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Contexto Histórico de la Habana – I

         Colón en su primer viaje (1492) descubre la isla de Cuba << de la forma de una hoja de sauce >>, que denominará Juana en honor de la infanta de Castilla, pero no se detiene, y sigue su litoral al oeste navegando en pos de otras costas. Será la vecina isla de La Española quien, años después de haber consolidado algunos cientos de colonos peninsulares, aporte los primeros contingentes europeos  a la Gran Antilla, receptora final de una leyenda de la que Colón había sido crédulo partícipe, en un postrer jirón medieval inferido al estandarte renacentista. La Antilla era una mítica isla oceánica previa al decubrimiento de América, ya referenciada en cartogramas de 1424, que había culminado su carisma con el refrito geográfico de Toscanelli (1468) manejado por Colón. Se decía que en 1411 una carabela española había llegado a ella, pero no se tenía noticia fidedigna de esta arribada. También Portugal había emprendido sin éxito su búsqueda, sin tampoco hallarla. Este legado legendario influyó para nominar al archipiélago antillano en los cartogramas españoles con su nombre de leyenda.

El estado de cosas que se encuentran al llegar los primeros europeos nos ha sido narrada por su contemporáneo López de Gómara: << Estaba Cuba poblada de indios…andan desnudos, en cueros vivos hombres y mujeres…con liviana causa dejan a sus mujeres…el andar la mujer desnuda convida e incita a los hombres pronto… >>. Y en análoga circunstancia a la vivida por hombres y tierra de La Española, el cronista apostilla: <<Todos ellos se volvieron cristianos; murieron muchos de trabajo y hambre, muchos de viruelas, y muchos  pasaron a Nueva España cuando Cortés la ganó, y así no quedó casta dellos >>. En los primeros contactos con la tierra y sus hombres, aplican los castellanos su máxima renacentista: << quien no poblare no hará conquista, y no conquistando la tierra, no se convertirá su gente >>. Con esta hoja de ruta se comienza la conquista de Cuba, y como conquista en todo tiempo, será sangrienta. Los europeos vienen de una guerra secular en todas sus fronteras. Con ellos traen en sus flotantes castillos, caballos y perros, medios desconocidos para el asombrado indígena, que llegará a sentirse morir bajo los truenos del arcabuz que los mata de lejos. Pronto esos mismos perros que levantan como pieza de caza a todo indio mimetizado en la manigua, quedan perdidos por los montes, donde llegarán a criar en despoblado y tornarse tan << carniceros más que lobos, que hacen mucho daño en cabras y ovejas >> que los propios conquistadores, ahora establecidos como colonos, se organizarán en batidas para exterminarlos y defender los haberes de sus cabañas.

Diego Velázquez llega desde La Española como Adelantado (1511) con credenciales para su conquista y repoblación, otorgadas por Fernando el Católico a instancias del Gobernador Ovando. Le acompaña un grupo humano de colonos  que aportan ganados, semillas y animales domésticos, además de hombres de guerra  que contribuyen a la empresa con sus equipos, armas y monturas. Entre ellos vienen  Pánfilo de Narváez, futura cabeza militar de la conquista isleña, y Hernández de Córdoba, Grijalva y Hernán Cortés, que van a catapultar desde Cuba el descubrimiento de Yucatán y la conquista de México; junto a ellos, viene el dominico Bartolomé de las Casas, grande e ingénuo defensor de los derechos indígenas y  estrecho colaborador de Velázquez, que gestiona en España mediante personas influyentes el final de la encomienda al uso. Una vez conseguida su total libertad, se tornarán pacíficos los indios, dejarán de sublevarse, tainos y siboneyes perderán el perenne hervor de rebeldía indígena de los primeros tiempos. En este contexto funda el Adelantado la villa de San Cristóbal de la Habana (1515) en la costa sur de la isla, que por su insalubridad y peligrosa navegación entre bajíos será trasladada (1519) a una cercana bahía más al norte.

En la bocana de esta bahía conocida como Puerto de la Carena, elige el Adelantado el lugar para trazar el nuevo damero ciudadano, junto al abrigado playote en que reparara sus naves Sebastián de Ocampo (1508), experto bojador antillano, compañero de Colón en su 2º viaje. Allí había dado con sus dos carabelas, anegadas las sentinas por la broma y las vias de agua de fortuitas encalladas, cuando en arriesgada navegación costera, averiguaba por orden del Gobernador Ovando si Cuba era o no una isla que pudiera ser colonizada de cristianos. Y en ella había encontrado varadero de fortuna de placentera arena y manantiales de asfalto, donde poder carenar aquellos maltrechos cascos, que con la pleamar debería reflotar de nuevo. Once años más tarde Velazquez refunda allí la villa que en sus comienzos va a depender oscuramente de Santiago de Cuba, la capital isleña cuyo joven y carismático alcalde Hernán Cortés, sería el futuro conquistador del Imperio azteca. Bajo el  copudo parasol de una ceiba caribeña, y según inveterada usanza castellana, se solemniza la fundación con misa y te deum. Entrega Velazquez al electo Cabildo, con sus dos alcaldes ordinarios y tres regidores, la guarda y custodia de los Fueros y Privilegios de la Villa que han de legar a la posteridad la validez del consuetudinario acto. Terminado el trámite con el levantamiento del Acta Fundacional, quedan allí registrados sorteo y Amparos Reales o lotes de tierra asignados a las 37 familias fundadoras del vecindario. Vendrá luego el trazado de calles  << a regla y cordel >> y la construcción por negros e indios cautivos de la pajiza iglesia y el fuerte, sólida empalizada de troncos cercada de escarpe y zanja, cobijo del vecindario frente a posibles algaras indias. Será el futuro núcleo integrador ciudadano, que junto a su caserío ardería bajo flechas incendiarias en más de una ocasión. En las afueras quedaba instalado el encomendado poblado indígena o << república de indios >> con plaza propia, agua y tierras comunales, su cacique y alguaciles: suministro asequible de mano de obra, que en 1552 alcanzaría, total libertad de establecimiento y circulación. El fundador de La Habana había tomado prestado el topónimo siboney “jhabana,” la castellana “sabana”, que junto a San Cristóbal patrono de peregrinos y marineros, iba a constituir santo y seña de la nueva villa de cristianos. Ennoblecida con un te deum laudamus, celebrado bajo frondosa ceiba que devino enjuta y seca 235 años más tarde, serìa para siempre recordado el laudo por un monolito de piedra  (1754) levantado en el sitio.

A partir de 1543, el entramado administrativo del Imperio iba a estructurar un sistema de flota anual que parte desde Sevilla para ultramar con textiles, herrajes, aperos, pólvora, pertrechos. Desde 1521 el comercio entre el Caribe y España era obligado realizarlo con naves desplegadas en conserva, y un escuadrón protector contra corsarios franceses¸ más tarde llamado Escuadra de Averías por ser financiado por los propios mercaderes que comercian en ultramar mediante un impuesto llamado Avería. Al acceder al Caribe la llamada Flota de Indias, se dividía en dos, una con dirección a  Veracruz y  otra a Cartagena y Nombre de Dios, que irán desglosando naves en diferentes puertos del derrotero. El arribo de estas naves, generaba ferias y festejos locales en los puertos de destino, donde se concertaba buen número de embarcaciones menores que distribuían hacia otros enclaves los preciados cargamentos traídos de España. Finalizadas las ferias locales y estibadas las naves con cueros, cecinas, ganados, maderas, sebos, ceras y otros productos de la tierra además del impuesto o Quinto Real, concurrían ambas flotas concentradas de nuevo en La Habana, donde se les incorporaba la nao capitana para marcar avante el rumbo de regreso a Sevilla.

Este incipiente comercio transoceánico iba a despertar pronto envidias y felonías sin cuento entre colonos clandestinos y navegantes advenedizos que van enrocándose en la generosa pléyade de minúsculas islas caribeñas potenciados por el rencor francés. Francisco I de Francia, enemigo declarado del Emperador Carlos V y antiguo competidor de su cetro, concede patente de corso a sus marinos frente al monarca español, en una frontal actitud contra la salomónica Bula del Papa Alejandro VI, que había repartido el globo terráqueo entre Portugal y España. Se siente despojado de su opción americana y alega que le enseñen la clausula del testamento de  << nuestro padre Adán >> donde se dice que ha de repartir su herencia entre castellanos y portugueses excluyendo a todos sus demás hijos. Decide por ello tomar parte como outsider del festín americano, medio siglo antes que otro competidor inglés, fundador de la Royal Navy, hubiera logrado que sus pilotos se internasen hacia el oeste más allá de las islas Scilly.

En este contexto bélico germina poco a poco un submundo de rapiña, asaltos y muerte. El hugonote francés Robert Ball (1543) toma La Habana y cobra un rescate por no incendiarla, pero se lleva las campanas de su parroquia.  Su lugarteniente Jacques Sorel (1555), guiado por un piloto portugués arrasa la abandonada villa. Con más de 200 forbantes, profana altares destruye las plantaciones vecinas y ejecuta a cuanto esclavo halla al paso. Solo su Hospital de piedra aguantará en pie, como mudo  testigo de esta segunda << destrucción de Troya >>. Apenas logra el pirata reunir rescate digno de tal nombre, y busca por los montes cercanos a los desarmados fugitivos. Una contraofensiva vecinal de 40 colonos blancos, acompañados por unos 100 indios y otros tantos negros apenas armados con piedras y estacas, logra cobrarse algunas víctimas, pero su impotencia les hace desistir del empeño. Cuando el francés se retira, deja la ciudad en llamas. Hasta ahora, cuando los hugonotes aparecían en su costa, blancos, negros e indios se reunían para defender lo que ya consideraban su tierra, por haberse acostumbrado sobre ella a vivir juntos. Era una lección bien aprendida: en adelante se aprestarán en su defensa, además de las guarniciones, los estancieros y los comerciantes, indios y esclavos negros, incluso ocasionales viajeros de Indias que transiten su puerto hacia otros destinos.

 
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Contexto Histórico de Puerto Rico – I

Colón en su segundo viaje descubre la isla de Puerto Rico (1493), Borinquen para los nativos tainos, que denominará San Juan Bautista, en honor al primogénito de los Reyes Católicos. Su primer Gobernador, Vicente Yáñez Pinzón, es prontamente reclamado por el Rey (1508) y comisionado para buscar “aquel canal o mar abierto que yo quiero que se busque”, relativa al supuesto paso del Caribe hacia el oeste. En el corto tiempo de su gobierno, desembarcará rebaños de ganado y animales domésticos traídos de La Española como infraestructura para el asentamiento de futuros colonos; ganado mayor y menor (caballos, asnos, mulos, bueyes, toros bravos, vacas, cerdos, cabras, ovejas) que tras sucesivos aportes llegarán a adquirir gran relevancia ganadera. Comienza la idea de expansión antillana tras un aumento poblacional, y con la creación de nuevos asentamientos Puerto Rico suministrará ganado, cueros y sebo a los emprendedores que incursionan en Tierra Firme. Pizarro adquirirá allí caballos para su empresa peruana.

Juan Ponce de León, conquistador y a la sazón exitoso hacendado cultivador de yuca en Santo Domingo, es nombrado nuevo Gobernador de Puerto Rico. Ovando, artífice de la pacificación y Gobernador de La Española tras el desorden creado por la familia Colón, ha presentado la candidatura de su estrecho colaborador al rey, y la Corona deposita sobre Ponce de León su “Pláceme”. Será copartícipe en adelante del esfuerzo de ordenamiento de la conquista y colonización geopolítica mas dilatada de la Historia. Una gigantesca empresa, que con sus humanas luces y sombras, iba a ser comandada por las gentes de un pequeño país mediterráneo, recién heridas por el espíritu del Renacimiento itálico.

Ponce lleva en su expedición a Borinquen el tubérculo que produce, para su sembrado y aclimatación. Se asienta en Caparra (1508) primera capital de la isla, que pronto abandona hostigado por los belicosos caribes, cohabitantes de Borinquen con el mundo taino, para establecerse sobre un islote que domina la entrada de la bahía y que ya nombran como Puerto Rico. A partir de 1520 comenzará a llamarse San Juan a la capital y Puerto Rico a la isla toda, al contrario de lo que sus descubridores habían tácitamente asumido.

Desde 1512 el asentamiento en la isla habíase llevado a cabo por el sistema de encomiendas primero, repartimientos después, mediante el cual los colonos controlaban a los indios tainos a quienes por real mandato habían de catequizar y civilizar. Es decir, protección de un colectivo humano a cambio de su trabajo para una sociedad que los incorporaba a su propio desarrollo. Instituciones ambas del origen repoblador castellano en la Península, que adquirirían en América peculiares sesgos. Reacios a toda sujeción, los antropófagos caribes se alzarán en repetidas ocasiones contra los europeos. Esta actitud de la etnia caribe frente los escasos pobladores, va a provocar su reacción de  guerra sin cuartel para sojuzgarlos, esclavizarlos o expulsarlos de la isla, dada su imposible convivencia, ni tan solo tácita vecindad con los salvajes. Una sublevación general al comprobar la no inmortalidad de los españoles, tras ahogar a un cautivo para corroborarlo, aconseja a Ponce ordenar a los colonos construir sus casas de “cal y canto”, como fuertes individuales de autodefensa frente al indígena. Él mismo se establece con su familia en la que se conocerá como “Casa Blanca” de San Juan, hogareña autodefensa consolidada sobre un otero a base de tales materiales. Pese a su naturaleza levantisca, la culturización de nativos es tarea primordial, encomendada a los franciscanos de Caparra establecidos allí desde 1512, que van a sufrir el saqueo e incendio de su monasterio por los persistentes caribes un año más tarde. En estos primeros tiempos, los hijos de caciques debían permanecer al cuidado de los frailes durante cuatro años, para su evangelización y  aprendizaje de lectura y escritura. Se pretendía con ello garantizar a futuro un liderato indígena ilustrado y cristianizado, capaz de asimilar y compartir las nuevas ideas culturales, sin colapsar los esquemas de sus saberes autóctonos; pero estas leyes emanadas de la Corona hispana, solo pueden ser razonablemente aplicadas a la etnia taina. Mabú, cacique del lugar de Humacao siglos después colonizado por isleños canarios, será uno de estos pioneros letrados discípulo de franciscanos, de corto y contestado didactismo antes de abandonar la isla. Serán los dominicos desde  su establecimiento de San Juan (1522), quienes prosigan en solitario por más de cien años, a veces en el propio idioma autóctono, este programa de culturización indígena.

Pero una vez lograda la imprescindible convivencia social de la isla, toda constitución de una nueva sociedad productiva de ella emanada, basada en elementos tan dispares como una mano de obra aborigen, ayuna de cualquier tradición laboral competitiva, bajo las directrices de hombres del Renacimiento, con mentalidad y empuje acordes a su vital tempo europeo, habría de traer nuevos enfrentamientos y rebeliones étnicas, con la sola concordia de las pacientes órdenes religiosas proclives siempre a la defensa del más débil. Una constante en aquel magno panorama que se abría ante los españoles, cuya colonización no se basaba en factorías costeras de estilo portugués, sino en la profunda inmersión en su mundo de los nuevos territorios descubiertos con sus gentes. Era el modelo de la Reconquista peninsular, único ensayo repoblador europeo hasta entonces acometido, el único por ellos conocido.  Mas temprano que tarde, pensaban las mentes preclaras de Salamanca, iría fructificando la enseñanza de los frailes a través de universidades que pronto habían de establecerse, las primeras fundadas en América y Asia.

Debido a una querella interpuesta por Diego Colón en Madrid, reclamando a la Corona los títulos capitulados y luego perdidos por su padre, Ponce de León es retirado de la Gobernación temporalmente, aunque años después sea repuesto en ella. Entre tanto organiza una expedición que parte de Puerto Rico (1513) hacia el norte por el canal de las Bahamas (deformación fonética inglesa de  las Islas de la Bajamar, nombradas y cartografiadas por Colón). Atisba a babor costas de nueva tierra que supone isla, y que reclama para España. La llamará  Florida, por haberla hallado en Pascua de Resurrección (“Pascua Florida”). Corriendo su litoral descubre la Corriente del Golfo, ya intuida por Colón, que a partir de ese momento va a figurar en los derroteros al uso como lanzadera del Caribe, aprovechada ventajosamente por las naos de Indias en su retorno a Europa. El hecho de hallar un nativo que chapurrea su idioma, hace pensar a Ponce en cierto contacto o naufragio español previo a su arribo por aquellas costas, pero nada encuentran los juristas del Reino que confirme su temor. Será por ello nombrado Adelantado de La Florida en 1514, con el inherente derecho real a su conquista y poblaje siempre a expensas de su propia hacienda.

La Europa del Renacimiento había alumbrado una generación de hombres  sujetos a los mandatos de su rey, pero libres para acometer empresas privadas, por él aprobadas pero ajenas al concepto del vasallaje medieval. Estas empresas, libremente acometidas y financiadas por sus promotores, iban a plenar la gesta humana de América. El Rey de España era también Rey de las Indias y de otros reinos europeos, que por herencia o conquista habíanle correspondido por el derecho consuetudinario al uso. Como tal, tanto los europeos (ya castellanos, aragoneses, germánicos, valones, genoveses, flamencos, sicilianos, napolitanos, etc) como los indígenas americanos o filipinos, eran vasallos de una misma Corona. “Vasallos de estos Reinos” en lenguaje de la época, que por circunstancias históricas los castellanos principalmente hubieron de comandar. Solo la ignorancia simplista de pasadas centurias, la presión sicológica de circunstanciales caudillos independentistas, los inveterados enemigos de siempre, o la carencia de horas de biblioteca, han dado en llamar colonias españolas a los reinos de ultramar de la Casa de Austria primero, Borbón después. Como si de compañeras de viaje de las “Trece Colonias“  inglesas se tratase, pero con las que nada tuvieron que ver ni en sus leyes, ni en la implantación de saberes, ni en la integración de sus nativos a la común sinergia. Ponce de León y sus compañeros no iban a ser una excepción en su empresa de La Florida.

 
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Contexto Histórico de Santo Domingo (actual República Dominicana) – IV

Nuevamente la cambiante política europea de pactos y acuerdos coyunturales enfrentan a España e Inglaterra. Esta vez con Holanda como aliada. El Almirante Sir William Penn (padre del fundador cuáquero de Pennsylvania) y su escuadra, intentan tomar Santo Domingo para la tambaleante Corona inglesa ahora bajo la bota puritana de Oliver Cromwell (1655), quien más tarde le degrada y destierra con su familia a Irlanda. Con una escuadra de 34 barcos y 13.000 hombres de guerra, con táctica parecida a su predecesor Drake, despliega Penn sus  naves frente a las murallas de la ciudad, mientras desembarca en las playas de Nizao (a 50 km al oeste de la capital) a sus infantes bajo el mando del general Robert Venables. Pretende completar por tierra un cerco en abanico que irá apretando progresivamente. Pero antes de cerrarse el nudo corredizo que puede ahogarla, recibe su Gobernador Conde de Peñalba de manos de algunos estancieros, noticias sobre el posicionamiento del enemigo y su avance hacia la capital. Ha comenzado el cañoneo sobre Santo Domingo que se defiende con la artillería fija de sus baterías, mientras los 2400 efectivos de fusileros, arcabuceros e infantes han ido a emboscarse en el camino que ha de tomar la tropa inglesa. El primer contacto pugnaz es terrible para los británicos, copados por un fuego cruzado de arcabuces y mosquetes. Cubren precariamente una retirada que Peñalba no persigue, dejando el campo inglés con más de 1000 cadáveres. Debe volver para apostar sus hombres sin demora en el recinto murado rellenando huecos en troneras, barbacanas y brechas donde las hubiere. Todavía los infantes ingleses en franca retirada hacia su punto de embarque, serían lacerados por partidas de estancieros que con  peones y bastimentos  persiguen a caballo las desordenadas  tropas que se cobijan en la costa. Mientras las andanadas de sus cañones, baten inútilmente las murallas de Santo Domingo, William Penn recoge con sus pataches los últimos soldados de la playa donde abandonan armas, banderas y heridos que acogidos en San Nicolás de Bari, serían más tarde católicos bautizados. Leva anclas la Armada a los siete días de su arribo, reconociendo así la propia derrota ante Peñalba. El mismo Peñalba (1652) que con nutrida flota, había limpiado La Tortuga de piratas, bucaneros, y filibusteros, pertinaces hostigantes de haciendas, ganados y plantaciones de La Española por más de medio siglo. Y el mismo Penn que tras ser rechazado de La Española, tomará la semipoblada isla de Jamaica sin un solo disparo, rendida la isla ante su propia indefensión (1655). También allí conocería la ciudad Villa de la Vega apreciando la maestría constructiva de sus edificios en piedra, tan lejanos a ese hacer de madera pintada o ladrillo cara vista, que conocía de las colonias británicas del norte. Pero la aventura jamaicana, en nada aliviaría su mazmorra de la Torre de Londres y el posterior destierro irlandés que le aguardaban.

Los descendientes de los usurpadores hugonotes y esclavos con el apoyo de su metrópoli, van a invadir la parte española de la isla (1673).Una época turbia de réplicas y contrarréplicas se abate sobre Santo Domingo con sus vientos de miseria. La ciudad llegará a cobijar 1800 habitantes, de los que apenas queda una docena de familias criollas blancas entre ruinas renacentistas y un mar de bohíos entre solares  de escombros. En 1746  añadirá a su bagaje arquitectónico un magnífico Cuadrante Solar frente al Palacio de los Gobernadores, único aporte ciudadano durante un aciago siglo. Los Derechos del Hombre hijuelo de la Revolución Francesa, explota en revolución antiesclavista de negros que iban a borrar a los estancieros blancos de su segmento insular de La Española, que llamarán en adelante Haití, otra acepción taina de la taina Quisqueya.  El azaroso siglo XIX  y mas reposado siglo XX, con sucesivos cambios de pabellón en las entenas de sus mástiles patrios, poco iban a significar en aporte de haberes a la ya cuatricentenaria Santo Domingo.

La extinción de los indios tainos percibida tras cinco generaciones de convivencia con los europeos y africanos incorporados a su isla, borró su presencia física pero no la étnica, diluida ésta en el crisol de razas que convivieron en Quisqueya. La experiencia americana había de alear mediante fusión íntima de sus sangres, a los tres actores del drama, como tal vez nunca el previsor Ovando llegó a intuir. A esta desaparición de los indolentes tainos no fue ajena la carencia entre sus guerreros de mujeres por las que luchar para vivir y vivir para luchar, cuando apenas les eran fieles sus últimas y desdentadas abuelas cobijadas con ellos en la selva. Las jóvenes preferían a los activos y solícitos blancos frente a la apatía del indio, y con ellos se amancebaban fuera de sus “repúblicas” y poblados, llegando a formar verdaderos serrallos. Allí sus mestizos vástagos pasaban a engrosar la dominante sociedad blanca, identificados plenamente con su progenitor. Esta íntima herida debió suponer una estocada definitiva para la humillada varonía taina, que en los últimos estertores de su ya libre vida, alcanzó cifras desorbitadas de suicidios. Este fenómeno ya detectado y modernamente estudiado para indígenas de Tierra Firme, parece repetirse como trágico destino en el devenir a la aparente nada de los indios taínos en la sociedad actual. Aparente, que no real, porque la genética revela la solapada pero contundente aportación de las madres indias

La presencia de negras esclavas o libres entre hacendados blancos, iba a añadir una nueva tinta al fundente crisol de metales físicos y emocionales que amalgarían la futura sociedad isleña. La paciencia de su etnia, su emotividad, zalamería e irresistible lascivia de sus mujeres, iban a generar en sus vientres una creciente presencia de hijos mulatos. Este mulato “hijo del amo”, algo dueño, algo esclavo, se convertiría andando el  tiempo en el mejor capataz de aquellos hatos con peones de su propio color. El dueño de la estancia  era para ellos “mi apá”, con el beneplácito consentido de las dueñas, blancas o no. Y en este campo de siembra, << el semen de España cayó sobre las indias, las negras, las españolas…y no hizo distinción al elegir sobre quien debía caer la responsabilidad de echar a andar un mundo >>… nuevo. Prolegómenos de una sociedad mixta hacia la que asintóticamente convergemos a futuro las generaciones de hoy.

Hoy, la ciudad de Santo Domingo, heredera puntual de este ensayo humano, ha rescatado gran parte de su patrimonio histórico, orgullo de su pasado y de las gentes que en ella han sabido crearlo y conservarlo, superando invasiones y crudas privaciones. El legado histórico y cultural que aporta esta ciudad verdadera Cuna de América y Patrimonio de la Humanidad, es un retablo de aquella austera arquitectura castellana de la época virreinal que dejaron sus primeros blancos. Su patrimonio, es sin duda orgullo de 500 millones de seres a él vinculados por un pasado y cultura comunes, pero también rehén ante el mundo del propio valor que atesora.

 
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Contexto Histórico de Santo Domingo (actual República Dominicana) – II

Bien es cierto que habíase prohibido la entrada de negros levantiscos y demás siervos criados con moros o judíos, y expulsados todos mediante su entrega a la Casa de Contratación para retornarlos a Sevilla, en tanto a los tratantes de la isla se les castigó con 100 azotes. Pero a la muerte de la reina Isabel (1504) se levantará el interdicto y se abre de nuevo la puerta a los negros. Para laborar las minas tráense esclavos nacidos en Castilla, negros cristianos adaptados a la cultura española. Se intenta someter a estos varones a mejor disciplina mediante la provisión de esclavas de su raza << que casándose con los esclavos que hay, den estos menos sospechas de alzamiento >> como parece suceder. Pero las razas africanas tenidas por más fuertes y resistentes, iban también a morir junto a los europeos por cientos, tras terribles travesías de escorbuto y mar, en aquellas malsanas tierras saturadas de humedales, plagas y mosquitos, seguramente de enfermedades tan conocidas como malaria y tifus, pero lejos de la ciencia médica del momento histórico que vivían las Indias. La mortandad de la raza negra es causa que llega a preocupar al propio Rey: << No entiendo como se han muerto tantos negros: cuidadlos mucho >>, manda decir extrañado. Diez años después, con la muerte del propio Fernando de Aragón, se suspendería la trata.

Los colonos raptan mujeres indígenas, que lejos de sublevarse contra sus captores, les acompañarán de buen grado en el lecho y con las armas. Algunas vuelven en principio a su comunidad, pero pasado cierto tiempo retornan voluntariamente con sus captores. Estos raptos y deserción de féminas tainas acabarán encrespando la animosidad de sus caciques. En Higüey se produce uno de esos levantamientos, que Ovando acude a sofocar. Cuenta el cronista Antonio de Herrera en las Décadas que en sus bailes y fiestas las mujeres tainas se daban a los españoles “que no bastaba resistir” y  que la cacica Anacaona “era muy deshonesta en el acto venéreo con los cristianos y por eso y otras cosas  semejantes quedó reputada y tenida por la más disoluta mujer que de su manera hubo en esta isla”.  Con este liviano trasfondo, acude Ovando ante nueva sublevación en el sureste liderada por la hermosa Anacaona, quien le recibirá con bailes de las muchachas núbiles de su tribu. El severo frey, manda apresar a la cacica y darle garrote. Pedrarias Dávila a la sazón Gobernador de Tierra Firme informa al Rey de que <<una de las cosas que más ha alterado en La Española y que más ha enemistado (a los indios) con los cristianos, ha sido tomarles mujeres e hijas contra su voluntad y usarlas como si sus mujeres fueran >>. Estos desajustes provocados en muchos casos por la escasez de mujeres y en otros por la entrega voluntaria de sus cuerpos, va a propiciar la llegada de esclavas blancas cristianas, sumisas y hacendosas mudéjares << pues habiendo en estas regiones gran necesidad de mujeres, los españoles las tomarían y no se unirían a las indias, amén de que las blancas rendirían más para el trabajo que las naturales >>, responde el monarca, que parece multiplicar sus empeños por doquier.

A estas medidas socio-económicas que trataron de nuclear las gentes de La Española, e impulsaron su agricultura y minería, además de favorecer los pulsos misioneros de culturización indígena, han dado en llamarse Ordenamiento del Territorio en el que Ovando hubo empeñado su gestión. Su influencia sería trascendental en el devenir de la desde entonces llamada, y verdadera, Cuna de América, como unidad hispánica diferenciada a la vez que referencia de proyección universal.

Cuando cree su misión cumplida, y deseoso de incorporarse a su orden monacal de caballero que porta sobre el pecho la verde cruz de Alcántara, regresa Ovando a España, a cuyo fin el parco célibe debe solicitar al Cabildo de Santo Domingo dinero prestado para el viaje. Fernando el Católico le premiará con su propio título vitalicio de Maestre Supremo de la Orden de Alcántara, a él perteneciente desde que le fuera adscrito por el papa Alejandro VI. Órdenes de caballería, monjes guerreros, poblamiento racional, economía productiva: un mundo vetusto que se entretejía con otro renacentista. Era la propia madeja española que ante el magno proceso que vislumbraba, estaba dejando de ser medieval para convertirse en moderna.

Ovando es sustituido como Gobernador por Diego Colón (1509-1515), hijo del Almirante, no por supuestos derechos paternos que sin duda reclama, sino por graciosa merced del Rey Católico, con cuya prima María de Toledo, de la ducal Casa de Alba, estaba desposado. Quedará para conseja urbana que la gobernadora y señoras del séquito, acostumbren pasear por la calle próxima a su residencia palaciega, que el mentidero colonial motejaría como Calle de las Damas.

Hacer de La Española una unidad productiva acorde a los cánones renacentistas, era idea ya asumida en la época de Don Diego, aunque iban a ser mil veces quebrantadas las reales disposiciones de facto por el coloniaje, contra la voluntad de su Gobernador y de sus lejanos reyes. Una constante histórica entre gobernadores y gobernados de cualquier época o país que  iba a persistir en pertinaz ritornelo sobre Santo Domingo, ayudada a veces por la debilidad, provecho propio y venalidad de oidores, fiscales y demás oficios reales. A la vez  que la enseñanza de su habla, van extendiendo dominicos y franciscanos entre los tainos la aclimatación de naranjos, limoneros, higos, melones, caña de azúcar, arroz, el ñame que llega con los primeros africanos, además de ganados, aves de corral, perros y gatos desconocidos en las antillas y traídos por los colonos desde la Península o Canarias. Muchos de los emigrantes que de Europa han llegado, pronto los ven distribuirse hacia otras islas y empeños, arrastrando afanes y hacienda de algún insatisfecho colono que con ellos sigue caminos hacia otros vientos. Este desequilibrado flujo hará que la población de la isla, comience a tambalearse algún día.

El ensayo previo de colonización americana va penetrando tierras dominicanas. Se crea la primera Audiencia (1511), el obispado de Santo Domingo pasa a ser Sede Arzobispal (1521), primera Silla Metropolitana y más tarde Catedral Primada de América (1541). El creado Tribunal de la Real Audiencia único en principio para toda la América conocerá de asuntos de gobierno, justicia y orden político y social. Compuesto por jueces, oidores, fiscales y alguaciles sería presidido por el propio Gobernador de La Española, pero por diversas razones no estaría operativo hasta que Carlos V lo puso en funciones (1526) perdurando su jurisdicción durante más de 250 años. Entre otras gestiones diplomáticas, habrían de tratarse en él las desavenencias entre Francisco Pizarro y Diego de Almagro del Perú, o las diligencias de paz avenidas entre Hernán Cortés y Pánfilo de Narváez en Yucatán. Desde Santo Domingo socorrerán la angustiosa llamada de Pizarro que en su guerra con los incas, pide se le envíen alimentos, caballos y herrajes, que despachará la Audiencia para el istmo con un galeón repleto de monturas y bastimentos.

Llegan los jerónimos a la isla, los dominicos a la capital. Impulsan los primeros el cultivo de la caña (1516) y los ingenios para triturarla y procesar sus melazas, rones y guarapos, cofinanciados algunos por la Real Hacienda y promovidos otros por ciertos pudientes vecinos de Santo Domingo. Los dominicos enarbolarán como seña de identidad la bandera de la esclavitud indígena, que van a defender apasionadamente tanto en las Indias como en Europa. Nueva y mortal epidemia de viruela viene a implosionar a la raza taina hasta casi borrarla del mapa, y la libertad de los indios espoleada por los dominicos va ganando terreno a expensas de la esclavitud de los negros, al punto que pasados unos años, el Gobernador Alonso López del Cerrato recibe instrucciones del Emperador Carlos V (1544) para dejar definitivamente libres a todos los indios de La Española. Solo los misioneros, con su portentosa capacidad de adaptación espoleada por la fe, han sido capaces de oponerse al poder establecido, ya económico o político en defensa del indígena. Difícil cometido para la razón, campo abierto a la compasión, ingenua bonhomía frente al atávico cacumen humano, serían sus valores. Los dominicos verían disminuida su razón de ser en Santo Domingo y su concurrido  convento decae a favor de Puerto Rico y Cuba, nuevo destino de sus frailes, nuevas abulias que encauzar y proteger. A causa del vacío indígena, los  jerónimos van a solicitar de la Corona negros bozales francos de todo derecho, que aliviarán las plantaciones e ingenios de caña << para que estos indios sus vasallos, sean ayudados e relevados en su trabajo >>. Pronto se programa la llegada de 4.000 negros de ambos sexos durante los siguientes ocho años, gravados con tasas y almojarifazgos como si de mercancía se tratase, que iba a dar notable ganancia a la Hacienda Real.  Ya a mediados de siglo el tráfico de africanos de contrabando o declarados, había generado un mercado de esclavos caros y colonos pobres, alzamiento y cimarronismo, abundancia de manumisos y libertos, reventa de negros en cercanas islas y merodeo clandestino de negreros ingleses y holandeses por la costa españolense con negros guineanos a precios de ganga. John Hawkins aparece con 300 negros robados en la costa de África (1563), negros que trocará por cueros, azúcar y jengibre para poner velas por medio: un negocio que repetiría en posteriores ocasiones.

De Santo Domingo parten y allí retornan las expediciones de conquista y poblamiento de Antillas y Costa Firme. La ciudad experimenta un fuerte crecimiento con edificios privados, conventos, palacios e iglesias de hermosa arquitectura gótica o renacentista rodeada de heredades, jardines, naranjales, cañafístolos, frutales varios. Los dominicos, fundan su convento en 1510, cuyas aulas se transformarán en la Universidad de Santo Tomas de Aquino años después (1538), primer foco intelectual americano que va a irradiar sus luces a los territorios descubiertos. Se funda, el Monasterio de Santa Clara (1551) con 10 monjas clarisas españolas y 16 jóvenes reclutadas en la isla. Se construye el Monasterio Regina Angelorum para albergar en principio a otras seis dominicas andaluzas (1560). Las monjas serían las encargadas de formar en letras y labores del hogar las nuevas generaciones de jóvenes casaderas, y para aquellas otras de familia acomodada cuyo estatus así lo demandaba, añadían cocina, bordado, música y danza. De estos conventos saldrán las fundadoras de los conventos de Puerto Rico y Venezuela. Se va completando el cerco murado que zuncha la ciudad y su Fortaleza Ozama, con bastiones estratégicos para fusilería en sus paños; en ella iba a morir su alcaide, el historiador Gonzalo Fernández de Oviedo (1557). En pleno  medro ciudadano, su entonces obispo primado, el toscano Alessandro Geraldini, llegará a proclamar con entusiástica loa: “ínclita ciudad con edificios altos y hermosos, puerto capaz de contener a todos los navíos de la Europa, con calles anchas y rectas que nada tienen que envidiar a las de Florencia…” No iba a durar mucho esta desbocada euforia. En una suerte de sesgo esperpéntico, este esplendor comenzaría a decaer tras afianzarse la conquista de México y convertirse La Habana en puerto neurálgico de las Indias en su comercio con España. Sus colonos parten a esas y otras tierras y otros quehaceres, y la demografía de La Española comienza un preocupante descenso. Las gentes que antaño recibía de la Península, hogaño pasan directamente al continente. A finales de siglo la capital dominicana apenas conserva 500 familias asentadas. Los colonos que migran llevan un magro ajuar en naves siempre repletas de pasajeros que buscan mejor suerte. Centenares de cabezas de ganado traídas a la isla para añadir valor a sus pastizales, quedan cimarronas, sueltas a su albedrío por los campos tras el forzado abandono de sus dueños. Y en pocas décadas de crecimiento vegetativo, los centenares se tornarán miles, al alcance de quienes quieran capturarlos o sacrificarlos.