Contexto Histórico de Manila – III

Figura 7: Estrecho de San Bernardino. Entre Samar y Luzón

El descubrimiento del tornaviaje iba a promover un profundo estudio de geógrafos y navegantes del Consejo de Indias. Urdaneta dejará oír su voz, convocado por Felipe II en Madrid, para determinar la pertenencia o no de las islas Filipinas y las Molucas a España. Dado el impreciso cálculo de longitudes geográficas con los aparatos al uso del siglo XVI, no alcanzará acuerdo alguno la discusión entre los juristas y los tecnócratas del Consejo. Paradójicamente, ambos archipiélagos caían en el sector español según el Tratado de Tordesillas, pero lo hacían en el portugués según el Tratado de Zaragoza, a pesar de materializar una opuesta diametralidad teórica entre sus meridianos respectivos. Faltaban dos siglos para que el relojero Harrison descubriera y probara su cronógrafo, decisivo paso para determinar con exactitud la hora presente del referencial meridiano cero, y la hora y amplitud del arco de paralelo donde se encontraba el observador. En definitiva, la longitud geográfica del expectante. El medieval reloj de arena y el renacentista de péndulo, como infalibles medidores del tiempo en barcos zarandeados por el azar y las olas, quedaba como una referencia imperfecta de las épocas heroicas. Además de geógrafos y jueces que intervinieron en las disquisiciones de Madrid o Lisboa a propósito del Tratado de Zaragoza (1529), el cosmógrafo Alonso de Santa Cruz en su Dictamen sobre las Islas Molucas, había concluido su ponencia con un argumento jurídico impecable: Cuando el Papa Alejandro VI promulgó la Bula divisoria de áreas geográficas a descubrir y repartir entre los ibéricos reinos, se hablaba de la faz conocida de la tierra, no extensible a un hipotético antimeridiano, que repartiría un mundo desconocido donde siempre había imperado la Res nullíus Lex o derecho del descubridor a tomar posesión de lo hallado. Esta ley consuetudinaria, tácitamente asumida por los reinos europeos, consideraba tierra adjudicada al primer ocupante conocido que la posesionara para su rey, caso de no existir reclamación previa pertinente. Tal el caso de las Filipinas, jamás reclamada su posesión por portugués alguno, según afirmaba el connotado cosmógrafo, y en cambio, tomada en nombre de la Corona española por Magallanes. El Consejo de Indias, no pudiendo dar por unívocamente válida la posición asignada al antimeridiano, iba a desautorizar a los polemistas cartógrafos litigantes, entre un sin fin de réplicas y contra réplicas. Este nunca acabar había decidido a Felipe II a impulsar con firmeza la ocupación de las Filipinas. El dilema ibérico y sus iterados enconos seguirían vigentes; solo iban a terminar cuando ambas Coronas confluyeran sobre la testa del rey español (1580). Entonces, aunque lejos de conocer un riguroso medidor de tiempos universales, fueron sin paliativos asignadas las Molucas a  Portugal y las Filipinas a España, que por otra parte habíase mostrado siempre más flexible con su vecina ibérica, especialmente a la hora de trazar las fronteras del Brasil. En realidad, quedaba zanjado momentáneamente el viejo dilema de la territorialidad asiática esbozado ya en tiempos de Carlos V. Cuando ambas Coronas volvieran a separarse de nuevo, en su particular zigzag histórico, la portuguesa no estaba ya en condiciones de reclamar con las armas nada a la española, todavía puntera potencia atlántica.

Los primeros años de la Manila hispana, iban a estar dirigidos a recuperar su pasado mercantil de regusto malayo, japonés y chino, y su futuro, a potenciar el comercio con los vecinos reinos.¡Aquellos chinos comerciantes que Legazpi liberara, eran su tesoro! Regresados con el monzón siguiente, traerían diez shampanes con todo un muestrario de los productos que intuían ser apreciados por aquella inquieta marea de soldados, colonos, funcionarios y religiosos, folanki llegados del mar. Y aquellos ñatos orientales, resultaron estar dotados del agudo olfato que camuflaba su alicorto apéndice nasal. Un hormiguero humano a quince días de la costa china de Guangdong o Fujián, era ahora la vieja Maynilad rediviva, que enviaba y recibía, a través del infinito mar, poderosas naves capaces de vomitar fuego por cuarenta bocas, y engullir ofertas continentales de cumplidos pagos en plata fina. Al contrario que los japoneses, los cañones no les impresionaban, al fin y al cabo ellos conocían la pólvora desde la Dinastía Tang (618-907) aunque la emplearan para fuegos de artificio. Las armas de fuego tampoco les interesaban. En cambio, admiraban aquellos galeones majestuosos, altos de bordo para la ola oceánica, que observaban curiosos desde la escollera del Pásig una y otra vez. Con tres mástiles y velas de algodón superpuestas como trapo eficaz y regulable, airosos, artillados por ambas bandas a dos puentes y fuego en andanada, eran máquinas de navegar con soberbias popas encastilladas, elegante arrufo y bauprés en agujón, que aunaba  a su belleza un buen andar con todo viento. Con gobernalle de rueda encabillada para virada lenta y progresiva, su timón de codaste, indemne a la guiñada súbita por golpe de mar y equilibrado frente al tangar de las olas largas, jamás perdía su paleta por arranque: eran capaces de empopar el viento largo y mar profundo lejos de las costas, sin guiñar el rumbo ni perder la pala. Con el tamaño preciso para no quebrar su quilla entre crestas consecutivas, ni el combés sobre una cresta aislada, siete lunas tardaban aquellos galeones en dejar sus productos allende el mar, y diez en retornar para cargarlos de nuevo. Recordaban los sangleyes que la Crónica Ming hablaba de una época en que los almirantes reales navegaban por el Índico en grandes juncos de popa plana con timón de caña y pala. Llevaban productos chinos a la costa malabar y aun más allá, pero de eso hacía muchas generaciones y las crónicas callaron un día para no citarlos más. ¿Será que dichas embarcaciones realmente no cruzaron el Índico? ¿Leyenda o fake news de la época? Se trataba de Juncos de más de 140 metros de eslora, nos cuentan los escribanos de la corte. Hoy sabemos que en mares agitados con longitudes de onda de esa magnitud, ninguna estructura razonable de madera soporta la tracción/compresión alternativa a que le someten las olas. En el siglo XX, se cuentan por cientos los petroleros de acero partidos por esta fatiga. De ser cierto lo narrado en las crónicas, la estructura de aquellos juncos, hubieran partido su espinazo como dragón anciano, al decir de una tradición oral, tal vez cierta, porque nunca más volvieron verse ni a ser citados. Por eso confiaban en los robustos galeones con su cola de ballena, y sus kastilas del buen pago en buena plata, a bordo. Pero esta confianza mutua depositada en barcos y hombres que se llevaban sus haciendas allende el mar, habrían de pasar durísimos días de prueba cuando el mar se cobrase sus victimas en vidas y haberes. Era la ley del mar y lo sabían. Al fin y al cabo allí se alejaban sobre las olas sus haciendas y el porvenir de sus hijos, en manos de kastilas y ayudantes tagalos, y un porcentaje de ellos, cifra fija no pequeña, encontraría segura muerte antes de tocar tierra. Aunque su confianza en los kastilas de Legazpi, el manumisor de esclavos chinos, era absoluta, los sangleyes arriesgaban mucho en cada navegada del galeón. El riesgo parecía agigantarse, y los corazones retumbar, cuando el galeón, disparado ya sus salvas de salida, se alejaba hacia la bocana de la bahía a la vista de los comerciantes manileños, que soñaban ver aparecer de nuevo su perfil pasadas las diez lunas de azares y temores.

El mercadeo inicial había resultado un éxito, y para el año siguiente anunciaban los sangleyes nueva flota con sus shampanes de timón de espadilla, capaces de traer exóticas mercancías desde lejanos puertos, que se vendía como maná de primavera, en el mercado de Acapulco. La tradición iba a nutrir por extensión el comercio y la vida de la virreinal Manila, manantial de un quehacer urbano inédito en las islas, base del mercado internacional que para tres continentes se estaba gestando. En adelante, con el monzón favorable de mayo y junio, llegaban 20 ó 30 shampanes que fondeaban en la bocana del río Pásig, cifra que llegaría a duplicarse en su época dorada, con nuevos residentes y una variada oferta de manufacturas a cual más tentadora a ojos de la sociedad novohispana. Tafetanes, mantones “de Manila”, abanicos, sombrillas, sedas, biombos iluminados, baúles y joyeros lacados, cuadros pintados sobre madera incrustados con nácar, porcelana china, cajas de costura minuciosamente decoradas, filigranas, marfiles tallados, perfumes de Ceilán, cuidadosamente estibados… que acabarían integrados a la cultura de Occidente desde finales del siglo XVI, gracias al tornaviaje del sabio Urdaneta y a sus minas de plata, que hacían de Nueva España un voraz sumidero de mercancías. Todo lo compraba, todo lo pagaba. El Galeón de Manila con sus exquisiteces y el de Acapulco con la plata de sus pagos, llegarían a nutrir aquellas bodegas con un dineral superior al presupuesto anual de varias naciones europeas juntas. Manila, convertíase así en origen y fin  de una cadena reversible de mercaderías, pagos y haber cultural, que en medio siglo iba a ser leyenda para los ojos codiciosos de otros varios imperios marinos. Las últimas consecuencias sociales de su mercado, alcanzaban desde Madrás a Estambul, donde aún se diluían en racimos de nuevas plazas secundarias y terciarias como cerezas luminosas de un fuego mágico. Llegaría a ser conocida como la Perla de Oriente, subsidiaria económica de la Nueva España y sus minas de plata, a la vez que gran trasmisora y receptora del interés europeo por el extremo oriente.

Agustinos y jesuitas divulgaron entre los europeos cultos, con la riqueza, exotismo y cultura de la Capitanía General de Manila y sus archipiélagos dependientes, otros estudios sobre la flora, fauna y meteorología china, junto a meritorias traducciones del mandarín y otras lenguas orientales a su alcance. Un clásico de la literatura china como el Espejo rico del claro corazón (Beng Sim Po Cam), fue traducido por vez primera a lenguas europeas para degustar por las élites del momento aquellas profundas sentencias que supo regalarnos Confucio hace 2.500 años. Estos escritos despertaron un nuevo interés sobre la vida e historia del Imperio Chino, envuelto en leyenda y niebla, adormecido en pálida ensoñación desde que Marco Polo noticiase su aventura tres siglos antes. La Catay y el Çipango míticos, volvían a despertar el interés europeo a través de Manila. Sus manufacturas, mezcla de exotismo y exquisitez, pero humana vanidad del comprador occidental al cabo, se cotizaban desorbitadamente altas. La moda europea se alucinaba de pronto con todo lo oriental, tal como la Manila receptora reflejaba entre sus comerciantes chinos, japones, malayos y siameses. Lo europeo extraído del galeón, era sin dilación embarcado en shampanes, karacoras, juncos o pancos hacia sus destinos de la cuenca pacífica. El propio Llavezares, al tomar posesión de su cargo de gobernador tras la muerte de Legazpi, le escribía al Rey: los chinos, viendo el buen tratamiento recibido, vienen cada año aumentando sus contratos, cifras que, como ex Tesorero de la Gobernación de Legazpi, tenía sobradamente controladas. Y a través de Manila, el mundo occidental se interesaba in crescendo por aquel otro extremo del orbe. El agustino Martín de Rada con la Relación de su primer viaje a China (1575) primero, y el dominico Juan González de Mendoza después con su Historia del Gran Reino de la China, traducidos a todas las lenguas cultas y leídos en Europa entera, contribuyeron definitivamente al conocimiento del mundo oriental por el Viejo y el Nuevo Continente, mediante un estudio metódico de corte moderno y datos recientes.  El agustino trajo y tradujo el primer mapa conocido en Europa de el reino que nosotros llamamos China…el mayor y de más gente que hay en el mundo… repartido en 15 provincias que son gobernadas por visorreyes. Mapa que fue cumplidamente enviado por Guido de Llavezares a Felipe II (1574). En carta anexa alababa sus múltiples comunicaciones a base de carreteras, puentes, canales y ríos, la frecuencia con que se acudía a los tribunales, la proliferación de la lectura, su laborioso mundo, la presencia de murallas por todas partes, pero omitía a sabiendas crueldades como la Ling Chi o muerte por diez mil cortes, la necesaria mordida de jueces y funcionarios venales o la pobreza generalizada del pueblo. Era una visión edulcorada de una sociedad china, gente infinita, que Llavezares sabía sentida por el Rey cada vez más pronta a catequizar.

Figura 7a: El Parián de Manila. Grabado de la época. Expedición Malaspina

La prosperidad de Manila y la cercanía de los mercados del Río de las Perlas, iba a excitar la codicia de algún kastila, comerciante con la consiguiente reacción macaense. También los castellanos estaban empezando a oler con sus grandes narices el aroma mercantil del suculento chow-mein comercial chino, lo que iba a propiciar nuevos roces panibéricos. Sus grandes ojos manteníanse bien abiertos por lo que pudiera tronar en aquellas aguas. El rechazo de las crónicas Ming era unísono sobre los bárbaros, de conducta irrespetuosa, que jamás se inclinaban en saludo previo a su interlocución, tenida por actitud insolente, ante el desconocido. Sensibilidad básica de un Oriente, que permanecía arrodillado y mirada baja ante sus autóritas civiles y religiosas, que los europeos no calibraban en justa medida, lo que iba a traerles serios problemas. Más a los españoles que a los lusos, por ser más extrovertidos y ruidosos, de más recio hablar, pero menos que a los holandeses y su perpetua jarra de cerveza en la mano, todavía inéditos en los mares del sur, pero pronto conocidos como hongmaoyi (los bárbaros de cabello rojo) entre los chinos Ming.

Bien es verdad que si la iniciativa de potenciar las islas mostrada por Felipe II era un estímulo para los emprendedores manileños, no es menos cierto que los castellanos entraban en los dominios portugueses de las costas chinas, Malasia o Sonda, con pertinaz descaro. Luego de roces sin cuento, los mandarines cantoneses habían convenido con el gobernador de Macao en celebrar dos ferias anuales, una en Cantón, la otra en Macao. A la primera concurrirían las naves merchantas de la India, Malaca y Molucas con sus productos; a la segunda, las de Japón con los suyos. Inopinadamente se presentan naves españolas en una feria de Cantón, para repetir presencia en ferias sucesivas y la consiguiente irritación macaense, que llegarán a pedir a los mandarines chinos la detención de los españoles con la intervención de sus mercancías. Pero la plata novohispana movía montañas, y los cantoneses no solo no detienen las naves españolas, sino que cuando llega Juan de Zamudio (Samudeo, en la crónica china) con su bella fragata, negocia y obtiene la cesión de una base fija en Piñal, promontorio próximo a Cantón, con el consiguiente inflado del iracundo soufflé portugués. Esta situación explosiva acabaría con la prohibición de Felipe II de concurrir a ferias del continente, y ordenando lo hagan solo a las de Macao. El Rey Prudente no se interesaba tanto por el mercado cuanto por la tarea misionera de jesuitas, agustinos y franciscanos. Y en aquellos momentos estaba mandando una embajada tras otra, sin respuesta alguna, al Emperador Wanlí, para que permitiese el acceso de sus misioneros al continente. La embajada definitiva nunca llegaría a producirse, ni los regalos destinados al Emperador del Celeste Imperio pasarían de Nueva España: fueron vendidos en pública subasta en Ciudad de México. Y es que los europeos iban a tardar décadas en comprender y asimilar la actitud de la China como pater familias de una grey confuciana de naciones, donde el resto de componentes eran miembros subalternos. Japón, Korea, Siam, Birmania, Nepal, Laos, Camboya, Vietnam, islas Riukiu y demás subsidiarios de la cultura china, eran tenidos por tributarios, entre los que se encontraban los bárbaros de las estepas del Asia Central y los folanki europeos. La complejidad de esta relación asimétrica, con muchos deberes y pocos derechos, no era la mejor tarjeta de presentación para una entente cordiale, que pasaba por un crisol de idiomas previo, donde reverberaba entre otros el Cantonés de Guangdong, el Wu de Shangai, el Min de Fujián y el Mandarín de Pekín y algunas provincias del Norte o del Oeste, para empezar. Y seguir con que los reyes de los países subsidiarios, nada menos que debían ser investidos por el Emperador de China, para poder admitir a sus embajadores. Para la tradición europea fraguada por medievales primun inter pares, resultaba un anacronismo inverosímil mil años después de la caída de Roma. Los emisarios debían presentar intermitentes tributos fijados en fondo y forma por el Emperador, terminando su recepción de rodillas tocando con la frente el suelo tres veces. Tras lo cual el Hijo del Celeste Imperio tenía a bien conceder el derecho a comerciar. Bajo este novedoso precedente, la Corona española iba a ser testigo de varios intentos de sometimiento a tributo de sus islas Filipinas por los poderosos del entorno y momento, desde piratas hasta daimios. Era lección aprendida para el futuro.

El emplazamiento original de la Manila mora sobre la triangular planicie del margen izquierdo del Pásig, había sido aprovechado por Legazpi para comenzar una empalizada que sería transformada en muralla perimetral por Gómez Pérez Dasmariñas (1590). Con 260 españoles y criollos, el nuevo Gobernador, desde su embarque en Acapulco venía dispuesto a ceñir la nueva ciudad con muralla y bastiones, foso, contrafoso, y seis puertas con puente levadizo. Los límites de su asentamiento iban a ser el río por el norte, la bahía al oeste, y ciénagas al resto de vientos, que serían terminados trece años más tarde por su hijo, como gobernador interino. En las antípodas de su inicial encuentro, y tras siglos de pugnaz convivencia, volvían también a cruzarse, ante nuevos destinos vigilantes, la media luna y la cruz, que habían mezclado su masa madre en la Iberia inabarcable. Allí nacía el recinto de Intramuros, núcleo inicial regido por un Cabildo compuesto de doce concejales, un alguacil mayor, un notario y dos alcaldes, designados entre sus kastilas notables (no importa si europeos o americanos). Este embrión citadino iba a incorporar un restringido asentamiento de sangleyes dentro del recinto murado, que venía a respaldar la lealtad de aquellos primeros chinos manumisos, y la necesidad de primar su empática actividad ante un nativo poco proclive a ella. Muchos fueron los que montaron abastos ciudadanos, a la vez que otros copaban oficios y profesiones imbricadas en la construcción y servicio urbanos, incrementando prontamente su exigua colonia. Situado entre al ángulo nordeste de la muralla y el Convento de Sto. Domingo, el barrio sangley de intramuros estaba adscrito a la tutela cristianizante de los dominicos, erigidos en guardianes permanentes del hermano chino. Pero el tempranero desarrollo económico de la ciudad, era también reclamo para otros pobladores indígenas y asiáticos, no solo en intramuros, sino en sus contornos. Fueron así estructurándose los barrios extramuros de Tondo, Bay Bay y Longos al otro lado del río. Ante tal crecimiento de asiáticos, desde moluqueños a japoneses, las autoridades manileñas decidieron limitar selectivamente la población asentada, tratando de controlar el efecto explosión social contra los kastilas, minoría hispana de funcionarios, militares, misioneros y comerciantes, que aquella diversidad de gentes pudiera en su contra propiciar, espoleada por cualquier trifulca interétnica.

Figura 8: Plano Planta de la ciudad de Manila h. 1671/1672

Las Filipinas en general y Manila en particular, iban integrándose en el Virreinato de Nueva España como parte del Imperio, con sus normas establecidas, entre las que destacaba su impronta comercial. Al aplicarse el monopolio vigente para todo el Imperio, la  colonia china de Manila sintiose perjudicada en su comercio continental, lo que iba a provocar graves altercados. Sofocadas las algaradas, los sangleyes serían duramente represaliados y crecidos sus tributos. Estos disturbios propician “a río revuelto” que Limahong, poderoso contrabandista y pirata chino, bloquee la bahía de Manila con una flota mercenaria chinojaponesa de más de sesenta shampanes y juncos con un contingente de 3.000 hombres preparados para el asalto (1574). Desembarca su tropa e intenta tomar una ciudad con 60 kastilas y los 2.000 nativos de su ejército que van a defenderla a juro. Tras prolongado cerco en el que muere su descubridor Martín de Goiti, secundado espada en mano por su propia esposa, acabará el pirata rechazado y acosado en su retirada por Felipe de Salcedo y su gente, que le obligan a reembarcar. Este bautismo de fuego de la rediviva urbe y sus 2.000 residentes, motivará su proclama como ciudad por Felipe II, bajo el lema de “Insigne y siempre leal ciudad de Manila”, primándole años después con su secular escudo de armas (1596).

Pasado este primer aviso racial, el barrio de residentes chinos será obligado a extrañarse fuera de intramuros, adjunto al ángulo nordeste de la muralla en la ribera izquierda del río. Pero el Cabildo les cede tierras marismeñas y salobrales en Binondo al otro lado del Pásig, que los propios chinos sanean para construir en ellas una Alcaicería (Mercado de la seda) o el Parián de los Sangleyes (Mercadillo de los chinos). Ambas acepciones con significados concretos: la primera, como recinto comercial de la seda en vocablo andalusí de raigambre mora, y la segunda, como palabra originaria malaya asumida en tagalo, e incierta traducción castellana próxima a la plazuela o mercadillo de barrio. En todo caso, aquella bomba de tiempo gentilicia iba a ser privada de toda accesibilidad directa al recinto murado, y sus pálpitos sociales vigilados desde el baluarte de San Gabriel (40) y su barbacana. Tomaba así forma característica el núcleo comercial, que había de canalizar las transacciones hacia Acapulco y Nueva España. Con el tiempo, su fama inundaría de Parianes otras ciudades filipinas y novohispanas (México, Guadalajara, Puebla) que mercadeaban productos del Galeón, tramoyando su procedencia con una exótica estética de reclamo para sus manufacturas orientales. Mientras, los señuelos de aquella moda delicada y colorista, colmaban los caprichos femeniles de cualquier latitud y cultura del mundo atlántico.

El nuevo Parián de extramuros, iba a incluir viviendas, talleres y tiendas de los residentes chinos, agrupados según gremios y calles, desde sastres y peluqueros hasta herreros, carpinteros o albañiles. Con el pelo recogido en trenza como mujeres escofiadas, coronado por un bonete generalmente negro, según condición social, vestían con frecuencia sayos claros de anchas mangas, cubiertos con lienzos de algodón azul oscuro o negro, y calzas de fieltro opaco con la puntera alzada. Parecen clérigos, comentaban muchos hispanos recién llegados a Manila. Las mujeres vestían de forma similar, pero sus faldas no llegaban al suelo. Como las moriscas de Granada, anotaban quienes habían transitado la capital andaluza. En todo caso, los sangleyes suponían una nota exótica ciudadana para los hispanos de uno u otro continente, no solo por sus vestimentas, sino también por sus ceremoniosas rutinas sociales no exentas de espontáneo gracejo a los ojos de Occidente. Pero su barrio era un caserío pulcro, de diseño uniforme, apariencia endeble y tamaño vario, según nivel de su propietario. Lo componían casas en mayoría de madera, una sola altura e independientes, aisladas del fuego, con tejado a dos aguas y tejas claras aporcelanadas, siendo las de los comerciantes, con su vistosa tienda a la vista, más atractivas que el resto, convertidas en impersonales carátulas  de tres  puertas. Los sangleyes, como los chinos continentales, nunca dotaban sus casas con ventanas al exterior, iluminaban sus habitaciones mediante ventanas al patio central de la vivienda, sin árboles, que situaban en cambio como hilera umbría ante sus fachadas soleadas. Tratándose de terrenos muy húmedos, ganados a las marismas del Pásig, donde el acero más bruñido en una noche se cubre de moho, levantaban estas viviendas mediante columnas de madera sobre base ciclópea, y piso de losa o cerámica aislado del suelo. No era raro encontrar adornos en la coronación de las fachadas con muchas galanterías hechas de cal y tapias encaladas por de fuera.

En un escenario urbano donde todo estaba por construirse, la escasa y remisa mano de obra indígena parecía inhibirse frente al expedito quehacer de los sangleyes, que llegarían a monopolizar masivamente la actividad artesana. Vanse haciendo muchas casas y muy suntuosas…con tanta brevedad que es cosa de admiración…por la buena diligencia y trabajar de los sangleyes, dejaría dicho el primer obispo de la ciudad (1581). Activos y diligentes, abarcaban los sangleyes toda la gama de servicios demandados en la urbe, desde construir viviendas particulares o iglesias, hasta engalanar las existentes durante los muy significados festejos de cada  parroquia. Desde suministrar productos de primera necesidad, hasta adquirir aperos y aceites llegados de Sevilla, para negociarlos aquí o en otros parianes. La colonia china no solo suministraba la mano de obra que la Capitanía precisaba, sino que aportaba el necesario calor humano para desarrollar las obras comunitarias sin contratiempos, pese a la engorrosa interrupción del trajín ciudadano que,  en muchos casos, provocaba.

En 1595 la ya amurallada urbe, declarada capital del archipiélago, iba a convertirse en el foco evangelizador del sureste asiático. Su jurisdicción como Capitanía General de las Indias Orientales abarcaba las islas de Guam, Marianas, Carolinas y Palaos, miles de islas en miles de kilómetros a la redonda, aunque sus ojos miraran de soslayo al continente chino. Y a esas provincias enviará su Obispo a los agustinos (1566), franciscanos (1577), jesuitas y agustinos recoletos (1581) monjas y frailes dominicos (1587), que van llegando a los conventos de Manila, para ser repartidos desde allí a las áreas concretas de las catequesis comarcales. El archipiélago había recibido en origen el estatus de Gobernación y más tarde el de Capitanía General dependiente de Nueva España (1574); finalmente sería creada la Real Audiencia de Manila (1584). Su Capitán General iba a ser de jure, Gobernador además de Presidente de la Real Audiencia, de trato directo con el Rey y atribución similar a los virreyes, si bien su dependencia humana, económica y comercial, se gestionaba en Nueva España. La penetración y poblamiento del archipiélago era una Empresa Real, en nada comparable a la particular conquista desarrollada por Cortés en las primeras décadas del siglo. Los españoles, fueran europeos o americanos, que venían aquí para instalarse, eran mayormente representantes comerciales, de escaso arraigo y mínimo mestizaje transferible, en tanto el resto eran frailes y funcionarios o militares con sus familias. Su contraste con la Nueva España de Cortés era profundo. Pero no lo era, en cambio, el apostolado de sus órdenes religiosas predicadoras o mendicantes. Además de catequesis, los misioneros de todo tiempo y Orden habían venido a enseñar oficios, aclimatar cultivos, desarrollar la industria, el comercio y las artes. Ellos serán quienes traigan el trigo a estas tierras y enseñen a trillarlo, como alternativa a unos malos años del arroz, que venían sacudiendo su economía. Enseñan a los nativos a tejer fibras de algodón o piña, colchar filásticas de cordamen y confeccionar telas, que vienen a paliar el gravamen de los agentes chinos. Aprenden de los naturales sus distintas lenguas y costumbres, su contexto, para acabar convirtiéndose en interlocutores imprescindibles entre administrantes y administrados.

Figura 9: Puente Real en el siglo XVIII. Museo Naval de Madrid

(Según Brambilla de Expedición Malaspina)

Miguel Ig. Lomba P

Me llamo Miguel, y me encanta investigar/escribir sobre cultura. Licenciado en Historia del Arte por la Universidad de York, actualmente me encuentro cursando Erasmus Master entre Italia-Alemania-EEUU (Udine-Göttingen-Indiana). Las relaciones entre América y Europa son relevantes para mi tesina del Postgraduado, y un futuro PhD (doctorado). Cualquier duda/pregunta no dudes en contactarme a: admin@mapasilustrados.com

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