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Contexto Histórico de Manila – II

Figura 5 a: Reproducción del galeón S. Pedro. Tornaviaje de Urdaneta

 

                      A Cebú llegará el capitán Juan de la Isla al mando de la remesa de colonizadores y soldados, anunciada meses atrás por el galeón San Jerónimo, un oxígeno vital para la campaña de Legazpi.  Aunque presionados en Cebú y en Panay por el Tratado de Zaragoza y por ciertas naves portuguesas llegadas de Ternate, que lo hacen valer con intención de expulsarles, no lograrán ningún cambio de actitud en la expedición. Máxime desde que se supo respaldada con nuevos contingentes de apoyo. Tenían noticias de un Rajá Solimán aposentado en Maynilad, una cierta ciudad estado de la Gran Isla del norte, lugar privilegiado donde se daba espontáneo el nilad (arbusto rubiáceo medicinal, en lengua nativa). Segregado del sultanato de Joló, supieron también que este régulo musulmán comerciaba con chinos y malayos, que periódicamente acudían a permutar sus manufacturas por la flor de nilad y otros productos locales. Su localización iba a convertirse en prioritario empeño del Adelantado, que envía cuadrillas indagatorias por toda la costa de Luzón, la Isla Grande del Norte. Una partida bajo mando de Martín de Goiti será quien localice la ciudad islámica en la desembocadura del río Pásig, ciudad que mantendrá sitiada a la espera de ayuda para proceder a su asalto. Cuando ve llegar a Legazpi con su escuadra de pataches, baos, bangas y pancos de Panay, el moro Solimán entra en pánico, pone fuego a la ciudad y desperdiga sus isleños por Luzón, perdiéndose entre ellos (1571). Pero la colonia china, residente tradicional del enclave ribereño, aunque huída a los primeros compases del conflicto, retornará pasada la estampida poco a poco a sus casas de madera junto al Pásig. En cambio, ningún moro huido volverá, lo que para el Adelantado es su prueba de extranjería como residentes ajenos al lugar, llegados de otras islas. Carecían de la urdimbre manileña que habían manifestado los chinos.

 

Más de 200 años llevaban aquellos chinos, llamados sangleyes (“venidos a mercadear”, en tagalo), alimentando el mercado manileño desde finales del siglo XIV, cuando su emperador Yung de la dinastía Ming, previo pago impositivo, proyectase anexionarse sin éxito la isla de Luzón. El Adelantado pronto comprenderá que el chino tiene un trato comercial más fiable y seguro que el indígena, es cumplidor de compromisos, y hábil en unos negocios que le daban para vivir hacía generaciones. Con esta idea asumida, a su paso por Mindoro no desaprovecha la ocasión de sumar dividendos a su causa. Hallé muchos indios chinos cautivos, que los naturales los tenían por esclavos – dice en su carta al Virreyy pareciéndome coyuntura para trabar amistad y contratación con los chinos, rescaté y compré todos los que pudieron haber y les di libertad para que libremente pudieran ir a su tierra… y les envié en un navío…  Este hecho de comprar la libertad de 30 náufragos chinos esclavizados por los nativos de Mindoro, y devolverlos libres a sus hogares continentales de Fujián y Guangdong, iba a facilitar a Legazpi el inmediato devenir comercial de la capital y su isla. Había hecho probablemente el mejor negocio de su vida, pese a ser, de larga data, un viejo hacendado vasco de olfato fino. Pero a su natural reposado y afectuoso le extrañaba el de aquellos reservados coletudos, con una expresión facial que podía tomarse por sonrisa o mueca, y su salutación sumisa, cabeza gacha y manos juntas. Le trastocaban sus ceremoniosas rutinas, pero intuía que iban a generarle el ciento por uno bíblico, tal como su instinto habíale apuntado.

 

El Adelantado tomará posesión de las ruinas de la Manila despoblada, escuadra y lápiz primero, tira de cuerdas después, para cuadricular el suelo según la castellana trama. Planta el rollo de justicia en su Plaza Mayor, y funda la nueva ciudad  al vitrúbico estilo, que nacía multirracial de origen. Ordena fortificar el perímetro enmaderado y construir viviendas para los frailes, además de las Casas Reales para residencia del Gobierno y sede del Cabildo. Nombra el Concejo Municipal, escogido entre los residentes destacados del padrón de hispanos, bajo una Ordenanza que iba a durar hasta el siglo XIX. Preside la Plaza con una Parroquia matriz, que ocho años después seria constituida en catedral. Reparte solares, pero deja al Cabildo echar la suerte de lotes de tierra cultivable entre los empadronados. Los edificios de esta primera Manila, a base de madera y caña, serían pronto sustituidos por otros de ladrillo y piedra; la casa provincial de los jesuitas, primer edificio de piedra constatado del Pacífico asiático, iba a marcar, con su particular diseño, un estilo arquitectónico propio, característico de la Compañía de Jesús. Entre los sangleyes regresados a su ribera tras la onda expansiva de la ocupación, Legazpi había detectado la presencia de 40 chinos cristianizados, huidos algunos del Japón, dedicados mayormente al cultivo y la pesca en la margen  derecha del Pásig, escabullidos  a tiempo seguramente de una de las muchas redadas anticristianas de los shogunes y daimíos de aquel islario. Cerca de ellos, otra pequeña colonia de japones se dedicaba al comercio de manufacturas de su tierra. Eran las trazas, apenas visibles, de una posible infraestructura que atisbaba el Adelantado para poner en producción aquella tierra: rescoldos entre cenizas de un fuego comercial presto a soplarse para avivarlo. Pero el conquistador, hombre ya entrado en años, no podría activar aquel fuego, porque iba a morir al año siguiente de fundada la capital filipina. Su nuevo gobernador Guido de Llavezares, compañero expedicionario de Villalobos y veterano explorador del seno mexicano, que había constituido su mano derecha en los años de Panay y Cebú, sería el encargado de poner en marcha aquella incipiente maquinaria mercantil.

 

La feracidad de las tierras de Luzón, respaldaba la decisión de Legazpi para establecer en Manila la capitalidad del archipiélago. Pero las medicinales flores del nilad, quedaban muy atrás en sus proyectos de utilidad para la Nueva España y el Rey. Los terrenos sin cultivar, tanto en la periferia capitalina como en el resto de la isla, iban a ser prontamente dedicados a encomiendas, como punta de lanza iniciática de las demás islas. Era una maquinaria productiva experimentada, que rendía los necesarios beneficios para meter en producción aquel otro nuevo mundo, lo que equivalía a salpimentar equilibradamente, por separado y conjunto, aquel verdadero salpicón de islas.

 

Para ordenar una producción sostenible, era menester gestionar trabajo y tributo, y la encomienda suponía el primero de ellos. Como recompensa a su esfuerzo colonizador, la Corona cedería al encomendero el tributo real de uno o varios pueblos. A cambio, so pena de perderla por incumplimiento, juraba defender su tierra frente a terceros y amparar y evangelizar a sus encomendados. Esta situación implicaba contratar un cura doctrinero, a quien pagar emolumentos en dinero y especies (arroz, mayormente), para cumplir con el cometido docente. La defensa de la tierra y sus naturales, le supondría la tenencia de un determinado número de armas y caballos de alzada o ibéricos, acordes a la magnitud de su encomienda, además de capacitar a sus élites indígenas para su correcto uso. Debía residir en la Alcaldía Mayor de la provincia donde se ubicaran sus pueblos tributarios, pero nunca en ellos, para evitar daños y molestias a sus encomendados. Quedaban estos obligados a labrar la tierra y pagar tributo al encomendero o al Rey, en dinero y especies. Otras obligaciones inherentes que gravaban al indígena, serían la de talar árboles, trabajar la madera, fabricar naves y desarrollar el transporte por tierra o mar especialmente, como bogas de pancos entre las islas, trabajos harto peligrosos para los no nativos. Y harto gravosos para la población autóctona, que iba a ver separados de las familias a muchos de sus hombres, enviados a los bosques del interior y a los astilleros periféricos en épocas de peligro exterior. Sumábase a ello que era trabajo penoso, insano y mal pagado, ingredientes suficientes para predisponer cualquier alzamiento indígena. Pero en aquellas islas, ni los nativos las habían hallado, ni los pobladores hispanos laboraban tampoco minas que pudieran propiciar una riqueza reversible, susceptible de invertirla en infraestructura para el despegue mercantil. Su oro y plata novohispanos, eran tal vez aquí las magníficas maderas que brindaban por doquier sus bosques, y a esta riqueza iban a dedicarse no pocos de aquellos primeros afanes. Pronto empezarían a talarse los árboles reglados, según especies y épocas de corte, a lo que contribuyeron las órdenes misioneras con estudios avanzados y experiencias propias.

 

La población india, mayormente localizada en las costas pero siempre dispersa y esquiva, se reveló difícil de domeñar por las encomiendas, a pesar del respeto guardado hacia sus autoridades tribales y regionales (los llamados gobernadorcillos, alter ego del cacique novohispano). Se había de aprovechar la estructura prehispánica del poder para controlar a la población, pero las comunidades nativas de los contornos capitalinos eran reacias a reunirse, dificultando los fines de instrucción, educación, y  tributos. Con ello, la tradicional encomienda hispana de allende el mar, trataba de abrir nueva trocha en la jungla cultural filipina, adjudicando para ello funciones capitales a los misioneros, encomenderos y jefes naturales indígenas. Uno de los principales cometidos de la evangelización prevista, era la socialización de aquella convivencia distorsionada entre los grupos nativos, a veces próximos, pero no necesariamente unidos. Se trataba de ligar los núcleos habitados dentro del ámbito alcanzado  por el tañer de una campana, la misma que desde la espadaña de cada parroquia llamaba a la oración de todos, al aprendizaje de todos, a la misa de todos, a la rondalla o el ensayo coral de los aptos. El área bajo la campana, era el nuevo terruño integrador. Se trataba en definitiva de una reproducción sincrética de los núcleos humanos o misiones de indios novohispanas, si bien eran estos menos evolucionados que los indios filipinos, donde etnias había que conocían la rueda, forjaban el hierro (forja malaya), dominaban la cultura del regadío (arrozales escalonados), tenían formas de escritura silábica y usaban la fuerza animal para arar la tierra al modo chino, con amarres enhebrados a los cuernos del búfalo carabao. En brutal contraste, otras etnias en cambio, desconocían el fuego. En todo caso, no era aquel archipiélago un mundus clausus como el  continente americano. Si bien los aborígenes filipinos no tuvieron fenicios que les enseñaran la fiducia o el alfabeto que gozaran los ibéricos 3.000 años antes, islas había que sabían de otras culturas y tratado con otras gentes. De forma desigual, por espontáneo y fuera de método, el poso de aquellos contactos con culturas periféricas avanzadas, había sedimentado en saberes adquiridos extra limes, que atesoraban por generaciones muchas de sus islas.

 

Con los funcionarios y los militares concentrados en la capital, la autoridad y prestigio de los religiosos que vinieron a convivir con los indígenas, capaces de aprender lenguas vernáculas para profundizar en sus problemas y catequizarlos en su propio idioma, alcanzarían cotas de respeto muy superiores a sus homólogos de América. Con ellos aprendieron que no es honroso para un caballero mancharse las manos al comer (léase prohibido comer con las manos), o a despedir el día con un Dios me la bendiga m´hija – Dios de lo bendiga m´hijo y sus variantes, habitual saludo paternal tras el crepuscular toque del Ángelus a lo ancho y largo del Imperio. Pero también a conservar el apellido del padre para facilitar reclamos y herencias en las judicaturas, lo que equivalía a sembrar de nombres españoles las estirpes nativas. Análogo problema al resuelto por Carlos V en la España que le recibió tras su llegada de Flandes, cuando se ordenó conservar en los hijos el apelativo familiar de su progenitor en contra del consuetudinario patronímico. Todos estos matices legales eran meras consecuencias del Sínodo de Manila (1582), donde las órdenes religiosas habían discutido el ya viejo dilema moral sobre la legitimidad del dominio español en las nuevas tierras y su ética salmantina; pero también cómo consolidar la aculturación de nativos, y acotar los límites territoriales del área activa para cada Orden. Este planteamiento buenista del clero, iba a chocar con frecuencia contra el criterio rigorista de la Capitanía, menos místico, más leguleyo. Mientras tanto, el mercado de Acapulco, que era visto por Llavezares como núcleo de un cometa de larga estela mercantil americana, precisaba diversificar sus proveedores asiáticos en aras de mostrarle un amplio abanico de ofertas. 

 

Felipe II había pensado en el comercio de especias con las Molucas portuguesas como telón de fondo, a través del brazo pacífico de una Nueva España ambidextra, que lo tomaba con su mano filipina y lo dejaba con mano sevillana. Pero la proximidad del gigante chino y la tradición prehispánica del comercio manileño con aquella costa, variaba su planteamiento original. El expedicionario Juan de la Isla habíase ofrecido como embajador en visita al Imperio Ming, para conocer el país por dentro  y ver la orden que se debe de tener, así para la contratación de la tierra, como la conquista, si V.M. fuere servido, con todo lo demás que me fuera encomendado, que a su servicio convenga…exponía en carta al Rey. Para seguir aclarando en nueva carta, que China es tierra muy grande, tanto que se tiene por muy cierto que confina con Tartaria…su tierra es tan buena y tan bien bastecida, que se cree ser la mejor del mundo…  dicen los moros que yo he hablado, que no son (los chinos) tan belicosos como nosotros… Inmerso en su contemporáneo mester de clerecía, Martín de Rada piensa en cambio más en las almas por cristianizar que en las riquezas por ganar; pero le insiste también al monarca sobre la prioridad comercial de China frente a las Molucas, incluso en la conquista militar de su Imperio, si preciso fuera…  Si S.M. pretende la China, que es tierra muy larga, rica y de gran policía, que tiene ciudades fuertes y muradas, tiene necesidad de hacer asiento en estas islas Filipinas… porque para conquistar una tierra tan grande y de tanta gente, es necesario tener cerca el socorro y acogida para cualquier caso que sucediere… toda su confianza (la de los chinos continentales) está en la multitud de su gente y en la fortaleza de sus murallas, lo cual sería su degolladero, si se les tomase alguna fortaleza, y así creo que mediante Dios fácilmente, y no con mucha gente, serían sujetados…  Pero Andrés de Mirandaola le advierte simultáneamente al Rey de lo prevenidos que están los chinos contra los portugueses, gentes de ojos y narices grandes, y que los castellanos no ofrecen con ellos distinción física alguna, por cuya razón serían tomados por tales. Les tildan de gente bárbara y blanca, a cuya causa están muy sobre aviso, tanto que a ningún portugués consienten salte sobre sus tierras… le comunica epistolarmente al Rey. San Francisco Javier había muerto sin poder pisar tierra continental china (1552), junto a tantos jesuitas martirizados por pisarla. Felipe II, hombre de convicción religiosa profunda, no considerará la invasión del Imperio Ming, sino en último caso, como una mies que precisa acceso libre para sembrar la semilla de nuevos cristianos, que el Evangelio refiere. Se inclina en cambio hacia el trato comercial, dada la proximidad de Manila al continente chino y su sólida tradición mercantil, pero cada uno en su casa… y Dios en la de todos, como bien decía el viejo refranero. Empero, la necesidad de hacer asiento en estas tierras, como le ha sugerido el sutil matemático agustino, le parece viable al Rey. Ahora que sabemos que la voluntad de V.M. es que esto vaya adelante, comenzaremos a bautizar a todos (los filipinos), porque aunque hay algunos cristianos, hubiera muchos más si supiéramos lo que ahora sabemos, le informarán los agustinos de Cebú, satisfechos por la decisión del Rey Prudente de no saltar a la China.

Figura 6: La China de las Dinastías Ming y Quing. Dibujo del autor

 

La sombra chinesca del Ming se proyectaba sobre las islas del poniente. Crónicas de aquel Imperio y Dinastía relatan que en 1372 la corte de Nanking había recibido embajadores islámicos de Luzón con tributos para el emperador Yung Vu. Las mismas crónicas hablaban de la aparición en costas del Celeste Imperio de los primeros fo-lan-ki (hombres franquicia o portugueses) algunos años más tarde. Y que otros folanki posteriores, eran los fundadores de un nuevo enclave en Luzón, que los amanuenses chinos revisten de un aura cuasi-mítico. Estos nuevos folanki eran los novohispanos de nuestra Manila, tornados pronto en los kastilas del mundo filipino.

 

Poco a poco seguían los portugueses hilando su copo. Desde su base de Malaca, Jorge Álvares en 1514 había llegado a la isla de Tamou en la embocadura del Río de las Perlas, donde levantó un pedrao en memoria de su desembarco; vuelto a Malaca, repetiría viaje a Cantón cuatro años más tarde. Para entonces Rafael Perestrello había aportado en Cantón en 1515 y repetía puerto al año siguiente. La concurrencia de los folanki en el delta empezaba a ser un hecho frecuente. En 1518 Simón de Andrade, al mando de una escuadra de cuatro naves, desembarcaba de nuevo en Tamou, donde construye un fuerte de piedra y madera, que artilla para defenderse de posibles agresiones. Una vez cargada su flota de bastimentos, y luego de extorsionar el tráfico del Río de las Perlas y comprar gran numero de muchachas, Andrade abandona el lugar, dejando tras de sí el odio de los ribereños, inermes ante la falta de respuesta de la armada imperial. La Crónica china cuenta estas peripecias a su modo: De pronto llegaron dos grandes buques que dijeron venir de la comarca Fo-lan-ki…Las gentes de a bordo tenían todos ojos y narices muy grandes…y el jefe de sus barcos se llamaba Ca-pi-tán nos dice Ming en un aparte nominado El Arte de la guerra…  Pero aquellos folanki, de grandes ojos y napias, aquel quevedesco tipo de peje espada muy barbado, iba a pasar por delante de sus propias ñatas, menos grandes, menos espolones de galera, para alcanzar en 1515 la costa de Guandong, la de Fujián en 1540, y dejarles con dos palmos de alquitaras pensativas en 1542, cuando habían arribado ya al Japón y establecido una base en él…

 

Los desmanes cometidos por Andrade en el Río de las Perlas, hicieron reaccionar a los mandarines de Cantón, el gran puerto chino del delta, que prohibieron la entrada de nuevos folanki mediante edicto fijado en las puertas de la ciudad. Los hombres de barba luenga y grandes ojos, no serían en adelante tolerados en los dominios del emperador, anunciaba con rotundidad su texto. Duarte Coelho en 1521 vería bloqueado el acceso de sus naves río arriba camino de Cantón, que lograría soslayar al cabo de un año no sin antes librar combates que le despejaran la ruta. Nuevo silencio vergonzante del ejército imperial, que obligó a los cantoneses a construir bastiones artillados, que emplazaron estratégicamente en las riberas del río. Alfonso Martins de Melho Coutiño encontró ya en 1522 una cerrada defensa artillera que hundió una de sus naves y hubo de poner a salvo las maltrechas cinco restantes que regresaron a su base de Malaca, dejando abandonados en la ribera más de un centenar de hombres, veintitrés de los cuales se sabe fueron descuartizados, ignorando pero suponiendo la suerte del resto. La criada resultaba respondona. Perdido aquel mercado, buscaron los portugueses nuevos asentamientos más al norte. Desde 1522 habían logrado arraigar en Ningpó, donde una colonia que llegó a contar con trece mil malayos y chinos cristianos junto a 800 folanki, se dedicaba masivamente a la lucrativa rapiña de enclaves costeros indefensos. Una masiva reacción de campesinos por tierra, acabaría con los habitantes de la colonia, robando las mercancías del puerto y poniendo fuego a todo cuanto no pudo cargarse en los barcos que escaparon a la vela (1546). Para suerte de los sobrevivientes, hacia el año 1542 naves merchantas del propio Ningpó habían comenzado a navegar hacia las costas japonesas de Kyushiu, donde negociaron rentar una islabase portuguesa próxima a Nagasaki, que veíase ahora convertida en receptáculo de residuos de aquella masacre ocurrida en la costa china.

 

Como laboriosas hormigas iban a seguir los portugueses explorando el litoral, negociando mercancías en los puertos que consentían recibirles. En 1547  lograrán fundar un nuevo enclave en Chincheo (Fujián) , pero el retorno al pasado de los desmanes costeros, llevados a efecto ahora por Botelho de Sousa, les costaría volver a los días de fuego, con trece de sus naves cargadas ardiendo en el puerto, y sus 500 habitantes pasados a cuchillo. Solo trece de ellos pudieron escapar sem cousa que valesse um só real…  Fernando Méndes Pinto entre ellos, para contárnoslo. En la isla de Shangchuan, a 14 millas al SW de Macao, iban los portugueses de nuevo a intentar otro establecimiento, pero sin éxito esta vez, porque serían expulsados en 1552. Año que vería morir en su playa a San Francisco Javier, el Divino Impaciente de José Maria Pemán, vate que soñara ver, vencida de tanto hacer, frente al mar y al oleaje…  sola, en aquel paraje…  iba a rendir su viaje, la barquilla de Javier…  

 

Todavía se aferrarían los lusos a los peñascos de la costa de Guandong en la isla de Lampaçao (1557), donde malvivieron hasta conseguir un acuerdo con los mandarines de Cantón, primer paso para lograr que les arrendaran el cercano tómbolo de Macao, del que años antes habían sido expulsados. La inteligente propuesta lusa de poner su fuerza a la orden de las autoridades de Cantón, alternativa a su rapiña y pirateo en la comarca del delta, hizo entender a todos lo conveniente de aquel trato. Muchos habían sido los comerciantes portugueses que desplegaron su beneficiosa actividad desde Malaca, golfo de Siam y Mar de la China hasta  Ningpó y Formosa, comprando y vendiendo legalmente sus productos. Pero fue la piratería, y el maldito robo y comercio de muchachas para vender en la India, lo que dejó flaco registro en la crónica negra del Imperio Ming.

 

El ataque del pirata chino Chan Giusilau con su flota de juncos, en arribada a Macao para extorsionar el tráfico del río y desvalijar a los pescadores que faenaban en el delta (1557), iba a ser una ocasión propicia para borrar el baldón de su crónica negra. Solicitada ayuda a los portugueses para ahuyentar aquella plaga, una armada de galeones llegada de Lampaçao destrozó la flota de juncos y exterminó en tierra a todo pirata viviente. Tan a fondo se emplearon los folanki, que incluso se les pidió doscientos artilleros más para defender Pekín de una horda tártara que acosaba en aquel momento la capital del Imperio. Pero cuando llegaron, la bandería nómada había levantado ya el cerco, noticia que se propagó por la China costera como una señal del temor que sentían ante el poder artillero de los lusos. Era un nuevo tiempo en que su prestigio se consolidaba. Aquel mismo año les sería concedido por el Emperador Jiajing el permiso de permanencia en la añorada Macao, mediante pago anual de una cantidad simbólica de taels. Nació así la Cibdade do Nome de Deus do porto de Macau, primer contacto estable y duradero entre el mundo chino y la Europa renacentista…  la que representaba para Ortega y Gasset una perfecta coincidencia entre las aspiraciones y las realidades de su sociedad contemporánea. Pero para la milenaria China y su agónica Dinastía Ming, no eran sino tiempos decadentes, con aspiraciones lejanas a sus realidades, y donde las dudas, la inseguridad y la impotencia, se palpaba en el día a día de sus gentes. A ello sumábase la amenaza manchú de la Dinastía Quing, las revueltas internas, el poder de los crecidos eunucos y el despotismo de los aristócratas locales.

            Figura 6 a: Primer mapa de China (1555) llegado a Europa (1574)

                                            Archivo General de Indias

 
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Contexto Histórico de Manila – I

Figura 1: Escudo heráldico de la ciudad de Manila

                    

Fernando de Magallanes, en su tentativa de acceso a las Molucas navegando al Oeste, había incorporado a la Corona de España el futuro archipiélago filipino con el nombre de Islas de San Lázaro, sin haber dejado embajadores ni poblaje, antes de morir en desgraciada refriega con los naturales de Mactán (1521), una de sus 7.000 islas. Viaje que culminaría su piloto Juan Sebastián Elcano, con dieciocho supervivientes y tres años de penurias, en una gesta autofinanciada con las especias que pudo cargar en su maltrecha nao Victoria, tras furtiva escala en Tidore. Pero el navegante portugués no había llegado por casualidad a las Islas de San Lázaro. Ido a la India en 1506, y establecido en la Malaca recién conquistada por los portugueses, colabora allí con su Virrey Alfonso de Alburquerque en muchas de sus campañas exploradoras. En 1512 viaja a la isla filipina de Mindoro, donde se convence de la pertenencia del archipiélago al sector español del Tratado de Tordesillas. Por sostener ante los expertos, que al prolongar la demarcación de ese Tratado hasta las antípodas también el Malucco caería en aguas castellanas, fue enviado de regreso a Lisboa por su Virrey. Estas razones le serán expuestas a Carlos V por el propio Magallanes en Sevilla (1517). El joven rey, recién llegado de Flandes, autorizaría la famosa expedición a las Molucas, que se haría a la mar dos años después.

 

El Mar del Sur era un inmenso piélago vacío, inédito en los mapas europeos del primer cuarto del siglo XVI. Solo los navegantes portugueses, cartografía secreta en mano,  se aventuraban  cabo Buena Esperanza y Mar de la India avante, hasta las Islas Molucas y el Mar de la China. Era la secreta Ruta de Oriente, cuyas costas habían salpicado los lusos con sus factorías. Ajustados casco y velamen al itinerario de Leste, sus naos eran capaces de navegar al descuartelar y de través con vientos del levante poco propicios. Con aquellas velas redondas de algodón, tejidas con hilos de espesor variable y zigzagueante urdimbre de lino, doblaban África y remontaban monzones y corrientes adversas hasta Malaca, Ternate, Macao y Nagasaki tras diez meses seguidos de hendir con sus rodas unos mares vírgenes para Europa. La equilibrada conjunción de velas cuadras y de cuchillo, casco redondo y timón en falso codaste, iban a propiciar el nacimiento del ibérico galeón, nave manca legendaria, de la que sin duda era lusitana parte importante de ella y sus futuros logros.

 

Tan temprano como el año 1510, habían los portugueses doblado el Estrecho de Malaca y ocupando su Península. Informado Alburquerque en Malaca de que las tan cotizadas especias en Europa, procedían de un grupo de islas nombrado allí como El Malucco (Maluku en malayo), no tarda en enviar una flota en su búsqueda. Tres serán los capitanes que la comanden, Antonio de Abreu, Francisco Serrao y Simón Alfonso Bisagudo, que con pilotos malayos pasan costeando las costas norte de Sumatra, Java, Flores y Timor, para llegar, finalmente solo Abreu, a la isla de Banda. En un mar frecuentado por comerciantes moros o malayos, siguiendo insistentemente el rastro de la nuez moscada, preguntando a cuanto pescador o navegante se topa en su rumbo aterrado, acaba por dar con Ambón, una de las islas expendedoras de especias. Dispersado de sus compañeros y perdidas sus naves entre los acantilados de Boano, Serrao compra un junco y con él arribará a Ternate, la potencia dominante de la región de la especiería. Allí iba a ser bien recibido por su poderoso Sultán como jefe de mercenarios a su servicio, aunque algún tiempo después moriría envenenado, tal vez por el propio régulo de la isla, se sospecha hoy. Una vez arraigados en el archipiélago tras múltiples peripecias, los portugueses fundarán factorías y fuertes en Ambón y Célebes, desde donde van a entablar relaciones con otros sultanatos de Adoara y Flores. Poco a poco establecerían una red comercial entre Malaca y las Islas de las Especias o Molucas, como al final acabaría nombrándolas el Occidente todo y Lisboa, el gran mercado europeo del momento. 

                                      

Figura  2: Serrao rumbo a Ternate  

                        

Las naves españolas de Elcano y Gómez de Espinosa, sobrevivientes de la magallánica gesta, pasarían por Tidore unos años más tarde (1522): habían aprendido ya que el Malucco era un archipiélago con cuatro sultanatos (Ternate, Tidore, Gilolo y Bachan) eran los verdaderamente relevantes, por número de especias diferentes, por espacio productivo y por capacidad de gestión. El primero, una pequeña isla cónica con  cráter en la cumbre, controlaba la parte occidental de Halmaera  y las Célebes, además de otras pequeñas islas del Mar de Banda hasta la gran isla de Java. El segundo, de similares dimensión insular y cono volcánico, controlaba la mitad oriental de Halmaera e islas Ambón, Haruku y otras menores hasta las costas de Nueva Guinea. Informados de la rivalidad de ambos sultanes, Elcano y Gómez de Espinosa iban a cargar especias en Tidore, silentes y ajenos a la tirantez entre las islas, pero serpeando discretos la presencia portuguesa de Ternate. Ambos conocían la prohibición y el peligro de surcar aguas lusas, tantas veces explicado por Magallanes, el gran discrepante de aquel intrincado islario. Mientras los portugueses consideraran las Molucas como demarcación propia, debían desaparecer de allí cuanto antes, so pena de prisión o muerte. En cambio, la inopinada aparición de España sintiola Tidore como venida del cielo, en tanto fortalecía su posición ante al sultanato rival; pero había que esperar, porque aquellos españoles carecían de medios para hacer valer su presencia por las armas. Elcano carga de especias su nao y se pierde en el Índico. Gómez de Espinosa enrumba a Nueva España con su nao ahíta de clavo en un viaje imposible. Su maltrecha nave, carcomida de broma  y embebida la tablazón del casco, no puede seguir navegando, tiene que carenar. Y no habrá lugar a ello: es capturado por los portugueses y encarcelado. Cinco años más tarde sería liberado en Lisboa con otros cuatro supervivientes más.

                            

Figura 3: Islas Molucas o de las Especias. Derrotas de Elcano, Villalobos y compañeros (Dibujo del autor)

 

Cualquier integrante frustrado de las expediciones al sudeste asiático, una vez regresado a Lisboa, convertíase en oráculo exótico de cuanto en las Molucas había conocido, para quien quisiera escucharle. Era aquella una sociedad entusiasta del conocimiento y la acción, que vibraba con las hazañas, leyendas y fantasías, que corrían de boca en boca sobre sus paisanos en ultramar. Alguno de ellos, regresado de la Península Ibérica a Nueva España, como Guido de Llavezares o Andrés de Urdaneta,  amadises redivivos de caballerías extintas, participaban del interés general exprimidos por la curiosidad popular, contando pasadas experiencias en aquel mar sin retorno, o su vuelta al mundo como nuevos elcanos del Índico. Otros, como el burgalés Gómez de Espinosa, pasaron a desempeñar consejerías o capitanías de la Casa de Contratación de Sevilla.

 

Los portugueses habían llegado primero a las islas Molucas. Sus cartógrafos defendían en las cancillerías la pertenencia de este archipiélago y el filipino a la semiesfera portuguesa del Tratado de Tordesillas, con el mismo denuedo que lo hacían en las propias islas sus hombres de guerra. Numerosos iban a ser los enfrentamientos entre peninsulares lusos y castellanos por poseerlas, dentro y fuera de ellas, castellanas algunas, lusas otras, perdidas hoy, ganadas mañana. Luego de prolongados desencuentros, el Tratado de Zaragoza (1529)  con la fijación del antimeridiano de Tordesillas, pretendía poner un principio del fin en aquella lejana contienda. Las conclusiones cartográficas del nuevo Tratado, apreciaban en principio la verosimilitud de los argumentos lusos. Y Carlos V, que no quiere más guerras de las que ya tiene, cierra la posición española vendiendo su opción sobre las Molucas a Juan III de Portugal, a cambio de retener la entera posesión del archipiélago filipino. España se retira del Malucco, y Portugal se compromete a repatriar a los españoles desperdigados en las islas por aquella guerra, lo que hará mediante las naves que retornan a Lisboa por la Ruta de Oriente. La dificultad de asumir la nueva posición pactada en aquellas latitudes, bien por carencia de información, desconfianza del contrario o intereses particulares de toda laya, iba  no obstante a prolongar la pugna con esporádicos enconos.

 

En 1542 Ruy López de Villalobos con 6 naves y 400 hombres, sale del novohispano puerto de Navidad para llegar a Mindanao, después de haber constatado varios avistamientos y cartografiado nuevas islas Marshall, Carolinas y Palaos. El archipiélago de San Lázaro será nombrado en sus mapas como Islas Filipinas, en honor del príncipe heredero, el futuro Felipe II.  En uno más de estos enconos cíclicos, el gobernador portugués de Ternate acusa a su expedición de pillaje y piratería sobre islas que supone asignadas a Portugal por el Tratado de Zaragoza. No obstante ello, tras una penosa estadía pasando hambres, necesidades y las muertes que padecimos… se ve obligado a buscar refugio en las Molucas, a sabiendas de la esperada reacción negativa de los portugueses de Ternate. En Ambón moriría Villalobos, atendido por el propio San Francisco Javier misionando a la sazón por aquellas tierras. Desde la misma Ambón, sus capitanes Bernardo de la Torre e Iñigo Ortiz de Retes intentarán incorporarse a Nueva España, Pacífico través, sin conseguirlo. El primero de ellos hacia Japón, atravesando el laberíntico islario filipino hasta descubrir los Estrechos de San Bernardino y San Juanico, luego de haber recorrido y cartografiado 5.000 km de aquellas costas; el segundo hacia Leste, donde se topará con una gran isla que llama Nueva Guinea, que debe orillar cuando vientos y corrientes contrarios le obligan a volver. Retornarán una y otra vez a las Molucas, incapaces de enrumbar ruta alguna que posibilite el obsesivo tornaviaje hasta las costas que les vieran partir. Solo llegarían a España unos pocos supervivientes por la vía del Índico, eternos pasajeros en naos portuguesas, favor logrado por la emperatriz Isabel de Portugal, regente de la Corona Española durante las largas ausencias de su esposo. Y ello, cumpliendo sucesivas prisiones en factorías lusas de la Ruta de Oriente, alternando tierras y barcos durante al menos tres años, hasta alcanzar finalmente Lisboa.

 

En 1559 el rey Felipe II  inicia una política activa en las islas del poniente, poseídas por su Corona desde aquel desembarco primero. Con orden de fletar una nueva expedición a las Filipinas, dada a Luís de Velasco Virrey de Nueva España, insiste en respetar la pertenencia lusa del Malucco, porque no contravenga el asiento que tenemos tomado con el serenísimo rey de Portugal. Pero con la muy clara idea de encontrar el buscado tornaviaje al virreinato desde el Pacífico occidental. España, sumida en la conquista y poblamiento del continente americano y su defensa frente a terceros, no podía acometer con éxito la posesión fáctica de las Filipinas. Desde la lejana metrópoli, su enjambre de siete mil islas en el fin del mundo, era un damero maldito entrelazado por la piratería malaya, china o japonesa, el corso musulmán y las rivalidades entre régulos isleños. Por razones análogas, quizá tampoco los portugueses parecían haberlo intentado más allá de la retórica.  Lo intentaría ahora la Corona española desde el Virreinato de Nueva España, a cuya jurisdicción iban a quedar adscritas estas Islas del Poniente.

Figura 4: Islas Filipinas. Derrotas de Magallanes-Elcano y Villalobos

(Dibujo del autor)

 

La expedición colonizadora se verá interrumpida por la muerte del virrey Velasco, que alcanza a retrasar su salida del Puerto de  Navidad (1564). A su frente va como Adelantado el guipuzcoano Miguel López de Legazpi, ex alcalde ordinario de la ciudad de México, prestigioso hacendado de la capital y padre de una familia numerosa; como cosmógrafo, el no menos prestigioso agustino Andrés de Urdaneta, pariente suyo enclaustrado desde hacía 12 años en la capital virreinal, alejado ya de cualquier expectativa de olvidada fama. Según la mucha noticia que diz que tenéis de las cosas de aquella tierra y entender, como entendéis bien, la navegación della y ser buen cosmógrafo, sería de gran efecto que vos fuésedes en dichos navíos…  le pide el Rey en misiva personal, rogándole la asesoría in situ de la empresa, que el fraile acabaría por asumir con el permiso de su prior. Acompañando al hacendado capitalino, concurre un grupo de gentilhombres de su confianza, como Felipe Salcedo (nieto suyo), Guido de Llavezares, Juan de Pacheco, Andrés Mirandaola (sobrino de Urdaneta), Martín de Goiti…  un total de 380 hombres de mar y armas, además de cinco frailes agustinos elegidos por sus conocimientos científicos. Todos los frailes son expertos geógrafos, pero sobre ellos descuella Martín de Rada gran matemático, geógrafo y astrólogo, consultor y apoyo de Urdaneta, además de inopinado y excelente cronista de aquellas jornadas. La expedición se hace a la mar en cinco naves de variados arqueos y calados, aptas para afrontar tanto la navegación franca en mar abierta, como en las aguas someras coralinas. Todo lo llevan pensado.

 

A 100 leguas del Puerto de Navidad, Legazpi abre la Instrucción lacrada, cuyo contenido conocía en secreto, donde se exponen los objetivos de la expedición que la Real Audiencia de México, en ausencia de Virrey, le encomienda. Urdaneta y demás frailes van a sentir profunda contrariedad tras su lectura, al comprobar que se dirigen a las Filipinas, que según sus cálculos caían en área portuguesa, razonado argumento sobre planos que le había expuesto en vida al Virrey. En realidad, todos creían ir a poblar Borneo o islas adyacentes. Correréis al sudeste en busca de la costa de Nueva Guinea, les había explicado Luís de Velasco pocos meses antes de morir, pero la Audiencia les ordenaba ahora se hiciese viaje derechamente a las islas Filipinas. No iba a ser este primero el único desencuentro entre los hombres del Rey y los de Dios: era un mismo empeño pero con visiones y sentires diferentes. La Instrucción recibida, apuntaba a forzar una política de hechos consumados, frente a la reticente posición lusa en aquellos mares. Llegará la expedición a Guam y a las Islas de los Ladrones (Marianas), que Magallanes denostara por la compulsiva rapiña de sus gentes. Legazpi toma solemne posesión de ellas en nombre del Rey, y Urdaneta le sugiere y ruega que el buscado tornaviaje a Nueva España sea intentado, en nombre de Dios, no más allá de estas islas. Quiere con ello escapar al rubor de su conciencia. Pero el Adelantado  reafirma su voluntad de llegar a las Filipinas y cumplir el mandato real, aunque su tonsurado pariente rehuya participar en una conquista que juzga, con mente objetora, legalmente dudosa. Tras lo cual, el agustino asumirá su rol científico, acrítico y obediente con su Rey y su Gobernador y Capitán General de la Armada, además de allegado y paisano, nombrado por la Real Audiencia de México para emprender la experiencia oceánica solicitada por Felipe II.

 

Unos meses después pasarán los expedicionarios a Samar y a Cebú, islas de las que Legazpi va tomando sucesiva  posesión de forma pacífica, negociada una a una en nombre de la Corona. Asentado en esta última tras un Sandugo o pacto de sangre con régulos insulares como Sicatura (Bohol) e imponer tributo a los nativos, funda la Villa de San Miguel (mas tarde Ciudad de Cebú), primera ciudad novohispana más que española, de Filipinas, desde donde acometer incursiones exploratorias en otras islas. Se prepara desde ella el tornaviaje, cuyo éxito o fracaso gravita sobre la vida de los expedicionarios y el futuro de la empresa, en la que el Adelantado había invertido gran parte de sus bienes. Si falla, conocen por bocas de Urdaneta o Llavezares la vuelta a Nueva España que le espera a quien a ella llegare, sujeta a la venalidad de los ofendidos portugueses de Ternate o Macao. Puede durar, en el mejor de los casos, años de penalidades por la Ruta de Oriente, desgranando tantas factorías, prisiones y sentinas como etapas, hasta aportar finalmente en Lisboa. Como ellos mismos y el montero Gómez de Espinosa habían experimentadoen propias carnes. Por fin en junio de 1565 surge de regreso la nave San Pedro con 200 hombres al mando de Felipe Salcedo, joven entonces de 18 años, arropado por la patriarcal autóritas del ya maduro monje agustino.

 

Como superviviente cuando joven de la expedición Loaysa-Elcano, y forzado a permanecer ocho años combatiendo en las Molucas hasta ser repatriado por Oriente, Andrés de Urdaneta había hecho de la necesidad virtud, estudiando profundamente el tornaviaje, luego de hablar con los portugueses y moluqueños y cuanto navegante chino, siamés o malayo se prestase a oírle y entenderle, aumque le fuera arrebatado y perdido su patrimonio gráfico en Lisboa. A bordo del San Pedro, buscará ahora el paso franco hacia el Pacífico por el Estrecho de San Bernardino, entre Luzón y Samar. Superado el estrecho, ensayará una ruta experimental rumbo norte  hacia la isla  Iwo Jima, referenciada en su día por Bernardo de la Torre, dejándola por babor para proseguir rumbo hacia las costas japonesas de Kyushu y Shikoku, ganando nordeste hasta el paralelo 42. Tras sentir los frescos contralisios del noroeste en las velas, enrumbará a Leste para tomar por popa el viento que le adentre en el familiar Kuro-Shivo de los pescadores japoneses. El flujo oceánico debería catapultarle, junto con su oscuro plancton de pizcas luminosas, hacia el continente americano. Muy al norte de la Alta California, en efecto, aparecerían las velas del galeón San Pedro casi cinco meses más tarde. Tras virar al S.E, favorecido por la Corriente de California, bordeará el litoral continental hasta largar amarras en Acapulco. Entre los supervivientes no había más de 18 hombres que pudieran trabajar, porque los demás estaban enfermos, nos dejaría dicho el nuevo piloto que, tras asumir su cargo por muerte del titular, alcanza a entrar en aguas calmas. Habían descubierto y documentado el tornaviaje. Sin él no hubiese sido posible el apoyo a Legazpi y su avance repoblador, ni el comercio con la metrópoli a través de Nueva España que Felipe II soñara. Con él iba en cambio a nacer la Carrera de Filipinas, que durante dos siglos y medio habría de unir con poderoso nexo el Oriente a Occidente: la correa de transmisión económica y cultural más potente del mundo, activa durante las épocas del Barroco y la Ilustración.

 

La noticia del éxito la recibiría Legazpi en Panay con el arribo del galeón San Jerónimo (1566) repleto de bastimentos y reses, y la buena nueva de la próxima llegada de 2.100 colonos y soldados novohispanos (1567). Su salto mortal al vacío, había encontrado ya una protectora red. Era la vía de los españoles y criollos que iban a traer a Filipinas la encomienda, la rueda celta de llanta férrea, el arado de reja y la trilla de tracción animal con yugo y collera para uncirlos, el cerdo ibérico, el reloj, la imprenta, el telar, el chinchorro amerindio y las técnicas constructivas de sus palacios y catedrales en piedra sillar o mampuesta, incluso los planos para construirlos. Traerán a las islas café africano, caña de azúcar canaria, trigo europeo, tomate, papas, chirimoya, aguacate, tabaco, calabazas, cacao, piña, yuca y maíz americanos, a la vez que aportan sus desconocidos mulos, burros, vacas y ovejas aclimatados en la Nueva España, que vienen ahora a compartir cabaña con los carabaos filipinos, las pequeñas vacas chinas y algunos caballos mongoles de baja alzada, introducidos generaciones antes por comerciantes chinos y malayos. Iloilo y Manila poseerán vacadas bravas y plaza de toros, para lidiar en fiestas las nuevas reses autóctonas. Y la religión como especial cometido, la religión de Cristo, ya inicialmente sembrada a lo largo de la Ruta de Oriente por los jesuitas, llegados hasta el Japón en naos lusitanas. Estaba germinando en el lejano oriente, no sin alternos renglones humanos de escritura tuerza, lo que el historiador británico Arnold J. Toymbee consideraba como energía ibérica, un árbol bajo cuyas ramas, todas las naciones de la tierra han aprovechado para cobijarse. Y esa energía ibérica era polarizada entre la pequeña España y el diminuto Portugal, al decir asombrado de Stefan Zweig, los dos reinos peninsulares que, tras abarcar el globo terráqueo con sus tentaculares brazos a Leste y Güeste, volvían a estrecharse la mano en las antípodas, ante los glaucómicos ojos de los europeos atlánticos. Pero poseídos del afán de lucro más que del amor a la gloria, héroes sin saberlo en infinitas ocasiones…se miraron siempre con recelo mal disimulado…y en más de una ocasión, encendieron las mechas de sus cañones, nos resume gráficamente el ánimo humano y político que impregnaba los ibéricos empeños, aquel delicioso Eduardo Toda del noventa y ocho español, connotado sinólogo de su generación, dormido hoy en nuestros estantes.

Figura 5: Planisferio filipino (Dibujo del autor)

 
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Contexto Histórico de Acapulco – V

Figura 9a: Acueducto del Padre Tembleque (años 1555 al 70). Cerca de Otumba

 

La caza de cetáceos combinada con el contrabando, daría lugar a no pocos actos de filibusterismo, que la diplomacia británica proscribía, mientras pedía reconocer el derecho de sus barcos a la navegación en los litorales hispanos despoblados. La presión inglesa sobre el monopolio comercial español, tensaba progresivamente sus cuerdas comunes con los emergentes EEUU. La debilidad circunstancial española, frente al peligro de la Francia revolucionaria, llevará a Carlos IV a la firma del Tratado de San Lorenzo (1790), que permite a las naves británicas la caza de mamíferos marinos en aguas virreinales. Pronto iban a detectarse barcos estadounidenses camuflados en medio de los balleneros ingleses, que provenientes de los puertos de Nantucket y Boston, seguían la ruta de Hornos para acceder al Mar del Sur, y contrabandear al british style. Para poder contactar con sus posibles clientes, los balleneros debían acercarse a la costa, donde resultaban fácil presa de los guardacostas virreinales, que confiscaban los alijos a la par que multaban a los barcos transgresores del Tratado, aunque por esta vez no le costase a capitán alguno su oreja. El mínimo resguardo de 10 leguas estipulado en él, era razonable resguardo para la pesca, pero excesivo margen para poder escaquear el matute correspondiente, lo que aumentaba la tensión con la administración inglesa que de él se beneficiaba.

 

En 1796 los EEUU se integrarían al  nuevo Tratado de San Lorenzo, convertido ahora en una suerte de ballenero juego tripartito de la gallinita ciega. Ni que decir tiene que era España la gallinita del cuento. La picaresca anglosajona transformó aquel menàge a trois en una tienta de capotazos al alimón, manejada por dos consumados maestros taurinos a cuya vera el lazarillo del Siglo de Oro español, era un simple robaperas. Resultante: ambos gobiernos, comprometidos a perseguir un contrabando que practicaban sus propios balleneros, ignoraban los reclamos españoles cuyos expedientes plenaban los estantes de sus cancillerías. El viejo truco del burócrata mendaz que, al ser inquirido, responde unívocamente que el asunto sigue su proceso. Cuando no lo hace con un vuelva Vd. mañana, tan cabalmente descrito por el mordaz contemporáneo Mariano José de Larra, otro ilustrado de la palabra. De la palabra vana, equívoca, de perorador de ventanilla, que las riega como lluvia sobre un estanque cuyos círculos ondulantes se confunden. Remedo burlesco que otros oradores de banco público, capaces de levantar las muchedumbres hastiadas, estaban agitando contra la ineficaz palabrería oficial. Mientras la Corona Borbón española, a punto estaba de caer sobre un Bonaparte Rey, que llevaría por nombre José I.

 

Eran muchas las abras, bahías, fondeaderos y puertos despoblados de las costas de las Californias y del Mar de Cortés, en que los pataches costaneros de Acapulco denunciaron  ver durante sus faenas de cabotaje, barcos extranjeros en sospechosa espera… para contactar sin duda con sus enlaces de tierra o de otro puerto, y rematar su entrega de alijos bajo cuerda. Los mástiles balleneros cambiaban de bandera según conviniese, máxime ahora que la británica habíase tornado enemiga tras su declaración bélica a la España oficial (1796-1808) invadida por Napoleón. Pero en costas bajas, sobresalían sobre el ribazo sus perfiles, fácilmente identificables para los guardacostas de Acapulco y de la base naval de San Blas, merodeadores pertinaces de singladuras aterradas. Demasiado mástil camuflado entre acantilados, hizo que la Armada Virreinal sintiérase espiada y recelosa de cualquier previsible invasión inglesa. Argüían los ingleses que las ballenas descendían en grupos hacia la Baja California no más lejos de los 10 km de la costa, franja marina deseable para camuflar, por próximas y rápidas, sus mendaces arribadas súbitas. Tanto la enfermedad, como la inanición, reparación urgente o la aguada vital previo vaciado de pipas, todo servía para enmascarar el verdadero propósito del contrabando. Valía todo. El modus operandi era siempre el mismo: tras contacto clandestino en alta mar y después de cazar alguna ballena y llenar unos cuantos barriles con su grasa, se fondeaba bajo cualquier pretexto en el puerto novohispano convenido. Allí concurrían los valijeros avisados para traspasar su matute. Este proceder generaba un contextual enjambre de traficantes y aguantadores que asediaba las aguas hispanas, mientras España miraba a los  Pirineos, por donde temía ver asomar al emperador Bonaparte, otro esencial espíritu insular, tan agresivo como su parigual inglés. Eran días previos a una zozobra nacional en ciernes, que empezaba a perfilar la implosión del Imperio Español, donde las potencias amigas esperaban entrar a saco por todas sus costuras. En realidad el Imperio estaba ya muerto, solo faltaba ponerle fecha de caducidad para la Historia. Era solo la muleta de su prestigio quien le permitía seguir renqueando en sus días postreros. Y nuestros reinos de ultramar amagarán un mohín de apoyo a la metrópoli y su mentecato Rey, para acabar encaudillados revolviéndose contra ambos y lacerándose entre ellos. Gestábase en su seno generaciones de adalides radicales, prestos a enviscarse en una lucha secular por destacar su propio ego sobre los demás. La guerra sicológica estrenaba una incipiente andadura hispánica, arando  profundos surcos entre afines. E Inglaterra, amenazada a su vez de invasión por las escuadras navales de España y Francia, reforzaba su poderosa imprenta como arma arrojadiza contra el mortal enemigo francés y su forzada Corona aliada, que no el pueblo español, enguerrillado contra el ejército invasor en un crudelísimo toma y daca.                                                          

 

En este contexto informativo, llega Alejandro de Humboldt al puerto de Acapulco procedente de Guayaquil (1803), cuando la feria estaba en pleno apogeo y su Camino repleto de caravanas muleras y febriles comerciantes. Decide por ello permanecer allí un tiempo estudiando geologías, botánicas, geografías, hechos y costumbres, y por supuesto ¡la feria!, innato reflejo de su brújula olfativa. Como primera impresión del lugar visto desde el mar, no le había agradado su traza de circo roquero, pero sabrá cantar las excelencias de resguardo y maniobrabilidad de su bahía, como cortesía de caballero. En cambio, le subyugaba aquel variopinto hervir humano de comerciantes manileños, compradores criollos, oficiales y funcionarios virreinales con criados o sirvientes, tripulaciones, mayorales y muleros de recua, indios danzantes que venden luego verduras, aves y frutas, cargadores pardos, braceros mulatos, chinos que todo lo preguntan, descuideros, meretrices, santeros, tahúres, barberos, mendigos, escribientes, guitarreros…  Le parecía una suerte de enjambre humano que fluía entre los puestos como marea de lodo en campo de rocas, con sus giros caprichosos pivotando en dudosos remolinos. Pero sobre toda consideración, ponderaba el trato reposado y cortés que se percibía en la feria. La empatía entre seres humanos tan diferentes. Se sorprenderá al comprobar las amigables transacciones que se realizaban entre gente tan dispar como los chinosfilipinos y los mestizos o los indios. La compra se hace sin abrir casi los bultos, y he de confesar – reconoce perplejo – que en este comercio entre dos países que distan 3000 leguas entre sí, impera la buena fe, y seguramente mayor honradez que la habitual de algunas naciones de la civilizada Europa. Genio y figura del patricio prusiano, que todo lo objetiva  o pondera mediante cifras, funciones numerales, tablas y ábacos o gráficas comparativas. Hasta el concierto humano de una aleatoria feria mercantil, donde confluyen los temperamentos de americanos, africanos, asiáticos y europeos, tratará de encuadrarlo en un marco objetivo, tomando como unidad conocida  su civilizada Europa.

 

Finalizada su estancia en Acapulco, remontará el camino a Chimpalcingo que encuentra amplio y bien cuidado, cosa que no alaba del trayecto restante hasta México. Es fácil de entender este contraste, si se piensa que, desde mediados del siglo XVIII, el castellano del San Diego venía solicitando el traslado de su residencia campestre a esta ciudad de clima benigno, dada la fluidez habitual del trato entre ambos enclaves. No sospechaba que aquel camino montaraz entre riscos y vaguadas, tenía los días contados. Después de la independencia y el cese de comercio con Filipinas, el camino de herradura quedó en completo abandono, sin cuidado ni reparaciones. Solo pudieron conservarse algunos tramos empedrados; los restantes se convirtieron en arroyadas… nos cuenta el historiador local Vito Alessio. El puerto de Acapulco quedo incomunicado por tierra con la capital, hasta que el trazado de carreteras modernas vino a conectarlo ya en pleno siglo XX. No obstante, se mantuvo siempre como nexo de unión marinera con los enclaves de la costa californiana y otros puertos del Pacífico.

 

El científico  alemán, pese a sus jóvenes treinta y tres años, venía a Nueva España precedido de notable fama, rematada localmente por la entusiasta acogida que el Virrey José de Yturrigaray le dispensa en la capital, además de la lógica expectación que despiertan su llegada, su porte de dandy europeo y un protocolo virreinal en todo su esplendor. No solo le abre las puertas del Virreinato a su curiosidad sin ambages, sino que despliega su influencia personal para interconectar su inquietud con la ciencia novohispana y sus instituciones. Desde Fausto de Elhuyar, descubridor del wolframio (Vergara, Guipúzcoa 1783) y a la sazón director del Colegio Minero de la Ciudad de México, hasta el desagüe de Huehuetoca en el Tajo de Nochixtongo, con todos los problemas hidráulicos inherentes a los tremedales y lagunas del Anahuac. Profundiza en la evacuación de las aguas lacustres de la histórica Tenochtitlán, tantas veces inundada como drenada hacia las cuencas subsidiarias del Pánuco desde los tiempos de Cortés, sus bergantines y su conquista, como los del Virrey Mendoza. Repasará minuciosamente las sucesivas soluciones hidráulicas asumidas, desde las diatribas del carmelita Andrés de San Miguel y el matemático Enrico Martínez, hasta los enfoques contemporáneos al suyo y los 48 km del sistema hidráulico del franciscano padre Tembleque con su acueducto  (hoy Patrimonio de la Humanidad). Todos le interesaban. Todo lo estudiaba, medía y sopesaba.

 

Las frecuentes inundaciones de la capital, provenían sin duda del hundimiento de la cada vez más pesada, por ciclópea, ciudad de México, sometida a un proceso de lento incrustado en un subsuelo de sedimentos poco consolidados y gran potencia. Hoy sabemos que la capital azteca se asienta sobre uno de los suelos de cimentación más inciertos del mundo (comparable al delta del Nilo), un fondo lacustre sedimentado en tiempo geológico de larga data, sobre una base rocosa que se encuentra 3000 metros por debajo del nivel construido. Con el doble agravante de ser suelo amplificador de temblores inducidos por cualquier sismo (a mayor amplitud de la oscilación motriz, mayores destrozos constructivos), a la vez que experimenta compactación y asiento, incluso licuefacción, durante los sacudimientos del suelo. Eso sabemos hoy, pero también hemos aprendido con pasos de gigante a diseñar nuestros edificios y dotarlos de respuestas dinámicas sedantes de la moción básica. Y México posee grandes profesionales cuyos textos, dormidos y curioseados en la biblioteca familiar, veo que señalaron el norte ingenieril de mis mayores durante la segunda mitad del siglo XX. Si Humboldt encontró y reconoció un alto nivel tecnológico alcanzado en la Nueva España del ochocientos, no es comparativamente menor, el poseído hoy por sus herederos históricos.

 

Objetivo y rigorista por naturaleza, debió sentir Humboldt en su llegada a Nueva España, un firme contraste frente al vacío de información franca que había manejado para ilustrar su venida al Nuevo Mundo. La Aufklärung de la que provenía, masivamente protestante, era también fuertemente crítica con el mundo hispánico y su metrópoli. España era a la sazón un país anonadado en su decadencia, carcomido por una masonería retroalimentada por ciertos enfants de la patrie de la soliviantada Francia. Cuanto de ella se publicaba en Europa, estaba en gran medida asociado a informaciones vertidas por enemigos históricos o ¡a esas alturas! religiosos, asumidos como propios por el fuego amigo de sus intelectuales, filósofos fetales de la Revolución Francesa. Pese a la fama de la Enciclopedie Française, los mejores atlas del momento eran mayormente ingleses, y en ellos se cantaban, narradas y pintadas, las glorias del Imperio Británico, en detrimento del resto de mortales, sin el debido recato al buen gusto y la objetividad, que venía siendo habitual moneda de pago en las ediciones de la Europa continental, por muy luteranos o nacionalistas que fueran sus editores. Estos mismos atlas a la luz de hoy, resultan insufribles para cualquier europeo no británico: la maquinaria de propaganda había ya comenzado su modulación de Verdades, para ceder sitio a la particular view o media verdad, cuando no a una rotunda falsedad hija de la desinformación no exenta de prejuicios. Las fake news tan en boga hoy, eran ya calderilla corriente conocida de siempre, pese a su alicorto alcance de antaño, contra la posible contundencia actual. Y la Iglesia anglicana que las combatía, sometida al poder político desde los Tudor, era ya para entonces solo un remedo grotesco de sí misma.

 

Muestra una vez más de su arrogante supremacismo, fue sin duda la moneda conmemorativa del God´s blew, enviado por Jehová para salvar de la Armada española del siglo XVI a su anglicano pueblo escogido. Soplo divino, Viento de Dios, Santificante Gracia que enviaba el Supremo Hacedor, era aquel oportuno iracundo Eolo que desbarató la flota papista del Anticristo romano. Un eco de aquel viento bíblico arrojado sobre los ejércitos del Faraón en su paso del Mar Rojo, venía ahora a destrozar, entre acantilados, la Felicísima Armada del endiablado Felipe II. Era anatema de Jehová contra el rey español, por haber osado enviarla desvergonzadamente para luchar contra los ingleses, no contra los elementos desatados, como había confesado aquel arrogante monarca…  O la falsaria medalla de Cartagena de Indias, mil veces personalizada en su historia por preeminentes Vernons, siempre erguidos y vencedores, frente a imaginarios Lezosperennemente vencidos y arrodillados. ¿Blas de Lezo, decís? ¿Quién es ese personaje de fake new que ni le nombra la Enciclopedia Británica? se preguntarán extrañados esos mismos historiadores del Reino, que aseguran fuera Francis Drake el primer “circundedisti me” de la Historia, o ser la naviera inglesa Cunard quien descubriera el gulf stream a principios del siglo XX. Esos mismos que citan a Cook como descubridor de las islas Hawai o la Austrialia del Espíritu Santo dos siglos por detrás de los españolesPero – ¡eso sí! – que no falten los tripulantes uniformados de seda, las velas adamascadas y múltiples gallardetes de paño de oro cantados por Hume…  para cuantas ocasiones inventen sus hooligans de la narrativa patria. Cuan lejos estamos de la realidad y caballerosidad espontánea del velazqueño Spínola, cortésmente inclinado hacia un humillado Nassau que le entrega las llaves de la rendida Breda. O la respetuosa espera de los Reyes Católicos frente al abatido Boabdil, que tarda en entregar las del Reino de Granada – ¡Ay de mi Alhama! – reflejada por Pradilla. Consideraciones similares debieron fluir en su espíritu crítico de aufkläruner germano, que trataba de objetivar una realidad hispanoamericana que no dejaba de sorprenderle a cada paso. De ahí sus referencias comparativas con “el Mundo”, “la Europa” y el todo o la parte de las naciones dominantes, tan frecuentes en los dictámenes vertidos en su  monumental Viaje a los países equinocciales y sus posteriores Ensayos Políticos y numerosos Atlas. Bálsamo de fierabrás contra la urticante opinión inglesa sobre los pobres humanos, predestinados a no nacer donde Jehová a ellos habíales enrocado.

Figura 10: Fuerte  San Diego. Acapulco

 

Fieles en su tradición de mirarse el propio ombligo, todavía hoy florecen en aquel país ideas peregrinas como las vertidas no ha mucho por un conspicuo y circunspecto Barón emérito, de cuyo nombre no quiero acordarme. Rector de Universidad famosa, antítesis racional del Humboldt universal, Kenneth McKenzie Clark en los cercanos setenta del pasado siglo se permitió el lujo, en su muy particular view, de negar cualquier aportación cultural del mundo hispánico al progreso humano. Lo primero que se viene a la cabeza tras ello, es el ciclópeo grosor de la ignorancia que apisona las meninges de quien lo proclama. Un ex rector de Universidad inglesa, nada menos. Solo cabe por tanto dar paso a otra explicación: la paráfrasis machadiana de quien envuelto en su arrogancia desprecia cuanto ignora. Desconocimiento que era mucho menor de lo que él fingía poseer sobre lo hispano, puesto en evidencia por los múltiples tópicos antiespañoles que guardaba en la recámara. Actitud gentilicia ya denunciada por Ortega y Gasset medio siglo antes, en el Epilogo de su famoso tratado sobre La rebelión de las masas. Bien que presuponiendo que no hay pueblo que, mirado desde otro, no resulte insoportable…  En el anglosajón se ha dejado correr la intriga, la frivolidad, la cerrazón de mollera, el prejuicio arcaico y la hipocresía nueva, sin ponerle coto. Se han escuchado en serio las mayores estupideces con tal que fueran autóctonas, y, en cambio, ha habido la radical decisión de no querer escuchar ninguna voz española capaz de aclarar las cosas, o de oírla solo después de deformarla… Pero esa actitud es mero despotismo humano, aunque nuestro Ortega lo calle. Una prepotencia incapaz de entender lo que hay de cultura refinada, sutilísima y de alta alcurnia en “tomar el sol” del español castizo, que juzga holganza; en tanto ponerse unos bombachos y dar golpes a una bolita con una vara, es operación que dignifica llamándola “golf”, concluye incómodo. O quizá ese turismo de borrachera, que invade periódicamente Magaluf, Salou, Ibiza y tantos enclaves mediterráneos – añadimos nosotros – donde cientos de jóvenes anglos (gaudeamus igitur, iuvenes dum sumus) encajan su torpe primitivismo, lo dignifiquen como un ‘Spring Break a la americana’, que aportar a la civilización universal. Pero no son sino hordas multiformes de meros homínidos del alcohol, la droga y el sexo, cachorros que salpican por doquier retazos de su peor Albión como vivo reflejo de cualquier fin de semana en sus calles. Otro aporte social civilizado, pensarán sin duda. ¿Hemos olvidado ya el veto prohibitivo al aficionado inglés de acompañar durante años a sus equipos en partidos de fútbol continentales? ¿Acaso la FIFA tampoco comprendía esta civilizada manera suya de socializar con otros aficionados?

 

Hace apenas unos días (Abril 2020) la cadena BBC de Londres, admitía que la derrota a manos inglesas de la Armada Invencible, era el mayor bulo de la Historia, utilizado por monarcas, artistas y políticos hasta la actualidad. ¡Agimus tibi gratias omnipotens Deus! En su serie Royal History’s Biggest Fibs, la historiadora Lucy Worsley desmonta con cinco siglos de retraso una verdad a la que nunca los españoles prestaron demasiada atención; era ahora el diario El País, quien sacaba a colación el tema. En el relato oficial inglés, asegura la historiadora, se mezclan poetas, cantautores, fabricantes de tapices históricos y fabuladores mitológicos con sus oníricas ensoñaciones patrióticas para hacer el totum revolutum que impregna la asignatura de Historia estudiada en la enseñanza secundaria inglesa. Drake y su juego de bulos (perdón, bolos), el diabólico Felipe II… y tantos otras fake news aclaradas… ¡más vale tarde que nunca doctor Watson!                                

 

Ni que decir tiene que para nuestro Barón emérito eran, a su entender ingleses, los primeros de la cola aprestados a recibir albricias por su tributo al haber humano. Pero su omisión hispana, no es cosa baladí, que pueda ser soportada por la Historia Universal, por muy prêt-à-porter que quisiera fabricársela para promocionar el programa televisivo que presentaba y dirigía, como punta de lanza de su obra escrita. Como tampoco, es de reconocer, podría soportar ese concurso universal la exclusión del grano de arena inglés. Y ello pese a llevar las alforjas cargadas con un Enrique VIII y su Torre de Londres, el tráfico de esclavos, las guerras del opio, el holocausto de 11.000 zulúes ametrallados en Sudáfrica, el genocidio histórico irlandés, o la Navidad negra de Pasto 1822 con masacre y violación de mujeres y niños por la Legión británica; por no hablar de los más recientes bombardeos de Hamburgo. Y esto se lo decimos a nuestro Sir desde un país europeo que ha eludido las dos guerras mundiales del siglo XX.

 

Quien esté libre de culpa, que tire la primera piedra, es mantra bíblico recurrente, fácilmente asumible. Así como un comportamiento negativo puede ser  extrapolable a cualquier grupo humano, no se da en la misma medida la siembra de  valores. El siglo XX nos ha enseñado que cultura y barbarie pueden caminar juntas. Pero cultura no es civilización. La cultura profundiza el conocimiento de nuestros instintos, pero no necesariamente su dominio, su gestión. La civilización lucha por apaciguarlos, por gestionarlos. Aunque suelen caminar como compañeras de viaje, son autónomas en la evolución de las sociedades. Si algún esfuerzo hizo la Inglaterra de los Estuardo en sus Trece Colonias por civilizar a sus amerindios (los Tudor quedaron inéditos), nunca podrá ser comparado al civilizador y culturizador empuje de la Corona española  durante ese mismo lapso en su Imperio americano. Estamos hablando de Civilización, el título del programa televisivo de nuestro desmemoriado profesor. Baste como muestra las Ordenanzas de descubrimiento, nueva población y pacificación de Indias (1573), hecho a vuelapluma por Felipe II en una corta estancia en el Palacio de Valsáin (dejado en ruinas tras construir La Granja de San Ildefonso). Su capítulo sobre las Pacificaciones no admite parangón con trato alguno dado a cualquier indígena de otro continente, no importa por que Corona europea de su siglo y  siguientes. Literalmente, se ve en él sembrada la pura civilización. Pero el minucioso Felipe, no hacía con ello sino continuar las políticas emprendidas por los Reyes Católicos desde los comienzos del Imperio español. Políticas siempre encauzadas a través de las Leyes de Indias, protectoras de los aborígenes, pero letales para los intereses de la conquista y colonización. Empezando por el codicilo anexo al Testamento de Isabel la Católica (1505), origen del Derecho Humano: Suplico al Rey mi señor muy afectuosamente, y encargo y mando a la princesa mi hija y al príncipe su marido, no consientan ni den lugar a que los indios, vecinos y moradores de las dichas Indias… reciban agravio alguno en sus personas y bienes, sino que manden que sean bien y justamente tratados… Era el origen del derecho de gentes. La consiguiente puesta en producción del gran continente, hubo de costarle por ello a la Corona española una guerra civil y no pocos sinsabores. Pero el hombre, aun cuando aborigen, estaba por encima de la economía según la ética del Imperio, antítesis de la jurisprudencia inglesa, donde era la economía de los planters prioritaria frente al indio. Ese mundo hispánico que nos dejó ayer aquella Corona, es hoy el primer receptor de patrimonios culturales UNESCO por sus reliquias de la cultura y civilización que supo imprimir a nuestros reinos de ultramar, y su defensa frente a otras potencias que anhelaban para sí aquellos logros.

 

Además de su literatura, su pintura y escultura, sus músicas, sus aportes cartográficos spanish lake, kuro-shivo y gulf stream incluidos, su ciencia naval y navegación, su ingeniería militar y civil, su derecho de gentes salmantino, sus cientos de misiones y reducciones donde civilizar naturales, los hospitales para socorrerlos, sus cientos de traducciones del saber occidental a lenguas indígenas o viceversa, su primera gramática culta, sus miles de km de caminos empedrados, sus catedrales y universidades como focos de música y ciencia… son materia holgada para calibrar el dislate boreal de nuestro recordado profesor. Su Inglaterra del siglo XII, aún con legañas en los ojos, seguramente ni se enteró del Renacimiento andalusí que nuestro docente silencia, precursor de la otra Aufklärung del siglo XVIII europeo, al decir del sorprendido Karl Vossler que lo estudió en profundidad.  Fue el Siglo de las luces de los Avempace, Abenarabi, Maimónides, Abentofail y Averroes,  precursores a su entender de la pléyade germana de los Goethe, Kant, Leibniz y el propio Humboldt, perceptores del sutil perfume emanado de aquel canto a la naturaleza y al sentir y pensar del hombre. Y ello ocurría durante los siglos del califato cordobés, faro medieval del saber alejandrino, cuyas gentes se expresaban mayormente en romance, donde algún sultán se dejó ganar por los encantos de Sevilla y uno murió corneado por una vaca brava, según nos cuenta Claudio Sánchez Albornoz, nuestro medievalista de cabecera. Donde las mujeres que parían en los gineceos de los centros de poder eran hispanorromanas o hispanogodas (diezmo obligado de los sojuzgados reinos cristianos a los poderosos muslimes) y sus Abderramanes, pelirrojos muchachos de azules córneas, cual vástagos de estirpes reales navarras, leonesas o castellanas cuyas infantas eran moneda de tributo en los serrallos califales. Que nos dejaron joyas arquitectónicas como la Mezquita cordobesa, la Alhambra granadina o las insuperables ruinas de Medina Azahara, mientras el rumor matemático de Al – Quaritmi esbozaba nuevas formulaciones en Al Ándalus. Era el álgebra en forma de los algoritmos que hoy epatan a tanto friky, en tanto su alquimia los aplicaba sin aspavientos para obtener el vidrio coloreado que entramaría las vidrieras de las catedrales góticas. También las inglesas y algunas residencias de la época Tudor. ¿No aportó nada al progreso humano occidental la medieval Escuela de Traductores de Toledo? Es respuesta que responden por sí propios Gerardo de Cremona y Domingo Gundisalvo o la naciente Sorbona de París, sus coetáneos; pero no nosotros, insignificantes hispánicos desterrados del progreso humano, como del paraíso lo fuera su género homo. La espada de fuego de nuestro ángel exterminador británico, nos prohíbe a los hispanos el retorno al edén del saber humano, del que, motu proprio, nos niega haber sido parte alguna vez.

 

Fuera de retóricas acerca del concepto de Civilización y su culmen manifiesto de las Jornadas de Valladolid, Hugh Thomas reconoce que este debate ha sido único en la historia de los imperios. Acaso ¿inspiraron Roma, Atenas o Macedonia semejante debate acerca de su conquista? ¿Lo hicieron Francia o Rusia? ¿Hubiera optado la Corona Británica por organizar tan docto debate en Oxford, como lo fuera  la jornada sobre los amerindios en Valladolid, para dilucidar si era jurídicamente justa su guerra contra los ashanti o los afganos?: la sola idea resulta risible, se responde a sí mismo el hispanista británico… Por cierto ¿cuantas misiones humanistas dejaron sus paisanos en las Trece Colonias? nos preguntamos nosotros. Para navegantes anglos advertimos que solamente en Nueva España había más de 300, algunas con cerca de mil aprendices indígenas. ¿Cuantos centros del saber para naturales, monásticos o no,  con su biblioteca como semillero de cultura? ¿Cuantas imprentas? ¿Cuantos corrales de comedia, ellos que habían creado su teatro con el magnífico Shakespeare? ¿Qué ventaja produjo a los indios del Norte vivir yuxtapuestos a una cultura avanzada? Ninguna, caso único en la Historia, sencillamente porque eran de ella segregados como leprosos bíblicos. Por tanto ¿Dónde está el aporte de la civilización inglesa al mundo amerindio? ¿O es que acaso nuestro Sir no lo consideraba mundo? ¿No habíamos quedado en que todo Imperio se caracteriza por trasmitir sus haberes a las provincias incorporadas? Aunque, ciertamente en su caso, no eran provincias sino colonias, de facto un hiriente escalón social más bajo. ¿Cuantos Poma de Ayala, o Escuelas Quiteñas de Arte, contaron entre sus indígenas? ¿Cuantos Inca Garcilaso entre sus mestizos? ¿Cuántos Ruiz de Alarcón o sor Juana Inés de La Cruz, en sus haberes criollos? ¿Cuantos edificios pétreos, si es que alguno construyeron que no fuera en madera o ladrillo, con sus exquisitas labras y relieves surgidos de escoplos indios? ¿Cuántas catedrales con sus escolanías, sus maestros y sochantres? ¿Cuántos de ellos eran virtuosos músicos indígenas o mestizos, organistas, maestros de capilla, o compositores como Manuel de Zumaya? ¿Cuantos hospitales, casas de beneficencia, orfanatos construyeron para los naturales? ¿Cuantas universidades?  ¿Tengo que recordar a tan olvidadizas mentes que en sus colonias era el mejor indio el indio muerto, según confesara su historiador conectiqués Herbert  Eugene Bolton? ¿Por qué no existe hoy un mestizaje significado, a lo cinéfilo Pocahontas style, en sus ex Trece Colonias? La respuesta es clara: porque exterminaron a sus indígenas. ¿Cómo?: con limpiezas étnicas como la de los paquot masacrados por los padres puritanos, con cínicas mantas impregnadas de viruela para cobijar su invierno norteño durante la llamada guerra india, con la eliminación sistemática de las tribus autóctonas de la frontera en todo tiempo, con bebidas estimulantes hasta macerarles sus vísceras en alcohol…  ¿Por qué callan esas miserias, en vez de sacarlas a la luz, como el imaginativo Las Casas hiciera, publicando las nuestras en la propia España?¿Por que el testifical Mártires de la Inquisición Inglesa del jesuita John Gerard, no pudo ser publicado en Inglaterra hasta ¡1984!? Para un observador no anglo es fácil de responder, puesto que en aquella Albión contemporánea, los represaliados eran papistas de un país anglicano, cuyo papa era la propia reina Isabel I, juez y parte. Una furibunda perseguidora de católicos que controlaba mediante espionaje vecinal, y acusaba de sedicente a quien no asistiera al culto público, penado en primera vez a perder una oreja, a pena de muerte si reincidía. ¿Por que el angloamericano Día de Acción de Gracias, es para los indios wampanoags su Día Nacional de Luto? ¿No habíamos quedado en que todos comían amigablemente pavo compartido? Pero esas verdades adversas son silenciadas tanto en Albión como USA, donde se sigue comulgando con ruedas del molino de los padres peregrinos y su totémica ave desplumada.

 

En la Enciclopedia Británica ni se nombra a Blas de Lezo. Y nuestro profesor desprecia cuanto ignora, que es mucho, porque su insular cultura ignora cuanto le escuece, que no es poco. Para nuestro televisivo comunicador, todos los indios borrados del mapa, tal como les ocurrió a los paquot, quemados vivos con sus mujeres y niños en la llamada Masacre Mística, debían ser sin duda emisarios espirituales ante el Sumo Hacedor, para ver de retrotraer sus almas al predestinado Edén de los ingleses… Hasta Arturo Uslar Pietri, el siempre ecuánime y templado gentilhombre venezolano, ante tal desafino cromático, hizo sonar su armoniosa cuanto prestigiada voz, para acallar tamaña distorsión sónica del conocimiento y de la razón en pleno siglo XX. Los Expulsados de la Civilización no es su crítica malhumorada, sino  razonada concatenación de cordura, dolora en prosa de un savoir faire ante el inesperado bucle tribal de un prestigiado docente. Atrincherado en un poderoso medio audiovisual y su rango académico, este comunicador pretendía rociar su programa de erudición con su particular aspersorio hispánico. Un hisopo asimétricamente perforado por filias y fobias, que asperjaba su sopa de letras sobre un colectivo masificado, acrítico, zafio, sanchopancista, empantuflado… y sorprendido, a la vez que satisfecho, ante el sabor edulcorado de aquellos plasmas de hechura cabileña, ajustados milimétricamente a su capacete craneal insular. El amplio espectro de la civilización, tratado de forma simplista y aroma erudito, motivaron la incomodidad del llorado polígrafo caraqueño, tal como provocan hoy la nuestra. Con las propias tesis de John Ruskin que nuestro barón argumentara, Uslar Pietri razonaba en pro de la civilización hispánica para llegar a conclusiones diametralmente opuestas. No hay hallacas como las de mi mamá, es dicho de nuestra tierra caribe para significar lo apegado del paladar familiar a los sabores caseros. Y el mediático histrión, salpimentaba su hallaca televisiva dosificándola de tribales halagos, capaces de plenar de emociones sus anglófilas oquedades cefálicas. Pero lo que no pudo saber nuestro sabio caraqueño, es que tras generaciones de lisonjearse como elegidos por el dedo de Dios, este Sir inglés y muchos de sus emocionados escuchas, serían los precursores del Brexit social, apartheid europeo que había de estallarles en las manos durante la segunda década del siglo siguiente. ¡Onirismos de un evanescente Segundo Imperio ya marchito, cuando el Primero, niego a la mayor que lo fuera más allá de la propia vanidad inglesa, había brillado por sus elementales carencias humanas!

 

No se puede negociar con un país que viaja todavía en asnos, respondía no ha mucho el Premier Boris Johnson a un periodista que le preguntó por el futuro estatus de Gibraltar tras el Brexit. Si reclaman Gibraltar, les enviaremos la Armada Británica, contesto otro Jenkins del siglo XXI, sin desorejar por el momento. Dicho esto por dos autóctonos, un siglo después de La Rebelión de Ortega y Gasset ¿a qué nos suenan estas opiniones?… Nuestro pensador historicista cuenta cómo un minucioso corresponsal del The Times, enviaba detallados pormenores a su Redacción y las cifras más pulcras, para describir la situación de una Barcelona sumida en la guerra civil española del 36. Pero partía de suponer, como de cosa sabida y que lo explica todo, haber sido los moros antepasados nuestros. Lo cual, pese a su laboriosidad y supuestos aciertos, le incapacita absolutamente para informar sobre la realidad de la vida española, añadía. Algo así como suponer que el asilvestrado talante de la horda anglosajona en olor de brandy-dead que visita Magaluf, se debe a sus antepasados sajones… o que sus energúmenos hooligans encarnan una excrescencia humana brotada de sus genes anglos… Se precisa una información fidedigna, contrastada, que reclama una reforma de la fauna periodística… y algunas horas más de biblioteca en sus caletres, poco leídos y mal asimilados – añadimos nosotros – de la gran maestra que es la Historia. Y para hablar de la hispanidad es preciso conocer su unamuniana  intrahistoria, mientras que para esta cuerda de iluminados, lo que se publica en español no existe. La razón de ello, puede encontrarse en el patente desinterés del angloparlante isleño por las demás lenguas, que en su chauvinismo desconoce, unida a la citada paráfrasis del que envuelto en sus tópicos, desprecia cuanto ignora. Ninguno de ambos atributos favorece la lectura de cualquier fuente de datos objetivos en idioma ajeno. Y ya Unamuno nos advirtió oportunamente sobre la lectura que, cuanto menos se lee, más daño puede hacer lo que se lee… sobre todo si es lectura sectaria que riega páramos culturales, añadimos nosotros.

 

Ese país que supuestamente viaja todavía en burro, es quien maneja su aeropuerto de Londres a través del mayor operador aeroportuario del mundo, su banca tiene como filiales a dos de los principales Bancos británicos, acaba de construir el AVE a La Meca en detrimento de su tecnología, que volvió a desplazarla en la reciente variante del Canal de Panamá; pero que alberga gustosamente al casi medio millón de compatriotas residentes con un 15% de jubilados, que disfrutan de la seguridad social española, valorada como una de las mejores del mundo. Y que dan múltiples muestras de no compartir el estalagmítico prejuicio de su desgreñado Premier, aunque algún día lo compartieran cual pecadillo pre-púber. De lo que deducimos que hay otro sector de esa sociedad pasmada, que no se entera de su realidad, alelada aún como lo está, ante su biselado espejo decimonónico con marco dorado. Y hablando de Panamá, rebobinemos un reciente comentario de Milton Cohen Henríquez, su embajador en Madrid, quien en rueda de prensa sobre ese paisanaje que se supone viaja a lomo de burras, semilla otrora del mundo hispánico estéril de nuestro despistado Sir, recordaba off the record a sus contertulios, que era el mismo que había inventado el helicóptero, el submarino y el traje espacial, mil veces copiados luego. Que su medicina social había logrado hacer de su gente – junto con Japón – el colectivo humano más longevo del planeta, que era el primero en trasplantes de órganos humanos y se consideraba valorada su sociedad en la cumbre del bienestar universal, entre otras reflexiones lisonjeras tomadas en los medios informativos. Pero que sus ciudadanos eran, a su juicio, los únicos que no se daban por enterados de ello.

 

En contraste, la idiosincrasia inglesa que personaliza nuestro Sir, no deja de ser un suma y sigue diametralmente opuesto, que en próximas generaciones los europeos no parecen estar dispuestos a sufrir en propia carne, como tal vez le ocurriera a Humboldt. Cosas veredes, amigo Sancho, apostillaría harto de sufrirlo, quien dicen lenguas que lo exclamó, aunque nunca tal cosa hizo, este otro sólido, verdadero, equitativo, arquetípico español y universal Sir, apostrofado despectivamente por sus burlo-detractores como “El Quijote”, un hidalgo soñador atemporal desfacedor de entuertos. Figura cumbre indiscutida de la novela universal, concebida por Miguel de Cervantes Saavedra, otro expulsado de la civilización junto a Octavio Paz, Velázquez, Dalí, Diego Ribera o Picasso entre otros, por el conspicuo inglés de nuestro apólogo, erigido per se en juez universal infuso. Manco de Lepanto de por vida y más señas, tres veces herido en la mayor ocasión que vieron los siglos, donde los insulares ingleses ni estaban ni se les esperaba en aquel encuentro vital para Occidente y su civilización greco-latina y judeo-cristiana. Ni siquiera como escuderos, ni mozos de armas o polvorillas. Mientras the cold queen of England is looking in the glassDon John of Austria is going to the war… love-light of Spain ¡Hurra!… ¡Vivat Hispania! ¡Domino Gloria! no puede menos que exclamar  Chesterton ante la victoria de la Armada cristiana sobre la turca, en su emocionado poema de Lepanto. El mismo Gilbert K. Chesterton que proclama encarnar España la civilización misma, en un determinado momento histórico del siglo XVI, cuando el horizonte de su patria no pasaba más allá del empecinado robar la plata de los galeones españoles. Esa plata que serviría para construir su Banco de Inglaterra, tal como reconociese implícitamente el propio John Maynard Keynes tres siglos y medio más tarde, al reflexionar que cada libra que Drake trajo en 1580…  se ha convertido ahora en 100.000 libras. ¡Tal es el poder del interés compuesto¡

 

Y tal era el poder del interés compuesto también para aquella lengua romance alto medieval, que naciera entre la Cantabria y la Vardulia peninsulares en los albores del Condado de Castilla, que nada aportó al progreso humano, según nuestro trasnochado docente. La  lengua en que Dios le dio a Cervantes el Evangelio del Quijote, opinaba Unamuno, y la segunda (por el momento)  más hablada del mundo. Y una de las más prestigiadas, si no la más rica, tras su último hervor en el reverbero de matices expresivos y esencias americanas con sus préstamos nativos. Que el poeta nahua Natalio Hernández Xocoyotzin sintió encarnada en el ahuehuete, árbol nacional mexicano que cobija y da sombra, mientras se nutre en el suelo indígena que le transfiere sus aromasY hasta tal punto así, que hoy se tiene al viejo decir bogotano, arcano del habla de ayer aromado de esencias propias, un crujir de sedas virreinales, como una cierta fragancia sónica espontáneamente emanada de su gente. Eco de ella es esa leve musicalidad ondulante que destila el Gabo García Márquez – becqueriano rumor sonoro de arpa de oro  – legado escrito de su magistral prosa en Vivir para Contarla.

 

Como buen pueblo románico que en principio era, acabaron los castellanos divinizando su logos, su decir. Por eso, los pueblos románicos han forjado lenguas complicadas, pero deliciosas, de una sonoridad, una plasticidad y un garbo incomparables… lenguas hechas a fuerza de charlas sin fin – en ágoras y plazuelas, en estrado, taberna y tertulia – nos recuerda Ortega y Gasset. Por eso nos sentimos azorados cuando oímos emitir a los ingleses… esa serie de leves maullidos displicentes en que su idioma consiste… 

 

Un santo triste es un triste santo, conceptuaba a su vez en esa lengua complicada nuestra gran mística Teresa de Jesús, para desesperación de sus traductores. Compuesta la nuestra de una avenida de muchas lenguas, según el gran historiador jesuita Juan de Mariana (1536-1624), fue incorporando ayudas léxicas de cuantas fablas mascullaban los bárbaros germánicos que transitaron por siglos la península ibérica y que la nutricia lengua árabe vino a colmar. Como lapas fluviales adheridas a la dura madera del latín troncal, fueron apareciendo vocablos como pozo, queso, guardia, carrera, tregua, aceite…  en tanto la corriente de la Historia lo arrastraba aguas abajo henchido de humedad y macerado a golpes de ribazo. Apropióselo la cristiandad del norte que, con sus behetrías, asambleas, ordalías y venganzas de sangre, acometía la reconquista del sur con sus jarchas y zéjeles incluidos. Era un latín hirsuto, con marcado acento dialectal hispanorromano trufado de arcaísmos ibéricos, que los puristas del Lacio juzgaban despectivamente. Y los cristianos del sur, que las mesnadas castellanas iban incorporando a su guerra, apenas lo entendían. Teníanlo por bronco, rudo, montaraz, áspero al oído, no exento de rahez, más propio de bagaudas campesinas de las serranías vasconas, que de las formas de vida, tradiciones y fueros visigodos detectados en sangre. Era empero la herencia de aquella lingua latina hablada por la omnia gens hispánica de los Séneca, Marcial, Trajano, Marco Aurelio o Teodosio, que San Isidoro de Sevilla recopilara en sus Etimologías (año 627) mediante un alarde de erudición enciclopédica. Este esfuerzo supremo por salvar los muebles del mundo clásico, acabaría convertido por siglos junto al ptolemaico Almagesto (traducido en Toledo), en libro de cabecera y referente imprescindible del medioevo: primer escrito que dejaba constancia histórica del vocablo España. Pero aquellos decires sonaban aún a tañer de cencerros, crepitar de leña verde, chocar de falcatas, en tanto que desprendían tufo a pan de bellota, aprisco montuno y cánido ovejero. Fue Nebrija quien tuvo a bien bruñirlos como lengua del Imperio, y ofrecerle su Gramática a Isabel la Católica para la posteridad hispánica que encarnamos hoy. Y pasó a las Américas donde a los conquistadores… se les caían de las botas, de las barbas, de los yelmos, de las herraduras, como piedrecitas, las palabras que se quedaron aquí resplandecientes… el idioma. Así armonizaba su arraigo allende los mares Pablo Neruda, uno de nuestros once Nóbel de Literatura, que supieron tomar el testigo de los cervantes del siglo de oro, en pos de una ejecutoria de letras selectas, erario común de nuestra palabra escrita.¡Que buen idioma el mío, que buena lengua heredamos de los conquistadores torvos! – añadía el chileno -… que andaban a zancadas por las tremendas cordilleras, por las Américas encrespadas… con aquel apetito voraz que nunca más se ha visto en el mundo… Todo se lo tragaban con religiones, pirámides, tribus, idolatrías… por donde pasaban quedaba arrasada la tierra… ¿Salimos perdiendo? ¿Salimos ganando?… Se llevaron oro y nos dejaron el oro… Se lo llevaron todo y nos dejaron todo… Nos dejaron las palabras…  Y con ellas La Palabra, el logos griego que, como una semilla de carne y luz, significaba, además, La Verdad (añadamos a nuestro agnóstico vate): la perla más preciada de nuestro credo escatológico.

Figura 11- Bahía de Acapulco, hoy

 
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Contexto Histórico de Acapulco – IV

Figura 7a: Hatsesura Asemoto, primer embajador histórico del Japón en España

 

En 1740 estalla la Guerra de Asiento  o Guerra de la Oreja de Jenkins entre España e Inglaterra. Motivo real, fuera de disquisiciones leguleyas: el contrabando de comerciantes ingleses en costas del Imperio Español. España había permitido a Inglaterra el asiento de negros o libre venta de esclavos africanos, y el navío de permiso con capacidad de vender una vez al año 500 toneladas de mercancía en los puertos de Indias. Este tonelaje fue duplicado a 1000 toneladas anuales (1716), lo que tuvo que ser cubierto con varios navíos de permiso, dado el escaso arqueo tradicional de sus barcos. Ello vino a complicar el control del volumen pactado y multiplicar su contrabando a lo largo de 100.000 millas de costas virreinales. España se guardaba el derecho de visita, o control jurisdiccional por sus guardacostas sobre los barcos británicos que accedían a puertos hispanos. Este control incomodaba a los ingleses que, sin despeinarse siquiera, tildaban a los gestores españoles de piratas. Una vez más el calamar británico soltaba su turbia tinta para velar con ella sus culpas. Disimulo y ocultación de realidades fraudulentas, mercancías de matute a raudales, connotados falsarios envueltos en acartonado orgullo, eso, y no otra cosa, era lo que detectaron los marinos españoles. Entre ellos el comandante  Fandiño, que pilla in fraganti delito al tal Jenkins que da nombre a esta historia y a quien manda desorejar como a cualquier quídam. Un castigo sobradamente anunciado a, y conocido por, los transgresores de una ley de comercio ultramarino que a sabiendas ignoraban. Y como souvenir del veredicto le regala el seccionado apéndice, que el delincuente guardará en formol. Es lance sobradamente comentado, tal cual lo cotillearon los mentideros portuarios de la época.  Y así empezó todo: una buena oreja inglesa, que valía una guerra. Hoy nos parece ciencia ficción, pero en absoluto lo fue. Sus víctimas y destrozos históricos durante nueve años de guerra lo atestiguan. El supremacismo larvado del partido opositor, propalaba la idea de una España decadente, presa fácil para una Gran Bretaña poderosa y dueña de los mares. Ritornelo pertinaz del nacionalismo de las islas, tantas veces enfrentadas a su realidad. Apenas pasados veinte años desde la última intentona de coparle en su isla, el eterno  perro chico gruñón buscaba una revancha para su ego.

 

El partido guerrerista del Parlamento londinense recién creado, arremete contra el pacifista Premier Walpole, que, bien informado de la situación internacional, se verá obligado a declarar una guerra que no desea. Los belicistas en cambio y el almirante Edward Vernon con ellos, ven el oportuno casus belli para partir la América hispana en dos mitades y apropiársela por partes. Así de fácil. Vernon por el Caribe y el comodoro George Anson por el Pacífico, serán los encargados de efectuar la operación tenaza que yugule al Imperio Español y ponga fin a su secular arrogancia. De nuevo la eficaz propaganda protestante, lubrica la maquinaria nacionalista que desborda las calles. Pero Vernon sufre en Cartagena de Indias tremendo descalabro a manos de Blas de Lezo, que Anson viene a conocer tras la captura de una balandra chilena. Enfilaba ya su tajamar hacia la Ciudad de Panamá, el otro filo de la tenaza prevista, cuando tal noticia iba a cambiar su táctica bélica. Su cometido se centraría ahora en capturar el Galeón de Manila. Podía tal vez ser el golpe alternativo que estrangulase las magras finanzas de Su Católica Majestad. Y a ello encaminará en adelante sus intenciones.

 

Sobre su cartográfico top secret lacrado del Almirantazgo, el Comodoro marca las coordenadas de Acapulco para trazar desde su actual posición el rumbo a seguir, y a principios de  1742 se presenta ante la bocana de su puerto. El galeón manileño había llegado pocos días antes, y la feria, en su apogeo, habíale extraído ya su preciada carga de las entrañas. Un ataque en estas condiciones, produciría un desparrame general de personas y mercancías, desde los quioscos y puestos de la Planchada para adentrarse en el anfiteatro boscoso de La Sierra. Tras un primer cañonazo, toda rentabilidad de pillaje sería prácticamente nula a corto plazo. El saco de una feria desmantelada, en nada habría de resarcir el esfuerzo por lograrlo. Debía ser por tanto una acción fulgurante, porque, a otro plazo, la respuesta virreinal podría tornarse en trampa demoledora.  Luego de doblado Hornos y alcanzada aquella latitud, el comodoro inglés conservaba dos barcos, apenas gobernados por una marinería más entusiasta que experta. Comidos de fiebres y escorbuto, aquellos hombres no se encontraban en disposición de ataque alguno, pese al eterno milagro del brillo áureo en ojos menesterosos. Anson, millas de mar adentro, dudaba si esperar o no la salida del galeón en primavera. Tal vez pudiera desde allí escuchar los cañonazos del adiós y la cortés réplica del fuerte. Desde la posición desplegada con sus barcos, escrutarían cualquier aparejo de tres palos que apareciera por leste. Inútil espera: los barcos de aviso habían vuelto a cumplir su escurridiza misión, y esa primavera no sonarán ya las salvas de adiós al Galeón, ni traídos por el alisio lo  serán sus ecos que mar adentro esperaban oír.

 

Duras habían sido las jornadas que hasta allí le habían traído al comodoro inglés. Formadas sus tripulaciones a base de novatos de última hora, cuando no de sobreros veteranos o convalecientes del hospital de Chelsea, muchos de ellos hubieron de ser rechazados. En un barco auxiliar fueron devueltos a puerto, cuando su Centurión punteaba ya los rugientes cuarenta del Atlántico Sur en su ruta a Hornos. Su misión no parecía empezar bien. La operación tenaza del Almirantazgo era conocida por el espionaje español, y los barcos de aviso habían alertado ya todo puerto meridional atlántico y pacífico. Una escuadra de cinco navíos, 285 cañones y 2700 hombres al mando del general José Alfonso Pizarro, aguardaba su paso frente a la base naval del Atlántico Sur en Montevideo, dispuesta a salir tras el inglés y su sorpasso por el vértice continental americano. Atacaría  a la escuadra de Anson ya entrada en el Mar del Sur, donde sus 6 navíos de guerra más dos auxiliares, con potencia artillera de 230 cañones y 1700 hombres, no podrían recibir ayuda de la metrópoli ni de sus colonias atlánticas. Estos eran los planteamientos bélicos de la flota española sobre las cartas náuticas. Pero la durísima remontada del Cabo de Hornos iba a desarbolar ambas formaciones, la persecutora con mayores esloras, y la perseguida con más barcos. Cada cual lamerá sus heridas como buenamente pueda, lejos de la civilización y las ayudas, con resultado muy otro del esperado alcance. Pese a su mayor arqueo, las naves españolas no remontan los vientos huracanados del güeste y deben tornar maltrechas al Atlántico platense; el inglés logra pasar al otro mar, pero salva a duras penas la mitad de sus barcos. Cuando Pizarro lo intente por segunda vez y logre remontar el meridión americano, habíase ya perdido Anson en las brumas del piélago sureño.

 

Serán los científicos de la Armada Jorge Juan y Antonio de Ulloa, midiendo a la sazón el meridiano de Quito, quienes a la llamada del Virrey, salgan del Callao hacia las aguas del estrecho. En una pequeña escuadra en corso formada por dos fragatas de 600 toneladas, van a tratar de interceptar la armada de Anson. Registrarán el litoral chileno y las Islas de Juan Fernández sin éxito, aunque sepan que por allí han pasado los barcos ingleses. Pero su comodoro  no se dejaría ver, hasta aparecer en las costas de Nueva España. Ambos marinos solicitarán volver a Quito cuando sepan que Pizarro ha tomado ya el mando de la Armada del Mar del Sur.

 

En mayo decidirá Anson levantar el cerco de Acapulco y poner rumbo a Macao. La estación está ya avanzada y los alisios refrescan, mientras sus nubarrones cargados de aguaceros, van espesando los cielos del nordeste. Desea escapar antes de la llegada de las primeras turbonadas y carenar allí las naves que siente pesadas, de poco andar y lenta respuesta. Pero solo su capitana, Centurión, sería capaz de alcanzar la colonia portuguesa. Con cartografía de la Royal Navy que distorsionaba vientos y corrientes, se verá obligado en determinados momentos a transitar, sonda en mano, entre un azar de escollos, islotes y  atolones no mapeados e indetectables a pocas millas. Sin suficiente aguada ni víveres e ignorando dónde hacerla o conseguirlos, su aleatoria y existencial derrota, prácticamente a ciegas, iba a ser un canto a la vida y a la fortuna de aquellos hombres al borde de la inanición. Mientras alentaba el céfiro tropical, sus singladuras fueron pasmo rendido de la diosa Fortuna, que aún conserva dilatadas – dicen sus biógrafos – sus asombradas pupilas. Fue pura réplica del fantasmal tornaviaje del patache San Lucas de Alonso de Arellano dos siglos antes, pero sentido inverso: como entonces se dijo, era también ahora el Cielo quien salvaba sus vidas. Luego de contemplar durante semanas gaviotas y aves migratorias en vuelo al sur, atisbaron al fin los verdes ribazos de una de las Marianas, donde los nativos mantenían hozando piaras de cerdos. Era la isla de Tinián, y en ella fondeará el Centurión para tomar el soñado contacto con suelo firme, luego de meses de incierto balanceo. En botes a remo desembarcaron los menos enfermos, que compraron y robaron cuanto pudieron, para seguir prestos avante. Más de un multicasco aborigen, de raudo y buen gobierno, salió en su seguimiento que, empero su frustración medrosa, no osaría aproximarse al navío de guerra extranjero.

 

Tampoco el arribo a la costa asiática iba a resultarle fácil al marino inglés. Los chinos le recibirán recelosos en sus aguas, que solo los comerciantes lusos franquean amigablemente. Pese a ello, logrará remontar el delta del Río de las Perlas hasta entrar en demanda de carena en la isla portuguesa de Macao. Una vez carenado el Centurión, se abastece de viandas, adquiere mapas y reponen fuerzas sus hombres, para regresar a las Filipinas y apostarse a socaire del cabo Espíritu Santo. Se trataba del referente rocoso que cada Galeón de Acapulco enfilaba en su rumbo al estrecho de San Bernardino, cruce interinsular obligado hacia Manila. Allí sorprenderá en junio de 1743 al confiado Nuestra Señora de Covadonga, que habiendo iniciado dos meses  antes su viaje felicísimo,  trae la cubierta repleta de ganado vacuno recién comprado en Guam, que habrá de arrojar al mar para entrar en combate. El adelanto de fechas sobre el paso del Galeón de Acapulco por el cabo Espíritu Santo, hace que su gemelo Nuestra Señora del Pilar de Zaragoza, no haya llegado aun a su cita anual para acompañarle hasta Cavite.  Su felicísimo cruce del Pacífico le había vendido. Cuando el Covadonga advierte las velas de Anson, hacia ellas toma rumbo pensando encontrar al Pilar. El equívoco se desvanece cuando el Centurión iza bandera de combate. Es ya demasiado tarde; el inglés le ha ganado barlovento y atajado su posible escape hacia la cercana costa. Pero no por ello va a rehuir el encuentro, pese a sus trece cañones de nave merchanta frente a los 60 bronces del navío de guerra inglés. La calma reinante no impide al Centurión ir ganándole barlovento al Covadonga. Su carencia de carga y el reciente carenado, le confieren un grácil y escurridizo andar bajo la ventolina mañanera. Dos horas después de avistado lo tendrá al alcance de sus cañones, que retumbarán los primeros sobre la mar bella de aquella lluviosa mañana del verano austral. Solo el abordaje que ya buscaba, podía salvar al Covadonga. Abordaje que el ágil Centurión, bajo de hombres pero cañones rotundos, iba a tratar de evitar. La superioridad artillera del inglés sería sin duda quien decidiera la suerte del combate. Y así fue. La compacta madera filipina de su casco, no pudo soportar la lluvia de proyectiles que recibía el galeón. Y tras dos horas de guerra galana, diezmada la tripulación, aniquilados sus fusileros, moribundo su comandante, y desarbolada la nave, el Covadonga se rinde. Hay fuego declarado en la sentina del Centurión que puede hacerlo saltar por los aires, pero Anson sabe mantener la calma en los momentos críticos hasta lograr dominarlo. Tras ello cambiará de barco a los 300 prisioneros hispanos que cobija y vigila en su propia bodega. Y con el Covadonga escorado y a remolque, se presentará en Macao, donde vende el galeón capturado, libera los presos, repara el desportillado Centurión e inicia el regreso a Portsmouth. Carga una fortuna de un millón cuatrocientos mil sonantes pelucones y 4500 marcos de plata en lingotes de la Ceca mexicana, el más importante banco mundial fáctico de aquel siglo. Saldrán en su busca dos galeones desde Cavite, pero solo hallarán en Macao a los supervivientes del Covadonga, a tiempo de embarcarlos y regresar a Manila. Habían pasado dos meses y el Comodoro inglés, por aquellos días, doblaba ya el Estrecho de Sonda en su escape hacia el Índico.

                           Figura 8: La captura del Galeón de Acapulco

 

Un año después, en el Canal de la Mancha, le esperaba al Centurión la escuadra francesa, aliada de la española en esta guerra, que no lograría distinguir sus velas en la cerrada niebla que invadía aquellas aguas. Su estrella iba a brillar sin duda hasta el final del mundo. Era una de las presas navales más cuantiosas de la historia, pero que con solo paciencia, intuición, saber hacer y tempo histórico, no hubiera conseguido jamás un final feliz. Precisaba de la oportuna suerte, que acompañó en incierta carambola al marino inglés, como imprescindible patrimonio gratuito que todo ganador precisa para culminar su empresa con éxito. La gesta fue sobradamente cantada en la isla, cosa que sin duda merecían su tesón y su astucia. Pero sus corifeos dejaron para el arte pictórico, un imaginario encuentro naval que difiere de la realidad habida entre el Centurión y el Covadonga. El rigor histórico quedaba en él supeditado a la propaganda A.M.G.D. que habitualmente primaba en su patria. Ni el Centurión pretendió emparejarse al Covadonga, ni era menor su obra muerta ni su porte velero, que los del galeón filipino, como parece deducirse del lienzo que inmortalizara en Britania aquel desigual combate. La nave novohispana tenía 36 m de eslora (50 codos de quilla), frente a los 31 m del Centurión (42 codos de quilla), pero su mayor manga emparejaba en 1000 toneladas el arqueo de ambas. Con mayor manga y menor eslora, precisaba más vela para un mismo andar. Esa mayor superficie vélica dábasele alargando mástiles y aumentando la facha del velamen. Por dos razones: la primera, porque comparativamente podía elevar trapo sin apurar la escora, dado el mayor poder de su manga; la segunda, porque en las encalmadas, captaba mejor el leve céfiro que se desliza, imperceptible pero eficaz, algunos metros sobre el plato marino. Tal el caso del combate presente y el lento resguardo cobrado por Anson, con un rumbo de colisión mantenido para interceptar todo posible escape. Licencia artística a parte, el sentido nacionalista del pintor lleva su pincel a una conclusión emocional, formalmente errónea. Empequeñecer lo propio y magnificar lo ajeno: efecto Goliat como fórmula bíblica recurrente. Se trataba de escenificar la victoria de un terrier frente a un bulldog, pese a las realidades concretas del caso, que para nada importaban. Por eso el Centurión debía ser más pequeño, más David, menos importante y poderoso que su ocasional Goliat, a fin de magnificar el grandioso triunfo de las armas inglesas. No nos olvidemos del “nunca fuimos tan pequeños ni tan grandes” brotado del alma sincera de un Chesterton exultante con la angustiosa victoria de su Armada frente a la invasión de su isla por Felipe II. Lo que olvidó esta vez la propaganda británica fue que el Covadonga, cargado a tope, solo disponía de espacio para armar los 13 cañones que llevaba operativos. Cabe suponer que el autor del cuadro participara del síndrome Hume, como el pensador escocés que lo intitula, quien sentenciara a los españoles como incapaces de gobernar unos barcos tan pesados… mucho mayores que ninguno de cuantos hasta entonces se habían visto en Europa (léase vistos por ellos, naturalmente), como lo eran los galeones oceánicos de la doble Carrera de Indias anual. Para más adelante, sacar pecho ingenuamente, cuando la Royal Navy devino fruto maduro con barcos potentes, y aprendieran sus pescadores de Cornualles las lecciones de navegación para adultos, entonces, nuestro fatuo filósofo sentencia que los mayores buques de aquella famosa Armada figurarían hoy escasamente en tercera fila de la marina de Inglaterra…. Es decir que lo que era ingobernable por gigantesco para los españoles, resultaba calderilla para los superdotados ingleses, cuya exploración americana había estado tan fuera de su alcance, que optaron por delegarla a nautas itálicos y portugueses… desde tiempos de Enrique VII Tudor. Es decir, desde que se enteraron que América existía. A veces uno debe pellizcarse para no flipar si leyere a ciertos autores de aquella isla. Conviene no olvidarla como nación que inventó el autismo propagandista como la más rentable empresa de su parque temático. ¡Tan eficaz que ellos mismos se toman hoy en serio lo escrito por sus corifeos de antaño! ¿Qué canal de TV no emite documentales que cuenten logros Made in England por ella misma narrados y loados? ¿Acaso no estamos viendo su elefantiásica autoestima en el Brexit que se les avecina? Para Samuel Scott, el alabado artista que pintó la captura del Covadonga en versión inglesa, la desigual potencia artillera entre ambos barcos era detalle irrelevante. Para el Almirantazgo, y la claque nacional-anglicana, lo fue todavía menos. Lo importante a sus ojos era que el David anglo había vencido de nuevo a otro Goliat extranjero… español para más señas. No debía funcionar muy bien el recién implementado correo inglés de la época de Hume (1760), porque nuestro pensador tildaba a los astilleros ibéricos, inventores para el mundo de la carabela y el galeón, de  hacer barcos tan mal construidos y manejarse con tanta dificultad, que apenas podían hacer con ellos los mejores pilotos ninguna evolución… Pedantería supina de quienes antes de 1525 apenas habían vislumbrado la costa firme americana, cuando Elcano había ya regresado de su vuelta al mundo, y los portugueses consolidaban sus bases de China y Japón con aquellas mismas naos o sus variantes. Por esas fechas la navegación británica de altura estaba encargada a italianos (Caboto padre e hijo) o portugueses (Fernández Labrador y hermanos Corte Real), porque los ingleses, con su depurada ciencia marinera y sus ágiles cascarones, no se alejaban más allá de la longitud geográfica de las Azores. ¿Por qué? Simplemente porque desconocieron la navegación astronómica hasta entrar en contacto con los nautas italoibéricos. Y el gran Hawkins, de la generación posterior, lucía como joya preciada el Jesús de Lúbeck de 600 toneladas, botado en astilleros del Báltico y capturado junto al resto de su escuadra por la Armada de Barlovento en San Juan de Ulúa (1568), en ocasión que estuvo a punto de costarles la vida a él  y al joven Drake. Comprado a la Liga Hanseática por Enrique VIII, fue su hija la reina Isabel, quien se lo regalara como acicate del prototipo del porte deseado por la Corona. Recompuesto después de su captura por los españoles, acabaría sus días como nave merchanta al servicio del comercio veracruzano. Está visto que la investigación histórica desmiente patrañas fósiles… ¿no crees amigo Sancho?.

 

El siglo de las luces iba a traer al Océano Pacífico las grandes expediciones científicas de la Europa ilustrada. Bougainville, Tasmán, La Perousse, Cook, Balmis, Vancouver, Malaspina, Bering, Bodega y Cuadra y tantos otros, contribuyeron a darnos noticia del gran Océano y sus gentes, hoy conocidas. Inglaterra hizo del Reino Unido de la Gran Bretaña la potencia dominante del siglo, con un desarrollo tecnológico e industrial sin parangón, que el mundo valora y le reconoce sin ambages. Arropada por su Segundo Imperio, llegaría a ser la primera potencia mundial del siglo XIX. El perro chico, habíase pasado de terrier a bulldog. Como potencia dominante, intentó ahormar la opinión mundial con su tentacular imprenta, cuando ya la prensa estaba alcanzando una relevancia masiva, articulando su parcialidad nacionalista y protestante en resguardo de su prestigio nacional. Todavía los EEUU no habían inventado su taylorización productiva, ni su rodillo propagandista había comenzado andadura visible. Pero ya la Gran Bretaña mostraba a su hijuela cómo exportar maneras de vender autoestima a los vientos.

 

Émulos de su maestra británica, iniciaron los USA una producción y marqueting capaces de motorizar la colonización del far west, el trazado de los ferrocarriles continentales, y la fabricación en serie de todo bien capaz de colmatar las carencias del Oeste. Ahíto de famélicos europeos de entreguerras, iba el Este a vender sus manufacturas a un Oeste poblado a catapulta con el sobrante campesino que aquella inmigración le proporcionaba. Y por si algo faltara, algún filón aurífero californiano vino a inflamar la cantiga del dinero fácil, inyectado ya en vena, desde los consulados yankis, a la menesterosa turba que acabaría desembarcada en Manhattan leyendo con la mirada aquel mundo desconocido. Quince millones de emigrados en medio siglo fue su resultado, con una taylorización a pleno rendimiento. La mano de obra europea del Este construía armas e implementos que los ferrocarriles, transportaban y entregaban de seguido a los expectantes colonos del Oeste. Esta premiosa demanda alargaba los caminos de hierro más y más hacia el Pacífico, mientras en el Este proliferaba la fabricación de rieles, máquinas de vapor, vagones,  ruedas, boogies, cambios de agujas, topes… pero también de aperos, alambradas, arados, bombas de émbolo, clavos, poleas, tubos, cabrestantes molinos y armas, muchas armas, que animaban las finanzas del país. Un país cuyas tres cuartas partes se enredaba en una guerra de supervivencia: los indios en defensa de sus vidas, campiñas y tradiciones, los colonos atrapados en un medio hostil donde subsistir, frente a la agresividad salvaje de la naturaleza y los aborígenes. ¿Se han preguntado los norteamericanos de aquella catarsis, y quienes reventaron los diques de la caótica marabunta humana eufemísticamente llamada conquista del oeste, si los indios que aniquilaban a su paso eran dueños legítimos de la tierra que pisaban? ¿O si la suya era o no una guerra justa? Su revolutum de sectas protestantes cada cual con su credo, sus órdenes religiosas prohibidas o perseguidas por siglos, impidió asumir una salmantina ética humanista concreta. Prácticamente sin Dios ni Ley, se abatió sobre los territorios novohispanos de Texas, Nevada, Colorado, Arizona, Nuevo México, California y Oregón entre otros, un código visceral de apetitos, sincopado oportunamente por armas de fuego cortas y largas.

 

¿Sospechaba siquiera el Buffalo Bill Campeador lo que era una guerra justa contra los indios, fuera de las carpas, la bufonada circense, y los dólares que embolsaba?  Inconcebible hubiera resultado este planteamiento en el contexto del far west del siglo XIX. Tal duda habíase planteado en profundidad más al sur, cuando los papistas que habían llegado tres siglos antes, con la espada en una mano y la cruz en la otra, y un sentimiento trágico de la vida que Unamuno estudiase, pusieron a pensar a los sabios de Salamanca y el mundo, en un enlace concatenado de la ética aristotélica. Era época mercantilista, severa, creativa y pensante, llamada Renacimiento, y aferrábanse con su diestra a la cruz sus gentes, aunque doblaran mandobles a siniestra. Pero en el tópico far west privaba el todo vale del becerro de oro, siempre que rentase beneficio al interesado y a su comunidad. Las tablas de Moisés era un recuerdo ancestral de la famélica Europa, y la Religión un asunto privado. No lo pensaron entonces los predecesores británicos, ni lo harían posteriormente sus herederos yankis, que jamás se plantearon en conciencia la duda metódica del ethos indígena. Mientras transcurría este no pensar, la frontera oeste de sus plantaciones del Este, avanzaba implacable a golpe de colono británico contra las tribus del limes. Era una consecuencia vergonzante del comportamiento histórico de los ingleses en Irlanda desde Enrique II Plantagenet (1170), donde no existió tolerancia ni atisbo de integración con los gaélicos, seres inferiores, excluyentes, que había que segregar y exterminar. Tampoco existía esbozo de Ley que humanizara al indio en defensa de sus bienes, frente al proceso usurpador de tierras y vidas que sufría, simplemente porque sus propósitos eran meramente económicos. Cinco siglos después, el mercantil interés de grupo seguía imponiendo su rigor sobre cualquier ética de convivencia humana. No existía voluntad convivencial en el coloniaje inglés, lo que puede resultar comprensible. Pero es que tampoco existió nunca una veraz legislación humanista de su Corona, clara y decidida, en protección del habitante más vulnerable de sus Colonias, lo que resulta incomprensible. Y habitantes de sus Colonias eran las tribus indias que dentro de aquellos límites vivían. ¿Qué civilización le aportaba al receptor indígena americano el mundo inglés?

 

Al principio, como minusválidos hijos pródigos de su Corona, los planters compraron aquellas tierras a precios dolosos, engañando a indígenas carentes del sentido de propiedad y del concepto monetario del valor de sus bienes. Más tarde consideraron que eran sus tierras apropiables, puesto que jamás habían conocido aquellos salvajes la propiedad privada: carecían por tanto de todo derecho a ella por no estar socialmente organizados. Finalmente, en la medida que el derecho británico progresaba, adquirieron la certeza de que por derecho de conquista, la soberanía territorial de las colonias era propia del Rey de Inglaterra e incompatible con la de jefe indio alguno. Y el Rey, concedía tierras a sus súbditos que debían apropiárselas y defenderlas. Un nuevo Moisés que trasmitía a su pueblo: El Señor, nuestro Dios nos lo entregó y lo derrotamos… no dejamos vivos a hombres, ni a mujeres, ni a niños, salvo los animales que habíamos apresado y el botín de las ciudades conquistadas… En todo caso se trataba siempre de un enfoque meramente económico, con una repercusión ética e intelectual, si es que la hubo efectiva, infinitamente menor que en la España de siglos anteriores, aunque en determinadas etapas dejase ésta sentir su influjo salmantino sobre aquel.

 

Tampoco humanizaron este planteamiento sus herederos yankis. Ningún reproche se han hecho ante la Historia. ¡Todo lo hicieron bien, que envidia! ¿Cavilaron los embrionarios padres peregrinos de la América protestante sobre el indio como ser trascendente, salvo para condenarle al infierno por no estar predestinado al cielo por el Eterno Hacedor? ¿Que otra cosa que tratar de exterminarles y encorralar su sobrante en reservas, para limpiar sus praderas ancestrales, hicieron por ellos sus hijos americanos? No más pavos compartidos ni melifluas Pocahontas del primer momento, migajas sensibleras que pronto se tornaron en una intransigente realidad étnica. Comprendieron los indios el monumental engaño que les estaban vendiendo y se revelaron provocando una matanza de colonos. La contrarréplica inglesa fue demoledora y persistente en vidas y actitudes. Como en el caso irlandés, nunca  aceptaron mezclar su sangre británica con la india, ni integrar a los amerindios en su sociedad colonial. Solo la exclusión, la intolerancia y la segregación  fueron una constante de su actitud frente al indígena. De ahí la práctica inexistencia de mestizaje en las Trece Colonias y su heredera USA.

 

La actitud en Nueva España era muy otra, y en 1791 Alejandro Malaspina entra en la bahía de Acapulco con sus corbetas, dos pequeños barcos de guerra manejables, ligeros y rápidos. El cometido científico que trae su expedición, no eclipsa su olfato de sagaz marino y brillante militar. Viene bojeando la costa pacífica haciendo observaciones astronómicas, levantando mapas, tomando alturas, clasificando rocas y plantas, estudiando aves y peces, dibujándolo todo. Ingente labor iba a ser la suya, con más de setenta cartas náuticas levantadas, junto a cientos de catálogos colmados de dibujos sobre vegetales y minerales. Su expedición científica iba a ser la más completa que enviara nunca España, cuya monarquía dedicaba al desarrollo científico un presupuesto incomparablemente superior al resto de naciones europeas, opina el hispanista británico Fernández-Armesto en Las Américas. Ninguna ciudad del Nuevo Mundo, sin exceptuar las de los EEUU, poseía establecimientos científicos tan sólidos y grandes como los de la capital mexicana, corroborará a su vez Humboldt tras dedicar su devoción y estudio a los ejemplares allí recopilados. La humanidad debe gratitud eterna a la Monarquía española por la multitud de expediciones científicas que ha financiado para hacer posible la propagación de los conocimientos geográficos, anotaría a su vez el sabio berlinés al comprobar la magnitud del trabajo cartográfico hispánico en el Pacífico… Pero, a fuer de sinceros, hemos de reconocer que la Monarquía española, no hacía sino repartir con sentido de Imperio, las riquezas mineras que los virreinatos del Perú y Nueva España le proporcionaban, porque las peninsulares tiempo ha que habían sucumbido, si es que alguna vez existieran.

 

Estricto cumplidor de su cometido, Malaspina sale de puerto a los pocos días rumbo a la costa norpacífica, donde buscará, infructuosamente, por expreso mandato del Rey, el paso del noroeste nombrado tradicionalmente como Anián. Visita el puerto español de Nutka, la bahía de Yacutat, el estrecho de Juan de Fuca y el fiordo del Príncipe Guillermo (seno costero del golfo de Alaska), tomando referencias orográficas que probarán la inexistencia del paso buscado. En el fondo, su preocupación capital eran los nuevos asentamientos rusos en Alaska, y su vecindad con Valdés, Córdova y otras dependencias árticas españolas, sin olvidar la amenaza latente de los traficantes ingleses y franceses que habían aprendido ya el camino de las pieles, tanto por mar como por tierra. Camino que había comenzado en Acapulco (1783) con un primer envío de 700 cueros de nutria marina, traídos por los barcos novohispanos que recorrían las misiones de la costa norte. Llevados a Manila en la Nao de la China, serían vendidos en Cantón, Río de las Perlas arriba. Repetida en el siguiente galeón la misma rutina con otras 1200 pieles, se estaba creando una nueva y fructífera ruta de comercio. Contra esta venta, se adquiría ventajosamente en Cantón azogue para las minas novohispanas, dejado en Acapulco por el propio Galeón de Manila. Con estos haberes regresaría Malaspina de Alaska unos meses después, para partir hacia las Filipinas y proseguir su científico empeño. A su marcha, arrancarán varias iniciativas científicas y militares a Nutka, Murgabe y otras dependencias hispanas del Pacífico norte, que él mismo había previsto hacer tras su corta y fecunda estancia en la base naval de San Blas.

 

Como complemento del viaje exploratorio de Malaspina, al año siguiente Juan Francisco de la Bodega y Cuadra, Comandante del Departamento Naval de San Blas, partiría hacia Nutka para entrevistarse con George Vancouver a dilucidar la soberanía de la costa entre Nueva España y el Canadá británico. Veinte años de estudio cartográfico de su departamento, habían fructificado en una colección de levantamientos que, desde las islas Aleutianas hasta la bahía de San Francisco, completaban el perfil de la costa norpacífica,  cuya posesión hasta Punta Gravina España reclamaba (1789). En recuerdo de la negociación y sus comisionados, la gran isla anexa a la región de Nutka quedó registrada en la cartografía oficial como Isla Quadra y Vancouver. Acabada su gestión, el limeño Bodega y Cuadra se retiraría de la pacífica trata, a la espera de las pertinentes consultas con los gobiernos centrales de las partes. Roto el Pacto de Familia con Francia a causa de la Revolución Francesa, España se retirará de la zona ártica frente a la nueva estrategia europea asumida por Madrid. La recién nombrada isla con el nombre de ambos adalides de la reconciliación, pasaría a conocerse como isla Vancouver por unilateral decisión inglesa que así la registró de facto, olvidando consensos previos. Nuevo matiz excluyente, destilado por un acíbar nacionalista de siglos, antipático hasta el hartazgo, muy lejano del fair play que proclaman sus farisaicos corifeos de oficio.

 

Por aquellos años había empezado a gestarse en la Corte de Carlos IV, la que sería conocida como Real Expedición Filantrópica de la Vacuna, gigantesca operación destinada a combatir la elevada mortandad infantil causada por la viruela en el Imperio español y en el mundo conocido. Liderada por el médico alicantino Francisco Javier de Balmis y Berenguer, iba a encontrar pronto eco en el propio Rey, que había perdido una de sus pequeñas infantas a causa de este mal. Como Cirujano de Cámara de Carlos IV e investigador de gran preparación científica y práctica, Balmis va a lograr sacar adelante su complejo proyecto, tras diez años de elaboración logística y técnica. En 1803 partirá la Expedición de La Coruña rumbo a las Canarias, el Caribe y la Tierra Firme; en tierras americanas se dividiría en grupos según áreas continentales previamente asignadas. Cada grupo, dirigido por un médico, además del cupo de niños inoculados portadores del virus activo, sus cuidadoras, y el personal subalterno médico y administrativo correspondiente, llevaba un Libro de Reglamentos, explicativo de protocolos, directrices y procesos a seguir. El Libro resultaba básico para el buen uso y apoyo de los médicos locales, una vez que la expedición hubiese tomado camino. Sólo médicos licenciados podrían administrarlo. Dirigida por el propio Balmis, la expedición llegaría un año después al puerto yucateco de Sisal. Mérida, Campeche, Veracruz, Jalapa, México, son las primeras estaciones novohispanas de aquel vía crucis filantrópico. El virrey Yturrigaray le recibirá en la capital sin protocolo alguno, alegando no haber recibido notificación de su llegada. La mala química de entrambos va a crear roces que entorpecerán el desarrollo de la vacunación en suelo novohispano. El médico alicantino, veterano conocedor de las prácticas medicinales en  Nueva España, habíalas ejercido allí en varias ocasiones y diferentes años, e investigado plantas que aplicar como tópicos remedios amerindios para diversas enfermedades europeas, la sífilis entre ellas. Conocía sobradamente las infraestructuras hospitalarias, educativas e investigativas del país, y por ello le reprochará al Virrey las pésimas condiciones de alojamiento asignadas a los niños portadores de la cepa viral madre: su tesoro más preciado. El ruido social capitalino generado por esta causa fue tal, que acabarían los muchachos aposentados en el Seminario diocesano.

 

En Ciudad de México, la doble tarea didáctica y práctica que requería la vacunación masiva en curso, sería repartida en cinco grupos a desplazar en puntos previstos del protocolo. Estas estaciones del supuesto calvario, serán las ciudades de Puebla, Oaxaca, Guadalajara, Zacatecas, Durango, Valladolid, San Luís de Potosí y las provincias interiores. Y su último paso,  Acapulco, de cuyo puerto iba a partir la expedición hacia Manila, Macao y Cantón en 1805, donde completaría un largo y humanitario periplo antes de regresar por el Índico a España. Considerada con el rimbombante léxico de su época, como uno de los grandes hitos de la humanidad, lo cierto es que en Nueva España dejó vacunados contra la viruela a más de 100.000 niños criollos. Era el primer éxito mundial de vacunaciones masivas en ultramar.               

             

Otra expedición científica, esta vez la de James Cook, se considera hoy en amplios círculos académicos una estratagema, una añagaza británica aditiva, para comprobar in situ – sospechan los más – la idoneidad de las cartas robadas durante la ocupación de Manila, a la vez que propagar, como propios, los descubrimientos, de su dueño tal vez olvidados que diría el poeta, en ellas dormidos. Una carambola maestra. Pretextaban la conjunción astral del Sol con Venus y su cruce sobre el disco solar, para objetivar las longitudes geográficas, asignatura del cosmos pendiente en aquella época. Y visos de añagaza tiene a ojos vistas hoy. Aquellos mapas, derroteros y cuadernos de bitácora, evidenciaban la existencia de la Terra Australis y el archipiélago de las Hawai, entre otras muchas islas referenciales del Lago Español, como la propia Tahití, descubierta por Pedro Fernández de Quirós partiendo del Callao siglo y medio antes, designada ahora para observar el fenómeno astral. Ordenes lacradas le conminaban, una vez terminada la observación, a dejar la isla y proseguir sin demora el plan de exploración previsto por el Almirantazgo. Albión en su cenit, debía hacerse perdonar su segunda asignatura pendiente en aquella parte del mundo: una ausencia secular de sus aguas, excepto para rapiñar logros hispanos desprevenidos, flotantes cuando no firmes.  Era el momento propicio para pasar de matute, una vez más, su cantado mutis histórico del concierto Pacífico, trocándolo en oportuno esplendor científico primero, emprendedor después. Con un trasfondo didáctico, se trataba de formatear de un plumazo la conciencia mundial. Había que borrar y abrir cuenta nueva de su omitida presencia histórica en el Mare Clausum Britanicum, como acertadamente lo llamara el chileno Vicuña Mackenna. Bajo el oportunista enroque planetario que Venus le brindaba, la Inglaterra científica aparecía en el Mar del Sur entre mediáticos atabales y apocalípticas trompetas. Y su éxito fue tal, que hasta hoy se desgranan sus letanías de entonces. Surgieron por todas partes imágenes con un Cook catalejo en ristre, acechando el cielo, oteando el horizonte, contemplando mapas, observándolo todo. Las máquinas impresoras multiplicaban revoluciones y estampados, y la imagen del teniente inglés, travestido en nuevo Galileo, cruzó rauda los continentes y los mares. Y los sigue cruzando, con su incombustible anteojo de prisma óptico. Pero su impostura descubridora del mundo pacífico leído en planos ajenos, iba a superar todo el ruido de fondo que arrulló sus viajes oficiales, pese a la discrepante, por discreta, opinión que siempre mantuvo al respecto el gran navegante de Middlesbrough.

 

  • Al regreso, tras la fortuita muerte del marino ingles, la expedición de Cook informará sobre los bancos de ballenas avistados en costas de la Alta California (1777), especie muy rentable, ya en vías de extinción por aquellos años en el Golfo de Vizcaya. Los navegantes españoles hacía décadas que conocían esta presencia en el Pacífico Norte, desde Las Aleutianas y Alaska hasta la California Sur, detectada ya en sus primeras expediciones al norte de Oregón y la bahía de Yacutat. Pero nada habíales supuesto a sus balleneros, básicamente cantábricos, que gobernaban las campañas en aguas de Terranova desde la época de Colón, cuando menguaban ya sus avistamientos en el mar Cantábrico. El comportamiento de los cetáceos no pasaba desapercibido a quien surcase aguas californianas, donde hembras y ballenatos, se aproximaban curiosos a los barcos que las hendían. Los británicos estaban descubriendo con Cook, más que un mare nostrum español, otro punto negro, tan ignoto como el percibido sobre el disco solar, pero candidato sin duda a convertirse en nuevo espacio de luminoso comercio. Y las albricias plenaron los diarios de la época. ¡Cook descubridor en el Pacífico! Noticia que iban a magnificar los medios impresos de la metrópoli.

                          

Los balleneros británicos, ajenos a toda conjunción astral, diplomática o no, doblarían el Cabo de Hornos pocos años después, en busca del cacareado cetáceo. En 1789 constatarían los guardacostas de Acapulco, los primeros avistamientos de sus barcos en aguas de Nueva España. Se trataba de naves europeas y americanas que complementaban pesca y contrabando, bajo amagos histriónicos de balleneros en tránsito. De nuevo salía a escena el consabido coro matutero con marchamo inglés. La eterna impostura de Albión. El contrabando resultaba un provechoso complemento del aceite de ballena que negociaban en Europa, junto a las pieles de nutria y foca que pensaban vender en Asia. El largo y costoso viaje desde Inglaterra y vuelta, lo compensaban vendiendo productos sin control por las costas del Pacífico hispano. Nuevos Jenkins de la falacia y el tapujo, buscaban apartados puertos del norte o sur del Pacifico, donde trasegar mercancías off the record. Otros en cambio, de matute más profundo, aprovechaban la campaña de invierno para vender en China las pieles negociadas con los tramperos indígenas.

Figura 9: Costas balleneras de Nueva España. Tomado del Planisferio del Autor

 
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Contexto Histórico de Acapulco – III

Figura 5 b: El puente del Camino de la China sobre el río Papagayo

Durante el siglo XVI, aquel Mar del Sur, nombrado eufemísticamente en la siguiente centuria como Spanish Lake, era en efecto una suerte de Mare Nostrum español por incomparecencia de contrarios, que garantizaba en cambio jugosas informaciones a quienes lograran hacerse con el derrotero de cualquier nao hispana. La Casa de Contratación de Sevilla, celosa guardiana del acervo naval del Imperio, actualizaba anualmente el secretísimo Mapa Maestro del Padrón General, que desde 1527 convirtiose en modelo único para todos los pilotos hispanos, seccionado por latitudes y mares a navegar, según derrota prevista o piloto concreto. El mapa maestro de Juan López de Velasco, originalmente desglosado en doce cartogramas capaces de reflejar fielmente la totalidad del Imperio español y sus mares, iba a suponer empero el fin de la supremacía de las cartas españolas. A finales de siglo, hidrógrafos de todas las escuelas europeas, accederían a una copia confidencial hurtada en Sevilla, que sirvió de germen para imitar su método y extrapolar o graficar por analogía otros escenarios geográficos. A pesar de ello, la captura del derrotero y cartas náuticas de un galeón español, siguió siendo para cualquier corsario o perro del mar, tesoro tan preciado como su propia carga en pesos de plata. A más de uno de estos delincuentes, le salvó del patíbulo el hecho de ofrecer al Almirantazgo inglés un derrotero capturado a los pilotos ibéricos.

No solo era Acapulco el polo ferial y económico más importante del Pacífico hispano, sino su puerto estrella en la investigación oceánica y geográfica. Entre otros muchos intentos fallidos es famoso el de Francisco Galli, piloto mayor adscrito a la Capitanía de Manila, que parte en 1582 desde Acapulco en busca del legendario Estrecho de Anián, que le llevará hasta Macao; pero vuelve de Asia sin haber conseguido hallar la bocana del paso. Tal cosa quedaba sin duda para gloria de Vitus Bering, el danés al servicio del Imperio Ruso, que un par de siglos después hallaría, en días despejados de niebla, el estrecho que separa América de Asia y que se conoce hoy con su nombre. Pero eran muchas las patrañas que sobre este solapado fiordo se manejaban en los mentideros portuarios; y muchas también las intentonas que se sustanciaron en aquellos años desde Nueva España o desde Europa. Tempranamente Fernando el Católico, había albergado la idea de hallar un estrecho que diese continuidad al Atlántico hacia las islas Molucas: el paso que yo deseo encontréis… en palabras suyas, que fue pronta obsesión reflexiva de la carrera española hacia La Especiería. Legendarios navegantes como Vicente Yáñez Pinzón, Gaspar de Corte Real, Fernández Labrador, Díaz de Solís, Ponce de León, Hernando de Soto, Fernando de Magallanes y un largo etcétera ibérico, habían empleado sus saberes náuticos y exprimido los de su tiempo, para buscar  el preciado paso. Cuando al fin fue éste hallado, apareció en una altísima latitud sur, donde el océano embravecido, rugía anulando las voces dadas a bordo, mientras  témpanos gélidos topaban contra el casco, astillaban los bordos o machacaban las rodas, reforzadas pronto con pletinas de hierro por imperativo vital. Eran los llamados Aullantes Sesenta, cuyo mugido con rociones de espuma y agua helada, sobrecogía a todo marino que cruzaba aquel oscilante y equívoco piélago semoviente. Pequeños carámbanos sueltos, asperjados por el empuje oceánico de cualquier ola encrespada, eran precipitados sobre el bajel que hendía sus aguas cual víctima medrosa. Pero el Estrecho de Anián no aparecía por latitud Norte alguna, pese a ser intuida su posición hacia el septentrión atlántico. La Corona empezaba a plantearse la quimérica idea de construirlo. Primero en Panamá, más tarde en Nicaragua y Tehuantepec, donde el incombustible Hernán Cortés había encargado a su pariente Álvaro Saavedra Cerón que estudiase su viabilidad, mientras construía el camino real entre ambos mares. ¡Hernán Cortés en todas partes!: su laboriosidad e  iniciativa aún nos sorprenden hoy. Muchos años después, durante los estertores del Virreinato, las cortes de Madrid estudiarían todavía aquella apertura del canal visionada por el conquistador, con un llamamiento a los inversores europeos para acometerla (1814). Pero el mundo estaba entonces para recoger otros guantes; Ferdinand de Lesseps embajador francés en Madrid que lo recogió para aplicarlo en Panamá, llevó a su país a la quiebra.

El espíritu de exploración y conquista fue continuado por los sucesivos Virreyes de Nueva España, muchos de los cuales pasaban a ser  Virreyes del Perú tras su cese, perpetuando allí las directrices impulsadas por Carlos VFelipe II en el norte. De acuerdo con estas políticas, Juan de Fuca, piloto griego de la Armada virreinal, es encargado por el Virrey Luís de Velasco, de una nueva y ya obsesiva búsqueda del Estrecho de Anián, la mítica tierra nombrada por Marco Polo en su fabuloso libro de El Millón. Tras una primera expedición fallida por rebelión a bordo, emprenderá una segunda a cuyo regreso a Acapulco, proclama el éxito de su viaje. Con una carabela, una pinaza y un puñado de hombres, ha recorrido la costa pacífica de Oregón y hallado el estrecho buscado (que lleva hoy su nombre) en latitud 47ºN. Nadie le cree, pero el Virrey cumple con enviar su expediente a Sevilla, en cuya Casa de Contratación, mitad rigorismo procesal mitad desidia, dormiría el sueño de los justos. Fuca viajará a España en reclamo de sus derechos, pero hastiado ante tanta dilación y secretismo oficiales, regresará a su tierra cefalónica. Realmente el Estrecho de Anián descubierto por el piloto griego (paso entre Isla Vancouver y el continente), no era tal, ni facilitaba el paso de un océano al otro. Era un simple canal costero del propio Océano Pacífico, sacado de la escala geográfica correspondiente, como quedaría constatado por navegantes posteriores.

El inglés Thomas Cavendish (1586), rico heredero y connotado petimetre de la corte Tudor, enrumba al Pacífico por aquellos años con el placet de su reina. Viene a hostigar al Imperio Español, a la vez que ver de rehacer su magro erario. Supera el Estrecho de Magallanes con el sueño de regresar millonario a costa del Tesoro público hispano, desideratum icónico de las nuevas generaciones de la baja nobleza de un pequeño país inseguro y agresivo, cuyas perspectivas de medro eran entonces muy limitadas. Era una manera de hacer las Américas que los españoles de todo tiempo entendieron de otra forma. El regreso clamoroso de Drake a su base de Plymouth tras su rutilante vuelta al mundo, motiva al sindicato corsario de Isabel Tudor para financiar otra incursión depredadora por el Mar del Sur, que cuajaría cinco años más tarde. Thomas Cavendish como adalid, sale de ese puerto a la caza de la Nao de la Plata, que singla entre El Callao y Panamá. O del norteño Galeón de Manila, alternativa que cruza el Pacifico desde Acapulco al poniente, y aparece de regreso al norte de California, para virar luego al S.E y acceder a su destino y origen. Los infiltrados del sindicato saben que la Baja California no es una isla, sino una península constatada por el propio Drake en su viaje alrededor del mundo, ayudado por la cartografía hispana robada en naos esquilmadas. Cosa que la pura lógica lo presuponía de antaño, por tratarse de un periplo en  aguas nunca holladas por inglés alguno. Buscaba al parecer por aquellas latitudes el dudoso estrecho de Anián, por el que escapar para no ser copado por el enemigo, lo cual resulta creíble pese a las muchas fantasías narradas sobre el viaje. Por aquellas latitudes y época, pocas naves había para asaltar y rentabilizar su negocio de consumado ladrón de los mares, ya fuera por cuenta ajena o propia. Parece verosímil su actitud exploratoria en busca de Anián como posible vía de escape. Y no habiendo podido conseguirlo, dio la vela para las Indias orientales… dicen las crónicas de su tierra. Por todo ello deducíase que, no siendo la Baja California una isla, el galeón de Manila  debería tomar un rumbo S.SE con resguardo litoral por babor, siguiendo la Corriente de California hasta el cabo San Lucas. Allí es donde la flotilla inglesa podría atajar con ventaja el paso de su presa. Fiel a su plan, Cavendish dobla el meridión de América con sus tres naves y enrumba al N. para interceptar el Galeón de Panamá o Nao de la Plata. Apresa una urca de cabotaje en aguas chilenas que le cuesta perder la primera de sus naves, e indaga que el galeón panameño no navega solo y desarmado como antaño lo hiciera. Lo hace ahora en conserva, entre naves de la Flota del Callao escoltada por La Armada del Mar del Sur, formación asumida a partir del único asalto sufrido por el galeón. Cavendish sopesa los riesgos de un ataque por alcance, como el que Drake perpetrara entonces, pero decide pasar de largo. Dejará en la lejanía de su catalejo el nada tranquilizador grupo de velas que, por estribor, percibe  compacto rumbo a Panamá.

Con singladuras N-NW, hostiga al paso el inglés presas fáciles, pequeños enclaves costeros, urcas de cabotaje. Núcleos indígenas humildes, poco más que algunas chozas con su iglesia de madera, van a recibir la sorpresa de parlamentarios para negociar la compra de provisiones. Si los nativos rehúsan, se les  amenaza con quemar el pueblo. Pero era ese ya un ritornelo sabido. A veces aquellos indios los emboscaban y conducían a dolorosas muertes. Otras, las menos, accedían a intercambiar productos recíprocos básicos. Pero en todo caso, como gato escaldado que era, rara vez el indio perdía la iniciativa. Nunca esperaba a ser sorprendido por el advenedizo costero, más bien era él quien sorprendía al recién llegado. Y esta medicina hubo de probarla Cavendish en el Darién, con pérdida de varios hombres. No repetiría nuevamente la añagaza fallida, hasta alcanzar las costas de la Alta California, donde decide esperar al galeón filipino con las dos naves que aún conserva.

Luego de cinco meses  de navegación norpacífica y una agazapada espera, verá al fin aparecer en la neblina las velas de los  galeones Santa Ana y Nuestra Señora de Begoña, que navegan juntos desde Cavite. Las naves de Cavendish pierden pronto de vista una de aquellas velas desdibujada por la niebla, y deciden atacar a la otra con una navegada envolvente, fijos sus ojos en ella para no perderla entre brumas. Con el casco plagado de verdines y moluscos adheridos tras sus cinco meses de navegación en aguas ricas en plancton, el galeón Santa Ana, armado con fusilería a bordo, tratará de escapar al cañoneo de las veinticinco bocas de fuego por banda que le persiguen. Pero que no logran acortar sensiblemente su resguardo, pese al destrozo de aparejos y desgarres veleros que padece el fugitivo. Desarbolada finalmente la nave y diezmada su gente, rendirá su pabellón de 600 toneladas tras dos horas de forcejeo (1587). Es la primera vez en 22 años de vida que una mítica Nao de la China es capturada. Será saqueada y posteriormente incendiada. Pero en un esfuerzo supremo de sus hombres útiles, heridos en mayoría y desarmados, sabrá el robusto paquebote filipino dominar las llamas y lograr, con aparejo de fortuna, dar amarres en Acapulco algunas semanas después del Begoña. La captura del tesoro filipino, obligaba al inglés a no volver sobre sus pasos: sabía que los barcos virreinales saldrían a darle caza, y le quedaban miles las millas por correr hasta Hornos. Era menester perderse cuanto antes en el Pacífico, como su Drake arquetípico lo hiciera. Y como él, lo primero que decide es tomar cautivo al piloto del galeón asaltado. Alonso de Valladolid, será el guía español que pueda regresarle a su tierra por la ruta de las Marianas, las Molucas y el Índico portugués, aunque pierdan la otra nave en su largo periplo. Como buen fatuo de novedoso cuño, Thomas Cavendish entra en puerto con sus soldados y marineros vestidos de tela de seda, con las velas de damasco y tremolando en la gavia una bandera de paño de oro, nos dice David Hume de su arribada. Vivo contraste con aquel enorme Juan Sebastián Elcano y tantos otros que le siguieron, el verdadero primus circumdedisti me con su nao Victoria, que trae su peso de oro en especias para el Emperador. Pero lo primero que hace al tocar tierra, es ir descalzo en procesión con sus diecisiete bravos a humillarse ante la Virgen de la Antigua, por haberles salvado la vida. Habían partido 270 hombres en cinco naves, pero llegaban diecisiete en un flotante desecho fantasmal que solo de lejos hacía honor a su perfil de nao. Los planisferios añadirían tras ellos más de once mil km de circunferencia terrestre, un nuevo piélago vacío de islas y el desfase horario hallado entre los continentes. Ellos encarnaban el viaje que iba a cambiar el mundo. El mundo, sí, pero no la sólida personalidad del vasco discreto y recio que lo había culminado. Actitudes vitales,  paradigmas contrapuestos, arquetípico proceder histórico de dos naciones en sus gentes. Dos países que, por exceso y por defecto, se equivocan al opinar sobre sí mismos, sentencia GarelJones, ex ministro de Exteriores para asuntos europeos del Reino Unido. De regreso a Portsmouth, con la carga capturada que le hace millonario a los 28 años, y el parabién de su reina, pagará el inglés viejas deudas y compondrá su malversada hacienda, para maquinar nueva expedición corsaria. Cavendish se hará de nuevo a la vela en 1591, acompañado esta vez por el experto carroñero John Davis, pero las nuevas singladuras no iban a serle tan propicias como lo fueran en anteriores jornadas. Encontrará la muerte en costas del Brasil, desde donde su socio logrará regresar a puerto, con las tripulaciones diezmadas por el escorbuto.

La captura del galeón Santa Ana iba a tener consecuencias en la estrategia novohispana de la navegación norpacífica. El Gobernador General de Filipinas,  hacía tiempo que se había quejado de que  los galeones siempre han navegado con poca o ninguna artillería, y con tan poco temor a los corsarios como si estuvieren en el río de Sevilla, cuyo axioma inmediato sería armar los futuros galeones con artillería suficiente. Sabido era que el Galeón de Manila, una vez surgido del Pacífico a la altura del Cabo Mendocino, emprendía una ruta costera hacia el meridión, a lo largo de un desconocido litoral, con el riesgo añadido de sus cerradas y frecuentes nieblas. Llegado era el tiempo de reconocer y cartografiar los accidentes costeros, sus calados, arrecifes, ensenadas y puntos de aguada y leña, además de consolidar determinados enclaves californianos, que habrían de notificar con avisos, el paso del galeón al resguardo siguiente. Creóse para ello en el Pacífico el barco de aviso, suerte de correo similar al existente en el Atlántico, a fin de notificar las nuevas de puerto en puerto. Naos de dos palos, poco calado y buen andar, tal misión de enlace sería encomendada a una flotilla de pataches, los conocidos bajeles navegadores de toda latitud y cualquier mar, que la cántabra Real Fábrica de Bajeles de Guarnizo, había sembrado por los mares Cantábrico y Atlántico, y cuyo intercambiable velamen se adaptaba a cada estado de la leva, del viento, de la deriva o del largo a singlar.             

En 1596 Sebastián Vizcaíno, con tres naves  de colonos, gramíneas y ganado, parte desde Acapulco a poblar la Baja California, pero regresa decepcionado al año siguiente sin arraigo alguno, dada la aridez de la tierra y la belicosidad de los indios comarcanos. Ello suponía posponer el poblamiento del apéndice sur californiano, como un eco de las jornadas de Cortés más de medio siglo antes.  No obstante ello, repetirá en 1602 la expedición, y con 4 naves va a recorrer la costa pacífica hasta el Cabo Mendocino. Retornará Vizcaíno al año siguiente, luego de haber cartografiado la excelente bahía de Monterrey y el resto de costa californiana hasta Oregón, tal como habíaselo encargado la Casa de Contratación y la Armada del Virreinato. Pocas son las cartas marinas de Europa mejor trazadas que las de América Occidental, desde el Cabo Mendocino hasta el estrecho de la Reina Carlota (hoy Estrecho Juan de Fuca), no pudo menos que exclamar dos siglos después Alejandro Humboldt al ver aquellos cartogramas cum laude. El extremeño Vizcaíno, emprendedor, explorador, militar y navegante, bien conocido en la costa occidental novohispana, iba a convertirse en el primer embajador español en Japón y, andando años, perpetuo Alcalde Honorífico de la ciudad de Acapulco, la antesala imperial de Asia por real orden de Felipe II.

En 1610 llega al puerto de Acapulco una maltrecha nave con tripulación mixta de japones y castilas, enarbolando la hispánica enseña albirroja con la Cruz de Borgoña. Los recién llegados se apresuran a enviar una comitiva hasta México, que es recibida por el virrey Luís de Velasco. Se trataba del galeón rescatado de Rodrigo de Vivero, saliente gobernador de Filipinas, que sin gobernalle y batido por el temporal, había ido a embarrancar en costas japonesas tres años antes. Iyeyas el entonces nominal Emperador del Sol Naciente, a la sazón en buena armonía con los misioneros jesuitas, manda atender a los supervivientes, recomponer la nave, completar la tripulación con expertos marinos nipones, y enviarla en buena hora a Nueva España. Esta era la remendada nave que acababa de entrar en Acapulco, y que en rendido agradecimiento a la cortesía nipona era su comitiva recibida con gran fasto por el Virrey. La respuesta diplomática no se haría esperar, y Sebastián Vizcaíno iba a comandar la primera embajada novohispana que partiría al año siguiente hacia Japón. Como embajador de Su Católica Majestad Felipe III, se le consentirá cartografiar las costas japonesas y levantar sondeos en sus ensenadas. En agradecimiento, el flamante embajador regala al Shogun de Yendo un cronómetro de navegación fabricado en Madrid, que habría de generar una posterior industria relojera japonesa. Regresará como asesor de Hatsesura Asemoto, primer embajador japonés, cuya comitiva llegaba al puerto de Acapulco en 1614. Tras presentarse al Virrey en Ciudad de México, el futuro embajador se embarca hacia España para presentar credenciales a Su Católica Majestad. En México primero, en Sevilla, Toledo y Madrid después, iba a levantar una oleada de expectación con su exotismo, sus estrictos protocolos, su vistoso séquito y su conversión al catolicismo. No menor de la que levantó en Roma algunos meses después durante su visita al papa Paulo V. Regresada en barco a Barcelona, la delegación nipona iba a ser recibida con todo boato por el Duque de Medina Sidonia en Sevilla. Algunos de sus samuráis elegirían afincarse en el entorno sevillano cuando la delegación hubo de regresar a su patria, convertida de nuevo en hervidero bélico. Hoy existe en Coria del Río una pequeña colonia de sus descendientes que orean el antiguo gentilicio de sus ancestros, fraguado ya en orgulloso patronímico de vivos.                                        Figura 6: Plano Planta de la ciudad de Acapulco

           

El puerto de Acapulco había ido cobrando importancia como enclave económico del Imperio, a la vez que las autoridades del Virreinato tomaban conciencia del peligro creciente de una piratería que abordaba el Mar del Sur por el paso de Magallanes. Pero que comenzaba también a mostrar la patita a través del istmo, lo que podía propiciar su presencia en tiempo de feria. Su imagen era la de cualquier elemental núcleo humano. Su población presentaba por aquellos años la imagen de una simple aldea de pescadores, con casas de madera y techo de carrizo, presidida por una pajiza iglesia. Su abrupto terreno en ladera, útil solo para magras cosechas de subsistencia, obligaba a consumir víveres sobrepreciados, traídos desde los asentamientos indígenas del interior o de la costa. Con una temporada seca, sin lluvias entre noviembre y mayo, y sus denostados bohíos de pernocta para uso de tratantes y gentes de paso, veía deshinchar el suflé humano en cuanto acababa la feria. Revivía entonces la aldea que era, en su propia y elemental esencia.

Acabada la feria de 1615, la semivacía Acapulco es abordada por la hambrienta caterva corsaria de Joris Van Spilbergen. El holandés trae su escuadra llena de convalecientes a causa de un encuentro previo con la Flota del Callao y diezmada ahora por la amebiasis de alguna aguada tomada al azar. Meses hacía que la ciudad había sido alertada de su proximidad por avisos llegados de Panamá, y cuando las velas holandesas aparecen por fin ante la bocana, los sesenta cañones de bronce de la guarnición le dan unísona bienvenida. Han sido excavadas trincheras y reductos: desde allí hostigan al enemigo y esperan sus hombres mosquete en mano el desembarco corsario. Pero Spilbergen solo quiere parlamentar, e iza bandera blanca. Tiene las tripulaciones enfermas y necesita alimentos. Propone permutar ganado, provisiones y agua, por unos  prisioneros hispanos que arrastra desde Perú: una almoneda viva, siempre válida, que es ahora aceptada como pago por el gobernador de la plaza. Éxito holandés que tratará de repetir en Salahua (Manzanillo), donde tantea tomar aguada y alimentos bajo premisa análoga, hasta que aparece de nuevo el Sebastián Vizcaíno de todo guiso, con una pequeña flota que le rebota de la costa, episodio  conocido como la Batalla del Puerto de Santiago  (Manzanillo, Colima), que no sabemos si llegó a tanto, pero que de todas formas ahuyentó al corsario de aquellas aguas. El almirante holandés sabe que es fecha de arribo del Galeón de Manila y decide esperarle. Con su escuadra de cuatro grandes navíos de guerra, más dos rápidos pataches de apoyo, elaborará un despliegue lejano, fuera del alcance visual de los atalayas costeros de Acapulco, que pululan avizor por los acantilados. Un encuentro fortuito, con unos pescadores negros que lanzan sus redes mar adentro, le persuade de su error de calendario: los pescadores le informan que el galeón hace semanas que llegó, y está en Manzanillo limpiando fondos.  Pasan los meses pertinentes, pero el navío no se mueve: sigue fosilizado en las rampas de carenado. Y Spilbergen que no duda ya que su lejana presencia ha sido detectada, intuye que el galeón no saldrá ese año. La caza mayor de aquel cetáceo áurico había fallado. Largará velas rumbo a las Marianas, camino de Sonda y Java. La ocasión de copar el preciado botín con tan formidable escuadra, habíase perdido.

A partir de este suceso (1616), Acapulco verá construir su Fuerte San Diego, pensado en principio como refugio de ciudadanos frente al acoso pirático,  para transformarlo ahora en bastión defensivo de la ciudad, el puerto y sus accesos. Lo que había sido concebido como un fuerte de planta rectangular coronando un cabezo con caballeros perimetrales realzados, pasaba a tener planta estrellada con foso y revellín y una amplia casa para su castellano, que gozaba además de una fresca y arbolada residencia campestre en laderas de un cerro cercano. Era el alivio esperado para los castellanos, que considerábanlo un puerto algo enfermo. Lejos de las bases corsarias inglesas y holandesas, realmente Acapulco podía considerarse un enclave costero de escaso riesgo, pese a la intermitente presencia de algún aventurero del mar, que en mayoría de casos no pasaba de mostrar sus velas y largarse. Desde que Magallanes descubriera (1521) el paso que lleva su nombre, no llegaba a una docena las expediciones que habían osado seguir su ruta, contando los empeños fracasados y los perdidos. De todos, solo un par de ellos había remontado hasta latitudes de la Baja California. En 1624 lo haría una armada corsaria liderada por los almirantes Jacques L´Hermite y Hugo  Schapenham con base en la lejana Batavia (Java), quien, al regreso de Europa, remonta el Pacífico hasta Acapulco, donde sería finalmente rechazada. L´Hermite, hugonote belga al servicio de Holanda, había partido de Texel (Islas Frisias) al mando de 11 naves de guerra y 1600 hombres con ánimo de asaltar El Callao, Guayaquil y otros puertos del Pacífico hispano. Enfila rumbo al Estrecho de Magallanes  y tras doblar el meridión americano, pone sitio al puerto de Lima. Pero su cerco portuario termina en fracaso y elevado número de bajas, la de L´Hermite entre ellas. Unos meses después, Schapenham asoma por la costa novohispana y amaga entrar en la bahía de Acapulco. Nuevamente la artillería de la plaza recibe a la flota corsaria con abundantes parabienes de pepinos y metralla, cortesía que los corsarios saben apreciar retirándose a prudencial distancia. Era finales de octubre y nada se sabía todavía de la llegada del Galeón, que estaba sin duda en el punto de mira del almirante holandés. Llegado el tiempo de su arribada al cabo Mendocino, iba a ser oportunamente alertado por un barco de aviso. En consecuencia, aquel año quedaría anulada la feria, y forzada la invernada del galeón en aguas calmas de la costa californiana.

Desde su nueva posición de resguardo mar adentro, vigila el holandés las velas que entran a puerto, en la espera de ver aparecer la robusta silueta de la nao manileña, mientras organiza salidas esporádicas a tierra en busca de vituallas y aguada. Una de estas partidas de abasto que recorría aldeas indígenas, será encelada en tierra y puesta en fuga por escopeteros y flecheros guardacostas, que dejan regados los cadáveres al sol y a la vista como advertencia frente a nuevos desembarcos nocturnos. Las tripulaciones de los barcos holandeses, gozaban de baja consideración entre los militares hispanos, tomadas como ejemplo de calaña asilvestrada y ebria, vengativa y cruel, capaz de pasar a cuchillo a prisioneros inermes por el solo hecho de estorbar sus planes: pura bucanería de la peor estofa. El gobernador de la plaza, buen conocedor de estos menesteres, se niega a pactar entrega alguna al enemigo: ni alimentos, ni agua, ni cadáveres, nada. Esta actitud que destierra el dialogo, unida al dudoso lucro de ocupar una ciudad vacía, abandonada por su gente echada al monte con enseres y pertenencias, dotada de poderosas defensas fijas y destacamentos de tropa capitalina inundando la costa…  y el Galeón que nunca llega, acaba por determinar la marcha de la escuadra holandesa a principios de noviembre. Pasada la situación comprometida, el virrey Rodrigo Pacheco y Osorio mandará regresar a México las tropas desplegadas, no sin antes reforzar las defensas de Acapulco, nunca suficientes cuando el peligro apremia. Enviará un aviso al barco de Manila para que complete sus singladuras y aporte finalmente en destino. Después de este incidente, el ya para entonces nombrado Gobernador y Teniente de las Costas del Mar del Sur añadirá un bastión en punta de diamante en cada vértice del pentagonal Fuerte de San Diego, y amurallará de fábrica mampuesta todo su perímetro fortificado. Ordenará además construir otros bastiones defensivos en puertos  de la entrada del golfo, y dotarlos con nuevos cañones traídos de Filipinas.

La situación de agazapada espera corsaria volvería a repetirse en 1620, esta vez en el archipiélago filipino. Naves de guerra holandesas aguardan, durante semanas, el tránsito del Galeón de Acapulco por el traicionero Estrecho de San Bernardino, en cuyos arrecifes perdiera Villalobos su nave nodriza un siglo antes. Cargado con la plata novohispana, sigue el navío su ruta tradicional rumbo a Manila, que le lleva a  cruzar esa embocadura entre las islas de Luzón y Samar. Avisado oportunamente, el galeón superará a toda vela el angosto paso bajo el fuego cruzado de sus enemigos, que temen los peñascos sumergidos y no arriesgan ceñirse al cantil. Bien carteados a bordo sus bajíos, se orilla el galeón por estribor a la costa de Luzón para evitar envolventes, mientras responde galanamente al fuego de los corsarios. No lograrán sus proyectiles alcanzarle, ni intersectar su rumbo. Ligero de lastres el galeón, cargando apenas la fiducia novohispana, su andar a toda vela conservaría su barlovento con las otras naves de menor porte y eslora, aunque mayor trapo comparativo. Pronto desistirían los atacantes de su estéril empeño. A partir de este incidente, el Galeón de Acapulco cambiará cada año su derrotero entre las islas. Desde 1641 un cagafuegos de refuerzo esperará  su paso anual por el famoso Estrecho para escoltarlo hasta aportar en Cavite, donde le aguarda un jubiloso sonar de salvas y campanas.

En 1686 William Dampier y Peter Towley, integrantes de la patulea de carroñeros de la costa caribeña accedida al Mar del Sur, van a proseguir su pillaje en las costas del occidente americano. Confraternizan para asaltar el  Galeón de Manila, que saben capturado una sola vez en sus más de cien años de vida y, al menos, dos viajes anuales. Con 140 arcabuceros, distribuidos en doce canoas a remo, entran silenciosos en noche oscura a la bahía de Acapulco. No está allí el Galeón de Manila, pero sí encuentran en cambio un soberbio galeón peruano, cargado con mercaderías orientales, que debe zarpar en breve hacia Guayaquil y El Callao. Sólo que los cañones amenazadores del cercano Fuerte San Diego, dominando la vacía oscuridad, les persuade negativamente de la aventura que están urdiendo. No abordan la solitaria nave en reposo, sencillamente porque se sienten ya acribillados si los atalayas del puerto dan la alarma. Dentro de la bahía resultaba imposible capturar el galeón, para sacarlo a mar abierta con éxito; había que abordarlo fuera, a su partida, si querían salir con bien del lance. Y con esta idea, regresan a sus naves nodrizas bogando tan silenciosamente como habían llegado. Les aguardaban sin duda días de mimetismo y espera. Pero una inapropiada salida por comida y agua en días de estrechez, iba a precipitar sobre ellos toda la defensa estratégica que el Virrey había preparado para los tiempos de agobio pirático. Suenan las campanas eclesiales de los pueblos, que vomitan partidas de escopeteros y flecheros, dispuestos a batir palmo a palmo la costa. Pese a su apresurada retirada frente al rebato general, no pueden evitar los forbantes ser sorprendidos en sus botes de la playa sin dejar víctimas atrás. Con una alarma en tierra tan presta y automática, los piratas sopesan preparar la captura del galeón alejados de la costa. En un radio de siete millas que evite levantar sospechas, equidistarán cuatro naves en facha para filtrar las entradas a puerto desde una prudencial lontananza. Pero he aquí que el galeón se retrasa aquel año, y dos de las naves apostadas deben ausentarse para recabar vituallas, tratando de no soliviantar campana que pregone rebato alguno a los vientos, ni aldea indígena que se alborote. Se aproxima la época del monzón con sus celajes anubarrados, pero el Galeón no acaba de aparecer. Al final cunde el hastío. Los hermanos de la costa virarán rumbo al poniente, no sin antes comprobar con sorpresa que la nao filipina llevaba amarrada a sus ceibas más de un mes y que el galeón peruano había desaparecido del puerto. Bien las ocasionales ausencias por vitualla, o quizá el patache de aviso, habíales jugado una mala pasada frustrando sus soñados tesoros.   

En 1709 es el corsario de turno Woodes Rogers, otro ladrón por cuenta ajena, quien merodea la llegada del Galeón  de Manila a su paso por la costa californiana. Este año viene el galeón Nuestra Señora de Begoña, acompañado por el patache Nuestra Señora de la Encarnación en función de nao almiranta, cerrando cortejo con ligera carga y solo fusilería a bordo. Rogers caerá con sus dos fragatas sobre el patache que navega retrasado, lo captura y saquea. Ajeno al drama que vive su nao almiranta, el Begoña entra con felicidad en Acapulco.

Tres meses tardará en surgir de nuevo, cargado de plata novohispana, en su derrota anual hacia Manila. Navega solo y a media carga, bien que precavido, consciente de la pérdida del patache cuya causa en Acapulco desconocen, aunque no descartan achacarlo al merodeo pirata. Apenas unos días después será interceptado por las fragatas inglesas de Woodes Rogers que le aguardan junto a otra nave de porte medio capturada en Guayaquil, pero los cuarenta cañones del galeón manileño los ponen en retirada no sin serios desperfectos. Son ahora los barcos ingleses, sus cascos plagados de verdines tras prolongada navegación, quienes no pueden seguir el andar del recién carenado navío filipino. Han sufrido un primer rédito negativo, pero saben de su ventajosa potencia de fuego y, lamidas las heridas, tratan de ganar barlovento para horquillarle con su mayor campo de tiro. Inútilmente, porque la figura del Begoña irá empequeñeciendo hasta perderse en la noche. Con el alba, había desaparecido. Tres meses más tarde llegaría a Cavite sin mayor novedad.

Las sucesivas mejoras del Fuerte San Diego habían hecho de Acapulco una ciudad muy capaz de defenderse de cualquier insulto o ataque que se le ofrezca, aseguraba el Virrey Marques de Casafuerte, constructor también de la basílica de Santa Maria de Guadalupe. El gobernador del fuerte había pasado a ostentar el titulo de Teniente de las Costas del Mar del Sur, y ser el responsable del control y policía de la costa y del tráfico de mercancías de la región. Desde Carlos III tendría la obligación añadida de enviar reseñas semestrales sobre la meteorología y la agricultura de la provincia. Acapulco, bien guarecida por su reconstruido y mejorado Fuerte San Diego tras el terremoto de 1776, lejana siempre de las bases de abastecimiento corsario enemigo, despoblada tras su feria y recobrada su hechura de permanente aldea, sería ratificada por Carlos IV en su olvidado título de ciudad (1799).

Tras la liberación del comercio en los puertos del Imperio, y su persecución por las principales potencias, la vida pirática inició un declive que la llevaría en pocas décadas a su extinción. Durante su existencia, la plaza acapulqueña nunca sería tomada por flota enemiga alguna, caso único en la historia portuaria del Imperio español. Pero su castillo vería en cambio fusilar a los presos realistas por el insurrecto cura-soldado Morelos, unamuniana exégesis del mostrar la cruz pero blandir la espada, la romano-gótica encarnación del báculo y la ballesta de los obispos medievales. Un Gelmírez compostelano de allá por el año mil, redivivo ahora como una suerte de templario justiciero que incendia Acapulco y degüella a todo infiel español. Solo que esta vez no se trataba de expulsar al islámico intolerante, sino de quitar del medio al feligrés que no comulga con sus hostias profanas. Tampoco se trataba de un militar-soldado que cumpliera órdenes estrictas de un superior, sino de un hombre que había jurado entregarse a sus semejantes por Cristo. Pero que olvidaba en la sacristía sotana cural y golilla cuantas veces tocaba vestirse de faccioso. Curas que sin duda debieron rogar alguna vez por el catecumenado eclesial, siquiera cuando se ordenaron como tales… pero lo ignoraban si la circunstancia vital incensaba su ego, separándose de su santo ejercicio de pastor de almas para convertirse en lobo carnicero, como reza en su acta de excomunión por el obispo de Michoacán. ¿Donde estaba el límite ético de guerra justa que estos curas trabucaires aplicaban cuando de los conquistadores trataban? ¿Qué nos dejaron dicho de las Indias tres siglos antes?… Entonces no existía hemeroteca, pero ahora, sí. Ahora podemos contrastar hasta  la náusea, actitudes farisaicas entre el ayer y el hoy. Dios haya perdonado a esta suerte de padres de la patria. Sin aspavientos, como solo Él sabe y puede hacerlo, y la gente de bien desea. Mientras los patriotas de verdad y los sobreactuados, plenaban de efigies su memoria patria, como arma arrojadiza contra los gachupines y los cristeros. Siglo y medio más tarde, a toro pasao, la diplomacia vaticana eximiría a los trabucaires de su anatema impreso a fuego de maldiciones. Como si, por decreto, Sánchez Mejías o Manolete hubieran muerto por astas de toros… no siendo toreros. Bien que eran los aciagos días de la independencia de un México nacionalista, con sus fiebres desatadas en busca de si mismo, y las meninges dilatadas por el caos patrio. Y pasó como estas cosas pasan. Como un torbellino de emociones, desgarrando flecos históricos que no eran sino jirones de sí mismo. Se trataba en realidad de un nuevo insecto perfecto, que había mutado su capa virreinal por un desorbitado sombrero charro. Y siglo y medio después del capotazo, era precisa una entente cordiale que retrotrajese las aguas vaticanas a su cauce virreinal,  con el restablecimiento de relaciones diplomáticas

            

                      Figura 7: Portulano de Acapulco. Dibujo del autor

 
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Contexto Histórico de Acapulco – II

Figura 2 a: Techo de la palapa filipina

 

En esos escasos 20 años de proyección marinera de Cortés, la puebla de Acapulco ha ido agrupando al poniente de su bahía, un rancherío indígena, en el que confluyen marineros, pulperos, artesanos, arrieros y negros libertos, que se ocupan del trasiego y comercio de las mercancías que diariamente abastecen el puerto, sus astilleros y sus gentes. Uno de estos negros libertos fue Juan Garrido, el guapo Garrido, al parecer un liberto emprendedor donde los hubo, a juzgar por el número de documentos virreinales contemporáneos que le citan,  comprando bozales y esclavos indios en las encomiendas, o yendo a la guerra contra los chichimecas de Jalisco, entre otros muchos lances. Por Acapulco y su provincia pasó a la búsqueda de yacimientos de oro y plata, rodeado siempre de una troupe multirracial de colaboradores. Buscó minas de oro en Mezcala y aledaños, lo que años más tarde se conocería como Cinturón de oro del río Balsas o prolongación de las cuencas mineras de Taxco, al parecer sin mayores consecuencias. Sabemos que el negro Garrido acabaría sus días en ciudad de México, como un hacendado más de méritos probados. En general, los primeros negros y mulatos llegados a Nueva España, se esparcieron por doquier, ya fuera costa Sur o el resto del virreinato, como servicio doméstico de familias españolas que iban asentándose. Manumitidos en gran medida tras la muerte del pater familia, fueron nutriendo los oficios del sector productivo básico para el desarrollo virreinal. Al puerto acapulqueño acudían cimarrones y libertos de oficios relacionados con el mar, como carpinteros de ribera, calafates y cordeleros. Húbolos también dedicados al comercio, especialmente los huidos de las minas de Taxco, tras el abandono temporal de algunos filones poco productivos.

  La escasa tradición marinera de estos hombres, adquirida a base de completar inconclusas tripulaciones de cabotaje y pesca, iba conociendo a trompicones el arte de navegar. Como en los viejos puertos de Europa, aprendían corrientes y signos meteorológicos a base de retruécanos, viejos refranes y burdos pareados, relativos al color del cielo o del mar, el aspecto de las nubes, el vuelo de las aves, la súbita ausencia de peces… desdramatizando el inevitable costo de fortunas y vidas que el duro prendizaje imprimía. El propio Cortés, estratega de milicia terrestre, frecuente vecino de un barracón del pequeño seno arenoso de la bocana conocido hoy como Playa del Marqués, participaba en la construcción de los barcos que le servían de guía e introducción en el capítulo naval de aquel mundo avocado al mar. Desde allí centraliza, vigila y ordena expediciones costeras, alguna de las cuales compartiría a bordo. Aprende los secretos constructivos de las naves, y trae carpinteros de ribera y herreros peninsulares, muchos de los cuales van a crear escuela entre jóvenes mestizos, negros e indígenas, curiosos de las nuevas técnicas a la vez  que futuros soportes técnicos del astillero en décadas sucesivas. Potencia de forma indirecta una incipiente navegación de cabotaje con los puertos de San Blas, Zacatula y Tehuantepec, y otros puntos de la costa guatemalteca. Con el fin de consolidar la infraestructura de esta naciente actividad, en 1550 el propio Virrey Mendoza envía desde México 30 familias españolas y mestizas, lideradas por Fernando de Santa Anna como regidor titular del Cabildo de ciudad histórica, que Carlos V le acaba de otorgar. Como Alcalde Mayor de Acapulco, alcanzaría una cierta relevancia en el orden establecido en su provincia. Dada la especial circunstancia del enclave acapulqueño, la consolidación ciudadana tratará de arraigar de facto una comunidad humana estructurada y sólida. Multirracial, definida e identificable, en concepto del virrey. El modelo social buscado era piramidal, con una mano de obra masiva capaz de subvenir al mantenimiento del puerto y la ciudad, con suministros y policía propios, aglutinada en torno a una autoridad de mando supra – municipal y su cabildo. Bajo este inicial intento, se levantará una humilde  iglesia parroquial de madera y paja dedicada a la Virgen del Carmen, para más tarde serlo a la Virgen de la Soledad, destruida por terremotos y vientos huracanados mil veces a lo largo del tiempo, pero reconstruida otras tantas en el mismo solar y los mismos medios. Unos años después se establecerá un hospital atendido por frailes agustinos, siguiendo la Real Orden dada por Carlos V tres décadas antes, para que las ciudades portuarias tuvieran todas hechas iglesias y hospitales y atarazanas, y otras cosas que convenían…  En 1584 son los hermanos hipólitos dedicados a la atención de los pobres y enfermos, orden autóctona también llamada de los hermanos de la caridad, quienes se hacen cargo de estas instalaciones con la obligación de atender a los mílites de la Guardia Real del puerto, y a los tripulantes y pasajeros de los galeones. Desde entonces se le empieza a conocer como Hospital de Nª. Señora de la Consolación, aunque más tarde se le recordará como Hospital de San Hipólito, donde tendría cabida todo menesteroso local o transeúnte. Hecho de madera y paja, iba a perecer diez años después pasto de las llamas. Reconstruido con dinero de la hacienda virreinal, pasaría a llamarse Hospital Real hasta su desaparición dos siglos mas tarde. En 1607 fundarían los franciscanos el convento de Nª Señora de Guía, hospital de beneficencia incluido, que hasta 1632 era atendido por los propios frailes, para serlo más tarde por los hipólitos. Para finales del siglo XVIII, serían los médicos de la Real Armada quienes, junto a los propios religiosos de aquella orden, atendieran a la menesterosa grey cobijada en sus dependencias. Este trasiego de órdenes religiosas, como garantes del funcionamiento de la sanidad pública, nos habla claramente de las dificultades habidas para mantener en todo tiempo un servicio continuado de caridad en Acapulco, con sus puntuales sístoles humanas de feria y diástoles prolongadas de vacío poblacional.

  Su punto de despegue como puerto clave del Virreinato, ocurre con la llegada de Andrés de Urdaneta desde Manila (1565), a bordo de la primera nave capaz de retornar desde las Filipinas al continente americano. Habíase embarcado el cartógrafo vasco como bisoño pilotín de la expedición de Loaysa y Elcano rumbo a la Especiería (1525), y su estancia en las islas del poniente habíale servido para comprobar la imposibilidad del retorno directo a Nueva España, siguiendo el Trópico de Cáncer e inmediatos paralelos. Embarcado por mandato real en la expedición novohispana de López de Legazpi a las Filipinas, el ya enclaustrado monje agustino, permanecería allí confeccionando pacientemente la cartografía insular, anotando experiencias y saberes de navegantes malayos, chinos y japoneses que al comercio de Manila acudían periódicamente con sus juncos y shampanes. Navegó luego con Felipe de Salcedo  (nieto de Legazpi) hacia el norte, hasta encontrar los contralisios y la irisada corriente de Kuro-Shivo con sus nocturnas pizcas luminosas y su poderoso flujo, suerte de lanzadera hacia las costas del norte californiano. La alternancia de corrientes marinas frías y cálidas, los vendavales y tifones del Mar de la China, la caída y entablado de alisios intermitentes, el comportamiento no contrastado de las agujas de marear por aquellas latitudes, el cálculo exacto de longitudes, el trimado de las velas y su doble impulsión forzada (hoy conocida como Efecto Ventury), su cosido tradicional de costuras, gratiles y balumas,  eran incógnitas que dificultaban el mantenimiento de rumbos previos, provocando fuertes derivas en las  derrotas y posición geográfica errada en las estimas de los primeros galeones que navegaron a leste por aquella ruta ignota. A partir de este suceso la Casa de Contratación de Sevilla por orden del Rey, iba a realizar un inestimable esfuerzo científico en el diseño y construcción de naves y velas para estas altas singladuras del Pacífico Norte. Volvía a repetirse la encrucijada histórica del Infante Enrique el Navegante en Sagres, cuando preguntado por Alfonso V de Portugal sobre cómo llegar al Índico desde el Atlántico, solo alcanza a murmurar: Pero si aún no sé qué barcos construir ni por donde deberán ir… Ante similar coyuntura, entonces y ahora, no cabía sino impulsar el estudio de la Cosmografía en sus facetas de astronomía, arte de marear y cartografía, junto a los conocimientos sobre datación de longitudes y declinación magnética, concienzudamente supervisados por el Piloto Mayor de la entidad sevillana antes de ser plasmados en el Padrón Real. Este experimentado profesional con su equipo, era el  encargado de examinar y graduar pilotos y censurar las cartas e instrumentos necesarios para la navegación de altura, antes de ser facilitados a los pilotos. Creada por los Reyes Católicos en 1503 en el Alcázar Viejo de Sevilla, era la Casa de Contratación entidad del máximo prestigio y nivel naval de Europa, que había contado entre sus primeros censores históricos a Américo Vespucio, Sebastián Caboto, Juan Díaz de Solís, Juan de la Cosa o Antón de Alaminos. Pronto serían adscritos los nuevos conocimientos técnicos a naves con velámenes adaptados al régimen de los vientos norpacíficos. Afinarían con ello ostensiblemente sus derrotas, a la vez que acortaban en más de un mes las singladuras necesarias para avistar, muy al norte de la latitud de Acapulco, las costas californianas del Cabo Mendocino. A lo largo de ellas con rumbo  sureste,  rendirían viaje en la ansiada rada de Acapulco, siguiendo estrictamente la ruta de Urdaneta y Salcedo por varios siglos. El “tornaviaje”, intentado sin éxito hasta entonces, perdía así su hálito mortal de salto circense, para convertirse en el fiable camino de retorno que precisaba la navegación novohispana. El Navegante del Pacífico Norte, conocía ya por tanto, barcos precisos y derrota a seguir, para rasgar confiado las nieblas de aquel mar de cerrado añublo.

  Dos meses antes de este acontecimiento, el maltrecho patache San Lucas de Alonso de Arellano pilotado por Lope Martín, dado por perdido durante una navegación nocturna de la expedición de Legazpi, había inexplicablemente logrado llegar a San Blas. Siguiendo un balbuciente cuanto aleatorio derrotero oceánico rumbo leste, tras incansable pesquisa de corrientes desconocidas y alisios inexistentes por las bajas latitudes que transitaba, quiso el azar serle favorable a su empecinado regreso. Novohispanos de pura cepa, con inequívocas expresiones y modismos del habla criolla registrada en los escritos que a su causa judicial siguieron, pudieron contarlo, pero no explicarlo. El Cielo, aseguraban, había determinado su retorno y sus vidas. Débil fue la repercusión de esta grandiosa hazaña en el Virreinato, pese a constatarse como la  primera navegada que retornaba desde las islas del poniente. La explosión Urdaneta deslumbraría poco después, con su fulgor de siglos, el firmamento histórico de la navegación a vela en el Pacífico.

 El cosmógrafo agustino había proclamado la superioridad de Acapulco sobre el resto de puertos novohispanos del Pacífico. El hecho de que Zacatula, en el delta del río Balsas, tuviese una orografía plana, barrida por todos los vientos, e incierto y mutante calado aluvional por los arrastres del río, se unió al rechazo de otros surgideros con barras peligrosas en sus salidas abiertas al mar. La abundante madera de los bosques acapulqueños, su fácil transporte laderas abajo hasta el mar o su astillero, y sus verticales cantiles de profundo calado sin peñascos, fueron sin duda factores determinantes en el criterio selectivo del sabio fraile. Convertido de facto el puerto de Acapulco en el término comercial de la navegación de oriente, Felipe II le asciende al rango de ciudad, para más tarde confirmar su estatus como único enclave comercial del Imperio para negociar directamente con Asia (1570). Manila-Acapulco llegaría a ser la línea de navegación más duradera de la historia, con una vida activa superior a dos siglos y medio. Desde 1565 hasta la extinción del Virreinato, iba a recibir una o dos veces al año el Galeón de Manila o Nao de la China, como la conociera el vulgo novohispano. Galeón de Acapulco para los manileños y Carrera de Filipinas para la Corona. Con su salutación de rutinaria salva de cañonazos, entraba el galeón cada diciembre en la bahía acapulqueña, siendo respondido desde el fuerte con otros tantos pacos de bienvenida. Entre julio y agosto, partía el galeón del puerto filipino de Cavite, a veces con registros de más de 2500 toneladas de carga. Tras cinco meses de navegación, arribaba a las costas californianas a la altura del Cabo Mendocino, largando anclas en la bahía de Monterrey y posteriormente en Manzanillo (Colima). En sus abras hacía el galeón aguada, y enviaba desde la última un aviso por relevos a la capital, anunciando su próxima llegada a destino. Y en ambas, andando el tiempo, comprarían los cítricos que venían a ofrecerles los indios de las misiones franciscanas, para combatir el escorbuto. Los mismos indios que fueran encargados por más de un siglo de llevar a la carrera la buena nueva hasta México. Era entonces cuando las autoridades del galeón extremaban su vigilancia a bordo, en especial por las noches, evitando fueran largados por la borda fardos fuera de registro, prestamente recogidos flotando por boteros avisados. Por razones del contrabando, se prohibieron las comitivas jubilosas de canoas, botes o embarcaciones menores, que salían fuera de la bocana para recibir y acompañar al galeón hasta su fondeo en Acapulco. Al arrimo de cornetas, silbos y entusiastas escopetazos al aire, la picaresca hispana brillaba en estos casos en plenitud de facultades… vaporizando en instantes cuanto matute llovía por la borda

  En tierra, las jubilosas campanas de México, Taxco y Puebla, volteando a rebato, borbotaban el regocijo de las gentes como alegre premonición de la Navidad. Anunciaban de hecho la salida de marchantes y comisionados que, tras un viaje de 15 días, llegaban a tiempo de iniciar la feria más renombrada del mundo (Humboldt dixit). El galeón abría entonces sus bodegas, y ofrecía lo más exótico de la mercadería asiática: camisas de nipiz, medias de seda, telas teñidas, especias, alfombras persas, damascos, perfumes, abanicos, porcelana china, objetos de laca, labras de marfil, pasamanería… El universo de los mercados chino, malayo y japonés, incluso indio de Madrás y Calcuta, que en Manila se negociaba desde generaciones anteriores, y ahora en Acapulco se distribuía por carpas y garitos desparramados, los llamados puestos de la campa de La Planchada, que el gentío abarrotaba. Sin olvidar el humano contingente migratorio de filipinos, chinos y malayos, que cada Galeón de Manila vomitaba, y que el Nuevo Mundo acogía con los brazos abiertos a su laboriosidad, y la convicción de que no regresarían jamás al suyo, dejando su necesaria valía en este. Con sus atuendos y costumbres acabarían imprimiendo su peculiar sello al paisaje, a la arquitectura popular, a la cocina, al donaire femenino y hasta al folklore, tanto de Colima como de algunas ciudades de los caminos reales. En la Acapulco del siglo XVII, la colonia de filipinos, malayos, japoneses y chinos llegaría a ocupar el 25%  de una población cercana a los 1000 habitantes, en un ius revolutum de pardos, mulatos, indígenas, negros, blancos, asiáticos y mestizos. Su deriva humana hacia la capital del virreinato, iba a dejar rastro ostensible en sus vistosos puestos de parián (mercado, en tagalo), en especial el siempre concurrido de la Plaza Mayor de México, además de los de Taxco, Puebla, Saltillo y otras ciudades del camino, presididos siempre por la ceremoniosa cordialidad de sus dueños.

Figura 3: Un marfil chinesco de la Virgen de Guadalupe llegado de Asia

  Los primeros contingentes masivos de filipinos, se establecieron en los valles de Colima al arrimo de los cultivos de palma de coco, que Álvaro de Mendaña (1569) trajera desde las islas Salomón, de paso a su regreso al Perú. Y prolongados hasta Zihuatanejo y Manzanillo mediante un continuo trasiego mercantil vía Panamá, y su enlace permanente con Lima Callao. Prontamente sus pobladores, mayormente peninsulares, extendieron las plantaciones y transformaron sus jugos con mano de obra filipina, experta en cocoteros y sus licores derivados. Estos llamados indios chinos, trajeron de su isla de Samar la bellísima y sorprendente palapa, suerte de choza con techo de sombrilla sin mástil central, que puede admirarse hoy reproducida en cualquiera de las playas turísticas más selectas del mundo. El hecho de precisar varias personas para suprimir su percha maestra, una vez concluido su circular techo de palma, contribuyó a propagar su singular montaje y su técnica constructiva entre otras etnias que laboraban los cocotales, y que con frecuencia eran requeridos para echar una manita con la palapa. El poblado pescador de Salinas de Santa Cruz en Oaxaca, marcaría el límite geográfico de esta singular choza de palma. Pero no solamente la arquitectura costera asumió la influencia filipina, sino su gastronomía con dulces de coco, pulpas de tamarindo enchiladas o el mango traído de Luzón. La vestimenta filipina aportó a los varones el sombrero alón, tradición hoy de los mariachis, y la guayabera, arraigada en toda la América hispana; el rebozo, heredero de los chales y mantones de Manila, se incorporó al tradicional atuendo de la mujer mexicana… como en la chulapona madrileña su mantón, aunque ocurriera esto más tarde.

  La feria era una tradición netamente arraigada en las culturas hispana y azteca, y su desarrollo tras siglos de cultura mixta, un hecho. El Galeón de Manila suponía la chispa necesaria para percutir la gigantesca traca de las ferias novohispanas que empezaban por Acapulco. En épocas de arribada, la ciudad de México con sus cien templos, hacía sonar las campanas cada anochecer en rogativa por la feliz llegada de la nave filipina, tras una navegación de meses por latitudes norteñas, que sabían tensa y peligrosa. Y tras la de Acapulco, la feria de Saltillo, punto de encuentro de mercancías que por el Camino de Tierra Adentro llegaban de o se iban a Nuevo México, Texas, Coahuila, Chihuahua, Durango o Zacatecas, para juntarse con telas de China, caldos de La Mancha y Andalucía, y la cochinilla de Oaxaca. Acudían los muleros capitalinos al acontecer anual de Acapulco, con sus reatas enjaezadas con vistosos ornamentos rojos, sobre unos arreos y aparejos tachonados con remaches de cobre y espejuelos, collares con campanillas, y penachos de cimbreantes plumíferos. No menos llamativos resultaban los mercaderes, cabalgando en grupos por el camino de la feria, sobre lustrosos corceles con bridas, bocados y estribos de oro. Escoltados por un séquito de jinetes bien chulo, que aportaban al itinerante espectáculo, además de empaque, tramoya y andaluz tronío, la seguridad de las personas y la garantía del dinero ferial para los pagos.

  Tras mes y medio de mercadeo en los terrenos de La Planchada, los comerciantes desmontaban sus tenderetes y abandonaban la ciudad, en una rutina repetitiva al darse el evento por concluido. Pasada la fiesta mercantil, los tratantes  del interior regresaban a su habitual ocupación, y la población flotante de Acapulco, que tras cada hégira dejaba su poso humano, aparecía como gente de color, especuladora y minorista de productos segregados de la feria. Entre ellos, no era el alquiler de  habitaciones el menor, muy protestado siempre por la insalubridad del clima, la mala calidad de los albergues y la carestía de su pago adelantado. Eran estas habitaciones, no otra cosa que las casas circulares de madera y zacatán conocidas como el redondo, típicas de los mulatos y pardos, que rentaban a los tratantes durante la feria. Como contraparte humana, flotaba en el ambiente una variopinta y colorida hueste de feriantes, recitadores, prestidigitadores, echadoras de cartas, indios danzantes, y músicos solitarios o en tropel, que conformaban en su derredor corrillos a los que pasaban la gorra. Aparecían también entre el gentío, franciscanos que pedían limosna para su convento, hermanos que lo hacían para su Hospital y brujos indígenas que remediaban males del alma y del cuerpo, inmunes a la inquisitorial hoguera por mor de las Leyes de Indias. Sin olvidar a los negros vendedores de pócimas que todo lo curaban y adivinaban, maldecían o cuestionaban, junto a santeros con sus patronos, vírgenes sincréticas y ángeles negros o espíritus demoníacos. Y como colofón de fiestas, las carreras de tortugas o las emocionantes de caballos por parejas, que mulatos y mestizos montaban en la playa con sutil equilibrio sobre sus raudos corceles, capaces de arrancar gritos de admiración al público. Parejos corrían los reales de a ocho apostados, extraídos de alegres faltriqueras, que aquel improvisado circo soliviantaba.

 Trincada la proa en sus ceibas de siempre y fondeado a barbas de gato por popa, aguardaba somnoliento el galeón su partida, en un área de escollera acotada por severa vigilancia. Bien para limpiar fondos y carenar en otras gradas, o para su nueva singladura oceánica, allí reposaba el navío unas semanas tras su próximo avatar marino. El control de salidas y entradas de personas o cosas era estricto para evitar matutes. Las semanas previas de su partida a Manila, los botes del puerto traían toneles, pipas de aguada o leña primero, víveres después, para finalmente embarcar los cajones de la plata del situado virreinal y el dinerario del comercio. Terminado el estibado de bultos, tomaban los pasajeros su posición asignada, y con la entrada del correo, se daba por finalizada la espera del galeón. Sueltas amarras y anclas a la pendura, enfilaba el navío la bocana del puerto entre órdenes voceadas, toques de corneta y silbo, y los consabidos cañonazos de cortesía del fuerte San Diego. Cuando la calma entorpecía la maniobra, eran los bogas en sus botes portulanos, los encargados de sirgar el barco hasta la Playa del Marqués, donde entraba ya la brisa marina y portaban sus velas.

 Terminada la feria, cada febrero o marzo, partía la Nao de la China rumbo a Manila, con más de un millón de pesos en cajones precintados de moneda y lingotes estibados en su vientre. Desde la Ceca hasta el puerto de Acapulco, pesadas carretas se habían encargado de transportar aquellos cajones de madera repletos de fiducia. Los del comercio, para el pago de mercaderías adquiridas en los bazares manileños. Los del situado virreinal, para cubrir los sueldos anuales de militares, funcionarios y obras de la Capitanía filipina. Otras cajas y fardos con grana, cochinilla, añil, tintes, tejidos y loza novohispanos, o herrajes, vinos, telas y aceites españoles, habían ido llegando en largas reatas de mulas, hasta colmatar las bodegas del navío, alcanzando a veces la astronómica cifra de 1200 toneladas de registro bruto. Cada mula portaba una carga de 130 a 200 Kg, que era el peso reglado para mercancías que las bestias podían transportar sin sufrir dificultades. Al final del Camino de Acapulco, unas Garitas de acceso al recinto ciudadano, controlaban el pago de aranceles y el correspondiente paso de las mercancías hacia la Planchada y su embarcadero. Eran estas garitas construcciones de una sola planta, que servían como dependencias de revisión y registro de las mercancías en tránsito, cobro de arbitrios y depósito temporal de los bienes retenidos en garantía de pagos pendientes, además de vivienda y corral anexo para los aduaneros y sus familias. Era la última salvaguarda del control fiscal contra el contrabando y la estafa, que aureolaban los puertos de Indias. No mucha mercancía, ciertamente, vino a cargar el galeón durante ciertos años de crisis manileñas, pero nunca faltaron los pelucones y lingotes de plata para el comercio y la administración de la Capitanía General de Manila. Humboldt cuenta que el galeón de 1804 llevaba para Manila sesenta y cinco misioneros y añade que por eso los acapulqueños decían que últimamente la nao de la  China solo lleva plata y frailes

 Un destacamento de escopeteros a caballo, y una intendencia india que facilitaba la alimentación de la comitiva, complementaban la marcha capitalina. La intendencia negociaba sus viandas en los poblados indígenas del camino, y acompañaba a los muleros que portaban los cajones desde la Ceca capitalina, a lo largo de las 111 leguas del sinuoso Camino de la China.  Era una suerte de catering del que los nativos sabían sacar partido en beneficio propio. Abastecían a los escopeteros en custodia del puerto hasta acabada la estiba del navío, que al hacerse a la mar, absorbíalos como fusilería de a bordo, ángel protector del galeón hasta Manila. Momento en que los indios intendentes regresaban a sus pueblos. Dieciséis mil kilómetros y más de tres meses de navegación le aguardaban al galeón hasta Cavite, puerto receptor en la Bahía de Manila. Arrumbando al sur desde su salida, pronto viraba al güeste para navegar entre los paralelos 10 y 12, remontando ligeramente unas semanas después entre los 13 y 15 hasta las Marianas. En Guam tomaba aguada y leña, y tras efectuar los ajustes precisos, enfilaba por el estrecho de San Bernardino hacia Manila, para rendir el fin de viaje en el puerto de Cavite, entre nuevas salvas de cañón y el rebato de campanas de la capital filipina.

Figura 4: El Camino de la China o Camino de Acapulco

 Nunca el Camino de la China llegó a tener puenteados todos sus pasos fluviales. Los más de los ríos se vadeaban a pie o se cruzaban en balsa, siendo escasos los puentes de mampostería que tardíamente se levantarían para amoldar o ceñir quebradas. El río Amacuzac era la primera vena fluvial que desde Ciudad de México cruzaba el camino por su vado de Huajintlán, al sur de Cuernavaca. Cuarenta leguas adelante eran las riberas del río Balsas quienes lo intersectaban, ofreciendo en época de lluvias un amplio cauce de poderosa corriente cuajada de remolinos. Tradicionalmente, el mundo indígena había cruzado este raudal sobre balsas, cuyo nombre los conquistadores acabaron adjudicándoselo al propio río. Se trataba de encimeras flotantes sostenidas sobre grandes calabazas secas, enlazadas a su vez por un entramado de cañas y fibras vegetales que compactaba el conjunto. Manejadas con pericia desde sus esquinas por 4 fornidos braceadores, eran empujadas las balsas hasta alcanzar la orilla opuesta, mientras la corriente las arrastraba cientos de metros  cauce abajo. El esfuerzo era notable, y el cobro del servicio lo era aún más. Pero la siempre celosa Audiencia de México, no enarbolaba aquí y ahora Ley de Indias alguna, para no incomodar a los nativos de Mezcala, y ahuyentar un lucro que tradicionalmente se habían auto-asignado mediante peaje por pasar recuas y viajeros al otro lado del río. Esta operación se volvía delicada cuando el trasiego era de escoltas con sus jinetes armados. Conocedores estos centauros del sutil trance que encaraban, apostaban su menguante hueste en la ribera, en tanto la creciente caballería pasada a la otra vera, iba tomando análoga actitud. En paralela vigilia de personas y bienes, completábase el integral encuentro de custodios y custodia en el ribazo de enfrente. Cada jinete, colocada su silla en una balsa, se dejaba conducir montado en ella por los indios a la orilla opuesta, en tanto que el caballo, sujeto por las riendas, era obligado a nadar tras la balsa de su dueño. Penosa y lenta operación, extensiva a las reatas de mulas y sus arrieros, pese a lo cual eran mínimas la pérdida de mercancías y desgracias personales acaecidas, dada la destreza y el arrojo de los indios mezcaleros. Esta misma rutina fue empleada por dos siglos al paso del río Papagayo, hasta que fuera construido el puente de once ojos sobre su lecho fluvial (1785). Fueron durante ese tiempo sus carontes indígenas locales, cuando no llegados del Balsas, afincados en las aldeas de los Pozuelos y el Camarón, o a la propia vera del río. Tampoco tuvo la Audiencia de México vela que tomar en este entierro. Sus indios no protestaban por el incumplimiento de las Leyes Reales que supuestamente les protegían del excesivo esfuerzo. Lo de la protección del indígena contra los abusos del conquistador les parecía muy bien, pero ellos preferían la plata que el negocio les reportaba: tiempos renacentistas también para los naturales, y posterior reconocimiento legal del trabajo remunerado en las Indias... La última corriente fluvial tajaba, además del paternalismo buenista de Las Casas,  el paso del camino a 20 leguas de Acapulco. Enclaustradas las aguas en un cañón de 17 varas (14 m aprox.), aparecía como labrado por la erosión fluvial en medio de un dilatado lecho ocho veces mayor. De vena rápida y profunda, era de fácil acometida cuando no bullía fuera de madre por las lluvias equinocciales. Porque cuando tocaba lluvias, nadie osaba retar las aguas del Papagayo.

 El pasaje del galeón en su regreso a Manila estaba compuesto generalmente por reclutas nativos, comerciantes, clérigos, comisionados y algún que otro punto filipino, léase delincuente desterrado por los jueces a las islas del poniente. Castilas, al decir de los isleños occidentales, que no eran sino pura criollez novohispana de suaves decires, en contraste con el recio hablar de los castellanos, que sus oídos orientales parecían no percibir con matices. En 1590 partirá otro castila más: el franciscano Felipe de Jesús, primer santo novohispano canonizado por Roma, que moriría crucificado en Nagasaki, el Japón de los shogunes, al año siguiente. El mismo hermético Japón que iba a comisionar su primer embajador a Nueva España unos años más tarde.

 Desde Acapulco se van a generar dos rutas comerciales, abastecidas por el Galeón de Manila. Una continental, el Camino de la China hacia MéxicoVeracruz y regreso; otra marítima del Sur, hacia el litoral peruano y los puertos chilenos. Pese a lo sinuoso del Camino de la China, los poblados de Acapulco y Taxco  irán convirtiéndose poco a poco en centros económicos importantes de la ruta continental, con un tránsito diario cercano a las 1000 mulas que llegan o salen de sus pueblas en tiempos de feria. Cientos de arrieros y sus acémilas de refresco, serán los verdaderos galeones terrestres, que transporten el metal de las minas norteñas y las mercaderías de oriente u occidente. Por el camino del mar, Acapulco expedirá todos los años cuatro o cinco naos con destino a Guayaquil, Callao y los puertos sureños, además del tradicional cabotaje hasta Guatemala y las  Californias. La dura remontada de la corriente del trópico desde Guayaquil a Tehuantepec, que quintuplicaba el tiempo empleado en sentido inverso, iba a poner un límite a estas transacciones entre ambos virreinatos hispanos. Uníase a ello ciertas solicitudes proteccionistas del comercio sevillano, que Felipe II traduce en real orden que veta el comercio directo de Acapulco con el Virreinato del Perú.

 De los galeones del Mar del Sur, uno había que era especialmente vulnerable por lo apetecible de su valiosa carga: el Galeón de Manila. Nave de poderoso arqueo, esmerada hechura y maderas combinadas, abastecida en Acapulco con plata novohispana, era codicia obsesiva de piratas y corsarios, pero escurridiza presa, furtiva en la nada, arisca y exiguamente cartografiada, del Océano Pacífico. Dado su consciente papel de emisario enjoyado, rehuían por principio los galeones toda confrontación bélica, pese a su aceptable poder de fuego artillero y fusilero, que por circunstancias defensivas hubo de incrementar con el tiempo. En caso de  encuentro hostil, era prioridad de sus capitanes darles andar a todo trapo como reflejo condicionado que priorizaba el salvamento de su carga, aunque su arrancada no fuera habitualmente presta, sino tarda, en razón de unas bodegas siempre lastradas a tope. Cada año zarpaba el Galeón de Acapulco, poniente adelante a través del piélago infinito, en una navegada de 7000 millas que había de durar casi tres meses. Y tras tomar aguada, chiles y cobijo en la ensenada de Umata en Guam (Marianas), cerraba destino en la bahía de Manila, otras mil quinientas millas avante. Pronto fue conocida la eficacia del chile como remedio contra el escorbuto, y diseminado su cultivo entre nativos de las Filipinas y Marianas como apoyo de navegantes y viajeros, que lo pagaban a buen precio.  La derrota del galeón era secreta, y rudimentaria la cartografía comparada de aquellos mares hasta mediados del siglo XVII. Realmente desconocida por los enemigos holandés e inglés de la época, que raramente se aventuraban por las inmensidades pacíficas vacías de islas, de gentes y de mapas. En cambio, la existencia del chile era bien conocida por la gente de mar novohispana, que frecuentaba su compra a los nativos de las islas Marianas y Carolinas, concurrentes espontáneos de las playas con cada vela que se aterraba.

 La consolidación de la Carrera de Filipinas en el Pacífico y su enlace con la Carrera de Indias en el Atlántico, a través de los puertos novohispanos de Acapulco y Veracruz articuló la primera correa de transmisión económica y cultural a escala planetaria. Fue sin duda Nueva España la principal beneficiaria, pero también la que más aportó. Tanto en infraestructura operacional como financiera. Una parte vital de ese aporte lo constituyeron los más de 400 millones de pesos de plata que invirtió en el mercado de Manila mientras duró su galeón. Esta correa de transmisión forzó no solo la cadena productiva del Virreinato, sino su ingenio y creatividad. Pronto las manufacturas que llegaban de China o España empezaron a ser reproducidas por menestrales mestizos para consumo local. Incluso llegaron a venderse en Oriente u Occidente como originarias del occidente u oriente. Sin olvidar las sedas, marfiles y porcelanas que prestamente imitaron los artesanos criollos para abastecer un mercado continental que se alargaba hasta Chile. Pero aquel tornillo sin fin que trasegaba productos como por un tubo a través de dos océanos, no solo cargaba mercancía o manufacturas, sino también personas, amores, ideas, modas, estilos, gustos, semillas, técnicas, religión, música, libros, noticias, cuadros, esculturas, el universo conocido y ensamblado en una suerte de corriente en chorro con flujo y reflujo a tres bandas. Y las tres – Asia, América, Europa – abrieron sus ventanas al viento de la curiosidad que portaba semillas volanderas del mutuo conocimiento. ¡La legendaria Catay que soñara Europa por siglos y añorara Colón en su quimérico viaje, habíase convertido, apenas una centuria después, en una rutinaria parada de postas!

Figura 5: La primera correa de transmisión cultural planetaria

 
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Contexto Histórico de Acapulco – I

Figura 1: Orla de Acapulco

 

La primera noticia que tenemos de Acapulco proviene de Bernal Díaz del Castillo, que en la descripción de un perfil gráfico de la costa sur que poseía Monctezuma II (1519), lo cita como nombre de la ensenada que más tarde sería puerto famoso del Pacífico virreinal. Nombre al parecer de raíz náhuatl, con significado de lugar de carrizos destruidos, Acapulco surge como núcleo humano a partir de las expediciones de Hernán Cortés, llegado a su bahía para explorar y cartografiar, por mandato real, las costas del oeste novohispano. Su nombramiento como Capitán General de la Nueva España y del Mar del Sur, a ello le comprometía frente al Emperador Carlos V. Montará allí unas gradas (1523) donde construir y carenar las naves que han de llevar a cabo su empresa marinera. Inmejorable fondeadero de flotas, poseía la ensenada una bocana cerrada, disipadora  de todo  oleaje  franco de mar abierta, y un espléndido abrigo en anfiteatro empotrado al socaire de la Sierra Madre del Sur. Ribeteada de árboles donde trincar amarras o gobernar carenas, fue conocida en sus primeros tiempos como Bahía de Santa Lucía, al ser descubierta en esa festividad por la temprana expedición del capitán extremeño Francisco Álvarez Chico (1521). Cortés tenía una precisa visión de la costa, donde habíale encargado recabar tributos de los pueblos indígenas, lo que le llevaría a fundar Zacatula (hoy La Unión) como capital regional, y donde finalmente iba el capitán a encontrar su muerte. En 1531 Juan Rodríguez Villafuerte, explorando la costa desde Zihuatanejo, llegará hasta Santa Lucía, cuyo rancherío iba a nombrar como Villa de la Concepción. Este núcleo indígena y otros rancheríos periféricos, le serían adjudicados como encomienda con el nombre de Provincia de Acapulco, cuyas gentes tributarían en especies de maíz, algodón y cacao. Pero será Diego Hurtado de Mendoza quien funde de hecho el puerto de Acapulco, cuando en 1532 zarpa de su bahía con dos naves construidas con madera de sus bosques y mano de obra española y tlascalteca. Pronto una de ellas la regresaría con gente levantisca que no quiere por compañera. Sigue explorando la costa hacia el norte con la otra nave hasta que, sorprendido por una tormenta, naufraga, no sin antes haber cartografiado la costa recorrida y algunas de sus islas. Solo 3 supervivientes superarán penalidades sin cuento para informar del desastre a Cortés, que decide ir personalmente a buscar sus vestigios. Para ello, se trasladará a Santo Domingo Tehuantepec, ciudad por él fundada entre los zapotecas como apoyo de la campaña de Guatemala. Allí va a supervisar la construcción y aprovisionamiento de cuatro naves, con las que rastreará sin resultado la derrota de Mendoza. He proveído con mucha diligencia que en una de las partes por donde yo he descubierto la mar, se hagan dos carabelas medianas y dos bergantines; las carabelas para descubrir y los bergantines para seguir la costa… y para ello he enviado a una persona de recaudo y cuarenta españoles en que van maestros y carpinteros de ribera, aserradores, herreros y hombres de la mar… y he proveído a la villa por clavazón, velas y otros aparejos necesarios para los dichos navíos, y se dará toda la prisa que sea posible para acabarlos y echarlos al agua… le informa Cortés al Emperador en su Tercera Carta de Relación … Pero tras recorrer infructuosamente el litoral, regresará al resguardo de Acapulco, de donde saliera la expedición perdida. A partir de entonces considerará su puerto como el mejor de aquella costa, y la base de su astillero.

                                   El ir y venir de Cortés y su fieles entre la capital y la costa, iba a ir señalando una ruta itinerante de gentes a caballo que, guiados al principio por baquianos locales, fueron contorneando nuevos tramos para pezuña, diferentes de las sendas indígenas tradicionalmente seguidas por los tamemes nahuas. Marcábase con ello la futura senda embrionaria del camino real de Acapulco. El hecho de que una gran parte de los tributos y gravámenes impuestos por los mexicas a las sometidas tribus del sur, proviniesen de comarcas próximas al camino de Acapulco, impulsó al conquistador a enviar exploradores al área. Los autóctonos tlahuicas en las estribaciones de la Sierra Madre del Sur, era fama que tributaban su carga impositiva a los aztecas en incienso, mieles de abeja, barras de oro y otros metales. Se sospechaba que entre aquellos metales estaba el estaño, gran remedio para la fabricación de cañones de bronce en la Nueva España, que podrían fundirse a pie de astillero. La información recibida tras la inspección minera fue positiva y pronto iba a comenzar un laboreo minero (1522) próximo al enclave indígena de Taxco (Juego de pelota en náhuatl). Este asentamiento español entre estribaciones y cerros de la Sierra Madre, situado a escasos 10 km del anterior, daría lugar a la ciudad de Taxco La Nueva, fundada por el capitán Rodrigo de Castañeda (1529), comisionado por Cortés para reconocer la mineralogía de la región que seríale posteriormente entregada en encomienda. Las aparentes trazas de manganeso detectadas en las muestras minerales analizadas en Ciudad de México, resultaron ser vetas de plata, alguna de las cuales adquiriría fama y fortuna dos siglos más tarde, de la mano de los aragoneses La Borda, que explotarían también otros yacimientos regionales de vetas o mantos de oro, plomo, cobre y zinc. Al arrimo de la producción argentífera, los hermanos aragoneses mandarían construir el templo votivo de Santa Prisca, icónica joya churrigueresca del Taxco del siglo XVIII, mientras iba labrándose en la ciudad la fama internacional que habían de adquirir sus orfebres plateros.

                                Bajo ese mismo criterio de reconocer las formaciones rocosas y auscultar posibles minerales metálicos en la región, Cortés enviará una partida exploratoria al valle de Iguala (Donde es serena la noche en náhuatl) al mando del capitán Juan de Mesa. La correspondiente toma de muestras minerales en los cerros y sierras circundantes, arrojaría la existencia de abundantes yacimientos metálicos. A la vista de este primer contacto, se iniciará la eufemística pacificación de la comarca, no otra cosa que la toma y sometimiento de los indígenas al poder de la Corona española. Finalizada ésta, le sería entregada en encomienda temporal al propio Mesa, que traería a Iguala misioneros franciscanos (1534) para catequizar a los indígenas comarcanos, a quienes someterá a tributación en especies de maíz o metal en barras. Con la orden del sometimiento perpetuo dictada por la Real Audiencia de México (1550), esa encomienda será adjudicada a Francisco Mexía, quien implantaría el ganado porcino y caballar en los pastizales del valle. Andando el tiempo, Iguala iba a convertirse en plaza clave del camino real de Acapulco, con un importante eco comercial del flujo económico entre Manila y Sevilla.

                                En 1527 por orden del propio Cortés, Álvaro Saavedra Cerón había partido de Zihuatanejo con tres naves para tratar de encontrar la Trinidad, capitana de Magallanes, perdida en las Molucas seis años ha, cuando intentaba ganar las costas novohispanas. Noticia sabida durante su estancia en España, donde era comentario obligado la gesta de Juan Sebastián Elcano con dieciocho supervivientes tras su arribo a Sanlúcar de Barrameda y tres años de incansable navegar. Y hacia aquellas lejanas islas irá Saavedra siguiendo el paralelo 12ºN. En una longitud y latitud hoy reconocibles como coordenadas geográficas aproximadas del archipiélago Hawai, el vigía de la capitana da la voz de haber avistado tierra al contraluz del atardecer. Tierra que, al amanecer del siguiente día y no obstante buscarla por otros dos consecutivos, no volverían a percibir. Pocas dudas caben hoy sobre ese primer avistamiento de las islas Hawai, que iban a ser mapeadas con diversos nombres y por diversos pilotos en los planisferios secretos de la Casa de Contratación de Sevilla. Esto ocurría dos siglos antes que James Cook diese noticia de la existencia de ese archipiélago. No iba Saavedra a encontrar la nao de Magallanes, pero iba en cambio a toparse con los restos de la expedición de Loaysa – Elcano en las Molucas, viaje surgido de La Coruña dos años antes, y desperdigado por el escorbuto y el Pacífico durante el año precedente. Por tres veces intentará Saavedra tornar velas a Nueva España, cargado de especias y gente española rescatada de manos portuguesas. Tres veces más que añadir a un intento muchas veces emprendido, pero ni una sola vez alcanzado. En el último de ellos, tornará su nao a Jilolo (Halmahera)  con un Saavedra moribundo a bordo. Nuevamente se repetía la historia de la nao Trinidad y su desesperado intento de retornar a Nueva España cruzando el Pacífico rumbo leste. Cargados de especias en Tidore, Juan Sebastián Elcano y Gonzalo Gómez de Espinosa pilotos de la expedición magallánica, habían acordado regresar a tierras hispanas con las dos naos supervivientes por rumbos diferentes, ambos desconocidos, y que Dios reparta suerte. Elcano rumbo e España por el Índico, logrará aportar con su Victoria al año de su separación; Espinosa, rumbo a Nueva España por el Pacífico, no lo conseguirá con su Trinidad. Con extraordinaria intuición había tomado rumbo norte hasta latitudes tan altas como la Hokkaido japonesa, surgidero de la corriente de Kuro-Shivo que habría de salvar a un Urdaneta que la conoció por referencia, medio siglo más tarde. Pero Espinosa que ignora su existencia, no sabe leerla en sitio, o no acierta a interpretar el arrastre marino del plancton ni la mutante tonalidad de su agua vehicular. Vientos atemporalados adversos y las bajas temperaturas del Septentrión, le obligarán a volver a Ternate sin apenas alimentos para subsistir. Preso por los portugueses de Tidore (1522), sería repatriado con otros compañeros, Índico avante, tres años después, gracias a una gestión de la emperatriz Isabel de Portugal, esposa de Carlos V.

                                 Por aquellos años, el Emperador había otorgado a Cortés los títulos de Capitán General y Marqués del Valle de Oaxaca, que junto a la dignidad y tierras inherentes, le confería derechos sobre los descubrimientos que hiciere en el Mar del Sur. En aquel ínterin, El Emperador había nombrado a Antonio de Mendoza y Pacheco como Primer Virrey de Nueva España. Un Mendoza de alta alcurnia, estirpe de vasallos fieles al Habsburgo desde sus aciagos tiempos de  los comuneros castellanos. El César no quiere viejos conquistadores de Indias, que se enquisten en una suerte de alter ego de la nobleza territorial castellana, siempre difícil de manejar y que, recién llegado a España, se había opuesto visceralmente a su troupe flamenca. Otorga prebendas, título y honores al caudillo extremeño, pero le encarga nuevos cometidos fuera del virreinato, remarcando la máxima autoridad territorial del Virrey recién nombrado. La fase de capitulaciones directas entre la Corona y el emprendedor de turno, había concluido. El Emperador quiere funcionarios del reino, temporales e intercambiables, solo nombrados en función de su lealtad y valía, dictada a criterio de su Consejo de Indias y acordes al proyecto y circunstancia humanos. No quiere subsidiarios de raigambre medieval, proclive siempre al enriquecimiento o la genealogía. Es el tiempo renacentista, donde los altos funcionarios han de ser quienes traten con los hombres de iniciativa, imprescindibles canales  de progreso para ese nuevo mundo que Carlos de Habsburgo sueña construir, pero también interlocutores persistentes, activos y locuaces, que piden y deben ser escuchados. Y en último caso, si la magnitud de la propuesta supera la atribución del funcionario, sirva éste para regular el acceso a la persona del Rey y sus asesores, a fin de sopesar en cumbre cameral, la viabilidad o no del proyecto que se presente.

    A la vista del mandato recibido, organiza Cortés entre Veracruz y Acapulco una complicada red para suministrar los herrajes y pertrechos, que van llegando desde Sevilla. Ante ello, la Ciudad de México y otros puntos del interior, madrugan su creación manufacturera amparada en  artesanos castellanos que, llegados como soldados de conquista, emprendedores al fin y al cabo, comienzan a su escala una elaboración autóctona, auspiciada por la fuerte demanda virreinal. Los españoles habían traído a Nueva España, junto a su rutinario mundo del día a día, la edad del hierro, la edad de la rueda, de los motones, poleas y cabrestantes, la edad de la rueca, de la navegación a vela, del arado y de los bueyes, y la del alfabeto, sopa de letras nutricia del morlaco mestizo que asomaba sus cuernas a la Historia. La escrita, la de verdad, no la distorsionada por la consuetudinaria o ritual oralidad de los ancianos al amor de la lumbre. Porque sus pictogramas, pese a la magia de sintetizar en un solo dibujo cientos de frases alfabéticas, quedaban lejos de interpretar las ideas con la justeza conceptual que aportaba la Gramática de Nebrija. Por otra parte, era el propio Hernán Cortés en sus Cartas de relación de la conquista de México, quien primero escribiría la lengua náhuatl con caracteres latinos o de lengua culta. Los nahuas, como el resto de indígenas del Nuevo Mundo, desconocían la escritura. Nadie antes había expresado fonográficamente habla americana alguna. Según su propia percepción auditiva, iba aquel universitario salmantino conocedor del latín y del derecho, a emplear sílabas latinas de sonido invariable, para transcribir la fonética escuchada de labios indígenas. Pero labios indígenas que, pese a emplear idéntico idioma, modulaban las sílabas de un mismo nombre de forma diversa, según fuere su procedencia geográfica. Eran modismos y matices fonéticos propios, con fluctuaciones sónicas equivalentes a las de cualquier otra realidad idiomática del mundo y sus variantes regionales. Las diferentes pronunciaciones del indígena, según su comarca de procedencia, venían a complicar aquel primer ensayo fonográfico. En el Anahuac, la o era pronunciada como ou (algo parecido a lo que pasa con el OrenseOurense en nuestra lengua galaica). Fue evidentemente engañado por su sensibilidad auditiva frente a sonidos desconocidos, escuchados ¡y pensados¡ por una mente renacentista, con todo el bagaje que hoy sabemos significaba serlo plenamente. Tecatl, lo identificó como tecal, Tenochtitlán como Temixtitán, Texcoco como Tesuico, Xochimilco como Suchimilco…  Pese a su rigorismo natural por las cosas bien hechas, no alcanzará Cortés a  asignarles en gran mayoría de casos, una equivalencia latina gráfica, fidedigna de la sónica por él auditada. Él mismo reconocería más tarde la presencia de formas aztecoides deformadas… en el habla coloquial de los nahuas especialmente en la pronunciación de préstamos lingüísticos procedentes de la cultura maya. Con todo debía, como narrador, expresar con justeza los nombres propios escuchados, puesto que trataba de exponer ante el Emperador, un relato objetivo, coherente y unívoco. Y así salen de su pluma, por vez primera en lengua española, vocablos mágicos que a oídos castellanos suenan a murmullos de humedal, onomatopeyas del viento. Otros estudiosos, indios, mestizos o criollos, serían en adelante los encargados de expresar en propia lengua y forma fidedigna estos fonemas, con la justeza conceptual requerida, una vez conocida y asimilada la herramienta alfabética para ahormarlos. Tal como asimilaron la escala cromática a sus sentires musicales que ancestralmente lo fueran pentafónicos. Surgirían así, tanto relatos de intrahistoria como tratados y digresiones científicas y experimentales sobre herbolarios, especies avícolas, anatómicas, melódicas, polifónicas o costumbristas… un verdadero motor de la actividad intelectual de las élites indígenas pensantes y de su transferencia didáctica inter símiles et diversus. Lenguaje y pensamiento sabemos hoy que van unidos.

      De pronto, el alfabeto literal que se ofrecía, comprendía signos capaces de combinarse para fosilizar palabras, nombres, frases, ideas…  sucesos recién ocurridos que, una vez escritos, permanecerían invariables para siempre. Eran indeformables: generación a generación expresarían exactamente lo mismo. Quien los leyere entonces, recibiría la misma información que quien ahora lo hiciese. No se distorsionaban con el tiempo, como ocurría con la memoria. Y eran además acumulables, hasta poder conservar enormes cantidades de episodios y aconteceres, que la memoria colectiva de todo un pueblo no alcanzaba a recitar. Lo mismo ocurría con la notación musical que empleaban los españoles: eludía el recordar las melodías. Se escribían y perduraban inmutables en el tiempo. Partituras medievales, polifonías, concerti con molti strumenti, imposibles de recordar, se tenían en toda su complejidad y frescura en cualquier momento gracias a la notación musical. Y tras el alfabeto fenicio y las notas gregorianas, los números árabes y la aritmética griega. Capaces de resumir en corto espacio de papel y tiempo, complicadas operaciones de sus cuatro reglas, tan ajustadas al propósito, como gramática o pentagrama lo eran al suyo. Todo ello suponía una explosión en la santabárbara de la esplendorosa nave emplumada azteca. Su imperio tenía los días contados. Había llegado el tiempo de las palabras, que tanto enamorarían a Pablo Neruda. Las palabras, que todo lo cantan…  – decía el Nóbel chileno -… que brillan como piedras de colores, saltan como platinados peces, son espuma, hilo, metal, rocío… cristalinas, vibrantes, ebúrneas, vegetales, aceitosas, como frutas, como algas, como ágatas, como aceitunas… con todo lo que se les fue pegando de tanto rodar por el río, de tanto trasmigrar de patria, de tanto ser raíces… Todo está en la palabra… que en un momento clave de la Historia fue La Palabra. La Palabra de Juan Evangelista, que se hizo carne humana para habitar entre los hombres y trasmitirles su Verdad. Ambas palabras, la sintáctica y la sincrética, la profana y la sagrada, la escrita y la sentida, iban a ser yunque y martillo del primer ethos mestizo de Indias. El Nuevo Mundo que creía intuir el historiador lombardo Pedro Mártir de Anglería.

 Como en toda encrucijada social crítica, connotados indígenas de mente despejada hubo, que se aferraban al pasado, a la heroica tradición de su pueblo llegado del norte muchas generaciones antes. Otros en cambio, intuyeron el mundo que se les abría para el estudio y clasificación numeral de sus herbolarios y gemas, del cincelado de esculturas y bajorrelieves, del hallazgo del arco o la cúpula, de los animales de carga y arado, del salto adelante de su pueblo, del progreso renacentista, atisbado todo al alcance de su mano. Nunca pueblo amerindio alguno de tal nivel cultural había gozado de semejante circunstancia histórica, porque jamás contó con similar posibilidad de osmotizar los nutrientes de otra cultura adjunta. Era una más de las tomas de conciencia decisivas del homo, atrapado en cualquiera de sus encrucijadas históricas. Y la duda afloraba en el ánimo, porque todo sapiens lo lleva en su ADN. En una coyuntura ibérica no muy lejana al hoy, pero plena de ira y mediocridad, fueron denostados aquellos intelectos, pioneros del cambio, tildados de afrancesados, léase antipatriotas, traidores, renegados, Aunque la situación real presentara planteamientos maniqueos, negro sobre blanco, se trataba a fin de cuentas de un contexto humano iterativo en la Historia. Pueblos enteros hubo que vislumbraron el cambio de Era, y lo aprovecharon, aportando además su herramienta bélica. Tal el caso de los tlascaltecas, pero también los totonacas y demás pueblos indígenas que asumieron a su modo en masa el salto al vacío de la guerra, por sacudirse la tiranía del poderoso mexica. Y no sin tensiones internas de sus gentes, que las hubo y fuertes, para ofrecer un frente común imbricado con aquellos advenedizos que podían resultar un bluff. La solidez carismática y temperamental de Cortés como líder multiétnico, vino sin duda a coagular aquel magma hirviente, hasta la victoria final.  

        Ya antes de la caída de Tenochtitlán, las herrerías de españoles en estas comunidades indígenas amigas, habían empezado a proliferar por doquier, frente a una demanda férrica que se agigantaba en forma de espadas, picas, herraduras, cadenas, clavazones, rejas, parrillas, ganchos, cerrojos… el propio Hernán Cortés había dictado unas Ordenanzas para los herreros en 1524, que habían de durar hasta llegado el siglo XVIII. Y ahora, sumábase la demanda naval de los astilleros del Pacífico con Acapulco como mascarón de proa. Consolidación de aquellos otros radicados en Tlascala, cuna de los trece bergantines que hicieron decisivo el asalto final de castellanos y aliados sobre la capital azteca. En Texcoco mandó Cortés reunir en aquella ocasión las piezas…  para  ligar y acabar los bergantines, para, por tierra y por el agua, ponerle cerco…  como él mismo nos lo cuenta en sus Cartas de Relación. Cientos de tamemes tlascaltecas portaron sobre sus espaldas hasta Texcoco aquellas piezas de madera labrada, sus tablazones, sus herrajes y clavazones, sus remos, pértigas y sirgas, además del cordamen, breas y estopa, para armar sus cascos y sus correspondientes arboladuras, por si los vientos resultaran favorables. Dando prisa para que se acabasen los bergantines y una zanja que se hacía para llevarlos por ella… media legua hasta la laguna…  Se anduvieron (sic emplearon) cincuenta días, más de ocho mil personas cada día… con más de dos estados de hondura y otros tantos de anchura, e iba toda chapada y estacada… de forma que se podían llevar (los bergantines) sin peligro y sin trabajo hasta el agua… Que fue obra grandísima y mucho para ver… Para los trece bergantines, dejé trescientos hombres, todos los más gente de mar, y bien diestra… En el fragor de la contienda, cuando conocieron que yo entraba ya por la laguna con mis bergantines… juntose tan gran flota de canoas para venirnos a acometer… que pudimos juzgar pasaban en más de quinientas… Y comenzaron con mucho ímpetu a encaminar su flota hacia nosotros. Pero vino un viento de tierra muy favorable para embestir contra ellos, y quebramos infinitas canoas… hasta encerrarlos en las casas de la ciudad… y entraron por entre ellas, aunque hasta entonces no lo pudieran hacer, porque había muchos bajos y estacas que les estorbaban…   y así plugo a Nuestro Señor de darnos mayor y  mejor victoria que nosotros habíamos pedido y deseado… Era esta la crónica  del primer contacto con el mundo naval de un hombre de armas, bien dotado de inteligencia y carisma personal, que estaba decidido a adentrarse en los mares para atisbar más allá de lo que su horizonte brindaba. Y contaba para ello con sus invaluables y fieles tlascaltecas de ribera, cuyas primeras letras de carpintería naval, habíanlas aprendido en su propia Tlascala entre bergantines despiezados y días de inquietud bélica.

      Las tradicionales sendas indígenas que cruzaban las sierras del litoral, eran en realidad angostos senderos tortuosos para bestias de carga. Por eso Cortés, nos cuenta el cronista… mandó mucho de ello (de manufacturas autóctonas)… a lomos de indios robustos… tal como había hecho durante la guerra con los bergantines de Tlascala, lo que acarrearía al Marqués ya en época de paz, un severo conflicto con el presidente y ciertos oidores de la Audiencia de México. Se defenderá Cortés contra el fiscal, argumentando que aquellos bultos solo los enviaba con tamales (sic, tamemes) cuando y donde no podían ser llevados con recua ni carreta… y que, además de confiscarle la mercancía, estábanle penando con pagar 40.000 pesos de oro por haberlos cargado (no podían los indios por ley, serlo con más de 30 kg per cápita), lo que consideraba una extorsión. Recurría contra la Audiencia enviando a suplicar a S.M. y su Real Consejo, que pues se hizo para servicio suyo el transporte… se suspenda el negocio (léase sentencia)… Veredicto que a la postre acabaría dulcificado por los jueces.

 Pero la Audiencia y el Virrey habían ganado ya una importante partida sobre esta faz de la protohistoria indiana, asumida y tolerada hasta entonces: los tamemes iban como tal, nominalmente al menos, a desaparecer en breve. No obstante ello, décadas después de la conquista, no existían aún caminos aptos para el transito de mulas o caballos, y se empleaban, para albricia propia, cargadores indígenas en las rutas a la costa pacífica, pese a estar prohibido por las Leyes de Indias. Solo que eran ahora los propios nativos quienes se prestaban al transporte humano bajo contrata. Con el fin de facilitar este trasiego y evitar la trasgresión de la ley, mandará Cortés al principio y Mendoza después, arreglar los caminos indígenas del oeste y abrir nuevos tramos de pista para reatas, con ciertos trechos empedrados para la rodadura de carros. Los desconocidos mulos iban a proliferar por miles, para poder engrasar aquella nueva maquinaria de transmisión que había de mutar las Indias. Su correspondiente cabaña asnal y caballar iría colmando muchos de aquellos pastos. Pero Cortés no se detiene. En medio del procedimiento judicial, ordena zarpar desde Acapulco dos navíos, que deben llevar sin demora víveres, vestimenta y municiones a Pizarro, que en aquellos momentos se debatía en la conquista del Perú y demandaba auxilio a su pariente, que generosamente le enviará otro tercero, a fondo perdido, con nuevos bastimentos.

 Con viajes constantes a Colima, Acapulco y Tehuantepec, el Marqués moviliza todo un frente de acción para cartografiar el litoral. Envía a Hernando de Grijalva y Diego Becerra de Mendoza con dos naves desde Manzanillo (entonces Bahía de Santiago de la Buena Esperanza), para proseguir trazando el perfil del golfo. Una tempestad acabará separándoles y tras una rebelión a bordo, muere asesinado Becerra Mendoza. Su nave la destrozará el oleaje contra la costa de Jalisco, cuyos indios acaban de rematar náufragos y naufragio. Grijalva por su parte sigue avante, descubre y mapea Santo Tomás (archipiélago Revillagigedo) y las islas Tres Marías. Hace aguada allí y regresa a puerto con sus levantamientos costeros. Fondearía en Acapulco tres meses más tarde.

En 1535 el improvisado astillero de Manzanillo, había organizado otra expedición cartográfica comandada por Grijalva y auspiciada por el Virrey Mendoza, que quedaría interrumpida al varar su nave, pese a que más tarde la recupere y logre con los supervivientes y lo salvado entrar en AcapulcoFrancisco de Ulloa que parte de allí  en 1539, alcanza la desembocadura del río Colorado en el todavía inédito Golfo de California o Mar de Cortés; grafica su litoral y regresa al sur siguiendo la costa oeste del golfo. Dobla la Baja California peninsular y prosigue otra vez al Norte, remontando el flujo oceánico costero hasta superar la actual latitud de San Diego. De regreso a Nueva España sucumben, empotradas en la costa, naves y tripulaciones inermes, abatidas por la malaria. Un superviviente, timonel de la nao Trinidad, recorrerá a remo en un bote auxiliar las 2000 millas marinas que le separan de Acapulco. Tras increíble boga, tomará puerto para contarle a Cortés lo ocurrido. Pablo Salvador Hernández, el insólito remero, ratificará bajo juramento su declaración, registrada en la Aduana acapulqueña frente al Evangelio. Durante tres meses ha utilizado las hiladas costeras del flujo oceánico que incide hacia el sur, ha bogado sin descanso hacia su obsesivo destino, con el beneficio inestimable del céfiro del nordeste que le acaricia por popa ciertas horas del atardecer. Cuando la bonanza de costa y mar lo permitía, varaba su bote y, derrengado sobre sus paneles o buscando entre riscos lagartos, iguanas, moluscos y huevos de aves marinas que comer, trataba de cobrar fuerza. Cubierto por jirones de vela remojados con algas, era ésta su única defensa ante la insolencia de las gaviotas por picar su carne viva mientras descansaba, y frente al abrasador sol de siempre, implacable enemigo en aquellas peripatéticas latitudes de hambruna. El propio Cortés con una flotilla de tres naos, saldrá en socorro de los náufragos, que hallará refugiados en lo que llama Bahía de Santa Cruz. Su estado era lamentable, tierras cultivables paupérrimas, inexistencia de indios para comerciar. Tras perder las otras dos naves y el piloto de la suya, es el propio Marqués quien capitanea el regreso hasta retomar el puerto de Acapulco con los rescatados. La expedición de Ulloa iba a deshacer la mítica insularidad de la Baja California, error que perduraría en los mapas europeos por más de un siglo (en los holandeses, siglo y medio). Pero sería Domingo del Castillo (1541), quien nos legase el primer cartograma donde aparece explícita la península de California.

Para socorrer la expedición virreinal ida en demanda de las míticas siete  ciudades de Cíbola, zarpan de Acapulco en 1540 dos navíos al mando de Hernando de Alarcón y su cartógrafo y piloto Domingo del Castillo.  El Virrey Mendoza les envía como apoyo costero del contingente de Vázquez de Coronado que seguía en ruta paralela por el interior. Navegarán por el Mar de Cortés hasta la embocadura del Río Colorado, en cuyo cauce surcarán más de ochenta y cinco leguas arriba de sus aguas fangosas. No hallarán a Vázquez de Coronado y su hueste hispanoindia, que cientos de millas más al norte tampoco encontrarían las oníricas ciudades que buscaban. Pero descubrirán en cambio el hoy famoso Cañón del Colorado, hendedura geológica que ponía fin a su penetración norteña con un insuperable tajo de escarpes para acceder al agua. Castillo iba a dejar cartografiado todo el Mar de Cortés y la costa pacífica de la península hasta latitud 30ºN, en un mapa memorable por su detalle y precisión.

De la Barra de Navidad (Colima) parte Juan Rodríguez Cabrillo en 1542, retomando por orden del Virrey la expedición de Pedro de Alvarado, aplastado por su propio caballo en una caída fortuita en la guerra jalisqueña. Había venido a Nueva España como ballestero en la hueste de Pánfilo de Narváez, llegado para apresar al rebelde Cortés escabullido de Cuba. Pero le seguiría como oficial de ballestas en su asalto a Tenochtitlán y las campañas de Honduras y de Guatemala, donde finalmente quedaría establecido como comerciante. Harto había medrado desde entonces en experiencia y hacienda, con un próspero comercio en Antigua y enlaces con puertos hispanos de ambos océanos. Iba a surgir en esta ocasión con tres naves repletas con gentes de guerra y marinería de guerra, un fraile, indios subalternos, esclavos negros, alimento para dos años, herramientas y mercancías, además de una copiosa comparsa de animales de cría y domésticos. Costeando el litoral californiano arribará al muy bueno y seguro puerto de San Diego, ya conocido desde que Ulloa y sus mapas fueran recatados por Cortés en Santa Cruz. Seguirá al norte cartografiando el litoral de Santa Mónica y Santa María de los Ángeles hasta la Bahía de Monterrey, seno costero clave para el comercio con Asia y refugio futuro de galeones, aunque entonces no lo sospechara. A consecuencia de la fractura no bien curada de una pierna, fallece Cabrillo de gangrena. Será Bartolomé Ferrelo, su piloto, quien prosiga el bojeo al norte, hasta el Cabo Mendocino que nombra así en honor del Virrey, y el Cabo Blanco (Oregón), punto más septentrional de sus levantamientos. Pasará frente a la Bahía de San Francisco sin percibirla, tal vez por rebasar esa latitud alejado de la costa, o por impedirle su visión la recurrente niebla del litoral. Retornaría  a la Barra de Navidad al año siguiente.

Casi en paralelo, Ruy López de Villalobos va a surgir también de la Barra de Navidad (1542), con seis barcos repletos de colonos, pertrechos y animales, y ordenes del Virrey para colonizar las Islas del Poniente, descubiertas por Magallanes y conocidas en adelante como Filipinas. Cortés y el propio Virrey Mendoza parecían desplegar, y efectivamente desplegaban, una múltiple actividad que solo mediante una sólida infraestructura operacional, técnica y humana, era capaz de mantener con éxito el Virreinato. No hay que olvidar que parejamente a las exploraciones del Pacífico, la Nueva España de aquellos años cartografiaba y exploraba el Golfo de México, colonizaba las Floridas, y mandaba expedición tras expedición terrestre a Texas, Nuevo México, Arizona, las Californias o Nevada, buscando minas y yacimientos rentables, cuyas coordenadas dejaban plasmadas en los planos levantados. Y mientras guerreaba contra los indios levantiscos del noroeste, que los misioneros trataban de catequizar, la música peninsular se abría como un abanico multicolor sobre sus tierras. De pronto, la escala cromática española había venido a enamorar los oídos y sentires de los diatónicos indígenas, que prestos la sublimaron para exteriorizar sus expresiones líricas espontáneas. Apenas habían pasado veinte años desde la caída de Tenochtitlán, y el Nuevo Mundo  que soñara Carlos V, al decir de su historiador Pedro Mártir de Anglería, empezaba a tomar forma en la Nueva España, nunca tarde para el Emperador,  que transitaba ya el último lustro de su vida. Poca cosa lograría Villalobos en las Filipinas sin apoyos del Virreinato: tierras impropias para sembrar sus granos de maíz, agresividad desbordada de los nativos isleños, y la carencia de unos alimentos que se pierden con el naufragio de su barco nodriza. Como escape vital de la expedición, sin tornaviaje posible, enrumbará a las Molucas portuguesas, donde los lusitanos se apoderan de toda su partida. En sus cárceles morirá de fiebres tropicales atendido por un jesuita navarro llegado de Lisboa por la ruta del Índico, que quiere misionar la China toda. Se llamaba Francisco Javier, y es hoy el Santo Patrono Universal de las Misiones.

Figura 2 – Surgideros históricos del Pacífico novohispano

 
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Contexto Histórico de Veracruz – VI

                        Figura 14: Los Caminos Reales de Nueva España. Finales siglo XVIII

 

El conocido como Camino de los Virreyes entre otros nombres dados al existente  entre Veracruz y México, iba a encontrar continuidad hasta Acapulco con el Camino de la China, adscrito al mercadeo exterior con las Islas del Poniente. Vinculado el primero a la producción y consumo internos del país, iba a ser sin embargo asociado al tránsito de los impuestos reales, el situado virreinal, el correo y las compras sevillanas. Incorporado el nuevo mercado asiático al quehacer económico del virreinato, el Camino de la China vino a  enlazar con los ya existentes caminos a Veracruz, Zacatecas y Oaxaca en la capital, prolongados más tarde por el norte hasta Chihuahua y Santa Fe (Nueva México) con el nombre de Camino de Tierra Adentro, y hasta Tehuantepec y Guatemala por el Sur con el nombre de Camino de Guatemala. Los tres Caminos vitales de la China (408 Km, 20 días), de los Virreyes (412 Km, 22 días), y de Tierra Adentro (1.600 Km, 3 meses), llegaron a constituir junto al Camino de Guatemala, una red de caminos carretiles (vulgo carreteras) estimado en 7.600 Km distribuidos en 55 rutas diversas para el tránsito rodado. Añadida a esta red carretil, habíase creado otra para herradura, próxima a los 20.000 Km, distribuidos en 105 rutas. Este formidable conjunto de vías de tránsito se alcanzaba a fines del siglo XVIII, cuando los nacientes Estados Unidos apenas llegaban a cubrir con las suyas un 10 por ciento de esta realidad. ¿Puede extrañar hoy que sea Patrimonio Universal de alguien y algo, esta caminería? ¿No se cita acaso como futurible candidato, a la indetectable traza del llamado Camino de Oregón?. Transitado desde San Luís Misuri por un aluvión de enviscados europeos del siglo XIX, vagabundos de su albur y mediatizados por la propaganda oficial. Avanzando no importa si por valles, riberas, linderos o praderas hacia un soñado Oeste, sin medio metro de empedrado carretil pero sobrado conductismo del Este. Era un juego político preciso para sacárselos de encima y largarlos a la costa oeste que poblar para crear mercado. Allí les venderían a crédito armas y casas de madera prefabricadas en el Este, una vez concluido el ferrocarril, fabricado todo ello con mano de obra inmigrante cualificada, que, esta sí, encontraba presto acomodo entre la incipiente masa obrera del NW. El haber dado argumento a más de un centenar de western (cine y TV incluidos), financiados con dólares, es, y poco más que huellas en la mar, su  mérito de aspirante al Patrimonio.

 

Tras la consolidación de Veracruz en su definitivo emplazamiento, había empezado a reutilizarse la olvidada senda indígena que ceñía la república de indios de Orizaba, con su enhiesta referencia de volcán nevado, en ruta hacia los demás volcanes del Anahuac. Apenas un siglo después de llegar los primeros esclavos africanos a Nueva España, bozales devenidos cimarrones que asaltaban caravanas y desvalijaban viajeros, habían convertido aquellas estribaciones de la Sierra Madre en resguardo montaraz de sus fechorías. Por este camino había empezado a fluir la producción local de sus campos de café, azúcar, algodón y tabaco, hacia el interior. Para dar cobijo y protección al comercio regional, que transitaba tanto hacia México como a la propia Veracruz, el virrey Fernández de Córdoba, funda la ciudad de Córdoba (1618), parada y fonda de viajeros y cabalgaduras, con presidio y real fuerza capaz de proteger el transito caminero por aquellos enriscados pasos. Andando el tiempo, serían varios los fortines levantados entre Orizaba y Córdoba, tramo neurálgico de asaltos a las conductas o caravanas reales que circulaban a orillas del río Metlac, cuya barranca suponía una guillotina geológica entre el altiplano y la costa. Cada negro cimarrón prendido iba a ser, no agarrotado como correspondía a su ralea malhechora, sino castrado e incorporado a los hatos ganaderos veracruzanos. Años más tarde, aquietado ya el entorno serrano, se dotará con 32 puentes el camino que por allí serpea y dobla la divisoria de aguas para circunvalar la próspera Orizaba, que desde entonces iba a ser llamada La Señora de los Puentes.

 

El tráfico comercial con ciudad de México, establecido desde Veracruz siguiendo el Camino de Carros por Jalapa y Perote, que abordaba la capital por la calzada de Guadalupe, diósele el nombre de Camino de las Ventas por las muchas que en ella llegaron a establecerse en pocos años. Pero era también un camino de postas, con puentes de mampostería (entre otros el Puente del Rey, que cruzaba sobre 7 ojos el río de La Antigua), hospitales, mesones, áreas de descanso y pastos para caballos, además de múltiples haciendas de sementera o ganado. Los mangas verdes vigilaban esta ruta y sus vericuetos que trepanaban las estribaciones de la Sierra Madre. Creada en la Castilla de los Reyes Católicos, la Santa Hermandad con su peto de cuera sobre llamativo jubón  verde, llegaría a convertirse en el ojo vigilante y brazo justiciero de los caminos reales que trenzaban las estribaciones de la Sierra Madre hacia Veracruz.

 

Como Camino de los Ángeles, fue a su vez motejado el mandado construir por Cortés desde la Capital a la entonces recién fundada Puebla (de los Ángeles, 1531). Orillando la falda del Popocatépetl, prolongada más tarde por Tecamachalco y sus hospitalarios franciscanos, Acultzingo y sus no menos acogedores indígenas, hasta Orizaba y Córdoba, alcanzaba finalmente Veracruz. Las guerras que la metrópoli venía manteniendo en la convulsa Europa, se reflejaban inexorablemente en el buen o mal estado de los caminos, pese a la probada potencialidad de una hacienda virreinal que invertía cada vez más en consolidación de estructuras propias, mientras menguaba parejamente su envío de plata impositiva a la metrópoli. La diversidad de climas y orografías, plagada de vados, cañadas, ríos, pedregales, ojos de agua, blandones, barrancos y rampas de ladera, era anualmente activada por los diluviales arrastres estacionales, obligaba al múltiple mantenimiento de atajeas, alcantarillas, terraplenes, empedrados, drenes, caballeros o trincheras. En épocas de penuria bélica, el deterioro prolongado de los caminos se dejaba sentir con la demora en la entrega de las encomiendas, el incremento del costo de las mercancías y la mortandad de las bestias. Las más de 60.000 cargas anuales que llegaron a alcanzarse, respondían inequívocamente en el mercado con alza de costes y retraso de entregas

 

Por el Camino de Tierra Adentro, bajaban semanalmente hacia México miles de mulas desde Chihuahua y Zacatecas con lingotes de plata beneficiada de sus minas, además de cueros, cueras, sebos, tasajos y harina de trigo, que en aquellas tierras se producía. Su motejo de Ruta de la Plata a ello obedecía. Y por ella retornaban las mismas recuas cargadas de telas de lana y loza poblanas, aceros, herrajes, clavazones, llaves, azogue y otros productos europeos o asiáticos que por Veracruz o Acapulco se incorporaban al flujo virreinal desde Guatemala a Santa Fe. Toda una infraestructura de conexiones comarcales en continuo trasiego, bajo el rigor inmisericorde de los climas y la nada solitaria, hendiendo territorios arriscados o yermos, inseguros, merodeados por cuadrillas de negros levantiscos o encanallados, cuando no de incontroladas partidas de indios nómadas de frontera. Solo los presidios y sus ventas anexas, eran remanso de seguridad y descanso para mulas, arrieros, transeúntes y mercancías.

 

Carlos V en 1523, había concedido a La Villa Rica de la Vera Cruz un escudo de armas, que conservaría la Veracruz histórica como blasón urbano del enclave fundado por Cortés. En 1607 le sería conferido el título de ciudad por Felipe III, título que ratificaría el propio rey en 1640. Y ese mismo año lo celebraría la urbe erigiendo un emblemático Cabildo ciudadano, con festejos, carreras de caballos, juegos de cañas y corridas de toros, sin faltar su encierro, desde el redil del matadero hasta la Plaza de Armas. Este de los toros con encierro, era festejo que venía cumpliéndose tradicionalmente con la llegada de la Flota, pese a la reiterada protesta de los tenderos de plaza y su corredor ciudadano, obligados a cerrar su negocio al paso de la estampida toruna en días y horas clave de la feria. Habían sido prohibidos repetidas veces, pero repuestos otras tantas bajo la presión unísona de los ganaderos veracruzanos y las gentes de a bordo, que reclamaban como estelares el espectáculo correcalles y su remate taurómaco.

 

La tradicional cabaña vacuno-porcino-caballar, con más de 150.000 cabezas censadas en un extrarradio de siete leguas en torno a Veracruz (1580), los cereales, la caña de azúcar y el tabaco, junto a los modernos astilleros de la ciudad, constituyeron en la segunda mitad del s. XVII y primera del XVIII el verdadero motor de la economía regional. Como base portuaria de la Flota de Nueva España, había nacido el imprescindible astillero para mantenimiento de los galeones tras su avatar oceánico. Era fama, que los barcos salidos de sus gradas, prolongaban por más de cuatro años su vida activa frente a la broma o carcoma tropical de las aguas del Golfo; cantinela repetida en otros muchos astilleros del Imperio y sus aguas. Sin olvidar que su pujanza económica era a la vez un revulsivo para el endémico comercio clandestino arraigado en su costa.

 

Los argumentos jurídicos del holandés Hugo Grocio (1627), fleco ondeante de la Universidad de Salamanca al viento humanista, pero victima del amorodio internacional, era un discurso interiorizado por las potencias europeas, que incluía el comercio como uno de los derechos naturales del hombre. Este concepto iba a impulsar la competencia leal hacia la fase más oscura del contrabando, contraventora del monopolio comercial de los Habsburgo, mutado en libre comercio durante la Casa de Borbón. La riqueza generada en Nueva España, había empezado a quedarse en Nueva España, y el Virreinato iniciaba una cierta deriva hacia el México-nación, que acabaría intentando cristalizar un siglo más tarde. Los ataques corsarios a puertos indianos, cada vez más fortificados, resultaban siempre caros y con frecuencia fallidos. El contrabando, podía en cambio practicarse en todo tiempo de paz o guerra, con riesgo mínimo y beneficio corriente, lo que acabaría por agigantar el matute costero hasta desorbitar sus proporciones. Y el nuevo argumentario jurídico llegaba para favorecerlo.

 

La presencia de naves desperdigadas, que traficaban en fraude con haciendas ribereñas, era práctica extendida que enmascaraba con frecuencia visitas agresivas. No pocos casos había de filibusterismo, que fingía ajustar precios con hatos y haciendas costeñas, para cambiar súbitamente de actitud y bandera, y caer por sorpresa sobre ellas hasta dejarlas esquilmadas, cuando no malheridas o muertas sus gentes si no habían escapado oportunamente a los cerros. ¿Quien era su testigo en aquellas soledades? En un caso documentado de 1655, unos arrojados vaqueros, mulatos de Tampico, lograron capturar a 22 corsarios ingleses y dos de sus naves nodriza. Llevados a Ciudad de México, fueron condenados por la Inquisición a las galeras cartageneras, con los consiguientes pregones de escarmiento, voceados por los alguaciles del Virreinato. Otra situación similar iba a traer en 1683  días aciagos de saqueo, violaciones y asesinatos, a manos de miméticos forbantes. Pese al efectivo patrullaje de la flota novohispana en el área caribeña y su  acceso al Golfo, con seis naves francesas e inglesas apresadas en su haber anual, no supieron discernir el momento clave de la amenaza que repicaba su puerta.

 

Veracruz, visible desde ciertas naves fondeadas en la Isla de los Sacrificios, llevaba días recibiendo confiada las visitas de sus tripulantes, interesados en saber del tiempo de la feria y su inicio. Cuando la Flota de Nueva España asomaba sus primeras velas sobre el horizonte, el ataque corsario combinado de 15 navíos artillados era ya un hecho que estaba yugulando la ciudad. Llegada la hora, el holandés Laurens de Graaff (Lorencillo para los hispanos) con 1200 hombres y el apoyo de sus compatriotas Nicolás Van Horn y Cornelius Jol (Pata de Palo) y de los franceses Michel de Grandmont y Pierre Bot, habían copado la semivacía urbe enfrascada en los prolegómenos de su feria, mediante un silente desembarco algo más al sur. Desvalijadas ya iglesias y conventos,  fueron por las casas sacando a los vecinos, y si alguno salía por sí, moría sin remedio…bien de su fiereza bárbara, de hambre, sed… y de espanto las mujeres. Parte de sus élites comerciales habían sido atrapadas y encerradas en La Merced, y más tarde llevadas a la Isla de los Sacrificios y confinadas en las sentinas de sus naves, a resguardo de las baterías de Ulúa. Cinco días sin agua ni alimentos permanecieron copados los infelices rehenes, hasta lograr reunir los 150.000 pesos exigidos como rescate de sus vidas. Los menos afortunados iban muriendo bajo la tortura, el hambre, la carga y estiba forzadas del mobiliario robado, cuando no de la venalidad de aquellas hienas… porque cada cual que llegaba, nos quería quitar la vida, y cuando se hacía más horroroso era de medio para la noche (sic), por emborracharse y quedar sin razón alguna, si es que tenían alguna que perder… nos dejará dicho el prior de los jesuitas capitalinos, testigo sobreviviente de aquel marasmo. La implacable disciplina militar de los momentos críticos, condenará a muerte en Juicio de Causa al Gobernador de Ulúa y Veracruz, por no haber sabido leer aquella estratagema pirática de libro a la luz del día.  

 

                     

                  Figura 15: San Juan de Ulúa, hoy

       

Compatriotas de hecho, pero piratas sin escrúpulos al fin y al cabo, ávido de riquezas Van Horn morirá a manos de Lorencillo, tras un reparto inconforme del alijo rebañado. Uno más de los frecuentes altercados y traiciones que, como un soplo del averno, dejaron los perros del mar para su intrahistoria. La Flota de Nueva España en arribada, ajena al drama que se estaba viviendo en tierra, había ido enfilando los rumbos de sus naves hacia el fondeadero de San Juan de Ulúa, dejando por babor la Isla de los Sacrificios. En ella habían visto las naves recaladas cuyos mendaces pabellones con el águila bicéfala de los Habsburgo no alcanzaban bien a distinguir. Tres días tardaron los últimos galeones en completar su arribo, y cuando los cagafuegos avisados y libres ya del protocolo de escolta, cazaron escotas en persecución de los felones, tres noches ha que Lorencillo y sus secuaces habían largado amarras y metido millas de por medio, favorecidos por el terral nocturno. Ninguna vela atisbaron en días subsiguientes los vigías de las cofas; parecían tragadas por el mar. A partir de entonces, la de Lorencillo se convertiría en obsesiva caza y captura durante años. Pero la Armada de Nueva España, no lograría apresarlo. Dos años después conseguirá tenerlo más a su alcance que nunca, en lo que podía haber sido la acción más brillante de su historia, pero escapará de nuevo al cerco virreinal, aunque cayera atrapado Bot, dado garrote más tarde. Es a raíz de estos sucesos cuando estudia Veracruz un “nunca más”, que empieza por completar el talud de sus murallas y perimetrarlas con un glacis que despeje toda proximidad equívoca por tierra. Únese a ello dotar de puentes levadizos sus puertas, y formar baluartes estratégicos en punta de diamante al itálico modo. En previsión de nuevos acosos, resabio de la eterna guerra en Europa, solo tres puertas darán entrada franca a la ciudad: la Puerta del Mar (NE) para acceder al muelle de mampostería, Aduana marítima y Plaza portuaria, donde se apilan los fletes y cargan las recuas y carretas ; la Puerta de México (SO),  que prolonga los caminos de la capital por Jalapa u Orizaba, y finalmente la Puerta de La Merced (SE) por donde se toma el camino costero de AlvaradoTlacotalpán, con su puente sobre el río Tenoyan.

 

Jalapa, tradicional área de asueto y descanso del Camino, era ya hacia el 1700 una villa consolidada. En ella, 240 familias españolas, embutidas en su matriz indígena, montaban una feria regional alternativa que había cobrado importancia en pocos años. Con mejor clima que la Veracruz costera, acabó ganando a sus clases acomodadas (comerciantes, oficiales y asentistas), para residir allí todo el año, fuera del tiempo de flota y feria.  Por su ruta circulaba el pasaje del puerto y el correo real de la Carrera de Indias, dirigidos por el Alcalde Mayor veracruzano, empeñado en controlar todas las cartas que desde España se trajesen a esta tierra, junto con la manufactura, los aceites de oliva y los caldos traídos de Sevilla. Una tradición inveterada desde que Juan de Escalante, el primero de la serie y retaguardia de Cortés, la implantara un siglo antes que su homólogo correo inglés lo fuera en 1635. En 1720, Jalapa lograría feriar por vez primera estas preciadas mercaderías llegadas a Veracruz, ferias que serían interrumpidas por 10 años, debido a la Guerra de la Oreja de Jenkins, para retomarse luego hasta la extinción del régimen de flotas (1778).

 

A partir de 1713 y consecuencia del Tratado de Utrecht, la Compañía Inglesa de los Mares del Sur, pasó a ejercer el monopolio de suministro de esclavos bozales para Nueva España, hasta el estallido de la Guerra del Asiento o de Jenkins (1739). Vino a sustituir abruptamente a la Compañía de Guinea francesa, que tradicionalmente había suministrado esclavos africanos a Veracruz durante las últimas décadas. Aunque traídos en origen de África, eran las islas de Jamaica y Barbados los centros de acumulación y reparto de negros de la nueva compañía inglesa. Salvaba con ello el trauma de su inicial captura y el viaje infrahumano que habían de soportar añadido, haciéndoles reposar y serenar ánimos de cara a la mejor presentación y aspecto físico de los esclavos ofertados. Una suerte de silos distributivos del humano cereal para el buen reparto de su grano.

 

En un lugar conocido como Pantaleón, seis kilómetro al NW extramuros de Veracruz, montaron los factores o representantes de la Compañía la correspondiente negrería para almacenado, lavado, desinfectado, venta y carimbado de bozales. Anexas a su instalación, se levantaron las propias residencias de los factores, jardines, arboledas y pistas de juego particulares, un verdadero oasis vigilado para disfrute de sus majestades los funcionarios. Tenían arrendadas tierras de cultivo, donde los bozales sembraban huertas para manutención de la troupe negrera, mientras allí permaneciesen. Su palaciega servidumbre componíase de mayordomo, cocineros, sirvientas, contadores, secretarios, almacenistas, subinspectores, cirujano, un juez… todos ingleses y dispuestos a solazarse con su reserva de licores traídos de Londres… hasta que un mayordomo, gatillo y bebida alegres, tomó a un mendicante franciscano por un asaltador de heredades, disparó y lo mató. O tal vez porque ignoraba lo que un misionero español suponía, por carecer sus colonias de arquetipos a ellos homologables. Unas semanas después una orden del Virrey obligaba a la Compañía a residenciar sin excepción en intramuros, y a reducir personal y dependencias a su estricta necesidad, contrastada por los veedores virreinales. Sus días de vino y rosas habían concluido. Uníase a ello que los cargos por viajes, enfermería, medicinas, manutención, vigilancia y demás contingencias, hacían peligrar la rentabilidad de la Compañía en su Terminal de Veracruz. Para conseguir una marca más precisa y distintiva sobre la piel del esclavo, exigieron a los compradores carimbos de plata u oro, además de conservarlos guardados en las cajas reales, con tres llaves repartidas, para evitar fraudes. Pero la Compañía, no solo había obtenido el monopolio de esclavos, sino logrado también licencia para traer un navío de permiso para vender en Veracruz 500 toneladas anuales de mercancía inglesa, que vender en Veracruz. Como pasa en estos casos de manga ancha, pasados unos años, aquel navío de permiso, había parido una flotilla de embarcaciones menores que multiplicaba el tonelaje admitido. Se generalizaron las protestas de los comerciantes hispanos, tanto de Sevilla o Cádiz como de la Nueva España toda… y el Virrey subiole impuestos a la Compañía.

 

Se constataba en el Virreinato, que los factores ingleses venían profundizando con sus acciones financieras hasta mercados tan lejanos como Acapulco, Puebla, Cuernavaca, Ciudad de México, feria de Saltillo o minas del norte. Resultaba cada vez más evidente, que aquella urdimbre económica, estaba utilizando el tráfico negrero como totémico Caballo de Troya para algo más que el jugoso mercado novohispano. La inquietante Albión, no iba a dejar de ser observada. Por otra parte, un llamado ejército de reserva libre, no otra cosa que la creciente oferta de mano de obra asalariada, producto del crecimiento demográfico de la propia sociedad indiana, mantenía a la baja constante la demanda de esclavos africanos. Ya criolla, negra, parda o mestiza, esta fuerza de trabajo emergente, además de resultar más barata, había crecido en su propio ambiente. Católica, hispanohablante, costumbres tradicionales asumidas, conocedora del trabajo demandado era residente de las repúblicas, barrios, haciendas o núcleos geográficos comarcanos. La época de las grandes pestes y grandes mortandades había periclitado. Las actuales generaciones mestizas resistían en mayor número y proporción los virus y bacterias presentes, tomadas antaño por exógenas. Sus sangres habían osmotizado sin duda los anticuerpos que no poseyeran sus ancestros. Tal vez las nuevas condiciones alimentarias e higiénicas, ayudaban a la medicina con otros bríos y logros, superando incluso fiebres traídas por los africanos.

 

El propio Adam Smith reconocería, años más tarde, la inviabilidad de aquel ocasional negocio negrero, compañero de viaje del navío de permiso, en el mercado indiano. Las pérdidas ocasionadas por negligencia, prodigalidad y malversación de fondos por los empleados de la Compañía, llegaron a ser una carga más insoportable que los propios impuestos… una compañía por acciones no puede prosperar en el comercio exterior, cuando tropieza con la fuerte competencia de comerciantes particulares, nos ha dejado escrito. Era evidente que el cuello de botella se estrechaba para la Compañía… y surgió el chispazo del caso Jenkins. Pillado con su barco en flagrante contrabando,  su desorejado capitán marcha a Londres, oreja en formol a mano, dispuesto a montarle un pollo en el Parlamento al prime minister Walpole en el Parlamento. Una oreja inglesa menos, casus belli. Y surge la guerra. Incomprensible, pero estas cosas pasan en Londres. La cruenta Guerra de la Oreja de Jenkins. ¡Que pensaría Isabel I, de haberlo vivido, ella, que había desorejado a unos cuantos cientos de disidentes ingleses!

 

En los primeros compases de la nueva contienda, Nueva España, mitad norte de las Indias hispánicas, aguardaba un ataque británico sobre Veracruz, enclave literalmente radiografiado por los factores ingleses, con posibles repercusiones en Puebla y México, a donde jamás deberían llegar sus casacas rojas. Ante tal amenaza, los caminos reales se tornan estratégicos y se elige el montaraz Cofre de Perote como centro yugulador de penetraciones hacia la capital. Sobre un área de 14 hectáreas se erige la Fortaleza de San Carlos, cuartel general y almacén de pertrechos bélicos, con baluartes adiamantados y foso inundable, artillada con 54 cañones de bronce y una dotación de 1000 hombres acuartelados, prestos a desplazarse tanto en apoyo del litoral como del Anahuac capitalino. La muralla de Veracruz, reforzada con otros baluartes y plataformas, es servida por cuarteles militares repartidos intramuros en 4 compañías de 100 milites cada una. Otra fuerza de 800 hombres de guerra queda distribuida extramuros en el llamado Regimiento de las Tres Villas, al estar formada por contingentes de infantes y caballeros de Orizaba, Jalapa y Córdoba. Uníase a ello, un refuerzo de 2.000 soldados enviados por el propio Carlos III desde la metrópoli, empleados mayormente en vigilancia armada de lugares estratégicos de  la costa y sus caminos al interior. No faltaron tampoco obras de mejora en el castillo de Ulúa, dotándole de revellín y baluartes para 125 piezas de artillería pesada, atendido por más de 500 artilleros y servidores en espera de cualquier aldabonazo bélico en el Golfo.

                                                                                                     

      Figura 16: La Fortaleza de San Carlos. El Cofre de Perote (1770)

 

 

La guerra con Britania sobreviene, pero Veracruz nunca es atacada. Manila y La Habana pagarán los platos rotos, capturadas y esquilmadas de obras de arte y documentos por el inglés, que se verá Inglaterra obligada a devolver tras un armisticio adverso. Devolución que hace en parte, y en nuevo juego de manos, oculta cartas naúticas robadas. Las de Manila iban a servir al capitán Cook para un aparatoso montaje mediático sobre sus descubrimientos en el ignorado Pacifico. Uno más, en su larga historia de contrabando y filibusterismo. Para recuperar estas plazas, debe España cederle a Inglaterra las Floridas novohispanas (del Este y del Oeste). Pero se ve compensada con la entrega de la Luisiana por su aliada Francia, obligada por Pacto de Familia a pagarle los débitos del conflicto. Y Veracruz dará cobijo a los indios floridanos de Pensacola, semilla novohispana fallida sembrada en la expedición de Tristán de Luna, que no quieren britanizarse bajo el nuevo azar del destino. Como tampoco lo querrán los indios floridanos de San Agustín, que solicitan su evacuación a Cuba.

 

En 1776 se precipita la insurrección de Las Trece Colonias inglesas de Norteamérica, y Carlos III, pivota sobre Nueva España el apoyo a la causa rebelde. En un esfuerzo invalorado como ariete, el Virreinato va a ser capaz de incrementar un 600% la producción argentífera de sus minas, para financiar los aportes españoles a la guerra. Desde La Luisiana, su gobernador Bernardo de Gálvez, sabrá recuperar las Floridas de manos inglesas. Otra sombra de desembarco masivo, esta vez hispano-francés, se cernía ocasionalmente sobre una Gran Bretaña obligada a desparramar su flota por el océano. La defensa de puertos atlánticos y pacíficos desamparaba el litoral de Cornualles, cuya temerosa población estaba abandonando, una vez más, los enclaves costeros para alejarse hacia núcleos campesinos más seguros y profundos. Un goteo humano, al encuentro de lazos familiares con que compartir esperas tensas en pueblos del interior. En este contexto y protegido por la Escuadra del Canal, sale de su base de Portsmouth un convoy de 55 barcos de transporte para ultramar. La larga retahíla flotante con armas, provisiones, uniformes, pertrechos, oro de soldadas y un refuerzo de 3000 infantes, enrumba al meridión en búsqueda de la corriente ecuatorial que les lance hacia el Caribe. A la altura  de Galicia, la Royal Navy torna velas a fin de no desguarnecer sus costas, lo que va a precipitar el convoy en manos de la Armada de la Mar Océana de Luís de Córdoba, que puntualmente informada, patrullaba avizor por aquella latitud del piélago. Era el descalabro final de la guerra,  que había de propiciar la independencia de Las Trece Colonias. Tras el Tratado de Versalles que la consagra, las Floridas volverán al Virreinato, sin que la mayoría de los indígenas emigrados, regrese de nuevo a sus fueros floridanos.  

 

Cuando Bernardo de Gálvez es nombrado Virrey de Nueva España (1796), apenas sobrevive a su cargo, sin poder vigorizar el comercio de Veracruz con los, nuevamente hispanos, puertos del Golfo, como era su intención declarada. No obstante, el remate del siglo XVIII iba a suponer para la Ciudad de Cortés, un notable crecimiento impulsado por el libre comercio asumido en el Imperio.

 

Pero con el siglo entrante y la invasión napoleónica de la metrópoli,  se cierne también sobre Nueva España la siniestra sombra del caos. Primero, serán las guerras civiles donde cabrillean curas sin sotana, gritos y silencios, ilustración y libertad, legalidad y oportunismo, sufrimiento y revanchas, que pugnan por reflotar en su popurrí el intrínseco México que parece hundirse, pese a ser soñado como nación por muchas de sus gentes. Luego vendrá el llamado periodo de anarquía más dramático de su historia, preñado de pronunciamientos, insurrecciones y partidas pugnaces, respaldados por puntuales ocurrencias y alquimias sociales, sin omitir la prepotencia de líderes transitorios, montoneros unos, generales de canana otros, de salón alguno, dictadores esenciales casi todos. Era preciso marcar claras diferencias con el pasado gachupín  de este México, heredero declarado ¡por fin! del imperio azteca. Había que arrancar de la simbología nacional los nombres malditos de España y de Cristo, lastre histórico, borrar sus huellas. Les habían robado el oro y el futuro, quemado sus dioses, matado a trabajar como esclavos, exterminado sus aborígenes por maldad intrínseca y genético sesgo asesino. Hasta el propio Colón era un genocida que había traído virus asesinos en su séquito, para acabar con el buen salvaje y su bucólica existencia en las ‘colonias’ españolas. Los gachupines jamás habían aportado nada, salvo fanatismo católico y atraso… Esta era la argamasa al uso para edificar el nuevo teocalli patrio, donde seguramente acabarían autoinmolados con sus vísceras tajadas por la obsidiana del rencor. Toda revolución, como Saturno, se come a sus hijos, es mantra atribuido a un Robespierre en desgracia camino de la guillotina. Y la saturnal mexicana se los comió a casi todos. Pero entre estudiosos, no deja de parecer esta muestra humana sino descompensada charanga de palurdos trasnochados por las calles de su pueblo en fin de fiestas. Fue empero orquestada ayer, como un ritornelo errante de las naciones de siempre, y es todavía hoy tarareada por algún desgreñado mental que sigue vendiendo humo a verbena concluida. Y el imprevisto palo de agua que vino a disgregarla, ha dejado charcos en las calles…

 

En 33 años desastrosos, México, la joya de una Corona caída, envidiada siempre por su potente vis de nación poderosa, se anonada histórica y socialmente entre cinco constituciones y un emperador de zarzuela; pero no más que lo hace contemporáneamente su considerada ya como madre putativa, aunque lo fuera de sangre, cruzando sus propios desfiladeros y orillando otras barrancas. ¡Más de un siglo de desencuentros, idearios sublimes, bálsamos sociales, cerrojos culturales y acomplejados egos, padecerían tanto la supuesta putativa como su hijuela cultural!. Abrumado por centenares de miles de muertes y la pérdida del 55% de su herencia novohispana a fauces de su vecina norteña, el México criollo de las primeras décadas no acertaba a reconocerse en su propio espejo. Texas, Nuevo México, Arizona, California, Colorado, Oregón, Utah, Nevada…quedaban muy lejos de aquella primigenia estampa del territorio comprendido entre Las Floridas, Canadá, el Misisipi y el mar….que fuera germen de su lindante crisálida. Aquel feto anglófono, a cuyo parto Nueva España asistiera cual solícita partera, había devenido dañina oruga rampante. De pronto, una metamorfosis kafkiana habíale mutado en furibundo teredo que horada y fagocita una y otra vez la  madera hispana a su alcance. Nueva carcoma imperialista era esta, válida para todo cuño. Y México, que cuenta en su bosque humano con tan dura madera como los viejos astilleros de Veracruz, debe rearmar presuroso un casco para navegar avante en el revuelto mar de los siglos. El hispanismo contempla absorto su botadura, en pecio reflotado pero bandera propia, confiando no ver anegada su sentina por aguas insalubres. Nos va mucho en ello al mundo hispano. Entre tanto explaya, suspiro y sueño, la bufona ironía de sus gentes, con el  porfiriazo de siempre ¡Pobrecito México, tan lejos de Dios y tan cerca de los Estados Unidos! que vino a coincidir con el abandono del antihispanismo y anticlericalismo oficiales. Ocurría esto un siglo después del mutis español en América.

 

Lo que hoy se conoce como México, en su etéreo universo atemporal de gentes y culturas acopladas, ha colisionado contra dos de los pocos Imperios que en el mundo han sido. Como Imperios sensu estricto que eran, punzaron su esencia y haberes. España lo hizo para construir nación, ensamblando en su matriz europea razas y culturas dispares, que cuadraron ciertas aristas, mientras aguzábanse otras. Durante tres siglos de su tiempo, intentó y logró en gran parte encolarlas a su propia alma, mediante la magia virreinal. Los EEUU, segundos en el suyo, solo alcanzaron a succionarle una mitad geográfica, sobre la que esculpieron nuevos estados de linaje ajeno. Su penetración neoimperial es en ellos tan directa y profunda como la anterior lo fuera, y notorio el camino recorrido en la marcha hacia su nueva meta de identidad nacional. Difícil situación la del México esencial de siempre, frontera del expansionismo físico y moral de otra estirpe que lleva en su ADN el sello de Imperio, a la vez que muro de contención de mestizos sureños que marchan al Norte para redimir políticas erradas durante dos siglos. Norte que, con rachas atemporaladas de su viento solano, agita la bandera que el mundo hispánico contempla como suya.  Sin olvidar el no vivir de Rubén Darío, que estas en los cielos del Parnaso Hispano, esencia y conciencia de un alma profética y temerosa, que sintiose aliviada tras su visceral alegato:

 

                                              Eres los Estados Unidos, eres el futuro invasor

                                              De la América ingenua que tiene sangre indígena

                                              Que aún reza a Jesucristo y aún habla en español

 

 

Figura 17: La Veracruz del México independiente. Lienzo de Rugendas

 
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Contexto Histórico de Veracruz – V

  Figura  13: Derrotero de la Flota de Nueva España y sus cagafuegos de guarda

 

Antes de 1554, la incipiente producción de metales preciosos de Nueva España, había obligado a la Aduana de Veracruz a fletar bajeles de cabotaje desde La Habana, custodiados en su viaje de regreso por dos galeones de la Marina Real. Era un primer esbozo de comercio con la metrópoli, teniendo a Cuba como parada y fonda. A partir de 1564 se establece el sistema anual de dos flotas merchantas que parten de Sevilla hacia Veracruz o Flota de Nueva España y hacia Cartagena de Indias o Flota de Tierra Firme, llamada también de Barlovento. Estas flotas partían en distintas épocas del año para desembarcar sus mercancías en los puertos asignados, montar sus ferias, y confluir de regreso en La Habana una vez concluidas estas. De allí regresaban a Sevilla, protegidos hasta las Azores por los poderosos cagafuegos de la Armada de Barlovento, relevados por los de la Armada de la Mar Océana hasta destino. Los galeones de la plata eran los encargados de portar en sus vientres el preciado metal, que bajo la forma de impuestos, situados virreinales o pagos de mercancías contratadas, cruzaban el Atlántico en ambas direcciones. Dos meses largos tardaba la Flota de Nueva España en cubrir sus 820 leguas de singladuras, desde su salida al mar atlántico por el Guadalquivir, hasta su arribo al peñón de Ulúa. Como si de una procesión ritual se tratase, iba cumpliendo su derrota etapa tras etapa, emitiendo en los pasos costaneros de Canarias, Dominica, La Española, Jamaica, Yucatán y Ulúa, los pertinentes buques de aviso para activar alertas de guarda en los puertos clave del recorrido, y prevenir de celadas corsarias los estrechos antillanos o sus comisuras isleñas.


En el tiempo de flota de 1568, se aguardaba en Veracruz la llegada del nuevo virrey Martín Enrique de Almansa, tras el aviso de arribo de los galeones con su manufactura europea. A la espera de sus velas, aparecieron otras cinco de barcos con banderas y grímpolas de Borgoña, que iban a fondear junto al peñón de Ulúa. Era la flota corsaria de Hawkins y Drake que con su exitosa añagaza sorprende y captura la guarnición del presidio insular. La vigente tregua con Inglaterra le ha librado de sospecha, y las baterías del fuerte isleño no abren fuego sobre la incierta flota arribada. Una población de 200 vecinos, establecida unas millas al norte, en la Antigua Veracruz de tronco y tablas, es asaltada por la turba pirática que se derrama por los arrabales desvalijando cuanto edificio alcanza. Pero hete aquí que, durante su febril ajetreo, es sorprendida la horda por una incrédula Flota de Nueva España y sus galeones de guarda, que rinden su arribo anual a Ulúa con algunos días de retraso.


Inglaterra, era nación de segundo orden todavía, basada su presencia comercial atlántica en el tráfico negrero con Iberoamérica y los golpes de mano sobre puertos indianos desprevenidos, además de una pequeña red comerciante con puertos del Canal y del Báltico. Carecía aún de la poderosa maquinaria propagandista que sacaría a la luz estos lances, magnificados y exaltados luego, soslayados entonces. Ninguno de sus intentos coloniales americanos había a la sazón fructificado, acabando todos en desoladoras hambrunas y coloniaje fallido. Solo la guerrilla marítima, capitaneada por marinos de élite, rentaba beneficios extractivos de la nación dominante y su comercio. Zarpazos aislados sobre naos merchantas, haciendas costeras o enclaves anónimos, incluso en tiempo de tregua como el presente. So pretexto de venganza, por la exclusión de la americana herencia del padre Adán, que el Papa Alejandro VI proclamara en detrimento de Inglaterra y resto de la Europa expectante, eran el corso y el contrabando dos inversiones rentables para la Corona Tudor. Isabel desplegaba sus fuerzas políticas contra el Rey de España, y procuraba arrebatarle los tesoros que extraía de las Indias occidentales, fuente de aquel poderío que hacía a Felipe tan formidable, nos recuerda David Hume. Ya veían los ingleses con envidia los progresos de los españoles y portugueses en las dos Indias… y era una felicidad que la guerra abriese una perspectiva a la ambición y codicia de los ingleses… Un engranaje de corsarios, apoyados por su sindicato de Plymouth que rentaba capturas como capital financiero, iba a gestar en apenas un siglo la formación de una verdadera flota para Su Graciosa Majestad. Los panzudos galeones españoles de mayor arqueo y lento andar, diseñados para navegar lastrados con 300 toneladas de tara mínima, de manufactura robusta para vientos largos y singladura oceánica, contrastaban con los barcos ingleses hechos para vientos costeros y virazón ligera, ágiles y maniobreros cuanto carentes de capacidad de carga, de porte mas apto para la pesca, el bojeo o el golpe audaz, que para el comercio atlántico de altura. Barcos ligeros, capaces de poner millas de por medio una vez cumplido cualquier pugnaz cometido, resultaban incapaces en cambio de remontar el Cabo de Hornos, hasta que lo doblara en solitario el propio Drake (1578). Con su nave capitana de 70 toneladas, luego de haber perdido la flota en el intento, lograría al fin superarlo. Había pasado medio siglo desde que Francisco de Hoces lo vislumbrara por vez primera (1526), cuando navegaba con Loaysa y Elcano rumbo a las Molucas. Eran tiempos de incipiente artillería a bordo, prácticamente ausente en barcos menores, que acusaban su peso y retroceso al disparo, con escora súbita por andanada, guiñadas de arribada, y distorsión del rumbo. Era por ello que el cañoneo de banda hacíase a barco acoderado, lo que equivalía a fondearlo, contrapesarlo y afirmarlo mediante tornapuntas o amarres supletorios a las cadenas de ancla. Se ablandaban así los bandazos del retroceso, y evitaba el cruce del rumbo con el barco avante, bajo los pulsos laterales de cada salva artillera. Tanto más cuanto mayor fuera el número de cañones por banda y el calibre de sus bocas de fuego. Solo cañones por proa o popa, herencia de las galeras mediterráneas, podían ser disparadas sin perturbar el andar del buque. Las piezas de a bordo, lo eran normalmente de sitio, ya culebrinas de gran distancia, cañones de media o pedreros de corta pero efecto metralla. Destinadas todas a desembarcar para emplazarse en tierra como artillería de campaña, útil para acosar plazas o despejar el campo a los infantes. La guerra en el mar propiciaba, por tanto, barcos de alto bordo y encuentros al abordaje, cuerpo a cuerpo entre tripulaciones enemigas. Era táctica preferida el cruce por avante del rumbo enemigo, virada final a rumbo de colisión, y descarga fusilera en ángulo ventajoso previa al impacto de cascos. Tras abarloar y fijar garfios, buscaban las turbas encrespadas, espada o hacha en mano, daga en boca, la carne enemiga.


Pese a la recíproca sorpresa del fortuito encuentro en el surgidero de Veracruz, la reacción de los recién llegados iba a ser más rápida que la flota corsaria. Siguiendo el protocolo de arribo, los galeones de guarda, pese a encabezar la comitiva naval, permanecieron en facha hasta que las naos merchantas hubieron trincado amarras en las argollas de Ulúa. Tiempo suficiente para calibrar desde sus cofas, el panorama táctico que se propiciaba. Terminada la maniobra, en derechura, a fuego de fusilería y pedreros de alivio, aproaron los cagafuegos al surgidero, dándoles andar con sus velas desplegadas. Barridas las cubiertas enemigas, caen al asalto sus infantes sobre los buques más pesados y arrancada lenta, quedados aún tras su presuroso izado de anclas, largada de amarras, ajuste de escotas y perezoso avante. Perderán en el lance los ingleses las ¾ partes de sus hombres y más de 1000 toneladas de la carga depredada en su periplo caribeño. En pleno zafarrancho, el joven Drake se escabulle en su ligero patache de solitario cañón en proa, tras su pariente Hawkins, capitán de flota, que lo hace en nave similar. Con los bordos astillados por los impactos de bolas de piedra, las velas desgarradas y atiborrado de tripulantes ajenos, Hawkins trata de maniobrar su escapada en medio de cerradas descargas fusileras desde el alto bordo y puentes enhiestos de los cagafuegos: sería el suyo el otro buque que iba a zafarse de la refriega. Ambos dos escaparon por el escaso arqueo y corto calado de sus naves, levando anclas prestamente y aproando al paso de aguas someras junto al cantil del islote de Ulúa, a todo trapo, en medio de una granizada de pelotería y palanquetas. El deshonor de esta huida rumbo a Plymouth, iba a marcar muchas de las actuaciones venideras de Drake, que buscará venganza para restañar su herida reputación tras el lance veracruzano. Hawkins, impedido de navegar en su astillada urca con tan sobrado pasaje, opta por desembarcar la gente superflua en la propia costa huasteca. Prometerá regresar con nave suficiente para retornarla a Inglaterra. Pero informado el Tribunal de la Inquisición de Pánuco, mandará rastrear el litoral en busca de aquellos luteranos sacrílegos que habían hollado símbolos y ministros católicos, profanando iglesias, robando sus vasos sagrados y desbaratando la feria. La Antigua Veracruz, montadas ya sus casetas comerciales, habíase despoblado como tordillos en desbandada bajo un disparo fortuito; pero pasada la estampida, iban a retornar al reclamo mercantil de sus haberes. Los herejes abandonados en la costa, serán capturados, sometidos en México a tres Autos de fe, quemados vivos varios, apresados temporalmente otros, mandados a galeras de por vida alguno y alguno más, mimetizado entre nativos, moriría según parece de malaria o descuartizado quizá por los chichimecas. Hawkins nunca regresaría a buscarlos.


Felipe II presionaba entonces en el Canal de la Mancha, donde cernía sobre Inglaterra la sombra de sus Tercios de Flandes respaldados por poderosa escuadra. Los ingleses, arrinconados en su isla como en un bote solitario, veían caer sobre ella la sombra de un gran bajel, nos dirá Chesterton analizando aquella hora. Los estrategas de la reina multiplicaban los ataques a puertos y navíos españoles tanto en aguas peninsulares como americanas, a fin de mantener alejadas de Albión las naves enemigas, factores del transporte y desembarco de los Tercios que temían. El corso inglés enfilaba sus rodas hacia el poniente pese a ser tiempo de tregua. Drake y Hawkins se harían famosos aquellos años en su isla por los lances predatorios contra las posesiones del Imperio Español. Una atronadora propaganda antipapista de consumo interno, se conjugaba con la necesidad de sacar pecho en contrapartida de la angustia que vivía el reino, de costas frecuentemente irrespetadas. Eran años difíciles para Isabel I Tudor, cabeza de la cismática iglesia anglicana, con una incómoda oposición católica en propia isla, mientras el rey español maquinaba su ruina. Sabedora del peligro en ciernes y la estrategia de sus consejeros, la reina no lo piensa dos veces, y en Plymouth visita la nave de un Drake exultante tras su vuelta al mundo, le sienta a su mesa y le arma caballero (1581). Ello pese a las protestas del embajador español que pide la cabeza del pirata, y que logrará la restitución de la mitad de los daños declarados por su embajada. Ganará la reina un aliado más para su causa y el afianzamiento de su cetro. Pero Su Graciosa Majestad se equivocaba en la valoración personal del nuevo Sir, porque el que era magnífico navegante de altura y estratega en corso, iba a resultar flaco capitán de grandes armadas, lo que habría de traerle a él y a su reina más de un sonado descalabro, celosa y oportunamente silenciado en su isla.


En la década de 1580, Felipe II había visto anexionada la materna Corona de Portugal a la suya paterna, y el Imperio heredado de Carlos V de Habsburgo cobraba con ello proporción universal. El sector calvinista de Holanda, en rebelión contra su legítimo y católico rey Felipe de Habsburgo que lo era también de España, iba a multiplicar junto a su aliada Inglaterra, los ataques de los desheredados de Adán, sobre las dependencias portuguesas de ultramar los corsarios holandeses, y españolas los corsarios ingleses. Era una tenaza de dos potencias emergentes, ávidas de tierras anexas a sus rutas comerciales, que parecían ser óptimas para competir comercialmente con la dominante España. Ante la nueva política, la fortaleza de San Juan de Ulúa se amplía y mejora. Fuera de sus muros, se levantan obras complementarias como la alcaldía y la iglesia propias, casa para los marinos de los galeones y galerías para estibadores y cargadores negros. Dentro del recinto murado, se instalan Aduana, cuarteles de tropa y almacenes de mercancía, a cobijo de sorpresivos ataques, en tanto se madura la idea de una Nueva Veracruz afincada en Buitrón.


Es a finales del decenio cuando Felipe II decide invadir el reino hereje de la belicosa y falsaria Isabel, atacante perpetua de las costas y naves hispánicas, en épocas de tregua, sin declaración previa de hostilidad, cuando sus flotas hibernaban al ancla con tripulaciones de retén. Desde los Países Bajos, cerca de 250.000 hombres de guerra y apoyo entre caballería, escuderos, artillería y hospitales de campaña, zapadores, artificieros, pontoneros, infantes, fusileros, ayudantes, intendentes, esposas, criados, meretrices y apoyos civiles de los Tercios de Flandes bajo mando de Alejandro Farnesio, Duque de Parma, el primer general de su siglo, se aprestan a embarcar. Serían transportados por 130 galeones, veinte carabelas y diez fustas de seis remos cada una. Felipe el minucioso, lo tiene todo preparado. La Gran Armada hispano-portuguesa, se apresta a cruzar con aquel pueblo de Dios el Canal de la Mancha, para soltarlo como plaga de langosta sobre la costa inglesa. Allí moran no más de tres/cuatro millones de seres, familias cuarteadas por la intransigencia dogmática de la Reforma luterana, martilladas en todo tiempo sus meninges por terrores panfletarios. Pasquines y billetes con dibujos mostrando los horribles instrumentos de tortura con que venía cargada la Armada de España, nación fanática e imperiosa, para torturar ingleses, según la abundante información gráfica que corría de mano en mano. Isabel pedía un esfuerzo supremo al pueblo inglés, para que aprontasen buques para reforzar su flaca armada, y luchar contra 50.000 infantes veteranos, dirigidos por oficiales de consumado mérito, ante los que no podía compararse en fuerzas navales, ni en número, disciplina, fama, experiencia, ni valor de sus tropas, nos recuerda David Hume en un alarde de sinceridad. El peligro que se cernía sobre la Pérfida Albión, era demasiado grave y real. Si el desembarco triunfaba, el humillado y perseguido católico isleño podría esquilmar como primera langosta del reino sus campos, sementeras, ganados y ciudades en propio reflujo de marea interna, pero proclamado a priori como apoyo al católico invasor. El inesperado desenlace del encuentro entre ambas Armadas, y el azar meteorológico del Canal, iba a conjurar el peligro. La Inglaterra anglicana pudo finalmente expeler de su pecho la respiración contenida. La devastación insular por los Tercios de Flandes y su universo gregario, habíase por el momento aplazado.


Tras un par de escaramuzas previas entre barcos que toman posiciones a barlovento (1588), el embravecido suroeste arbolará una mar que obliga a correr el temporal a la Armada española, anulado su resguardo costero a sotavento. El hecho de haber aterrado los barcos a la costa flamenca para embarcar los Tercios, habíase convertido en trampa mortal bajo la virazón del viento. Estrechaban las olas sobre los barcos ibéricos su cerco rompiente contra el escarpe costero, sin haber embarcado aún tropa alguna en sus playas. So pena de embarrancar y ajustando trapo, irán librando ceñidos por estribor sus escollos y promontorios, ganando braza a braza el resguardo vital de la costa y su calado. Rumbo N-NW tratarán de circunvalar Britania por aguas desconocidas y mal cartografiadas, para escapar seguidos un buen trecho, siempre a calculada distancia, por algunos barcos ingleses, pequeños navíos escorados por el peso de los cañones matiza Chesterton, que se aventuran entre aquellas olas. Lascarán escotas los perseguidos para propiciar el alcance bélico; lascarán escotas los ingleses para evitarlo: a enemigo que huye, puente de plata, dice un refrán que sabiamente aplican. Huyen los españoles del temporal, no de los enemigos. Como los atenienses en Salamina, tratan Lord Howard y sus capitanes de confirmar el alejamiento infinito de la legendaria flota de Jerjes. No vaya a ser que amaine la furia desatada y les dé por volver… Pero no amaina, y los barcos españoles irán cayendo desperdigados por acantilados y playas escocesas e irlandesas, en tanto los ingleses van guareciéndose en puertos propios a medida que el viento arrecia. Se sospecha hoy que trataron algunos de salvarse entrando de arribada forzosa en fiordos noruegos, donde han aparecido, no ha mucho, pecios ibéricos de aquella época por investigar. Regresarán los supervivientes a Santander, La Coruña y Lisboa, aún con velas rizadas de tormenta o aparejos de fortuna y tripulaciones diezmadas que traen mortal pestilencia a los puertos de acogida. Había concluido quizás el mayor riesgo existencial de Inglaterra como nación histórica. Lo que tenían enfrente era el imperialismo en su sentido más complejo y colosal, algo inconcebible desde los tiempos de Roma. Era sin exagerar la civilización misma. Fue la propia grandeza de España lo que supuso la gloria de Inglaterra… nunca podremos volver a ser ni tan pequeños ni tan grandes, confesará de su patria en aquella hora desesperada, que también vieron los siglos, Gilbert K. Chesterton en su Breve Historia de Inglaterra. Una forma humana de auto empequeñecimiento para multiplicar el efecto-éxito de su pueblo. A la par que legítimo orgullo patrio por haber superado con bien aquellas endiabladas termópilas. Y el eco de sus tambores de inesperada por sorpresiva gloria, siguen repicando aún en Albión.


Ciertamente otras horas desesperadas aguardaban al pueblo inglés durante el reinado de Isabel I, excomulgada por Sixto V, que había absuelto a los ingleses de su juramento de obediencia a la reina. El enfrentamiento España – Inglaterra era por aquellos años una suerte de pelea entre perro grande y perro chico, donde frecuentemente el chico se escabullía entre las patas del grande, aunque no sin astucia ni decisión. Tal cosa aconteció con el desastre de la Gran Armada, cantado cual inmarcesible gloria propia por los ingleses hasta el hartazgo, a la vez que convertida en leyenda con moraleja por su doble liberación nacional del Imperio Habsburgo y del Papado. Justa réplica al espíritu de cruzada que Felipe II y el Papa habían impreso a la Batalla de Inglaterra. Y tal cosa parece repetirse en 1596 cuando otra poderosa Armada española en ruta hacia Albión es herida y dispersada frente a El Ferrol por una de tantas galernas que baten el litoral cantábrico. Y en 1597, que repite en trágico ritornelo otro revés naval, esta vez frente al cabo Lizard, cuando un furibundo Eolo desbarata el nuevo desembarco español que atenazaba Cornualles. Su configuración insular vino a garantizar su existencia como nación, apiñada en torno al nacionalismo y su intransigente iglesia anglicana, que acabaría poniendo en fuga de la metrópoli a católicos y puritanos, con su Ley para contener a los súbditos. Dura lex que penaba con cárcel a quien no acudiese al culto público durante un mes, y destierro e incluso la muerte, para los reincidentes. Sed lex, dura también, para quienes se explicasen en términos sediciosos u ofensivos para la reina, (que) serían por la primera (vez) sacados a la vergüenza y se les cortarían las orejas… Ciertos mutis de aquella sociedad isabelina resultan incomprensibles para el observador continental. Entre ellos, el hecho en torno al catolicismo de William Shakespeare, cumbre del teatro moderno, pasando al galope sobre su heredad familiar y social, en los mismos campos que van siempre al paso los jinetes de la historia patria. Incluso con cierto menoscabo contemporáneo, que lo tilda de bárbaro, acepción que haría propia el ilustrado Voltaire y su troupe, siglo y medio más tarde.


Pero no era ciertamente este perro chico la mayor preocupación del Rey de España, sino el terrible Dogo Otomano, cancerbero de cincuenta cabezas, que no ha mucho había sitiado por segunda vez a Viena, y que gruñía y mostraba de nuevo los dientes ante el incómodo vecino. Constreñido en el Mare Nostrum, sin poder acceder al Atlántico pese a su vocación marinera, era una secular refriega la que España y sus itálicos aliados mantenían contra los bajeles de la media luna estrellada, vetando su salida al Atlántico. Era demasiado poderoso aquel otro Imperio del Este, para osar Felipe II invadirlo, como habíalo intentado con la Pérfida Albión. No habían pasado veinte años desde la victoria sobre sus galeras en Lepanto, y de nuevo los Bey y Dey otomanos, junto a otros príncipes tributarios de enseña roja, asomaban al Atlántico sus velas. Para acosar esta vez, no solo a la Flota de Indias, sino a todo enclave donde cautivar cristianos que vender en los zocos esclavistas de Argel, Orán, Tremecén o Bugía. Miguel de Cervantes, tres años prisionero en Argel, lo sabía bien. En contrapartida, el Rey Prudente solo había acertado a plagar su costa meridional de atalayas, alarma perpetua de las velas berberiscas. Los frailes mercedarios conseguían, entre tanto, los dineros exigidos para urdir nuevos rescates de cristianos. Y esta tensa convivencia mediterránea lastraba, como una pesada losa, las arcas de la Corona. Había iniciado el Imperio Otomano, una escalada de ataques turco-berberiscos, que presagiaban nueva yihad para reconquistar Al Ándalus, con el apoyo oportunista de Francia y Holanda, competidoras y enemigas de la hegemonía hispánica.


España arrastraba el lastre político, aunque económicamente rentable, del islamismo solapado en Las Alpujarras, región montaraz de la morería andaluza, no purgada por los Reyes Católicos tras la toma de Granada y su pactado bautizo cristiano. Una peligrosa quinta columna que Juan de Austria, hermanastro del rey y reciente vencedor de Lepanto, había extirpado (1571), expulsando su mayoría al norte de África, dispersando por Castilla al resto, y vendiendo como esclavos a los prisioneros, contrapartida de las capturas berberiscas de cristianos. No pudo en cambio auxiliar a Túnez, protectorado de la Corona española, como tampoco evitar la pérdida de Chipre, donde la ambigüedad de la Republica de Venecia fue causa determinante de aquella merma. Eran eslabones en una cadena de hechos bélicos continuados, con su hito en la toma de Malta, salvada in extremis por las galeras de Felipe II. La isla maltesa era sede de la Orden de San Juan de Jerusalén, reminiscentes cruzados del Temple (Templo de Salomón, Jerusalén) expulsados del Crac de los Caballeros, su bunker en Siria. Punto estratégico de aquellos siglos, era la isla defendida en tierra por sus bravos monjes-soldado y que socorrían por mar España, el Papado y los ducados y repúblicas itálicas, con sus flotas. Su caída en manos otomanas hubiera sido letal para el cristianismo mediterráneo. El evidente liderazgo de España, abierto a todos los mares y continentes conocidos, resultaba un sin vivir para su Corona, que pese al formidable tesoro de sus virreinatos de Nueva España y El Perú, sufrió repetidas bancarrotas de su hacienda. Aplazamientos del pago de su deuda diríamos hoy, externa a mayor INRI, por ser sus fiadores banqueros genoveses y alemanes, que españoles de solvencia no los hubo en aquel siglo.


Tras la debacle del Canal de la Mancha, la conocida explotación del éxito, explicada en cualquier manual de táctica militar al uso, quiso ser esta vez prestamente rentabilizada por los estrategas isabelinos con la que hoy conocemos como Contraarmada inglesa. English Armada para quienes la financiaron. Al año siguiente del fracaso naval español en el Canal, una flota con cerca de 200 velas y 25.000 hombres de desembarco y maniobra capitaneados por Drake, se hace a la vela rumbo a Santander, La Coruña y Lisboa: vienen a destruir la escasa y maltrecha flota enemiga allí refugiada, a la vez que saquear sus posesiones y humillar al diabólico Felipe, el demonio del sur. Cuentan para ello con la flota orangista y el flácido entusiasmo luso, bajo la férula del monarca español. Pero la estrella del famoso corsario flaquea cuando lisboetas y coruñeses responden bravamente ante un primer ataque de quien consideran enemigo de su fe. La inexperiencia sobre la logística de grandes flotas, iba a desacoplar la actuación inglesa, que se vería avocada al desastre desde sus primeros vientos. Por Santander, base principal de acogida y reparación de la Grande y Felicísima pero descuajeringada Armada de Felipe II, ni siquiera verían aparecer sus velas. Cuando los barcos anglo-holandeses navegaban ya en confusa desbandada hacia Albión, serían numerosas las zabras del Cantábrico que iban a salir en su búsqueda, a la caza y captura de naves dañadas o con tripulantes diezmados o enfermos, que no podrían defenderse. Tarde cunde la noticia en la bahía de Santander, que envía galeones a medio reparar y urcas de cabotaje, con tripulaciones improvisadas de marinos y pescadores, tras esas mismas velas que se alejan mar adentro. Más de una docena de ellos regresará a sus bases llevando a remolque su propio bingo. De regreso a Plymouth, la pérdida constatada de 22 barcos grandes y la mitad de los hombres embarcados tres meses atrás, irrita al Consejo Real, en la que supone negligente derrota sufrida en aguas ibéricas por su impertérrito campeón. Cosas que pasan cuando el voluntarismo supera a la realidad. Drake, acababa de terminar su fantasiosa partida de bolos que, según el narcisista oráculo isleño, ni se inmutó en interrumpir cuando le informaron que las velas de la Gran Armada blanqueaban el horizonte. No parecía inmutarle tanta vela al viento que todas las naves llevaban tendidas… la armada avanzaba lentamente cual si gimiera el océano bajo aquella inmensa pesadumbre y no bastaran los fatigados vientos para mover aquella gigantesca mole… en forma de media luna que abarcaba una distancia de siete millas de un extremo al otro… todo un magnífico espectáculo, al decir de algunos videntes. La fanfarronada drakeña, de incierta veracidad pero tópica y tercamente repetida aún hoy en su isla, fue reprimida y apalancada al año siguiente, con sus propios bolos y bolas desbaratados frente a las costas portuguesas. Solo en ellas se estima cayeron 7000 de sus pupilos.


Al pirata Sir Francis le sería denegada toda capitanía de flota durante los seis próximos años. Esta vez no medió en el resultado meteorología alguna. Ni había tregua que tomara desprevenidas las defensas peninsulares, como era moneda habitual en sus campañas. Los estrategas británicos, crecidos por el éxito del encuentro y su restallante nacionalismo, incluidas ignorancia, impericia, munición equivocada, cañones mal fundidos, barcos mal ensamblados, y atraso naval enemigos, nada sinceros, se creyeron su propio relato prêt-à-porter, en clave de consumo interno… válido solo para el cortoplacismo de sus claques. Había que salpicarse el pasado miedo de encima. Pero contra lo que su regocijada prepotencia aseguraba, resultó que no, que los galeones españoles ni eran demasiado altos para sus barcos, ni se perdían sus elevados disparos en el aire, ni abandonaban los barcos al furor de la tempestad al verse incapaces de dirigir barcos tan pesados… como alegaba el historiador y filósofo David Hume sobre la jornada de La Mancha, además de otras ingenuidades frecuentes de hallar entre autores ingleses que describen ese y otros lances en los mares. Y esa falta de pericia y conocimiento lo achacaba ¡que curioso! a quienes habían hecho del Pacífico un lago español y del Atlántico un mar interior.


Vamos a ver marineros.


Así se jactaban quienes apenas conocían el Pacífico sino por los mapas de españoles o portugueses que allí habían navegado para levantarlos… y regresado para confeccionarlos. Apenas ocho años hacía que asomaran por vez primera la roda cinco de sus barcos (solo uno entró y salió vivo), al Piélago que cruzaran Elcano y Magallanes sesenta años antes. Y que Loaysa y nuevamente Elcano, cinco años más tarde, volverían a cruzar. Y que por su Norte Urdaneta y Legazpi conectaran de ida y vuelta el mundo asiático con el hispánico de Nueva España, antes que sus aguas mojaran casco inglés alguno. Y que varias decenas de sus navegantes garabatearan aquella centuria sus aguas en busca de nuevos mundos… entre ellos la Austrialia que tal nombre le inventaron en honor de la reinante Casa de Austria y hoy conocemos como Australia, aunque pese a intuirla, no lograran encontrarla… o sí, que pecios ibéricos del siglo XVI han aparecido en sus costas para regocijo de historiadores y arqueólogos… Ciertamente, solo la ignorancia puede generar tal osadía informativa. ¿Resulta creíble que el ilustrado filósofo e historiador Hume escribiera en 1760 su Historia de Inglaterra vertiendo opiniones tan desacertadas e inexactas sobre la España del siglo XVI?. Solo cabe pensar que nuevamente la neblina del nacionalismo, debió impedir ver el bosque de las evidencias… o simplemente, las desconocía.


Comprobarían los ingleses en propia carne, que la realidad era muy otra de la que sus paniaguados pregonaban. Parecía que súbitamente los artilleros de oficio habían aprendido a disparar sus católicos cañones, a horquillar su puntería. Y que sus macizos paquebotes no eran tan torpes en aguas abiertas como lo daban por hecho lenguas británicas. Digerida la adversa lectura inglesa, iba España a reponer su capacidad naval ‘online’, en pocos años, tan pocos como para seguir liderando durante al menos medio siglo más, sin tendencia a la baja de su capacidad constructiva ni defensiva, la élite marítima europea del transporte y de la guerra. Hasta que se lo arrebataran los holandeses tras la jornada de Las Dunas de Kent. Resultaba que también los astilleros del Cantábrico, además de construir desde siempre los mejores galeones del Atlántico, bajo rigurosos criterios navales emanados del Consejo de Indias, habían asumido una súbita productividad para sus diques. Y todo ello, con solo haberse dado una vuelta por Inglaterra… Alrededor, solamente… ¡lo que les había cundido!


La tautología de los barcos ingleses, pequeños, ágiles y manejables, resulta perogrullada sabida por cualquier aspirante a Patrón de Yate. Una de las primeras cosas que aprende por seguridad propia, es que un petrolero tarda varias millas en virar por mucho timón a la contra que meta súbitamente el timonel. La inercia del paquebote, directamente proporcional a su andar y desplazamiento, determina su virada, mucho más barrida de limpiaparabrisas de auto, que ciaboga de trainera cántabra. Pese a tener la vela derecho de paso sobre el motor ¡sálganse de su rumbo los veleros deportivos!… Todo barco que gana porte, pierde agilidad. Un buque-escuela no maniobra como un 41 pies, por muy marineros que sean ambos a la vela. Tal era el caso de la confrontación en el Canal. Los comerciantes ingleses preferían fiar sus mercancías a barcos extranjeros (hanseáticos de la Liga, sobre todo, pero también flamencos), antes que adquirir naves mayores y más caras. Los bajeles ingleses eran tan pequeños, salvo algunos navíos de guerra de la Reina, que no había cuatro buques mercantes que pasasen de 400 toneladas. Frecuentemente la Reina habíales animado a construir mayores barcos. Y era hora de ponerlo en práctica, si quería Albión madurar su liliputiense Armada. Seria precisamente el galeón ibérico el modelo a seguir, y mejorar si cabe, por los armadores ingleses y holandeses, que sabían la dependencia directa del subsistir a cobijo de poderosa flota. ¡No pocos barcos españoles capturados fueron remolcados a puertos ingleses para ser estudiados!. Desde siempre. Pero dejemos suposiciones y vayamos a cifras. Al morir Isabel Tudor (1603), el número de naves de su Real Armada era de 42… ninguna de ellas llevaba arriba de 40 cañones, solo había 4 que tuviesen ese número, 2 de mil toneladas, 23 inferiores a quinientas, algunas de cincuenta y muchas de veinte, insiste implacable David Hume, el, a veces riguroso contador, pensador escocés. Aunque en apenas un siglo, iba aquel propósito regio a tomar cuerpo de nauta.


El galeón español era en cambio, nave con castillo de proa prominente y popa elevada, y un arqueo variable entre 500 y 1600 toneladas, aunque predominaban los de 566 toneles. Su dotación artillera era selectiva entre 55 a 80 bocas de fuego por nao, repartidas en dos puentes y tres alcances: el largo de las culebrinas, el medio de los cañones, y el corto de los pedreros. Lanzaban las culebrinas proyectiles de hierro o pepinos a gran distancia, cuyos impactos dañaban casco, velamen y gente de a bordo. Hacíanlo los cañones con bolas de hierro esféricas o no, pero también palanquetas, angelotes, enramadas, cuatrorramales, etc, que siendo cargas centrifugadas por el alma del tubo, se desplegaban en su trayectoria de diferentes formas para desarbolar al rival o desgarrar sus velas. Los pedreros lanzaban bolas de piedra caliza que se cuarteaban en el aire actuando como metralla graneada sobre las cubiertas. La carabela, el otro tipo de nave presente en la fallida batalla del Canal de la Mancha, era nao redonda de castillos realzados a proa y popa, muy marinera en aguas abiertas y ola larga, llevaba nutrida fusilería en sus castillos y ribadoquines de calibre menor para su defensa, tal como su cometido de transporte requería a fines del siglo XVI.


Está claro que con los barcos de poderoso bordo que utilizaba la Armada Española en aquellos siglos, su táctica dominante en la guerra del mar era el abordaje, previa barrida de cubiertas adversas. De ello se encargaban los pedreros y las descargas de fuego desde la ventajosa posición de sus castillos, mediante mosquetes, trabucos y mosquetones. Conocida esta realidad oponente, la Armada Inglesa, tenía que optar por el cañoneo a distancias media y larga, para evitar peligrosas cercanías de los enhiestos galeones y su mortal abrazo de oso. Recibieron sus capitanes la orden de que no embistiesen a los buques españoles a quienes su tamaño, no menos que el gran número de soldados que llevaban, hubieran podido dar mucha ventaja… y que se limitasen a cañonearlos desde cierta distancia… que aprovechasen los vientos, las corrientes y todos los azares favorables… Eran ambas Armadas en número parecidas, pero contrapuestas estampas del perro grande y un perro chico siempre más ágil que el grande, que debe escabullirse a tiempo o perecer entre sus fauces. Esa era la guerra galana de los hijos de Albión: no dejarse copar sus pequeñas naves por el poder de las grandes. No solo con maniobras previas, sino con fuego oportuno en tiempo y separación, para evitar toda proximidad peligrosa. Su táctica: mantener distancias hasta ablandar la artillería de a bordo y tratar entonces de copar la nao enemiga. O que un afortunado disparo a la santabárbara la hiciera saltar por los aires.


En cuanto a los cañones empleados en cada nao, era ciencia particular del cometido del barco y su arqueo, las aguas que había de transitar, el peso de cada cañón, si bronce o hierro, el tipo de enemigo que iba a combatir, la servidumbre de hombres y el espacio operativo que cada pieza imponía. Como también lo eran la carga y tipo de pelotería que debía impulsar, su radio de acción y cadencia, el retroceso individual y colectivo de cada pieza artillera según alcance y masas propia y expulsada, toda la ciencia en fin que atesoraban los tratados al uso y la propia experiencia. En igualdad de otras condiciones, los cañones de largo alcance o grueso calibre precisaban una mayor masa inerte capaz de disipar el culatazo de la pieza, mera reacción del impulso conferido al proyectil. Eran por tanto más pesados. Con los grandes barcos que manejaban, llevaban los españoles de la Gran Armada, 2630 cañones de cobre (sic, bronce) de grueso calibre, con bastimentos para seis meses… Se trataba por tanto de cañones pesados.


Los barcos pequeños en guerra galana, precisaban también cañones pesados, capaces de absorber parte del retroceso impuesto por el impulso de sus proyectiles, ya fueran de medio o lejano alcance. De otra manera una andanada lanzada por cañones sin amortiguar retroceso, transmitía su impulso íntegro al barco, que sufría con cada secuencia artillera peligrosas escoras y derivas del rumbo. Además de las consabidas fatigas y desajustes estructurales por disipación del impacto sobre bordos, mamparos, cubierta, herrajes, anclajes, baos… que obligaban a revisiones periódicas. Por eso Chesterton, fino observador, cita como pequeños navíos escorados por el peso de sus cañones al referirse a la marina inglesa, ya descrita la dimensión de sus naves por el escocés Hume, que no entra a considerar la sutileza del inglés, quien marca en cierta forma la pauta de lo hasta aquí expuesto.

 

Figura 13a-Veracruz desde el mar. Rugendas


Así las cosas en Europa, el descubrimiento en Nueva España de otras vetas de metales preciosos en el interior (Zacatecas, Guerrero, Sonora, Chihuahua), junto al aumento de la producción de lingotes de plata en las ya existentes, suponía un poderoso respaldo al desarrollo del virreinato y su red de caminos reales. La obtención de plata favorecida por el amalgamado con azogue del mineral argentífero (1555) había incrementado notablemente el rendimiento de su explotación. Veracruz y su feria crecían como nexo obligado de unión con la metrópoli, potenciadas por el mercado interior del virreinato. Fundada la Real Casa de la Moneda de México (1535), Ceca matriz de América, habíanse acuñado sus primeras monedas de plata fina, conocidas hoy como “de Carlos y Juana”, por llevar indelebles en su haz los nombres del joven emperador y su madre viuda, la reina de Castilla. Eran monedas troqueladas a golpe de martillo sobre cuño, macuquinas irregulares pero de excelente ley, que cambiarían de formato y tamaño con el nuevo siglo, para acabar invadiendo los mercados asiáticos y europeos como Reales de a Ocho, Pesos (por su invariable “peso” de ley en plata pura) o Pelucones (por las pelucas de época que mostraron sus regias testas durante el siglo de las luces). Humbold, a dos siglos y medio de su fundación, consideraba esta Ceca como la primera del mundo, digna de ser observada por el orden, la actividad y la precisión que reinaba en todas las operaciones de su braceaje. Con 400 obreros directos, además de diseñadores, grabadores y administrativos, era entonces capaz de acuñar más de 30 millones de monedas anuales.


No había sido fácil la mentalización previa, e implantación posterior de la moneda, en una sociedad de trueque ancestral. Ninguna implantación forzada lo es. Los primeros españoles de Veracruz, trocaron los alimentos y artesanías indígenas, por abalorios, espejuelos, tijerillas o cascabeles, porque no otra cosa atesoraban que interesase al colaborador o al oferente local. Llegaron luego las encomiendas para los elegidos, con el trabajo forzado del indio a trueque de cobijarlo, instruirlo y alimentarlo. Pero, quienes en mayoría no eran encomenderos, no tenían cómo pagar al totonaca amigo, su parte de sudor aportado en el montaje de cercas, apertura de zanjas o pastoreo de ganado. Aún no habían generado producto alguno que trocar. Severas hambrunas hubieron de padecer aquellos emprendedores de primera hora, blancos o negros, que para todos hubo. Rechazaba el indio las monedas de vellón que los colonos ingenuamente le mostraban, asignando un cierto número de ellas para valorarles cada trabajo hecho. Aquellas pequeñas piezas de metal cúpreo, eran una ofensa comparativa para su etnia que lucía dijes de oro y pagaba su tributo en mercancía. Tenían razón. Lo que no tenían por qué saber es que Las Médulas, el yacimiento aurífero más importante de Europa (hoy parque temático y patrimonio de la humanidad), había sido agotado diez siglos antes por los romanos, privando al ibérico ciudadano de futuros oros en su pecunia de curso legal. Trajeron la civilización que dejaron, y no procedía lucubrar demasiados lamentos contra el hacer de aquel Imperio. Los Imperios primorosos, se parecen mucho a ti, sacan oro, ponen alma, siembran todo… son así, les hubiera explicado el gran Rubén Darío acerca de aquella nueva circunstancia y su precedente histórico, que nunca entendieron. Aún hoy, siguen muchos sin entenderlo.


El problema de compaginar el trueque indígena con la pieza monetaria empleada en Europa, resultaba difícil para todo quien demandara mercancía, si carecía de la moneda para poder comprarla. Dado el rechazo indígena, aunque la trajera, poco o nada lograba trocar por ella. Lentamente fue, empero, entrando en razón aquella sociedad ensimismada en su ayer, hasta normalizar un mercado imprescindible. Para poner en circulación una masa monetaria suficiente, partiendo del cero físico y mental experimentado, se enviaron remesas de moneda de las cecas castellanas, con circulación válida para nuestros reinos de ultramar. Ellas fueron las encargadas de monetarizar con éxito las transacciones internas del Imperio, en su trayecto hacia un mercado desvinculante del trueque. Carlos V encargará al Virrey Mendoza la tarea de poner en marcha la primera casa de moneda de América. Mendoza, valioso hombre – comodín, todero de acción y actuación, había sido Tesorero de la Casa de la Moneda de Granada, la ciudad de su infancia. Conocía la interioridad del proyecto y se puso a trabajarlo siguiendo la voluntad del César. Como primera medida contaría con los indios de Xiquipilco, excelentes orfebres, labradores y fundidores de metales preciosos, para laborar en la sala de troqueles, corte y afinado, las piezas. La Casa de la Moneda iniciaría su andadura virreinal domiciliada en las llamadas Casas Viejas de Moctezuma en Ciudad de México, apoyada en la excelencia artesanal de los indios y un préstamo real de mil marcos de oro, a devolver con futuros impuestos.


Pese al hallazgo de yacimientos de oro, pocas iban a ser las monedas áureas emitidas en las cecas de Nueva España. Fue solo a partir de 1676 que fuera autorizada la labra en oro del escudo y del doblón (ocho escudos), dando lugar al tradicional bimetalismo históricamente vigente en España. La razón de esta primitiva prohibición real sobre la acuñación del oro, se basaba en dos circunstancias, siendo la primera y principal, que España lo precisaba para pagar deuda externa contraída en países de patrón oro. Nueva España en cambio, era potencialmente capaz de invadir cualquier otro mercado con su plata, aunque no estuviera todavía autorizada a comprar ni vender fuera del Imperio. Dejó por ello de imprimirse en las Casas Viejas moneda de oro, y el metal aurífero de Indias tomó el camino de Sevilla en forma de lingotes, adquiridos por la Real Hacienda a expensas de los financieros-propietarios de las minas. El asiático iba a ser muy pronto presa favorita de Nueva España, forzando allí la asunción del patrón plata, cuando no el bimetálico, para hacerlo extensivo más tarde a una gran parte de Europa. Apenas un siglo había transcurrido, desde que la semilla de cacao circulase como habitual moneda en la Nueva España que nacía, hasta que su pecunia de plata incidiese con sólida demanda en los mercados del mundo, desde la China a Rusia y el Imperio Otomano. Especialmente desde mediados del siglo XVII.


Pero esta progresiva riqueza virreinal, venía aguzando peligrosamente la codicia de otras banderas, que multiplicaban sus acciones pugnaces en todo tiempo. A ellas habíase unido la plaga de los perros del mar y del contrabando, hasta tornar irrespirable la atmósfera transitiva de aquellas costas. Los frecuentes asaltos piratas sobre naves solitarias, obligaron al Consejo de Indias a condensarlas en flotas, que acabarían siendo escoltadas por una Armada de guarda. Vino con ello España a introducir, con su Carrera de Indias, los convoyes masivos de naves, protegidos por una envolvente de maniobras complementarias en salida de puertos, arribadas y pasos costeros peligrosos, mediante estrictos protocolos a seguir por la Flota mercante y su Armada consorte, suerte de danza nupcial de urogallos en celo. Armada que propició los afamados galeones cagafuegos, ocasionales volcanes flotantes de la época, con sus 40 y más bocas de fuego y súbita erupción artillera de bolardos y palanquetas con el barco a toda vela. Con el nombre de Armada de Barlovento o de Nueva España, y compuesta por una almiranta, una capitana, un par de galeones de la plata y algunas naos de aviso y comparsa, esta pequeña pero eficaz flota bélica, iba a fijar en Veracruz su base nórdica del Imperio (1546).


Pese a la rémora contrabandista, en su puerto llegarían a registrarse hacia España mercancías por más de 34 millones de pesos en los mejores años de su Aduana, y otros 5 millones más con rumbo a la Hispanoamérica atlántica, donde Tierra Firme y Cuba eran principales destinos. Más de 250 naves anuales derramaban productos novohispanos por los mares atlánticos fuera del Golfo de México. Cera, azúcar, cochinilla, añil, cueros, jabón, palo de tinte y pimientos, eran las ofertas masivas de su Aduana. Sus registros de entrada alcanzaban cifras máximas con los vinos, ropa, papel y libros, sardinas y anchoas, aceites, cordajes, linos, paños, sedas y gasas, hilo, corcho y clavazones de España. Pero también imaginería religiosa para iglesias y conventos, y selectos lienzos al óleo para ciertos próceres, además del cacao y café llegados de Maracaibo, Puerto Cabello y La Guaira, demandados para consumo interno.

 
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Contexto Histórico de Veracruz – IV

Figura 10: Portulano de Veracruz c/.1700. Dibujo del autor

 

Con el tornaviaje de Urdaneta, iba a comenzar la andadura anual del Galeón de Manila (1565), que desde Acapulco inundaría capital y mercados virreinales con el exotismo oriental de sus manufacturas. En el tornaviaje siguiente, esas manufacturas pasarán ya por Veracruz, para hacerse vender con notable ganancia en los mercados de Europa. Había comenzado el comercio interoceánico, dinamizado por pingües beneficios y cuerda para dos siglos y medio. Tras la travesía del  Pacífico desde Manila en las Islas del Poniente, cruzaría Nueva España desde Acapulco, por los caminos reales de Cortés y Mendoza a lomo de largas reatas de mulas. Pronto serán cientos, las que serpean entre la capital virreinal y sus terminales oceánicas, portando preciadas cargas que vender en mundos opuestos. Como por arte de magia, emergen las manufacturas asiáticas en el ribereño arenal sevillano con cada Flota de Nueva España que llega. Era la primera cinta transportadora económica y cultural, sustentada sobre la infraestructura novohispana y la eficacia comunicativa de los correos de aviso. Además del exotismo oriental en productos, recibía Veracruz por tierra el Quinto Real de las minas de plata en lingotes y barras, además de moneda corriente de la Ceca de México, para el pago crediticio de mercancías adquiridas en Sevilla pro comercio criollo y sus ferias. Por mar llegaba, junto a la manufactura europea pagada, el situado fiduciario o cupo presupuestario asignado a Nueva España por la Hacienda Real. El Virreinato compraba barato en Oriente bajo el pronto pago de su poderosa moneda, en México negociaba las manufacturas adquiridas, y las expendía hacia España con notable valor añadido, incluidos almojarifazgos, alcabalas y el Quinto Real de sus explotaciones mineras, todas privadas. Como cualquier otra empresa del mercantil Renacimiento, que vino a desembarcar en América de mano española. En consecuencia, la Nueva España virreinal compraba caprichos en Oriente, los negociaba y clasificaba a voluntad, destinaba una parte a consumo propio y remitía otra a Veracruz, que la facturaba hacia Sevilla en cada Flota que partía de sus muelles. Pagaba por tanto sus tasas a la hacienda en lingotes, que  la ceca sevillana convertíalos en moneda, y sus manufacturas privadas en metálico. Más de 50.000 mulas y 7.500 arrieros llegarían a encargarse de su trasiego desde la capital, mediante los fardos y serones de mercancías y cajas de la Real Hacienda, que Veracruz embarcaba hacia la metrópoli.

 

La tracción animal a lo largo de las rutas  carretiles, habíase generalizado tras convertir en bueyes los primeros novillos (1535), castrados en haciendas veracruzanas. Las mulas de carga y tiro, cruce de yegua andaluza y asno, llevadas también a cabo por sus ganaderos, fueron prontamente incorporadas a las reatas y recuas del transporte de uña. Estas cabañas ganaderas sufrieron un fuerte incremento presionado por la prohibición legal de sobrecargar a los tamemes indígenas según las Leyes de Indias. Pero como donde está la ley, está la trampa, no pocos estancieros soltaban sus ganados al campo, donde pastaban libremente, perjudicando las siembras de los indígenas y constriñendo poco a poco sus tierras. Política de paulatina apropiación de pagos ajenos, dilatando los propios sin documentos acreditativos de adquisición o venta alguna. Tal caso presentose también en la fundación de Córdoba (1618), dotada con terreno para solares, ejidos, potreros, dehesa y caballerías de tierras, tomado enteramente de las pertenencias tradicionales indias. Estos abusos condujeron a la pragmática de Felipe III (1642), mediante la que se penalizaba severamente estos desmanes sobre los haberes indígenas. Toda nueva adquisición de tierras debía hacerse con tal atención, que a los indios se les den sobradas todas las que les pertenecieren… y las tierras en que hubieren hecho acequias o cualquier otro beneficio… se reserven en primer lugar, y por ningún caso puedan serles vendidas o enajenadas.

 

En los primeros años del Virreinato, el control de caballos y yeguas era estricto, prohibiéndose su posesión y cría a los indios, a pesar de que algunos caciques, gobernadores, alcaldes y otros notables indígenas, fueran pronto autorizados a disfrutar de montura propia. Tempranamente también, le fue facilitado al indígena la posesión de burros, lo cual vino a desarrollar notablemente su productividad agrícola. Mas tarde, la liberal posesión de potros y la presencia de postas en los caminos reales para el refresco de caballos de tiro y monta, iba a generalizar la presencia de equinos y asnos por las rutas novohispanas. En época del virrey Revillagigedo, llegarían a establecerse en el Camino de Perote los llamados coches de providencia, no otra cosa que diligencias de uso público o alquiler.

 

La Probanza era una suerte de documento bibliográfico sobre los méritos acumulados por un súbdito en servicio del Rey, fuera con la pluma, la toga, la retórica o la espada. Una suerte de lamento notariado, individual o colectivo, dirigido a la Corona en demanda de favor para amejorar el estatus del firmante, a la vista de sus méritos documentalmente expuestos. Alguno de ellos como el negro yucateco Sebastián Toral,  viajaría varias veces a España hasta lograr le fuese concedido el porte de armas solicitado. Otro conquistador más, establecido en ciudad virreinal recién fundada, que como súbdito reclamaba ciertas prebendas a su rey en base a méritos probados. El historiador Bernal Díaz del Castillo, siendo alcalde de Ciudad de Guatemala, no conseguiría en cambio para sí las que a su vez a Carlos V reclamara por servicios cumplidos, entre los que contaba el no menor de haber aclimatado las primeras naranjas de Nueva España.  Se da la circunstancia de que los conquistadores indígenas fueran más numerosos que la suma de conquistadores negros y conquistadores españoles, en razón de la ingente proporción de nativos que, tras la conquista, se subieron al carro vencedor. Empuñaron las armas para sacudirse el yugo de pueblos rivales opresores, aprovechando el río revuelto de alianzas indígenas con los castellanos, para cobrarse pasadas afrentas. Una mera secuencia del historial de enemistades étnicas, de la que fuera paradigma la existente entre mexicas y tlascaltecas.

 

En el área mixteca, totonaca y yucateca maya, se vio  llamativamente reclamado el título de conquistador entre las élites de indios amigos, en pos de una cierta autonomía para sus personas y pueblos, a la vez que afianzaban su autóritas regional con el aval de una Real Orden de Probanza. Confirmada su estirpe noble, estas élites indígenas fueron bautizadas con sus característicos apellidos indios precedidos de nombres castellanos, lo que agigantaba su prestigio social ante propios y extraños. Algunos de ellos marcharon a otras regiones afines, donde establecieron nuevas republicas de indios, según el modelo virreinal establecido. Era un primer paso de la cultura europeizante, que había de tardar generaciones en calar el alma indígena.

 

Hernán Cortés no sólo había arrastrado tras él a gentes de guerra y altar. Desde los tiempos de Cuba se le incorporaron copleros, recitadores, relatores, troveros y músicos, feriantes del aspaviento, el son, la mímica y el decir, que amenizarían cada atardecer las acampadas soldadescas de la marcha sobre el Anahuac. Guardamos noticia de innominados virtuosos de la vihuela, el rabel, el atabal, el arpa, la trompeta o el pífano, que se unieron a su hueste desde Santiago para acompañar a su alcalde y endulzar sus asuetos marciales. Junto a los músicos, iban conocidos solistas como Porras el cantaor de jarchas y aguinaldos y Maese Pedro el arpista, además de compositores como el vihuelista Alonso Morón u Ortiz el Músico, uno de los mejores jinetes de Cortés al decir del cubano Alejo Carpentier. Partícipe de la toma de Colima el primero, acabaría sentando escuela de canto y baile en ella; notable tañedor de vihuela y viola el segundo, recompensado por Cortés con un solar capitalino, asentaría en él su academia del tañido y la danza de músicas profanas. La música sacra encontraría senda propia a través de las escolanías eclesiales y las rondallas de cuerda, utilizadas por los misioneros para armonizar sus responsorios, motetes, cánones, madrigales, antífonas, oratorios, complemento didáctico de la transculturación indígena en las parroquias. Las grandes fiestas conmemorativas de la Paz firmada entre el emperador Carlos V y Francisco I de Francia, festejadas por Cortés a manera cortesana, fueron amenizadas por aquellos virtuosos de la cuerda. Si la armonía europea encontró en estos músicos transplantados de Santiago de Cuba, unos primeros valedores en tierra novohispana, los romances populares  hallaron los suyos entre los recitadores y copleros de aquella comparsa colonizadora. Pero ese romance popular, musicado de vihuela y canto, recurrente en los salones de Carlos V y Felipe II en Toledo o Madrid, estaba haciéndolo por reclamo identitario y nombre propio en los del México virreinal. Una transfusión en vena de la esencia española desde el minuto cero de la diástole.                            

 

El romancero heredado del Renacimiento, era un entronque directo con las gestas medievales, prolongadas en el recuerdo de la gleba por cantores ciegos y recitadores de coplas, retahílas y poemas, con o sin sones instrumentales, complementados a veces con números de danza que regocijaban al respetable. Una fecunda continuidad de los tiempos heroicos, que fluía espontáneamente en los latiguillos, retruécanos, trabalenguas y refranes del habla coloquial, que acabaría regada por  todos los mares y climas donde estuvo presente el Imperio español, nos recuerda Menéndez Pidal. Era sabido de antiguo que la lengua acompaña siempre al poder. Antonio de Nebrija le ofreció a Isabel la Católica su Gramática de la Lengua Castellana, primer estudio de nuestra lengua y sus reglas, como inseparable compañera de viaje del naciente Imperio. La continuidad del lenguaje heroico y su nobleza de estilo, iba a perdurar anexo al romancero tras su salto atlántico, enriquecido ahora con sonoros giros arcaicos o felices aportes léxicos prestados de las lenguas indígenas. El teatro del Siglo de Oro, emergente en la Nueva España a partir de las fiestas religiosas del Corpus Christi y el didactismo de los Autos Sacramentales, encontraría entre sus dramas y comedias, un amplio eco coloquial y familiar. Son conocidas las representaciones capitalinas de Lope de Vega y Calderón con su lenguaje poético próximo al romancero. Sin olvidar que uno de los máximos exponentes de aquellas musas, lo fuera Juan Ruiz de Alarcón, nacido, doctorado y envenenado por  la histriónica Talía en su Ciudad de México, aunque hubiera de triunfar en la madrileña Villa y Corte.

 

En la comarca veracruzana, aquellos compases didácticos vinieron a maridar con los  cantos melopeicos y los vistosos bailes de su acervo cultural indígena. Acabarían cristalizando en sandungas, jarabes, sones de la tierra y fandangos jarochos o huapangos huastecas que, acompañados de los rasgueos sincopados de las jaranas, nos sorprenden hoy por su profunda belleza. Muchas letras de estas canciones eran variantes de los versos octosílabos, entonces de moda, provenientes de poesías y romances de las justas poéticas, retahílas de los juegos populares, o estrofas sueltas de las comedias satíricas de los corrales. Siempre gozaron de una gran aceptación popular, y nutrieron no pocos cancioneros que circulaban de mano en mano entre los músicos indígenas, quienes les daban un último matiz propio.

 

Andando el tiempo, los corrales de comedia arraigados en la Nueva España del siglo XVI, dieron paso a todo tipo de teatros y salas de espectáculo, recorridos sobre todo por compañías andaluzas de danza y canto. Con sus músicos incorporados, estas compañías de cómicos iban desde Sevilla o Cádiz hasta Ciudad de México, con actuaciones intercaladas en la Habana y la Nueva Orleáns española del siglo XVIII. Ya en Veracruz, camino real adelante, detenían sus espectáculos callejeros en todo núcleo habitado notorio, con Puebla como referencia básica, donde eran éxitos cantados las actuaciones de sus comediantes. Esas mismas músicas nutrieron sin duda los huapangos, cuyos orígenes deben buscarse en Pango (Pánuco) como sones jarochos. El fandango jarocho, nacido en las ferias comarcanas, se bailaba y cantaba de seguido  en fiestas y ferias, alternando músicos, danzantes y cantores. Una tradición española de apellido indígena, criada entre mestizos que a sí mismos se llamaban jarochos, en su centro neurálgico de Tlacotalpán. En realidad amalgamaban sones andaluces y caribeños inyectados a través de Veracruz puerto, pero sazonados en las riberas del río Papaloapán/San Juan. Parte importante del colorido espectáculo era el zapateado sobre tarima sonora, de honda raigambre andaluza, donde las bailadoras, faldas largas, blusas de colores, encajes, trenzas o moño caído y poderosos tacones, contrastaban  con sus parejas de baile, pantalones negros, guayabera, faja y botines, en un espectáculo músico-visual colorista de arrogante tronío sevillano. Las letras de sus canciones eran, y siguen siéndolo, referencias de la vida de la gente llana, donde caben la guerra, el amor, la marinería, el comercio portuario, los ganaderos, el arriero… arrullados entre el vaivén del ritmo, el sonar armónico de la jarana jarocha (guitarra barroca), y acompañamiento de arpa, violín, requinto (guitarra de son)… y el sincopado taconeo sobre la tarima. El agudo sentido musical del indio, imprimió su carácter a los nuevos sones, y cada música regional fue matizando su tornasol comarcano con múltiples variantes de instrumentos de cuerda, de los cuales eran los indígenas maestros. Hasta tal punto la sensibilidad novohispana palpitaba ante la música, que partituras sacras de Cristóbal Morales, Francisco Guerrero, Tomás  Luís de Victoria o Palestrina, estos dos últimos en especial, llegaron a crear atasco de fieles en determinadas misas catedralicias de la ciudad de México…  y de Puebla, pocos años más tarde. Pero esta megalomanía  popular del mundo criollo no era flor de un día.

 

Figura 11: La Catedral de México

 

La música europea había comenzado a calar la sensibilidad indígena como otro servicio intencional más del culto sacro. Pero fue convirtiéndose poco a poco en la verdadera recreación de la liturgia eclesial. Y acabó por institucionalizarse a través de los conventos y seminarios, nutrientes de misiones y parroquias, donde los indios aprendían con facilidad el nuevo estilo musical y el secreto de la construcción de sus instrumentos. Como en el resto del Imperio, eran las catedrales el centro musical por excelencia, y su repertorio el mismo ejecutado en todas ellas, y sus iglesias diocesanas de Sevilla Toledo, México, Puebla… o Manila. Las catedrales de México y Puebla, por bula de Pio V, habían heredado los privilegios y costumbres de la de Sevilla. En cada catedral, era el Maestro de Capilla la máxima autoridad musical y a quien correspondía supervisar a los músicos ya instrumentistas o corales, mientras que quien dirigía su coro era el Sochantre. En Nueva España los iniciales grupos corales dieron lugar a las escolanías y distintas escuelas de música, todas ellas públicas y abiertas a indios, mestizos, negros o blancos, sin distinción de castas pero sí de aptitudes, por ser la demanda elevada, y limitados los músicos cualificados para enseñarla. Su repertorio musical era el mismo al ejecutado en las catedrales e iglesias de la metrópoli. El primer Maestro de Capilla de la catedral de México fue el extremeño Hernando Franco (1575- 83), llegado de la catedral de Guatemala, donde venía ejerciendo el cargo desde unos años antes. Sus Magníficats adquirieron niveles de armonía comparables a los de Giovanni da Palestrina, el organista y compositor vaticano, en boga entonces. Esta influencia italianizante del orbe católico era debido sin duda a la poderosa influencia del que llegó a ser Maestro de Capilla Papal,  cuyas obras polifónicas, frescas aún, eran enviadas a Nueva España para enriquecer el archivo de sus catedrales. Se da el caso de compositores criollos mestizos o blancos, nunca salidos de su terruño, que nos han legado obras del más puro estilo renacentista itálico, demostración evidente del arraigo de aquella polifonía en el seno de la sociedad novohispana. Pero además del estilo español e italiano sacro, llegaría una poderosa influencia de la música flamenca, consecuencia de las dos capillas musicales existentes en aquella Corte de los Habsburgo.

 

Fray Pedro de Gante, primer maestro de música europea en América, inició una escuela de música en Texcoco (1530) y conformó un coro de muchachos indios que llegó a cantar los domingos en la misa mayor catedralicia. Pionero franciscano llegado a Veracruz (1524) dos años antes que los doce apóstoles que pidiera Cortés al Emperador, fue enviado por el propio conquistador con sus compañeros flamencos a Texcoco, por existir en aquellos momentos una fuerte epidemia variólica en la capital. Allí iban a establecer su convento y una Escuela de Artes y Oficios anexa para la educación de jóvenes indios. Una continuación temporal del secular centro educativo, que los miembros de la clase dominante azteca, habían creado antaño en ese lugar. Basados en la tradición pictográfica indígena, escribieron los primeros catecismos, a fin de facilitar con ellos la memorización de los textos. Gante aprendió las costumbres y lengua náhuatl para mejor comprender al indio, y en esa lengua vino a publicar  catecismos y motetes que han llegado a nosotros. El anciano músico Fray Juan Caro, colaborador en la enseñanza de Fray Pedro, vista la natural disposición y agudeza musical de aquellos muchachos, y la babel de hablares autóctonos que con castellano y latín se mezclaban en las aulas, decidió enseñarles, de forma directa, la música cantada y escrita, notas, tonos y semitonos. Los indios no cesan de cantar y de bailar en sus ceremonias religiosas, era máxima que repetía. Utilizando melodías y tonos aborígenes con gran delicadeza, efectuando, si necesario, algún cambio silábico y aún melódico, trataban los frailes de evitar el desentono de sus voces al cantar, tenidas por débiles a causa de su inadecuado hábito alimenticio. La escala pentafónica tradicional de sus melodías, resultaba un impedimento para asimilar la cromática de los europeos, pese a la fascinación que en ellos despertaba, y su mucho empeño por hacerla propia. Tal era el hechizo irresistible de la escala europea, que cuando en sus desplazamientos iban cantando los frailes loas, salmos o villancicos por páramos y sendas de Dios, se maravillaban a veces al descubrir que eran seguidos cautamente por indígenas en escucha de sus melodías. Detuvo la marcha uno de ellos, que tocaba a Dios su flauta por aquellas soledades, a fin de tantear la actitud extraña de quienes, pasos atrás, seguían su andar. Lentamente fueron aproximándose para rodearle en el silencio de su mutua expectancia. El más decidido pidiole la flauta para observarla, la sopló y nada obtuvo de ella… preguntole entonces por señas de quien era aquella voz de pájaro mañanero que de allí salía y con quien hablaba… respondiole el buen fraile que era el lenguaje de los ángeles, alabando a Dios en el cielo, y que si venían a su parroquia, aprenderían a hablarlo… Y es que la escala tónica europea  causaba al indígena emoción tan sincera, como fatal lo fuera para los roedores de Hamelin. Quienes no se sometieron nunca al designio de sus dioses, y se rebelaran por ello contra augurios ancestrales, fueron a la postre traicionados por su propia sensibilidad auditiva y emocional, que vino a someterles a una nueva tiranía estética

 

Y el sabio por viejo Fray Juan, decidió aplicar su intuitivo método al detectado síndrome Hamelin de los indígenas… con excelentes resultados. Fue muy de ver el primero que les comenzó a enseñar el canto… pénitus (sic,  muy a su pesar), ninguna cosa sabía de la lengua de los indios, sino la nuestra castellana, y hablaba tan en forma y en seso con los muchachos, como si fueran cuerdos españoles… y los muchachos, con la boca abierta, oyéndole muy atentos, por ver lo que quería decir… en poco tiempo no solo le entendieron, sino de tal forma, que en poco tiempo deprendieron (sic, aprendieron) y salieron con el canto llano, mas también con el canto de órgano, e agora hay muchas capillas e muchos cantores dellos, diestros, que las rigen y entonan… y después acá, como un loco hace ciento, unos a otros, entre indios, se lo van enseñando… nos explica el humilde  Fray Toribio Motolinía, uno de los doce apóstoles, que asumió como propio el nombre (“el que es pobre”), por el que los indios nahuas le conocían. Este interés y aprovechamiento mostrado por los muchachos de Texcoco, llevó a los frailes a pensar en la creación de una institución de estudios superiores para indios, algo que nunca se habían planteado, pero que cuajaría su realidad unos años más tarde.

 

Figura 12: Catecismo ilustrado para indios de

                        Pedro de Gante                      

 

Felipe II quería hacer en Nueva España un centro cultural de primera categoría y eligió Puebla y México como centros modélicos del virreinato. Envió maestros de música para ejercer la docencia en la reciente Universidad capitalina. Concedió Reales Cédulas a favor de compositores, maestros y agrupaciones musicales sacras, de manera que vino su Catedral a recibir las partituras y libros más importantes del momento. Su capilla musical era numerosa y fuertemente subvencionada. El sincretismo cultural había conformado los cantos al gusto indígena, acompañados por gran diversidad de instrumentos musicales. Pero con las conclusiones del Concilio de Trento y la Contrarreforma (1565), iba a ser sacado de funciones catedralicias y eclesiales todo instrumento musical de cuerda, percusión y viento, excepto los de tecla. Vino así el órgano a convertirse en el aparejo sacro por excelencia. Ello trajo una masiva cesación de vihuelistas, cornetistas, contrapuntos, violinistas, chirimías, sacabuches, arpistas y toda serie de tañedores indígenas, que había plenado las escuelas de música  y coros catedralicios. Hubieron de buscarse acomodo entre hermandades, congregaciones, cofradías, fiestas patronales, festejos populares… lo que trajo una profunda crisis de ocupación en el seno de la comunidad nativa ilustrada. En razón doble, por ser en mayoría los propios indios quienes construían los instrumentos que circulaban en el mercado, además de plenar coros y escolanías con sus ministriles y cantores, que sufrieron notable deterioro. Llegado de Sevilla el primer órgano para la catedral de México (1530), iba a convertir las obras musicales y teóricas de Antonio de Cabezón, Fray Juan Bermudo y Tomás de Santa María en el alimento espiritual de los organistas novohispanos. Entre ellos Antonio Rodríguez de Mesa (1582) no el primero de ellos, pero si el que consta como tal en los anales catedralicios. Y como virtuoso, el afamado Manuel de Zumaya (1715), maestro de capilla, compositor y organista,  posiblemente el músico criollo más grande de la época virreinal.

 

El primer centro educacional de música sacra en Nueva España, fue la Escoleta Pública de la Catedral de México, donde se iniciaban los jóvenes en el canto llano mediante salmos y motetes a varias voces, cantera nutricia del coro catedralicio. Ya fuera en lengua vernácula, castellana o latina, utilizando melodías indígenas o renacentistas ibéricas e italianas. Muchos de estos sochantres y maestros de coro, fueron los verdaderos formadores e impulsores de músicos y compositores criollos, abriéndoles las puertas a la música religiosa de índole popular con alabanzas, saetas, trisagios, rogativas o villancicos.

 

En  Veracruz encontraron estos villancicos y coplas, diferentes expresiones como la Rama, el Pesebre, las Pascuas o las Posadas, que al igual que en la Nueva España toda, penetra sus orígenes en la exaltación y festejos navideños del pueblo llano. Traídos sin duda por los misioneros, pero asumidos como propios por la mayoritaria población inmigrante. Llegadas las fiestas, grupos de vecinos con banda de requintos, panderos y guitarras, pasaban cantando villancicos por las casas, enarbolando una rama decorada o un Belén portado en angarillas. Siempre acompañados de gente menuda con velas, y el entusiasmo para felicitar las Pascuas a los amigos, que se lo premiaban con regalos para todos y aguinaldos monetarios para los más jóvenes. Las Pascuas eran estrofas improvisadas, claro extracto de la saeta andaluza, cantadas por los huapangueros con banda de cuerda y percusión, para celebrar las fiestas en el terruño jarocho. Las Posadas, limitadas al novenario precedente a la Navidad, eran en cambio una escenificación de aquel deambular de José y María en busca de venta donde posar. Tras sucesivas negativas, se guarecieron en el establo donde el Redentor del mundo su paz vino a traer. Émulos de este acontecer, cuando llegaban los Santos Peregrinos frente a la casa elegida, cantaban seguidillas implorando asilo, respondiendo desde dentro voces similares que eludían dárselo, diálogo que concluía con la apertura del portón para dar cobijo a todos con gozo compartido, dulces y regalos. Toda esta manifestación coral con acompañamiento, vino a ser enriquecida con bailes de aporte indígena o negroide y resultado multicolor, enmarcadas hoy estas tradiciones en el GuadalupeReyes, o lapso comprendido entre ambas fiestas nacionales (12 diciembre – 6 de enero).

 

El hecho de ser Veracruz el puerto atlántico de Nueva España, convirtiole en centro emisor de cantigas marineras que tripulaciones, boteros y estibadores, propagaban hacia el resto del virreinato. En permanente contacto con tripulaciones de otros puertos caribeños, y sus novedosos ritmos o sones antillanos, el peonaje de color había madurado su propia forma de cantar, bailar y hablar el castellano. Conocido éste como dialecto sayagués, vino con el tiempo a caracterizar los villancicos de negros y las ensaladas o mezcla de sones, texturas e idiomas, en una partitura que sus hermanos de raza se encargaban de transmitir como reguero de pólvora por la costa y al interior. Injertos seculares constantes entre música popular y culta, europea y novohispana, junto a los cruces de escritura y oralidad de los libretos, dio lugar a un sin fin de textos en poesía clásica, cantada y bailada, y diferentes hablas, ritmos y melodías. Ni el mismo Góngora hubiera podido reconocerlos como emanados de su propia culta latiniparla.

 

Durante el largo Siglo de Oro español (Renacimiento del siglo XVI y Barroco del siglo XVII, con su apogeo hacia 1640), la Villa Rica y su puerto iban a convertirse en referencia cartográfica de toda nao que surcara las aguas del Golfo. Lo mismo demandar refugio una nave de la malhadada expedición de Ponce de León,  que catapultar las flotas de Guido de Llavezares o Tristán de Luna en pos del sueño floridano. De muchas ciudades se hace un reino, era un dicho popular castellano de raigambre romana, que estaba tomando cuerpo en la costa suroccidental del seno mexicano. Para ellos civitas, la ciudad, había sido el núcleo de su civilización; y vivir en la polis, era vivir en policía, es decir en el orden que ofrecía la ciudad civilizada. Y Veracruz, centrada en la privilegiada situación de su Marca Huasteco-Totonaca y su promisorio arraigo comercial y humano, apuntaba ya al orden característico de una polis. Con el arribo de los galeones de Indias, que repartían su carga por sus ocasionales barracas, quioscos y chiringuitos, montábanse tenderetes con velas y jarcias por las propias tripulaciones. Eclosionaba así su feria anual, análoga a cualquier otra de las famosas cuarentenas feriadas del Caribe. Cada arribo de los galeones sevillanos era una traca festiva, con el cielo plagado de retumbos, súbitas humaredas peregrinas y garabatos multicolores. Sin olvidar el telón de piratería como fondo siniestro, latente desde que el Imperio arrancase su tempranera maquinaria del comercio atlántico.