Contexto Histórico de Manila – VI

Figura 13: Carolus contramarcados en  islas del Pacífico y China

 

                            Todo un ritual acompasaba el paso del Galeón de Acapulco por los hitos costeros de su ruta por aguas filipinas. Su porte era inconfundible. Cuando daban los pescadores noticia de haber visto sus velas por el Estrecho de San Bernardino, volteaban sus campanas los templos de la capital; y sus salvas de bienvenida las baterías del Fuerte de Santiago, no más perfilaba la nao su silueta en la bocana de Cavite. Era una especie de máquina totémica vestida de blanco velamen, capaz de desatar los júbilos manileños. El Estrecho entre las islas Filipinas hasta Manila, tiene como cien leguas de largo, nos narra el misionero francés referenciado camino de la India, su navegación es mala por la rapidez de sus corrientes, o porque apenas se halla paraje alguno donde echar el ancla.

                             Entre la llegada y salida del Galeón arribado o su cabal relevo hacia Acapulco, apenas transcurría el mes de julio, tiempo en que aportaban los shampanes con sus mercancías que vender, hormigueando la actividad portuaria. Pero la vuelta desde Manila hasta Acapulco era tan enfadosa y peligrosa, como la de Acapulco hasta Manila era fácil y agradable. El sentido peyorativo del tornaviaje, había calado en las mentes manileñas con el extravío del galeón San José, ocasionalmente avistado navegando a un descuartelar por latitudes de los 40º N, un año después de su partida, con solo cadáveres a bordo y sus velas portando alisios. En contrapartida, cundía el júbilo con la venida del Galeón de Acapulco  y la llegada del correo familiar de la Vieja o la Nueva España. Nacimientos, bodas, defunciones, destinos, éxitos académicos, noticias de la corte, de la ciudad, del terruño, giros caleidoscópicos en aquellas mentes turbadas de emoción, próximas pero lejanas. Llegaban también los sueldos de los funcionarios, las órdenes reales para el Gobernador, los nuevos funcionarios, misioneros, militares, máxime si llegaba otro Gobernador, un nuevo Obispo u otro Prior de alguna orden religiosa. Pero también llegaban los puntos filipinos, los indeseables de siempre, deportados a las islas en cumplimiento de sentencia penal firme. Y los nuevos reclutas, y los nuevos curas.

                          Las muchachas manileñas, tomadas del brazo bajo sus alegres sombrillas chinas, curioseaban insaciables desde el muelle las novedades llegadas de América. Recorrían con parsimonia los paseos de la ribera, que el sol de la tardesita alumbrara y las garitas de bastión vigilaban. Un toque de campanas generalizado indicaba cada atardecer la retreta o regreso de paseantes a pie, caballo, tartanillas o calesas a la protección de intramuros. El feliz arribo del Galeón concitaba en la ciudad regocijo y fiestas con un solemne Te Deum en la catedral, corridas de toros nocturnas, obras de teatro, mojigangas por las calles, bailes de salón, y las populares peleas de gallos por plazas y barrios. Y frente al Santuario de la Virgen de Guadalupe, extremeña desde 1330 pero ya para entonces también criolla de dos continentes, una masiva feligresía rendía su acción de gracias por el regreso del sosiego a los hogares manileños, con tres días de música continuada ante su portal. Mientras en las costas, lontananza vigilada por Capitanía y sus atalayas litorales, manteníase el tenso avizor de los serviolas fijos y pangos guardacostas.

                            Un último bloqueo VOC a la bahía de Manila, iba a protagonizarlo  la flota del almirante Martín Gertzen con el sitio a Cavite, defendido eficazmente por su artillería de costa, pese a los daños causados por el terremoto del año anterior. Desinformación que habría de pagar el marino holandés con su vida. Pero pudo, por contra, haber provocado una invasión letal, de haber sabido el grado cierto del destrozo oculto dejado por el terremoto en las defensas fijas de Manila. A partir de la Paz de Westfalia, iba a disminuir paulatinamente la presencia de flotas holandesas, hasta desaparecer de aquellas aguas. La VOC, carente de impulso humanista, había consumado su ruina económica. Otro Imperio marítimo que bajaba el punto de mira. Y con la reducción de sus merodeos, vino a disminuir la presión armadora sobre los astilleros filipinos, que vieron reducir la recluta forzada y su quebranto indígena, dada la construcción de barcos a la baja. Consecuencia paralela sería una menor demanda de carpinteros y zapadores nativos, no ya para levantar nuevas defensas costeras, que también, sino para reparar las antiguas, precisas de mantenimiento tras décadas de brega contra los guezen europeos.

                            Manila presentaba sobre Acapulco, la gran ventaja de poseer excelentes maderas en sus bosques, artesanos malayos, chinos o aborígenes con tradición de pesca y mar, y mano de obra experta y barata. La sevillana Universidad del Mar venía afrontando cada línea de navegación según las características propias del piélago a surcar. Barcos para cometidos concretos, desde la Armada de la Mar Océana o la del Sur, hasta la Flota de Indias o la Carrera de Filipinas. Diseños cuyos obraje y velas eran estudiados y ajustados al cometido y mares que navegar. Los astilleros filipinos botaban galeones con cascos de la flexible y resistente madera lañang, cuadernas, baos y  cubiertas de teka, quillas, timones y puntales de molave,  relingas y jarcias de cáñamo de Manila. Aparejaban las velas con telas de Ilocos, planas para un descuartelar, factibles de ser largadas de través bajo el fresco contralisio del noroeste, o embolsadas para captar el feble hálito de las encalmadas tropicales. Pronto el Galeón de Manila pasó de ser un navío del tipo nao de 300 toneladas (el famoso Golden Hind de Drake no superaba las 75), a convertirse en el arquetípico galeón de los astilleros cantábricos, con proporción creciente de sus esloras, manga y puntal, hasta 2.000 y más toneladas. No eran raros los galeones con 50 metros de eslora, en tanto los poderosos cagafuegos de la Armada Real apenas alcanzaban esloras de 35 metros. Llegado el siglo XVIII se impondría a escala variable el diseño de Gaztañeta para navíos, una variante del galeón holandés experimentada en el Real Astillero de Guarnizo (Santander) y llevados sus resultados a Cavite. Ayunas las islas de mineral de hierro, el material para herrajes, clavazones, cadenas y anclotes era adquirido en China, Japón o Macao, incluso India, para ser trabajado en Manila por herreros chinos al principio, multiétnicos después. Aprendida la sangrienta lección de Pérez Dasmariñas, sus tripulaciones eran mayoritariamente filipinas, proporción cinco a uno, frente al resto de las gentes de maniobra. Su destreza y buen hacer marinero, iba pronto a franquear amplias puertas para los tripulantes nativos.

                                   De Manila salían los galeones con especias (clavo, nuez moscada) traídas de Las Molucas, pimienta (Java e India), alcanfor (Borneo), canela (Ceilán), jengibre (India) porcelana, marfil, telas elaboradas (tafetán, rasos, sedas, terciopelos) de Danang, Cantón, Hainan, Macao, Borneo y Malaca. El principal bastimento del  galeón y sus manufacturas provendría durante años del delta fluvial del Río de las Perlas (Cantón, Macao), de donde procedería la espléndida reja del coro catedralicio de México, embalada en 125 cajones y algunos fardos, con accesorios, ocluidos en el vientre del galeón. Labrada en diferentes metales por el macaense Capitán Quiauló Sangley, es hoy considerada una obra de arte. Diez y siete mil pesos costó su labra, tres veces más hacerla llegar a México. Considérase hoy este monumental envío como el primer transporte mundial por contenedores (1726), y se cita como un preludio del comercio masivo que mueve actualmente el 90% del comercio establecido. Un relevante aporte al desarrollo de la economía que nos engloba.

                                     Ejemplo seguido en adelante por otros embalajes empleados para contener diferentes productos que poco a poco iba a marcar una pauta en los envíos de ultramar. Biombos y lacas japonesas, alfombras persas, paños pintados de la India, tallas y decorados malayos, perfumes de Brunei… Todo un universo de valor añadido que se fagocitaba en las Indias y Europa,  ordenado en  cajas-contenedores que facilitaban su encaje en las bodegas del barco. Los tradicionales cajonescontenedores de moneda y barras de plata de las Cecas novohispanas, destinados a pagos y situados, pasaron a unificar formalmente un tipo de embalaje genérico para todo tipo de mercancía. El aporte humano de nuevos sangleyes y su orden práctico en los envíos desde los puertos de Amoy y Anhay en la provincia china de Fujián, vinieron a consolidar el novedoso embalaje de la mercancía a fin de optimizar los espacios de carga del galeón de Manila. Paralelamente, parece ser que tanto los vinos como aguardientes sevillanos, habían ya empezado a enviar sus caldos embotellados a Veracruz debidamente contenidos en cajas estándar, encarretadas hasta puntos concretos del Guadalquivir, donde los boteros las tomaban para llevarlas a los galeones de la Flota de Nueva España fondeados en el arenal. Muchas de ellas con destino a Manila. Hoy se estima el volumen de aquel comercio hispano-chino, que su Capitanía  General filtraba hacia Acapulco, en orden al 10% del total mundial de la época. En palabras de Roca Barea, los Imperios Habsburgo y Ming manejaron el 40% del comercio global durante más de dos siglos.

                                Ya desde tiempos del virrey Martín Enríquez de Almansa (1570), Manila recibía, en pago de mercancías y situado, los contenedores de la plata de las Cecas novohispanas, que los funcionarios extraían del Galeón de Acapulco y depositaban cumplidamente ordenados en los patios de la Aduana. Habíale advertido el Virrey a Felipe II que era la China país al que no puede exportarse ningún producto que ellos ya no posean… tienen seda y lino, igualmente algodón y otros paños… ceras, drogas y distintas sustancias las tienen en superabundancia… el comercio con esta tierra ha de hacerse principalmente con plata, que es para ellos más valioso que cualquier otro producto… pero no sé si SM consentirá en ello, dado que ello supondría enviar plata a un país extranjero… que el Rey aceptará  como un desafío. Idea novedosa para una época, donde los metales preciosos nunca se comerciaban extra limes civitatis, sino que se atesoraban como reservas de la Hacienda Real para subvenir en futuras épocas de penuria económica, hambrunas, pestes… y la omnipresente guerra que crispaba súbitamente el orden establecido.

                                     De pronto, una cantidad anual de plata estimada entre 25 y 50 Tm de metal, en forma de uno a dos millones de reales de a ocho y lingotes, pasaba a exportarse desde Nueva España al mercado chino. Fuera de la calderilla de cobre, eran aquellas las primeras monedas de plata aparecidas en el entorno asiático versus las tradicionales barras del mismo metal que los chinos valoraban por su peso. Esta fiducia era conocida por los sangleyes como  “Pesos”, según el valor de su masa metálica medida en báscula, como si de barras tradicionales de metal se tratase. Servían por tanto de moneda, no por el valor numeral estampado en ellas, que no comprendían, sino por su peso en metal de buena ley, que era parte consuetudinaria de su cultura. Era una novedad cómoda frente al pago mayorista, alternativa de un papel moneda chino sin valor intrínseco, postergado siempre ante el vibrante sonido de las monedas novohispanas. Llegarán a circular los reales de plata acuñados en las cecas de México, Guanajuato y Zacatecas, como monedas de curso legal contrastado en el Medio y Lejano Oriente, las Trece Colonias inglesas (donde el peso novohispano, fue genoma del $ American Dollar), el mercado africano y no pocas islas del Pacífico occidental, con el sello punzonado del régulo correspondiente. Eduardo Toda (1898) calcula que entre 1571 y 1821 entraron en China más de 400 millones de pesos oficiales (cifra análoga a la estipulada hoy por el Banco de México) , especialmente durante los reinados de los Carlos III y IV. Habría que sumarse la lluvia que de ellos invadió Siam, Camboya, Laos, Vietnam, Japón, Ceilán, Borneo, India, Sumatra, durante esos mismos años, sin olvidar el matute correspondiente, calibrado hoy en un 15-20 % del total negociado. Arrancaba en aquel siglo XVI un crecimiento, insospechado entonces, de la economía asiática y mundial, que pasó a tomar el patrón Peso de Plata como referencia universal por tres siglos.

                                       En el mercado interior de la propia Manila, la ecuación se repetía. Anualmente llegaban al Pásig otros veinte y más shampanes cargados con mercaderías y bastimentos del litoral chino, que superaban, según reciente cálculo, los 225.000 pesos de inversión, con el único fin de abastecer su demanda de intramuros. Traían harinas, bizcochos, frutos secos, azúcar, manteca, tocinos, productos hortofrutícolas, jamones, condimentos y salsas exóticas, en tan abundante cantidad como para abastecer, no solo una demanda hogareña corriente, sino cualquier otra puntual que pudiera presentarse en su mercado de la Plaza Mayor, bien por razón de salidas de flotas, excursiones militares imprevistas o cualquier otra circunstancia. Una pura exquisitez gastronómica para aquellos rudos paladares de soldado, que premiaban sus familias manileñas adquiriéndola en proporciones desusadas hasta entonces. ¿Especias decís? Allí tenían todas las del mundo y otras nuevas, sin tener que ir por esos procelosos mundos de Dios a buscarlas. A su vez, adquirían por trueque ganado vacuno y caballar criollo, Pacífico interpuesto, criado en las cabañas de los misioneros novohispanos de Luzón…  pero no soltaban su embolsada plata. El precio de ordinario de las sedas crudas y tejidas y manterías, que es lo más grueso que traen… lo que se les da por ello es plata y reales, que no quieren oro ni otros rescates…  matiza el oidor de la Audiencia Antonio de Morga. Más tarde los propios filipindios emigrados a Nueva España, condimentarían sabiamente ciertas salsas y platos propios, como la pulpa de tamarindo enchilada, los dulces de coco o del mango traído de Luzón. Y bebidas refrescantes como la tuba, obtenida de la flor de los cocoteros, arcanos asociados a la tradición de los sangleyes de Manila.

                                 Expertos conocedores del cocotal,  sus encargados introdujeron la palapa de Samar en las plantaciones de palma de coco que laboraban, una suerte de chozasombrilla sin mástil central y techo de palma, que acabó extendiéndose por la costa pacífica desde Colima a Zihuatanejo. Hoy es un modelo de carpa playera que puede verse en cualquier costa turística del mundo.  Entre 1565 y 1700 entraron en Nueva España por Acapulco 7200 asiáticos censados, mayormente filipinos, que iban a repartirse por las provincias limítrofes, dejando una impronta oriental indeleble. Trajeron nuevas técnicas y formas estéticas artesanales, regadas por los actuales estados de Colima, Michoacán, Jalisco, Guerrero y Chiapas. Su gran capacidad de adaptación, como súbditos libres de la Corona que eran  (únicos asiáticos), les motivó hacia diferentes artesanías que asumir en los distintos lugares de asiento. Su tradicional faceta decorativa, encontró salida en los nuevos edificios conventuales, templos y casas particulares en los que intervenían, plasmando en ellos ornatos de motivos orientales y flores  exóticas. En el capítulo de moblaje, introdujeron el desconocido maque, suerte de laca china, para fabricar cofres, biombos, arcones, bandejas, estanterías, incluso muebles decorativos, con una gran aceptación de mercado. En todo caso, sus particulares maneras de vestir, dejaron la guayabera y el sombrero alón entre los hombres y los rebozos, herederos de  los chales y mantones “de Manila, entre las mujeres.

             Figura 13 b: San Agustín de Manila. Patrimonio de la Humanidad

 

                              “La plata”, pasó en los mentideros de Manila de ser vocablo referencial de metal precioso, a ser sinónimo de “el dinero” o “la moneda”, que venía expresándose en legua castellana tradicional. Todos los asiáticos, por enrevesado decir que balbucieran en su materno hablar, pronunciaban la palabra Plata como si fueran de Burgos. Algo que actualmente se conserva coloquialmente en todo la hispanidad: en la España americana cuajó “la plata”, en la peninsular convirtiose en “la pasta”.  Y sigue vigente aún, tras atisbar una tenue estela de su posible trayectoria humana y geográfica, motivo de un intrincado estudio actual. Una manera de perpetuar la avidez receptiva de aquel dinero, con que los sangleyes ponían de relieve el magno valor intrínseco que para ellos suponía, perfilando la imagen del chino como ente acaparador de monedas de plata. Que sin duda debió epatar, por su gestual contenido histriónico, a los kastilas americanos, cuando estos cumplimentaban aquellos primeros y capitales pagos monetarios del siglo XVI en Asia. Y quienes acabarían por incorporarlo emocionalmente a su habla coloquial criolla, transplantado a Acapulco por la marinería de la Carrera de Filipinas, testigos presenciales muchas veces de aquella suerte cultural de latría monetaria.

                            No a mucho tardar de estas actitudes observadas en los chinos continentales, otras naves procedentes de Macao, Japón y Siam y algunas islas del Mar de la China Meridional y Borneo, empezaron a llegar al Pásig cargadas con paños blancos de algodón, sedas labradas y rasos, brocateles, damascos negros y de colores, y otras telas, y mucha ropa de algodón blanca y negra, que trocaban por cochinilla y tintes herbáceos. Así lo desgrana Domingo de Salazar su Obispo, en un informe episcopal de 1588, donde claramente se intuye el eco comercial manileño dilatado sobre la cuenca asiática. Y de esta tierra llevan para la suya reales de plata, oro, cera, algodón…  y palo (tipo Campeche) para tintas, y caracoles menudos, que son como moneda en su tierra y de mucho provecho para otras cosas, y los estiman en mucho… Fueron aquellos comerciantes portugueses, japones, malayos, papúes o cingaleses, quienes vinieron a incardinar el argentífero vocablo de Plata por todo el Leste asiático con el nombre monetario de Pesos, pulcramente pronunciados ambos. Lo que para la Hacienda Real no eran sino simples Reales de a Ocho (Ocho Reales de Vellón de la Castilla medieval). Convertido en la primera divisa global durante más de tres siglos, se estima que el 32% de la población mundial vive hoy en países con monedas originales basadas en el antiguo Real de a Ocho o Peso español.                   

                                    Tras la emancipación americana y el corte del suministro de los Pesos novohispanos, moneda suprema de la divisa internacional que lubricaba el mercado asiático, se estableció una Ceca en Cantón para fabricar los pesos “Carolus” (1854), como mal menor. Los chinos no se rendían a ver morir su mercado. El mutis comercial del México independiente hacia su principal mercado, era consecuencia de un caudillaje ocasional ausente de visión de estado. ¿Estado, decimos? Más de un año iba a pasar en Acapulco el Galeón de Manila de 1821, sin descargar… mientras en aquella costa peleaban las maras de gachupines y patriotas, en busca de alimento para subsistir. Lograda la emancipación americana, aparecerían las narraciones románticas, las victorias inverosímiles, las maravillosas gestas, el heroísmo a raudales de sus líderes y los semidioses padres de la patria, que habían de compaginar el relato vencedor de aquel desmadre consanguíneo. Como en todo bando vencedor de una guerra cualquiera. Desde los neandertales hasta hoy, sin visos de cambiar,

                                     Fácil es de entender que aquellos Pesos españoles del mercado asiático, múltiplemente resellados o punzonados sin ser repuestos nunca por otros de acuñación novohispana reciente, iban perdiendo forma y seña. Finalmente iban a quedar convertidos en pequeños discos argénteos, rugosos e ilegibles, que los propios comerciantes cortaban en pedazos para emplear su tara como moneda fraccionaria. Aunque la China era país rico que todo lo poseía, y siendo importante la fiducia argéntea que el Virrey Almansa viera, no solo plata sembraba en Manila el galeón de Acapulco, sino también herramientas de hierro y la preciada cochinilla novohispana para el tinte de la seda. Sin olvidar las perlas panameñas, los textiles mediterráneos, el aceite de oliva andaluz, los vinos y aguardientes de Sevilla, cueros del Río de la Plata, y libros y saber, el importante saber occidental que de los otros continentes traía e imponía por la fuerza o el ejemplo, a la vez que trataba de succionar sus etéreos y ancestrales arcanos locales. En este sentido iba a resultar inapreciable el  aporte de textos matemáticos y científicos europeos aportados al mundo chino. Su deficiencia matemática había sido rápidamente diseccionada por los primeros viajeros agustinos que detectan sus toscos conocimientos científicos pues ni saben cosa de geometría, ni aún arithmética… no saben cuentas más allá de solo sumar, restar y multiplicar.  Se trataba por tanto de buscar y aplicar ortopedias europeas de colaboradora urgencia, para tratar una sabia cultura manca.

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                       Una vez establecidos en el Macao del siglo XVI, los portugueses lograron introducir nuevas misiones jesuíticas en distintas ciudades chinas. El primer misionero habilitado para establecerse en ellas fue el talentoso italiano Matteo Ricci, gran científico y pionero del conocimiento europeo en la corte de Nanking (1601). Poco a poco fueron entrando nuevos misioneros que ejercían de astrónomos, físicos, arquitectos, matemáticos, geógrafos, traductores, relojeros, meteorólogos, cartógrafos. Hasta Pekín y Nanking, capitales alternativas de ambas Dinastías en tránsito, llegaban los libros de ciencia recibidos en Macao-Cantón, más por vía Manila que por vía Goa, y que los jesuitas traducían al chino mandarín con ayuda de científicos nativos que divulgaban el aporte occidental a la ciencia autóctona, a la vez que mantenían viva la llama del saber europeo. La actividad religiosa iniciada en Ming llegó a su cúspide en Quing, con el esplendor jesuita en tiempos del gran Emperador Kang Xi (1654-1722). Los manchúes de la nueva Dinastía, recibieron con tolerante entusiasmo el aporte jesuítico. Sus frailes llegaron a gozar de todo el respeto de la corte, instalando en el Observatorio Astronómico de Pekín los equipos de última tecnología europea. Pero es preciso reconocer que sus logros ecuménicos fueron escasos, pese a su denodada lucha contra el suicidio forzado de las viudas, el infanticidio femenino y la tolerada sodomía. Escandalosa en los bonzos: tiene cada uno un muchacho con quien duerme, esto es general, proclamará escandalizado uno de aquellos frailes, tal como lo hiciera  San Francisco Javier años antes. En el campo de la ciencia europea, la cartografía en Li Zhizao, la geografía en Miguel Yang, y las matemáticas, astronomía e hidráulica en el doctorado Paúl Xu, encontraron traductores ad hoc capaces de propagar aquel profundo saber, que los  folanki tonsurados atesoraban en sus bibliotecas pekinesas, nutridas desde Ciudad de México vía Manila.

Figura  14: Alcaicería. Antecedentes de las grandes superficies comerciales

 

                           La infraestructura naval filipina iba a despertar muy pronto la admiración del Imperio del Sol Naciente, que trata de emular por aquellos años el ejemplo náutico europeo. Era conocido por los mandatarios virreinales, el deseo del shogunato de Edo (actual Tokio, Honsu), de alcanzar su apoyo para impulsar la construcción de naves oceánicas sólidas. Los Reales Astilleros de Cavite, Bagatao, Otón (Iloilo, Panay) o Marinduque, eran allí conocidos y apreciados, no solo por la valía de sus pilotos y gente de mar, sino también por el buen hacer de sus maestros carpinteros de ribera. De ahí el empeño nipón, por conseguir este apoyo para construir sus barcos oceánicos, y adiestrar en propio suelo a sus nautas. Pero el trato de Shogunes y Daimíos con la sensible élite de los misioneros católicos, predicadores o mendicantes, iba a marcar giros y altibajos temporales. La suya era una relación amor-odio entre la nobleza nipona y los predicadores ibéricos, con un fleco ondulante de neófitos autóctonos no carente de daimíos comprometidos. La nueva doctrina pasaría a ser vista con recelo por ciertos mandatarios, tras las 100.000 conversiones logradas en pocos años por San Francisco Javier y los jesuitas, desde su base de Nagasaki.

                     Durante el Período Momoyama (1568-1603), venía  desarrollándose un estamento comercial crítico, que veía en la ética católica  una cortapisa a sus fines de libre expansión. Será anatemizada la palabra de Cristo como doctrina perniciosa, lo que provoca finalmente la expulsión de los misioneros (1587). Pérez Dasmariñas padre, persuadido de la demarcación favorable de Tordesillas sobre el archipiélago nipón, inicia un período de proximidad y entendimiento en el naciente Período Tokugawa (1603-23), que le permite un primer envío de misioneros franciscanos sin necesidad de hollar las discutidas aguas de la demarcación lusa definida en aquel Tratado. Tokugawa Yesasu, Shogun de Edo, se hace por las armas con el control integral del archipiélago japonés, y la presencia de Daimíos opositores creyentes va a propiciar un acoso puntual hacia los cristianos. El naufragio del galeón San Felipe (1596) en costas de Shikoku, y el cruel martirio de los llamados veintiséis mártires del Japón, crucificados en Nagasaki por su opositor Toyotomi Hideyoshi, Daimio de Kyoto y auto nominado Regente Imperial, había roto abruptamente aquella primitiva bonanza.

                                Huyen los católicos como pueden a los dominios hispanolusos, entre los cuales Luís Shiozuka y Martino Hara, connotados autores japoneses de música sacra, se aposentarán en Manila. Justo Takayama Ukon, un noble samurai y daimio, hoy beatificado por el Papa Francisco, lo hará también con su cohorte y familia, dejando atrás todos los haberes de una laboriosa vida de luchador contra el poder establecido en Kyoto. Poco iba a durar su estancia en la capital filipina: aquejado de fiebres moriría en 1615. Sus exequias pasarían a los anales del Archipiélago como ejemplo de integración y compatibilidad entre los mundos Oriental y Occidental, gracias a la influencia cultural ibérica y a la universalidad del catolicismo que practicaban. En el funeral catedralicio del aristócrata japonés, converso católico por jesuitas lusos, entonose un Canto Antico en Latín del compositor español Francisco Guerrero, una variable del itálico Réquiem, interpretado ahora por el famoso coro tagalo manileño dirigido por criollos novohispanos. Esa fue una realidad cotidiana no buscada, sí hallada, vivida  mientras los Imperios español y portugués estuvieron bajo el cetro español de tres Felipes Habsburgo. Y es que los jesuitas y franciscanos enseñaban canto, viola, chirimía, laúd, rabel e instrumentos de tecla, tanto en China, Goa, Malaca, Macao como Japón o Filipinas. Allí donde estuvieren, era esa una parte de su labor cotidiana. La enseñanza de la música litúrgica era vital para el éxito en la conversión de nativos. El propio San Francisco Javier había traído, como regalo a su convento de Nagasaki, un clavicordio. En los seminarios enseñaban los frailes a leer y escribir a niños y mancebos, pero nunca faltaba el canto llano y el canto de órgano. Los propios frailes aprendían a tañer flauta, chirimías, violones. En esto se tiene tanta curiosidad que no hay lugar, por pequeño que sea, que no tenga capilla de músicos y chirimías; los cantos son muchos y se ejercitan todos los días, mañana y tarde, en el seminario…  nos dice el historiador franciscano Ribadeneira. El entusiasmo del nativo insular por la música de escala cromática europea era, tan fuerte y sorpresivo, como lo fuera en las pentafónicas costas de la Huasteca novohispana y los humedales guaraníes.

                                       San Francisco Javier (1649) se había encontrado una sociedad feudal nipona que, pese a su aislamiento, conservaba rasgos identitarios de una evolución similar a la de su tierra navarra, pese a no estar envuelta ésta en luchas civiles y anarquía. En ella los jesuitas lusos, dado su porte de gente selecta e ilustrada, fueron prontamente reconocidos en Nagasaki como parte de la clase erudita del país. No era este el caso de las órdenes mendicantes de franciscanos y dominicos, mayormente españoles, que, por esta causa, habrían de sufrir serios inconvenientes en su establecimiento y tareas misioneras. Pese a ello, la excelente acogida a la escala cromática que todos ellos aplicaban al canto polifónico o a la música instrumental de sus catequesis y escuelas de música, había fructificado en abundancia de alumnos. Las composiciones de los grandes maestros españoles del Renacimiento como Tomás Luís de Victoria, Alonso Lobo, Antonio Guerrero o Cristóbal de Morales, eran estudiadas habitualmente en seminarios y escuelas de todas aquellas órdenes. Y festejadas como suprema exquisitez bajo las bóvedas catedralicias de Manila por los propios filipinos cultos, ya fueran kastilas o etnias puras o cruzadas, masivos asistentes de misas mayores y fiestas sacras. Que para todos ellos, fieles diocesanos de la capital, eran orquestadas y cantadas por los coros tagalos y sus frailes, que sabían del entusiasmo que provocaban en el auditorio.

                                     En el orden político, un Hideyoshi envalentonado por las victorias bélicas y su impulso dado al comercio, pero desconocedor de la realidad imperial española, habíase permitido el lujo de dirigir a Dasmariñas hijo, una misiva exigiéndole tributo y sumisión. Retornada sin embargo la concordia tras el trato amistoso dispensado en Tosa (Shikoku) a los náufragos del galeón Espíritu Santo, el propio Tokugawa Yesasu los devolverá a Manila tras disculparse por el severo trato inicial dado a sus rescatados (1602). Amparados en las buenas relaciones contractuales con los jesuitas lusitanos llegados de Goa (India portuguesa), y con los franciscanos españoles de Nagasaki (Kyushiu), el Shogun Yesasu planea establecer un puerto de recalada para el Galeón de Manila, además de una línea comercial paralela entre su puerto de Uraga-Edo y el novohispano de Acapulco. Solicita también un navío anual que cubra la ruta Manila-Usuki (Canal de Bungo, entre Shikoku y Kyushu) para ser dedicado mayormente al comercio de muebles de maderas exóticas (tíndalo y ébano), abanicos de bambú y nácar, mantas de Ilocos, tallas de marfil y cadenas u otras filigranas filipinas en oro, frente a la buena contraoferta de pertrechos y harinas de trigo niponas, que las Filipinas demandaban. La visible prosperidad de aquella Capitanía General, concitaba crecientes demandas comerciales entre sus vecinos.

                         Tras la abdicación de su padre, el nuevo Shogun Tokugawa Hidetada, persuadido del beneficio que reportaría al país una alianza con los españoles, consiente el tráfico libre de puertos nipones con el Pacífico novohispano, e insiste en la oferta hecha por su progenitor. Los oidores manileños escuchan estas sugerencias, pero exigen a cambio buen trato a los misioneros, la expulsión de los holandeses de sus puertos y la eliminación de los piratas en costas de Kyushu. En cuanto al galeón anual entre Usuki y Manila, la Capitanía considera buena la ocasión para poner fin al incontrolado contrabando de paraos, pancos, shampanes y juncos entre las costas de Kyushu y Luzón. En 1608 iniciaría su andadura el navío anual entre ambos puertos, pero su salida iba a ser retenida al año siguiente, en represalia a la manifiesta cordialidad dispensada a los holandeses en el puerto de Hirado (Kyushu). Los mismos holandeses que al mando del almirante Franz de Wittert acababan de atacar y ser rechazados de Manila.

                                            Figura 15: Archipiélago del Japón

 

                                      El famoso naufragio del galeón San Francisco cerca de Edo con el gobernador saliente Rodrigo de Vivero a bordo (1609), iba a dar un nuevo giro a las problemáticas relaciones entre ambas culturas. Su espectacular repatriación a Nueva España, y el consiguiente cruce de embajadas, iba a concluir con una visita a Felipe III y al Papa del católico samurai Hasekura Tsunenaga, primer embajador del Sol Naciente en Europa. En paralelo, una cordial recepción aguardaba en el Shogunato de Edo a la comitiva de nuestro proactivo Domingo Vizcaíno, temporal embajador novohispano en el Japón. Conocedor de los protocolos medievales del Oriente, Vizcaino arguye que se presentará ante el Shogun a la usanza española, sin despojarse de sus zapatos ni de sus armas, o se vuelve a Nueva España sin presentar credenciales, lo que genera la reacción negativa del Shogunato. Pero el Emperador Hidetada con su exquisita cortesía habitual, acepta la proposición protocolar del malcriado extremeño, primer embajador de la monarquía española ante el Sol Naciente. Durante estos contactos se negociará el embarque de viandas y matalotaje en el puerto japonés, como reemplazo de las cargas allí desembarcadas y el consiguiente relleno de víveres en los espacios liberados de las siempre atestadas bodegas del galeón. Pero no solo la navegación y el comercio, sino la minería y su alquimia dependiente, despertaban también el interés de Hidetada. Las monedas novohispanas de plata de ley, los conocidos reales de a ocho o pelucones, suponían para el Shogun otro ejemplo a seguir. Buscaba alcanzar las cotas de perfección logradas en las minas novohispanas mediante la extracción de plata amalgamada con azogue. ¿Quien le informaba al Shogún de estos pormenores técnicos y su deriva económica? No cabe la menor duda, que eran los misioneros españoles, altamente cualificados en las materias que los saberes nipones demandaban, quienes oportunamente informaban a los sabios del shogunato: una forma coactiva de sentirse imprescindibles y evitar su voluble expulsión de las islas. Solicita en consecuencia Hidetada, maestros de azogue y minas que adiestren a sus mineros de Honsu. En el fondo se trataba de un sin fin de propuestas reversibles, que transmitían los misioneros a la Capitanía, y el Gobernador trasfería adjuntando su personal opinión al Rey, luego de haberlas planteado en la corte nipona. Una singular partida de ping-pon a tres.

                                      En todas las divagaciones negociadoras de estos años, por cima de la conveniencia puntual del momento político que se vivía en cada una de sus vértices, se aprecia la falta de complementariedad en las proposiciones de ambas dos. La inviable aceptación del galeón paralelo de Uraga (Bahía de Edo), hubiera supuesto una hecatombe para los comerciantes de Manila, sangleyes y kastilas con la mosca detrás de la oreja al unísono, y la consiguiente ruina del mercado capitalino. No obstante ello, la Corona española mantuvo la incertidumbre y alimentó una sutil esperanza dilatada décadas, tras una fingida duda entre los mercados protagonistas de Manila y Acapulco. El adiestramiento naval del pueblo nipón, militarista y jerarquizado, sujeto a unos avatares bélicos internos poco comprensibles para el observador occidental mayormente misionero, hacía poco recomendable el apoyo a la capacidad profesional y técnica de su marinería y sus armadores. Desde que el gobernador Gonzalo Ronquillo de Peñalosa destruyera al pirata Tayfusa y su base de Cagayán, donde trocaba oro por plata con ciertos nativos de Luzón, conocían los gobernadores la fiereza y belicosidad de los corsarios japoneses, siempre fuertemente armados de arcabucería, piquería y artillería…todo ello gracias a la industria de portugueses que se lo han mostrado para daño de sus ánimas, renegaban los kastilas ante su posesión de armas desconocidas en Oriente. En cuanto a la mejora del amalgamado de ganga argentífera del Japón en Honsu (isla conocida con el nombre de Rica en plata, en los mentideros hispanolusos), suponía una automutilación del propio mercado filipino. Sabido era en Manila que, pese a su baja ley, aquellas barras de plata alimentaban de matute por la trastienda costera de Luzón la inflación de su mercado. Esta conexión japonesa a varias bandas, vino a terminar para los europeos en 1635, cuando fue  prohibido el acceso de barcos extranjeros a los puertos nipones, a la vez que se vedaba al japonés salir de su propia nación, so pena de no poder volver a ella. Solo durante un corto período de tiempo final, se permitiría a ciertos navíos ingleses recalar en Nagasaki, en tanto que el resto de extranjeros que arribaban a sus costas, eran apresados y ejecutados sin juicio previo. Para 1650, habían desaparecido ya los vestigios cristianos de un Japón enclaustrado y ensimismado en su propio ego, que iba a permanecer aislado, mudo y ciego al mundo, contemplándose la redondez de su ombligo durante los dos siglos venideros.

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Miguel Ig. Lomba P

Me llamo Miguel, y me encanta investigar/escribir sobre cultura. Licenciado en Historia del Arte por la Universidad de York, actualmente me encuentro cursando Erasmus Master entre Italia-Alemania-EEUU (Udine-Göttingen-Indiana). Las relaciones entre América y Europa son relevantes para mi tesina del Postgraduado, y un futuro PhD (doctorado). Cualquier duda/pregunta no dudes en contactarme a: admin@mapasilustrados.com

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