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Contexto Histórico de Cartagena de Indias – IV

La actividad comercial y portuaria de Cartagena se vio incrementada con el tráfico de esclavos africanos, negros bozales  traídos de  Angola y Guinea que el monopolio portugués comerciaba en el Caribe, y la colonia lusa movilizaba en Cartagena hábilmente. Durante el siglo XVII iba a ser un lucrativo negocio que empezaría a decrecer a final de centuria con la creciente población mulata y mestiza que alquilaba sus servicios a bajo precio, y a quienes no había que albergar ni vestir. El jesuita Pedro Claver, “apóstol de los negros”, dedico su vida a socorrer aquella carne maltrecha, hacinada en bodegas, que al llegar a puerto lustraban con aceite de coco para vender al mejor postor. En la cartagenera Plaza de Mercaderes o Plaza del Esclavo, subidos en tarimas, voceaban los feriantes la bondad de aquella mercancía humana, fuerza bruta para ingenios y estancias, canteras y tejares, estiba y calafateo los varones, pero también pacientes para el servicio del hogar o la cuida de niños y ancianos sus mujeres. Fuera del tiempo de flotas o coincidiendo con ellas, se voceaba la venta del esclavo con pingües tasas para el Cabildo. Se feriaba desde que llegaban los galeones hasta que la Flota del Sur apostaba en Panamá. Acudía entonces la Armada de Tierra Firme puntualmente a Portobelo para llegar al tiempo de feria en el istmo. Mientras, en las Plazas Mayor, del Matadero, del Mar, o el Portal de los Mercaderes se montaban tenderetes y bohíos para celebrar la propia feria cartagenera. Además de la trata de negros, allí se mercaban perlas de Margarita, sal de Cumaná, oro del Cauca, Antioquia y El Chocó, ron, azúcar y melaza de los valles de Aragua, cañafístolas, café, yuca, papaya de Santa Fe, cueros y tasajos de los Llanos.  Llegan costeando la Tierra Firme o bajan del interior por el Magdalena. Pero se feriaba también cuando llegaba la Flota de Sevilla. Nuevamente el quehacer vital de la ciudad bullía de actividad comercial y portuaria. Se depositaban las mercancías en los bajos de la Real Aduana donde eran tasadas y grabadas de almojarifazgo antes de sacarlas al mercado. Concurrían ahora ropas, vestidos, perfumes, tafetanes y encajes de Flandes, delicia de las damas cartageneras. Pero también vinos de Castilla, aceite de oliva andaluz y manufactura varia: cuchillos, tijeras, cerrajería, aperos, clavazones, llantas de carro, toneles, cristalería, loza. Sin olvidar cureñas, mosquetes y municiones varias: pelotas, bolaños, balerío de piedra o hierro, metralla y pólvora, siempre pólvora, para la dura defensa del enclave. Y añadido a todo ello el Situado Real, que  había de subvenir los gastos de la defensa y gobernación de la plaza.

En 1640 la Armada de Rodrigo Lobo da Silva volvía a Lisboa en retirada de su fracasado intento de reconquistar Recife, capital del estado azucarero de Pernambuco, región brasileña a la sazón ocupada por Holanda. Los reinos de España y Portugal estaban todavía hermanados, aunque por poco tiempo ya, bajo la testa coronada de Felipe IV. En ruta hacia la salida caribeña de las Bahamas, pero desconocedor de los accesos a la bahía de Cartagena donde trata de recalar, el almirante portugués encalla 3 de sus naves en un bajío de Boca Grande. Rescatará la nao capitana, pero no los galeones “Buen Suceso” y “Concepción” cuyos pecios iban a represar el arrastre del fondo arenoso hasta conformar un tómbolo entre Tierra Bomba y Punta Icacos. Años después con nuevos aportes, iría nutriéndose todo él de los propios palos de icacos más otros nuevos de mangle. El taponamiento de Boca Grande forzó el flujo y reflujo de mareas por los caños de Boca Chica y Saltacaballo, y las nuevas corrientes iban a potenciar el dragado espontáneo de sus lodosos fondos marinos sobre lecho de greda. El agua interior << tiene el movimiento de subir todo un día entero, baxando después en cuatro o cinco horas >> consideración de Jorge Juan que viene a demostrar el desagüe veloz con arrastre diario hacia el exterior de los sedimentos del caño. Pronto se iba a conformar una canal entra la isla Barú y Tierra Bomba, por donde los galeones empiezan a entrar a las aguas interiores. Esta circunstancia marcará el cambiante diseño estratégico de las defensas que tachonarían la ruta de las naves hacia la ciudad.

Tras más de un siglo de trasiego por el Canal del Dique, el jurisconsulto de Salamanca Pedro Zapata de Mendoza, a la sazón nuevo gobernador de Cartagena, manda excavar su segundo tramo (1650), cegado en gran parte por arrastres aluviales del Magdalena. El dragado, limpieza de palotales y desarraigo de matojos, aumentó la fluidez y el tráfico de champanes durante la época húmeda, y consiguientemente su carga de pasajeros y mercancías.

Desde la costa a Mahates iban y venían a la vela naves ligeras de uno o dos mástiles, siguiendo en toda época el rosario de las ciénagas saladas, que canalizadas y desarbustadas en ciertos pasos, carecían de arrastre aluvial y mantenían su profundidad de servicio. Desde Mahates al Gran Río, la canalización del gobernador Zapata permitía circular a los champanes del Magdalena durante la época húmeda, en tanto que durante la seca, eran las recuas de mulas y las caravanas las que portaban cargas y hombres por el lecho seco del canal. Se excavó por Barranca Nueva una zanja de cinco metros de ancho que atravesaba 2.500 metros del aluvión depositado en las últimas décadas, trabajo que a golpe de carretilla, pico y pala, tardaron 2.000 hombres bien techados, alimentados y pagados, mas de cuatro meses en completarla. Una población nómada de 2000 personas que avanzaba día a día por la ciénaga, con lo que ello suponía de logística, avituallamiento y sanidad, en medio de la nada. Se perfilaron caños recortando más de 2.000 metros de manglar. Se abatió una franja de bosque lacustre de 20 kilómetros para diversificar el paso de los champanes hacia otras ciénagas tributarias del gran Río. En resumen se potenciaba de nuevo la vía oculta del transito comercial entre la penillanura bogotana y el puerto base de la Flota de Barlovento.              

En el nuevo marco de la Guerra de los Nueve Años (Liga de Augsburgo 1688-97) se desarrolla en un ámbito europeo un “todos contra Francia”, dado el despiadado expansionismo de Luís XIV sobre los territorios alemanes del Rin. Francia, la potencia hegemónica del momento, desea una posición de mayor fuerza para presionar a España en su reclamo de Haití, la parte occidental de La Española, mientras Inglaterra trataba de arrebatarle en río revuelto, sus colonias americanas. Ante la empresa hispanoamericana, el  propio Rey Sol se involucra en su gestación durante más de un año; será una armada naval que vaya al Caribe para tomar Veracruz, La Habana o San Juan de Puerto Rico. Trata de reforzar con esta toma sus pretensiones territoriales ante el Tratado de Paz de Ryswick, que se programa cercano cuando ya los representantes de los países involucrados mantienen contactos previos. Es el zarpazo desesperado de última hora de la poderosa fiera herida que es Luís XIV, el monarca más poderoso del siglo, al que se le niegan espacios franceses tanto en Europa como en América.

Parte el Barón de Pointis de Brest, con una escuadra de 29 naves y 6500 hombres de maniobra y guerra y el beneplácito de su majestad cristianísima, que aporta de su propio peculio 7 navíos de línea, 3 fragatas y algunas otras naves menores. El ennoblecido comandante no es ningún aventurero, sino un alto oficial de la marina francesa que navega hacia Haití para usar la bahía de Pitiguao como base de la acometida naval deseada por su rey. En Haití convence a su gobernador Jean-Baptiste Duchase para que se una a su ya decidida expedición sobre Cartagena, aportando otros 650 bucaneros y 200 negros libres residenciados en la colonia, de procedencia varia, cuando no dudosa o abiertamente pirata. Cuando las velas francesas arribadas, maniobran en mar abierto frente al flanco cartagenero, la ciudad contempla asombrada aquella poderosa e inesperada flota de pabellón francés, que enfila proas bajo un fresco norte azuzador de crecidas rompientes sobre los escollos. Los espías españoles no han sabido descubrir la silente peripecia que durante un largo año habíase gestado en el santuario marinero bretón de la Escuela de Cartografía de Dieppe. El conocido nido académico de la ciudad, lo era también de informantes al buen postor, y en él se graduaban no pocos pilotos españoles entre otros europeos de nacionalidad varia. Pero el embajador español en Paris nada sospechó, ni siquiera cuando la armada surgió del puerto de Brest, a pesar de estar su país en guerra con España. Evidentemente aquel embajador no era veneciano. Cuando el almirante francés decide acudir a tierra para parlamentar con la autoridad cartagenera, un malhadado golpe de resaca de los entrantes alisios, vuelca su bote, lance en el que a punto está de perecer ahogado. Una vez repuesto y ante la negativa a capitular del gobernador español, De Pointis comienza el bombardeo desde el mar, seguido por dos intentos de desembarco en el frente marino, frustrados ambos por una confusa mar sobre los escollos. Dos días después concentra el fuego sobre el Castillo de San Luís y la Plataforma de Santángel batidas intensamente hasta silenciar ambos bastiones. Desembarcan 1200 atacantes en Tierra Bomba, que van a testificar la rendición del primero traicionado por su guarnición de soldadesca negra y mulata de estancias vecinas, que desarman al capitán español y pactan con el francés; el segundo, porque caen abatidos sus defensores. Avanzan hacia Santa Cruz, Pastelillo y San Lázaro, que dominan el acceso por mar a la ciudad y son abandonados por sus guarniciones. Sin impedimento, la escuadra penetra en aguas interiores desde donde va a bombardear a placer la ciudad hasta su rendición. Bajo intenso fuego naval el Fuerte de San Matías, al otro lado de la enarenada Boca Grande, es abandonado por su guarnición, en retirada hacia el cerco amurallado de la ciudad. Como un castillo de naipes, van cayendo uno a uno los baluartes, cortinas y castillos que circundan los accesos marinos y terrestres a la ciudad, atendidos por bisoños reclutas pardos, que van enarbolando bandera blanca tras bandera blanca, abandonando a las manos bucaneras sus baluartes. Tras 20 días de asedio, la ciudad capitula. Con feroz saqueo combinado por sus desembarcados marinos de Tierra Bomba y la ralea de bucaneros y negros haitianos, dejados en  playas de Boca Grande, se completa la ocupación de la plaza (1697). Los últimos defensores, como tantos predecesores en idéntica circunstancia, huirán hacia los cerros del interior para salvar la vida, porque los franceses han venido para quedarse, y no piensan negociar la consabida “vacuna”. Dieciocho días de febril pillaje suceden a la capitulación. El daño económico inferido es demoledor. Monedas, cuberterías, objetos decorativos, medallas y joyas de pedrería, 98 cañones y 12 campanas de bronce, municiones, armas pertrechos y esclavos, además de otros tantos millones de pesos por destrozos ocasionados en defensas y edificios públicos de la ciudad, se estima suman los 20 millones de pesos. Pero aún no había terminado el calvario francés.

Comienza el lento y minucioso reparto del botín. Al Rey Sol le corresponden según pacto financiero y reglas en vigor, la cantidad de dos millones. Pero entre tanta minucia, con los alisios del nordeste han llegado las lluvias. El cielo se abre en frecuentes cataratas, desconocidos “palos de agua” para el europeo, que deslavan el paisaje con arrastres y derrumbes, socavan y encharcan el suelo con aguas estancadas y… exhuman espontáneamente los cadáveres putrefactos de las víctimas. La fiebre amarilla invade la región bajo nubes de mosquitos que empiezan a diezmar gravemente las tripulaciones. De Pointis decide partir. Abandona el sueño de conservar Cartagena para la Corona de Francia y manda volar todo fuerte, cortina o baluarte que persiste aún. Duda si logrará conservar siquiera los brazos necesarios para maniobrar las naves que le lleven a suelo francés. Simultáneamente los bucaneros exigen mayores cuantías en el reparto del botín. Ante el hecho consumado de la partida del almirante, los cabecillas haitianos deciden un segundo saqueo con que satisfacer sus desoídas demandas gananciales. Durante una semana pillan de nuevo cada casa, cada bóveda, cada soterrado, cada tumba. Violan, masacran, torturan a los prisioneros para que canten los escondrijos de supuestos tesoros, exponen al aire los esqueletos para descubrir alguna joya con que en su día fueran amortajados los cadáveres. El impotente Duchase se desespera con cada mala nueva de su gente que le llega. Un horror que precipitará a posteriori la fortísima depresión económica que va a sufrir la ciudad. Nunca el filibusterismo había conseguido el desorbitado botín de 10 millones de pesos que costaría a Cartagena rescatar su integridad.

De Pointis inicia el que iba a resultar retorno más afortunado de su vida, a pesar de la fiebre que diezmaba día a día sus navíos, dejando en su estela tiburones nutridos por cientos de cadáveres apestados. A la altura de las Bahamas, su rumbo es interceptado por un convoy anglo-holandés que pasa a navegar por barlovento en vigilante demarcación paralela, a la vez que trata de mantener el resguardo del maldito hospital flotante que constituye la flota francesa.  Pero no por ello va a librarse el convoy de ser contaminado con una de las más terribles debacles pestíferas de la navegación universal. Con el almirante y seis capitanes de su flota, caen 1300 marineros ingleses en pocas semanas. En cuanto a los holandeses se quedarán sus naves sin capitanes sobrevivientes con que regresar a Europa, con lo que acaban por desertar de tan peligrosa compañía. Pese a todo, los franceses siguen solos, arrojando cadáveres apestados por la borda, y maniobrando en precario su ruta hacia el Atlántico. A la altura de Terra-Nova van a soslayar la presencia de nuevas naves inglesas, y todavía otras más próximas al acercarse a las costas de Bretaña. Burlará en última instancia el avistamiento del expectante Almirante Nevill que trata de interceptarlo, pero se le escabulle en la oportuna niebla que difuminaba el Canal de la Mancha en los días de su arribo. Entrará en Brest tres meses después con un extraordinario botín que va a convertirle en rico hacendado. Para evitar resquemores, el rey asignará una suma compensatoria al descontento de los filibusteros haitianos, y a Duchase le condecorará con la Cruz de la Real y Militar Orden de San Luís, creada unos años antes por el propio Rey Sol para premiar a los oficiales más valerosos de su ejército.  Après, tout le monde satisfait.

Cuando la noticia del desastre de Cartagena llega a Madrid, se ordena formar en Cádiz una armada bajo el mando del General Díaz Pimienta a base de 4 naves, 116 piezas de artillería y 2.500 hombres que van a reconstruir los daños ocasionados por la asonada franco-filibustera. Tres años mas tarde (1700), la plaza iba a contar con una dotación fija de 1075 hombres y abundante munición y repuestos bélicos. Una vez más la ciudad reforzaba su defensa demasiado tarde, a remolque de las duras lecciones aprendidas de su historia.

Pero para su gloria imperecedera una Cartagena recuperada resistirá al almirante Edward Vernon en 1740. El marino ingles, con la más formidable flota conocida hasta entonces, fracasa  trágicamente en su asedio de dos meses. Mas de 23.000 combatientes entre marinos, soldados, negros macheteros de Jamaica  y reclutas de Virginia, con 186 barcos y potencia de fuego de 2.000 cañones han venido de nuevo para  quedarse en la apetitosa urbe caribeña, a la vez que tratan de quebrar por el istmo y el Canal del Dique la cintura de avispa del Imperio Español. Frente a ellos, la férrea voluntad de Blas de Lezo, Comandante General de  la Armada de Tierra Firme, que regresa apresuradamente a su base ante las alarmantes confidencias que le llegan de Jamaica, base de la flota inglesa. La ciudad  con sus 3.000 hombres de tropa regular y milicias concejiles, además de 600 diestros flecheros indígenas que saben moverse letalmente entre manglares, se arropa en sus baluartes fortificados bajo el mando del marino pasaitarra con seis barcos de su Armada, reglados por marinería y tropa de desembarco. La lucha a muerte que sigue y la desproporción de las fuerzas contendientes, escapa a todo comentario. Baste decir que la mortandad inglesa, con sus miles de cadáveres insepultos o semienterrados anegando ciénagas y manglares, y la incansable ayuda de los mosquitos, acaba por emponzoñar de peste la ciudad. De ella muere, junto a cientos de cartageneros, el ilustre marino español, días después de levantado el cerco. Cartagena sabrá erigirle el monumento que para vergüenza propia su patria chica le ha denegado hasta hoy. Resulta bravo el contraste con Inglaterra, que por cumplido agradecimiento hacia sus deudos, yerra esta vez acuñando antes de tiempo medallas conmemorativas de la supuesta “caída” del enclave, imprudente por deseada, con la apostilla de “humillada la arrogancia española” (sic). Medallas que por orden secreta de su rey serán silentemente retiradas, opacando una misión acabada en cruel fracaso, y que tras pírrica porfía en Londres, había logrado fuera aprobada por su parlamento un Vernon seguro del poderío que comandaba. Lecciones de la Historia acá, allá y acullá.

En 1765 se crea la escollera, para consolidar los arrastres de arena de Boca Grande por donde Drake había entrado a la bahía, pero Vernon encontró cerrada. Llegará Cartagena a las 18.000 almas a finales de siglo constreñida por las murallas vitales, que pese a la nuevas tácticas de guerra, se estima debe guardar para subsistir. Queda vedada toda expansión extramuros. Los mejores ingenieros militares del todavía poderoso aunque mermado Imperio Español, dimensionan la ampliación de los bastiones y fuertes que la ciñen y protegen, a la vez que tantean nuevos proyectos y variantes para su nuevamente enarenado segundo Medio Dique, y limpieza del primero, convertido a la sazón en inmensa pradera de juncos y yerbajos acuáticos . Para volverlo operativo, a lo largo del difícil siglo XVIII, se barajan nuevos dragados, esclusas, régimen variable, tablestacados, compuertas, embaulados, gaviones, más diques, cambio de boca…Hasta el propio Alejandro de Humboldt emite su opinión sabia. Pero frente a la cada vez más acuciante necesidad del desbroce del segundo tramo del canal, más cercana resuena la cabalgada independentista. La incertidumbre política aumenta con las guerras napoleónicas, y la obra del tramo superior del Canal del Dique, nunca encontrará financiación para acometerse en aquel vaivén de mercados. Estalla finalmente la guerra civil que devendrá en independencia. Tras ella y el vacío de la herida pero secular España, la arruinada Cartagena ha visto desaparecer a sus mejores y más preparados hijos, el Situado Real de la Corona, los sucesivos ingenieros militares que la han arropado desde su gobernación o desde la metrópoli, la masiva vacuna antivariólica infantil con fondos públicos que trae la misión Balmis…Con el silencio de las armas solo se escuchará un remolino local de voces de caudillos y caciques vociferantes, que la objetiva Historia ha de poner en su lugar. Un siglo perdido que tardará la ciudad en recuperar su población de los días de la independencia.

Para entonces, el comercio con las Indias había sido liberado (1745), y desaparecido del Comercio hispano el régimen de Flotas de los Austria. Perseguida la piratería por todas las flotas europeas, acabó por extinguirse, salvo casos puntuales de los mares americanos y europeos. Solo el Mediterráneo conservaría durante algunos años ciertos piratas berberiscos, apoyados bajo cuerda por Estambul. Los navíos de registro se habían impuesto en el tráfico de mercancías entre Cartagena y Europa. Desde cualquier puerto de bandera amiga aportaban barcos en época cualquiera del año. Las ferias, producto de la conjunción temporal de naves y negocio, languidecían pese a los esfuerzos de cabildos y gobernaciones. El tráfico de esclavos había sido prohibido. El declive del comercio y su tránsito portuario afectarían severamente a Cartagena, ciudad nacida del comercio marino y para el comercio marino. Su contraída población de la segunda mitad del siglo XVIII, alcanzaría sin embargo los 20.000 habitantes a final de la centuria.

Llegan entonces los nuevos y complicados tiempos de insumisión e independencia que la magnífica ciudad del Caribe intentará domar. Y tras las heridas de cada batalla, sabrá lamérselas y conservar como Patrimonio de la Humanidad su particular herencia cultural, cobijada tras la cantería de bastiones heroicos y joya de la corona de la hoy promisoria nación colombiana.

 
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Contexto Histórico de San Agustín de la Florida – III

Entre tanto el enclave de San Agustín va consolidando su asiento. La ciudad, poco podía esperar de Cuba, especialmente durante la estación seca, cuando soplaban por proa los sures. Pero realmente lo era en todo tiempo, porque los perros del mar escudriñaban el Canal de Bahamas: había que ampliar por ello sus mieses, y consolidar su autonomía agrícola,  constante que iba a gravar su historia ante la escasa fertilidad de sus tierras de labor. Abaten y desbrozan sus moradores el  entorno selvático aledaño, limpian esteros y ciénagas, remueven y apilan sus colonos la escasa tierra fértil del everglade, forman bancales y sementeras de mano y arado, a la vez que tratan de aclimatar en ellos las nuevas especies traídas de Canarias y Europa. La sobrante madera de la tala, se emplea en construir la iglesia parroquial de campanil abierto y tonantes bronces en su tope, residencia del gobernador, cabildo ciudadano, embarcadero de pasarela… y las primeras casas que tal nombre merecieran. No faltan las elevadas torres de vigilancia periférica o costera, atentas siempre a las velas itinerantes y los movimientos del nativo, sincopadamente arisco contra las etnias europeas y sus cosechas.

Como Gobernador y Capitán General in péctore, el Adelantado Menéndez de Avilés regresa a La Habana (1571) donde revisa y fortifica las defensas de la Isla, que debe albergar por dos veces al año la Flota de Indias, también conocida como Carrera de  Indias, establecida desde 1561 por Real Cédula. A pesar del enclave vigilante de San Agustín en el litoral de Florida, sabe del perenne reojo que acecha el paso del gigantesco e inédito convoy por aquellas costas, y añade otra Armada de Guarda a la agrupación de merchantas artilladas que dos veces al año zarpa de La Habana hacia Sevilla. Esta escolta de galeones “cagafuegos”,  que acompaña a la mercantil comitiva por el Canal de las Bahamas hasta Azores, sería conocida en adelante como Armada de la Carrera de Indias. Superadas las Azores, otra nueva guarda naval llamada Armada del Mar Océano, proseguirá con idéntico formato la comparsa atlántica hasta que rinda la flota su viaje en destino. La Flota de Indias suponía el primer intento mundial de navegación ordenada en un gigantesco convoy nunca antes intentado en tal proporción. Su estricta disciplina naval en un medio hostil, sin dejar abiertas fisuras defensivas en la navegación abierta, ni ángulos muertos en la despaciosa y progresiva llegada o salida de puertos, respondía a rigurosas órdenes de la nao Capitana que abría la comitiva, y la Almiranta, que cerraba el cortejo, sin olvidar los rápidos pataches que trasmitían sus ordenes al resto de aquel masivo despliegue de velas.

En apenas diez años de fundada, comprueba Menéndez el progreso material y social de San Agustín y su Provincia. A ello contribuye la celebración de nuevos matrimonios y el crecimiento de aldeas indígenas, una vez pacificada y catequizada la etnia mayoritaria timucua por los franciscanos. Dos de ellas acabarían asentando al norte y sur de la capital, en predios cercanos a su empalizada perimetral, un seguro cobijo bajo cañones que vomitan fuego contra todo enemigo común a la vista, ya indiano o europeo. Pero nombrado Consejero de Indias, debe el hidalgo asturiano regresar definitivamente a España como asesor del monarca sobre las cosas de América. Aún Felipe II, en cuya cabeza bulle la invasión de Inglaterra, le encargará como Capitán General la formación de una gran Armada del Cantábrico, cuyos designios de momento a nadie desvela. Pero el gran marino muere de tifus en Santander (17 de septiembre de 1574) mientras aguardaba con sus 300 galeones las órdenes del monarca, quien ante tamaña pérdida, desistirá temporalmente de su secreto empeño.

Con la desaparición de Menéndez de Avilés, cesaba el especial esmero de un hombre de acción sobre su criatura; el panorama de la Provincia iba a cambiar notablemente en los años venideros. La Florida y Cuba estaban condenadas a defender la natural salida española del Mar Caribe hacia Europa. Poseerlas equivalía en aquellos momentos a dominar la arteria básica del comercio intercontinental, que si nadie lo impedía, perfilaba a España como incontrolable poder del Atlántico. Para embridar esta pujanza Inglaterra, Holanda y Francia firman el Tratado de Greenwich (1596), alianza tripartita contra el Imperio español, cuyas defensas iban a soportar toda una cerrada presión de flotas piratas y corsarias bajo banderas ajenas.

Francia, mientras consolidaba sus colonias en la nórdica península del Labrador (1580) remontando el río San Lorenzo, funda Québec (1608) con sus comerciantes de pieles, pero no renuncia a nuevos establecimientos en la Florida. Holanda funda Nueva Ámsterdam en la actual Nueva York (1625) y sus exploraciones hacia el sur se dirigen a entablar pactos con indígenas en busca de madera, sal y minerales. Pronto invadirá la abandonada Curazao (1634), desde donde trata de consolidar su mercado de esclavos e infestar el Caribe de contrabando, robos clandestinos de sal y corsarios. Inglaterra pugnaba por consolidar colonos en una porción de costa atlántica, llamada Virginia por el corsario Walter Raleigh en honor de su reina (1584). Tras el desarraigo de anteriores empeños, fundarían Jamestown en la bahía de Chesapeake (1607), enclave que iba a nuclear la presencia inglesa en el Nuevo Mundo, pese a la Masacre Indígena que 15 años después prácticamente borraría de nativos powhatan aquella costa. Comenzaba en el norte atlántico de América, una difícil convivencia entre los indios y sus vecinos europeos, recelosos entre sí, que venían a sumar sus intereses mercantiles con la plaga de perros del mar afincados en el infinito islario caribeño. Entre todos iban a propiciar un perpetuo asedio sobre el comercio y posesiones españolas, jugosa y circunstancial presa, pesadilla histórica para el entramado defensivo de su Imperio. Felipe III a la sazón rey español, envía una expedición al mando del capitán Fernández de Écija para informar sobre el arraigo de los colonos británicos en Chesapeake. Luego de contactar con sus indígenas  y soliviantarlos contra los colonos ingleses, regresa la flota para informar sobre la aparente inestabilidad de la incipiente colonia. Pero no la ataca por considerar escasas sus fuerzas.

En pleno desarrollo de acontecimientos de la nueva geopolítica, Francis Drake experimentado marino del sindicato corsario de Plymouth, incursiona con su flota de 25 naves y 2300 hombres en el Caribe (1586) y tras una campaña predatoria en las antillas, sitia San Agustín. Desembarca sus bombardas y desde su isla frontal de Santa Anastasia bombardea el fuerte y la ciudad. En la mar abierta, con barcos navegando rumbo norte,  efectúa repetidas pasadas frente al enclave largando en línea con sus 7 galeones imprecisas andanadas de apoyo a sus baterías de tierra. Desde los escarpes del fuerte, tras sus defensas de tronco maderero y fajina, responden los sitiados con sus 12 piezas encabalgadas más otras 25 que han perdido su podrida cureña, aunque todavía disparan y meten ruido. Son cañones pedreros, espingardas y falconetes de tiro elevado o directo, que combaten con aquellos otros que por elevación bombardean la ciudad y su bastión desde y por encima de la isla de Santa Anastasia. Las imprecisas bolas de hierro candente que escupe el inglés, apenas inciden sobre el puntual bastión defensivo, pero sí lo hacen  sobre el dilatado frontis ribereño de la ciudad que ve incendiado su caserío de madera, y con él, iglesia parroquial, campanil y cabildo. Los corsarios cruzan en lancha la dársena del puerto para saquear  la plaza en llamas: las desmandadas huestes arramplan con todo hierro que encuentran a su paso, aperos, espitas, alcuzas, fanales, incluso picaportes, aldabas y goznes de las puertas. El fuerte resiste el acoso defendido por fusileros de la guarnición y  flecheros timucuas, que se aprestan a repeler la habitual embestida humana que sigue al cañoneo enemigo. El paisanaje, refugiado en el fuerte, donde no entra ni uno solo de los atacantes, pero tampoco sale defensor alguno, contempla impotente las llamas que consumen sus hogares. La flota corsaria, tras una última andanada de sus naves, da por cumplido el castigo al incómodo vigía costero. Embarca hombres y botes, y enfilando sus naves en línea, se aleja de la humareda a resguardo de la costa y favor de la corriente, para reunirse con el resto de sus urcas y pataches. Costea la flota hacia Virginia, donde venderá a buen precio las manufacturas férreas robadas en el asalto, y de donde repatriará a precio de oro algunas familias hambrientas que huyen de la entonces incipiente y miserable colonia…para finalmente arribar con un duro tributo de 1500 tripulantes y 11 capitanes menos de los que con él habían partido de Plymouth. La mar y las balas enemigas habían hecho es resto. Entre tanto las gentes de San Agustín y guarnición del fuerte con los flecheros amigos, habían acudido a sofocar la propagación del fuego. Tras la tempestad, la calma…y vuelta a construir nueva iglesia, cabildo y casas que el incendio pirata había logrado arruinar.

El ataque pirático, hace que San Agustín reciba nuevos refuerzos en forma de soldados, abastecimientos y otras familias de colonos; posee ahora 14 piezas de bronce y 9 de hierro, más otras 5 rescatadas tras su refundición en La Habana. Diez años más tarde rondará su población las 2000 almas de colonos, con familias y soldados de guarnición incluidos. Un alzamiento de los indios del Gualé obliga a nuevas disposiciones defensivas en la Provincia y su capital, que debe seguir en todo momento activa en la custodia del comercio que fluye frente a su costa. Como parte de la Capitanía General de Cuba, adscrita a su vez al Virreinato de Nueva España, la Real Fuerza de San Agustín y todas las defensas de la Provincia de Florida estaban sujetas al presupuesto virreinal. Y ese situado  no siempre llegaba a tiempo, lo que alimentaba malestar en la tropa no solo por las privaciones personales, sino por la carencia de pólvora, municiones o mantenimiento de los cañones en un entorno de frontera y difícil condición climática. La perpetua rebelión de los indios apalaches contra sus misiones del norte de la Provincia, eran fomentadas y aprovechadas por los colonos ingleses para ir ocupando nuevas tierras hacia el meridión, tierras coloniales que iban a constituir la Carolina del Sur. Las de la futura Georgia y sus misiones católicas seguían perteneciendo todavía a la provincia novo-hispana de Florida Oriental.

En 1668 el pirata Robert Searle, mas conocido con el alias de John Davis asalta San Agustín en plena noche, cuando la ciudad duerme. Al atardecer una nave novohispana esperada con harina de Veracruz, había entrado en la bahía: una más entre las allí fondeadas, al viento sus pabellones de Borgoña y gallardetes de cortesía. Dado lo avanzado de la tarde, aparenta postergar el registro de sus sacos harineros en la Aduana para hacerlo con la luz del nuevo día. Pero la nave veracruzana había sido capturada durante el trayecto y arrojada su tripulación por la borda; impostaban ahora los filibusteros una rutina como cualquier navío que a resguardo preparaba su pernocta. Fuera de sospecha por ser conocida su estampa en el puerto, con el sosiego nocturno se proponían deslizar a su escollera más de 100 bucaneros en botes cuyos remos apenas chapoteaban el agua. Un pescador de ribera observa el silente movimiento de botes y hombres que saltan a tierra una y otra vez, y  retornan vacíos al barco nodriza mientras la ciudad duerme. Cuando percatado del peligro grita desde donde pueda oírle algún ciudadano insomne, es ya demasiado tarde: están penetradas las calles de filibusteros armados hasta los dientes y por ellas corren tras sus teas en busca de los preciosos vasos sagrados, haberes fiduciarios de la Aduana,  el situado virreinal que el Gobernador administra y todo cuanto pillen en los pocos hogares que logran violentar al paso. Sesenta perplejos vecinos que salen a la calle al sentir la algarabía, son muertos a la puerta de su casa y tomados prisioneros  otros tantos. Alertada la guardia del castillo intercepta la chusma invasora, liquida una docena de asaltantes y recoge 19 heridos que como prisioneros de guerra serán ajusticiados con la luz del siguiente día. Impotentes ante la compacta Fuerza del presidio, opta el resto de forbantes por su retirada. En escalonado reembarco, los botes van alcanzando a favor de marea el barco que enfila su perezoso andar hacia la bocana del abra, luego de haber largado prestamente las amarras. Davis ha intentado un saqueo solo conseguido parcialmente, aunque deja tras de si el daño material junto al sentimiento ciudadano de la culpable ingenuidad y descontrol de sus autoridades. Cuando la noticia del asalto llega a México, el virrey de Nueva España ordena inmediatamente reponer los situados hasta entonces atrasados, además de un refuerzo de 75 soldados y suministros de artillería y armas personales para la guarnición. Llega de Cuba Ignacio Daza, ingeniero militar que trae la orden de comenzar un nuevo fuerte esta vez de piedra, que acabe mas de cien años después, con la inveterada provisionalidad defensiva del enclave que Menéndez de Avilés fundara (1672). Nace así un fuerte de traza renacentista con base rectangular y bastiones en punta de diamante, taludes peraltados y foso circundante inundado, diseñado en La Habana y nombrado desde su origen como Fuerte de San Marcos. La carencia por aquellos pagos de roca consolidada, decide al ingeniero por la sedimentaria y tenaz coquina, formación pétrea de conglomerados conchíferos y coralinos abundantes en  Santa Anastasia. Desde allí, una vez tallados en propia cantera, serían llevados los sillares en pinazas a través de la bahía de Matanzas, mismo nombre del río que la alimentaba: recuerdo de la implacable eliminación de hugonotes copados aguas arriba en tiempos del Adelantado. La protección de las obras correría por cuenta de una compañía de infantería acampada en la propia isla, junto a otra de caballería que recorría vigilante la costa, máxime cuando se sabía que los ingleses merodeaban la región en busca de tribus con las que negociar pieles de ganado, alimentos y cerámica indígena. En la isla de Santa Catalina los timucuas habían interceptado una de aquellas partidas, matando parte de sus miembros y capturando otra y en ella, una mujer y su pequeña hija. Llevados a San Agustín para ser interrogados, los prisioneros declararon proceder de un nuevo establecimiento inglés en Santa Elena, ribera abandonada por los españoles desde 1587. Retornados los indios con sus rehenes a Santa Catalina, serian de allí recogidos estos por una de sus naves que regresa a su base, tras negociar el rescate con los captores.