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Contexto Histórico de Manila – I

Figura 1: Escudo heráldico de la ciudad de Manila

                    

Fernando de Magallanes, en su tentativa de acceso a las Molucas navegando al Oeste, había incorporado a la Corona de España el futuro archipiélago filipino con el nombre de Islas de San Lázaro, sin haber dejado embajadores ni poblaje, antes de morir en desgraciada refriega con los naturales de Mactán (1521), una de sus 7.000 islas. Viaje que culminaría su piloto Juan Sebastián Elcano, con dieciocho supervivientes y tres años de penurias, en una gesta autofinanciada con las especias que pudo cargar en su maltrecha nao Victoria, tras furtiva escala en Tidore. Pero el navegante portugués no había llegado por casualidad a las Islas de San Lázaro. Ido a la India en 1506, y establecido en la Malaca recién conquistada por los portugueses, colabora allí con su Virrey Alfonso de Alburquerque en muchas de sus campañas exploradoras. En 1512 viaja a la isla filipina de Mindoro, donde se convence de la pertenencia del archipiélago al sector español del Tratado de Tordesillas. Por sostener ante los expertos, que al prolongar la demarcación de ese Tratado hasta las antípodas también el Malucco caería en aguas castellanas, fue enviado de regreso a Lisboa por su Virrey. Estas razones le serán expuestas a Carlos V por el propio Magallanes en Sevilla (1517). El joven rey, recién llegado de Flandes, autorizaría la famosa expedición a las Molucas, que se haría a la mar dos años después.

 

El Mar del Sur era un inmenso piélago vacío, inédito en los mapas europeos del primer cuarto del siglo XVI. Solo los navegantes portugueses, cartografía secreta en mano,  se aventuraban  cabo Buena Esperanza y Mar de la India avante, hasta las Islas Molucas y el Mar de la China. Era la secreta Ruta de Oriente, cuyas costas habían salpicado los lusos con sus factorías. Ajustados casco y velamen al itinerario de Leste, sus naos eran capaces de navegar al descuartelar y de través con vientos del levante poco propicios. Con aquellas velas redondas de algodón, tejidas con hilos de espesor variable y zigzagueante urdimbre de lino, doblaban África y remontaban monzones y corrientes adversas hasta Malaca, Ternate, Macao y Nagasaki tras diez meses seguidos de hendir con sus rodas unos mares vírgenes para Europa. La equilibrada conjunción de velas cuadras y de cuchillo, casco redondo y timón en falso codaste, iban a propiciar el nacimiento del ibérico galeón, nave manca legendaria, de la que sin duda era lusitana parte importante de ella y sus futuros logros.

 

Tan temprano como el año 1510, habían los portugueses doblado el Estrecho de Malaca y ocupando su Península. Informado Alburquerque en Malaca de que las tan cotizadas especias en Europa, procedían de un grupo de islas nombrado allí como El Malucco (Maluku en malayo), no tarda en enviar una flota en su búsqueda. Tres serán los capitanes que la comanden, Antonio de Abreu, Francisco Serrao y Simón Alfonso Bisagudo, que con pilotos malayos pasan costeando las costas norte de Sumatra, Java, Flores y Timor, para llegar, finalmente solo Abreu, a la isla de Banda. En un mar frecuentado por comerciantes moros o malayos, siguiendo insistentemente el rastro de la nuez moscada, preguntando a cuanto pescador o navegante se topa en su rumbo aterrado, acaba por dar con Ambón, una de las islas expendedoras de especias. Dispersado de sus compañeros y perdidas sus naves entre los acantilados de Boano, Serrao compra un junco y con él arribará a Ternate, la potencia dominante de la región de la especiería. Allí iba a ser bien recibido por su poderoso Sultán como jefe de mercenarios a su servicio, aunque algún tiempo después moriría envenenado, tal vez por el propio régulo de la isla, se sospecha hoy. Una vez arraigados en el archipiélago tras múltiples peripecias, los portugueses fundarán factorías y fuertes en Ambón y Célebes, desde donde van a entablar relaciones con otros sultanatos de Adoara y Flores. Poco a poco establecerían una red comercial entre Malaca y las Islas de las Especias o Molucas, como al final acabaría nombrándolas el Occidente todo y Lisboa, el gran mercado europeo del momento. 

                                      

Figura  2: Serrao rumbo a Ternate  

                        

Las naves españolas de Elcano y Gómez de Espinosa, sobrevivientes de la magallánica gesta, pasarían por Tidore unos años más tarde (1522): habían aprendido ya que el Malucco era un archipiélago con cuatro sultanatos (Ternate, Tidore, Gilolo y Bachan) eran los verdaderamente relevantes, por número de especias diferentes, por espacio productivo y por capacidad de gestión. El primero, una pequeña isla cónica con  cráter en la cumbre, controlaba la parte occidental de Halmaera  y las Célebes, además de otras pequeñas islas del Mar de Banda hasta la gran isla de Java. El segundo, de similares dimensión insular y cono volcánico, controlaba la mitad oriental de Halmaera e islas Ambón, Haruku y otras menores hasta las costas de Nueva Guinea. Informados de la rivalidad de ambos sultanes, Elcano y Gómez de Espinosa iban a cargar especias en Tidore, silentes y ajenos a la tirantez entre las islas, pero serpeando discretos la presencia portuguesa de Ternate. Ambos conocían la prohibición y el peligro de surcar aguas lusas, tantas veces explicado por Magallanes, el gran discrepante de aquel intrincado islario. Mientras los portugueses consideraran las Molucas como demarcación propia, debían desaparecer de allí cuanto antes, so pena de prisión o muerte. En cambio, la inopinada aparición de España sintiola Tidore como venida del cielo, en tanto fortalecía su posición ante al sultanato rival; pero había que esperar, porque aquellos españoles carecían de medios para hacer valer su presencia por las armas. Elcano carga de especias su nao y se pierde en el Índico. Gómez de Espinosa enrumba a Nueva España con su nao ahíta de clavo en un viaje imposible. Su maltrecha nave, carcomida de broma  y embebida la tablazón del casco, no puede seguir navegando, tiene que carenar. Y no habrá lugar a ello: es capturado por los portugueses y encarcelado. Cinco años más tarde sería liberado en Lisboa con otros cuatro supervivientes más.

                            

Figura 3: Islas Molucas o de las Especias. Derrotas de Elcano, Villalobos y compañeros (Dibujo del autor)

 

Cualquier integrante frustrado de las expediciones al sudeste asiático, una vez regresado a Lisboa, convertíase en oráculo exótico de cuanto en las Molucas había conocido, para quien quisiera escucharle. Era aquella una sociedad entusiasta del conocimiento y la acción, que vibraba con las hazañas, leyendas y fantasías, que corrían de boca en boca sobre sus paisanos en ultramar. Alguno de ellos, regresado de la Península Ibérica a Nueva España, como Guido de Llavezares o Andrés de Urdaneta,  amadises redivivos de caballerías extintas, participaban del interés general exprimidos por la curiosidad popular, contando pasadas experiencias en aquel mar sin retorno, o su vuelta al mundo como nuevos elcanos del Índico. Otros, como el burgalés Gómez de Espinosa, pasaron a desempeñar consejerías o capitanías de la Casa de Contratación de Sevilla.

 

Los portugueses habían llegado primero a las islas Molucas. Sus cartógrafos defendían en las cancillerías la pertenencia de este archipiélago y el filipino a la semiesfera portuguesa del Tratado de Tordesillas, con el mismo denuedo que lo hacían en las propias islas sus hombres de guerra. Numerosos iban a ser los enfrentamientos entre peninsulares lusos y castellanos por poseerlas, dentro y fuera de ellas, castellanas algunas, lusas otras, perdidas hoy, ganadas mañana. Luego de prolongados desencuentros, el Tratado de Zaragoza (1529)  con la fijación del antimeridiano de Tordesillas, pretendía poner un principio del fin en aquella lejana contienda. Las conclusiones cartográficas del nuevo Tratado, apreciaban en principio la verosimilitud de los argumentos lusos. Y Carlos V, que no quiere más guerras de las que ya tiene, cierra la posición española vendiendo su opción sobre las Molucas a Juan III de Portugal, a cambio de retener la entera posesión del archipiélago filipino. España se retira del Malucco, y Portugal se compromete a repatriar a los españoles desperdigados en las islas por aquella guerra, lo que hará mediante las naves que retornan a Lisboa por la Ruta de Oriente. La dificultad de asumir la nueva posición pactada en aquellas latitudes, bien por carencia de información, desconfianza del contrario o intereses particulares de toda laya, iba  no obstante a prolongar la pugna con esporádicos enconos.

 

En 1542 Ruy López de Villalobos con 6 naves y 400 hombres, sale del novohispano puerto de Navidad para llegar a Mindanao, después de haber constatado varios avistamientos y cartografiado nuevas islas Marshall, Carolinas y Palaos. El archipiélago de San Lázaro será nombrado en sus mapas como Islas Filipinas, en honor del príncipe heredero, el futuro Felipe II.  En uno más de estos enconos cíclicos, el gobernador portugués de Ternate acusa a su expedición de pillaje y piratería sobre islas que supone asignadas a Portugal por el Tratado de Zaragoza. No obstante ello, tras una penosa estadía pasando hambres, necesidades y las muertes que padecimos… se ve obligado a buscar refugio en las Molucas, a sabiendas de la esperada reacción negativa de los portugueses de Ternate. En Ambón moriría Villalobos, atendido por el propio San Francisco Javier misionando a la sazón por aquellas tierras. Desde la misma Ambón, sus capitanes Bernardo de la Torre e Iñigo Ortiz de Retes intentarán incorporarse a Nueva España, Pacífico través, sin conseguirlo. El primero de ellos hacia Japón, atravesando el laberíntico islario filipino hasta descubrir los Estrechos de San Bernardino y San Juanico, luego de haber recorrido y cartografiado 5.000 km de aquellas costas; el segundo hacia Leste, donde se topará con una gran isla que llama Nueva Guinea, que debe orillar cuando vientos y corrientes contrarios le obligan a volver. Retornarán una y otra vez a las Molucas, incapaces de enrumbar ruta alguna que posibilite el obsesivo tornaviaje hasta las costas que les vieran partir. Solo llegarían a España unos pocos supervivientes por la vía del Índico, eternos pasajeros en naos portuguesas, favor logrado por la emperatriz Isabel de Portugal, regente de la Corona Española durante las largas ausencias de su esposo. Y ello, cumpliendo sucesivas prisiones en factorías lusas de la Ruta de Oriente, alternando tierras y barcos durante al menos tres años, hasta alcanzar finalmente Lisboa.

 

En 1559 el rey Felipe II  inicia una política activa en las islas del poniente, poseídas por su Corona desde aquel desembarco primero. Con orden de fletar una nueva expedición a las Filipinas, dada a Luís de Velasco Virrey de Nueva España, insiste en respetar la pertenencia lusa del Malucco, porque no contravenga el asiento que tenemos tomado con el serenísimo rey de Portugal. Pero con la muy clara idea de encontrar el buscado tornaviaje al virreinato desde el Pacífico occidental. España, sumida en la conquista y poblamiento del continente americano y su defensa frente a terceros, no podía acometer con éxito la posesión fáctica de las Filipinas. Desde la lejana metrópoli, su enjambre de siete mil islas en el fin del mundo, era un damero maldito entrelazado por la piratería malaya, china o japonesa, el corso musulmán y las rivalidades entre régulos isleños. Por razones análogas, quizá tampoco los portugueses parecían haberlo intentado más allá de la retórica.  Lo intentaría ahora la Corona española desde el Virreinato de Nueva España, a cuya jurisdicción iban a quedar adscritas estas Islas del Poniente.

Figura 4: Islas Filipinas. Derrotas de Magallanes-Elcano y Villalobos

(Dibujo del autor)

 

La expedición colonizadora se verá interrumpida por la muerte del virrey Velasco, que alcanza a retrasar su salida del Puerto de  Navidad (1564). A su frente va como Adelantado el guipuzcoano Miguel López de Legazpi, ex alcalde ordinario de la ciudad de México, prestigioso hacendado de la capital y padre de una familia numerosa; como cosmógrafo, el no menos prestigioso agustino Andrés de Urdaneta, pariente suyo enclaustrado desde hacía 12 años en la capital virreinal, alejado ya de cualquier expectativa de olvidada fama. Según la mucha noticia que diz que tenéis de las cosas de aquella tierra y entender, como entendéis bien, la navegación della y ser buen cosmógrafo, sería de gran efecto que vos fuésedes en dichos navíos…  le pide el Rey en misiva personal, rogándole la asesoría in situ de la empresa, que el fraile acabaría por asumir con el permiso de su prior. Acompañando al hacendado capitalino, concurre un grupo de gentilhombres de su confianza, como Felipe Salcedo (nieto suyo), Guido de Llavezares, Juan de Pacheco, Andrés Mirandaola (sobrino de Urdaneta), Martín de Goiti…  un total de 380 hombres de mar y armas, además de cinco frailes agustinos elegidos por sus conocimientos científicos. Todos los frailes son expertos geógrafos, pero sobre ellos descuella Martín de Rada gran matemático, geógrafo y astrólogo, consultor y apoyo de Urdaneta, además de inopinado y excelente cronista de aquellas jornadas. La expedición se hace a la mar en cinco naves de variados arqueos y calados, aptas para afrontar tanto la navegación franca en mar abierta, como en las aguas someras coralinas. Todo lo llevan pensado.

 

A 100 leguas del Puerto de Navidad, Legazpi abre la Instrucción lacrada, cuyo contenido conocía en secreto, donde se exponen los objetivos de la expedición que la Real Audiencia de México, en ausencia de Virrey, le encomienda. Urdaneta y demás frailes van a sentir profunda contrariedad tras su lectura, al comprobar que se dirigen a las Filipinas, que según sus cálculos caían en área portuguesa, razonado argumento sobre planos que le había expuesto en vida al Virrey. En realidad, todos creían ir a poblar Borneo o islas adyacentes. Correréis al sudeste en busca de la costa de Nueva Guinea, les había explicado Luís de Velasco pocos meses antes de morir, pero la Audiencia les ordenaba ahora se hiciese viaje derechamente a las islas Filipinas. No iba a ser este primero el único desencuentro entre los hombres del Rey y los de Dios: era un mismo empeño pero con visiones y sentires diferentes. La Instrucción recibida, apuntaba a forzar una política de hechos consumados, frente a la reticente posición lusa en aquellos mares. Llegará la expedición a Guam y a las Islas de los Ladrones (Marianas), que Magallanes denostara por la compulsiva rapiña de sus gentes. Legazpi toma solemne posesión de ellas en nombre del Rey, y Urdaneta le sugiere y ruega que el buscado tornaviaje a Nueva España sea intentado, en nombre de Dios, no más allá de estas islas. Quiere con ello escapar al rubor de su conciencia. Pero el Adelantado  reafirma su voluntad de llegar a las Filipinas y cumplir el mandato real, aunque su tonsurado pariente rehuya participar en una conquista que juzga, con mente objetora, legalmente dudosa. Tras lo cual, el agustino asumirá su rol científico, acrítico y obediente con su Rey y su Gobernador y Capitán General de la Armada, además de allegado y paisano, nombrado por la Real Audiencia de México para emprender la experiencia oceánica solicitada por Felipe II.

 

Unos meses después pasarán los expedicionarios a Samar y a Cebú, islas de las que Legazpi va tomando sucesiva  posesión de forma pacífica, negociada una a una en nombre de la Corona. Asentado en esta última tras un Sandugo o pacto de sangre con régulos insulares como Sicatura (Bohol) e imponer tributo a los nativos, funda la Villa de San Miguel (mas tarde Ciudad de Cebú), primera ciudad novohispana más que española, de Filipinas, desde donde acometer incursiones exploratorias en otras islas. Se prepara desde ella el tornaviaje, cuyo éxito o fracaso gravita sobre la vida de los expedicionarios y el futuro de la empresa, en la que el Adelantado había invertido gran parte de sus bienes. Si falla, conocen por bocas de Urdaneta o Llavezares la vuelta a Nueva España que le espera a quien a ella llegare, sujeta a la venalidad de los ofendidos portugueses de Ternate o Macao. Puede durar, en el mejor de los casos, años de penalidades por la Ruta de Oriente, desgranando tantas factorías, prisiones y sentinas como etapas, hasta aportar finalmente en Lisboa. Como ellos mismos y el montero Gómez de Espinosa habían experimentadoen propias carnes. Por fin en junio de 1565 surge de regreso la nave San Pedro con 200 hombres al mando de Felipe Salcedo, joven entonces de 18 años, arropado por la patriarcal autóritas del ya maduro monje agustino.

 

Como superviviente cuando joven de la expedición Loaysa-Elcano, y forzado a permanecer ocho años combatiendo en las Molucas hasta ser repatriado por Oriente, Andrés de Urdaneta había hecho de la necesidad virtud, estudiando profundamente el tornaviaje, luego de hablar con los portugueses y moluqueños y cuanto navegante chino, siamés o malayo se prestase a oírle y entenderle, aumque le fuera arrebatado y perdido su patrimonio gráfico en Lisboa. A bordo del San Pedro, buscará ahora el paso franco hacia el Pacífico por el Estrecho de San Bernardino, entre Luzón y Samar. Superado el estrecho, ensayará una ruta experimental rumbo norte  hacia la isla  Iwo Jima, referenciada en su día por Bernardo de la Torre, dejándola por babor para proseguir rumbo hacia las costas japonesas de Kyushu y Shikoku, ganando nordeste hasta el paralelo 42. Tras sentir los frescos contralisios del noroeste en las velas, enrumbará a Leste para tomar por popa el viento que le adentre en el familiar Kuro-Shivo de los pescadores japoneses. El flujo oceánico debería catapultarle, junto con su oscuro plancton de pizcas luminosas, hacia el continente americano. Muy al norte de la Alta California, en efecto, aparecerían las velas del galeón San Pedro casi cinco meses más tarde. Tras virar al S.E, favorecido por la Corriente de California, bordeará el litoral continental hasta largar amarras en Acapulco. Entre los supervivientes no había más de 18 hombres que pudieran trabajar, porque los demás estaban enfermos, nos dejaría dicho el nuevo piloto que, tras asumir su cargo por muerte del titular, alcanza a entrar en aguas calmas. Habían descubierto y documentado el tornaviaje. Sin él no hubiese sido posible el apoyo a Legazpi y su avance repoblador, ni el comercio con la metrópoli a través de Nueva España que Felipe II soñara. Con él iba en cambio a nacer la Carrera de Filipinas, que durante dos siglos y medio habría de unir con poderoso nexo el Oriente a Occidente: la correa de transmisión económica y cultural más potente del mundo, activa durante las épocas del Barroco y la Ilustración.

 

La noticia del éxito la recibiría Legazpi en Panay con el arribo del galeón San Jerónimo (1566) repleto de bastimentos y reses, y la buena nueva de la próxima llegada de 2.100 colonos y soldados novohispanos (1567). Su salto mortal al vacío, había encontrado ya una protectora red. Era la vía de los españoles y criollos que iban a traer a Filipinas la encomienda, la rueda celta de llanta férrea, el arado de reja y la trilla de tracción animal con yugo y collera para uncirlos, el cerdo ibérico, el reloj, la imprenta, el telar, el chinchorro amerindio y las técnicas constructivas de sus palacios y catedrales en piedra sillar o mampuesta, incluso los planos para construirlos. Traerán a las islas café africano, caña de azúcar canaria, trigo europeo, tomate, papas, chirimoya, aguacate, tabaco, calabazas, cacao, piña, yuca y maíz americanos, a la vez que aportan sus desconocidos mulos, burros, vacas y ovejas aclimatados en la Nueva España, que vienen ahora a compartir cabaña con los carabaos filipinos, las pequeñas vacas chinas y algunos caballos mongoles de baja alzada, introducidos generaciones antes por comerciantes chinos y malayos. Iloilo y Manila poseerán vacadas bravas y plaza de toros, para lidiar en fiestas las nuevas reses autóctonas. Y la religión como especial cometido, la religión de Cristo, ya inicialmente sembrada a lo largo de la Ruta de Oriente por los jesuitas, llegados hasta el Japón en naos lusitanas. Estaba germinando en el lejano oriente, no sin alternos renglones humanos de escritura tuerza, lo que el historiador británico Arnold J. Toymbee consideraba como energía ibérica, un árbol bajo cuyas ramas, todas las naciones de la tierra han aprovechado para cobijarse. Y esa energía ibérica era polarizada entre la pequeña España y el diminuto Portugal, al decir asombrado de Stefan Zweig, los dos reinos peninsulares que, tras abarcar el globo terráqueo con sus tentaculares brazos a Leste y Güeste, volvían a estrecharse la mano en las antípodas, ante los glaucómicos ojos de los europeos atlánticos. Pero poseídos del afán de lucro más que del amor a la gloria, héroes sin saberlo en infinitas ocasiones…se miraron siempre con recelo mal disimulado…y en más de una ocasión, encendieron las mechas de sus cañones, nos resume gráficamente el ánimo humano y político que impregnaba los ibéricos empeños, aquel delicioso Eduardo Toda del noventa y ocho español, connotado sinólogo de su generación, dormido hoy en nuestros estantes.

Figura 5: Planisferio filipino (Dibujo del autor)

 
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