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Contexto Histórico de Veracruz – VI

                        Figura 14: Los Caminos Reales de Nueva España. Finales siglo XVIII

 

El conocido como Camino de los Virreyes entre otros nombres dados al existente  entre Veracruz y México, iba a encontrar continuidad hasta Acapulco con el Camino de la China, adscrito al mercadeo exterior con las Islas del Poniente. Vinculado el primero a la producción y consumo internos del país, iba a ser sin embargo asociado al tránsito de los impuestos reales, el situado virreinal, el correo y las compras sevillanas. Incorporado el nuevo mercado asiático al quehacer económico del virreinato, el Camino de la China vino a  enlazar con los ya existentes caminos a Veracruz, Zacatecas y Oaxaca en la capital, prolongados más tarde por el norte hasta Chihuahua y Santa Fe (Nueva México) con el nombre de Camino de Tierra Adentro, y hasta Tehuantepec y Guatemala por el Sur con el nombre de Camino de Guatemala. Los tres Caminos vitales de la China (408 Km, 20 días), de los Virreyes (412 Km, 22 días), y de Tierra Adentro (1.600 Km, 3 meses), llegaron a constituir junto al Camino de Guatemala, una red de caminos carretiles (vulgo carreteras) estimado en 7.600 Km distribuidos en 55 rutas diversas para el tránsito rodado. Añadida a esta red carretil, habíase creado otra para herradura, próxima a los 20.000 Km, distribuidos en 105 rutas. Este formidable conjunto de vías de tránsito se alcanzaba a fines del siglo XVIII, cuando los nacientes Estados Unidos apenas llegaban a cubrir con las suyas un 10 por ciento de esta realidad. ¿Puede extrañar hoy que sea Patrimonio Universal de alguien y algo, esta caminería? ¿No se cita acaso como futurible candidato, a la indetectable traza del llamado Camino de Oregón?. Transitado desde San Luís Misuri por un aluvión de enviscados europeos del siglo XIX, vagabundos de su albur y mediatizados por la propaganda oficial. Avanzando no importa si por valles, riberas, linderos o praderas hacia un soñado Oeste, sin medio metro de empedrado carretil pero sobrado conductismo del Este. Era un juego político preciso para sacárselos de encima y largarlos a la costa oeste que poblar para crear mercado. Allí les venderían a crédito armas y casas de madera prefabricadas en el Este, una vez concluido el ferrocarril, fabricado todo ello con mano de obra inmigrante cualificada, que, esta sí, encontraba presto acomodo entre la incipiente masa obrera del NW. El haber dado argumento a más de un centenar de western (cine y TV incluidos), financiados con dólares, es, y poco más que huellas en la mar, su  mérito de aspirante al Patrimonio.

 

Tras la consolidación de Veracruz en su definitivo emplazamiento, había empezado a reutilizarse la olvidada senda indígena que ceñía la república de indios de Orizaba, con su enhiesta referencia de volcán nevado, en ruta hacia los demás volcanes del Anahuac. Apenas un siglo después de llegar los primeros esclavos africanos a Nueva España, bozales devenidos cimarrones que asaltaban caravanas y desvalijaban viajeros, habían convertido aquellas estribaciones de la Sierra Madre en resguardo montaraz de sus fechorías. Por este camino había empezado a fluir la producción local de sus campos de café, azúcar, algodón y tabaco, hacia el interior. Para dar cobijo y protección al comercio regional, que transitaba tanto hacia México como a la propia Veracruz, el virrey Fernández de Córdoba, funda la ciudad de Córdoba (1618), parada y fonda de viajeros y cabalgaduras, con presidio y real fuerza capaz de proteger el transito caminero por aquellos enriscados pasos. Andando el tiempo, serían varios los fortines levantados entre Orizaba y Córdoba, tramo neurálgico de asaltos a las conductas o caravanas reales que circulaban a orillas del río Metlac, cuya barranca suponía una guillotina geológica entre el altiplano y la costa. Cada negro cimarrón prendido iba a ser, no agarrotado como correspondía a su ralea malhechora, sino castrado e incorporado a los hatos ganaderos veracruzanos. Años más tarde, aquietado ya el entorno serrano, se dotará con 32 puentes el camino que por allí serpea y dobla la divisoria de aguas para circunvalar la próspera Orizaba, que desde entonces iba a ser llamada La Señora de los Puentes.

 

El tráfico comercial con ciudad de México, establecido desde Veracruz siguiendo el Camino de Carros por Jalapa y Perote, que abordaba la capital por la calzada de Guadalupe, diósele el nombre de Camino de las Ventas por las muchas que en ella llegaron a establecerse en pocos años. Pero era también un camino de postas, con puentes de mampostería (entre otros el Puente del Rey, que cruzaba sobre 7 ojos el río de La Antigua), hospitales, mesones, áreas de descanso y pastos para caballos, además de múltiples haciendas de sementera o ganado. Los mangas verdes vigilaban esta ruta y sus vericuetos que trepanaban las estribaciones de la Sierra Madre. Creada en la Castilla de los Reyes Católicos, la Santa Hermandad con su peto de cuera sobre llamativo jubón  verde, llegaría a convertirse en el ojo vigilante y brazo justiciero de los caminos reales que trenzaban las estribaciones de la Sierra Madre hacia Veracruz.

 

Como Camino de los Ángeles, fue a su vez motejado el mandado construir por Cortés desde la Capital a la entonces recién fundada Puebla (de los Ángeles, 1531). Orillando la falda del Popocatépetl, prolongada más tarde por Tecamachalco y sus hospitalarios franciscanos, Acultzingo y sus no menos acogedores indígenas, hasta Orizaba y Córdoba, alcanzaba finalmente Veracruz. Las guerras que la metrópoli venía manteniendo en la convulsa Europa, se reflejaban inexorablemente en el buen o mal estado de los caminos, pese a la probada potencialidad de una hacienda virreinal que invertía cada vez más en consolidación de estructuras propias, mientras menguaba parejamente su envío de plata impositiva a la metrópoli. La diversidad de climas y orografías, plagada de vados, cañadas, ríos, pedregales, ojos de agua, blandones, barrancos y rampas de ladera, era anualmente activada por los diluviales arrastres estacionales, obligaba al múltiple mantenimiento de atajeas, alcantarillas, terraplenes, empedrados, drenes, caballeros o trincheras. En épocas de penuria bélica, el deterioro prolongado de los caminos se dejaba sentir con la demora en la entrega de las encomiendas, el incremento del costo de las mercancías y la mortandad de las bestias. Las más de 60.000 cargas anuales que llegaron a alcanzarse, respondían inequívocamente en el mercado con alza de costes y retraso de entregas

 

Por el Camino de Tierra Adentro, bajaban semanalmente hacia México miles de mulas desde Chihuahua y Zacatecas con lingotes de plata beneficiada de sus minas, además de cueros, cueras, sebos, tasajos y harina de trigo, que en aquellas tierras se producía. Su motejo de Ruta de la Plata a ello obedecía. Y por ella retornaban las mismas recuas cargadas de telas de lana y loza poblanas, aceros, herrajes, clavazones, llaves, azogue y otros productos europeos o asiáticos que por Veracruz o Acapulco se incorporaban al flujo virreinal desde Guatemala a Santa Fe. Toda una infraestructura de conexiones comarcales en continuo trasiego, bajo el rigor inmisericorde de los climas y la nada solitaria, hendiendo territorios arriscados o yermos, inseguros, merodeados por cuadrillas de negros levantiscos o encanallados, cuando no de incontroladas partidas de indios nómadas de frontera. Solo los presidios y sus ventas anexas, eran remanso de seguridad y descanso para mulas, arrieros, transeúntes y mercancías.

 

Carlos V en 1523, había concedido a La Villa Rica de la Vera Cruz un escudo de armas, que conservaría la Veracruz histórica como blasón urbano del enclave fundado por Cortés. En 1607 le sería conferido el título de ciudad por Felipe III, título que ratificaría el propio rey en 1640. Y ese mismo año lo celebraría la urbe erigiendo un emblemático Cabildo ciudadano, con festejos, carreras de caballos, juegos de cañas y corridas de toros, sin faltar su encierro, desde el redil del matadero hasta la Plaza de Armas. Este de los toros con encierro, era festejo que venía cumpliéndose tradicionalmente con la llegada de la Flota, pese a la reiterada protesta de los tenderos de plaza y su corredor ciudadano, obligados a cerrar su negocio al paso de la estampida toruna en días y horas clave de la feria. Habían sido prohibidos repetidas veces, pero repuestos otras tantas bajo la presión unísona de los ganaderos veracruzanos y las gentes de a bordo, que reclamaban como estelares el espectáculo correcalles y su remate taurómaco.

 

La tradicional cabaña vacuno-porcino-caballar, con más de 150.000 cabezas censadas en un extrarradio de siete leguas en torno a Veracruz (1580), los cereales, la caña de azúcar y el tabaco, junto a los modernos astilleros de la ciudad, constituyeron en la segunda mitad del s. XVII y primera del XVIII el verdadero motor de la economía regional. Como base portuaria de la Flota de Nueva España, había nacido el imprescindible astillero para mantenimiento de los galeones tras su avatar oceánico. Era fama, que los barcos salidos de sus gradas, prolongaban por más de cuatro años su vida activa frente a la broma o carcoma tropical de las aguas del Golfo; cantinela repetida en otros muchos astilleros del Imperio y sus aguas. Sin olvidar que su pujanza económica era a la vez un revulsivo para el endémico comercio clandestino arraigado en su costa.

 

Los argumentos jurídicos del holandés Hugo Grocio (1627), fleco ondeante de la Universidad de Salamanca al viento humanista, pero victima del amorodio internacional, era un discurso interiorizado por las potencias europeas, que incluía el comercio como uno de los derechos naturales del hombre. Este concepto iba a impulsar la competencia leal hacia la fase más oscura del contrabando, contraventora del monopolio comercial de los Habsburgo, mutado en libre comercio durante la Casa de Borbón. La riqueza generada en Nueva España, había empezado a quedarse en Nueva España, y el Virreinato iniciaba una cierta deriva hacia el México-nación, que acabaría intentando cristalizar un siglo más tarde. Los ataques corsarios a puertos indianos, cada vez más fortificados, resultaban siempre caros y con frecuencia fallidos. El contrabando, podía en cambio practicarse en todo tiempo de paz o guerra, con riesgo mínimo y beneficio corriente, lo que acabaría por agigantar el matute costero hasta desorbitar sus proporciones. Y el nuevo argumentario jurídico llegaba para favorecerlo.

 

La presencia de naves desperdigadas, que traficaban en fraude con haciendas ribereñas, era práctica extendida que enmascaraba con frecuencia visitas agresivas. No pocos casos había de filibusterismo, que fingía ajustar precios con hatos y haciendas costeñas, para cambiar súbitamente de actitud y bandera, y caer por sorpresa sobre ellas hasta dejarlas esquilmadas, cuando no malheridas o muertas sus gentes si no habían escapado oportunamente a los cerros. ¿Quien era su testigo en aquellas soledades? En un caso documentado de 1655, unos arrojados vaqueros, mulatos de Tampico, lograron capturar a 22 corsarios ingleses y dos de sus naves nodriza. Llevados a Ciudad de México, fueron condenados por la Inquisición a las galeras cartageneras, con los consiguientes pregones de escarmiento, voceados por los alguaciles del Virreinato. Otra situación similar iba a traer en 1683  días aciagos de saqueo, violaciones y asesinatos, a manos de miméticos forbantes. Pese al efectivo patrullaje de la flota novohispana en el área caribeña y su  acceso al Golfo, con seis naves francesas e inglesas apresadas en su haber anual, no supieron discernir el momento clave de la amenaza que repicaba su puerta.

 

Veracruz, visible desde ciertas naves fondeadas en la Isla de los Sacrificios, llevaba días recibiendo confiada las visitas de sus tripulantes, interesados en saber del tiempo de la feria y su inicio. Cuando la Flota de Nueva España asomaba sus primeras velas sobre el horizonte, el ataque corsario combinado de 15 navíos artillados era ya un hecho que estaba yugulando la ciudad. Llegada la hora, el holandés Laurens de Graaff (Lorencillo para los hispanos) con 1200 hombres y el apoyo de sus compatriotas Nicolás Van Horn y Cornelius Jol (Pata de Palo) y de los franceses Michel de Grandmont y Pierre Bot, habían copado la semivacía urbe enfrascada en los prolegómenos de su feria, mediante un silente desembarco algo más al sur. Desvalijadas ya iglesias y conventos,  fueron por las casas sacando a los vecinos, y si alguno salía por sí, moría sin remedio…bien de su fiereza bárbara, de hambre, sed… y de espanto las mujeres. Parte de sus élites comerciales habían sido atrapadas y encerradas en La Merced, y más tarde llevadas a la Isla de los Sacrificios y confinadas en las sentinas de sus naves, a resguardo de las baterías de Ulúa. Cinco días sin agua ni alimentos permanecieron copados los infelices rehenes, hasta lograr reunir los 150.000 pesos exigidos como rescate de sus vidas. Los menos afortunados iban muriendo bajo la tortura, el hambre, la carga y estiba forzadas del mobiliario robado, cuando no de la venalidad de aquellas hienas… porque cada cual que llegaba, nos quería quitar la vida, y cuando se hacía más horroroso era de medio para la noche (sic), por emborracharse y quedar sin razón alguna, si es que tenían alguna que perder… nos dejará dicho el prior de los jesuitas capitalinos, testigo sobreviviente de aquel marasmo. La implacable disciplina militar de los momentos críticos, condenará a muerte en Juicio de Causa al Gobernador de Ulúa y Veracruz, por no haber sabido leer aquella estratagema pirática de libro a la luz del día.  

 

                     

                  Figura 15: San Juan de Ulúa, hoy

       

Compatriotas de hecho, pero piratas sin escrúpulos al fin y al cabo, ávido de riquezas Van Horn morirá a manos de Lorencillo, tras un reparto inconforme del alijo rebañado. Uno más de los frecuentes altercados y traiciones que, como un soplo del averno, dejaron los perros del mar para su intrahistoria. La Flota de Nueva España en arribada, ajena al drama que se estaba viviendo en tierra, había ido enfilando los rumbos de sus naves hacia el fondeadero de San Juan de Ulúa, dejando por babor la Isla de los Sacrificios. En ella habían visto las naves recaladas cuyos mendaces pabellones con el águila bicéfala de los Habsburgo no alcanzaban bien a distinguir. Tres días tardaron los últimos galeones en completar su arribo, y cuando los cagafuegos avisados y libres ya del protocolo de escolta, cazaron escotas en persecución de los felones, tres noches ha que Lorencillo y sus secuaces habían largado amarras y metido millas de por medio, favorecidos por el terral nocturno. Ninguna vela atisbaron en días subsiguientes los vigías de las cofas; parecían tragadas por el mar. A partir de entonces, la de Lorencillo se convertiría en obsesiva caza y captura durante años. Pero la Armada de Nueva España, no lograría apresarlo. Dos años después conseguirá tenerlo más a su alcance que nunca, en lo que podía haber sido la acción más brillante de su historia, pero escapará de nuevo al cerco virreinal, aunque cayera atrapado Bot, dado garrote más tarde. Es a raíz de estos sucesos cuando estudia Veracruz un “nunca más”, que empieza por completar el talud de sus murallas y perimetrarlas con un glacis que despeje toda proximidad equívoca por tierra. Únese a ello dotar de puentes levadizos sus puertas, y formar baluartes estratégicos en punta de diamante al itálico modo. En previsión de nuevos acosos, resabio de la eterna guerra en Europa, solo tres puertas darán entrada franca a la ciudad: la Puerta del Mar (NE) para acceder al muelle de mampostería, Aduana marítima y Plaza portuaria, donde se apilan los fletes y cargan las recuas y carretas ; la Puerta de México (SO),  que prolonga los caminos de la capital por Jalapa u Orizaba, y finalmente la Puerta de La Merced (SE) por donde se toma el camino costero de AlvaradoTlacotalpán, con su puente sobre el río Tenoyan.

 

Jalapa, tradicional área de asueto y descanso del Camino, era ya hacia el 1700 una villa consolidada. En ella, 240 familias españolas, embutidas en su matriz indígena, montaban una feria regional alternativa que había cobrado importancia en pocos años. Con mejor clima que la Veracruz costera, acabó ganando a sus clases acomodadas (comerciantes, oficiales y asentistas), para residir allí todo el año, fuera del tiempo de flota y feria.  Por su ruta circulaba el pasaje del puerto y el correo real de la Carrera de Indias, dirigidos por el Alcalde Mayor veracruzano, empeñado en controlar todas las cartas que desde España se trajesen a esta tierra, junto con la manufactura, los aceites de oliva y los caldos traídos de Sevilla. Una tradición inveterada desde que Juan de Escalante, el primero de la serie y retaguardia de Cortés, la implantara un siglo antes que su homólogo correo inglés lo fuera en 1635. En 1720, Jalapa lograría feriar por vez primera estas preciadas mercaderías llegadas a Veracruz, ferias que serían interrumpidas por 10 años, debido a la Guerra de la Oreja de Jenkins, para retomarse luego hasta la extinción del régimen de flotas (1778).

 

A partir de 1713 y consecuencia del Tratado de Utrecht, la Compañía Inglesa de los Mares del Sur, pasó a ejercer el monopolio de suministro de esclavos bozales para Nueva España, hasta el estallido de la Guerra del Asiento o de Jenkins (1739). Vino a sustituir abruptamente a la Compañía de Guinea francesa, que tradicionalmente había suministrado esclavos africanos a Veracruz durante las últimas décadas. Aunque traídos en origen de África, eran las islas de Jamaica y Barbados los centros de acumulación y reparto de negros de la nueva compañía inglesa. Salvaba con ello el trauma de su inicial captura y el viaje infrahumano que habían de soportar añadido, haciéndoles reposar y serenar ánimos de cara a la mejor presentación y aspecto físico de los esclavos ofertados. Una suerte de silos distributivos del humano cereal para el buen reparto de su grano.

 

En un lugar conocido como Pantaleón, seis kilómetro al NW extramuros de Veracruz, montaron los factores o representantes de la Compañía la correspondiente negrería para almacenado, lavado, desinfectado, venta y carimbado de bozales. Anexas a su instalación, se levantaron las propias residencias de los factores, jardines, arboledas y pistas de juego particulares, un verdadero oasis vigilado para disfrute de sus majestades los funcionarios. Tenían arrendadas tierras de cultivo, donde los bozales sembraban huertas para manutención de la troupe negrera, mientras allí permaneciesen. Su palaciega servidumbre componíase de mayordomo, cocineros, sirvientas, contadores, secretarios, almacenistas, subinspectores, cirujano, un juez… todos ingleses y dispuestos a solazarse con su reserva de licores traídos de Londres… hasta que un mayordomo, gatillo y bebida alegres, tomó a un mendicante franciscano por un asaltador de heredades, disparó y lo mató. O tal vez porque ignoraba lo que un misionero español suponía, por carecer sus colonias de arquetipos a ellos homologables. Unas semanas después una orden del Virrey obligaba a la Compañía a residenciar sin excepción en intramuros, y a reducir personal y dependencias a su estricta necesidad, contrastada por los veedores virreinales. Sus días de vino y rosas habían concluido. Uníase a ello que los cargos por viajes, enfermería, medicinas, manutención, vigilancia y demás contingencias, hacían peligrar la rentabilidad de la Compañía en su Terminal de Veracruz. Para conseguir una marca más precisa y distintiva sobre la piel del esclavo, exigieron a los compradores carimbos de plata u oro, además de conservarlos guardados en las cajas reales, con tres llaves repartidas, para evitar fraudes. Pero la Compañía, no solo había obtenido el monopolio de esclavos, sino logrado también licencia para traer un navío de permiso para vender en Veracruz 500 toneladas anuales de mercancía inglesa, que vender en Veracruz. Como pasa en estos casos de manga ancha, pasados unos años, aquel navío de permiso, había parido una flotilla de embarcaciones menores que multiplicaba el tonelaje admitido. Se generalizaron las protestas de los comerciantes hispanos, tanto de Sevilla o Cádiz como de la Nueva España toda… y el Virrey subiole impuestos a la Compañía.

 

Se constataba en el Virreinato, que los factores ingleses venían profundizando con sus acciones financieras hasta mercados tan lejanos como Acapulco, Puebla, Cuernavaca, Ciudad de México, feria de Saltillo o minas del norte. Resultaba cada vez más evidente, que aquella urdimbre económica, estaba utilizando el tráfico negrero como totémico Caballo de Troya para algo más que el jugoso mercado novohispano. La inquietante Albión, no iba a dejar de ser observada. Por otra parte, un llamado ejército de reserva libre, no otra cosa que la creciente oferta de mano de obra asalariada, producto del crecimiento demográfico de la propia sociedad indiana, mantenía a la baja constante la demanda de esclavos africanos. Ya criolla, negra, parda o mestiza, esta fuerza de trabajo emergente, además de resultar más barata, había crecido en su propio ambiente. Católica, hispanohablante, costumbres tradicionales asumidas, conocedora del trabajo demandado era residente de las repúblicas, barrios, haciendas o núcleos geográficos comarcanos. La época de las grandes pestes y grandes mortandades había periclitado. Las actuales generaciones mestizas resistían en mayor número y proporción los virus y bacterias presentes, tomadas antaño por exógenas. Sus sangres habían osmotizado sin duda los anticuerpos que no poseyeran sus ancestros. Tal vez las nuevas condiciones alimentarias e higiénicas, ayudaban a la medicina con otros bríos y logros, superando incluso fiebres traídas por los africanos.

 

El propio Adam Smith reconocería, años más tarde, la inviabilidad de aquel ocasional negocio negrero, compañero de viaje del navío de permiso, en el mercado indiano. Las pérdidas ocasionadas por negligencia, prodigalidad y malversación de fondos por los empleados de la Compañía, llegaron a ser una carga más insoportable que los propios impuestos… una compañía por acciones no puede prosperar en el comercio exterior, cuando tropieza con la fuerte competencia de comerciantes particulares, nos ha dejado escrito. Era evidente que el cuello de botella se estrechaba para la Compañía… y surgió el chispazo del caso Jenkins. Pillado con su barco en flagrante contrabando,  su desorejado capitán marcha a Londres, oreja en formol a mano, dispuesto a montarle un pollo en el Parlamento al prime minister Walpole en el Parlamento. Una oreja inglesa menos, casus belli. Y surge la guerra. Incomprensible, pero estas cosas pasan en Londres. La cruenta Guerra de la Oreja de Jenkins. ¡Que pensaría Isabel I, de haberlo vivido, ella, que había desorejado a unos cuantos cientos de disidentes ingleses!

 

En los primeros compases de la nueva contienda, Nueva España, mitad norte de las Indias hispánicas, aguardaba un ataque británico sobre Veracruz, enclave literalmente radiografiado por los factores ingleses, con posibles repercusiones en Puebla y México, a donde jamás deberían llegar sus casacas rojas. Ante tal amenaza, los caminos reales se tornan estratégicos y se elige el montaraz Cofre de Perote como centro yugulador de penetraciones hacia la capital. Sobre un área de 14 hectáreas se erige la Fortaleza de San Carlos, cuartel general y almacén de pertrechos bélicos, con baluartes adiamantados y foso inundable, artillada con 54 cañones de bronce y una dotación de 1000 hombres acuartelados, prestos a desplazarse tanto en apoyo del litoral como del Anahuac capitalino. La muralla de Veracruz, reforzada con otros baluartes y plataformas, es servida por cuarteles militares repartidos intramuros en 4 compañías de 100 milites cada una. Otra fuerza de 800 hombres de guerra queda distribuida extramuros en el llamado Regimiento de las Tres Villas, al estar formada por contingentes de infantes y caballeros de Orizaba, Jalapa y Córdoba. Uníase a ello, un refuerzo de 2.000 soldados enviados por el propio Carlos III desde la metrópoli, empleados mayormente en vigilancia armada de lugares estratégicos de  la costa y sus caminos al interior. No faltaron tampoco obras de mejora en el castillo de Ulúa, dotándole de revellín y baluartes para 125 piezas de artillería pesada, atendido por más de 500 artilleros y servidores en espera de cualquier aldabonazo bélico en el Golfo.

                                                                                                     

      Figura 16: La Fortaleza de San Carlos. El Cofre de Perote (1770)

 

 

La guerra con Britania sobreviene, pero Veracruz nunca es atacada. Manila y La Habana pagarán los platos rotos, capturadas y esquilmadas de obras de arte y documentos por el inglés, que se verá Inglaterra obligada a devolver tras un armisticio adverso. Devolución que hace en parte, y en nuevo juego de manos, oculta cartas naúticas robadas. Las de Manila iban a servir al capitán Cook para un aparatoso montaje mediático sobre sus descubrimientos en el ignorado Pacifico. Uno más, en su larga historia de contrabando y filibusterismo. Para recuperar estas plazas, debe España cederle a Inglaterra las Floridas novohispanas (del Este y del Oeste). Pero se ve compensada con la entrega de la Luisiana por su aliada Francia, obligada por Pacto de Familia a pagarle los débitos del conflicto. Y Veracruz dará cobijo a los indios floridanos de Pensacola, semilla novohispana fallida sembrada en la expedición de Tristán de Luna, que no quieren britanizarse bajo el nuevo azar del destino. Como tampoco lo querrán los indios floridanos de San Agustín, que solicitan su evacuación a Cuba.

 

En 1776 se precipita la insurrección de Las Trece Colonias inglesas de Norteamérica, y Carlos III, pivota sobre Nueva España el apoyo a la causa rebelde. En un esfuerzo invalorado como ariete, el Virreinato va a ser capaz de incrementar un 600% la producción argentífera de sus minas, para financiar los aportes españoles a la guerra. Desde La Luisiana, su gobernador Bernardo de Gálvez, sabrá recuperar las Floridas de manos inglesas. Otra sombra de desembarco masivo, esta vez hispano-francés, se cernía ocasionalmente sobre una Gran Bretaña obligada a desparramar su flota por el océano. La defensa de puertos atlánticos y pacíficos desamparaba el litoral de Cornualles, cuya temerosa población estaba abandonando, una vez más, los enclaves costeros para alejarse hacia núcleos campesinos más seguros y profundos. Un goteo humano, al encuentro de lazos familiares con que compartir esperas tensas en pueblos del interior. En este contexto y protegido por la Escuadra del Canal, sale de su base de Portsmouth un convoy de 55 barcos de transporte para ultramar. La larga retahíla flotante con armas, provisiones, uniformes, pertrechos, oro de soldadas y un refuerzo de 3000 infantes, enrumba al meridión en búsqueda de la corriente ecuatorial que les lance hacia el Caribe. A la altura  de Galicia, la Royal Navy torna velas a fin de no desguarnecer sus costas, lo que va a precipitar el convoy en manos de la Armada de la Mar Océana de Luís de Córdoba, que puntualmente informada, patrullaba avizor por aquella latitud del piélago. Era el descalabro final de la guerra,  que había de propiciar la independencia de Las Trece Colonias. Tras el Tratado de Versalles que la consagra, las Floridas volverán al Virreinato, sin que la mayoría de los indígenas emigrados, regrese de nuevo a sus fueros floridanos.  

 

Cuando Bernardo de Gálvez es nombrado Virrey de Nueva España (1796), apenas sobrevive a su cargo, sin poder vigorizar el comercio de Veracruz con los, nuevamente hispanos, puertos del Golfo, como era su intención declarada. No obstante, el remate del siglo XVIII iba a suponer para la Ciudad de Cortés, un notable crecimiento impulsado por el libre comercio asumido en el Imperio.

 

Pero con el siglo entrante y la invasión napoleónica de la metrópoli,  se cierne también sobre Nueva España la siniestra sombra del caos. Primero, serán las guerras civiles donde cabrillean curas sin sotana, gritos y silencios, ilustración y libertad, legalidad y oportunismo, sufrimiento y revanchas, que pugnan por reflotar en su popurrí el intrínseco México que parece hundirse, pese a ser soñado como nación por muchas de sus gentes. Luego vendrá el llamado periodo de anarquía más dramático de su historia, preñado de pronunciamientos, insurrecciones y partidas pugnaces, respaldados por puntuales ocurrencias y alquimias sociales, sin omitir la prepotencia de líderes transitorios, montoneros unos, generales de canana otros, de salón alguno, dictadores esenciales casi todos. Era preciso marcar claras diferencias con el pasado gachupín  de este México, heredero declarado ¡por fin! del imperio azteca. Había que arrancar de la simbología nacional los nombres malditos de España y de Cristo, lastre histórico, borrar sus huellas. Les habían robado el oro y el futuro, quemado sus dioses, matado a trabajar como esclavos, exterminado sus aborígenes por maldad intrínseca y genético sesgo asesino. Hasta el propio Colón era un genocida que había traído virus asesinos en su séquito, para acabar con el buen salvaje y su bucólica existencia en las ‘colonias’ españolas. Los gachupines jamás habían aportado nada, salvo fanatismo católico y atraso… Esta era la argamasa al uso para edificar el nuevo teocalli patrio, donde seguramente acabarían autoinmolados con sus vísceras tajadas por la obsidiana del rencor. Toda revolución, como Saturno, se come a sus hijos, es mantra atribuido a un Robespierre en desgracia camino de la guillotina. Y la saturnal mexicana se los comió a casi todos. Pero entre estudiosos, no deja de parecer esta muestra humana sino descompensada charanga de palurdos trasnochados por las calles de su pueblo en fin de fiestas. Fue empero orquestada ayer, como un ritornelo errante de las naciones de siempre, y es todavía hoy tarareada por algún desgreñado mental que sigue vendiendo humo a verbena concluida. Y el imprevisto palo de agua que vino a disgregarla, ha dejado charcos en las calles…

 

En 33 años desastrosos, México, la joya de una Corona caída, envidiada siempre por su potente vis de nación poderosa, se anonada histórica y socialmente entre cinco constituciones y un emperador de zarzuela; pero no más que lo hace contemporáneamente su considerada ya como madre putativa, aunque lo fuera de sangre, cruzando sus propios desfiladeros y orillando otras barrancas. ¡Más de un siglo de desencuentros, idearios sublimes, bálsamos sociales, cerrojos culturales y acomplejados egos, padecerían tanto la supuesta putativa como su hijuela cultural!. Abrumado por centenares de miles de muertes y la pérdida del 55% de su herencia novohispana a fauces de su vecina norteña, el México criollo de las primeras décadas no acertaba a reconocerse en su propio espejo. Texas, Nuevo México, Arizona, California, Colorado, Oregón, Utah, Nevada…quedaban muy lejos de aquella primigenia estampa del territorio comprendido entre Las Floridas, Canadá, el Misisipi y el mar….que fuera germen de su lindante crisálida. Aquel feto anglófono, a cuyo parto Nueva España asistiera cual solícita partera, había devenido dañina oruga rampante. De pronto, una metamorfosis kafkiana habíale mutado en furibundo teredo que horada y fagocita una y otra vez la  madera hispana a su alcance. Nueva carcoma imperialista era esta, válida para todo cuño. Y México, que cuenta en su bosque humano con tan dura madera como los viejos astilleros de Veracruz, debe rearmar presuroso un casco para navegar avante en el revuelto mar de los siglos. El hispanismo contempla absorto su botadura, en pecio reflotado pero bandera propia, confiando no ver anegada su sentina por aguas insalubres. Nos va mucho en ello al mundo hispano. Entre tanto explaya, suspiro y sueño, la bufona ironía de sus gentes, con el  porfiriazo de siempre ¡Pobrecito México, tan lejos de Dios y tan cerca de los Estados Unidos! que vino a coincidir con el abandono del antihispanismo y anticlericalismo oficiales. Ocurría esto un siglo después del mutis español en América.

 

Lo que hoy se conoce como México, en su etéreo universo atemporal de gentes y culturas acopladas, ha colisionado contra dos de los pocos Imperios que en el mundo han sido. Como Imperios sensu estricto que eran, punzaron su esencia y haberes. España lo hizo para construir nación, ensamblando en su matriz europea razas y culturas dispares, que cuadraron ciertas aristas, mientras aguzábanse otras. Durante tres siglos de su tiempo, intentó y logró en gran parte encolarlas a su propia alma, mediante la magia virreinal. Los EEUU, segundos en el suyo, solo alcanzaron a succionarle una mitad geográfica, sobre la que esculpieron nuevos estados de linaje ajeno. Su penetración neoimperial es en ellos tan directa y profunda como la anterior lo fuera, y notorio el camino recorrido en la marcha hacia su nueva meta de identidad nacional. Difícil situación la del México esencial de siempre, frontera del expansionismo físico y moral de otra estirpe que lleva en su ADN el sello de Imperio, a la vez que muro de contención de mestizos sureños que marchan al Norte para redimir políticas erradas durante dos siglos. Norte que, con rachas atemporaladas de su viento solano, agita la bandera que el mundo hispánico contempla como suya.  Sin olvidar el no vivir de Rubén Darío, que estas en los cielos del Parnaso Hispano, esencia y conciencia de un alma profética y temerosa, que sintiose aliviada tras su visceral alegato:

 

                                              Eres los Estados Unidos, eres el futuro invasor

                                              De la América ingenua que tiene sangre indígena

                                              Que aún reza a Jesucristo y aún habla en español

 

 

Figura 17: La Veracruz del México independiente. Lienzo de Rugendas

 
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Contexto Histórico de Portobelo – I

Colón en su cuarto viaje arribó a su bahía (noviembre de 1502) y le asignó el nombre que años después tomaría la ciudad. El buen resguardo, sus amplias aguas, su fondo de piedras para lastre, y la existencia de abundante madera, aguada cómoda y ensenada de bajo calado donde carenar navíos, llevó a Diego de Nicuesa a la sazón  Gobernador de Veragua y fundador de Nombre de Dios (1510), a intentar fijar en Portobelo otro enclave costero. Los belicosos nativos del momento le obligarían a desistir de su intención.

Al igual que en la costa cartagenera, los vientos estacionales dominantes en aquella latitud eran las brisas del NE durante la época seca (Diciembre a Mayo) y los vendavales del W-SW durante la época de lluvias (Junio-Noviembre). Frescos de mar cabrilleada los primeros, frecuentes turbonadas de viento y agua acompañados de mar crespa los segundos. Las corrientes marinas costeras variaban notablemente según  que de estación seca o húmeda se tratase, a causa del gran incremento de fluviales evacuadas desde el continente durante las lluvias. Pero dada la limitada evacuación de escorrentías pluviales acopiadas, los flujos y reflujos propios en la bahía de Portobelo apenas variaban estacionalmente, y sus mareas mantenían un tiro habitual de fácil acceso en toda época. El resguardo de navíos grandes encontraba su posición en la medianía del puerto, en tanto que las embarcaciones menores podían aproximarse a la orilla para anclar sobre fondo arenoso. Al NE de la bahía se abría la Caleta, ensenada muy propia y acomodada para carenar navíos y toda especie de embarcaciones, no solo por su fondo arenoso de cuatro brazas y media de calado, sino por estar abrigada de todo viento estacional u ocasional, abrazada por un cerco de colinas. En el fondo y al norte de la bahía, desembocaban arroyos de aguada conocidos como el Cascajal y el Chorrillo.

            Desde antes del avistamiento del Mar del Sur por Núñez de Balboa (1513), cuando su existencia era solo intuida por geógrafos y hombres de ciencia, Fernando el Católico había sugerido a Vicente Yáñez Pinzón correr la costa caribeña en pesquisa de algún paso atlántico hacia las Molucas, idea obsesiva que los reinos europeos  mantendrían por más de un siglo. Con el descubrimiento del gran océano del poniente, empezó a cuajar la idea alternativa de acceder a él mediante un camino terrestre capaz de sortear las escabrosidades del istmo. El propio Balboa había trazado una ruta transístmica de 60 km, que partiendo de Santa María la Antigua, ciudad por él fundada en el Darién, llegaba no sin grandes penalidades a la costa pacífica del Golfo de San Miguel. Transportó por ella a lomo de mulas e indios una flota de galeones despiezados, con los que desde la otra orilla, pretendía emprender la conquista de un mítico Imperio del Sur, noticia dada por sus caciques aliados: los mismos que le informaron del mar que habría de darle gloria. A la muerte del malogrado descubridor, sería Francisco Pizarro quien perseverase en la idea de explorar el sur continental, el fabuloso Pirú de tradición indígena. Los galeones de Balboa serían utilizados por Pedrarias Dávila, sucesor de Nicuesa en la gobernación de Veragua, para explorar hacia el norte la costa pacífica del istmo. Tampoco allí encontrarían paso interoceánico alguno con que informar al rey.

Figura 2: El Camino Real a Nombre de Dios. Grabado de época rescatado

 

Gaspar de Espinosa, fundador por orden de Pedrarias de la ciudad de Panamá (1519), núcleo occidental de enlace entre ambas costas del istmo, especulaba aquellos años con razonable magín sobre la posibilidad de abrir un canal interoceánico aprovechando el cauce del río  Chagres; idea que Carlos V llegaría a sopesar sin pasar a mayores al constatar la magnitud del proyecto (185 km de largo). El capitán Antonio Tello de Guzmán, quien fuera el descubridor del asentamiento aprobado por Pedrarias  como solar de la futura Panamá, era a su vez partidario de acometer otra ruta montaraz similar a la de Balboa, de mayor longitud  (100 km) pero mejor trazado y levedad en cotas de ascenso. Aún así, la ruta que partía de Nombre de Dios para concluir en el propio enclave panameño orillando el cauce del río Boquerón hasta las cumbres divisorias de las aguas, era áspera y dura. Sus 1,20 metros de anchura, bordeando barrancos y hendiendo resbalosas cumbres, con lluvias periódicas y sus barrizales, desplomes y arrastres, era una tortuosa senda donde la proverbial terquedad de las mulas rehusaba transitar sin el ocasional y sabio consejo del recio varapalo en sus costillas. No lo tengo yo por el mejor camino, ni tan breve… es muy áspero y de muchas sierras y cumbres muy dobladas, y de muchos valles y ríos y bravas montañas y espesísimas arboledas, y tan dificultoso de andar que sin mucho trabajo no se puede hacer…y es muy malo… el cual he yo andado dos veces a pie, opinaba de él Fernández de Oviedo. El propio historiador propone nueva ruta:  desde Panamá hasta el río Chagres hay cuatro leguas de buen camino, y que a muy buen placer le pueden andar carretas cargadas, porque aunque hay algunas subidas, son pequeñas, y (es toda ella) tierra desocupada de arboleda, y llanos, y todo lo más de estes (sic, modismo bable) cuatro leguas es raso, y llegadas las carretas al río se podría embarcar la especería en barcas y pinazas; el río sale a la mar del Norte cinco o seis leguas debajo del puerto del Nombre de Dios, y entra la mar a par de una isla pequeña que se llama isla de Bastimentos, que tiene muy buen puerto... Idea asumida por el nuevo gobernador Barrionuevo y apoyada por Gaspar de Espinosa convertido para entonces en influyente hombre de negocios, que proponen la ruta mixta esbozada por el historiador asturiano, que también compartirá el estudioso Fray Tomas de Berlanga obispo de Panamá (1536) y descubridor de las Galápagos. Se acomete la limpieza del río, retíranse palotales y árboles caídos entre la desembocadura y la intersección caminera que viene de Panamá, indicándose ambos límites planimétricos con sendas cruces. Se inicia por tierra el trazado del llamado  Camino de Cruces (1527), con su base granular compacta y su concertante empedrado carretero de 2.70 metros de ancho a lo largo de treinta km, capaz de ser recorrido por carromatos en 7 horas. Se construyen  Venta y Aduana en la barranca de Cruces, enlace de ambas vías seca y húmeda, que tomará en adelante el nombre de Venta de Cruces (1536). En la boca del Chagres, puntual paso de la vía húmeda fluvial a marina, se construye otra Aduana. Los edificios de Cruces cobijan mesón, bodega, galpones y aduana, en cuyos libros queda registrado el tránsito de mercancías. En la boca del río, otra Aduana comprueba también la carga estibada en los bongos, al pie del Castillo de San Lorenzo de Chagres (1535) y sus cañones, cobijo de embarcaciones, gentes y  mercancías. Entre ambas aduanas se intercalan una serie de fortines escalonados, como el Fuerte Gatún o el propio de Cruces, apoyo estratégico del transito de mercancías y hombres por la vena fluvial.

 

Figura 3: Los Caminos históricos del istmo

 

La nueva Vía Marítima entre la Boca del Chagres y Nombre de Dios cabotada por pataches y bergantines, atrajo pronto la rapacidad pirata, siempre al acecho de cualquier descuido táctico enemigo del que sacar provecho. Los primeros asaltos a  convoyes de esta vía se produjeron el año mismo de su puesta en servicio (1537), lo que obligó a repartir selectivamente los fardos entre el Camino Real  y el Camino de Cruces, según que de metales preciosos o mercancías comunes se tratase. El codicioso efecto llamada de las potencias enemigas sobre activos metálicos de la hacienda imperial española era evidente y crudo. Sobre todo para la emergente Inglaterra, con una Royal Navy carente todavía de infraestructura, y fiada su rapiña costera a una pléyade de privateers desparramados a comisión por el Caribe y sus islas. Entre ellos el joven Francis Drake, que pese a sus pretenciosas memorias, lo único fidedigno que sacaría de su primer ataque a Nombre de Dios (1572), seria dejar la plata peruana donde estaba, además de abandonar dieciocho cadáveres en la playa y conservar de por vida una bala de mosquete alojada en su pierna izquierda. Protegido por la orografía y vegetación salvajes del istmo, aunque demorase  doce días el penoso y lento avance de las recuas, era el camino interior más seguro que el ágil y cómodo trayecto mixto, vulnerable a la libre insidia enemiga durante las ocho o diez horas de su cabotaje costero. No obstante, el persistente Drake con el apoyo de 100 negros cimarrones contratados al efecto, ataca al grueso de reatas de mulas que siguen bajando por el Camino Real hacia la costa. Las refriegas con la milicia presidial le infieren numerosas bajas entre las que se cuentan los dos hermanos del propio privateer. El hugonote y cartógrafo francés Guillaume Le Testu,  adherido como piloto de altura con nave y hombres al empeño depredador, logrará capturar algunas reatas con más de 100.000 pesos de oro y 15 Tm de plata; pero su excesivo peso les obliga a enterrar una parte, a la espera de recuperarla en mejor ocasión. Los españoles contraatacan, recuperan parte del metal robado y capturan a Le Testu, que es ajusticiado en días siguientes. Pero no pueden evitar que Drake se escabulla con el crecido botín del francés, que a su arribada a Southampton catapultaría al firmamento inglés su imagen de gran corsario benefactor de la patria. Una de las bases del futuro Banco de Inglaterra según hubo de reconocer el propio Keynes cuatros siglos más tarde.

Figura 4: Escudo heráldico de Nombre de Dios

 

Desde el establecimiento de su Feria del Atlántico en 1544, la ciudad fundada por Nicuesa habíase convertido en núcleo obligado y maldito del tránsito de las mercancías y plata peruana, motores del comercio sevillano con Lima. La sofocante ciudad era por aquella segunda mitad del siglo XVI, un avispero de truhanes, prostitutas y malandrines, donde la salud languidecía y la violencia callejera era moneda corriente con riesgo de la propia vida: su existencia era una amenaza social; el tránsito por sus calles en horas nocturnas, un suicidio. Cueva de ladrones, sepultura de peregrinos, la llamaba Berlanga. No obstante ello, el poder del dinero manteníala en pie,  tornapuntada con plata peruana en medio de secuencias socio-sísmicas de toda laya que tambaleaban su equilibrio. Dada su significación económica, Pedrarias había aprobado el trazado caminero que uniría los mares que el istmo separaba. La apertura de una trocha inicial entre Nombre de Dios y Panamá, fue pronto convertida en camino empedrado, senda para hombres y mulas, suerte de calzada romana, vena áurica, nexo de  piélagos, que todo esto iba a representar para el comercio imperial la apertura de aquel sendero que orillaba escarpes, soslayaba ciénagas y remontaba crestas. De Sevilla habían llegado rejas, zapas, azadones, cedazos, picos, petos, pilones, palanquetas, palas, rastras, mazas, marrazos, hachas, junto a los acerados herrajes precisos para reparar o montar cualquier apero útil para el trazado caminero. Eran muchos los kilómetros, y tanto más los brazos que debían acometerlo en sus diversos tramos y época seca, para avanzar ostensiblemente hacia su conclusión. Animales de tiro y carga no faltaban, y madera para mangos y pisones tampoco: pero era la mano de obra india el talón de Aquiles de aquel empeño. Con grandes dificultades por lo poca que hay en estos reinos, y los más que van enferman… enfermedades y muerte que aún ni los negros pueden resistir… era un lamento asumido que atoraba el proyecto del camino. Negros cimarrones desertores de aquella mortífera apertura-trampa, comenzaron a establecerse en los solitarios esteros de la Bahía de Portobelo, camuflados del control presidial de Nombre de Dios, la insalubre ciudad ya sentenciada al abandono. Con este núcleo humano incipiente y la real orden de evacuar los últimos colonos de la ciudad de Nicuesa, Francisco Valverde y Mercado, factor y veedor de Nueva España, comisario-revisor de las obras de fortificación y acondicionamiento del nuevo enclave costero, funda en él la ciudad de San Felipe de Portobelo. Será nombrado Gobernador vitalicio de la plaza (1597-1644). A su muerte, la nueva ciudad del Atlántico va a ser gobernada por un Teniente General con mando en plaza y jurisdicción territorial anexa, dependiente del Gobernador Presidente de Panamá, autoridad máxima del istmo con sede en la ciudad del Pacífico.

Figura 5: Nombre de Dios, sede de la primera Feria del Atlántico

 

El progresivo abandono de Nombre de Dios, trae el medro poblacional de Panamá y Portobelo como puntos de acopio humano en el enlace interoceánico de España y Perú. Por orden de Felipe II (1584), la feria atlántica establecida en Nombre de Dios desde 40 años antes, se trasladaba a la Bahía de Portobelo cuyo rancherío iba pronto a consolidar su población. Comienza la fase constructiva de las fortificaciones de la bahía según proyecto del ingeniero real Battista Antonelli, que diseña también la variante del Camino Real desde Boquerón por El Bohío, junto a otras defensas alternas para la Boca de Chagres y la Barranca de Cruces. Antonelli había sido designado por el rey para examinar los puntos y costas de América donde convenga levantar fuertes y castillos. Su nombre y saga van a impregnar de un cierto sabor familiar a la ingeniería militar indiana del siglo que comienza. El inicial diseño del ingeniero real establecía un sistema de tres fuertes conocidos como San Jerónimo situado entre la playa y el puerto, quedando situados los otros dos, San Felipe Todofierro y Santiago La Gloria cada uno a un lado de la embocadura, para que su cruce de fuegos protegiera el acceso a la ciudad. Pero pronto aparecieron problemas de asentamiento y deslices de ladera en el escarpe sur, por lo que el castillo de Santiago hubo de ser remetido hacia la ciudad para fundarlo sobre buzamientos de roca consolidada. Se situó en una hondonada rodeada de quebradas y padrastros, presa fácil del enemigo en caso de que lograra desembarcar en la costa y ocupara los promontorios ubicados a sus espaldas, denuncia el nuevo alcalde mayor Vargas Machuca (1602) con palabras proféticas que habían de cumplirse andando el tiempo.Figura 6: El diseño de los Caminos

 
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Contexto Histórico de la Habana – I

         Colón en su primer viaje (1492) descubre la isla de Cuba << de la forma de una hoja de sauce >>, que denominará Juana en honor de la infanta de Castilla, pero no se detiene, y sigue su litoral al oeste navegando en pos de otras costas. Será la vecina isla de La Española quien, años después de haber consolidado algunos cientos de colonos peninsulares, aporte los primeros contingentes europeos  a la Gran Antilla, receptora final de una leyenda de la que Colón había sido crédulo partícipe, en un postrer jirón medieval inferido al estandarte renacentista. La Antilla era una mítica isla oceánica previa al decubrimiento de América, ya referenciada en cartogramas de 1424, que había culminado su carisma con el refrito geográfico de Toscanelli (1468) manejado por Colón. Se decía que en 1411 una carabela española había llegado a ella, pero no se tenía noticia fidedigna de esta arribada. También Portugal había emprendido sin éxito su búsqueda, sin tampoco hallarla. Este legado legendario influyó para nominar al archipiélago antillano en los cartogramas españoles con su nombre de leyenda.

El estado de cosas que se encuentran al llegar los primeros europeos nos ha sido narrada por su contemporáneo López de Gómara: << Estaba Cuba poblada de indios…andan desnudos, en cueros vivos hombres y mujeres…con liviana causa dejan a sus mujeres…el andar la mujer desnuda convida e incita a los hombres pronto… >>. Y en análoga circunstancia a la vivida por hombres y tierra de La Española, el cronista apostilla: <<Todos ellos se volvieron cristianos; murieron muchos de trabajo y hambre, muchos de viruelas, y muchos  pasaron a Nueva España cuando Cortés la ganó, y así no quedó casta dellos >>. En los primeros contactos con la tierra y sus hombres, aplican los castellanos su máxima renacentista: << quien no poblare no hará conquista, y no conquistando la tierra, no se convertirá su gente >>. Con esta hoja de ruta se comienza la conquista de Cuba, y como conquista en todo tiempo, será sangrienta. Los europeos vienen de una guerra secular en todas sus fronteras. Con ellos traen en sus flotantes castillos, caballos y perros, medios desconocidos para el asombrado indígena, que llegará a sentirse morir bajo los truenos del arcabuz que los mata de lejos. Pronto esos mismos perros que levantan como pieza de caza a todo indio mimetizado en la manigua, quedan perdidos por los montes, donde llegarán a criar en despoblado y tornarse tan << carniceros más que lobos, que hacen mucho daño en cabras y ovejas >> que los propios conquistadores, ahora establecidos como colonos, se organizarán en batidas para exterminarlos y defender los haberes de sus cabañas.

Diego Velázquez llega desde La Española como Adelantado (1511) con credenciales para su conquista y repoblación, otorgadas por Fernando el Católico a instancias del Gobernador Ovando. Le acompaña un grupo humano de colonos  que aportan ganados, semillas y animales domésticos, además de hombres de guerra  que contribuyen a la empresa con sus equipos, armas y monturas. Entre ellos vienen  Pánfilo de Narváez, futura cabeza militar de la conquista isleña, y Hernández de Córdoba, Grijalva y Hernán Cortés, que van a catapultar desde Cuba el descubrimiento de Yucatán y la conquista de México; junto a ellos, viene el dominico Bartolomé de las Casas, grande e ingénuo defensor de los derechos indígenas y  estrecho colaborador de Velázquez, que gestiona en España mediante personas influyentes el final de la encomienda al uso. Una vez conseguida su total libertad, se tornarán pacíficos los indios, dejarán de sublevarse, tainos y siboneyes perderán el perenne hervor de rebeldía indígena de los primeros tiempos. En este contexto funda el Adelantado la villa de San Cristóbal de la Habana (1515) en la costa sur de la isla, que por su insalubridad y peligrosa navegación entre bajíos será trasladada (1519) a una cercana bahía más al norte.

En la bocana de esta bahía conocida como Puerto de la Carena, elige el Adelantado el lugar para trazar el nuevo damero ciudadano, junto al abrigado playote en que reparara sus naves Sebastián de Ocampo (1508), experto bojador antillano, compañero de Colón en su 2º viaje. Allí había dado con sus dos carabelas, anegadas las sentinas por la broma y las vias de agua de fortuitas encalladas, cuando en arriesgada navegación costera, averiguaba por orden del Gobernador Ovando si Cuba era o no una isla que pudiera ser colonizada de cristianos. Y en ella había encontrado varadero de fortuna de placentera arena y manantiales de asfalto, donde poder carenar aquellos maltrechos cascos, que con la pleamar debería reflotar de nuevo. Once años más tarde Velazquez refunda allí la villa que en sus comienzos va a depender oscuramente de Santiago de Cuba, la capital isleña cuyo joven y carismático alcalde Hernán Cortés, sería el futuro conquistador del Imperio azteca. Bajo el  copudo parasol de una ceiba caribeña, y según inveterada usanza castellana, se solemniza la fundación con misa y te deum. Entrega Velazquez al electo Cabildo, con sus dos alcaldes ordinarios y tres regidores, la guarda y custodia de los Fueros y Privilegios de la Villa que han de legar a la posteridad la validez del consuetudinario acto. Terminado el trámite con el levantamiento del Acta Fundacional, quedan allí registrados sorteo y Amparos Reales o lotes de tierra asignados a las 37 familias fundadoras del vecindario. Vendrá luego el trazado de calles  << a regla y cordel >> y la construcción por negros e indios cautivos de la pajiza iglesia y el fuerte, sólida empalizada de troncos cercada de escarpe y zanja, cobijo del vecindario frente a posibles algaras indias. Será el futuro núcleo integrador ciudadano, que junto a su caserío ardería bajo flechas incendiarias en más de una ocasión. En las afueras quedaba instalado el encomendado poblado indígena o << república de indios >> con plaza propia, agua y tierras comunales, su cacique y alguaciles: suministro asequible de mano de obra, que en 1552 alcanzaría, total libertad de establecimiento y circulación. El fundador de La Habana había tomado prestado el topónimo siboney “jhabana,” la castellana “sabana”, que junto a San Cristóbal patrono de peregrinos y marineros, iba a constituir santo y seña de la nueva villa de cristianos. Ennoblecida con un te deum laudamus, celebrado bajo frondosa ceiba que devino enjuta y seca 235 años más tarde, serìa para siempre recordado el laudo por un monolito de piedra  (1754) levantado en el sitio.

A partir de 1543, el entramado administrativo del Imperio iba a estructurar un sistema de flota anual que parte desde Sevilla para ultramar con textiles, herrajes, aperos, pólvora, pertrechos. Desde 1521 el comercio entre el Caribe y España era obligado realizarlo con naves desplegadas en conserva, y un escuadrón protector contra corsarios franceses¸ más tarde llamado Escuadra de Averías por ser financiado por los propios mercaderes que comercian en ultramar mediante un impuesto llamado Avería. Al acceder al Caribe la llamada Flota de Indias, se dividía en dos, una con dirección a  Veracruz y  otra a Cartagena y Nombre de Dios, que irán desglosando naves en diferentes puertos del derrotero. El arribo de estas naves, generaba ferias y festejos locales en los puertos de destino, donde se concertaba buen número de embarcaciones menores que distribuían hacia otros enclaves los preciados cargamentos traídos de España. Finalizadas las ferias locales y estibadas las naves con cueros, cecinas, ganados, maderas, sebos, ceras y otros productos de la tierra además del impuesto o Quinto Real, concurrían ambas flotas concentradas de nuevo en La Habana, donde se les incorporaba la nao capitana para marcar avante el rumbo de regreso a Sevilla.

Este incipiente comercio transoceánico iba a despertar pronto envidias y felonías sin cuento entre colonos clandestinos y navegantes advenedizos que van enrocándose en la generosa pléyade de minúsculas islas caribeñas potenciados por el rencor francés. Francisco I de Francia, enemigo declarado del Emperador Carlos V y antiguo competidor de su cetro, concede patente de corso a sus marinos frente al monarca español, en una frontal actitud contra la salomónica Bula del Papa Alejandro VI, que había repartido el globo terráqueo entre Portugal y España. Se siente despojado de su opción americana y alega que le enseñen la clausula del testamento de  << nuestro padre Adán >> donde se dice que ha de repartir su herencia entre castellanos y portugueses excluyendo a todos sus demás hijos. Decide por ello tomar parte como outsider del festín americano, medio siglo antes que otro competidor inglés, fundador de la Royal Navy, hubiera logrado que sus pilotos se internasen hacia el oeste más allá de las islas Scilly.

En este contexto bélico germina poco a poco un submundo de rapiña, asaltos y muerte. El hugonote francés Robert Ball (1543) toma La Habana y cobra un rescate por no incendiarla, pero se lleva las campanas de su parroquia.  Su lugarteniente Jacques Sorel (1555), guiado por un piloto portugués arrasa la abandonada villa. Con más de 200 forbantes, profana altares destruye las plantaciones vecinas y ejecuta a cuanto esclavo halla al paso. Solo su Hospital de piedra aguantará en pie, como mudo  testigo de esta segunda << destrucción de Troya >>. Apenas logra el pirata reunir rescate digno de tal nombre, y busca por los montes cercanos a los desarmados fugitivos. Una contraofensiva vecinal de 40 colonos blancos, acompañados por unos 100 indios y otros tantos negros apenas armados con piedras y estacas, logra cobrarse algunas víctimas, pero su impotencia les hace desistir del empeño. Cuando el francés se retira, deja la ciudad en llamas. Hasta ahora, cuando los hugonotes aparecían en su costa, blancos, negros e indios se reunían para defender lo que ya consideraban su tierra, por haberse acostumbrado sobre ella a vivir juntos. Era una lección bien aprendida: en adelante se aprestarán en su defensa, además de las guarniciones, los estancieros y los comerciantes, indios y esclavos negros, incluso ocasionales viajeros de Indias que transiten su puerto hacia otros destinos.

 
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Contexto Histórico de Puerto Rico – III

En 1595 Francis Drake, John Hawkins y Thomas Baskerville con 28 naves, 1500 marinos y 3000 soldados de tierra, salen de Plymouth, núcleo de su sindicato corsario, rumbo al Caribe. Vienen  “de negocios”. Su inoportuna aguada en las Canarias pone sobre aviso a la caballería de la costa, una de cuyas patrullas embosca y captura la tripulación de un bote. Por ella conocen que la Flota se dirige al Caribe. De Canarias salen apresuradamente pataches de aviso rumbo a España y Puerto Rico – La Habana. Apenas unas semanas mas tarde, parten a su vez de Cádiz cinco modernas fragatas, pequeñas pero fuertemente artilladas, muy marineras y rápidas, que alcanzan a los rezagados de la flota inglesa a la altura de Guadalupe. Con la vieja táctica de todo descuidero naval, capturan una de las naves e interrogan a sus hombres. Por ellos conocen el peligro que se  cierne sobre Puerto Rico. Saben los ingleses que la nao capitana de la Flota de Tierra Firme ha entrado en aquel puerto de arribada forzosa. Desgajado de su troncal Armada tras correr un temporal, el maltrecho galeón Nuestra Señora de Begoña, ha entrado en puerto con tres millones de pesos en su bodega. Fabulosa presa en puerto desprevenido para consumados depredadores como Drake y Hawkins. La alarma cunde en las Antillas, y la Capitanía General de Puerto Rico, ignorante de la ayuda peninsular en curso, se apresta  a defender la plata del Quinto Real. Solo cuenta con veinte cañones, 400 soldados, 300 vecinos armados, los 300 hombres del galeón averiado, algunas naves obsoletas y una muralla en construcción. Cuando arriban inopinadamente las fragatas reales con su ondeante cruz de Borgoña, eclosiona el optimismo entre los defensores. Hunden en la bocana el galeón averiado junto a varios buques viejos que yacían anclados en su dársena. Fondean acoderadas en línea las fragatas para poder batir con series de andanadas la bocana de la bahía. Y esperan. Dos semanas después aparece la armada inglesa, que va a ser debidamente recibida por las baterías de costa. Un certero disparo  impacta la nave de Drake, que sale ileso, pero mata a los dos capitanes que a bordo con él preparan la escaramuza. Maniobra la flota para quedar a resguardo de los cañones costeros, y llegada la noche, sus hombres largan barcazas y botes al agua. En el sigilo y la oscuridad llegan a las fragatas y las prenden fuego. Arden dos, pero las tres restantes logran sus hombres salvarlas, no sin pérdidas humanas. El resplandor del incendio descubre la posición de las barcazas inglesas que reman de vuelta a sus barcos: serán acribilladas por fuego cruzado de cañones, arcabuces y mosquetes. Drake se retira dejando atrás 400 muertos la primera noche. Intentará sucesivos desembarcos sin éxito. Definitivamente leva anclas días después y se pierde mar adentro. Durante el asedio ha muerto Hawkins por enfermedad. Drake no regresará más; el Quinto Real se ha salvado. Persuadido de la insuperable dificultad del asedio, emprende ruta hacia la Habana y Tierra Firme.  Pero su buena estrella que tantos años le había alumbrado, llega ahora a su fin. Drake muere de disentería en Portobelo. Baskerville regresará a Plymouth un año después. Tras dura retirada, enfermo y sin víveres, al mando de ocho naves de hambrientos, llega a puerto con los sobrevivientes de la última aventura comanditaria de Drake y Hawkins.

Quien si viene a San Juan es su compatriota George Clifford, Conde de Cumberland, dispuesto a convertirla en un fortificado bastión británico. Tres años después (1598), con una armada de 21 barcos, intenta una invasión fallida de la isla, aunque logra saquear la ciudad, de donde es finalmente rechazado. Sí logra, en cambio, capturar la ciudad pero no rendir su castillo, una flota holandesa al mando de  Boudewijn Hendriksz (1625), en el mayor desastre sufrido jamás por esta capitanía. El sanguinario corsario, que viene con idea de quedarse y expulsar a los españoles, no quiere prisioneros que a la postre puedan constituir un enojoso sustrato quintacolumnista. Como es fama que desde antaño actúan sus compatriotas, degüella y asesina ciudadanos a medida que los sorprenden ocultos en recovecos y escondrijos; si encuentra heridos, los remata: no hay clemencia. La desaforada ralea todo lo escudriña y saquea, destruye o roba. Incendia la catedral, arrasa la gran biblioteca episcopal, joya inapreciable de la Capitanía, único paliativo a su sed destructora. Pero el gobernador no capitula. El holandés retira la flota invasora sin haber conseguido rendir la Fortaleza del Morro, dejando tras de sí la desolación de su rabia en forma de tierra quemada. Este desastre puertorriqueño potenciará nuevamente la fortificación de San Juan (1634), que completa su cerco murado con nuevos bastiones perimetrales escalonados y una Puerta de Tierra constituida por el fuerte San Cristóbal dotado de bastiones, foso, contraescarpe y puente levadizo de media luna: la Capitanía no debe ser nuevamente sorprendida por tropas enemigas venidas desde el este por tierra. La ciudad tras el desastre holandés se rehace lentamente; medio siglo después cuenta ya con una población de 5000 habitantes.

Otras gentes en busca de libertad, llegan a San Juan sobre precarias embarcaciones toscamente armadas cuando no robadas, desde las plantaciones de las Pequeñas Antillas, ocupadas por franceses, ingleses, holandeses y daneses a partir de 1625. Negros cimarrones  que huyen de una esclavitud irredenta, son manumitidos por el Gobernador de Puerto Rico en nombre del Rey de España e Indias. “No parece decoroso que el Rey reduzca a esclavitud a gentes que se acogen a su amparo”, argumenta en defensa de su actitud, en conflicto con la Real Hacienda y los pingües beneficios que le aporta la trata de esclavos. Pero el criterio del Gobernador se impone para beneficio de cientos de evadidos cimarrones ahora libres, que van a sedimentar con su impronta la vida puertorriqueña. Más tarde se perfeccionará por Real Orden el procedimiento de acogida. Deberán los fugitivos de color asumir la fe católica, bautizarse y jurar servir fielmente a la Corona. La construcción masiva de las murallas necesita brazos, y los nuevos que llegan son bienvenidos para incorporarlos al trabajo de la ciudad y los campos como súbditos libres asalariados. A los varones, se les proporciona material de construcción para su bohío, tierra y aperos para labrarla. Dispone el Gobernador que estos libertos formen colonia a parte, extramuros del recinto urbano. Son gentes pacientes, trabajadoras, personalmente aseadas y muy leales a la bandera que les acoge. Se casan entre sí y constituyen familias de numerosa prole. Se les organiza militarmente en partidas según procedencia, e instruye en el ejercicio de la guerra y el uso de los cañones. Más allá de la Puerta de Tierra y sus escarpes y fosos, empieza a cristalizar una doble hilera de bohíos que serpea junto al camino de salida. El rancherío viviría del cultivo de hortalizas que vende en el mercado de San Juan hasta el año de 1780 en que fue barrido por un huracán y sus negros dispersados.

Los Franciscanos, luego de ver martirizados por  caribes a cinco de sus frailes tras el incendio del cenobio de La Aguada, han abandonado esta población y empiezan a construir en San Juan (1634-42) un hermoso conjunto de convento e iglesia conventual. No han ido a Puerto Rico solo para ser mártires, sino además pastores de almas. La nueva construcción se convertiría en  residencia transitoria para los frailes que vendrán a misionar las  Américas, tras morar temporalmente en esta sede episcopal. Por ella también pasará en 1749 Fray Junípero Serra, el apóstol de las Californias. Las consecuencias de la nefasta desamortización del ministro Mendizábal (3ª década del S.XIX) en la metrópoli, propiciaría la demolición de estos edificios abandonados ya a finales de dicho siglo.

En 1678 una flota inglesa bajo el mando del Conde d´Estrees que pone cerco a San Juan, es dispersada por un huracán, cuya gestación y desarrollo estaba siendo estudiado y seguido desde el Observatorio de La Habana, regido por jesuitas. Mas tarde estas experiencias sobre gestación y decurso de los huracanes caribeños serán llevadas a Puerto Rico, donde ya existía una arraigada observación natural de estos fenómenos por el pueblo taino. El comportamiento anómalo de los animales, los halos lunares y el olor característico del mar previos al fenómeno, hoy plenamente incorporados con nuevos aportes atmosféricos a la predicción mundial de sismos, empiezan a ser ya seriamente considerados en todo vaticinio de huracán caribeño. El propio Colón había observado en los delfines que “van huyendo por la superficie del mar hacia la orilla” una señal de cercana tempestad. Desde el Observatorio del Colegio de Jesuitas de Santurce se llevará a cabo un riguroso estudio de los fenómenos atmosféricos presentes en la confluencia estratégica Atlántico – Caribe, hasta su expulsión de Puerto Rico bajo Real Decreto de Carlos III.

En 1797 el Almirante Ralph Abercromby al mando de 64 naves y 7000 hombres intentará un nuevo asalto inglés a San Juan, pero es repelido por su guarnición. Esta vez colaboran al unísono otras poblaciones y ciudades  de la Isla, enviando hombres y pertrechos. Bien organizados por su Gobernador en compañías de morenos autóctonos, negros cimarrones acogidos de las antillas menores, indígenas tainos, artilleros e infantes de la Guarnición de Asiento, junto a los vecinos armados que por tradición siempre responden ante circunstanciales peligros, presenta la ciudad una defensa compacta, que se multiplicará por las playas extramuros y baluartes costeros en pugnaces partidas a caballo con base en las haciendas, que atacan al inglés y desaparecen. Dos semanas durará el asedio, tras el cual levanta la escuadra el cerco y se hace a la vela hacia otras costas. Abercromby justificará ante la Royal Navy su fracaso, aduciendo la inutilidad del asedio a “un enemigo bien preparado, protegido por sólidas murallas y poderosamente armado.”

Tras la Ilustración, el siglo XIX verá consolidar un notable crecimiento poblacional de la isla y su ciudad capital, triplicado en apenas el último medio siglo. Los hatos realengos que rodean el camino de tierra de San Juan, empiezan a ser retomados y demolidos por la Corona para usufructuarlos o adjudicarlos a los emigrantes católicos irlandeses y franceses que van llegando a Puerto Rico al hilo de la nueva situación internacional imperante. Huyen los primeros de la inseguridad que en las antillas menores ha traído la guerra de independencia norteamericana; con ellos llegan nuevos impulso y capital para el cultivo de la caña. Lo hacen los segundos a causa de la cesión de La Luisiana, o de la revolución de Haití y las matanzas de hacendados blancos que los esclavos  alzados, perpetran en esta parte de La Española. Aportan, además de valiosos contactos comerciales, hacienda y esclavos francoparlantes fieles, que con sus amos deciden proseguir aquí su tradicional industria del azúcar y el café, mientras se hunde el hasta ahora competidor mercado haitiano que atrás dejan. Pero llegan también a Cuba y Puerto Rico españoles y criollos de elevado poder adquisitivo y social que se alejan del caldo de cultivo preindependentista que palpita en el mundo continental novohispano; vienen a invertir sus haberes en esta su nueva tierra de adopción. Liberalizado el comercio durante el reinado de Carlos III (1765), se crea con las inversiones de los recién llegados y sus parientes peninsulares la Real Compañía Barcelonesa de Montserrat,  que acapararía un elevado porcentaje de las mercancías que iban a fluir de o hacia la isla, con nuevos puertos peninsulares autorizados para el contacto, pero también desde y hacia otras naciones y colonias.

Muchos de los ingenios azucareros trabajados durante generaciones por afroamericanos  libertos o no, pero tradicional mano de obra para las plantaciones de caña de azúcar y sus derivados, sobre todo tras la abolición de la esclavitud, iban a engendrar en su derredor verdaderas unidades sociales que bajo forma de poblados o rancheríos animistas, capilla medular incluida, cristalizarían mas tarde en forma de pueblos diseminados por resguardos y laderas estratégicas del paisaje, característicos del agro caribeño.

Hoy el San Juan histórico, conocido familiarmente como “el viejo San Juan”, es uno de los Patrimonios de la Humanidad, y representa una rica muestra del hecho cultural español en América. Decano sin duda, en el algoritmo cultural norteño que actualmente conocemos como Estados Unidos de América.