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Contexto Histórico de Veracruz – VI

                        Figura 14: Los Caminos Reales de Nueva España. Finales siglo XVIII

 

El conocido como Camino de los Virreyes entre otros nombres dados al existente  entre Veracruz y México, iba a encontrar continuidad hasta Acapulco con el Camino de la China, adscrito al mercadeo exterior con las Islas del Poniente. Vinculado el primero a la producción y consumo internos del país, iba a ser sin embargo asociado al tránsito de los impuestos reales, el situado virreinal, el correo y las compras sevillanas. Incorporado el nuevo mercado asiático al quehacer económico del virreinato, el Camino de la China vino a  enlazar con los ya existentes caminos a Veracruz, Zacatecas y Oaxaca en la capital, prolongados más tarde por el norte hasta Chihuahua y Santa Fe (Nueva México) con el nombre de Camino de Tierra Adentro, y hasta Tehuantepec y Guatemala por el Sur con el nombre de Camino de Guatemala. Los tres Caminos vitales de la China (408 Km, 20 días), de los Virreyes (412 Km, 22 días), y de Tierra Adentro (1.600 Km, 3 meses), llegaron a constituir junto al Camino de Guatemala, una red de caminos carretiles (vulgo carreteras) estimado en 7.600 Km distribuidos en 55 rutas diversas para el tránsito rodado. Añadida a esta red carretil, habíase creado otra para herradura, próxima a los 20.000 Km, distribuidos en 105 rutas. Este formidable conjunto de vías de tránsito se alcanzaba a fines del siglo XVIII, cuando los nacientes Estados Unidos apenas llegaban a cubrir con las suyas un 10 por ciento de esta realidad. ¿Puede extrañar hoy que sea Patrimonio Universal de alguien y algo, esta caminería? ¿No se cita acaso como futurible candidato, a la indetectable traza del llamado Camino de Oregón?. Transitado desde San Luís Misuri por un aluvión de enviscados europeos del siglo XIX, vagabundos de su albur y mediatizados por la propaganda oficial. Avanzando no importa si por valles, riberas, linderos o praderas hacia un soñado Oeste, sin medio metro de empedrado carretil pero sobrado conductismo del Este. Era un juego político preciso para sacárselos de encima y largarlos a la costa oeste que poblar para crear mercado. Allí les venderían a crédito armas y casas de madera prefabricadas en el Este, una vez concluido el ferrocarril, fabricado todo ello con mano de obra inmigrante cualificada, que, esta sí, encontraba presto acomodo entre la incipiente masa obrera del NW. El haber dado argumento a más de un centenar de western (cine y TV incluidos), financiados con dólares, es, y poco más que huellas en la mar, su  mérito de aspirante al Patrimonio.

 

Tras la consolidación de Veracruz en su definitivo emplazamiento, había empezado a reutilizarse la olvidada senda indígena que ceñía la república de indios de Orizaba, con su enhiesta referencia de volcán nevado, en ruta hacia los demás volcanes del Anahuac. Apenas un siglo después de llegar los primeros esclavos africanos a Nueva España, bozales devenidos cimarrones que asaltaban caravanas y desvalijaban viajeros, habían convertido aquellas estribaciones de la Sierra Madre en resguardo montaraz de sus fechorías. Por este camino había empezado a fluir la producción local de sus campos de café, azúcar, algodón y tabaco, hacia el interior. Para dar cobijo y protección al comercio regional, que transitaba tanto hacia México como a la propia Veracruz, el virrey Fernández de Córdoba, funda la ciudad de Córdoba (1618), parada y fonda de viajeros y cabalgaduras, con presidio y real fuerza capaz de proteger el transito caminero por aquellos enriscados pasos. Andando el tiempo, serían varios los fortines levantados entre Orizaba y Córdoba, tramo neurálgico de asaltos a las conductas o caravanas reales que circulaban a orillas del río Metlac, cuya barranca suponía una guillotina geológica entre el altiplano y la costa. Cada negro cimarrón prendido iba a ser, no agarrotado como correspondía a su ralea malhechora, sino castrado e incorporado a los hatos ganaderos veracruzanos. Años más tarde, aquietado ya el entorno serrano, se dotará con 32 puentes el camino que por allí serpea y dobla la divisoria de aguas para circunvalar la próspera Orizaba, que desde entonces iba a ser llamada La Señora de los Puentes.

 

El tráfico comercial con ciudad de México, establecido desde Veracruz siguiendo el Camino de Carros por Jalapa y Perote, que abordaba la capital por la calzada de Guadalupe, diósele el nombre de Camino de las Ventas por las muchas que en ella llegaron a establecerse en pocos años. Pero era también un camino de postas, con puentes de mampostería (entre otros el Puente del Rey, que cruzaba sobre 7 ojos el río de La Antigua), hospitales, mesones, áreas de descanso y pastos para caballos, además de múltiples haciendas de sementera o ganado. Los mangas verdes vigilaban esta ruta y sus vericuetos que trepanaban las estribaciones de la Sierra Madre. Creada en la Castilla de los Reyes Católicos, la Santa Hermandad con su peto de cuera sobre llamativo jubón  verde, llegaría a convertirse en el ojo vigilante y brazo justiciero de los caminos reales que trenzaban las estribaciones de la Sierra Madre hacia Veracruz.

 

Como Camino de los Ángeles, fue a su vez motejado el mandado construir por Cortés desde la Capital a la entonces recién fundada Puebla (de los Ángeles, 1531). Orillando la falda del Popocatépetl, prolongada más tarde por Tecamachalco y sus hospitalarios franciscanos, Acultzingo y sus no menos acogedores indígenas, hasta Orizaba y Córdoba, alcanzaba finalmente Veracruz. Las guerras que la metrópoli venía manteniendo en la convulsa Europa, se reflejaban inexorablemente en el buen o mal estado de los caminos, pese a la probada potencialidad de una hacienda virreinal que invertía cada vez más en consolidación de estructuras propias, mientras menguaba parejamente su envío de plata impositiva a la metrópoli. La diversidad de climas y orografías, plagada de vados, cañadas, ríos, pedregales, ojos de agua, blandones, barrancos y rampas de ladera, era anualmente activada por los diluviales arrastres estacionales, obligaba al múltiple mantenimiento de atajeas, alcantarillas, terraplenes, empedrados, drenes, caballeros o trincheras. En épocas de penuria bélica, el deterioro prolongado de los caminos se dejaba sentir con la demora en la entrega de las encomiendas, el incremento del costo de las mercancías y la mortandad de las bestias. Las más de 60.000 cargas anuales que llegaron a alcanzarse, respondían inequívocamente en el mercado con alza de costes y retraso de entregas

 

Por el Camino de Tierra Adentro, bajaban semanalmente hacia México miles de mulas desde Chihuahua y Zacatecas con lingotes de plata beneficiada de sus minas, además de cueros, cueras, sebos, tasajos y harina de trigo, que en aquellas tierras se producía. Su motejo de Ruta de la Plata a ello obedecía. Y por ella retornaban las mismas recuas cargadas de telas de lana y loza poblanas, aceros, herrajes, clavazones, llaves, azogue y otros productos europeos o asiáticos que por Veracruz o Acapulco se incorporaban al flujo virreinal desde Guatemala a Santa Fe. Toda una infraestructura de conexiones comarcales en continuo trasiego, bajo el rigor inmisericorde de los climas y la nada solitaria, hendiendo territorios arriscados o yermos, inseguros, merodeados por cuadrillas de negros levantiscos o encanallados, cuando no de incontroladas partidas de indios nómadas de frontera. Solo los presidios y sus ventas anexas, eran remanso de seguridad y descanso para mulas, arrieros, transeúntes y mercancías.

 

Carlos V en 1523, había concedido a La Villa Rica de la Vera Cruz un escudo de armas, que conservaría la Veracruz histórica como blasón urbano del enclave fundado por Cortés. En 1607 le sería conferido el título de ciudad por Felipe III, título que ratificaría el propio rey en 1640. Y ese mismo año lo celebraría la urbe erigiendo un emblemático Cabildo ciudadano, con festejos, carreras de caballos, juegos de cañas y corridas de toros, sin faltar su encierro, desde el redil del matadero hasta la Plaza de Armas. Este de los toros con encierro, era festejo que venía cumpliéndose tradicionalmente con la llegada de la Flota, pese a la reiterada protesta de los tenderos de plaza y su corredor ciudadano, obligados a cerrar su negocio al paso de la estampida toruna en días y horas clave de la feria. Habían sido prohibidos repetidas veces, pero repuestos otras tantas bajo la presión unísona de los ganaderos veracruzanos y las gentes de a bordo, que reclamaban como estelares el espectáculo correcalles y su remate taurómaco.

 

La tradicional cabaña vacuno-porcino-caballar, con más de 150.000 cabezas censadas en un extrarradio de siete leguas en torno a Veracruz (1580), los cereales, la caña de azúcar y el tabaco, junto a los modernos astilleros de la ciudad, constituyeron en la segunda mitad del s. XVII y primera del XVIII el verdadero motor de la economía regional. Como base portuaria de la Flota de Nueva España, había nacido el imprescindible astillero para mantenimiento de los galeones tras su avatar oceánico. Era fama, que los barcos salidos de sus gradas, prolongaban por más de cuatro años su vida activa frente a la broma o carcoma tropical de las aguas del Golfo; cantinela repetida en otros muchos astilleros del Imperio y sus aguas. Sin olvidar que su pujanza económica era a la vez un revulsivo para el endémico comercio clandestino arraigado en su costa.

 

Los argumentos jurídicos del holandés Hugo Grocio (1627), fleco ondeante de la Universidad de Salamanca al viento humanista, pero victima del amorodio internacional, era un discurso interiorizado por las potencias europeas, que incluía el comercio como uno de los derechos naturales del hombre. Este concepto iba a impulsar la competencia leal hacia la fase más oscura del contrabando, contraventora del monopolio comercial de los Habsburgo, mutado en libre comercio durante la Casa de Borbón. La riqueza generada en Nueva España, había empezado a quedarse en Nueva España, y el Virreinato iniciaba una cierta deriva hacia el México-nación, que acabaría intentando cristalizar un siglo más tarde. Los ataques corsarios a puertos indianos, cada vez más fortificados, resultaban siempre caros y con frecuencia fallidos. El contrabando, podía en cambio practicarse en todo tiempo de paz o guerra, con riesgo mínimo y beneficio corriente, lo que acabaría por agigantar el matute costero hasta desorbitar sus proporciones. Y el nuevo argumentario jurídico llegaba para favorecerlo.

 

La presencia de naves desperdigadas, que traficaban en fraude con haciendas ribereñas, era práctica extendida que enmascaraba con frecuencia visitas agresivas. No pocos casos había de filibusterismo, que fingía ajustar precios con hatos y haciendas costeñas, para cambiar súbitamente de actitud y bandera, y caer por sorpresa sobre ellas hasta dejarlas esquilmadas, cuando no malheridas o muertas sus gentes si no habían escapado oportunamente a los cerros. ¿Quien era su testigo en aquellas soledades? En un caso documentado de 1655, unos arrojados vaqueros, mulatos de Tampico, lograron capturar a 22 corsarios ingleses y dos de sus naves nodriza. Llevados a Ciudad de México, fueron condenados por la Inquisición a las galeras cartageneras, con los consiguientes pregones de escarmiento, voceados por los alguaciles del Virreinato. Otra situación similar iba a traer en 1683  días aciagos de saqueo, violaciones y asesinatos, a manos de miméticos forbantes. Pese al efectivo patrullaje de la flota novohispana en el área caribeña y su  acceso al Golfo, con seis naves francesas e inglesas apresadas en su haber anual, no supieron discernir el momento clave de la amenaza que repicaba su puerta.

 

Veracruz, visible desde ciertas naves fondeadas en la Isla de los Sacrificios, llevaba días recibiendo confiada las visitas de sus tripulantes, interesados en saber del tiempo de la feria y su inicio. Cuando la Flota de Nueva España asomaba sus primeras velas sobre el horizonte, el ataque corsario combinado de 15 navíos artillados era ya un hecho que estaba yugulando la ciudad. Llegada la hora, el holandés Laurens de Graaff (Lorencillo para los hispanos) con 1200 hombres y el apoyo de sus compatriotas Nicolás Van Horn y Cornelius Jol (Pata de Palo) y de los franceses Michel de Grandmont y Pierre Bot, habían copado la semivacía urbe enfrascada en los prolegómenos de su feria, mediante un silente desembarco algo más al sur. Desvalijadas ya iglesias y conventos,  fueron por las casas sacando a los vecinos, y si alguno salía por sí, moría sin remedio…bien de su fiereza bárbara, de hambre, sed… y de espanto las mujeres. Parte de sus élites comerciales habían sido atrapadas y encerradas en La Merced, y más tarde llevadas a la Isla de los Sacrificios y confinadas en las sentinas de sus naves, a resguardo de las baterías de Ulúa. Cinco días sin agua ni alimentos permanecieron copados los infelices rehenes, hasta lograr reunir los 150.000 pesos exigidos como rescate de sus vidas. Los menos afortunados iban muriendo bajo la tortura, el hambre, la carga y estiba forzadas del mobiliario robado, cuando no de la venalidad de aquellas hienas… porque cada cual que llegaba, nos quería quitar la vida, y cuando se hacía más horroroso era de medio para la noche (sic), por emborracharse y quedar sin razón alguna, si es que tenían alguna que perder… nos dejará dicho el prior de los jesuitas capitalinos, testigo sobreviviente de aquel marasmo. La implacable disciplina militar de los momentos críticos, condenará a muerte en Juicio de Causa al Gobernador de Ulúa y Veracruz, por no haber sabido leer aquella estratagema pirática de libro a la luz del día.  

 

                     

                  Figura 15: San Juan de Ulúa, hoy

       

Compatriotas de hecho, pero piratas sin escrúpulos al fin y al cabo, ávido de riquezas Van Horn morirá a manos de Lorencillo, tras un reparto inconforme del alijo rebañado. Uno más de los frecuentes altercados y traiciones que, como un soplo del averno, dejaron los perros del mar para su intrahistoria. La Flota de Nueva España en arribada, ajena al drama que se estaba viviendo en tierra, había ido enfilando los rumbos de sus naves hacia el fondeadero de San Juan de Ulúa, dejando por babor la Isla de los Sacrificios. En ella habían visto las naves recaladas cuyos mendaces pabellones con el águila bicéfala de los Habsburgo no alcanzaban bien a distinguir. Tres días tardaron los últimos galeones en completar su arribo, y cuando los cagafuegos avisados y libres ya del protocolo de escolta, cazaron escotas en persecución de los felones, tres noches ha que Lorencillo y sus secuaces habían largado amarras y metido millas de por medio, favorecidos por el terral nocturno. Ninguna vela atisbaron en días subsiguientes los vigías de las cofas; parecían tragadas por el mar. A partir de entonces, la de Lorencillo se convertiría en obsesiva caza y captura durante años. Pero la Armada de Nueva España, no lograría apresarlo. Dos años después conseguirá tenerlo más a su alcance que nunca, en lo que podía haber sido la acción más brillante de su historia, pero escapará de nuevo al cerco virreinal, aunque cayera atrapado Bot, dado garrote más tarde. Es a raíz de estos sucesos cuando estudia Veracruz un “nunca más”, que empieza por completar el talud de sus murallas y perimetrarlas con un glacis que despeje toda proximidad equívoca por tierra. Únese a ello dotar de puentes levadizos sus puertas, y formar baluartes estratégicos en punta de diamante al itálico modo. En previsión de nuevos acosos, resabio de la eterna guerra en Europa, solo tres puertas darán entrada franca a la ciudad: la Puerta del Mar (NE) para acceder al muelle de mampostería, Aduana marítima y Plaza portuaria, donde se apilan los fletes y cargan las recuas y carretas ; la Puerta de México (SO),  que prolonga los caminos de la capital por Jalapa u Orizaba, y finalmente la Puerta de La Merced (SE) por donde se toma el camino costero de AlvaradoTlacotalpán, con su puente sobre el río Tenoyan.

 

Jalapa, tradicional área de asueto y descanso del Camino, era ya hacia el 1700 una villa consolidada. En ella, 240 familias españolas, embutidas en su matriz indígena, montaban una feria regional alternativa que había cobrado importancia en pocos años. Con mejor clima que la Veracruz costera, acabó ganando a sus clases acomodadas (comerciantes, oficiales y asentistas), para residir allí todo el año, fuera del tiempo de flota y feria.  Por su ruta circulaba el pasaje del puerto y el correo real de la Carrera de Indias, dirigidos por el Alcalde Mayor veracruzano, empeñado en controlar todas las cartas que desde España se trajesen a esta tierra, junto con la manufactura, los aceites de oliva y los caldos traídos de Sevilla. Una tradición inveterada desde que Juan de Escalante, el primero de la serie y retaguardia de Cortés, la implantara un siglo antes que su homólogo correo inglés lo fuera en 1635. En 1720, Jalapa lograría feriar por vez primera estas preciadas mercaderías llegadas a Veracruz, ferias que serían interrumpidas por 10 años, debido a la Guerra de la Oreja de Jenkins, para retomarse luego hasta la extinción del régimen de flotas (1778).

 

A partir de 1713 y consecuencia del Tratado de Utrecht, la Compañía Inglesa de los Mares del Sur, pasó a ejercer el monopolio de suministro de esclavos bozales para Nueva España, hasta el estallido de la Guerra del Asiento o de Jenkins (1739). Vino a sustituir abruptamente a la Compañía de Guinea francesa, que tradicionalmente había suministrado esclavos africanos a Veracruz durante las últimas décadas. Aunque traídos en origen de África, eran las islas de Jamaica y Barbados los centros de acumulación y reparto de negros de la nueva compañía inglesa. Salvaba con ello el trauma de su inicial captura y el viaje infrahumano que habían de soportar añadido, haciéndoles reposar y serenar ánimos de cara a la mejor presentación y aspecto físico de los esclavos ofertados. Una suerte de silos distributivos del humano cereal para el buen reparto de su grano.

 

En un lugar conocido como Pantaleón, seis kilómetro al NW extramuros de Veracruz, montaron los factores o representantes de la Compañía la correspondiente negrería para almacenado, lavado, desinfectado, venta y carimbado de bozales. Anexas a su instalación, se levantaron las propias residencias de los factores, jardines, arboledas y pistas de juego particulares, un verdadero oasis vigilado para disfrute de sus majestades los funcionarios. Tenían arrendadas tierras de cultivo, donde los bozales sembraban huertas para manutención de la troupe negrera, mientras allí permaneciesen. Su palaciega servidumbre componíase de mayordomo, cocineros, sirvientas, contadores, secretarios, almacenistas, subinspectores, cirujano, un juez… todos ingleses y dispuestos a solazarse con su reserva de licores traídos de Londres… hasta que un mayordomo, gatillo y bebida alegres, tomó a un mendicante franciscano por un asaltador de heredades, disparó y lo mató. O tal vez porque ignoraba lo que un misionero español suponía, por carecer sus colonias de arquetipos a ellos homologables. Unas semanas después una orden del Virrey obligaba a la Compañía a residenciar sin excepción en intramuros, y a reducir personal y dependencias a su estricta necesidad, contrastada por los veedores virreinales. Sus días de vino y rosas habían concluido. Uníase a ello que los cargos por viajes, enfermería, medicinas, manutención, vigilancia y demás contingencias, hacían peligrar la rentabilidad de la Compañía en su Terminal de Veracruz. Para conseguir una marca más precisa y distintiva sobre la piel del esclavo, exigieron a los compradores carimbos de plata u oro, además de conservarlos guardados en las cajas reales, con tres llaves repartidas, para evitar fraudes. Pero la Compañía, no solo había obtenido el monopolio de esclavos, sino logrado también licencia para traer un navío de permiso para vender en Veracruz 500 toneladas anuales de mercancía inglesa, que vender en Veracruz. Como pasa en estos casos de manga ancha, pasados unos años, aquel navío de permiso, había parido una flotilla de embarcaciones menores que multiplicaba el tonelaje admitido. Se generalizaron las protestas de los comerciantes hispanos, tanto de Sevilla o Cádiz como de la Nueva España toda… y el Virrey subiole impuestos a la Compañía.

 

Se constataba en el Virreinato, que los factores ingleses venían profundizando con sus acciones financieras hasta mercados tan lejanos como Acapulco, Puebla, Cuernavaca, Ciudad de México, feria de Saltillo o minas del norte. Resultaba cada vez más evidente, que aquella urdimbre económica, estaba utilizando el tráfico negrero como totémico Caballo de Troya para algo más que el jugoso mercado novohispano. La inquietante Albión, no iba a dejar de ser observada. Por otra parte, un llamado ejército de reserva libre, no otra cosa que la creciente oferta de mano de obra asalariada, producto del crecimiento demográfico de la propia sociedad indiana, mantenía a la baja constante la demanda de esclavos africanos. Ya criolla, negra, parda o mestiza, esta fuerza de trabajo emergente, además de resultar más barata, había crecido en su propio ambiente. Católica, hispanohablante, costumbres tradicionales asumidas, conocedora del trabajo demandado era residente de las repúblicas, barrios, haciendas o núcleos geográficos comarcanos. La época de las grandes pestes y grandes mortandades había periclitado. Las actuales generaciones mestizas resistían en mayor número y proporción los virus y bacterias presentes, tomadas antaño por exógenas. Sus sangres habían osmotizado sin duda los anticuerpos que no poseyeran sus ancestros. Tal vez las nuevas condiciones alimentarias e higiénicas, ayudaban a la medicina con otros bríos y logros, superando incluso fiebres traídas por los africanos.

 

El propio Adam Smith reconocería, años más tarde, la inviabilidad de aquel ocasional negocio negrero, compañero de viaje del navío de permiso, en el mercado indiano. Las pérdidas ocasionadas por negligencia, prodigalidad y malversación de fondos por los empleados de la Compañía, llegaron a ser una carga más insoportable que los propios impuestos… una compañía por acciones no puede prosperar en el comercio exterior, cuando tropieza con la fuerte competencia de comerciantes particulares, nos ha dejado escrito. Era evidente que el cuello de botella se estrechaba para la Compañía… y surgió el chispazo del caso Jenkins. Pillado con su barco en flagrante contrabando,  su desorejado capitán marcha a Londres, oreja en formol a mano, dispuesto a montarle un pollo en el Parlamento al prime minister Walpole en el Parlamento. Una oreja inglesa menos, casus belli. Y surge la guerra. Incomprensible, pero estas cosas pasan en Londres. La cruenta Guerra de la Oreja de Jenkins. ¡Que pensaría Isabel I, de haberlo vivido, ella, que había desorejado a unos cuantos cientos de disidentes ingleses!

 

En los primeros compases de la nueva contienda, Nueva España, mitad norte de las Indias hispánicas, aguardaba un ataque británico sobre Veracruz, enclave literalmente radiografiado por los factores ingleses, con posibles repercusiones en Puebla y México, a donde jamás deberían llegar sus casacas rojas. Ante tal amenaza, los caminos reales se tornan estratégicos y se elige el montaraz Cofre de Perote como centro yugulador de penetraciones hacia la capital. Sobre un área de 14 hectáreas se erige la Fortaleza de San Carlos, cuartel general y almacén de pertrechos bélicos, con baluartes adiamantados y foso inundable, artillada con 54 cañones de bronce y una dotación de 1000 hombres acuartelados, prestos a desplazarse tanto en apoyo del litoral como del Anahuac capitalino. La muralla de Veracruz, reforzada con otros baluartes y plataformas, es servida por cuarteles militares repartidos intramuros en 4 compañías de 100 milites cada una. Otra fuerza de 800 hombres de guerra queda distribuida extramuros en el llamado Regimiento de las Tres Villas, al estar formada por contingentes de infantes y caballeros de Orizaba, Jalapa y Córdoba. Uníase a ello, un refuerzo de 2.000 soldados enviados por el propio Carlos III desde la metrópoli, empleados mayormente en vigilancia armada de lugares estratégicos de  la costa y sus caminos al interior. No faltaron tampoco obras de mejora en el castillo de Ulúa, dotándole de revellín y baluartes para 125 piezas de artillería pesada, atendido por más de 500 artilleros y servidores en espera de cualquier aldabonazo bélico en el Golfo.

                                                                                                     

      Figura 16: La Fortaleza de San Carlos. El Cofre de Perote (1770)

 

 

La guerra con Britania sobreviene, pero Veracruz nunca es atacada. Manila y La Habana pagarán los platos rotos, capturadas y esquilmadas de obras de arte y documentos por el inglés, que se verá Inglaterra obligada a devolver tras un armisticio adverso. Devolución que hace en parte, y en nuevo juego de manos, oculta cartas naúticas robadas. Las de Manila iban a servir al capitán Cook para un aparatoso montaje mediático sobre sus descubrimientos en el ignorado Pacifico. Uno más, en su larga historia de contrabando y filibusterismo. Para recuperar estas plazas, debe España cederle a Inglaterra las Floridas novohispanas (del Este y del Oeste). Pero se ve compensada con la entrega de la Luisiana por su aliada Francia, obligada por Pacto de Familia a pagarle los débitos del conflicto. Y Veracruz dará cobijo a los indios floridanos de Pensacola, semilla novohispana fallida sembrada en la expedición de Tristán de Luna, que no quieren britanizarse bajo el nuevo azar del destino. Como tampoco lo querrán los indios floridanos de San Agustín, que solicitan su evacuación a Cuba.

 

En 1776 se precipita la insurrección de Las Trece Colonias inglesas de Norteamérica, y Carlos III, pivota sobre Nueva España el apoyo a la causa rebelde. En un esfuerzo invalorado como ariete, el Virreinato va a ser capaz de incrementar un 600% la producción argentífera de sus minas, para financiar los aportes españoles a la guerra. Desde La Luisiana, su gobernador Bernardo de Gálvez, sabrá recuperar las Floridas de manos inglesas. Otra sombra de desembarco masivo, esta vez hispano-francés, se cernía ocasionalmente sobre una Gran Bretaña obligada a desparramar su flota por el océano. La defensa de puertos atlánticos y pacíficos desamparaba el litoral de Cornualles, cuya temerosa población estaba abandonando, una vez más, los enclaves costeros para alejarse hacia núcleos campesinos más seguros y profundos. Un goteo humano, al encuentro de lazos familiares con que compartir esperas tensas en pueblos del interior. En este contexto y protegido por la Escuadra del Canal, sale de su base de Portsmouth un convoy de 55 barcos de transporte para ultramar. La larga retahíla flotante con armas, provisiones, uniformes, pertrechos, oro de soldadas y un refuerzo de 3000 infantes, enrumba al meridión en búsqueda de la corriente ecuatorial que les lance hacia el Caribe. A la altura  de Galicia, la Royal Navy torna velas a fin de no desguarnecer sus costas, lo que va a precipitar el convoy en manos de la Armada de la Mar Océana de Luís de Córdoba, que puntualmente informada, patrullaba avizor por aquella latitud del piélago. Era el descalabro final de la guerra,  que había de propiciar la independencia de Las Trece Colonias. Tras el Tratado de Versalles que la consagra, las Floridas volverán al Virreinato, sin que la mayoría de los indígenas emigrados, regrese de nuevo a sus fueros floridanos.  

 

Cuando Bernardo de Gálvez es nombrado Virrey de Nueva España (1796), apenas sobrevive a su cargo, sin poder vigorizar el comercio de Veracruz con los, nuevamente hispanos, puertos del Golfo, como era su intención declarada. No obstante, el remate del siglo XVIII iba a suponer para la Ciudad de Cortés, un notable crecimiento impulsado por el libre comercio asumido en el Imperio.

 

Pero con el siglo entrante y la invasión napoleónica de la metrópoli,  se cierne también sobre Nueva España la siniestra sombra del caos. Primero, serán las guerras civiles donde cabrillean curas sin sotana, gritos y silencios, ilustración y libertad, legalidad y oportunismo, sufrimiento y revanchas, que pugnan por reflotar en su popurrí el intrínseco México que parece hundirse, pese a ser soñado como nación por muchas de sus gentes. Luego vendrá el llamado periodo de anarquía más dramático de su historia, preñado de pronunciamientos, insurrecciones y partidas pugnaces, respaldados por puntuales ocurrencias y alquimias sociales, sin omitir la prepotencia de líderes transitorios, montoneros unos, generales de canana otros, de salón alguno, dictadores esenciales casi todos. Era preciso marcar claras diferencias con el pasado gachupín  de este México, heredero declarado ¡por fin! del imperio azteca. Había que arrancar de la simbología nacional los nombres malditos de España y de Cristo, lastre histórico, borrar sus huellas. Les habían robado el oro y el futuro, quemado sus dioses, matado a trabajar como esclavos, exterminado sus aborígenes por maldad intrínseca y genético sesgo asesino. Hasta el propio Colón era un genocida que había traído virus asesinos en su séquito, para acabar con el buen salvaje y su bucólica existencia en las ‘colonias’ españolas. Los gachupines jamás habían aportado nada, salvo fanatismo católico y atraso… Esta era la argamasa al uso para edificar el nuevo teocalli patrio, donde seguramente acabarían autoinmolados con sus vísceras tajadas por la obsidiana del rencor. Toda revolución, como Saturno, se come a sus hijos, es mantra atribuido a un Robespierre en desgracia camino de la guillotina. Y la saturnal mexicana se los comió a casi todos. Pero entre estudiosos, no deja de parecer esta muestra humana sino descompensada charanga de palurdos trasnochados por las calles de su pueblo en fin de fiestas. Fue empero orquestada ayer, como un ritornelo errante de las naciones de siempre, y es todavía hoy tarareada por algún desgreñado mental que sigue vendiendo humo a verbena concluida. Y el imprevisto palo de agua que vino a disgregarla, ha dejado charcos en las calles…

 

En 33 años desastrosos, México, la joya de una Corona caída, envidiada siempre por su potente vis de nación poderosa, se anonada histórica y socialmente entre cinco constituciones y un emperador de zarzuela; pero no más que lo hace contemporáneamente su considerada ya como madre putativa, aunque lo fuera de sangre, cruzando sus propios desfiladeros y orillando otras barrancas. ¡Más de un siglo de desencuentros, idearios sublimes, bálsamos sociales, cerrojos culturales y acomplejados egos, padecerían tanto la supuesta putativa como su hijuela cultural!. Abrumado por centenares de miles de muertes y la pérdida del 55% de su herencia novohispana a fauces de su vecina norteña, el México criollo de las primeras décadas no acertaba a reconocerse en su propio espejo. Texas, Nuevo México, Arizona, California, Colorado, Oregón, Utah, Nevada…quedaban muy lejos de aquella primigenia estampa del territorio comprendido entre Las Floridas, Canadá, el Misisipi y el mar….que fuera germen de su lindante crisálida. Aquel feto anglófono, a cuyo parto Nueva España asistiera cual solícita partera, había devenido dañina oruga rampante. De pronto, una metamorfosis kafkiana habíale mutado en furibundo teredo que horada y fagocita una y otra vez la  madera hispana a su alcance. Nueva carcoma imperialista era esta, válida para todo cuño. Y México, que cuenta en su bosque humano con tan dura madera como los viejos astilleros de Veracruz, debe rearmar presuroso un casco para navegar avante en el revuelto mar de los siglos. El hispanismo contempla absorto su botadura, en pecio reflotado pero bandera propia, confiando no ver anegada su sentina por aguas insalubres. Nos va mucho en ello al mundo hispano. Entre tanto explaya, suspiro y sueño, la bufona ironía de sus gentes, con el  porfiriazo de siempre ¡Pobrecito México, tan lejos de Dios y tan cerca de los Estados Unidos! que vino a coincidir con el abandono del antihispanismo y anticlericalismo oficiales. Ocurría esto un siglo después del mutis español en América.

 

Lo que hoy se conoce como México, en su etéreo universo atemporal de gentes y culturas acopladas, ha colisionado contra dos de los pocos Imperios que en el mundo han sido. Como Imperios sensu estricto que eran, punzaron su esencia y haberes. España lo hizo para construir nación, ensamblando en su matriz europea razas y culturas dispares, que cuadraron ciertas aristas, mientras aguzábanse otras. Durante tres siglos de su tiempo, intentó y logró en gran parte encolarlas a su propia alma, mediante la magia virreinal. Los EEUU, segundos en el suyo, solo alcanzaron a succionarle una mitad geográfica, sobre la que esculpieron nuevos estados de linaje ajeno. Su penetración neoimperial es en ellos tan directa y profunda como la anterior lo fuera, y notorio el camino recorrido en la marcha hacia su nueva meta de identidad nacional. Difícil situación la del México esencial de siempre, frontera del expansionismo físico y moral de otra estirpe que lleva en su ADN el sello de Imperio, a la vez que muro de contención de mestizos sureños que marchan al Norte para redimir políticas erradas durante dos siglos. Norte que, con rachas atemporaladas de su viento solano, agita la bandera que el mundo hispánico contempla como suya.  Sin olvidar el no vivir de Rubén Darío, que estas en los cielos del Parnaso Hispano, esencia y conciencia de un alma profética y temerosa, que sintiose aliviada tras su visceral alegato:

 

                                              Eres los Estados Unidos, eres el futuro invasor

                                              De la América ingenua que tiene sangre indígena

                                              Que aún reza a Jesucristo y aún habla en español

 

 

Figura 17: La Veracruz del México independiente. Lienzo de Rugendas

 
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Contexto Histórico de Veracruz – V

  Figura  13: Derrotero de la Flota de Nueva España y sus cagafuegos de guarda

 

Antes de 1554, la incipiente producción de metales preciosos de Nueva España, había obligado a la Aduana de Veracruz a fletar bajeles de cabotaje desde La Habana, custodiados en su viaje de regreso por dos galeones de la Marina Real. Era un primer esbozo de comercio con la metrópoli, teniendo a Cuba como parada y fonda. A partir de 1564 se establece el sistema anual de dos flotas merchantas que parten de Sevilla hacia Veracruz o Flota de Nueva España y hacia Cartagena de Indias o Flota de Tierra Firme, llamada también de Barlovento. Estas flotas partían en distintas épocas del año para desembarcar sus mercancías en los puertos asignados, montar sus ferias, y confluir de regreso en La Habana una vez concluidas estas. De allí regresaban a Sevilla, protegidos hasta las Azores por los poderosos cagafuegos de la Armada de Barlovento, relevados por los de la Armada de la Mar Océana hasta destino. Los galeones de la plata eran los encargados de portar en sus vientres el preciado metal, que bajo la forma de impuestos, situados virreinales o pagos de mercancías contratadas, cruzaban el Atlántico en ambas direcciones. Dos meses largos tardaba la Flota de Nueva España en cubrir sus 820 leguas de singladuras, desde su salida al mar atlántico por el Guadalquivir, hasta su arribo al peñón de Ulúa. Como si de una procesión ritual se tratase, iba cumpliendo su derrota etapa tras etapa, emitiendo en los pasos costaneros de Canarias, Dominica, La Española, Jamaica, Yucatán y Ulúa, los pertinentes buques de aviso para activar alertas de guarda en los puertos clave del recorrido, y prevenir de celadas corsarias los estrechos antillanos o sus comisuras isleñas.


En el tiempo de flota de 1568, se aguardaba en Veracruz la llegada del nuevo virrey Martín Enrique de Almansa, tras el aviso de arribo de los galeones con su manufactura europea. A la espera de sus velas, aparecieron otras cinco de barcos con banderas y grímpolas de Borgoña, que iban a fondear junto al peñón de Ulúa. Era la flota corsaria de Hawkins y Drake que con su exitosa añagaza sorprende y captura la guarnición del presidio insular. La vigente tregua con Inglaterra le ha librado de sospecha, y las baterías del fuerte isleño no abren fuego sobre la incierta flota arribada. Una población de 200 vecinos, establecida unas millas al norte, en la Antigua Veracruz de tronco y tablas, es asaltada por la turba pirática que se derrama por los arrabales desvalijando cuanto edificio alcanza. Pero hete aquí que, durante su febril ajetreo, es sorprendida la horda por una incrédula Flota de Nueva España y sus galeones de guarda, que rinden su arribo anual a Ulúa con algunos días de retraso.


Inglaterra, era nación de segundo orden todavía, basada su presencia comercial atlántica en el tráfico negrero con Iberoamérica y los golpes de mano sobre puertos indianos desprevenidos, además de una pequeña red comerciante con puertos del Canal y del Báltico. Carecía aún de la poderosa maquinaria propagandista que sacaría a la luz estos lances, magnificados y exaltados luego, soslayados entonces. Ninguno de sus intentos coloniales americanos había a la sazón fructificado, acabando todos en desoladoras hambrunas y coloniaje fallido. Solo la guerrilla marítima, capitaneada por marinos de élite, rentaba beneficios extractivos de la nación dominante y su comercio. Zarpazos aislados sobre naos merchantas, haciendas costeras o enclaves anónimos, incluso en tiempo de tregua como el presente. So pretexto de venganza, por la exclusión de la americana herencia del padre Adán, que el Papa Alejandro VI proclamara en detrimento de Inglaterra y resto de la Europa expectante, eran el corso y el contrabando dos inversiones rentables para la Corona Tudor. Isabel desplegaba sus fuerzas políticas contra el Rey de España, y procuraba arrebatarle los tesoros que extraía de las Indias occidentales, fuente de aquel poderío que hacía a Felipe tan formidable, nos recuerda David Hume. Ya veían los ingleses con envidia los progresos de los españoles y portugueses en las dos Indias… y era una felicidad que la guerra abriese una perspectiva a la ambición y codicia de los ingleses… Un engranaje de corsarios, apoyados por su sindicato de Plymouth que rentaba capturas como capital financiero, iba a gestar en apenas un siglo la formación de una verdadera flota para Su Graciosa Majestad. Los panzudos galeones españoles de mayor arqueo y lento andar, diseñados para navegar lastrados con 300 toneladas de tara mínima, de manufactura robusta para vientos largos y singladura oceánica, contrastaban con los barcos ingleses hechos para vientos costeros y virazón ligera, ágiles y maniobreros cuanto carentes de capacidad de carga, de porte mas apto para la pesca, el bojeo o el golpe audaz, que para el comercio atlántico de altura. Barcos ligeros, capaces de poner millas de por medio una vez cumplido cualquier pugnaz cometido, resultaban incapaces en cambio de remontar el Cabo de Hornos, hasta que lo doblara en solitario el propio Drake (1578). Con su nave capitana de 70 toneladas, luego de haber perdido la flota en el intento, lograría al fin superarlo. Había pasado medio siglo desde que Francisco de Hoces lo vislumbrara por vez primera (1526), cuando navegaba con Loaysa y Elcano rumbo a las Molucas. Eran tiempos de incipiente artillería a bordo, prácticamente ausente en barcos menores, que acusaban su peso y retroceso al disparo, con escora súbita por andanada, guiñadas de arribada, y distorsión del rumbo. Era por ello que el cañoneo de banda hacíase a barco acoderado, lo que equivalía a fondearlo, contrapesarlo y afirmarlo mediante tornapuntas o amarres supletorios a las cadenas de ancla. Se ablandaban así los bandazos del retroceso, y evitaba el cruce del rumbo con el barco avante, bajo los pulsos laterales de cada salva artillera. Tanto más cuanto mayor fuera el número de cañones por banda y el calibre de sus bocas de fuego. Solo cañones por proa o popa, herencia de las galeras mediterráneas, podían ser disparadas sin perturbar el andar del buque. Las piezas de a bordo, lo eran normalmente de sitio, ya culebrinas de gran distancia, cañones de media o pedreros de corta pero efecto metralla. Destinadas todas a desembarcar para emplazarse en tierra como artillería de campaña, útil para acosar plazas o despejar el campo a los infantes. La guerra en el mar propiciaba, por tanto, barcos de alto bordo y encuentros al abordaje, cuerpo a cuerpo entre tripulaciones enemigas. Era táctica preferida el cruce por avante del rumbo enemigo, virada final a rumbo de colisión, y descarga fusilera en ángulo ventajoso previa al impacto de cascos. Tras abarloar y fijar garfios, buscaban las turbas encrespadas, espada o hacha en mano, daga en boca, la carne enemiga.


Pese a la recíproca sorpresa del fortuito encuentro en el surgidero de Veracruz, la reacción de los recién llegados iba a ser más rápida que la flota corsaria. Siguiendo el protocolo de arribo, los galeones de guarda, pese a encabezar la comitiva naval, permanecieron en facha hasta que las naos merchantas hubieron trincado amarras en las argollas de Ulúa. Tiempo suficiente para calibrar desde sus cofas, el panorama táctico que se propiciaba. Terminada la maniobra, en derechura, a fuego de fusilería y pedreros de alivio, aproaron los cagafuegos al surgidero, dándoles andar con sus velas desplegadas. Barridas las cubiertas enemigas, caen al asalto sus infantes sobre los buques más pesados y arrancada lenta, quedados aún tras su presuroso izado de anclas, largada de amarras, ajuste de escotas y perezoso avante. Perderán en el lance los ingleses las ¾ partes de sus hombres y más de 1000 toneladas de la carga depredada en su periplo caribeño. En pleno zafarrancho, el joven Drake se escabulle en su ligero patache de solitario cañón en proa, tras su pariente Hawkins, capitán de flota, que lo hace en nave similar. Con los bordos astillados por los impactos de bolas de piedra, las velas desgarradas y atiborrado de tripulantes ajenos, Hawkins trata de maniobrar su escapada en medio de cerradas descargas fusileras desde el alto bordo y puentes enhiestos de los cagafuegos: sería el suyo el otro buque que iba a zafarse de la refriega. Ambos dos escaparon por el escaso arqueo y corto calado de sus naves, levando anclas prestamente y aproando al paso de aguas someras junto al cantil del islote de Ulúa, a todo trapo, en medio de una granizada de pelotería y palanquetas. El deshonor de esta huida rumbo a Plymouth, iba a marcar muchas de las actuaciones venideras de Drake, que buscará venganza para restañar su herida reputación tras el lance veracruzano. Hawkins, impedido de navegar en su astillada urca con tan sobrado pasaje, opta por desembarcar la gente superflua en la propia costa huasteca. Prometerá regresar con nave suficiente para retornarla a Inglaterra. Pero informado el Tribunal de la Inquisición de Pánuco, mandará rastrear el litoral en busca de aquellos luteranos sacrílegos que habían hollado símbolos y ministros católicos, profanando iglesias, robando sus vasos sagrados y desbaratando la feria. La Antigua Veracruz, montadas ya sus casetas comerciales, habíase despoblado como tordillos en desbandada bajo un disparo fortuito; pero pasada la estampida, iban a retornar al reclamo mercantil de sus haberes. Los herejes abandonados en la costa, serán capturados, sometidos en México a tres Autos de fe, quemados vivos varios, apresados temporalmente otros, mandados a galeras de por vida alguno y alguno más, mimetizado entre nativos, moriría según parece de malaria o descuartizado quizá por los chichimecas. Hawkins nunca regresaría a buscarlos.


Felipe II presionaba entonces en el Canal de la Mancha, donde cernía sobre Inglaterra la sombra de sus Tercios de Flandes respaldados por poderosa escuadra. Los ingleses, arrinconados en su isla como en un bote solitario, veían caer sobre ella la sombra de un gran bajel, nos dirá Chesterton analizando aquella hora. Los estrategas de la reina multiplicaban los ataques a puertos y navíos españoles tanto en aguas peninsulares como americanas, a fin de mantener alejadas de Albión las naves enemigas, factores del transporte y desembarco de los Tercios que temían. El corso inglés enfilaba sus rodas hacia el poniente pese a ser tiempo de tregua. Drake y Hawkins se harían famosos aquellos años en su isla por los lances predatorios contra las posesiones del Imperio Español. Una atronadora propaganda antipapista de consumo interno, se conjugaba con la necesidad de sacar pecho en contrapartida de la angustia que vivía el reino, de costas frecuentemente irrespetadas. Eran años difíciles para Isabel I Tudor, cabeza de la cismática iglesia anglicana, con una incómoda oposición católica en propia isla, mientras el rey español maquinaba su ruina. Sabedora del peligro en ciernes y la estrategia de sus consejeros, la reina no lo piensa dos veces, y en Plymouth visita la nave de un Drake exultante tras su vuelta al mundo, le sienta a su mesa y le arma caballero (1581). Ello pese a las protestas del embajador español que pide la cabeza del pirata, y que logrará la restitución de la mitad de los daños declarados por su embajada. Ganará la reina un aliado más para su causa y el afianzamiento de su cetro. Pero Su Graciosa Majestad se equivocaba en la valoración personal del nuevo Sir, porque el que era magnífico navegante de altura y estratega en corso, iba a resultar flaco capitán de grandes armadas, lo que habría de traerle a él y a su reina más de un sonado descalabro, celosa y oportunamente silenciado en su isla.


En la década de 1580, Felipe II había visto anexionada la materna Corona de Portugal a la suya paterna, y el Imperio heredado de Carlos V de Habsburgo cobraba con ello proporción universal. El sector calvinista de Holanda, en rebelión contra su legítimo y católico rey Felipe de Habsburgo que lo era también de España, iba a multiplicar junto a su aliada Inglaterra, los ataques de los desheredados de Adán, sobre las dependencias portuguesas de ultramar los corsarios holandeses, y españolas los corsarios ingleses. Era una tenaza de dos potencias emergentes, ávidas de tierras anexas a sus rutas comerciales, que parecían ser óptimas para competir comercialmente con la dominante España. Ante la nueva política, la fortaleza de San Juan de Ulúa se amplía y mejora. Fuera de sus muros, se levantan obras complementarias como la alcaldía y la iglesia propias, casa para los marinos de los galeones y galerías para estibadores y cargadores negros. Dentro del recinto murado, se instalan Aduana, cuarteles de tropa y almacenes de mercancía, a cobijo de sorpresivos ataques, en tanto se madura la idea de una Nueva Veracruz afincada en Buitrón.


Es a finales del decenio cuando Felipe II decide invadir el reino hereje de la belicosa y falsaria Isabel, atacante perpetua de las costas y naves hispánicas, en épocas de tregua, sin declaración previa de hostilidad, cuando sus flotas hibernaban al ancla con tripulaciones de retén. Desde los Países Bajos, cerca de 250.000 hombres de guerra y apoyo entre caballería, escuderos, artillería y hospitales de campaña, zapadores, artificieros, pontoneros, infantes, fusileros, ayudantes, intendentes, esposas, criados, meretrices y apoyos civiles de los Tercios de Flandes bajo mando de Alejandro Farnesio, Duque de Parma, el primer general de su siglo, se aprestan a embarcar. Serían transportados por 130 galeones, veinte carabelas y diez fustas de seis remos cada una. Felipe el minucioso, lo tiene todo preparado. La Gran Armada hispano-portuguesa, se apresta a cruzar con aquel pueblo de Dios el Canal de la Mancha, para soltarlo como plaga de langosta sobre la costa inglesa. Allí moran no más de tres/cuatro millones de seres, familias cuarteadas por la intransigencia dogmática de la Reforma luterana, martilladas en todo tiempo sus meninges por terrores panfletarios. Pasquines y billetes con dibujos mostrando los horribles instrumentos de tortura con que venía cargada la Armada de España, nación fanática e imperiosa, para torturar ingleses, según la abundante información gráfica que corría de mano en mano. Isabel pedía un esfuerzo supremo al pueblo inglés, para que aprontasen buques para reforzar su flaca armada, y luchar contra 50.000 infantes veteranos, dirigidos por oficiales de consumado mérito, ante los que no podía compararse en fuerzas navales, ni en número, disciplina, fama, experiencia, ni valor de sus tropas, nos recuerda David Hume en un alarde de sinceridad. El peligro que se cernía sobre la Pérfida Albión, era demasiado grave y real. Si el desembarco triunfaba, el humillado y perseguido católico isleño podría esquilmar como primera langosta del reino sus campos, sementeras, ganados y ciudades en propio reflujo de marea interna, pero proclamado a priori como apoyo al católico invasor. El inesperado desenlace del encuentro entre ambas Armadas, y el azar meteorológico del Canal, iba a conjurar el peligro. La Inglaterra anglicana pudo finalmente expeler de su pecho la respiración contenida. La devastación insular por los Tercios de Flandes y su universo gregario, habíase por el momento aplazado.


Tras un par de escaramuzas previas entre barcos que toman posiciones a barlovento (1588), el embravecido suroeste arbolará una mar que obliga a correr el temporal a la Armada española, anulado su resguardo costero a sotavento. El hecho de haber aterrado los barcos a la costa flamenca para embarcar los Tercios, habíase convertido en trampa mortal bajo la virazón del viento. Estrechaban las olas sobre los barcos ibéricos su cerco rompiente contra el escarpe costero, sin haber embarcado aún tropa alguna en sus playas. So pena de embarrancar y ajustando trapo, irán librando ceñidos por estribor sus escollos y promontorios, ganando braza a braza el resguardo vital de la costa y su calado. Rumbo N-NW tratarán de circunvalar Britania por aguas desconocidas y mal cartografiadas, para escapar seguidos un buen trecho, siempre a calculada distancia, por algunos barcos ingleses, pequeños navíos escorados por el peso de los cañones matiza Chesterton, que se aventuran entre aquellas olas. Lascarán escotas los perseguidos para propiciar el alcance bélico; lascarán escotas los ingleses para evitarlo: a enemigo que huye, puente de plata, dice un refrán que sabiamente aplican. Huyen los españoles del temporal, no de los enemigos. Como los atenienses en Salamina, tratan Lord Howard y sus capitanes de confirmar el alejamiento infinito de la legendaria flota de Jerjes. No vaya a ser que amaine la furia desatada y les dé por volver… Pero no amaina, y los barcos españoles irán cayendo desperdigados por acantilados y playas escocesas e irlandesas, en tanto los ingleses van guareciéndose en puertos propios a medida que el viento arrecia. Se sospecha hoy que trataron algunos de salvarse entrando de arribada forzosa en fiordos noruegos, donde han aparecido, no ha mucho, pecios ibéricos de aquella época por investigar. Regresarán los supervivientes a Santander, La Coruña y Lisboa, aún con velas rizadas de tormenta o aparejos de fortuna y tripulaciones diezmadas que traen mortal pestilencia a los puertos de acogida. Había concluido quizás el mayor riesgo existencial de Inglaterra como nación histórica. Lo que tenían enfrente era el imperialismo en su sentido más complejo y colosal, algo inconcebible desde los tiempos de Roma. Era sin exagerar la civilización misma. Fue la propia grandeza de España lo que supuso la gloria de Inglaterra… nunca podremos volver a ser ni tan pequeños ni tan grandes, confesará de su patria en aquella hora desesperada, que también vieron los siglos, Gilbert K. Chesterton en su Breve Historia de Inglaterra. Una forma humana de auto empequeñecimiento para multiplicar el efecto-éxito de su pueblo. A la par que legítimo orgullo patrio por haber superado con bien aquellas endiabladas termópilas. Y el eco de sus tambores de inesperada por sorpresiva gloria, siguen repicando aún en Albión.


Ciertamente otras horas desesperadas aguardaban al pueblo inglés durante el reinado de Isabel I, excomulgada por Sixto V, que había absuelto a los ingleses de su juramento de obediencia a la reina. El enfrentamiento España – Inglaterra era por aquellos años una suerte de pelea entre perro grande y perro chico, donde frecuentemente el chico se escabullía entre las patas del grande, aunque no sin astucia ni decisión. Tal cosa aconteció con el desastre de la Gran Armada, cantado cual inmarcesible gloria propia por los ingleses hasta el hartazgo, a la vez que convertida en leyenda con moraleja por su doble liberación nacional del Imperio Habsburgo y del Papado. Justa réplica al espíritu de cruzada que Felipe II y el Papa habían impreso a la Batalla de Inglaterra. Y tal cosa parece repetirse en 1596 cuando otra poderosa Armada española en ruta hacia Albión es herida y dispersada frente a El Ferrol por una de tantas galernas que baten el litoral cantábrico. Y en 1597, que repite en trágico ritornelo otro revés naval, esta vez frente al cabo Lizard, cuando un furibundo Eolo desbarata el nuevo desembarco español que atenazaba Cornualles. Su configuración insular vino a garantizar su existencia como nación, apiñada en torno al nacionalismo y su intransigente iglesia anglicana, que acabaría poniendo en fuga de la metrópoli a católicos y puritanos, con su Ley para contener a los súbditos. Dura lex que penaba con cárcel a quien no acudiese al culto público durante un mes, y destierro e incluso la muerte, para los reincidentes. Sed lex, dura también, para quienes se explicasen en términos sediciosos u ofensivos para la reina, (que) serían por la primera (vez) sacados a la vergüenza y se les cortarían las orejas… Ciertos mutis de aquella sociedad isabelina resultan incomprensibles para el observador continental. Entre ellos, el hecho en torno al catolicismo de William Shakespeare, cumbre del teatro moderno, pasando al galope sobre su heredad familiar y social, en los mismos campos que van siempre al paso los jinetes de la historia patria. Incluso con cierto menoscabo contemporáneo, que lo tilda de bárbaro, acepción que haría propia el ilustrado Voltaire y su troupe, siglo y medio más tarde.


Pero no era ciertamente este perro chico la mayor preocupación del Rey de España, sino el terrible Dogo Otomano, cancerbero de cincuenta cabezas, que no ha mucho había sitiado por segunda vez a Viena, y que gruñía y mostraba de nuevo los dientes ante el incómodo vecino. Constreñido en el Mare Nostrum, sin poder acceder al Atlántico pese a su vocación marinera, era una secular refriega la que España y sus itálicos aliados mantenían contra los bajeles de la media luna estrellada, vetando su salida al Atlántico. Era demasiado poderoso aquel otro Imperio del Este, para osar Felipe II invadirlo, como habíalo intentado con la Pérfida Albión. No habían pasado veinte años desde la victoria sobre sus galeras en Lepanto, y de nuevo los Bey y Dey otomanos, junto a otros príncipes tributarios de enseña roja, asomaban al Atlántico sus velas. Para acosar esta vez, no solo a la Flota de Indias, sino a todo enclave donde cautivar cristianos que vender en los zocos esclavistas de Argel, Orán, Tremecén o Bugía. Miguel de Cervantes, tres años prisionero en Argel, lo sabía bien. En contrapartida, el Rey Prudente solo había acertado a plagar su costa meridional de atalayas, alarma perpetua de las velas berberiscas. Los frailes mercedarios conseguían, entre tanto, los dineros exigidos para urdir nuevos rescates de cristianos. Y esta tensa convivencia mediterránea lastraba, como una pesada losa, las arcas de la Corona. Había iniciado el Imperio Otomano, una escalada de ataques turco-berberiscos, que presagiaban nueva yihad para reconquistar Al Ándalus, con el apoyo oportunista de Francia y Holanda, competidoras y enemigas de la hegemonía hispánica.


España arrastraba el lastre político, aunque económicamente rentable, del islamismo solapado en Las Alpujarras, región montaraz de la morería andaluza, no purgada por los Reyes Católicos tras la toma de Granada y su pactado bautizo cristiano. Una peligrosa quinta columna que Juan de Austria, hermanastro del rey y reciente vencedor de Lepanto, había extirpado (1571), expulsando su mayoría al norte de África, dispersando por Castilla al resto, y vendiendo como esclavos a los prisioneros, contrapartida de las capturas berberiscas de cristianos. No pudo en cambio auxiliar a Túnez, protectorado de la Corona española, como tampoco evitar la pérdida de Chipre, donde la ambigüedad de la Republica de Venecia fue causa determinante de aquella merma. Eran eslabones en una cadena de hechos bélicos continuados, con su hito en la toma de Malta, salvada in extremis por las galeras de Felipe II. La isla maltesa era sede de la Orden de San Juan de Jerusalén, reminiscentes cruzados del Temple (Templo de Salomón, Jerusalén) expulsados del Crac de los Caballeros, su bunker en Siria. Punto estratégico de aquellos siglos, era la isla defendida en tierra por sus bravos monjes-soldado y que socorrían por mar España, el Papado y los ducados y repúblicas itálicas, con sus flotas. Su caída en manos otomanas hubiera sido letal para el cristianismo mediterráneo. El evidente liderazgo de España, abierto a todos los mares y continentes conocidos, resultaba un sin vivir para su Corona, que pese al formidable tesoro de sus virreinatos de Nueva España y El Perú, sufrió repetidas bancarrotas de su hacienda. Aplazamientos del pago de su deuda diríamos hoy, externa a mayor INRI, por ser sus fiadores banqueros genoveses y alemanes, que españoles de solvencia no los hubo en aquel siglo.


Tras la debacle del Canal de la Mancha, la conocida explotación del éxito, explicada en cualquier manual de táctica militar al uso, quiso ser esta vez prestamente rentabilizada por los estrategas isabelinos con la que hoy conocemos como Contraarmada inglesa. English Armada para quienes la financiaron. Al año siguiente del fracaso naval español en el Canal, una flota con cerca de 200 velas y 25.000 hombres de desembarco y maniobra capitaneados por Drake, se hace a la vela rumbo a Santander, La Coruña y Lisboa: vienen a destruir la escasa y maltrecha flota enemiga allí refugiada, a la vez que saquear sus posesiones y humillar al diabólico Felipe, el demonio del sur. Cuentan para ello con la flota orangista y el flácido entusiasmo luso, bajo la férula del monarca español. Pero la estrella del famoso corsario flaquea cuando lisboetas y coruñeses responden bravamente ante un primer ataque de quien consideran enemigo de su fe. La inexperiencia sobre la logística de grandes flotas, iba a desacoplar la actuación inglesa, que se vería avocada al desastre desde sus primeros vientos. Por Santander, base principal de acogida y reparación de la Grande y Felicísima pero descuajeringada Armada de Felipe II, ni siquiera verían aparecer sus velas. Cuando los barcos anglo-holandeses navegaban ya en confusa desbandada hacia Albión, serían numerosas las zabras del Cantábrico que iban a salir en su búsqueda, a la caza y captura de naves dañadas o con tripulantes diezmados o enfermos, que no podrían defenderse. Tarde cunde la noticia en la bahía de Santander, que envía galeones a medio reparar y urcas de cabotaje, con tripulaciones improvisadas de marinos y pescadores, tras esas mismas velas que se alejan mar adentro. Más de una docena de ellos regresará a sus bases llevando a remolque su propio bingo. De regreso a Plymouth, la pérdida constatada de 22 barcos grandes y la mitad de los hombres embarcados tres meses atrás, irrita al Consejo Real, en la que supone negligente derrota sufrida en aguas ibéricas por su impertérrito campeón. Cosas que pasan cuando el voluntarismo supera a la realidad. Drake, acababa de terminar su fantasiosa partida de bolos que, según el narcisista oráculo isleño, ni se inmutó en interrumpir cuando le informaron que las velas de la Gran Armada blanqueaban el horizonte. No parecía inmutarle tanta vela al viento que todas las naves llevaban tendidas… la armada avanzaba lentamente cual si gimiera el océano bajo aquella inmensa pesadumbre y no bastaran los fatigados vientos para mover aquella gigantesca mole… en forma de media luna que abarcaba una distancia de siete millas de un extremo al otro… todo un magnífico espectáculo, al decir de algunos videntes. La fanfarronada drakeña, de incierta veracidad pero tópica y tercamente repetida aún hoy en su isla, fue reprimida y apalancada al año siguiente, con sus propios bolos y bolas desbaratados frente a las costas portuguesas. Solo en ellas se estima cayeron 7000 de sus pupilos.


Al pirata Sir Francis le sería denegada toda capitanía de flota durante los seis próximos años. Esta vez no medió en el resultado meteorología alguna. Ni había tregua que tomara desprevenidas las defensas peninsulares, como era moneda habitual en sus campañas. Los estrategas británicos, crecidos por el éxito del encuentro y su restallante nacionalismo, incluidas ignorancia, impericia, munición equivocada, cañones mal fundidos, barcos mal ensamblados, y atraso naval enemigos, nada sinceros, se creyeron su propio relato prêt-à-porter, en clave de consumo interno… válido solo para el cortoplacismo de sus claques. Había que salpicarse el pasado miedo de encima. Pero contra lo que su regocijada prepotencia aseguraba, resultó que no, que los galeones españoles ni eran demasiado altos para sus barcos, ni se perdían sus elevados disparos en el aire, ni abandonaban los barcos al furor de la tempestad al verse incapaces de dirigir barcos tan pesados… como alegaba el historiador y filósofo David Hume sobre la jornada de La Mancha, además de otras ingenuidades frecuentes de hallar entre autores ingleses que describen ese y otros lances en los mares. Y esa falta de pericia y conocimiento lo achacaba ¡que curioso! a quienes habían hecho del Pacífico un lago español y del Atlántico un mar interior.


Vamos a ver marineros.


Así se jactaban quienes apenas conocían el Pacífico sino por los mapas de españoles o portugueses que allí habían navegado para levantarlos… y regresado para confeccionarlos. Apenas ocho años hacía que asomaran por vez primera la roda cinco de sus barcos (solo uno entró y salió vivo), al Piélago que cruzaran Elcano y Magallanes sesenta años antes. Y que Loaysa y nuevamente Elcano, cinco años más tarde, volverían a cruzar. Y que por su Norte Urdaneta y Legazpi conectaran de ida y vuelta el mundo asiático con el hispánico de Nueva España, antes que sus aguas mojaran casco inglés alguno. Y que varias decenas de sus navegantes garabatearan aquella centuria sus aguas en busca de nuevos mundos… entre ellos la Austrialia que tal nombre le inventaron en honor de la reinante Casa de Austria y hoy conocemos como Australia, aunque pese a intuirla, no lograran encontrarla… o sí, que pecios ibéricos del siglo XVI han aparecido en sus costas para regocijo de historiadores y arqueólogos… Ciertamente, solo la ignorancia puede generar tal osadía informativa. ¿Resulta creíble que el ilustrado filósofo e historiador Hume escribiera en 1760 su Historia de Inglaterra vertiendo opiniones tan desacertadas e inexactas sobre la España del siglo XVI?. Solo cabe pensar que nuevamente la neblina del nacionalismo, debió impedir ver el bosque de las evidencias… o simplemente, las desconocía.


Comprobarían los ingleses en propia carne, que la realidad era muy otra de la que sus paniaguados pregonaban. Parecía que súbitamente los artilleros de oficio habían aprendido a disparar sus católicos cañones, a horquillar su puntería. Y que sus macizos paquebotes no eran tan torpes en aguas abiertas como lo daban por hecho lenguas británicas. Digerida la adversa lectura inglesa, iba España a reponer su capacidad naval ‘online’, en pocos años, tan pocos como para seguir liderando durante al menos medio siglo más, sin tendencia a la baja de su capacidad constructiva ni defensiva, la élite marítima europea del transporte y de la guerra. Hasta que se lo arrebataran los holandeses tras la jornada de Las Dunas de Kent. Resultaba que también los astilleros del Cantábrico, además de construir desde siempre los mejores galeones del Atlántico, bajo rigurosos criterios navales emanados del Consejo de Indias, habían asumido una súbita productividad para sus diques. Y todo ello, con solo haberse dado una vuelta por Inglaterra… Alrededor, solamente… ¡lo que les había cundido!


La tautología de los barcos ingleses, pequeños, ágiles y manejables, resulta perogrullada sabida por cualquier aspirante a Patrón de Yate. Una de las primeras cosas que aprende por seguridad propia, es que un petrolero tarda varias millas en virar por mucho timón a la contra que meta súbitamente el timonel. La inercia del paquebote, directamente proporcional a su andar y desplazamiento, determina su virada, mucho más barrida de limpiaparabrisas de auto, que ciaboga de trainera cántabra. Pese a tener la vela derecho de paso sobre el motor ¡sálganse de su rumbo los veleros deportivos!… Todo barco que gana porte, pierde agilidad. Un buque-escuela no maniobra como un 41 pies, por muy marineros que sean ambos a la vela. Tal era el caso de la confrontación en el Canal. Los comerciantes ingleses preferían fiar sus mercancías a barcos extranjeros (hanseáticos de la Liga, sobre todo, pero también flamencos), antes que adquirir naves mayores y más caras. Los bajeles ingleses eran tan pequeños, salvo algunos navíos de guerra de la Reina, que no había cuatro buques mercantes que pasasen de 400 toneladas. Frecuentemente la Reina habíales animado a construir mayores barcos. Y era hora de ponerlo en práctica, si quería Albión madurar su liliputiense Armada. Seria precisamente el galeón ibérico el modelo a seguir, y mejorar si cabe, por los armadores ingleses y holandeses, que sabían la dependencia directa del subsistir a cobijo de poderosa flota. ¡No pocos barcos españoles capturados fueron remolcados a puertos ingleses para ser estudiados!. Desde siempre. Pero dejemos suposiciones y vayamos a cifras. Al morir Isabel Tudor (1603), el número de naves de su Real Armada era de 42… ninguna de ellas llevaba arriba de 40 cañones, solo había 4 que tuviesen ese número, 2 de mil toneladas, 23 inferiores a quinientas, algunas de cincuenta y muchas de veinte, insiste implacable David Hume, el, a veces riguroso contador, pensador escocés. Aunque en apenas un siglo, iba aquel propósito regio a tomar cuerpo de nauta.


El galeón español era en cambio, nave con castillo de proa prominente y popa elevada, y un arqueo variable entre 500 y 1600 toneladas, aunque predominaban los de 566 toneles. Su dotación artillera era selectiva entre 55 a 80 bocas de fuego por nao, repartidas en dos puentes y tres alcances: el largo de las culebrinas, el medio de los cañones, y el corto de los pedreros. Lanzaban las culebrinas proyectiles de hierro o pepinos a gran distancia, cuyos impactos dañaban casco, velamen y gente de a bordo. Hacíanlo los cañones con bolas de hierro esféricas o no, pero también palanquetas, angelotes, enramadas, cuatrorramales, etc, que siendo cargas centrifugadas por el alma del tubo, se desplegaban en su trayectoria de diferentes formas para desarbolar al rival o desgarrar sus velas. Los pedreros lanzaban bolas de piedra caliza que se cuarteaban en el aire actuando como metralla graneada sobre las cubiertas. La carabela, el otro tipo de nave presente en la fallida batalla del Canal de la Mancha, era nao redonda de castillos realzados a proa y popa, muy marinera en aguas abiertas y ola larga, llevaba nutrida fusilería en sus castillos y ribadoquines de calibre menor para su defensa, tal como su cometido de transporte requería a fines del siglo XVI.


Está claro que con los barcos de poderoso bordo que utilizaba la Armada Española en aquellos siglos, su táctica dominante en la guerra del mar era el abordaje, previa barrida de cubiertas adversas. De ello se encargaban los pedreros y las descargas de fuego desde la ventajosa posición de sus castillos, mediante mosquetes, trabucos y mosquetones. Conocida esta realidad oponente, la Armada Inglesa, tenía que optar por el cañoneo a distancias media y larga, para evitar peligrosas cercanías de los enhiestos galeones y su mortal abrazo de oso. Recibieron sus capitanes la orden de que no embistiesen a los buques españoles a quienes su tamaño, no menos que el gran número de soldados que llevaban, hubieran podido dar mucha ventaja… y que se limitasen a cañonearlos desde cierta distancia… que aprovechasen los vientos, las corrientes y todos los azares favorables… Eran ambas Armadas en número parecidas, pero contrapuestas estampas del perro grande y un perro chico siempre más ágil que el grande, que debe escabullirse a tiempo o perecer entre sus fauces. Esa era la guerra galana de los hijos de Albión: no dejarse copar sus pequeñas naves por el poder de las grandes. No solo con maniobras previas, sino con fuego oportuno en tiempo y separación, para evitar toda proximidad peligrosa. Su táctica: mantener distancias hasta ablandar la artillería de a bordo y tratar entonces de copar la nao enemiga. O que un afortunado disparo a la santabárbara la hiciera saltar por los aires.


En cuanto a los cañones empleados en cada nao, era ciencia particular del cometido del barco y su arqueo, las aguas que había de transitar, el peso de cada cañón, si bronce o hierro, el tipo de enemigo que iba a combatir, la servidumbre de hombres y el espacio operativo que cada pieza imponía. Como también lo eran la carga y tipo de pelotería que debía impulsar, su radio de acción y cadencia, el retroceso individual y colectivo de cada pieza artillera según alcance y masas propia y expulsada, toda la ciencia en fin que atesoraban los tratados al uso y la propia experiencia. En igualdad de otras condiciones, los cañones de largo alcance o grueso calibre precisaban una mayor masa inerte capaz de disipar el culatazo de la pieza, mera reacción del impulso conferido al proyectil. Eran por tanto más pesados. Con los grandes barcos que manejaban, llevaban los españoles de la Gran Armada, 2630 cañones de cobre (sic, bronce) de grueso calibre, con bastimentos para seis meses… Se trataba por tanto de cañones pesados.


Los barcos pequeños en guerra galana, precisaban también cañones pesados, capaces de absorber parte del retroceso impuesto por el impulso de sus proyectiles, ya fueran de medio o lejano alcance. De otra manera una andanada lanzada por cañones sin amortiguar retroceso, transmitía su impulso íntegro al barco, que sufría con cada secuencia artillera peligrosas escoras y derivas del rumbo. Además de las consabidas fatigas y desajustes estructurales por disipación del impacto sobre bordos, mamparos, cubierta, herrajes, anclajes, baos… que obligaban a revisiones periódicas. Por eso Chesterton, fino observador, cita como pequeños navíos escorados por el peso de sus cañones al referirse a la marina inglesa, ya descrita la dimensión de sus naves por el escocés Hume, que no entra a considerar la sutileza del inglés, quien marca en cierta forma la pauta de lo hasta aquí expuesto.

 

Figura 13a-Veracruz desde el mar. Rugendas


Así las cosas en Europa, el descubrimiento en Nueva España de otras vetas de metales preciosos en el interior (Zacatecas, Guerrero, Sonora, Chihuahua), junto al aumento de la producción de lingotes de plata en las ya existentes, suponía un poderoso respaldo al desarrollo del virreinato y su red de caminos reales. La obtención de plata favorecida por el amalgamado con azogue del mineral argentífero (1555) había incrementado notablemente el rendimiento de su explotación. Veracruz y su feria crecían como nexo obligado de unión con la metrópoli, potenciadas por el mercado interior del virreinato. Fundada la Real Casa de la Moneda de México (1535), Ceca matriz de América, habíanse acuñado sus primeras monedas de plata fina, conocidas hoy como “de Carlos y Juana”, por llevar indelebles en su haz los nombres del joven emperador y su madre viuda, la reina de Castilla. Eran monedas troqueladas a golpe de martillo sobre cuño, macuquinas irregulares pero de excelente ley, que cambiarían de formato y tamaño con el nuevo siglo, para acabar invadiendo los mercados asiáticos y europeos como Reales de a Ocho, Pesos (por su invariable “peso” de ley en plata pura) o Pelucones (por las pelucas de época que mostraron sus regias testas durante el siglo de las luces). Humbold, a dos siglos y medio de su fundación, consideraba esta Ceca como la primera del mundo, digna de ser observada por el orden, la actividad y la precisión que reinaba en todas las operaciones de su braceaje. Con 400 obreros directos, además de diseñadores, grabadores y administrativos, era entonces capaz de acuñar más de 30 millones de monedas anuales.


No había sido fácil la mentalización previa, e implantación posterior de la moneda, en una sociedad de trueque ancestral. Ninguna implantación forzada lo es. Los primeros españoles de Veracruz, trocaron los alimentos y artesanías indígenas, por abalorios, espejuelos, tijerillas o cascabeles, porque no otra cosa atesoraban que interesase al colaborador o al oferente local. Llegaron luego las encomiendas para los elegidos, con el trabajo forzado del indio a trueque de cobijarlo, instruirlo y alimentarlo. Pero, quienes en mayoría no eran encomenderos, no tenían cómo pagar al totonaca amigo, su parte de sudor aportado en el montaje de cercas, apertura de zanjas o pastoreo de ganado. Aún no habían generado producto alguno que trocar. Severas hambrunas hubieron de padecer aquellos emprendedores de primera hora, blancos o negros, que para todos hubo. Rechazaba el indio las monedas de vellón que los colonos ingenuamente le mostraban, asignando un cierto número de ellas para valorarles cada trabajo hecho. Aquellas pequeñas piezas de metal cúpreo, eran una ofensa comparativa para su etnia que lucía dijes de oro y pagaba su tributo en mercancía. Tenían razón. Lo que no tenían por qué saber es que Las Médulas, el yacimiento aurífero más importante de Europa (hoy parque temático y patrimonio de la humanidad), había sido agotado diez siglos antes por los romanos, privando al ibérico ciudadano de futuros oros en su pecunia de curso legal. Trajeron la civilización que dejaron, y no procedía lucubrar demasiados lamentos contra el hacer de aquel Imperio. Los Imperios primorosos, se parecen mucho a ti, sacan oro, ponen alma, siembran todo… son así, les hubiera explicado el gran Rubén Darío acerca de aquella nueva circunstancia y su precedente histórico, que nunca entendieron. Aún hoy, siguen muchos sin entenderlo.


El problema de compaginar el trueque indígena con la pieza monetaria empleada en Europa, resultaba difícil para todo quien demandara mercancía, si carecía de la moneda para poder comprarla. Dado el rechazo indígena, aunque la trajera, poco o nada lograba trocar por ella. Lentamente fue, empero, entrando en razón aquella sociedad ensimismada en su ayer, hasta normalizar un mercado imprescindible. Para poner en circulación una masa monetaria suficiente, partiendo del cero físico y mental experimentado, se enviaron remesas de moneda de las cecas castellanas, con circulación válida para nuestros reinos de ultramar. Ellas fueron las encargadas de monetarizar con éxito las transacciones internas del Imperio, en su trayecto hacia un mercado desvinculante del trueque. Carlos V encargará al Virrey Mendoza la tarea de poner en marcha la primera casa de moneda de América. Mendoza, valioso hombre – comodín, todero de acción y actuación, había sido Tesorero de la Casa de la Moneda de Granada, la ciudad de su infancia. Conocía la interioridad del proyecto y se puso a trabajarlo siguiendo la voluntad del César. Como primera medida contaría con los indios de Xiquipilco, excelentes orfebres, labradores y fundidores de metales preciosos, para laborar en la sala de troqueles, corte y afinado, las piezas. La Casa de la Moneda iniciaría su andadura virreinal domiciliada en las llamadas Casas Viejas de Moctezuma en Ciudad de México, apoyada en la excelencia artesanal de los indios y un préstamo real de mil marcos de oro, a devolver con futuros impuestos.


Pese al hallazgo de yacimientos de oro, pocas iban a ser las monedas áureas emitidas en las cecas de Nueva España. Fue solo a partir de 1676 que fuera autorizada la labra en oro del escudo y del doblón (ocho escudos), dando lugar al tradicional bimetalismo históricamente vigente en España. La razón de esta primitiva prohibición real sobre la acuñación del oro, se basaba en dos circunstancias, siendo la primera y principal, que España lo precisaba para pagar deuda externa contraída en países de patrón oro. Nueva España en cambio, era potencialmente capaz de invadir cualquier otro mercado con su plata, aunque no estuviera todavía autorizada a comprar ni vender fuera del Imperio. Dejó por ello de imprimirse en las Casas Viejas moneda de oro, y el metal aurífero de Indias tomó el camino de Sevilla en forma de lingotes, adquiridos por la Real Hacienda a expensas de los financieros-propietarios de las minas. El asiático iba a ser muy pronto presa favorita de Nueva España, forzando allí la asunción del patrón plata, cuando no el bimetálico, para hacerlo extensivo más tarde a una gran parte de Europa. Apenas un siglo había transcurrido, desde que la semilla de cacao circulase como habitual moneda en la Nueva España que nacía, hasta que su pecunia de plata incidiese con sólida demanda en los mercados del mundo, desde la China a Rusia y el Imperio Otomano. Especialmente desde mediados del siglo XVII.


Pero esta progresiva riqueza virreinal, venía aguzando peligrosamente la codicia de otras banderas, que multiplicaban sus acciones pugnaces en todo tiempo. A ellas habíase unido la plaga de los perros del mar y del contrabando, hasta tornar irrespirable la atmósfera transitiva de aquellas costas. Los frecuentes asaltos piratas sobre naves solitarias, obligaron al Consejo de Indias a condensarlas en flotas, que acabarían siendo escoltadas por una Armada de guarda. Vino con ello España a introducir, con su Carrera de Indias, los convoyes masivos de naves, protegidos por una envolvente de maniobras complementarias en salida de puertos, arribadas y pasos costeros peligrosos, mediante estrictos protocolos a seguir por la Flota mercante y su Armada consorte, suerte de danza nupcial de urogallos en celo. Armada que propició los afamados galeones cagafuegos, ocasionales volcanes flotantes de la época, con sus 40 y más bocas de fuego y súbita erupción artillera de bolardos y palanquetas con el barco a toda vela. Con el nombre de Armada de Barlovento o de Nueva España, y compuesta por una almiranta, una capitana, un par de galeones de la plata y algunas naos de aviso y comparsa, esta pequeña pero eficaz flota bélica, iba a fijar en Veracruz su base nórdica del Imperio (1546).


Pese a la rémora contrabandista, en su puerto llegarían a registrarse hacia España mercancías por más de 34 millones de pesos en los mejores años de su Aduana, y otros 5 millones más con rumbo a la Hispanoamérica atlántica, donde Tierra Firme y Cuba eran principales destinos. Más de 250 naves anuales derramaban productos novohispanos por los mares atlánticos fuera del Golfo de México. Cera, azúcar, cochinilla, añil, cueros, jabón, palo de tinte y pimientos, eran las ofertas masivas de su Aduana. Sus registros de entrada alcanzaban cifras máximas con los vinos, ropa, papel y libros, sardinas y anchoas, aceites, cordajes, linos, paños, sedas y gasas, hilo, corcho y clavazones de España. Pero también imaginería religiosa para iglesias y conventos, y selectos lienzos al óleo para ciertos próceres, además del cacao y café llegados de Maracaibo, Puerto Cabello y La Guaira, demandados para consumo interno.

 
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Contexto Histórico de Veracruz – II

El Código Mendoza (1535) enriquecía la visión urbana de Vitruvio. Preconizaba el diseño de las ciudades según clima y posición geográfica. Calles amplias y oreadas, con edificios no muy altos y buena luz, para climas de montaña e inviernos frescos; calles más estrechas y edificios altos de sombra y refresco, en climas tórridos. Y todas las calles, aptas para el tránsito de carruajes de posta o privanza. Posteriormente el Plan de Ordenamiento Urbano de Indias (1573), decretado por Felipe II, será la directriz urbana básica seguida por Antonelli y Valverde para el asentamiento de Veracruz frente al peñasco de Ulúa (1590). El  nuevo Ordenamiento prohibía fundar ciudad alguna sobre asentamientos indios, como habíase hecho en los primeros tiempos de la conquista, pese a las quejas del mundo indígena. Seleccionado el lugar adecuado, un oidor de vientos (equivalente al meteorólogo de hoy), debía emitir su preceptivo informe para definir la orientación de las calles, una vez que los veedores adaptábanlas a la rasante del terreno y al arrastre de la arena y turbulencias eólicas que sus médanos costeros propiciaban. Este enfoque iba a perdurar sustancialmente hasta los días de Carlos III (1764), cuando los repartimientos de ejidos y tierras comunales del municipio, serían controlados por comisionados ad hoc, nombrados por el visitador real. Los días del  repartimiento ante un Notario  nombrado a dedo, como en tiempos de Cortés, habían terminado.

 

El desarrollo del proyecto de Antonelli y Valverde para fortificar San Juan de Ulúa,  iba a encontrar el inconveniente del forzoso laboreo indígena. El virrey Luís de Velasco, en carta a Felipe II, desaconseja las obras del fuerte por falta de mano de obra,  pues no habiendo en esta tierra otra sino de indios, sería acabar con los pocos que hay en la comarca, y traerlos de otra…sería traerlos a morir…imposible continuarse ni hacerse en ningún tiempo (la obra), si no fuese con negros… estribillo éste que el ya anciano monarca, había escuchado como pertinaz eco de voces autorizadas en cualquier latitud del imperio indiano. La imposibilidad de acometer infraestructuras vitales en un mundo enquistado, a partir del esfuerzo de unos aborígenes que enferman, fallecen o huyen a los montes, ante tareas de obligado desarrollo, acabará convenciendo al Rey Prudente para abrir sin ambages las puertas a la esclavitud negra. Tal como venían haciendo las otras colonizaciones europeas. A ojos renacentistas, la gigantesca tarea de movilizar hacia el progreso aquellas preteridas sociedades  indígenas, era tarea punto menos que imposible, al no poder contar con una mano de obra fiable capaz de ser activada in situ.

Figura 5: La Tenochtitlán que le esperaba a Cortés. Mural de Diego Ribera

       

El surgidero de San Juan de Ulúa había sido, en los primeros años de La Villa Rica,  un solitario arenal de escaso calado, protegido por el islote que socairaba de los nortes unos fondos de firme agarre al ancla. En derredor y separados alguna milla, emergían media docena de peñascos de múcara coralina (coquina), que salpicaban y complicaban las aguas navegables del contorno. Dos canales permitían acceso y salida entre los bajíos circundantes, ya con los nortes dominantes del otoño e invierno, ya con los lestes del verano. Pero imprevistos ciclones habían desbaratado flotas sin poder auxiliarles resguardo ni escape. Sobre el primitivo presidio del peñón de la conquista, habíase erigido en 1531 una torre con farola, para orientar en horas oscuras los rumbos convergentes. Años más tarde serían dos las torres levantadas, entre las que mediaba una muralla de cal y múcara de dos brazas de altura y 20 pies de espesor. A lo largo del paño habíanse fijado aldabones de amarre, cambiados más tarde por argollas, que ahora se pretendían ampliar para cobijar mayor número de naves.

 

Dos desastres navales iban a perdurar en la memoria colectiva de los veracruzanos. El huracán de 1552 y el norte de 1590. En ambos casos las embarcaciones, amarradas al resguardo murado de Ulúa, fueron trituradas por una resaca espumosa de formidables vientos, capaces de arrancar campanas de las espadañas, volar botes sobre el agua y planearlos sobre el islote, apelmazar en esquinas, socaires y zaguanes, montones de algas removidas por la mar de fondo, y succionarlas como arena de playa por una tromba marina desatada. En el segundo, las 52 naves de la Flota de Nueva España que enrumbaban a Veracruz luego de haber desgranado cuatro de ellas a Campeche, se vieron copadas por las primeras rachas atemporaladas de un norte desabrido. Trataron de entrar a Ulúa algunas, corrieron otras los vientos al suroeste, y se perdieron 17 de ellas entre las olas. Pipas de vino, toneles, fardos y cajas, resmas de papel blanco, libros, partituras sacras para coros y conventos, pesos de plata del situado real, telas y confecciones, herrajes, lienzos al óleo, fueron apareciendo, embalados algunos, desgarrados otros, por las playas meridionales del seno mexicano. Las naves que lograron trincar tempranas amarras en Ulúa, hubieron de largarlas presto, para correr a palo seco entre las rompientes. Las que no pudieron hacerlo, perecieron en un proceso conocido e ineluctable para todo barco de medio o bajo porte, cuando sujeto al ancla o amarre en corto, es presionado por ventadas de larga racha. El fuerte viento sobre la obra muerta tensa cadenas y calabrotes, las proas no cabecean libres bajo una cadena que tira e impídelas remontar, las olas comienzan a pasar por cima o romper sobre careles y puentes embarcando espuma y agua, el barco se anega y presenta una arfada menguante, sentencia de naufragio, juguete inerme entre aguas, que acaba rematado por el confuso vaivén de fondo que lo desguaza. Los hombres de mar danlo por sabido, aunque así no sea para quienes desde tierra lo observan desesperados.

 

La orografía dunosa del surgidero de Ulúa y las corrientes marinas de la costa durante el temporal, anegaron de arena los fondos de ancla y canal, que complicaba el mantenimiento operativo para la próxima entrada de los panzudos galeones de la Flota. Pero no existía otro cobijo más seguro en muchas millas de costa. Decidióse por ello limpiar los fondos del surgidero, para mejorar la base y calado de la flota novohispana. Un filibote, chatas, cabrestantes, garfios, cadenas, bateles, chalupas, junto con buzos y abundante marinería, fueron requeridas para la extracción de los pecios y perchas sumergidos. Apareció un cosmos abigarrado de calabrotes, mamparos, timones, cadenas, obenques, cofas, mástiles, carlingas, crucetas, tambuchos, pedreros, anclas y muertos, previamente orincados para ser más tarde izados a superficie y llevados a las islas, o vertidos sobre fondos de cala profunda.

Figura 6: La ruta seguida por la expedición de Cortés hasta el Valle de México

 

Pese a los malos tragos de la Flota, a finales de siglo había cobrado definitivo impulso la idea de un nuevo emplazamiento para Veracruz y su puerto en Ulúa. Todo el movimiento comercial y edificios en él implicados, Aduana incluida, iba a ser trasladado al sitio de las Ventas de Buitrón. Habíase montado ya un embarcadero en tierra firme y se habían adjudicado parcelas para  hospederías, ventas, hospitales y conventos. En 1599 por orden de Felipe II, se trasladan allí también las autoridades civiles y eclesiásticas, a partir de cuyo momento y con el nombre de La Nueva Ciudad de Veracruz que hoy conocemos como Nueva Veracruz, comienza su imparable desarrollo urbano. Dos siglos más tarde el Barón de Humboldt la definiría como una ciudad hermosa, ilustrada y de pujanza comercial extraordinaria, con periódico e imprenta propia, próxima ya a las 30.000 almas... Pero a finales del siglo XVI, era poco más que un puerto de recalada con unas docenas de velas envergadas, que vivían del  comercio virreinal y la pesca, ampliados con el matute delictivo. El Rey había sido puntualmente informado del activo contrabando que cubría la noche en sus arenales, mientras la Flota dormitaba en las argollas de amarre. Lejos de los cauces ciudadanos, y al cobijo de Ulúa y Buitrón, silenciosos bogas iban y venían de los galeones con sus botes ahítos de mercancías fuera de registro. Los oficiales de la Aduana habíanlo denunciado… pues que  luego que surgen las naves, antes de nosotros las visitar (sic), los maestres sacan de los navíos las mercaderías que traen por registrar y contrabando, y las esconden en la dicha isla, en casa de los mercaderes y soldados della, que las guardan y ocultan y encubren, porque tienen de esto sus provechos y granjerías… Flagrante desfalco al erario, que inclinaría al monarca a trasladar ciudadanos como escrutadores del propio escenario del fraude, y multiplicar así los avizores contra el delito. La vigilia sería prestada ahora por la propia Veracruz, siempre curiosa y asomada al entretenido quehacer de sus muelles. Trazado el damero ciudadano en su definitivo acomodo, construiría el Cabildo un espigón a manera de estilete que penetrara las aguas someras. Facilitaba la carga y descarga de fardos y cajas desde los botes, además del control aduanero de hombres y mercancías. Por él iba a llegar el mercurio para las minas del interior, y salir la plata de sus yacimientos hacia Sevilla, siempre bajo el ojo avizor de su Real Aduana.

 

La primera consecuencia de las Ordenanzas de Felipe II, era que Veracruz debía poseer accesos seguros y directos por mar y por tierra, para que se pueda entrar fácilmente y salir, comerciar, gobernar, socorrer y defender el puerto vital que ya era. Cual Foro de Vitruvio, con su basílica, templo jupiterino y curia senatorial, ve nacer su Plaza de Armas, cobijo para la Iglesia Mayor, las Casas Reales de Gobernación, Cabildo y Cárcel (más tarde desplazada junto a la muralla), y el Hospital Real, siempre presente en los puertos del Imperio. De ella parten las cuatro calles maestras, ejes del comercio local y vía futura de la expansión ciudadana a todo viento. Nada escapa a la aguda percepción de Battista Antonelli, que proyecta una muralla vitruviana cuasi-oval, salpicada de baluartes perimetrales, cual morrocoy enclaustrado. Solo dos puertas de tierra trepanan su caparazón, para abrirse a los caminos de Tabasco y México. Pero despejaba su frontis urbano al mar y al surgidero, con el entramado de calles sesgando la directriz de los temidos nortes, al tiempo que prever una ciudadela medieval sobre los arrecifes de la Caleta. Entramado que, andando el tiempo, iba a ser recortado por nuevas calles desajustadas de su ortogonalidad vitruviana. Era un diseño equilibrado para la vida urbana y su función comercial. Cuidaba los enlaces con el interior del virreinato y el trazado de los caminos reales, que debían acoplar las sucesivas veracruzes fundadas.

 

Las adjudicaciones históricas de aquellos terrenos comunales, ya en agraz huertana o ganadera pero apartados de la Nueva Veracruz, debían tener salida al Camino, so pena de estrangular sus producciones. Y Antonelli las enlaza entre si y con la capital del virreinato, encauzando  por esas veredas las cientos de reatas de mulas que transitaban hacia y desde la capital. Humboldt los llama genéricamente Camino de Europa, que los veracruzanos desglosaban tradicionalmente en Camino de Orizaba y Camino de las Ventas. Caminos de 8 a 10 varas castellanas (1 vara/ 0,84 m), empedrados o puenteados en sus pasos difíciles, aptos para ser transitados en todo tiempo por  pezuña o rueda, que iban a tener por sí mismos una gran peripecia histórica, incluso para ser proclamados Patrimonio de la Humanidad por la UNESCO (2010). No único, porque el México de hoy cuenta entre sus patrimoniales reliquias de la humanidad, con otros trece legados monumentales dejados por el Imperio Español.

Figura 7: Las Ventas de Buitrón y las argollas de San Juan de Ulúa  

 

La traza de  los caminos a lo largo de la costa y hacia el interior, había seguido a veces primitivas sendas indígenas, mejorando trazados y anchura, según uña o carreta, donde el paraje lo permitiera. Fueron los tamemes indígenas con su costal de fibras vegetales, quienes primero transitaron aquellas trochas para portar veloces sus encomiendas o su correo. Los caminos costeros, desde La Villa Rica a La Antigua y La Nueva Veracruz, hasta Alvarado por el sur y Pánuco y Jalapa por el norte, eran herencia de aquellas sendas no previstas para animales de carga. Fueron miles los mulos y mulas nacidos en los hatos de las veracruces fundadas, que por ellas transitaron en demanda del mercado naciente, tras la pacificación y sometimiento indígenas. A medida que el tránsito de mercancías crecía con la demanda del transporte portuario, iba mejorando la senda capitalina, ensanchados sus pasos, consolidados sus vados y  construidos puentes.  Humanizado su trayecto con ventas y hospitales a tiro de jornada, eran los de Perote, Orizaba y Jalapa su referencia. Poseían estos hospitales, además de un Administrador General, cirujanos, médicos, mayordomo, barbero, enfermeros y enfermeras, personal subalterno para higiene y mantenimiento, además del capellán, uno de los cuales sería el científico criollo Carlos de Sigüenza y Góngora, responsable del asentamiento novohispano en la Pensacola floridana. Alguno de ellos buscaría financiación adicional a sus penurias, mediante el teatro popular y los Corrales de Comedia con sus entremeses, autos, comedias y bailes, improvisados en sus propias dependencias. En el Hospital de San Martín de la isleña Ulúa, se atendía en tiempo de flota a todo pasajero negro, mestizo, esclavo, soldado, marino o parturienta que lo precisase. A partir de 1566, se dotaron los caminos de un servicio itinerante de apoyo caminero, conocido como La Recua, respaldado por más de un centenar de mulas entalegadas cargadas de primeros auxilios que aplicar en ruta. Los hermanos de la Orden Hospitalaria de San Juan de Dios, voluntarios del servicio, atendían a los enfermos e indigentes del camino para evitar sus muertes como desecho tirado por recovecos, mesones, postas, casamatas o bajo los propios puentes, sin confesión ni consuelo alguno. Con su Recua, llevaban al enfermo posible a lomo, cuando no en angarillas rastreras, hasta el hospital más próximo. En el siglo XVII, gran parte de los hospitales reales del Imperio, fueron cedidos a los Hermanos de S. Juan de Dios, por su ganada  fama de eficacia por doquier desplegada. 

 

Dentro del impulso renacentista ibérico, la peculiaridad de la conquista española del siglo XVI nada tuvo que ver  con el concepto colonizador coetáneo del imperio portugués, ni de los otros imperios marítimos, prestos a eclosionar en las siguientes décadas o centuria. Pero todos acabarían asumiendo similares tácticas con el indígena, que tratarán de neutralizar mediante alianzas con sus enemigos naturales, para intentar someterlos a todos. Los españoles con la cruz en una mano y la espada en otra, mostraban en rédito propio la cruz para golpear con la espada, o la espada para golpear con la cruz, como adecuadamente apuntara Miguel de Unamuno, en tanto permeaban ese confuso mundo geográfico y humano que estaban aprendiendo. Bajo el rigor de las Leyes de Indias, hubieron de agrupar a los indígenas, catequizarlos y civilizarlos en sus polis, al estilo romano. Cristianizar y civilizar era para los castellanos un mismo empeño, asumido mayormente a la fuerza por sus conquistadores de toda hora. La Corona les exigía un esfuerzo adicional de apoyo al mundo indígena, para mostrarles las letras, que sin ellas son los hombres como animales, y el uso del hierro, que tan necesario es al hombre… y muchas buenas costumbres, artes y policía (léase orden y aseo), para mejor pasar la vida… según criterio conceptista del historiador López de Gómara. Había que sembrar para recoger. Era una suerte de cheque en blanco que exigía la Corona, pero que el colono no podía o no estaba dispuesto a conceder de buen grado. O carecía, simplemente, de la visión necesaria para entender más allá de su mediatez alicorta. Debían penetrar unas culturas que, la más avanzada, no había alcanzado aún la edad del bronce. Es fácilmente comprensible lo que un emprendedor moderno sentiría frente a semejante paternalismo, obligado por Ley (de Indias) a tratar con guante blanco a una mano de obra que valora en nada. Era el caso de los conquistadores, que en su propio contexto cultural, podían jugarse, además de su ganada hacienda, la vida. No se trataba de icónicos misioneros hechos de palosanto y salmos, sino hombres del común, mercantilistas al uso que se la estaban jugando. Y humanamente, así reaccionaban, frente a las leyes y el destino.

 

Como una prolongación de la Reconquista, íbanse incorporando a la Corona nuevas tierras con sus gentes, nuestros Reinos de Indias, en frase afamada de los Reyes Católicos, con toda su maquinaria sicológica y humana y su  cosecha de errores. No mayores ni menores que los de sus contemporáneos europeos en otras latitudes y contextos. Gracias a Jerónimo de Aguilar (1524) y al obispo Zumárraga (1536), la ciudad de México tendría las primeras imprentas de América, cuando todavía eran, para mucha Europa, armatostes desconocidos con las litografías como cara visible. Aquel náufrago del Darién que Cortés rescatara de los mayas, había dejado de enarbolar la espada, para retomar el didactismo de la imprenta y la cruz. El obispo se apresuraba a publicar su Catecismo de la doctrina Christiana en lengua mexica y castellana, para agilizar la doble catequesis, religiosa y lingüística, de sus ovejas diocesanas. La Universidad de México (1553), iba a preceder en casi un siglo a su homóloga británica (Harvard, 1636), mientras Portugal, Holanda y Francia, jamás llegarían a poseerlas fuera de su frontera nacional antes del siglo XIX, si es que alguna vez allí las tuvieran. Tiempo suficiente para ver consolidar en el Imperio Español otras veintinueve de ellas, desde Manila y Cebú en Filipinas hasta Buenos Aires y Santiago de Chile en el otro extremo del continente americano. Cuarenta y una catedrales erigió España en ese tiempo, junto a otros monumentos eclesiales que, sin llegar a serlo, constituyeron entonces una vanguardia contemplada hoy en asombro, por representar una vanguardia sismorresistente de caparazón pétreo, que conocemos como iglesias barrocas de Filipinas. Misioneros jesuitas principalmente, fueron aquellos estudiosos de la dinámica estructural, envuelta en la estética barroca de las islas del poniente, observadores atentos del bronco talante del suelo y la respuesta de sus cúpulas y sus torres, cuando el huracán o el terremoto apretaban. Ninguna catedral levantó Inglaterra o Francia. Las cuatro construidas antes del siglo XIX que perduran en los EEUU de hoy (Nueva Orleáns, Monterrey, Texas, Florida)  fueron levantadas por España.

 

Esos llamados Imperios para consumo propio, ajenos a la imbricación humana y obras públicas que la conquista suponía para los españoles y supuso para los romanos, iban a limitarse al comercio litoral. Simples factorías para el trueque mercantil con los indígenas, o plantaciones costeras que cultivar en clima favorable para vender sus productos en la metrópoli. Como el caso de los fenicios, los cartagineses o los venecianos, que nunca soñaron un imperio, sino una rica red de graneros portuarios. Demorarían por más de un siglo incursionar en el agujero negro de las tierras interiores y sus desconocidos riesgos, manteniendo un limes fronterizo allí donde sus plantaciones daban paso al yermo. Nada que ver con la pujanza española, que desde el minuto cero acomete en derechura, tras su bandera y su cruz, la ocupación de territorios continentales apartados de las costas, desierto, río caudal o cordillera mediante a veces. Funda enclaves intermedios de apoyo, imbricados por caminos reales capaces de agilizar toda incursión o extracción minera de necesarios yacimientos con que lubricar la maquinaria imperial. Las minas eran, para el mercantilismo renacentista, la menor inversión posible de rentabilidad mediata. Su búsqueda era compatible con las sementeras del coloniaje y sus esperas de la siembra a la vendimia, o el manso pacer de las puntas de ganado en la sabana. Era demasiado poderosa la necesaria infraestructura a consolidar, para poder triunfar sin ellas en semejante empresa. Impensable para los demás reinos europeos de la época, a excepción tal vez de la próspera Francia y el Portugal navegante, que en el mar aventajaba a todos, y por sus costas se escabullía como frailecillo para colgar sus nidos.

 

La conquista de Nueva España iba a suponer una suerte de diástole de la metrópoli, una dilatación cordial de la propia España, con sus mismas limitaciones y prebendas judiciales y humanas. Los documentos que la propiciaron son su testigo. En contraste con las colonias británicas del norte atlántico, en entredicho y revisión hoy el discutible papel imperial jugado en América por su metrópoli. Unos territorios siempre considerados de menor porte, nunca pariguales a su insular ego, donde el indio era maleza que rastrojar para sus plantíos. En realidad un eco medieval idiosincrásico de su clase acomodada, hacia la mayoría humilde de la gleba campesina. Aquellos ciudadanos de segunda un día se levantaron. Con su divorcio de la metrópoli, sentían poder llegar a ser algo que Inglaterra nunca les permitiría ser, matiza Chesterton al comentar su circunstancia social. A sus documentos de los siglos XVII y XVIII, leyes, actas parlamentarias, planes de integración, nos remitimos. ¿Cómo se plantearon los clérigos puritanos la existencia del alma india? ¿La necesidad humanista de dotarles de hospitales y escuelas?

 

Como centro de poder eclesiástico y social, Veracruz iba a ser filtro y corazón de los núcleos humanos establecidos durante la primera centuria de la conquista. Constituidos sobre bases indígenas diversas, acabarían modulados por las familias de los colonos en ellos inmersos con sus sirvientes africanos e indígenas, sesgo tradicional de la idiosincrasia española de un medioevo que agonizaba. A la ciudad llegaron los primeros frailes franciscanos para predicar el evangelio de Cristo. Encuentran una sociedad urbana, sedentarizada, apta para la incorporación tributaria y social como pueblos de indios, a quienes interesa aparentemente la aclimatación de cultivos, pero no el aseo personal y colectivo, ni la catequesis eclesial, aferrados a sus chamanes y tabúes, pero sí la magia de su música, su canto y sus instrumentos de cuerda o viento. En cambio la realenga Jalapa, poblada por familias totonacas desde época prehispánica y aliada incondicional del Cortés de los años difíciles, se vio promovida socialmente por el contacto de gentes apegadas a su vieja feria indígena. Su autonomía siempre respetada, nunca encomendada a conquistador alguno, consolidó su recurrente hormiguero humano. Esta convivencia primaria, sedentaria y pacífica, entre antiguos rivales comarcanos, testimoniaba un abismo social con las etnias nómadas o trashumantes, de costumbres bárbaras y progresivo atraso comparativo. Los propios indígenas sedentarios llegarían a establecerse entre los pueblos nómadas con aura de conquistadores, prolongando de facto su tribal menosprecio hacia esas otras etnias.

 

La aclimatación de nuevas especies vegetales, encontraría en las culturas más atrasadas y primitivas, una barrera intelectual difícilmente superable en estos primeros envites de civilización sedentaria. Tanto el legislador como el misionero, desconocían que la avitaminosis generacional alimentaria de algunos grupos indígenas, generaba en ellos una debilidad mental congénita, sobradamente conocida y diagnosticada hoy, pero desconocida entonces. Además de su tristeza taciturna o irritabilidad súbita, para su sorpresa, aquellos indios olvidaban y desatendían aquello que unas semanas antes habían sembrado con dedicación y asumido entusiasmo misionero. Una rutina sobradamente conocida, por explicada y supuestamente entendida, que representaba el camino para el éxito de sus futuras mieses. Solo cuando el hambre roía su digestión, recordaban dónde ir a recolectar la cosecha, ya marchita en muchos casos y perdido su agraz. Una suerte de reflejo de Paulov anterior a Paulov. Imprevisión, indolencia, desidia, he ahí los vocablos que podrían acotar el círculo vicioso de su talante humano. Si bien los misioneros eran pocos, fue mayormente sobre sus hombros donde recayó la tarea de poner en producción los cientos de plantaciones de las misiones novohispanas. Dudaban, y a la vez soñaban, volverlas eficaces en la generación subsiguiente de nativos. Y se equivocaban, al menos en parte. Pronto comprobaron los misioneros que los grupos indígenas salvaguardaban con ahínco sus diferencias interétnicas, y mantenían viva la memoria de enfrentamientos fósiles, pero no asimilaban el necesario hábito productivo en beneficio de todos. Tal vez para el legislador y la Corona existiera un indio, uno solo, genérico; pero para encomenderos, educadores y misioneros de Nueva España, quienes con ellos directamente trataban el día a día, existía una amplísima gama de culturas indígenas, desde la nómada o recolectora-cazadora paleolítica, hasta la estructurada cultura mexica como tope superior. Y estos particularismos étnicos iban a perdurar por generaciones. Nada resultaba fácil en aquel mundo por hacer.

 

El sometimiento del imperio azteca, supuso para Nueva España un importante vacío de población aborigen, debido no solo a las bajas de los nativos combatientes en todo bando, sino también a las epidemias traídas por europeos y africanos. Emblemática fue la de viruela que siguió a la llegada de gente negra con Pánfilo de Narváez, que sentenció a Cempoala. Era un golpe contundente contra la masiva sociedad indígena, en trance de conservar su cultura prehispánica, además de aportar mano de obra supletoria para la producción agropecuaria y minera de nuevo cuño que se iba gestando. Esta situación poblacional a la baja, iba a tardar un siglo en recuperarse. Era el tributo histórico consecuente al choque de dos mundos enfrentados, que propiciaba el colapso demográfico por varias vías: una, desde luego, la eliminación de vencedores y vencidos por interacción pugnaz directa, una segunda por genocidio político-retaliativo del vencedor sobre el vencido y viceversa si ocasión hubiere, y otra, más que probada, por la cesión e intercambio microbiano o viral desconocida entre etnias con defensas naturales menguadas por la avitaminosis nutricional, las penurias bélicas y la carencia de higiene. Las tres causas se dieron sin duda en Nueva España. Sin saberlo, la acometida conquistadora/repobladora de Cortés iba a plantear, por vez primera para el análisis profundo, un modelo de encuentro social entre invasores y autóctonos de diferente desarrollo humano con un cierto paternalismo legislativo interpuesto, cuyo didactismo han tratado de desgranar a día de hoy no pocos humanistas, sociólogos e historiadores. Y en ello siguen insistiendo algunos, que su consecuencia no fue baladí. De aquel encuentro proviene el mundo hispánico de hoy.

 
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Contexto Histórico de Portobelo – IV

Cuando sobrevino aquel ataque, el San Jerónimo tenía todos sus cañones desmontados de sus pútridas cureñas. Santiago de La Gloria, aunque disponía de cañones útiles, resultaban ineficaces ante la distancia de tiro necesaria para alcanzar los barcos de Vernon, lo que provocaba gran risa entre los británicos de a bordo. Fuera de la bocana nunca sobrepasada, amparaban su disculpa para no sobrepasarla en la marea y los vientos contrarios. Fueron los marines quienes saquearon una ciudad abandonada de sus escasos moradores de época muerta, carente de ferias desde que comenzara el bloqueo, escarmentada testigo de fechorías predatorias asociadas siempre – hoy todavía – a gentes arriscadas de habla inglesa. No fue este el caso, porque después de hallar un exiguo botín ciudadano de 10.000 pesos destinados al pago de tropa, levantaron el campo y el flamante caballero Vernon tras capitular la rendición de la plaza regresó a Jamaica, al parecer sin provocar torturas, ni revanchas, ni incendios. Como contrapartida se llevó 40 cañones de bronce y 24 bombardas, lanzando al mar cañones de hierro y fusiles, y demoliendo hasta su raíz los castillos y parapetos que habían quedado en pie. Conforme a la maldita insania con que la fama del lugar anatemizaba al europeo en general y al británico en particular, poco tiempo demoró su escape de la ciudad hacia otras costas, no sin llevar a remolque la balandra y una de las fragatas, porque a la otra fragata faltóle tiempo para enviarla a Inglaterra con la buena nueva para su rey. Pero en el panorama global de la guerra contra España su acción sobre Portobeloera un fracaso táctico, pese a la subsiguiente destrucción del  Fuerte de San Lorenzo de Chagres, llevado a cabo en la primavera entrante con el ánimo de tomar Panamá por elCamino de Cruces. La ciudad del Pacífico había sido avituallada desde Perú, corregidas a tiempo sus carencias artilleras y tomadas las armas contra el inglés por todos los forasteros en plaza. Contra ellos se estrellarían los 2500 marines de la Royal Navy y 500 negros de desembarco conducidos en 53 embarcaciones que Vernon, río arriba, lanzaba sin saberlo hacia una sucesión de letales emboscadas. Con los supervivientes de aquella debacle, izará velas para abandonar  la empresa panameña y retornar a su base de Jamaica a la espera de mejores vientos.

La idea de copar el istmo desde ambas orillas, para yugular el Imperio Español, era un proyecto ya planteado desde la centuria anterior en el ParlamentodeLondres, pero la crecida Inglaterra no había alcanzado aún la necesaria supremacía del mar, que ahora disfrutaba. La formidable escuadra de Vernon aportada en Jamaica, debía invadir el istmo desde la costa caribe, en tanto que la invasión por el Pacífico y Panamá, habíase encomendado al comodoro George Anson y su flota de seis barcos de línea más dos cargueros de apoyo, que saldrían demasiado tarde de Inglaterra rumbo al Mar de Hoces y el Pacífico (1741). Pero solo tres de sus barcos iban a lograr doblar el Cabo de Hornos. Maltratados sus hombres por el escorbuto, debería Anson abandonar otros dos  por falta de brazos, prosiguiendo la remontada oceánica hacia el ecuador, con el solitario Centurión, buque insignia de su armada. El comodoro inglés había olvidado ya a estas alturas el cometido imposible de atacar Panamácon sus reducidos medios, y solo soñaba con capturar el confiado Galeón de Manila que había de singlar más al norte por aquellos días. Vernon nada sabía de la suerte de Anson; su calidoscopio particular llamábase ahora Cartagena de Indias, a la sazón sin virrey de la Nueva Granada, fallecido unas semanas antes. Escribe como advertencia una jactanciosa carta, que envía con la balandra capturada en Portobelo, dirigida al Comandante General de la Armada de Tierra Firme, Don Blas de Lezo, ya conocidos de pasados lances en otros mares. Al saberlo ahora con mando en plaza, no puede menos que espetar ¡God damned, it´s the same bastard!. Toda una premonición de la nueva e inexorable colisión que el parlamentario-almirante estaba abocado a enfrentar contra el viejo pero renovado hijo de mala madre, mando supremo de la plaza cartagenera. Y de su armada, compuesta a la sazón por siete galeones y dos registros, agazapada a la espera de acontecimientos en la Bahía Exterior de la propia Cartagena. Una empalagosa y fatua misiva que el mutilado guerrero pasaitarra, conocedor de la vergonzante rendición de la ciudad  tras la Batalla de Portobelo, y del insulto hecho a la plaza del Rey, mi amo,  recibe y refuta a bordo de su Conquistador con las palabras de dignidad herida de quien espera la hora de la verdad:  … bien instruida VE del estado en que se hallaba aquella plaza, tomó la resolución de irla a atacar con su escuadra, aprovechando la oportunidad de una imposible defensa para conseguir sus fines … puedo asegurar que VE me hubiera hallado en Portobelo para impedírselo si las cosas hubieran ido a mi satisfacción, incluso para buscarle en cualquier otra parte, persuadido de que el ánimo que les faltó a los de Portobelo, me hubiera sobrado a mí para contener su cobardía … y si VE lo dudare, podrá preguntárselo al Gobernador de esa isla (Jamaica), quien enterará a VE de todo cuanto le tengo expresado... Y la hora de la verdad entre ambos marinos llegaría meses después en la Batalla de Cartagena de Indias, donde el mediático pero derrotado Vernon comenzará a palparel ocaso de su plenilunio parlamentario y naval, especialmente luego de llegada a Inglaterra y conocida su humillante verdad. Lo que esta vez produjo menos risa a los británicos. Pero desató la franca carcajada entre los españoles al conocer que Londres había emitido, avant la lettre, nuevas medallas para conmemorar la rotunda victoria de su héroe en Cartagena, aunque fueran prestamente retiradas para enmudecer su entuerto.

La decadencia económica del enclave y la lucha combinada de las potencias europeas contra la piratería en América eran patentes, pero aún así Portobelo iba a sufrir un último y significativo ataque. El contrabandista inglés William Kinghills (1744) devenido en  nuevo Jenkins frustrado por la acción de los guardacostas españoles, a pesar de conservar todavía incólumes ambas orejas, penetra inopinadamente en la bahía y comienza a batir la ciudad con el fuego de sus cañones. Dañará la Aduana y gran parte del caserío antes de ser rechazado de sus aguas. En ausencia de los bergantines de guarda en misión de bojeo, serán las baterías de 15 cañones instaladas por el nuevo gobernador, las encargadas de repeler el ataque. Alsedo y Herrera había mandado levantarlas en fajina y tierra junto al reducto remozado del Fuerte San Jerónimo(1741), para repeler supuestos ataques contra aquella nada. Se trataba de una alternativa provisional a la reconstrucción de los castillos arruinados por Vernon, que resultó efectiva, bajo el nuevo rol de Portobelo como presidio periférico lejos de frontera.

                   Figura 15: La Aduana de Portobelo en su estado actual

Firmada la Paz de Aquisgrán (1748), la feria de Portobelo nunca sería repuesta y  sus tradicionales defensas apenas remozadas para nuevo cometido. Plata, mercancías y caudales accederán por el Magdalena Mdirectamente a Cartagena, Santa Marta o Riohacha.  España se siente incapaz de mantener su tradicional monopolio comercial con América, y permuta todo régimen de Flotas y Galeones o Escuadras por el de registros sueltos, barco a barco, con lo que el istmo empieza a perder su relevancia estratégica y económica. Se suprime la Audiencia de Panamá, que acompaña a Portobelo en un irreversible declive. En adelante los navíos de asiento (uno por feria y nación amiga) serán como nómadas solitarios que peregrinan el Atlántico. Portobelo pasa a ser un presidio de control del contrabando y las posibles cabezas de playa enemigas. Es en este contexto cuando se proyectan nuevas defensas o reconstruyen las útiles, de acuerdo a las tácticas y cánones bélicos vigentes. Pocas flotas de muchos barcos y destino fijo pasan a formar muchas flotas de pocos barcos con destino vario. Se multiplican los puertos emisores y receptores de la Península y las Indias, el contrabando en América se vuelve incontrolable. De España llega al Caribe lo más granado de su ingeniería militar. Se renueva el Fuerte San Lorenzo el Real de Chagres, santo emblemático de Felipe II en cuya festividad derrotara a los ejércitos de Francia en San Quintín (1557) y a cuya advocación levantara el Monasterio del Escorial que lo rememora.

Destruido finalmente por Vernon tras tres intentonas fallidas en otros tantos años precedentes, el Castillo de Chagres asumía finalmente en nuevo proyecto una planta rectangular adaptada a la cumbre del peñón que servíale de asiento. Supervisado por el Visitador de las Fortificaciones de Indias, el navarro Agustín Crame nos ha legado en magníficos planos las instalaciones por él aprobadas.

Figura 16: Caminos Reales para reatas y carros

Las defensas de la bahía de Portobelo iban también a ser reajustadas de acuerdo a los nuevos tiempos. Con los despojos del Todofierro demolido por Vernon comienza la construcción de las Baterías Alta y Baja del Fuerte San Fernando (1760) ubicado en su misma orilla y cerro, pero remetido hacia la Caleta del carenado. Mediante trinchera excavada, ambas plataformas a desnivel se unían entre si y su polvorín, protegidos todos en cumbre del cerro por una  Casamata que les cubría su espalda a tierra y a la costa abierta del llamado Puerto Francés. La Batería Alta dominaba la entrada de la bahía, y desde la baja podía entablarse fuego directo con los barcos intrusos que superasen la bocana. Frente a ellas y al otro lado de la bahía, se remozaba el Fuerte de Santiago La Gloria para cruzar con él su fuego y barrer todo posible acceso por aguas tranquilas al muelle. A su vera se represaba el torrencial Chorrillo de Triana, base de aguadas y suministro del agua a la puebla. La cumbre de su cerro espaldar, se dotó de nueva casamata para impedir que el enemigo se apodere de las alturas y domine los Fuertes. Las lecciones de ParkerMorgan y otros hermanos de la costa parecían haberse definitivamente asumido.

Figura 17: Las defensas históricas de Portobelo

Se abandona el inoperante Baluarte de San Pedro pero se refuerza el Fuerte de San Jerónimo con una plataforma a ras de agua, de bajo perfil y ardua percepción, elevando ligeramente el nivel de su piso y dotándola de merlones y troneras para alojar las bocas de fuego. Ellas serán las encargadas de desarbolar por proa las naves que se aproximen en rumbo de colisión hacia el muelle. Sometidos sus flancos a fuego cruzado desde las riberas, difícilmente podrían encarar sus bordos artillados a la lluvia de palanquetas que les vomita aquel cul de sac mimético tan difícil de acallar.

El Fuerte Farnesio originalmente de fajina y tierra (1726) se dota  de plataforma artillada con cuatro cañones. Situado en el promontorio sur de la barra de la bahía, sería el primero en abrir fuego sobre la flota enemiga en aproximación táctica, a la vez que el toque de zafarrancho para aprestar al combate toda la artillería fija del entorno. Crame dotaría todo el conjunto fortificado con un Campo proyectado en la Cumbre contra la venida de los enemigos por el Valle de Honduras (1779), reforzando así su perímetro sur. Se trataba de un nuevo presidio encaramado en el cerro sobre los techos de la ciudad, con sus cañones apuntando al valle entrante desde tierra adentro (hoy, de la Luneta) por donde anteriormente se habían burlado sus defensas.

                          Figura 18: Batería Baja del Fuerte San Fernando

La misma política de ajuste militar de las defensas costeras del istmo, iba a prever en el Camino de Cruces nuevos embarcaderos en los sitios de La Gorgona y en El Carroza y sus respectivos presidios. Se construye un puente de piedra sobre el río Hondo, definiendo un camino ahora local, pero que llegaría a una insospechada actividad durante la llamada Fiebre del Oro eclosionada en California a partir de su anexión a los EEUU (1848). Desde Nueva York, Savanah o Nueva Orleáns, llegan a Chagres miles de argonautas europeos, enloquecidos por la febril quimera.Siguiendo río arriba acceden a la ciudad de Panamápara embarcarse rumbo a California. Era en aquellos momentos, pese al riesgo cierto que entrañaba, la más segura y civilizada vía para alcanzar desde el Atlántico el salvaje far west del Pacífico, evitando el triple salto sin red sobre los chantajes, llanuras, desiertos, forajidos, indios y praderas norteamericanas.

En 1735 la Académie des Sciences de Paris había encargado a Charles Marie de La Condamine trasladar a tierras americanas, en paralelo con otra valoración en curso desarrollándose en Laponia (actual Finlandia), la medición exacta del cuadrante del meridiano terrestre, a fin de definir y cuantificar el valor conceptual del metro como submúltiplo exacto de ese cuadrante, y poder aceptarlo así como unidad universal de longitud. La misión científica que parte hacia América lleva a los connotados marinos de la Real Armada Jorge Juan y Antonio de Ulloa, que durante dieciocho años van a llevar a cabo una ingente labor científica de levantamientos topográficos y mediciones astronómicas, inmersos en esa nueva ansia del saber conocida como Siglo de las luces. Van a inspeccionar el istmo detenidamente, y con él a Portobelo. A la vuelta rinden en Madrid sugerencias pertinentes al rescate de las maltrechas defensas del enclave y en París un informe favorable a la viabilidad de construir un canal interoceánico siguiendo el trazado del río Chagre. Pasados unos años, España iba a acometer seriamente el rescate de aquellos fuertes arruinados. Y Francia iba a materializar esa apertura conocida hoy como Canal de Panamá, siguiendo la teoría empleada por Ferdinand de Lesseps en Suez, con un trazado prácticamente igual al propuesto por el obispo Berlanga 300 años antes. Todavía en 1799 Alexander von Humboldt, aconsejaba un canal de trayectoria coincidente con la del estudioso obispo. Pero nuevamente la insania del trópico con sus millares de apestados, iba a desbaratar también este primer intento de unir a nivel los mares del norte y del sur, intento que acabaría por convertirse en desastre nacional francés con la ruina contraída por más de un millón de sus familias. Pero el tesón humano, acabaría por imponerse mediante un canal a desnivel con esclusas, como los llevados a cabo en la Europa continental del siglo XVIII, hendida por múltiples canales navegables que evacuaban hacia las costas la producción frutícola y granera de sus tierras interiores. Se inauguraría por fin el Canal de Panamá en 1914, tránsito forzado para la navegación mundial, financiado y tomado en prenda por los EEUU, el nuevo y selectivo Imperio emergente. A su conclusión los haberes humanos pagados por su apertura, habíanse estimado en 500 muertos por cada km de su trazado. Era el costoso rédito de una gran empresa, una más de las emprendidas por los europeos en el Nuevo Mundo, comandados esta vez por una nación vernácula de nuevo cuño.

En 1746 la navegación mercantil española del Pacífico viene a cambiar de itinerario para doblar el Cabo de Hornos, por donde pocos marinos se habían aventurado hasta entonces. La Flota de La Plata (base Montevideo) se encarga de comerciar directamente entre el virreinato sureño recién creado y la metrópoli. Todo viene a confirmar la marginación del istmo panameño como puente del comercio del Imperio español, y la que fuera sede de la espléndida feria portobeleña queda para el recuerdo como el gallardo enclave costero que fue. Un Patrimonio de la Humanidad con la nobleza de su piedra incrustada en la bella bahía de Tierra Firme que Colón significara, y que vino a imprimirle respeto e identidad legendarias. Testigo es hoy de su relevante papel en la historia del continente, donde las nuevas generaciones acuden para admirar la dignidad de su porte y henchir de añoranzas legendarias el corazón.

                                          Figura 19: El Portobelo de hoy

Notas adicionales:

Jorge Juan y Antonio de Ulloa, que durante dieciocho años van a llevar a cabo una ingente labor científica de levantamientos topográficos, mediciones astronómicas, verificaciones climáticas y meteorológicas, estudios de fauna y flora, prospección de minas, valoración de yacimientos, navegabilidad de costas, inspección de fuertes, y un largo etcétera que solo mentes privilegiadas son capaces de gestionar en tan enorme espacio geográfico, inmersos en esa nueva ansia del saber conocida como Siglo de las luces.

 
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Contexto Histórico de San Agustín de la Florida – IV

Old Spanish Trail

La aparición intermitente de merodeadores ingleses por aquellas costas sureñas, hacía sospechar a su Gobernador Manuel Cendoya la cercanía de algún ataque,  aprovechando el estado de inefectividad presente de las defensas pasivas de San Agustín. Reclama fuerza de trabajo indígena que retribuye con generosas dádivas de simientes, aperos de labranza, cuchillos, vasijas de vidrio y bisutería varia, desde cascabeles hasta cuentas de cristal, que el virrey envía periódicamente desde México y el gobernador distribuye a los caciques amigos. Dirigidos por maestros de obra y expertos canteros de Cuba, llegarán con el nuevo Gobernador Pablo de Hita esclavos y libertos antillanos negros, fuerza bruta los primeros, artesana los segundos, en un intento de acortar la debilidad defensiva del período constructivo del fuerte. A pesar de estas medidas la conclusión del ciclópeo castro iba a demorar más de dos décadas.

El proyecto original del Fuerte San Marcos sufriría una serie de modificaciones y mejoras que suceden a nuevas sugerencias e instancias militares de las capitanías caribeñas. Al inicial trazado con un Patio de Armas centrado y baluartes aguzados a los vientos, se suman las torretas de vigía en punta de baluartes, foso inundable perimetral exteriormente murado, revellín con puente levadizo en el frente de tierra, hornabeque exterior con hornos de caldear al rojo blanco los proyectiles de hierro para sus bocas de fuego…Pero también se circunscribe con muro de coquina la retaguardia del núcleo habitado, dotándolo de baluartes estratégicos en paños y esquinas, y se construye el Fuerte de Matanzas al sur, hito defensivo del acceso al puerto desde las aguas arriba del río que le daba nombre.

En aquella etapa de afianzamiento social y militar, San Agustín incrementa notablemente su producción agrícola, en tanto su siempre magra despensa afronta un período de bonanza. Se instauran rutas estables para la compra de grano con las tribus y misiones de los fértiles maizales de Apalache y Gualé, en una combinación selectiva de senderos indígenas, cañadas, rutas misioneras y trochas exploratorias. Se traen carpinteros de ribera para la construcción de embarcaciones de cabotaje que comercien a lo largo de los enclaves floridanos de las costas del Golfo de México y las atlánticas. Se crean nuevas misiones intermedias que reparten las jornadas del largo camino comercial que une por tierra San Agustín con  aquellas otras de Pensacola y Mobile en la región de Apalache, incluso con Tampa y sus misiones de etnia calusa y los colonos novohispanos de su bahía. Comienza así a perfilarse en estos años la conocida como Senda de los Españoles en Florida que prolongada con el Camino Real de los Texas y el Camino Pita hasta la problemática frontera de los Adaes y Nachitoches en Luisiana, habría de concatenar la ciudad de San Agustín con la costa del Pacífico. Este viejo itinerario de 7000 Km de trazado, modernamente reconocido por investigadores propios rebautizándolo como Old Spanish Trail, escenifica el tránsito secular de rebaños, cueras de frontera, acémilas, chalanes y misioneros, pero también seguro escape de forajidos y cuatreros. Realmente unía las misiones, los fuertes y las ciudades de San Agustín, Gualé, Apalache, Pensacola, Mobile, Nueva Orleáns, San Antonio, Sierra Blanca y El Paso, atravesando los actuales estados norteamericanos de Georgia, Alabama, Mississippi, Luisiana y Texas. En El Paso, intersectaba la dilatada red de Caminos Reales de Nueva España, verdaderas suturas geopolíticas que vitalizaban el Virreinato de norte a sur, desde Taos y Santa Fe en Nuevo México hasta Guatemala, y de oeste a este entre los puertos de Acapulco y Veracruz. De El Paso, partía un Camino de San Diego, que venía a hilvanar Tucson, Fénix y Yuma con la misión franciscana de San Diego, para completar la travesía de los estados actuales de Nuevo México, Arizona y California, y con ellos el continente todo de costa a costa. Ocho años había tardado en recorrerlo por vez primera el náufrago Cabeza de Vaca en el siglo XVI, cuando aún estaban vírgenes de Europa aquellos inmensos pagos…

Desde 1693 Carlos II venía garantizando la libertad de los esclavos huidos de las colonias británicas, acogiéndoles como hombres libres en análoga circunstancia a la pléyade de libertos de color, ya campesinos, artesanos, amanuenses o curanderos que plenaban otros pagos del Imperio. Eran tenidos por excelentes taladores de madera para empalizadas y embarcaciones, preparaban las tierras para la sementera o el plantón y eran fama sus pacientes matronas como inmejorables amas de servicio doméstico. Si en primeros tiempos de duro sobrevivir se acogían al estatus de esclavo, podrían en mejor época comprar su manumisión, pagándole a su dueño el precio reglado o convenido. Así lo habían establecido de antiguo las leyes de Castilla y así se había recogido en las Indias. Era para ello condición sine qua non, abrazar la fe católica y jurar defender con su vida la roja Cruz sobre fondo blanco de Borgoña, enseña imperial asumida de sus ancestros por el Emperador Carlos V. Esta acogida resultaba políticamente rentable para la Corona española por motivo vario: aumentaba brazos y población en aquellas tierras hueras de ultramar, a la vez que hurtaba esos mismos brazos y potenciaba su efecto llamada sobre otros nuevos en las plantaciones de algodón o tabaco de las colonias británicas. Allí eran fuerza vital para mantener las plantaciones coloniales y las leyes imperantes lejos de su metrópoli, les condenaban a una dura esclavitud de por vida. Muy al contrario del Imperio español donde las leyes de Castilla o emanadas de la Corona y representadas por el Virrey, permanecían severamente controladas por los notarios reales y sus Juicios de Residencia, aplicables al cese de cada mandatario real.  El proceso de igualdad civil entre los blancos y las gentes de color o pardos, era favorecido por la Cedula de Gracias al Sacar, que les otorgaba plenos derechos reservados a los notables, so pago de una cantidad de dinero.

Con el comienzo del nuevo siglo muere en España sin descendencia Carlos II, el último vástago de la Casa de Austria. Concurren a la sucesión de su trono aspirantes extranjeros alineados  por intereses estratégicos tras las casas de Borbón y de Austria. La llamada Guerra de Sucesión (1700-1713) está servida, y Europa se inflama de nuevo. Inglaterra, en perpetua identidad insular consigo misma, trata de sacar partido de la contienda y ataca las posesiones españolas allí donde las haya, en nombre esta vez del candidato de la Casa de Austria, su pertinaz enemiga de las pasadas centurias. La paz llegará con el Tratado de Utrecht que asume como rey de España al Borbón Felipe V, sobrino del todopoderoso Luís XIV, Rey Sol de Francia y acérrimo enemigo del inglés. Entre las miserias de la guerra, la guarnición de Charlestown (actual Charleston, en Carolina del Sur) comandada por su Gobernador James Moore, ataca y destruye las misiones católicas del norte de Florida donde captura y esclaviza más de 4000 indios, que llegarían a constituir el 30% de la mano de obra forzada de las plantaciones coloniales de Carolina del Sur. Las alarmantes noticias que van llegando desde aquellas misiones anticipan al Gobernador español de la violencia que se aproxima con semejante partida de guerra, y solicita ayuda de la Capitanía General de Cuba. Pone la hueste inglesa sitio a San Agustín (1702), pero su artillería se estrella contra los sólidos muros de San Marcos, tras los que se han refugiado sus 1400 habitantes con 160 reses que estabulan en el foso como previsión de alimento mientras dure el asedio. Dos meses de cerco que tratan de superar aquellas familias allí confinadas, bajo disciplina e higiene castrenses impuestas por el Gobernador en evitación de pestes, a la vez que se racionan estrictamente los víveres. Pero San Marcos no acaba de caer y Moore pide a Jamaica un refuerzo que tampoco acaba de llegar. Lo que sí llega de La Habana es una flota de socorro con su inconfundible Cruz de Borgoña en los mástiles, que obligará a los exasperados sitiadores a quemar sus propias naves antes de verlas presa del enemigo. Copada la ciudadanía hispana en el fuerte, tratarán los ingleses en retirada de incendiar la desierta ciudad. Pero solo lo conseguirán parcialmente porque los sitiados acuden en tromba a sofocar las llamas cuando el enemigo levanta el campo. Aun dispararán los cañones desde San Marcos sus últimos proyectiles de reserva, a espaldas de una tropa que se bate en retirada franca hacia la espesura y los manglares.

Dos años después vuelve el humillado Moore, ahora ex-gobernador de Carolina, a la frontera norte de la Provincia de Florida. Sus más de 1000 hombres de Charleston e indios creek que les acompañan en la salvaje correría, masacran o esclavizan todo indígena adscrito a las misiones jesuitas y franciscanas. Peor suerte correrán los indefensos misioneros que son torturados hasta la muerte. Una inexplicable barbarie que, ajena al aguardiente, sería incompresible comportamiento de la humana razón. Barbarie que en pocas semanas iba a liquidar siglo y medio de paciente labor civilizadora. La inestabilidad y vacío de las regiones limítrofes entre las Carolinas y Florida tras estas jornadas de sangre, iban a propiciar la migración de la etnia mestiza seminola, descendiente de los creek, hacia el espacio vacante. Crecía a la vez el flujo de esclavos que lograban huir de las plantaciones negreras, buscando a través de las arruinadas misiones de Georgia el trazado de la Senda de los Españoles para llegar a San Agustín, y concluir en ella su vital escapada. Otros son interceptados por partidas de colonos británicos y nunca llegarán a la libertad, mientras que otros muchos cohabitarán con los creek y demás indígenas desarraigados de Alabama, Georgia y Mississippi, dando origen y potenciando a la mezcla racial seminola (degeneración fonética inglesa del termino español cimarrón, trashumante). El número de los que alcanzan la capital española de Florida va creciendo al punto que su Gobernador Manuel de Montiano, crea el poblado de Gracia Real de Mosé (1738), la primera comunidad autogestionada de negros libres de América. Formarán a 2 km al norte de San Marcos, una puebla fortificada conocida como Fuerte Mosé, que con un centenar de familias comienza su sincrética andadura social bajo la autoridad de un jefe mandinga.

La particular situación de intereses mercantiles, que las potencias europeas enfrentan en sus costas atlánticas de América, potencia el contrabando de sus traficantes, que permean fácilmente miles de km de una costa imposible de controlar. La vigilancia española de su litoral americano, iba a multiplicar con escasa efectividad práctica, las patentes de corso  que los virreyes propiciaban sobre sus marinos connotados. Un incidente cercano a las costas de Florida entre un guardacostas español y un contrabandista Jenkins  sorprendido in fraganti con su carga de palo campeche, iba a propiciar nuevo conflicto entre sus naciones. El capitán del primero manda cortar una oreja como testigo-baldón de su delito al inglés. El Parlamento londinense se encocora por lo que considera una humillación de su pueblo. Y estalla la “Guerra de la oreja de Jenkins”, una más en el atribulado panorama europeo del siglo XVIII. Este contexto bélico es aprovechado por el general James Oglethorpe para invadir el espacio geográfico entre los ríos Savanah  y Altamaba, conocido a futuro como la Georgia colonial, nueva usurpación británica a la Provincia de Florida. En su avance hacia el sur Oglethorpe, ahora flamante Gobernador de Georgia, pone sitio al lugar de San Agustín (1740), desplegando las 14 velas de sus barcos distribuidas entre el canal sur y la mar abierta. Cae como  primer objetivo sobre el Fuerte Mosé, defendido por reclutas negros libertos, cobijadas ya sus familias al resguardo de San Marcos: una clara aplicación retaliativa de la Ley de esclavos fugitivos que los esclavistas de Las Carolinas venían aplicando a todo negro evadido de sus plantaciones. Pero la Fuerza Real en vivaz contraataque, sorprende aquella noche a la tropa enemiga cuando aún  monta sobre el estero las cureñas de sus cañones; recupera Mosé y captura o mata a más de 100 sitiadores. Entre tanto, al amparo de la oscuridad, impelido por el sutil terral que exhala la noche, se desliza por el canal norte un silente patache que desde el puerto enrumba a La Habana. Monta el inglés el grueso de sus baterías sobre la isla de Santa Anastasia, frente a frente de la ciudad y su fuerte, pero también sobre la ribera del llamado Canal Norte, para angular desde allí el tiro de otras piezas sobre el castillo. Treinta y ocho días va a durar el pertinaz cañoneo contra la ciudad y su fuerte. La plástica y tenaz coquina de sus muros, apenas se deforma sin salpicar esquirlas pétreas  cada vez que absorbe y amortigua los impactos de los proyectiles. Las rompedoras bolas de grueso calibre que contra ellos golpean, no alcanzan a desencajar los sillares de sus fábricas: ora apenas rebotan y caen a su pie tras el impacto, ora se empotran ligeramente en ellas. Los sitiados, en lapsos de calma artillera, las extraen de sus oquedades a punta de bayoneta, para seguidamente hornearlos al rojo vivo en el hornabeque de San Marcos, y con sus tubos de bronce, vomitarlos nuevamente al campo inglés. La aparición de unas pocas velas que apuntan el horizonte al sur, delata la ayuda que llega de Cuba. Es el revulsivo para levantar apresuradamente el cerco que un impotente Oglethorpe, obligado por la proximidad de las inquietantes naves, asume al punto. San Agustín ha quedado severamente tocada en la campaña y tardará varios años en restañar las heridas del asedio inglés. Mosé será reconstruida y sus habitantes retornarán a ella en 1752, aglutinando en su autogobierno a los sobrevivientes de aquel su bautismo de fuego, con aquellos otros afroamericanos que las colonias británicas iban a seguir exudando.

 
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Contexto Histórico de Santo Domingo (actual República Dominicana) – I

Cristóbal Colón en su primer viaje (1492) descubre la isla llamada Quisqueya por los nativos tainos, que denominará La Española. El primer asentamiento europeo empieza a conformarse en ella un año después al este del río Ozama (2º viaje), aunque será fundado oficialmente como ciudad por su hermano Bartolomé con el nombre de Isabela (1496) en honor de la Reina Católica. Años después, destruida por un huracán, será refundada al otro lado del río Ozama por Nicolás de Ovando (1502), con el nombre de Santo Domingo de Guzmán, el ejemplar hidalgo burgalés del siglo XIII. Recibirá como escudo ciudadano una llave en palo coronada entre dos leones rampantes y bordura con escaques blanquinegros del apellido Guzmán, según Real Cédula (1508) del Rey Fernando. La llave como símbolo de la ciudad que iba a ser la Puerta de un Nuevo Mundo.

El aragonés rey Fernando el Católico ha intuido rápidamente la importancia del dominio atlántico y proyecta establecer una base firme del poder español en el Caribe, y no una factoría mercantil de trueque al estilo mediterráneo de Venecia o portugués del Índico. En ella se aplicarán las leyes y libertades municipales de Castilla y por tanto los nativos han de ser tratados como a todo súbdito de su rey corresponde. Bajo la Corona juntan los Reyes Católicos los reinos que por herencia o conquista han merecido: desde Aragón, Castilla, Nápoles, Sicilia, Navarra y Génova, hasta << nuestros nuevos reinos de América >> en decires de la castellana reina Isabel.st

Los primeros años del establecimiento español en la isla son onerosos. Como primera disposición se introduce la desconocida rueda, sin la cual no puede haber transporte eficaz de mercancías, ni ruecas para hilar, ni tornos de alfarero, ni norias para el riego de secanos, ni ingenios donde procesar la caña de azúcar como se labora en Canarias, ni futuro. Aquellas tierras pueden dar algodón, caña de azúcar, café, además de la yuca y maíz autóctonos, incluso oro y perlas. Y por ello, la rueda radiada de herencia celta, con llanta y cubo de hierro, va a propagarse por toda costa donde el europeo llega, dejando ver su esbelta e inconfundible silueta por las Indias todas. Como también lo hacen los distintos aperos de labranza según procedencia del colono que los trabaje, y sobre todos ellos, el rey arado que labrará los campos desbrozándolos de maleza. Pese a este primer esfuerzo inversor, Colon atraviesa graves dificultades como virrey tras su 2º viaje, dada la radical oposición de sus ideas mercantilistas de inspiración genovesa, versus las del Rey Católico de visión universal, que ordena aplicar sin ambages la tradición repobladora castellana, heredera de la Reconquista. Será por ello traído a España Colón con sus hermanos cargados de cadenas. A la espera de un Juicio de Residencia, serán cautelarmente suspendidos los capitulares títulos del Descubridor hasta ser juzgado, y en su caso absuelto. Esta figura procesal emanaba de los juristas dominicos de la Universidad de Salamanca, como embridado contra abusos y corruptelas del funcionariado público, que al final de su mandato había de ser investigado y juzgado por su desempeño. Un precedente de los juicios políticos que habrían de seguirse al cabo de siglos, en muchas repúblicas hispanoamericanas tras alcanzar la independencia. Colón es acusado por sus enemigos eclesiásticos y civiles de venalidad y evasión del impositivo Quinto Real, obligante en los placeres de perlas y yacimientos auríferos que explota a base de esclavos indios. El comendador Francisco de Bobadilla nuevo Gobernador en Santo Domingo será por tal motivo quien le devuelva a España encadenado (1500).

Vienen a poblar con Bobadilla 300 familias contratadas por 4 años, que pronto se desparraman sin control en busca de arenas y filones auríferos por tierras de La Vega y Haina, en un afán de ávido lucro y rápido atesoro para regresar de seguido a sus lares ibéricos. Físicamente lejos del sometimiento obligado a la obediencia del Gobernador, dejan sin cultivo las tierras adjudicadas. Los Amparos Reales, lotes comunitarios de tierra sementera, quedan en barbecho, eriales yermos que criminalizan una economía apenas subsistente.

Para gestionar esta gobernación que no puede concebir el monarca sino sólida y eficaz, envía a Nicolás de Ovando con el título de Gobernador de Indias (1501-1509). Hombre de prestigio con ideas claras y voluntad firme, Caballero de Alcántara y Comendador de Lares, Ovando comienza por pacificar la isla, alborotada por el mal gobierno de los hermanos Colón y del comendador Bobadilla. Por pacificar, entendía el monje-soldado someter, que no esclavizar, a todo indígena revoltoso o contrario al establecimiento español y sus leyes que en la isla hanse de implantar. Intuye el gran ensayo de poblamiento y catequización de un nuevo hecho social que durante aquel tiempo comienza a vislumbrarse. Y llega a La Española con una flota de 32 naves y 2500 colonos labradores, maestros canteros y artesanos, ganado mayor y menor, abundante provisión << de boca y guerra >> y 14 indios tainos que Colón llevara a España como muestra humana del Descubrimiento y que ahora se repatrían por orden de la Reina. En años anteriores había sido comisionado por el rey Fernando para restaurar la Valencia de Alcántara abatida durante la Sucesión castellana, donde conocerá las exigencias constructivas y estratégicas de toda villa fronteriza. Concibe y funda Santo Domingo, la primera ciudad europea del Nuevo Mundo. Como promotor del enclave urbano, convoca a sus gentes para elegir regidores que formen el Cabildo, suerte de corporación con derecho a convocatorias deliberantes sobre cuestiones ciudadanas de interés común. Primero ley y justicia, luego materializar el trazado y construcción de calles, plazas y edificios, en un orden de prioridades establecido de antaño. Su trama de damero, será referente para las futuras ciudades hispanas, con calles rectas formando cuadras, a veces ligeramente acuñadas por mor de la orografía o la climatología local. Las casas de madera y techo cañizo que habíanse construido al este del río, las levantan ahora al oeste en sillar o mampostería de piedra los maestros venidos y mano de obra india. Construyen la Fortaleza Ozama, primer bastión defensivo de la ciudad y su dársena, primigenio cuartel militar, residencia propia y futura de gobernadores. Se inicia bajo advocación de San Nicolás de Bari (1503) el primer Hospital, planta basilical cuyas naves laterales piensa dedicar a la atención de enfermos. La orden franciscana llega para construir su Convento de San Francisco (1508) que, fiel al querer de la Reina, va a convertirse en un foco de recepción de frailes que irradiará nuevas fundaciones y aulas por las Indias: su iglesia conventual (1532) sería el primer edificio eclesial inaugurado en el Nuevo Mundo.

Mente disciplinada, sabe Ovando rodearse de gente emprendedora, capaz de acometer el desafío de la expansión antillana, deseada por la Corona. Entre ellos, Diego Velazquez será Gobernador de Cuba, Ponce de León lo será de Puerto Rico, Diego de Esquivel ganará Jamaica, Pizarro El Perú, Cortés México y Balboa dará a su Rey el Mar del Sur. Ellos irradiarán hacia las nuevas gobernaciones las bases del poblamiento continental establecidas por Ovando en La Española. Son hijos del Renacimiento, emprendedores que autofinancian las empresas que acometen, una vez les ha sido otorgado el pertinente nombramiento regio, garantía escrita de su titularidad frente a la Ley o la desleal competencia. Y pagarán también el Quinto Real de sus ganancias, como todo súbdito de la Corona Castellana que las hubiere.

Agrupa a los colonos de anteriores épocas dispersos por la isla, entreverados en poblaciones indígenas y amancebados muchos de ellos con indias cuando no casados, y los concentra en las nuevas ciudades que va fundando. Al igual que los últimos incorporados, todo colono recibirá tierra, pero debe cultivarla, residir en ellas y pagar diezmos a la Corona. Los repartos de lotes se realizan por sorteo, y ante Notario Real se adjudican. Gozan de libertad para buscar yacimientos mineros, pero pagarán el Quinto Real de lo que obtengan: la misma política que va a perdurar por siglos en el Continente. Por encima de otros criterios bienpensantes, introduce Ovando entre sus colonos la “Encomienda” de indios, base realista futurible para una racional economía de mercado minera, agrícola y ganadera. Era la Encomienda institución de tradición castellana, que en América iba a evolucionar con los tiempos. Mediante ella un grupo de familias de indios, cacique incluido, quedaban por Real Orden sometidos al encomendero, hacendado que a cambio del trabajo de sus miembros estaba obligado a protegerles y cuidar su instrucción religiosa bajo dirección misionera. La organización por encomiendas había incorporado al quehacer de Castilla importantes regiones de reconquista mora. Pero iban a surgir en América otros problemas humanos, derivados de aplicarlo sobre gentes de economía subsistente o tradición seminómada, lejos del nivel social mudéjar de siglos anteriores al contemporáneo ensayo, y por tanto ajenas a toda idea de sistemático esfuerzo. La mano de obra era imprescindible para potenciar la empresa conquistadora. Hombres para dirigirla había, pero nunca el capital suficiente, ni mano de obra cuantitativa para desarrollarla. El hombre del Renacimiento sabía que para financiar sus empresas había que buscar ganancias in situ: las minas eran una pertinaz fuente de ingresos y para sus minerales estaba desarrollando la ciencia eficaces métodos de lavado y extracción. Los portugueses, siguiendo la romana huella, eran pioneros en África. Pero en la América no había marfil, ni ébano, ni Costa de Esclavos a cuyos caciques comprar para convertir sus cuerdas de presos en fuerza laboral. Pero había oro, que iba a trocarse en moneda de pago capaz de sufragar las empresas de Indias. Y había nativos, caníbales en las antillas menores, que debían aportar de grado o por la fuerza, la necesaria mano de obra. O no habría en el Mundo capacidad alguna para financiar la empresa americana, ni desarrollar entre sus gentes una cultura acorde con los tiempos. Cultura que en lenguaje renacentista no era sino civilidad cristiana. Quedarán establecidas por Real Orden las “Reducciones”, llamadas mas tarde “Corregimientos”, a fin de conformar esa sociedad de producción que se busca. Se agrupa a los indios no encomendados en núcleos étnicos, “repúblicas de indios” con autonomía administrativa y bajo autoridad de sus propios alcaldes y alguaciles. Toda Reducción debía gozar en propiedad de sus tierras ubicadas en una legua a la redonda, conucos si los hubiere incluidos, y podía vender la producción hortofrutícola sobrante en cualquier mercado ciudadano. Pero la explotación de minas y yacimientos estaba para ellos vedada. Pagarían sus tributos en especies de yuca, ajes, guáyiga, batata y maíz, motivo recurrente de sus cultivos.

Surgía empero la sorpresa demográfica de ver cómo poblaciones nativas se diezmaban o sucumbían bajo enfermedades que el europeo y el africano resistían secularmente. La viruela y el sarampión iban a convertirse en el flagelo de las razas indígenas y ante la disminución de la mano de obra se recurre a la tradicional servidumbre africana implantada en Europa desde la época romana y aún antes. La esclavitud era de consuetudinario arraigo entre los principios sociales y morales de la época. Ovando se muestra renuente a traer negros bozales. Por la experiencia habida de tiempo anterior y tratas clandestinas, era sabido que a la menor cuita se escapaban a los montes, donde pervivían entre indios impregnándoles sus malas artes….continuará —>

 
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LA LEYENDA DEL GALEÓN ERRANTE – II

Tras la dispersión de la flota acaecida a unos 900 Km del Cabo Deseado (limite por babor del paso magallánico), nos consta que Francisco de Hoces hallábase gravemente enfermo y había por ello cedido el control de su nave al capitán Alonso de Solís. A los 47º30´ de latitud Sur, el serviola del patache Santiago seguía atisbando por avante en lontananza la solitaria vela del San Lesmes enrumbando al WNW. Pese al airoso andar del patache, perdido el contacto visual con la capitana, dedujo Solís que habíanse esta adelantado en demasía por la ruta oceánica. No creyó poder alcanzarla para reponer los víveres que su reducido arqueo impedíale llevar a bordo. Aminoró por ello su demora, manteniendo por estribor el lejano perfil de la costa, alternativa firme a sus acuciantes carencias. Pero si el patache avistó por última vez un diminuto San Lesmes avante por babor, también tuvo el San Lesmes que avistar al patache allá atrás por la aleta de estribor. Ergo, sabía que al menos una vela navegaba tras él, supuestamente al mismo destino, aunque circunstancialmente con rumbo diferente. Hasta que ambos barcos dejaron de verse. Después, silencio, conjeturas.

Trayectorias de los navegantes que durante un siglo (1520-1616) cruzaron Tuamotu

 

Años más tarde, una expedición a Tahití comandada por Domingo de Bonechea, enviada desde Perú con espíritu estratégico y misionero por el virrey Amat (1774), descubre inopinadamente << una gran cruz de madera en la falda de un monte >> de la isla Anaa (Archipiélago de las Tuamotu). La cruz parecía “de hechura muy antigua”, en palabras del historiador decimonónico Fernández de Navarrete. No tarda en comprender aquella gente de mar que se hallan ante una vetusta muestra del tradicional alerta entre marinos ibéricos. Pero ¿Quién habríala izado en aquel paraje y posición?¿Cuantos años ha que la plantaron?¿Que imprevisto percance pudo motivar su erección?. Analizando hoy documentos españoles del pasado, solamente tres expediciones pueden verosímilmente haber protagonizado el hecho. La de Magallanes-Elcano (1520) y Loaysa-Elcano (1526) surgidas desde el paso interoceánico del sur, o la de Fernández Quirós desde El Callao (1606). Las demás expediciones hispánicas de los siglos XVI y XVII, habían hollado los Mares del Sur demasiado lejos de aquellas latitudes. Los holandeses (1616) habían pasado hacia sus indias occidentales más al norte, por encima del paralelo 15ºS, y el resto de navegantes europeos eran contemporáneos de Bonechea; entre ellos el incombustible Cook y sus mapas españoles bajo la axila. La constatada antigüedad de la cruz, no aplicaba al caso.
La expedición de Magallanes la conocemos íntegra gracias al veneciano Antonio Pigaffetta, ilustrado cronista ocasional, y algunas concreciones que hemos deducido de otros datos de su navegada. Con un andar promedio de 2,6 – 2,7 nudos las tres naves expedicionarias avistaron las que nombrarían despectivamente “Islas Infortunadas”, hoy identificadas como el atolón de Fakahina (Tuamotu) y la isla de Flint (grupo La Línea de las Kiribati) enrumbadas ambas W.NW en una derrota que se alejaba de Anaa mas de 380 Km, dejando Fangatau y Takaroa por babor a la vista de costa, aunque nada dejaron dicho que vieran. La buena mar, alegre andar y feliz singladura que gozaron en aquellas jornadas, lo compendia el cronista con un rotundo << si Dios y su Santa Madre no nos hubiesen favorecido, hubiéramos todos perecido de hambre en tan dilatado mar >>. Nadie a bordo dejó otra constancia oral ni escrita que este optimismo compartido, silenciando posibles adversidades donde nave alguna antes de Guam, hubiera de buscar o ser por otra buscada. Queda claro, por tanto que la magallánica aventura nada tuvo que ver con la cruz hallada por Bonechea en Anaa. En cuanto a la expedición de Quirós bástenos con analizar sus diarios de viaje para comprobar que este marino navegó por una derrota desviada más de 350 Km al NE de Anaa.
En efecto, la tercera y última gran exploración desde Perú, partió en 1606 bajo el mando de Pedro Fernández de Quirós, piloto mayor de Mendaña en las dos anteriores. Los temporales le obligaron a bajar desde El Callao hasta los 24º40´S y 124º47´W donde se avista por vez primera la isla Ducie (“Encarnación” por él llamada, 6 de enero 1606) y tras ella una sucesión de atolones planos, con laguna interior, circunvalados por arrecifes coralinos de imposible fondeo, peligrosos, sin colinas de referencia ni manantiales para aguada. Contrariados los expedicionarios, vierten su decepción al magallánico modo, con viscerales apelativos sobre las islas que iban topando. Hoy las “Sin Puerto“. “Sin Ventura“, “Anegada” o “Rasa Sin Fondo” de los diarios históricos de navegación, las conocemos como Vairaatea, Hao, Tawere, Rekareka, Rairoa, hitos próximos de Quirós a la cruz de Anaa (350 Km) en su ruta al poniente. Ergo la cruz hallada por Bonechea fue más que probablemente izada por la gente del San Lesmes, como venía sosteniendo el historiador Fernández de Navarrete desde 1837. Pero ¿Qué fue de aquella cruz?¿Por qué no se investigó en profundidad su origen?.Un levantamiento cartográfico de la marina española señalaba la posición exacta donde fue localizada… y barrida posteriormente por los inveterados ciclones del archipiélago, uno de los cuales (principio del siglo XX) acabó prácticamente con la población isleña. Pero el mapa existe, y la posibilidad de hallar algún perol soterrado con su implícito mensaje de angustia, también. La última palabra la tienen las autoridades francesas del archipiélago, el “Groupe de Recherche de Archeologie Navale” del Ministerio de Cultura (GRAN), y sus presupuestos.
Fuera de la exposición de los hechos y alguna conversación de eruditos, tal descubrimiento en la época de Bonechea apenas tuvo eco. Eran otros tiempos, que lamentablemente han llegado casi a los nuestros. Sólo después de anunciar Francia sus pruebas atómicas de los años sesenta en Mururoa, reaccionaron historiadores e intelectuales con el catedrático de Canberra Robert Langdom a la cabeza. Había que defender el valor arqueológico de Tuamotu en particular y la Polinesia Francesa en general. Su tesis-disculpa resultaba creíble: El galeón San Lesmes habíase hundido por aquellos parajes y era necesario investigar la presencia de cañones y demás restos de naufragios que iban surgiendo en el entorno isleño. Sin olvidar otros muchos “porqués”, como el de los tres “perros castellanos” (bravía raza alana, bien estudiada y conocida por los holandeses) que Le Maire y Schouten habían encontrado en su vuelta al mundo en Pukapuka, a la que por ello llamaron “Isla de los Perros” (1616). O el trozo de motón de madera novohispana (probable presencia de Quirós) aparecida en Hao, y de la que encomiaba Urdaneta sus bondades porque de no haber “buena jarcia de la de España e Nicaragua o Panamá, ha de ser (su filástica) de pita de la provincia de Guatimala”(sic).
En 1929 habíase hallado un inopinado cañón de hierro colado en el arrecife coralino de Amanu (500 Km al E de Anaa), que acabó en el museo de Papeete en cuyos sótanos aún yace. Con la movida mediática de las pruebas nucleares, Langdom publica incisivos artículos en diarios y revistas polinésicas (Fidji, Tonga, Tahití), que acabarán por favorecer la exploración de Amanu, en donde la Armada Francesa extrae 2 nuevos cañones (1969). Patrocinado por el Ministerio de Cultura francés, bucean especialistas en el año 2000, que extraen restos de cerámica, vidrio y loza, además de piedras de lastre y algún deforme tocho férreo calcificado por la mar, a la sazón más fósil pétreo que metálico. Y tras escuchar pacientemente las consejas de los ancianos de Amanu, los peritos y sicólogos del GRAN sienten cómo en cada jornada va aflorando la iletrada tradición que entre los nativos perdura, los retazos de historia que atesora su oralidad, el sentimiento de vacío que provoca toda liberación de tribales secretos, la duda íntima que en el hondón del hombre deja un tabú revelado. Todos los náufragos fueron muertos y comidos en sagrado ritual. Sólo uno sobrevivió y tuvo descendencia. Eso cuentan los patriarcas de Amanu con sigilo. Eso confirman algunas familias que aseguran descender de aquel español perdido, hallado 16 generaciones más tarde. Cuando ya la tesis de Langdom vertida en “La carabela perdida” (1975) y “La carabela perdida, reexplorada de nuevo” (1988) es un éxito editorial regado por el mundo.