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Contexto Histórico de Panamá – IV

(Dibujo de su Autor)

La aventura de Morgan no va a ser un hecho aislado. Los piratas del Caribe, hermanados en su guarida de Jamaica, han decidido pasar al Pacífico para perpetrar sus fechorías en los puertos de un mar desprevenido. Richard Sawkins (1680) al mando de una poderosa conjunción de al menos 330 hermanos de la costa, entre los que hoy sabemos se encontraban los conocidos filibusteros John Coxon, Bartholomew Sharp, Peter Harris, Edmund Cook, Ravenau de Lussan, William Dampier, John Watling, Edward Boldman y el cirujano Lionel Wafer, atraviesa el Darién con apoyo de los indios para entrar al Pacífico con 60 lanchas por el Tuira. Una verdadera trasnacional cazatesoros que busca lo valioso de los demás, para apropiárselo por encima de toda ley ajena, teniendo por válida solo la propia. Se apoderan de algunos pataches de mediano porte y del galeón Santísima Trinidad de 400 toneladas todavía sin artillar, y con ellos se proponen asaltar el cabotaje de aquella costa. Wafer el cirujano galés, tras una discusión sobre la dureza del camino elegido, es abandonado junto a otros cuatro salteadores en plena jungla del istmo; pero salvará el pellejo al ser acogido por los indios como médico durante dos años, y poder contarlo a su vuelta a Inglaterra. Muere Harris en las primeras escaramuzas contra las partidas armadas que recorren la costa occidental. Dueños pronto de una pequeña escuadra capturada barco a barco, llegan los confabulados al fondeadero de Panamá donde abordan, saquean e incendian 3 barcos cargados de mercancías. Sin opción sus mosquetes franceses ante los cañones de bronce de Panamá Nueva, precisan alejarse mar adentro, fuera de alcance de las rugientes bocas que arrojan fuego sin dar tregua. Shawkins ha sido herido de muerte por los fusileros del Perico y es Coxon quien pasa a comandar la partida antes de su temprano regreso al Caribe, persuadido por nuevas divergencias habidas con Cook y otros capitanes. Sharp, nuevo comandante en jefe, ha logrado artillar con rapiñas el Santísima Trinidad, para convertirlo en insignia de su flota con el nombre de Trinity. Atrapa un bergantín cargado de pólvora, municiones y 50.000 pesos destinados a la guarnición de Panamá, que añade a sus velas para proseguir hacia el sur el saqueo de hatos costeros, puertos de cabotaje y naves de carga. En Tumaco muere Boldman con su vanguardia a manos de la guarnición del puerto. Sharp prosigue la rapiña costera hasta las Islas de Juan Fernández, donde piensa carenar los barcos y permanecer oculto en un mutis de meses. Puerto a puerto, cabo a cabo, la posición marítima de Sharp hacia el meridión va siendo denunciada en la propia costa mediante humaredas y fogatas planificadas. Conocedor de estas alertas virreinales gemelas de su periplo costero, decide no volver atrás, donde sospecha van a salir si no han salido ya, los galeones del virreinato a darle caza. Por orden del propio Sharp en latitudes peruanas, Edmund Cook es arrestado por homosexual y ahorcado en una entena del Trinity. Ley implacable del mar. Desembarca y ataca por tierra en días siguientes el puerto chileno de Arica, pero es rechazado tras denodada lucha en la que muere Watling junto a dos docenas de sus hombres. Otra veintena de ellos serían capturados y ahorcados todos excepto los dos cirujanos de a bordo, indultados y retenidos por el corregidor  al constatar que no han tomado las armas. En su escape hacia el Cabo de Hornos, captura Sharp el galeón chileno Virgen del Rosario, cuyo preciado tesoro es un libro de derrotas que habría de salvarle la vida. Cuando llega el Trinity a Plymouth, Inglaterra prosigue su tregua de paz con España, vigente el Tratado América para combatir la piratería. Sharp es por ello condenado al patíbulo, pero El Almirantazgo inglés, tras estudiar la desconocida e inapreciable cartografía que el pirata aporta en su descargo, logrará obtenerle el perdón real en nueva y sonada felonía.

La estela de los barcos de monsieur Ravenau de Lussan, el galante y culto parisino metido a pirata tal vez empujado por inoportunas deudas de juventud, se aleja pronto de Panamásiguiendo su aguja de marear hacia el norte, y su roda hacia Nicaragua, Honduras y Tehuantepec, donde va a convertirse en azote de los pueblos costeros de aquellas tierras. Unos años después de su mise en scène filibustera, decidirá bajar el telón de este segundo acto de su particular y teatrera comedia de enredo, para regresar a Haití, etapa intermedia del añorado savoir fair de los salones de París. Quema sus barcos y organiza sus 300 hombres en compañías que acometen por tierra el cruce del istmo. Asalta a su paso La Antigua Guatemala(Santiago de los Caballeros de Guatemala), y ante aquellos atónitos ciudadanos reunidos por fuerza en la Plaza Mayor, anuncia que respetará templos y conventos, sin profanar personas, vasos ni imágenes; pero deben para ello entregarle cuantos víveres precise y sus lanchas fluviales quedan confiscadas sin más. Aquellas chalanas  y bongos habrían de servirle para acceder por el río Motaguahasta el Caribe, y de allí al cabo Gracias a Dios, donde pensaba tomar algún barco contrabandista que le llevara al haitiano occidente de La Española.

Charles Swan al mando de tres naves piratas entra por el Cabo de Hornos al Pacífico (1684) y tras una costanera hacia el norte con Dampier como piloto, y el hermano Francis Towley como socio, emprendería una fallida persecución del Galeón de Manila por el Pacífico Norte; Towley, llegado atravesando el istmo, acabaría pereciendo en un encuentro fortuito con la Escuadra del Mar del Sur, desplazada desde El Callao a Panamá en rutinaria vigilia de la ruta de los galeones. Entran también aquel año al Pacífico por el Mar de Hoces (ruta Hornos),  los  perros del mar John Cooke y John Eaton, que dedicados a la fácil presa de los desartillados barcos negreros, han capturado uno danés con féminas bozales para sus esclavos antillanos, que incorporarán con el nombre de Bachelor´s Delight  (Delicia de los solteros) a la pequeña flota con la que tratan de acceder por el sur continental al Pacífico. Superadas las rugientes latitudes marinas, los saciados bachelors arrojarían por la borda aquella pobre carne humana enferma de hambre y violencia sexual. Pero tampoco iba a tener mayor suerte para sobrevivir a su aventura panameña el perro John Cooke, que muere ese mismo año de paludismo frente al Cabo Blanco de Costa Rica en su deliciosa insignia. Su eventual asociado Edward Davis  seguiría al mando del Bachelor´s Delight con los 3 barcos y 1.000 hombres de su compartida flota. Con ella ataca Panamá por tierra y mar, justo cuando  la Flota del Sur desembarca su carga en el Perico; pero los 174 cañones y 3.000 hombres que defienden la plaza, rechazan el acoso filibustero. El desembarco de la plata se completa ante sus fauces sin mayor contratiempo (1685), y las naves forbantes tornan velas y gobernalles hacia las costas de Nueva España. En compañía de John Eaton marrará Davis su ataque al puerto del Realejo en Nicaragua, donde incendia su rancherío incapaz de conquistarlo, lo que precipitaría el regreso de Eaton al Caribe tras desavenencias tácticas con su ocasional socio.                                             

William Dampier, el llamado Pirata Científico por su labor pirática compartida con estudios de geografía, ciencias naturales y narraciones sobre sus viajes, abandona las Galápagos con la partida de Sharp. Ha decidido merodear al descuido las costas peruanas. En compañía ahora del fraternal gabacho François de Granmont, recibe nutrido refuerzo de otroshermanos de la costa que cruzan el Darién cada vez que la situación lo requiere. Entre ellos François Grogniet, que con 80 piratas galos viene a compartir depredaciones españolas con el sanguinario bordelés.

El Océano Pacífico, infestado de piratas por el sur o por el istmo, había dejado de ser el Lago Español de antaño. En una serie matemática de variaciones con repetición, la presencia filibustera se había multiplicado ad nauseam en pocos años, desparramándose sobre la costa meridional del gran piélago marino. Ante el peligro generalizado, sus puertos se fortifican, y los virreyes conceden patentes de corso a los capitanes de mar que lo solicitan. Por su proximidad a la costa, Lima la capital del virreinato, también teme ser atacada y se rodea de una sólida muralla. En apoyo de los galeones de la Flota del Sur, el progresivo consenso de las naciones europeas, y su propio peculio, el corso iba a resultar eficaz yunque contra la piratería, hasta tal punto que en cortos años remitiría la asfixiante presión bucanera, eclosionada en el Pacífico tras la captura de la Panamá Vieja por el bloody Henry. Panamá Nueva no sería ya asediada por bucaneros de calaña alguna: sus fuertes murallas con  cañones de bronce,  aun permaneciendo mudos, infundían respeto. Habían ganado la tregua de los mares.

Figura  11: Plano Planta de la Ciudad de Panamá Nueva

En 1736 se suprime el régimen de flotas, se cierra la feria de Portobelo, se cancela la Real Audiencia. Las temporeras masas de feriantes no van a regresar más. En 1737 sobreviene el Fuego Grande, uno más de los provocados en la Hispanoamérica morena,  que devora dos tercios del caserío intramuros de Panamá Nueva. Solo se salva el Hospital de San Juan de Dios y casas aledañas. Fuera, el Arrabal de Santa Ana permanece intacto. Como en anteriores incendios se acusa de ello a impersonales manos asesinas, por todos sospechadas. Pero también se levanta el hartazgo de otras voces: demasiado incendio, demasiada madera, demasiada frustración, demasiado negro. Panamá tirita herida cuando pasa a formar parte del recién formado Virreinato de Nueva Granada (1739).

Los jesuitas son expulsados de España e Indias por pragmática de Carlos III (1767). Salen los ignacianos panameños camino de Portobelo al destierro; se les clausura la Universidad que tras el incendio de sus aulas, han tardado más de setenta años en reabrir dada la penuria de recursos propios. Habían aquellos frailes estudiado las lenguas indígenas y en ellas publicado gramáticas, diccionarios y catecismos. Iluminando desde el púlpito y el aula, almas y mentes con el resplandor de la lógica y de la ética, frente a la barbarie mercantilista de un presente sin futuro, que todo lo envolvía en su propia y material nube del no saber. Panamá ve menguar sus alcabalas y el sabroso Situado Real de antaño. Tampoco pueden ya sus muleros y ocasionales arrendantes de bohíos, tenderetes y galpones, especular con viajeros y feriantes sobre precios…no importa si de escándalo o ganga. La gallina de los huevos de oro ha fenecido, y la ciudad se despuebla inerme de vida urbana. Solo los morenos permanecen en una urbe, que al decir de un misionero sorprendido mas parece un pueblo de Etiopía que una ciudad de Indias. No se ha preservado en ella ese consuetudinario 20% de población de color, que las naciones coloniales habían aprendido en propia carne a no superar, porque la ira que la injusticia social soliviantaba a borbotones en aquellos mundos de ultramar, llegaba siempre al cielo, las más de las veces en forma de humo…negro.

            Figura 12: Orla y escudo heráldico de la Ciudad de Panamá. Año de 1521

El vigor racial del bozal africano frente a la insania ambiental del istmo, había potenciado la incontrolada, paciente y arisca, presencia masiva de su etnia en aquella costa. Y vendría otro incendio, el  fuego chico de 1755, y otro mas, y otro…pero no por ello cesaba el periódico y ardiente desorden generador de miseria. A final de siglo será Panamá, aquella que fuera Roma del Pacífico, una escombrera de solares vacíos y naturaleza intrusa, edificios ruinosos y hambre. Llegarán luego los transitivos mesías arreglándolo todo, hablando mucho, cambiando más y construyendo nada. De nuevo el humo esta vez semántico, el exaltado verbo huero, la vacuidad, la ideología filosófica, la Revolución Francesa, la masonería… Un siglo entero arrancado del calendario a su historia de patrimonio humano. ¿Y sus gentes?, bazofia, puro rebaño de la particular mesta que los políticos de turno aperrean a su antojo para meterlo en su aprisco.

Aparecen los novicios buscadores de oro californiano, que remontarán en oleadas de bongos el Chagrespara regresar por la misma vía, algunos de ellos ricos, otros enfermos, otros nunca, a las ciudades atlánticas de Nueva Orleáns, Savanah o Nueva York que les vieran partir. Pero aportan un fugaz hálito de vida y sustento a la agónica Roma. Un último estertor de la Fiebre del Oro que habría de preñar con nuevos malhechores, nuevas meretrices, nuevos salteadores de caminos, nueva delincuencia, nuevas Nombre de Dios, las viejas sendas de la vetusta Castilla del Oro, en un pertinaz redoble de la Historia ya sabida, narrada  por los cronistas de Indias desde cuatro siglos antes. Redoble con toque de retreta que sería bruñido sin contemplaciones étnicas por las milicias norteamericanas de la Nueva Compañía, donde el apartheid resultaba moneda áspera al tacto. Otra manera de hacer Imperio más adusta y fría que la conocida hasta entonces, había retomado para mejora futura del istmo, el caduco y fracasado proyecto francés del Canal de Panamá, para capacitarlo y concluirlo. Y esa iba a ser la nueva Feria Panameña que había de retrotraer pasadas glorias, satisfacciones y sueños. Pero esa, amigo que lees y piensas, esa es otra historia.

Figura 13: Canal Interoceánico

 
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LA LEYENDA DEL GALEÓN ERRANTE – I

La pugna hispano-portuguesa por anexionarse las Molucas, motivó a Carlos V para fletar las expediciones de Magallanes y Loaysa hacia ese emporio de las especias que Europa demandaba. El regreso de Elcano a Sanlúcar de Barrameda tres años después de su partida, con su nao Victoria ahíta de especias (1522), había amortizado holgadamente la empresa magallánica pese a la pérdida de 4 naves y sus hombres. Pero había avivado también la disputa sobre aquella posesión insular, enzarzados ambos reinos en suspicaz y estéril negociación. Por ello los planes del Emperador en el Pacífico iban a seguir su curso.
Unos meses después de este arribo, armábase en La Coruña nueva flota con naves de gran tonelaje bajo el sabio hacer de Juan Sebastián Elcano, minuciosamente escalonados sus cabotajes y calados a fin de surcar incluso ensenadas de aguas someras y lagunas abiertas, con cañones fácilmente zafables de sus bordas para reflotar el barco de cualquier embarrancada fortuita. Iban para conquistar, fundar y quedarse. Sería la última expedición hispana desde la metrópoli a las islas del poniente. Las siguientes serían ya gestionadas desde la América novohispana o El Perú.
Bajo el mando supremo de García Jofre de Loaysa, nombrado Capitán General, Gobernador y Justicia Mayor del Malucco, y de Juan Sebastián Elcano, su segundo, Piloto Mayor y Guía de la Armada, acuerdan los capitanes caso de perder el contacto visual, reunirse en Bahía de Todos los Santos y esperar allí veinte días a los mas rezagados, y aunque alguno faltare a la cita, reanudar tras ese lapso el viaje, << pero plantando antes en alguna eminencia una gran cruz y al pie una olla, en cuyo interior una carta indicaría la ruta emprendida de nuevo>>. Vieja señal de rebato de la marinería ibérica, alguna de las cuales en piedra, ha perdurado olvidada por siglos en costas africanas.
Tras recordar el tradicional acuerdo, hiciéronse a la mar el 24 de julio de 1525. Seis galeones y un patache aproaron aquella mañana veraniega rumbo SW hacia las Canarias, Guinea y su corriente ecuatorial, lanzadera habitual hacia América bajo los alisios del nordeste. Las naves Sta. María de la Victoria (capitana, 300 T), Sancti Spiritus (guía, 200 T), Anunciada (170 T), San Gabriel (130 T), San Lesmes (86 T), Sta. María del Parral (80 T) y Santiago (patache, 50 T) navegarían después favorecidas por la corriente del Brasil, tratando de remontar latitudes al meridión durante el verano antártico. Y fueron recibidos por los Rugientes Cuarenta con el rudo y cetrino ceño de su salvaje y eterno vaivén. La Sancti Spiritus de Elcano se perdió arrojada sobre los acantilados patagones, descuajaringada contra ellos por las olas. Luego de semanas de lucha contra lo imposible, la San Gabriel y la Anunciada, desistieron de la remontada sureña, para retornar maltrecha una a Galicia (mayo 1526), enfilando la otra al este con el fin de alcanzar las Molucas por el Indico, no volviendo jamás a saberse de ella. La Santa María de la Victoria embarrancó sobre bajíos de cascajo, pero pudo ser reflotada maltrecha tras grande esfuerzo. El resto de la escuadra cobijóse al socaire de un abrigo natural que Elcano en buena hora hallara. No así la San Lesmes, que garreó y hubo de correr durante días a palo seco hasta más allá de los Furiosos Cincuenta, donde hervía por doquier la mar embravecida. Vientos atemporalados del güeste y la fuerte deriva oceánica que al sur del continente incide hacia el Atlántico, la acosaron. Pilotada por Francisco de Hoces, supo correr hasta los 55ºS solo su obra viva por trapo, arrojando al mar estiba y artillería, mientras aferraba escotillas y largaba por popa ancla flotante de calabrotes y velas, a fin de poder gobernar el rumbo de su huída, y evitar el través de la nave, sus guiñadas, o la fatal voltereta del pasado por ojo. Cuando hubo amainado el temporal, tomó posiciones y comprobó que se encontraba << allí donde era el acabamiento de la Tierra >>, convirtiéndose en el primer europeo que atisbó la punta meridional de América, razón por la cual ese mar lleva hoy su nombre. Los golpes de mar empenachados por rociones de espuma y hielo tomados por popa durante el vendaval, habíanse atravesado ahora en confusa mar de leva y feble hálito, propios de la posterior encalmada. El profundo oleaje batía poco después el casco de una San Lesmes escorada por la helazón irregular de su roda, que trataba de aproar la resaca cabeceando bajo secos pantocazos, capaces de desarbolar su obra muerta o descuadernar la viva. Desvencijada por la molienda oceánica, pudo sin embargo Hoces enfilar la bocana de Magallanes, dándola andar bajo nuevo y bonancible SO. Allí atisbó sobre un despejado cantil una gran cruz de madera colocada como referencia de entrada al estrecho. De las siete naves, solo cuatro a cual más maltrecha, lograron reunirse a la vista de la cruz para acometer juntas el paso atlántico hacia el oeste. Habían transcurrido cinco meses y medio desde su partida de Galicia. La cruz colocada por Elcano en la bocana del estrecho (1526), nueve años después fue vista por Simón de Alcazaba, y en 1539 también por Alonso de Camargo, en sendos rastreos del paso. Esta última expedición extrajo de su base una carta náutica indicadora del rumbo que supuestamente iba a seguir la capitana de Loaysa. Pero la difícil ruta del estrecho al Pacífico fue en adelante sustituida por otras surgidas de la costa oeste de América. Y la cruz de Elcano nunca volvió a citarse en los derroteros hispanos.
Las mareas de uno y otro océano pugnaban en el estrecho con gran estruendo de oleaje y jarcias. Y luego de mes y medio de navegación por el paso, las cuatro naves de Loaysa iban a encarar la grandiosa aventura de hollar el Océano del Sur, tras abocar a mar abierto por las mismas fechas que la San Gabriel aportaba de regreso en Bayona. Era la segunda vez que los europeos iban al encuentro del universo de islas que en anterior lance habían escuchado desgranar a los nativos de otras por ellos visitadas, cuando no intuidas por náutico instinto. Pero el traicionero Pacífico dispersaría la flota del emperador. A penas seis días después de acceder al Pacífico, los vigías de las cofas iban a perder el contacto visual entre sus naves. Habían navegado a la estima 157 leguas marinas castellanas (471 millas náuticas = 872 Km)) desde el cabo Deseado (2-jun-1526), cuando un furioso viento Sur dispersó las naves, obligada cada una a correr su temporal hacia el norte.
En una inverosímil navegación de mas de 10.000 Km a lo largo de la entonces inexplorada costa occidental de América, el patache Santiago sin apenas víveres, pero aupado por la corriente fría del Perú (hoy Humboldt) y los broncos “surazos” de las costas de Chile, logró entrar en Tehuantepec de Nueva España (24-jul-1526) al año justo de su partida de Coruña. Santiago de Guevara su piloto informó de lo ocurrido, y su tripulación enrolóse de seguido en la expedición de Álvaro de Saavedra (1527) a las Molucas, que Hernán Cortés armaba por orden de Carlos V. Iba a buscar la tripulación de la magallánica “Trinidad”, perdido su rastro entre los portugueses de aquellas islas. Comandada por Gómez de Espinosa habíase allí separado de la nao “Victoria” cuatro años antes, en la esperanza de llegar a Acapulco para informar del intento de regreso de Elcano por el Índico de Portugal, consumado y afamado ya para entonces por todo el orbe. Pero la “Trindad” nunca llegó, y ahora salían a buscarla. Saavedra arribará a las Molucas, rescata los náufragos castellanos y parte hacia Nueva España tres meses después (1528) cargado de especias, pero vuelve sobre sus pasos a finales de año sin hallar tornaviaje posible. De nuevo lo intenta a mediados del año siguiente y debe de nuevo regresar al Malucco, muriendo esta vez en el trayecto (diciembre 1529)
La Santa Mª de la Victoria tras correr rumbo NNW su particular “surazo” hasta el paralelo 40ºS, viró a babor enrumbando WNW hacia Guam y Marianas, en la idea de alcanzar Cipango y cartografiar sus hasta entonces desconocidas islas, antes de acceder al Malucco. Pero durante el eterno y tedioso navegar por la nada, la cruel parca va cebándose en sus mejores hombres. Muere Loaysa (30-jul-1526) a los 4 días de cruzar el trópico y seis días antes que su segundo Elcano, nuevo Capitán General, a quien van siguiendo con idéntica suerte los ocasionales capitanes de leva. La desconocida avitaminosis llamada Escorbuto, era fama que comenzaba a diezmar las tripulaciones hacia los dos meses de su partida, y lo hace ahora ante el sorprendente estoicismo de quienes sobreviven y testifican los óbitos. En iterada rutina, sus cadáveres serán deslizados al agua según estricto protocolo. Y entre los supervivientes, un jovencísimo Urdaneta, futuro descubridor del regreso a Nueva España, atesora cuanto sus abiertos ojos y oídos van captando por las islas del poniente.
Una treintena de supervivientes fondean el 5 de septiembre en Guam rodeados de un enjambre de piraguas y algarabía de voces entre las que Urdaneta distingue un saludo en perfecto castellano. Un gallego, Gonzalo de Vigo, además de intérprete con los nativos, y cuidador de los escorbúticos, iba a proporcionarle las primeras referencias sobre corrientes y vientos norpacíficos que datarían su futura peripecia de retorno. Desertor de Gómez de Espinosa en su intento de tornaviaje a Nueva España, desgránale una a una sus experiencias en el fallido empeño tras ennortar hasta los 42ºN, buscar infructuosamente vientos propicios, retornar al sur por la misma longitud y desertar con otros compañeros cuando la nao tomaba aguada en Guam. Ahora, bajo el mando de Iñiguez de Carquizano veterano magallánico, se suma a la campaña de las Célebes y las Molucas, donde la nao capitana acaba sus días desvencijada, carcomida de brega y broma. Su propio cañoneo contra el enemigo portugués acabará por descuadernarla, y de sus restos harán en tierra ocasional fortín. Sólo 24 de sus hombres lograrán regresar a España, junto con los veteranos de Saavedra, tras duras peleas de supervivencia en la jungla. La firma del Tratado de Zaragoza (1529) entre lusos e hispanos les sorprende. Se fija el antimeridiano de Tordesillas, a la vez que se asigna la pertenencia de estas islas a Portugal, en tanto que las Filipinas quedan íntegramente para España. Carlos V les vende su parte moluqueña y los portugueses irán repatriando hasta 1536 a los supervivientes de las naos de Magallanes, Loaysa y Saavedra, a través de la ruta del Indico. Urdaneta se convierte así en el tercer europeo conocido en dar la vuelta al mundo, tras el magallánico Gómez de Espinosa, el segundo en hacerlo, que por la misma vía regresa a España unos meses antes.
La nao Sta. María del Parral acabaría sus días encallada en las Célebes, tras motín a bordo y asesinato de su capitán Jorge Manrique de Nájera. Álvaro de Saavedra, informado por los portugueses, rescata a los supervivientes de manos aborígenes en la isla de Sanguín (1529). Tras juicio sumarísimo serán ajusticiados los culpables y repatriados, vía Índico, una media docena restante, dando por terminado así el capítulo de los viajes imperiales desde la metrópoli.
Pero ¿Y el galeón San Lesmes?, ¿Que fue de Francisco de Hoces?. Nunca se supo su paradero. Por ello, y las consecuencias del mutis histórico que cada uno extrae, son pasto de leyenda. Aún hoy investigaciones en curso siguen su rastro. Curiosos europeos, americanos, neozelandeses y australianos estudian los hallazgos de pecios españoles de la época que van apareciendo por los Mares del Sur. Se interesan en ellos Ciencia, Historia, sociología, política y márqueting, en multiforme algara.