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Contexto Histórico de la Habana – III

En el contexto de la Guerra de los Treinta Años (1621), la Armada del Mar Océano captura frente a Cadiz un convoy de la Compañía Holandesa de las Indias Occidentales. Este sonado revés, junto a la prosperidad del enclave habanero atrae la venganza y codicia del corso holandés y sus adscritos a la navegación de fortuna. Boudewijn Hendriksz, mas conocido en español como Balduino Henriquez (1625) viene rebotado desde San Juan de Puerto Rico dispuesto a tomarse la revancha de su fracaso en aquella Capitanía con la toma de ésta; pero la potencia de fuego de las baterías de la Habana, hace entender al holandés que con la escuadra que trae su empeño es una quimera. En el curso de la guerra, España venía reforzando notablemente el corso de Dunkerque, concediendo nuevas patentes y aportando sus astilleros más de 20 galeones de diferentes portes, construídos al efecto. Desde la costa flamenca, la campaña de interceptación de naves holandesas en el Canal de la Mancha, habíase tornado demoledora  para el comercio de las Provincias Unidas.

Pese a la urgente defensa que desde su costa patria le reclaman, el Almirante Piet Heyn, corsario de la Compañía Holandesa de las Indias Orientales patrullaba con una armada de 29 navios de guerra por el Canal de Bahamas a la espera paciente del paso de las Flotas  de Barlovento y Nueva España que  habían de confluir en la Habana para dar el salto atlántico. Desde las costas cubanas han visto el despliegue de la flota enemiga y salen de la Habana sendos pataches de aviso a Portobelo, Veracruz y Cartagena de Indias para que, llegado el tiempo, los galeones no se hagan a la mar; pero solo el de Cartagena llegará a destino: los otros dos han caido en la red tendida por el holandés. Ajenas al peligro que sobre ellas se cierne, ambas flotas zarpan confiadas a su cita de la Habana. Compuesta por dos galeones y cuatro merchantas, la flota de Portobelo se topará con un abanico de velas enemigas que intercepta su rumbo hacia la costa cubana. Los dos navíos de escolta entran directamente a la batalla cruzando fuegos contra la línea de barcos que pretende envolverlos. Lograrán abrir un paso por donde las marchantas trepanan su envolvente para acceder finalmente a puerto. Los sacrificados galeones de escolta apenas alcanzan a embarrancar en la entrada de la bahía habanera, bajo el protector alcance de sus baterías: han logrado salvar las naves merchantas y evitar el despojo y rapiña de las de guerra, aunque estas se hayan perdido reventadas por la metralla y los escollos costeros. Pero el almirante holandés es un viejo lobo de mar, paciente y sabio. Conserva todavía 20 naves en perfecto estado y lo grueso del tesoro está al llegar con la Flota de Nueva España. Oteadas al fin en el horizonte las velas novohispanas, la flota holandesa desplegada en línea costera, avanza ahora en abierta envolvente hacia ellas. Bajo la capitana del General Juan de Benavides y la almiranta de Juan de Leoz, rehuye  la flota novohispana el enfrentamiento con la holandesa. Ante la inferioridad de su potencia de fuego opta por refugiarse en la bahía de Matanzas (1528) donde espera recibir apoyo por tierra desde la Habana. Una trampa que el antaño prisionero y forzado galeote de las Galeras de Santo Domingo que es Piet Heyn, fuerza para hundir y saquear a mansalva ahora como Almirante de armada, los 4 cagafuegos de escolta con sus Quintos Reales en lingote y moneda, junto a 8 merchantas ahitas de maderas preciosas, finas porcelanas y lacas de Manila. El escaso calado de la bahía permite a los asaltantes el total saqueo de las naves semihundidas o varadas en su rìa. Solo tres de ellas lograrían zafarse del cerco para entrar un par de dias después en La Habana, donde ya habían aportado otras seis merchantas que escabullidas del confuso desparrame marino  de velas y falsas banderas, lograron acceder a la Habana sin ser alcanzadas. El impacto de la debacle española resonaría en Europa como serio aldabonazo para el prestigio de la Monarquía Hispánica, a la vez que una irreparable pérdida para sus arcas, que supuso en cambio el financiamiento del ejército holandés durante un año. Fue la única captura de la conocida en Europa como “Flota del Tesoro“a lo largo de sus dos siglos y medio de vida. Leoz fue condenado a prisión de por vida, Benavides, juzgado y condenado en Sevilla, sería ahorcado tres años más tarde; y Piet Hein al cabo de apenas uno, moriría en batalla con los corsarios franceses de Dunkerque, que en aquella guerra luchaban por España.

Al año siguiente otro holandés, Cornelius Jols (“Pata de Palo”) fracasa en un primer intento de tomar la Habana (1629), pero triunfa dos años después con poderosa escuadra, saqueándo e incendiando la ciudad ante la negativa de pagar rescate por sus huidos moradores. Desiste en cambio Henry Morgan (1668) que con 12 embarcaciones y 700 hombres pasa a la vista pero fuera del alcance de sus cañones, para acabar cayendo sobre el indefenso Puerto Príncipe, que por no verse en llamas pagará un rescate de 500 reses y otras tantas sacas de sal, que el pirata se lleva para Jamaica.

La peste de Cartagena, inoculada por pulgas parásitas de ratas de sentina, ha diezmado la población habanera, y nuevas epidemias vendrán a presentarse intermitentes en los siguientes años por la misma vía. En adelante los bolardos que sirven para tomar amarra de galeones en la Plaza de San Francisco y otros puntos de atraque, van a ser particularmente atendidos por la policía ciudadana y el Capitán del Puerto, para evitar que sean sus amarres los puentes que usan las ratas de machina para acceder hacia y desde los barcos. Serán penadas aquellas naves cuyos cabos a tierra no estèn aturbantados por discos de madera, que cortocircuiten el camino de roedores y sus apestadas pulgas, causa frecuente de estragos ciudadanos. Y la vida habanera seguirá a pesar de los contratiempos. Van medrando las obras públicas (agua corriente, alcantarillados) y fortificando su perímetro emplazado. Se levanta el Convento de Santa Clara (1640), el de los Agustinos (1628), el Hospital de San Lázaro, La Merced (1630), San Francisco de Paula (1664), el Convento de las Dominicas (1684), San Felipe Neri (1693)

Estalla con Inglaterra la Guerra de la Oreja de Jenkins (1739-41) durante la cual la flota del Almirante Vernon pasa frente a la bahía de La Habana varias veces, pero no ataca pese a la impresionante flota que comanda. Atacará para desgracia suya Cartagena de Indias, donde perderá honra y barcos. Vernon había tratado de establecer una cabeza de puente llamada Cumberlad (Guantánamo), que unos meses después del desembarco, hostigadas por voluntarios isleños sus tropas no podrían conservar.

.          A partir de 1714, España había disuelto la insostenible red de Armadas de Guerra (La Corona contaba con 9 armadas repartidas entre el Mediterráneo, Atlántico y Pacífico, de presupuesto desorbitado) para dar nacimiento a la Armada Real repartida entre las Capitanías Generales del reino. Se funda la cubana Universidad Pontificia en San Juan de Letrán (1728). La libertad de comercio con puertos españoles y países aliados multiplicaría su tráfico portuario hasta convertir a la Habana en la “Perla del Caribe”. Llegará a contabilizarse en un año la entrada a puerto de más de 200 navíos de travesía y 5.000 embarcaciones de cabotaje, con un enjambre de marinos, colonos, funcionarios reales, comerciantes, emigrantes en ruta, aventureros de toda laya, que pululan por sus calles. Los diques de La Habana, gracias a la buena gestión del criollo Juan de Acosta, acabarán por convertirse (con los de Guarnizo en Cantabria), en el Astillero de la Armada Real, dada la durabilidad de sus maderas, resistentes al ataque de la broma o teredo tropical. De sus gradas saldría el Santísima Trinidad, navío de línea de 63 metros de eslora y 140 cañones con  un arqueo de 4900 Toneladas, único velero de cuatro puentes y mayor desplazamiento conocido de cuantos hayan navegado por el Atlántico.

Durante la Guerra de los Siete Años (1754-1763), España aliada de Francia, se ha visto arrastrada a nueva contienda contra Inglaterra, con su disparidad de intereses sobre el comercio y la trata de esclavos en el Caribe como causa. Pero la conflagración iba a adquirir dimensiones de guerra mundial: Austria, Prusia, Francia, España, Rusia, Inglaterra, Suecia, Portugal…todas involucradas y cada una de ellas enfrentada a una parte del resto, que no a todo él, por cuentiones territoriales o mercantiles. Finalizaría la trifulca de naciones con el Tratado de Paris. En un momento de la contienda, el Almirante George Pocock con 26.000 hombres y casi 200 velas ha zarpado de Martinica y siguiendo la costa sur de la isla se presenta ante la Habana. Con temeridad y pericia ha sorteado un sinfín de playotes, cayos y bajíos a lo largo de 700 millas, sin otras armas que la sonda y una carta de marear oceánica. Sitia La Habana, objetivo británico codiciado desde todo tiempo. La defensa de la ciudad ha sido prevista con la llegada de nuevos cañones, infantes, artilleros y dragones sin monturas, cuyos caballos son aportados por hacendados de la isla, además de 600 esclavos cedidos por sus dueños. Una epidemia de fiebre amarilla importada de Veracruz diezma las fuerzas habaneras en los meses previos al cruce de impactos, pero los 420 cañones que vomitan fuego en defensa de la ciudad van a enseriar la escena del drama. A ellos hay que sumar los 9 navíos de línea y 25 barcos mercantes cargados de provisiones y pertrechos fondeados en el puerto, tres millones de pesos en metálico de la Real Compañía de Navegación, ademas de los repletos almacenes de la ciudad. Los habitantes son persuadidos para abandonar la ciudad, pero muchos de ellos acuden a otros cabildos y puestos militares isleños en demanda de armas para defender la capital.

Con la escuadra desplegada en abanico frente a la bocana de la bahía, comienza su cerco el día de Corpus Cristi. Es informado el gobernador del avistamiento de velas en medio de la solemne Misa Mayor que preside. La procesión que le sigue exponiendo la Custodia sacra bajo palio, escoltada por la curia diocesana, y desfilando tras ella cabildo, cofradías, hospitales, niños y el resto de fieles blancos, indios y pardos, queda suspendida. Se cierran las Puertas de Tierra con el toque de rebato y el espectante vecindario va regresando a sus casas. Al dia siguiente unas leguas al este, el Conde de Albemarle, comandante en jefe de la tropa, al frente de 8.000 infantes,  artilleros, zapadores e ingenieros, desembarca en playas de Cojímar y Bacuranao, luego de abatir los torreones guardacostas, para seguir en avanzadilla bifronte hacia la ciudad capital. Cuatro días mas tarde alcanzan la ribera oriental de la ensenada habanera y las bayonetas inglesas asoman sobre los incipientes cimientos del Fuerte de San Carlos de la Cabaña. La posición estratégica de La Cabaña, altozano a espaldas del Morro que domina el castillo y la ciudad, iba a determinar el desarrollo de la batalla. Desde esta ventajosa posición van a batir los artilleros ingleses el casco urbano de la capital y la retaguardia del Morro, sumándose al fuego de la escuadra que los bate desde altamar, mientras avanzan sus zapadores hacia los muros del castillo para dinamitarlos. Esta táctica había sido prevista por los estrategas de Carlos III, pero la construcción de La Cabaña no pudo ser concluida antes del ataque inglés, ni defendido con fortuna el fuerte frente al invasor en el nuevo teatro de guerra. El capitan de navío  Luis de Velasco y Fernandez de Isla es el heroico defensor del Morro que herido y con apenas ya dos cañones útiles en el fuerte, resiste uno tras otro los envites que se abaten sobre sus muros, a la vez que contempla cómo nuevas tropas de desembarco arriban a las playas. Algunas llegan desde Nueva York al mando del General Burton, pero deben ser ocasionalmente desembarcadas en las Bahamas tras ser interceptadas en el propio canal por barcos aliados. Navios de transporte y bajeles de guarda británicos son atacados por una patrulla de fragatas francesas, que toman 400 prisioneros y parte del material bélico que portan. Entre los que pudieron llegar a costas cubanas se hallaba un joven capitan llamado George Washington, el futuro general independentista de las 13 colonias inglesas. Cuerpo a cuerpo iban a caer luchando los últimos defensores del Morro contra aquellas avalanchas humanas que no cesan. Mientras, en La Habana seguían afluyendo nuevas partidas de voluntarios del interior que se aprestaban a luchar contra los invasores, quienes ya para entonces habian podido instalar en la Cabaña 45 cañones de campaña y otros tantos obuses y morteros.

 
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Contexto Histórico de la Habana – II

Comienza la fortificación de la ciudad, nucleada ya como centro coordinador del comercio español, en un mar infestado de piratas. El Gobernador establecerá su sede en el Castillo de la Real Fuerza, bastión iniciado.por el gobernador Hernando de Soto sobre el propio solar del primigenio fuerte de troncos, diseñado ahora en canterìa según los cánones bélicos de la campaña de Italia (1538). En uno de sus angulos sobresale el Torreón de San Lázaro llamado también de la Espera en recuerdo de Dª Inés de Bobadilla esposa del gobernador que partio a la conquista de la Florida. A la torre recién construida, cuentan lenguas que cada tarde subía la gobernadora para contemplar el horizonte, en el que soñaba ver aparecer de regreso las velas de su esposo. Pero nunca volviò. La mayor parte de la mucha gente que con èl partio a conquistar Florida moriría allí, en detrimento de las escasas hacienda y población cubana.

La Habana asume la capitalidad de la isla (1563) siendo nombrada Capitanía General a partir del año 1581. El Adelantado Pedro Menéndez de Avilés que agrega La Florida a la Gobernación de Cuba, reforma y moderniza las defensas y el antiguo Hospital-Colegio de la ciudad para atender solo a militares convalecientes de esta campaña contra los hugonotes establecidos en aquellos litorales: a partir de entonces se le nombrará como  Hospital Real de San Felipe y Santiago de La Habana (1567). Regentado mas tarde por los hermanos sanjuaninos (1603), se inicia en él la asistencia de enfermería; empezará a conocerse desde entonces como hospital general San Juan de Dios. Los hermanos iban también a constituirse en enfermeros del hospital flotante que a bordo de la nao Almiranta de la Flota de Indias, iba y venía de Sevilla. Se crea tambien la figura del “artillero mayor”(1576), lombardero con superior entrenamiento y formación cuya capacitación iba a ser en adelante responsabilidad de la Casa de Contratación de Sevilla. Hasta entonces no se disponía de esa formación en su Universidad de Mareantes, y admitía aspirantes europeos no españoles, entre los que había supuestos artilleros flamencos y valones que << los más de ellos son ingleses que vienen a reconocer puestos y fuerza, y corren toda esta costa >>, con lo cual se pone en evidencia el peligroso espionaje a que están siendo sometidos los “cagafuegos” que guardan la Flota de Indias y las defensas de los puertos-llave del Caribe. En estos enclaves se había comenzado ya la profesionalización y permanencia de guarniciones militares fijas, ante la indiferencia mostrada por las nuevas generaciones de colonos y pobladores, algunos de los cuales ignoraban el manejo de las armas de fuego. Los primeros pobladores convertidos por las circunstancias en “hombres de guerra”, habíanse transformado por mor de sus haberes en inoperantes “hombres de paz”, que a lo sumo cuando las circunstancias apremiaban, ofrecían esclavos para defender lo que personalmente deberían afrontar obligados por ley. No solo con derramas impositivas, sino con su propia sangre. A instancia del Gobernador de La Habana, la Corona toma conciencia de dotar su fuerza profesionalizada con piedra de azufre y salitre, para que sean ellos quienes fabriquen en adelante su propia dotación de pólvora, con lo que de simplificación procedimental suponía tal medida en el entramado defensivo del Caribe. Los soldados mutilados de guerra pasan como pensiónados a formar y enseñar el manejo de armas y los rudimentos de la disciplina militar a jóvenes inexpertos en edad de ocasional leva.Y su astillero empieza a suministrar barcos de elevado porte con 600 toneladas y más, de maniobreros cascos reconocidos por su buen andar y maderas de gran durabilidad y resistencia a la broma: esas mismas preciosas maderas que Felipe II ha instalado en su retiro de El Escorial. Como en Santo Domingo y Cartagena de Indias, se crea una tercera armada con dos galeras y 250 hombres de guerra, a fin de combatir con eficacia la piratería in crescendo de aquellas costas. Tales naves habían sido consideradas por la Universidad de la Mar de Sevilla, como las naves idóneas para la represión pirática. El escaso calado de sus cascos y su moción a vela y remo, las hacía sumamente operativas en aguas someras, y por tanto inmejorables para maniobrar en aguas del sur de la isla, plagada de playotes, cayos y bajíos. Se dotan sus remos con galeotes provenientes de la fuerza bruta que labora en fuertes y murallas habaneras, pero iban a ser de vida efímera, porque << dada la mala disposición de los indígenas para la boga >>, era problemático mantener sus tripulaciónes de bogantes.

En esta época la ciudad organiza su urbanismo empezando a zunchar con un muro perimetral de paulatino avance, el caserío, sus conventos, sus parroquias y cuatro plazas que ya perfilan su futuro, en un entramado urbano que al principio se trazó ortogonal, pero que andando el tempo constructivo por intereses particulares y mor ciudadana acabaron deformando algunos solares adaptándolos al relieve. Diseñada hacia 1520 junto al sitio que ocupara el primer templo de la villa, la inicial Plaza de la Iglesia pasó a llamarse Plaza de Armas con la siguiente centuria, cuando se le incorpora el solar que fue de la abrasada iglesia matriz. Sirvió desde un principio como patio de alivio para movilidad y maniobra de las tropas acuarteladas de la Real Fuerza. Una vez levantado el Convento de San Francisco (1548), su descampado adjunto, muelle de carga-descarga para galeones y semanal mercadillo, pasó a llamarse Plaza de San Francisco. Para resguardar el silencio durante la oración de los monjes, el mercado y su bullicioso mundo fue desplazado a un cercano descampado conocido entonces como Plaza Nueva y hoy como Plaza Vieja (1559) donde pasaron a congregarse algunos edificios de soportales bajo miradores y celosías de madera al estilo canario. Póximo al Castillo, los jesuitas crearon un seminario, frente al cual existía ya un canal de abastecimiento de agua potable que en aquel punto entroncaba con la Zanja Real. Una suerte de aliviadero que encharcaba la zona con agua sobrante, y que vino por ello a recibir el nombre de Plaza de la Ciénaga, posterior centro neurálgico de convivencia ciudadana conocido como Plaza de la Catedral a partir de su desecado y cubrición de atajeas. El edificio iniciado como seminario jesuita acabó siendo la Parroquia Mayor y finalmente Catedral de la Habana con los propios planos por ellos trazados, tras la expulsión de la Compañía de Jesús por Carlos III. (1788).

El sistema de flotas y expediciones a partir de 1561 va a variar de itinerario. Zarpa de Sevilla dos veces al año, una con destino a Veracruz, conocida como Flota de Nueva España y otra con destino primero a Nombre de Dios, después a Portobelo, conocida como Flota de Tierra Firme. Desde 1574 cada una de ellas navegará protegida por su Capitana en punta con bandera en palo mayor, y su Almiranta atrás cerrando el despliegue con su Cruz de Borgoña en el trinquete. Reunidas de nuevo en la Habana sus naves artilladas vuelven en conserva  hacia Sevilla ahora bajo la denominación de “Flota de Indiaso Carrera de Indias. El peligro corsario se ha multiplicado, pero las precauciones defensivas y tácticas, tambien. Una vez en mar abierta, enfilaba la Flota hacia Florida hasta atravesar el peligroso canal de las Bahamas y seguir costa adelante para  tomar rumbo oceánico hacia el Cabo San Vicente en la costa S.O. de Portugal. Los “Galeones de la Plata”, naves reales revestidas de plomo e identificadas con doble fanal, navegaban en medio de este despliegue naval arropadas por el resto de navíos para su defensa a ultranza. Ellas portaban el preciado metal con que los comerciantes de Lima y México habían pagado en  Portobelo y Veracruz los productos peninsulares adquiridos o contratados en sus ferias. Ellas atesoraban en moneda y lingotes de ley, junto al Quinto Real, todas las demás tasas al beneficio minero y comercial que como súbditos de la Corona debían pagar  << nuestros súbditos de estos reinos >>. A su paso por las Azores tomaba aguada la Flota en la Isla Tercera, donde se “hacían lenguas” de las velas avistadas en su entorno los últimos meses… Quedaba la etapa más peligrosa del periplo, donde piratas y corsarios berberiscos, franceses, holandeses e ingleses, aguardaban como caimán a boca de caño, el más importante botín del mundo. Siempre a la espera de una dispersión de velas bajo temporal, o el malhadado retraso de cualquier merchanta averiada,  para caer sobre el animal herido. Porque la flota desplegada en orden y formación de avante, solo podía ser atajada por otra formidable formación naval, inexistente a la sazón. Solo despojos podían apetecer de ellas los merodeantes y osados corsarios. En tierra, la construcciòn del Castillo de San Salvador de la Punta (terminado 1600) y sobre todo el poderoso Castillo de los Tres Reyes del Morro (terminado 1589) eran una poderosa arma disuasoria de piráticos empeños en el entorno portuario de la habanera Llave de América.

Los miles de tripulantes, militares y pasajeros de la “Flota de Indias”, permanecían largas temporadas en La Habana, a la espera del tiempo propicio para hacerse a la vela. Esos meses de febril trasiego humano, potenciaba el comercio y enriquecía a sus ciudadanos. Los transeúntes consumían viandas, además de adquirir productos locales de neto valor añadido en España. Los barcos regresaban repletos de los preciados “ultramarinos”. Pero tras la marcha de la flota, escaseaban en tierra los alimentos y mercancías, lo que potenciaba una severa inflación estacional, además del brote de fiebres y contagios contraídos de la población flotante. La llegada cíclica de nuevos colonos y esclavos negros, lograba regularizar las compras compulsivas de un mercado convulso. El tabaco y la ganadería porcina y vacuna, estaban convirtiéndose en el motor  de progreso del agro cubano, y lo iba a ser por más de una centuria. La plantación de caña de azúcar con sus ingenios y trapiches, pujaría más tarde con renovado impulso la producción isleña, a la vez que incorporaba numerosas familias canarias portadoras de técnicas experimentadas de producción azucarera al crisol étnico de Cuba.

En 1586 el pirata inglés Francis Drake aparece con su escuadra de 30 naves frente a la bahía de La Habana. Las nuevas fortificaciones de la ciudad y la presencia de 900 arcabuceros detectada por sus infiltrados escuchas, le decide a buscar otra presa mas facil y rentable para su sindicato de Plymouth. En retirada la flota inglesa, es capturada por naves españolas salidas en su persecución una urca rezagada, cuya tripulación es traida a la ciudad para ser ahorcada.  Alegando que no han causado daño alguno, será su vida perdonada a cambio de trabajos forzados en la construcción de la muralla. En 1592 Felipe II le concede el título de ciudad y la proclama como Llave del Nuevo Mundo y antemural de las Indias Occidentales, dando a la imprenta y al halago en campo de azur, sus tres castillos de guarda y la llave de oro que representa su acceso como antesala de América. Los 4.000 habitantes que alberga por entonces La Habana, pasarán a 30.0000 un siglo después, y a 75.000 en 1775.

La plaga corsaria con sus múltiples imposturas, añagazas, y tretas o disimulos, había obligado a imponer en los puertos españoles toda una gama de intercambios de señas y contraseñas entre las naves en arribo y la autoridad portuaria, en evitación de subrepticios engaños. Banderas arriadas, gallardetes equívocos, flámulas e insignias castellanas, para colarse de matute en puerto ajeno donde cometer sus fechorías al arrimo del factor sorpresa. Experimentados por estas prácticas delictivas en carne propia, los puertos antillanos impusieron para el acceso de velas entrantes todo un protocolo a base de salvas de las baterías de costa, para que las naos entrantes << amainen y hagan señales de paz >> inconfundibles. A esta señal debían responder con otra salva a bandera izada, caso contrario serían cañoneados. A partir de la infiltración pirata del jamaicano John Davis en San Agustín de la Florida (1668), se impuso además la prohibición de entrar o salir de puerto durante las horas de noche, del ocaso al orto. Después del ocaso quedaba suspendida la actividad del surgidero: todo barco entrante debía esperar a la salida del astro diurno para solicitar entrada. Mandaría entónces un bote a la comandancia del puerto, que identificara nave matriz, carga y capitan, solicitando para ella el correspondiente permiso de entrada. A partir de 1680 el protocolo se vería complejizado con el acceso de las escuadras de la Guarda de Indias. La nao capitana de la Armada de Tierra Firme, con su bandera en el tope del mástil, al acceder a La Habana, debia disparar una vez frente al Castillo del Morro y otras tres al dejarlo por babor rumbo a la bocana; en tanto que si era la capitana de la Armada de Nueva España dispararía dos y tres veces respectivamente en idénticas posiciones y con la misma enseña izada. Estas órdenes, emitidas por el Gobernador y Capitán General de Cuba eran secretas y trocadas con frecuencia en evitación de su descifrado por espías y corsarios.

 
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Contexto Histórico de la Habana – I

         Colón en su primer viaje (1492) descubre la isla de Cuba << de la forma de una hoja de sauce >>, que denominará Juana en honor de la infanta de Castilla, pero no se detiene, y sigue su litoral al oeste navegando en pos de otras costas. Será la vecina isla de La Española quien, años después de haber consolidado algunos cientos de colonos peninsulares, aporte los primeros contingentes europeos  a la Gran Antilla, receptora final de una leyenda de la que Colón había sido crédulo partícipe, en un postrer jirón medieval inferido al estandarte renacentista. La Antilla era una mítica isla oceánica previa al decubrimiento de América, ya referenciada en cartogramas de 1424, que había culminado su carisma con el refrito geográfico de Toscanelli (1468) manejado por Colón. Se decía que en 1411 una carabela española había llegado a ella, pero no se tenía noticia fidedigna de esta arribada. También Portugal había emprendido sin éxito su búsqueda, sin tampoco hallarla. Este legado legendario influyó para nominar al archipiélago antillano en los cartogramas españoles con su nombre de leyenda.

El estado de cosas que se encuentran al llegar los primeros europeos nos ha sido narrada por su contemporáneo López de Gómara: << Estaba Cuba poblada de indios…andan desnudos, en cueros vivos hombres y mujeres…con liviana causa dejan a sus mujeres…el andar la mujer desnuda convida e incita a los hombres pronto… >>. Y en análoga circunstancia a la vivida por hombres y tierra de La Española, el cronista apostilla: <<Todos ellos se volvieron cristianos; murieron muchos de trabajo y hambre, muchos de viruelas, y muchos  pasaron a Nueva España cuando Cortés la ganó, y así no quedó casta dellos >>. En los primeros contactos con la tierra y sus hombres, aplican los castellanos su máxima renacentista: << quien no poblare no hará conquista, y no conquistando la tierra, no se convertirá su gente >>. Con esta hoja de ruta se comienza la conquista de Cuba, y como conquista en todo tiempo, será sangrienta. Los europeos vienen de una guerra secular en todas sus fronteras. Con ellos traen en sus flotantes castillos, caballos y perros, medios desconocidos para el asombrado indígena, que llegará a sentirse morir bajo los truenos del arcabuz que los mata de lejos. Pronto esos mismos perros que levantan como pieza de caza a todo indio mimetizado en la manigua, quedan perdidos por los montes, donde llegarán a criar en despoblado y tornarse tan << carniceros más que lobos, que hacen mucho daño en cabras y ovejas >> que los propios conquistadores, ahora establecidos como colonos, se organizarán en batidas para exterminarlos y defender los haberes de sus cabañas.

Diego Velázquez llega desde La Española como Adelantado (1511) con credenciales para su conquista y repoblación, otorgadas por Fernando el Católico a instancias del Gobernador Ovando. Le acompaña un grupo humano de colonos  que aportan ganados, semillas y animales domésticos, además de hombres de guerra  que contribuyen a la empresa con sus equipos, armas y monturas. Entre ellos vienen  Pánfilo de Narváez, futura cabeza militar de la conquista isleña, y Hernández de Córdoba, Grijalva y Hernán Cortés, que van a catapultar desde Cuba el descubrimiento de Yucatán y la conquista de México; junto a ellos, viene el dominico Bartolomé de las Casas, grande e ingénuo defensor de los derechos indígenas y  estrecho colaborador de Velázquez, que gestiona en España mediante personas influyentes el final de la encomienda al uso. Una vez conseguida su total libertad, se tornarán pacíficos los indios, dejarán de sublevarse, tainos y siboneyes perderán el perenne hervor de rebeldía indígena de los primeros tiempos. En este contexto funda el Adelantado la villa de San Cristóbal de la Habana (1515) en la costa sur de la isla, que por su insalubridad y peligrosa navegación entre bajíos será trasladada (1519) a una cercana bahía más al norte.

En la bocana de esta bahía conocida como Puerto de la Carena, elige el Adelantado el lugar para trazar el nuevo damero ciudadano, junto al abrigado playote en que reparara sus naves Sebastián de Ocampo (1508), experto bojador antillano, compañero de Colón en su 2º viaje. Allí había dado con sus dos carabelas, anegadas las sentinas por la broma y las vias de agua de fortuitas encalladas, cuando en arriesgada navegación costera, averiguaba por orden del Gobernador Ovando si Cuba era o no una isla que pudiera ser colonizada de cristianos. Y en ella había encontrado varadero de fortuna de placentera arena y manantiales de asfalto, donde poder carenar aquellos maltrechos cascos, que con la pleamar debería reflotar de nuevo. Once años más tarde Velazquez refunda allí la villa que en sus comienzos va a depender oscuramente de Santiago de Cuba, la capital isleña cuyo joven y carismático alcalde Hernán Cortés, sería el futuro conquistador del Imperio azteca. Bajo el  copudo parasol de una ceiba caribeña, y según inveterada usanza castellana, se solemniza la fundación con misa y te deum. Entrega Velazquez al electo Cabildo, con sus dos alcaldes ordinarios y tres regidores, la guarda y custodia de los Fueros y Privilegios de la Villa que han de legar a la posteridad la validez del consuetudinario acto. Terminado el trámite con el levantamiento del Acta Fundacional, quedan allí registrados sorteo y Amparos Reales o lotes de tierra asignados a las 37 familias fundadoras del vecindario. Vendrá luego el trazado de calles  << a regla y cordel >> y la construcción por negros e indios cautivos de la pajiza iglesia y el fuerte, sólida empalizada de troncos cercada de escarpe y zanja, cobijo del vecindario frente a posibles algaras indias. Será el futuro núcleo integrador ciudadano, que junto a su caserío ardería bajo flechas incendiarias en más de una ocasión. En las afueras quedaba instalado el encomendado poblado indígena o << república de indios >> con plaza propia, agua y tierras comunales, su cacique y alguaciles: suministro asequible de mano de obra, que en 1552 alcanzaría, total libertad de establecimiento y circulación. El fundador de La Habana había tomado prestado el topónimo siboney “jhabana,” la castellana “sabana”, que junto a San Cristóbal patrono de peregrinos y marineros, iba a constituir santo y seña de la nueva villa de cristianos. Ennoblecida con un te deum laudamus, celebrado bajo frondosa ceiba que devino enjuta y seca 235 años más tarde, serìa para siempre recordado el laudo por un monolito de piedra  (1754) levantado en el sitio.

A partir de 1543, el entramado administrativo del Imperio iba a estructurar un sistema de flota anual que parte desde Sevilla para ultramar con textiles, herrajes, aperos, pólvora, pertrechos. Desde 1521 el comercio entre el Caribe y España era obligado realizarlo con naves desplegadas en conserva, y un escuadrón protector contra corsarios franceses¸ más tarde llamado Escuadra de Averías por ser financiado por los propios mercaderes que comercian en ultramar mediante un impuesto llamado Avería. Al acceder al Caribe la llamada Flota de Indias, se dividía en dos, una con dirección a  Veracruz y  otra a Cartagena y Nombre de Dios, que irán desglosando naves en diferentes puertos del derrotero. El arribo de estas naves, generaba ferias y festejos locales en los puertos de destino, donde se concertaba buen número de embarcaciones menores que distribuían hacia otros enclaves los preciados cargamentos traídos de España. Finalizadas las ferias locales y estibadas las naves con cueros, cecinas, ganados, maderas, sebos, ceras y otros productos de la tierra además del impuesto o Quinto Real, concurrían ambas flotas concentradas de nuevo en La Habana, donde se les incorporaba la nao capitana para marcar avante el rumbo de regreso a Sevilla.

Este incipiente comercio transoceánico iba a despertar pronto envidias y felonías sin cuento entre colonos clandestinos y navegantes advenedizos que van enrocándose en la generosa pléyade de minúsculas islas caribeñas potenciados por el rencor francés. Francisco I de Francia, enemigo declarado del Emperador Carlos V y antiguo competidor de su cetro, concede patente de corso a sus marinos frente al monarca español, en una frontal actitud contra la salomónica Bula del Papa Alejandro VI, que había repartido el globo terráqueo entre Portugal y España. Se siente despojado de su opción americana y alega que le enseñen la clausula del testamento de  << nuestro padre Adán >> donde se dice que ha de repartir su herencia entre castellanos y portugueses excluyendo a todos sus demás hijos. Decide por ello tomar parte como outsider del festín americano, medio siglo antes que otro competidor inglés, fundador de la Royal Navy, hubiera logrado que sus pilotos se internasen hacia el oeste más allá de las islas Scilly.

En este contexto bélico germina poco a poco un submundo de rapiña, asaltos y muerte. El hugonote francés Robert Ball (1543) toma La Habana y cobra un rescate por no incendiarla, pero se lleva las campanas de su parroquia.  Su lugarteniente Jacques Sorel (1555), guiado por un piloto portugués arrasa la abandonada villa. Con más de 200 forbantes, profana altares destruye las plantaciones vecinas y ejecuta a cuanto esclavo halla al paso. Solo su Hospital de piedra aguantará en pie, como mudo  testigo de esta segunda << destrucción de Troya >>. Apenas logra el pirata reunir rescate digno de tal nombre, y busca por los montes cercanos a los desarmados fugitivos. Una contraofensiva vecinal de 40 colonos blancos, acompañados por unos 100 indios y otros tantos negros apenas armados con piedras y estacas, logra cobrarse algunas víctimas, pero su impotencia les hace desistir del empeño. Cuando el francés se retira, deja la ciudad en llamas. Hasta ahora, cuando los hugonotes aparecían en su costa, blancos, negros e indios se reunían para defender lo que ya consideraban su tierra, por haberse acostumbrado sobre ella a vivir juntos. Era una lección bien aprendida: en adelante se aprestarán en su defensa, además de las guarniciones, los estancieros y los comerciantes, indios y esclavos negros, incluso ocasionales viajeros de Indias que transiten su puerto hacia otros destinos.

 
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Contexto Histórico de Puerto Rico – II

Aunque repuesto en la Gobernación de Puerto Rico, Ponce regresa a Florida (1521) aportando dos barcos, 200 hombres, ganados, aperos y semillas. Le acompañan sacerdotes, agricultores y artesanos. Y van para quedarse. Es voluntad del emperador Carlos V, que Castilla no envíe ejércitos a las nuevas tierras por ella descubiertas; envía labradores, misioneros, funcionarios, licenciados, juristas, cartógrafos… y aventureros. De esas filas surgen los Pizarro, Cortés, Almagro, Balboa, Ponce…que buscarán financiamiento múltiple mientras organizan hueste para acometer su visionario anhelo. Cerca de Bahía Estero los expedicionarios de Florida instalan un poblado, que en plena construcción es atacado por los indios. Ponce, herido por flecha envenenada, es llevado a La Habana, donde muere apenas llegado a puerto. La preparación y el desarrollo de la empresa de Florida, habíale consumido vida y fortuna, como tantos emprendedores de la Historia de la Humanidad. Muchos años después, como reconocimiento de su valioso aporte, sus restos serían trasladados a la catedral de San Juan, donde hoy reposan.

Mientras esto sucede, la capital de Puerto Rico ha ido medrando en hechura y población. Llegan las órdenes religiosas de Dominicos, Carmelitas… Bajo la protección de la familia del Gobernador se levanta en ladrillo y piedra el convento de Santo Domingo, que propaga por doquier el prestigio de sus aulas, hasta el punto de serle conferida por el Papa (1532) la facultad de montar universidad. Su iglesia (2ª de América) de estilo gótico, dedicada a Santo Tomás de Aquino, iba a deslumbrar durante generaciones por su belleza. Pero iba también a traer enfrentamientos con el recién electo obispo de San Juan, que no admitía para su catedral construcción alguna de menor porte que la iglesia dominica. El templo de madera techado en paja de los primeros tiempos, es destruido por un tifón, y el nuevo templo catedralicio es reedificado en piedra en el tempranero año de 1529.

A partir de mediados del siglo, la plantación de caña de azúcar ha creado ya una importante industria subsidiaria. Los “ingenios” para la extracción del azúcar de la caña,          precisan importación de molinos y “maestros del azúcar” que son traídos de Canarias. Las haciendas-ingenio que compendian desde la plantación y cultivo de la caña, hasta su molienda y producción de melazas, guarapo (jugos) y ron, van extendiéndose por la isla junto a las “haciendas” de cultivo de tabaco y frutos, y los “hatos” donde se localiza la ganadería extensiva. Otra fuerza de trabajo más resistente al esfuerzo físico y las epidemias, junto a mayor competitividad que la aborigen, empieza a ser necesaria so pena de intento colonizador fallido. Los estancieros y hacendados razonan que para soslayar la quiebra es imprescindible la importación de mano laboral recia. La población taina ha mermado notablemente acosada por enfermedades y fatigas que los europeos y africanos o no padecen o superan. La trata de negros, monopolizada por ingleses y portugueses, iba por tanto a salvar la economía de las posesiones europeas del Caribe, a base de nativos africanos del Golfo de Guinea.

El comercio entre las Antillas y la metrópoli, realizábase de forma programada dos veces al año mediante la Flota de Indias, compendio a su vez de otras dos flotas: la de Tierra Firme con base en Cartagena  y la de Nueva España radicada en Veracruz. “Flota de Indias” llamábase en realidad al convoy conjunto de ambas formaciones navegando agrupadas entre Sevilla y La Habana, tanto en su ida hacia Europa, como en su regreso al Caribe.  De Sevilla traían manufacturas, paños,  vinos, aceite, aperos, fierros. De las Antillas llevaban salazones, cueros, azúcar, tabaco…y el peculio de impuestos y alcabalas. Desde 1522 habíase creado la Armada del Mar Océano, a base de galeones “cagafuegos” a fin de proteger esta Flota del enemigo europeo que acechaba entre cabos y pasos del Caribe, o del berberisco que lo hacía entre Azores y Canarias. Años hubo que partieron de la Habana mas de cien naves, desplegadas sus velas en mar abierta por un área de varios kilómetros de frente y fondo. Con su Nao Capitana a la roda, su Nao Almiranta a retaguardia, y rápidos pataches a la orden para  transmitir mensajes bajo nieblas o calimas, la vigilante Armada escudriñaba la presencia de velas ajenas en el mar, a la vez que reglaba el andar acompasado de las naves. El rezago peligroso de las más pesadas, o su dispersión bajo nieblas y tormentas, eran riesgos que propiciaban su captura por los descuideros del mar. Como peligroso resultaba también un excesivo resguardo entre naos, perdiendo el contacto visual entre ellas e incontrolando la infiltración de otras velas entre sus velas. El enemigo infiltrado, ondeando banderas y grímpolas idénticas a las de la Armada, podía sorprender en tiempo y lugar propicios a cualquiera de sus confiadas merchantas. Era una táctica antigua en todo piélago, que los experimentados marinos del Caribe conocían… y practicaban con pericia. Por eso, cada tarde se tomaba el “santo y seña” del día para identificarse en la oscuridad de esa noche, y se contaban las velas al amanecer para ver si faltaba o sobraba alguna. Siempre la Capitana adelante, marcando  rumbo y andar, fanal encendido de noche; siempre la Almiranta en vanguardia cerrando  comitiva y control del rezago, atenta a seguimientos y atisbo de otras velas desde su cofa. Al llegar a destino invertía la Flota el orden de navegación abierta. Los “cagafuegos” eran los últimos en entrar a puerto, cerrados en formación de combate con sus proas hacia Alta Mar.

Desde 1579 la Armada de Cartagena de Indias segregó dos galeones con sede en Santo Domingo, cuyo cometido era el patrullaje de las costas antillanas, del Yucatán y de la Florida. La Flota de Indias que partía cada año de Sevilla hacia La Habana, navegaba en conserva hasta el Caribe. A la altura de  la isla de Guadalupe, empezaba a desgranar galeones que debían rendir viaje en otros puertos de las islas o la costa de barlovento. Los pataches de vigilancia se adelantaban a cabos y pasos dudosos donde patrullaban los galeones de Santo Domingo y Puerto Rico, que deberían abrirles paso franco. Un galeón partía con su carga y su patache de apoyo, rumbo a Margarita, La Guaira y Maracaibo. Otras merchantas salían para Puerto Rico que contaba con recursos defensivos propios y no precisaban la compañía del vigilante patache. Otras más partían hacia Santo Domingo y Jamaica. Su regreso desde San Juan y otros destinos hacia Sevilla, pasaba por la Habana, en cuya bahía esperarían la llegada de las flotas de Nueva España y Tierra Firme. Desde la Habana y nuevamente en conserva, nao Capitana en vanguardia, Almiranta atrás, tomaba la Flota de Indias rumbo norte hacia Florida vía canal de Bahamas. Arrastrados por la Corriente del Golfo que Ponce de León descubriera medio siglo antes, enrumbaban en Atlántico abierto hacia España, a cuatro meses de navegada. Se cerraba así el ciclo anual de los contactos mercantiles de Puerto Rico con la metrópoli.

La piratería y las algaras de caribes habíanse convertido en peligro latente. Los vecinos fueron compelidos por la Corona a ir siempre armados y a caballo como retén permanente de vigilancia territorial frente a cualquier imprevisto corsario o aborigen. Con un muro perimetral incipiente (1532) se comienza a construir La Real Fortaleza de Santa Catalina, supuesto bastión garante de la seguridad ciudadana frente a los piratas. Pero pronto se constata su inoperancia frente a flotas numerosas. Las naves del  hugonote Francois Leclerc entran en la bahía, y vomitan a tierra una chusma vociferante que asalta, saquea e incendia la ciudad, sin que la Real Fortaleza  manifieste contra ellos efectividad defensiva alguna (1553), ni por capacidad disuasoria, ni por situación estratégica, ni por potencia de tiro. A partir de entonces pasará Santa Catalina, cual decorativo jarrón chino, a ser residencia del Gobernador. A cambio, se insertan bastiones estratégicos en puntos clave del perímetro empalizado y se empieza la construcción del Castillo del Morro. Empleará las modernas técnicas defensivas del fuego cruzado y puntas de diamante con muros en talud, empleadas por la Corona en sus campañas de Italia. Tan pronto como 1580, Puerto Rico, llave de acceso español al Caribe, es declarada Capitanía General, con administración civil supeditada a la militar y guarnición fija. Su asignación presupuestaria anual será conocida como “Situado Mejicano”, por pasar a ser la capital del Virreinato de Nueva España su origen, y ella parte integrante del mismo.

 
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Contexto Histórico de Santo Domingo (actual República Dominicana) – III

En 1579 se crea la armada llamada Galeones de Santo Domingo, dos naves con su patache de aviso para vigilancia de los mares y pasos de las Antillas y costas del Yucatán hasta La Florida. La proliferación de piratas dificulta el comercio de ultramar. La Flota de Indias que cada año leva anclas de La Habana hacia Sevilla, navega custodiada por la  Armada del Mar Océano. Cuando regresan al Caribe, la Armada permite a la altura de Guadalupe desviarse  a las naos que han de enfilar las costas de Tierra Firme o las Islas de La Española y Puerto Rico. Es allí cuando los Galeones de Santo Domingo entran en su función de guardas del mar. Debidamente controlados los cabos y resguardos de su singladura, arriban a Santo Domingo dos naos merchantas con las mercancías que vienen de Sevilla. Traen jabones, vinos, harinas, telas, perfumes, fármacos, papel, aperos, clavazones, tijeras, aceite. Y se llevan azúcar, cuero, sebos, jengibre, tabaco, cañafístola, rumbo a La Habana. Allí se reunirán con las demás flotas virreinales para, pasada la época de tifones, enrumbar nuevamente sus proas hacia España. Las Real Hacienda no llega a cubrir la creciente demanda de servicios que requiere la isla. La economía deficitaria de La Española que no sufraga sus gastos de defensa, no podría sobrevivir si no aportara la Nueva España de Cortés en forma de Situado Virreinal, el déficit que su Hacienda no alcanza a cubrir. Siempre en demora el Situado, las defensas pasivas de la isla se resienten, y sus hombres de guerra, municiones y armamentos, también.

Los piratas de La Tortuga atacan repetidamente Santo Domingo que a duras penas subsiste por sus medios, con menguados y esporádicos aportes de las arcas reales. Los estancieros y ganaderos del litoral, conocen lo que la presencia de velas cercanas significa: contrabando que compra o vende carne, ya sea negra de esclavo para dejar, o roja de res para llevar. Un soberbio negocio que no paga impuestos. Pero si no hay impuestos, no alcanza el presupuesto urbano. Y entre las partes del fraudulento trato, incluso demanda hay que nunca paga: los piratas, que hacen el negocio perfecto. Llegan, amedrentan o matan, capturan o roban el ganado que encuentran al paso y se van: todo gratis. Los mismos hacendados factores de contrabando, también saben lo que es huir a los montes cuando las velas aparecidas no son las propicias. Pero la leyenda de la magnifica Santo Domingo con sus edificios de ensueño, retablos flamencos y cálices de oro, perdura por generaciones en Europa. Drake (1586) se presenta con una flota de 23 navíos y 8000 hombres de mar y guerra, que pasa frente a la ciudad enarbolando enseñas de Portugal, aliada monarquía que a la sazón convive bajo la corona de Felipe II. Antes de corsario ha sido traficante negrero junto a su mentor John Hawkins, y es por tanto un hábil conocedor del juego. Amaga un fondeo frente a la ciudad, maniobra de distracción que permite valorar desde la costa su gran poder en potencia de fuego y hombres; pero pasa luego de largo y desembarca su gente en las playas de Haina, diez millas al oeste, lejos de miradas indiscretas. Trata de coparla por retaguardia en una operación envolvente rápida, sin que escape nadie. Tarde descubrirán los confiados ciudadanos la impostura: cuando no queda tiempo ya para defensa alguna. En un mar infestado de “perros del mar”, conocen también los dominicanos las reglas del juego y huyen antes de que las picas inglesas asomen por encima de sus muros.

Tan formidable Armada viene financiada por la hermandad de corsarios de Plymouth y Southampton, sindicato auspiciado por la propia reina Isabel Tudor y  colaboradores allegados, que arriesgan en comandita un dinero que esperan multiplicarlo en ganancias. Como todo inversor. También Drake es hombre del Renacimiento: un caballero de buenas maneras que domina el español, luego de sus años de paje en la corte ducal de Feria en la extremeña Zafra. Pero no ha empezado bien un negocio que para mayor rédito del capital invertido debería ser rápido; y que sin embargo va a prolongarse en semanas de negociación entreveradas de locuaces chalaneos, fintas dialécticas, regateos e histriónicos desplantes.

La ciudad contaba en esos momentos con 500 arcabuceros, 100 dragones, 18 cañones y sus artilleros, más una milicia indígena, escasa pero letal con sus flechas envenenadas. Pero ante la magnitud del enemigo solo queda la huida. Así lo cree su Gobernador, y la mayoría urbana abandona la ciudad y se interna por los caminos que se pierden entre la manigua en busca de haciendas lejanas, ocultas. Drake planta su cuartel general en la catedral, recibe parlamentarios y recorta plazos. Comienza la destrucción programada de templos y conventos, no sin antes esperar a que la soldadesca acabe su trabajo de saqueo y quema sistemática de imágenes sagradas, ornamentos y retablos. Degüellan a dos ancianos dominicos que se niegan a abandonar el convento. Destapan tumbas buscando joyas, cargan con vasos sagrados, campanas y cañones, vacían los depósitos de la Aduana, incorporan a su flota los barcos del puerto. Y Drake sigue la quema de edificios presionando voluntades para alcanzar la capitulación que fije el monto del rescate, a cambio de conservar el patrimonio. Hace instalar en la Plaza Mayor una ostensible balanza con la que piensa calibrar el monto del pago en especias. La Merced, San Francisco, Santa Clara, Santa Bárbara, las Reales Casas de Gobernación y Audiencia, San Nicolás de Bari, Dominicos, van cayendo día a día bajo la tea incendiaria. Y, por fin, comienzan a llegar, tímidas, las primeras joyas y prendas que deben ser tasadas. Salvadas apresuradamente por algunas damas fugitivas, sirven ahora para rescatar al menos parte de esa ciudad que no han sabido o podido defender sus hombres. Cuando se cubre la convenida cifra de 25.000 ducados-oro, el pirata inglés fiel a su palabra leva anclas y enrumba hacia otra costa. Después de más de un mes de saqueo, parten diez de sus galeones con el botín hacia Southampton. En el curso de la contienda europea, Calais había caído en manos españolas, y decenas de barcos de este puerto y de Dunkerque navegaban en corso para Felipe II por el Canal de la Mancha. Los galeones del tesoro de Drake nunca llegarían a destino: iban a caer en manos de una flota corsaria de Calais, que restituiría al rey español gran parte del tesoro. Drake, ajeno a la suerte seguida por sus galeones de Calais, iba a proseguir por costas caribeñas el saqueo, la extorsión y la fiducia, según la ruta convenida con los síndicos socios de su Isla madre. Detrás deja en Santo Domingo ruinas, edificios que fueron emblemáticos, fachadas esculpidas en piedra, arbotantes góticos, bóvedas de crucero, arquivoltas conopiales, canecillos labrados o los colores de las vidrieras rotas, diseños todos desconocidos para la América no hispana hasta siglos después, esa América adscrita al corsario que ahora la desbarata. Y la dolorosa pérdida de valiosos archivos documentales de la primera ciudad y del primer establecimiento europeo, por genuinamente hispánico, de ultramar: un modelo que sería propagado por las Indias, Filipinas y otros enclaves de Asia y Oceanía, tras fatigas humanas incontables. Tras la destrucción, quedará establecido un sistema de aviso mutuo entre los puertos, mediante pataches que notifiquen las emergencias a la autoridad real de las islas. Es todo cuanto la Hacienda Real puede aportar en la presente coyuntura para sostener la colonización de la preciada pero deficitaria Adelantada de América.

Con el desastre, iba a sobrevenir un largo y penoso período de convalecencia. Habíanse abandonado por dificultades de explotación los yacimientos auríferos halladas durante los primeros tiempos de la conquista en Haina y La Vega, y no habían aparecido otros filones minerales donde aventurar nuevas inversiones que los banqueros de Hamburgo o Sevilla estaban dispuestos a financiar. Solo agricultura y ganadería contaban para potenciar el bienestar y los presupuestos insulares.

Frente a la presión pirática en aumento, muchos estancieros abandonan la costa oeste de La Española y tratan de exterminar al no poder coparlos, aquellos ganados cimarrones que pastaban libres por los campos. Incluso se mandan destruir algunas ciudades del norte con mas de siglo y medio de fundadas por ser consideradas polos de atracción del contrabando. Contábanse en aquellas costas más de 200 hatos de 10.000/12.000 y más reses, incluso una rica viuda había que poseía un hato con 42.000 cabezas de ganado. Pero también había otros hatos de cerda, caprino y ovino. El despoblamiento costero iba a convertir a los indeseables bucaneros que venían cazando  reses para cuerear su piel y salar cecinas, en afincados ganaderos. Comienzan a instalarse en la despoblada costa en sustitución de los estancieros idos, reponen ganado con nuevas depredaciones en otros pagos, y siguen su negocio libre de impuestos. Son hugonotes franceses rebotados de su católico terruño, aventureros de toda laya hermanados en el delito, sin patria, credo ni ley, que por los avatares de la política europea, serán apoyados por la propia metrópoli que los vomitó. Vienen a tomar tierra desde La Tortuga, Isla de Pinos, Martinica, como bandada de zamuros cuyo vuelo cae sobre res muerta en el campo. Más tarde sus descendientes y esclavos van a constituirse en nación, y entablar cruentas guerras contra los herederos de quienes habían puesto a valer aquellas tierras.

 
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Contexto Histórico de Santo Domingo (actual República Dominicana) – II

Bien es cierto que habíase prohibido la entrada de negros levantiscos y demás siervos criados con moros o judíos, y expulsados todos mediante su entrega a la Casa de Contratación para retornarlos a Sevilla, en tanto a los tratantes de la isla se les castigó con 100 azotes. Pero a la muerte de la reina Isabel (1504) se levantará el interdicto y se abre de nuevo la puerta a los negros. Para laborar las minas tráense esclavos nacidos en Castilla, negros cristianos adaptados a la cultura española. Se intenta someter a estos varones a mejor disciplina mediante la provisión de esclavas de su raza << que casándose con los esclavos que hay, den estos menos sospechas de alzamiento >> como parece suceder. Pero las razas africanas tenidas por más fuertes y resistentes, iban también a morir junto a los europeos por cientos, tras terribles travesías de escorbuto y mar, en aquellas malsanas tierras saturadas de humedales, plagas y mosquitos, seguramente de enfermedades tan conocidas como malaria y tifus, pero lejos de la ciencia médica del momento histórico que vivían las Indias. La mortandad de la raza negra es causa que llega a preocupar al propio Rey: << No entiendo como se han muerto tantos negros: cuidadlos mucho >>, manda decir extrañado. Diez años después, con la muerte del propio Fernando de Aragón, se suspendería la trata.

Los colonos raptan mujeres indígenas, que lejos de sublevarse contra sus captores, les acompañarán de buen grado en el lecho y con las armas. Algunas vuelven en principio a su comunidad, pero pasado cierto tiempo retornan voluntariamente con sus captores. Estos raptos y deserción de féminas tainas acabarán encrespando la animosidad de sus caciques. En Higüey se produce uno de esos levantamientos, que Ovando acude a sofocar. Cuenta el cronista Antonio de Herrera en las Décadas que en sus bailes y fiestas las mujeres tainas se daban a los españoles “que no bastaba resistir” y  que la cacica Anacaona “era muy deshonesta en el acto venéreo con los cristianos y por eso y otras cosas  semejantes quedó reputada y tenida por la más disoluta mujer que de su manera hubo en esta isla”.  Con este liviano trasfondo, acude Ovando ante nueva sublevación en el sureste liderada por la hermosa Anacaona, quien le recibirá con bailes de las muchachas núbiles de su tribu. El severo frey, manda apresar a la cacica y darle garrote. Pedrarias Dávila a la sazón Gobernador de Tierra Firme informa al Rey de que <<una de las cosas que más ha alterado en La Española y que más ha enemistado (a los indios) con los cristianos, ha sido tomarles mujeres e hijas contra su voluntad y usarlas como si sus mujeres fueran >>. Estos desajustes provocados en muchos casos por la escasez de mujeres y en otros por la entrega voluntaria de sus cuerpos, va a propiciar la llegada de esclavas blancas cristianas, sumisas y hacendosas mudéjares << pues habiendo en estas regiones gran necesidad de mujeres, los españoles las tomarían y no se unirían a las indias, amén de que las blancas rendirían más para el trabajo que las naturales >>, responde el monarca, que parece multiplicar sus empeños por doquier.

A estas medidas socio-económicas que trataron de nuclear las gentes de La Española, e impulsaron su agricultura y minería, además de favorecer los pulsos misioneros de culturización indígena, han dado en llamarse Ordenamiento del Territorio en el que Ovando hubo empeñado su gestión. Su influencia sería trascendental en el devenir de la desde entonces llamada, y verdadera, Cuna de América, como unidad hispánica diferenciada a la vez que referencia de proyección universal.

Cuando cree su misión cumplida, y deseoso de incorporarse a su orden monacal de caballero que porta sobre el pecho la verde cruz de Alcántara, regresa Ovando a España, a cuyo fin el parco célibe debe solicitar al Cabildo de Santo Domingo dinero prestado para el viaje. Fernando el Católico le premiará con su propio título vitalicio de Maestre Supremo de la Orden de Alcántara, a él perteneciente desde que le fuera adscrito por el papa Alejandro VI. Órdenes de caballería, monjes guerreros, poblamiento racional, economía productiva: un mundo vetusto que se entretejía con otro renacentista. Era la propia madeja española que ante el magno proceso que vislumbraba, estaba dejando de ser medieval para convertirse en moderna.

Ovando es sustituido como Gobernador por Diego Colón (1509-1515), hijo del Almirante, no por supuestos derechos paternos que sin duda reclama, sino por graciosa merced del Rey Católico, con cuya prima María de Toledo, de la ducal Casa de Alba, estaba desposado. Quedará para conseja urbana que la gobernadora y señoras del séquito, acostumbren pasear por la calle próxima a su residencia palaciega, que el mentidero colonial motejaría como Calle de las Damas.

Hacer de La Española una unidad productiva acorde a los cánones renacentistas, era idea ya asumida en la época de Don Diego, aunque iban a ser mil veces quebrantadas las reales disposiciones de facto por el coloniaje, contra la voluntad de su Gobernador y de sus lejanos reyes. Una constante histórica entre gobernadores y gobernados de cualquier época o país que  iba a persistir en pertinaz ritornelo sobre Santo Domingo, ayudada a veces por la debilidad, provecho propio y venalidad de oidores, fiscales y demás oficios reales. A la vez  que la enseñanza de su habla, van extendiendo dominicos y franciscanos entre los tainos la aclimatación de naranjos, limoneros, higos, melones, caña de azúcar, arroz, el ñame que llega con los primeros africanos, además de ganados, aves de corral, perros y gatos desconocidos en las antillas y traídos por los colonos desde la Península o Canarias. Muchos de los emigrantes que de Europa han llegado, pronto los ven distribuirse hacia otras islas y empeños, arrastrando afanes y hacienda de algún insatisfecho colono que con ellos sigue caminos hacia otros vientos. Este desequilibrado flujo hará que la población de la isla, comience a tambalearse algún día.

El ensayo previo de colonización americana va penetrando tierras dominicanas. Se crea la primera Audiencia (1511), el obispado de Santo Domingo pasa a ser Sede Arzobispal (1521), primera Silla Metropolitana y más tarde Catedral Primada de América (1541). El creado Tribunal de la Real Audiencia único en principio para toda la América conocerá de asuntos de gobierno, justicia y orden político y social. Compuesto por jueces, oidores, fiscales y alguaciles sería presidido por el propio Gobernador de La Española, pero por diversas razones no estaría operativo hasta que Carlos V lo puso en funciones (1526) perdurando su jurisdicción durante más de 250 años. Entre otras gestiones diplomáticas, habrían de tratarse en él las desavenencias entre Francisco Pizarro y Diego de Almagro del Perú, o las diligencias de paz avenidas entre Hernán Cortés y Pánfilo de Narváez en Yucatán. Desde Santo Domingo socorrerán la angustiosa llamada de Pizarro que en su guerra con los incas, pide se le envíen alimentos, caballos y herrajes, que despachará la Audiencia para el istmo con un galeón repleto de monturas y bastimentos.

Llegan los jerónimos a la isla, los dominicos a la capital. Impulsan los primeros el cultivo de la caña (1516) y los ingenios para triturarla y procesar sus melazas, rones y guarapos, cofinanciados algunos por la Real Hacienda y promovidos otros por ciertos pudientes vecinos de Santo Domingo. Los dominicos enarbolarán como seña de identidad la bandera de la esclavitud indígena, que van a defender apasionadamente tanto en las Indias como en Europa. Nueva y mortal epidemia de viruela viene a implosionar a la raza taina hasta casi borrarla del mapa, y la libertad de los indios espoleada por los dominicos va ganando terreno a expensas de la esclavitud de los negros, al punto que pasados unos años, el Gobernador Alonso López del Cerrato recibe instrucciones del Emperador Carlos V (1544) para dejar definitivamente libres a todos los indios de La Española. Solo los misioneros, con su portentosa capacidad de adaptación espoleada por la fe, han sido capaces de oponerse al poder establecido, ya económico o político en defensa del indígena. Difícil cometido para la razón, campo abierto a la compasión, ingenua bonhomía frente al atávico cacumen humano, serían sus valores. Los dominicos verían disminuida su razón de ser en Santo Domingo y su concurrido  convento decae a favor de Puerto Rico y Cuba, nuevo destino de sus frailes, nuevas abulias que encauzar y proteger. A causa del vacío indígena, los  jerónimos van a solicitar de la Corona negros bozales francos de todo derecho, que aliviarán las plantaciones e ingenios de caña << para que estos indios sus vasallos, sean ayudados e relevados en su trabajo >>. Pronto se programa la llegada de 4.000 negros de ambos sexos durante los siguientes ocho años, gravados con tasas y almojarifazgos como si de mercancía se tratase, que iba a dar notable ganancia a la Hacienda Real.  Ya a mediados de siglo el tráfico de africanos de contrabando o declarados, había generado un mercado de esclavos caros y colonos pobres, alzamiento y cimarronismo, abundancia de manumisos y libertos, reventa de negros en cercanas islas y merodeo clandestino de negreros ingleses y holandeses por la costa españolense con negros guineanos a precios de ganga. John Hawkins aparece con 300 negros robados en la costa de África (1563), negros que trocará por cueros, azúcar y jengibre para poner velas por medio: un negocio que repetiría en posteriores ocasiones.

De Santo Domingo parten y allí retornan las expediciones de conquista y poblamiento de Antillas y Costa Firme. La ciudad experimenta un fuerte crecimiento con edificios privados, conventos, palacios e iglesias de hermosa arquitectura gótica o renacentista rodeada de heredades, jardines, naranjales, cañafístolos, frutales varios. Los dominicos, fundan su convento en 1510, cuyas aulas se transformarán en la Universidad de Santo Tomas de Aquino años después (1538), primer foco intelectual americano que va a irradiar sus luces a los territorios descubiertos. Se funda, el Monasterio de Santa Clara (1551) con 10 monjas clarisas españolas y 16 jóvenes reclutadas en la isla. Se construye el Monasterio Regina Angelorum para albergar en principio a otras seis dominicas andaluzas (1560). Las monjas serían las encargadas de formar en letras y labores del hogar las nuevas generaciones de jóvenes casaderas, y para aquellas otras de familia acomodada cuyo estatus así lo demandaba, añadían cocina, bordado, música y danza. De estos conventos saldrán las fundadoras de los conventos de Puerto Rico y Venezuela. Se va completando el cerco murado que zuncha la ciudad y su Fortaleza Ozama, con bastiones estratégicos para fusilería en sus paños; en ella iba a morir su alcaide, el historiador Gonzalo Fernández de Oviedo (1557). En pleno  medro ciudadano, su entonces obispo primado, el toscano Alessandro Geraldini, llegará a proclamar con entusiástica loa: “ínclita ciudad con edificios altos y hermosos, puerto capaz de contener a todos los navíos de la Europa, con calles anchas y rectas que nada tienen que envidiar a las de Florencia…” No iba a durar mucho esta desbocada euforia. En una suerte de sesgo esperpéntico, este esplendor comenzaría a decaer tras afianzarse la conquista de México y convertirse La Habana en puerto neurálgico de las Indias en su comercio con España. Sus colonos parten a esas y otras tierras y otros quehaceres, y la demografía de La Española comienza un preocupante descenso. Las gentes que antaño recibía de la Península, hogaño pasan directamente al continente. A finales de siglo la capital dominicana apenas conserva 500 familias asentadas. Los colonos que migran llevan un magro ajuar en naves siempre repletas de pasajeros que buscan mejor suerte. Centenares de cabezas de ganado traídas a la isla para añadir valor a sus pastizales, quedan cimarronas, sueltas a su albedrío por los campos tras el forzado abandono de sus dueños. Y en pocas décadas de crecimiento vegetativo, los centenares se tornarán miles, al alcance de quienes quieran capturarlos o sacrificarlos.

 
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CONTEXTO HISTÓRICO DEL VALPARAISO ESPAÑOL

El Adelantado Diego de Almagro había salido de Quito (1534) hacia el sur, decidido a conquistar un imperio tan dilatado como el que atrás dejaba en manos de su socio Pizarro. Para el buen fin de la empresa, hízose acompañar su hueste por una flota costera de tres barcos cargados de bastimentos. Solo una de las tres naos, la pequeña urca “Santiaguillo”, carcomida de broma y anegadas sus bodegas de salitre, arribaría unos meses mas tarde a la ensenada llamada de Quintil por los autóctonos changos, pueblo pescador nómada de aquellas costas. Avisado Almagro de la buena nueva, envió a su Alguacil Mayor para recibir la oportuna dádiva surgida del mar. El capitán Juan de Saavedra, hidalgo castellano de la Serranía de Cuenca, al mando de treinta jinetes localizó la urca. Al fondo de un angosto y arbolado valle, hendido por tres barrancas con bulliciosas aguas de recientes lluvias, hallaron fondeada la nave. El cuadro que aparecía a su vista, semejante al escarpado valle de su infancia, hízole llamar al lugar Valparaíso. Días después llegaba el propio Almagro que mandó desembarcar la preciosa carga de víveres, vestimentas, hierro bruto y herrajes de la nave, carenarla, herrar los caballos y consolidar en aquel valle un asentamiento estable para su hueste.
Almagro, una vez fundada la nueva ciudad de Valparaíso (1536), asignó a sus hombres un lote de huertos, construyo el caserío de bahareque y paja, y tomó las providencias para reconocer la costa hacia el sur por mar y tierra, a fin de explotar los recursos naturales que pudiera ofrecer la región. Pero decepcionado ante los magros resultados de sus pesquisas, tras un penoso invierno, decide regresar al Perú atravesando de nuevo los Andes y el desierto de Atacama con aquellos espectros supervivientes. La crónica de la terrible retirada nos cuenta que << algunos de los que murieron a la ida, en pie, arrimados a las peñas, helados, con sus caballos de rienda también helados, estaban tan frescos y sin corrupción como si acabaran de morir, y así fueron sustentación de la gente que venía, los caballos que topaban helados en el camino y los comían >> … Valparaíso fue abandonada y por años no volvería a saberse de ella.
Pedro de Valdivia, conquistador de Chile y fundador de Santiago, halla en Valparaíso el enclave costero necesario para el intercambio comercial de su capitanía con Lima, la capital del Virreinato. Y respetando nombre y fundación, apostilla al enclave como “Puerto de Santiago” (1544).
El Mar del Sur era por entonces llamado “lago español”, y realmente lo era, por ser piélago desconocido para el resto de europeos. Solo los portugueses llegaban por los confines del Índico al Mar de la China (islas de las Especies o Molucas, Macao, Formosa y Cipango) siguiendo la ruta este del Cabo de Buena Esperanza, descubierto por Bartolomé Díaz casi un siglo antes. Drake, conocido corsario del Caribe, irrumpe en el Pacífico, según alerta lanzada desde Buenos Aires en 1579. Pronto va a llevar al Mar del Sur la amenaza filibustera, que produce consternación y alarma en las desguarnecidas costas occidentales de America. España e Inglaterra están comprometidas en un cese de hostilidades por la tregua de 12 años firmada dos años antes, cuando apenas media docena de galeones habían logrado superar el paso que Magallanes descubriera medio siglo antes. El ahora pirata conculcador de treguas pero gran navegante Drake, pierde su flota en el empeño, pero su nao capitana logra superar la barrera austral y acceder al Mar del Sur. A la vista de sus velas, los escasos moradores de los enclaves costeros y Valparaíso entre ellos, van huyendo hacia el interior del país. Drake asalta las inermes chozas de “El Puerto de Santiago”; y como único y posible botín a su alcance en tierra firme, roba las vinajeras de plata de su iglesia de paja y cañas. Aborda un único y solitario patache allí anclado presto para zarpar al Callao, le despoja de su carga de botijas de mosto y maderas, junto a la moneda destinada a la compra de enseres. Tras esta azarosa jornada de Valparaíso, prosigue su rapiña hacia el norte, no sin antes poner fuego a todo vestigio repoblador del neonato puerto. Se suceden las noticias del avance depredador del pirata inglés por la costa occidental de América. Tras el saqueo de El Callao, el virrey Toledo organiza su persecución. Pedro Sarmiento de Gamboa parte rumbo norte tras el intruso al mando de dos galeones fuertemente artillados, pero no logra contactarlo. Vira rumbo sur, y con bases alternativas entre Valparaíso y Chiloé, decide esperar durante un año el retorno del pirata hacia el Atlántico por el Estrecho de Magallanes; pero tampoco aparece, a la vista de lo cual sigue hasta España para proponer la fortificación del paso magallánico. Y es que Drake, escarmentado de su durísima remontada del meridión americano hacia el Pacífico, ha decido regresar a su metrópoli por la ruta portuguesa del Índico. De esta manera se zafa, sin saberlo, de la emboscada preparada en el Pacífico Sur por la estrategia virreinal.
La noticia de la presencia de Drake por aquellas costas se propaga por la América toda, y a partir de ese día Valparaíso iba a tomar carta de identidad en los mapas del mundo. Felipe II ordena construir en Guayaquil naos reales para la salvaguarda costera. Con ellas formará la Armada del Mar del Sur, protectora del Galeón de Panamá, los puertos del Pacífico y su navegación comercial frente a la potencial piratería que se intuye va a cernirse en adelante sobre aquel litoral.
El comercio con El Callao incrementa la salida de mercancías de Valparaíso, pero los corsarios holandeses e ingleses seleccionan presas más jugosas (galeones de Panamá o Manila) versus el inerme rancherio de Valparaíso, solo parcialmente habitado. Los corsarios ingleses Cavendish (1587) y Richard Hawkins (1594) hijo este de John Hawkins conocido corsario, contrabandista y negrero ingles del Atlántico, ponen rumbo al Pacífico y saquean y queman los ranchos de “El Puerto”. Pero la noticia del arribo del segundo moviliza la fortificación de Valparaíso, que construye su Fuerte de San Antonio (llamado después “Castillo Viejo”) a estribor de su rada, primer reducto fortificado del puerto. Hawkins y su nao capitana serán apresados por los galeones “cagafuegos” de la Armada del Mar del Sur y pasará más de diez años en las cárceles peruanas y españolas, hasta ser liberado por la diplomacia de su poderoso sindicato, cuajado de influyentes rentistas beneficiarios de sus fechorías.
El corsario holandés Oliver de Noort (1600) logrará incendiar sorpresivamente tres barcos surtos en el puerto con frutas y legumbres secas, sebos y cecinas, pero la metralla de las baterías del Castillo Viejo, le alejan de sus aguas sin poder completar el expolio. La arribada de la flota de su compatriota Joris Spilbergen (1615) denunciada con tiempo desde Buenos Aires, será debidamente recibida. Valparaíso, a la espera angustiosa de recibir carga para sus cañones, había reforzado su milicia, despejado de barcos su fondeadero y hundido una vieja nave en él, para evitar la aproximación a tierra de la escuadra enemiga. Una cerrada descarga de fusilería dio cumplida bienvenida a las primeras chalupas del desembarco holandés. Con estudiada cadencia, iban los fusileros durante la refriega replegándose hacia el interior, desde los fosos cavados y sus empalizadas de playa. Mientras clareaba el día, ambas fuerzas mantuvieron su porfía. Pero cuando empezó a caer la noche, hízose más vulnerable la tropa desembarcada, reflejando sus casacas el resplandor de las estratégicas piras que ardían por doquier. El corsario holandés acabaría por replegarse a sus naos, y dar la vela rumbo güeste hacia sus Indias Occidentales en la oscuridad de la noche.
En 1616 se repuebla y crea el Corregimiento de Valparaíso, que años mas tarde pasaría a declararse Plaza Militar bajo crecida milicia y nueva y poderosa fortificación que empieza a construirse. Llegan los Agustinos Recoletos, que reciben un terreno en la quebrada desde entonces llamada de San Agustín, donde se establecen (1627). Llegan los Franciscanos (1663) para construir su claustro en la quebrada a la que legarán su nombre. Valparaíso que exporta mostos, sebo, cáñamo, mulas y coquitos de palma, inaugura una línea de naves propias que enlazan periódicamente con El Callao y otros puertos del Pacífico. Para el almacenaje de fardos y pertrechos comienzan a construirse galpones y bodegas de adobe y teja, alineados a lo largo de la playa. En primavera y verano, bajo los sures de aquellas costas se presentaba la mayor actividad portuaria; en el invierno austral, los fríos y desabridos vientos del norte obligaban al cierre de actividades náuticas.
Se construye el elevado Reducto de la Concepción sobre el punto de aguada (1676). Se termina el Castillo de San José sobre el cerro nuclear del enclave, dotado de poderosos cañones de bronce para el tiro de alcance. A sus pies, se remata este Castillo Alto con otro Castillo Bajo, plataforma o planchada prolongada hasta la playa, y artillada con cañones de hierro para el tiro rasante (1692) sobre los mástiles del fondeadero.
El tráfico portuario focalizado hasta entonces en Panamá, que expendía las manufacturas sevillanas a los puertos del Perú y recibía en sentido inverso pagos y mercancías que a Sevilla retornaban, iba a cambiar radicalmente a partir de 1746. La liberación del comercio con la Península propiciaba el tráfico directo de Valparaíso con Sevilla tras doblar el Cabo de Hornos rumbo a Buenos Aires y Montevideo. El paso del Atlántico al Pacífico navegando por el Mar de Hoces, era a la sazón ruta habitual de la holandesa Compañía de las Indias Orientales desde mediados del siglo XVII. Y España hacía propia la ruta descubierta y estudiada por Holanda. Como contrapartida, el tiempo empleado en arribar del Atlántico al Pacífico las mercancías peninsulares venidas desde Sevilla vía Panamá seguido desde el siglo XVI, iba a verse aligerado en varios meses por la nueva ruta.
Recientes terremotos (1730) habían arruinado fortificaciones, bodegas, galpones y más de cien casas habitadas regularmente en Valparaíso, pero la ciudad iba a surgir con brío de sus calamidades históricas. Escala obligada tras doblar el Cabo de Hornos, el “Puerto de Santiago” seguía recibiendo por el norte, paños de Quito, azúcar y plata mexicana del comercio con Acapulco y Panamá. Por el sur, la nueva ruta de los “Navíos de Registro”, aportaba desde Buenos Aires un notable abaratamiento de productos de primera necesidad como herrajes, telas, vestidos, y otras manufacturas, además de aceite y aperos peninsulares. Y expedía en todas direcciones sus sebos, badanas, cordobanes, jarcias, mechas para pistolas y fusiles, cáñamo, hilos, cordelería, cecinas, mostos…
Una vez perdido el miedo al paso austral y sus “Aullantes Sesenta”, alentado siempre desde los mentideros de Europa mediante vaticinios y consejas de toda laya frente a cualquier noticia desgraciada de navegante o Flota, los comerciantes franceses de Saint Malo, con naves documentadas de “Registro Franco” completarían un ciclo bianual de ida y vuelta al Callao y Valparaíso. En sus naves traen no solo nuevos productos, sino nuevas ideas que bullen en la Francia prerrevolucionaria, semilla de la independencia que medio siglo mas tarde había de llegar a estas costas.
En 1766 se establece el “tráfico en derechura” con Cádiz, con el correspondiente menoscabo de pólizas, alcabalas, retrasos y sobrecostos, además del gravamen por muertes que el tránsito de sus gentes por climas tropicales penalizaba. Pero el océano proseguiría hurtando a los dioses su puntual tributo en vidas. La navegación austral llenará los puertos de Chile de enfermos escorbúticos, y de cadáveres flotantes las estelas de sus barcos. El escorbuto habíase convertido en la enfermedad endémica de la ruta austral, azote sistemático de las tripulaciones con más de los dos meses de singladura. Para poner remedio a tantos males, llegan a Valparaíso los Hermanos de San Juan de Dios, que instalan su Hospital en el inconcluso convento de Santo Domingo (1767). En un enroque virreinal, los dominicos pasan a ocupar la Casa de Ejercicios que los expulsados jesuitas regentaban tras La Matriz, luego de su abandono de las Españas por Real Orden de Carlos III.
En 1774 se establece la Aduana y pocos años después, cristalizada su ciudadanía propia con varios miles de almas, Valparaíso nombra Cabildo. Ambrosio O’Higgins a la sazón Gobernador General de Chile, solicita a Carlos IV el título y blasón de ciudad nueva (1789), para el viejo “Puerto de Santiago”. Bastantes años más tarde recibiría en contestación el águila de San Juan con su escudo de Nuestra Señora de las Mercedes de Puerto Claro, y su lema de “muy noble y leal”, un sarcasmo para los vientos emancipadores que soplaban ya por aquellos pagos.

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