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Contexto Histórico de Veracruz – IV

Figura 10: Portulano de Veracruz c/.1700. Dibujo del autor

 

Con el tornaviaje de Urdaneta, iba a comenzar la andadura anual del Galeón de Manila (1565), que desde Acapulco inundaría capital y mercados virreinales con el exotismo oriental de sus manufacturas. En el tornaviaje siguiente, esas manufacturas pasarán ya por Veracruz, para hacerse vender con notable ganancia en los mercados de Europa. Había comenzado el comercio interoceánico, dinamizado por pingües beneficios y cuerda para dos siglos y medio. Tras la travesía del  Pacífico desde Manila en las Islas del Poniente, cruzaría Nueva España desde Acapulco, por los caminos reales de Cortés y Mendoza a lomo de largas reatas de mulas. Pronto serán cientos, las que serpean entre la capital virreinal y sus terminales oceánicas, portando preciadas cargas que vender en mundos opuestos. Como por arte de magia, emergen las manufacturas asiáticas en el ribereño arenal sevillano con cada Flota de Nueva España que llega. Era la primera cinta transportadora económica y cultural, sustentada sobre la infraestructura novohispana y la eficacia comunicativa de los correos de aviso. Además del exotismo oriental en productos, recibía Veracruz por tierra el Quinto Real de las minas de plata en lingotes y barras, además de moneda corriente de la Ceca de México, para el pago crediticio de mercancías adquiridas en Sevilla pro comercio criollo y sus ferias. Por mar llegaba, junto a la manufactura europea pagada, el situado fiduciario o cupo presupuestario asignado a Nueva España por la Hacienda Real. El Virreinato compraba barato en Oriente bajo el pronto pago de su poderosa moneda, en México negociaba las manufacturas adquiridas, y las expendía hacia España con notable valor añadido, incluidos almojarifazgos, alcabalas y el Quinto Real de sus explotaciones mineras, todas privadas. Como cualquier otra empresa del mercantil Renacimiento, que vino a desembarcar en América de mano española. En consecuencia, la Nueva España virreinal compraba caprichos en Oriente, los negociaba y clasificaba a voluntad, destinaba una parte a consumo propio y remitía otra a Veracruz, que la facturaba hacia Sevilla en cada Flota que partía de sus muelles. Pagaba por tanto sus tasas a la hacienda en lingotes, que  la ceca sevillana convertíalos en moneda, y sus manufacturas privadas en metálico. Más de 50.000 mulas y 7.500 arrieros llegarían a encargarse de su trasiego desde la capital, mediante los fardos y serones de mercancías y cajas de la Real Hacienda, que Veracruz embarcaba hacia la metrópoli.

 

La tracción animal a lo largo de las rutas  carretiles, habíase generalizado tras convertir en bueyes los primeros novillos (1535), castrados en haciendas veracruzanas. Las mulas de carga y tiro, cruce de yegua andaluza y asno, llevadas también a cabo por sus ganaderos, fueron prontamente incorporadas a las reatas y recuas del transporte de uña. Estas cabañas ganaderas sufrieron un fuerte incremento presionado por la prohibición legal de sobrecargar a los tamemes indígenas según las Leyes de Indias. Pero como donde está la ley, está la trampa, no pocos estancieros soltaban sus ganados al campo, donde pastaban libremente, perjudicando las siembras de los indígenas y constriñendo poco a poco sus tierras. Política de paulatina apropiación de pagos ajenos, dilatando los propios sin documentos acreditativos de adquisición o venta alguna. Tal caso presentose también en la fundación de Córdoba (1618), dotada con terreno para solares, ejidos, potreros, dehesa y caballerías de tierras, tomado enteramente de las pertenencias tradicionales indias. Estos abusos condujeron a la pragmática de Felipe III (1642), mediante la que se penalizaba severamente estos desmanes sobre los haberes indígenas. Toda nueva adquisición de tierras debía hacerse con tal atención, que a los indios se les den sobradas todas las que les pertenecieren… y las tierras en que hubieren hecho acequias o cualquier otro beneficio… se reserven en primer lugar, y por ningún caso puedan serles vendidas o enajenadas.

 

En los primeros años del Virreinato, el control de caballos y yeguas era estricto, prohibiéndose su posesión y cría a los indios, a pesar de que algunos caciques, gobernadores, alcaldes y otros notables indígenas, fueran pronto autorizados a disfrutar de montura propia. Tempranamente también, le fue facilitado al indígena la posesión de burros, lo cual vino a desarrollar notablemente su productividad agrícola. Mas tarde, la liberal posesión de potros y la presencia de postas en los caminos reales para el refresco de caballos de tiro y monta, iba a generalizar la presencia de equinos y asnos por las rutas novohispanas. En época del virrey Revillagigedo, llegarían a establecerse en el Camino de Perote los llamados coches de providencia, no otra cosa que diligencias de uso público o alquiler.

 

La Probanza era una suerte de documento bibliográfico sobre los méritos acumulados por un súbdito en servicio del Rey, fuera con la pluma, la toga, la retórica o la espada. Una suerte de lamento notariado, individual o colectivo, dirigido a la Corona en demanda de favor para amejorar el estatus del firmante, a la vista de sus méritos documentalmente expuestos. Alguno de ellos como el negro yucateco Sebastián Toral,  viajaría varias veces a España hasta lograr le fuese concedido el porte de armas solicitado. Otro conquistador más, establecido en ciudad virreinal recién fundada, que como súbdito reclamaba ciertas prebendas a su rey en base a méritos probados. El historiador Bernal Díaz del Castillo, siendo alcalde de Ciudad de Guatemala, no conseguiría en cambio para sí las que a su vez a Carlos V reclamara por servicios cumplidos, entre los que contaba el no menor de haber aclimatado las primeras naranjas de Nueva España.  Se da la circunstancia de que los conquistadores indígenas fueran más numerosos que la suma de conquistadores negros y conquistadores españoles, en razón de la ingente proporción de nativos que, tras la conquista, se subieron al carro vencedor. Empuñaron las armas para sacudirse el yugo de pueblos rivales opresores, aprovechando el río revuelto de alianzas indígenas con los castellanos, para cobrarse pasadas afrentas. Una mera secuencia del historial de enemistades étnicas, de la que fuera paradigma la existente entre mexicas y tlascaltecas.

 

En el área mixteca, totonaca y yucateca maya, se vio  llamativamente reclamado el título de conquistador entre las élites de indios amigos, en pos de una cierta autonomía para sus personas y pueblos, a la vez que afianzaban su autóritas regional con el aval de una Real Orden de Probanza. Confirmada su estirpe noble, estas élites indígenas fueron bautizadas con sus característicos apellidos indios precedidos de nombres castellanos, lo que agigantaba su prestigio social ante propios y extraños. Algunos de ellos marcharon a otras regiones afines, donde establecieron nuevas republicas de indios, según el modelo virreinal establecido. Era un primer paso de la cultura europeizante, que había de tardar generaciones en calar el alma indígena.

 

Hernán Cortés no sólo había arrastrado tras él a gentes de guerra y altar. Desde los tiempos de Cuba se le incorporaron copleros, recitadores, relatores, troveros y músicos, feriantes del aspaviento, el son, la mímica y el decir, que amenizarían cada atardecer las acampadas soldadescas de la marcha sobre el Anahuac. Guardamos noticia de innominados virtuosos de la vihuela, el rabel, el atabal, el arpa, la trompeta o el pífano, que se unieron a su hueste desde Santiago para acompañar a su alcalde y endulzar sus asuetos marciales. Junto a los músicos, iban conocidos solistas como Porras el cantaor de jarchas y aguinaldos y Maese Pedro el arpista, además de compositores como el vihuelista Alonso Morón u Ortiz el Músico, uno de los mejores jinetes de Cortés al decir del cubano Alejo Carpentier. Partícipe de la toma de Colima el primero, acabaría sentando escuela de canto y baile en ella; notable tañedor de vihuela y viola el segundo, recompensado por Cortés con un solar capitalino, asentaría en él su academia del tañido y la danza de músicas profanas. La música sacra encontraría senda propia a través de las escolanías eclesiales y las rondallas de cuerda, utilizadas por los misioneros para armonizar sus responsorios, motetes, cánones, madrigales, antífonas, oratorios, complemento didáctico de la transculturación indígena en las parroquias. Las grandes fiestas conmemorativas de la Paz firmada entre el emperador Carlos V y Francisco I de Francia, festejadas por Cortés a manera cortesana, fueron amenizadas por aquellos virtuosos de la cuerda. Si la armonía europea encontró en estos músicos transplantados de Santiago de Cuba, unos primeros valedores en tierra novohispana, los romances populares  hallaron los suyos entre los recitadores y copleros de aquella comparsa colonizadora. Pero ese romance popular, musicado de vihuela y canto, recurrente en los salones de Carlos V y Felipe II en Toledo o Madrid, estaba haciéndolo por reclamo identitario y nombre propio en los del México virreinal. Una transfusión en vena de la esencia española desde el minuto cero de la diástole.                            

 

El romancero heredado del Renacimiento, era un entronque directo con las gestas medievales, prolongadas en el recuerdo de la gleba por cantores ciegos y recitadores de coplas, retahílas y poemas, con o sin sones instrumentales, complementados a veces con números de danza que regocijaban al respetable. Una fecunda continuidad de los tiempos heroicos, que fluía espontáneamente en los latiguillos, retruécanos, trabalenguas y refranes del habla coloquial, que acabaría regada por  todos los mares y climas donde estuvo presente el Imperio español, nos recuerda Menéndez Pidal. Era sabido de antiguo que la lengua acompaña siempre al poder. Antonio de Nebrija le ofreció a Isabel la Católica su Gramática de la Lengua Castellana, primer estudio de nuestra lengua y sus reglas, como inseparable compañera de viaje del naciente Imperio. La continuidad del lenguaje heroico y su nobleza de estilo, iba a perdurar anexo al romancero tras su salto atlántico, enriquecido ahora con sonoros giros arcaicos o felices aportes léxicos prestados de las lenguas indígenas. El teatro del Siglo de Oro, emergente en la Nueva España a partir de las fiestas religiosas del Corpus Christi y el didactismo de los Autos Sacramentales, encontraría entre sus dramas y comedias, un amplio eco coloquial y familiar. Son conocidas las representaciones capitalinas de Lope de Vega y Calderón con su lenguaje poético próximo al romancero. Sin olvidar que uno de los máximos exponentes de aquellas musas, lo fuera Juan Ruiz de Alarcón, nacido, doctorado y envenenado por  la histriónica Talía en su Ciudad de México, aunque hubiera de triunfar en la madrileña Villa y Corte.

 

En la comarca veracruzana, aquellos compases didácticos vinieron a maridar con los  cantos melopeicos y los vistosos bailes de su acervo cultural indígena. Acabarían cristalizando en sandungas, jarabes, sones de la tierra y fandangos jarochos o huapangos huastecas que, acompañados de los rasgueos sincopados de las jaranas, nos sorprenden hoy por su profunda belleza. Muchas letras de estas canciones eran variantes de los versos octosílabos, entonces de moda, provenientes de poesías y romances de las justas poéticas, retahílas de los juegos populares, o estrofas sueltas de las comedias satíricas de los corrales. Siempre gozaron de una gran aceptación popular, y nutrieron no pocos cancioneros que circulaban de mano en mano entre los músicos indígenas, quienes les daban un último matiz propio.

 

Andando el tiempo, los corrales de comedia arraigados en la Nueva España del siglo XVI, dieron paso a todo tipo de teatros y salas de espectáculo, recorridos sobre todo por compañías andaluzas de danza y canto. Con sus músicos incorporados, estas compañías de cómicos iban desde Sevilla o Cádiz hasta Ciudad de México, con actuaciones intercaladas en la Habana y la Nueva Orleáns española del siglo XVIII. Ya en Veracruz, camino real adelante, detenían sus espectáculos callejeros en todo núcleo habitado notorio, con Puebla como referencia básica, donde eran éxitos cantados las actuaciones de sus comediantes. Esas mismas músicas nutrieron sin duda los huapangos, cuyos orígenes deben buscarse en Pango (Pánuco) como sones jarochos. El fandango jarocho, nacido en las ferias comarcanas, se bailaba y cantaba de seguido  en fiestas y ferias, alternando músicos, danzantes y cantores. Una tradición española de apellido indígena, criada entre mestizos que a sí mismos se llamaban jarochos, en su centro neurálgico de Tlacotalpán. En realidad amalgamaban sones andaluces y caribeños inyectados a través de Veracruz puerto, pero sazonados en las riberas del río Papaloapán/San Juan. Parte importante del colorido espectáculo era el zapateado sobre tarima sonora, de honda raigambre andaluza, donde las bailadoras, faldas largas, blusas de colores, encajes, trenzas o moño caído y poderosos tacones, contrastaban  con sus parejas de baile, pantalones negros, guayabera, faja y botines, en un espectáculo músico-visual colorista de arrogante tronío sevillano. Las letras de sus canciones eran, y siguen siéndolo, referencias de la vida de la gente llana, donde caben la guerra, el amor, la marinería, el comercio portuario, los ganaderos, el arriero… arrullados entre el vaivén del ritmo, el sonar armónico de la jarana jarocha (guitarra barroca), y acompañamiento de arpa, violín, requinto (guitarra de son)… y el sincopado taconeo sobre la tarima. El agudo sentido musical del indio, imprimió su carácter a los nuevos sones, y cada música regional fue matizando su tornasol comarcano con múltiples variantes de instrumentos de cuerda, de los cuales eran los indígenas maestros. Hasta tal punto la sensibilidad novohispana palpitaba ante la música, que partituras sacras de Cristóbal Morales, Francisco Guerrero, Tomás  Luís de Victoria o Palestrina, estos dos últimos en especial, llegaron a crear atasco de fieles en determinadas misas catedralicias de la ciudad de México…  y de Puebla, pocos años más tarde. Pero esta megalomanía  popular del mundo criollo no era flor de un día.

 

Figura 11: La Catedral de México

 

La música europea había comenzado a calar la sensibilidad indígena como otro servicio intencional más del culto sacro. Pero fue convirtiéndose poco a poco en la verdadera recreación de la liturgia eclesial. Y acabó por institucionalizarse a través de los conventos y seminarios, nutrientes de misiones y parroquias, donde los indios aprendían con facilidad el nuevo estilo musical y el secreto de la construcción de sus instrumentos. Como en el resto del Imperio, eran las catedrales el centro musical por excelencia, y su repertorio el mismo ejecutado en todas ellas, y sus iglesias diocesanas de Sevilla Toledo, México, Puebla… o Manila. Las catedrales de México y Puebla, por bula de Pio V, habían heredado los privilegios y costumbres de la de Sevilla. En cada catedral, era el Maestro de Capilla la máxima autoridad musical y a quien correspondía supervisar a los músicos ya instrumentistas o corales, mientras que quien dirigía su coro era el Sochantre. En Nueva España los iniciales grupos corales dieron lugar a las escolanías y distintas escuelas de música, todas ellas públicas y abiertas a indios, mestizos, negros o blancos, sin distinción de castas pero sí de aptitudes, por ser la demanda elevada, y limitados los músicos cualificados para enseñarla. Su repertorio musical era el mismo al ejecutado en las catedrales e iglesias de la metrópoli. El primer Maestro de Capilla de la catedral de México fue el extremeño Hernando Franco (1575- 83), llegado de la catedral de Guatemala, donde venía ejerciendo el cargo desde unos años antes. Sus Magníficats adquirieron niveles de armonía comparables a los de Giovanni da Palestrina, el organista y compositor vaticano, en boga entonces. Esta influencia italianizante del orbe católico era debido sin duda a la poderosa influencia del que llegó a ser Maestro de Capilla Papal,  cuyas obras polifónicas, frescas aún, eran enviadas a Nueva España para enriquecer el archivo de sus catedrales. Se da el caso de compositores criollos mestizos o blancos, nunca salidos de su terruño, que nos han legado obras del más puro estilo renacentista itálico, demostración evidente del arraigo de aquella polifonía en el seno de la sociedad novohispana. Pero además del estilo español e italiano sacro, llegaría una poderosa influencia de la música flamenca, consecuencia de las dos capillas musicales existentes en aquella Corte de los Habsburgo.

 

Fray Pedro de Gante, primer maestro de música europea en América, inició una escuela de música en Texcoco (1530) y conformó un coro de muchachos indios que llegó a cantar los domingos en la misa mayor catedralicia. Pionero franciscano llegado a Veracruz (1524) dos años antes que los doce apóstoles que pidiera Cortés al Emperador, fue enviado por el propio conquistador con sus compañeros flamencos a Texcoco, por existir en aquellos momentos una fuerte epidemia variólica en la capital. Allí iban a establecer su convento y una Escuela de Artes y Oficios anexa para la educación de jóvenes indios. Una continuación temporal del secular centro educativo, que los miembros de la clase dominante azteca, habían creado antaño en ese lugar. Basados en la tradición pictográfica indígena, escribieron los primeros catecismos, a fin de facilitar con ellos la memorización de los textos. Gante aprendió las costumbres y lengua náhuatl para mejor comprender al indio, y en esa lengua vino a publicar  catecismos y motetes que han llegado a nosotros. El anciano músico Fray Juan Caro, colaborador en la enseñanza de Fray Pedro, vista la natural disposición y agudeza musical de aquellos muchachos, y la babel de hablares autóctonos que con castellano y latín se mezclaban en las aulas, decidió enseñarles, de forma directa, la música cantada y escrita, notas, tonos y semitonos. Los indios no cesan de cantar y de bailar en sus ceremonias religiosas, era máxima que repetía. Utilizando melodías y tonos aborígenes con gran delicadeza, efectuando, si necesario, algún cambio silábico y aún melódico, trataban los frailes de evitar el desentono de sus voces al cantar, tenidas por débiles a causa de su inadecuado hábito alimenticio. La escala pentafónica tradicional de sus melodías, resultaba un impedimento para asimilar la cromática de los europeos, pese a la fascinación que en ellos despertaba, y su mucho empeño por hacerla propia. Tal era el hechizo irresistible de la escala europea, que cuando en sus desplazamientos iban cantando los frailes loas, salmos o villancicos por páramos y sendas de Dios, se maravillaban a veces al descubrir que eran seguidos cautamente por indígenas en escucha de sus melodías. Detuvo la marcha uno de ellos, que tocaba a Dios su flauta por aquellas soledades, a fin de tantear la actitud extraña de quienes, pasos atrás, seguían su andar. Lentamente fueron aproximándose para rodearle en el silencio de su mutua expectancia. El más decidido pidiole la flauta para observarla, la sopló y nada obtuvo de ella… preguntole entonces por señas de quien era aquella voz de pájaro mañanero que de allí salía y con quien hablaba… respondiole el buen fraile que era el lenguaje de los ángeles, alabando a Dios en el cielo, y que si venían a su parroquia, aprenderían a hablarlo… Y es que la escala tónica europea  causaba al indígena emoción tan sincera, como fatal lo fuera para los roedores de Hamelin. Quienes no se sometieron nunca al designio de sus dioses, y se rebelaran por ello contra augurios ancestrales, fueron a la postre traicionados por su propia sensibilidad auditiva y emocional, que vino a someterles a una nueva tiranía estética

 

Y el sabio por viejo Fray Juan, decidió aplicar su intuitivo método al detectado síndrome Hamelin de los indígenas… con excelentes resultados. Fue muy de ver el primero que les comenzó a enseñar el canto… pénitus (sic,  muy a su pesar), ninguna cosa sabía de la lengua de los indios, sino la nuestra castellana, y hablaba tan en forma y en seso con los muchachos, como si fueran cuerdos españoles… y los muchachos, con la boca abierta, oyéndole muy atentos, por ver lo que quería decir… en poco tiempo no solo le entendieron, sino de tal forma, que en poco tiempo deprendieron (sic, aprendieron) y salieron con el canto llano, mas también con el canto de órgano, e agora hay muchas capillas e muchos cantores dellos, diestros, que las rigen y entonan… y después acá, como un loco hace ciento, unos a otros, entre indios, se lo van enseñando… nos explica el humilde  Fray Toribio Motolinía, uno de los doce apóstoles, que asumió como propio el nombre (“el que es pobre”), por el que los indios nahuas le conocían. Este interés y aprovechamiento mostrado por los muchachos de Texcoco, llevó a los frailes a pensar en la creación de una institución de estudios superiores para indios, algo que nunca se habían planteado, pero que cuajaría su realidad unos años más tarde.

 

Figura 12: Catecismo ilustrado para indios de

                        Pedro de Gante                      

 

Felipe II quería hacer en Nueva España un centro cultural de primera categoría y eligió Puebla y México como centros modélicos del virreinato. Envió maestros de música para ejercer la docencia en la reciente Universidad capitalina. Concedió Reales Cédulas a favor de compositores, maestros y agrupaciones musicales sacras, de manera que vino su Catedral a recibir las partituras y libros más importantes del momento. Su capilla musical era numerosa y fuertemente subvencionada. El sincretismo cultural había conformado los cantos al gusto indígena, acompañados por gran diversidad de instrumentos musicales. Pero con las conclusiones del Concilio de Trento y la Contrarreforma (1565), iba a ser sacado de funciones catedralicias y eclesiales todo instrumento musical de cuerda, percusión y viento, excepto los de tecla. Vino así el órgano a convertirse en el aparejo sacro por excelencia. Ello trajo una masiva cesación de vihuelistas, cornetistas, contrapuntos, violinistas, chirimías, sacabuches, arpistas y toda serie de tañedores indígenas, que había plenado las escuelas de música  y coros catedralicios. Hubieron de buscarse acomodo entre hermandades, congregaciones, cofradías, fiestas patronales, festejos populares… lo que trajo una profunda crisis de ocupación en el seno de la comunidad nativa ilustrada. En razón doble, por ser en mayoría los propios indios quienes construían los instrumentos que circulaban en el mercado, además de plenar coros y escolanías con sus ministriles y cantores, que sufrieron notable deterioro. Llegado de Sevilla el primer órgano para la catedral de México (1530), iba a convertir las obras musicales y teóricas de Antonio de Cabezón, Fray Juan Bermudo y Tomás de Santa María en el alimento espiritual de los organistas novohispanos. Entre ellos Antonio Rodríguez de Mesa (1582) no el primero de ellos, pero si el que consta como tal en los anales catedralicios. Y como virtuoso, el afamado Manuel de Zumaya (1715), maestro de capilla, compositor y organista,  posiblemente el músico criollo más grande de la época virreinal.

 

El primer centro educacional de música sacra en Nueva España, fue la Escoleta Pública de la Catedral de México, donde se iniciaban los jóvenes en el canto llano mediante salmos y motetes a varias voces, cantera nutricia del coro catedralicio. Ya fuera en lengua vernácula, castellana o latina, utilizando melodías indígenas o renacentistas ibéricas e italianas. Muchos de estos sochantres y maestros de coro, fueron los verdaderos formadores e impulsores de músicos y compositores criollos, abriéndoles las puertas a la música religiosa de índole popular con alabanzas, saetas, trisagios, rogativas o villancicos.

 

En  Veracruz encontraron estos villancicos y coplas, diferentes expresiones como la Rama, el Pesebre, las Pascuas o las Posadas, que al igual que en la Nueva España toda, penetra sus orígenes en la exaltación y festejos navideños del pueblo llano. Traídos sin duda por los misioneros, pero asumidos como propios por la mayoritaria población inmigrante. Llegadas las fiestas, grupos de vecinos con banda de requintos, panderos y guitarras, pasaban cantando villancicos por las casas, enarbolando una rama decorada o un Belén portado en angarillas. Siempre acompañados de gente menuda con velas, y el entusiasmo para felicitar las Pascuas a los amigos, que se lo premiaban con regalos para todos y aguinaldos monetarios para los más jóvenes. Las Pascuas eran estrofas improvisadas, claro extracto de la saeta andaluza, cantadas por los huapangueros con banda de cuerda y percusión, para celebrar las fiestas en el terruño jarocho. Las Posadas, limitadas al novenario precedente a la Navidad, eran en cambio una escenificación de aquel deambular de José y María en busca de venta donde posar. Tras sucesivas negativas, se guarecieron en el establo donde el Redentor del mundo su paz vino a traer. Émulos de este acontecer, cuando llegaban los Santos Peregrinos frente a la casa elegida, cantaban seguidillas implorando asilo, respondiendo desde dentro voces similares que eludían dárselo, diálogo que concluía con la apertura del portón para dar cobijo a todos con gozo compartido, dulces y regalos. Toda esta manifestación coral con acompañamiento, vino a ser enriquecida con bailes de aporte indígena o negroide y resultado multicolor, enmarcadas hoy estas tradiciones en el GuadalupeReyes, o lapso comprendido entre ambas fiestas nacionales (12 diciembre – 6 de enero).

 

El hecho de ser Veracruz el puerto atlántico de Nueva España, convirtiole en centro emisor de cantigas marineras que tripulaciones, boteros y estibadores, propagaban hacia el resto del virreinato. En permanente contacto con tripulaciones de otros puertos caribeños, y sus novedosos ritmos o sones antillanos, el peonaje de color había madurado su propia forma de cantar, bailar y hablar el castellano. Conocido éste como dialecto sayagués, vino con el tiempo a caracterizar los villancicos de negros y las ensaladas o mezcla de sones, texturas e idiomas, en una partitura que sus hermanos de raza se encargaban de transmitir como reguero de pólvora por la costa y al interior. Injertos seculares constantes entre música popular y culta, europea y novohispana, junto a los cruces de escritura y oralidad de los libretos, dio lugar a un sin fin de textos en poesía clásica, cantada y bailada, y diferentes hablas, ritmos y melodías. Ni el mismo Góngora hubiera podido reconocerlos como emanados de su propia culta latiniparla.

 

Durante el largo Siglo de Oro español (Renacimiento del siglo XVI y Barroco del siglo XVII, con su apogeo hacia 1640), la Villa Rica y su puerto iban a convertirse en referencia cartográfica de toda nao que surcara las aguas del Golfo. Lo mismo demandar refugio una nave de la malhadada expedición de Ponce de León,  que catapultar las flotas de Guido de Llavezares o Tristán de Luna en pos del sueño floridano. De muchas ciudades se hace un reino, era un dicho popular castellano de raigambre romana, que estaba tomando cuerpo en la costa suroccidental del seno mexicano. Para ellos civitas, la ciudad, había sido el núcleo de su civilización; y vivir en la polis, era vivir en policía, es decir en el orden que ofrecía la ciudad civilizada. Y Veracruz, centrada en la privilegiada situación de su Marca Huasteco-Totonaca y su promisorio arraigo comercial y humano, apuntaba ya al orden característico de una polis. Con el arribo de los galeones de Indias, que repartían su carga por sus ocasionales barracas, quioscos y chiringuitos, montábanse tenderetes con velas y jarcias por las propias tripulaciones. Eclosionaba así su feria anual, análoga a cualquier otra de las famosas cuarentenas feriadas del Caribe. Cada arribo de los galeones sevillanos era una traca festiva, con el cielo plagado de retumbos, súbitas humaredas peregrinas y garabatos multicolores. Sin olvidar el telón de piratería como fondo siniestro, latente desde que el Imperio arrancase su tempranera maquinaria del comercio atlántico.

 
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Contexto Histórico de Veracruz – III

Gran parte del litoral atlántico maya iba a permanecer durante décadas hostil al hecho español. Por ello, desde el comienzo de la conquista, Veracruz se convirtió en puerta accesible de la marea humana que venía desde la Península o las Antillas, a las nuevas tierras de la Corona, huyendo de su menesteroso origen. Indigencia por otra parte de probada bonhomía, necesaria para poder hacer las américas, con un poderoso filtro social frente a judíos, moriscos y gitanos, no deseados por la Corona en la Península ni en ultramar. Gentes europeas que tarde o temprano harían valer hazañas y méritos ante la propia Corona, para aupar reconocimientos, prebendas, concesiones y medro. Un sentimiento común compartían: la sincera lealtad a la Cruz de Cristo y a su Rey. Bandera y cruz aseveradas por el irrefutable testimonio de sus cientos de relaciones, probanzas y cartas documentadas que cruzaron, en toda dirección, el Atlántico de aquellos años.

 

Muchos fueron los negros asentados con sus patrones en el área veracruzana desde 1522: eran siervos y esclavos de colonos peninsulares, integrados consuetudinarios a su cultura y habla castellana, que pasarían a ser conocidos en Indias como negros ladinos. Gozaban de un régimen medieval, no escrito pero vivo, extractado de las Partidas de Alfonso X el Sabio, suerte de Código del buen tratamiento de los siervos. Matizaba extensamente sobre los principios del derecho a la vida y la integridad personal, a la protección de la justicia y la obligación de tener el señor responsabilidad de lo obrado por su esclavo. Eran estos ladinos, gentes de color, que habían entrado a formar parte de una familia en el sentido de unidad social amplia, que en el Mediterráneo latino, adquiere el vocablo. En general, su tratamiento dentro de las familias era benévolo, pese a la autoridad sin límites que asistía por aquel entonces al cabeza familiar. Cuando no eran nacidos en propia cepa, debíase su presencia a su compra cuando jóvenes, y desde luego, en el seno familiar morían, caso de no alcanzar oportuna manumisión. A la muerte de pater familias eran muchos los liberados, siquiera nominalmente. Seguían los menos al familiar cobijo, entre ellos mujeres mayores, las viejas ayas o amas secas, que nunca mueren. Ellas, plenas de paciencia racial y espiritismo congénito, habían recreado el magín de la muchachada y captado su atención volandera con historias mágicas y evanescentes misterios, que hacíales acreedoras, por merecidos, del respeto y autoridad grupales. Otros muchos acabarían comprando su libertad mediante la Real Cédula de Gracias al Sacar, prebenda concedida por la Corona para combatir las estratificadas castas de la sociedad hispanoamericana, espontáneamente cuajada en abigarrada sucesión de mestizajes. Pero su porte y vestimenta, muchas veces los delataba

 

Con la oleada peninsular, las gentes africanas llegadas, futuros negros libres que con ella se asentaban, acabarían comprando su libertad. Ellos también levantarán hatos o sementeras, con aporte de animales y semillas que a todos harán arraigar en tierra veracruzana. Muchas veces su pago manumisor será fiado, esperando de su buen empeño el amo, una progresión social suficiente que rescate la deuda moral contraída por el siervo. Son los llamados conquistadores negros, un puñado de africanos de primera hora, muy estimados entre los mílites indianos por su ardor combativo, aunque ninguneados en el seno de la sociedad criolla ya cuarteada por nacientes castas, además de injustamente olvidados por los historiadores y cronistas de todo tiempo. Juan Valiente es uno de los ladinos que solicitaron a su amo veracruzano de igual nombre pero poblano a la sazón, cuatro años de plazo para buscar fortuna por donde pagarle la deuda crediticia. Mentes tan bien intencionadas como la de su valiente amo, arguyen que no pudo hacerlo, cuando, ya capitán, casado y padre de tres hijos, muere veinte años después en Chile. Luchaba contra los araucanos con su Adelantado Pedro de Valdivia  que murió también en aquella jornada (1553). Bien es verdad que había llegado tan lejos, no por ir a buscar lejana querella, sino reclutado por el omnipresente tonatiuh Pedro de Alvarado. Su fallida y liquidada, por pactada, expedición al ardiente Perú de Almagro y Pizarro, junto a su unión con una mulata del Adelantado, fue causa determinante que le hiciera arraigar y crear familia en el lejano Sur. Pero las comunicaciones desde Valparaíso al Callao y Panamá/Nombre de Dios, con galeones a Veracruz y Campeche, eran ya toda una realidad espléndida, para poder haber saldado haberes con el antiguo amo…

       Figura 8: Plano Planta de la Veracruz de Antonelli y Valverde (1623)

     

Juan Garrido, otro de esos colonos conquistadores que dieran fama a su raza, traería el primer trigo a tierras veracruzanas, aunque acabaría sembrándolo en el valle de México, de favorable condición climática para la neonata gramínea americana. Africano de origen y esclavo de conquistador, empeñada la palabra, compró y pagó su libertad, mediante su lucha contra los caribes antillanos primero, y las tribus del noroeste novohispano después, ya como hombre libre. Acabaría sus días como un hacendado más de Ciudad de México, donde por sus méritos probados, habíasele concedido casta, casa y tierras.

 

El ser y sentirse libre no significaba igualdad jurídica con el blanco, porque persistían en él, como negro ladino, las restricciones inherentes al color de su piel, su casta. Circular por las ciudades tras la puesta del sol, portar armas, vestir determinadas prendas, sedas y encajes, lucir perlas y joyas, ocupar ciertos puestos en reuniones oficiales y primeros bancos de las iglesias, desempeñar cargos eclesiásticos o civiles, eran parte de ellas. Mediante las Gracias al Sacar, podía liberarse de algunas prohibiciones mediante el oportuno pago, tal como hiciera Garrido el guapo, para disponer libremente de la sine diae añorada tenencia de armas, entre otras muchas concedidas so contante y sonante plata. Puro mercantilismo virreinal. Entre los negros ladinos, los hijos de las esclavas nacían por tradición semi-libres, porque debían permanecer en casa del amo hasta su mayoría de edad o su matrimonio cristiano. Por encima de estos límites, debía resarcirle aportando trabajo en casa, o alquilando su mano de obra fuera de ella. El negro y horro Sebastián Toral, explorador manumiso del Yucatán en la década de 1535-40, acabaría como conserje del cabildo de Mérida, habiendo sido uno de sus primeros pobladores. Tras haber perdido todos sus haberes invertidos en la conquista, pidió al rey su exención de tributos en recompensa de haber prestado fuertes servicios en la pacificación de la tierra, sin haber recibido salario ni merced alguna. Que Felipe II, todavía príncipe en representación de su padre, le concedió sin rechistar. Por otra parte, era ésta merced habitual de la Corona para con sus deudos, frecuentemente nombrados como vigilantes, ujieres, maceros, verdugos, pregoneros, subastadores, porteros…  subalternos siempre útiles.

 

La necesaria importación de negros bozales africanos para suplir una mano de obra indígena escasa, floja, y protegida por las Leyes de Indias, iba a traer a la sociedad novohispana brotes de rebeldía, desconocidos u olvidados por la matricial sociedad española. Nutrieron los montes, alguno de ellos, con peligrosos cimarrones; algún otro acabaría en matanza de negros, como la ocurrida en México (1537). Su realidad humana era otra, bien cruel. Habían sido en origen cautivos de las mismas sociedades negras que se los quitaban de encima, vendiéndolos a los tratantes europeos, portugueses o franceses en el caso español. Esclavos previos a otro yugo que les esperaba, caso de sobrevivir al inicuo traslado, muy lejos de su culturamadre. Díscolos, resabiados, truhanes desterrados y vendidos por su tribu, delincuentes muchas veces, forzosas hienas humanas otras muchas, solían llegar los recuperables a Veracruz, enfermos, débiles, apestando a mugre y excrementos, sarnosos, escorbúticos, bubónicos, diarreicos, enfebrecidos por los virus africanos, cuando no del propio viaje. Los no recuperables habían sido, simplemente, arrojados por la borda durante cualquier singladura. Seres humanos cosificados física y síquicamente, que eran pasados como ovejas por agua de mar, cauterizante, limpiadora y desodorante, antes de aproximarlos a las dependencias aduanales. Podían así ser vendidos en pública subasta sin el sabido rechazo, cuando no confinados a una cuarentena definitiva, redentora o mortal. Pero tampoco había sido cosa fácil, en origen, su adquisición por los negreros. Sólo cuando empezaron a ofrecer por ellos armas, paños, herramientas, caballos y aguardiente, accedieron, sociedades matrices y régulos, al trueque de sus esclavos. Hoy sabemos que su razón era doble: los esclavos africanos eran producto de tributos, o botines de guerras habidas frente a otras tribus. Brazos supletorios para trabajar la tierra o cuidar sus ganados, en tanto disminuían los ajenos en la misma proporción. Una fórmula primitiva de aumentar recursos propios y reducir los ajenos, tanto como se amplificaba la brecha de poder y el supremacismo dominante entre las partes.

 

Se ha vertido mucha literatura lacrimógena con motivo de la sumisión del bozal en América. En un principio el propio homo mataba al enemigo homo y se lo comía. Más tarde aprendió a someterlo para que trabajase por él, pero sin dejar de comérselo. Finalmente perdió el hábito antropófago, pero siguió manteniendo sus rutinas belicistas para someterlo. La tiranía en el mundo antiguo consta, según escritos cuneiformes, desde los primeros tiempos de Sumer. En la antigua Grecia había esclavos por conquista, por abandono al nacer, o por deudas o multas impagadas. Egipto los puso a levantar pirámides. Roma construyó acueductos, puentes y calzadas a expensas de las costillas de sus enemigos. China a levantar la muralla contra los mongoles. Homo hominis lupus. ¿Qué tendrán las Américas indianas de hoy que todo lo vuelven lamentos y doloras de salón?. Su propio nombre indica la procedencia de este inhumano comercio, perdido en los anales de Occidente: esclavo, eslavo. Fue en la frontera turca de tierras indoeuropeas, donde tratantes judíos adquirían esta carne humana, femenina mayormente, para beneficio propio y solaz de emires y jerarcas de la Córdoba islámica. Siglos IX y X de nuestra Era. Mientras, las Indias dormían su sueño de prehistoria, tan antropófaga y déspota como las demás de su nivel, lo fueran en su noche. Documentos mercantiles de aquella secular trata, incorporaron a nuestra fabla el vocablo del detestable comercio, no extinguido, por muy prohibido y acallado que se presuma hoy.

 

Cuando el barco negrero aportaba en Ulúa, recibía la visita médica de control sanitario y aduanero prescrita para todo bozal documentado. La comprobación del carimbo o hierro de procedencia, marcados al rojo en omóplato o glúteos, si varones o hembras, anticipábase al avizorado matute portuario, en aras de la legalidad vigente y la restricción del contrabando humano. La pasividad con que aquellas mujeres de secano, engrilletadas y enfermas de oleaje, aprendieron a soportar vejación y desfogue cotidiano de las tripulaciones negreras, fue motivo de infundada fama sobre el desorbitado poder sexual de las negras. Hoy, paja en ojo ajeno, se repite el infundio con las mujeres subsaharianas que huyen de la miseria, y logran alcanzar la frontera o la costa españolas, embarazadas en cualquier control o paso fronterizo perdido, que se cobra su peaje. Solo la calentura emocional y la ruda ignorancia de los captores, repetida una y mil veces, puede henchir tal patraña. Embarcados quedaban entonces los enfermos, reos de cuarentena, regados con agua y vinagre frecuentes para evitar contagios. El kilómetro que los separaba de la ciudad, no era suficiente espacio para orear el pútrido hedor de esclavo que emitía el barco amarrado, en alas del solano que lo expandía por tierra. El trasporte en botes de los bozales aptos y su desembarco en el pantalán playero, realizábase en horas de sol. Cumplida la jornada, se suspendía el trasiego humano y se cerraban las escotillas, por donde había de emerger, al día siguiente, el resto de la negritud sana, carne de sentina. Pasada la Aduana del espigón, eran todos conducidos a galpones de estancia y venta o negrerías, extramuros de la ciudad y alejados de ella. Allí se les palmeaba (medidas en palmos), lavaba y lustraba para sacarlos a la venta pública con datos y aspecto de persona. Una vez adjudicada cada cabeza de negro, aplicábasele el nuevo carimbo de propietario, anexo al existente. Como cualquier cabeza de ganado, que recibiera el hierro. Registrados propiedad y propietario, abandonaban la negrería rumbo a las plantaciones de caña azucarera o maíz y las minas, cuando no a talar foresta.

Figura 9: Caminos Reales de Veracruz. Finales siglo XVIII

 

En general, la incorporación de esclavos al peonaje de hatos y estancias veracruzanos, fue mansa y pareja en crecimiento al de su cabaña porcina, caballar y vacuna, hasta alcanzar mestizajes tan complejos como la propia sociedad que les cobijaba. Llegó a ser tan importante su peso social, que pudieron disponer de un Hospital de Nuestra Señora propio y su cementerio anexo (1560), en una población de más de 600 africanos, sin acotar mulatos y pardos. Su presencia ha dejado en el lenguaje local préstamos lingüísticos de reminiscencias yorubas o nalus, propias del África Occidental Portuguesa de la que mayormente procedían.

 

Los bozales libres, bagaje oscuro, eran tenidos por la Real Hacienda por muy dañosos, en especial a los indios y más a las indias, criterio compartido por la Corona y los legisladores indianos de toda latitud. Por esta razón, y la consiguiente distorsión social que inoculaban al contexto indígena, se prohibió desde temprano a los libertos, su cohabitación en los pueblos o repúblicas de indios. Era en definitiva una protección legislativa sobre súbditos que lo precisaban, versus una mano advenediza que se tomaba lo improcedente, sin gozar plenamente de la ciudadanía virreinal. El indígena de Nuestros Reinos de Ultramar, era jurídicamente tan súbdito de la Corona como los españoles y los flamencos, genoveses (pactado), portugueses (con los Felipes II y III), sicilianos o napolitanos lo fueran. Y así ocurrió hasta la enajenación de aquellos reinos tras la Guerra de Sucesión, imposición necesaria para entronizar en ella al Borbón Felipe V (Utrecht, 1713). Eran por tanto súbditos españolesamericanos (Padre Feijoo), como lo fueran los indios-chinos filipinos, los chamorros de Guam o, pasado el tiempo, como los ecuato-guineanos y los saharauis lo fueron también.

 

Se cuentan por cientos los documentos del Archivo de Indias, desde los Reyes Católicos hasta el siglo XIX, donde así consta, sin distinción ninguna de los territorios extra peninsulares, nominados siempre como reinos, virreinatos, provincias, pero nunca colonias. No existe en el Archivo de Indias, ni en los de Simancas, Toledo o Viso del Marqués, el anglicismo colonia/colonial. El barbarismo colonia, con significado de territorio extra-metropolitano administrado por un país, estado o nación con mayor jerarquía, se introduce en el idioma español de la mano de  la circunstancia geopolítica europea del siglo XIX, que no por fonetismo ibérico. La lengua castellana, habíalo ya significado históricamente como un conjunto característico de personas establecidas en otro país. Nunca Nuestros Reinos de Ultramar fueron tratados por el legislador ni la Corona como una Colonia sensu estricto, implícito anglosajón de territorio jerárquicamente inferior a la metrópoli. Nunca. Existen cientos de documentos donde comprobarlo. Colonias lo fueron las trece británicas de Norteamérica o las Indias Holandesas, ayunas in situ et in vita de centros educativos superiores u hospitales para indígenas.  Y con ellas las africanas de última hora, no otra cosa que groseros repartimientos territoriales arramblados por las naciones europeas, para expandir su economía y su ego en el siglo XIX. Al no saber como encajar el puzzle geopolítico naciente, junto a su falta de voluntas para acometer labor como la española en América, optaron por aunar en vocablo único, causa y efecto de una explotación sin ambages, que condujo a una implosión colonial (colonial, nunca mejor dicho esta vez) tras pocas décadas de infeliz ensayo: su legado es hoy el caos social, la miseria y la centrifugación masiva humana. Allende sus fronteras, vagan por desiertos africanos sus empobrecidas gentes camino de la Europa que los embaucó entonces y ahora los rechaza.

 

Solo una vez en la Historia moderna hubo una nación que lo intentó y expuso ante el mundo las carencias de su bagaje. Con una lucha ideológica interna en pro y contra del derecho a someter al indio por exclusivas razones éticas, nunca políticas ni económicas. Y ello en el momento mercantilista más agudo de Europa, conocido como Renacimiento. Su encono fue más allá de las fronteras españolas y dio lugar al ius gentium de Salamanca, aplicable desde entonces a la humanidad entera. Otras muchas vergonzantes, como la Bélgica del Congo, escondieron siglos después sus miserias coloniales barriéndolas bajo la alfombra, mientras aventaban la llama ajena para desviar ojos de su expolio africano. Pretendieron no serlo estricto sensu, las francesas del Virreinato de Nueva Francia, a duras penas conseguido antes de perderlo a manos inglesas. Nueva Francia, Nueva Britania, calcocopias nominales de la exitosa Nueva España que jamás alcanzarían a igualar. Los estudios superiores buscábanlos sus colonos en la metrópoli, única beneficiaria de un saber elitista indelegado a las colonias fácticas, de calificación peyorativa. Dentro del Imperio Español, las universidades comenzaron a emanar saberes desde el temprano siglo XVI en el Santo Domingo de La Española, con un larguísimo etcétera que alcanzó a fundar más de cincuenta centros de enseñanza superior, incluidos Colegios Reales y Colegios Virreinales hasta comienzos del s. XIX, cuando vino a desaparecer como imperio. Sin olvidar el paradigmático Real Colegio de Nobles Americanos de Granada (1792), para instruir a hijos de caciques e indios de alcurnia que lo demandasen, así como a descendientes de españoles nobles nacidos en Indias, con finalidad de crear un funcionariado de ámbito ecuménico próximo a la Corona.

 

A medida que avanzaba en logros geográficos el Imperio, progresaba el beneficio de su saber. Negro sobre blanco, hay que denunciar las contradicciones conductuales de la Europa protestante, cobijada tras una feroz propaganda antipapista y por ello antiespañola, la nación católica paladina de siglos iluminados por la Luz de Trento, Martillo de herejes, Espada de Roma, Cuna de San Ignacio… que proclamase el privilegiado cerebro de Marcelino Menéndez y Pelayo. Investigadores hoy, le asignan al Padre Las Casas, fulcro de palanquetas perversas, un papel de vocero histriónico y edulcorados juicios indigenistas. Falta en sus escritos la documental prueba que testifique sus acusaciones, colofón de efectista exposición, no vivida ni contrastada en mayoría de veces. Tal vez oída de otros labios, seguramente veraces, pero transcrita con su personal aporte imaginativo. Tan desgarradoramente exagerado y fuera de contexto, como los pictogramas de De Bry, extendidos hoy como compañeros de viaje de toda versión de la colonización que se precie de progresista. En su Árbol del Odio, el historiador californiano Philip Waine Powell, se toma el humorístico trabajo de calcular los indios que cada español (púber, prepúber y féminas incluidas) hubo de matar en América para colmar las cifras sugeridas por Las Casas en su Brevísima relación… Y sus datos resultan sorpresivos: nada menos que 14 indios al día (festivos y vacaciones incluidas) hasta la independencia de sus países… ¡Mentira trágica¡ La tarea que supone la búsqueda de la Verdad, resulta imposible de lograr sin espíritu crítico ni profundidad lectora. Producen rechazo toda bonhomía los infamatorios grabados del oportuno calvinista Theodor De Bry, sugerente plumilla trazadora, ignaro saber y nada inocente hacer, desde su ácrata refugio de Estrasburgo. Dibujos pontificales los suyos, sobre supuestas torturas de unos amerindios que jamás conoció ni le interesaron para nada que no fuera cobrar sus escorzos panfleteros. Verborrea tendenciosa medular, platónica sombra cavernaria del exterminio perpetrado por sus propios correligionarios calvinistas en el Sudeste asiático. El mismo que jamás le interesó testimoniar, porque ningún adepto orangista se lo iba a pagar cual pretendía, y los católicos que pudieran hacerlo, lo desechaban, por no acostumbrar alimentarse de mentiras. Los españoles pasaban de todo De Bry de turno. Teníanlos por majaretas pasados, sin detener atención alguna en lo que consideraban, equivocadamente desde luego, sonoros eructos de taberna, desfogues gástricos de arriero o menestral. La insistencia volteriana del ¡Miente, miente que algo queda! puede apreciarse aún hoy en las lecturas que sobre el caso llegan a nuestras manos. Esa actitud despreciativa del otro, es mero patrimonio anglocalvinista, y lo recoge la investigación histórica como hecho contrastado, sin pábulo al sectarismo de parte. Ya en el siglo XX, esa discriminación humana sería conocida con el inequívoco vocablo angloholandés de apartheid, de recurrente uso en ambos idiomas y significado unívocamente entendido por la comunidad internacional, sin otra explicación que su propio nombre.

 

Apartheid resume el trato infamante de las Compañías de Comercio holandesas o británicas hacia el indígena de sus colonias. Nunca Nuestros Reinos de Ultramar, pese a ser apostrofados con el barbárico fonema, lo fueron. Hubiera supuesto para aquellos territorios un inherente rango inferior al peninsular, jamás entendido ni traslucido en los documentos de Indias. Tampoco en ellos fueron los indígenas sino almas de Dios que ganar para el cielo (alma púber, si, pero tan inmortal y aspirante al paraíso como la del Emperador), por el legislador o por la Corona. Otra cosa sería lo interiorizado por los colonos. Los clérigos Montesinos, Las Casas y Sepúlveda lo debatieron en su día como Polémica de los naturales, en Valladolid: las Leyes de Indias supieron registrar sus conclusiones. Por cierto ¿existe acaso otro Montesinos inglés u holandés? ¿Otras Leyes de Indias? ¿Otros Las Casas? ¿Habría publicado éste su diatriba amerindia contra colonos propios con la normalidad que se asumió en España? ¿Contra los orangistas de Calvino? ¿Contra  los nacionalistas alemanes de Lutero? ¿Contra el endiosado Enrique VIII?. De haber existido, no habría ido sin duda más allá que Tomás Moro o Miguel Servet, degollado en Londres uno, abrasado vivo con otros 500 en Ginebra el otro. Era el justo pago reformista a su osadía mística, políticamente incorrecta, frente al intransigente Cuius regio eius religio, que tantas vidas costó en centroeuropa entre quienes discreparan del credo de su rey. No hay más que leer a David Hume y su Historia de la casa Tudor para saber cómo trataba las cosas de la Fe, aquella estirpe. Las homilías compuestas para uso del clero, que los eclesiásticos tenían orden de leer todos los domingos, recomendaban una obediencia pasiva, ciega y sin restricción al soberano, de la cual no era posible desviarse ni un ápice bajo ningún pretexto. Los dramas históricos de Shakespeare, que tan admirablemente pintan sus costumbres… apenas hacen mención de la libertad civil. La menor resistencia que se intentase contra ellos (los Tudor), se miraba como la sedición más criminal, sin serlo admitida por el  público, y que daba a los patriotas una medida para arrostrar los peligros a que se exponían, caso de resistir a la tiranía. A pesar de la crueldad, exacciones, violencia y arbitraria administración… los ingleses de esta época, estaban tan subyugados, a semejanza de los eslavos, que eran propensos a admirar los actos de violencia y tiranía que se ejercía sobre ellos pese a serlo a expensas suyas… Bajo un sistema de control vecinal de espionaje, que produjo más de mil víctimas, quien rehusase por espacio de un mes asistir al culto público, será encarcelado… si persiste tres meses en la misma negativa, será desterrado del reino de por vida… y si vuelve a Inglaterra, sufrirá la pena capital, había legislado el Parlamento bajo presión de la Corona. El Parlamento, la Corona…  y el Tribunal de la Inquisición, entretanto ¿qué decía?. Nos lo cuenta en su libro testifical Mártires de la Inquisición inglesa el jesuita John Gerard, cuya primera edición tuvo que esperar hasta 1984… En este irrespirable ambiente ¿qué hubiese hecho nuestro inefable Fray Bartolomé tras publicar su Breve relación?… marcharse, como hicieron los puritanos… o morir colgado, como los católicos. Cincuenta mil de ellos durante el reinado de Enrique VIII. La terrible Inquisición española en tres siglos mató a 3000 personas, como mucho. ¿Hay quien dé más?

 

Benito Jerónimo Feijoo, el sabio Maestre General de la Orden Benedictina, entre otros ilustrados, identificaba al habitante de las Indias como español americano. Incluía esta acepción a todo nacido en aquella tierra, por primitivo indígena que fuera, que todo peninsular leído sobreentendía como cromañón emplumado, pero inequívoco género homo. En cuanto al peninsular medio contemporáneo, veía aquellos Reinos de Ultramar como un ilusorio horizonte de esperanza reglado por el Consejo de Indias, control y rejilla del vaciado peninsular y sus islas por el desagüe americano. Que evitaba, a la vez, el trasvase de otros peninsulares no deseados, tales como judíos, moriscos, gitanos y gentes de mal vivir. Como bien dice la investigadora Roca Barea, por razones de pereza mental no acostumbramos a profundizar en los tópicos de una sociedad de tópicos. Pero si no obligados están a ello los Sancho Panza sentados horas ante un televisor decadente, si lo están los Cide Hamete Benengelí que registran, comentan, investigan o escriben sobre esa Historia, respaldada como ninguna otra por cientos de documentos accesibles, en gran parte digitalizados. Ellos respaldan a Nuestros Reinos de Indias o de Ultramar, continuamente tomados por, y citados como, colonias. Con el desdoro resultante que toda lectura tópica deriva, tanto más si viciada está por ecos lingüísticos, conceptuales e ideológicos espurios.

 

Demasiado trascendente era la conjetura asumida por Su Católica Majestad y su prudente Consejo de Indias, como para despachar frivolidades. Son cientos de  miles los documentos legales, clarificantes o descriptivos, que aquella maquinaria de la voluntad rigorista puso a caminar. Desde atender a menesterosos del camino, reglar la edificación indiana, desaconsejar la incierta presencia de bozales, pertrechar un lazareto portuario, o fletar una Armada. Felipe II el Lento, llamaba Stefan Zweig injustamente a la minuciosa rata de despacho escurialense, atestado siempre de documentos que resolver en persona. ¡Documentos, Padre, documentos! repetimos nosotros, sabiendo dónde yacen, esperando el despertar del inquieto impertinente. Lean si no a los sorprendidos curiosos norteamericanos Lummis y Powell o al alemán Vossler, especimenes de esa nube de letrados impertinentes de la Verdad, que  por interiorizados, teníamoslos en olvido desde nuestras lecturas de juventud, muy lejos de las diatribas panfletarias de las guerras de religión. Insultantes siempre contra España y su imagen, asumidas en cambio oficialmente por ésta como propias del seso orate  protestante, y en consecuencia, sin réplica enojada al tontiloco de turno. Algún autor ha comentado con sorna que…  España tuvo el talento, y sus detractores el tiempo para insultarla, por carecer de él. Receta aplicable a los sectarismos ideológicos contemporáneos, ahítos de bálsamos de fierabrás para sus miles de lobos esteparios, hueros de saber pero mucho aullar, que vagan sueltos por las aceras de nuestras ciudades.

 
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Contexto Histórico de Nueva Cádiz – III

Tras la acometida bélica de Santiago Castellón y su hueste, comienza el retorno de colonos a Cubagua y a Tierra Firme. Durante algún tiempo va a citarse su puebla como Villa de Santiago de Cubagua, sea tal vez en pleitesía al capitán que ha propiciado su nueva singladura vital, sea como cobijo advocativo bajo el manto del patrono matamoros de España, a la vez que se concreta en todo caso un topónimo para sus  pobladores. La puebla parece cobrar conciencia de villa tras la protección de sus aguadas en Cumaná (1523), cuando su granjería declara ya  quintos  superiores a los 15.000 ducados anuales. Por esa misma época Margarita comienza su andadura como isla de plantíos y hatos, que no pasa inadvertida a la demanda comercial de la Villa de Santiago. La próspera Cubagua deseaba aumentar su jurisdicción territorial con la incorporación de sus vecinas Coche y Margarita, de escasa población europea. La prohibición de encomendar  guaiqueríes, y su inviolable estatus de ser tratados e instituidos como nuestros súbditos naturales y vasallos, era una rémora para desarrollar la isla. La Gobernadora de Margarita, estirpe del primer Villalobos en su concesión de gobernancia, gestiona desde la lejana Santo Domingo la traída de ganado equino y bovino a su isla. Cuenta para pastorearlo con nuestros súbditos naturales, no sin protestar ante su Audiencia por el blindaje legal de unos guaiqueríes reacios siempre al trabajo productivo. Pero la primera llave del Imperio tenía abierta su cerraja al África portuguesa, y la gobernadora comprará en La Española los bozales necesarios para impulsar la producción ganadera margariteña que le soslayan sus nativos. Su éxito estaría asegurado antes de 20 años, cuando era ya la principal abastecedora cárnica de la Tierra Firme y de la Nueva Andalucía toda.

Llega desde La Española el licenciado Francisco de Prado para someter a Juicio de Residencia al capitán Jácome Castellón, quien finalizado su mandato, debe regresar a Santo Domingo. Nuevo ajuste entre la espada y la toga, la sangre y la tinta, que diría Madariaga, frente al desajuste económico de la Audiencia. Tras este juicio, una serie de intrigas iban a retrasar la reposición durante meses del nuevo corregidor de la puebla santiaguina. El capitán Pedro Ortiz de Matienzo va a tomar la defensa de Cubagua al cernirse sobre ella nueva amenaza corsaria. Un canoero llegado de Margarita, informa sobre ciertos bucaneros franceses arribados al surgidero de Pampatar, que en una nao grande e una carabela rasa portuguesa y un patache, buscan la puebla de Santiago de Cubagua para un supuesto trato de perlas (1527). Guiados por Diego Ingenio, piloto y antiguo contrabandista de esta puebla, un mal español natural de la villa de Cartaya en la Baja Andalucía, recelan los margariteños una cabalgada esclavista contra los nativos bajo apariencia de rescate comercial. A las rutinarias preguntas de identificación durante su fondeo en Pampatar, mienten los franceses y levantan sospechas, al hacer pasar la suya por una nave sevillana que casualmente había pasado por allí unos días antes. Pampatar, surgidero a resguardo de la Punta Ballena de Margarita, contaba con algunas decenas de vecinos dedicados a la pesca de ostiones en la isla de Coche. Ante las dudas surgidas y el peligro de celada, ningún margariteño subirá a bordo para rescatar, pese a las reiteradas invitaciones de los impostores. Pero tampoco se hace a la mar ninguna barca de pescador, varadas todas a la vista sobre la arena del resguardo. Los margariteños no quieren levantar sospechas al francés con su propio recelo. Un sigiloso canoero guaiquerí  será quien traiga la nueva del peligro a Nueva Cádiz, nombre con el que se cita  por vez primera la puebla de Cubagua.

Al amanecer siguiente se presentan frente a la advertida  Villa de Santiago las naves corsarias. Aprestan sus bateles para el desembarco, que va a ser impedido por pequeños bergantines y barcas de pesca  en número de treinta o más, e con indios flecheros proveydos (sic) de aquella hierva mortal que por allí hay… e con algunos tiros de pólvora…  que  directamente asedian a los recién llegados. Hostigan los neogaditanos y sus aliados indígenas a los filibusteros, que pese a su prepotencia artillera, contabilizaran trece muertos antes de abandonar la refriega e intentar un postrer diálogo. Pero saliéronse tres o cuatro vizcaynos (sic) e navarros que traían contra su grado en la carabela rasa, e fuéronse a tierra e dieron noticia de cómo aquellos franceses eran ladrones. Ante semejante rebato, rota la tregua, se hacen de nuevo a la mar los bergantines, bajeles, barcas y canoas de Nueva Cádiz con redoblado vigor. Reforzados con mosquetes y flecheros, toman al abordaje el patache. Esta pérdida obliga a cazar escotas y ceñir velas al resto de naves corsarias, que se disponen a ponerle millas de por medio a la incómoda plaga flotante. En su estela rumbo a Puerto Rico, van a dejar treinta y cinco cadáveres sobre las aguas. Informada Santo Domingo, organiza su Audiencia la caza y captura de aquellos forbantes. En la isla de la Mona (entre Puerto Rico y La Española), les darán cerrada batalla por dos días consecutivos. Rescataron la carabela portuguesa, traída cautiva desde costas brasileñas con su tripulación vizcaino-lusa, aunque se les escapa durante la noche la nao capitana de 240 toneladas. Con la nueva luz del día proseguirán su persecución en mar despejada. Pronto la darán por hundida vista la mala mar arbolada durante aquellas horas, y los severos destrozos percibidos en su casco. Unos días más tarde fondeaban de nuevo en la ría de Santo Domingo, trayendo con ellos esta vez la carabela liberada.

Unos años mas tarde Carlos V iba a otorgar el rango de ciudad a la villa de Cubagua, con el nombre de Nueva Ciudad de Cádiz, según Real Cédula de 1528. Un año antes había emitido en Burgos las Ordenanzas para la Isla de Cubagua, donde se establecían sus directrices comerciales y su estatuto ciudadano. Ya Castellón cinco años antes había empezado a fundar pueblo, cuando los vecinos sin temor, se dieron a construir… casas de morada, con mucho propósito de cal y canto, además de incorporar muchos indios, buenos pescadores de perlas. Habíase establecido el procedimiento para la elección anual de un alcalde ordinario, a la vez que se fijaba en ocho el número de regidores. Se controlaba la producción perlífera con tres contabilidades simultáneas, llevadas a cabo por dos funcionarios (un auditor tesorero, un veedor real) a contrastar con el libro encuadernado del propio alcalde. En ellas quedaban asentadas la cantidad y calidad de las perlas, el nombre del pescador y su señor de la canoa, así como el día, mes y año de cada partida registrada. Las perlas habían de ser diariamente guardadas en un arca con tres llaves, una para cada contador. La Corona trataba de controlar la economía sumergida de Cubagua para mitigar su costosa defensa.

FIG. 9: Escudo de la Ciudad De Cádiz

 

Las medidas de control de su producción perlífera, iban a coartar el aventurerismo comercial a la vez que consolidar el arraigo ciudadano. Surgirán por vez primera edificios en mampostería de piedra y labra, destacando entre ellos la iglesia matriz y la casa hidalga de Pedro de Barrionuevo, ambas muy bien labradas. El aspecto de la ciudad desde la mar, fachadas encaladas y compacto porte urbano que riela en el agua, empieza a convertirse en reminiscencia totémica de la tacita de plata que los regidores gaditanos de la villa añoran en la distancia. Ellos serán quienes sugieran el nombre de Nueva Cádiz, que asume el Cesar Carlos. Su imperial escudo y el de sus abuelos los Reyes Católicos, aparecerían siglos después entre sus ruinas, testificando su valioso pasado como zaguán de la cultura europea de aquel mundo en formación. Mantendrá la prebenda del comercio directo con Castilla sin necesidad de aportar sus naos en Santo Domingo, pese al encontrado sentir de su Real Audiencia. Su cabildo goza el poder de importar libremente doscientas piezas de esclavos anuales para sus pesquerías, a la vez que administra su propia alcabala con cesión mínima a la Hacienda Real. Por todo ello, el mantenimiento de Nueva Cádiz con el castillo de Cumaná como apéndice obligado, resultaba oneroso para la Corona, aunque su rol estratégico fuera altamente valorado por el Consejo de Indias como pasarela hacia la Tierra de Gracia. Un tampón cerámico hallado siglos después entre sus ruinas, vendría a corroborar el poder fáctico de su cabildo ciudadano de entonces, donde el sello imperial sobre un papel… era arma para afianzar la propia autoridad…el poder…la honra dimanada del Emperador… atesorada por aquella ciudad castellana, colmada de mercedes por el francoparlante Carlos, en una insignificante isla de  perlas caribeña. Coronado Emperador desde 1520, su cohorte de asesores flamencos y financistas alemanes iban a dejarse donar ricos presentes por la interesada nobleza castellana. Las perlas de Cubagua estuvieron entre aquellas dádivas desde el principio… y el joven César vino a otorgar a su todavía villa, la Real Cédula que le concediera el rango de ciudad privilegiada, en detrimento del castillo y puebla de Cumaná, estéril ya de perlas. A consecuencia de ello, aquellos aguadores negros que antaño pasaban al continente para traer a Nueva Cádiz el líquido potable, deberán retornar escoltados por jinetes que despejen de flecheros ocultos los carrizales ribereños. Pero el servicio de aguada no sería ya interrumpido.

Por aquel tiempo el veterano Diego de Ordaz, expedicionario que lo fue junto a Ojeda en Cabo de la Vela, con Juan de la Cosa en Urabá, y Hernán Cortés en Tenochtitlán, estaba inmerso en otras jornadas de exploración en busca de El Dorado. Va a venir desde Andalucía repetidas veces con nao capitana y varias carabelas, para recorrer la Guayana e incursionar en el Orinoco. Muchos de sus hombres y todo su ganado y caballos, serán acopiados en Margarita. Cubagua será la base del carenado de sus naves. Llegará Orinoco adentro hasta la confluencia del Meta, donde las cataratas de Ature le impiden seguir avanzando. En su ausencia, los subalternos Alonso de Herrera, Jerónimo Ortal y Jerónimo de Alderete iban a seguir sus huellas tras El Dorado, pero su ahínco tampoco sería recompensado con el éxito. En 1530 iba a ser Diego de Ordaz nombrado Gobernador de Amazonia, una entelequia geográfica de Tierra Firme que incluía Trinidad y las Islas de las perlas. Cubagua no reconoce tal nombramiento, y en su visita a Nueva Cádiz, el flamante gobernador es apresado y remitido a Santo Domingo. En pleno Juicio de Residencia decide ir a España a reclamar justicia, pero desaparece con su nave en el Atlántico.

 

FIG. 10: Amazonía

 

Un terremoto seguido de tsunami iba a destruir aquel año el castillo de Cumaná. Se levantó la mar en altura de cuatro estadios…dio la tierra un horrible bramido… hundiéronse muchos pueblos de indios,  y de ellos murieron muchos, nos cuenta la crónica.  Este percance tectónico iba a ofrecer a los pobladores de la Tierra Firme una lectura ajustada del nuevo contexto natural con que habían de enfrentarse al futuro. El suelo inestable que pisaban, inopinadamente convulso de súbito, había arruinado la pétrea Nueva Cádiz y el castillo de Cumaná en su primera sacudida, pero respetó las humildes chozas suburbiales de caña, carrizo o bahareque, que se cimbrearon sin colapsar durante aquellos eternos estertores, para ser finalmente arrolladas todas por una ola de marea que arboló las aguas y laceró profundamente la vida a lo largo del litoral. Algo llevaban aprendido ya los supervivientes para legar a sus herederos. Los retumbos que como lamento subterráneo acompañaban al vaivén del suelo, se aproximaban y pasaban rezongando bajo sus pies, el vapor rojizo que resplandecía como una aurora boreal de la noche del trópico, las bocanadas de agua caliente, los vómitos azufrados de barro y pez que surgían de las grietas del suelo, o los haces ondulantes de fuegos fatuos que garabateaban las sombras, todo la parafernalia sensible de los espasmos de la tierra cumanesa, era festejada ancestralmente por sus indígenas con danzas enardecidas y jubiloso bullicio. Los indios creían que cada terremoto secuenciaba la destrucción del mundo, y que las distintas manifestaciones del fenómeno eran señales de una regeneración humana sin  invasores. Los cocodrilos salían a las playas y esteros durante el temblor, manadas de chigüires corrían a otros caños huyendo tanto del turbio légamo de las charcas como del cocodrilo súbitamente emergido de ellas, para acabar por caer engañosamente en las fauces de los jaguares, instintivos cazadores en río revuelto y ocasión propicia. Todo el saber ancestral de los indios, iba a ser acopiado por los castellanos en unos días de estertores difusos sobre aquella  pasarela de Tierra Firme. Pasarela por donde  ocurría (sic) mayor número de gentes que a las demás partes de la costa.

Tras la convulsión del suelo, detectan los pescadores profundos daños en los fondos rocosos del oriente de la isla y sus ostrales, cuyos magníficos ejemplares venían siendo feriados en los mercados perlíferos de Sevilla, Toledo, Augsburgo o Brujas. Solo a diez y doce brazas de agua en hondo… vuelven a reproducirse las ostras perlíferas que antaño lo hacían a tres, ahora muy pegadas e asidas a las peñas donde antes lo estaban débilmente. La pesca tradicional habíase practicado en Cubagua a base de canoas de siete y más nadadores, que tras cada zambullida, se erguían sobre el carel para depositar sus veneras en cubierta, cobrar el necesario aliento, comer un bocado reparador a bordo y volver a sumergirse. De sol a sol la rutina se repetía. Con las nuevas profundidades de pesca échanse sobre los hombros dos piedras ligadas por una cuerda, que dejan pender a sus costados. Este contrapeso facilita su inmersión, y se zafan de él para remontar. Comenzaba así la prolongada agonía de las pesquerías de barlovento, hasta ser más tarde abandonadas por su dificultad de extracción. La inmersión tradicional de buceadores que desprendían del fondo los ostiones para entregarlos en superficie, había empezado su declive sin retorno. Frente a esta realidad, la Casa de Contratación emitirá nuevas ordenanzas, que segregan ciertas zonas cerradas de otras temporalmente abiertas a la pesca, tratando con ello de evitar el progresivo esquilme de los viveros. Estas ordenanzas, revisadas anualmente, buscaban un equilibrio ecológico capaz de potenciar la repoblación de las ostras. Incluso llegarían a regular el tamaño de las canoas de pesca, a fin de controlar el número de buceadores de cada jornada. Poco tiempo habrían de durar estas medidas paliativas; nuevas técnicas de extracción a base de pesca de ingenio o de arrastre, vendrían a incrementar ostensiblemente el decalvado del fondo marino. Nuevos artificios de remoción, rastreo y redes de trasmallo o copo, el arrastre de planchas de hierro colgantes para apalancar y descuajar colonias enteras de ostras, la buena fuerza para las arrancar empleada con los nuevos métodos, iban a empobrecer irreversiblemente su capacidad de reproducción. En plena euforia perlífera productiva, la pesquería tenía sus días contados.

En 1532 Nueva Cádiz va a lograr su añorada jurisdicción sobre Margarita. Pedro de Herrera su alcalde mayor en ese momento, pasa a ser la suprema autoridad de las Islas de las Perlas. El nuevo compromiso político le obliga a la reconstrucción de su ciudad, que debe fortificar y dotar de real fuerza a fin de mantener su cometido de ariete abridor del continente, y de obligado gendarme de las islas. Construye una casa fuerte para protegerse y se defender de los ataques corsarios, pero en contrapartida presupuestaria la guarnición del castillo cumanés debe ser minorada. El párroco Francisco de Villacorta, nombrado protector  de indios, es enviado a fundar la Villa del Espíritu Santo con su iglesia, el Pueblo de la Mar que hoy conocemos como Porlamar, en la costa meridional de Margarita. Se trata de un núcleo mixto donde castellanos y guaiqueríes convivan, el primero de los muchos que habrá de cobijar la vacía isla para dejar de serlo.