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Contexto Histórico de Cartagena de Indias – I

La primera expedición de Diego de Bastidas (1501-1502) hacia las costas de Tierra Firme, iba a descubrir las bocas del río Magdalena y todo el litoral centroamericano hasta el golfo de Urabá o del Darién. Allí quedaban las islas de Barú, donde años más tarde, Pedro de Heredia (1533) fundaría la ciudad de Cartagena de Indias. El notario Bastidas llevaba como piloto a Juan de la Cosa, compañero de viaje de Colón y armador – propietario de la nao Santa María. En sus cartas de navegación aparecerá por vez primera el nombre de Golfo de Cartagena, en vez del de Golfo de Barú asignado por Bastidas, fundador de la ciudad de Santa Marta (1526), en su primer mapa conocido de Tierra Firme. En la expedición de Alonso de Ojeda “erizado de flechas…como un puercoespín” flechado por los indios caribes (1510), moriría el ilustre navegante e hidrógrafo santoñés, primer cartógrafo de América (1500). Tras aquella terrible muerte Ojeda se retira para siempre del escenario cartagenero. << Toda esta costa…es de indios que comen hombres y que tiran con flechas envenenadas, a los cuales llaman caribes…son bravos y feroces conforme al vocablo; y por ser tan inhumanos, crueles, sodomitas, idólatras, sean dados por esclavos y rebeldes, para quien los pudiese matar, capturar o robar, si no quisieren dejar aquellos grandes pecados y tomar amistad con los españoles y la fe de Jesucristo >> había decretado el ya anciano Fernando el Católico, de acuerdo al consejo de sus teólogos, letrados y canonistas de Salamanca.

En situación límite, con sus naves anegadas de agua, la primera expedición de Bastidas retorna del belicoso Urabá a La Española, en busca  de una ensenada segura donde varar las naves. Ignoraban la existencia del gusano de mar conocido como “broma” (lamelibranquio del género teredo), especie de carcoma de aguas tropicales que taladraba la tablazón de los barcos. Cuadernas y quillas, perforadas por las intrincadas galerías del gusano, esponjaba el maderamen que tras su ataque se deshacía con rapidez asombrosa. Era este un fenómeno que los europeos estaban observando en sus barcos por vez primera. Lograrán los expedicionarios arribar al golfo de Xaraguá, donde abandonan sus anegadas naves para alcanzar por tierra la ciudad de Santo Domingo, tras 70 leguas de duro caminar por la manigua. Allí prepararán nueva expedición a  Tierra Firme, no sin antes retornar por mar a Xaraguá para rescatar jarcias y pertrechos de las naos abandonadas. No a mucho tardar los galeones de las armadas reales que iban a navegar en aguas americanas, llevarían forrados sus cascos con láminas en principio de plomo, más adelante de cobre. Años más tarde se conocerá de ciertos indios del Pacífico, la existencia de maderas resistentes a la “broma”, y con ellas y otras descubiertas en Cuba o Filipinas se construirían gran parte de los galeones de América y del Pacífico.

            Pedro de Heredia capitula en España con la Corona la conquista y poblamiento de la parte de Tierra Firme comprendida entre las bocas del río Magdalena y el golfo de Urabá con el título de Gobernador de Cartagena. Ha esperado pacientemente a que otros candidatos relevantes vayan desistiendo de poblar en tan peligrosos pagos. Entre ellos el historiador Gonzalo Fernández de Oviedo que opta al fin por retirarse con sus bien adquiridas rentas de soldado e historiador, versus enfrentarse a la dura grey caribe. Escarmentada la Corona con las “cabalgadas” de grupos armados que penetraban en territorio no cristiano, herencia de la Reconquista frente al moro, introduce unas “Ordenanzas sobre el buen tratamiento a los indios y manera de facer nuevas conquistas” bajo amenaza de Juicio de Residencia, caso de su incumplimiento. Las “cabalgadas a botín” hechas por partidas armadas en La Española y Puerto Rico, buscaban indios que esclavizar siguiendo el ejemplo genovés de Colón, hasta que fuera tajantemente prohibido por Isabel La Católica y sus herederos en el trono. Para la Corona Imperial, como Majestad Católica de los Nuevos Reinos de Indias, mas no colonias,   que Roma habíale proclamado, los indígenas del Nuevo Mundo eran a todos los efectos tan súbditos como los castellanos o genoveses. Heredia conocía los severos precedentes que los letrados reales tramitaban, y el juicio a Colón, de dominio público, con la subsecuente desposesión de sus títulos capitulados en Santa Fe de Granada. Pero no parece que a ellos se atuviera estrictamente, porque fue sometido también él, y por dos veces, a Juicio de Residencia y condenado por la audiencia de Panamá en una de ellas, por lo que ya anciano, decide embarcarse para defender en España su  honra. Alega frente a los detractores que fue justa su guerra contra los caníbales, sodomitas e idólatras, nunca considerados súbditos de sus católicas majestades. Pero tampoco nunca pudo demostrarlo, porque desapareció con su nave durante el viaje en mitad del Atlántico (1554).

              Pedro de Heredia durante sus años de estancia en Santa Marta a las órdenes de Bastidas había venido acumulando información geográfica y étnica sobre el territorio. Conoce cada caño, estero y ciénaga desde la costa de Santa Marta y el gran río Magdalena hasta las bahías de Cartagena y Barbacoas, como también la idiosincrasia indígena y sus tácticas guerreras de hermético ocultamiento, aparición súbita, agresión en estampida vociferante y mimesis final. Es un inquieto e impertinente curioso hijo del Renacimiento. Conoce las dificultades del terreno y la bravura de “los rabiosos indios caribes flecheros” surgidos en rápidas canoas que saben  deslizar a cortas paladas sobre las aguas someras de las ciénagas, cuando sus caballos se adentran pesadamente por pantanales o tierras anegadas. Pero sabe también jugar sus barajas de conquista: comunicarse en lengua vernácula, potenciar la enemistad entre caciques para apoyar a uno sobre el otro, que luego abandonará por poco fiable para aupar ahora al sumiso vencido, ganar con dádivas y lisonjas a sus mujeres, emplear el aterrador trueno de los mosquetes en contrapunto sicológico frente al griterío galvanizante de la turbamulta indígena, cargar al galope de sus minotauros acoplado por feroces alanos, como ola capaz de arrollarlo todo a su paso.

En “una nao, dos carabelas y una fusta” (suerte de galera ligera mínima, vela y remo, poco calado, dos cañones proeles y un popel para enfilar y vomitar fuego graneado sobre las canoas indias) al decir del biógrafo Juan de Castellanos

Que mandó hacer aposta

                                                 Para poder correr aquella costa”

Portando una hueste de 200 soldados acompañada de sus mujeres, dos predicadores y algunas familias de indios antillanos y negros, desembarca en las islas Barú como Gobernador que ha de “poblar” en aquel litoral, lo que en román paladino significaba fundación e instalación de familias a su costa con infraestructuras de subsistencia, tales como semillas, ganado y animales de corral. El hidalgo madrileño trae entre ellos a su presunta amante e intérprete, una india calamarí comprada en La Española, apresada cuando niña en una de las muchas cabalgadas a botín de Tierra Firme en otros tiempos. Conocida como Catalina, iba a ser la nueva Malinche de sus negociaciones y acuerdos con los caciques del entorno, inapreciable intérprete y asesora que acabaría sus días en Sevilla, casada con un sobrino del propio gobernador. Heredia funda Cartagena del Poniente (1533) en la isla Calamarí (cangrejo) abandonada recientemente por los nativos cuyos bohíos manda ocupar. ¿Abandonada? Despoblada. Hoy sabemos fehacientemente gracias a recientes respaldos investigadores de nuestras universidades (rematados por su monumental “Guns, Germs and Steelde J. Diamond, California 1996) lo que ya habían venido diciendo los conquistadores y sus cronistas respecto del fenómeno indiano, pero que fueron gratuitamente desmentidos por indigenistas e hispanófobos indocumentados, cuando no opacados por los alaridos “mediáticos” del ingenuo Padre Las Casas: que en cortos años, la población autóctona había desaparecido de aquellos bosques lacustres. Hoy sabemos que fue devastada por los virus traídos por los afro euroasiáticos desde sus primeros contactos. Tanto como que regresaron alguno de ellos al Viejo Mundo portando como regalo del Nuevo, la suerte de peste bubónica llamada sífilis, endémicamente conservada por las hembras amerindias. El consabido toma y daca universal entre etnias dispares que contactaron a través de sus migraciones históricas. Treinta años después, aquella población indígena de “rabiosos indios caribes flecheros”, había desaparecido. Fenómeno análogo al experimentado en las colonias francesas e inglesas del norte un siglo más tarde, que unos y otros han investigado y ratificado modernamente.  Los escasos pobladores que halla ahora Heredia en su gobernación de Tierra Firme, se avienen sin más a pactar con los recién llegados, mediatizados siempre por los buenos oficios de Catalina. << Ya los turbacos no eran los mismos de veinte años atrás >> dirá sobre esa gens autóctona el cartagenero Lemaitre. Llegarán a intervenir en defensa de los advenedizos pobladores en no pocas ocasiones de asechanza filibustera o corsaria. Algo había mutado sus mentes tras la mágica hecatombe humana de aquellas tribus.

A semejanza de la Cartagena del Levante,  su homónima fenicio-púnica-romana del Mediterráneo, la bahía elegida suponía un seguro abrigo para naves, además de tener aguas tranquilas y buen fondo para recalada y anclaje, abundante madera para carenar y fácil aunque escasa aguada en pozos de Getsemaní, isla contigua a la elegida. Sus aguas interiores abundaban en pescado y grandes tortugas, pero debían cuidarse de los tiburones y caimanes de ribera sus hombres de mar.  << Aunque las brisas venteen en el verano con algunas ráfagas, o el vendaval con turbonadas en invierno, nunca se ve más agitación en las aguas, que la que suele notarse en un apacible río >> nos diría de ella años mas tarde Jorge Juan, ilustre marino y científico de la Real Armada.  Una vez instalada su gente en Calamarí, reconoce el gobernador la demarcación con su nao hacia el norte, una carabela hacia el sur y numerosas entradas a caballo, a remo, a vela y a pie hacia el interior. Con la fusta rastreará el rosario de ciénagas nutridas por la marea desde Barbacoas hasta Mahates, puerto indígena que refundaría apenas unas semanas antes que la propia Cartagena. Explora la confluencia del Cauca con el Magdalena, y regresa tres semanas después para fundar Cartagena, comprobado ya su acceso directo al Gran Río sin necesidad de salir de la gobernación capitulada. Para entonces se ha parcelado la isla y construido en madera la iglesia parroquial donde culminaría con un te deum la fundación de la villa, tras nombrar Cabildo y sortear los solares. La cercanía del río Magdalena era una valiosa referencia que facilitaba el acceso fluvial hacia el interior del continente, lo que junto a la bondad del abrigo, había pesado definitivamente en el ánimo de Heredia para poblar en aquellas islas al norte de la bahía.  Acertada ubicación geográfica  que iba a condicionar la vida futura del enclave y su entorno. El Gran Río sería sin duda la avenida precisa hacia los promisorios valles altos de los Andes, de clima sano y tierras frías, libres de la fiebre amarilla que diezmaba los poblados de la costa, donde poblaba por aquellas fechas un abogado por  Salamanca llamado Gonzalo Jiménez de Quesada. Con el Renacimiento, la Corona había encontrado su mejor brazo ejecutivo en los hidalgos viejos, egresados en derecho romano de sus universidades, como arma efectiva para diluir las veleidades políticas de sus ricoshombres. Quesada había también intuido que por sus aguas podrían descender los productos agrícolas y ganaderos de aquellos colonos del altiplano, al puerto que prometía convertirse en el más importante de la América atlántica. La época de lluvia mantenía navegable per se el tramo Magdalena – Mahates, inundado por el sobrante del crecido caudal del río. En la época de los cielos azules devenía el tramo en sequedal, debiendo entonces transitarse a uña de caballo o reata de mulas. Con Pedro de Heredia se iniciaba así una ruta integral de navegación interior, alternativa a otra mixta de remo-bestias de carga según la pluviometrìa reinante, y que conocemos hoy como Canal del Dique. El primer Medio Dique comenzaba su trayectoria en los muelles cartageneros de la conocida como Plaza del Mar  y a través del estero de Saltacaballo pasaba a la bahía de Barbacoas, adentrándose posteriormente hacia el Magdalena por ciénagas saladas hasta Mahates. El segundo Medio Dique se contaba a partir de Mahates hasta alcanzar finalmente el río. Allí había estudiado Heredia ciertos caminos terrestres detectados entre Mahates y las Barrancas del río Grande, pero también rutas acuáticas paralelas siguiendo regatos, caños y humedales con juncos encamados que acusaban el reiterado paso de canoas indias hasta ciénagas próximas al Magdalena. Retomando la rutina indígena, durante el invierno boreal podría remontarse el segundo Medio Dique siguiendo a uña de bestia el propio cauce, ahora seco, que las crecidas fluviales veraniegas anegaban con agua dulce para transformarlo entonces en escorrentía navegable de aguas someras. Mahates iba a ser el punto de enlace, comúnmente conocido hoy como parada y fonda de los dos tramos del canal, que poco a poco iría creciendo con nuevos galpones, posadas, albergues, almacenes y depósitos. Sus alcabalas y peajes pasarían a nutrir la hacienda del reciente Cabildo, bajo el perdurado nombre de “Dique, Balsa y Barranca”.

 
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Contexto Histórico de la Habana – IV

Una decisión equivocada de Juan del Prado Portocarrero, a la sazón Gobernador y Jefe Supremo de la Plaza, había bloqueado la flota en la bahía. En la bocana había mandado hundir tres de sus naves de guerra, previamente desmanteladas, a la vez que tender una gran cadena enlazando ambos márgenes. Esta medida asumida para evitar la entrada de los barcos enemigos, impedía tambien la salida de los propios. Desde las primeras jornadas bélicas, se comprendió en la Habana que la batalla iba a ser fundamentalmente dada por los hombres desembarcados en las playas del este. Gutierre de Hevia, como Comandante General de las Flotas de America había dispuesto entre las diferentes bases navales del Caribe, de al menos 21 navíos de línea y 10 fragatas bien pertrechadas que podrian haber dado la batalla en el mar, pero no la dieron.  Los barcos de Pocock no necesitarían forzar la entrada para rematar el asalto final; sus cañones batírían las defensas de la ciudad, y su permanente fuego iba a secundar física y sicológicamente a sus tropas de tierra, nutridas por enjambres de lanchones de desembarco que parten sin contratiempo de los buques – transporte. En un esfuerzo desesperado los navíos de la Armada Real confinados en la bahía, dispararán ineficaces pepinos rompedores contra las posiciones copadas por la artillería de campaña inglesa en la Cabaña.

Cae La Habana tras bandera blanca, capitulación y dos meses de asedio (1762). Reunido en primera sesión del Cabildo, el nuevo gobernador Conde de Albemarle, resplandeciente de medallas y condecoraciones, pronuncia en su lengua un discurso, traducido en vivo por un concejal habanero. Expone el inglés que pues ha sido conquistada la ciudad por las armas de SMB, el rey británico ha de ser el nuevo soberano a quien los presentes deben rendir pleitesía de vasallaje y obediencia. << Milord – responderá para todos con reconocida bonhomía Pedro de Santa Cruz, su alcalde – somos españoles y no podemos ser ingleses: disponed de nuestros bienes, sacrificad nuestras vidas, antes que exigirnos juramento de vasallaje a un principe para nosotros extranjero. Vasallos por nuestro nacimiento y nuestra obligación jurada de Carlos III, rey de España, ese es nuestro legítimo monarca y no podríamos sin ser perjuros, jurar a otro. Los artículos de la capitulación de esta ciudad no os autorizan más que a reclamar de nosotros una obediencia pasiva, y esa ahora os la prometemos de nuevo y sabremos observarla >>. Aceptó el vencedor el cambio en forma del juramento, mientras durase el status local derivado de la ocupación inglesa de la Habana. Seguirían sometidos sus ciudadanos a las leyes emanadas del poder español y se abstendrían de tomar las armas contra cualquiera de las dos monarquías en litigio. Con ello siguió el Cabildo sus funciones ciudadanas sin mayores contratiempos políticos derivados del estado de la excepción invasora.

En un gesto que les honra, los propios ingleses habrían de rendir honores extraordinarios post mortem al bravo marino cántabro Luis de Velasco. << Los españoles son malos estrategas, pero no hay valentia superior a la suya >> – diría en sus exequias Albermarle. Pero la población habanera no está para homenajes y exterioriza pronto su descontento. Obligadas a pagar nuevos impuestos y derramas, algunas familias huyen de la ciudad a favor del invasor que ocupa sus casas; incluso han de compartir otras la suya con una soldadesca que incomoda a las damas. Toman hospitales e iglesias en retaliativo paso de factura contra el legítimo ocupante, no tanto como ingleses, sino como intransigentes anglicanos. Esta animadversión iba a volverse en su contra al punto de ser habitualmente rechiflados como “mameyes”, en referencia al color de sus casacas rojas como frutos de mamey. Con el toque de queda llegaba la  “hora de los mameyes”, cuando los detestados guardias colorados podían penetrar impunemente sus hogares en misiones de control. Abandonan por ello las monjas el Convento de Santa Clara, que será nuevo cobijo para los enfermos y heridos provenientes del expropiado Hospital de Convalecencia, inaugurado bajo la epidemia de fiebre amarilla unos años antes, y ahora atestado de heridos y convalecientes ingleses. Los mandos militares españoles serán enviados en 28 barcos de la R.N. y bandera parlamentaria al puerto de Cádiz. Sometidos a Consejo de Guerra, Juan del Prado y Gutierre de Hevia serán desterrados ambos por diez años y suspendidos de empleo y sueldo de por vida.

Reconstruidas sus murallas y bastiones, La Habana como ciudad iba a conocer una etapa de desarrollo, aunque no desde un principio. En cambio, la esclavitud vería empeorar su estatus bajo la égida inglesa. En este estado de cosas, los negros libres eran frecuentemente secuestrados por mafias criollas para ser vendidos como esclavos a dueños británicos, que desoían de sus labios toda queja de los pardos, razón por la cual cientos de negros y mulatos de La Habana huyeron durante aquellos años hacia el interior. Eran las mismas bandas de delincuentes que secuestraban a los hambrientos habaneros que salían extramuros en busca de comida, y que habían de pagar elevado rescate para verse de nuevo libres. La escasez de mano de obra esclava decide al mando británico para traer negros bozales de Africa, que son subastados públicamente en la Plaza de San Francisco. Comparativamente al estado previo a la contienda, el comercio inglés hace tímidas apariciones en el puerto. Con la llegada de barcos de Jamaica, las Bahamas y las 13 colonias del norte atlántico, se trata de suplir la llegada de mercancías peninsulares, especialmente sus trigos y harinas. Mientras dure esta ocupación británica, la capitalidad de la isla sería establecida en Santiago de Cuba, y es a ella donde se desvía ahora el comercio caribeño en su ruta alternativa hacia España y desde ella.

Canjeadas las ciudades de La Habana y Manila por La Florida al final de la guerra, el nuevo devenir de la capital cubana iba a cambiar notablemente. Se abre su puerto al comercio mundial (1778), se contruye la Intendencia (1772) o Palacio del 2º Cabo, inicialmente destinado a cuartel general del vicegobernador, con una recia fachada neoclásica de soportales y arcos de medio punto. Se construye el Palacio de los Capitanes Generales (1770) en el solar que fuera de la iglesia fundacional de La Habana. Carlos III manumite por Real Orden a 156 esclavos negros distinguidos por su valor en la lucha contra el invasor y resarce monetariamente a sus dueños desde el situado real. En 1774 el censo de Cuba arrojaba 175.000 habitantes de los cuales 44.000 eran esclavos.

Recuperada La Habana, un cuerpo de ingenieros recién llegado de la Península, va a emprender la construccion del inacabado fuerte de San Carlos de la Cabaña y los nuevos Castillo de Atarés al fondo de la bahía, y Castillo del Príncipe al sur del recinto murado. Se nombra Catedral (1790) a la hasta entonces Iglesia Mayor de La Habana, guardándose para la de Santiago de Cuba, la primacía eclesial de la isla.

En diciembre de 1800 llega Alejandro de Humbold a la Habana, sorprendido europeo que << al contemplar aquellas fortalezas que coronan las rocas al este del puerto, aquella concha interior de mar rodeada de pueblecillos y de cortijos, aquellas palmeras de una elevación prodigiosa, aquella ciudad medio cubierta por un bosque de mástiles y de velas de embarcaciones…>> contrasta y atesora las inéditas e irrepetibles imágenes. El gran curioso y naturalista alemán que << en admirable romería de sabio y de poeta, racionalista investigador del cosmos y emocionado feligrés de la naturaleza >> iba a realizar un riguroso estudio de flora, fauna, minería y costumbres de Cuba y toda la América Hispana, en su inolvidable Viaje a las Regiones Equinociales del Nuevo Continente. Era el claro exponente del interès que las Américas habían despertado en las mentes y universidades europeas desde la Ilustración.

En 1828 se inaugura El Templete, edificio destinado a proteger y conservar el monolito – testigo del te deum fundacional de la villa en 16 de noviembre de 1519. En 1837 se inaugura el tramo de ferrocarril entre La Habana y Güines, primer camino de hierro de los territorios hispanohablantes. En 1854 las Hermanas de la Caridad pasan a prestar cuidados de enfermería en el Hospital de San Felipe y Santiago, declarado local de Beneficiencia Pública tres años más tarde, con el ligro social que la medida implica. Impulsada por la industria azucarera y la elaboración de tabacos, la prosperidad de Cuba era evidente. En 1863 se derriban las murallas para dejar espacio a la expansión de la pujante urbe y en 1875 el Capitan General cesa por Real Orden de presidir el Cabildo de La Habana. Es su Alcalde desde entonces, cargo social ajeno a la autoridad militar de la isla, quien ha de presidirlo. Cuando Cuba alcanza la independencia de España, tras oscura y mediática declaración de guerra por unos EE.UU que pasan a tutelarla, La Habana era una de las principales urbes de las Américas, parafraseada en el ripio:

Verdadero tarro de miel

donde toda mosca hispana

cae presa de patas en él.

 

P.S: La Habana es hoy  Patrimonio de la Humanidad (1982)

 
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Contexto Histórico de la Habana – I

         Colón en su primer viaje (1492) descubre la isla de Cuba << de la forma de una hoja de sauce >>, que denominará Juana en honor de la infanta de Castilla, pero no se detiene, y sigue su litoral al oeste navegando en pos de otras costas. Será la vecina isla de La Española quien, años después de haber consolidado algunos cientos de colonos peninsulares, aporte los primeros contingentes europeos  a la Gran Antilla, receptora final de una leyenda de la que Colón había sido crédulo partícipe, en un postrer jirón medieval inferido al estandarte renacentista. La Antilla era una mítica isla oceánica previa al decubrimiento de América, ya referenciada en cartogramas de 1424, que había culminado su carisma con el refrito geográfico de Toscanelli (1468) manejado por Colón. Se decía que en 1411 una carabela española había llegado a ella, pero no se tenía noticia fidedigna de esta arribada. También Portugal había emprendido sin éxito su búsqueda, sin tampoco hallarla. Este legado legendario influyó para nominar al archipiélago antillano en los cartogramas españoles con su nombre de leyenda.

El estado de cosas que se encuentran al llegar los primeros europeos nos ha sido narrada por su contemporáneo López de Gómara: << Estaba Cuba poblada de indios…andan desnudos, en cueros vivos hombres y mujeres…con liviana causa dejan a sus mujeres…el andar la mujer desnuda convida e incita a los hombres pronto… >>. Y en análoga circunstancia a la vivida por hombres y tierra de La Española, el cronista apostilla: <<Todos ellos se volvieron cristianos; murieron muchos de trabajo y hambre, muchos de viruelas, y muchos  pasaron a Nueva España cuando Cortés la ganó, y así no quedó casta dellos >>. En los primeros contactos con la tierra y sus hombres, aplican los castellanos su máxima renacentista: << quien no poblare no hará conquista, y no conquistando la tierra, no se convertirá su gente >>. Con esta hoja de ruta se comienza la conquista de Cuba, y como conquista en todo tiempo, será sangrienta. Los europeos vienen de una guerra secular en todas sus fronteras. Con ellos traen en sus flotantes castillos, caballos y perros, medios desconocidos para el asombrado indígena, que llegará a sentirse morir bajo los truenos del arcabuz que los mata de lejos. Pronto esos mismos perros que levantan como pieza de caza a todo indio mimetizado en la manigua, quedan perdidos por los montes, donde llegarán a criar en despoblado y tornarse tan << carniceros más que lobos, que hacen mucho daño en cabras y ovejas >> que los propios conquistadores, ahora establecidos como colonos, se organizarán en batidas para exterminarlos y defender los haberes de sus cabañas.

Diego Velázquez llega desde La Española como Adelantado (1511) con credenciales para su conquista y repoblación, otorgadas por Fernando el Católico a instancias del Gobernador Ovando. Le acompaña un grupo humano de colonos  que aportan ganados, semillas y animales domésticos, además de hombres de guerra  que contribuyen a la empresa con sus equipos, armas y monturas. Entre ellos vienen  Pánfilo de Narváez, futura cabeza militar de la conquista isleña, y Hernández de Córdoba, Grijalva y Hernán Cortés, que van a catapultar desde Cuba el descubrimiento de Yucatán y la conquista de México; junto a ellos, viene el dominico Bartolomé de las Casas, grande e ingénuo defensor de los derechos indígenas y  estrecho colaborador de Velázquez, que gestiona en España mediante personas influyentes el final de la encomienda al uso. Una vez conseguida su total libertad, se tornarán pacíficos los indios, dejarán de sublevarse, tainos y siboneyes perderán el perenne hervor de rebeldía indígena de los primeros tiempos. En este contexto funda el Adelantado la villa de San Cristóbal de la Habana (1515) en la costa sur de la isla, que por su insalubridad y peligrosa navegación entre bajíos será trasladada (1519) a una cercana bahía más al norte.

En la bocana de esta bahía conocida como Puerto de la Carena, elige el Adelantado el lugar para trazar el nuevo damero ciudadano, junto al abrigado playote en que reparara sus naves Sebastián de Ocampo (1508), experto bojador antillano, compañero de Colón en su 2º viaje. Allí había dado con sus dos carabelas, anegadas las sentinas por la broma y las vias de agua de fortuitas encalladas, cuando en arriesgada navegación costera, averiguaba por orden del Gobernador Ovando si Cuba era o no una isla que pudiera ser colonizada de cristianos. Y en ella había encontrado varadero de fortuna de placentera arena y manantiales de asfalto, donde poder carenar aquellos maltrechos cascos, que con la pleamar debería reflotar de nuevo. Once años más tarde Velazquez refunda allí la villa que en sus comienzos va a depender oscuramente de Santiago de Cuba, la capital isleña cuyo joven y carismático alcalde Hernán Cortés, sería el futuro conquistador del Imperio azteca. Bajo el  copudo parasol de una ceiba caribeña, y según inveterada usanza castellana, se solemniza la fundación con misa y te deum. Entrega Velazquez al electo Cabildo, con sus dos alcaldes ordinarios y tres regidores, la guarda y custodia de los Fueros y Privilegios de la Villa que han de legar a la posteridad la validez del consuetudinario acto. Terminado el trámite con el levantamiento del Acta Fundacional, quedan allí registrados sorteo y Amparos Reales o lotes de tierra asignados a las 37 familias fundadoras del vecindario. Vendrá luego el trazado de calles  << a regla y cordel >> y la construcción por negros e indios cautivos de la pajiza iglesia y el fuerte, sólida empalizada de troncos cercada de escarpe y zanja, cobijo del vecindario frente a posibles algaras indias. Será el futuro núcleo integrador ciudadano, que junto a su caserío ardería bajo flechas incendiarias en más de una ocasión. En las afueras quedaba instalado el encomendado poblado indígena o << república de indios >> con plaza propia, agua y tierras comunales, su cacique y alguaciles: suministro asequible de mano de obra, que en 1552 alcanzaría, total libertad de establecimiento y circulación. El fundador de La Habana había tomado prestado el topónimo siboney “jhabana,” la castellana “sabana”, que junto a San Cristóbal patrono de peregrinos y marineros, iba a constituir santo y seña de la nueva villa de cristianos. Ennoblecida con un te deum laudamus, celebrado bajo frondosa ceiba que devino enjuta y seca 235 años más tarde, serìa para siempre recordado el laudo por un monolito de piedra  (1754) levantado en el sitio.

A partir de 1543, el entramado administrativo del Imperio iba a estructurar un sistema de flota anual que parte desde Sevilla para ultramar con textiles, herrajes, aperos, pólvora, pertrechos. Desde 1521 el comercio entre el Caribe y España era obligado realizarlo con naves desplegadas en conserva, y un escuadrón protector contra corsarios franceses¸ más tarde llamado Escuadra de Averías por ser financiado por los propios mercaderes que comercian en ultramar mediante un impuesto llamado Avería. Al acceder al Caribe la llamada Flota de Indias, se dividía en dos, una con dirección a  Veracruz y  otra a Cartagena y Nombre de Dios, que irán desglosando naves en diferentes puertos del derrotero. El arribo de estas naves, generaba ferias y festejos locales en los puertos de destino, donde se concertaba buen número de embarcaciones menores que distribuían hacia otros enclaves los preciados cargamentos traídos de España. Finalizadas las ferias locales y estibadas las naves con cueros, cecinas, ganados, maderas, sebos, ceras y otros productos de la tierra además del impuesto o Quinto Real, concurrían ambas flotas concentradas de nuevo en La Habana, donde se les incorporaba la nao capitana para marcar avante el rumbo de regreso a Sevilla.

Este incipiente comercio transoceánico iba a despertar pronto envidias y felonías sin cuento entre colonos clandestinos y navegantes advenedizos que van enrocándose en la generosa pléyade de minúsculas islas caribeñas potenciados por el rencor francés. Francisco I de Francia, enemigo declarado del Emperador Carlos V y antiguo competidor de su cetro, concede patente de corso a sus marinos frente al monarca español, en una frontal actitud contra la salomónica Bula del Papa Alejandro VI, que había repartido el globo terráqueo entre Portugal y España. Se siente despojado de su opción americana y alega que le enseñen la clausula del testamento de  << nuestro padre Adán >> donde se dice que ha de repartir su herencia entre castellanos y portugueses excluyendo a todos sus demás hijos. Decide por ello tomar parte como outsider del festín americano, medio siglo antes que otro competidor inglés, fundador de la Royal Navy, hubiera logrado que sus pilotos se internasen hacia el oeste más allá de las islas Scilly.

En este contexto bélico germina poco a poco un submundo de rapiña, asaltos y muerte. El hugonote francés Robert Ball (1543) toma La Habana y cobra un rescate por no incendiarla, pero se lleva las campanas de su parroquia.  Su lugarteniente Jacques Sorel (1555), guiado por un piloto portugués arrasa la abandonada villa. Con más de 200 forbantes, profana altares destruye las plantaciones vecinas y ejecuta a cuanto esclavo halla al paso. Solo su Hospital de piedra aguantará en pie, como mudo  testigo de esta segunda << destrucción de Troya >>. Apenas logra el pirata reunir rescate digno de tal nombre, y busca por los montes cercanos a los desarmados fugitivos. Una contraofensiva vecinal de 40 colonos blancos, acompañados por unos 100 indios y otros tantos negros apenas armados con piedras y estacas, logra cobrarse algunas víctimas, pero su impotencia les hace desistir del empeño. Cuando el francés se retira, deja la ciudad en llamas. Hasta ahora, cuando los hugonotes aparecían en su costa, blancos, negros e indios se reunían para defender lo que ya consideraban su tierra, por haberse acostumbrado sobre ella a vivir juntos. Era una lección bien aprendida: en adelante se aprestarán en su defensa, además de las guarniciones, los estancieros y los comerciantes, indios y esclavos negros, incluso ocasionales viajeros de Indias que transiten su puerto hacia otros destinos.