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Contexto Histórico de Acapulco – I

Figura 1: Orla de Acapulco

 

La primera noticia que tenemos de Acapulco proviene de Bernal Díaz del Castillo, que en la descripción de un perfil gráfico de la costa sur que poseía Monctezuma II (1519), lo cita como nombre de la ensenada que más tarde sería puerto famoso del Pacífico virreinal. Nombre al parecer de raíz náhuatl, con significado de lugar de carrizos destruidos, Acapulco surge como núcleo humano a partir de las expediciones de Hernán Cortés, llegado a su bahía para explorar y cartografiar, por mandato real, las costas del oeste novohispano. Su nombramiento como Capitán General de la Nueva España y del Mar del Sur, a ello le comprometía frente al Emperador Carlos V. Montará allí unas gradas (1523) donde construir y carenar las naves que han de llevar a cabo su empresa marinera. Inmejorable fondeadero de flotas, poseía la ensenada una bocana cerrada, disipadora  de todo  oleaje  franco de mar abierta, y un espléndido abrigo en anfiteatro empotrado al socaire de la Sierra Madre del Sur. Ribeteada de árboles donde trincar amarras o gobernar carenas, fue conocida en sus primeros tiempos como Bahía de Santa Lucía, al ser descubierta en esa festividad por la temprana expedición del capitán extremeño Francisco Álvarez Chico (1521). Cortés tenía una precisa visión de la costa, donde habíale encargado recabar tributos de los pueblos indígenas, lo que le llevaría a fundar Zacatula (hoy La Unión) como capital regional, y donde finalmente iba el capitán a encontrar su muerte. En 1531 Juan Rodríguez Villafuerte, explorando la costa desde Zihuatanejo, llegará hasta Santa Lucía, cuyo rancherío iba a nombrar como Villa de la Concepción. Este núcleo indígena y otros rancheríos periféricos, le serían adjudicados como encomienda con el nombre de Provincia de Acapulco, cuyas gentes tributarían en especies de maíz, algodón y cacao. Pero será Diego Hurtado de Mendoza quien funde de hecho el puerto de Acapulco, cuando en 1532 zarpa de su bahía con dos naves construidas con madera de sus bosques y mano de obra española y tlascalteca. Pronto una de ellas la regresaría con gente levantisca que no quiere por compañera. Sigue explorando la costa hacia el norte con la otra nave hasta que, sorprendido por una tormenta, naufraga, no sin antes haber cartografiado la costa recorrida y algunas de sus islas. Solo 3 supervivientes superarán penalidades sin cuento para informar del desastre a Cortés, que decide ir personalmente a buscar sus vestigios. Para ello, se trasladará a Santo Domingo Tehuantepec, ciudad por él fundada entre los zapotecas como apoyo de la campaña de Guatemala. Allí va a supervisar la construcción y aprovisionamiento de cuatro naves, con las que rastreará sin resultado la derrota de Mendoza. He proveído con mucha diligencia que en una de las partes por donde yo he descubierto la mar, se hagan dos carabelas medianas y dos bergantines; las carabelas para descubrir y los bergantines para seguir la costa… y para ello he enviado a una persona de recaudo y cuarenta españoles en que van maestros y carpinteros de ribera, aserradores, herreros y hombres de la mar… y he proveído a la villa por clavazón, velas y otros aparejos necesarios para los dichos navíos, y se dará toda la prisa que sea posible para acabarlos y echarlos al agua… le informa Cortés al Emperador en su Tercera Carta de Relación … Pero tras recorrer infructuosamente el litoral, regresará al resguardo de Acapulco, de donde saliera la expedición perdida. A partir de entonces considerará su puerto como el mejor de aquella costa, y la base de su astillero.

                                   El ir y venir de Cortés y su fieles entre la capital y la costa, iba a ir señalando una ruta itinerante de gentes a caballo que, guiados al principio por baquianos locales, fueron contorneando nuevos tramos para pezuña, diferentes de las sendas indígenas tradicionalmente seguidas por los tamemes nahuas. Marcábase con ello la futura senda embrionaria del camino real de Acapulco. El hecho de que una gran parte de los tributos y gravámenes impuestos por los mexicas a las sometidas tribus del sur, proviniesen de comarcas próximas al camino de Acapulco, impulsó al conquistador a enviar exploradores al área. Los autóctonos tlahuicas en las estribaciones de la Sierra Madre del Sur, era fama que tributaban su carga impositiva a los aztecas en incienso, mieles de abeja, barras de oro y otros metales. Se sospechaba que entre aquellos metales estaba el estaño, gran remedio para la fabricación de cañones de bronce en la Nueva España, que podrían fundirse a pie de astillero. La información recibida tras la inspección minera fue positiva y pronto iba a comenzar un laboreo minero (1522) próximo al enclave indígena de Taxco (Juego de pelota en náhuatl). Este asentamiento español entre estribaciones y cerros de la Sierra Madre, situado a escasos 10 km del anterior, daría lugar a la ciudad de Taxco La Nueva, fundada por el capitán Rodrigo de Castañeda (1529), comisionado por Cortés para reconocer la mineralogía de la región que seríale posteriormente entregada en encomienda. Las aparentes trazas de manganeso detectadas en las muestras minerales analizadas en Ciudad de México, resultaron ser vetas de plata, alguna de las cuales adquiriría fama y fortuna dos siglos más tarde, de la mano de los aragoneses La Borda, que explotarían también otros yacimientos regionales de vetas o mantos de oro, plomo, cobre y zinc. Al arrimo de la producción argentífera, los hermanos aragoneses mandarían construir el templo votivo de Santa Prisca, icónica joya churrigueresca del Taxco del siglo XVIII, mientras iba labrándose en la ciudad la fama internacional que habían de adquirir sus orfebres plateros.

                                Bajo ese mismo criterio de reconocer las formaciones rocosas y auscultar posibles minerales metálicos en la región, Cortés enviará una partida exploratoria al valle de Iguala (Donde es serena la noche en náhuatl) al mando del capitán Juan de Mesa. La correspondiente toma de muestras minerales en los cerros y sierras circundantes, arrojaría la existencia de abundantes yacimientos metálicos. A la vista de este primer contacto, se iniciará la eufemística pacificación de la comarca, no otra cosa que la toma y sometimiento de los indígenas al poder de la Corona española. Finalizada ésta, le sería entregada en encomienda temporal al propio Mesa, que traería a Iguala misioneros franciscanos (1534) para catequizar a los indígenas comarcanos, a quienes someterá a tributación en especies de maíz o metal en barras. Con la orden del sometimiento perpetuo dictada por la Real Audiencia de México (1550), esa encomienda será adjudicada a Francisco Mexía, quien implantaría el ganado porcino y caballar en los pastizales del valle. Andando el tiempo, Iguala iba a convertirse en plaza clave del camino real de Acapulco, con un importante eco comercial del flujo económico entre Manila y Sevilla.

                                En 1527 por orden del propio Cortés, Álvaro Saavedra Cerón había partido de Zihuatanejo con tres naves para tratar de encontrar la Trinidad, capitana de Magallanes, perdida en las Molucas seis años ha, cuando intentaba ganar las costas novohispanas. Noticia sabida durante su estancia en España, donde era comentario obligado la gesta de Juan Sebastián Elcano con dieciocho supervivientes tras su arribo a Sanlúcar de Barrameda y tres años de incansable navegar. Y hacia aquellas lejanas islas irá Saavedra siguiendo el paralelo 12ºN. En una longitud y latitud hoy reconocibles como coordenadas geográficas aproximadas del archipiélago Hawai, el vigía de la capitana da la voz de haber avistado tierra al contraluz del atardecer. Tierra que, al amanecer del siguiente día y no obstante buscarla por otros dos consecutivos, no volverían a percibir. Pocas dudas caben hoy sobre ese primer avistamiento de las islas Hawai, que iban a ser mapeadas con diversos nombres y por diversos pilotos en los planisferios secretos de la Casa de Contratación de Sevilla. Esto ocurría dos siglos antes que James Cook diese noticia de la existencia de ese archipiélago. No iba Saavedra a encontrar la nao de Magallanes, pero iba en cambio a toparse con los restos de la expedición de Loaysa – Elcano en las Molucas, viaje surgido de La Coruña dos años antes, y desperdigado por el escorbuto y el Pacífico durante el año precedente. Por tres veces intentará Saavedra tornar velas a Nueva España, cargado de especias y gente española rescatada de manos portuguesas. Tres veces más que añadir a un intento muchas veces emprendido, pero ni una sola vez alcanzado. En el último de ellos, tornará su nao a Jilolo (Halmahera)  con un Saavedra moribundo a bordo. Nuevamente se repetía la historia de la nao Trinidad y su desesperado intento de retornar a Nueva España cruzando el Pacífico rumbo leste. Cargados de especias en Tidore, Juan Sebastián Elcano y Gonzalo Gómez de Espinosa pilotos de la expedición magallánica, habían acordado regresar a tierras hispanas con las dos naos supervivientes por rumbos diferentes, ambos desconocidos, y que Dios reparta suerte. Elcano rumbo e España por el Índico, logrará aportar con su Victoria al año de su separación; Espinosa, rumbo a Nueva España por el Pacífico, no lo conseguirá con su Trinidad. Con extraordinaria intuición había tomado rumbo norte hasta latitudes tan altas como la Hokkaido japonesa, surgidero de la corriente de Kuro-Shivo que habría de salvar a un Urdaneta que la conoció por referencia, medio siglo más tarde. Pero Espinosa que ignora su existencia, no sabe leerla en sitio, o no acierta a interpretar el arrastre marino del plancton ni la mutante tonalidad de su agua vehicular. Vientos atemporalados adversos y las bajas temperaturas del Septentrión, le obligarán a volver a Ternate sin apenas alimentos para subsistir. Preso por los portugueses de Tidore (1522), sería repatriado con otros compañeros, Índico avante, tres años después, gracias a una gestión de la emperatriz Isabel de Portugal, esposa de Carlos V.

                                 Por aquellos años, el Emperador había otorgado a Cortés los títulos de Capitán General y Marqués del Valle de Oaxaca, que junto a la dignidad y tierras inherentes, le confería derechos sobre los descubrimientos que hiciere en el Mar del Sur. En aquel ínterin, El Emperador había nombrado a Antonio de Mendoza y Pacheco como Primer Virrey de Nueva España. Un Mendoza de alta alcurnia, estirpe de vasallos fieles al Habsburgo desde sus aciagos tiempos de  los comuneros castellanos. El César no quiere viejos conquistadores de Indias, que se enquisten en una suerte de alter ego de la nobleza territorial castellana, siempre difícil de manejar y que, recién llegado a España, se había opuesto visceralmente a su troupe flamenca. Otorga prebendas, título y honores al caudillo extremeño, pero le encarga nuevos cometidos fuera del virreinato, remarcando la máxima autoridad territorial del Virrey recién nombrado. La fase de capitulaciones directas entre la Corona y el emprendedor de turno, había concluido. El Emperador quiere funcionarios del reino, temporales e intercambiables, solo nombrados en función de su lealtad y valía, dictada a criterio de su Consejo de Indias y acordes al proyecto y circunstancia humanos. No quiere subsidiarios de raigambre medieval, proclive siempre al enriquecimiento o la genealogía. Es el tiempo renacentista, donde los altos funcionarios han de ser quienes traten con los hombres de iniciativa, imprescindibles canales  de progreso para ese nuevo mundo que Carlos de Habsburgo sueña construir, pero también interlocutores persistentes, activos y locuaces, que piden y deben ser escuchados. Y en último caso, si la magnitud de la propuesta supera la atribución del funcionario, sirva éste para regular el acceso a la persona del Rey y sus asesores, a fin de sopesar en cumbre cameral, la viabilidad o no del proyecto que se presente.

    A la vista del mandato recibido, organiza Cortés entre Veracruz y Acapulco una complicada red para suministrar los herrajes y pertrechos, que van llegando desde Sevilla. Ante ello, la Ciudad de México y otros puntos del interior, madrugan su creación manufacturera amparada en  artesanos castellanos que, llegados como soldados de conquista, emprendedores al fin y al cabo, comienzan a su escala una elaboración autóctona, auspiciada por la fuerte demanda virreinal. Los españoles habían traído a Nueva España, junto a su rutinario mundo del día a día, la edad del hierro, la edad de la rueda, de los motones, poleas y cabrestantes, la edad de la rueca, de la navegación a vela, del arado y de los bueyes, y la del alfabeto, sopa de letras nutricia del morlaco mestizo que asomaba sus cuernas a la Historia. La escrita, la de verdad, no la distorsionada por la consuetudinaria o ritual oralidad de los ancianos al amor de la lumbre. Porque sus pictogramas, pese a la magia de sintetizar en un solo dibujo cientos de frases alfabéticas, quedaban lejos de interpretar las ideas con la justeza conceptual que aportaba la Gramática de Nebrija. Por otra parte, era el propio Hernán Cortés en sus Cartas de relación de la conquista de México, quien primero escribiría la lengua náhuatl con caracteres latinos o de lengua culta. Los nahuas, como el resto de indígenas del Nuevo Mundo, desconocían la escritura. Nadie antes había expresado fonográficamente habla americana alguna. Según su propia percepción auditiva, iba aquel universitario salmantino conocedor del latín y del derecho, a emplear sílabas latinas de sonido invariable, para transcribir la fonética escuchada de labios indígenas. Pero labios indígenas que, pese a emplear idéntico idioma, modulaban las sílabas de un mismo nombre de forma diversa, según fuere su procedencia geográfica. Eran modismos y matices fonéticos propios, con fluctuaciones sónicas equivalentes a las de cualquier otra realidad idiomática del mundo y sus variantes regionales. Las diferentes pronunciaciones del indígena, según su comarca de procedencia, venían a complicar aquel primer ensayo fonográfico. En el Anahuac, la o era pronunciada como ou (algo parecido a lo que pasa con el OrenseOurense en nuestra lengua galaica). Fue evidentemente engañado por su sensibilidad auditiva frente a sonidos desconocidos, escuchados ¡y pensados¡ por una mente renacentista, con todo el bagaje que hoy sabemos significaba serlo plenamente. Tecatl, lo identificó como tecal, Tenochtitlán como Temixtitán, Texcoco como Tesuico, Xochimilco como Suchimilco…  Pese a su rigorismo natural por las cosas bien hechas, no alcanzará Cortés a  asignarles en gran mayoría de casos, una equivalencia latina gráfica, fidedigna de la sónica por él auditada. Él mismo reconocería más tarde la presencia de formas aztecoides deformadas… en el habla coloquial de los nahuas especialmente en la pronunciación de préstamos lingüísticos procedentes de la cultura maya. Con todo debía, como narrador, expresar con justeza los nombres propios escuchados, puesto que trataba de exponer ante el Emperador, un relato objetivo, coherente y unívoco. Y así salen de su pluma, por vez primera en lengua española, vocablos mágicos que a oídos castellanos suenan a murmullos de humedal, onomatopeyas del viento. Otros estudiosos, indios, mestizos o criollos, serían en adelante los encargados de expresar en propia lengua y forma fidedigna estos fonemas, con la justeza conceptual requerida, una vez conocida y asimilada la herramienta alfabética para ahormarlos. Tal como asimilaron la escala cromática a sus sentires musicales que ancestralmente lo fueran pentafónicos. Surgirían así, tanto relatos de intrahistoria como tratados y digresiones científicas y experimentales sobre herbolarios, especies avícolas, anatómicas, melódicas, polifónicas o costumbristas… un verdadero motor de la actividad intelectual de las élites indígenas pensantes y de su transferencia didáctica inter símiles et diversus. Lenguaje y pensamiento sabemos hoy que van unidos.

      De pronto, el alfabeto literal que se ofrecía, comprendía signos capaces de combinarse para fosilizar palabras, nombres, frases, ideas…  sucesos recién ocurridos que, una vez escritos, permanecerían invariables para siempre. Eran indeformables: generación a generación expresarían exactamente lo mismo. Quien los leyere entonces, recibiría la misma información que quien ahora lo hiciese. No se distorsionaban con el tiempo, como ocurría con la memoria. Y eran además acumulables, hasta poder conservar enormes cantidades de episodios y aconteceres, que la memoria colectiva de todo un pueblo no alcanzaba a recitar. Lo mismo ocurría con la notación musical que empleaban los españoles: eludía el recordar las melodías. Se escribían y perduraban inmutables en el tiempo. Partituras medievales, polifonías, concerti con molti strumenti, imposibles de recordar, se tenían en toda su complejidad y frescura en cualquier momento gracias a la notación musical. Y tras el alfabeto fenicio y las notas gregorianas, los números árabes y la aritmética griega. Capaces de resumir en corto espacio de papel y tiempo, complicadas operaciones de sus cuatro reglas, tan ajustadas al propósito, como gramática o pentagrama lo eran al suyo. Todo ello suponía una explosión en la santabárbara de la esplendorosa nave emplumada azteca. Su imperio tenía los días contados. Había llegado el tiempo de las palabras, que tanto enamorarían a Pablo Neruda. Las palabras, que todo lo cantan…  – decía el Nóbel chileno -… que brillan como piedras de colores, saltan como platinados peces, son espuma, hilo, metal, rocío… cristalinas, vibrantes, ebúrneas, vegetales, aceitosas, como frutas, como algas, como ágatas, como aceitunas… con todo lo que se les fue pegando de tanto rodar por el río, de tanto trasmigrar de patria, de tanto ser raíces… Todo está en la palabra… que en un momento clave de la Historia fue La Palabra. La Palabra de Juan Evangelista, que se hizo carne humana para habitar entre los hombres y trasmitirles su Verdad. Ambas palabras, la sintáctica y la sincrética, la profana y la sagrada, la escrita y la sentida, iban a ser yunque y martillo del primer ethos mestizo de Indias. El Nuevo Mundo que creía intuir el historiador lombardo Pedro Mártir de Anglería.

 Como en toda encrucijada social crítica, connotados indígenas de mente despejada hubo, que se aferraban al pasado, a la heroica tradición de su pueblo llegado del norte muchas generaciones antes. Otros en cambio, intuyeron el mundo que se les abría para el estudio y clasificación numeral de sus herbolarios y gemas, del cincelado de esculturas y bajorrelieves, del hallazgo del arco o la cúpula, de los animales de carga y arado, del salto adelante de su pueblo, del progreso renacentista, atisbado todo al alcance de su mano. Nunca pueblo amerindio alguno de tal nivel cultural había gozado de semejante circunstancia histórica, porque jamás contó con similar posibilidad de osmotizar los nutrientes de otra cultura adjunta. Era una más de las tomas de conciencia decisivas del homo, atrapado en cualquiera de sus encrucijadas históricas. Y la duda afloraba en el ánimo, porque todo sapiens lo lleva en su ADN. En una coyuntura ibérica no muy lejana al hoy, pero plena de ira y mediocridad, fueron denostados aquellos intelectos, pioneros del cambio, tildados de afrancesados, léase antipatriotas, traidores, renegados, Aunque la situación real presentara planteamientos maniqueos, negro sobre blanco, se trataba a fin de cuentas de un contexto humano iterativo en la Historia. Pueblos enteros hubo que vislumbraron el cambio de Era, y lo aprovecharon, aportando además su herramienta bélica. Tal el caso de los tlascaltecas, pero también los totonacas y demás pueblos indígenas que asumieron a su modo en masa el salto al vacío de la guerra, por sacudirse la tiranía del poderoso mexica. Y no sin tensiones internas de sus gentes, que las hubo y fuertes, para ofrecer un frente común imbricado con aquellos advenedizos que podían resultar un bluff. La solidez carismática y temperamental de Cortés como líder multiétnico, vino sin duda a coagular aquel magma hirviente, hasta la victoria final.  

        Ya antes de la caída de Tenochtitlán, las herrerías de españoles en estas comunidades indígenas amigas, habían empezado a proliferar por doquier, frente a una demanda férrica que se agigantaba en forma de espadas, picas, herraduras, cadenas, clavazones, rejas, parrillas, ganchos, cerrojos… el propio Hernán Cortés había dictado unas Ordenanzas para los herreros en 1524, que habían de durar hasta llegado el siglo XVIII. Y ahora, sumábase la demanda naval de los astilleros del Pacífico con Acapulco como mascarón de proa. Consolidación de aquellos otros radicados en Tlascala, cuna de los trece bergantines que hicieron decisivo el asalto final de castellanos y aliados sobre la capital azteca. En Texcoco mandó Cortés reunir en aquella ocasión las piezas…  para  ligar y acabar los bergantines, para, por tierra y por el agua, ponerle cerco…  como él mismo nos lo cuenta en sus Cartas de Relación. Cientos de tamemes tlascaltecas portaron sobre sus espaldas hasta Texcoco aquellas piezas de madera labrada, sus tablazones, sus herrajes y clavazones, sus remos, pértigas y sirgas, además del cordamen, breas y estopa, para armar sus cascos y sus correspondientes arboladuras, por si los vientos resultaran favorables. Dando prisa para que se acabasen los bergantines y una zanja que se hacía para llevarlos por ella… media legua hasta la laguna…  Se anduvieron (sic emplearon) cincuenta días, más de ocho mil personas cada día… con más de dos estados de hondura y otros tantos de anchura, e iba toda chapada y estacada… de forma que se podían llevar (los bergantines) sin peligro y sin trabajo hasta el agua… Que fue obra grandísima y mucho para ver… Para los trece bergantines, dejé trescientos hombres, todos los más gente de mar, y bien diestra… En el fragor de la contienda, cuando conocieron que yo entraba ya por la laguna con mis bergantines… juntose tan gran flota de canoas para venirnos a acometer… que pudimos juzgar pasaban en más de quinientas… Y comenzaron con mucho ímpetu a encaminar su flota hacia nosotros. Pero vino un viento de tierra muy favorable para embestir contra ellos, y quebramos infinitas canoas… hasta encerrarlos en las casas de la ciudad… y entraron por entre ellas, aunque hasta entonces no lo pudieran hacer, porque había muchos bajos y estacas que les estorbaban…   y así plugo a Nuestro Señor de darnos mayor y  mejor victoria que nosotros habíamos pedido y deseado… Era esta la crónica  del primer contacto con el mundo naval de un hombre de armas, bien dotado de inteligencia y carisma personal, que estaba decidido a adentrarse en los mares para atisbar más allá de lo que su horizonte brindaba. Y contaba para ello con sus invaluables y fieles tlascaltecas de ribera, cuyas primeras letras de carpintería naval, habíanlas aprendido en su propia Tlascala entre bergantines despiezados y días de inquietud bélica.

      Las tradicionales sendas indígenas que cruzaban las sierras del litoral, eran en realidad angostos senderos tortuosos para bestias de carga. Por eso Cortés, nos cuenta el cronista… mandó mucho de ello (de manufacturas autóctonas)… a lomos de indios robustos… tal como había hecho durante la guerra con los bergantines de Tlascala, lo que acarrearía al Marqués ya en época de paz, un severo conflicto con el presidente y ciertos oidores de la Audiencia de México. Se defenderá Cortés contra el fiscal, argumentando que aquellos bultos solo los enviaba con tamales (sic, tamemes) cuando y donde no podían ser llevados con recua ni carreta… y que, además de confiscarle la mercancía, estábanle penando con pagar 40.000 pesos de oro por haberlos cargado (no podían los indios por ley, serlo con más de 30 kg per cápita), lo que consideraba una extorsión. Recurría contra la Audiencia enviando a suplicar a S.M. y su Real Consejo, que pues se hizo para servicio suyo el transporte… se suspenda el negocio (léase sentencia)… Veredicto que a la postre acabaría dulcificado por los jueces.

 Pero la Audiencia y el Virrey habían ganado ya una importante partida sobre esta faz de la protohistoria indiana, asumida y tolerada hasta entonces: los tamemes iban como tal, nominalmente al menos, a desaparecer en breve. No obstante ello, décadas después de la conquista, no existían aún caminos aptos para el transito de mulas o caballos, y se empleaban, para albricia propia, cargadores indígenas en las rutas a la costa pacífica, pese a estar prohibido por las Leyes de Indias. Solo que eran ahora los propios nativos quienes se prestaban al transporte humano bajo contrata. Con el fin de facilitar este trasiego y evitar la trasgresión de la ley, mandará Cortés al principio y Mendoza después, arreglar los caminos indígenas del oeste y abrir nuevos tramos de pista para reatas, con ciertos trechos empedrados para la rodadura de carros. Los desconocidos mulos iban a proliferar por miles, para poder engrasar aquella nueva maquinaria de transmisión que había de mutar las Indias. Su correspondiente cabaña asnal y caballar iría colmando muchos de aquellos pastos. Pero Cortés no se detiene. En medio del procedimiento judicial, ordena zarpar desde Acapulco dos navíos, que deben llevar sin demora víveres, vestimenta y municiones a Pizarro, que en aquellos momentos se debatía en la conquista del Perú y demandaba auxilio a su pariente, que generosamente le enviará otro tercero, a fondo perdido, con nuevos bastimentos.

 Con viajes constantes a Colima, Acapulco y Tehuantepec, el Marqués moviliza todo un frente de acción para cartografiar el litoral. Envía a Hernando de Grijalva y Diego Becerra de Mendoza con dos naves desde Manzanillo (entonces Bahía de Santiago de la Buena Esperanza), para proseguir trazando el perfil del golfo. Una tempestad acabará separándoles y tras una rebelión a bordo, muere asesinado Becerra Mendoza. Su nave la destrozará el oleaje contra la costa de Jalisco, cuyos indios acaban de rematar náufragos y naufragio. Grijalva por su parte sigue avante, descubre y mapea Santo Tomás (archipiélago Revillagigedo) y las islas Tres Marías. Hace aguada allí y regresa a puerto con sus levantamientos costeros. Fondearía en Acapulco tres meses más tarde.

En 1535 el improvisado astillero de Manzanillo, había organizado otra expedición cartográfica comandada por Grijalva y auspiciada por el Virrey Mendoza, que quedaría interrumpida al varar su nave, pese a que más tarde la recupere y logre con los supervivientes y lo salvado entrar en AcapulcoFrancisco de Ulloa que parte de allí  en 1539, alcanza la desembocadura del río Colorado en el todavía inédito Golfo de California o Mar de Cortés; grafica su litoral y regresa al sur siguiendo la costa oeste del golfo. Dobla la Baja California peninsular y prosigue otra vez al Norte, remontando el flujo oceánico costero hasta superar la actual latitud de San Diego. De regreso a Nueva España sucumben, empotradas en la costa, naves y tripulaciones inermes, abatidas por la malaria. Un superviviente, timonel de la nao Trinidad, recorrerá a remo en un bote auxiliar las 2000 millas marinas que le separan de Acapulco. Tras increíble boga, tomará puerto para contarle a Cortés lo ocurrido. Pablo Salvador Hernández, el insólito remero, ratificará bajo juramento su declaración, registrada en la Aduana acapulqueña frente al Evangelio. Durante tres meses ha utilizado las hiladas costeras del flujo oceánico que incide hacia el sur, ha bogado sin descanso hacia su obsesivo destino, con el beneficio inestimable del céfiro del nordeste que le acaricia por popa ciertas horas del atardecer. Cuando la bonanza de costa y mar lo permitía, varaba su bote y, derrengado sobre sus paneles o buscando entre riscos lagartos, iguanas, moluscos y huevos de aves marinas que comer, trataba de cobrar fuerza. Cubierto por jirones de vela remojados con algas, era ésta su única defensa ante la insolencia de las gaviotas por picar su carne viva mientras descansaba, y frente al abrasador sol de siempre, implacable enemigo en aquellas peripatéticas latitudes de hambruna. El propio Cortés con una flotilla de tres naos, saldrá en socorro de los náufragos, que hallará refugiados en lo que llama Bahía de Santa Cruz. Su estado era lamentable, tierras cultivables paupérrimas, inexistencia de indios para comerciar. Tras perder las otras dos naves y el piloto de la suya, es el propio Marqués quien capitanea el regreso hasta retomar el puerto de Acapulco con los rescatados. La expedición de Ulloa iba a deshacer la mítica insularidad de la Baja California, error que perduraría en los mapas europeos por más de un siglo (en los holandeses, siglo y medio). Pero sería Domingo del Castillo (1541), quien nos legase el primer cartograma donde aparece explícita la península de California.

Para socorrer la expedición virreinal ida en demanda de las míticas siete  ciudades de Cíbola, zarpan de Acapulco en 1540 dos navíos al mando de Hernando de Alarcón y su cartógrafo y piloto Domingo del Castillo.  El Virrey Mendoza les envía como apoyo costero del contingente de Vázquez de Coronado que seguía en ruta paralela por el interior. Navegarán por el Mar de Cortés hasta la embocadura del Río Colorado, en cuyo cauce surcarán más de ochenta y cinco leguas arriba de sus aguas fangosas. No hallarán a Vázquez de Coronado y su hueste hispanoindia, que cientos de millas más al norte tampoco encontrarían las oníricas ciudades que buscaban. Pero descubrirán en cambio el hoy famoso Cañón del Colorado, hendedura geológica que ponía fin a su penetración norteña con un insuperable tajo de escarpes para acceder al agua. Castillo iba a dejar cartografiado todo el Mar de Cortés y la costa pacífica de la península hasta latitud 30ºN, en un mapa memorable por su detalle y precisión.

De la Barra de Navidad (Colima) parte Juan Rodríguez Cabrillo en 1542, retomando por orden del Virrey la expedición de Pedro de Alvarado, aplastado por su propio caballo en una caída fortuita en la guerra jalisqueña. Había venido a Nueva España como ballestero en la hueste de Pánfilo de Narváez, llegado para apresar al rebelde Cortés escabullido de Cuba. Pero le seguiría como oficial de ballestas en su asalto a Tenochtitlán y las campañas de Honduras y de Guatemala, donde finalmente quedaría establecido como comerciante. Harto había medrado desde entonces en experiencia y hacienda, con un próspero comercio en Antigua y enlaces con puertos hispanos de ambos océanos. Iba a surgir en esta ocasión con tres naves repletas con gentes de guerra y marinería de guerra, un fraile, indios subalternos, esclavos negros, alimento para dos años, herramientas y mercancías, además de una copiosa comparsa de animales de cría y domésticos. Costeando el litoral californiano arribará al muy bueno y seguro puerto de San Diego, ya conocido desde que Ulloa y sus mapas fueran recatados por Cortés en Santa Cruz. Seguirá al norte cartografiando el litoral de Santa Mónica y Santa María de los Ángeles hasta la Bahía de Monterrey, seno costero clave para el comercio con Asia y refugio futuro de galeones, aunque entonces no lo sospechara. A consecuencia de la fractura no bien curada de una pierna, fallece Cabrillo de gangrena. Será Bartolomé Ferrelo, su piloto, quien prosiga el bojeo al norte, hasta el Cabo Mendocino que nombra así en honor del Virrey, y el Cabo Blanco (Oregón), punto más septentrional de sus levantamientos. Pasará frente a la Bahía de San Francisco sin percibirla, tal vez por rebasar esa latitud alejado de la costa, o por impedirle su visión la recurrente niebla del litoral. Retornaría  a la Barra de Navidad al año siguiente.

Casi en paralelo, Ruy López de Villalobos va a surgir también de la Barra de Navidad (1542), con seis barcos repletos de colonos, pertrechos y animales, y ordenes del Virrey para colonizar las Islas del Poniente, descubiertas por Magallanes y conocidas en adelante como Filipinas. Cortés y el propio Virrey Mendoza parecían desplegar, y efectivamente desplegaban, una múltiple actividad que solo mediante una sólida infraestructura operacional, técnica y humana, era capaz de mantener con éxito el Virreinato. No hay que olvidar que parejamente a las exploraciones del Pacífico, la Nueva España de aquellos años cartografiaba y exploraba el Golfo de México, colonizaba las Floridas, y mandaba expedición tras expedición terrestre a Texas, Nuevo México, Arizona, las Californias o Nevada, buscando minas y yacimientos rentables, cuyas coordenadas dejaban plasmadas en los planos levantados. Y mientras guerreaba contra los indios levantiscos del noroeste, que los misioneros trataban de catequizar, la música peninsular se abría como un abanico multicolor sobre sus tierras. De pronto, la escala cromática española había venido a enamorar los oídos y sentires de los diatónicos indígenas, que prestos la sublimaron para exteriorizar sus expresiones líricas espontáneas. Apenas habían pasado veinte años desde la caída de Tenochtitlán, y el Nuevo Mundo  que soñara Carlos V, al decir de su historiador Pedro Mártir de Anglería, empezaba a tomar forma en la Nueva España, nunca tarde para el Emperador,  que transitaba ya el último lustro de su vida. Poca cosa lograría Villalobos en las Filipinas sin apoyos del Virreinato: tierras impropias para sembrar sus granos de maíz, agresividad desbordada de los nativos isleños, y la carencia de unos alimentos que se pierden con el naufragio de su barco nodriza. Como escape vital de la expedición, sin tornaviaje posible, enrumbará a las Molucas portuguesas, donde los lusitanos se apoderan de toda su partida. En sus cárceles morirá de fiebres tropicales atendido por un jesuita navarro llegado de Lisboa por la ruta del Índico, que quiere misionar la China toda. Se llamaba Francisco Javier, y es hoy el Santo Patrono Universal de las Misiones.

Figura 2 – Surgideros históricos del Pacífico novohispano

 
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Contexto Histórico de Veracruz – VI

                        Figura 14: Los Caminos Reales de Nueva España. Finales siglo XVIII

 

El conocido como Camino de los Virreyes entre otros nombres dados al existente  entre Veracruz y México, iba a encontrar continuidad hasta Acapulco con el Camino de la China, adscrito al mercadeo exterior con las Islas del Poniente. Vinculado el primero a la producción y consumo internos del país, iba a ser sin embargo asociado al tránsito de los impuestos reales, el situado virreinal, el correo y las compras sevillanas. Incorporado el nuevo mercado asiático al quehacer económico del virreinato, el Camino de la China vino a  enlazar con los ya existentes caminos a Veracruz, Zacatecas y Oaxaca en la capital, prolongados más tarde por el norte hasta Chihuahua y Santa Fe (Nueva México) con el nombre de Camino de Tierra Adentro, y hasta Tehuantepec y Guatemala por el Sur con el nombre de Camino de Guatemala. Los tres Caminos vitales de la China (408 Km, 20 días), de los Virreyes (412 Km, 22 días), y de Tierra Adentro (1.600 Km, 3 meses), llegaron a constituir junto al Camino de Guatemala, una red de caminos carretiles (vulgo carreteras) estimado en 7.600 Km distribuidos en 55 rutas diversas para el tránsito rodado. Añadida a esta red carretil, habíase creado otra para herradura, próxima a los 20.000 Km, distribuidos en 105 rutas. Este formidable conjunto de vías de tránsito se alcanzaba a fines del siglo XVIII, cuando los nacientes Estados Unidos apenas llegaban a cubrir con las suyas un 10 por ciento de esta realidad. ¿Puede extrañar hoy que sea Patrimonio Universal de alguien y algo, esta caminería? ¿No se cita acaso como futurible candidato, a la indetectable traza del llamado Camino de Oregón?. Transitado desde San Luís Misuri por un aluvión de enviscados europeos del siglo XIX, vagabundos de su albur y mediatizados por la propaganda oficial. Avanzando no importa si por valles, riberas, linderos o praderas hacia un soñado Oeste, sin medio metro de empedrado carretil pero sobrado conductismo del Este. Era un juego político preciso para sacárselos de encima y largarlos a la costa oeste que poblar para crear mercado. Allí les venderían a crédito armas y casas de madera prefabricadas en el Este, una vez concluido el ferrocarril, fabricado todo ello con mano de obra inmigrante cualificada, que, esta sí, encontraba presto acomodo entre la incipiente masa obrera del NW. El haber dado argumento a más de un centenar de western (cine y TV incluidos), financiados con dólares, es, y poco más que huellas en la mar, su  mérito de aspirante al Patrimonio.

 

Tras la consolidación de Veracruz en su definitivo emplazamiento, había empezado a reutilizarse la olvidada senda indígena que ceñía la república de indios de Orizaba, con su enhiesta referencia de volcán nevado, en ruta hacia los demás volcanes del Anahuac. Apenas un siglo después de llegar los primeros esclavos africanos a Nueva España, bozales devenidos cimarrones que asaltaban caravanas y desvalijaban viajeros, habían convertido aquellas estribaciones de la Sierra Madre en resguardo montaraz de sus fechorías. Por este camino había empezado a fluir la producción local de sus campos de café, azúcar, algodón y tabaco, hacia el interior. Para dar cobijo y protección al comercio regional, que transitaba tanto hacia México como a la propia Veracruz, el virrey Fernández de Córdoba, funda la ciudad de Córdoba (1618), parada y fonda de viajeros y cabalgaduras, con presidio y real fuerza capaz de proteger el transito caminero por aquellos enriscados pasos. Andando el tiempo, serían varios los fortines levantados entre Orizaba y Córdoba, tramo neurálgico de asaltos a las conductas o caravanas reales que circulaban a orillas del río Metlac, cuya barranca suponía una guillotina geológica entre el altiplano y la costa. Cada negro cimarrón prendido iba a ser, no agarrotado como correspondía a su ralea malhechora, sino castrado e incorporado a los hatos ganaderos veracruzanos. Años más tarde, aquietado ya el entorno serrano, se dotará con 32 puentes el camino que por allí serpea y dobla la divisoria de aguas para circunvalar la próspera Orizaba, que desde entonces iba a ser llamada La Señora de los Puentes.

 

El tráfico comercial con ciudad de México, establecido desde Veracruz siguiendo el Camino de Carros por Jalapa y Perote, que abordaba la capital por la calzada de Guadalupe, diósele el nombre de Camino de las Ventas por las muchas que en ella llegaron a establecerse en pocos años. Pero era también un camino de postas, con puentes de mampostería (entre otros el Puente del Rey, que cruzaba sobre 7 ojos el río de La Antigua), hospitales, mesones, áreas de descanso y pastos para caballos, además de múltiples haciendas de sementera o ganado. Los mangas verdes vigilaban esta ruta y sus vericuetos que trepanaban las estribaciones de la Sierra Madre. Creada en la Castilla de los Reyes Católicos, la Santa Hermandad con su peto de cuera sobre llamativo jubón  verde, llegaría a convertirse en el ojo vigilante y brazo justiciero de los caminos reales que trenzaban las estribaciones de la Sierra Madre hacia Veracruz.

 

Como Camino de los Ángeles, fue a su vez motejado el mandado construir por Cortés desde la Capital a la entonces recién fundada Puebla (de los Ángeles, 1531). Orillando la falda del Popocatépetl, prolongada más tarde por Tecamachalco y sus hospitalarios franciscanos, Acultzingo y sus no menos acogedores indígenas, hasta Orizaba y Córdoba, alcanzaba finalmente Veracruz. Las guerras que la metrópoli venía manteniendo en la convulsa Europa, se reflejaban inexorablemente en el buen o mal estado de los caminos, pese a la probada potencialidad de una hacienda virreinal que invertía cada vez más en consolidación de estructuras propias, mientras menguaba parejamente su envío de plata impositiva a la metrópoli. La diversidad de climas y orografías, plagada de vados, cañadas, ríos, pedregales, ojos de agua, blandones, barrancos y rampas de ladera, era anualmente activada por los diluviales arrastres estacionales, obligaba al múltiple mantenimiento de atajeas, alcantarillas, terraplenes, empedrados, drenes, caballeros o trincheras. En épocas de penuria bélica, el deterioro prolongado de los caminos se dejaba sentir con la demora en la entrega de las encomiendas, el incremento del costo de las mercancías y la mortandad de las bestias. Las más de 60.000 cargas anuales que llegaron a alcanzarse, respondían inequívocamente en el mercado con alza de costes y retraso de entregas

 

Por el Camino de Tierra Adentro, bajaban semanalmente hacia México miles de mulas desde Chihuahua y Zacatecas con lingotes de plata beneficiada de sus minas, además de cueros, cueras, sebos, tasajos y harina de trigo, que en aquellas tierras se producía. Su motejo de Ruta de la Plata a ello obedecía. Y por ella retornaban las mismas recuas cargadas de telas de lana y loza poblanas, aceros, herrajes, clavazones, llaves, azogue y otros productos europeos o asiáticos que por Veracruz o Acapulco se incorporaban al flujo virreinal desde Guatemala a Santa Fe. Toda una infraestructura de conexiones comarcales en continuo trasiego, bajo el rigor inmisericorde de los climas y la nada solitaria, hendiendo territorios arriscados o yermos, inseguros, merodeados por cuadrillas de negros levantiscos o encanallados, cuando no de incontroladas partidas de indios nómadas de frontera. Solo los presidios y sus ventas anexas, eran remanso de seguridad y descanso para mulas, arrieros, transeúntes y mercancías.

 

Carlos V en 1523, había concedido a La Villa Rica de la Vera Cruz un escudo de armas, que conservaría la Veracruz histórica como blasón urbano del enclave fundado por Cortés. En 1607 le sería conferido el título de ciudad por Felipe III, título que ratificaría el propio rey en 1640. Y ese mismo año lo celebraría la urbe erigiendo un emblemático Cabildo ciudadano, con festejos, carreras de caballos, juegos de cañas y corridas de toros, sin faltar su encierro, desde el redil del matadero hasta la Plaza de Armas. Este de los toros con encierro, era festejo que venía cumpliéndose tradicionalmente con la llegada de la Flota, pese a la reiterada protesta de los tenderos de plaza y su corredor ciudadano, obligados a cerrar su negocio al paso de la estampida toruna en días y horas clave de la feria. Habían sido prohibidos repetidas veces, pero repuestos otras tantas bajo la presión unísona de los ganaderos veracruzanos y las gentes de a bordo, que reclamaban como estelares el espectáculo correcalles y su remate taurómaco.

 

La tradicional cabaña vacuno-porcino-caballar, con más de 150.000 cabezas censadas en un extrarradio de siete leguas en torno a Veracruz (1580), los cereales, la caña de azúcar y el tabaco, junto a los modernos astilleros de la ciudad, constituyeron en la segunda mitad del s. XVII y primera del XVIII el verdadero motor de la economía regional. Como base portuaria de la Flota de Nueva España, había nacido el imprescindible astillero para mantenimiento de los galeones tras su avatar oceánico. Era fama, que los barcos salidos de sus gradas, prolongaban por más de cuatro años su vida activa frente a la broma o carcoma tropical de las aguas del Golfo; cantinela repetida en otros muchos astilleros del Imperio y sus aguas. Sin olvidar que su pujanza económica era a la vez un revulsivo para el endémico comercio clandestino arraigado en su costa.

 

Los argumentos jurídicos del holandés Hugo Grocio (1627), fleco ondeante de la Universidad de Salamanca al viento humanista, pero victima del amorodio internacional, era un discurso interiorizado por las potencias europeas, que incluía el comercio como uno de los derechos naturales del hombre. Este concepto iba a impulsar la competencia leal hacia la fase más oscura del contrabando, contraventora del monopolio comercial de los Habsburgo, mutado en libre comercio durante la Casa de Borbón. La riqueza generada en Nueva España, había empezado a quedarse en Nueva España, y el Virreinato iniciaba una cierta deriva hacia el México-nación, que acabaría intentando cristalizar un siglo más tarde. Los ataques corsarios a puertos indianos, cada vez más fortificados, resultaban siempre caros y con frecuencia fallidos. El contrabando, podía en cambio practicarse en todo tiempo de paz o guerra, con riesgo mínimo y beneficio corriente, lo que acabaría por agigantar el matute costero hasta desorbitar sus proporciones. Y el nuevo argumentario jurídico llegaba para favorecerlo.

 

La presencia de naves desperdigadas, que traficaban en fraude con haciendas ribereñas, era práctica extendida que enmascaraba con frecuencia visitas agresivas. No pocos casos había de filibusterismo, que fingía ajustar precios con hatos y haciendas costeñas, para cambiar súbitamente de actitud y bandera, y caer por sorpresa sobre ellas hasta dejarlas esquilmadas, cuando no malheridas o muertas sus gentes si no habían escapado oportunamente a los cerros. ¿Quien era su testigo en aquellas soledades? En un caso documentado de 1655, unos arrojados vaqueros, mulatos de Tampico, lograron capturar a 22 corsarios ingleses y dos de sus naves nodriza. Llevados a Ciudad de México, fueron condenados por la Inquisición a las galeras cartageneras, con los consiguientes pregones de escarmiento, voceados por los alguaciles del Virreinato. Otra situación similar iba a traer en 1683  días aciagos de saqueo, violaciones y asesinatos, a manos de miméticos forbantes. Pese al efectivo patrullaje de la flota novohispana en el área caribeña y su  acceso al Golfo, con seis naves francesas e inglesas apresadas en su haber anual, no supieron discernir el momento clave de la amenaza que repicaba su puerta.

 

Veracruz, visible desde ciertas naves fondeadas en la Isla de los Sacrificios, llevaba días recibiendo confiada las visitas de sus tripulantes, interesados en saber del tiempo de la feria y su inicio. Cuando la Flota de Nueva España asomaba sus primeras velas sobre el horizonte, el ataque corsario combinado de 15 navíos artillados era ya un hecho que estaba yugulando la ciudad. Llegada la hora, el holandés Laurens de Graaff (Lorencillo para los hispanos) con 1200 hombres y el apoyo de sus compatriotas Nicolás Van Horn y Cornelius Jol (Pata de Palo) y de los franceses Michel de Grandmont y Pierre Bot, habían copado la semivacía urbe enfrascada en los prolegómenos de su feria, mediante un silente desembarco algo más al sur. Desvalijadas ya iglesias y conventos,  fueron por las casas sacando a los vecinos, y si alguno salía por sí, moría sin remedio…bien de su fiereza bárbara, de hambre, sed… y de espanto las mujeres. Parte de sus élites comerciales habían sido atrapadas y encerradas en La Merced, y más tarde llevadas a la Isla de los Sacrificios y confinadas en las sentinas de sus naves, a resguardo de las baterías de Ulúa. Cinco días sin agua ni alimentos permanecieron copados los infelices rehenes, hasta lograr reunir los 150.000 pesos exigidos como rescate de sus vidas. Los menos afortunados iban muriendo bajo la tortura, el hambre, la carga y estiba forzadas del mobiliario robado, cuando no de la venalidad de aquellas hienas… porque cada cual que llegaba, nos quería quitar la vida, y cuando se hacía más horroroso era de medio para la noche (sic), por emborracharse y quedar sin razón alguna, si es que tenían alguna que perder… nos dejará dicho el prior de los jesuitas capitalinos, testigo sobreviviente de aquel marasmo. La implacable disciplina militar de los momentos críticos, condenará a muerte en Juicio de Causa al Gobernador de Ulúa y Veracruz, por no haber sabido leer aquella estratagema pirática de libro a la luz del día.  

 

                     

                  Figura 15: San Juan de Ulúa, hoy

       

Compatriotas de hecho, pero piratas sin escrúpulos al fin y al cabo, ávido de riquezas Van Horn morirá a manos de Lorencillo, tras un reparto inconforme del alijo rebañado. Uno más de los frecuentes altercados y traiciones que, como un soplo del averno, dejaron los perros del mar para su intrahistoria. La Flota de Nueva España en arribada, ajena al drama que se estaba viviendo en tierra, había ido enfilando los rumbos de sus naves hacia el fondeadero de San Juan de Ulúa, dejando por babor la Isla de los Sacrificios. En ella habían visto las naves recaladas cuyos mendaces pabellones con el águila bicéfala de los Habsburgo no alcanzaban bien a distinguir. Tres días tardaron los últimos galeones en completar su arribo, y cuando los cagafuegos avisados y libres ya del protocolo de escolta, cazaron escotas en persecución de los felones, tres noches ha que Lorencillo y sus secuaces habían largado amarras y metido millas de por medio, favorecidos por el terral nocturno. Ninguna vela atisbaron en días subsiguientes los vigías de las cofas; parecían tragadas por el mar. A partir de entonces, la de Lorencillo se convertiría en obsesiva caza y captura durante años. Pero la Armada de Nueva España, no lograría apresarlo. Dos años después conseguirá tenerlo más a su alcance que nunca, en lo que podía haber sido la acción más brillante de su historia, pero escapará de nuevo al cerco virreinal, aunque cayera atrapado Bot, dado garrote más tarde. Es a raíz de estos sucesos cuando estudia Veracruz un “nunca más”, que empieza por completar el talud de sus murallas y perimetrarlas con un glacis que despeje toda proximidad equívoca por tierra. Únese a ello dotar de puentes levadizos sus puertas, y formar baluartes estratégicos en punta de diamante al itálico modo. En previsión de nuevos acosos, resabio de la eterna guerra en Europa, solo tres puertas darán entrada franca a la ciudad: la Puerta del Mar (NE) para acceder al muelle de mampostería, Aduana marítima y Plaza portuaria, donde se apilan los fletes y cargan las recuas y carretas ; la Puerta de México (SO),  que prolonga los caminos de la capital por Jalapa u Orizaba, y finalmente la Puerta de La Merced (SE) por donde se toma el camino costero de AlvaradoTlacotalpán, con su puente sobre el río Tenoyan.

 

Jalapa, tradicional área de asueto y descanso del Camino, era ya hacia el 1700 una villa consolidada. En ella, 240 familias españolas, embutidas en su matriz indígena, montaban una feria regional alternativa que había cobrado importancia en pocos años. Con mejor clima que la Veracruz costera, acabó ganando a sus clases acomodadas (comerciantes, oficiales y asentistas), para residir allí todo el año, fuera del tiempo de flota y feria.  Por su ruta circulaba el pasaje del puerto y el correo real de la Carrera de Indias, dirigidos por el Alcalde Mayor veracruzano, empeñado en controlar todas las cartas que desde España se trajesen a esta tierra, junto con la manufactura, los aceites de oliva y los caldos traídos de Sevilla. Una tradición inveterada desde que Juan de Escalante, el primero de la serie y retaguardia de Cortés, la implantara un siglo antes que su homólogo correo inglés lo fuera en 1635. En 1720, Jalapa lograría feriar por vez primera estas preciadas mercaderías llegadas a Veracruz, ferias que serían interrumpidas por 10 años, debido a la Guerra de la Oreja de Jenkins, para retomarse luego hasta la extinción del régimen de flotas (1778).

 

A partir de 1713 y consecuencia del Tratado de Utrecht, la Compañía Inglesa de los Mares del Sur, pasó a ejercer el monopolio de suministro de esclavos bozales para Nueva España, hasta el estallido de la Guerra del Asiento o de Jenkins (1739). Vino a sustituir abruptamente a la Compañía de Guinea francesa, que tradicionalmente había suministrado esclavos africanos a Veracruz durante las últimas décadas. Aunque traídos en origen de África, eran las islas de Jamaica y Barbados los centros de acumulación y reparto de negros de la nueva compañía inglesa. Salvaba con ello el trauma de su inicial captura y el viaje infrahumano que habían de soportar añadido, haciéndoles reposar y serenar ánimos de cara a la mejor presentación y aspecto físico de los esclavos ofertados. Una suerte de silos distributivos del humano cereal para el buen reparto de su grano.

 

En un lugar conocido como Pantaleón, seis kilómetro al NW extramuros de Veracruz, montaron los factores o representantes de la Compañía la correspondiente negrería para almacenado, lavado, desinfectado, venta y carimbado de bozales. Anexas a su instalación, se levantaron las propias residencias de los factores, jardines, arboledas y pistas de juego particulares, un verdadero oasis vigilado para disfrute de sus majestades los funcionarios. Tenían arrendadas tierras de cultivo, donde los bozales sembraban huertas para manutención de la troupe negrera, mientras allí permaneciesen. Su palaciega servidumbre componíase de mayordomo, cocineros, sirvientas, contadores, secretarios, almacenistas, subinspectores, cirujano, un juez… todos ingleses y dispuestos a solazarse con su reserva de licores traídos de Londres… hasta que un mayordomo, gatillo y bebida alegres, tomó a un mendicante franciscano por un asaltador de heredades, disparó y lo mató. O tal vez porque ignoraba lo que un misionero español suponía, por carecer sus colonias de arquetipos a ellos homologables. Unas semanas después una orden del Virrey obligaba a la Compañía a residenciar sin excepción en intramuros, y a reducir personal y dependencias a su estricta necesidad, contrastada por los veedores virreinales. Sus días de vino y rosas habían concluido. Uníase a ello que los cargos por viajes, enfermería, medicinas, manutención, vigilancia y demás contingencias, hacían peligrar la rentabilidad de la Compañía en su Terminal de Veracruz. Para conseguir una marca más precisa y distintiva sobre la piel del esclavo, exigieron a los compradores carimbos de plata u oro, además de conservarlos guardados en las cajas reales, con tres llaves repartidas, para evitar fraudes. Pero la Compañía, no solo había obtenido el monopolio de esclavos, sino logrado también licencia para traer un navío de permiso para vender en Veracruz 500 toneladas anuales de mercancía inglesa, que vender en Veracruz. Como pasa en estos casos de manga ancha, pasados unos años, aquel navío de permiso, había parido una flotilla de embarcaciones menores que multiplicaba el tonelaje admitido. Se generalizaron las protestas de los comerciantes hispanos, tanto de Sevilla o Cádiz como de la Nueva España toda… y el Virrey subiole impuestos a la Compañía.

 

Se constataba en el Virreinato, que los factores ingleses venían profundizando con sus acciones financieras hasta mercados tan lejanos como Acapulco, Puebla, Cuernavaca, Ciudad de México, feria de Saltillo o minas del norte. Resultaba cada vez más evidente, que aquella urdimbre económica, estaba utilizando el tráfico negrero como totémico Caballo de Troya para algo más que el jugoso mercado novohispano. La inquietante Albión, no iba a dejar de ser observada. Por otra parte, un llamado ejército de reserva libre, no otra cosa que la creciente oferta de mano de obra asalariada, producto del crecimiento demográfico de la propia sociedad indiana, mantenía a la baja constante la demanda de esclavos africanos. Ya criolla, negra, parda o mestiza, esta fuerza de trabajo emergente, además de resultar más barata, había crecido en su propio ambiente. Católica, hispanohablante, costumbres tradicionales asumidas, conocedora del trabajo demandado era residente de las repúblicas, barrios, haciendas o núcleos geográficos comarcanos. La época de las grandes pestes y grandes mortandades había periclitado. Las actuales generaciones mestizas resistían en mayor número y proporción los virus y bacterias presentes, tomadas antaño por exógenas. Sus sangres habían osmotizado sin duda los anticuerpos que no poseyeran sus ancestros. Tal vez las nuevas condiciones alimentarias e higiénicas, ayudaban a la medicina con otros bríos y logros, superando incluso fiebres traídas por los africanos.

 

El propio Adam Smith reconocería, años más tarde, la inviabilidad de aquel ocasional negocio negrero, compañero de viaje del navío de permiso, en el mercado indiano. Las pérdidas ocasionadas por negligencia, prodigalidad y malversación de fondos por los empleados de la Compañía, llegaron a ser una carga más insoportable que los propios impuestos… una compañía por acciones no puede prosperar en el comercio exterior, cuando tropieza con la fuerte competencia de comerciantes particulares, nos ha dejado escrito. Era evidente que el cuello de botella se estrechaba para la Compañía… y surgió el chispazo del caso Jenkins. Pillado con su barco en flagrante contrabando,  su desorejado capitán marcha a Londres, oreja en formol a mano, dispuesto a montarle un pollo en el Parlamento al prime minister Walpole en el Parlamento. Una oreja inglesa menos, casus belli. Y surge la guerra. Incomprensible, pero estas cosas pasan en Londres. La cruenta Guerra de la Oreja de Jenkins. ¡Que pensaría Isabel I, de haberlo vivido, ella, que había desorejado a unos cuantos cientos de disidentes ingleses!

 

En los primeros compases de la nueva contienda, Nueva España, mitad norte de las Indias hispánicas, aguardaba un ataque británico sobre Veracruz, enclave literalmente radiografiado por los factores ingleses, con posibles repercusiones en Puebla y México, a donde jamás deberían llegar sus casacas rojas. Ante tal amenaza, los caminos reales se tornan estratégicos y se elige el montaraz Cofre de Perote como centro yugulador de penetraciones hacia la capital. Sobre un área de 14 hectáreas se erige la Fortaleza de San Carlos, cuartel general y almacén de pertrechos bélicos, con baluartes adiamantados y foso inundable, artillada con 54 cañones de bronce y una dotación de 1000 hombres acuartelados, prestos a desplazarse tanto en apoyo del litoral como del Anahuac capitalino. La muralla de Veracruz, reforzada con otros baluartes y plataformas, es servida por cuarteles militares repartidos intramuros en 4 compañías de 100 milites cada una. Otra fuerza de 800 hombres de guerra queda distribuida extramuros en el llamado Regimiento de las Tres Villas, al estar formada por contingentes de infantes y caballeros de Orizaba, Jalapa y Córdoba. Uníase a ello, un refuerzo de 2.000 soldados enviados por el propio Carlos III desde la metrópoli, empleados mayormente en vigilancia armada de lugares estratégicos de  la costa y sus caminos al interior. No faltaron tampoco obras de mejora en el castillo de Ulúa, dotándole de revellín y baluartes para 125 piezas de artillería pesada, atendido por más de 500 artilleros y servidores en espera de cualquier aldabonazo bélico en el Golfo.

                                                                                                     

      Figura 16: La Fortaleza de San Carlos. El Cofre de Perote (1770)

 

 

La guerra con Britania sobreviene, pero Veracruz nunca es atacada. Manila y La Habana pagarán los platos rotos, capturadas y esquilmadas de obras de arte y documentos por el inglés, que se verá Inglaterra obligada a devolver tras un armisticio adverso. Devolución que hace en parte, y en nuevo juego de manos, oculta cartas naúticas robadas. Las de Manila iban a servir al capitán Cook para un aparatoso montaje mediático sobre sus descubrimientos en el ignorado Pacifico. Uno más, en su larga historia de contrabando y filibusterismo. Para recuperar estas plazas, debe España cederle a Inglaterra las Floridas novohispanas (del Este y del Oeste). Pero se ve compensada con la entrega de la Luisiana por su aliada Francia, obligada por Pacto de Familia a pagarle los débitos del conflicto. Y Veracruz dará cobijo a los indios floridanos de Pensacola, semilla novohispana fallida sembrada en la expedición de Tristán de Luna, que no quieren britanizarse bajo el nuevo azar del destino. Como tampoco lo querrán los indios floridanos de San Agustín, que solicitan su evacuación a Cuba.

 

En 1776 se precipita la insurrección de Las Trece Colonias inglesas de Norteamérica, y Carlos III, pivota sobre Nueva España el apoyo a la causa rebelde. En un esfuerzo invalorado como ariete, el Virreinato va a ser capaz de incrementar un 600% la producción argentífera de sus minas, para financiar los aportes españoles a la guerra. Desde La Luisiana, su gobernador Bernardo de Gálvez, sabrá recuperar las Floridas de manos inglesas. Otra sombra de desembarco masivo, esta vez hispano-francés, se cernía ocasionalmente sobre una Gran Bretaña obligada a desparramar su flota por el océano. La defensa de puertos atlánticos y pacíficos desamparaba el litoral de Cornualles, cuya temerosa población estaba abandonando, una vez más, los enclaves costeros para alejarse hacia núcleos campesinos más seguros y profundos. Un goteo humano, al encuentro de lazos familiares con que compartir esperas tensas en pueblos del interior. En este contexto y protegido por la Escuadra del Canal, sale de su base de Portsmouth un convoy de 55 barcos de transporte para ultramar. La larga retahíla flotante con armas, provisiones, uniformes, pertrechos, oro de soldadas y un refuerzo de 3000 infantes, enrumba al meridión en búsqueda de la corriente ecuatorial que les lance hacia el Caribe. A la altura  de Galicia, la Royal Navy torna velas a fin de no desguarnecer sus costas, lo que va a precipitar el convoy en manos de la Armada de la Mar Océana de Luís de Córdoba, que puntualmente informada, patrullaba avizor por aquella latitud del piélago. Era el descalabro final de la guerra,  que había de propiciar la independencia de Las Trece Colonias. Tras el Tratado de Versalles que la consagra, las Floridas volverán al Virreinato, sin que la mayoría de los indígenas emigrados, regrese de nuevo a sus fueros floridanos.  

 

Cuando Bernardo de Gálvez es nombrado Virrey de Nueva España (1796), apenas sobrevive a su cargo, sin poder vigorizar el comercio de Veracruz con los, nuevamente hispanos, puertos del Golfo, como era su intención declarada. No obstante, el remate del siglo XVIII iba a suponer para la Ciudad de Cortés, un notable crecimiento impulsado por el libre comercio asumido en el Imperio.

 

Pero con el siglo entrante y la invasión napoleónica de la metrópoli,  se cierne también sobre Nueva España la siniestra sombra del caos. Primero, serán las guerras civiles donde cabrillean curas sin sotana, gritos y silencios, ilustración y libertad, legalidad y oportunismo, sufrimiento y revanchas, que pugnan por reflotar en su popurrí el intrínseco México que parece hundirse, pese a ser soñado como nación por muchas de sus gentes. Luego vendrá el llamado periodo de anarquía más dramático de su historia, preñado de pronunciamientos, insurrecciones y partidas pugnaces, respaldados por puntuales ocurrencias y alquimias sociales, sin omitir la prepotencia de líderes transitorios, montoneros unos, generales de canana otros, de salón alguno, dictadores esenciales casi todos. Era preciso marcar claras diferencias con el pasado gachupín  de este México, heredero declarado ¡por fin! del imperio azteca. Había que arrancar de la simbología nacional los nombres malditos de España y de Cristo, lastre histórico, borrar sus huellas. Les habían robado el oro y el futuro, quemado sus dioses, matado a trabajar como esclavos, exterminado sus aborígenes por maldad intrínseca y genético sesgo asesino. Hasta el propio Colón era un genocida que había traído virus asesinos en su séquito, para acabar con el buen salvaje y su bucólica existencia en las ‘colonias’ españolas. Los gachupines jamás habían aportado nada, salvo fanatismo católico y atraso… Esta era la argamasa al uso para edificar el nuevo teocalli patrio, donde seguramente acabarían autoinmolados con sus vísceras tajadas por la obsidiana del rencor. Toda revolución, como Saturno, se come a sus hijos, es mantra atribuido a un Robespierre en desgracia camino de la guillotina. Y la saturnal mexicana se los comió a casi todos. Pero entre estudiosos, no deja de parecer esta muestra humana sino descompensada charanga de palurdos trasnochados por las calles de su pueblo en fin de fiestas. Fue empero orquestada ayer, como un ritornelo errante de las naciones de siempre, y es todavía hoy tarareada por algún desgreñado mental que sigue vendiendo humo a verbena concluida. Y el imprevisto palo de agua que vino a disgregarla, ha dejado charcos en las calles…

 

En 33 años desastrosos, México, la joya de una Corona caída, envidiada siempre por su potente vis de nación poderosa, se anonada histórica y socialmente entre cinco constituciones y un emperador de zarzuela; pero no más que lo hace contemporáneamente su considerada ya como madre putativa, aunque lo fuera de sangre, cruzando sus propios desfiladeros y orillando otras barrancas. ¡Más de un siglo de desencuentros, idearios sublimes, bálsamos sociales, cerrojos culturales y acomplejados egos, padecerían tanto la supuesta putativa como su hijuela cultural!. Abrumado por centenares de miles de muertes y la pérdida del 55% de su herencia novohispana a fauces de su vecina norteña, el México criollo de las primeras décadas no acertaba a reconocerse en su propio espejo. Texas, Nuevo México, Arizona, California, Colorado, Oregón, Utah, Nevada…quedaban muy lejos de aquella primigenia estampa del territorio comprendido entre Las Floridas, Canadá, el Misisipi y el mar….que fuera germen de su lindante crisálida. Aquel feto anglófono, a cuyo parto Nueva España asistiera cual solícita partera, había devenido dañina oruga rampante. De pronto, una metamorfosis kafkiana habíale mutado en furibundo teredo que horada y fagocita una y otra vez la  madera hispana a su alcance. Nueva carcoma imperialista era esta, válida para todo cuño. Y México, que cuenta en su bosque humano con tan dura madera como los viejos astilleros de Veracruz, debe rearmar presuroso un casco para navegar avante en el revuelto mar de los siglos. El hispanismo contempla absorto su botadura, en pecio reflotado pero bandera propia, confiando no ver anegada su sentina por aguas insalubres. Nos va mucho en ello al mundo hispano. Entre tanto explaya, suspiro y sueño, la bufona ironía de sus gentes, con el  porfiriazo de siempre ¡Pobrecito México, tan lejos de Dios y tan cerca de los Estados Unidos! que vino a coincidir con el abandono del antihispanismo y anticlericalismo oficiales. Ocurría esto un siglo después del mutis español en América.

 

Lo que hoy se conoce como México, en su etéreo universo atemporal de gentes y culturas acopladas, ha colisionado contra dos de los pocos Imperios que en el mundo han sido. Como Imperios sensu estricto que eran, punzaron su esencia y haberes. España lo hizo para construir nación, ensamblando en su matriz europea razas y culturas dispares, que cuadraron ciertas aristas, mientras aguzábanse otras. Durante tres siglos de su tiempo, intentó y logró en gran parte encolarlas a su propia alma, mediante la magia virreinal. Los EEUU, segundos en el suyo, solo alcanzaron a succionarle una mitad geográfica, sobre la que esculpieron nuevos estados de linaje ajeno. Su penetración neoimperial es en ellos tan directa y profunda como la anterior lo fuera, y notorio el camino recorrido en la marcha hacia su nueva meta de identidad nacional. Difícil situación la del México esencial de siempre, frontera del expansionismo físico y moral de otra estirpe que lleva en su ADN el sello de Imperio, a la vez que muro de contención de mestizos sureños que marchan al Norte para redimir políticas erradas durante dos siglos. Norte que, con rachas atemporaladas de su viento solano, agita la bandera que el mundo hispánico contempla como suya.  Sin olvidar el no vivir de Rubén Darío, que estas en los cielos del Parnaso Hispano, esencia y conciencia de un alma profética y temerosa, que sintiose aliviada tras su visceral alegato:

 

                                              Eres los Estados Unidos, eres el futuro invasor

                                              De la América ingenua que tiene sangre indígena

                                              Que aún reza a Jesucristo y aún habla en español

 

 

Figura 17: La Veracruz del México independiente. Lienzo de Rugendas