Contexto Histórico de Manila – VII

Figura 16 A – Naufragio del Galeón de Manila

 

Como toda crisis contemporánea, las crisis manileñas tenían siempre una fuerte reacción social, máxime con la multiplicidad de grupos étnicos que la repercutían sobre sus haberes con idiosincrasias dispares e intereses cruzados. Conocemos el lance del corsario inglés Thomas Cavendish agazapado con sus dos navíos artillados durante semanas, en un abrigo del californiano Cabo San Lucas a la espera del paso del galeón filipino. Logrará sorprender y capturar el Santa Ana (1587), en compañía aquel año del Nuestra Señora de Begoña, cuando ambos comenzaban a superar por babor los últimos escarpes de costa californiana donde se cobijaban los ingleses. En aquellos primeros años, eran los galeones robustas naos merchantas, de gran capacidad, encomendado su pleno amparo a una fusilería encastillada en el puente. Era la suficiente respuesta armada para una piratería malaya, china o japonesa, con naves de bajo bordo y cubiertas pajizas, que merodeaba entre islas en los múltiples archipiélagos del Pacífico occidental. Carentes de artillería, repletos de estiba, sobrados de navegación, plagados sus cascos de plancton y verdines, e incrustada de moluscos su obra viva, resulta fácil entender por qué cualquier corsario europeo de turno, soñaba interceptar su paso por el Cabo San Lucas, cuando la máquina filipina llevaba ya cinco meses hendiendo océanos y plancton. Pero esa ensoñación colidía contra la realidad de unas tripulaciones avezadas, kastilas en principio, de todas las naciones del mundo después, filipinas por último, respaldadas en todo caso por sus gentes de guerra. Tras los meses de mar brava y vientos frescos por encima del paralelo 40, estas bregadas gentes estallaban en un Te Deum de júbilo, dando gracias a Dios por la superación de aquel peligro una vez avistaban la brumosa costa americana. El 20% de los embarcados no lo harían, por haber fallecido en ruta y sus cuerpos arrojados al mar, en un trance descarnado que el escorbuto periódicamente repetía. Apenas los vigías alcanzaban a intuir por avante la línea de costa alto-californiana con su referente Cabo Mendocino, aquellas gargantas y pechos contenidos regurgitaban en vítores y loas al santoral completo. Cada corazón de a bordo, el propio, la suya. Millas avante, acompañado por fogatas de avisos ribereños, serían las campanas de Acapulco, Puebla y México, las que agradecieran al Todopoderoso la buena nueva, al saber del feliz tornaviaje rendido por el galeón. De idéntica forma que el Cabo Mendocino de California para el Galeón de Manila, lo era el Cabo Espíritu Santo de Samar para el Galeón de Acapulco: el necesario referente costero dejado por babor para acceder a Manila, en este caso, por el estrecho de San Bernardino roda avante, entre las islas de Cebú y Samar.

                           Aquel año las campanas de México no iban a repicar de alegría por el Galeón de Manila, porque de los dos barcos que traían el oriente asiático comprimido en sus panzas, uno de ellos había sido capturado por corsarios ingleses. Mientras el Begoña se escabullía  aterrando bajíos y cantiles, el Santa Ana se defendía con su fusilería de puente, pensada más para amedrentar a descuideros chinos o wakou nipones, que tripulaciones europeas curtidas en guerra galana. Tras corta pero sangrienta refriega, el galeón será asaltado, diezmado, despojado de su carga y abandonado en llamas. Pese a todo, las manos expertas de Sebastián Vizcaíno a la sazón piloto mayor de galeones y capitán de la nave, logrará con aparejo de fortuna dar amarras en Acapulco semanas más tarde que su compañera. La noticia de esta captura llegará a Manila en un patache-correo tres meses después. Con una pérdida estimada en  122.000 pesos, una nueva crisis mercantil y humana empezaba a planear sobre la Capitanía y su mercado.

Figura 16 B – El Barroco de los terremotos o la herencia herreriana

 

                                Durante esta centuria y pese a dos terremotos devastadores, Manila medra y se engalana. Ve crecer palacios privados y públicos, baluartes, conventos, catedral y templos, y su posterior reconstrucción tras cada crisis sísmica. Ve erigirse la Real y Pontificia Universidad de Santo Tomás, primera universidad de Asia (1611). Llegará a ser considerada una de las ciudades más prósperas de Oriente y el primer puerto del Pacífico occidental. Para mediados de siglo, Manila era un conglomerado racial de 50.000 almas,  que incluía una colonia de 20.000 chinos de habla castellana y unos 1.200 kastilas, mayoritariamente dedicados a la milicia, a la administración de la Capitanía o copando puestos claves del comercio. El resto de sus gentes, eran indiosfilipinos llegados de todas las islas, algunos malayos diseminados por los suburbios de extramuros y un pequeño núcleo de comerciantes japones. Una población tan numerosa de activos sangleyes no podía sino hacerse notar en la vida ciudadana. Iluminaban y aderezaban las calles durante las fiestas. Aportaban tapices y colgaduras ornamentales. Vendían los últimos destellos de moda que lucir las damas en sociedad. Embellecían fachadas, balcones y miradores de madera labrada con suministro de productos de primera necesidad. En todo tiempo y pese a la actividad laboral china, el barrio de intramuros, convertido en recinto reservado a la élite de kastilas, era severamente controlado por las autoridades con su muralla en vigilia permanente. Una suerte de receloso búnker hispano, amenazado por una comunidad china siempre en aumento. Al caer la tarde, todos los residentes periféricos debían abandonar intramuros antes de ser cerradas las puertas de la ciudad. Solo sirvientes y empleados públicos nativos podían permanecer y pernoctar en ella. Contravenir esta orden suponía la pena de muerte para el infractor. No cabían medias tintas, ni los kastilas podían andar jugandito.

                                Paralelamente a la actividad manual y mercantil, existía otra intelectual hispanofilipina liderada por jesuitas y agustinos, universitarios, científicos y emprendedores. Mediante ella se aportan cartogramas de las islas del Pacífico, sus corrientes marinas y vientos dominantes, el desarrollo y gestación de los huracanes, su trayectoria y periodicidad o redactan estudios sobre costumbres de sus moradores y tratados de cultura social y buenas maneras. Traducen la Biblia al mandarín, discuten el diseño sismorresistente de iglesias y edificios públicos según el legado hermético de Juan de Herrera, el matemático y arquitecto escurialense de Felipe II. A la luz de los terremotos habidos en América (Cumaná, Callao, Arequipa, Lima), analizan el comportamiento de campanarios, torres, cimientos, contrafuertes y bóvedas de sus catedrales, palacios y obra pública, las respuestas motrices del suelo y del edificio, sus daños, ruina o salvación finales, y la duración de los temblores percibidos en las ciudades virreinales. Ya Carlos V, con motivo de los  frecuentes terremotos indianos había emitido una Real Cédula que limitaba las alturas y recomendaba ciertas disposiciones constructivas en las iglesias y palacios de ultramar. Fruto de esta visión minuciosa de las calamidades ocurridas, será la que se considera Primera Norma Legal sismorresistente de América y Europa, destinada a Nueva España, Nueva Granada, Perú y demás Reinos, dictada por Felipe II, el ratón de biblioteca convertido en Rey. Que será retomada en Filipinas como propia, donde los misioneros, con una preparación técnica básica, eran ocasionales diseñadores, ingenieros, arquitectos, albañiles y peones, si preciso fuera. Como funciones parásitas de su acción apostólica, pugnaban su empeño las órdenes religiosas por enriquecer los legados  académicos y científicos de sus futuros frailes. Era su arma fuerte de autodefensa, frente a las soledades que les envolvían en su habitual alejamiento de la civilización, cuando no perdidos en cualquier isla de la cuenca pacífica y Audiencia de Manila, solo rodeados de indios y naturaleza.

                                  Ya el terremoto devastador de 1645 había disparado las alarmas de Manila, el mayor emporio de Oriente… ciudad hermosísima sobre terreno llano, las calles tiradas todas a cordel, largas, anchas, llanas, hermosas y desahogadas, que cruzándose por opuestos rumbos dejan dividida la ciudad en muchas cuadras, que quedan aisladas de las calles por los cuatro rumbos… casas grandes, altas, espaciosas, hechas de piedra y buena arquitectura, todas iguales por la dirección del cordel, con balcones volados que sirviendo de desahogo a las casas, servían de grande belleza a los edificios… sobre los techos había hermosas galerías o azoteas… la ciudad más hermosa, magnífica y soberbia del Oriente por la grandeza de sus edificios, que casi todos parecían suntuosas palacios. Esta hermosa máquina, que por su belleza se llevaba las atenciones y los ojos, quedó con el temblor cual destrozado cadáver y confuso montón de ruinas que conmovía a lástima y compasión. Fue tan grande y tan universal  el estrago de aquella triste noche en Manila, que aunque se ha reedificado después,  aún se ven ruinas de aquel lamentable general destrozo. Desde entonces el peligro de la elevación de los edificios, enseñó a su costa a los vecinos a moderar sus fábricas y hacerlas más bajas y más humildes… Todo un testimonio con moraleja oportuna que el jesuita Pedro Murillo Velarde dejó como dolorido recuerdo en su mundo ilustrado.Figura 17 – La Manila de Intramuros

 

                                   Los templos de Manila y su catedral habían sido gravemente dañados, no solo en su fábrica pétrea y moblaje de molave y retablos de panes de oro, sino en los sensibles archivos que atesoraban documentos seculares. Solo la Iglesia de San Agustín, con su estructura de adobes rocosos tallados, fue capaz de soportar los temblores del suelo para ofrecerse hoy a nuestros ojos como Patrimonio de la Humanidad. La catedral de Manila habíase disgregado de la diócesis de Ciudad de México desde 1579. No obstante ello, siguieron concatenadas en su acción litúrgica y musical, orquestada desde la Catedral Primada de Toledo, con enlace directo a las de Sevilla, Lima, México, Puebla y Manila. En estas diócesis, sus iglesias seguían el mismo repertorio sacro que en España, pensado desde Toledo para todo el Imperio, y distribuido para ultramar desde Sevilla. Maestros de Coro, Sochantres y Organistas de cualquiera de sus provincias diocesanas, eran opositados para ocupar las plazas vacantes. A partir del Concilio de Trento y la Contrarreforma (1565), los instrumentos de cuerda, viento y percusión, iban a ser retirados de las funciones eclesiales, pero no así los de tecla. Con lo que el órgano y sus partituras vinieron a cobrar un gran protagonismo en la música sacra. Francisco Guerrero, Maestro de Capilla sevillano potenció de forma reiterada sus  propias composiciones, a la vez que las de sus admirados Tomás Luís de Victoria y Giovanni da Palestrina. A Manila fueron frecuentemente fletados desde Sevilla y México libros de canto llano, misas, tratados de música orquestal, canto y música instrumental para vihuela y órgano, de estos u otros autores, además de un sin fin de motetes, villancicos, cantatas, loas, salmos de índole didáctica para aprendizaje o la práctica de alumnos en las escuelas de música y coros eclesiales.

                                 

 

  Ante la devastación sufrida por los severos sismos padecidos en las islas, debe considerarse como logro específicamente filipino, el diseño barroco de los templos y conventos que nos han legado, a cuyo trasluz se entrevera un cierto aire español. Varios de estos magníficos templos han sido declarados Patrimonio de la Humanidad por la UNESCO. Bien es cierto que en ellos se materializa la sensibilidad isleña, con su aporte de mano de obra artesanal de labra y talla, secundada muchas veces por los hombres del pueblo que brindaban su colaboración, mientras sus propias mujeres sacaban aguas de pozo para amasar las argamasas y pegas a base de cal de ostras calcinadas. Pegas de cal y canto, que ya el romano Vitruvio aconsejaba mezclar con jugos, sangre animal o clara de huevo, para mejorar su fraguado y agarre, saberes que la Edad Media asimiló, y que España y Portugal se encargaron de esparcir por África, América y Asia, a la vez que experimentaban nuevos aditivos como arroz, maíz, goma arábiga o cera de abejas, según posibilidades locales de cada obra y clima. Las primeras construcciones monumentales filipinas en piedra volcánica, fueron levantadas en el siglo XVII, y se convirtieron también en los primeros fracasos de la ingeniería sísmica de las islas. Se repetía el proceso americano. Fue durante el siguiente siglo cuando, aprendida la didáctica del colapso estructural y el estudio de sus despojos, empezaron a materializarse soluciones arquitectónicas capaces de sobrevivir a la pandemia del terremoto. Se reconstruyeron una y mil veces los templos arruinados, con la misma piedra, perfilando cada vez mas atinadamente la estabilidad dinámica del conjunto y su tránsito por la fase motriz del suelo sin desencajes estructurales graves, en tanto se buscaban soluciones estéticas acordes al templo, su función, y el enmascaramiento  de su robustez y compacidad, tributo imprescindible en suelos inestables. Junto a su vigor estructural y la tenacidad de su roja piedra volcánica, se buscaba armonía de formas y equilibrio de estilo. Fue todo un proceso que vino a desarrollarse durante el siglo XVIII, que sin duda tuvo como sacudón de conciencias europeas el Terremoto de Lisboa (1755), y los ensayos realizadas por el ilustrado ministro portugués Marques de Pombal con maquetas reducidas sobre una suerte de mesa vibrante de la que el embajador español tomó buena nota. Sometida la mesa-soporte por la soldadesca a golpes selectivos de porra en direcciones diversas simulando pulsos sísmicos, las maquetas respondían en gran medida a cada pulsión según la solidez dada a sus propias bases. Los apéndices decorativos de cubiertas y torres volaban por los aires. Los de fachadas se desprendían y caían al suelo. Los templos alargados, cuando golpeados en diagonal, dañaban primero sus lados largos, pero acumulaban vaivenes de torsión que acababan arruinándolo todo. Si es caso, sobrevivían los lados cortos, y no siempre, porque los rosetones, portadas, ojivas y arcos de la fachada principal, debilitaban en proporción a su presencia decorativa, la pervivencia de aquellos paños, que eran, además, la joya visible de cada templo… Solo sobrevivían los muros sin valor artístico ni testimonial. La ruina sobrevenida solo servía de materia prima para concebir un nuevo diseño más afortunado. Eran concepciones caducas, que debían mutarse. Y los frailes manileños se informaban con los novohispanos de sus fracasos estructurales.

                                   Había que pensarlo al revés. Los agustinos comprendieron que la fachada del templo era una estampa de Fe, imagen singular capaz de atraer a un pueblo, que sabía colaborar en su obraje y conservar con orgullo la singularidad del diseño, a la par que mostrar orgullosa la perfección de sus canteros. Y la maestría de sus escultores, perfectos conocedores de la ley pétrea de cada roca empleada. La fachada principal, con toda la fuerza y creatividad del genio indígena, era un patrimonio del pueblo que, en las fiestas y autos sacramentales, se congregaba con sus tramoyas de palmeras y arbustos, para argumentar historias de feligreses disfrazados de moros ladinos, versus cristianos vencedores siempre. Pero serían los arquitectos jesuitas quienes tomaran, a sus espaldas, estos matices humanistas para plasmarlos en planos de diseño, que los filipindios fosilizaron en piedra. Y que hoy nos pasman. A nosotros y a la UNESCO en su versión diseño barroco. Totalmente injusto, a nuestro entender, por incompleto. Falta  a nuestro entender un estudio sismorresistente detallado, que el Colegio de Ingenieros Civiles de Manila debe facilitar explicando la técnica que aquellos frailes emplearon como un legado único y universal que sus hijos, tonsurados o no, legaron a las nuevas generaciones en el siglo XVII.

                                    Primera moraleja filipina: consolidar una base de fundación pétrea capaz de responder unísona y compacta a la espasmódica moción del suelo, caso de no poder cimentar directamente el edificio sobre roca sana. Una vez confirmado ese unívoco asiento, levantar las paredes maestras cual caja indeformable, con muros laterales gruesos dotados de contrafuertes, a fin de evitar su vuelco o su descuaje durante el temblor, y coronarlas de cubrición ligera. Pronto comprendieron que las esbeltas torres de los templos sufrían un efecto látigo que las descopetaba, catapultando sus campanas al vacío, efecto agudizado sin duda por el poder reactivo acumulado en la masa del edificio eclesial que se abrazaba a su base. Moraleja filipina doble: rebajar la altura y aumentar la anchura de las torres, tratando de aunar una respuesta tan rígida como lo era la masa eclesial básica. Bien mediante torres  tronco – piramidales solidarias al templo; bien diseñando iglesias de campanil abierto, cuyas torres respondieran con un vaivén independiente al de la nave troncal, y libres por tanto de toda interacción reactiva. Templo y torre eran entonces autónomos y sus respuestas motrices ni interactuaban ni se laceraban mutuamente durante el temblor. En realidad, pensaban los frailes, en el comportamiento motriz de modernas navetas menorquinas capaces de responder, fundación incluida, como un todo de caparazón óseo, una suerte de carey gigantesca que permaneciera íntegra durante los espasmos del suelo. En todo caso deberían comportarse con torres bajas y estables al vuelco, solidarias o no al templo, pero siempre firmes al descopetado de la atalaya campanil.  Un todo único, que debe responder fiablemente a un sacudón exterior que va a  plantearle la prueba de subsistir. Un sacudimiento limpio, compacto, de respuesta única, sin apéndices volanderos. Como perros sin orejas que se sacuden el agua que les empapa .

                               Revisando viejos estudios y papeles en la biblioteca familiar, que de mis mayores fueran, encontramos sugerencias modernas ya practicadas por aquellos intuitivos hombres de Dios, observadores y eficaces, lejos de asesores ilustrados, perdidos muchas veces en mitad de la nada, iletrada y acultural. Pero que supieron resolver problemas dinámicos estructurales, cuando apenas se esbozaban soluciones empíricas para problemas extraordinariamente complejos.  Efecto torsor: vibración inducida en plantas basilicales, de crucero y latinas, con disimetría constructiva. Relaciones ancho-largo. Efecto resonador: acción perturbadora de apéndices estructurales salientes en los templos de cuerpo rígido. Su conversión en diapasones ocasionales. Efecto sitio: el agravamiento de las sacudidas sísmicas en terrenos blandos. Efecto biela: en el interior de los edificios o entre edificios en contacto. Efectos látigo: en plantas y alzados. Efecto regularidad: cambios bruscos de volumen y rigidez en los alzados y en las plantas a construir… 

                                     Con asombro hemos seguido estos pasos de diseño sismorresistente en la medida de lo posible, y la pobreza de datos acopiados en algunos monumentos históricos de aquella pléyade de barrocos pétreos que atesóranse en Filipinas. Es tarea pendiente de las nuevas generaciones de ingenieros civiles filipinos ofrecer un estudio sismorresistente comparado de su notable muestrario de monumentos sacros. Y empezar por limpiar esas magníficas fachadas pasto del musgo, los hongos y los verdines, enemigos decalcificadotes de la piedra. Sin olvidar en ningún momento algo que, por sabido, parecen haber olvidado las nuevas generaciones: que se trata de un país hispánico (único del  Asia) donde las construcciones públicas nunca fueron un empeño menor, en contraste con los asiáticos del contorno, donde la madera pintada en vivos colores había privado por siglos, hasta prácticamente el XX. Como priva el los USA del Sur  y sus construcciones de madera, pasto de tornados y huracanes. Fenómenos ya estudiados en Filipinas e Hispanoamérica por esas mismas Órdenes religiosas con sus pupilos indígenas, tan perseguidos por los bordermen de las Trece Colonias inglesas, que en palabras del historiador conectiqués Eugene Bolton, solo consideraban bueno al indio muerto. Que tuvieron su primera Universidad (Harvard, 1636) exclusiva para colonos blancos, medio siglo después de la cebuana de San Carlos (1595) y la manileña de Santo Tomás (1611) pret-à-porter para filipinos, ya indios o sangleyes, japones o kastilas, europeos o americanos. ¿Cuantos templos como los llamados barrocos filipinos existen en USA o las colonias francesas, holandesas, inglesas de cualquier latitud? ¿Cuántas catedrales, verdaderas cátedras del espíritu y la música, la composición sacra, la polifonía, la escuela de canto, las construcción instrumental, la formación de organistas, violinistas, flautistas, virtuosos del sacabuches, la percusión o las corales infantiles y catedralicias, manantiales ubérrimos de maestrías egresadas para proceder a la enseñanza pública o privada? Ninguna antes del siglo XIX, fuera de las catedrales de San Antonio de Texas, San Agustín de La Florida, San Carlos Borromeo de Monterrey y San Luís de Nueva Orleáns, españolas todas, rehenes en suelo anglo. ¿Cuántas ciudadespatrimonio hay como era ayer la Manila de la Audiencia y Capitanía General, que tan pródigamente destruyeron durante su guerra contra el Imperio Japonés? Ni una sola al Norte del Río Grande. Y uno se pregunta. ¿Hubieran destruido Nueva York como destruyeron Manila?… Solo cabe esperar que haya acabado la función, aunque sea el hombre el único animal que tropieza en una misma piedra. Creemos que la adolescencia filipina a punto está de concluir su periplo humano, para dar lugar a la propia madurez de investigación histórica, con las verdades que de ella deduzcan sus hijos. Hablamos de verdades históricas, no de un relato geopolítico para adolescentes prepúberes.

Miguel Ig. Lomba P

Me llamo Miguel, y me encanta investigar/escribir sobre cultura. Licenciado en Historia del Arte por la Universidad de York, actualmente me encuentro cursando Erasmus Master entre Italia-Alemania-EEUU (Udine-Göttingen-Indiana). Las relaciones entre América y Europa son relevantes para mi tesina del Postgraduado, y un futuro PhD (doctorado). Cualquier duda/pregunta no dudes en contactarme a: admin@mapasilustrados.com

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