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Contexto Histórico de Acapulco – V

Figura 9a: Acueducto del Padre Tembleque (años 1555 al 70). Cerca de Otumba

 

La caza de cetáceos combinada con el contrabando, daría lugar a no pocos actos de filibusterismo, que la diplomacia británica proscribía, mientras pedía reconocer el derecho de sus barcos a la navegación en los litorales hispanos despoblados. La presión inglesa sobre el monopolio comercial español, tensaba progresivamente sus cuerdas comunes con los emergentes EEUU. La debilidad circunstancial española, frente al peligro de la Francia revolucionaria, llevará a Carlos IV a la firma del Tratado de San Lorenzo (1790), que permite a las naves británicas la caza de mamíferos marinos en aguas virreinales. Pronto iban a detectarse barcos estadounidenses camuflados en medio de los balleneros ingleses, que provenientes de los puertos de Nantucket y Boston, seguían la ruta de Hornos para acceder al Mar del Sur, y contrabandear al british style. Para poder contactar con sus posibles clientes, los balleneros debían acercarse a la costa, donde resultaban fácil presa de los guardacostas virreinales, que confiscaban los alijos a la par que multaban a los barcos transgresores del Tratado, aunque por esta vez no le costase a capitán alguno su oreja. El mínimo resguardo de 10 leguas estipulado en él, era razonable resguardo para la pesca, pero excesivo margen para poder escaquear el matute correspondiente, lo que aumentaba la tensión con la administración inglesa que de él se beneficiaba.

 

En 1796 los EEUU se integrarían al  nuevo Tratado de San Lorenzo, convertido ahora en una suerte de ballenero juego tripartito de la gallinita ciega. Ni que decir tiene que era España la gallinita del cuento. La picaresca anglosajona transformó aquel menàge a trois en una tienta de capotazos al alimón, manejada por dos consumados maestros taurinos a cuya vera el lazarillo del Siglo de Oro español, era un simple robaperas. Resultante: ambos gobiernos, comprometidos a perseguir un contrabando que practicaban sus propios balleneros, ignoraban los reclamos españoles cuyos expedientes plenaban los estantes de sus cancillerías. El viejo truco del burócrata mendaz que, al ser inquirido, responde unívocamente que el asunto sigue su proceso. Cuando no lo hace con un vuelva Vd. mañana, tan cabalmente descrito por el mordaz contemporáneo Mariano José de Larra, otro ilustrado de la palabra. De la palabra vana, equívoca, de perorador de ventanilla, que las riega como lluvia sobre un estanque cuyos círculos ondulantes se confunden. Remedo burlesco que otros oradores de banco público, capaces de levantar las muchedumbres hastiadas, estaban agitando contra la ineficaz palabrería oficial. Mientras la Corona Borbón española, a punto estaba de caer sobre un Bonaparte Rey, que llevaría por nombre José I.

 

Eran muchas las abras, bahías, fondeaderos y puertos despoblados de las costas de las Californias y del Mar de Cortés, en que los pataches costaneros de Acapulco denunciaron  ver durante sus faenas de cabotaje, barcos extranjeros en sospechosa espera… para contactar sin duda con sus enlaces de tierra o de otro puerto, y rematar su entrega de alijos bajo cuerda. Los mástiles balleneros cambiaban de bandera según conviniese, máxime ahora que la británica habíase tornado enemiga tras su declaración bélica a la España oficial (1796-1808) invadida por Napoleón. Pero en costas bajas, sobresalían sobre el ribazo sus perfiles, fácilmente identificables para los guardacostas de Acapulco y de la base naval de San Blas, merodeadores pertinaces de singladuras aterradas. Demasiado mástil camuflado entre acantilados, hizo que la Armada Virreinal sintiérase espiada y recelosa de cualquier previsible invasión inglesa. Argüían los ingleses que las ballenas descendían en grupos hacia la Baja California no más lejos de los 10 km de la costa, franja marina deseable para camuflar, por próximas y rápidas, sus mendaces arribadas súbitas. Tanto la enfermedad, como la inanición, reparación urgente o la aguada vital previo vaciado de pipas, todo servía para enmascarar el verdadero propósito del contrabando. Valía todo. El modus operandi era siempre el mismo: tras contacto clandestino en alta mar y después de cazar alguna ballena y llenar unos cuantos barriles con su grasa, se fondeaba bajo cualquier pretexto en el puerto novohispano convenido. Allí concurrían los valijeros avisados para traspasar su matute. Este proceder generaba un contextual enjambre de traficantes y aguantadores que asediaba las aguas hispanas, mientras España miraba a los  Pirineos, por donde temía ver asomar al emperador Bonaparte, otro esencial espíritu insular, tan agresivo como su parigual inglés. Eran días previos a una zozobra nacional en ciernes, que empezaba a perfilar la implosión del Imperio Español, donde las potencias amigas esperaban entrar a saco por todas sus costuras. En realidad el Imperio estaba ya muerto, solo faltaba ponerle fecha de caducidad para la Historia. Era solo la muleta de su prestigio quien le permitía seguir renqueando en sus días postreros. Y nuestros reinos de ultramar amagarán un mohín de apoyo a la metrópoli y su mentecato Rey, para acabar encaudillados revolviéndose contra ambos y lacerándose entre ellos. Gestábase en su seno generaciones de adalides radicales, prestos a enviscarse en una lucha secular por destacar su propio ego sobre los demás. La guerra sicológica estrenaba una incipiente andadura hispánica, arando  profundos surcos entre afines. E Inglaterra, amenazada a su vez de invasión por las escuadras navales de España y Francia, reforzaba su poderosa imprenta como arma arrojadiza contra el mortal enemigo francés y su forzada Corona aliada, que no el pueblo español, enguerrillado contra el ejército invasor en un crudelísimo toma y daca.                                                          

 

En este contexto informativo, llega Alejandro de Humboldt al puerto de Acapulco procedente de Guayaquil (1803), cuando la feria estaba en pleno apogeo y su Camino repleto de caravanas muleras y febriles comerciantes. Decide por ello permanecer allí un tiempo estudiando geologías, botánicas, geografías, hechos y costumbres, y por supuesto ¡la feria!, innato reflejo de su brújula olfativa. Como primera impresión del lugar visto desde el mar, no le había agradado su traza de circo roquero, pero sabrá cantar las excelencias de resguardo y maniobrabilidad de su bahía, como cortesía de caballero. En cambio, le subyugaba aquel variopinto hervir humano de comerciantes manileños, compradores criollos, oficiales y funcionarios virreinales con criados o sirvientes, tripulaciones, mayorales y muleros de recua, indios danzantes que venden luego verduras, aves y frutas, cargadores pardos, braceros mulatos, chinos que todo lo preguntan, descuideros, meretrices, santeros, tahúres, barberos, mendigos, escribientes, guitarreros…  Le parecía una suerte de enjambre humano que fluía entre los puestos como marea de lodo en campo de rocas, con sus giros caprichosos pivotando en dudosos remolinos. Pero sobre toda consideración, ponderaba el trato reposado y cortés que se percibía en la feria. La empatía entre seres humanos tan diferentes. Se sorprenderá al comprobar las amigables transacciones que se realizaban entre gente tan dispar como los chinosfilipinos y los mestizos o los indios. La compra se hace sin abrir casi los bultos, y he de confesar – reconoce perplejo – que en este comercio entre dos países que distan 3000 leguas entre sí, impera la buena fe, y seguramente mayor honradez que la habitual de algunas naciones de la civilizada Europa. Genio y figura del patricio prusiano, que todo lo objetiva  o pondera mediante cifras, funciones numerales, tablas y ábacos o gráficas comparativas. Hasta el concierto humano de una aleatoria feria mercantil, donde confluyen los temperamentos de americanos, africanos, asiáticos y europeos, tratará de encuadrarlo en un marco objetivo, tomando como unidad conocida  su civilizada Europa.

 

Finalizada su estancia en Acapulco, remontará el camino a Chimpalcingo que encuentra amplio y bien cuidado, cosa que no alaba del trayecto restante hasta México. Es fácil de entender este contraste, si se piensa que, desde mediados del siglo XVIII, el castellano del San Diego venía solicitando el traslado de su residencia campestre a esta ciudad de clima benigno, dada la fluidez habitual del trato entre ambos enclaves. No sospechaba que aquel camino montaraz entre riscos y vaguadas, tenía los días contados. Después de la independencia y el cese de comercio con Filipinas, el camino de herradura quedó en completo abandono, sin cuidado ni reparaciones. Solo pudieron conservarse algunos tramos empedrados; los restantes se convirtieron en arroyadas… nos cuenta el historiador local Vito Alessio. El puerto de Acapulco quedo incomunicado por tierra con la capital, hasta que el trazado de carreteras modernas vino a conectarlo ya en pleno siglo XX. No obstante, se mantuvo siempre como nexo de unión marinera con los enclaves de la costa californiana y otros puertos del Pacífico.

 

El científico  alemán, pese a sus jóvenes treinta y tres años, venía a Nueva España precedido de notable fama, rematada localmente por la entusiasta acogida que el Virrey José de Yturrigaray le dispensa en la capital, además de la lógica expectación que despiertan su llegada, su porte de dandy europeo y un protocolo virreinal en todo su esplendor. No solo le abre las puertas del Virreinato a su curiosidad sin ambages, sino que despliega su influencia personal para interconectar su inquietud con la ciencia novohispana y sus instituciones. Desde Fausto de Elhuyar, descubridor del wolframio (Vergara, Guipúzcoa 1783) y a la sazón director del Colegio Minero de la Ciudad de México, hasta el desagüe de Huehuetoca en el Tajo de Nochixtongo, con todos los problemas hidráulicos inherentes a los tremedales y lagunas del Anahuac. Profundiza en la evacuación de las aguas lacustres de la histórica Tenochtitlán, tantas veces inundada como drenada hacia las cuencas subsidiarias del Pánuco desde los tiempos de Cortés, sus bergantines y su conquista, como los del Virrey Mendoza. Repasará minuciosamente las sucesivas soluciones hidráulicas asumidas, desde las diatribas del carmelita Andrés de San Miguel y el matemático Enrico Martínez, hasta los enfoques contemporáneos al suyo y los 48 km del sistema hidráulico del franciscano padre Tembleque con su acueducto  (hoy Patrimonio de la Humanidad). Todos le interesaban. Todo lo estudiaba, medía y sopesaba.

 

Las frecuentes inundaciones de la capital, provenían sin duda del hundimiento de la cada vez más pesada, por ciclópea, ciudad de México, sometida a un proceso de lento incrustado en un subsuelo de sedimentos poco consolidados y gran potencia. Hoy sabemos que la capital azteca se asienta sobre uno de los suelos de cimentación más inciertos del mundo (comparable al delta del Nilo), un fondo lacustre sedimentado en tiempo geológico de larga data, sobre una base rocosa que se encuentra 3000 metros por debajo del nivel construido. Con el doble agravante de ser suelo amplificador de temblores inducidos por cualquier sismo (a mayor amplitud de la oscilación motriz, mayores destrozos constructivos), a la vez que experimenta compactación y asiento, incluso licuefacción, durante los sacudimientos del suelo. Eso sabemos hoy, pero también hemos aprendido con pasos de gigante a diseñar nuestros edificios y dotarlos de respuestas dinámicas sedantes de la moción básica. Y México posee grandes profesionales cuyos textos, dormidos y curioseados en la biblioteca familiar, veo que señalaron el norte ingenieril de mis mayores durante la segunda mitad del siglo XX. Si Humboldt encontró y reconoció un alto nivel tecnológico alcanzado en la Nueva España del ochocientos, no es comparativamente menor, el poseído hoy por sus herederos históricos.

 

Objetivo y rigorista por naturaleza, debió sentir Humboldt en su llegada a Nueva España, un firme contraste frente al vacío de información franca que había manejado para ilustrar su venida al Nuevo Mundo. La Aufklärung de la que provenía, masivamente protestante, era también fuertemente crítica con el mundo hispánico y su metrópoli. España era a la sazón un país anonadado en su decadencia, carcomido por una masonería retroalimentada por ciertos enfants de la patrie de la soliviantada Francia. Cuanto de ella se publicaba en Europa, estaba en gran medida asociado a informaciones vertidas por enemigos históricos o ¡a esas alturas! religiosos, asumidos como propios por el fuego amigo de sus intelectuales, filósofos fetales de la Revolución Francesa. Pese a la fama de la Enciclopedie Française, los mejores atlas del momento eran mayormente ingleses, y en ellos se cantaban, narradas y pintadas, las glorias del Imperio Británico, en detrimento del resto de mortales, sin el debido recato al buen gusto y la objetividad, que venía siendo habitual moneda de pago en las ediciones de la Europa continental, por muy luteranos o nacionalistas que fueran sus editores. Estos mismos atlas a la luz de hoy, resultan insufribles para cualquier europeo no británico: la maquinaria de propaganda había ya comenzado su modulación de Verdades, para ceder sitio a la particular view o media verdad, cuando no a una rotunda falsedad hija de la desinformación no exenta de prejuicios. Las fake news tan en boga hoy, eran ya calderilla corriente conocida de siempre, pese a su alicorto alcance de antaño, contra la posible contundencia actual. Y la Iglesia anglicana que las combatía, sometida al poder político desde los Tudor, era ya para entonces solo un remedo grotesco de sí misma.

 

Muestra una vez más de su arrogante supremacismo, fue sin duda la moneda conmemorativa del God´s blew, enviado por Jehová para salvar de la Armada española del siglo XVI a su anglicano pueblo escogido. Soplo divino, Viento de Dios, Santificante Gracia que enviaba el Supremo Hacedor, era aquel oportuno iracundo Eolo que desbarató la flota papista del Anticristo romano. Un eco de aquel viento bíblico arrojado sobre los ejércitos del Faraón en su paso del Mar Rojo, venía ahora a destrozar, entre acantilados, la Felicísima Armada del endiablado Felipe II. Era anatema de Jehová contra el rey español, por haber osado enviarla desvergonzadamente para luchar contra los ingleses, no contra los elementos desatados, como había confesado aquel arrogante monarca…  O la falsaria medalla de Cartagena de Indias, mil veces personalizada en su historia por preeminentes Vernons, siempre erguidos y vencedores, frente a imaginarios Lezosperennemente vencidos y arrodillados. ¿Blas de Lezo, decís? ¿Quién es ese personaje de fake new que ni le nombra la Enciclopedia Británica? se preguntarán extrañados esos mismos historiadores del Reino, que aseguran fuera Francis Drake el primer “circundedisti me” de la Historia, o ser la naviera inglesa Cunard quien descubriera el gulf stream a principios del siglo XX. Esos mismos que citan a Cook como descubridor de las islas Hawai o la Austrialia del Espíritu Santo dos siglos por detrás de los españolesPero – ¡eso sí! – que no falten los tripulantes uniformados de seda, las velas adamascadas y múltiples gallardetes de paño de oro cantados por Hume…  para cuantas ocasiones inventen sus hooligans de la narrativa patria. Cuan lejos estamos de la realidad y caballerosidad espontánea del velazqueño Spínola, cortésmente inclinado hacia un humillado Nassau que le entrega las llaves de la rendida Breda. O la respetuosa espera de los Reyes Católicos frente al abatido Boabdil, que tarda en entregar las del Reino de Granada – ¡Ay de mi Alhama! – reflejada por Pradilla. Consideraciones similares debieron fluir en su espíritu crítico de aufkläruner germano, que trataba de objetivar una realidad hispanoamericana que no dejaba de sorprenderle a cada paso. De ahí sus referencias comparativas con “el Mundo”, “la Europa” y el todo o la parte de las naciones dominantes, tan frecuentes en los dictámenes vertidos en su  monumental Viaje a los países equinocciales y sus posteriores Ensayos Políticos y numerosos Atlas. Bálsamo de fierabrás contra la urticante opinión inglesa sobre los pobres humanos, predestinados a no nacer donde Jehová a ellos habíales enrocado.

Figura 10: Fuerte  San Diego. Acapulco

 

Fieles en su tradición de mirarse el propio ombligo, todavía hoy florecen en aquel país ideas peregrinas como las vertidas no ha mucho por un conspicuo y circunspecto Barón emérito, de cuyo nombre no quiero acordarme. Rector de Universidad famosa, antítesis racional del Humboldt universal, Kenneth McKenzie Clark en los cercanos setenta del pasado siglo se permitió el lujo, en su muy particular view, de negar cualquier aportación cultural del mundo hispánico al progreso humano. Lo primero que se viene a la cabeza tras ello, es el ciclópeo grosor de la ignorancia que apisona las meninges de quien lo proclama. Un ex rector de Universidad inglesa, nada menos. Solo cabe por tanto dar paso a otra explicación: la paráfrasis machadiana de quien envuelto en su arrogancia desprecia cuanto ignora. Desconocimiento que era mucho menor de lo que él fingía poseer sobre lo hispano, puesto en evidencia por los múltiples tópicos antiespañoles que guardaba en la recámara. Actitud gentilicia ya denunciada por Ortega y Gasset medio siglo antes, en el Epilogo de su famoso tratado sobre La rebelión de las masas. Bien que presuponiendo que no hay pueblo que, mirado desde otro, no resulte insoportable…  En el anglosajón se ha dejado correr la intriga, la frivolidad, la cerrazón de mollera, el prejuicio arcaico y la hipocresía nueva, sin ponerle coto. Se han escuchado en serio las mayores estupideces con tal que fueran autóctonas, y, en cambio, ha habido la radical decisión de no querer escuchar ninguna voz española capaz de aclarar las cosas, o de oírla solo después de deformarla… Pero esa actitud es mero despotismo humano, aunque nuestro Ortega lo calle. Una prepotencia incapaz de entender lo que hay de cultura refinada, sutilísima y de alta alcurnia en “tomar el sol” del español castizo, que juzga holganza; en tanto ponerse unos bombachos y dar golpes a una bolita con una vara, es operación que dignifica llamándola “golf”, concluye incómodo. O quizá ese turismo de borrachera, que invade periódicamente Magaluf, Salou, Ibiza y tantos enclaves mediterráneos – añadimos nosotros – donde cientos de jóvenes anglos (gaudeamus igitur, iuvenes dum sumus) encajan su torpe primitivismo, lo dignifiquen como un ‘Spring Break a la americana’, que aportar a la civilización universal. Pero no son sino hordas multiformes de meros homínidos del alcohol, la droga y el sexo, cachorros que salpican por doquier retazos de su peor Albión como vivo reflejo de cualquier fin de semana en sus calles. Otro aporte social civilizado, pensarán sin duda. ¿Hemos olvidado ya el veto prohibitivo al aficionado inglés de acompañar durante años a sus equipos en partidos de fútbol continentales? ¿Acaso la FIFA tampoco comprendía esta civilizada manera suya de socializar con otros aficionados?

 

Hace apenas unos días (Abril 2020) la cadena BBC de Londres, admitía que la derrota a manos inglesas de la Armada Invencible, era el mayor bulo de la Historia, utilizado por monarcas, artistas y políticos hasta la actualidad. ¡Agimus tibi gratias omnipotens Deus! En su serie Royal History’s Biggest Fibs, la historiadora Lucy Worsley desmonta con cinco siglos de retraso una verdad a la que nunca los españoles prestaron demasiada atención; era ahora el diario El País, quien sacaba a colación el tema. En el relato oficial inglés, asegura la historiadora, se mezclan poetas, cantautores, fabricantes de tapices históricos y fabuladores mitológicos con sus oníricas ensoñaciones patrióticas para hacer el totum revolutum que impregna la asignatura de Historia estudiada en la enseñanza secundaria inglesa. Drake y su juego de bulos (perdón, bolos), el diabólico Felipe II… y tantos otras fake news aclaradas… ¡más vale tarde que nunca doctor Watson!                                

 

Ni que decir tiene que para nuestro Barón emérito eran, a su entender ingleses, los primeros de la cola aprestados a recibir albricias por su tributo al haber humano. Pero su omisión hispana, no es cosa baladí, que pueda ser soportada por la Historia Universal, por muy prêt-à-porter que quisiera fabricársela para promocionar el programa televisivo que presentaba y dirigía, como punta de lanza de su obra escrita. Como tampoco, es de reconocer, podría soportar ese concurso universal la exclusión del grano de arena inglés. Y ello pese a llevar las alforjas cargadas con un Enrique VIII y su Torre de Londres, el tráfico de esclavos, las guerras del opio, el holocausto de 11.000 zulúes ametrallados en Sudáfrica, el genocidio histórico irlandés, o la Navidad negra de Pasto 1822 con masacre y violación de mujeres y niños por la Legión británica; por no hablar de los más recientes bombardeos de Hamburgo. Y esto se lo decimos a nuestro Sir desde un país europeo que ha eludido las dos guerras mundiales del siglo XX.

 

Quien esté libre de culpa, que tire la primera piedra, es mantra bíblico recurrente, fácilmente asumible. Así como un comportamiento negativo puede ser  extrapolable a cualquier grupo humano, no se da en la misma medida la siembra de  valores. El siglo XX nos ha enseñado que cultura y barbarie pueden caminar juntas. Pero cultura no es civilización. La cultura profundiza el conocimiento de nuestros instintos, pero no necesariamente su dominio, su gestión. La civilización lucha por apaciguarlos, por gestionarlos. Aunque suelen caminar como compañeras de viaje, son autónomas en la evolución de las sociedades. Si algún esfuerzo hizo la Inglaterra de los Estuardo en sus Trece Colonias por civilizar a sus amerindios (los Tudor quedaron inéditos), nunca podrá ser comparado al civilizador y culturizador empuje de la Corona española  durante ese mismo lapso en su Imperio americano. Estamos hablando de Civilización, el título del programa televisivo de nuestro desmemoriado profesor. Baste como muestra las Ordenanzas de descubrimiento, nueva población y pacificación de Indias (1573), hecho a vuelapluma por Felipe II en una corta estancia en el Palacio de Valsáin (dejado en ruinas tras construir La Granja de San Ildefonso). Su capítulo sobre las Pacificaciones no admite parangón con trato alguno dado a cualquier indígena de otro continente, no importa por que Corona europea de su siglo y  siguientes. Literalmente, se ve en él sembrada la pura civilización. Pero el minucioso Felipe, no hacía con ello sino continuar las políticas emprendidas por los Reyes Católicos desde los comienzos del Imperio español. Políticas siempre encauzadas a través de las Leyes de Indias, protectoras de los aborígenes, pero letales para los intereses de la conquista y colonización. Empezando por el codicilo anexo al Testamento de Isabel la Católica (1505), origen del Derecho Humano: Suplico al Rey mi señor muy afectuosamente, y encargo y mando a la princesa mi hija y al príncipe su marido, no consientan ni den lugar a que los indios, vecinos y moradores de las dichas Indias… reciban agravio alguno en sus personas y bienes, sino que manden que sean bien y justamente tratados… Era el origen del derecho de gentes. La consiguiente puesta en producción del gran continente, hubo de costarle por ello a la Corona española una guerra civil y no pocos sinsabores. Pero el hombre, aun cuando aborigen, estaba por encima de la economía según la ética del Imperio, antítesis de la jurisprudencia inglesa, donde era la economía de los planters prioritaria frente al indio. Ese mundo hispánico que nos dejó ayer aquella Corona, es hoy el primer receptor de patrimonios culturales UNESCO por sus reliquias de la cultura y civilización que supo imprimir a nuestros reinos de ultramar, y su defensa frente a otras potencias que anhelaban para sí aquellos logros.

 

Además de su literatura, su pintura y escultura, sus músicas, sus aportes cartográficos spanish lake, kuro-shivo y gulf stream incluidos, su ciencia naval y navegación, su ingeniería militar y civil, su derecho de gentes salmantino, sus cientos de misiones y reducciones donde civilizar naturales, los hospitales para socorrerlos, sus cientos de traducciones del saber occidental a lenguas indígenas o viceversa, su primera gramática culta, sus miles de km de caminos empedrados, sus catedrales y universidades como focos de música y ciencia… son materia holgada para calibrar el dislate boreal de nuestro recordado profesor. Su Inglaterra del siglo XII, aún con legañas en los ojos, seguramente ni se enteró del Renacimiento andalusí que nuestro docente silencia, precursor de la otra Aufklärung del siglo XVIII europeo, al decir del sorprendido Karl Vossler que lo estudió en profundidad.  Fue el Siglo de las luces de los Avempace, Abenarabi, Maimónides, Abentofail y Averroes,  precursores a su entender de la pléyade germana de los Goethe, Kant, Leibniz y el propio Humboldt, perceptores del sutil perfume emanado de aquel canto a la naturaleza y al sentir y pensar del hombre. Y ello ocurría durante los siglos del califato cordobés, faro medieval del saber alejandrino, cuyas gentes se expresaban mayormente en romance, donde algún sultán se dejó ganar por los encantos de Sevilla y uno murió corneado por una vaca brava, según nos cuenta Claudio Sánchez Albornoz, nuestro medievalista de cabecera. Donde las mujeres que parían en los gineceos de los centros de poder eran hispanorromanas o hispanogodas (diezmo obligado de los sojuzgados reinos cristianos a los poderosos muslimes) y sus Abderramanes, pelirrojos muchachos de azules córneas, cual vástagos de estirpes reales navarras, leonesas o castellanas cuyas infantas eran moneda de tributo en los serrallos califales. Que nos dejaron joyas arquitectónicas como la Mezquita cordobesa, la Alhambra granadina o las insuperables ruinas de Medina Azahara, mientras el rumor matemático de Al – Quaritmi esbozaba nuevas formulaciones en Al Ándalus. Era el álgebra en forma de los algoritmos que hoy epatan a tanto friky, en tanto su alquimia los aplicaba sin aspavientos para obtener el vidrio coloreado que entramaría las vidrieras de las catedrales góticas. También las inglesas y algunas residencias de la época Tudor. ¿No aportó nada al progreso humano occidental la medieval Escuela de Traductores de Toledo? Es respuesta que responden por sí propios Gerardo de Cremona y Domingo Gundisalvo o la naciente Sorbona de París, sus coetáneos; pero no nosotros, insignificantes hispánicos desterrados del progreso humano, como del paraíso lo fuera su género homo. La espada de fuego de nuestro ángel exterminador británico, nos prohíbe a los hispanos el retorno al edén del saber humano, del que, motu proprio, nos niega haber sido parte alguna vez.

 

Fuera de retóricas acerca del concepto de Civilización y su culmen manifiesto de las Jornadas de Valladolid, Hugh Thomas reconoce que este debate ha sido único en la historia de los imperios. Acaso ¿inspiraron Roma, Atenas o Macedonia semejante debate acerca de su conquista? ¿Lo hicieron Francia o Rusia? ¿Hubiera optado la Corona Británica por organizar tan docto debate en Oxford, como lo fuera  la jornada sobre los amerindios en Valladolid, para dilucidar si era jurídicamente justa su guerra contra los ashanti o los afganos?: la sola idea resulta risible, se responde a sí mismo el hispanista británico… Por cierto ¿cuantas misiones humanistas dejaron sus paisanos en las Trece Colonias? nos preguntamos nosotros. Para navegantes anglos advertimos que solamente en Nueva España había más de 300, algunas con cerca de mil aprendices indígenas. ¿Cuantos centros del saber para naturales, monásticos o no,  con su biblioteca como semillero de cultura? ¿Cuantas imprentas? ¿Cuantos corrales de comedia, ellos que habían creado su teatro con el magnífico Shakespeare? ¿Qué ventaja produjo a los indios del Norte vivir yuxtapuestos a una cultura avanzada? Ninguna, caso único en la Historia, sencillamente porque eran de ella segregados como leprosos bíblicos. Por tanto ¿Dónde está el aporte de la civilización inglesa al mundo amerindio? ¿O es que acaso nuestro Sir no lo consideraba mundo? ¿No habíamos quedado en que todo Imperio se caracteriza por trasmitir sus haberes a las provincias incorporadas? Aunque, ciertamente en su caso, no eran provincias sino colonias, de facto un hiriente escalón social más bajo. ¿Cuantos Poma de Ayala, o Escuelas Quiteñas de Arte, contaron entre sus indígenas? ¿Cuantos Inca Garcilaso entre sus mestizos? ¿Cuántos Ruiz de Alarcón o sor Juana Inés de La Cruz, en sus haberes criollos? ¿Cuantos edificios pétreos, si es que alguno construyeron que no fuera en madera o ladrillo, con sus exquisitas labras y relieves surgidos de escoplos indios? ¿Cuántas catedrales con sus escolanías, sus maestros y sochantres? ¿Cuántos de ellos eran virtuosos músicos indígenas o mestizos, organistas, maestros de capilla, o compositores como Manuel de Zumaya? ¿Cuantos hospitales, casas de beneficencia, orfanatos construyeron para los naturales? ¿Cuantas universidades?  ¿Tengo que recordar a tan olvidadizas mentes que en sus colonias era el mejor indio el indio muerto, según confesara su historiador conectiqués Herbert  Eugene Bolton? ¿Por qué no existe hoy un mestizaje significado, a lo cinéfilo Pocahontas style, en sus ex Trece Colonias? La respuesta es clara: porque exterminaron a sus indígenas. ¿Cómo?: con limpiezas étnicas como la de los paquot masacrados por los padres puritanos, con cínicas mantas impregnadas de viruela para cobijar su invierno norteño durante la llamada guerra india, con la eliminación sistemática de las tribus autóctonas de la frontera en todo tiempo, con bebidas estimulantes hasta macerarles sus vísceras en alcohol…  ¿Por qué callan esas miserias, en vez de sacarlas a la luz, como el imaginativo Las Casas hiciera, publicando las nuestras en la propia España?¿Por que el testifical Mártires de la Inquisición Inglesa del jesuita John Gerard, no pudo ser publicado en Inglaterra hasta ¡1984!? Para un observador no anglo es fácil de responder, puesto que en aquella Albión contemporánea, los represaliados eran papistas de un país anglicano, cuyo papa era la propia reina Isabel I, juez y parte. Una furibunda perseguidora de católicos que controlaba mediante espionaje vecinal, y acusaba de sedicente a quien no asistiera al culto público, penado en primera vez a perder una oreja, a pena de muerte si reincidía. ¿Por que el angloamericano Día de Acción de Gracias, es para los indios wampanoags su Día Nacional de Luto? ¿No habíamos quedado en que todos comían amigablemente pavo compartido? Pero esas verdades adversas son silenciadas tanto en Albión como USA, donde se sigue comulgando con ruedas del molino de los padres peregrinos y su totémica ave desplumada.

 

En la Enciclopedia Británica ni se nombra a Blas de Lezo. Y nuestro profesor desprecia cuanto ignora, que es mucho, porque su insular cultura ignora cuanto le escuece, que no es poco. Para nuestro televisivo comunicador, todos los indios borrados del mapa, tal como les ocurrió a los paquot, quemados vivos con sus mujeres y niños en la llamada Masacre Mística, debían ser sin duda emisarios espirituales ante el Sumo Hacedor, para ver de retrotraer sus almas al predestinado Edén de los ingleses… Hasta Arturo Uslar Pietri, el siempre ecuánime y templado gentilhombre venezolano, ante tal desafino cromático, hizo sonar su armoniosa cuanto prestigiada voz, para acallar tamaña distorsión sónica del conocimiento y de la razón en pleno siglo XX. Los Expulsados de la Civilización no es su crítica malhumorada, sino  razonada concatenación de cordura, dolora en prosa de un savoir faire ante el inesperado bucle tribal de un prestigiado docente. Atrincherado en un poderoso medio audiovisual y su rango académico, este comunicador pretendía rociar su programa de erudición con su particular aspersorio hispánico. Un hisopo asimétricamente perforado por filias y fobias, que asperjaba su sopa de letras sobre un colectivo masificado, acrítico, zafio, sanchopancista, empantuflado… y sorprendido, a la vez que satisfecho, ante el sabor edulcorado de aquellos plasmas de hechura cabileña, ajustados milimétricamente a su capacete craneal insular. El amplio espectro de la civilización, tratado de forma simplista y aroma erudito, motivaron la incomodidad del llorado polígrafo caraqueño, tal como provocan hoy la nuestra. Con las propias tesis de John Ruskin que nuestro barón argumentara, Uslar Pietri razonaba en pro de la civilización hispánica para llegar a conclusiones diametralmente opuestas. No hay hallacas como las de mi mamá, es dicho de nuestra tierra caribe para significar lo apegado del paladar familiar a los sabores caseros. Y el mediático histrión, salpimentaba su hallaca televisiva dosificándola de tribales halagos, capaces de plenar de emociones sus anglófilas oquedades cefálicas. Pero lo que no pudo saber nuestro sabio caraqueño, es que tras generaciones de lisonjearse como elegidos por el dedo de Dios, este Sir inglés y muchos de sus emocionados escuchas, serían los precursores del Brexit social, apartheid europeo que había de estallarles en las manos durante la segunda década del siglo siguiente. ¡Onirismos de un evanescente Segundo Imperio ya marchito, cuando el Primero, niego a la mayor que lo fuera más allá de la propia vanidad inglesa, había brillado por sus elementales carencias humanas!

 

No se puede negociar con un país que viaja todavía en asnos, respondía no ha mucho el Premier Boris Johnson a un periodista que le preguntó por el futuro estatus de Gibraltar tras el Brexit. Si reclaman Gibraltar, les enviaremos la Armada Británica, contesto otro Jenkins del siglo XXI, sin desorejar por el momento. Dicho esto por dos autóctonos, un siglo después de La Rebelión de Ortega y Gasset ¿a qué nos suenan estas opiniones?… Nuestro pensador historicista cuenta cómo un minucioso corresponsal del The Times, enviaba detallados pormenores a su Redacción y las cifras más pulcras, para describir la situación de una Barcelona sumida en la guerra civil española del 36. Pero partía de suponer, como de cosa sabida y que lo explica todo, haber sido los moros antepasados nuestros. Lo cual, pese a su laboriosidad y supuestos aciertos, le incapacita absolutamente para informar sobre la realidad de la vida española, añadía. Algo así como suponer que el asilvestrado talante de la horda anglosajona en olor de brandy-dead que visita Magaluf, se debe a sus antepasados sajones… o que sus energúmenos hooligans encarnan una excrescencia humana brotada de sus genes anglos… Se precisa una información fidedigna, contrastada, que reclama una reforma de la fauna periodística… y algunas horas más de biblioteca en sus caletres, poco leídos y mal asimilados – añadimos nosotros – de la gran maestra que es la Historia. Y para hablar de la hispanidad es preciso conocer su unamuniana  intrahistoria, mientras que para esta cuerda de iluminados, lo que se publica en español no existe. La razón de ello, puede encontrarse en el patente desinterés del angloparlante isleño por las demás lenguas, que en su chauvinismo desconoce, unida a la citada paráfrasis del que envuelto en sus tópicos, desprecia cuanto ignora. Ninguno de ambos atributos favorece la lectura de cualquier fuente de datos objetivos en idioma ajeno. Y ya Unamuno nos advirtió oportunamente sobre la lectura que, cuanto menos se lee, más daño puede hacer lo que se lee… sobre todo si es lectura sectaria que riega páramos culturales, añadimos nosotros.

 

Ese país que supuestamente viaja todavía en burro, es quien maneja su aeropuerto de Londres a través del mayor operador aeroportuario del mundo, su banca tiene como filiales a dos de los principales Bancos británicos, acaba de construir el AVE a La Meca en detrimento de su tecnología, que volvió a desplazarla en la reciente variante del Canal de Panamá; pero que alberga gustosamente al casi medio millón de compatriotas residentes con un 15% de jubilados, que disfrutan de la seguridad social española, valorada como una de las mejores del mundo. Y que dan múltiples muestras de no compartir el estalagmítico prejuicio de su desgreñado Premier, aunque algún día lo compartieran cual pecadillo pre-púber. De lo que deducimos que hay otro sector de esa sociedad pasmada, que no se entera de su realidad, alelada aún como lo está, ante su biselado espejo decimonónico con marco dorado. Y hablando de Panamá, rebobinemos un reciente comentario de Milton Cohen Henríquez, su embajador en Madrid, quien en rueda de prensa sobre ese paisanaje que se supone viaja a lomo de burras, semilla otrora del mundo hispánico estéril de nuestro despistado Sir, recordaba off the record a sus contertulios, que era el mismo que había inventado el helicóptero, el submarino y el traje espacial, mil veces copiados luego. Que su medicina social había logrado hacer de su gente – junto con Japón – el colectivo humano más longevo del planeta, que era el primero en trasplantes de órganos humanos y se consideraba valorada su sociedad en la cumbre del bienestar universal, entre otras reflexiones lisonjeras tomadas en los medios informativos. Pero que sus ciudadanos eran, a su juicio, los únicos que no se daban por enterados de ello.

 

En contraste, la idiosincrasia inglesa que personaliza nuestro Sir, no deja de ser un suma y sigue diametralmente opuesto, que en próximas generaciones los europeos no parecen estar dispuestos a sufrir en propia carne, como tal vez le ocurriera a Humboldt. Cosas veredes, amigo Sancho, apostillaría harto de sufrirlo, quien dicen lenguas que lo exclamó, aunque nunca tal cosa hizo, este otro sólido, verdadero, equitativo, arquetípico español y universal Sir, apostrofado despectivamente por sus burlo-detractores como “El Quijote”, un hidalgo soñador atemporal desfacedor de entuertos. Figura cumbre indiscutida de la novela universal, concebida por Miguel de Cervantes Saavedra, otro expulsado de la civilización junto a Octavio Paz, Velázquez, Dalí, Diego Ribera o Picasso entre otros, por el conspicuo inglés de nuestro apólogo, erigido per se en juez universal infuso. Manco de Lepanto de por vida y más señas, tres veces herido en la mayor ocasión que vieron los siglos, donde los insulares ingleses ni estaban ni se les esperaba en aquel encuentro vital para Occidente y su civilización greco-latina y judeo-cristiana. Ni siquiera como escuderos, ni mozos de armas o polvorillas. Mientras the cold queen of England is looking in the glassDon John of Austria is going to the war… love-light of Spain ¡Hurra!… ¡Vivat Hispania! ¡Domino Gloria! no puede menos que exclamar  Chesterton ante la victoria de la Armada cristiana sobre la turca, en su emocionado poema de Lepanto. El mismo Gilbert K. Chesterton que proclama encarnar España la civilización misma, en un determinado momento histórico del siglo XVI, cuando el horizonte de su patria no pasaba más allá del empecinado robar la plata de los galeones españoles. Esa plata que serviría para construir su Banco de Inglaterra, tal como reconociese implícitamente el propio John Maynard Keynes tres siglos y medio más tarde, al reflexionar que cada libra que Drake trajo en 1580…  se ha convertido ahora en 100.000 libras. ¡Tal es el poder del interés compuesto¡

 

Y tal era el poder del interés compuesto también para aquella lengua romance alto medieval, que naciera entre la Cantabria y la Vardulia peninsulares en los albores del Condado de Castilla, que nada aportó al progreso humano, según nuestro trasnochado docente. La  lengua en que Dios le dio a Cervantes el Evangelio del Quijote, opinaba Unamuno, y la segunda (por el momento)  más hablada del mundo. Y una de las más prestigiadas, si no la más rica, tras su último hervor en el reverbero de matices expresivos y esencias americanas con sus préstamos nativos. Que el poeta nahua Natalio Hernández Xocoyotzin sintió encarnada en el ahuehuete, árbol nacional mexicano que cobija y da sombra, mientras se nutre en el suelo indígena que le transfiere sus aromasY hasta tal punto así, que hoy se tiene al viejo decir bogotano, arcano del habla de ayer aromado de esencias propias, un crujir de sedas virreinales, como una cierta fragancia sónica espontáneamente emanada de su gente. Eco de ella es esa leve musicalidad ondulante que destila el Gabo García Márquez – becqueriano rumor sonoro de arpa de oro  – legado escrito de su magistral prosa en Vivir para Contarla.

 

Como buen pueblo románico que en principio era, acabaron los castellanos divinizando su logos, su decir. Por eso, los pueblos románicos han forjado lenguas complicadas, pero deliciosas, de una sonoridad, una plasticidad y un garbo incomparables… lenguas hechas a fuerza de charlas sin fin – en ágoras y plazuelas, en estrado, taberna y tertulia – nos recuerda Ortega y Gasset. Por eso nos sentimos azorados cuando oímos emitir a los ingleses… esa serie de leves maullidos displicentes en que su idioma consiste… 

 

Un santo triste es un triste santo, conceptuaba a su vez en esa lengua complicada nuestra gran mística Teresa de Jesús, para desesperación de sus traductores. Compuesta la nuestra de una avenida de muchas lenguas, según el gran historiador jesuita Juan de Mariana (1536-1624), fue incorporando ayudas léxicas de cuantas fablas mascullaban los bárbaros germánicos que transitaron por siglos la península ibérica y que la nutricia lengua árabe vino a colmar. Como lapas fluviales adheridas a la dura madera del latín troncal, fueron apareciendo vocablos como pozo, queso, guardia, carrera, tregua, aceite…  en tanto la corriente de la Historia lo arrastraba aguas abajo henchido de humedad y macerado a golpes de ribazo. Apropióselo la cristiandad del norte que, con sus behetrías, asambleas, ordalías y venganzas de sangre, acometía la reconquista del sur con sus jarchas y zéjeles incluidos. Era un latín hirsuto, con marcado acento dialectal hispanorromano trufado de arcaísmos ibéricos, que los puristas del Lacio juzgaban despectivamente. Y los cristianos del sur, que las mesnadas castellanas iban incorporando a su guerra, apenas lo entendían. Teníanlo por bronco, rudo, montaraz, áspero al oído, no exento de rahez, más propio de bagaudas campesinas de las serranías vasconas, que de las formas de vida, tradiciones y fueros visigodos detectados en sangre. Era empero la herencia de aquella lingua latina hablada por la omnia gens hispánica de los Séneca, Marcial, Trajano, Marco Aurelio o Teodosio, que San Isidoro de Sevilla recopilara en sus Etimologías (año 627) mediante un alarde de erudición enciclopédica. Este esfuerzo supremo por salvar los muebles del mundo clásico, acabaría convertido por siglos junto al ptolemaico Almagesto (traducido en Toledo), en libro de cabecera y referente imprescindible del medioevo: primer escrito que dejaba constancia histórica del vocablo España. Pero aquellos decires sonaban aún a tañer de cencerros, crepitar de leña verde, chocar de falcatas, en tanto que desprendían tufo a pan de bellota, aprisco montuno y cánido ovejero. Fue Nebrija quien tuvo a bien bruñirlos como lengua del Imperio, y ofrecerle su Gramática a Isabel la Católica para la posteridad hispánica que encarnamos hoy. Y pasó a las Américas donde a los conquistadores… se les caían de las botas, de las barbas, de los yelmos, de las herraduras, como piedrecitas, las palabras que se quedaron aquí resplandecientes… el idioma. Así armonizaba su arraigo allende los mares Pablo Neruda, uno de nuestros once Nóbel de Literatura, que supieron tomar el testigo de los cervantes del siglo de oro, en pos de una ejecutoria de letras selectas, erario común de nuestra palabra escrita.¡Que buen idioma el mío, que buena lengua heredamos de los conquistadores torvos! – añadía el chileno -… que andaban a zancadas por las tremendas cordilleras, por las Américas encrespadas… con aquel apetito voraz que nunca más se ha visto en el mundo… Todo se lo tragaban con religiones, pirámides, tribus, idolatrías… por donde pasaban quedaba arrasada la tierra… ¿Salimos perdiendo? ¿Salimos ganando?… Se llevaron oro y nos dejaron el oro… Se lo llevaron todo y nos dejaron todo… Nos dejaron las palabras…  Y con ellas La Palabra, el logos griego que, como una semilla de carne y luz, significaba, además, La Verdad (añadamos a nuestro agnóstico vate): la perla más preciada de nuestro credo escatológico.

Figura 11- Bahía de Acapulco, hoy

 
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Contexto Histórico de Veracruz – IV

Figura 10: Portulano de Veracruz c/.1700. Dibujo del autor

 

Con el tornaviaje de Urdaneta, iba a comenzar la andadura anual del Galeón de Manila (1565), que desde Acapulco inundaría capital y mercados virreinales con el exotismo oriental de sus manufacturas. En el tornaviaje siguiente, esas manufacturas pasarán ya por Veracruz, para hacerse vender con notable ganancia en los mercados de Europa. Había comenzado el comercio interoceánico, dinamizado por pingües beneficios y cuerda para dos siglos y medio. Tras la travesía del  Pacífico desde Manila en las Islas del Poniente, cruzaría Nueva España desde Acapulco, por los caminos reales de Cortés y Mendoza a lomo de largas reatas de mulas. Pronto serán cientos, las que serpean entre la capital virreinal y sus terminales oceánicas, portando preciadas cargas que vender en mundos opuestos. Como por arte de magia, emergen las manufacturas asiáticas en el ribereño arenal sevillano con cada Flota de Nueva España que llega. Era la primera cinta transportadora económica y cultural, sustentada sobre la infraestructura novohispana y la eficacia comunicativa de los correos de aviso. Además del exotismo oriental en productos, recibía Veracruz por tierra el Quinto Real de las minas de plata en lingotes y barras, además de moneda corriente de la Ceca de México, para el pago crediticio de mercancías adquiridas en Sevilla pro comercio criollo y sus ferias. Por mar llegaba, junto a la manufactura europea pagada, el situado fiduciario o cupo presupuestario asignado a Nueva España por la Hacienda Real. El Virreinato compraba barato en Oriente bajo el pronto pago de su poderosa moneda, en México negociaba las manufacturas adquiridas, y las expendía hacia España con notable valor añadido, incluidos almojarifazgos, alcabalas y el Quinto Real de sus explotaciones mineras, todas privadas. Como cualquier otra empresa del mercantil Renacimiento, que vino a desembarcar en América de mano española. En consecuencia, la Nueva España virreinal compraba caprichos en Oriente, los negociaba y clasificaba a voluntad, destinaba una parte a consumo propio y remitía otra a Veracruz, que la facturaba hacia Sevilla en cada Flota que partía de sus muelles. Pagaba por tanto sus tasas a la hacienda en lingotes, que  la ceca sevillana convertíalos en moneda, y sus manufacturas privadas en metálico. Más de 50.000 mulas y 7.500 arrieros llegarían a encargarse de su trasiego desde la capital, mediante los fardos y serones de mercancías y cajas de la Real Hacienda, que Veracruz embarcaba hacia la metrópoli.

 

La tracción animal a lo largo de las rutas  carretiles, habíase generalizado tras convertir en bueyes los primeros novillos (1535), castrados en haciendas veracruzanas. Las mulas de carga y tiro, cruce de yegua andaluza y asno, llevadas también a cabo por sus ganaderos, fueron prontamente incorporadas a las reatas y recuas del transporte de uña. Estas cabañas ganaderas sufrieron un fuerte incremento presionado por la prohibición legal de sobrecargar a los tamemes indígenas según las Leyes de Indias. Pero como donde está la ley, está la trampa, no pocos estancieros soltaban sus ganados al campo, donde pastaban libremente, perjudicando las siembras de los indígenas y constriñendo poco a poco sus tierras. Política de paulatina apropiación de pagos ajenos, dilatando los propios sin documentos acreditativos de adquisición o venta alguna. Tal caso presentose también en la fundación de Córdoba (1618), dotada con terreno para solares, ejidos, potreros, dehesa y caballerías de tierras, tomado enteramente de las pertenencias tradicionales indias. Estos abusos condujeron a la pragmática de Felipe III (1642), mediante la que se penalizaba severamente estos desmanes sobre los haberes indígenas. Toda nueva adquisición de tierras debía hacerse con tal atención, que a los indios se les den sobradas todas las que les pertenecieren… y las tierras en que hubieren hecho acequias o cualquier otro beneficio… se reserven en primer lugar, y por ningún caso puedan serles vendidas o enajenadas.

 

En los primeros años del Virreinato, el control de caballos y yeguas era estricto, prohibiéndose su posesión y cría a los indios, a pesar de que algunos caciques, gobernadores, alcaldes y otros notables indígenas, fueran pronto autorizados a disfrutar de montura propia. Tempranamente también, le fue facilitado al indígena la posesión de burros, lo cual vino a desarrollar notablemente su productividad agrícola. Mas tarde, la liberal posesión de potros y la presencia de postas en los caminos reales para el refresco de caballos de tiro y monta, iba a generalizar la presencia de equinos y asnos por las rutas novohispanas. En época del virrey Revillagigedo, llegarían a establecerse en el Camino de Perote los llamados coches de providencia, no otra cosa que diligencias de uso público o alquiler.

 

La Probanza era una suerte de documento bibliográfico sobre los méritos acumulados por un súbdito en servicio del Rey, fuera con la pluma, la toga, la retórica o la espada. Una suerte de lamento notariado, individual o colectivo, dirigido a la Corona en demanda de favor para amejorar el estatus del firmante, a la vista de sus méritos documentalmente expuestos. Alguno de ellos como el negro yucateco Sebastián Toral,  viajaría varias veces a España hasta lograr le fuese concedido el porte de armas solicitado. Otro conquistador más, establecido en ciudad virreinal recién fundada, que como súbdito reclamaba ciertas prebendas a su rey en base a méritos probados. El historiador Bernal Díaz del Castillo, siendo alcalde de Ciudad de Guatemala, no conseguiría en cambio para sí las que a su vez a Carlos V reclamara por servicios cumplidos, entre los que contaba el no menor de haber aclimatado las primeras naranjas de Nueva España.  Se da la circunstancia de que los conquistadores indígenas fueran más numerosos que la suma de conquistadores negros y conquistadores españoles, en razón de la ingente proporción de nativos que, tras la conquista, se subieron al carro vencedor. Empuñaron las armas para sacudirse el yugo de pueblos rivales opresores, aprovechando el río revuelto de alianzas indígenas con los castellanos, para cobrarse pasadas afrentas. Una mera secuencia del historial de enemistades étnicas, de la que fuera paradigma la existente entre mexicas y tlascaltecas.

 

En el área mixteca, totonaca y yucateca maya, se vio  llamativamente reclamado el título de conquistador entre las élites de indios amigos, en pos de una cierta autonomía para sus personas y pueblos, a la vez que afianzaban su autóritas regional con el aval de una Real Orden de Probanza. Confirmada su estirpe noble, estas élites indígenas fueron bautizadas con sus característicos apellidos indios precedidos de nombres castellanos, lo que agigantaba su prestigio social ante propios y extraños. Algunos de ellos marcharon a otras regiones afines, donde establecieron nuevas republicas de indios, según el modelo virreinal establecido. Era un primer paso de la cultura europeizante, que había de tardar generaciones en calar el alma indígena.

 

Hernán Cortés no sólo había arrastrado tras él a gentes de guerra y altar. Desde los tiempos de Cuba se le incorporaron copleros, recitadores, relatores, troveros y músicos, feriantes del aspaviento, el son, la mímica y el decir, que amenizarían cada atardecer las acampadas soldadescas de la marcha sobre el Anahuac. Guardamos noticia de innominados virtuosos de la vihuela, el rabel, el atabal, el arpa, la trompeta o el pífano, que se unieron a su hueste desde Santiago para acompañar a su alcalde y endulzar sus asuetos marciales. Junto a los músicos, iban conocidos solistas como Porras el cantaor de jarchas y aguinaldos y Maese Pedro el arpista, además de compositores como el vihuelista Alonso Morón u Ortiz el Músico, uno de los mejores jinetes de Cortés al decir del cubano Alejo Carpentier. Partícipe de la toma de Colima el primero, acabaría sentando escuela de canto y baile en ella; notable tañedor de vihuela y viola el segundo, recompensado por Cortés con un solar capitalino, asentaría en él su academia del tañido y la danza de músicas profanas. La música sacra encontraría senda propia a través de las escolanías eclesiales y las rondallas de cuerda, utilizadas por los misioneros para armonizar sus responsorios, motetes, cánones, madrigales, antífonas, oratorios, complemento didáctico de la transculturación indígena en las parroquias. Las grandes fiestas conmemorativas de la Paz firmada entre el emperador Carlos V y Francisco I de Francia, festejadas por Cortés a manera cortesana, fueron amenizadas por aquellos virtuosos de la cuerda. Si la armonía europea encontró en estos músicos transplantados de Santiago de Cuba, unos primeros valedores en tierra novohispana, los romances populares  hallaron los suyos entre los recitadores y copleros de aquella comparsa colonizadora. Pero ese romance popular, musicado de vihuela y canto, recurrente en los salones de Carlos V y Felipe II en Toledo o Madrid, estaba haciéndolo por reclamo identitario y nombre propio en los del México virreinal. Una transfusión en vena de la esencia española desde el minuto cero de la diástole.                            

 

El romancero heredado del Renacimiento, era un entronque directo con las gestas medievales, prolongadas en el recuerdo de la gleba por cantores ciegos y recitadores de coplas, retahílas y poemas, con o sin sones instrumentales, complementados a veces con números de danza que regocijaban al respetable. Una fecunda continuidad de los tiempos heroicos, que fluía espontáneamente en los latiguillos, retruécanos, trabalenguas y refranes del habla coloquial, que acabaría regada por  todos los mares y climas donde estuvo presente el Imperio español, nos recuerda Menéndez Pidal. Era sabido de antiguo que la lengua acompaña siempre al poder. Antonio de Nebrija le ofreció a Isabel la Católica su Gramática de la Lengua Castellana, primer estudio de nuestra lengua y sus reglas, como inseparable compañera de viaje del naciente Imperio. La continuidad del lenguaje heroico y su nobleza de estilo, iba a perdurar anexo al romancero tras su salto atlántico, enriquecido ahora con sonoros giros arcaicos o felices aportes léxicos prestados de las lenguas indígenas. El teatro del Siglo de Oro, emergente en la Nueva España a partir de las fiestas religiosas del Corpus Christi y el didactismo de los Autos Sacramentales, encontraría entre sus dramas y comedias, un amplio eco coloquial y familiar. Son conocidas las representaciones capitalinas de Lope de Vega y Calderón con su lenguaje poético próximo al romancero. Sin olvidar que uno de los máximos exponentes de aquellas musas, lo fuera Juan Ruiz de Alarcón, nacido, doctorado y envenenado por  la histriónica Talía en su Ciudad de México, aunque hubiera de triunfar en la madrileña Villa y Corte.

 

En la comarca veracruzana, aquellos compases didácticos vinieron a maridar con los  cantos melopeicos y los vistosos bailes de su acervo cultural indígena. Acabarían cristalizando en sandungas, jarabes, sones de la tierra y fandangos jarochos o huapangos huastecas que, acompañados de los rasgueos sincopados de las jaranas, nos sorprenden hoy por su profunda belleza. Muchas letras de estas canciones eran variantes de los versos octosílabos, entonces de moda, provenientes de poesías y romances de las justas poéticas, retahílas de los juegos populares, o estrofas sueltas de las comedias satíricas de los corrales. Siempre gozaron de una gran aceptación popular, y nutrieron no pocos cancioneros que circulaban de mano en mano entre los músicos indígenas, quienes les daban un último matiz propio.

 

Andando el tiempo, los corrales de comedia arraigados en la Nueva España del siglo XVI, dieron paso a todo tipo de teatros y salas de espectáculo, recorridos sobre todo por compañías andaluzas de danza y canto. Con sus músicos incorporados, estas compañías de cómicos iban desde Sevilla o Cádiz hasta Ciudad de México, con actuaciones intercaladas en la Habana y la Nueva Orleáns española del siglo XVIII. Ya en Veracruz, camino real adelante, detenían sus espectáculos callejeros en todo núcleo habitado notorio, con Puebla como referencia básica, donde eran éxitos cantados las actuaciones de sus comediantes. Esas mismas músicas nutrieron sin duda los huapangos, cuyos orígenes deben buscarse en Pango (Pánuco) como sones jarochos. El fandango jarocho, nacido en las ferias comarcanas, se bailaba y cantaba de seguido  en fiestas y ferias, alternando músicos, danzantes y cantores. Una tradición española de apellido indígena, criada entre mestizos que a sí mismos se llamaban jarochos, en su centro neurálgico de Tlacotalpán. En realidad amalgamaban sones andaluces y caribeños inyectados a través de Veracruz puerto, pero sazonados en las riberas del río Papaloapán/San Juan. Parte importante del colorido espectáculo era el zapateado sobre tarima sonora, de honda raigambre andaluza, donde las bailadoras, faldas largas, blusas de colores, encajes, trenzas o moño caído y poderosos tacones, contrastaban  con sus parejas de baile, pantalones negros, guayabera, faja y botines, en un espectáculo músico-visual colorista de arrogante tronío sevillano. Las letras de sus canciones eran, y siguen siéndolo, referencias de la vida de la gente llana, donde caben la guerra, el amor, la marinería, el comercio portuario, los ganaderos, el arriero… arrullados entre el vaivén del ritmo, el sonar armónico de la jarana jarocha (guitarra barroca), y acompañamiento de arpa, violín, requinto (guitarra de son)… y el sincopado taconeo sobre la tarima. El agudo sentido musical del indio, imprimió su carácter a los nuevos sones, y cada música regional fue matizando su tornasol comarcano con múltiples variantes de instrumentos de cuerda, de los cuales eran los indígenas maestros. Hasta tal punto la sensibilidad novohispana palpitaba ante la música, que partituras sacras de Cristóbal Morales, Francisco Guerrero, Tomás  Luís de Victoria o Palestrina, estos dos últimos en especial, llegaron a crear atasco de fieles en determinadas misas catedralicias de la ciudad de México…  y de Puebla, pocos años más tarde. Pero esta megalomanía  popular del mundo criollo no era flor de un día.

 

Figura 11: La Catedral de México

 

La música europea había comenzado a calar la sensibilidad indígena como otro servicio intencional más del culto sacro. Pero fue convirtiéndose poco a poco en la verdadera recreación de la liturgia eclesial. Y acabó por institucionalizarse a través de los conventos y seminarios, nutrientes de misiones y parroquias, donde los indios aprendían con facilidad el nuevo estilo musical y el secreto de la construcción de sus instrumentos. Como en el resto del Imperio, eran las catedrales el centro musical por excelencia, y su repertorio el mismo ejecutado en todas ellas, y sus iglesias diocesanas de Sevilla Toledo, México, Puebla… o Manila. Las catedrales de México y Puebla, por bula de Pio V, habían heredado los privilegios y costumbres de la de Sevilla. En cada catedral, era el Maestro de Capilla la máxima autoridad musical y a quien correspondía supervisar a los músicos ya instrumentistas o corales, mientras que quien dirigía su coro era el Sochantre. En Nueva España los iniciales grupos corales dieron lugar a las escolanías y distintas escuelas de música, todas ellas públicas y abiertas a indios, mestizos, negros o blancos, sin distinción de castas pero sí de aptitudes, por ser la demanda elevada, y limitados los músicos cualificados para enseñarla. Su repertorio musical era el mismo al ejecutado en las catedrales e iglesias de la metrópoli. El primer Maestro de Capilla de la catedral de México fue el extremeño Hernando Franco (1575- 83), llegado de la catedral de Guatemala, donde venía ejerciendo el cargo desde unos años antes. Sus Magníficats adquirieron niveles de armonía comparables a los de Giovanni da Palestrina, el organista y compositor vaticano, en boga entonces. Esta influencia italianizante del orbe católico era debido sin duda a la poderosa influencia del que llegó a ser Maestro de Capilla Papal,  cuyas obras polifónicas, frescas aún, eran enviadas a Nueva España para enriquecer el archivo de sus catedrales. Se da el caso de compositores criollos mestizos o blancos, nunca salidos de su terruño, que nos han legado obras del más puro estilo renacentista itálico, demostración evidente del arraigo de aquella polifonía en el seno de la sociedad novohispana. Pero además del estilo español e italiano sacro, llegaría una poderosa influencia de la música flamenca, consecuencia de las dos capillas musicales existentes en aquella Corte de los Habsburgo.

 

Fray Pedro de Gante, primer maestro de música europea en América, inició una escuela de música en Texcoco (1530) y conformó un coro de muchachos indios que llegó a cantar los domingos en la misa mayor catedralicia. Pionero franciscano llegado a Veracruz (1524) dos años antes que los doce apóstoles que pidiera Cortés al Emperador, fue enviado por el propio conquistador con sus compañeros flamencos a Texcoco, por existir en aquellos momentos una fuerte epidemia variólica en la capital. Allí iban a establecer su convento y una Escuela de Artes y Oficios anexa para la educación de jóvenes indios. Una continuación temporal del secular centro educativo, que los miembros de la clase dominante azteca, habían creado antaño en ese lugar. Basados en la tradición pictográfica indígena, escribieron los primeros catecismos, a fin de facilitar con ellos la memorización de los textos. Gante aprendió las costumbres y lengua náhuatl para mejor comprender al indio, y en esa lengua vino a publicar  catecismos y motetes que han llegado a nosotros. El anciano músico Fray Juan Caro, colaborador en la enseñanza de Fray Pedro, vista la natural disposición y agudeza musical de aquellos muchachos, y la babel de hablares autóctonos que con castellano y latín se mezclaban en las aulas, decidió enseñarles, de forma directa, la música cantada y escrita, notas, tonos y semitonos. Los indios no cesan de cantar y de bailar en sus ceremonias religiosas, era máxima que repetía. Utilizando melodías y tonos aborígenes con gran delicadeza, efectuando, si necesario, algún cambio silábico y aún melódico, trataban los frailes de evitar el desentono de sus voces al cantar, tenidas por débiles a causa de su inadecuado hábito alimenticio. La escala pentafónica tradicional de sus melodías, resultaba un impedimento para asimilar la cromática de los europeos, pese a la fascinación que en ellos despertaba, y su mucho empeño por hacerla propia. Tal era el hechizo irresistible de la escala europea, que cuando en sus desplazamientos iban cantando los frailes loas, salmos o villancicos por páramos y sendas de Dios, se maravillaban a veces al descubrir que eran seguidos cautamente por indígenas en escucha de sus melodías. Detuvo la marcha uno de ellos, que tocaba a Dios su flauta por aquellas soledades, a fin de tantear la actitud extraña de quienes, pasos atrás, seguían su andar. Lentamente fueron aproximándose para rodearle en el silencio de su mutua expectancia. El más decidido pidiole la flauta para observarla, la sopló y nada obtuvo de ella… preguntole entonces por señas de quien era aquella voz de pájaro mañanero que de allí salía y con quien hablaba… respondiole el buen fraile que era el lenguaje de los ángeles, alabando a Dios en el cielo, y que si venían a su parroquia, aprenderían a hablarlo… Y es que la escala tónica europea  causaba al indígena emoción tan sincera, como fatal lo fuera para los roedores de Hamelin. Quienes no se sometieron nunca al designio de sus dioses, y se rebelaran por ello contra augurios ancestrales, fueron a la postre traicionados por su propia sensibilidad auditiva y emocional, que vino a someterles a una nueva tiranía estética

 

Y el sabio por viejo Fray Juan, decidió aplicar su intuitivo método al detectado síndrome Hamelin de los indígenas… con excelentes resultados. Fue muy de ver el primero que les comenzó a enseñar el canto… pénitus (sic,  muy a su pesar), ninguna cosa sabía de la lengua de los indios, sino la nuestra castellana, y hablaba tan en forma y en seso con los muchachos, como si fueran cuerdos españoles… y los muchachos, con la boca abierta, oyéndole muy atentos, por ver lo que quería decir… en poco tiempo no solo le entendieron, sino de tal forma, que en poco tiempo deprendieron (sic, aprendieron) y salieron con el canto llano, mas también con el canto de órgano, e agora hay muchas capillas e muchos cantores dellos, diestros, que las rigen y entonan… y después acá, como un loco hace ciento, unos a otros, entre indios, se lo van enseñando… nos explica el humilde  Fray Toribio Motolinía, uno de los doce apóstoles, que asumió como propio el nombre (“el que es pobre”), por el que los indios nahuas le conocían. Este interés y aprovechamiento mostrado por los muchachos de Texcoco, llevó a los frailes a pensar en la creación de una institución de estudios superiores para indios, algo que nunca se habían planteado, pero que cuajaría su realidad unos años más tarde.

 

Figura 12: Catecismo ilustrado para indios de

                        Pedro de Gante                      

 

Felipe II quería hacer en Nueva España un centro cultural de primera categoría y eligió Puebla y México como centros modélicos del virreinato. Envió maestros de música para ejercer la docencia en la reciente Universidad capitalina. Concedió Reales Cédulas a favor de compositores, maestros y agrupaciones musicales sacras, de manera que vino su Catedral a recibir las partituras y libros más importantes del momento. Su capilla musical era numerosa y fuertemente subvencionada. El sincretismo cultural había conformado los cantos al gusto indígena, acompañados por gran diversidad de instrumentos musicales. Pero con las conclusiones del Concilio de Trento y la Contrarreforma (1565), iba a ser sacado de funciones catedralicias y eclesiales todo instrumento musical de cuerda, percusión y viento, excepto los de tecla. Vino así el órgano a convertirse en el aparejo sacro por excelencia. Ello trajo una masiva cesación de vihuelistas, cornetistas, contrapuntos, violinistas, chirimías, sacabuches, arpistas y toda serie de tañedores indígenas, que había plenado las escuelas de música  y coros catedralicios. Hubieron de buscarse acomodo entre hermandades, congregaciones, cofradías, fiestas patronales, festejos populares… lo que trajo una profunda crisis de ocupación en el seno de la comunidad nativa ilustrada. En razón doble, por ser en mayoría los propios indios quienes construían los instrumentos que circulaban en el mercado, además de plenar coros y escolanías con sus ministriles y cantores, que sufrieron notable deterioro. Llegado de Sevilla el primer órgano para la catedral de México (1530), iba a convertir las obras musicales y teóricas de Antonio de Cabezón, Fray Juan Bermudo y Tomás de Santa María en el alimento espiritual de los organistas novohispanos. Entre ellos Antonio Rodríguez de Mesa (1582) no el primero de ellos, pero si el que consta como tal en los anales catedralicios. Y como virtuoso, el afamado Manuel de Zumaya (1715), maestro de capilla, compositor y organista,  posiblemente el músico criollo más grande de la época virreinal.

 

El primer centro educacional de música sacra en Nueva España, fue la Escoleta Pública de la Catedral de México, donde se iniciaban los jóvenes en el canto llano mediante salmos y motetes a varias voces, cantera nutricia del coro catedralicio. Ya fuera en lengua vernácula, castellana o latina, utilizando melodías indígenas o renacentistas ibéricas e italianas. Muchos de estos sochantres y maestros de coro, fueron los verdaderos formadores e impulsores de músicos y compositores criollos, abriéndoles las puertas a la música religiosa de índole popular con alabanzas, saetas, trisagios, rogativas o villancicos.

 

En  Veracruz encontraron estos villancicos y coplas, diferentes expresiones como la Rama, el Pesebre, las Pascuas o las Posadas, que al igual que en la Nueva España toda, penetra sus orígenes en la exaltación y festejos navideños del pueblo llano. Traídos sin duda por los misioneros, pero asumidos como propios por la mayoritaria población inmigrante. Llegadas las fiestas, grupos de vecinos con banda de requintos, panderos y guitarras, pasaban cantando villancicos por las casas, enarbolando una rama decorada o un Belén portado en angarillas. Siempre acompañados de gente menuda con velas, y el entusiasmo para felicitar las Pascuas a los amigos, que se lo premiaban con regalos para todos y aguinaldos monetarios para los más jóvenes. Las Pascuas eran estrofas improvisadas, claro extracto de la saeta andaluza, cantadas por los huapangueros con banda de cuerda y percusión, para celebrar las fiestas en el terruño jarocho. Las Posadas, limitadas al novenario precedente a la Navidad, eran en cambio una escenificación de aquel deambular de José y María en busca de venta donde posar. Tras sucesivas negativas, se guarecieron en el establo donde el Redentor del mundo su paz vino a traer. Émulos de este acontecer, cuando llegaban los Santos Peregrinos frente a la casa elegida, cantaban seguidillas implorando asilo, respondiendo desde dentro voces similares que eludían dárselo, diálogo que concluía con la apertura del portón para dar cobijo a todos con gozo compartido, dulces y regalos. Toda esta manifestación coral con acompañamiento, vino a ser enriquecida con bailes de aporte indígena o negroide y resultado multicolor, enmarcadas hoy estas tradiciones en el GuadalupeReyes, o lapso comprendido entre ambas fiestas nacionales (12 diciembre – 6 de enero).

 

El hecho de ser Veracruz el puerto atlántico de Nueva España, convirtiole en centro emisor de cantigas marineras que tripulaciones, boteros y estibadores, propagaban hacia el resto del virreinato. En permanente contacto con tripulaciones de otros puertos caribeños, y sus novedosos ritmos o sones antillanos, el peonaje de color había madurado su propia forma de cantar, bailar y hablar el castellano. Conocido éste como dialecto sayagués, vino con el tiempo a caracterizar los villancicos de negros y las ensaladas o mezcla de sones, texturas e idiomas, en una partitura que sus hermanos de raza se encargaban de transmitir como reguero de pólvora por la costa y al interior. Injertos seculares constantes entre música popular y culta, europea y novohispana, junto a los cruces de escritura y oralidad de los libretos, dio lugar a un sin fin de textos en poesía clásica, cantada y bailada, y diferentes hablas, ritmos y melodías. Ni el mismo Góngora hubiera podido reconocerlos como emanados de su propia culta latiniparla.

 

Durante el largo Siglo de Oro español (Renacimiento del siglo XVI y Barroco del siglo XVII, con su apogeo hacia 1640), la Villa Rica y su puerto iban a convertirse en referencia cartográfica de toda nao que surcara las aguas del Golfo. Lo mismo demandar refugio una nave de la malhadada expedición de Ponce de León,  que catapultar las flotas de Guido de Llavezares o Tristán de Luna en pos del sueño floridano. De muchas ciudades se hace un reino, era un dicho popular castellano de raigambre romana, que estaba tomando cuerpo en la costa suroccidental del seno mexicano. Para ellos civitas, la ciudad, había sido el núcleo de su civilización; y vivir en la polis, era vivir en policía, es decir en el orden que ofrecía la ciudad civilizada. Y Veracruz, centrada en la privilegiada situación de su Marca Huasteco-Totonaca y su promisorio arraigo comercial y humano, apuntaba ya al orden característico de una polis. Con el arribo de los galeones de Indias, que repartían su carga por sus ocasionales barracas, quioscos y chiringuitos, montábanse tenderetes con velas y jarcias por las propias tripulaciones. Eclosionaba así su feria anual, análoga a cualquier otra de las famosas cuarentenas feriadas del Caribe. Cada arribo de los galeones sevillanos era una traca festiva, con el cielo plagado de retumbos, súbitas humaredas peregrinas y garabatos multicolores. Sin olvidar el telón de piratería como fondo siniestro, latente desde que el Imperio arrancase su tempranera maquinaria del comercio atlántico.