geográfico y humano que estaban aprendiendo. Bajo el rigor de las Leyes de Indias, hubieron de agrupar a los indígenas, catequizarlos y civilizarlos en sus polis, al estilo romano. Cristianizar y civilizar era para los castellanos un mismo empeño, asumido mayormente a la fuerza por sus conquistadores de toda hora. La Corona les exigía un esfuerzo adicional de apoyo al mundo indígena, para mostrarles las letras, que sin ellas son los hombres como animales, y el uso del hierro, que tan necesario es al hombre… y muchas buenas costumbres, artes y policía (léase orden y aseo), para mejor pasar la vida… según criterio conceptista del historiador López de Gómara. Había que sembrar para recoger. Era una suerte de cheque en blanco que exigía la Corona, pero que el colono no podía o no estaba dispuesto a conceder de buen grado. O carecía, simplemente, de la visión necesaria para entender más allá de su mediatez alicorta. Debían penetrar unas culturas que, la más avanzada, no había alcanzado aún la edad del bronce. Es fácilmente comprensible lo que un emprendedor moderno sentiría frente a semejante paternalismo, obligado por Ley (de Indias) a tratar con guante blanco a una mano de obra que valora en nada. Era el caso de los conquistadores, que en su propio contexto cultural, podían jugarse, además de su ganada hacienda, la vida. No se trataba de icónicos misioneros hechos de palosanto y salmos, sino hombres del común, mercantilistas al uso que se la estaban jugando. Y humanamente, así reaccionaban, frente a las leyes y el destino.

 

Como una prolongación de la Reconquista, íbanse incorporando a la Corona nuevas tierras con sus gentes, nuestros Reinos de Indias, en frase afamada de los Reyes Católicos, con toda su maquinaria sicológica y humana y su  cosecha de errores. No mayores ni menores que los de sus contemporáneos europeos en otras latitudes y contextos. Gracias a Jerónimo de Aguilar (1524) y al obispo Zumárraga (1536), la ciudad de México tendría las primeras imprentas de América, cuando todavía eran, para mucha Europa, armatostes desconocidos con las litografías como cara visible. Aquel náufrago del Darién que Cortés rescatara de los mayas, había dejado de enarbolar la espada, para retomar el didactismo de la imprenta y la cruz. El obispo se apresuraba a publicar su Catecismo de la doctrina Christiana en lengua mexica y castellana, para agilizar la doble catequesis, religiosa y lingüística, de sus ovejas diocesanas. La Universidad de México (1553), iba a preceder en casi un siglo a su homóloga británica (Harvard, 1636), mientras Portugal, Holanda y Francia, jamás llegarían a poseerlas fuera de su frontera nacional antes del siglo XIX, si es que alguna vez allí las tuvieran. Tiempo suficiente para ver consolidar en el Imperio Español otras veintinueve de ellas, desde Manila y Cebú en Filipinas hasta Buenos Aires y Santiago de Chile en el otro extremo del continente americano. Cuarenta y una catedrales erigió España en ese tiempo, junto a otros monumentos eclesiales que, sin llegar a serlo, constituyeron entonces una vanguardia contemplada hoy en asombro, por representar una vanguardia sismorresistente de caparazón pétreo, que conocemos como iglesias barrocas de Filipinas. Misioneros jesuitas principalmente, fueron aquellos estudiosos de la dinámica estructural, envuelta en la estética barroca de las islas del poniente, observadores atentos del bronco talante del suelo y la respuesta de sus cúpulas y sus torres, cuando el huracán o el terremoto apretaban. Ninguna catedral levantó Inglaterra o Francia. Las cuatro construidas antes del siglo XIX que perduran en los EEUU de hoy (Nueva Orleáns, Monterrey, Texas, Florida)  fueron levantadas por España.

 

Esos llamados Imperios para consumo propio, ajenos a la imbricación humana y obras públicas que la conquista suponía para los españoles y supuso para los romanos, iban a limitarse al comercio litoral. Simples factorías para el trueque mercantil con los indígenas, o plantaciones costeras que cultivar en clima favorable para vender sus productos en la metrópoli. Como el caso de los fenicios, los cartagineses o los venecianos, que nunca soñaron un imperio, sino una rica red de graneros portuarios. Demorarían por más de un siglo incursionar en el agujero negro de las tierras interiores y sus desconocidos riesgos, manteniendo un limes fronterizo allí donde sus plantaciones daban paso al yermo. Nada que ver con la pujanza española, que desde el minuto cero acomete en derechura, tras su bandera y su cruz, la ocupación de territorios continentales apartados de las costas, desierto, río caudal o cordillera mediante a veces. Funda enclaves intermedios de apoyo, imbricados por caminos reales capaces de agilizar toda incursión o extracción minera de necesarios yacimientos con que lubricar la maquinaria imperial. Las minas eran, para el mercantilismo renacentista, la menor inversión posible de rentabilidad mediata. Su búsqueda era compatible con las sementeras del coloniaje y sus esperas de la siembra a la vendimia, o el manso pacer de las puntas de ganado en la sabana. Era demasiado poderosa la necesaria infraestructura a consolidar, para poder triunfar sin ellas en semejante empresa. Impensable para los demás reinos europeos de la época, a excepción tal vez de la próspera Francia y el Portugal navegante, que en el mar aventajaba a todos, y por sus costas se escabullía como frailecillo para colgar sus nidos.

 

La conquista de Nueva España iba a suponer una suerte de diástole de la metrópoli, una dilatación cordial de la propia España, con sus mismas limitaciones y prebendas judiciales y humanas. Los documentos que la propiciaron son su testigo. En contraste con las colonias británicas del norte atlántico, en entredicho y revisión hoy el discutible papel imperial jugado en América por su metrópoli. Unos territorios siempre considerados de menor porte, nunca pariguales a su insular ego, donde el indio era maleza que rastrojar para sus plantíos. En realidad un eco medieval idiosincrásico de su clase acomodada, hacia la mayoría humilde de la gleba campesina. Aquellos ciudadanos de segunda un día se levantaron. Con su divorcio de la metrópoli, sentían poder llegar a ser algo que Inglaterra nunca les permitiría ser, matiza Chesterton al comentar su circunstancia social. A sus documentos de los siglos XVII y XVIII, leyes, actas parlamentarias, planes de integración, nos remitimos. ¿Cómo se plantearon los clérigos puritanos la existencia del alma india? ¿La necesidad humanista de dotarles de hospitales y escuelas?

 

Como centro de poder eclesiástico y social, Veracruz iba a ser filtro y corazón de los núcleos humanos establecidos durante la primera centuria de la conquista. Constituidos sobre bases indígenas diversas, acabarían modulados por las familias de los colonos en ellos inmersos con sus sirvientes africanos e indígenas, sesgo tradicional de la idiosincrasia española de un medioevo que agonizaba. A la ciudad llegaron los primeros frailes franciscanos para predicar el evangelio de Cristo. Encuentran una sociedad urbana, sedentarizada, apta para la incorporación tributaria y social como pueblos de indios, a quienes interesa aparentemente la aclimatación de cultivos, pero no el aseo personal y colectivo, ni la catequesis eclesial, aferrados a sus chamanes y tabúes, pero sí la magia de su música, su canto y sus instrumentos de cuerda o viento. En cambio la realenga Jalapa, poblada por familias totonacas desde época prehispánica y aliada incondicional del Cortés de los años difíciles, se vio promovida socialmente por el contacto de gentes apegadas a su vieja feria indígena. Su autonomía siempre respetada, nunca encomendada a conquistador alguno, consolidó su recurrente hormiguero humano. Esta convivencia primaria, sedentaria y pacífica, entre antiguos rivales comarcanos, testimoniaba un abismo social con las etnias nómadas o trashumantes, de costumbres bárbaras y progresivo atraso comparativo. Los propios indígenas sedentarios llegarían a establecerse entre los pueblos nómadas con aura de conquistadores, prolongando de facto su tribal menosprecio hacia esas otras etnias.

 

La aclimatación de nuevas especies vegetales, encontraría en las culturas más atrasadas y primitivas, una barrera intelectual difícilmente superable en estos primeros envites de civilización sedentaria. Tanto el legislador como el misionero, desconocían que la avitaminosis generacional alimentaria de algunos grupos indígenas, generaba en ellos una debilidad mental congénita, sobradamente conocida y diagnosticada hoy, pero desconocida entonces. Además de su tristeza taciturna o irritabilidad súbita, para su sorpresa, aquellos indios olvidaban y desatendían aquello que unas semanas antes habían sembrado con dedicación y asumido entusiasmo misionero. Una rutina sobradamente conocida, por explicada y supuestamente entendida, que representaba el camino para el éxito de sus futuras mieses. Solo cuando el hambre roía su digestión, recordaban dónde ir a recolectar la cosecha, ya marchita en muchos casos y perdido su agraz. Una suerte de reflejo de Paulov anterior a Paulov. Imprevisión, indolencia, desidia, he ahí los vocablos que podrían acotar el círculo vicioso de su talante humano. Si bien los misioneros eran pocos, fue mayormente sobre sus hombros donde recayó la tarea de poner en producción los cientos de plantaciones de las misiones novohispanas. Dudaban, y a la vez soñaban, volverlas eficaces en la generación subsiguiente de nativos. Y se equivocaban, al menos en parte. Pronto comprobaron los misioneros que los grupos indígenas salvaguardaban con ahínco sus diferencias interétnicas, y mantenían viva la memoria de enfrentamientos fósiles, pero no asimilaban el necesario hábito productivo en beneficio de todos. Tal vez para el legislador y la Corona existiera un indio, uno solo, genérico; pero para encomenderos, educadores y misioneros de Nueva España, quienes con ellos directamente trataban el día a día, existía una amplísima gama de culturas indígenas, desde la nómada o recolectora-cazadora paleolítica, hasta la estructurada cultura mexica como tope superior. Y estos particularismos étnicos iban a perdurar por generaciones. Nada resultaba fácil en aquel mundo por hacer.

 

El sometimiento del imperio azteca, supuso para Nueva España un importante vacío de población aborigen, debido no solo a las bajas de los nativos combatientes en todo bando, sino también a las epidemias traídas por europeos y africanos. Emblemática fue la de viruela que siguió a la llegada de gente negra con Pánfilo de Narváez, que sentenció a Cempoala. Era un golpe contundente contra la masiva sociedad indígena, en trance de conservar su cultura prehispánica, además de aportar mano de obra supletoria para la producción agropecuaria y minera de nuevo cuño que se iba gestando. Esta situación poblacional a la baja, iba a tardar un siglo en recuperarse. Era el tributo histórico consecuente al choque de dos mundos enfrentados, que propiciaba el colapso demográfico por varias vías: una, desde luego, la eliminación de vencedores y vencidos por interacción pugnaz directa, una segunda por genocidio político-retaliativo del vencedor sobre el vencido y viceversa si ocasión hubiere, y otra, más que probada, por la cesión e intercambio microbiano o viral desconocida entre etnias con defensas naturales menguadas por la avitaminosis nutricional, las penurias bélicas y la carencia de higiene. Las tres causas se dieron sin duda en Nueva España. Sin saberlo, la acometida conquistadora/repobladora de Cortés iba a plantear, por vez primera para el análisis profundo, un modelo de encuentro social entre invasores y autóctonos de diferente desarrollo humano con un cierto paternalismo legislativo interpuesto, cuyo didactismo han tratado de desgranar a día de hoy no pocos humanistas, sociólogos e historiadores. Y en ello siguen insistiendo algunos, que su consecuencia no fue baladí. De aquel encuentro proviene el mundo hispánico de hoy.

 
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Contexto Histórico de Cartagena de Indias – II

Años antes a la fundación de Cartagena del Poniente, sin declaración previa de hostilidades, el corsario francés Jean Florín (1521), al mando de 8 barcos había capturado inopinadamente en las Azores, dos de las tres naves enviadas por Cortés a Carlos V con el Tesoro de Moctezuma. El oro copado revolucionó la Francia de su tiempo con un Francisco I que promovía el corso con cuanto connotado marino se lo solicitaba. Pero alertado quedaba también el joven monarca español, que en contrapartida iba a conceder numerosas patentes de corso a marinos ribereños del Cantábrico, para acoso del francés que se avistase en aquellas aguas de su propio mar. El pirata Florín acabaría sus días colgado de una  horca, denegado su juicio previo por orden directa del Emperador, tras enterarse por un emisario de que lo había capturado el corsario vasco Martín de Rentería.

Ante la inminente perspectiva de guerra multifronte con Francia, estructura  España su comercio marino con América a base de dos flotas anuales: una dirigida a Cartagena – Nombre de Dios, y la otra a Santo Domingo con recaladas en Dominica a la ida y La Habana al regreso. Ambos reinos se disputan sobre Italia la hegemonía de Europa, y rotas las hostilidades, el incipiente asentamiento portuario de madera, bahareque y palma que era Cartagena del Poniente en aquellos primeros años, veía huir a sus gentes hacia los cerros portando valijas y dineros con demasiada frecuencia, ante cualquier dudoso perfil de velas en sus aguas. Indefensa frente a la piratería, una Cartagena sin fortificar iba a ser pronto desvalijada por la furia depredadora del  hugonote francés de noble cuna Señor de Roberval (trucado en Robert Ball a secas para los caribeños, 1543) tras ocuparla en día de significada fiesta. El día en que la ciudad prepara la boda de la sobrina del propio Pedro de Heredia, reconocido espadachín desde sus años mozos, tiene el Gobernador que defender codo con codo y a punta de espada junto a su hermano, residencia y familia, hasta comprobar que sus deudos han huido a descampado, en cuyo momento abandonan la lid y huyen tras ellos. Con una pequeña escuadra de 4 barcos, 450 hombres y la guía inestimable de un piloto resentido por vieja querella ciudadana, el corsario se ha filtrado inadvertidamente en la bahía interior amparado por la oscuridad de la noche. Los confiados moradores duermen sin sospechar el zafarrancho que les acecha. Con las primeras luces del alba escucha la somnolienta Cartagena músicas y redobles que cree prolegómenos de un festivo día de sonados esponsales; no acierta a comprender que se trata de un rebato desesperado de alguaciles que tratan de alertar el grave peligro, cuando ya la chusma francesa se desparrama sable en mano por las calles cartageneras. Huye como puede la población, pero queda el obispo. El será quien trate con el hugonote el rescate exigido, so pena de ver convertida en pavesas la ciudad y estrangulada su reverendísima. Acogido en un poblado indio con otros ciudadanos, Pedro de Heredia se entiende con los enviados del obispo para convenir un rescate de 20.000 pesos de oro que deberá reunir la ciudad. Rescate que habría de servir como apoyatura al Juicio de Residencia por mal gobierno y huida vergonzante con que sus enemigos maquinan denunciarle ante la Audiencia de Panamá. Tras cobrar el rescate, Roberval se retira a sus naves y según lo convenido, se hace a la mar. Años después aparecería colaborando con Jacques Cartier en el fallido intento de colonización francesa del río San Lorenzo en el Canadá.

La cada vez más peligrosa navegación costera aumentaba su riesgo en la época de brisa (el alisio del nordeste, época húmeda, abril- octubre, verano boreal amplio) cuando los perros del mar descendían de empopada hacia el Sur desde sus guaridas insulares de las antillas. Pero  ascendían luego por la aleta hacia Honduras con la llegada de la época de viento (contraalisio de componente sur, época seca, noviembre-abril, invierno boreal amplio) con lo que batían toda la costa continental caribeña según las estaciones del año. Y a tales estaciones se atenían siempre los expectantes colonos de la costa y la navegación de cabotaje costero. El cabotaje interior por el Canal del Dique suponía en tales momentos un seguro resguardo para el tráfico de bastimentos y mercancías desde los pastizales y sembradíos de Quito (1534), Cuzco (1534)  Popayán  (1537) y Sta. Fe de Bogotá (1538) sin tener que asomar velas a unas costas transidas de piratas.

              También la bahía de Cartagena era un seguro resguardo para las naves, además de una fiable protección de su puebla debido al inaccesible frente rocoso, plagado de escollos y confusa mar rompiente bajo brisas y vientos, que imposibilitaba todo acceso directo a ella desde la mar abierta. Si bien la escasez de agua dulce fue en principio motivo de dudas, pronto fueron acalladas estas con la construcción de aljibes abundantemente nutridos por el régimen de lluvias tropicales, diseñados con generosas limahoyas de  tejados a cuatro aguas. Su posición geográfica próxima al río Magdalena, vía natural de penetración continental, iba a ponderar su peso específico en la red comercial que poco a poco iba tejiendo el Imperio Español, como nudo de enlace con el altiplano quiteño y las perlíferas isla Margarita y ciudad de Panamá. Y por ello punto de confluencia de barcos de cualquier puerto con cargas que feriar o negociar en la ya empezada a conocer como Cartagena de Indias, con fama de resguardo seguro frente al fresco alisio y los temporales caribeños.

Las Indias, todo un proceso de transferencia legendaria de atisbos medievales, realimentado por el ibérico asomo hacia mares desconocidos. El Preste Juan de las Indias era un mítico gobernante cristiano del lejano oriente, que según relatos europeos perpetuados hasta época colombina, era mandatario generoso de un fabuloso país pleno de riquezas y mágicos tesoros. Mitad patriarca, mitad paternal presbítero, era en la imaginaria colectiva heredero de los discípulos del apóstol Tomás y descendiente de los Reyes Magos. Su lejana y aislada nación se encontraba rodeada de países musulmanes y paganos. Objeto de búsqueda durante generaciones, seguía lejos del alcance de los europeos, pero cercano en su fantasía compartida. Los primeros navegantes portugueses que regresaron de Calicut y Malaca a finales del siglo XV, convencieron a Occidente de haber encontrado en el Negus de Etiopía, católico Rey de Reyes, el heredero del Preste Juan, corroborando así la situación geográfica de Herodoto. << De estas Indias, pues, del Preste Juan, donde ya contrataban (mercancías) los portugueses, se llamaron nuestras Indias, y así lo nombraba siempre Cristóbal Colón >>, testifica el historiador López de Gómara, apostrofando así a perpetuidad al sorpresivo mundo surgido del océano. Junto a la leyenda de la isla Antilla, las amazonas y la reina California, las Indias del Preste Juan suponían aceradas esquirlas del oscuro Medioevo incrustadas en el luminoso Renacimiento, cuyo afán descubridor iba alumbrando poco a poco el panorama  del saber europeo.

Todavía encontrará una ciudad desprotegida, inadaptada a los turbulentos tiempos que corren, el hugonote Martín Côte (1560), que con 7 barcos y más de 1000 filibusteros pone sitio a Cartagena tras asaltar e incendiar Santa Marta, desde donde llegan informes por tierra del peligro que sobre ella se cierne. Pero sus construcciones han cambiado sustancialmente en las últimas décadas; donde antes dominaban la madera y el techo de paja, lo hacen ahora la piedra coralina, ladrillos y tejas. Un demoledor incendio ocurrido en los postreros días de gobierno de Pedro de Heredia (1552), había puesto fin a la era del bahareque y la caña de su fundación. Se nota ya ciudad próspera, sin parangón con la humilde Santa Marta de aquellos años, que su fundador había alcanzado a vislumbrar. Ante tamaña contingencia, manda el nuevo Gobernador abandonar la urbe y prepara su defensa excavando y escaqueando en derredor pozos-trampa con enhiestas y punzantes picas en su fondo, capaces de ensartar << hombres y bestias que en ellos cayeren >>. Son todos sus hombres de guerra 10 arcabuceros, 20 jinetes de lanza en ristre y 500 arqueros indios con flechas emponzoñadas, que aguardan la acometida pirata apostados en trincheras y zanjas improvisadas, mientras el movimiento de las desiertas calles es vigilado por algunos hacendados a caballo. Pese a la cautela tomada por los asaltantes que se aproximan hacia la ciudad por la playa, la repentina descarga de fusilería junto a la nube de flechas que sobre ellos cae una y otra vez detiene el avance de la hueste corsaria. Retiran sus bajas, pero son muchas las heridas de flecha, que bien saben causarán inexorablemente la muerte en las próximas horas. Una tras otra rebotan sus rabiosas oleadas contra las líneas defensoras, hasta que la munición de pólvora se agota. Entonces, a una señal convenida, emprenden al unísono la retirada hacia los manglares de Getsemaní y cerros posteriores, tras los ciudadanos que habíanles precedido en la huida hacia lugar seguro. Cuando la vociferante chusma siente el camino expedito, irrumpe en la desierta ciudad  como una destructora ola de marea. Entran en las casas robando cuanto hallan, derriban puertas, mutilan imágenes, profanan vasos sagrados, se llevan los bienes del clero y matan un clérigo que reza en la catedral. Su rapacidad no tiene límites, y se aposentan en la maltrecha urbe decididos a no abandonarla hasta que sus ciudadanos paguen la correspondiente “vacuna”, así llamado al rescate pactado para no quemar la ciudad ni degollar a los pocos prisioneros que han capturado. Por 4.000 pesos de oro abandonarían el lugar sin más retaliaciones, y así lo hacen, pero las bajas entre las que se contaba su ahora lugarteniente y conocido perro del mar Jean Beautemps, habían sido muchas, e iban a marcar su filibusterismo futuro. Sobre De Côte y cuatro de sus barcos jamás se supo nada cierto; solo conjeturas sobre su retiro a cierta isla en compañía de una india enamorada. Los otros 3 barcos seguirían costeando la Tierra Firme hasta Honduras, uno de los cuales se sabe llegó al Yucatán. Tratarán de establecerse sus hombres en Trujillo, Campeche y Valladolid, camuflados entre los pobladores hispanos. Pero más de una docena de ellos serán detectados por sus formas y costumbres sospechosas de herejía, y denunciados a los Tribunales de la Inquisición locales. Y consecuentemente juzgados y condenados a diversas penas, aunque no consta que ningún hugonote fuera por aquellos años condenado en Nueva España a la pena capital de la hoguera.

En 1568 el pirata y negrero inglés John Hawkins en compañía de su pariente el aprendiz Drake, con una flota de cuatro naves grandes y 7 urcas y pataches, se presenta ante Cartagena y envía un bote con emisario, anunciando al gobernador que trae suficientes cargas y esclavos para montar una feria. Experimentados los cartageneros en añagazas piráticas, rechaza el gobernador la oferta, a la vez que apresta su hueste militar a la defensa. Tras una semana larga de intercambio de emisarios y fuegos intimidatorios desde mar abierta, desiste el inglés de su “feriante” empeño, no sin antes amenazar que volverá con flota más numerosa. Nunca regresaría Hawkins, pero Drake había aprendido ya el camino.

La proliferación de “perros del mar” por todo el Caribe en general, y los frecuentes avistamientos sospechosos en aguas cartageneras en particular, habían decidido a su gobernador a formar milicias ciudadanas que tan buenos resultados habían dado en las grandes antillas. Componíanse estos grupos vecinales de autodefensa de gentes armadas a caballo, pertenecientes a la clase social acomodada, que habitualmente patrullaban la costa vigilando los movimientos de hombres y barcos en sus playas y auscultando la línea de horizonte, a la vez  que alardeaban de bruñidas armas y costosos arneses. El precio añadido por vivir en un puerto caribeño tan solicitado como Cartagena, implicaba además de una vigilancia esmerada, una eficaz defensa fija y otra móvil. A partir de estos contratiempos empiezan a construirse los fuertes del Boquerón y la Caleta. Se envían 7 bombardas de bronce, 200 picas, 100 arcabuces, cuatro quintales de plomo y noventa barriles de pólvora, que tratarán de mantener siempre como dotación mínima operativa. La piratería se ha vuelto una pegajosa plaga, que las más de las veces asalta alguna nave que llega desprotegida, para darse a la fuga apenas notan que son detectados desde el presidio. Son los crueles y miserables perros el mar, delincuentes sin patria ni credo, que viven de la rapiña, la extorsión y el secuestro de todo cargamento o pasaje que cae bajo su zarpa en aquellas aguas, mayoritariamente surcadas por mercantes hispanos. Pero entre las armas inventariadas como mínima defensa se encuentra la pólvora, que se deteriora rápidamente en climas tropicales, tal que pasadas unas semanas enmudecen los cañones. Y en el Nuevo Mundo ha sido hallado oro, pero no piedra de azufre que hace la pólvora, y sin ella no habrá forma de conservar el oro. Se envía azufre y salitre desde España a la más desarrollada Habana (1570) para la fabricación, barrilaje y distribución de la pólvora, pesadilla de baluartes y navíos durante todo el siglo XVI. Cartagena, creada para el comercio defiende su estatus creando astilleros para la construcción, carenado y equipamiento naval de su transitada dársena. En 1575 Felipe II  le otorga el título de “muy noble y leal ciudad”, y dos años después se inicia la traída de aguas,”obra romana importantísima” al decir de su gobernador, de manera que para entonces se la considera ya como la “tercera ciudad de todas las Indias”. Pero se abandona el proyecto de acueducto con el gobernador entrante, proclive a cambiarlo por nuevos y mayores aljibes públicos, para evitar la vulnerabilidad puntual del suministro lejano del agua durante ferias y asedios. Ya para entonces Cartagena de Indias aparece como una ciudad asentada sobre una Calamarí fortificada. Su casco de ciudad  comerciante y marinera, se va formando, sin la trama geométrica tradicional de los asentamientos castellanos del Nuevo Mundo. Sus calles rectas se adaptan al espacio insular disponible, en haces pretendidamente ortogonales, para conformar 40 manzanas y 2 plazas neurálgicas sobre el islote, puntos características de los puertos españoles del Caribe. La portulana Plaza del Mar o Plaza de la Aduana, residencia de los oficiales reales, donde descargan desde siempre los galeones sus feriantes cargas y abren sus tiendas comerciantes y carniceros, royo justiciero de agarrotar delincuentes incluido, y La Plaza de Armas o Plaza Mayor, mentidero de consejas y festejos, con su Catedral presidiendo el quehacer ciudadano. Hacia finales del siglo alcanzará las 2000 habitantes con un núcleo urbano que se desparrama, mediante el puente de madera de San Francisco, sobre el anexo islote de Getsemaní que cuenta con otros 200 habitantes más y los corrales de ganado algo más lejos del casco habitado. Una tercera plaza urbana nacerá en Calamarí, conocida pronto como Plaza de los Jagüeyes, en razón de los abrevaderos estratégicamente repartidos en ella para solaz de caballerías y reatas que han de bregar diariamente en el sofocante clima.

 
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Contexto Histórico de la Habana – II

Comienza la fortificación de la ciudad, nucleada ya como centro coordinador del comercio español, en un mar infestado de piratas. El Gobernador establecerá su sede en el Castillo de la Real Fuerza, bastión iniciado.por el gobernador Hernando de Soto sobre el propio solar del primigenio fuerte de troncos, diseñado ahora en canterìa según los cánones bélicos de la campaña de Italia (1538). En uno de sus angulos sobresale el Torreón de San Lázaro llamado también de la Espera en recuerdo de Dª Inés de Bobadilla esposa del gobernador que partio a la conquista de la Florida. A la torre recién construida, cuentan lenguas que cada tarde subía la gobernadora para contemplar el horizonte, en el que soñaba ver aparecer de regreso las velas de su esposo. Pero nunca volviò. La mayor parte de la mucha gente que con èl partio a conquistar Florida moriría allí, en detrimento de las escasas hacienda y población cubana.

La Habana asume la capitalidad de la isla (1563) siendo nombrada Capitanía General a partir del año 1581. El Adelantado Pedro Menéndez de Avilés que agrega La Florida a la Gobernación de Cuba, reforma y moderniza las defensas y el antiguo Hospital-Colegio de la ciudad para atender solo a militares convalecientes de esta campaña contra los hugonotes establecidos en aquellos litorales: a partir de entonces se le nombrará como  Hospital Real de San Felipe y Santiago de La Habana (1567). Regentado mas tarde por los hermanos sanjuaninos (1603), se inicia en él la asistencia de enfermería; empezará a conocerse desde entonces como hospital general San Juan de Dios. Los hermanos iban también a constituirse en enfermeros del hospital flotante que a bordo de la nao Almiranta de la Flota de Indias, iba y venía de Sevilla. Se crea tambien la figura del “artillero mayor”(1576), lombardero con superior entrenamiento y formación cuya capacitación iba a ser en adelante responsabilidad de la Casa de Contratación de Sevilla. Hasta entonces no se disponía de esa formación en su Universidad de Mareantes, y admitía aspirantes europeos no españoles, entre los que había supuestos artilleros flamencos y valones que << los más de ellos son ingleses que vienen a reconocer puestos y fuerza, y corren toda esta costa >>, con lo cual se pone en evidencia el peligroso espionaje a que están siendo sometidos los “cagafuegos” que guardan la Flota de Indias y las defensas de los puertos-llave del Caribe. En estos enclaves se había comenzado ya la profesionalización y permanencia de guarniciones militares fijas, ante la indiferencia mostrada por las nuevas generaciones de colonos y pobladores, algunos de los cuales ignoraban el manejo de las armas de fuego. Los primeros pobladores convertidos por las circunstancias en “hombres de guerra”, habíanse transformado por mor de sus haberes en inoperantes “hombres de paz”, que a lo sumo cuando las circunstancias apremiaban, ofrecían esclavos para defender lo que personalmente deberían afrontar obligados por ley. No solo con derramas impositivas, sino con su propia sangre. A instancia del Gobernador de La Habana, la Corona toma conciencia de dotar su fuerza profesionalizada con piedra de azufre y salitre, para que sean ellos quienes fabriquen en adelante su propia dotación de pólvora, con lo que de simplificación procedimental suponía tal medida en el entramado defensivo del Caribe. Los soldados mutilados de guerra pasan como pensiónados a formar y enseñar el manejo de armas y los rudimentos de la disciplina militar a jóvenes inexpertos en edad de ocasional leva.Y su astillero empieza a suministrar barcos de elevado porte con 600 toneladas y más, de maniobreros cascos reconocidos por su buen andar y maderas de gran durabilidad y resistencia a la broma: esas mismas preciosas maderas que Felipe II ha instalado en su retiro de El Escorial. Como en Santo Domingo y Cartagena de Indias, se crea una tercera armada con dos galeras y 250 hombres de guerra, a fin de combatir con eficacia la piratería in crescendo de aquellas costas. Tales naves habían sido consideradas por la Universidad de la Mar de Sevilla, como las naves idóneas para la represión pirática. El escaso calado de sus cascos y su moción a vela y remo, las hacía sumamente operativas en aguas someras, y por tanto inmejorables para maniobrar en aguas del sur de la isla, plagada de playotes, cayos y bajíos. Se dotan sus remos con galeotes provenientes de la fuerza bruta que labora en fuertes y murallas habaneras, pero iban a ser de vida efímera, porque << dada la mala disposición de los indígenas para la boga >>, era problemático mantener sus tripulaciónes de bogantes.

En esta época la ciudad organiza su urbanismo empezando a zunchar con un muro perimetral de paulatino avance, el caserío, sus conventos, sus parroquias y cuatro plazas que ya perfilan su futuro, en un entramado urbano que al principio se trazó ortogonal, pero que andando el tempo constructivo por intereses particulares y mor ciudadana acabaron deformando algunos solares adaptándolos al relieve. Diseñada hacia 1520 junto al sitio que ocupara el primer templo de la villa, la inicial Plaza de la Iglesia pasó a llamarse Plaza de Armas con la siguiente centuria, cuando se le incorpora el solar que fue de la abrasada iglesia matriz. Sirvió desde un principio como patio de alivio para movilidad y maniobra de las tropas acuarteladas de la Real Fuerza. Una vez levantado el Convento de San Francisco (1548), su descampado adjunto, muelle de carga-descarga para galeones y semanal mercadillo, pasó a llamarse Plaza de San Francisco. Para resguardar el silencio durante la oración de los monjes, el mercado y su bullicioso mundo fue desplazado a un cercano descampado conocido entonces como Plaza Nueva y hoy como Plaza Vieja (1559) donde pasaron a congregarse algunos edificios de soportales bajo miradores y celosías de madera al estilo canario. Póximo al Castillo, los jesuitas crearon un seminario, frente al cual existía ya un canal de abastecimiento de agua potable que en aquel punto entroncaba con la Zanja Real. Una suerte de aliviadero que encharcaba la zona con agua sobrante, y que vino por ello a recibir el nombre de Plaza de la Ciénaga, posterior centro neurálgico de convivencia ciudadana conocido como Plaza de la Catedral a partir de su desecado y cubrición de atajeas. El edificio iniciado como seminario jesuita acabó siendo la Parroquia Mayor y finalmente Catedral de la Habana con los propios planos por ellos trazados, tras la expulsión de la Compañía de Jesús por Carlos III. (1788).

El sistema de flotas y expediciones a partir de 1561 va a variar de itinerario. Zarpa de Sevilla dos veces al año, una con destino a Veracruz, conocida como Flota de Nueva España y otra con destino primero a Nombre de Dios, después a Portobelo, conocida como Flota de Tierra Firme. Desde 1574 cada una de ellas navegará protegida por su Capitana en punta con bandera en palo mayor, y su Almiranta atrás cerrando el despliegue con su Cruz de Borgoña en el trinquete. Reunidas de nuevo en la Habana sus naves artilladas vuelven en conserva  hacia Sevilla ahora bajo la denominación de “Flota de Indiaso Carrera de Indias. El peligro corsario se ha multiplicado, pero las precauciones defensivas y tácticas, tambien. Una vez en mar abierta, enfilaba la Flota hacia Florida hasta atravesar el peligroso canal de las Bahamas y seguir costa adelante para  tomar rumbo oceánico hacia el Cabo San Vicente en la costa S.O. de Portugal. Los “Galeones de la Plata”, naves reales revestidas de plomo e identificadas con doble fanal, navegaban en medio de este despliegue naval arropadas por el resto de navíos para su defensa a ultranza. Ellas portaban el preciado metal con que los comerciantes de Lima y México habían pagado en  Portobelo y Veracruz los productos peninsulares adquiridos o contratados en sus ferias. Ellas atesoraban en moneda y lingotes de ley, junto al Quinto Real, todas las demás tasas al beneficio minero y comercial que como súbditos de la Corona debían pagar  << nuestros súbditos de estos reinos >>. A su paso por las Azores tomaba aguada la Flota en la Isla Tercera, donde se “hacían lenguas” de las velas avistadas en su entorno los últimos meses… Quedaba la etapa más peligrosa del periplo, donde piratas y corsarios berberiscos, franceses, holandeses e ingleses, aguardaban como caimán a boca de caño, el más importante botín del mundo. Siempre a la espera de una dispersión de velas bajo temporal, o el malhadado retraso de cualquier merchanta averiada,  para caer sobre el animal herido. Porque la flota desplegada en orden y formación de avante, solo podía ser atajada por otra formidable formación naval, inexistente a la sazón. Solo despojos podían apetecer de ellas los merodeantes y osados corsarios. En tierra, la construcciòn del Castillo de San Salvador de la Punta (terminado 1600) y sobre todo el poderoso Castillo de los Tres Reyes del Morro (terminado 1589) eran una poderosa arma disuasoria de piráticos empeños en el entorno portuario de la habanera Llave de América.

Los miles de tripulantes, militares y pasajeros de la “Flota de Indias”, permanecían largas temporadas en La Habana, a la espera del tiempo propicio para hacerse a la vela. Esos meses de febril trasiego humano, potenciaba el comercio y enriquecía a sus ciudadanos. Los transeúntes consumían viandas, además de adquirir productos locales de neto valor añadido en España. Los barcos regresaban repletos de los preciados “ultramarinos”. Pero tras la marcha de la flota, escaseaban en tierra los alimentos y mercancías, lo que potenciaba una severa inflación estacional, además del brote de fiebres y contagios contraídos de la población flotante. La llegada cíclica de nuevos colonos y esclavos negros, lograba regularizar las compras compulsivas de un mercado convulso. El tabaco y la ganadería porcina y vacuna, estaban convirtiéndose en el motor  de progreso del agro cubano, y lo iba a ser por más de una centuria. La plantación de caña de azúcar con sus ingenios y trapiches, pujaría más tarde con renovado impulso la producción isleña, a la vez que incorporaba numerosas familias canarias portadoras de técnicas experimentadas de producción azucarera al crisol étnico de Cuba.

En 1586 el pirata inglés Francis Drake aparece con su escuadra de 30 naves frente a la bahía de La Habana. Las nuevas fortificaciones de la ciudad y la presencia de 900 arcabuceros detectada por sus infiltrados escuchas, le decide a buscar otra presa mas facil y rentable para su sindicato de Plymouth. En retirada la flota inglesa, es capturada por naves españolas salidas en su persecución una urca rezagada, cuya tripulación es traida a la ciudad para ser ahorcada.  Alegando que no han causado daño alguno, será su vida perdonada a cambio de trabajos forzados en la construcción de la muralla. En 1592 Felipe II le concede el título de ciudad y la proclama como Llave del Nuevo Mundo y antemural de las Indias Occidentales, dando a la imprenta y al halago en campo de azur, sus tres castillos de guarda y la llave de oro que representa su acceso como antesala de América. Los 4.000 habitantes que alberga por entonces La Habana, pasarán a 30.0000 un siglo después, y a 75.000 en 1775.

La plaga corsaria con sus múltiples imposturas, añagazas, y tretas o disimulos, había obligado a imponer en los puertos españoles toda una gama de intercambios de señas y contraseñas entre las naves en arribo y la autoridad portuaria, en evitación de subrepticios engaños. Banderas arriadas, gallardetes equívocos, flámulas e insignias castellanas, para colarse de matute en puerto ajeno donde cometer sus fechorías al arrimo del factor sorpresa. Experimentados por estas prácticas delictivas en carne propia, los puertos antillanos impusieron para el acceso de velas entrantes todo un protocolo a base de salvas de las baterías de costa, para que las naos entrantes << amainen y hagan señales de paz >> inconfundibles. A esta señal debían responder con otra salva a bandera izada, caso contrario serían cañoneados. A partir de la infiltración pirata del jamaicano John Davis en San Agustín de la Florida (1668), se impuso además la prohibición de entrar o salir de puerto durante las horas de noche, del ocaso al orto. Después del ocaso quedaba suspendida la actividad del surgidero: todo barco entrante debía esperar a la salida del astro diurno para solicitar entrada. Mandaría entónces un bote a la comandancia del puerto, que identificara nave matriz, carga y capitan, solicitando para ella el correspondiente permiso de entrada. A partir de 1680 el protocolo se vería complejizado con el acceso de las escuadras de la Guarda de Indias. La nao capitana de la Armada de Tierra Firme, con su bandera en el tope del mástil, al acceder a La Habana, debia disparar una vez frente al Castillo del Morro y otras tres al dejarlo por babor rumbo a la bocana; en tanto que si era la capitana de la Armada de Nueva España dispararía dos y tres veces respectivamente en idénticas posiciones y con la misma enseña izada. Estas órdenes, emitidas por el Gobernador y Capitán General de Cuba eran secretas y trocadas con frecuencia en evitación de su descifrado por espías y corsarios.