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Contexto Histórico de Panamá – III

Mucha fue la labor desarrollada por los frailes dominicos en su afán de aclimatar sembrados y plantíos en el istmo, desde el plátano dominico de Canarias hasta el tomate de los incas. Ellos entregaban al indígena todo tipo de cultivo exógeno, legumbres, frutales, tubérculos, y le mostraba cómo hacían medrar aquellas especies en sus huertos conventuales. En medio del bagaje de frailes trotaconventos, so  pretexto de  que con estas nuevas del descubrimiento (del Perú) pasan (por aquí) muchos eclesiásticos, trasplantaron naranjos, limoneros, granados, melones, sandías, calabazas, perejil, puerros, cebollas, habas, que habían de aportar riqueza alimentaria a sus gentes para combatir las hambrunas tanto de autóctonos como de arraigados.  Y sobre todos ellos, quedó en la memoria colectiva del indio panameño, la figura del obispo Fray Tomás de Berlanga (1530-45), hijo de familia castellana labradora, conocedor y gran valedor del huerto familiar o conuco como motor indígena de la economía agraria de los pueblos o repúblicas de indios.  Por aquellos años – nos dirá el propio obispo –  se introdujo la cría de ganado vacuno, caballar, asnal, de cerda y cabrío; las aves de corral como gallinas, pavos, gansos, las palomas llamadas de Castilla, y otros animales como gatos y perros, que venían a cerrar el círculo agroalimentario posible para la Castilla del Oroque él soñaba. La ganadería,  por ser la tierra espaciosa y beneficiada grandemente de agua y pastos,  había cristalizado a principio del siglo XVII con 53.500 cabezas de ganado repartidas en 52 hatos. Fernández de Oviedo estimaba en su relación histórica, que el Quinto Real de los yacimientos de perlas ascendía a 15.000 ducados anuales. Los núcleos auríferos,  a la baja durante el siglo, aún conservaban importantes réditos en las minas y ciertos cauces fluviales de Veragua. Y los aserraderos de maderas preciosas  donde se asierran tablas y tablones y otros maderos que se navegan a Lima, la Ciudad de los Reyes, celosa guardiana de las espléndidas balconadas y miradores labrados de sus mansiones capitalinas.  Los aserraderos que hay en esta provincia son los mejores y mayores que hay en la costa del Mar del Sur, sentencia el correcaminos e historiador carmelita Vázquez de Espinosa en su documentada descripción de las Indias occidentales (1612), haciéndose eco de las suntuosas casas de habitación que había contemplado en Panamá.

Fuera de las ferias, el siempre concurrido Pericoacogía en cualquier época al menos una decena de barcos mayores, provenientes de Nicaragua y Guatemala, incluso algún otro del Perú, además de otros costaneros que ejercían el cabotaje por las costas de Veragua y Chiquiriquí. Ellos prolongaban con su cotidianeidad el quehacer de aquel mundo de muleros y bogas que daban vida al puerto, a la vez que generaban otro sumando impositivo para la economía contributiva en aras de la deseable autosuficiencia presupuestaria que la Audiencia precisaba. Por otra parte, el comercio propio de la ciudad de Panamá con otros puertos del Mar del Sur, daba para mantener en rada propia unos diez grandes navíos, el mayor de 500 toneladas (toneles castellanos), lo que no era infraestructura baladí para expandir la producción panameña de cueros, cecinas y maderas por las costas del sur.

No fue menos importante la labor desarrollada por los jesuitas, eternos ocupados en el saber aplicados al alma y la ciencia. La Compañía abre las primeras clases de Gramática y crea las cátedras de Filosofía, y Teología Moral, reconocidas mas tarde con el rango de Universidad S. Javier, a fin de dotar de estudios superiores a la ciudad de Panamá (1565) y ahorrar a sus vecinos el ir a Lima para graduarse en los altos saberes de la época. Esto resultaba impensable por aquellos días en otras dependencias europeas de América que no fueran las españolas, adelantándose en casi tres cuartos de siglo a la Harvard pionera de habla inglesa. Ahora precisamente que la hecatombe del Bloody Henry iba a cernirse implacable sobre la ciudad.

                    Figura 7: Portulano de Ciudad de Panamá Vieja (dibujo del autor)

España e Inglaterra  junto a otros reinos europeos acababan de firmar un pacto para poner fin a la piratería. Existía en el Caribe un submundo de aventureros de toda calaña y nación, enjambre portuario de forajidos, estibadores, vagabundos y descuideros, pasto de tabernas y prostitutas, carne de horca analfabeta y embrutecida con base en la afrancesada Tortuga o la inglesa Jamaica, dos preciosos ejemplares del todo vale desbridado, en una supuesta economía de mercado. La primera isla, había sido arrasada varias veces por flotas españolas, la segunda, era ya reconocida por España como posesión inglesa de facto, pese a que los antiguos braceros de los colonos hispanos seguían hostigando desde las montañas a los ocupantes británicos. La tropa de filibusteros asentada en Jamaica y otras antillas menores, impedían y crispaban el tráfico fluido de las mercancías, con el consiguiente perjuicio para el comercio de las principales economías emergentes. Los autónomos habían invadido el mercado. Con la nueva medida adoptada, no pocos piratas incursionarían en tierra para ocupar áreas despobladas, y dedicarse a la explotación de maderas preciosas o la ganadería extensiva. Pero la caterva de lumpen antillano activo, había sido por aquellos años ahormada en disciplina y cohesión por Henry Morgan, personaje de consolidado prestigio en este submundo a partir de la toma de Portobelo unos años antes. Con inapelable autoridad logra reunir 38 naves y 2.000 hombres en las islas deBoca del Toro con ánimo de saquear la ciudad de Panamá (1671). Y espera durante la época de vendavales la confluencia de nuevos forbantes que quieran adherirse a su empresa panameña. Allí habitan indios bravos enemigos de los españoles, que truecan con el bucanero que llegue carne de tortuga por manufactura europea, circunstancia que la gente de Morgan aprovecha para arranchar bodegas.  Este sustrato de gentes sin patria, mayormente anglófonos inmersos en un universo de lengua vehicular española, jugadores de ventaja y riesgo mínimo, jactanciosos eternos de la nada rapiñada y el estupro, saqueadores de puertos desguarnecidos, haciendas costaneras  o solitarias naves merchantas, llamados eufemísticamente perros o carroñeros del mar, eran una suerte de escoria humana, instintiva y desalmada, expelida por las cloacas de los nuevorricos puertos caribeños. En este contexto, siete flotas piratas  capitaneadas por el capitán desertor Joseph Bradley, el renegado curazoleño Jan Reyning, hermano costeñode Isla de Pinos, y el holandés Rock el Brasiliano, el atroz torturador que asaba vivos a los colonos para oírles informar de nuevos hatos donde cuatrear, van a confluir en Boca del Toro para la campaña convenida.Bradley con 5 buques y 400 hombres ataca por su lado de tierra el Castillo de San Lorenzo, centinela costero del río Chagres, por cuya embocadura piensan penetrar al istmo. Tras una lucha a muerte con los desembarcados en la que perecen los 250 soldados de la guarnición española junto a Bradley y la mayoría de asaltantes,  queda el camino del río expedito, y el fuerte en llamas.  Sabe Morgan que los alzados indios del istmo, son fiables baquianos para toda hueste que arribe a sus costas bajo cualquier bandera que no sea la imperial Cruz de Borgoña, roja sobre campo blanco, de las armas reales. Guiados por sus caciques río Chagresarriba, los 37 bongos y chalanas de Morgan atoados, a percha o a remo, aprovechan las contracorrientes arremolinadas de orilla para remontar su potente flujo de madre. Sus expertos brazos depositarían estas gentes de guerra en Cruces, a 30 km de Panamá. Todavía de noche, avanzarán hacia la capital con interrupciones esporádicas, producidas por algunas partidas de indios flecheros leales o estancieros emboscados, que tratan de entorpecer y debilitar con armas ligeras el encontronazo fatal.

Morgan ha dejado la flota que comanda, guarnecida en la costa atlántica con dos capitanes y marinería de retén, en previsión de un posible ataque naval que malicia por retaguardia pero que nunca llegaría a producirse. Las guarniciones de Panamá y sus partidas voluntarias, conocen la sanguinaria ralea que se aproxima y su visceral salvajismo. O morir o vencer ha  proclamado entre sus filas el Capitán General Juan Pérez de Guzmán, perfecto conocedor del viejo enemigo jamaicano, el bloody Henry de la sin cuartel bandera bermeja, el rematador de heridos en Portobelo y Maracaibo, el degollador del enemigo inerme torturado a muerte para sacarle riquezas ocultas, el descuartizador del alcaide portobeleño a ojos de esposa e hijos, el azuzador del cobro en especias y sexo violento de sus machos alfa sobre bienes y hembras sometidas, no importa si púberes. A ello se encaran los 1200 defensores de a pie y 200 de caballería del heterogéneo conglomerado de peninsulares, criollos, negros, mulatos, mestizos e indios, que con la suelta previa de una manada de toros bravos, pretende sorprender sin éxito la avanzadilla enemiga que se aproxima al Puente del Rey por el Camino de Cruces. Las primeras descargas de fusilería ponen en fuga a la manada de reses, que sin control ni dirección, huye a campo abierto traspasando sin efecto las cuadrillas invasoras. Una táctica que fuera exitosa en Jamaica años antes contra el invasor inglés, fracasaba ahora frustrando las esperanzas de Pérez de Guzmán. Pronto comprueban los defensores que un nuevo tropel de asaltantes se aproxima al Puente del Matadero por elCamino Real, en una operación tenaza que ciñe el campo libre de los suburbios  Pierdevidas y Malambo: un torniquete yugulador del casco urbano, que constriñe a sus defensores contra el mar.

Una ensordecedora traca de fusilería se entabla frente a la mesnada filibustera. Las partidas de voluntarios en una acción nerviosa, sin dominio de la cadencia propia que todo soldado profesional sabe espaciar entre un disparo y su siguiente, agotan tempranamente sus municiones en una suerte de salva inicial de cohetería festiva. Conocido espectáculo con armas de fuego en manos bisoñas, que causan más estragos con su fuego amigo desde retaguardia, que el enemigo de la vanguardia. Y acabada la munición, solo queda la huída. Tras la descarga comienzan los defensores a batirse en retirada hacia el casco urbano. La caballería, en el terreno embarrado de los suburbios, se bate con valor; conscientes de su vacío vital sin futuro, van cayendo uno tras otro. En el campo dejan más de 600 bajas abandonadas a la barbarie atacante que cercena miembros apenas vislumbrado en ellos el mínimo fulgor áureo que arrebatar. Una a una será ocupada cada calle, abatidos los defensores en ventanas, quicios, guardillas y espadañas donde se apuestan para montar su arma y dispararla. Antes de llegar la noche Panamá había caído. Lo que siguió fue el más atávico desenfreno en busca de esas joyas, vajillas, cuberterías, objetos de valor cualquiera que nunca asomarían por parte alguna, salvo en la obsesiva mente del predador. Tiempo ha que los avisados panameños habíanlos  embarcado en el galeón Trinidad rumbo al Perú, en compañía de vasos y ornamentos sacros, cuidados por monjas, algunos frailes y señoras que el gobernador mandaba al buen recaudo sureño. En la situación que se avecinaba, quien no pudiera o debiera embarcarse, sabía que había de luchar hasta el fin, y para los desesperados defensores de la plaza, muchas valientes mujeres negras entre ellos, aquel fin había llegado.

La inexistencia de botín  a la vista, iba a exasperar la ira de los salteadores, que acabarían poniendo fuego a los templos donde esperaban encontrar algo que ya no estaba. En la ciudad nada queda que pueda ensoñar las ansias de riqueza de aquella horda primaria. La irritada chusma rastrea templo a templo, convento a convento, casa por casa: todo está vacío. No hay monjas, no hay vasos sagrados, no hay ajuares, no hay barcos en el puerto, no hay dineros, no hay nada. Todo ha sido previamente vaciado, y debe sin duda haberse ocultado en los cerros, en la sabana, en los hatos, en las islas de la bahía. Solo las soldadas del Fuerte de la Navidad y los pagos en metálico de la Aduana y Casas Reales, aportan fiducia al saqueo. En cuadrillas por montes e islas cercanas buscan fugitivos que torturar para arrancarles el secreto de sus haberes ocultos. Los infelices capturados que logran sobrevivir, habrán de pagar entre torturas y vejaciones un sangriento rescate por sus vidas. Las pocas indias comarcanas sorprendidas en los contornos, son violadas por turno hasta la muerte de muchas de ellas. Yo no he venido aquí para oír ruegos, sino que vine a buscar dinero, responderá bloody Henry a la súplica desesperada de algunas féminas. A los pocos días, con 175 mulas cargadas de enseres, Morgan abandona la renegrida y humeante Panamá. Nada perdona su rapaz apetencia, desde bargueños de nácar y marfil a jarrones de porcelana china, desde lámparas de bronce y cristal hasta sillas de caoba y cuero excluidas de la nao fugitiva, desde jubones acuchillados de forro contrastado hasta chambergos y monteras de fieltro o terciopelo. Eso si, todo vale, bien coloreado con palo de Campeche. Lo que no puede o no quiere llevarse, lo destruye: como la biblioteca del gobernador y los archivos reales, como los libros del obispo. Se lleva 600 prisioneros, no importa si negros o blancos. Unos como esclavos, otros como garantía del cobro de rescates. En la aduana de Cruces encierra a sus rehenes por tres días, plazo concedido para que quien pueda pagar, pague; quien no lo haga será vendido en Jamaica. Entre tanto, las chatas van descendiendo río abajo con los enseres acarreados por las mulas, y llegado el plazo fatídico, embarca las cuerdas de presos sin rescate pagado. Antes de zarpar las naves hacia su guarida antillana, sería repartido el botín: su monto solo alcanza a 200 pelucones de plata por filibustero, una irrisoria cantidad después de tres meses de fatigas. Los desmanes y peleas que siguieron al magro reparto, es tema de los psicólogos que se han detenido a tratarlo.

Figura 8: Aportación cultural galardonada con titulo de Sir por His Most Gracious Majesty Britannic

Será inútil que el Capitán General reúna su desbandada hueste para acosar al pirata, que se hace sin más a la vela rumbo a Port Royal. En el núcleo urbano santiaguino nombrado Spanish Town aguárdale su mansión, que pese a los cólicos geológicos isleños, seguiría conservando sus espléndidos edificios hasta el terremoto de 1790. Nunca los soñara igual otro colono europeo, como este británico que acababa de destruir sus homónimos de Panamá. Cuando Morgan aporta en Jamaica, el gobernador de la Isla  le detiene y lo envía a Londres. La nueva política europea de pactos contra la piratería, el  Tratado América, ha hecho que la diplomacia española en la capital inglesa sea escuchada en su reclamo contra la inveterada barbarie anglófona. Pero amparado en su precaria salud, bloody Henry no sería procesado. Sotto voce, a espaldas del embajador español, iba a ser ennoblecido por Su Graciosísima Majestad Británica con el título de Sir. Nuevo guiño cavernario de la reiterada impostura inglesa, harto difícil de justificar históricamente. Un nuevo suma y sigue iniciado por otro Bloody Henry, doctorado cum laude en decapitar a las reinas consortes. En contrapartida, el gobernador presidente y capitán general español Pérez de Guzmán, tras un Juicio de Residencia, es encarcelado temporalmente por orden del Virrey en Lima, aunque sea posteriormente absuelto. De regreso a Madrid, moriría en el ostracismo y la melancolía tres años después.

                     Figura 9: Fundaciones históricas de la Ciudad de Panamá

¡Panamá Vieja reducida a escombros! Solo queda el suburbio de los negros muleros y algún desnudo paredón clamando al cielo. La indecisión turba a sus ciudadanos. Deben rehacerse las ruinas o proyectar otra urbe. Tras un cabildo abierto, la discusión concluye al aprobar un nuevo asentamiento ciudadano (1673), que comenzará a construirse sobre un apéndice rocoso de la bahía, cerca del surgidero del Perico. La Panamá Nueva de calles empedradas y sólidas murallas, nunca alcanzaría el esplendor de la Vieja. Se trasladan sus gentes al sitio del cerro Ancón, suelo firme para trazar la cuadrícula urbana, fácil de fortificar, ambiente saludable lejos de manglares y ciénagas: no lejano (8km) del enclave arruinado. Seguirá siendo puerto y mercado del comercio peruano, escudado ahora tras su parapeto de ciudad artillada, reducido tamaño, compacta y vigilante tras sus muros. A ella van regresando las órdenes religiosas, apresuradamente embarcadas hacia el Perú en días previos al feroz gong del pirata. Levantan nuevos conventos, nuevas iglesias y capillas, nueva catedral. Extraen de la ruina  piedras talladas, nichos labrados, canecillos, lápidas, incluso la fachada entera de La Merced que instalan en la ciudad nueva. Van surgiendo otros Convento Agustino de San José (1671), San Francisco y Real Aduana (1673), Santo Domingo y Capilla Virgen del Rosario (1678), La Merced (1680), San Felipe Neri (1688) , la Catedral con su barroca fachada de cantería (1690), las Clarisas de la Concepción, la tardía Iglesia de Santa Ana extramuros (1763), los Jesuitas ahora sin su Universidad  de San Javier ni cátedras de Filosofía, Teología Moral y Escolástica, pero con renovado tesón para fundar la anhelada Real y Pontificia Universidad de San Javier (1749) cimentada hoy sobre las mismas cátedras de ayer. Una  nutrida respuesta vocacional de criollos panameños en sus aulas va a expandirse para catequizar nuevos nativos de las Américas, mientras dejan constancia de las lenguas vernáculas investigadas, con gramáticas y diccionarios de sus hablas indígenas. Todos regresan a la nueva sede ciudadana, donde afloran carencias que van a imprimir un sello contradictorio a la nueva urbe imperial del istmo. El recinto elegido resulta  pequeño para cobijar a las gentes de antaño, y Panamá Nueva nace con el Arrabal de Santa Ana, barrio extramuros donde aposentan los morenos libres. El agua potable fluye lejos, y por ella acuden los aguadores del arrabal con sus carretas de toneles, para ofrecerla intramuros con notable ganancia. Desde la Puerta del Mar y su escaso calado, los boteros  van a seguir portando a remo las mercancías de los barcos surtos en El Perico, ahora  solo un par de millas mar adentro.

 
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Contexto Histórico de la Habana – III

En el contexto de la Guerra de los Treinta Años (1621), la Armada del Mar Océano captura frente a Cadiz un convoy de la Compañía Holandesa de las Indias Occidentales. Este sonado revés, junto a la prosperidad del enclave habanero atrae la venganza y codicia del corso holandés y sus adscritos a la navegación de fortuna. Boudewijn Hendriksz, mas conocido en español como Balduino Henriquez (1625) viene rebotado desde San Juan de Puerto Rico dispuesto a tomarse la revancha de su fracaso en aquella Capitanía con la toma de ésta; pero la potencia de fuego de las baterías de la Habana, hace entender al holandés que con la escuadra que trae su empeño es una quimera. En el curso de la guerra, España venía reforzando notablemente el corso de Dunkerque, concediendo nuevas patentes y aportando sus astilleros más de 20 galeones de diferentes portes, construídos al efecto. Desde la costa flamenca, la campaña de interceptación de naves holandesas en el Canal de la Mancha, habíase tornado demoledora  para el comercio de las Provincias Unidas.

Pese a la urgente defensa que desde su costa patria le reclaman, el Almirante Piet Heyn, corsario de la Compañía Holandesa de las Indias Orientales patrullaba con una armada de 29 navios de guerra por el Canal de Bahamas a la espera paciente del paso de las Flotas  de Barlovento y Nueva España que  habían de confluir en la Habana para dar el salto atlántico. Desde las costas cubanas han visto el despliegue de la flota enemiga y salen de la Habana sendos pataches de aviso a Portobelo, Veracruz y Cartagena de Indias para que, llegado el tiempo, los galeones no se hagan a la mar; pero solo el de Cartagena llegará a destino: los otros dos han caido en la red tendida por el holandés. Ajenas al peligro que sobre ellas se cierne, ambas flotas zarpan confiadas a su cita de la Habana. Compuesta por dos galeones y cuatro merchantas, la flota de Portobelo se topará con un abanico de velas enemigas que intercepta su rumbo hacia la costa cubana. Los dos navíos de escolta entran directamente a la batalla cruzando fuegos contra la línea de barcos que pretende envolverlos. Lograrán abrir un paso por donde las marchantas trepanan su envolvente para acceder finalmente a puerto. Los sacrificados galeones de escolta apenas alcanzan a embarrancar en la entrada de la bahía habanera, bajo el protector alcance de sus baterías: han logrado salvar las naves merchantas y evitar el despojo y rapiña de las de guerra, aunque estas se hayan perdido reventadas por la metralla y los escollos costeros. Pero el almirante holandés es un viejo lobo de mar, paciente y sabio. Conserva todavía 20 naves en perfecto estado y lo grueso del tesoro está al llegar con la Flota de Nueva España. Oteadas al fin en el horizonte las velas novohispanas, la flota holandesa desplegada en línea costera, avanza ahora en abierta envolvente hacia ellas. Bajo la capitana del General Juan de Benavides y la almiranta de Juan de Leoz, rehuye  la flota novohispana el enfrentamiento con la holandesa. Ante la inferioridad de su potencia de fuego opta por refugiarse en la bahía de Matanzas (1528) donde espera recibir apoyo por tierra desde la Habana. Una trampa que el antaño prisionero y forzado galeote de las Galeras de Santo Domingo que es Piet Heyn, fuerza para hundir y saquear a mansalva ahora como Almirante de armada, los 4 cagafuegos de escolta con sus Quintos Reales en lingote y moneda, junto a 8 merchantas ahitas de maderas preciosas, finas porcelanas y lacas de Manila. El escaso calado de la bahía permite a los asaltantes el total saqueo de las naves semihundidas o varadas en su rìa. Solo tres de ellas lograrían zafarse del cerco para entrar un par de dias después en La Habana, donde ya habían aportado otras seis merchantas que escabullidas del confuso desparrame marino  de velas y falsas banderas, lograron acceder a la Habana sin ser alcanzadas. El impacto de la debacle española resonaría en Europa como serio aldabonazo para el prestigio de la Monarquía Hispánica, a la vez que una irreparable pérdida para sus arcas, que supuso en cambio el financiamiento del ejército holandés durante un año. Fue la única captura de la conocida en Europa como “Flota del Tesoro“a lo largo de sus dos siglos y medio de vida. Leoz fue condenado a prisión de por vida, Benavides, juzgado y condenado en Sevilla, sería ahorcado tres años más tarde; y Piet Hein al cabo de apenas uno, moriría en batalla con los corsarios franceses de Dunkerque, que en aquella guerra luchaban por España.

Al año siguiente otro holandés, Cornelius Jols (“Pata de Palo”) fracasa en un primer intento de tomar la Habana (1629), pero triunfa dos años después con poderosa escuadra, saqueándo e incendiando la ciudad ante la negativa de pagar rescate por sus huidos moradores. Desiste en cambio Henry Morgan (1668) que con 12 embarcaciones y 700 hombres pasa a la vista pero fuera del alcance de sus cañones, para acabar cayendo sobre el indefenso Puerto Príncipe, que por no verse en llamas pagará un rescate de 500 reses y otras tantas sacas de sal, que el pirata se lleva para Jamaica.

La peste de Cartagena, inoculada por pulgas parásitas de ratas de sentina, ha diezmado la población habanera, y nuevas epidemias vendrán a presentarse intermitentes en los siguientes años por la misma vía. En adelante los bolardos que sirven para tomar amarra de galeones en la Plaza de San Francisco y otros puntos de atraque, van a ser particularmente atendidos por la policía ciudadana y el Capitán del Puerto, para evitar que sean sus amarres los puentes que usan las ratas de machina para acceder hacia y desde los barcos. Serán penadas aquellas naves cuyos cabos a tierra no estèn aturbantados por discos de madera, que cortocircuiten el camino de roedores y sus apestadas pulgas, causa frecuente de estragos ciudadanos. Y la vida habanera seguirá a pesar de los contratiempos. Van medrando las obras públicas (agua corriente, alcantarillados) y fortificando su perímetro emplazado. Se levanta el Convento de Santa Clara (1640), el de los Agustinos (1628), el Hospital de San Lázaro, La Merced (1630), San Francisco de Paula (1664), el Convento de las Dominicas (1684), San Felipe Neri (1693)

Estalla con Inglaterra la Guerra de la Oreja de Jenkins (1739-41) durante la cual la flota del Almirante Vernon pasa frente a la bahía de La Habana varias veces, pero no ataca pese a la impresionante flota que comanda. Atacará para desgracia suya Cartagena de Indias, donde perderá honra y barcos. Vernon había tratado de establecer una cabeza de puente llamada Cumberlad (Guantánamo), que unos meses después del desembarco, hostigadas por voluntarios isleños sus tropas no podrían conservar.

.          A partir de 1714, España había disuelto la insostenible red de Armadas de Guerra (La Corona contaba con 9 armadas repartidas entre el Mediterráneo, Atlántico y Pacífico, de presupuesto desorbitado) para dar nacimiento a la Armada Real repartida entre las Capitanías Generales del reino. Se funda la cubana Universidad Pontificia en San Juan de Letrán (1728). La libertad de comercio con puertos españoles y países aliados multiplicaría su tráfico portuario hasta convertir a la Habana en la “Perla del Caribe”. Llegará a contabilizarse en un año la entrada a puerto de más de 200 navíos de travesía y 5.000 embarcaciones de cabotaje, con un enjambre de marinos, colonos, funcionarios reales, comerciantes, emigrantes en ruta, aventureros de toda laya, que pululan por sus calles. Los diques de La Habana, gracias a la buena gestión del criollo Juan de Acosta, acabarán por convertirse (con los de Guarnizo en Cantabria), en el Astillero de la Armada Real, dada la durabilidad de sus maderas, resistentes al ataque de la broma o teredo tropical. De sus gradas saldría el Santísima Trinidad, navío de línea de 63 metros de eslora y 140 cañones con  un arqueo de 4900 Toneladas, único velero de cuatro puentes y mayor desplazamiento conocido de cuantos hayan navegado por el Atlántico.

Durante la Guerra de los Siete Años (1754-1763), España aliada de Francia, se ha visto arrastrada a nueva contienda contra Inglaterra, con su disparidad de intereses sobre el comercio y la trata de esclavos en el Caribe como causa. Pero la conflagración iba a adquirir dimensiones de guerra mundial: Austria, Prusia, Francia, España, Rusia, Inglaterra, Suecia, Portugal…todas involucradas y cada una de ellas enfrentada a una parte del resto, que no a todo él, por cuentiones territoriales o mercantiles. Finalizaría la trifulca de naciones con el Tratado de Paris. En un momento de la contienda, el Almirante George Pocock con 26.000 hombres y casi 200 velas ha zarpado de Martinica y siguiendo la costa sur de la isla se presenta ante la Habana. Con temeridad y pericia ha sorteado un sinfín de playotes, cayos y bajíos a lo largo de 700 millas, sin otras armas que la sonda y una carta de marear oceánica. Sitia La Habana, objetivo británico codiciado desde todo tiempo. La defensa de la ciudad ha sido prevista con la llegada de nuevos cañones, infantes, artilleros y dragones sin monturas, cuyos caballos son aportados por hacendados de la isla, además de 600 esclavos cedidos por sus dueños. Una epidemia de fiebre amarilla importada de Veracruz diezma las fuerzas habaneras en los meses previos al cruce de impactos, pero los 420 cañones que vomitan fuego en defensa de la ciudad van a enseriar la escena del drama. A ellos hay que sumar los 9 navíos de línea y 25 barcos mercantes cargados de provisiones y pertrechos fondeados en el puerto, tres millones de pesos en metálico de la Real Compañía de Navegación, ademas de los repletos almacenes de la ciudad. Los habitantes son persuadidos para abandonar la ciudad, pero muchos de ellos acuden a otros cabildos y puestos militares isleños en demanda de armas para defender la capital.

Con la escuadra desplegada en abanico frente a la bocana de la bahía, comienza su cerco el día de Corpus Cristi. Es informado el gobernador del avistamiento de velas en medio de la solemne Misa Mayor que preside. La procesión que le sigue exponiendo la Custodia sacra bajo palio, escoltada por la curia diocesana, y desfilando tras ella cabildo, cofradías, hospitales, niños y el resto de fieles blancos, indios y pardos, queda suspendida. Se cierran las Puertas de Tierra con el toque de rebato y el espectante vecindario va regresando a sus casas. Al dia siguiente unas leguas al este, el Conde de Albemarle, comandante en jefe de la tropa, al frente de 8.000 infantes,  artilleros, zapadores e ingenieros, desembarca en playas de Cojímar y Bacuranao, luego de abatir los torreones guardacostas, para seguir en avanzadilla bifronte hacia la ciudad capital. Cuatro días mas tarde alcanzan la ribera oriental de la ensenada habanera y las bayonetas inglesas asoman sobre los incipientes cimientos del Fuerte de San Carlos de la Cabaña. La posición estratégica de La Cabaña, altozano a espaldas del Morro que domina el castillo y la ciudad, iba a determinar el desarrollo de la batalla. Desde esta ventajosa posición van a batir los artilleros ingleses el casco urbano de la capital y la retaguardia del Morro, sumándose al fuego de la escuadra que los bate desde altamar, mientras avanzan sus zapadores hacia los muros del castillo para dinamitarlos. Esta táctica había sido prevista por los estrategas de Carlos III, pero la construcción de La Cabaña no pudo ser concluida antes del ataque inglés, ni defendido con fortuna el fuerte frente al invasor en el nuevo teatro de guerra. El capitan de navío  Luis de Velasco y Fernandez de Isla es el heroico defensor del Morro que herido y con apenas ya dos cañones útiles en el fuerte, resiste uno tras otro los envites que se abaten sobre sus muros, a la vez que contempla cómo nuevas tropas de desembarco arriban a las playas. Algunas llegan desde Nueva York al mando del General Burton, pero deben ser ocasionalmente desembarcadas en las Bahamas tras ser interceptadas en el propio canal por barcos aliados. Navios de transporte y bajeles de guarda británicos son atacados por una patrulla de fragatas francesas, que toman 400 prisioneros y parte del material bélico que portan. Entre los que pudieron llegar a costas cubanas se hallaba un joven capitan llamado George Washington, el futuro general independentista de las 13 colonias inglesas. Cuerpo a cuerpo iban a caer luchando los últimos defensores del Morro contra aquellas avalanchas humanas que no cesan. Mientras, en La Habana seguían afluyendo nuevas partidas de voluntarios del interior que se aprestaban a luchar contra los invasores, quienes ya para entonces habian podido instalar en la Cabaña 45 cañones de campaña y otros tantos obuses y morteros.