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Contexto Histórico de Veracruz – V

  Figura  13: Derrotero de la Flota de Nueva España y sus cagafuegos de guarda

 

Antes de 1554, la incipiente producción de metales preciosos de Nueva España, había obligado a la Aduana de Veracruz a fletar bajeles de cabotaje desde La Habana, custodiados en su viaje de regreso por dos galeones de la Marina Real. Era un primer esbozo de comercio con la metrópoli, teniendo a Cuba como parada y fonda. A partir de 1564 se establece el sistema anual de dos flotas merchantas que parten de Sevilla hacia Veracruz o Flota de Nueva España y hacia Cartagena de Indias o Flota de Tierra Firme, llamada también de Barlovento. Estas flotas partían en distintas épocas del año para desembarcar sus mercancías en los puertos asignados, montar sus ferias, y confluir de regreso en La Habana una vez concluidas estas. De allí regresaban a Sevilla, protegidos hasta las Azores por los poderosos cagafuegos de la Armada de Barlovento, relevados por los de la Armada de la Mar Océana hasta destino. Los galeones de la plata eran los encargados de portar en sus vientres el preciado metal, que bajo la forma de impuestos, situados virreinales o pagos de mercancías contratadas, cruzaban el Atlántico en ambas direcciones. Dos meses largos tardaba la Flota de Nueva España en cubrir sus 820 leguas de singladuras, desde su salida al mar atlántico por el Guadalquivir, hasta su arribo al peñón de Ulúa. Como si de una procesión ritual se tratase, iba cumpliendo su derrota etapa tras etapa, emitiendo en los pasos costaneros de Canarias, Dominica, La Española, Jamaica, Yucatán y Ulúa, los pertinentes buques de aviso para activar alertas de guarda en los puertos clave del recorrido, y prevenir de celadas corsarias los estrechos antillanos o sus comisuras isleñas.


En el tiempo de flota de 1568, se aguardaba en Veracruz la llegada del nuevo virrey Martín Enrique de Almansa, tras el aviso de arribo de los galeones con su manufactura europea. A la espera de sus velas, aparecieron otras cinco de barcos con banderas y grímpolas de Borgoña, que iban a fondear junto al peñón de Ulúa. Era la flota corsaria de Hawkins y Drake que con su exitosa añagaza sorprende y captura la guarnición del presidio insular. La vigente tregua con Inglaterra le ha librado de sospecha, y las baterías del fuerte isleño no abren fuego sobre la incierta flota arribada. Una población de 200 vecinos, establecida unas millas al norte, en la Antigua Veracruz de tronco y tablas, es asaltada por la turba pirática que se derrama por los arrabales desvalijando cuanto edificio alcanza. Pero hete aquí que, durante su febril ajetreo, es sorprendida la horda por una incrédula Flota de Nueva España y sus galeones de guarda, que rinden su arribo anual a Ulúa con algunos días de retraso.


Inglaterra, era nación de segundo orden todavía, basada su presencia comercial atlántica en el tráfico negrero con Iberoamérica y los golpes de mano sobre puertos indianos desprevenidos, además de una pequeña red comerciante con puertos del Canal y del Báltico. Carecía aún de la poderosa maquinaria propagandista que sacaría a la luz estos lances, magnificados y exaltados luego, soslayados entonces. Ninguno de sus intentos coloniales americanos había a la sazón fructificado, acabando todos en desoladoras hambrunas y coloniaje fallido. Solo la guerrilla marítima, capitaneada por marinos de élite, rentaba beneficios extractivos de la nación dominante y su comercio. Zarpazos aislados sobre naos merchantas, haciendas costeras o enclaves anónimos, incluso en tiempo de tregua como el presente. So pretexto de venganza, por la exclusión de la americana herencia del padre Adán, que el Papa Alejandro VI proclamara en detrimento de Inglaterra y resto de la Europa expectante, eran el corso y el contrabando dos inversiones rentables para la Corona Tudor. Isabel desplegaba sus fuerzas políticas contra el Rey de España, y procuraba arrebatarle los tesoros que extraía de las Indias occidentales, fuente de aquel poderío que hacía a Felipe tan formidable, nos recuerda David Hume. Ya veían los ingleses con envidia los progresos de los españoles y portugueses en las dos Indias… y era una felicidad que la guerra abriese una perspectiva a la ambición y codicia de los ingleses… Un engranaje de corsarios, apoyados por su sindicato de Plymouth que rentaba capturas como capital financiero, iba a gestar en apenas un siglo la formación de una verdadera flota para Su Graciosa Majestad. Los panzudos galeones españoles de mayor arqueo y lento andar, diseñados para navegar lastrados con 300 toneladas de tara mínima, de manufactura robusta para vientos largos y singladura oceánica, contrastaban con los barcos ingleses hechos para vientos costeros y virazón ligera, ágiles y maniobreros cuanto carentes de capacidad de carga, de porte mas apto para la pesca, el bojeo o el golpe audaz, que para el comercio atlántico de altura. Barcos ligeros, capaces de poner millas de por medio una vez cumplido cualquier pugnaz cometido, resultaban incapaces en cambio de remontar el Cabo de Hornos, hasta que lo doblara en solitario el propio Drake (1578). Con su nave capitana de 70 toneladas, luego de haber perdido la flota en el intento, lograría al fin superarlo. Había pasado medio siglo desde que Francisco de Hoces lo vislumbrara por vez primera (1526), cuando navegaba con Loaysa y Elcano rumbo a las Molucas. Eran tiempos de incipiente artillería a bordo, prácticamente ausente en barcos menores, que acusaban su peso y retroceso al disparo, con escora súbita por andanada, guiñadas de arribada, y distorsión del rumbo. Era por ello que el cañoneo de banda hacíase a barco acoderado, lo que equivalía a fondearlo, contrapesarlo y afirmarlo mediante tornapuntas o amarres supletorios a las cadenas de ancla. Se ablandaban así los bandazos del retroceso, y evitaba el cruce del rumbo con el barco avante, bajo los pulsos laterales de cada salva artillera. Tanto más cuanto mayor fuera el número de cañones por banda y el calibre de sus bocas de fuego. Solo cañones por proa o popa, herencia de las galeras mediterráneas, podían ser disparadas sin perturbar el andar del buque. Las piezas de a bordo, lo eran normalmente de sitio, ya culebrinas de gran distancia, cañones de media o pedreros de corta pero efecto metralla. Destinadas todas a desembarcar para emplazarse en tierra como artillería de campaña, útil para acosar plazas o despejar el campo a los infantes. La guerra en el mar propiciaba, por tanto, barcos de alto bordo y encuentros al abordaje, cuerpo a cuerpo entre tripulaciones enemigas. Era táctica preferida el cruce por avante del rumbo enemigo, virada final a rumbo de colisión, y descarga fusilera en ángulo ventajoso previa al impacto de cascos. Tras abarloar y fijar garfios, buscaban las turbas encrespadas, espada o hacha en mano, daga en boca, la carne enemiga.


Pese a la recíproca sorpresa del fortuito encuentro en el surgidero de Veracruz, la reacción de los recién llegados iba a ser más rápida que la flota corsaria. Siguiendo el protocolo de arribo, los galeones de guarda, pese a encabezar la comitiva naval, permanecieron en facha hasta que las naos merchantas hubieron trincado amarras en las argollas de Ulúa. Tiempo suficiente para calibrar desde sus cofas, el panorama táctico que se propiciaba. Terminada la maniobra, en derechura, a fuego de fusilería y pedreros de alivio, aproaron los cagafuegos al surgidero, dándoles andar con sus velas desplegadas. Barridas las cubiertas enemigas, caen al asalto sus infantes sobre los buques más pesados y arrancada lenta, quedados aún tras su presuroso izado de anclas, largada de amarras, ajuste de escotas y perezoso avante. Perderán en el lance los ingleses las ¾ partes de sus hombres y más de 1000 toneladas de la carga depredada en su periplo caribeño. En pleno zafarrancho, el joven Drake se escabulle en su ligero patache de solitario cañón en proa, tras su pariente Hawkins, capitán de flota, que lo hace en nave similar. Con los bordos astillados por los impactos de bolas de piedra, las velas desgarradas y atiborrado de tripulantes ajenos, Hawkins trata de maniobrar su escapada en medio de cerradas descargas fusileras desde el alto bordo y puentes enhiestos de los cagafuegos: sería el suyo el otro buque que iba a zafarse de la refriega. Ambos dos escaparon por el escaso arqueo y corto calado de sus naves, levando anclas prestamente y aproando al paso de aguas someras junto al cantil del islote de Ulúa, a todo trapo, en medio de una granizada de pelotería y palanquetas. El deshonor de esta huida rumbo a Plymouth, iba a marcar muchas de las actuaciones venideras de Drake, que buscará venganza para restañar su herida reputación tras el lance veracruzano. Hawkins, impedido de navegar en su astillada urca con tan sobrado pasaje, opta por desembarcar la gente superflua en la propia costa huasteca. Prometerá regresar con nave suficiente para retornarla a Inglaterra. Pero informado el Tribunal de la Inquisición de Pánuco, mandará rastrear el litoral en busca de aquellos luteranos sacrílegos que habían hollado símbolos y ministros católicos, profanando iglesias, robando sus vasos sagrados y desbaratando la feria. La Antigua Veracruz, montadas ya sus casetas comerciales, habíase despoblado como tordillos en desbandada bajo un disparo fortuito; pero pasada la estampida, iban a retornar al reclamo mercantil de sus haberes. Los herejes abandonados en la costa, serán capturados, sometidos en México a tres Autos de fe, quemados vivos varios, apresados temporalmente otros, mandados a galeras de por vida alguno y alguno más, mimetizado entre nativos, moriría según parece de malaria o descuartizado quizá por los chichimecas. Hawkins nunca regresaría a buscarlos.


Felipe II presionaba entonces en el Canal de la Mancha, donde cernía sobre Inglaterra la sombra de sus Tercios de Flandes respaldados por poderosa escuadra. Los ingleses, arrinconados en su isla como en un bote solitario, veían caer sobre ella la sombra de un gran bajel, nos dirá Chesterton analizando aquella hora. Los estrategas de la reina multiplicaban los ataques a puertos y navíos españoles tanto en aguas peninsulares como americanas, a fin de mantener alejadas de Albión las naves enemigas, factores del transporte y desembarco de los Tercios que temían. El corso inglés enfilaba sus rodas hacia el poniente pese a ser tiempo de tregua. Drake y Hawkins se harían famosos aquellos años en su isla por los lances predatorios contra las posesiones del Imperio Español. Una atronadora propaganda antipapista de consumo interno, se conjugaba con la necesidad de sacar pecho en contrapartida de la angustia que vivía el reino, de costas frecuentemente irrespetadas. Eran años difíciles para Isabel I Tudor, cabeza de la cismática iglesia anglicana, con una incómoda oposición católica en propia isla, mientras el rey español maquinaba su ruina. Sabedora del peligro en ciernes y la estrategia de sus consejeros, la reina no lo piensa dos veces, y en Plymouth visita la nave de un Drake exultante tras su vuelta al mundo, le sienta a su mesa y le arma caballero (1581). Ello pese a las protestas del embajador español que pide la cabeza del pirata, y que logrará la restitución de la mitad de los daños declarados por su embajada. Ganará la reina un aliado más para su causa y el afianzamiento de su cetro. Pero Su Graciosa Majestad se equivocaba en la valoración personal del nuevo Sir, porque el que era magnífico navegante de altura y estratega en corso, iba a resultar flaco capitán de grandes armadas, lo que habría de traerle a él y a su reina más de un sonado descalabro, celosa y oportunamente silenciado en su isla.


En la década de 1580, Felipe II había visto anexionada la materna Corona de Portugal a la suya paterna, y el Imperio heredado de Carlos V de Habsburgo cobraba con ello proporción universal. El sector calvinista de Holanda, en rebelión contra su legítimo y católico rey Felipe de Habsburgo que lo era también de España, iba a multiplicar junto a su aliada Inglaterra, los ataques de los desheredados de Adán, sobre las dependencias portuguesas de ultramar los corsarios holandeses, y españolas los corsarios ingleses. Era una tenaza de dos potencias emergentes, ávidas de tierras anexas a sus rutas comerciales, que parecían ser óptimas para competir comercialmente con la dominante España. Ante la nueva política, la fortaleza de San Juan de Ulúa se amplía y mejora. Fuera de sus muros, se levantan obras complementarias como la alcaldía y la iglesia propias, casa para los marinos de los galeones y galerías para estibadores y cargadores negros. Dentro del recinto murado, se instalan Aduana, cuarteles de tropa y almacenes de mercancía, a cobijo de sorpresivos ataques, en tanto se madura la idea de una Nueva Veracruz afincada en Buitrón.


Es a finales del decenio cuando Felipe II decide invadir el reino hereje de la belicosa y falsaria Isabel, atacante perpetua de las costas y naves hispánicas, en épocas de tregua, sin declaración previa de hostilidad, cuando sus flotas hibernaban al ancla con tripulaciones de retén. Desde los Países Bajos, cerca de 250.000 hombres de guerra y apoyo entre caballería, escuderos, artillería y hospitales de campaña, zapadores, artificieros, pontoneros, infantes, fusileros, ayudantes, intendentes, esposas, criados, meretrices y apoyos civiles de los Tercios de Flandes bajo mando de Alejandro Farnesio, Duque de Parma, el primer general de su siglo, se aprestan a embarcar. Serían transportados por 130 galeones, veinte carabelas y diez fustas de seis remos cada una. Felipe el minucioso, lo tiene todo preparado. La Gran Armada hispano-portuguesa, se apresta a cruzar con aquel pueblo de Dios el Canal de la Mancha, para soltarlo como plaga de langosta sobre la costa inglesa. Allí moran no más de tres/cuatro millones de seres, familias cuarteadas por la intransigencia dogmática de la Reforma luterana, martilladas en todo tiempo sus meninges por terrores panfletarios. Pasquines y billetes con dibujos mostrando los horribles instrumentos de tortura con que venía cargada la Armada de España, nación fanática e imperiosa, para torturar ingleses, según la abundante información gráfica que corría de mano en mano. Isabel pedía un esfuerzo supremo al pueblo inglés, para que aprontasen buques para reforzar su flaca armada, y luchar contra 50.000 infantes veteranos, dirigidos por oficiales de consumado mérito, ante los que no podía compararse en fuerzas navales, ni en número, disciplina, fama, experiencia, ni valor de sus tropas, nos recuerda David Hume en un alarde de sinceridad. El peligro que se cernía sobre la Pérfida Albión, era demasiado grave y real. Si el desembarco triunfaba, el humillado y perseguido católico isleño podría esquilmar como primera langosta del reino sus campos, sementeras, ganados y ciudades en propio reflujo de marea interna, pero proclamado a priori como apoyo al católico invasor. El inesperado desenlace del encuentro entre ambas Armadas, y el azar meteorológico del Canal, iba a conjurar el peligro. La Inglaterra anglicana pudo finalmente expeler de su pecho la respiración contenida. La devastación insular por los Tercios de Flandes y su universo gregario, habíase por el momento aplazado.


Tras un par de escaramuzas previas entre barcos que toman posiciones a barlovento (1588), el embravecido suroeste arbolará una mar que obliga a correr el temporal a la Armada española, anulado su resguardo costero a sotavento. El hecho de haber aterrado los barcos a la costa flamenca para embarcar los Tercios, habíase convertido en trampa mortal bajo la virazón del viento. Estrechaban las olas sobre los barcos ibéricos su cerco rompiente contra el escarpe costero, sin haber embarcado aún tropa alguna en sus playas. So pena de embarrancar y ajustando trapo, irán librando ceñidos por estribor sus escollos y promontorios, ganando braza a braza el resguardo vital de la costa y su calado. Rumbo N-NW tratarán de circunvalar Britania por aguas desconocidas y mal cartografiadas, para escapar seguidos un buen trecho, siempre a calculada distancia, por algunos barcos ingleses, pequeños navíos escorados por el peso de los cañones matiza Chesterton, que se aventuran entre aquellas olas. Lascarán escotas los perseguidos para propiciar el alcance bélico; lascarán escotas los ingleses para evitarlo: a enemigo que huye, puente de plata, dice un refrán que sabiamente aplican. Huyen los españoles del temporal, no de los enemigos. Como los atenienses en Salamina, tratan Lord Howard y sus capitanes de confirmar el alejamiento infinito de la legendaria flota de Jerjes. No vaya a ser que amaine la furia desatada y les dé por volver… Pero no amaina, y los barcos españoles irán cayendo desperdigados por acantilados y playas escocesas e irlandesas, en tanto los ingleses van guareciéndose en puertos propios a medida que el viento arrecia. Se sospecha hoy que trataron algunos de salvarse entrando de arribada forzosa en fiordos noruegos, donde han aparecido, no ha mucho, pecios ibéricos de aquella época por investigar. Regresarán los supervivientes a Santander, La Coruña y Lisboa, aún con velas rizadas de tormenta o aparejos de fortuna y tripulaciones diezmadas que traen mortal pestilencia a los puertos de acogida. Había concluido quizás el mayor riesgo existencial de Inglaterra como nación histórica. Lo que tenían enfrente era el imperialismo en su sentido más complejo y colosal, algo inconcebible desde los tiempos de Roma. Era sin exagerar la civilización misma. Fue la propia grandeza de España lo que supuso la gloria de Inglaterra… nunca podremos volver a ser ni tan pequeños ni tan grandes, confesará de su patria en aquella hora desesperada, que también vieron los siglos, Gilbert K. Chesterton en su Breve Historia de Inglaterra. Una forma humana de auto empequeñecimiento para multiplicar el efecto-éxito de su pueblo. A la par que legítimo orgullo patrio por haber superado con bien aquellas endiabladas termópilas. Y el eco de sus tambores de inesperada por sorpresiva gloria, siguen repicando aún en Albión.


Ciertamente otras horas desesperadas aguardaban al pueblo inglés durante el reinado de Isabel I, excomulgada por Sixto V, que había absuelto a los ingleses de su juramento de obediencia a la reina. El enfrentamiento España – Inglaterra era por aquellos años una suerte de pelea entre perro grande y perro chico, donde frecuentemente el chico se escabullía entre las patas del grande, aunque no sin astucia ni decisión. Tal cosa aconteció con el desastre de la Gran Armada, cantado cual inmarcesible gloria propia por los ingleses hasta el hartazgo, a la vez que convertida en leyenda con moraleja por su doble liberación nacional del Imperio Habsburgo y del Papado. Justa réplica al espíritu de cruzada que Felipe II y el Papa habían impreso a la Batalla de Inglaterra. Y tal cosa parece repetirse en 1596 cuando otra poderosa Armada española en ruta hacia Albión es herida y dispersada frente a El Ferrol por una de tantas galernas que baten el litoral cantábrico. Y en 1597, que repite en trágico ritornelo otro revés naval, esta vez frente al cabo Lizard, cuando un furibundo Eolo desbarata el nuevo desembarco español que atenazaba Cornualles. Su configuración insular vino a garantizar su existencia como nación, apiñada en torno al nacionalismo y su intransigente iglesia anglicana, que acabaría poniendo en fuga de la metrópoli a católicos y puritanos, con su Ley para contener a los súbditos. Dura lex que penaba con cárcel a quien no acudiese al culto público durante un mes, y destierro e incluso la muerte, para los reincidentes. Sed lex, dura también, para quienes se explicasen en términos sediciosos u ofensivos para la reina, (que) serían por la primera (vez) sacados a la vergüenza y se les cortarían las orejas… Ciertos mutis de aquella sociedad isabelina resultan incomprensibles para el observador continental. Entre ellos, el hecho en torno al catolicismo de William Shakespeare, cumbre del teatro moderno, pasando al galope sobre su heredad familiar y social, en los mismos campos que van siempre al paso los jinetes de la historia patria. Incluso con cierto menoscabo contemporáneo, que lo tilda de bárbaro, acepción que haría propia el ilustrado Voltaire y su troupe, siglo y medio más tarde.


Pero no era ciertamente este perro chico la mayor preocupación del Rey de España, sino el terrible Dogo Otomano, cancerbero de cincuenta cabezas, que no ha mucho había sitiado por segunda vez a Viena, y que gruñía y mostraba de nuevo los dientes ante el incómodo vecino. Constreñido en el Mare Nostrum, sin poder acceder al Atlántico pese a su vocación marinera, era una secular refriega la que España y sus itálicos aliados mantenían contra los bajeles de la media luna estrellada, vetando su salida al Atlántico. Era demasiado poderoso aquel otro Imperio del Este, para osar Felipe II invadirlo, como habíalo intentado con la Pérfida Albión. No habían pasado veinte años desde la victoria sobre sus galeras en Lepanto, y de nuevo los Bey y Dey otomanos, junto a otros príncipes tributarios de enseña roja, asomaban al Atlántico sus velas. Para acosar esta vez, no solo a la Flota de Indias, sino a todo enclave donde cautivar cristianos que vender en los zocos esclavistas de Argel, Orán, Tremecén o Bugía. Miguel de Cervantes, tres años prisionero en Argel, lo sabía bien. En contrapartida, el Rey Prudente solo había acertado a plagar su costa meridional de atalayas, alarma perpetua de las velas berberiscas. Los frailes mercedarios conseguían, entre tanto, los dineros exigidos para urdir nuevos rescates de cristianos. Y esta tensa convivencia mediterránea lastraba, como una pesada losa, las arcas de la Corona. Había iniciado el Imperio Otomano, una escalada de ataques turco-berberiscos, que presagiaban nueva yihad para reconquistar Al Ándalus, con el apoyo oportunista de Francia y Holanda, competidoras y enemigas de la hegemonía hispánica.


España arrastraba el lastre político, aunque económicamente rentable, del islamismo solapado en Las Alpujarras, región montaraz de la morería andaluza, no purgada por los Reyes Católicos tras la toma de Granada y su pactado bautizo cristiano. Una peligrosa quinta columna que Juan de Austria, hermanastro del rey y reciente vencedor de Lepanto, había extirpado (1571), expulsando su mayoría al norte de África, dispersando por Castilla al resto, y vendiendo como esclavos a los prisioneros, contrapartida de las capturas berberiscas de cristianos. No pudo en cambio auxiliar a Túnez, protectorado de la Corona española, como tampoco evitar la pérdida de Chipre, donde la ambigüedad de la Republica de Venecia fue causa determinante de aquella merma. Eran eslabones en una cadena de hechos bélicos continuados, con su hito en la toma de Malta, salvada in extremis por las galeras de Felipe II. La isla maltesa era sede de la Orden de San Juan de Jerusalén, reminiscentes cruzados del Temple (Templo de Salomón, Jerusalén) expulsados del Crac de los Caballeros, su bunker en Siria. Punto estratégico de aquellos siglos, era la isla defendida en tierra por sus bravos monjes-soldado y que socorrían por mar España, el Papado y los ducados y repúblicas itálicas, con sus flotas. Su caída en manos otomanas hubiera sido letal para el cristianismo mediterráneo. El evidente liderazgo de España, abierto a todos los mares y continentes conocidos, resultaba un sin vivir para su Corona, que pese al formidable tesoro de sus virreinatos de Nueva España y El Perú, sufrió repetidas bancarrotas de su hacienda. Aplazamientos del pago de su deuda diríamos hoy, externa a mayor INRI, por ser sus fiadores banqueros genoveses y alemanes, que españoles de solvencia no los hubo en aquel siglo.


Tras la debacle del Canal de la Mancha, la conocida explotación del éxito, explicada en cualquier manual de táctica militar al uso, quiso ser esta vez prestamente rentabilizada por los estrategas isabelinos con la que hoy conocemos como Contraarmada inglesa. English Armada para quienes la financiaron. Al año siguiente del fracaso naval español en el Canal, una flota con cerca de 200 velas y 25.000 hombres de desembarco y maniobra capitaneados por Drake, se hace a la vela rumbo a Santander, La Coruña y Lisboa: vienen a destruir la escasa y maltrecha flota enemiga allí refugiada, a la vez que saquear sus posesiones y humillar al diabólico Felipe, el demonio del sur. Cuentan para ello con la flota orangista y el flácido entusiasmo luso, bajo la férula del monarca español. Pero la estrella del famoso corsario flaquea cuando lisboetas y coruñeses responden bravamente ante un primer ataque de quien consideran enemigo de su fe. La inexperiencia sobre la logística de grandes flotas, iba a desacoplar la actuación inglesa, que se vería avocada al desastre desde sus primeros vientos. Por Santander, base principal de acogida y reparación de la Grande y Felicísima pero descuajeringada Armada de Felipe II, ni siquiera verían aparecer sus velas. Cuando los barcos anglo-holandeses navegaban ya en confusa desbandada hacia Albión, serían numerosas las zabras del Cantábrico que iban a salir en su búsqueda, a la caza y captura de naves dañadas o con tripulantes diezmados o enfermos, que no podrían defenderse. Tarde cunde la noticia en la bahía de Santander, que envía galeones a medio reparar y urcas de cabotaje, con tripulaciones improvisadas de marinos y pescadores, tras esas mismas velas que se alejan mar adentro. Más de una docena de ellos regresará a sus bases llevando a remolque su propio bingo. De regreso a Plymouth, la pérdida constatada de 22 barcos grandes y la mitad de los hombres embarcados tres meses atrás, irrita al Consejo Real, en la que supone negligente derrota sufrida en aguas ibéricas por su impertérrito campeón. Cosas que pasan cuando el voluntarismo supera a la realidad. Drake, acababa de terminar su fantasiosa partida de bolos que, según el narcisista oráculo isleño, ni se inmutó en interrumpir cuando le informaron que las velas de la Gran Armada blanqueaban el horizonte. No parecía inmutarle tanta vela al viento que todas las naves llevaban tendidas… la armada avanzaba lentamente cual si gimiera el océano bajo aquella inmensa pesadumbre y no bastaran los fatigados vientos para mover aquella gigantesca mole… en forma de media luna que abarcaba una distancia de siete millas de un extremo al otro… todo un magnífico espectáculo, al decir de algunos videntes. La fanfarronada drakeña, de incierta veracidad pero tópica y tercamente repetida aún hoy en su isla, fue reprimida y apalancada al año siguiente, con sus propios bolos y bolas desbaratados frente a las costas portuguesas. Solo en ellas se estima cayeron 7000 de sus pupilos.


Al pirata Sir Francis le sería denegada toda capitanía de flota durante los seis próximos años. Esta vez no medió en el resultado meteorología alguna. Ni había tregua que tomara desprevenidas las defensas peninsulares, como era moneda habitual en sus campañas. Los estrategas británicos, crecidos por el éxito del encuentro y su restallante nacionalismo, incluidas ignorancia, impericia, munición equivocada, cañones mal fundidos, barcos mal ensamblados, y atraso naval enemigos, nada sinceros, se creyeron su propio relato prêt-à-porter, en clave de consumo interno… válido solo para el cortoplacismo de sus claques. Había que salpicarse el pasado miedo de encima. Pero contra lo que su regocijada prepotencia aseguraba, resultó que no, que los galeones españoles ni eran demasiado altos para sus barcos, ni se perdían sus elevados disparos en el aire, ni abandonaban los barcos al furor de la tempestad al verse incapaces de dirigir barcos tan pesados… como alegaba el historiador y filósofo David Hume sobre la jornada de La Mancha, además de otras ingenuidades frecuentes de hallar entre autores ingleses que describen ese y otros lances en los mares. Y esa falta de pericia y conocimiento lo achacaba ¡que curioso! a quienes habían hecho del Pacífico un lago español y del Atlántico un mar interior.


Vamos a ver marineros.


Así se jactaban quienes apenas conocían el Pacífico sino por los mapas de españoles o portugueses que allí habían navegado para levantarlos… y regresado para confeccionarlos. Apenas ocho años hacía que asomaran por vez primera la roda cinco de sus barcos (solo uno entró y salió vivo), al Piélago que cruzaran Elcano y Magallanes sesenta años antes. Y que Loaysa y nuevamente Elcano, cinco años más tarde, volverían a cruzar. Y que por su Norte Urdaneta y Legazpi conectaran de ida y vuelta el mundo asiático con el hispánico de Nueva España, antes que sus aguas mojaran casco inglés alguno. Y que varias decenas de sus navegantes garabatearan aquella centuria sus aguas en busca de nuevos mundos… entre ellos la Austrialia que tal nombre le inventaron en honor de la reinante Casa de Austria y hoy conocemos como Australia, aunque pese a intuirla, no lograran encontrarla… o sí, que pecios ibéricos del siglo XVI han aparecido en sus costas para regocijo de historiadores y arqueólogos… Ciertamente, solo la ignorancia puede generar tal osadía informativa. ¿Resulta creíble que el ilustrado filósofo e historiador Hume escribiera en 1760 su Historia de Inglaterra vertiendo opiniones tan desacertadas e inexactas sobre la España del siglo XVI?. Solo cabe pensar que nuevamente la neblina del nacionalismo, debió impedir ver el bosque de las evidencias… o simplemente, las desconocía.


Comprobarían los ingleses en propia carne, que la realidad era muy otra de la que sus paniaguados pregonaban. Parecía que súbitamente los artilleros de oficio habían aprendido a disparar sus católicos cañones, a horquillar su puntería. Y que sus macizos paquebotes no eran tan torpes en aguas abiertas como lo daban por hecho lenguas británicas. Digerida la adversa lectura inglesa, iba España a reponer su capacidad naval ‘online’, en pocos años, tan pocos como para seguir liderando durante al menos medio siglo más, sin tendencia a la baja de su capacidad constructiva ni defensiva, la élite marítima europea del transporte y de la guerra. Hasta que se lo arrebataran los holandeses tras la jornada de Las Dunas de Kent. Resultaba que también los astilleros del Cantábrico, además de construir desde siempre los mejores galeones del Atlántico, bajo rigurosos criterios navales emanados del Consejo de Indias, habían asumido una súbita productividad para sus diques. Y todo ello, con solo haberse dado una vuelta por Inglaterra… Alrededor, solamente… ¡lo que les había cundido!


La tautología de los barcos ingleses, pequeños, ágiles y manejables, resulta perogrullada sabida por cualquier aspirante a Patrón de Yate. Una de las primeras cosas que aprende por seguridad propia, es que un petrolero tarda varias millas en virar por mucho timón a la contra que meta súbitamente el timonel. La inercia del paquebote, directamente proporcional a su andar y desplazamiento, determina su virada, mucho más barrida de limpiaparabrisas de auto, que ciaboga de trainera cántabra. Pese a tener la vela derecho de paso sobre el motor ¡sálganse de su rumbo los veleros deportivos!… Todo barco que gana porte, pierde agilidad. Un buque-escuela no maniobra como un 41 pies, por muy marineros que sean ambos a la vela. Tal era el caso de la confrontación en el Canal. Los comerciantes ingleses preferían fiar sus mercancías a barcos extranjeros (hanseáticos de la Liga, sobre todo, pero también flamencos), antes que adquirir naves mayores y más caras. Los bajeles ingleses eran tan pequeños, salvo algunos navíos de guerra de la Reina, que no había cuatro buques mercantes que pasasen de 400 toneladas. Frecuentemente la Reina habíales animado a construir mayores barcos. Y era hora de ponerlo en práctica, si quería Albión madurar su liliputiense Armada. Seria precisamente el galeón ibérico el modelo a seguir, y mejorar si cabe, por los armadores ingleses y holandeses, que sabían la dependencia directa del subsistir a cobijo de poderosa flota. ¡No pocos barcos españoles capturados fueron remolcados a puertos ingleses para ser estudiados!. Desde siempre. Pero dejemos suposiciones y vayamos a cifras. Al morir Isabel Tudor (1603), el número de naves de su Real Armada era de 42… ninguna de ellas llevaba arriba de 40 cañones, solo había 4 que tuviesen ese número, 2 de mil toneladas, 23 inferiores a quinientas, algunas de cincuenta y muchas de veinte, insiste implacable David Hume, el, a veces riguroso contador, pensador escocés. Aunque en apenas un siglo, iba aquel propósito regio a tomar cuerpo de nauta.


El galeón español era en cambio, nave con castillo de proa prominente y popa elevada, y un arqueo variable entre 500 y 1600 toneladas, aunque predominaban los de 566 toneles. Su dotación artillera era selectiva entre 55 a 80 bocas de fuego por nao, repartidas en dos puentes y tres alcances: el largo de las culebrinas, el medio de los cañones, y el corto de los pedreros. Lanzaban las culebrinas proyectiles de hierro o pepinos a gran distancia, cuyos impactos dañaban casco, velamen y gente de a bordo. Hacíanlo los cañones con bolas de hierro esféricas o no, pero también palanquetas, angelotes, enramadas, cuatrorramales, etc, que siendo cargas centrifugadas por el alma del tubo, se desplegaban en su trayectoria de diferentes formas para desarbolar al rival o desgarrar sus velas. Los pedreros lanzaban bolas de piedra caliza que se cuarteaban en el aire actuando como metralla graneada sobre las cubiertas. La carabela, el otro tipo de nave presente en la fallida batalla del Canal de la Mancha, era nao redonda de castillos realzados a proa y popa, muy marinera en aguas abiertas y ola larga, llevaba nutrida fusilería en sus castillos y ribadoquines de calibre menor para su defensa, tal como su cometido de transporte requería a fines del siglo XVI.


Está claro que con los barcos de poderoso bordo que utilizaba la Armada Española en aquellos siglos, su táctica dominante en la guerra del mar era el abordaje, previa barrida de cubiertas adversas. De ello se encargaban los pedreros y las descargas de fuego desde la ventajosa posición de sus castillos, mediante mosquetes, trabucos y mosquetones. Conocida esta realidad oponente, la Armada Inglesa, tenía que optar por el cañoneo a distancias media y larga, para evitar peligrosas cercanías de los enhiestos galeones y su mortal abrazo de oso. Recibieron sus capitanes la orden de que no embistiesen a los buques españoles a quienes su tamaño, no menos que el gran número de soldados que llevaban, hubieran podido dar mucha ventaja… y que se limitasen a cañonearlos desde cierta distancia… que aprovechasen los vientos, las corrientes y todos los azares favorables… Eran ambas Armadas en número parecidas, pero contrapuestas estampas del perro grande y un perro chico siempre más ágil que el grande, que debe escabullirse a tiempo o perecer entre sus fauces. Esa era la guerra galana de los hijos de Albión: no dejarse copar sus pequeñas naves por el poder de las grandes. No solo con maniobras previas, sino con fuego oportuno en tiempo y separación, para evitar toda proximidad peligrosa. Su táctica: mantener distancias hasta ablandar la artillería de a bordo y tratar entonces de copar la nao enemiga. O que un afortunado disparo a la santabárbara la hiciera saltar por los aires.


En cuanto a los cañones empleados en cada nao, era ciencia particular del cometido del barco y su arqueo, las aguas que había de transitar, el peso de cada cañón, si bronce o hierro, el tipo de enemigo que iba a combatir, la servidumbre de hombres y el espacio operativo que cada pieza imponía. Como también lo eran la carga y tipo de pelotería que debía impulsar, su radio de acción y cadencia, el retroceso individual y colectivo de cada pieza artillera según alcance y masas propia y expulsada, toda la ciencia en fin que atesoraban los tratados al uso y la propia experiencia. En igualdad de otras condiciones, los cañones de largo alcance o grueso calibre precisaban una mayor masa inerte capaz de disipar el culatazo de la pieza, mera reacción del impulso conferido al proyectil. Eran por tanto más pesados. Con los grandes barcos que manejaban, llevaban los españoles de la Gran Armada, 2630 cañones de cobre (sic, bronce) de grueso calibre, con bastimentos para seis meses… Se trataba por tanto de cañones pesados.


Los barcos pequeños en guerra galana, precisaban también cañones pesados, capaces de absorber parte del retroceso impuesto por el impulso de sus proyectiles, ya fueran de medio o lejano alcance. De otra manera una andanada lanzada por cañones sin amortiguar retroceso, transmitía su impulso íntegro al barco, que sufría con cada secuencia artillera peligrosas escoras y derivas del rumbo. Además de las consabidas fatigas y desajustes estructurales por disipación del impacto sobre bordos, mamparos, cubierta, herrajes, anclajes, baos… que obligaban a revisiones periódicas. Por eso Chesterton, fino observador, cita como pequeños navíos escorados por el peso de sus cañones al referirse a la marina inglesa, ya descrita la dimensión de sus naves por el escocés Hume, que no entra a considerar la sutileza del inglés, quien marca en cierta forma la pauta de lo hasta aquí expuesto.

 

Figura 13a-Veracruz desde el mar. Rugendas


Así las cosas en Europa, el descubrimiento en Nueva España de otras vetas de metales preciosos en el interior (Zacatecas, Guerrero, Sonora, Chihuahua), junto al aumento de la producción de lingotes de plata en las ya existentes, suponía un poderoso respaldo al desarrollo del virreinato y su red de caminos reales. La obtención de plata favorecida por el amalgamado con azogue del mineral argentífero (1555) había incrementado notablemente el rendimiento de su explotación. Veracruz y su feria crecían como nexo obligado de unión con la metrópoli, potenciadas por el mercado interior del virreinato. Fundada la Real Casa de la Moneda de México (1535), Ceca matriz de América, habíanse acuñado sus primeras monedas de plata fina, conocidas hoy como “de Carlos y Juana”, por llevar indelebles en su haz los nombres del joven emperador y su madre viuda, la reina de Castilla. Eran monedas troqueladas a golpe de martillo sobre cuño, macuquinas irregulares pero de excelente ley, que cambiarían de formato y tamaño con el nuevo siglo, para acabar invadiendo los mercados asiáticos y europeos como Reales de a Ocho, Pesos (por su invariable “peso” de ley en plata pura) o Pelucones (por las pelucas de época que mostraron sus regias testas durante el siglo de las luces). Humbold, a dos siglos y medio de su fundación, consideraba esta Ceca como la primera del mundo, digna de ser observada por el orden, la actividad y la precisión que reinaba en todas las operaciones de su braceaje. Con 400 obreros directos, además de diseñadores, grabadores y administrativos, era entonces capaz de acuñar más de 30 millones de monedas anuales.


No había sido fácil la mentalización previa, e implantación posterior de la moneda, en una sociedad de trueque ancestral. Ninguna implantación forzada lo es. Los primeros españoles de Veracruz, trocaron los alimentos y artesanías indígenas, por abalorios, espejuelos, tijerillas o cascabeles, porque no otra cosa atesoraban que interesase al colaborador o al oferente local. Llegaron luego las encomiendas para los elegidos, con el trabajo forzado del indio a trueque de cobijarlo, instruirlo y alimentarlo. Pero, quienes en mayoría no eran encomenderos, no tenían cómo pagar al totonaca amigo, su parte de sudor aportado en el montaje de cercas, apertura de zanjas o pastoreo de ganado. Aún no habían generado producto alguno que trocar. Severas hambrunas hubieron de padecer aquellos emprendedores de primera hora, blancos o negros, que para todos hubo. Rechazaba el indio las monedas de vellón que los colonos ingenuamente le mostraban, asignando un cierto número de ellas para valorarles cada trabajo hecho. Aquellas pequeñas piezas de metal cúpreo, eran una ofensa comparativa para su etnia que lucía dijes de oro y pagaba su tributo en mercancía. Tenían razón. Lo que no tenían por qué saber es que Las Médulas, el yacimiento aurífero más importante de Europa (hoy parque temático y patrimonio de la humanidad), había sido agotado diez siglos antes por los romanos, privando al ibérico ciudadano de futuros oros en su pecunia de curso legal. Trajeron la civilización que dejaron, y no procedía lucubrar demasiados lamentos contra el hacer de aquel Imperio. Los Imperios primorosos, se parecen mucho a ti, sacan oro, ponen alma, siembran todo… son así, les hubiera explicado el gran Rubén Darío acerca de aquella nueva circunstancia y su precedente histórico, que nunca entendieron. Aún hoy, siguen muchos sin entenderlo.


El problema de compaginar el trueque indígena con la pieza monetaria empleada en Europa, resultaba difícil para todo quien demandara mercancía, si carecía de la moneda para poder comprarla. Dado el rechazo indígena, aunque la trajera, poco o nada lograba trocar por ella. Lentamente fue, empero, entrando en razón aquella sociedad ensimismada en su ayer, hasta normalizar un mercado imprescindible. Para poner en circulación una masa monetaria suficiente, partiendo del cero físico y mental experimentado, se enviaron remesas de moneda de las cecas castellanas, con circulación válida para nuestros reinos de ultramar. Ellas fueron las encargadas de monetarizar con éxito las transacciones internas del Imperio, en su trayecto hacia un mercado desvinculante del trueque. Carlos V encargará al Virrey Mendoza la tarea de poner en marcha la primera casa de moneda de América. Mendoza, valioso hombre – comodín, todero de acción y actuación, había sido Tesorero de la Casa de la Moneda de Granada, la ciudad de su infancia. Conocía la interioridad del proyecto y se puso a trabajarlo siguiendo la voluntad del César. Como primera medida contaría con los indios de Xiquipilco, excelentes orfebres, labradores y fundidores de metales preciosos, para laborar en la sala de troqueles, corte y afinado, las piezas. La Casa de la Moneda iniciaría su andadura virreinal domiciliada en las llamadas Casas Viejas de Moctezuma en Ciudad de México, apoyada en la excelencia artesanal de los indios y un préstamo real de mil marcos de oro, a devolver con futuros impuestos.


Pese al hallazgo de yacimientos de oro, pocas iban a ser las monedas áureas emitidas en las cecas de Nueva España. Fue solo a partir de 1676 que fuera autorizada la labra en oro del escudo y del doblón (ocho escudos), dando lugar al tradicional bimetalismo históricamente vigente en España. La razón de esta primitiva prohibición real sobre la acuñación del oro, se basaba en dos circunstancias, siendo la primera y principal, que España lo precisaba para pagar deuda externa contraída en países de patrón oro. Nueva España en cambio, era potencialmente capaz de invadir cualquier otro mercado con su plata, aunque no estuviera todavía autorizada a comprar ni vender fuera del Imperio. Dejó por ello de imprimirse en las Casas Viejas moneda de oro, y el metal aurífero de Indias tomó el camino de Sevilla en forma de lingotes, adquiridos por la Real Hacienda a expensas de los financieros-propietarios de las minas. El asiático iba a ser muy pronto presa favorita de Nueva España, forzando allí la asunción del patrón plata, cuando no el bimetálico, para hacerlo extensivo más tarde a una gran parte de Europa. Apenas un siglo había transcurrido, desde que la semilla de cacao circulase como habitual moneda en la Nueva España que nacía, hasta que su pecunia de plata incidiese con sólida demanda en los mercados del mundo, desde la China a Rusia y el Imperio Otomano. Especialmente desde mediados del siglo XVII.


Pero esta progresiva riqueza virreinal, venía aguzando peligrosamente la codicia de otras banderas, que multiplicaban sus acciones pugnaces en todo tiempo. A ellas habíase unido la plaga de los perros del mar y del contrabando, hasta tornar irrespirable la atmósfera transitiva de aquellas costas. Los frecuentes asaltos piratas sobre naves solitarias, obligaron al Consejo de Indias a condensarlas en flotas, que acabarían siendo escoltadas por una Armada de guarda. Vino con ello España a introducir, con su Carrera de Indias, los convoyes masivos de naves, protegidos por una envolvente de maniobras complementarias en salida de puertos, arribadas y pasos costeros peligrosos, mediante estrictos protocolos a seguir por la Flota mercante y su Armada consorte, suerte de danza nupcial de urogallos en celo. Armada que propició los afamados galeones cagafuegos, ocasionales volcanes flotantes de la época, con sus 40 y más bocas de fuego y súbita erupción artillera de bolardos y palanquetas con el barco a toda vela. Con el nombre de Armada de Barlovento o de Nueva España, y compuesta por una almiranta, una capitana, un par de galeones de la plata y algunas naos de aviso y comparsa, esta pequeña pero eficaz flota bélica, iba a fijar en Veracruz su base nórdica del Imperio (1546).


Pese a la rémora contrabandista, en su puerto llegarían a registrarse hacia España mercancías por más de 34 millones de pesos en los mejores años de su Aduana, y otros 5 millones más con rumbo a la Hispanoamérica atlántica, donde Tierra Firme y Cuba eran principales destinos. Más de 250 naves anuales derramaban productos novohispanos por los mares atlánticos fuera del Golfo de México. Cera, azúcar, cochinilla, añil, cueros, jabón, palo de tinte y pimientos, eran las ofertas masivas de su Aduana. Sus registros de entrada alcanzaban cifras máximas con los vinos, ropa, papel y libros, sardinas y anchoas, aceites, cordajes, linos, paños, sedas y gasas, hilo, corcho y clavazones de España. Pero también imaginería religiosa para iglesias y conventos, y selectos lienzos al óleo para ciertos próceres, además del cacao y café llegados de Maracaibo, Puerto Cabello y La Guaira, demandados para consumo interno.

 
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Contexto Histórico de Veracruz – III

Gran parte del litoral atlántico maya iba a permanecer durante décadas hostil al hecho español. Por ello, desde el comienzo de la conquista, Veracruz se convirtió en puerta accesible de la marea humana que venía desde la Península o las Antillas, a las nuevas tierras de la Corona, huyendo de su menesteroso origen. Indigencia por otra parte de probada bonhomía, necesaria para poder hacer las américas, con un poderoso filtro social frente a judíos, moriscos y gitanos, no deseados por la Corona en la Península ni en ultramar. Gentes europeas que tarde o temprano harían valer hazañas y méritos ante la propia Corona, para aupar reconocimientos, prebendas, concesiones y medro. Un sentimiento común compartían: la sincera lealtad a la Cruz de Cristo y a su Rey. Bandera y cruz aseveradas por el irrefutable testimonio de sus cientos de relaciones, probanzas y cartas documentadas que cruzaron, en toda dirección, el Atlántico de aquellos años.

 

Muchos fueron los negros asentados con sus patrones en el área veracruzana desde 1522: eran siervos y esclavos de colonos peninsulares, integrados consuetudinarios a su cultura y habla castellana, que pasarían a ser conocidos en Indias como negros ladinos. Gozaban de un régimen medieval, no escrito pero vivo, extractado de las Partidas de Alfonso X el Sabio, suerte de Código del buen tratamiento de los siervos. Matizaba extensamente sobre los principios del derecho a la vida y la integridad personal, a la protección de la justicia y la obligación de tener el señor responsabilidad de lo obrado por su esclavo. Eran estos ladinos, gentes de color, que habían entrado a formar parte de una familia en el sentido de unidad social amplia, que en el Mediterráneo latino, adquiere el vocablo. En general, su tratamiento dentro de las familias era benévolo, pese a la autoridad sin límites que asistía por aquel entonces al cabeza familiar. Cuando no eran nacidos en propia cepa, debíase su presencia a su compra cuando jóvenes, y desde luego, en el seno familiar morían, caso de no alcanzar oportuna manumisión. A la muerte de pater familias eran muchos los liberados, siquiera nominalmente. Seguían los menos al familiar cobijo, entre ellos mujeres mayores, las viejas ayas o amas secas, que nunca mueren. Ellas, plenas de paciencia racial y espiritismo congénito, habían recreado el magín de la muchachada y captado su atención volandera con historias mágicas y evanescentes misterios, que hacíales acreedoras, por merecidos, del respeto y autoridad grupales. Otros muchos acabarían comprando su libertad mediante la Real Cédula de Gracias al Sacar, prebenda concedida por la Corona para combatir las estratificadas castas de la sociedad hispanoamericana, espontáneamente cuajada en abigarrada sucesión de mestizajes. Pero su porte y vestimenta, muchas veces los delataba

 

Con la oleada peninsular, las gentes africanas llegadas, futuros negros libres que con ella se asentaban, acabarían comprando su libertad. Ellos también levantarán hatos o sementeras, con aporte de animales y semillas que a todos harán arraigar en tierra veracruzana. Muchas veces su pago manumisor será fiado, esperando de su buen empeño el amo, una progresión social suficiente que rescate la deuda moral contraída por el siervo. Son los llamados conquistadores negros, un puñado de africanos de primera hora, muy estimados entre los mílites indianos por su ardor combativo, aunque ninguneados en el seno de la sociedad criolla ya cuarteada por nacientes castas, además de injustamente olvidados por los historiadores y cronistas de todo tiempo. Juan Valiente es uno de los ladinos que solicitaron a su amo veracruzano de igual nombre pero poblano a la sazón, cuatro años de plazo para buscar fortuna por donde pagarle la deuda crediticia. Mentes tan bien intencionadas como la de su valiente amo, arguyen que no pudo hacerlo, cuando, ya capitán, casado y padre de tres hijos, muere veinte años después en Chile. Luchaba contra los araucanos con su Adelantado Pedro de Valdivia  que murió también en aquella jornada (1553). Bien es verdad que había llegado tan lejos, no por ir a buscar lejana querella, sino reclutado por el omnipresente tonatiuh Pedro de Alvarado. Su fallida y liquidada, por pactada, expedición al ardiente Perú de Almagro y Pizarro, junto a su unión con una mulata del Adelantado, fue causa determinante que le hiciera arraigar y crear familia en el lejano Sur. Pero las comunicaciones desde Valparaíso al Callao y Panamá/Nombre de Dios, con galeones a Veracruz y Campeche, eran ya toda una realidad espléndida, para poder haber saldado haberes con el antiguo amo…

       Figura 8: Plano Planta de la Veracruz de Antonelli y Valverde (1623)

     

Juan Garrido, otro de esos colonos conquistadores que dieran fama a su raza, traería el primer trigo a tierras veracruzanas, aunque acabaría sembrándolo en el valle de México, de favorable condición climática para la neonata gramínea americana. Africano de origen y esclavo de conquistador, empeñada la palabra, compró y pagó su libertad, mediante su lucha contra los caribes antillanos primero, y las tribus del noroeste novohispano después, ya como hombre libre. Acabaría sus días como un hacendado más de Ciudad de México, donde por sus méritos probados, habíasele concedido casta, casa y tierras.

 

El ser y sentirse libre no significaba igualdad jurídica con el blanco, porque persistían en él, como negro ladino, las restricciones inherentes al color de su piel, su casta. Circular por las ciudades tras la puesta del sol, portar armas, vestir determinadas prendas, sedas y encajes, lucir perlas y joyas, ocupar ciertos puestos en reuniones oficiales y primeros bancos de las iglesias, desempeñar cargos eclesiásticos o civiles, eran parte de ellas. Mediante las Gracias al Sacar, podía liberarse de algunas prohibiciones mediante el oportuno pago, tal como hiciera Garrido el guapo, para disponer libremente de la sine diae añorada tenencia de armas, entre otras muchas concedidas so contante y sonante plata. Puro mercantilismo virreinal. Entre los negros ladinos, los hijos de las esclavas nacían por tradición semi-libres, porque debían permanecer en casa del amo hasta su mayoría de edad o su matrimonio cristiano. Por encima de estos límites, debía resarcirle aportando trabajo en casa, o alquilando su mano de obra fuera de ella. El negro y horro Sebastián Toral, explorador manumiso del Yucatán en la década de 1535-40, acabaría como conserje del cabildo de Mérida, habiendo sido uno de sus primeros pobladores. Tras haber perdido todos sus haberes invertidos en la conquista, pidió al rey su exención de tributos en recompensa de haber prestado fuertes servicios en la pacificación de la tierra, sin haber recibido salario ni merced alguna. Que Felipe II, todavía príncipe en representación de su padre, le concedió sin rechistar. Por otra parte, era ésta merced habitual de la Corona para con sus deudos, frecuentemente nombrados como vigilantes, ujieres, maceros, verdugos, pregoneros, subastadores, porteros…  subalternos siempre útiles.

 

La necesaria importación de negros bozales africanos para suplir una mano de obra indígena escasa, floja, y protegida por las Leyes de Indias, iba a traer a la sociedad novohispana brotes de rebeldía, desconocidos u olvidados por la matricial sociedad española. Nutrieron los montes, alguno de ellos, con peligrosos cimarrones; algún otro acabaría en matanza de negros, como la ocurrida en México (1537). Su realidad humana era otra, bien cruel. Habían sido en origen cautivos de las mismas sociedades negras que se los quitaban de encima, vendiéndolos a los tratantes europeos, portugueses o franceses en el caso español. Esclavos previos a otro yugo que les esperaba, caso de sobrevivir al inicuo traslado, muy lejos de su culturamadre. Díscolos, resabiados, truhanes desterrados y vendidos por su tribu, delincuentes muchas veces, forzosas hienas humanas otras muchas, solían llegar los recuperables a Veracruz, enfermos, débiles, apestando a mugre y excrementos, sarnosos, escorbúticos, bubónicos, diarreicos, enfebrecidos por los virus africanos, cuando no del propio viaje. Los no recuperables habían sido, simplemente, arrojados por la borda durante cualquier singladura. Seres humanos cosificados física y síquicamente, que eran pasados como ovejas por agua de mar, cauterizante, limpiadora y desodorante, antes de aproximarlos a las dependencias aduanales. Podían así ser vendidos en pública subasta sin el sabido rechazo, cuando no confinados a una cuarentena definitiva, redentora o mortal. Pero tampoco había sido cosa fácil, en origen, su adquisición por los negreros. Sólo cuando empezaron a ofrecer por ellos armas, paños, herramientas, caballos y aguardiente, accedieron, sociedades matrices y régulos, al trueque de sus esclavos. Hoy sabemos que su razón era doble: los esclavos africanos eran producto de tributos, o botines de guerras habidas frente a otras tribus. Brazos supletorios para trabajar la tierra o cuidar sus ganados, en tanto disminuían los ajenos en la misma proporción. Una fórmula primitiva de aumentar recursos propios y reducir los ajenos, tanto como se amplificaba la brecha de poder y el supremacismo dominante entre las partes.

 

Se ha vertido mucha literatura lacrimógena con motivo de la sumisión del bozal en América. En un principio el propio homo mataba al enemigo homo y se lo comía. Más tarde aprendió a someterlo para que trabajase por él, pero sin dejar de comérselo. Finalmente perdió el hábito antropófago, pero siguió manteniendo sus rutinas belicistas para someterlo. La tiranía en el mundo antiguo consta, según escritos cuneiformes, desde los primeros tiempos de Sumer. En la antigua Grecia había esclavos por conquista, por abandono al nacer, o por deudas o multas impagadas. Egipto los puso a levantar pirámides. Roma construyó acueductos, puentes y calzadas a expensas de las costillas de sus enemigos. China a levantar la muralla contra los mongoles. Homo hominis lupus. ¿Qué tendrán las Américas indianas de hoy que todo lo vuelven lamentos y doloras de salón?. Su propio nombre indica la procedencia de este inhumano comercio, perdido en los anales de Occidente: esclavo, eslavo. Fue en la frontera turca de tierras indoeuropeas, donde tratantes judíos adquirían esta carne humana, femenina mayormente, para beneficio propio y solaz de emires y jerarcas de la Córdoba islámica. Siglos IX y X de nuestra Era. Mientras, las Indias dormían su sueño de prehistoria, tan antropófaga y déspota como las demás de su nivel, lo fueran en su noche. Documentos mercantiles de aquella secular trata, incorporaron a nuestra fabla el vocablo del detestable comercio, no extinguido, por muy prohibido y acallado que se presuma hoy.

 

Cuando el barco negrero aportaba en Ulúa, recibía la visita médica de control sanitario y aduanero prescrita para todo bozal documentado. La comprobación del carimbo o hierro de procedencia, marcados al rojo en omóplato o glúteos, si varones o hembras, anticipábase al avizorado matute portuario, en aras de la legalidad vigente y la restricción del contrabando humano. La pasividad con que aquellas mujeres de secano, engrilletadas y enfermas de oleaje, aprendieron a soportar vejación y desfogue cotidiano de las tripulaciones negreras, fue motivo de infundada fama sobre el desorbitado poder sexual de las negras. Hoy, paja en ojo ajeno, se repite el infundio con las mujeres subsaharianas que huyen de la miseria, y logran alcanzar la frontera o la costa españolas, embarazadas en cualquier control o paso fronterizo perdido, que se cobra su peaje. Solo la calentura emocional y la ruda ignorancia de los captores, repetida una y mil veces, puede henchir tal patraña. Embarcados quedaban entonces los enfermos, reos de cuarentena, regados con agua y vinagre frecuentes para evitar contagios. El kilómetro que los separaba de la ciudad, no era suficiente espacio para orear el pútrido hedor de esclavo que emitía el barco amarrado, en alas del solano que lo expandía por tierra. El trasporte en botes de los bozales aptos y su desembarco en el pantalán playero, realizábase en horas de sol. Cumplida la jornada, se suspendía el trasiego humano y se cerraban las escotillas, por donde había de emerger, al día siguiente, el resto de la negritud sana, carne de sentina. Pasada la Aduana del espigón, eran todos conducidos a galpones de estancia y venta o negrerías, extramuros de la ciudad y alejados de ella. Allí se les palmeaba (medidas en palmos), lavaba y lustraba para sacarlos a la venta pública con datos y aspecto de persona. Una vez adjudicada cada cabeza de negro, aplicábasele el nuevo carimbo de propietario, anexo al existente. Como cualquier cabeza de ganado, que recibiera el hierro. Registrados propiedad y propietario, abandonaban la negrería rumbo a las plantaciones de caña azucarera o maíz y las minas, cuando no a talar foresta.

Figura 9: Caminos Reales de Veracruz. Finales siglo XVIII

 

En general, la incorporación de esclavos al peonaje de hatos y estancias veracruzanos, fue mansa y pareja en crecimiento al de su cabaña porcina, caballar y vacuna, hasta alcanzar mestizajes tan complejos como la propia sociedad que les cobijaba. Llegó a ser tan importante su peso social, que pudieron disponer de un Hospital de Nuestra Señora propio y su cementerio anexo (1560), en una población de más de 600 africanos, sin acotar mulatos y pardos. Su presencia ha dejado en el lenguaje local préstamos lingüísticos de reminiscencias yorubas o nalus, propias del África Occidental Portuguesa de la que mayormente procedían.

 

Los bozales libres, bagaje oscuro, eran tenidos por la Real Hacienda por muy dañosos, en especial a los indios y más a las indias, criterio compartido por la Corona y los legisladores indianos de toda latitud. Por esta razón, y la consiguiente distorsión social que inoculaban al contexto indígena, se prohibió desde temprano a los libertos, su cohabitación en los pueblos o repúblicas de indios. Era en definitiva una protección legislativa sobre súbditos que lo precisaban, versus una mano advenediza que se tomaba lo improcedente, sin gozar plenamente de la ciudadanía virreinal. El indígena de Nuestros Reinos de Ultramar, era jurídicamente tan súbdito de la Corona como los españoles y los flamencos, genoveses (pactado), portugueses (con los Felipes II y III), sicilianos o napolitanos lo fueran. Y así ocurrió hasta la enajenación de aquellos reinos tras la Guerra de Sucesión, imposición necesaria para entronizar en ella al Borbón Felipe V (Utrecht, 1713). Eran por tanto súbditos españolesamericanos (Padre Feijoo), como lo fueran los indios-chinos filipinos, los chamorros de Guam o, pasado el tiempo, como los ecuato-guineanos y los saharauis lo fueron también.

 

Se cuentan por cientos los documentos del Archivo de Indias, desde los Reyes Católicos hasta el siglo XIX, donde así consta, sin distinción ninguna de los territorios extra peninsulares, nominados siempre como reinos, virreinatos, provincias, pero nunca colonias. No existe en el Archivo de Indias, ni en los de Simancas, Toledo o Viso del Marqués, el anglicismo colonia/colonial. El barbarismo colonia, con significado de territorio extra-metropolitano administrado por un país, estado o nación con mayor jerarquía, se introduce en el idioma español de la mano de  la circunstancia geopolítica europea del siglo XIX, que no por fonetismo ibérico. La lengua castellana, habíalo ya significado históricamente como un conjunto característico de personas establecidas en otro país. Nunca Nuestros Reinos de Ultramar fueron tratados por el legislador ni la Corona como una Colonia sensu estricto, implícito anglosajón de territorio jerárquicamente inferior a la metrópoli. Nunca. Existen cientos de documentos donde comprobarlo. Colonias lo fueron las trece británicas de Norteamérica o las Indias Holandesas, ayunas in situ et in vita de centros educativos superiores u hospitales para indígenas.  Y con ellas las africanas de última hora, no otra cosa que groseros repartimientos territoriales arramblados por las naciones europeas, para expandir su economía y su ego en el siglo XIX. Al no saber como encajar el puzzle geopolítico naciente, junto a su falta de voluntas para acometer labor como la española en América, optaron por aunar en vocablo único, causa y efecto de una explotación sin ambages, que condujo a una implosión colonial (colonial, nunca mejor dicho esta vez) tras pocas décadas de infeliz ensayo: su legado es hoy el caos social, la miseria y la centrifugación masiva humana. Allende sus fronteras, vagan por desiertos africanos sus empobrecidas gentes camino de la Europa que los embaucó entonces y ahora los rechaza.

 

Solo una vez en la Historia moderna hubo una nación que lo intentó y expuso ante el mundo las carencias de su bagaje. Con una lucha ideológica interna en pro y contra del derecho a someter al indio por exclusivas razones éticas, nunca políticas ni económicas. Y ello en el momento mercantilista más agudo de Europa, conocido como Renacimiento. Su encono fue más allá de las fronteras españolas y dio lugar al ius gentium de Salamanca, aplicable desde entonces a la humanidad entera. Otras muchas vergonzantes, como la Bélgica del Congo, escondieron siglos después sus miserias coloniales barriéndolas bajo la alfombra, mientras aventaban la llama ajena para desviar ojos de su expolio africano. Pretendieron no serlo estricto sensu, las francesas del Virreinato de Nueva Francia, a duras penas conseguido antes de perderlo a manos inglesas. Nueva Francia, Nueva Britania, calcocopias nominales de la exitosa Nueva España que jamás alcanzarían a igualar. Los estudios superiores buscábanlos sus colonos en la metrópoli, única beneficiaria de un saber elitista indelegado a las colonias fácticas, de calificación peyorativa. Dentro del Imperio Español, las universidades comenzaron a emanar saberes desde el temprano siglo XVI en el Santo Domingo de La Española, con un larguísimo etcétera que alcanzó a fundar más de cincuenta centros de enseñanza superior, incluidos Colegios Reales y Colegios Virreinales hasta comienzos del s. XIX, cuando vino a desaparecer como imperio. Sin olvidar el paradigmático Real Colegio de Nobles Americanos de Granada (1792), para instruir a hijos de caciques e indios de alcurnia que lo demandasen, así como a descendientes de españoles nobles nacidos en Indias, con finalidad de crear un funcionariado de ámbito ecuménico próximo a la Corona.

 

A medida que avanzaba en logros geográficos el Imperio, progresaba el beneficio de su saber. Negro sobre blanco, hay que denunciar las contradicciones conductuales de la Europa protestante, cobijada tras una feroz propaganda antipapista y por ello antiespañola, la nación católica paladina de siglos iluminados por la Luz de Trento, Martillo de herejes, Espada de Roma, Cuna de San Ignacio… que proclamase el privilegiado cerebro de Marcelino Menéndez y Pelayo. Investigadores hoy, le asignan al Padre Las Casas, fulcro de palanquetas perversas, un papel de vocero histriónico y edulcorados juicios indigenistas. Falta en sus escritos la documental prueba que testifique sus acusaciones, colofón de efectista exposición, no vivida ni contrastada en mayoría de veces. Tal vez oída de otros labios, seguramente veraces, pero transcrita con su personal aporte imaginativo. Tan desgarradoramente exagerado y fuera de contexto, como los pictogramas de De Bry, extendidos hoy como compañeros de viaje de toda versión de la colonización que se precie de progresista. En su Árbol del Odio, el historiador californiano Philip Waine Powell, se toma el humorístico trabajo de calcular los indios que cada español (púber, prepúber y féminas incluidas) hubo de matar en América para colmar las cifras sugeridas por Las Casas en su Brevísima relación… Y sus datos resultan sorpresivos: nada menos que 14 indios al día (festivos y vacaciones incluidas) hasta la independencia de sus países… ¡Mentira trágica¡ La tarea que supone la búsqueda de la Verdad, resulta imposible de lograr sin espíritu crítico ni profundidad lectora. Producen rechazo toda bonhomía los infamatorios grabados del oportuno calvinista Theodor De Bry, sugerente plumilla trazadora, ignaro saber y nada inocente hacer, desde su ácrata refugio de Estrasburgo. Dibujos pontificales los suyos, sobre supuestas torturas de unos amerindios que jamás conoció ni le interesaron para nada que no fuera cobrar sus escorzos panfleteros. Verborrea tendenciosa medular, platónica sombra cavernaria del exterminio perpetrado por sus propios correligionarios calvinistas en el Sudeste asiático. El mismo que jamás le interesó testimoniar, porque ningún adepto orangista se lo iba a pagar cual pretendía, y los católicos que pudieran hacerlo, lo desechaban, por no acostumbrar alimentarse de mentiras. Los españoles pasaban de todo De Bry de turno. Teníanlos por majaretas pasados, sin detener atención alguna en lo que consideraban, equivocadamente desde luego, sonoros eructos de taberna, desfogues gástricos de arriero o menestral. La insistencia volteriana del ¡Miente, miente que algo queda! puede apreciarse aún hoy en las lecturas que sobre el caso llegan a nuestras manos. Esa actitud despreciativa del otro, es mero patrimonio anglocalvinista, y lo recoge la investigación histórica como hecho contrastado, sin pábulo al sectarismo de parte. Ya en el siglo XX, esa discriminación humana sería conocida con el inequívoco vocablo angloholandés de apartheid, de recurrente uso en ambos idiomas y significado unívocamente entendido por la comunidad internacional, sin otra explicación que su propio nombre.

 

Apartheid resume el trato infamante de las Compañías de Comercio holandesas o británicas hacia el indígena de sus colonias. Nunca Nuestros Reinos de Ultramar, pese a ser apostrofados con el barbárico fonema, lo fueron. Hubiera supuesto para aquellos territorios un inherente rango inferior al peninsular, jamás entendido ni traslucido en los documentos de Indias. Tampoco en ellos fueron los indígenas sino almas de Dios que ganar para el cielo (alma púber, si, pero tan inmortal y aspirante al paraíso como la del Emperador), por el legislador o por la Corona. Otra cosa sería lo interiorizado por los colonos. Los clérigos Montesinos, Las Casas y Sepúlveda lo debatieron en su día como Polémica de los naturales, en Valladolid: las Leyes de Indias supieron registrar sus conclusiones. Por cierto ¿existe acaso otro Montesinos inglés u holandés? ¿Otras Leyes de Indias? ¿Otros Las Casas? ¿Habría publicado éste su diatriba amerindia contra colonos propios con la normalidad que se asumió en España? ¿Contra los orangistas de Calvino? ¿Contra  los nacionalistas alemanes de Lutero? ¿Contra el endiosado Enrique VIII?. De haber existido, no habría ido sin duda más allá que Tomás Moro o Miguel Servet, degollado en Londres uno, abrasado vivo con otros 500 en Ginebra el otro. Era el justo pago reformista a su osadía mística, políticamente incorrecta, frente al intransigente Cuius regio eius religio, que tantas vidas costó en centroeuropa entre quienes discreparan del credo de su rey. No hay más que leer a David Hume y su Historia de la casa Tudor para saber cómo trataba las cosas de la Fe, aquella estirpe. Las homilías compuestas para uso del clero, que los eclesiásticos tenían orden de leer todos los domingos, recomendaban una obediencia pasiva, ciega y sin restricción al soberano, de la cual no era posible desviarse ni un ápice bajo ningún pretexto. Los dramas históricos de Shakespeare, que tan admirablemente pintan sus costumbres… apenas hacen mención de la libertad civil. La menor resistencia que se intentase contra ellos (los Tudor), se miraba como la sedición más criminal, sin serlo admitida por el  público, y que daba a los patriotas una medida para arrostrar los peligros a que se exponían, caso de resistir a la tiranía. A pesar de la crueldad, exacciones, violencia y arbitraria administración… los ingleses de esta época, estaban tan subyugados, a semejanza de los eslavos, que eran propensos a admirar los actos de violencia y tiranía que se ejercía sobre ellos pese a serlo a expensas suyas… Bajo un sistema de control vecinal de espionaje, que produjo más de mil víctimas, quien rehusase por espacio de un mes asistir al culto público, será encarcelado… si persiste tres meses en la misma negativa, será desterrado del reino de por vida… y si vuelve a Inglaterra, sufrirá la pena capital, había legislado el Parlamento bajo presión de la Corona. El Parlamento, la Corona…  y el Tribunal de la Inquisición, entretanto ¿qué decía?. Nos lo cuenta en su libro testifical Mártires de la Inquisición inglesa el jesuita John Gerard, cuya primera edición tuvo que esperar hasta 1984… En este irrespirable ambiente ¿qué hubiese hecho nuestro inefable Fray Bartolomé tras publicar su Breve relación?… marcharse, como hicieron los puritanos… o morir colgado, como los católicos. Cincuenta mil de ellos durante el reinado de Enrique VIII. La terrible Inquisición española en tres siglos mató a 3000 personas, como mucho. ¿Hay quien dé más?

 

Benito Jerónimo Feijoo, el sabio Maestre General de la Orden Benedictina, entre otros ilustrados, identificaba al habitante de las Indias como español americano. Incluía esta acepción a todo nacido en aquella tierra, por primitivo indígena que fuera, que todo peninsular leído sobreentendía como cromañón emplumado, pero inequívoco género homo. En cuanto al peninsular medio contemporáneo, veía aquellos Reinos de Ultramar como un ilusorio horizonte de esperanza reglado por el Consejo de Indias, control y rejilla del vaciado peninsular y sus islas por el desagüe americano. Que evitaba, a la vez, el trasvase de otros peninsulares no deseados, tales como judíos, moriscos, gitanos y gentes de mal vivir. Como bien dice la investigadora Roca Barea, por razones de pereza mental no acostumbramos a profundizar en los tópicos de una sociedad de tópicos. Pero si no obligados están a ello los Sancho Panza sentados horas ante un televisor decadente, si lo están los Cide Hamete Benengelí que registran, comentan, investigan o escriben sobre esa Historia, respaldada como ninguna otra por cientos de documentos accesibles, en gran parte digitalizados. Ellos respaldan a Nuestros Reinos de Indias o de Ultramar, continuamente tomados por, y citados como, colonias. Con el desdoro resultante que toda lectura tópica deriva, tanto más si viciada está por ecos lingüísticos, conceptuales e ideológicos espurios.

 

Demasiado trascendente era la conjetura asumida por Su Católica Majestad y su prudente Consejo de Indias, como para despachar frivolidades. Son cientos de  miles los documentos legales, clarificantes o descriptivos, que aquella maquinaria de la voluntad rigorista puso a caminar. Desde atender a menesterosos del camino, reglar la edificación indiana, desaconsejar la incierta presencia de bozales, pertrechar un lazareto portuario, o fletar una Armada. Felipe II el Lento, llamaba Stefan Zweig injustamente a la minuciosa rata de despacho escurialense, atestado siempre de documentos que resolver en persona. ¡Documentos, Padre, documentos! repetimos nosotros, sabiendo dónde yacen, esperando el despertar del inquieto impertinente. Lean si no a los sorprendidos curiosos norteamericanos Lummis y Powell o al alemán Vossler, especimenes de esa nube de letrados impertinentes de la Verdad, que  por interiorizados, teníamoslos en olvido desde nuestras lecturas de juventud, muy lejos de las diatribas panfletarias de las guerras de religión. Insultantes siempre contra España y su imagen, asumidas en cambio oficialmente por ésta como propias del seso orate  protestante, y en consecuencia, sin réplica enojada al tontiloco de turno. Algún autor ha comentado con sorna que…  España tuvo el talento, y sus detractores el tiempo para insultarla, por carecer de él. Receta aplicable a los sectarismos ideológicos contemporáneos, ahítos de bálsamos de fierabrás para sus miles de lobos esteparios, hueros de saber pero mucho aullar, que vagan sueltos por las aceras de nuestras ciudades.

 
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Contexto Histórico de Panamá – II

El dilema creado entre los juristas del reino, proclives a la encomienda del indio (catequesis y civilidad a cambio de su trabajo) y los teólogos, partidarios del respeto a su albedrío como persona, chocaban ambas con la brutal realidad del humano complemento indígena, ya mil veces denunciado por el Consejo de Indias. El nativo de aquellas tierras resultaba refractario al trabajo orgánico, y su etnia, vulnerable a los virus que portaban africanos y europeos. Lejos de poder catalizarlos mediante defensas genéticas inexistentes, por un lado; por otro, era materialmente imposible abordar la colonización del continente sin mano de obra asequible in situ. En ningún caso el nativo podría ser catapultado treinta siglos avante, del Neolítico al Renacimiento, sin su propia colaboración activa y su particular aporte a una común empresa que iba a durar generaciones. Esa era la realidad deducida del saber renacentista occidental, y la primera vez que el europeo abordaba tamaña empresa, con absoluta carencia de referencias históricas donde poder ilustrarse. Solo los pensadores de Salamanca, punta de lanza del saber de la época, se atrevían a pergeñar una entreverada teoría de los derechos del hombre. Pero el Consejo de Indias y la Universidad de Salamanca diferían en sus planteamientos discursivos. A ellos vendría a unirse Juan López de Palaciosrubios miembro del Consejo y catedrático de la Universidad de Valladolid (fundada en 1241) oponente del prestigio salmantino y sus tesis humanistas.  Heredero en cambio del humanismo de los Reyes Católicos, el emperador Carlos, va a seguir su propia rectitud de conciencia para legislar a favor del súbdito considerado más débil. Su Real Cédula (1549) es inapelable: Don Carlos  a vos, Sancho de Clavijo, nuestro gobernador de la Provincia de Tierra Firme, llamada Castilla del Oro, salud e gracia; sepades que nos, habiendo entendido cuan pocos indios de los naturales de esa tierra hay vivos al presente en ella, y que han sido causa de ella los malos tratamientos que han recibido … mandamos poner en libertad como están los de la isla de la Española y Cuba, y así a vos, mandamos que luego que esta recibiereis, pongáis en libertad a todos los indios que al presente son vivos en esta provincia, no importa que estén encomendados … por cuanto es nuestra voluntad que los indios no sean molestados con tributos ni otros servicios reales, ni personales ni mixtos, más de cómo lo son los españoles que en esas provincias residieren, y se les deje holgar para que mejor puedan multiplicarse y ser instruidos en las cosas de nuestra santa fe … e vos particularmente tendréis muy gran cuidado … y daréis orden para que vivan en pueblos, lo cual así haréis y cumpliréis a pesar de cualquiera apelación o suplicación… Más claro, agua. Pero había que hacerlo cumplir a miles de millas en países que desperezaban su prehistoria, bajo emprendedores que arriesgaban vida y hacienda para desleír de su retina la miseria reinante en la Europa que los había catapultado a través del mar. Y para ello era menester tener braceros o ir a buscarlos a donde los hubiere. De lo contrario, habría que abandonar la empresa.

Los repartimientos habían sido consuetudinarios en la España de la reconquista, y mediante esta medida, mitad botín mitad prédica, se repartían los cristianos todo haber capturado a los moros, a la vez que lo estampillaban con su credo religioso. La encomienda era en cambio una figura jurídica novedosa, genuinamente castellana, emanada de la alucinada realidad socioeconómica que debía enfrentarse al vacío social en la gigantesca colonización americana. El peninsular emigrado, ya colono, funcionario, militar o autónomo, era quien por aquellos años creaba la riqueza a la vez que desvelaba un horizonte de razonable futuro. Ahora, desde una percepción economicista, la Real Cédula del Emperador, venía a tirar por tierra el difícil equilibrio que el emprendedor renacentista de las Américas creía haber conseguido, mal que bien, contra Salamanca y sus dominicos o jerónimos, a fin de proseguir su cometido económico en las nuevas tierras. Pero no era esta perspectiva la que el monarca combatía, por compartida, sino los excesos de prepotencia étnica o personal de unos súbditos contra otros que, a sus ojos, lo eran bajo idénticas prerrogativas legales. Las tesis de la Corona recogidas en las Nuevas Leyes de Indias,iban a soliviantar a los encomenderos que consideraban de todo punto imposible su permanencia en las Américas si se les privaba de la mano de obra nativa. Piden por ello  la revocatoria de tales leyes, y cuando les es denegada por el monarca,  la acogen de mala gana en Veragua, pero la acatan. Se revelan en cambio contra ella en el Perú, donde Gonzalo Pizarro hermano del conquistador, a la sazón suGobernador General, la capitaliza y se declara en abierta rebeldía contra su rey.

En el Perú, la llamadaGran Rebeliónde Gonzalo no era sino un nuevo capítulo de la guerra civil entablada entre pizarristas y almagristas, sellado antaño con solemne pacto su entendimiento ante el altar, celosos hoy cada bando de sus prerrogativas. El botín bélico cristalizado tras la derrota del Inca en repartimientos y encomiendas, tenía como perla de la corona a la ciudad de Cuzco, cuya posesión ambos bandos se asignaban. La mimética Panamá sufriría también las consecuencias de la guerra civil desatada en el sur, como sentimiento propio. También Veragua se siente dividida en sus querencias. Los pizarristas peruanos lo saben y, revelados contra la Corona, quieren cortar los suministros y el situado real que su virrey ha de recibir en Lima a través del istmo. La situación es grave, y, pese a sus carencias navales, desplazan su escuadra del Callao para tomar Panamá. Una vez persuadidas sus autoridades e inclinada la plaza a su bando, regresa la escuadra  con urgencia a la base peruana para proseguir aquella lucha fratricida en pleno desarrollo. Pero llega también desde España,enviado por la Corona, el licenciado Pedro de Lagasca con el título in péctore de Presidente de la Real Audiencia de Lima. Tras convencer al Gobernador y Cabildo panameños que deben permanecer ajustados a ley, parte hacia la Ciudad de los Reyes (1546) para restablecer allí la voluntad imperial. Ajusticiados los responsables, entre ellos al gobernador Gonzalo Pizarro (1548), y consumado el mandato del emperador, Lagasca regresa a Panamá y de allí a Sevilla. Misión cumplida.

Ante la negación del trabajo forzado de indios, la alternativa posible a su fuerza laboral era la africana, y en su tráfico humano eran los portugueses, desde sus factorías de Angolay Guinea, los mejores gestores atlánticos. La nueva situación creada en el Virreinato del Perú, del que Veragua era parte importante, obliga pronto a regular el tráfico de esclavos africanos (1545) frente al caníbal amerindio. Los negros llegados a Panamá hasta entonces, no eran esclavos en el sentido del trato tiránico que llegarían a padecer, sino de criados de la gleba, servidores domésticos de un señor o familia de corte medieval, con quienes convivían y emigraban como otro miembro subalterno del grupo. La sustitución de indígenas para faenar  el campo y laborar las minas por negros bozales, iba a traer deserciones y alzamientos, desacatos y venganzas, un nuevo y problemático estrato social levantisco que se extendería masivamente por el istmo. Un naufragio portugués con 300 negros en el Darién, vendría a engrosar las filas de otros esclavos cimarrones huidos de hatos y sementeras, hasta convertirse en salteadores pertinaces del Camino Real, hostiles siempre al colonizador, a la vez que afines a toda bandería entendida como potencial carcoma del orden establecido. Nada aspiraba a crear per se el negro bozal, salvo la plantación del conuco junto a su bohío: una precaria economía de subsistencia combinada con la rapiña y depredación gregarias en una vida cimarrona devenida libre. Una vuelta de tuerca a la prehistoria, aunque estuviesen en su pleno derecho de hacerlo. Pero la omnipresente mirada del Emperador Carlos todo parecía percibirlo, y por ello legisla para que los negros no vivan con los indios, porque además de que los tratan mal, se sirven de ellos, les quitan lo que tienen, inclusive las mujeres e hijas sin que traten de resistirles, y además, son corruptores de sus costumbres y creencias… Toda una defensa en regla del súbdito legal contra el, todavía entonces, advenedizo ébano humano. Pero el fenómeno de la esclavitud negra no estaba previsto en la conciencia renacentista bajo la dimensión explosiva que tomaría en América, a causa de la reconducción productiva de su economía agraria. Los principales analistas de núcleos europeos del Nuevo Mundo, acabarían llegando a la conclusión de que toda población negra superior al 20% de sus moradores, suponía un peligro inminente para su futura pervivencia. Y Panamá no iba a ser una excepción en el baremo poblacional ciudadano, que andando el tiempo, la implacable Historia habría de cotejar.

Al eco del trasiego de la plata peruana a través del istmo, acuden aventureros y piratas del Atlántico. Drake es rebotado de Nombre de Dios por su guarnición de soldados y milicia ciudadana (1573), aunque guiado por cimarrones, se interna con su gente río Chagres arriba hasta Cruces, donde captura algunas mulas de la plata peruana transportada en reatas hacia el puerto del Atlántico. Drake logrará escapar con su presa de las patrullas armadas que le siguen, para ir a cacarear su triunfo en Plymouth. No tiene esa suerte en cambio William Oxenhan (1577), que cruza el istmo y se establece en la costa pacifica. Desde allí consigue valiosas presas sobre naos merchantas y pataches de cabotaje que surgen de los caladeros de Panamá y otros puertos menores de Veragua. Y cuando lo atraviesa de regreso al Caribe, el pirata inglés es capturado con su botín por una partida virreinal que rastrea su itinerario, y ahorcado con sus capitanes como cualquier otro delincuente plebeyo en Lima. Pero las velas de Drake, tras seis años de mutis caribeño, volverían a perfilar las costas del virreinato, esta vez en el Mar del Sur (1579). Su  táctica intermitente es similar a la de su mentor Hawkins: hecha la presa, desaparecer y quitarse de donde pueda ser descubierto. Y había cumplido uno de sus plazos.                                

Los puertos del Pacífico, ayunos del filibusterismo caribe, carecían de las defensas fijas que sus homólogos atlánticos habían pergeñado. Llegan voces del sur alertando de saqueos, capturas e incendios en el litoral chileno y peruano. La captura del Galeón de Panamá en aguas ecuatoriales despierta las alarmas en las costas de Veragua, donde cada día se siente más próximo el resonar de gualdrapas y pantocazos del osado navío inglés. Panamá acelera la fortificación de la ciudad y su puerto del Perico; se excava una trinchera con parapeto de piedra a lo largo de la línea de playa, desde la ciudadela de las Casas Reales hasta pasado el puente del matadero, a la vez que se amplía el Fuerte de Navidad, atalaya del acceso a la ciudad por el Camino de Cruces. Pero la flota corsaria hace un mutis más en su intermitente táctica de acción-omisión, y pasa de largo rumbo a Nueva España y California soslayando la capital del istmo. Los ecos de Drake palidecen y  las alarmas costeras acaban por diluirse en todo el Virreinato del Perú.

Figura 5: Plano  Planta de Ciudad de Panamá Vieja

En un lance ya conocido, llegará nuevamente Drake a Tierra Firme por aguas caribeñas, un cuarto de siglo después de su primer intento, empeñado ahora en repetir el éxito de su juvenil captura istmeña. Acaba de morir Hawkins, el otro almirante de su flota corsaria, durante la batalla de Puerto Rico, y el solitario Drake prosigue la navegación del que sería trance postrero de su carrera como corsario de Isabel Tudor. Saquea al paso hatos y caseríos, haciendas costeras y  puertos menores, cuyas castigadas gentes huyen enguerrilladas al monte a la menor presencia de vela sospechosa alguna. Entra en Nombre de Dios (1596), vacía ya de una puebla migrada a Portobelo, pero ocupada por negros fugitivos que viven una economía de subsistencia y rapiña en un rancherío levantado con despojos. Thomas Baskerville, su comandante de tropa, es puesto en fuga por partidas presidiales emboscadas en el Caminode Panamá Vieja. Y Drake remonta en barcazas el río Chagres. Pero ambos grupos corsarios, hostigados por españoles e indígenas son empujados de nuevo a las naves de las que salieran. Drake, a la espera de incorporar sus últimos secuaces desnortados entre manglares, pone fuego a los despojos de Nombre de Dios,antorcha nocturna que los reclama al nuevo encuentro. Tras el rebañado de los morosos, dirige sus naves a Portobelo con ánimo de arrasar el naciente enclave. Pero sabemos que el trópico había hecho presa en el cuerpo expedicionario inglés y  Drake no podría ya llevar a efecto su plan, porque moriría apenas unos días después frente a su bahía. Tras un penoso regreso plagado de bajas y apestados llegaría Baskerville a Plymouth con la mala nueva para el sindicato corsario que había financiado la empresa.

Panamá Vieja era en 1600 una ciudad de 5000 almas libres, con 400 casas de cal y canto con madera muy perfeccionada en sus pisos altos, con su Real Hospital de San Sebastián (1575) mas tarde San Juan de Dios (1628), conventos de frailes Franciscanos (1524), Mercedarios (1526), Agustinos(1612), Dominicos (1571), Jesuitas (1594), monjas de La Concepción (1597), e iglesia matriz convertida en Catedral (1580-1626). La ciudad había sido trazada a cordel con su neurálgica Plaza  Mayor, su Cabildo y su Aduana. Pero al contrario del diseño tradicional de las ciudades hispanoamericanas, las Casas Reales (Casa de la Moneda, Real Audiencia, Casa del Gobernador y Casa de Oidores) estaban situadas en un extremo del núcleo urbano sobre el mar, un espolón rocoso dominante del puerto y la ciudad. Este promontorio era su único perímetro fortificado, pensado sin duda para defenderse antes de indios que de impensados piratas de un piélago hasta entonces netamente español. Ayuno por tanto de corsarios o belicosos forbantes (los hors band, en francés incontrolados, de la edad media europea), capaces de traer por mar el desorden a sus muelles.

El ilustrado dominico Fray Tomas de Berlanga (1534) a la sazón obispo de Panamá, propone a Carlos V estudiar la viabilidad de un canal interoceánico que conecte ambas orillas aprovechando el cauce del río Chagres. Auspiciada por la Corona y el Consejo de Indias se inicia una investigación para la posible unión de los mares. Pese a la mano de obra esclava e indígena, su gigantesco presupuesto resultaría inalcanzable para cualquiera de las Coronas europeas reinantes. El entonces regente Felipe II contesta en nombre del emperador Carlos con una críptica negativa: lo que Dios ha separado no lo una el hombre, que enmascaraba sin duda la imposibilidad de desarrollar aquel proyecto en aquel siglo. El estudio emprendido por el Consejo de Indias iba a señalar negativamente el hecho de que su exclusivo uso pensado para naves españolas y naciones amigas, era inviable para la Real Hacienda del reino, condenada en adelante a desatender las necesidades de las ciudades, ejércitos y demás administraciones, para financiar el crédito que requerían del proyecto los banqueros genoveses y alemanes de Sevilla. Años después, reinando Felipe III será nuevamente planteada otra traza del Canal del Istmo, esta vez siguiendo el cauce del Tuira. Se rechazará definitivamente el proyecto, técnicamente factible según los ingenieros de la Corona, pero cuestionable su permanencia operativa en manos españolas según los estrategas, dada la mutante política de alianzas entre naciones rivales, si entonces de inferior capacidad ofensiva, si de potencial incremento pugnaz mañana, en el permanente ajedrez de los intereses europeos y sus familias reinantes. La Real Hacienda se niega, además, que la defensa efectiva del supuesto canal, ya operativo, joya de la corona a la vez que cintura de avispa por donde quebrar el Imperio, viniera a monopolizar el presupuesto de sus arcas, ya maltrechas en aquellos siglos de mercantilismo,  guerras cruzadas y plena efervescencia política. Todavía el negocio de las marinas mercantes europeas consistía en capturar naves y cargamentos de la sólida red comercial española de ida o vuelta, frente a la economía precaria de los asentamientos coloniales franceses e ingleses, desatendidos por sus respectivas Coronas hasta que empezaran a rentabilizar su erario. El corsario representaba para ellas una externalización de funciones del ente estatal; el pirata, un empresario autónomo en el mundo laboral de hoy. Bajo estas premisas de industrialización previa, la maquinaria depredadora inglesa, de la que sus reyes eran connotados accionistas, vino a madrugar más de un siglo sobre sus rivales europeas.

El trafico de metales preciosos y mercancías entre el Virreinato del Perú y la metrópoli, potencian a Panamá Vieja como mercado de dimensión intercontinental. La flota que del Perú llega cada año con mercaderías y dineros, vende su mercancía en feria local, pero permea los dineros llegados camino de Portobelo, la heredera atlántica de Nombre de Dios.  El mecanismo que nutre a Panamá de abastos peruanos, ve ampliar cada año su variedad y volumen de transacción. La plata limeña financia los productos europeos, junto a exquisitas sedas y porcelanas de China, damascos de oriente, marfiles y lacas llegadas de Acapulco para delicia de las damas limeñas. Solo el Quinto Real se filtrará en metálico hacia Sevilla; el resto va quedando  como gasto corriente de productos venidos en los propios galeones que la plata se llevan, y que de la Feria saldrán ahítos de carga en ruta inversa hacia el mercado de Lima.                

En medio de este trasiego mercantil, la prospera ciudad de Panamá Vieja desarrolla un núcleo urbano de hermosos edificios de porte limeño. Se remodelan o levantan nuevas fachadas en Conventos, Iglesias, la misma catedral. Pero es una ciudad de paso, como su propia economía. Nadie trabaja la tierra, salvo algún peninsular que cultiva su huerto. Todas las verduras y hortalizas llegan del Perú con precios desorbitados. Abundan los fondos perlíferos, y no pocos panameños tienen negocios de pesca y venta de perlas, sostenidos por buceadores negros, herederos de aquellos otros tritones indios que mostraron su pericia a los pioneros blancos de Pedrarias. Saben comerciar ventajosamente los metales extraídos en las minas de su gobernación. Fuera del tiempo de flotas, las naves panameñas llevan al Perú bozales africanos de la Casa de los Genoveses, el mercado de esclavos donde lustran sus cuerpos con aceite de coco, cual femeniles botinas que vender. Las mismas naves que del Callao traen, además de las siempre escasas verduras, frutos, harinas, vinos, azúcar, sebo, jabón, cordobanes, aceite, y de Guayaquil cacao y cascarilla. Desde Portobelo suben en todo tiempo recuas o bongos con tasajo, puercos, aves, tabaco elaborado, productos todos antillanos o cartageneros para consumo propio, cuyo excedente se cabota a otros puertos del Mar del Sur. Salen hacia Nueva España naves con brea, alquitrán, jarcia o perlas, en el ordinario tráfico de un caladero siempre concurrido de urcas, galeoncetes y pataches. Panamá aporta al comercio sus cientos de muleros suburbiales negros de Malambo, y con ellos, indios y mestizos del barrio Pierdevidas, que con sus reatas vienen y van entre ambas costas, ya sea en época de flotas o fuera de ella. La Audiencia (1618) se verá obligada a regular por decreto los desorbitados precios que los muleros, los bogas de la bahía y los proeles de los bongos del Chagres, imponen a los feriantes que requieren su servicio. Tan abusivos o más que los alquileres de dormitorios o pernoctas aptos para las ferias.Panamá  y Portobelo, puntos de encuentro de mercaderes de dos mundos durante cuarenta días de ensoñaciones mercantiles, reciben en sus Aduanas los pagos de almojarifazgos, alcabalas o arbitrios de toda mercancía que por mar llega o sale. Pero a pesar de las utilidades del comercio, son solo las bocas de un desfiladero angosto, por donde se encajona el copioso Situado Real para la subsistencia de tropas, auditores y gobernanza del propio Virreinato. La producción local de sus hatos, placeres perlíferos, minas, plantaciones, tratantes, mercaderes, transportistas, derechos de amarre o embarque y demás actividades, eran exiguos para mantener la Gobernación de Panamá. Y no conseguida su autonomía financiera, no habría futuro para ella; su relumbrón ciudadano se vería opacado más pronto que tarde. Otra nueva Roma Imperial del comercio, que auguraba días contados sin precisar pitonisa alguna que lo revelase.

 
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Contexto Histórico de Nueva Cádiz – II

Las ostras perlíferas, eran alimento básico de los pescadores nativos, y su abundante desove en ciertas épocas del año, teñía de un rojo característico el mar circundante hasta mucha distancia de la Tierra Firme. La nutrida pesca del entorno era mayormente de dura digestión, razón por la cual pronto la escabecharon en instalaciones propias, y con otros salazones enviaban su excedente  a La Española. Anualmente grandes tortugas, con más carne que una ternera, entraban a desovar y eran capturadas con ingeniosos y ligeros arpones indígenas. Junto a la caza de iguanas, báquiros y chiguires, la volatería de flamencos, halcones, alcatraces, fragatas y otras aves marinas temporeras o no, eran presa fácil de flecheros y tramperos guaiqueríes, que con frecuencia asomaban en la costa para negociar aquellas y otras viandas. No pocos pobladores intentarán completar su dieta apacentando puercos de La Española o báquiros de Tierra Firme,  además de encorralar las gallinas, patos y gansos ibéricos, y azuzar sus perros a la caza de  los conejos silvestres que plenaban la isla.

La creciente organización ciudadana va a ir acomodando la pirámide social del enclave. Los primeros gestores de las pesquerías serían conocidos como los Señores de las canoas, es decir los primitivos dueños de las barcas de pesca, que llegarían a formar poderosas Haciendas de las Perlas a la vez que constituir la élite social del poblado y controlar su cabildo. Mayordomos y canoeros integraban el estrato intermedio de mandos  sobre el que se sustentaban esas Haciendas, verdaderas compañías comerciales individuales o colectivas, auténticas cadenas de producción que competían en el mercado perlífero. Indias, pajes asistentes y esclavos africanos, componían el genérico sector servicios, encargados de las labores domésticas básicas: las mujeres como sirvientas, los muchachos de recaderos. Un Señor de las canoas, raro era el caso que permaneciera todo el año en Cubagua. Iban y venían de Andalucía o La Española, donde habitualmente residían. Los lugares de Cádiz, Almonte, Baeza, Sanlúcar, Carmona, Huelva, Gibraleón, Palos, Niebla, son sus residencias más citadas en documentos. Estos señores habitualmente ausentes, tenían en los mayordomos su hombre de confianza in situ, normalmente pariente o paisano suyo, cuando no hijo natural mestizo, aunque también los hubo negros e indios cristianizados adheridos al grupo familiar del amo. Eran la alma mater de la Hacienda perlífera, administradores y gestores capaces de avizorar conflictos, robos y pendencias, y evitar que el agua llegase al río en aquel confín insular de humanas tensiones. Por sus manos pasaban las ostras acopiadas, abiertas por los pajes al final del día para guardar las perlas y repartir los mejillones comestibles, cuya abundancia hacíalos aborrecer por muchos. Los canoeros eran los responsables de cada canoa o barca desde la que los buceadores descendían para arrancar del fondo los ostiones nacarados, que diariamente entregaban al mayordomo.

Clase aparte la constituían los buceadores o pescadores de perlas, indígenas esclavizados o asalariados libres, expertos y hábiles nadadores, insustituibles para la extracción submarina de las ostras. López de Gómara relata cómo cierto cacique de Panamá, mostró a los deslumbrados españoles que le visitaban, los secretos de la pesca de perlas y el cometido de sus hombres. Eran grandes nadadores a lo somormujo y criados toda la vida en aquel oficio… se zambulleron a buscar ostiones con sendas talegas al cuello…salieron una y muchas veces cargados de ellos…entran cuatro, seis y hasta diez estados de agua…también se ahogan muchos pescándolas… o los desbarrigan y comen peces carniceros que hay, como son los tiburones…de esta manera se pescan las perlas en todas  las Indias. Fray Bartolomé, el defensor de los indios, acusa: No hay vida infernal y desesperada que se la pueda comparar… métenlos en la mar en tres y cuatro e cinco brazas de hondo, desde la mañana hasta que se pone el sol; están siempre debajo del agua nadando, sin resuello, arrancando las ostras donde se crían las perlas. Salen con unas redecillas llenas dellas (sic) a lo alto y a resollar, donde está un verdugo español en una canoa o barquillo, e si se tardan en descansar, les da de puñadas y por los cabellos los echa al agua para que tornen a pescar…  Este sobreactuado discurso del Licenciado Las Casas, vendría años más tarde a nutrir las ideas de la Junta de Valladolid, propuesta por Carlos V para estudiar la casuística indígena. Castigaba en ella el Emperador  con pena de muerte, al que llevase por fuerza a indio ninguno libre a pescar perlas, estimando en mucho más la vida de los hombres que el interés de las perlas, si han de morir por ellas, aunque valgan mucho. Simultáneamente en Inglaterra (y sospecho que mayoritariamente en la Europa toda), cuenta el historiador británico Vincent T. Harlow que no se consideraba cosa de importancia la muerte de un criado a manos de su señor borracho. Abstracción que nos obliga a repensar que por aquel tiempo, los europeos, paladines indiscutibles del razonamiento ético, llevaban cinco siglos menos en su sesudo cavilar sobre esa entelequia llamada hoy derechos humanos, al tiempo que la pionera Universidad de Salamanca apenas balbucía, por primera vez frente al mundo, el derecho de gentes del padre Vitoria.

La realidad objetiva de aquel momento en Cubagua, era que cada buceador costaba demasiados sueldos a los señores de las canoas en el mercado esclavista, como para permitir que el iracundo canoero de turno diese rienda suelta a su inquina racial, sin pedirle por ello explicación o someterle a juicio. Cada somormujo debía ser alimentado mediante una dieta regulada a base de maíz, pescado y caza, sin que diariamente faltase medio cuartillo de tonificante vino. Sus aparejos de manoplas y trasmallo, eran particularmente atendidos por el sector servicios. Especial cuidado se prestaba a sus guantes de cuero o manoplas protectoras, para evitar los cortes producidos en las manos por los filos de las ostras, siempre profundos, de difícil y dolorosa encarnadura, que podía inutilizarlos temporalmente. Los forzados pernoctaban en chozas de paja cercadas de carrizo, llamadas cárceles en el argot ciudadano, donde cada atardecer se les engrillaba a fin de impedir las fugas, las relaciones homosexuales o heterosexuales clandestinas, y el contrabando de perlas ocultas con terceras personas. El acoso sexual sobre las indias de servicio era notorio, y frecuentes los estados de violencia y celos que experimentaban aquellas mujeres, rodeadas como alacranes por un anillo de fuego social de halago y deseo. No eran ajenos a ellos los pajes, verdaderos correveidiles y alcahuetes de escarceos amorosos ocultos. Caso aparte lo constituían los pescadores voluntarios, guaiqueríes asalariados por contrato, que vivían libremente con su mujer e hijos en bohío propio. Al final de la común jornada, un indio cristiano dirigía el rezo clásico de padrenuestro – avemaría – gloria, antes de ordenar el riguroso silencio nocturno que debía reinar en el sector de las cárceles.

Con el crecimiento de la puebla, se empezaron a traer hortalizas y leña de Isla Margarita, frutos, tubérculos o raíces comestibles de los indígenas de Tierra Firme, además de vino, cecinas y salazón de pescado de La Española. Comenzó un servicio regular de aguadas tomadas en el río Manzanares de Cumaná, y el intercambio básico con solitarios colonos blancos, diseminados en recovecos geográficos fértiles, ya insulares o continentales. Enfrentados al riesgo cierto del indígena caribe, rostro pintado, capaz de aparecer sigilosamente tras los carrizales de su predio para degollar, robar y purificar con la macana y el fuego el rastro maldito del misionero, el tratante o el labriego, estos colonos representaban un extra- límite añadido a sus vidas. No sobrevivirían mucho tiempo en sus haciendas. Frente a este tipo de colonos,  Cubagua presentaba la ventaja de estar despoblada de indios, y pese a su carencia hídrica, el interland de resguardo que materializaba el brazo marino entre Margarita y su costa norte, era valor al alza para un fiable asentamiento europeo. Ello a pesar de la siempre probada fidelidad de los vecinos guaiqueríes, que no por ello hacían olvidar el salvaje y temido perfil de los vociferantes caribes de la Tierra Firme y Trinidad, saciando siempre su bestial ferocidad con la carne del miserable que lograban capturar. La permanente vigilia del indio circunscrito, era vital para sobrevivir; diferir en lo posible toda algara indígena ante sus puertas, resultaba imprescindible para la defensa de la exigua puebla. De ahí el sobrevalor otorgado a la aislada Cubagua.

En 1511 se constituye la Audiencia de Santo Domingo en La Española, lo que viene a incrementar el control del Gobernador Diego Colón sobre la Tierra Firme y sus islas. El hijo del Almirante, casado con una prima del Rey Católico, había sido repuesto en la isla como Gobernador tras la muerte y rehabilitación de su padre. El nuevo mandatario favorece el paso de colonos hacia las otras antillas, a fin de aliviar la presión demográfica que ejerce la afluencia humana sobre su ciudad capital, primera llave de las Américas. Las Islas de las perlas se iban a ver influenciadas por las medidas asumidas en La Española. Propone D. Diego el herraje en  pierna o brazo de todo nativo traído de fuera o capturado en guerra justa, a fin de identificar cualquier desertor cobijado entre afines; pero será abolida la medida unos años después, por ser considerada cosa excesiva por la Corona. Dado que los canoeros estaban facultados para ordenar el trabajo de sus hombres, su alimentación a bordo, y  castigo a los remisos, mantenían la prohibición de arrojar por la borda desperdicios o bivalbas desbulladas. Su efecto llamada sobre rayas y tiburones del área, añadía un peligro a la integridad del pescador. Como autodefensa de estas ocasionales presencias, cada canoa portaba ristras de anzuelos encadenados, aparejo eficaz para capturar al robo el selacio rondador. Como mano ejecutiva de la Corona, la Audiencia iba a ordenar controles  trimestrales  del trato dado al indio, su seguridad, su mantenimiento y su vestido. En cada una de ellas debían estar presentes los Señores de las canoas, al menos durante seis días. Esta presencia sincopada, era aprovechada por los buceadores para entregar personalmente a sus señores las mejores perlas ocultas; comercio clandestino consentido por los hacenderos, que además de incentivar al buceador diestro, evitaba el control de la Real Hacienda sobre los ejemplares más valiosos, y por tanto el pago de su Quinto. Las perlas clandestinas acostumbraban los indígenas a guardarlas en librillos o botijas de agua salada, donde el  nácar conservaba durante meses el frescor original de su iris.

Desde los primeros días de su asiento en Cubagua, el espíritu franciscano había llevado a establecer un convento matriz de su Orden en la puebla. A él acudirán predicadores y clérigos, residentes fugaces que, como lluvia de estrellas, se diseminan pronto por el perímetro costero. Vienen para evangelizar a los súbditos indianos de la Corona. Pese a esporádicos contactos misionales previos, en el año de 1516 estos franciscanos pasan decididamente de Cubagua al continente, donde construyen un monasterio cerca del río Cumaná. Para Fernández de Oviedo, el establecimiento humano de Cubagua era ya para entonces estable. Algunos meses más tarde, tres frailes dominicos llegados a la residencia  franciscana de la isla, hacen lo propio cerca del río Neverí, a cinco leguas al oeste del anterior. Allí comenzaron a predicar y a convertir, mas se los comieron los indios,  refiere lacónicamente el cronista. Era el holocausto terrible a su fe.

Tesoneramente desde Santo Domingo, retorna al Neverí el relevo de los mártires, que levanta esta vez en Santa Fe nuevo monasterio dominico. Hicieron grandísimo fruto en la conversión, enseñando a leer y escribir a mucha gente principal, vuelve a testificar el cronista. Pero súbitamente, tras una convivencia mas que pacífica, amigable, se alza violentamente la indiada en 1519 y  por su propia malicia, o porque les echaban al trabajo y pesquería de perlas,  mataron a todos los españoles de los contornos, siendo especialmente crueles con los frailes de Santa Fe, que no pudieron escapar a las islas. Los franciscanos de Cumaná lograron huir a Cubagua a tiempo, aunque los sublevados mataron a todo indio que estaba dentro, hasta los gatos, asolaron su casa, talaron la huerta, rompieron la campana, despedazaron un gran crucifijo que presidía su oratorio y lo regaron por los caminos como si fuera el destace de un ajusticiado…

La irracionalidad del salvaje brotaba una y otra vez. Con similar cadencia parecía rebotar sobre sus propias vidas el mismo maltrato, propio del tajo forzoso, que los conquistadores inferían al indígena capturado. Era una espiral de violencia donde el toma y daca sincopaba crueles y consecutivos golpes. Bien es verdad que en su perfil de desarrollo, el amerindio ignoraba lo que era la brega laboral tal como la entendía su contemporáneo europeo. El trabajo era para ellos una maldición vital. Dos mil años les separaban. Su indolencia e inactividad étnicas, serían estudiadas entre muchos por Humboldt varios siglos después, y por él manifestadas en múltiples comentarios de su obra escrita. Blanco Fombona, heredero de conquistadores y polifacético intelectual venezolano, gustaba definir la actitud vital de los tres protagonistas continentales de su patria como activa en el europeo, paciente en el africano, e indolente en el amerindio. Según la proporción de  genes selectivos heredados, creía ver modelada la actitud individual de sus compatriotas criollos. De apáticos e indiferentes los tilda Madariaga, que coincide con Sedillot y con Oviedo y Baños, quien habitualmente los identificaba con el inequívoco apelativo de gandules. Durante la conquista, estos testimonios abundan entre los europeos, que manifiestan su sorpresa ante la actitud inexpresiva del indio de la Tierra de Gracia, su mirada taciturna contemplando durante horas no se sabe qué. De regreso al hogar, el padre indígena era criticado por no hacer otra cosa que comer y tumbarse en su hamaca o chinchorro; jamás se les veía acariciar a sus mujeres ni a sus niños. Al retorno de la caza, la pesca o la lucha, los emplumados guerreros solo concebían un asueto de holganza a base de placeres y borracheras con buen vino de dátiles, trufado de fornicación no exenta de sodomía. Narran los historiadores sus bestiales e nefandos pecados y el ayuntamiento carnal con ciertas mujeres según las víboras lo hacen… La plantación y recolección de vegetales era para ellos tarea de mujeres, como lo era la cría de conejos, patos, tórtolas y otras aves… soslayada en el mejor de los casos por una fugaz mirada del  macho alfa.

El español, tradicionalmente gentil con sus damas,  se consideraba capaz de todo, con derecho a todo, tanto para lo mejor como para lo peor,  insiste Sedillot. Luego de siete siglos de lucha contra el Islam, era pueblo de gente individualista y tenaz, que no retrocedía fácilmente ante la dificultad por grande que fuere, y que solo concedía  al enemigo derrotado la supervivencia del esclavo. Así lo había padecido durante el medioevo en propia carne, y aplicado a la ajena. Ahora subrogaba este fuero consuetudinario en los nuevos reinos de ultramar; pero se equivocaba en la explotación del hombre sometido, porque las enfermedades traídas por europeos y africanos no topaban inmunidad primaria alguna en las etnias indígenas. Sumadas las epidemias a la vegetativa inactividad ancestral de los varones indios, su rechazo visceral a todo trabajo reglado y la progresiva deserción de sus hembras, acabaría sumiéndoles en profundas depresiones, hasta el suicidio masivo o la muerte buscada, que diezmaron aquellos pueblos, ya lacerados por las guerras. Era una novedad histórica que dejaba al europeo sin respuesta. Paralelamente Las Casas denuncia que comenzáronse a ahorcar… toda junta una casa, padres, viejos y mozos, chicos y grandes… y unos pueblos convidaban a otros a se ahorcar, porque saliesen de tal tormento y calamidad, contextualizando la idea del inhumano dominio del conquistador. Pero paralelamente también, son múltiples los testimonios que nos matizan que las mujeres fácilmente se concedían a los cristianos, e no les negaban sus personas … la india que ha gustado del amor de los civilizados… si pasa algún tiempo entre los suyos, vuelve voluntariamente a aquellosla actitud de la mayoría (de las indias caribes)  fue de apasionada entrega, tanto en la guerra como en el lecho … a tal estado llegaron (los indios) … que una vieja de 80 años era tenida por bocado apetitoso … y así hasta el hartazgo, vienen a denunciar indirectamente la penuria sexual alcanzada por el varón indígena frente a la encendida actitud de sus hembras, que nada tienen que ver con los manidos tópicos al uso. Ello justifica el abundante mestizaje entre los pobladores de barlovento, a la vez que mengua la reacción emocional de sus guerreros. Esta trágica secuencia de sus vidas, martirizó sin duda sus almas, mientras los europeos engreían de prepotencia la suya, tildándoles de maulas, borrachos, caníbales, flojos, idólatras, sodomitas... lo peor. La iglesia, con sus misioneros y sus mártires en medio, contemplaba trémula la colisión entre ambos mundos. Su serena opinión acerca del indígena, era evidentemente muy otra.

De nuevo una asonada indígena batía la Tierra Firme. Antonio Flores a la sazón alcalde mayor de Cubagua, ordena la evacuación de los 300 ciudadanos de la puebla antes de que el rostro pintado del emplumado indígena asome por su costa. Algunos de ellos capitaneados por Andrés de Villacorta, son partidarios de aprestar su defensa a ultranza, idea que no lograrán imponer al alcalde y su partido. Esta gente de bien, cuya mayoría estaba allí  no más que por el rescate de perlas, que no para usar las armas, daba la huida por respuesta, apresurando el embarque de sus haberes. Sin duda  nunca se perdiera la isla si fuera creído el capitán Villacorta; pero se impuso finalmente el criterio conservador del alcalde, que encabezó la vergonzante fuga. Embarcáronse en las carabelas fondeadas frente a Margarita, abrigo y surgidero de las naves de porte, donde anclaban habitualmente los barcos de acarreo del agua potable. Abandonaron sus hogares, y en ellos  muchas pipas de vino e muchas provisiones que comer, y rescates  y muebles de sus casas. Llegada la desbandada a Santo Domingo, fueron recibidas sus naves no sin mucha vergüenza y vituperio, acusadas de abandonar cobardemente su isla a la destrucción del irracional caribe. Pronto las piaras de cerdos deambulaban solas, hozando y destruyendo por doquier todo resto de huerto familiar; las gallinas y patos muertos se pudrían en los corrales, y las humildes matas de yuca, ají y tubérculos comestibles, lucían secas como abrojos rastreros. Durante la reconquista de la península ibérica, eran las ciudades próximas quienes establecían planes de acción para rescatar provisionalmente los bienes y ganados abandonados tras cualquier agresión de frontera, incluso antes de recibir las mandas reales que lo ordenasen. Cuando el teniente de gobernador de Margarita en La Villa del Espíritu Santo, trata de cumplir la pertinente orden de la Real Audiencia, es ya demasiado tarde. Los indios de Tierra Firme han pasado a Cubagua en sus canoas para robar y destruir cuanto en ella habían dejado sus moradores. Hace días que celebran ya con gran alborozo de danzas y estruendo de bocinas, atabales y griterío, la huida de los cristianos. Una victoria que apuntalaba su careada estima, al comprobar el pavor infundido al enemigo por el coraje de su raza.

    Frente a tamaño desacople económico y humano, la Audiencia de Santo Domingo trata de poner mesura a la algarada caribe. Envía a Gonzalo de Ocampo secundado por Andrés de Villacorta, al mando de un galeón con 300 hombres de guerra (1520) que finge provenir de Castilla para rescatar en Maracapana, al oeste del Neverí, aparentando ignorar los sangrientos sucesos recién acontecidos. Pensando sorprender a aquellos incautos castellanos en propia salsa, los caribes cumanagotos suben a bordo. Allí cae sobre ellos la hueste de Ocampo, que copa a los principales comisionados, a quienes  ahorcó de las entenas del barco, y se fue a Cubagua  a sentar sus reales. Establecido ya en la isla, acometerá desde ella pugnaces salidas de pacificación contra los caribes de la Tierra Firme. Mató muchos indios en veces, y los más de los que prendió, los ajustició rigurosamente o los tomó por esclavos. Villacorta, experimentado conocedor de aquellas gentes, habiendo capturado a la india María, mujer del cacique de Cumaná, devuélvela a su marido, y por causa de esta mujer se hizo la paz, nos dice el historiador. Llegada la  concordia con el  apaciguado cumanagoto, manda Ocampo construir a la vera del río de aguadas la villa de Nueva Toledo, supuesto cobijo fiable para cristianos, semilla de la futura ciudad de Cumaná.

Regresado Ocampo a Santo Domingo, quedan allí parte de sus hombres. Francisco de Vallejo y Pedro Ortiz de Matienzo gestionan las alcaldías mayores bajo mandato real de repoblar Cubagua y reiniciar su producción de perlas. Los indios de Cumaná van a impedir retomar las aguadas del río, pese a la insistencia de los  cristianos  por afianzar su libre acceso al agua potable. Beben entretanto de unas lagunas de Isla Margarita, de cierta agua hecha cieno, y aún de aquella habían con mucho costo e dificultad. Nada podían aquellos pobladores contra los flecheros de dardo emponzoñado que infestaban la costa. Y así se estuvo aquella gente de Cubagua, como en frontera y guarda de su isla. Pese a su limes fronterizo, logran atraer a ciertos pobladores del litoral cercano, respetan aquellas propiedades que alcanzan a documentar, crean un padrón de residentes fijos y reparten entre ellos solares. Retornan algunos guaiqueríes de Margarita y Tierra Firme como solían, a rescatar perlas con los españoles…que en ciertos tiempos pasaban a la isla para se mantener y proveer de aquellas cosas que los españoles por ellas les daban, junto a nuevos esclavos indígenas traídos de otras orillas. La resistencia de los indios periféricos a ejecutar de buena gana la granjería de aljófares, seguía siendo absoluta entre los caribes. Muchos de estos buceadores forzados habían sido capturados en las Bahamas por caribes antillanos, y vendidos por ellos a los comerciantes perlíferos de Cubagua. Su riqueza son nacarones y conchas bermejas de las que hacen arracadas, decía de ellos el historiador. Las más de 400 islas Lucayas o Bahamas, pobladas por etnias diversas, con mucha diversidad de lenguas  y continuas pendencias entre sus gentes, sufrían continuas redadas enemigas. Caribes de  Puerto Rico y otras antillas menores como Santa Cruz y San Cristóbal (Saint Kitts), los compraban a sus captores, cuando no para cebarlos y comérselos como ganado, para venderlos en las Islas de las perlas como esclavos lucayos. Allí eran mercadeados por los tratantes del nácar para explotarlos mientras durara la capacidad de sus pulmones. Si cuando enfermos, sobrevivían, pasaban a ocuparse de los aparejos de fondo, los trasmallos y manoplas de la pesca, el cuido de las embarcaciones, velas, remos y anclotes, y las instalaciones fijas de la hacienda. Si trataban de escapar, eran carne más que probable para alimento de otra etnia caribe, atentas siempre a la caza del hombre para nutrirse de viandas.  

asDurante las galopadas de Ocampo y Villacorta por Tierra Firme, llegan ciertos navíos con el futuro Padre Las Casas y sus Caballeros de la Espuela Dorada (1520). Trae papeles reales en regla y debe ser atendido por las autoridades de la Audiencia; pero Ocampo, su adelantado por aquellas latitudes y días, que le conoce de La Española, considera cumplido su cometido bélico y retorna a Santo Domingo. No cree en el liderazgo de Las Casas y opta por retirarse a tiempo de evitar nuevos desencuentros entre la espada y la cruz. Se trata de un primer ensayo humano para integrar un contingente de 300 labriegos prudentes, seleccionados por su apacible vida y buenas costumbres, capaces de convivir en armonía con el vecindario indígena. Luego de haber profesado sus votos, hábito blanco de caballero y una cruz roja bordada en el pecho, esta nueva orden de caballería, suerte de añorados templarios medievales, acomete con entusiasmo la práctica del amor al prójimo y el respeto del mundo que les rodea. Cincuenta caballeros y sus braceros de la gleba, van a esmerar ese trato hermanado entre mundos dispares, que Bartolomé de las Casas les ha encarecido antes de regresar a La Española, en busca de otras gentes, influencias y dineros para dilatar su empresa apostólica. Pero durante su ausencia se gesta nueva y violenta reacción indígena, crecidos los indios tal vez ante el vacío de poder dejado por la hueste dominicana en su retorno a La Española. Por una parte las injustas, crueles y tiránicas guerras… y  por otra el oprimirlos con la mas dura tiránica y horrible servidumbre en que jamás hombres ni bestias pudieron ser puestas, fueron las causas de la rebelión, según el florido decir del bienintencionado e ingenuo Las Casas. Lo cierto es que los indios, como encruelecidas bestias nocivas, asaltan su misión, arrasan  plantaciones y monasterio, matan a los labriegos y martirizan a los blancos caballeros de la cruz en el pecho. Diez años de meditación y penitencia no van a curar aquel íntimo fracaso del neófito clérigo, que acabará incrustando su persona en la orden dominica, para predicar desde ella con redoblado tesón y respaldo la defensa del indio. Casi tres siglos después, relata Alejandro Humboldt que un viejo misionero de Mandavaca (curso del Casiquiare), le contaba lo que tras largo apostolado había aprendido sobre la idiosincrasia de aquellos indios. Ud. Recibe gentes de nueva población en el pueblo; parecen pacíficos, honrados, buenos, trabajadores; pero permítales tomar parte en una incursión realizada para traer otros naturales y le costará trabajo impedir que degüellen a todos los que encuentren y que escondan algunos pedazos de sus cadáveres (para comérselos luego). Lamentablemente, no llegó a tiempo el misionero del Casiquiare para asesorar a Las Casas en ninguno de sus graduales estadios humanos como conquistador, colono, encomendero, clérigo o fraile. Solo conociendo toda la historia de la civilización o del embrutecimiento de una horda, solo siguiendo a las sociedades en su desarrollo progresivo… podría llegarse a la solución de problemas, que el mero conocimiento de los informes, no puede esclarecer, medita en voz alta el sabio berlinés, rumiando la cruda contundencia del apóstol de la selva, al tiempo de lanzar su aviso para navegantes que se aventuren en la critica histórica.

La tentativa de realizar una colonización pacífica de las Indias, parecía fracasar frente a la opinión generalizada del conquistador, proclive al empleo de la fuerza primero, para llegado el caso, dejar luego al misionero evangelizar al indígena sometido. Dilema que iba a imperar a lo largo de tres siglos: siempre la cruz y la espada al contraluz esencial de lo hispano. La reacción de la Audiencia de Santo Domingo no se hace esperar. Con muchos españoles, armas y artillería, el capitán Castiglione, castellanizado en los papeles reales como Santiago Castellón o Jácome Castellón, es enviado a las Islas de las perlas y costas de Cumaná a fin de pacificar nuevamente aquellas tierras. Toledano de nacimiento, pero hijo natural de Bernardo de Castiglione banquero genovés de Sevilla, Santiago Castellón había venido muy joven a Santo Domingo y poseía junto a su hermano Tomás, plantaciones azucareras en La Española y Puerto Rico. Con flota propia comerciaba entre antillas la sal de Araya, además del azúcar, melaza y guarapos de sus plantaciones. Su esposa, dama de compañía de Dª María de Toledo consorte del gobernador Diego Colón, y él mismo como emprendedor experto del hecho cumanagoto, gozaban del favor colombino. Básicamente a sus expensas, aceptará el reto que le plantea la Audiencia de Santo Domingo, y con su flota bien dotada de hombres, armas y provisiones, parte de La Española a enfrentar la rebelión caribe. Dice de él López de Gómara que guerreó con los indios, recobró la tierra, rehizo la pesquería, llenó de esclavos a Cubagua y…edificó un castillo en la embocadura del río, que aseguró la tierra y el agua. Castillo fuerte, de cal y canto, con muy buen aposento y una torre, del que Castellón es nombrado alcaide y donde enarbola junto a su bandera, las enseñas reales de la Corona. Esta seguridad en las aguadas y la sal, iba a suponer el despegue definitivo del enclave insular.

 
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Contexto Histórico de Puerto Rico – III

En 1595 Francis Drake, John Hawkins y Thomas Baskerville con 28 naves, 1500 marinos y 3000 soldados de tierra, salen de Plymouth, núcleo de su sindicato corsario, rumbo al Caribe. Vienen  “de negocios”. Su inoportuna aguada en las Canarias pone sobre aviso a la caballería de la costa, una de cuyas patrullas embosca y captura la tripulación de un bote. Por ella conocen que la Flota se dirige al Caribe. De Canarias salen apresuradamente pataches de aviso rumbo a España y Puerto Rico – La Habana. Apenas unas semanas mas tarde, parten a su vez de Cádiz cinco modernas fragatas, pequeñas pero fuertemente artilladas, muy marineras y rápidas, que alcanzan a los rezagados de la flota inglesa a la altura de Guadalupe. Con la vieja táctica de todo descuidero naval, capturan una de las naves e interrogan a sus hombres. Por ellos conocen el peligro que se  cierne sobre Puerto Rico. Saben los ingleses que la nao capitana de la Flota de Tierra Firme ha entrado en aquel puerto de arribada forzosa. Desgajado de su troncal Armada tras correr un temporal, el maltrecho galeón Nuestra Señora de Begoña, ha entrado en puerto con tres millones de pesos en su bodega. Fabulosa presa en puerto desprevenido para consumados depredadores como Drake y Hawkins. La alarma cunde en las Antillas, y la Capitanía General de Puerto Rico, ignorante de la ayuda peninsular en curso, se apresta  a defender la plata del Quinto Real. Solo cuenta con veinte cañones, 400 soldados, 300 vecinos armados, los 300 hombres del galeón averiado, algunas naves obsoletas y una muralla en construcción. Cuando arriban inopinadamente las fragatas reales con su ondeante cruz de Borgoña, eclosiona el optimismo entre los defensores. Hunden en la bocana el galeón averiado junto a varios buques viejos que yacían anclados en su dársena. Fondean acoderadas en línea las fragatas para poder batir con series de andanadas la bocana de la bahía. Y esperan. Dos semanas después aparece la armada inglesa, que va a ser debidamente recibida por las baterías de costa. Un certero disparo  impacta la nave de Drake, que sale ileso, pero mata a los dos capitanes que a bordo con él preparan la escaramuza. Maniobra la flota para quedar a resguardo de los cañones costeros, y llegada la noche, sus hombres largan barcazas y botes al agua. En el sigilo y la oscuridad llegan a las fragatas y las prenden fuego. Arden dos, pero las tres restantes logran sus hombres salvarlas, no sin pérdidas humanas. El resplandor del incendio descubre la posición de las barcazas inglesas que reman de vuelta a sus barcos: serán acribilladas por fuego cruzado de cañones, arcabuces y mosquetes. Drake se retira dejando atrás 400 muertos la primera noche. Intentará sucesivos desembarcos sin éxito. Definitivamente leva anclas días después y se pierde mar adentro. Durante el asedio ha muerto Hawkins por enfermedad. Drake no regresará más; el Quinto Real se ha salvado. Persuadido de la insuperable dificultad del asedio, emprende ruta hacia la Habana y Tierra Firme.  Pero su buena estrella que tantos años le había alumbrado, llega ahora a su fin. Drake muere de disentería en Portobelo. Baskerville regresará a Plymouth un año después. Tras dura retirada, enfermo y sin víveres, al mando de ocho naves de hambrientos, llega a puerto con los sobrevivientes de la última aventura comanditaria de Drake y Hawkins.

Quien si viene a San Juan es su compatriota George Clifford, Conde de Cumberland, dispuesto a convertirla en un fortificado bastión británico. Tres años después (1598), con una armada de 21 barcos, intenta una invasión fallida de la isla, aunque logra saquear la ciudad, de donde es finalmente rechazado. Sí logra, en cambio, capturar la ciudad pero no rendir su castillo, una flota holandesa al mando de  Boudewijn Hendriksz (1625), en el mayor desastre sufrido jamás por esta capitanía. El sanguinario corsario, que viene con idea de quedarse y expulsar a los españoles, no quiere prisioneros que a la postre puedan constituir un enojoso sustrato quintacolumnista. Como es fama que desde antaño actúan sus compatriotas, degüella y asesina ciudadanos a medida que los sorprenden ocultos en recovecos y escondrijos; si encuentra heridos, los remata: no hay clemencia. La desaforada ralea todo lo escudriña y saquea, destruye o roba. Incendia la catedral, arrasa la gran biblioteca episcopal, joya inapreciable de la Capitanía, único paliativo a su sed destructora. Pero el gobernador no capitula. El holandés retira la flota invasora sin haber conseguido rendir la Fortaleza del Morro, dejando tras de sí la desolación de su rabia en forma de tierra quemada. Este desastre puertorriqueño potenciará nuevamente la fortificación de San Juan (1634), que completa su cerco murado con nuevos bastiones perimetrales escalonados y una Puerta de Tierra constituida por el fuerte San Cristóbal dotado de bastiones, foso, contraescarpe y puente levadizo de media luna: la Capitanía no debe ser nuevamente sorprendida por tropas enemigas venidas desde el este por tierra. La ciudad tras el desastre holandés se rehace lentamente; medio siglo después cuenta ya con una población de 5000 habitantes.

Otras gentes en busca de libertad, llegan a San Juan sobre precarias embarcaciones toscamente armadas cuando no robadas, desde las plantaciones de las Pequeñas Antillas, ocupadas por franceses, ingleses, holandeses y daneses a partir de 1625. Negros cimarrones  que huyen de una esclavitud irredenta, son manumitidos por el Gobernador de Puerto Rico en nombre del Rey de España e Indias. “No parece decoroso que el Rey reduzca a esclavitud a gentes que se acogen a su amparo”, argumenta en defensa de su actitud, en conflicto con la Real Hacienda y los pingües beneficios que le aporta la trata de esclavos. Pero el criterio del Gobernador se impone para beneficio de cientos de evadidos cimarrones ahora libres, que van a sedimentar con su impronta la vida puertorriqueña. Más tarde se perfeccionará por Real Orden el procedimiento de acogida. Deberán los fugitivos de color asumir la fe católica, bautizarse y jurar servir fielmente a la Corona. La construcción masiva de las murallas necesita brazos, y los nuevos que llegan son bienvenidos para incorporarlos al trabajo de la ciudad y los campos como súbditos libres asalariados. A los varones, se les proporciona material de construcción para su bohío, tierra y aperos para labrarla. Dispone el Gobernador que estos libertos formen colonia a parte, extramuros del recinto urbano. Son gentes pacientes, trabajadoras, personalmente aseadas y muy leales a la bandera que les acoge. Se casan entre sí y constituyen familias de numerosa prole. Se les organiza militarmente en partidas según procedencia, e instruye en el ejercicio de la guerra y el uso de los cañones. Más allá de la Puerta de Tierra y sus escarpes y fosos, empieza a cristalizar una doble hilera de bohíos que serpea junto al camino de salida. El rancherío viviría del cultivo de hortalizas que vende en el mercado de San Juan hasta el año de 1780 en que fue barrido por un huracán y sus negros dispersados.

Los Franciscanos, luego de ver martirizados por  caribes a cinco de sus frailes tras el incendio del cenobio de La Aguada, han abandonado esta población y empiezan a construir en San Juan (1634-42) un hermoso conjunto de convento e iglesia conventual. No han ido a Puerto Rico solo para ser mártires, sino además pastores de almas. La nueva construcción se convertiría en  residencia transitoria para los frailes que vendrán a misionar las  Américas, tras morar temporalmente en esta sede episcopal. Por ella también pasará en 1749 Fray Junípero Serra, el apóstol de las Californias. Las consecuencias de la nefasta desamortización del ministro Mendizábal (3ª década del S.XIX) en la metrópoli, propiciaría la demolición de estos edificios abandonados ya a finales de dicho siglo.

En 1678 una flota inglesa bajo el mando del Conde d´Estrees que pone cerco a San Juan, es dispersada por un huracán, cuya gestación y desarrollo estaba siendo estudiado y seguido desde el Observatorio de La Habana, regido por jesuitas. Mas tarde estas experiencias sobre gestación y decurso de los huracanes caribeños serán llevadas a Puerto Rico, donde ya existía una arraigada observación natural de estos fenómenos por el pueblo taino. El comportamiento anómalo de los animales, los halos lunares y el olor característico del mar previos al fenómeno, hoy plenamente incorporados con nuevos aportes atmosféricos a la predicción mundial de sismos, empiezan a ser ya seriamente considerados en todo vaticinio de huracán caribeño. El propio Colón había observado en los delfines que “van huyendo por la superficie del mar hacia la orilla” una señal de cercana tempestad. Desde el Observatorio del Colegio de Jesuitas de Santurce se llevará a cabo un riguroso estudio de los fenómenos atmosféricos presentes en la confluencia estratégica Atlántico – Caribe, hasta su expulsión de Puerto Rico bajo Real Decreto de Carlos III.

En 1797 el Almirante Ralph Abercromby al mando de 64 naves y 7000 hombres intentará un nuevo asalto inglés a San Juan, pero es repelido por su guarnición. Esta vez colaboran al unísono otras poblaciones y ciudades  de la Isla, enviando hombres y pertrechos. Bien organizados por su Gobernador en compañías de morenos autóctonos, negros cimarrones acogidos de las antillas menores, indígenas tainos, artilleros e infantes de la Guarnición de Asiento, junto a los vecinos armados que por tradición siempre responden ante circunstanciales peligros, presenta la ciudad una defensa compacta, que se multiplicará por las playas extramuros y baluartes costeros en pugnaces partidas a caballo con base en las haciendas, que atacan al inglés y desaparecen. Dos semanas durará el asedio, tras el cual levanta la escuadra el cerco y se hace a la vela hacia otras costas. Abercromby justificará ante la Royal Navy su fracaso, aduciendo la inutilidad del asedio a “un enemigo bien preparado, protegido por sólidas murallas y poderosamente armado.”

Tras la Ilustración, el siglo XIX verá consolidar un notable crecimiento poblacional de la isla y su ciudad capital, triplicado en apenas el último medio siglo. Los hatos realengos que rodean el camino de tierra de San Juan, empiezan a ser retomados y demolidos por la Corona para usufructuarlos o adjudicarlos a los emigrantes católicos irlandeses y franceses que van llegando a Puerto Rico al hilo de la nueva situación internacional imperante. Huyen los primeros de la inseguridad que en las antillas menores ha traído la guerra de independencia norteamericana; con ellos llegan nuevos impulso y capital para el cultivo de la caña. Lo hacen los segundos a causa de la cesión de La Luisiana, o de la revolución de Haití y las matanzas de hacendados blancos que los esclavos  alzados, perpetran en esta parte de La Española. Aportan, además de valiosos contactos comerciales, hacienda y esclavos francoparlantes fieles, que con sus amos deciden proseguir aquí su tradicional industria del azúcar y el café, mientras se hunde el hasta ahora competidor mercado haitiano que atrás dejan. Pero llegan también a Cuba y Puerto Rico españoles y criollos de elevado poder adquisitivo y social que se alejan del caldo de cultivo preindependentista que palpita en el mundo continental novohispano; vienen a invertir sus haberes en esta su nueva tierra de adopción. Liberalizado el comercio durante el reinado de Carlos III (1765), se crea con las inversiones de los recién llegados y sus parientes peninsulares la Real Compañía Barcelonesa de Montserrat,  que acapararía un elevado porcentaje de las mercancías que iban a fluir de o hacia la isla, con nuevos puertos peninsulares autorizados para el contacto, pero también desde y hacia otras naciones y colonias.

Muchos de los ingenios azucareros trabajados durante generaciones por afroamericanos  libertos o no, pero tradicional mano de obra para las plantaciones de caña de azúcar y sus derivados, sobre todo tras la abolición de la esclavitud, iban a engendrar en su derredor verdaderas unidades sociales que bajo forma de poblados o rancheríos animistas, capilla medular incluida, cristalizarían mas tarde en forma de pueblos diseminados por resguardos y laderas estratégicas del paisaje, característicos del agro caribeño.

Hoy el San Juan histórico, conocido familiarmente como “el viejo San Juan”, es uno de los Patrimonios de la Humanidad, y representa una rica muestra del hecho cultural español en América. Decano sin duda, en el algoritmo cultural norteño que actualmente conocemos como Estados Unidos de América.

 
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Contexto Histórico de Santo Domingo (actual República Dominicana) – III

En 1579 se crea la armada llamada Galeones de Santo Domingo, dos naves con su patache de aviso para vigilancia de los mares y pasos de las Antillas y costas del Yucatán hasta La Florida. La proliferación de piratas dificulta el comercio de ultramar. La Flota de Indias que cada año leva anclas de La Habana hacia Sevilla, navega custodiada por la  Armada del Mar Océano. Cuando regresan al Caribe, la Armada permite a la altura de Guadalupe desviarse  a las naos que han de enfilar las costas de Tierra Firme o las Islas de La Española y Puerto Rico. Es allí cuando los Galeones de Santo Domingo entran en su función de guardas del mar. Debidamente controlados los cabos y resguardos de su singladura, arriban a Santo Domingo dos naos merchantas con las mercancías que vienen de Sevilla. Traen jabones, vinos, harinas, telas, perfumes, fármacos, papel, aperos, clavazones, tijeras, aceite. Y se llevan azúcar, cuero, sebos, jengibre, tabaco, cañafístola, rumbo a La Habana. Allí se reunirán con las demás flotas virreinales para, pasada la época de tifones, enrumbar nuevamente sus proas hacia España. Las Real Hacienda no llega a cubrir la creciente demanda de servicios que requiere la isla. La economía deficitaria de La Española que no sufraga sus gastos de defensa, no podría sobrevivir si no aportara la Nueva España de Cortés en forma de Situado Virreinal, el déficit que su Hacienda no alcanza a cubrir. Siempre en demora el Situado, las defensas pasivas de la isla se resienten, y sus hombres de guerra, municiones y armamentos, también.

Los piratas de La Tortuga atacan repetidamente Santo Domingo que a duras penas subsiste por sus medios, con menguados y esporádicos aportes de las arcas reales. Los estancieros y ganaderos del litoral, conocen lo que la presencia de velas cercanas significa: contrabando que compra o vende carne, ya sea negra de esclavo para dejar, o roja de res para llevar. Un soberbio negocio que no paga impuestos. Pero si no hay impuestos, no alcanza el presupuesto urbano. Y entre las partes del fraudulento trato, incluso demanda hay que nunca paga: los piratas, que hacen el negocio perfecto. Llegan, amedrentan o matan, capturan o roban el ganado que encuentran al paso y se van: todo gratis. Los mismos hacendados factores de contrabando, también saben lo que es huir a los montes cuando las velas aparecidas no son las propicias. Pero la leyenda de la magnifica Santo Domingo con sus edificios de ensueño, retablos flamencos y cálices de oro, perdura por generaciones en Europa. Drake (1586) se presenta con una flota de 23 navíos y 8000 hombres de mar y guerra, que pasa frente a la ciudad enarbolando enseñas de Portugal, aliada monarquía que a la sazón convive bajo la corona de Felipe II. Antes de corsario ha sido traficante negrero junto a su mentor John Hawkins, y es por tanto un hábil conocedor del juego. Amaga un fondeo frente a la ciudad, maniobra de distracción que permite valorar desde la costa su gran poder en potencia de fuego y hombres; pero pasa luego de largo y desembarca su gente en las playas de Haina, diez millas al oeste, lejos de miradas indiscretas. Trata de coparla por retaguardia en una operación envolvente rápida, sin que escape nadie. Tarde descubrirán los confiados ciudadanos la impostura: cuando no queda tiempo ya para defensa alguna. En un mar infestado de “perros del mar”, conocen también los dominicanos las reglas del juego y huyen antes de que las picas inglesas asomen por encima de sus muros.

Tan formidable Armada viene financiada por la hermandad de corsarios de Plymouth y Southampton, sindicato auspiciado por la propia reina Isabel Tudor y  colaboradores allegados, que arriesgan en comandita un dinero que esperan multiplicarlo en ganancias. Como todo inversor. También Drake es hombre del Renacimiento: un caballero de buenas maneras que domina el español, luego de sus años de paje en la corte ducal de Feria en la extremeña Zafra. Pero no ha empezado bien un negocio que para mayor rédito del capital invertido debería ser rápido; y que sin embargo va a prolongarse en semanas de negociación entreveradas de locuaces chalaneos, fintas dialécticas, regateos e histriónicos desplantes.

La ciudad contaba en esos momentos con 500 arcabuceros, 100 dragones, 18 cañones y sus artilleros, más una milicia indígena, escasa pero letal con sus flechas envenenadas. Pero ante la magnitud del enemigo solo queda la huida. Así lo cree su Gobernador, y la mayoría urbana abandona la ciudad y se interna por los caminos que se pierden entre la manigua en busca de haciendas lejanas, ocultas. Drake planta su cuartel general en la catedral, recibe parlamentarios y recorta plazos. Comienza la destrucción programada de templos y conventos, no sin antes esperar a que la soldadesca acabe su trabajo de saqueo y quema sistemática de imágenes sagradas, ornamentos y retablos. Degüellan a dos ancianos dominicos que se niegan a abandonar el convento. Destapan tumbas buscando joyas, cargan con vasos sagrados, campanas y cañones, vacían los depósitos de la Aduana, incorporan a su flota los barcos del puerto. Y Drake sigue la quema de edificios presionando voluntades para alcanzar la capitulación que fije el monto del rescate, a cambio de conservar el patrimonio. Hace instalar en la Plaza Mayor una ostensible balanza con la que piensa calibrar el monto del pago en especias. La Merced, San Francisco, Santa Clara, Santa Bárbara, las Reales Casas de Gobernación y Audiencia, San Nicolás de Bari, Dominicos, van cayendo día a día bajo la tea incendiaria. Y, por fin, comienzan a llegar, tímidas, las primeras joyas y prendas que deben ser tasadas. Salvadas apresuradamente por algunas damas fugitivas, sirven ahora para rescatar al menos parte de esa ciudad que no han sabido o podido defender sus hombres. Cuando se cubre la convenida cifra de 25.000 ducados-oro, el pirata inglés fiel a su palabra leva anclas y enrumba hacia otra costa. Después de más de un mes de saqueo, parten diez de sus galeones con el botín hacia Southampton. En el curso de la contienda europea, Calais había caído en manos españolas, y decenas de barcos de este puerto y de Dunkerque navegaban en corso para Felipe II por el Canal de la Mancha. Los galeones del tesoro de Drake nunca llegarían a destino: iban a caer en manos de una flota corsaria de Calais, que restituiría al rey español gran parte del tesoro. Drake, ajeno a la suerte seguida por sus galeones de Calais, iba a proseguir por costas caribeñas el saqueo, la extorsión y la fiducia, según la ruta convenida con los síndicos socios de su Isla madre. Detrás deja en Santo Domingo ruinas, edificios que fueron emblemáticos, fachadas esculpidas en piedra, arbotantes góticos, bóvedas de crucero, arquivoltas conopiales, canecillos labrados o los colores de las vidrieras rotas, diseños todos desconocidos para la América no hispana hasta siglos después, esa América adscrita al corsario que ahora la desbarata. Y la dolorosa pérdida de valiosos archivos documentales de la primera ciudad y del primer establecimiento europeo, por genuinamente hispánico, de ultramar: un modelo que sería propagado por las Indias, Filipinas y otros enclaves de Asia y Oceanía, tras fatigas humanas incontables. Tras la destrucción, quedará establecido un sistema de aviso mutuo entre los puertos, mediante pataches que notifiquen las emergencias a la autoridad real de las islas. Es todo cuanto la Hacienda Real puede aportar en la presente coyuntura para sostener la colonización de la preciada pero deficitaria Adelantada de América.

Con el desastre, iba a sobrevenir un largo y penoso período de convalecencia. Habíanse abandonado por dificultades de explotación los yacimientos auríferos halladas durante los primeros tiempos de la conquista en Haina y La Vega, y no habían aparecido otros filones minerales donde aventurar nuevas inversiones que los banqueros de Hamburgo o Sevilla estaban dispuestos a financiar. Solo agricultura y ganadería contaban para potenciar el bienestar y los presupuestos insulares.

Frente a la presión pirática en aumento, muchos estancieros abandonan la costa oeste de La Española y tratan de exterminar al no poder coparlos, aquellos ganados cimarrones que pastaban libres por los campos. Incluso se mandan destruir algunas ciudades del norte con mas de siglo y medio de fundadas por ser consideradas polos de atracción del contrabando. Contábanse en aquellas costas más de 200 hatos de 10.000/12.000 y más reses, incluso una rica viuda había que poseía un hato con 42.000 cabezas de ganado. Pero también había otros hatos de cerda, caprino y ovino. El despoblamiento costero iba a convertir a los indeseables bucaneros que venían cazando  reses para cuerear su piel y salar cecinas, en afincados ganaderos. Comienzan a instalarse en la despoblada costa en sustitución de los estancieros idos, reponen ganado con nuevas depredaciones en otros pagos, y siguen su negocio libre de impuestos. Son hugonotes franceses rebotados de su católico terruño, aventureros de toda laya hermanados en el delito, sin patria, credo ni ley, que por los avatares de la política europea, serán apoyados por la propia metrópoli que los vomitó. Vienen a tomar tierra desde La Tortuga, Isla de Pinos, Martinica, como bandada de zamuros cuyo vuelo cae sobre res muerta en el campo. Más tarde sus descendientes y esclavos van a constituirse en nación, y entablar cruentas guerras contra los herederos de quienes habían puesto a valer aquellas tierras.

 
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Contexto Histórico de Santo Domingo (actual República Dominicana) – II

Bien es cierto que habíase prohibido la entrada de negros levantiscos y demás siervos criados con moros o judíos, y expulsados todos mediante su entrega a la Casa de Contratación para retornarlos a Sevilla, en tanto a los tratantes de la isla se les castigó con 100 azotes. Pero a la muerte de la reina Isabel (1504) se levantará el interdicto y se abre de nuevo la puerta a los negros. Para laborar las minas tráense esclavos nacidos en Castilla, negros cristianos adaptados a la cultura española. Se intenta someter a estos varones a mejor disciplina mediante la provisión de esclavas de su raza << que casándose con los esclavos que hay, den estos menos sospechas de alzamiento >> como parece suceder. Pero las razas africanas tenidas por más fuertes y resistentes, iban también a morir junto a los europeos por cientos, tras terribles travesías de escorbuto y mar, en aquellas malsanas tierras saturadas de humedales, plagas y mosquitos, seguramente de enfermedades tan conocidas como malaria y tifus, pero lejos de la ciencia médica del momento histórico que vivían las Indias. La mortandad de la raza negra es causa que llega a preocupar al propio Rey: << No entiendo como se han muerto tantos negros: cuidadlos mucho >>, manda decir extrañado. Diez años después, con la muerte del propio Fernando de Aragón, se suspendería la trata.

Los colonos raptan mujeres indígenas, que lejos de sublevarse contra sus captores, les acompañarán de buen grado en el lecho y con las armas. Algunas vuelven en principio a su comunidad, pero pasado cierto tiempo retornan voluntariamente con sus captores. Estos raptos y deserción de féminas tainas acabarán encrespando la animosidad de sus caciques. En Higüey se produce uno de esos levantamientos, que Ovando acude a sofocar. Cuenta el cronista Antonio de Herrera en las Décadas que en sus bailes y fiestas las mujeres tainas se daban a los españoles “que no bastaba resistir” y  que la cacica Anacaona “era muy deshonesta en el acto venéreo con los cristianos y por eso y otras cosas  semejantes quedó reputada y tenida por la más disoluta mujer que de su manera hubo en esta isla”.  Con este liviano trasfondo, acude Ovando ante nueva sublevación en el sureste liderada por la hermosa Anacaona, quien le recibirá con bailes de las muchachas núbiles de su tribu. El severo frey, manda apresar a la cacica y darle garrote. Pedrarias Dávila a la sazón Gobernador de Tierra Firme informa al Rey de que <<una de las cosas que más ha alterado en La Española y que más ha enemistado (a los indios) con los cristianos, ha sido tomarles mujeres e hijas contra su voluntad y usarlas como si sus mujeres fueran >>. Estos desajustes provocados en muchos casos por la escasez de mujeres y en otros por la entrega voluntaria de sus cuerpos, va a propiciar la llegada de esclavas blancas cristianas, sumisas y hacendosas mudéjares << pues habiendo en estas regiones gran necesidad de mujeres, los españoles las tomarían y no se unirían a las indias, amén de que las blancas rendirían más para el trabajo que las naturales >>, responde el monarca, que parece multiplicar sus empeños por doquier.

A estas medidas socio-económicas que trataron de nuclear las gentes de La Española, e impulsaron su agricultura y minería, además de favorecer los pulsos misioneros de culturización indígena, han dado en llamarse Ordenamiento del Territorio en el que Ovando hubo empeñado su gestión. Su influencia sería trascendental en el devenir de la desde entonces llamada, y verdadera, Cuna de América, como unidad hispánica diferenciada a la vez que referencia de proyección universal.

Cuando cree su misión cumplida, y deseoso de incorporarse a su orden monacal de caballero que porta sobre el pecho la verde cruz de Alcántara, regresa Ovando a España, a cuyo fin el parco célibe debe solicitar al Cabildo de Santo Domingo dinero prestado para el viaje. Fernando el Católico le premiará con su propio título vitalicio de Maestre Supremo de la Orden de Alcántara, a él perteneciente desde que le fuera adscrito por el papa Alejandro VI. Órdenes de caballería, monjes guerreros, poblamiento racional, economía productiva: un mundo vetusto que se entretejía con otro renacentista. Era la propia madeja española que ante el magno proceso que vislumbraba, estaba dejando de ser medieval para convertirse en moderna.

Ovando es sustituido como Gobernador por Diego Colón (1509-1515), hijo del Almirante, no por supuestos derechos paternos que sin duda reclama, sino por graciosa merced del Rey Católico, con cuya prima María de Toledo, de la ducal Casa de Alba, estaba desposado. Quedará para conseja urbana que la gobernadora y señoras del séquito, acostumbren pasear por la calle próxima a su residencia palaciega, que el mentidero colonial motejaría como Calle de las Damas.

Hacer de La Española una unidad productiva acorde a los cánones renacentistas, era idea ya asumida en la época de Don Diego, aunque iban a ser mil veces quebrantadas las reales disposiciones de facto por el coloniaje, contra la voluntad de su Gobernador y de sus lejanos reyes. Una constante histórica entre gobernadores y gobernados de cualquier época o país que  iba a persistir en pertinaz ritornelo sobre Santo Domingo, ayudada a veces por la debilidad, provecho propio y venalidad de oidores, fiscales y demás oficios reales. A la vez  que la enseñanza de su habla, van extendiendo dominicos y franciscanos entre los tainos la aclimatación de naranjos, limoneros, higos, melones, caña de azúcar, arroz, el ñame que llega con los primeros africanos, además de ganados, aves de corral, perros y gatos desconocidos en las antillas y traídos por los colonos desde la Península o Canarias. Muchos de los emigrantes que de Europa han llegado, pronto los ven distribuirse hacia otras islas y empeños, arrastrando afanes y hacienda de algún insatisfecho colono que con ellos sigue caminos hacia otros vientos. Este desequilibrado flujo hará que la población de la isla, comience a tambalearse algún día.

El ensayo previo de colonización americana va penetrando tierras dominicanas. Se crea la primera Audiencia (1511), el obispado de Santo Domingo pasa a ser Sede Arzobispal (1521), primera Silla Metropolitana y más tarde Catedral Primada de América (1541). El creado Tribunal de la Real Audiencia único en principio para toda la América conocerá de asuntos de gobierno, justicia y orden político y social. Compuesto por jueces, oidores, fiscales y alguaciles sería presidido por el propio Gobernador de La Española, pero por diversas razones no estaría operativo hasta que Carlos V lo puso en funciones (1526) perdurando su jurisdicción durante más de 250 años. Entre otras gestiones diplomáticas, habrían de tratarse en él las desavenencias entre Francisco Pizarro y Diego de Almagro del Perú, o las diligencias de paz avenidas entre Hernán Cortés y Pánfilo de Narváez en Yucatán. Desde Santo Domingo socorrerán la angustiosa llamada de Pizarro que en su guerra con los incas, pide se le envíen alimentos, caballos y herrajes, que despachará la Audiencia para el istmo con un galeón repleto de monturas y bastimentos.

Llegan los jerónimos a la isla, los dominicos a la capital. Impulsan los primeros el cultivo de la caña (1516) y los ingenios para triturarla y procesar sus melazas, rones y guarapos, cofinanciados algunos por la Real Hacienda y promovidos otros por ciertos pudientes vecinos de Santo Domingo. Los dominicos enarbolarán como seña de identidad la bandera de la esclavitud indígena, que van a defender apasionadamente tanto en las Indias como en Europa. Nueva y mortal epidemia de viruela viene a implosionar a la raza taina hasta casi borrarla del mapa, y la libertad de los indios espoleada por los dominicos va ganando terreno a expensas de la esclavitud de los negros, al punto que pasados unos años, el Gobernador Alonso López del Cerrato recibe instrucciones del Emperador Carlos V (1544) para dejar definitivamente libres a todos los indios de La Española. Solo los misioneros, con su portentosa capacidad de adaptación espoleada por la fe, han sido capaces de oponerse al poder establecido, ya económico o político en defensa del indígena. Difícil cometido para la razón, campo abierto a la compasión, ingenua bonhomía frente al atávico cacumen humano, serían sus valores. Los dominicos verían disminuida su razón de ser en Santo Domingo y su concurrido  convento decae a favor de Puerto Rico y Cuba, nuevo destino de sus frailes, nuevas abulias que encauzar y proteger. A causa del vacío indígena, los  jerónimos van a solicitar de la Corona negros bozales francos de todo derecho, que aliviarán las plantaciones e ingenios de caña << para que estos indios sus vasallos, sean ayudados e relevados en su trabajo >>. Pronto se programa la llegada de 4.000 negros de ambos sexos durante los siguientes ocho años, gravados con tasas y almojarifazgos como si de mercancía se tratase, que iba a dar notable ganancia a la Hacienda Real.  Ya a mediados de siglo el tráfico de africanos de contrabando o declarados, había generado un mercado de esclavos caros y colonos pobres, alzamiento y cimarronismo, abundancia de manumisos y libertos, reventa de negros en cercanas islas y merodeo clandestino de negreros ingleses y holandeses por la costa españolense con negros guineanos a precios de ganga. John Hawkins aparece con 300 negros robados en la costa de África (1563), negros que trocará por cueros, azúcar y jengibre para poner velas por medio: un negocio que repetiría en posteriores ocasiones.

De Santo Domingo parten y allí retornan las expediciones de conquista y poblamiento de Antillas y Costa Firme. La ciudad experimenta un fuerte crecimiento con edificios privados, conventos, palacios e iglesias de hermosa arquitectura gótica o renacentista rodeada de heredades, jardines, naranjales, cañafístolos, frutales varios. Los dominicos, fundan su convento en 1510, cuyas aulas se transformarán en la Universidad de Santo Tomas de Aquino años después (1538), primer foco intelectual americano que va a irradiar sus luces a los territorios descubiertos. Se funda, el Monasterio de Santa Clara (1551) con 10 monjas clarisas españolas y 16 jóvenes reclutadas en la isla. Se construye el Monasterio Regina Angelorum para albergar en principio a otras seis dominicas andaluzas (1560). Las monjas serían las encargadas de formar en letras y labores del hogar las nuevas generaciones de jóvenes casaderas, y para aquellas otras de familia acomodada cuyo estatus así lo demandaba, añadían cocina, bordado, música y danza. De estos conventos saldrán las fundadoras de los conventos de Puerto Rico y Venezuela. Se va completando el cerco murado que zuncha la ciudad y su Fortaleza Ozama, con bastiones estratégicos para fusilería en sus paños; en ella iba a morir su alcaide, el historiador Gonzalo Fernández de Oviedo (1557). En pleno  medro ciudadano, su entonces obispo primado, el toscano Alessandro Geraldini, llegará a proclamar con entusiástica loa: “ínclita ciudad con edificios altos y hermosos, puerto capaz de contener a todos los navíos de la Europa, con calles anchas y rectas que nada tienen que envidiar a las de Florencia…” No iba a durar mucho esta desbocada euforia. En una suerte de sesgo esperpéntico, este esplendor comenzaría a decaer tras afianzarse la conquista de México y convertirse La Habana en puerto neurálgico de las Indias en su comercio con España. Sus colonos parten a esas y otras tierras y otros quehaceres, y la demografía de La Española comienza un preocupante descenso. Las gentes que antaño recibía de la Península, hogaño pasan directamente al continente. A finales de siglo la capital dominicana apenas conserva 500 familias asentadas. Los colonos que migran llevan un magro ajuar en naves siempre repletas de pasajeros que buscan mejor suerte. Centenares de cabezas de ganado traídas a la isla para añadir valor a sus pastizales, quedan cimarronas, sueltas a su albedrío por los campos tras el forzado abandono de sus dueños. Y en pocas décadas de crecimiento vegetativo, los centenares se tornarán miles, al alcance de quienes quieran capturarlos o sacrificarlos.