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Contexto Histórico de Portobelo – I

Colón en su cuarto viaje arribó a su bahía (noviembre de 1502) y le asignó el nombre que años después tomaría la ciudad. El buen resguardo, sus amplias aguas, su fondo de piedras para lastre, y la existencia de abundante madera, aguada cómoda y ensenada de bajo calado donde carenar navíos, llevó a Diego de Nicuesa a la sazón  Gobernador de Veragua y fundador de Nombre de Dios (1510), a intentar fijar en Portobelo otro enclave costero. Los belicosos nativos del momento le obligarían a desistir de su intención.

Al igual que en la costa cartagenera, los vientos estacionales dominantes en aquella latitud eran las brisas del NE durante la época seca (Diciembre a Mayo) y los vendavales del W-SW durante la época de lluvias (Junio-Noviembre). Frescos de mar cabrilleada los primeros, frecuentes turbonadas de viento y agua acompañados de mar crespa los segundos. Las corrientes marinas costeras variaban notablemente según  que de estación seca o húmeda se tratase, a causa del gran incremento de fluviales evacuadas desde el continente durante las lluvias. Pero dada la limitada evacuación de escorrentías pluviales acopiadas, los flujos y reflujos propios en la bahía de Portobelo apenas variaban estacionalmente, y sus mareas mantenían un tiro habitual de fácil acceso en toda época. El resguardo de navíos grandes encontraba su posición en la medianía del puerto, en tanto que las embarcaciones menores podían aproximarse a la orilla para anclar sobre fondo arenoso. Al NE de la bahía se abría la Caleta, ensenada muy propia y acomodada para carenar navíos y toda especie de embarcaciones, no solo por su fondo arenoso de cuatro brazas y media de calado, sino por estar abrigada de todo viento estacional u ocasional, abrazada por un cerco de colinas. En el fondo y al norte de la bahía, desembocaban arroyos de aguada conocidos como el Cascajal y el Chorrillo.

            Desde antes del avistamiento del Mar del Sur por Núñez de Balboa (1513), cuando su existencia era solo intuida por geógrafos y hombres de ciencia, Fernando el Católico había sugerido a Vicente Yáñez Pinzón correr la costa caribeña en pesquisa de algún paso atlántico hacia las Molucas, idea obsesiva que los reinos europeos  mantendrían por más de un siglo. Con el descubrimiento del gran océano del poniente, empezó a cuajar la idea alternativa de acceder a él mediante un camino terrestre capaz de sortear las escabrosidades del istmo. El propio Balboa había trazado una ruta transístmica de 60 km, que partiendo de Santa María la Antigua, ciudad por él fundada en el Darién, llegaba no sin grandes penalidades a la costa pacífica del Golfo de San Miguel. Transportó por ella a lomo de mulas e indios una flota de galeones despiezados, con los que desde la otra orilla, pretendía emprender la conquista de un mítico Imperio del Sur, noticia dada por sus caciques aliados: los mismos que le informaron del mar que habría de darle gloria. A la muerte del malogrado descubridor, sería Francisco Pizarro quien perseverase en la idea de explorar el sur continental, el fabuloso Pirú de tradición indígena. Los galeones de Balboa serían utilizados por Pedrarias Dávila, sucesor de Nicuesa en la gobernación de Veragua, para explorar hacia el norte la costa pacífica del istmo. Tampoco allí encontrarían paso interoceánico alguno con que informar al rey.

Figura 2: El Camino Real a Nombre de Dios. Grabado de época rescatado

 

Gaspar de Espinosa, fundador por orden de Pedrarias de la ciudad de Panamá (1519), núcleo occidental de enlace entre ambas costas del istmo, especulaba aquellos años con razonable magín sobre la posibilidad de abrir un canal interoceánico aprovechando el cauce del río  Chagres; idea que Carlos V llegaría a sopesar sin pasar a mayores al constatar la magnitud del proyecto (185 km de largo). El capitán Antonio Tello de Guzmán, quien fuera el descubridor del asentamiento aprobado por Pedrarias  como solar de la futura Panamá, era a su vez partidario de acometer otra ruta montaraz similar a la de Balboa, de mayor longitud  (100 km) pero mejor trazado y levedad en cotas de ascenso. Aún así, la ruta que partía de Nombre de Dios para concluir en el propio enclave panameño orillando el cauce del río Boquerón hasta las cumbres divisorias de las aguas, era áspera y dura. Sus 1,20 metros de anchura, bordeando barrancos y hendiendo resbalosas cumbres, con lluvias periódicas y sus barrizales, desplomes y arrastres, era una tortuosa senda donde la proverbial terquedad de las mulas rehusaba transitar sin el ocasional y sabio consejo del recio varapalo en sus costillas. No lo tengo yo por el mejor camino, ni tan breve… es muy áspero y de muchas sierras y cumbres muy dobladas, y de muchos valles y ríos y bravas montañas y espesísimas arboledas, y tan dificultoso de andar que sin mucho trabajo no se puede hacer…y es muy malo… el cual he yo andado dos veces a pie, opinaba de él Fernández de Oviedo. El propio historiador propone nueva ruta:  desde Panamá hasta el río Chagres hay cuatro leguas de buen camino, y que a muy buen placer le pueden andar carretas cargadas, porque aunque hay algunas subidas, son pequeñas, y (es toda ella) tierra desocupada de arboleda, y llanos, y todo lo más de estes (sic, modismo bable) cuatro leguas es raso, y llegadas las carretas al río se podría embarcar la especería en barcas y pinazas; el río sale a la mar del Norte cinco o seis leguas debajo del puerto del Nombre de Dios, y entra la mar a par de una isla pequeña que se llama isla de Bastimentos, que tiene muy buen puerto... Idea asumida por el nuevo gobernador Barrionuevo y apoyada por Gaspar de Espinosa convertido para entonces en influyente hombre de negocios, que proponen la ruta mixta esbozada por el historiador asturiano, que también compartirá el estudioso Fray Tomas de Berlanga obispo de Panamá (1536) y descubridor de las Galápagos. Se acomete la limpieza del río, retíranse palotales y árboles caídos entre la desembocadura y la intersección caminera que viene de Panamá, indicándose ambos límites planimétricos con sendas cruces. Se inicia por tierra el trazado del llamado  Camino de Cruces (1527), con su base granular compacta y su concertante empedrado carretero de 2.70 metros de ancho a lo largo de treinta km, capaz de ser recorrido por carromatos en 7 horas. Se construyen  Venta y Aduana en la barranca de Cruces, enlace de ambas vías seca y húmeda, que tomará en adelante el nombre de Venta de Cruces (1536). En la boca del Chagres, puntual paso de la vía húmeda fluvial a marina, se construye otra Aduana. Los edificios de Cruces cobijan mesón, bodega, galpones y aduana, en cuyos libros queda registrado el tránsito de mercancías. En la boca del río, otra Aduana comprueba también la carga estibada en los bongos, al pie del Castillo de San Lorenzo de Chagres (1535) y sus cañones, cobijo de embarcaciones, gentes y  mercancías. Entre ambas aduanas se intercalan una serie de fortines escalonados, como el Fuerte Gatún o el propio de Cruces, apoyo estratégico del transito de mercancías y hombres por la vena fluvial.

 

Figura 3: Los Caminos históricos del istmo

 

La nueva Vía Marítima entre la Boca del Chagres y Nombre de Dios cabotada por pataches y bergantines, atrajo pronto la rapacidad pirata, siempre al acecho de cualquier descuido táctico enemigo del que sacar provecho. Los primeros asaltos a  convoyes de esta vía se produjeron el año mismo de su puesta en servicio (1537), lo que obligó a repartir selectivamente los fardos entre el Camino Real  y el Camino de Cruces, según que de metales preciosos o mercancías comunes se tratase. El codicioso efecto llamada de las potencias enemigas sobre activos metálicos de la hacienda imperial española era evidente y crudo. Sobre todo para la emergente Inglaterra, con una Royal Navy carente todavía de infraestructura, y fiada su rapiña costera a una pléyade de privateers desparramados a comisión por el Caribe y sus islas. Entre ellos el joven Francis Drake, que pese a sus pretenciosas memorias, lo único fidedigno que sacaría de su primer ataque a Nombre de Dios (1572), seria dejar la plata peruana donde estaba, además de abandonar dieciocho cadáveres en la playa y conservar de por vida una bala de mosquete alojada en su pierna izquierda. Protegido por la orografía y vegetación salvajes del istmo, aunque demorase  doce días el penoso y lento avance de las recuas, era el camino interior más seguro que el ágil y cómodo trayecto mixto, vulnerable a la libre insidia enemiga durante las ocho o diez horas de su cabotaje costero. No obstante, el persistente Drake con el apoyo de 100 negros cimarrones contratados al efecto, ataca al grueso de reatas de mulas que siguen bajando por el Camino Real hacia la costa. Las refriegas con la milicia presidial le infieren numerosas bajas entre las que se cuentan los dos hermanos del propio privateer. El hugonote y cartógrafo francés Guillaume Le Testu,  adherido como piloto de altura con nave y hombres al empeño depredador, logrará capturar algunas reatas con más de 100.000 pesos de oro y 15 Tm de plata; pero su excesivo peso les obliga a enterrar una parte, a la espera de recuperarla en mejor ocasión. Los españoles contraatacan, recuperan parte del metal robado y capturan a Le Testu, que es ajusticiado en días siguientes. Pero no pueden evitar que Drake se escabulla con el crecido botín del francés, que a su arribada a Southampton catapultaría al firmamento inglés su imagen de gran corsario benefactor de la patria. Una de las bases del futuro Banco de Inglaterra según hubo de reconocer el propio Keynes cuatros siglos más tarde.

Figura 4: Escudo heráldico de Nombre de Dios

 

Desde el establecimiento de su Feria del Atlántico en 1544, la ciudad fundada por Nicuesa habíase convertido en núcleo obligado y maldito del tránsito de las mercancías y plata peruana, motores del comercio sevillano con Lima. La sofocante ciudad era por aquella segunda mitad del siglo XVI, un avispero de truhanes, prostitutas y malandrines, donde la salud languidecía y la violencia callejera era moneda corriente con riesgo de la propia vida: su existencia era una amenaza social; el tránsito por sus calles en horas nocturnas, un suicidio. Cueva de ladrones, sepultura de peregrinos, la llamaba Berlanga. No obstante ello, el poder del dinero manteníala en pie,  tornapuntada con plata peruana en medio de secuencias socio-sísmicas de toda laya que tambaleaban su equilibrio. Dada su significación económica, Pedrarias había aprobado el trazado caminero que uniría los mares que el istmo separaba. La apertura de una trocha inicial entre Nombre de Dios y Panamá, fue pronto convertida en camino empedrado, senda para hombres y mulas, suerte de calzada romana, vena áurica, nexo de  piélagos, que todo esto iba a representar para el comercio imperial la apertura de aquel sendero que orillaba escarpes, soslayaba ciénagas y remontaba crestas. De Sevilla habían llegado rejas, zapas, azadones, cedazos, picos, petos, pilones, palanquetas, palas, rastras, mazas, marrazos, hachas, junto a los acerados herrajes precisos para reparar o montar cualquier apero útil para el trazado caminero. Eran muchos los kilómetros, y tanto más los brazos que debían acometerlo en sus diversos tramos y época seca, para avanzar ostensiblemente hacia su conclusión. Animales de tiro y carga no faltaban, y madera para mangos y pisones tampoco: pero era la mano de obra india el talón de Aquiles de aquel empeño. Con grandes dificultades por lo poca que hay en estos reinos, y los más que van enferman… enfermedades y muerte que aún ni los negros pueden resistir… era un lamento asumido que atoraba el proyecto del camino. Negros cimarrones desertores de aquella mortífera apertura-trampa, comenzaron a establecerse en los solitarios esteros de la Bahía de Portobelo, camuflados del control presidial de Nombre de Dios, la insalubre ciudad ya sentenciada al abandono. Con este núcleo humano incipiente y la real orden de evacuar los últimos colonos de la ciudad de Nicuesa, Francisco Valverde y Mercado, factor y veedor de Nueva España, comisario-revisor de las obras de fortificación y acondicionamiento del nuevo enclave costero, funda en él la ciudad de San Felipe de Portobelo. Será nombrado Gobernador vitalicio de la plaza (1597-1644). A su muerte, la nueva ciudad del Atlántico va a ser gobernada por un Teniente General con mando en plaza y jurisdicción territorial anexa, dependiente del Gobernador Presidente de Panamá, autoridad máxima del istmo con sede en la ciudad del Pacífico.

Figura 5: Nombre de Dios, sede de la primera Feria del Atlántico

 

El progresivo abandono de Nombre de Dios, trae el medro poblacional de Panamá y Portobelo como puntos de acopio humano en el enlace interoceánico de España y Perú. Por orden de Felipe II (1584), la feria atlántica establecida en Nombre de Dios desde 40 años antes, se trasladaba a la Bahía de Portobelo cuyo rancherío iba pronto a consolidar su población. Comienza la fase constructiva de las fortificaciones de la bahía según proyecto del ingeniero real Battista Antonelli, que diseña también la variante del Camino Real desde Boquerón por El Bohío, junto a otras defensas alternas para la Boca de Chagres y la Barranca de Cruces. Antonelli había sido designado por el rey para examinar los puntos y costas de América donde convenga levantar fuertes y castillos. Su nombre y saga van a impregnar de un cierto sabor familiar a la ingeniería militar indiana del siglo que comienza. El inicial diseño del ingeniero real establecía un sistema de tres fuertes conocidos como San Jerónimo situado entre la playa y el puerto, quedando situados los otros dos, San Felipe Todofierro y Santiago La Gloria cada uno a un lado de la embocadura, para que su cruce de fuegos protegiera el acceso a la ciudad. Pero pronto aparecieron problemas de asentamiento y deslices de ladera en el escarpe sur, por lo que el castillo de Santiago hubo de ser remetido hacia la ciudad para fundarlo sobre buzamientos de roca consolidada. Se situó en una hondonada rodeada de quebradas y padrastros, presa fácil del enemigo en caso de que lograra desembarcar en la costa y ocupara los promontorios ubicados a sus espaldas, denuncia el nuevo alcalde mayor Vargas Machuca (1602) con palabras proféticas que habían de cumplirse andando el tiempo.Figura 6: El diseño de los Caminos

 
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Contexto Histórico de Nueva Cádiz – I

La Historia amanece en la América del Sur con la llegada de los europeos a sus costas durante el tercer viaje de Colón (1498). Tras una atroz encalmada las naves del Almirante acceden a la isla de Trinidad y al Golfo de Paria. La abundancia de agua dulce y el panorama de verdor y armonía de la costa circundante, contrastan con la tórrida quietud de las jornadas oceánicas vividas, hasta el punto de parecerles haber llegado al Paraíso Terrenal. Tierra de Gracia  llamará el propio Colón al litoral occidental de aquel golfo de fuertes corrientes y caótica salinidad. Singla en días sucesivos diversos rumbos, hasta fondear en la pequeña Cubagua, la isla de perlas de su Diario. El grupo insular formado por Cubagua, Coche y Margarita, será identificado en adelante como Islas de las perlas. Su contacto fortuito con algunas canoas de pescadores, iba a mostrar la riqueza perlífera de aquel entorno marino. Manda el Almirante un bote a conversar con los indígenas, que tras múltiples recelos, accederán a dialogar con ellos en tierra, pues andaba mucha de su gente por la playa.  Los indígenas, mostrando alegría de ver hombres barbados y vestidos a la marinesca, se prestan al dialogo gestual, arropados por la curiosidad de sus paisanos. Pronto los europeos se percatan de las gargantillas y pulseras de pequeñas perlas que adornaban la desnudez de sus mujeres. Mediante el trueque por baratijas tópicas, van a rescatar algunos hilos de aljófar blanco y  granado… más de seis marcos de aljófar menudo y grueso, con muchas y buenas perlas…con lo que volvieron a las naos muy alegres, nos cuenta el historiador López de Gómara.

Abandonada Cubagua, tomaron aguada en el río y tierra firme del cacique Cumaná, con nuevos indios expectantes en la playa. Retomados la mímica comunicativa y el trueque mercantil, insisten los nativos en señalar como yacimientos perlíferos  las mismas isla y costa que los canoeros de pasadas jornadas. Además de perlas feriaron esta vez tórtolas, faisanes, gallipavos, conejos y cuartos de venado. Disimuló el gozo que sentía de haber hallado tanto bien, y no escribió al Rey el descubrimiento de las perlas… deja dicho el historiador sobre la actitud del Almirante, que habría de traerle serios quebrantos con la Corona.

                     Las noticias traídas por los expedicionarios colombinos tras cada arribo a la Península, eran trasmitidas boca a boca entre las gentes del mar, los comerciantes y prestamistas de la Andalucía Baja en general, y de Palos de la Frontera y Moguer, nutrientes de aquella aventura, en especial. Un hervor de inquietudes sacudía aquel mundo avocado al océano y las singladuras al Golfo de Guinea portugués, prontamente acotado para los españoles con el Tratado de Tordesillas. Pero tras el hallazgo de Cubagua, los marineros paleños soñaban nuevos y valiosos rescates  y aún mostraron muchas (perlas) y las llevaron a vender a Sevilla… Tarde o temprano los Reyes, que tienen muchos ojos, habrían de ser informados sobre las perlas andaluzas libres de impuestos…

Fruto de este caldo de cultivo viajero son las empresas privadas que se gestan en Sevilla. Pedro Mártir de Anglería relata que ya para 1495 se habían organizado algunas expediciones hacia las Indias, cuyos desenlaces no han quedado para la historia. Sí conocemos, en cambio, otra serie de viajes menores a partir de 1499, llamados viajes andaluces del descubrimiento, cuando el monopolio descubridor – repoblador colombino en las Indias estaba ya en entredicho. Las Capitulaciones firmadas por el futuro Almirante con la Corona, pierden vigencia cuando los hermanos Colón son acusados en La Española de mala praxis y ocultación de caudales. Tras el correspondiente Juicio de Residencia, Francisco de Bobadilla los embarca hacia Cádiz cargados de cadenas. Aunque poco después

fueran liberados por la Reina Isabel, el Almirante había perdido sus prerrogativas capitulares. No parece ajena a este hecho una carta del piloto y cartógrafo Juan de la Cosa dirigida a los Reyes Católicos, haciéndoles saber las perlas e cosas que habían hallado, e les envió señalado con la dicha carta, otra de marear, con los rumbos e vientos por donde habían llegado a  Paria… e aqueste testigo oyó decir cómo de aquella carta se habían fecho otras, e por ellas… Alonso de Ojeda, Pero Alonso Niño e otros…han ido a aquellas partes.

 

FIG. 1: Navegantes de Paria

 

Efectivamente, dos años después de que el gran genovés arribara a las costas de barlovento, lo hizo la expedición de Alonso de Ojeda. En ella viajaban el cántabro Juan de la Cosa y el florentino Américo Vespucio, geógrafo y futuro primer Piloto Mayor de la sevillana Casa de Contratación,  control secular del tráfico trasatlántico de personas y mercancías desde 1503. La capital del Guadalquivir estaba forjándose como noticiero oceánico y Puerto de las Indias por antonomasia. La nueva expedición iba a recorrer, reconocer y cartografiar la costa norte de América del Sur, desde las Guayanas y el Golfo de Paria por el oriente, hasta el Cabo de la Vela y La Guajira al poniente. Descubrirán ciertas aldeas indígenas en la depresión de Maracaibo, sus chozas sobre palafitos lacustres, que por asociación de ideas el italiano apostillará Venezuela, topónimo diminutivo de la famosa capital del Véneto. Esta acepción perduraría en la pluma de los cronistas reales, para quedar esculpida en aquella geografía hasta sellar la identidad indeleble de una nación emergente, que había de ser en siglos posteriores la Venezuela clásica.

Aquel mismo año Vicente Yáñez Pinzón, capitán de La Niña durante el primer viaje colombino, llegó a tierras del Brasil. Descubrió las bocas del Amazonas y recorrió la costa rumbo noroeste hasta el Golfo de Paria, aunque hubo de silenciar sus hallazgos por tratarse de tierras asignadas a Portugal en el Tratado de Tordesillas. En el correr de su rumbo, descubre la isla de Tobago y contacta con las de Trinidad y Margarita, para seguir luego a La Española según el arco de islas de las antillas menores. A su paso por aguas de barlovento, unos canoeros indígenas invitan a los paleños a comerciar en su rancherìo. Estuvieron en el pueblo veinte días feriando perlas, señala el historiador. En costas de Margarita se toparán con Diego de Lepe, que viene de explorar la costa de la Tierra de Gracia o Tierra Firme como había empezado a llamársela, y que se le une en su derrota hasta Puerto Rico.

 

 

FIG. 2: Costa Firme de Alonso de Ojeda

 

Diego de Lepe no es marino de profesión, sino un perspicaz comerciante que ha venido desarrollando la cartografía en aquellas costas. La Casa de Contratación de Indias incorporaría sus levantamientos geográficos al Padrón, atlas unificador de cartas, técnicas y avances náuticos, que a la sazón confeccionaba para formación y uso de los futuros pilotos emanados de sus aulas. Piedra fundamental de la historia de los descubrimientos marítimos de los españoles, opina el historiador René Sedillot. La necesidad de trazar rutas y derrotas seguras hacia las Indias, va a originar los primeros esbozos de la navegación astronómica, más segura y fiable que la estima tradicional de los navegantes mediterráneos. La singladura oceánica implicaba la mutación de lo que había sido hasta entonces una rutina artesanal mayormente tabulada, por un bagaje científico nuevo, donde los conocimientos matemáticos, astronómicos y geográficos empezaban a plantear a los pilotos de altura complicados problemas de Trigonometría Esférica. Aun nos pasma hoy, cierto planteamiento astronómico de Colón a vuelapluma, plasmado de puño y letra sobre su propio Diario, tan lejos del caletre de nuestros yachtsmen de hoy (tan pagados de sí mismos y de su alba gorra de plato, como ayunos de matemática), que obliga a comparar con absoluto respeto no ayuno de ironía la baja de su saber, versus la culta latiniparla del nauta renacentista.

Dos semanas después de Ojeda llegan directamente a Trinidad, Golfo de Paria e Islas de las Perlas, Pedro Alonso Niño, ex piloto del primer y segundo viajes colombinos, y Cristóbal Guerra, hermano del tutor sevillano de la empresa. Los expedicionarios andaluces, sin dilación temporal como base de su éxito mercantil, rescataron perlas e se volvieron a Castilla.  Los indígenas, buceadores capaces de sumergirse durante minutos para emerger con los ostiones de madreperla en su redeño, pagaban tradicionalmente con las perlas extraídas, trueques tópicos que la expedición andaluza supo negociar. Con el fin de eludir el impositivo Quinto Real del rescate, el regreso lo enrumbará al pontevedrés puerto de Bayona, inmortal derrota de  Martín Alonso Pinzón con La Pinta, tras el hallazgo del Nuevo Mundo. Pero el  montante de aquella operación, estimada en noventa y seis libras de aljófar, en las que había grandísima cantidad de perlas finas orientales, redondas, y de cinco y seis quilates y algunas de más… era demasiado elevado para pasárselo de matute a la Hacienda Real. Los infractores fueron juzgados, condenados y encarcelados en Andalucía,  hasta que hubieron pagado su evadida deuda impositiva.

 

FIG. 3: La Baja Andalucía Marinera

 

Estamos hablando de fechas tan tempranas como el año 1500. Ya para entonces se tienen noticias sobre un innominado asentamiento humano en la isla de Cubagua, una ranchería asociada a este negocio de perlas. A penas un año después, el propio Licenciado Bartolomé de Las Casas, constataba la presencia de 50 aventureros dedicados a la explotación de las perlas mediante buceadores nativos. Era un secreto a voces desde el regreso de las tripulaciones descubridoras al puerto de Palos, la existencia de ricos yacimientos perlíferos en las Antillas. En los puertos del occidente andaluz, desde Ayamonte, Lepe, Gibraleón, Palos, Moguer y Huelva, hasta Sanlúcar de Barrameda, Sevilla y la bahía de Cádiz, la fiebre descubridora había prendido tras el tercer viaje colombino; la repobladora habría de venir después. A ello vino a contribuir el sentido de protagonismo adquirido por la Baja Andalucía desde el minuto cero del hecho indiano. La evidencia de la ruta a seguir, era la derrota directa a las Islas de las perlas empleada por Yañez Pinzón en su segundo viaje. La Corriente de Benguela tomada en Cabo Verde, enlazaba hacia el poniente con la Ecuatorial del Sur, que catapultaba su plancton y los barcos que la seguían al barlovento de la Tierra de Gracia. Tal como lo había hecho el menor de los Pinzones. Y corroborándola, la primicia gráfica facilitada a los Reyes Católicos por Juan de la Cosa, primer cartógrafo de América, que iba a quedar  plasmada a futuro en el Padrón de Navegantes.

FIG. 4: Costa Firme en el Primer Mapa de América

 

Tempranamente habían llegado por tanto gentes aventureras en busca de comercio, el rescate y tráfico de esclavos, o la extracción de los caprichos nacarinos de aquellas islas. Pero no conocemos el proceso humano integrador que iba a nutrir el primitivo asentamiento de Cubagua, y que pocos años después constituiría la primera ciudad de facto en Suramérica. Seguramente ya desde los iniciales empeños privados, gestados sotto-vocce de la Corona en la Sevilla de 1495, acudieron directamente más de uno de ellos a las islas del nácar. No se han registrado noticias de su retorno. Perecieron quizá en su èpica contra el piélago, o acabaron tal vez afincando sus destinos en otros lados del charco. Pero fue sin duda la Baja Andalucía el alma nutricia de aquella primera oleada humana.

En el año 1504 una expedición rumbo a Urabá, con cuatro carabelas comandadas por Juan de la Cosa,  accede al Golfo de Paria. Toman tierra en Margarita, truecan con los nativos papagayos, ají, batatas, yuca,  papayas… además de tomar aguada y leña. Levan anclas rumbo a la costa de Cumaná, donde ovieron (sic) por rescate algunas perlas, pero pocas, e de allí siguieron costeando… (hacia Urabá),  nos dice el cronista. Nada comenta en cambio del negocio perlífero de una Cubagua que el cartógrafo cántabro conocía, pero que costea y deja con un mutis por estribor. Nada sabemos tampoco de sus desertores en Margarita, si incorporados al grupo humano de Cubagua, o diluidos entre los guaiqueríes de la propia isla, o los castellanos de la peligrosa Tierra Firme caribe. Y decimos castellanos, porque Isabel la Católica en vida (1505) no consentía pasar a Indias, sino a costa de mucho importunar, a hombre que no fuese vasallo suyo. Muerta la reina castellana, el Rey Fernando permitió la emigración de los súbditos de su Corona de Aragón, tanto peninsulares como de las itálicas tierras o sus ducados griegos. Con la llegada a España del joven Carlos V (1517), comenzarían a incorporarse flamencos, valones, frisones y alemanes de los diversos principados, ampliando la gama de brazos y visiones europeas al quehacer del Nuevo Mundo.

Fig. 5: Interpretación Escudo hallado en Nueva Cádiz

 

Los pacíficos guaiqueríes, considerados vasallos libres de tributo y servidumbre por una concesión real que los encomia como indios de tan buen valor … y merecida honra por su valor y fidelidad, grande, constante y firme …  no podían ser esclavizados tras semejante panegírico, so pena grave que llegaría a ser de muerte. Cubagua carecía de población india, pero la cercana Margarita, no. En ella habitaban varios miles de indígenas ayunos de legislación castellana, vacío que los tratantes de carne humana aprovechaban para lucrar su codicia. La carencia de colonos hacíala territorio dependiente de la inmediata Cubagua. Desde La Española iba pronto a ponerse freno a las cabalgadas de aventureros esclavistas que la trepanaban impunemente, facilitando el arraigo de españoles en la isla. La Villa del Espíritu Santo, sería su primer núcleo humano importante, seguido de otros del interior, elegidos por los propios guaiqueríes lejos del ojeo de las canoas caribes.

Para 1510 se sabe que la puebla de Cubagua tenía ya un cabildo a usanza castellana, con dos alcaldes y diecisiete regidores. Reunidos los vecinos, juntos, a campana tañida, vasallos todos de estos reinos de Su Majestad Católica, vecinos castellanos e indios cristianos, han elegido sus autoridades municipales en cabildo abierto. Esta bisoña corporación ciudadana tratará de aplicar las mandas reales para ordenar social y urbanamente el variopinto asiento aglutinado en la isla, sin pantalàn de atraque, con sus barcas de pesca y canoas de buceo varadas sobre la playa, sin aduana, sin alcabala, sin presidio. Carecía la puebla de trama urbana, con bohíos y chozas de carrizo y palma aquí y acullá, parapetada tras elementales defensas de madera y tierra. Algunos colonos, atentos siempre al merodeo de canoas caribes, aportaban sus perros alanos y mastines que retaban su proximidad con prolongados gruñidos. Los inconvenientes se multiplicaban en aquel balbuciente proyecto humano, asentado sobre un secarral improductivo, sin árboles, carente de un agua potable que había de captarse a siete leguas, pluviosidad escasa pero sofocante humedad ambiental, con pequeños acuíferos subálveos altamente salinizados, y un inmisericorde sol abrasador en mitad del cielo de una isla de 24 Km2, plena de cardonales, líquenes de orchilla, arbustos de guayacán, bardales espinosos y eriales baldíos. Esta flora de mínimos era sin embargo sabiamente aprovechada por los indígenas circunvecinos, capaces de marcar una pauta de subsistencia a los primerizos colonos de Cubagua. Aquellos boscajes de cardones, tan gruesos como la pantorrilla de la pierna, producían frutos temporeros a manera de higos, unos blancos, otros rojos, comestibles todos de dulce y fresco paladar, cual dátiles mediterráneos.

 
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Contexto Histórico de Puerto Rico – I

Colón en su segundo viaje descubre la isla de Puerto Rico (1493), Borinquen para los nativos tainos, que denominará San Juan Bautista, en honor al primogénito de los Reyes Católicos. Su primer Gobernador, Vicente Yáñez Pinzón, es prontamente reclamado por el Rey (1508) y comisionado para buscar “aquel canal o mar abierto que yo quiero que se busque”, relativa al supuesto paso del Caribe hacia el oeste. En el corto tiempo de su gobierno, desembarcará rebaños de ganado y animales domésticos traídos de La Española como infraestructura para el asentamiento de futuros colonos; ganado mayor y menor (caballos, asnos, mulos, bueyes, toros bravos, vacas, cerdos, cabras, ovejas) que tras sucesivos aportes llegarán a adquirir gran relevancia ganadera. Comienza la idea de expansión antillana tras un aumento poblacional, y con la creación de nuevos asentamientos Puerto Rico suministrará ganado, cueros y sebo a los emprendedores que incursionan en Tierra Firme. Pizarro adquirirá allí caballos para su empresa peruana.

Juan Ponce de León, conquistador y a la sazón exitoso hacendado cultivador de yuca en Santo Domingo, es nombrado nuevo Gobernador de Puerto Rico. Ovando, artífice de la pacificación y Gobernador de La Española tras el desorden creado por la familia Colón, ha presentado la candidatura de su estrecho colaborador al rey, y la Corona deposita sobre Ponce de León su “Pláceme”. Será copartícipe en adelante del esfuerzo de ordenamiento de la conquista y colonización geopolítica mas dilatada de la Historia. Una gigantesca empresa, que con sus humanas luces y sombras, iba a ser comandada por las gentes de un pequeño país mediterráneo, recién heridas por el espíritu del Renacimiento itálico.

Ponce lleva en su expedición a Borinquen el tubérculo que produce, para su sembrado y aclimatación. Se asienta en Caparra (1508) primera capital de la isla, que pronto abandona hostigado por los belicosos caribes, cohabitantes de Borinquen con el mundo taino, para establecerse sobre un islote que domina la entrada de la bahía y que ya nombran como Puerto Rico. A partir de 1520 comenzará a llamarse San Juan a la capital y Puerto Rico a la isla toda, al contrario de lo que sus descubridores habían tácitamente asumido.

Desde 1512 el asentamiento en la isla habíase llevado a cabo por el sistema de encomiendas primero, repartimientos después, mediante el cual los colonos controlaban a los indios tainos a quienes por real mandato habían de catequizar y civilizar. Es decir, protección de un colectivo humano a cambio de su trabajo para una sociedad que los incorporaba a su propio desarrollo. Instituciones ambas del origen repoblador castellano en la Península, que adquirirían en América peculiares sesgos. Reacios a toda sujeción, los antropófagos caribes se alzarán en repetidas ocasiones contra los europeos. Esta actitud de la etnia caribe frente los escasos pobladores, va a provocar su reacción de  guerra sin cuartel para sojuzgarlos, esclavizarlos o expulsarlos de la isla, dada su imposible convivencia, ni tan solo tácita vecindad con los salvajes. Una sublevación general al comprobar la no inmortalidad de los españoles, tras ahogar a un cautivo para corroborarlo, aconseja a Ponce ordenar a los colonos construir sus casas de “cal y canto”, como fuertes individuales de autodefensa frente al indígena. Él mismo se establece con su familia en la que se conocerá como “Casa Blanca” de San Juan, hogareña autodefensa consolidada sobre un otero a base de tales materiales. Pese a su naturaleza levantisca, la culturización de nativos es tarea primordial, encomendada a los franciscanos de Caparra establecidos allí desde 1512, que van a sufrir el saqueo e incendio de su monasterio por los persistentes caribes un año más tarde. En estos primeros tiempos, los hijos de caciques debían permanecer al cuidado de los frailes durante cuatro años, para su evangelización y  aprendizaje de lectura y escritura. Se pretendía con ello garantizar a futuro un liderato indígena ilustrado y cristianizado, capaz de asimilar y compartir las nuevas ideas culturales, sin colapsar los esquemas de sus saberes autóctonos; pero estas leyes emanadas de la Corona hispana, solo pueden ser razonablemente aplicadas a la etnia taina. Mabú, cacique del lugar de Humacao siglos después colonizado por isleños canarios, será uno de estos pioneros letrados discípulo de franciscanos, de corto y contestado didactismo antes de abandonar la isla. Serán los dominicos desde  su establecimiento de San Juan (1522), quienes prosigan en solitario por más de cien años, a veces en el propio idioma autóctono, este programa de culturización indígena.

Pero una vez lograda la imprescindible convivencia social de la isla, toda constitución de una nueva sociedad productiva de ella emanada, basada en elementos tan dispares como una mano de obra aborigen, ayuna de cualquier tradición laboral competitiva, bajo las directrices de hombres del Renacimiento, con mentalidad y empuje acordes a su vital tempo europeo, habría de traer nuevos enfrentamientos y rebeliones étnicas, con la sola concordia de las pacientes órdenes religiosas proclives siempre a la defensa del más débil. Una constante en aquel magno panorama que se abría ante los españoles, cuya colonización no se basaba en factorías costeras de estilo portugués, sino en la profunda inmersión en su mundo de los nuevos territorios descubiertos con sus gentes. Era el modelo de la Reconquista peninsular, único ensayo repoblador europeo hasta entonces acometido, el único por ellos conocido.  Mas temprano que tarde, pensaban las mentes preclaras de Salamanca, iría fructificando la enseñanza de los frailes a través de universidades que pronto habían de establecerse, las primeras fundadas en América y Asia.

Debido a una querella interpuesta por Diego Colón en Madrid, reclamando a la Corona los títulos capitulados y luego perdidos por su padre, Ponce de León es retirado de la Gobernación temporalmente, aunque años después sea repuesto en ella. Entre tanto organiza una expedición que parte de Puerto Rico (1513) hacia el norte por el canal de las Bahamas (deformación fonética inglesa de  las Islas de la Bajamar, nombradas y cartografiadas por Colón). Atisba a babor costas de nueva tierra que supone isla, y que reclama para España. La llamará  Florida, por haberla hallado en Pascua de Resurrección (“Pascua Florida”). Corriendo su litoral descubre la Corriente del Golfo, ya intuida por Colón, que a partir de ese momento va a figurar en los derroteros al uso como lanzadera del Caribe, aprovechada ventajosamente por las naos de Indias en su retorno a Europa. El hecho de hallar un nativo que chapurrea su idioma, hace pensar a Ponce en cierto contacto o naufragio español previo a su arribo por aquellas costas, pero nada encuentran los juristas del Reino que confirme su temor. Será por ello nombrado Adelantado de La Florida en 1514, con el inherente derecho real a su conquista y poblaje siempre a expensas de su propia hacienda.

La Europa del Renacimiento había alumbrado una generación de hombres  sujetos a los mandatos de su rey, pero libres para acometer empresas privadas, por él aprobadas pero ajenas al concepto del vasallaje medieval. Estas empresas, libremente acometidas y financiadas por sus promotores, iban a plenar la gesta humana de América. El Rey de España era también Rey de las Indias y de otros reinos europeos, que por herencia o conquista habíanle correspondido por el derecho consuetudinario al uso. Como tal, tanto los europeos (ya castellanos, aragoneses, germánicos, valones, genoveses, flamencos, sicilianos, napolitanos, etc) como los indígenas americanos o filipinos, eran vasallos de una misma Corona. “Vasallos de estos Reinos” en lenguaje de la época, que por circunstancias históricas los castellanos principalmente hubieron de comandar. Solo la ignorancia simplista de pasadas centurias, la presión sicológica de circunstanciales caudillos independentistas, los inveterados enemigos de siempre, o la carencia de horas de biblioteca, han dado en llamar colonias españolas a los reinos de ultramar de la Casa de Austria primero, Borbón después. Como si de compañeras de viaje de las “Trece Colonias“  inglesas se tratase, pero con las que nada tuvieron que ver ni en sus leyes, ni en la implantación de saberes, ni en la integración de sus nativos a la común sinergia. Ponce de León y sus compañeros no iban a ser una excepción en su empresa de La Florida.