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Contexto Histórico de Cartagena de Indias – III

Con la Batalla de Lepanto, “la mas grande ocasión que vieran los siglos”, ganada por los cristianos reinos frente a turcos y berberiscos (1571), las galeras del Papado,  Venecia, Génova y España habían triunfado en toda la línea mediterránea tras medio siglo de dominio otomano causado por la ambigüedad de Francia. Era la victoria de las naves de remo y vela frente a las naves mancas. Móviles y maniobreras en la encalmada, poco calado a prueba de navegación costera y acción directa con sus cañones de proa sobre enemigo enfilado tanto a bordo como en tierra, eran sus infalibles virtudes. Pero solo artilladas por proa y popa, perdían sus flancos la potencia de los cañones de andanada, ocupados ahora por dos niveles de poderosos remos. La experiencia de Felipe II trayendo galeras al Caribe, no iba a tener sin embargo el éxito deseado. Indudable contra la morralla filibustera, más que dudoso frente a naos piratas con veinte o más cañones por banda, las galeras armadas de Santo Domingo y Cartagena de Indias no habían de perdurar mucho. Serían reemplazadas por galeones de alto bordo con popa y proa realzadas para apostadero de fusilería. A la dificultad de conseguir galeotes penados o enemigos que forzar, la inapta disposición indígena para el remo contribuiría al fracaso de las galeras del Caribe, naos nunca repuestas tras la prueba bélica o el incendio aleve de su azarosa vida. Pero triunfan en cambio los champanes filipinos cuyos planos llegan desde  Veracruz a través de recién fundado Galeón de Manila – Acapulco (1565). Serán construidos en Cartagena y empleados en la navegación de cabotaje interior por el segundo tramo del Canal del Dique, impulsados a brazo partido por una docena de bogas, fornidos braceros pardos o zambos. En 1536 Gonzalo Jiménez de Quesada, fundador de Bogotá, había visto naufragar en las cambiantes bocas del Magdalena varios de sus bergantines de apoyo que trataban de remontar las aguas fluviales hacia la penillanura bogotana. Conocedor de la existencia de champanes en Macao por uno de sus pilotos, portugués navegado en los mares de China, consigue construirlos por primera vez en América. Pronto se convertiría en la embarcación por excelencia de aquella mutable red de venas fluviales. Pujando con pecho y brazos largas pértigas bífidas afianzadas al fondo, los bogas recorrían los bordos de proa a popa, llevando como única vestimenta sobre sus partes un incoloro guayuco. Conocedor de las  bondades marineras de la sutil chalana, el cabildo cartagenero logrará construirlas en su astillero según planos de Manila y toldilla de palma trenzada y hojas de vijao como solo los indios saben urdir, para resguardo del sol y los aguaceros, a fin de instrumentar la navegación de mercancía y pasaje por su canal interior.

A partir de la fusión de coronas española y portuguesa sobre la testa real de Felipe II (1580), llegan  a Cartagena nuevos comerciantes castellanos y criollos, además de lusos y judíos, expulsados estos últimos de España en 1492 pero acogidos en Portugal, que pueden ahora regresar a estas otras Españas. Su crecimiento es en esos años poderoso, y sus edificios se multiplican. Los primeros hornos de cocción de cal montados por los jesuitas años antes, estaban cambiando la estética ciudadana de los tradicionales techos caribeños a base de gamelote y caña. La bonanza económica levantaba ya los nuevos edificios en ladrillo o en cal y coquina. Canteras y hornos de cal van abriendo nuevas explotaciones en costa e islas de Barú y Tierra Bomba. En una cadena sin fin, bongos, barcazas y almadías se suceden para traer los materiales a la ciudad sin exponerse apenas  en aguas abiertas. La demanda de materiales es tal, que el Cabildo prohíbe que tejas, cantería y cal, sean utilizadas fuera de Cartagena. Por decreto del gobernador, los solares baldíos deberán ser  expropiados en plazo de un año para dar cobijo a las demandas de emigrantes que piden plaza… Pero en 1586 veinte velas de Francis Drake asoman frente al caño de  Boca Grande con sus 1.000 hombres de chusma y desembarco. La repetida estrategia del corsario inglés, inveterado jugador de ventaja, iba pronto a ser conocida en aquellos mares: apabullar con una flota numerosa a los hasta entonces desprotegidos enclaves costeros de su católica majestad, que poco a poco y en forzada circunstancia, irían desarrollando sus propias defensas al nivel de las fuerzas que ocasionalmente aparecen para atacarla, acción sistemáticamente rematada con la consabida “vacuna” de modelo francés. Flota corsaria cuya financiación había que rentabilizar a base de jugosas presas, cuantas más y menos pérdidas propias, mejor. En época de tregua europea como la que entonces reinaba, las ciudades fortificadas del Caribe no esperaban frente a sus baluartes otra presencia que las pocas velas de un ocasional perro del mar, en busca de su vital carroña. Pero la flota de Drake son palabras mayores. Sin previa declaración de guerra entre las partes, el gobernador se apresta a una resistencia desesperada. Tras su obligada revista a defensas y defensores, toma conciencia de que poca es la pólvora útil que conservan  y menos durará sin duda el fuego cruzado de sus cañones. El pirata inglés mete las naves en aguas interiores intentando aproximar cinco de ellas al casco urbano, pero una cadena sobre barriles flotantes protegida por el Fuerte del Pastelillo (entonces Boquerón), le impide acceder a la Bahía de las Ánimas y su marginal Plaza del Mar. Imposibilitado del fuego directo sobre la ciudad, opta el pirata por el apoyo de tropas mediante el tiro de piezas por elevación, mientras desembarca su gente en la playa de la Caleta. Manteniendo la cadencia de fuego y el batir de sus cañones allende la cadena sobre boyas del Pastelillo, avanzan por tierra los asaltantes hasta el Baluarte de Santo Domingo, por donde abrirán la brecha que franquee su penetración en la ciudad. Cuando los cañones enmudecen agotada su pólvora, las autoridades ciudadanas junto a la tropa y los últimos moradores, abandonan la ciudad camino del Turbaco. Acogidos por esta “república de indios”, desde ella tratarán de negociar y salvar lo salvable. Una vez cesa el cañoneo defensivo, la turbamulta corsaria se abalanza hacia el interior por la brecha para capturar la ciudad (1586), mientras arden encalladas las dos galeras que Felipe II había mandado desde España para combatir a los piratas…

Cuando los desembarcados ocupan Cartagena, los moradores se habían disipado entre los cerros del entorno, vieja táctica de sobrevivencia en todo tiempo. El corsario inglés espera, quiere parlamentar con los vecinos. Se impacienta y quema en primer aviso 200 casas de la periferia urbana para obligar a que los desaparecidos den la cara. Y en la espera, indaga personalmente los pormenores del entorno ciudadano, mientras su soldadesca saquea por doquier lo privado y lo público, desmontando campanas y embarcando cañones. Conocedor desde niño de la lengua castellana, rebusca documentos, misivas, cartogramas y derroteros en los archivos de la Gobernación y la Aduana. Descubre la correspondencia confidencial del gobernador portugués de las Azores que le comunica al español su paso por aquellas islas de “el pirata Drake” que navega por el Atlántico hacia sus aguas. Ser tildado de pirata…es algo que enfurece al flamante miembro del sindicato corsario de Plymouth y Southampton, de cuyos réditos participa su propia reina, junto a connotados cortesanos palaciegos que también le financian sus depredadores raides contra la Corona española. Estalla en cólera por la ofensa recibida y en un primer impulso demuele a cañonazos una de las naves de la catedral en construcción. A medida que se prolonga el mutismo ciudadano del exilio, sus cañones van tumbando nuevos arcos y columnas de la catedral, la gobernación y otras  fábricas de piedra que emergen sobre la Plaza del Mar. No tardará mucho en aparecer el obispo al frente de la comisión negociadora. Drake exige y apremia, no vaya a ser que llegue la artillada Flota de los Galeones con su guarda de cagafuegos, que anualmente viene con la flota de Sevilla desde 1579.  Sabe por los espías de su Majestad Británica  que recorre ya las costas de Tierra Firme, desgranando puertos desde Isla Margarita y Cumaná hasta Nombre de Dios y a veces Honduras, pero que se resguarda y aprovisiona en Cartagena mientras la ciudad monta sus famosas ferias. Con su inopinado arribo podría crear el caos de su escuadra, ya experimentado en su Veracruz de infausta memoria unos años antes (1568), de donde el entonces joven pirata escapó de milagro en insignificada urca, en medio de la debacle de sus naves hundidas. Pero los cartageneros reúnen al fin el monto exigido, doloridos por la escucha lejana de los cañones que demuelen día a día sus hogares y su preciada catedral. En documento redactado en latín, exige la ciudad al corsario el acuse de recibo del rescate pagado. Drake firma sin dilación y acaba por largar velas con su botín, antes que los galeones de la Real Armada apunten las suyas sobre el azul caribeño.

Dos años tardará Cartagena en tomar nuevo pulso, tras superar éste, al añadido desastre del último temporal del norte. Entrando por la brecha de Santo Domingo abierta por la hueste de Drake, las olas van arruinando el paño de la muralla a mar abierto y sus edificaciones próximas durante aquel invierno. Con el pase de temporales se reconstruye la muralla, y se establece una guarnición militar fija que recorre los baluartes, a fin de llenar el vacío defensivo con establecimiento alterno  de fusilería y bombardas. Hallado el deseado mineral de azufre, comienza a fabricarse en Quito la primera pólvora criolla, enclave de suministro seguro para todo el Virreinato del Perú, Panamá y Portobelo incluidos. Cartagena lo recibe sin peligro pirático por su silente y discreto Canal del Dique.

La Armada del Mar Océano o Guarda de la Carrera de Indias era operativa desde los tiempos subsiguientes a la “hazaña” de Jean Florín con el Tesoro de Moctezuma (1522). Aquellos primeros años se bifurcaba entre Santo Domingo y Cartagena. Mas adelante serán Veracruz y Cartagena-Portobelo sus metas. Cada año, zarpaban de Sevilla las Flotas de Indias en enero y septiembre y en mar abierta uníasele la Armada del Mar Océano, que había de custodiarlas hasta el Caribe. Con su nao Capitana al frente, su Comandanta cerrando flota, y pataches de órdenes y aviso, tomaba rumbo a las Azores navegando en conserva.  A la altura de Martinica o Guadalupe se dividía en dos: la Flota de Barlovento o Flota de Cartagena, y la Flota de Nueva España que tomaba rumbo a Veracruz. Una Armada de Tierra Firme custodiaba las naves que enrumbaban a Isla Margarita y Cumaná, además de las que seguían costa hacia los puertos de La Guaira, Maracaibo, Riohacha, Santa Marta y Cartagena, donde rendían viaje. Carenadas durante las consiguientes ferias que coronaban su llegada, las naves seguían después la línea de costa hasta Nombre de Dios primero,  Portobelo después. Entre tanto, la Armada del Mar Océano acompañaba a  Veracruz el resto de navíos, que bajo el nombre de Flota de Nueva España, rendía viaje al amparo de San Juan de Ulúa. A la llegada de los galeones venidos de Sevilla montábanse las esperadas ferias de los puertos receptores. Eran las de Cartagena y Portobelo (Nombre de Dios los primeros años) y Veracruz, las más importantes; mientras duraban sus ferias, los galeones de escolta permanecían vigilantes en rececho.

A partir del saqueo de Drake, Cartagena de Indias iba a ser paulatinamente fortificada. Además de las murallas circundantes de reminiscencia medieval, fueron levantados baluartes y bastiones estratégicos en su periferia, según las ajustadas técnicas castrenses de la Europa contemporánea, perfeccionadas durante la guerra franco-española de Italia y el descubrimiento de la mina explosiva por los tercios españoles de Flandes. Un nuevo y más amplio muro defensivo de piedra rodea Calamarí y el perímetro de Getsemaní frente a tierra firme, mar abierta, ciénagas y bahía. Desde las últimas décadas del siglo XVI, Cartagena es de facto el enlace neurálgico entre Tierra Firme y el Virreinato del Perú  con el Caribe, a través de Portobelo y Panamá y sus connotadas ferias. Como base de operaciones de los galeones que vinieron a sustituir las galeras de la periclitada Armada de Barlovento, llamada en adelante Armada de Tierra Firme, constituye la plaza fuerte continental que cobija y despacha la Flota de Barlovento o naves comerciales que anualmente trafican con España y Perú. Las naos merchantas que con la ocasión van confluyendo a Cartagena, engrosan la Flota de Tierra Firme, que se mantendrá al resguardo de su bahía. Cuando la Flota del Mar del Sur (base Callao) llega a Panamá, sale la Armada de Barlovento hacia Portobelo para custodiar la feria: dos de sus galeones regresarán con las bodegas llenas de plata peruana. Se trata de los Galeones de la Plata, marcados  por su doble fanal siempre prendido, que deberán llegar a Sevilla cargando el Quinto Real. Concluida la feria de Portobelo, los  Galeones de la Plata, ocluidos en la Armada de Barlovento, regresan a Cartagena. El Quinto Real del Perú engloba los impuestos, tasas y gravámenes que la Corona detrae a banqueros, empresarios y comerciantes del Virreinato. En razón de su preciada carga se les asigna el nombre “Galeones de la Plata”, que irán navegando siempre rodeados por el resto de naves de la formación. Salen Flota y Armada de Cartagena en convoy hacia la Habana, Capitana delante, Almiranta detrás y Galeones de la Plata como corazón del naval despliegue. Reunidos en la Habana con la Flota de Nueva España (base Veracruz), constituirán la “Flota de Indias” o “Carrera de Indias”, que por ambos nombres serán conocidos estos despliegues navales que superan a veces las 100 velas merchantas sobre el Atlántico. Nuevamente navegando en formación y protegida por  la Armada del Mar Océano, la flota tomaba puerto en Sevilla al principio y Cádiz años después.  Entre tanto, la Armada de Barlovento desde la Habana había regresado a Cartagena para seguir patrullando las costas de Tierra Firme hasta Yucatán. Años hubo en que la estrategia de flotas, obligó al Consejo de Indias a individualizarlas, tras diferir la salida de alguna de ellas por despistaje y tácticas coyunturales. Siempre recibidas las órdenes del zarpe y derrota en sobre lacrado, para abrir a los tres días de hacerse a la mar.

 
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Contexto Histórico de San Agustín de la Florida – V

Un nuevo conflicto vendría pronto a sumir a la Corona española en otra guerra contra Inglaterra. La Guerra de los siete años (1757-1763), que  convierte Europa y sus posesiones en un totum revolútum. Una suerte de moderna “guerra caliente” después de una “guerra fría”, que iba a involucrar a la mayoría de sus reinos mediante apresuradas alianzas. España se ve arrastrada por Francia contra Inglaterra, su ocasional enemiga, que acabará expulsándola del Canadá. El Tratado de París pone fin al conflicto, y la gran perdedora Francia cederá La Luisiana a España, en compensación de sus gastos bélicos. Las plazas de Manila y La Habana ocupadas por Inglaterra durante la contienda, las recupera España mediante su trueque por Florida. Como pasiva moneda de cambio, hete aquí que la ciudad de San Agustín contempla asombrada cómo es entregada en manos de sus enemigos de siempre (1763). Los 3100 habitantes que permanecen en la ciudad a pie enjuto durante su protocolo de entrega, son testigos no sin lágrimas en algunos ojos, de la arrogancia con la que el regimiento de Su Majestad Británica, bajo el mando del capitán John Hodges, desfila durante su entrada al recinto urbano. << Hollando nuestras conciencias, >> en palabras del gobernador virreinal saliente. Pasados los primeros días, la ciudad enflaquece en su vida y gentes. Los negros de Fuerte Mose se van. Los indios conversos de las misiones cercanas se van. Los blancos y pardos de intramuros se van. Gran parte de ellos volverían a encontrarse en Cuba, agrupados en un nuevo pueblo de nombre San Agustín de la Nueva Florida. Otra no menos importante parte confluirá en el lugar de San Carlos, próximo a la continental Veracruz.

Dos décadas más tarde habrían de volver los españoles a San Agustín. En el contexto de su Guerra de Independencia (1775-1783), aquellas trece colonias inglesas del Atlántico, semilla ahora de los Estados Unidos de América, recibirían finanzas, hombres y barcos de España y Francia contra el imperial enemigo inglés hasta vencerlo. La política es así: sus intereses privan sobre las personas. Bernardo de Gálvez gobernador de Luisiana, con sucesivas victorias parciales, expulsará al ejército británico de La Florida tras la decisiva batalla de Pensacola (1781) a más de 600 km de San Agustín. Y tras ella, también regresan al terruño desde Cuba y Veracruz los antiguos exiliados de la capital, pero van a encontrar mutado el palenque de sus sueños. Los franciscanos que habían sido expulsados de allí y convertido su convento en cuartel, regresan de nuevo a su antigua sede. La casa del Gobernador, remozada, conservaba las formas y mejorado el aspecto. En la antigua Plaza Mayor, “The Parade” durante su andadura inglesa, aparecía un “Slave Market” suerte de lonja para la subasta de esclavos de ambos sexos recién llegados del África, incluidas celdas de confinamiento temporal y  morgue para cuantos sucumbían bajo aquella penuria. Una nueva parroquia protestante cerrada por abandono de sus feligreses, aparecía ahora construida al suroeste del recinto ciudadano. Extramuros, católicos holandeses habían levantado una iglesia para sus fieles. El nuevo tablestacado del puerto aumentaba la amplitud de su dársena y su capacidad de embarque. La Puerta de Tierra, más ancha y vistosa, facilitaba por el norte el acceso al murado recinto entre pétreos pilares y sobre levadiza pasarela de troncos que permitía trancar el paso o salvar el foso. Había regresado también la esperanza para los servidores negros, que permanecían zafados de sus amos y agazapados tras los sutiles resquicios de la desbandada bélica, ocultos mientras cristalizaba la autoridad virreinal. Pasados unos meses,  el Fuerte Mosé iba a surgir redivivo y la ciudad toda recuperada con el pulso de antaño.

Pero la inagotable maquinaria europea de guerra viene a brotar de nuevo con el genio de Napoleón Bonaparte, surgido de los últimos estertores de la Revolución Francesa. Todo es poco para su ambición y la Europa continental es hollada de norte a sur por las botas de sus soldados. Con un ejército de 250.000 hombres invade España y arrolla a los ejércitos propios e ingleses aliados. La España oficial invadida por el francés, se ve empujada por él a luchar por tierra y mar contra el inglés, que en Trafalgar destruirá ambas armadas, y con ellas el sueño napoleónico de invadir Inglaterra. La España popular en cambio se alza contra el opresor francés, sus símbolos unidos en Cortes se refugian en Cádiz que bajo protección inglesa va a soportar un brutal asedio francés. Destituido su legítimo rey, el nuevo monarca impuesto desde Paris levanta irritados a la España europea y sus reinos de Indias: es el comienzo de la emancipación hispanoamericana. España peninsular convertida en esquilmado campo de batalla cuyas gentes tienen que alimentar tanto al ejército invasor como al aliado que le combate, destruidas sus industrias competitivas por el desleal “fuego amigo” de su  aliado, y en bancarrota su hacienda. Aniquilada su hasta ayer poderosa Marina de Guerra, masacrada su población con un millón de muertos, y exhaustas sus arcas tras la Guerra de la Independencia Española (1808-1813), poca podía ser su capacidad de reacción contra el movimiento emancipador ultramarino. Iría éste variando su inicial reacción monárquica según la mutante voluntad de cada prócer que emerge y el creciente volumen de su voz en las asambleas ciudadanas a su alcance. La insularidad de Inglaterra y su poderoso esfuerzo naval coronado a finales del siglo, habíanla catapultado hacia un éxito secular. La gran vencedora europea habíase zafado de sus enemigos históricos y la arruinada España se sumergía en un segundo orden, también secular, como potencia europea. Sólo sería capaz de aportar a la lejana San Agustín de esta época, un obelisco erigido en su Plaza Mayor, dedicado a la más liberal Constitución de su tiempo, jurada por sus asediados parlamentarios durante las duras jornadas del Cádiz de 1812.

Los vientos de independencia iban a mezclarse en Florida con ideas emanadas de la Revolución Francesa en el momento que la penuria de medios de España se revelaba incapaz de ahuyentarlos. Luisiana había sido comprada por los Estados Unidos aprovechando la coyuntura del nuevo estatus para apropiarse una parte de la Florida vecina. Una y otra vez, so disculpa de guerra contra los alzados seminolas, los estadounidenses violaban las fronteras españolas. El norte de la Provincia acabaría declarándose momentáneamente independiente de España, que no obstante iba a lograr reincorporarlo desde Cuba al redil hispano. Establecida la soberanía española, la debilitada metrópoli, que encaraba otras emancipaciones simultáneas en los virreinatos americanos, vende la Florida a los Estados Unidos. De facto tras la ratificación intercontinental del Tratado Adams-Onís (1821) que englobaba también los territorios de California, Arizona, Texas y Nuevo México, la gran mayoría de blancos, negros e indios misionados abandonaron, una vez más, las tierras de la Florida rumbo a Puerto Rico y Cuba, que proseguían su española andanza. Los últimos timucuas se extrañarán para siempre de las tierras de sus ancestros. Habíanse cumplido las palabras premonitorias del ministro de Carlos III a su rey, al anunciarle el parto de la nación norteamericana: << esta republica que ha nacido pigmea, ha tenido necesidad del apoyo y la fuerza de dos potencias poderosas como la Francia y la España para conseguir su independencia; vendrá un día que sea gigante…olvidará los beneficios que se le han dado…en algunos años veremos con dolor al coloso…apoderarse de las Floridas para dominar el Golfo de México >>.

Con el cambio de bandera en la semivacía Florida, ve renacer de sus cenizas en San Agustín el demolido “Old Slave Market”, propiciado por la creciente demanda de fuerza bruta para las plantaciones de algodón que instalan sus nuevos colonos blancos. Eran ya otros tiempos donde la que fuera Florida del Fuerte Mosé, iba a significarse como…¡ uno de los estados esclavistas que propiciaría la Guerra de Secesión norteamericana!…