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Contexto Histórico de Manila – II

Figura 5 a: Reproducción del galeón S. Pedro. Tornaviaje de Urdaneta

 

                      A Cebú llegará el capitán Juan de la Isla al mando de la remesa de colonizadores y soldados, anunciada meses atrás por el galeón San Jerónimo, un oxígeno vital para la campaña de Legazpi.  Aunque presionados en Cebú y en Panay por el Tratado de Zaragoza y por ciertas naves portuguesas llegadas de Ternate, que lo hacen valer con intención de expulsarles, no lograrán ningún cambio de actitud en la expedición. Máxime desde que se supo respaldada con nuevos contingentes de apoyo. Tenían noticias de un Rajá Solimán aposentado en Maynilad, una cierta ciudad estado de la Gran Isla del norte, lugar privilegiado donde se daba espontáneo el nilad (arbusto rubiáceo medicinal, en lengua nativa). Segregado del sultanato de Joló, supieron también que este régulo musulmán comerciaba con chinos y malayos, que periódicamente acudían a permutar sus manufacturas por la flor de nilad y otros productos locales. Su localización iba a convertirse en prioritario empeño del Adelantado, que envía cuadrillas indagatorias por toda la costa de Luzón, la Isla Grande del Norte. Una partida bajo mando de Martín de Goiti será quien localice la ciudad islámica en la desembocadura del río Pásig, ciudad que mantendrá sitiada a la espera de ayuda para proceder a su asalto. Cuando ve llegar a Legazpi con su escuadra de pataches, baos, bangas y pancos de Panay, el moro Solimán entra en pánico, pone fuego a la ciudad y desperdiga sus isleños por Luzón, perdiéndose entre ellos (1571). Pero la colonia china, residente tradicional del enclave ribereño, aunque huída a los primeros compases del conflicto, retornará pasada la estampida poco a poco a sus casas de madera junto al Pásig. En cambio, ningún moro huido volverá, lo que para el Adelantado es su prueba de extranjería como residentes ajenos al lugar, llegados de otras islas. Carecían de la urdimbre manileña que habían manifestado los chinos.

 

Más de 200 años llevaban aquellos chinos, llamados sangleyes (“venidos a mercadear”, en tagalo), alimentando el mercado manileño desde finales del siglo XIV, cuando su emperador Yung de la dinastía Ming, previo pago impositivo, proyectase anexionarse sin éxito la isla de Luzón. El Adelantado pronto comprenderá que el chino tiene un trato comercial más fiable y seguro que el indígena, es cumplidor de compromisos, y hábil en unos negocios que le daban para vivir hacía generaciones. Con esta idea asumida, a su paso por Mindoro no desaprovecha la ocasión de sumar dividendos a su causa. Hallé muchos indios chinos cautivos, que los naturales los tenían por esclavos – dice en su carta al Virreyy pareciéndome coyuntura para trabar amistad y contratación con los chinos, rescaté y compré todos los que pudieron haber y les di libertad para que libremente pudieran ir a su tierra… y les envié en un navío…  Este hecho de comprar la libertad de 30 náufragos chinos esclavizados por los nativos de Mindoro, y devolverlos libres a sus hogares continentales de Fujián y Guangdong, iba a facilitar a Legazpi el inmediato devenir comercial de la capital y su isla. Había hecho probablemente el mejor negocio de su vida, pese a ser, de larga data, un viejo hacendado vasco de olfato fino. Pero a su natural reposado y afectuoso le extrañaba el de aquellos reservados coletudos, con una expresión facial que podía tomarse por sonrisa o mueca, y su salutación sumisa, cabeza gacha y manos juntas. Le trastocaban sus ceremoniosas rutinas, pero intuía que iban a generarle el ciento por uno bíblico, tal como su instinto habíale apuntado.

 

El Adelantado tomará posesión de las ruinas de la Manila despoblada, escuadra y lápiz primero, tira de cuerdas después, para cuadricular el suelo según la castellana trama. Planta el rollo de justicia en su Plaza Mayor, y funda la nueva ciudad  al vitrúbico estilo, que nacía multirracial de origen. Ordena fortificar el perímetro enmaderado y construir viviendas para los frailes, además de las Casas Reales para residencia del Gobierno y sede del Cabildo. Nombra el Concejo Municipal, escogido entre los residentes destacados del padrón de hispanos, bajo una Ordenanza que iba a durar hasta el siglo XIX. Preside la Plaza con una Parroquia matriz, que ocho años después seria constituida en catedral. Reparte solares, pero deja al Cabildo echar la suerte de lotes de tierra cultivable entre los empadronados. Los edificios de esta primera Manila, a base de madera y caña, serían pronto sustituidos por otros de ladrillo y piedra; la casa provincial de los jesuitas, primer edificio de piedra constatado del Pacífico asiático, iba a marcar, con su particular diseño, un estilo arquitectónico propio, característico de la Compañía de Jesús. Entre los sangleyes regresados a su ribera tras la onda expansiva de la ocupación, Legazpi había detectado la presencia de 40 chinos cristianizados, huidos algunos del Japón, dedicados mayormente al cultivo y la pesca en la margen  derecha del Pásig, escabullidos  a tiempo seguramente de una de las muchas redadas anticristianas de los shogunes y daimíos de aquel islario. Cerca de ellos, otra pequeña colonia de japones se dedicaba al comercio de manufacturas de su tierra. Eran las trazas, apenas visibles, de una posible infraestructura que atisbaba el Adelantado para poner en producción aquella tierra: rescoldos entre cenizas de un fuego comercial presto a soplarse para avivarlo. Pero el conquistador, hombre ya entrado en años, no podría activar aquel fuego, porque iba a morir al año siguiente de fundada la capital filipina. Su nuevo gobernador Guido de Llavezares, compañero expedicionario de Villalobos y veterano explorador del seno mexicano, que había constituido su mano derecha en los años de Panay y Cebú, sería el encargado de poner en marcha aquella incipiente maquinaria mercantil.

 

La feracidad de las tierras de Luzón, respaldaba la decisión de Legazpi para establecer en Manila la capitalidad del archipiélago. Pero las medicinales flores del nilad, quedaban muy atrás en sus proyectos de utilidad para la Nueva España y el Rey. Los terrenos sin cultivar, tanto en la periferia capitalina como en el resto de la isla, iban a ser prontamente dedicados a encomiendas, como punta de lanza iniciática de las demás islas. Era una maquinaria productiva experimentada, que rendía los necesarios beneficios para meter en producción aquel otro nuevo mundo, lo que equivalía a salpimentar equilibradamente, por separado y conjunto, aquel verdadero salpicón de islas.

 

Para ordenar una producción sostenible, era menester gestionar trabajo y tributo, y la encomienda suponía el primero de ellos. Como recompensa a su esfuerzo colonizador, la Corona cedería al encomendero el tributo real de uno o varios pueblos. A cambio, so pena de perderla por incumplimiento, juraba defender su tierra frente a terceros y amparar y evangelizar a sus encomendados. Esta situación implicaba contratar un cura doctrinero, a quien pagar emolumentos en dinero y especies (arroz, mayormente), para cumplir con el cometido docente. La defensa de la tierra y sus naturales, le supondría la tenencia de un determinado número de armas y caballos de alzada o ibéricos, acordes a la magnitud de su encomienda, además de capacitar a sus élites indígenas para su correcto uso. Debía residir en la Alcaldía Mayor de la provincia donde se ubicaran sus pueblos tributarios, pero nunca en ellos, para evitar daños y molestias a sus encomendados. Quedaban estos obligados a labrar la tierra y pagar tributo al encomendero o al Rey, en dinero y especies. Otras obligaciones inherentes que gravaban al indígena, serían la de talar árboles, trabajar la madera, fabricar naves y desarrollar el transporte por tierra o mar especialmente, como bogas de pancos entre las islas, trabajos harto peligrosos para los no nativos. Y harto gravosos para la población autóctona, que iba a ver separados de las familias a muchos de sus hombres, enviados a los bosques del interior y a los astilleros periféricos en épocas de peligro exterior. Sumábase a ello que era trabajo penoso, insano y mal pagado, ingredientes suficientes para predisponer cualquier alzamiento indígena. Pero en aquellas islas, ni los nativos las habían hallado, ni los pobladores hispanos laboraban tampoco minas que pudieran propiciar una riqueza reversible, susceptible de invertirla en infraestructura para el despegue mercantil. Su oro y plata novohispanos, eran tal vez aquí las magníficas maderas que brindaban por doquier sus bosques, y a esta riqueza iban a dedicarse no pocos de aquellos primeros afanes. Pronto empezarían a talarse los árboles reglados, según especies y épocas de corte, a lo que contribuyeron las órdenes misioneras con estudios avanzados y experiencias propias.

 

La población india, mayormente localizada en las costas pero siempre dispersa y esquiva, se reveló difícil de domeñar por las encomiendas, a pesar del respeto guardado hacia sus autoridades tribales y regionales (los llamados gobernadorcillos, alter ego del cacique novohispano). Se había de aprovechar la estructura prehispánica del poder para controlar a la población, pero las comunidades nativas de los contornos capitalinos eran reacias a reunirse, dificultando los fines de instrucción, educación, y  tributos. Con ello, la tradicional encomienda hispana de allende el mar, trataba de abrir nueva trocha en la jungla cultural filipina, adjudicando para ello funciones capitales a los misioneros, encomenderos y jefes naturales indígenas. Uno de los principales cometidos de la evangelización prevista, era la socialización de aquella convivencia distorsionada entre los grupos nativos, a veces próximos, pero no necesariamente unidos. Se trataba de ligar los núcleos habitados dentro del ámbito alcanzado  por el tañer de una campana, la misma que desde la espadaña de cada parroquia llamaba a la oración de todos, al aprendizaje de todos, a la misa de todos, a la rondalla o el ensayo coral de los aptos. El área bajo la campana, era el nuevo terruño integrador. Se trataba en definitiva de una reproducción sincrética de los núcleos humanos o misiones de indios novohispanas, si bien eran estos menos evolucionados que los indios filipinos, donde etnias había que conocían la rueda, forjaban el hierro (forja malaya), dominaban la cultura del regadío (arrozales escalonados), tenían formas de escritura silábica y usaban la fuerza animal para arar la tierra al modo chino, con amarres enhebrados a los cuernos del búfalo carabao. En brutal contraste, otras etnias en cambio, desconocían el fuego. En todo caso, no era aquel archipiélago un mundus clausus como el  continente americano. Si bien los aborígenes filipinos no tuvieron fenicios que les enseñaran la fiducia o el alfabeto que gozaran los ibéricos 3.000 años antes, islas había que sabían de otras culturas y tratado con otras gentes. De forma desigual, por espontáneo y fuera de método, el poso de aquellos contactos con culturas periféricas avanzadas, había sedimentado en saberes adquiridos extra limes, que atesoraban por generaciones muchas de sus islas.

 

Con los funcionarios y los militares concentrados en la capital, la autoridad y prestigio de los religiosos que vinieron a convivir con los indígenas, capaces de aprender lenguas vernáculas para profundizar en sus problemas y catequizarlos en su propio idioma, alcanzarían cotas de respeto muy superiores a sus homólogos de América. Con ellos aprendieron que no es honroso para un caballero mancharse las manos al comer (léase prohibido comer con las manos), o a despedir el día con un Dios me la bendiga m´hija – Dios de lo bendiga m´hijo y sus variantes, habitual saludo paternal tras el crepuscular toque del Ángelus a lo ancho y largo del Imperio. Pero también a conservar el apellido del padre para facilitar reclamos y herencias en las judicaturas, lo que equivalía a sembrar de nombres españoles las estirpes nativas. Análogo problema al resuelto por Carlos V en la España que le recibió tras su llegada de Flandes, cuando se ordenó conservar en los hijos el apelativo familiar de su progenitor en contra del consuetudinario patronímico. Todos estos matices legales eran meras consecuencias del Sínodo de Manila (1582), donde las órdenes religiosas habían discutido el ya viejo dilema moral sobre la legitimidad del dominio español en las nuevas tierras y su ética salmantina; pero también cómo consolidar la aculturación de nativos, y acotar los límites territoriales del área activa para cada Orden. Este planteamiento buenista del clero, iba a chocar con frecuencia contra el criterio rigorista de la Capitanía, menos místico, más leguleyo. Mientras tanto, el mercado de Acapulco, que era visto por Llavezares como núcleo de un cometa de larga estela mercantil americana, precisaba diversificar sus proveedores asiáticos en aras de mostrarle un amplio abanico de ofertas. 

 

Felipe II había pensado en el comercio de especias con las Molucas portuguesas como telón de fondo, a través del brazo pacífico de una Nueva España ambidextra, que lo tomaba con su mano filipina y lo dejaba con mano sevillana. Pero la proximidad del gigante chino y la tradición prehispánica del comercio manileño con aquella costa, variaba su planteamiento original. El expedicionario Juan de la Isla habíase ofrecido como embajador en visita al Imperio Ming, para conocer el país por dentro  y ver la orden que se debe de tener, así para la contratación de la tierra, como la conquista, si V.M. fuere servido, con todo lo demás que me fuera encomendado, que a su servicio convenga…exponía en carta al Rey. Para seguir aclarando en nueva carta, que China es tierra muy grande, tanto que se tiene por muy cierto que confina con Tartaria…su tierra es tan buena y tan bien bastecida, que se cree ser la mejor del mundo…  dicen los moros que yo he hablado, que no son (los chinos) tan belicosos como nosotros… Inmerso en su contemporáneo mester de clerecía, Martín de Rada piensa en cambio más en las almas por cristianizar que en las riquezas por ganar; pero le insiste también al monarca sobre la prioridad comercial de China frente a las Molucas, incluso en la conquista militar de su Imperio, si preciso fuera…  Si S.M. pretende la China, que es tierra muy larga, rica y de gran policía, que tiene ciudades fuertes y muradas, tiene necesidad de hacer asiento en estas islas Filipinas… porque para conquistar una tierra tan grande y de tanta gente, es necesario tener cerca el socorro y acogida para cualquier caso que sucediere… toda su confianza (la de los chinos continentales) está en la multitud de su gente y en la fortaleza de sus murallas, lo cual sería su degolladero, si se les tomase alguna fortaleza, y así creo que mediante Dios fácilmente, y no con mucha gente, serían sujetados…  Pero Andrés de Mirandaola le advierte simultáneamente al Rey de lo prevenidos que están los chinos contra los portugueses, gentes de ojos y narices grandes, y que los castellanos no ofrecen con ellos distinción física alguna, por cuya razón serían tomados por tales. Les tildan de gente bárbara y blanca, a cuya causa están muy sobre aviso, tanto que a ningún portugués consienten salte sobre sus tierras… le comunica epistolarmente al Rey. San Francisco Javier había muerto sin poder pisar tierra continental china (1552), junto a tantos jesuitas martirizados por pisarla. Felipe II, hombre de convicción religiosa profunda, no considerará la invasión del Imperio Ming, sino en último caso, como una mies que precisa acceso libre para sembrar la semilla de nuevos cristianos, que el Evangelio refiere. Se inclina en cambio hacia el trato comercial, dada la proximidad de Manila al continente chino y su sólida tradición mercantil, pero cada uno en su casa… y Dios en la de todos, como bien decía el viejo refranero. Empero, la necesidad de hacer asiento en estas tierras, como le ha sugerido el sutil matemático agustino, le parece viable al Rey. Ahora que sabemos que la voluntad de V.M. es que esto vaya adelante, comenzaremos a bautizar a todos (los filipinos), porque aunque hay algunos cristianos, hubiera muchos más si supiéramos lo que ahora sabemos, le informarán los agustinos de Cebú, satisfechos por la decisión del Rey Prudente de no saltar a la China.

Figura 6: La China de las Dinastías Ming y Quing. Dibujo del autor

 

La sombra chinesca del Ming se proyectaba sobre las islas del poniente. Crónicas de aquel Imperio y Dinastía relatan que en 1372 la corte de Nanking había recibido embajadores islámicos de Luzón con tributos para el emperador Yung Vu. Las mismas crónicas hablaban de la aparición en costas del Celeste Imperio de los primeros fo-lan-ki (hombres franquicia o portugueses) algunos años más tarde. Y que otros folanki posteriores, eran los fundadores de un nuevo enclave en Luzón, que los amanuenses chinos revisten de un aura cuasi-mítico. Estos nuevos folanki eran los novohispanos de nuestra Manila, tornados pronto en los kastilas del mundo filipino.

 

Poco a poco seguían los portugueses hilando su copo. Desde su base de Malaca, Jorge Álvares en 1514 había llegado a la isla de Tamou en la embocadura del Río de las Perlas, donde levantó un pedrao en memoria de su desembarco; vuelto a Malaca, repetiría viaje a Cantón cuatro años más tarde. Para entonces Rafael Perestrello había aportado en Cantón en 1515 y repetía puerto al año siguiente. La concurrencia de los folanki en el delta empezaba a ser un hecho frecuente. En 1518 Simón de Andrade, al mando de una escuadra de cuatro naves, desembarcaba de nuevo en Tamou, donde construye un fuerte de piedra y madera, que artilla para defenderse de posibles agresiones. Una vez cargada su flota de bastimentos, y luego de extorsionar el tráfico del Río de las Perlas y comprar gran numero de muchachas, Andrade abandona el lugar, dejando tras de sí el odio de los ribereños, inermes ante la falta de respuesta de la armada imperial. La Crónica china cuenta estas peripecias a su modo: De pronto llegaron dos grandes buques que dijeron venir de la comarca Fo-lan-ki…Las gentes de a bordo tenían todos ojos y narices muy grandes…y el jefe de sus barcos se llamaba Ca-pi-tán nos dice Ming en un aparte nominado El Arte de la guerra…  Pero aquellos folanki, de grandes ojos y napias, aquel quevedesco tipo de peje espada muy barbado, iba a pasar por delante de sus propias ñatas, menos grandes, menos espolones de galera, para alcanzar en 1515 la costa de Guandong, la de Fujián en 1540, y dejarles con dos palmos de alquitaras pensativas en 1542, cuando habían arribado ya al Japón y establecido una base en él…

 

Los desmanes cometidos por Andrade en el Río de las Perlas, hicieron reaccionar a los mandarines de Cantón, el gran puerto chino del delta, que prohibieron la entrada de nuevos folanki mediante edicto fijado en las puertas de la ciudad. Los hombres de barba luenga y grandes ojos, no serían en adelante tolerados en los dominios del emperador, anunciaba con rotundidad su texto. Duarte Coelho en 1521 vería bloqueado el acceso de sus naves río arriba camino de Cantón, que lograría soslayar al cabo de un año no sin antes librar combates que le despejaran la ruta. Nuevo silencio vergonzante del ejército imperial, que obligó a los cantoneses a construir bastiones artillados, que emplazaron estratégicamente en las riberas del río. Alfonso Martins de Melho Coutiño encontró ya en 1522 una cerrada defensa artillera que hundió una de sus naves y hubo de poner a salvo las maltrechas cinco restantes que regresaron a su base de Malaca, dejando abandonados en la ribera más de un centenar de hombres, veintitrés de los cuales se sabe fueron descuartizados, ignorando pero suponiendo la suerte del resto. La criada resultaba respondona. Perdido aquel mercado, buscaron los portugueses nuevos asentamientos más al norte. Desde 1522 habían logrado arraigar en Ningpó, donde una colonia que llegó a contar con trece mil malayos y chinos cristianos junto a 800 folanki, se dedicaba masivamente a la lucrativa rapiña de enclaves costeros indefensos. Una masiva reacción de campesinos por tierra, acabaría con los habitantes de la colonia, robando las mercancías del puerto y poniendo fuego a todo cuanto no pudo cargarse en los barcos que escaparon a la vela (1546). Para suerte de los sobrevivientes, hacia el año 1542 naves merchantas del propio Ningpó habían comenzado a navegar hacia las costas japonesas de Kyushiu, donde negociaron rentar una islabase portuguesa próxima a Nagasaki, que veíase ahora convertida en receptáculo de residuos de aquella masacre ocurrida en la costa china.

 

Como laboriosas hormigas iban a seguir los portugueses explorando el litoral, negociando mercancías en los puertos que consentían recibirles. En 1547  lograrán fundar un nuevo enclave en Chincheo (Fujián) , pero el retorno al pasado de los desmanes costeros, llevados a efecto ahora por Botelho de Sousa, les costaría volver a los días de fuego, con trece de sus naves cargadas ardiendo en el puerto, y sus 500 habitantes pasados a cuchillo. Solo trece de ellos pudieron escapar sem cousa que valesse um só real…  Fernando Méndes Pinto entre ellos, para contárnoslo. En la isla de Shangchuan, a 14 millas al SW de Macao, iban los portugueses de nuevo a intentar otro establecimiento, pero sin éxito esta vez, porque serían expulsados en 1552. Año que vería morir en su playa a San Francisco Javier, el Divino Impaciente de José Maria Pemán, vate que soñara ver, vencida de tanto hacer, frente al mar y al oleaje…  sola, en aquel paraje…  iba a rendir su viaje, la barquilla de Javier…  

 

Todavía se aferrarían los lusos a los peñascos de la costa de Guandong en la isla de Lampaçao (1557), donde malvivieron hasta conseguir un acuerdo con los mandarines de Cantón, primer paso para lograr que les arrendaran el cercano tómbolo de Macao, del que años antes habían sido expulsados. La inteligente propuesta lusa de poner su fuerza a la orden de las autoridades de Cantón, alternativa a su rapiña y pirateo en la comarca del delta, hizo entender a todos lo conveniente de aquel trato. Muchos habían sido los comerciantes portugueses que desplegaron su beneficiosa actividad desde Malaca, golfo de Siam y Mar de la China hasta  Ningpó y Formosa, comprando y vendiendo legalmente sus productos. Pero fue la piratería, y el maldito robo y comercio de muchachas para vender en la India, lo que dejó flaco registro en la crónica negra del Imperio Ming.

 

El ataque del pirata chino Chan Giusilau con su flota de juncos, en arribada a Macao para extorsionar el tráfico del río y desvalijar a los pescadores que faenaban en el delta (1557), iba a ser una ocasión propicia para borrar el baldón de su crónica negra. Solicitada ayuda a los portugueses para ahuyentar aquella plaga, una armada de galeones llegada de Lampaçao destrozó la flota de juncos y exterminó en tierra a todo pirata viviente. Tan a fondo se emplearon los folanki, que incluso se les pidió doscientos artilleros más para defender Pekín de una horda tártara que acosaba en aquel momento la capital del Imperio. Pero cuando llegaron, la bandería nómada había levantado ya el cerco, noticia que se propagó por la China costera como una señal del temor que sentían ante el poder artillero de los lusos. Era un nuevo tiempo en que su prestigio se consolidaba. Aquel mismo año les sería concedido por el Emperador Jiajing el permiso de permanencia en la añorada Macao, mediante pago anual de una cantidad simbólica de taels. Nació así la Cibdade do Nome de Deus do porto de Macau, primer contacto estable y duradero entre el mundo chino y la Europa renacentista…  la que representaba para Ortega y Gasset una perfecta coincidencia entre las aspiraciones y las realidades de su sociedad contemporánea. Pero para la milenaria China y su agónica Dinastía Ming, no eran sino tiempos decadentes, con aspiraciones lejanas a sus realidades, y donde las dudas, la inseguridad y la impotencia, se palpaba en el día a día de sus gentes. A ello sumábase la amenaza manchú de la Dinastía Quing, las revueltas internas, el poder de los crecidos eunucos y el despotismo de los aristócratas locales.

            Figura 6 a: Primer mapa de China (1555) llegado a Europa (1574)

                                            Archivo General de Indias

 
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Contexto Histórico de Manila – I

Figura 1: Escudo heráldico de la ciudad de Manila

                    

Fernando de Magallanes, en su tentativa de acceso a las Molucas navegando al Oeste, había incorporado a la Corona de España el futuro archipiélago filipino con el nombre de Islas de San Lázaro, sin haber dejado embajadores ni poblaje, antes de morir en desgraciada refriega con los naturales de Mactán (1521), una de sus 7.000 islas. Viaje que culminaría su piloto Juan Sebastián Elcano, con dieciocho supervivientes y tres años de penurias, en una gesta autofinanciada con las especias que pudo cargar en su maltrecha nao Victoria, tras furtiva escala en Tidore. Pero el navegante portugués no había llegado por casualidad a las Islas de San Lázaro. Ido a la India en 1506, y establecido en la Malaca recién conquistada por los portugueses, colabora allí con su Virrey Alfonso de Alburquerque en muchas de sus campañas exploradoras. En 1512 viaja a la isla filipina de Mindoro, donde se convence de la pertenencia del archipiélago al sector español del Tratado de Tordesillas. Por sostener ante los expertos, que al prolongar la demarcación de ese Tratado hasta las antípodas también el Malucco caería en aguas castellanas, fue enviado de regreso a Lisboa por su Virrey. Estas razones le serán expuestas a Carlos V por el propio Magallanes en Sevilla (1517). El joven rey, recién llegado de Flandes, autorizaría la famosa expedición a las Molucas, que se haría a la mar dos años después.

 

El Mar del Sur era un inmenso piélago vacío, inédito en los mapas europeos del primer cuarto del siglo XVI. Solo los navegantes portugueses, cartografía secreta en mano,  se aventuraban  cabo Buena Esperanza y Mar de la India avante, hasta las Islas Molucas y el Mar de la China. Era la secreta Ruta de Oriente, cuyas costas habían salpicado los lusos con sus factorías. Ajustados casco y velamen al itinerario de Leste, sus naos eran capaces de navegar al descuartelar y de través con vientos del levante poco propicios. Con aquellas velas redondas de algodón, tejidas con hilos de espesor variable y zigzagueante urdimbre de lino, doblaban África y remontaban monzones y corrientes adversas hasta Malaca, Ternate, Macao y Nagasaki tras diez meses seguidos de hendir con sus rodas unos mares vírgenes para Europa. La equilibrada conjunción de velas cuadras y de cuchillo, casco redondo y timón en falso codaste, iban a propiciar el nacimiento del ibérico galeón, nave manca legendaria, de la que sin duda era lusitana parte importante de ella y sus futuros logros.

 

Tan temprano como el año 1510, habían los portugueses doblado el Estrecho de Malaca y ocupando su Península. Informado Alburquerque en Malaca de que las tan cotizadas especias en Europa, procedían de un grupo de islas nombrado allí como El Malucco (Maluku en malayo), no tarda en enviar una flota en su búsqueda. Tres serán los capitanes que la comanden, Antonio de Abreu, Francisco Serrao y Simón Alfonso Bisagudo, que con pilotos malayos pasan costeando las costas norte de Sumatra, Java, Flores y Timor, para llegar, finalmente solo Abreu, a la isla de Banda. En un mar frecuentado por comerciantes moros o malayos, siguiendo insistentemente el rastro de la nuez moscada, preguntando a cuanto pescador o navegante se topa en su rumbo aterrado, acaba por dar con Ambón, una de las islas expendedoras de especias. Dispersado de sus compañeros y perdidas sus naves entre los acantilados de Boano, Serrao compra un junco y con él arribará a Ternate, la potencia dominante de la región de la especiería. Allí iba a ser bien recibido por su poderoso Sultán como jefe de mercenarios a su servicio, aunque algún tiempo después moriría envenenado, tal vez por el propio régulo de la isla, se sospecha hoy. Una vez arraigados en el archipiélago tras múltiples peripecias, los portugueses fundarán factorías y fuertes en Ambón y Célebes, desde donde van a entablar relaciones con otros sultanatos de Adoara y Flores. Poco a poco establecerían una red comercial entre Malaca y las Islas de las Especias o Molucas, como al final acabaría nombrándolas el Occidente todo y Lisboa, el gran mercado europeo del momento. 

                                      

Figura  2: Serrao rumbo a Ternate  

                        

Las naves españolas de Elcano y Gómez de Espinosa, sobrevivientes de la magallánica gesta, pasarían por Tidore unos años más tarde (1522): habían aprendido ya que el Malucco era un archipiélago con cuatro sultanatos (Ternate, Tidore, Gilolo y Bachan) eran los verdaderamente relevantes, por número de especias diferentes, por espacio productivo y por capacidad de gestión. El primero, una pequeña isla cónica con  cráter en la cumbre, controlaba la parte occidental de Halmaera  y las Célebes, además de otras pequeñas islas del Mar de Banda hasta la gran isla de Java. El segundo, de similares dimensión insular y cono volcánico, controlaba la mitad oriental de Halmaera e islas Ambón, Haruku y otras menores hasta las costas de Nueva Guinea. Informados de la rivalidad de ambos sultanes, Elcano y Gómez de Espinosa iban a cargar especias en Tidore, silentes y ajenos a la tirantez entre las islas, pero serpeando discretos la presencia portuguesa de Ternate. Ambos conocían la prohibición y el peligro de surcar aguas lusas, tantas veces explicado por Magallanes, el gran discrepante de aquel intrincado islario. Mientras los portugueses consideraran las Molucas como demarcación propia, debían desaparecer de allí cuanto antes, so pena de prisión o muerte. En cambio, la inopinada aparición de España sintiola Tidore como venida del cielo, en tanto fortalecía su posición ante al sultanato rival; pero había que esperar, porque aquellos españoles carecían de medios para hacer valer su presencia por las armas. Elcano carga de especias su nao y se pierde en el Índico. Gómez de Espinosa enrumba a Nueva España con su nao ahíta de clavo en un viaje imposible. Su maltrecha nave, carcomida de broma  y embebida la tablazón del casco, no puede seguir navegando, tiene que carenar. Y no habrá lugar a ello: es capturado por los portugueses y encarcelado. Cinco años más tarde sería liberado en Lisboa con otros cuatro supervivientes más.

                            

Figura 3: Islas Molucas o de las Especias. Derrotas de Elcano, Villalobos y compañeros (Dibujo del autor)

 

Cualquier integrante frustrado de las expediciones al sudeste asiático, una vez regresado a Lisboa, convertíase en oráculo exótico de cuanto en las Molucas había conocido, para quien quisiera escucharle. Era aquella una sociedad entusiasta del conocimiento y la acción, que vibraba con las hazañas, leyendas y fantasías, que corrían de boca en boca sobre sus paisanos en ultramar. Alguno de ellos, regresado de la Península Ibérica a Nueva España, como Guido de Llavezares o Andrés de Urdaneta,  amadises redivivos de caballerías extintas, participaban del interés general exprimidos por la curiosidad popular, contando pasadas experiencias en aquel mar sin retorno, o su vuelta al mundo como nuevos elcanos del Índico. Otros, como el burgalés Gómez de Espinosa, pasaron a desempeñar consejerías o capitanías de la Casa de Contratación de Sevilla.

 

Los portugueses habían llegado primero a las islas Molucas. Sus cartógrafos defendían en las cancillerías la pertenencia de este archipiélago y el filipino a la semiesfera portuguesa del Tratado de Tordesillas, con el mismo denuedo que lo hacían en las propias islas sus hombres de guerra. Numerosos iban a ser los enfrentamientos entre peninsulares lusos y castellanos por poseerlas, dentro y fuera de ellas, castellanas algunas, lusas otras, perdidas hoy, ganadas mañana. Luego de prolongados desencuentros, el Tratado de Zaragoza (1529)  con la fijación del antimeridiano de Tordesillas, pretendía poner un principio del fin en aquella lejana contienda. Las conclusiones cartográficas del nuevo Tratado, apreciaban en principio la verosimilitud de los argumentos lusos. Y Carlos V, que no quiere más guerras de las que ya tiene, cierra la posición española vendiendo su opción sobre las Molucas a Juan III de Portugal, a cambio de retener la entera posesión del archipiélago filipino. España se retira del Malucco, y Portugal se compromete a repatriar a los españoles desperdigados en las islas por aquella guerra, lo que hará mediante las naves que retornan a Lisboa por la Ruta de Oriente. La dificultad de asumir la nueva posición pactada en aquellas latitudes, bien por carencia de información, desconfianza del contrario o intereses particulares de toda laya, iba  no obstante a prolongar la pugna con esporádicos enconos.

 

En 1542 Ruy López de Villalobos con 6 naves y 400 hombres, sale del novohispano puerto de Navidad para llegar a Mindanao, después de haber constatado varios avistamientos y cartografiado nuevas islas Marshall, Carolinas y Palaos. El archipiélago de San Lázaro será nombrado en sus mapas como Islas Filipinas, en honor del príncipe heredero, el futuro Felipe II.  En uno más de estos enconos cíclicos, el gobernador portugués de Ternate acusa a su expedición de pillaje y piratería sobre islas que supone asignadas a Portugal por el Tratado de Zaragoza. No obstante ello, tras una penosa estadía pasando hambres, necesidades y las muertes que padecimos… se ve obligado a buscar refugio en las Molucas, a sabiendas de la esperada reacción negativa de los portugueses de Ternate. En Ambón moriría Villalobos, atendido por el propio San Francisco Javier misionando a la sazón por aquellas tierras. Desde la misma Ambón, sus capitanes Bernardo de la Torre e Iñigo Ortiz de Retes intentarán incorporarse a Nueva España, Pacífico través, sin conseguirlo. El primero de ellos hacia Japón, atravesando el laberíntico islario filipino hasta descubrir los Estrechos de San Bernardino y San Juanico, luego de haber recorrido y cartografiado 5.000 km de aquellas costas; el segundo hacia Leste, donde se topará con una gran isla que llama Nueva Guinea, que debe orillar cuando vientos y corrientes contrarios le obligan a volver. Retornarán una y otra vez a las Molucas, incapaces de enrumbar ruta alguna que posibilite el obsesivo tornaviaje hasta las costas que les vieran partir. Solo llegarían a España unos pocos supervivientes por la vía del Índico, eternos pasajeros en naos portuguesas, favor logrado por la emperatriz Isabel de Portugal, regente de la Corona Española durante las largas ausencias de su esposo. Y ello, cumpliendo sucesivas prisiones en factorías lusas de la Ruta de Oriente, alternando tierras y barcos durante al menos tres años, hasta alcanzar finalmente Lisboa.

 

En 1559 el rey Felipe II  inicia una política activa en las islas del poniente, poseídas por su Corona desde aquel desembarco primero. Con orden de fletar una nueva expedición a las Filipinas, dada a Luís de Velasco Virrey de Nueva España, insiste en respetar la pertenencia lusa del Malucco, porque no contravenga el asiento que tenemos tomado con el serenísimo rey de Portugal. Pero con la muy clara idea de encontrar el buscado tornaviaje al virreinato desde el Pacífico occidental. España, sumida en la conquista y poblamiento del continente americano y su defensa frente a terceros, no podía acometer con éxito la posesión fáctica de las Filipinas. Desde la lejana metrópoli, su enjambre de siete mil islas en el fin del mundo, era un damero maldito entrelazado por la piratería malaya, china o japonesa, el corso musulmán y las rivalidades entre régulos isleños. Por razones análogas, quizá tampoco los portugueses parecían haberlo intentado más allá de la retórica.  Lo intentaría ahora la Corona española desde el Virreinato de Nueva España, a cuya jurisdicción iban a quedar adscritas estas Islas del Poniente.

Figura 4: Islas Filipinas. Derrotas de Magallanes-Elcano y Villalobos

(Dibujo del autor)

 

La expedición colonizadora se verá interrumpida por la muerte del virrey Velasco, que alcanza a retrasar su salida del Puerto de  Navidad (1564). A su frente va como Adelantado el guipuzcoano Miguel López de Legazpi, ex alcalde ordinario de la ciudad de México, prestigioso hacendado de la capital y padre de una familia numerosa; como cosmógrafo, el no menos prestigioso agustino Andrés de Urdaneta, pariente suyo enclaustrado desde hacía 12 años en la capital virreinal, alejado ya de cualquier expectativa de olvidada fama. Según la mucha noticia que diz que tenéis de las cosas de aquella tierra y entender, como entendéis bien, la navegación della y ser buen cosmógrafo, sería de gran efecto que vos fuésedes en dichos navíos…  le pide el Rey en misiva personal, rogándole la asesoría in situ de la empresa, que el fraile acabaría por asumir con el permiso de su prior. Acompañando al hacendado capitalino, concurre un grupo de gentilhombres de su confianza, como Felipe Salcedo (nieto suyo), Guido de Llavezares, Juan de Pacheco, Andrés Mirandaola (sobrino de Urdaneta), Martín de Goiti…  un total de 380 hombres de mar y armas, además de cinco frailes agustinos elegidos por sus conocimientos científicos. Todos los frailes son expertos geógrafos, pero sobre ellos descuella Martín de Rada gran matemático, geógrafo y astrólogo, consultor y apoyo de Urdaneta, además de inopinado y excelente cronista de aquellas jornadas. La expedición se hace a la mar en cinco naves de variados arqueos y calados, aptas para afrontar tanto la navegación franca en mar abierta, como en las aguas someras coralinas. Todo lo llevan pensado.

 

A 100 leguas del Puerto de Navidad, Legazpi abre la Instrucción lacrada, cuyo contenido conocía en secreto, donde se exponen los objetivos de la expedición que la Real Audiencia de México, en ausencia de Virrey, le encomienda. Urdaneta y demás frailes van a sentir profunda contrariedad tras su lectura, al comprobar que se dirigen a las Filipinas, que según sus cálculos caían en área portuguesa, razonado argumento sobre planos que le había expuesto en vida al Virrey. En realidad, todos creían ir a poblar Borneo o islas adyacentes. Correréis al sudeste en busca de la costa de Nueva Guinea, les había explicado Luís de Velasco pocos meses antes de morir, pero la Audiencia les ordenaba ahora se hiciese viaje derechamente a las islas Filipinas. No iba a ser este primero el único desencuentro entre los hombres del Rey y los de Dios: era un mismo empeño pero con visiones y sentires diferentes. La Instrucción recibida, apuntaba a forzar una política de hechos consumados, frente a la reticente posición lusa en aquellos mares. Llegará la expedición a Guam y a las Islas de los Ladrones (Marianas), que Magallanes denostara por la compulsiva rapiña de sus gentes. Legazpi toma solemne posesión de ellas en nombre del Rey, y Urdaneta le sugiere y ruega que el buscado tornaviaje a Nueva España sea intentado, en nombre de Dios, no más allá de estas islas. Quiere con ello escapar al rubor de su conciencia. Pero el Adelantado  reafirma su voluntad de llegar a las Filipinas y cumplir el mandato real, aunque su tonsurado pariente rehuya participar en una conquista que juzga, con mente objetora, legalmente dudosa. Tras lo cual, el agustino asumirá su rol científico, acrítico y obediente con su Rey y su Gobernador y Capitán General de la Armada, además de allegado y paisano, nombrado por la Real Audiencia de México para emprender la experiencia oceánica solicitada por Felipe II.

 

Unos meses después pasarán los expedicionarios a Samar y a Cebú, islas de las que Legazpi va tomando sucesiva  posesión de forma pacífica, negociada una a una en nombre de la Corona. Asentado en esta última tras un Sandugo o pacto de sangre con régulos insulares como Sicatura (Bohol) e imponer tributo a los nativos, funda la Villa de San Miguel (mas tarde Ciudad de Cebú), primera ciudad novohispana más que española, de Filipinas, desde donde acometer incursiones exploratorias en otras islas. Se prepara desde ella el tornaviaje, cuyo éxito o fracaso gravita sobre la vida de los expedicionarios y el futuro de la empresa, en la que el Adelantado había invertido gran parte de sus bienes. Si falla, conocen por bocas de Urdaneta o Llavezares la vuelta a Nueva España que le espera a quien a ella llegare, sujeta a la venalidad de los ofendidos portugueses de Ternate o Macao. Puede durar, en el mejor de los casos, años de penalidades por la Ruta de Oriente, desgranando tantas factorías, prisiones y sentinas como etapas, hasta aportar finalmente en Lisboa. Como ellos mismos y el montero Gómez de Espinosa habían experimentadoen propias carnes. Por fin en junio de 1565 surge de regreso la nave San Pedro con 200 hombres al mando de Felipe Salcedo, joven entonces de 18 años, arropado por la patriarcal autóritas del ya maduro monje agustino.

 

Como superviviente cuando joven de la expedición Loaysa-Elcano, y forzado a permanecer ocho años combatiendo en las Molucas hasta ser repatriado por Oriente, Andrés de Urdaneta había hecho de la necesidad virtud, estudiando profundamente el tornaviaje, luego de hablar con los portugueses y moluqueños y cuanto navegante chino, siamés o malayo se prestase a oírle y entenderle, aumque le fuera arrebatado y perdido su patrimonio gráfico en Lisboa. A bordo del San Pedro, buscará ahora el paso franco hacia el Pacífico por el Estrecho de San Bernardino, entre Luzón y Samar. Superado el estrecho, ensayará una ruta experimental rumbo norte  hacia la isla  Iwo Jima, referenciada en su día por Bernardo de la Torre, dejándola por babor para proseguir rumbo hacia las costas japonesas de Kyushu y Shikoku, ganando nordeste hasta el paralelo 42. Tras sentir los frescos contralisios del noroeste en las velas, enrumbará a Leste para tomar por popa el viento que le adentre en el familiar Kuro-Shivo de los pescadores japoneses. El flujo oceánico debería catapultarle, junto con su oscuro plancton de pizcas luminosas, hacia el continente americano. Muy al norte de la Alta California, en efecto, aparecerían las velas del galeón San Pedro casi cinco meses más tarde. Tras virar al S.E, favorecido por la Corriente de California, bordeará el litoral continental hasta largar amarras en Acapulco. Entre los supervivientes no había más de 18 hombres que pudieran trabajar, porque los demás estaban enfermos, nos dejaría dicho el nuevo piloto que, tras asumir su cargo por muerte del titular, alcanza a entrar en aguas calmas. Habían descubierto y documentado el tornaviaje. Sin él no hubiese sido posible el apoyo a Legazpi y su avance repoblador, ni el comercio con la metrópoli a través de Nueva España que Felipe II soñara. Con él iba en cambio a nacer la Carrera de Filipinas, que durante dos siglos y medio habría de unir con poderoso nexo el Oriente a Occidente: la correa de transmisión económica y cultural más potente del mundo, activa durante las épocas del Barroco y la Ilustración.

 

La noticia del éxito la recibiría Legazpi en Panay con el arribo del galeón San Jerónimo (1566) repleto de bastimentos y reses, y la buena nueva de la próxima llegada de 2.100 colonos y soldados novohispanos (1567). Su salto mortal al vacío, había encontrado ya una protectora red. Era la vía de los españoles y criollos que iban a traer a Filipinas la encomienda, la rueda celta de llanta férrea, el arado de reja y la trilla de tracción animal con yugo y collera para uncirlos, el cerdo ibérico, el reloj, la imprenta, el telar, el chinchorro amerindio y las técnicas constructivas de sus palacios y catedrales en piedra sillar o mampuesta, incluso los planos para construirlos. Traerán a las islas café africano, caña de azúcar canaria, trigo europeo, tomate, papas, chirimoya, aguacate, tabaco, calabazas, cacao, piña, yuca y maíz americanos, a la vez que aportan sus desconocidos mulos, burros, vacas y ovejas aclimatados en la Nueva España, que vienen ahora a compartir cabaña con los carabaos filipinos, las pequeñas vacas chinas y algunos caballos mongoles de baja alzada, introducidos generaciones antes por comerciantes chinos y malayos. Iloilo y Manila poseerán vacadas bravas y plaza de toros, para lidiar en fiestas las nuevas reses autóctonas. Y la religión como especial cometido, la religión de Cristo, ya inicialmente sembrada a lo largo de la Ruta de Oriente por los jesuitas, llegados hasta el Japón en naos lusitanas. Estaba germinando en el lejano oriente, no sin alternos renglones humanos de escritura tuerza, lo que el historiador británico Arnold J. Toymbee consideraba como energía ibérica, un árbol bajo cuyas ramas, todas las naciones de la tierra han aprovechado para cobijarse. Y esa energía ibérica era polarizada entre la pequeña España y el diminuto Portugal, al decir asombrado de Stefan Zweig, los dos reinos peninsulares que, tras abarcar el globo terráqueo con sus tentaculares brazos a Leste y Güeste, volvían a estrecharse la mano en las antípodas, ante los glaucómicos ojos de los europeos atlánticos. Pero poseídos del afán de lucro más que del amor a la gloria, héroes sin saberlo en infinitas ocasiones…se miraron siempre con recelo mal disimulado…y en más de una ocasión, encendieron las mechas de sus cañones, nos resume gráficamente el ánimo humano y político que impregnaba los ibéricos empeños, aquel delicioso Eduardo Toda del noventa y ocho español, connotado sinólogo de su generación, dormido hoy en nuestros estantes.

Figura 5: Planisferio filipino (Dibujo del autor)